Mostrando entradas con la etiqueta Roma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roma. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

lunes, 12 de febrero de 2024

Cine y realidad. Charla: "¿Están locos estos romanos?"

Este pasado 14 de diciembre, en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, tuve el privilegio de impartir, en nombre del Instituto Cajal, una conferencia titulada "¡Están locos estos romanos!", donde discutimos acerca de las películas del género péplum (especialmente las que tratan sobre la antigua Roma) que han tratado la enfermedad mental, y cómo la han reflejado. De esta forma, charlamos acerca de cómo los trastornos mentales en el mundo aniguo podían diferir de los actuales, de lo difícil que es diagnosticar a posterior, y también acerca de lo diferentes, pero también de lo similares, que pueden ser los antiguos romanos respecto a los actuales seres humanos. Si te interesa el tema, puedes ver la charla completa en este enlace. Espero que os guste. Un saludo

lunes, 30 de octubre de 2023

Cine y realidad: una charla sobre el Alzheimer.

Saludos. Hace poco más de un mes, en Roma, tuve el privilegio de dar una charla donde hablaba sobre la enfermedad de Alzheimer desde un punto de vista científico y también cultural (en concreto, contaba cómo el cine -entre otras artes- ha tratado esta dolencia). La conferencia formaba parte de un evento más amplio donde se exponía el proyecto Memo(s)toria, una actividad organizada por la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma en colaboración con Caritas Roma, y en el cual se realizan actividades de divulgación histórica y estimulación cognitiva aplicadas en pacientes de Alzheimer -un proyecto muy interesante, por cierto, y que ahora se encuentra en plena fase de expansión-. Por si os interesa escuchar lo que allí se comentó (hay parte en italiano y parte en español, pero creo que podéis serviros de los subtítulos automáticos; mi sección, de todas formas, está en español), os dejo colgado el vídeo. Como siempre, espero que os guste. Un saludo.

lunes, 17 de julio de 2023

Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias

Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:

-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.

-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.

-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.

lunes, 20 de febrero de 2023

El libro de febrero: "La arquitectriz"

"La arquitectriz", de Melania G. Mazzuco, es un colosal mosaico. Una alfombra con cientos de pequeños nudos donde se entrecruzan vidas y sucesos históricos. Gira en torno a un personaje real (Plautilla Briccia, de las primeras mujeres que se encargaron de diseñar un edificio, de ahí el título), pero, lejos de quedarse en lo poco que sabemos de su vida, le añade tanto color y detalles que se presenta vívidamente ante nuestros ojos. Otro punto alrededor del cual orbita la novela es la vivienda que ella diseña, Villa Benedetta, también denominada "el Bajel", del cual la autora nos narra sus antecedentes, su construcción y su futuro, así como los de los individuos que pululan en diversas épocas dentro de él. El libro está lleno de apasionantes personajes, repletos cada uno de su particular carisma, y también de todo el caos y el desorden de los que está poblada no sólo la vida, sino también, en particular, la eterna, abigarrada y esplendorosa ciudad de Roma. Pero, ante todo, es un estupendo reflejo de la Italia del Barroco, con sus artistas (Bernini, Borromini, Pietro da Cortona) pintando, intrigando y batallando entre sí, mientras los poderosos (ya se llamen Sumo Pontífice, Luis XIV o Mazarino) les financian, les utilizan, les alzan en nubes de gloria o les hacen caer miserablemente en desgracia. En medio de todo eso, nuestro personaje trata de salir adelante a pesar de todos los factores que le pesan en contra: mujer, artista, inteligente, pobre. El libro es en algún momento tan excesivo, con tanta tendencia a explotar por sus costuras (qué menos en una obra sobre el Barroco) que te da la sensación de que mete ciertas frases a destiempo, o que no concreta bien acerca de qué personajes está hablando, como si ciertas cuestiones hubieran sido imposibles de reconducir tras agotadoras y titánicas sesiones de revisión. Sin embargo, estos diminutos defectos son pecata minuta en comparación con la inmensa riqueza que aportan caracteres com el padre de Plautilla, o Elpidio, el amor casi imposible de esta última, así como sor Eufrasia, la monja con la que hace migas, sus decenas de familiares, y tantos y tantos actores en esta representación teatral que siempre te deja con ganas de contemplar más actos. En definitiva, permitiros atrapar por este torrente tempestuoso y, una vez en la vorágine, os aconsejo que os dejéis llevar.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Las recomendaciones de septiembre: unos cuantos libros para los amantes de los libros

<<El bibliotecario>>, de Giuseppe Arcimboldo.

Nos encantan los libros, así que no es de extrañar que adoremos los manuscritos que versan sobre volúmenes, librerías, estantes, anaqueles, bibliotecas. Si te sentiste cautivado con "El nombre de la rosa", si has soñado con perderte en "La biblioteca de Babel", si te preguntas en qué texto de basó Isabel Coixet para filmar "La librería", si "El lector" y "La sombra del viento" evocaron momentos de tu niñez y juventud, si asentías corroborando con la cabeza mientras leías las sensaciones de Helen Hanff al abrir un nuevo tomo, o si has ambicionado alguna vez retomar los hilos que quedaban inconclusos en "La historia interminable", he aquí unos pocos textos que he leído últimamente y que pueden reforzar más aún tu amor por la página escrita:

-"Una historia de la lectura": Alberto Manguel nos ofrece "una" de las múltiples y alternativas historias de la lectura pues, como él mismo dice, la evolución de la literatura de cada uno es personal e intransferible, ajena al orden cronológico o a cualquier posible canon. Por ejemplo, estamos seguros de que las lecturas de Manguel no hubieran sido las mismas si un ciego Borges no le hubiera solicitado, tras el encuentro en la librería donde el primero trabajaba, que ejerciera la labor de lector en voz alta por las tardes. Sin embargo, existen ciertos aspectos de esta absorbente actividad (la de meterse en la piel de un personaje o escuchar con detenimiento el pensamiento de otro) que poseen una evolución histórica trazable en el tiempo, y el autor nos describe con minuciosidad unos cuantos de esos pasos: cómo se dejó de declamar a viva voz, incluso cuando se hacía para uno mismo, y se inició el proceso de recorrer las líneas de la página en silencio; el origen de los signos de puntuación o de las gafas; la importancia de las lecturas públicas, de las traducciones, del aprendizaje del alfabeto, incluso a pesar de las adversidades (como ocurría bajo las penosas circunstancias de los esclavos de las plantaciones del Estados Unidos sureño, o con las vicisitudes que abocaron a la creación de la novela a partir de las mujeres japonesas de noble estirpe encerradas en su palacio-cárcel de cristal). Con profusión de anécdotas tanto de lectores y escritores, este libro ofrece sucesivas reinterpretaciones de un proceso que, en manos de cada individuo lector, requiere necesariamente de una aproximación original y novedosa, con un esfuerzo activo por nuestra parte.

-"El infinito en un junco": la filóloga clásica Irene Vallejo retoma el testigo del texto anterior -de hecho lo cita al menos en un par de ocasiones-, pero con un enfoque distinto, centrándose en cómo las civilizaciones clásicas (en especial Grecia y Roma) contribuyeron a crear el concepto del libro. Utilizando como punto de partida la biblioteca de Alejandría y la gran epopeya de Alejandro Magno, la autora pasa a narrarnos tanto historias conocidas -pero muy bien contadas, aderezadas además de detalles jugosos- como otras menos divulgadas, reflexionando sobre los contrastes y paralelismos con nuestro presente, y decorando su erudición con gotas de poesía y sensibilidad propias que hacen de este recorrido por el pasado un trayecto más que ameno, y para nada lejano a nuestras circunstancias.

-"Cervantes para cabras, Marx para ovejas": Un cabrero de la provincia de Córdoba en los años previos a la guerra civil sufre un ataque de un tipo de afección frecuente en estas tierras, que provoca en los afectados un deseo súbito de encamarse, secuestrados por una profunda melancolía. La dolencia no tiene más signos físicos, pero causa ruina entre los convalecientes, en particular el cabrero, que pierde la novia y causa la angustia de su pobre madre, la cual, desesperada, prueba todos los remedios en su mano hasta suplicarle al nuevo maestro de escuela del pueblo que le eche un cable. El docente, que cree en aquella doctrina que ya predicó Sofía Rhei en "Espérame en la última página" por la cual los libros son curativos y pueden prescribirse (casi) con la efectividad de una receta farmacéutica, incita al cabrero a iniciar la lectura del Quijote, y éste no sólo sale de su encamamiento, sino que se embarca una serie de alocadas aventuras que al Caballero de la Triste Figura hubieran satisfecho, sobre todo tras la lectura de "El capital" de Karl Marx, que no sólo entusiasma a las ovejas del rebaño (por lo visto Cervantes es más del gusto de las cabras), sino que trastocará la vida de toda la comarca. El periodista Pablo Santiago escribe una historia a caballo entre el realismo mágico, el homenaje literario y la comedia costumbrista, con una prosa rica y trabajada, cargada de sabor y color local, que provocará que nos enamoremos de más de un personaje.

-"La sociedad literaria y el pastel de piel de patata": Una columnista británica de reciente éxito decide, tras la Segunda Guerra Mundial, cambiar de tema sobre el que escribir, pero no tiene muy claro acerca de qué hacerlo. Inesperadamente, le llega una carta desde una pequeña localidad de Guernsey (una de las islas británicas espolvoreadas por el Canal de La Mancha) que le habla sobre un libro que resultó trascendental para el pueblo, dado que permitió solucionar un complicado lance relacionado con un cerdo asado que hubo que ocultar... y con la "La sociedad literaria y del pastel de piel de patata" (el título os lo encontraréis con distintas variaciones, dado que la traducción al español no ha conseguido reflejar todas las implicaciones del original). Atraída primero por la intriga del misterioso suceso apenas esbozado, y luego por lo variopinto y original de los caracteres que encontrará en Guernsey, la escritora protagonista decide prestar su atención al período de ocupación alemana de la isla. La obra, ideada por Mary Ann Schaffer (aunque fue su sobrina quien la remató, sin que la autora original llegara a vislumbrar el éxito de su creación), tiene su correlato cinematográfico, pero es mejor que directamente lo obviéis, porque en la película no sólo se pierde la narrativa epistolar que le confiere un llamativo sistema de suministro de información a la novela, sino porque, además, la versión en pantalla grande retuerce la trama hasta convertirla en una pastelosa y rutinaria historia de amor donde se cercena una de las mejores escenas del libro. Este último, en cambio, es un delicioso postre para ser engullido en un par de bocados.

Uno de los motivos por los que sin duda nos atrapan esta clase de libros es porque sus autores saben transmitir su amor por las páginas de papel -o de tinta electrónica- y, de esa manera, entendemos que (pese a nuestras diferencias en cuanto a origen, biografía y bibliografía), ellos son, como diría Todd Browning, "uno de nosotros": topos de librería, ratones de biblioteca, pequeños Firmin que sucumbieron ante el mensaje transmitido por otros, y seguramente preferían quedarse leyendo en vez de jugar con sus compañeros en el recreo. Son "otros locos de los libros". <<Leemos para saber que no estamos solos>>, asevera la película "Tierras de penumbra", de Richard Attenborough, sobre la vida del escritor C.S. Lewis. Son esos otros locos los que caminan, aunque sea a distancia, junto a nosotros. Por eso les queremos, y deseamos que su mensaje tenga éxito. Porque su victoria simboliza la eternidad de los libros. Para que siempre haya una línea nueva, otro párrafo, una biblioteca virgen que devorar.

lunes, 4 de mayo de 2020

Los libros de mayo: misioneros, antropólogos y corresponsales. Unos cuantos libros sobre viajeros

-"Dios, el diablo y la aventura". En esta obra, el escritor de viaje Javier Reverte se adentra en el terreno histórico para descubrirnos la figura de Pedro Páez, un sacerdote español (aunque con fuertes conexiones con Portugal), perteneciente de la Compañía de Jesús, que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que marchó para difundir el cristianismo en Etiopía. Javier Reverte aprovecha para explicarnos los objetivos e historia de la enigmática Compañía Jesús, la compleja situación geopolítica de aquel tiempo y el arriesgado papel de los misioneros en regiones exóticas pero, sobre todo, la sorprendente biografía de Pedro Páez, quien se adentró en un territorio sobre el que en Occidente no se conocía casi nada salvo leyendas (documentando además sus viajes de una manera fidedigna y rigurosa) y fue además el primer europeo que avistó las fuentes del Nilo Azul, aunque el inglés Burke intentara arrebatarle el mérito.

-"Una plaga de orugas". Segunda parte de "El antropólogo inocente", un libro del que ya hablamos en otro post. En esta nueva entrega, nuestro sarcástico, intrépido y aturullado antropólogo vuelve a África, esta vez más maduro y curtido, y los lugareños le recompensan su retorno mostrándose más sinceros y vacilándole con menor frecuencia. Eso sí, los equívocos y las situaciones absurdas y enrevesadas siguen sucediéndose a manos llenas. No tan chocante como la primera parte, por supuesto, aunque casi igual de divertido.

-"Todas las historias y un epílogo", de Enric González. Muchos conocéis a este periodista que, con nómina de "El País", fue corresponsal en el extranjero durante muchos años en varias grandes capitales del mundo. Su estancia en tres de ellas fueron reflejadas en sus correspondientes volúmenes de "Historias" ("Historias de Londres", "Historias de Nueva York", "Historias de Roma"), ahora reunidas, sólo levemente modificadas y con un epílogo redactado desde Jerusalén. Enric González escribe con la mirada despreocupada de quien pasea ocioso por la ciudad, preguntándose por sus pedacitos de Historia, por sus personajes urbanos, por la forma en que se entremezcla lo personal y lo profesional, y por los relatos curiosos, tanto antiguos como modernos, que albergan cada rinconcito y esquina. Una buena guía de viaje tanto para los que ya han disfrutado de esas ciudades como quienes aspiran a hacerlo en un futuro que, por muy lejos que se nos antoje, tranquilos, siempre acaba por llegar. Nos vemos en él. Hasta muy pronto.

sábado, 1 de junio de 2019

La historia real de junio: una lista de obras de arte y monumentos perdidos

Si en una entrada anterior señalamos las obras literarias más grandes jamás perdidas, ahora le toca a su versión artística (o, al menos, de cierto tipo de arte): un registro nada exhaustivo de pinturas, esculturas y obras arquitectónicas y monumentales que no resistieron el fragor de los tiempos, y que probablemente no lleguemos a encontrar nunca. Entre ellas cabe destacar:

-La inmensa mayoría de las siete maravillas del mundo. De lista que conformó Tales de Mileto a través de sus viajes por Egipto, Grecia y Asia Menor, sólo quedan en pie las pirámides. El Coloso de Rodas (que inspiraría otro Coloso erigido en Roma, con la cara de Nerón, que también se perdió, y que dio nombre a una futura "Maravilla del mundo moderno" -edificada al lado del donde se encontraba la escultura-, el Coliseo), que ocupaba la entrada del puerto de dicha ciudad, probablemente se derrumbó en un terremoto. Mismo destino sufrió el faro de Alejandría, cuyos restos sirvieron en parte para elaborar un fuerte, y lo que quedó fue cargado a lomos de camellos por parte un oscuro comerciante que los condujo a la noche de los tiempos. En cambio, las ruinas del Mausoleo de Halicarnaso fueron localizadas en Bodrum por un grupo de arqueólogos ingleses, que le preguntaron al sultán otomano si se podían llevar "unas piedras" y éste, pasmado de su interés por la geología, se lo concedió: para cuando se dio cuenta del valor de aquellas artificiales rocas, éstas ya se hallaban en los estantes del Museo Británico. Incendiado fue el templo de Diana en Éfeso por parte de un estúpido que (en un pensamiento excesivamente moderno) quiso destruirlo para que su nombre fuera recordado por la Historia y, por desgracia, lo logró. Nada sabemos de los jardines colgantes de Babilonia, ni siquiera si existieron, pero de quedar algo tras las sucesivas guerras en territorio irakí, lo más entero que permanezca serán las puertas de Ishtar. En cuanto a la estatua de Zeus en Olimpia, esculpida por Fidias, hay varias versiones. Una dice que el emperador Calígula mandó traerla a Roma y sustituir la cabeza de la escultura por la suya: en cuanto sus soldados lo intentaron, cuentan que el colosal Zeus de piedra se rió y los legionarios salieron corriendo. La estatua habría sido más tarde llevada a Constantinopla, donde quedó destruida por un terremoto. Sin embargo, a mí me gusta más la historia que dice que Fidias, al terminar la obra, le preguntó a Zeus qué le parecía y éste, como toda respuesta, arrojó un rayo sobre la estatua y ésta desapareció.

Reproducción de siete maravillas del mundo antiguo. Tomado de Wikipedia.

-No ha sido la única obra de Fidias que desapareció: su Atenea, esculpida para permanecer dentro del Partenón, tenía unas cubiertas doradas que el escultor -previsor de que le acusaran de apropiarse de parte del oro de los materiales- había hecho desmontables para demostrar su honradez, y que así no hubiera que recurrir a ningún complicado recurso matemático propio de Arquímedes (¡Eureka!) para exhibir su inocencia. Esas cubiertas, por supuesto, fue lo primero que volaron para obtener oro contante y sonante, pero la estatua entera también acabó perdiéndose. De la misma manera, la Atenea Promakos, que dominaba majestuosa la Acrópolis, ante sucesivas guerras e incendios, se volatilizó también, y suerte tuvimos de que el Partenón no desapareciera mientras los turcos lo empleaban como polvorín en una de las abundantes guerras en suelo de Grecia. El Partenón, eso sí, perdió el color de sus pinturas, material difícilmente preservable, y por eso tenemos tan pocas pinturas (de ahí la valía de los frescos de Pompeya) datadas en la antigüedad. El Ara Pacis de Augusto, por ejemplo, estaba cubierta de colorido (romanos y griegos tenían un estilo algo kisch, pero a algunos monumentos, cualquier cosa les sienta bien). Algunas esculturas no sufrieron tanto y sólo perdieron secciones, quedándose mutiladas: la Victoria de Samotracia, aún así, se ha convertido en un icono, pero sería interesante saber qué ocurrió con los brazos de la Venus de Milo, a la que se supone que encontraron con ellos y que (probablemente en una pelea por quedarse con los restos) fue en época moderna cuando  se desintegraron.

"Akropolis", por Leo von Klenze, con Atenea Promakos al fondo.

-Perdido ¿para siempre? quedó el rastro de la tumba de Gengis Khan, ya que los soldados que recorrieron el lugar con sus caballos para dificultar la búsqueda fueron ejecutados (y sus ejecutores, para estar seguros, también): su descubrimiento sería uno de los grandes hitos arqueológicos de cualquier milenio. La momia de Alejandro y su último apostento (visitable y visitado, hasta por emperadores romanos) también desapareció, y probablemente tuvieron algo que ver las revueltas cristianas que atentaban contra todo lo pagano y helenístico, incluyendo también la Biblioteca de Alejandría y su Museo. Un caso especial es la última morada de Shih Huang-Ti, primer emperador de China, de la que ya hablamos aquí: se sabe perfectamente dónde está, pues se halla bajo una colina anexa al lugar donde se desenterraron los guerreros de Xian, supuestamente encargados de velar por su descanso eterno. Sin embargo, los arqueólogos, a la hora de entrar, no las tienen todas consigo: primero, porque ya los guerreros de Xian se desprendieron de su capa de color al ser expuestos a la atmósfera, y no quieren excavar nada nuevo hasta que no estén seguros de que la tecnología lo pueda conservar. Y, segundo, porque las leyendas acerca de lo que contiene la tumba del hombre que quiso ser inmortal (una representación del mundo con estrellas reproducidas mediante joyas en la bóveda, y ríos de mercurio recorriendo la base) son tan proverbiales como los mitos sobre las posibles trampas mortales que existirían, destinadas a los incautos visitantes. Y a eso los arqueológos (muy mal pagados casi siempre) tampoco se quieren arriesgar. Hay dudas también sobre a cuántas personas vamos a encontrar en la tumba: en la época arcaica se enterraba a los allegados del difunto junto a él; luego se representaron con imágenes figurativas. Un cuento (cuyo origen no he podido certificar) habla de un hombre que iba a ser enterrado con Shih Huang-Ti y propuso como alternativa las estatuas: el final del relato decía que le hicieron caso, pero sólo a medias, pues las estatuas fueron construidas, pero también le enterraron a él. La veracidad de esta historia es dudosa, pero teniendo en cuentas las malas pulgas que gastaba quien mandó edificar la Gran Muralla, nada es descartable.

-Por fortuna, a pesar de que se perdiera tanto de la época e influencia de Alejandro Magno (incluyendo su propio cuerpo), sí se conservó una maravilla de estilo helenístico, la estatua de "Lacoonte y sus hijos", de datación incierta, de la que el escultor Miguel Ángel fue testigo de su descubrimiento en un campo en Italia. De Miguel Ángel hemos también unas cuantas esculturas, incluyendo dos Cupidos que falsificó haciéndolos pasar por esculturas antiguas, un Hércules que medía 2,40 metros, y una estatua de Julio II que destruyó el populacho de la ciudad de Bolonia. Por otra parte, la falta de interés de los sucesores de Julio II por la tumba de éste provocó que Miguel Ángel abandonara el proyecto monumental para el mausoleo del difunto Papa, el cual hubiera incluido al "Moisés" (ahora, solitario en San Pietro in Vincoli) y varios "esclavos" inacabados en un conjunto seguramente más interesante que cada obra por separado. Inconclusa también quedó la pintura "La batalla de Cascina", un fresco que Miguel Ángel abandonó porque le salió un encargo mejor (y cuyos esbozos en cartón desaparecieron, a lo que en parte pudo contribuir un artista rival). "La batalla de Cascina" tiene un doble interés, pues iba a adornar una de las paredes de la Sala de los Quinientos del Palazzo Vecchio en Florencia, destinada a la toma de decisiones del gobierno de la ciudad (es la sala más grande construida en Italia para este menester). La otra pared se destinó a que la ocupara el otro genio artístico de igual talla que vivió en la ciudad, Leonardo: de hecho, el contrato lo firmó en nombre de la República de Florencia un hombre llamado Maquiavelo, para que nos hagamos una idea del nivel que había en la época. Leonardo iba a hacer "La batalla de Anghiari", pero como el fresco no era la técnica más adecuada para su estilo de pintura, intentó un estilo alternativo, el encausto. Éste funcionaba bien cuando el secado se realizaba de manera adecuada, pero las condiciones de la Sala de los Quinientos no eran las más propicias, y la parte superior de la pintura empezó a desprenderse como si fuera pasta mojada. Leonardo abandonó el proyecto, que quedó empantanado y expuesto durante muchos años en la sala, hasta que hubo una remodelación que destruyó lo poco que quedaba de los proyectos iniciados por ambos pintores. No obstantes, muchos artistas vinieron a Florencia y quedaron fascinados por el cuerpo central de la pintura de Leonardo (más o menos intacto) y la violencia de la batalla que se mostraba, incluyendo Rubens, que hizo una copia, el único resto que nos queda de la obra original. Hoy en día esa reproducción se puede admirar en el Museo del Louvre; en teoría, hubiera sido la mejor obra de Leonardo, pero fue su compañera de museo, la Mona Lisa, la que salió beneficiada del estropicio. En todo caso, todo este episodio acerca de la sala acondicionada para ser decorada por Miguel Ángel y Leonardo ha sido ahora recientemente puesta en duda. Aunque, en todo caso, como historia, sigue resultando fascinante.

Copia del cuerpo central de "La batalla de Anghiari", elaborada por Rubens a partir del original de Leonardo da Vinci.

-Aunque las obras que más han sufrido son las de las épocas más antiguas, la Edad Contemporánea tampoco ha tratado muy bien a muchas manifestaciones artísticas. Guerras, incendios, terremotos, censura o muerte violenta de sus dueños, cuando no directamente robos, en especial en un siglo XX que padeció dos guerras mundiales (aún colea la destrucción del "arte degenerado" por parte de los nazis, o la incautación de obras a los coleccionistas judíos), han arrasado con lo que podía haber sido una de las épocas más prolíficas en la producción artística mundial. Un caso particular quiero traer a colación: el "Retrato del doctor Gachet", de Van Gogh (ver abajo), se encuentra ahora mismo en paradero desconocido. Fue comprada por el precio más alto por una pintura en su época, por parte de un hombre de negocios japonés. El millonario llegó a decir que quería quemar el Van Gogh después de su muerte: ante el escándalo, manifestó que sólo era una forma de hablar para expresar el amor que sentía por la pintura, y que probablemente lo cedería a un gobierno o un museo. Lo cierto es que no se sabe del todo lo que ocurrió después con el lienzo, y aunque los representantes del fallecido dicen que fue vendido a un coleccionista privado anónimo, el hecho de que el magnate japonés fuera incinerado da pie a escandalosas especulaciones. Aunque siempre cabe soñar que algún día (como desearíamos con las obras anteriores que hemos mencionado) lo volvamos a contemplar. Por suerte, existe otra copia (ambas fueron hechas por van Gogh) en el Museo d'Orsay de París, pero la historia viene a destacar lo frágiles que son las obras de arte, y el peligro de dejarlas en manos equivocadas (incluyendo, entre ellas, las privadas).


lunes, 4 de febrero de 2019

La historia real de febrero: una pequeña lista de libros perdidos

La historia de la literatura no es la que es, sino la que ha sobrevivido. Incendios, inundaciones, grandes destrucciones promovidas por turbas o por los estados, se han alineado de tal forma que de determinados autores sólo conservamos, si acaso, una pequeña fracción de los textos que escribieron. He aquí una pequeña selección (susceptible de ser ampliada) de algunos de los más grandes escritos  jamás perdidos:

-Segundo libro de Poética de Aristóteles: supuestamente dedicado a ensalzar las virtudes de la comedia, su existencia se pone en duda. Sin embargo (cuidado, que destripamos libro), Umberto Eco utilizaba esta leyenda como recurso argumental en "El nombre de la rosa".

-Sobre la construcción de esferas de Arquímides. Citado por Pappus de Alejandría, en teoría contendría varios diseños de Arquímedes, entre ellos un remedo de planetario o un reloj astronómico. La muerte de su autor tras el sitio de Siracusa, a manos de un soldado romano, hizo perder para siempre la posibilidad de recuperarlo.

-Los libros contenidos en las Bibliotecas de Alejandría y la Casa de la Sabiduría en Bagdag: incendios y ataques por parte de cristianos a la primera, el saqueo de los mongoles en el caso de la segunda, hicieron desaparecer miles de obras. Sobre la mítica biblioteca de Bagdag, se dice que, tras su destrucción, las aguas del Tigris se volvieron negras durante seis meses a causa de la tinta vertida.

-Tito Livio escribió una extensa historia de Roma Desde la fundación de la Ciudad (como la tituló), de 142 tomos, de los que sólo se han salvado 35. Más intencional fue la eliminación de los textos sagrados considerados apócrifos a lo largo de los distintos concilios en los que se conformó la actual Biblia cristiana, y que contenían toda clase de visiones, algunas muy contradictorias con los dogmas que han prevalecido. Entre otros, el llamado "Evangelio de la víspera", que cierta secta empleaba para promover el amor libre entre sus miembros, con una serie de descripciones de actividades sexuales que harían sonrojar a más de un exégeta.

 -"Margites", atribuido a Homero. Poco sabemos de él. salvo que Aristóteles decía que había marcado una tendencia en las comedias, del mismo modo que lo habían hecho la "Ilíada" y la "Odisea" (de hecho, "Margites" debía de ser una parodia de esta última) en los poemas épicos.

-En el siglo XVII, William Shakespeare y John Fletcher escriben supuestamente un drama a partir de Cardenio, un personaje secundario que aparecía en la novela de Cervantes, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha". Por supuesto, la búsqueda de un manuscrito que conecte a los autores más grandes de la lengua española e inglesa ha sido incesante, y aunque ha habido varias versiones de las que se ha reclamado su autenticidad, ninguna ha alcanzado el consenso entre los especialistas para ser reconocida como una obra original del bardo de Stratford-upon-Avon (si es que ése es su auténtico lugar de nacimiento).

-Lord Byron fue un personaje controvertido, amado y denostado en proporciones ciclópeas. Quizás por eso resulta tan fácil entender que ciertos familiares le pidieran a sus abogados que quemaran sus memorias tras su muerte, cosa que hicieron en el despacho de su editor. Tampoco estamos seguros de hasta qué punto George Gordon Byron hubiera contado la verdad sobre sí mismo, pero al menos constituiría una fuente más de información. Se rumorea que, probablemente, la obra habría resultado escandalosa pues hubiera confirmado su homosexualidad, inaceptable para aquella época. En todo caso, la duda quedó sellada. Algo similar ocurrió con los últimos meses del diario de la poeta Sylvia Plath, borrados por su marido para no hacer sufrir a sus hijos. En ese momento, también intentó buscar los restos de la novela "Double exposures" pero, según explicó su esposo, ésta había quedado perdida "en algún lugar de los años 70", de donde nunca se recuperó.

-En 1922, la primera esposa de Hemingway, bajo órdenes de su marido (quien, mientras trabajaba como corresponsal en una conferencia de paz en Lausana, quería enseñarle los trabajos que tenía en casa a un editor), metió en una maleta buena parte del material inédito que el escritor llevaba redactado hasta entonces, incluyendo varios relatos y un esbozo de novela. La mujer abandonó transitoriamente el tren en la estación de París para comprar una botellita de agua de Evian y, cuando volvió a su compartimento, la maleta había volado -algunos dicen que este suceso fue la base del divorcio de Hemingway, pero como casi todo alrededor de éste, es difícil saber lo que esta afirmación tiene de real o legendario-. Hemingway, que conservó uno de los relatos porque se lo había devolvió un editor (el cual lo rechazó), pero que no recuperó nada más a pesar de haber ofrecido una recompensa por la maleta, le consultó a la famosa escritora, amiga e intelectual Gertrude Stein acerca de qué debía hacer. Ésta (que, por cierto, había leído uno de los cuentos perdidos, y no le había gustado nada) le recomendó que reescribiera a partir de lo que se acordaba, porque si no lo había almacenado en la mente, es que no era lo suficientemente bueno. Hemingway así lo hizo, y de ahí salió su primera novela, "Fiesta". Hay mucho crítico literario que opina que esta pérdida le sirvió para perder lastre de obras primerizas que le habrían absorbido demasiado si hubieran continuado en su poder; pero, como digo, casi todo lo relacionado con Hemingway tiene demasiadas vertientes para juzgar a la ligera su autenticidad. En todo caso, se ha convertido en una de las maletas más famosas de la historia de la literatura.

-En 1942, Bruno Schultz termina su novela "El Mesías", en el que había puesto la sangre y la vida, pero ambas le son arrebatadas al tratar de huir del campo de concentración donde se hallaba encerrado, a manos de un soldado de las SS. Desde entonces, el misterio de lo que pasó en esa novela ha inspirado hipótesis por parte de historiadores, también novelas, y rocambolescas consecuencias (que incluyen espías y accidentes de tráfico) en el mundo real. Como otros textos que hemos descrito, todavía no ha sido hallada, pero aguarda quizás el momento propicio para aflorar.

martes, 1 de enero de 2019

Los libros y la historia real de enero: los mitos alrededor de la "Hypnerotomachia Poliphili"

Ilustración de L'Hypteronomachia Poliphili, que en ocasiones se ha utilizado como portada del libro.

En 1499, se publica en Venecia L'Hypteronomachia Poliphili, la cual suele traducirse como "El sueño de Polífilo", aunque si vamos a la etimología de la primera palabra, ésta proviene de hypnos (sueño), eros (amor) y machia (batalla), con lo cual la forma más correcta sería, estrictamente "el combate amoroso en sueños". Si críptico nos parece el título de la novela, más aún lo es su contenido, constituyendo uno de los libros más enigmáticos conocidos, junto con el Manuscrito Voynich entre otros y, según dicen, uno de los más hermosos jamás impresos. Partamos de que no es un texto hecho para que lo entienda todo el mundo: está escrito mediante un lenguaje que combina varias lenguas conocidas (entre las que se incluyen el latín y sus derivadas, pero también el griego, el árabe y el hebreo), y su escritura resulta particularmente intricada e ignota para el lector no iniciado. Su autor es desconocido, contiene 170 litografías cargadas de obscuro simbolismo y, en teoría, narra una historia de amor, la que se da entre Polífilo y Polia (a la que algunos denominan Lucrezia). Según "Roma insólita y secreta" (de Lovatelli, Morabito y Gradozzi), un catálogo de localizaciones recónditas, misteriosas y apasionantes de la capital de Italia, cuya lectura recomiendo fervientemente -y que me sirvió de punto de partida y buena parte de documentación para este post-, el argumento podría estar basada en la infructuosa relación entre Lorenzo de Médici y Lucrezia Donati (¿casualidad en el nombre?; aquí nada es casualidad), un romance que habría servido también de inspiración para el poeta cercano a los Médici Francesco Cei para componer su Giulia e Romeo, del que Shakespeare bebería sin disimulo para redactar su "Romeo y Julieta". Sin embargo, probablemente las intenciones de este texto, más allá de lo que pudiera parecer en la superficie, van más allá.

La Hypteronomachia ha servido de referencia a numerosas obras literarias. Entre las más conocidas, Pérez Reverte la menciona brevemente en "El club Dumas", pero resulta más importante la labor de "El engima del cuatro", una apasionante novela de intriga histórica donde Ian Caldwell y Dustin Thomason proponen una solución a los misterios de la compleja obra. Pero resulta aún más fascinante comprobar cómo ha influido en el panorama artístico: se dice que sirvió de inspiración a los jardines de Bóboli en Florencia y a los de Versalles en Francia. Asimismo, iluminó de manera directa a Bernini en su famosa escultura del obelisco sobre el elefante, situada en la plaza Minerva (diosa de la sabiduría) en Roma, donde antes se levantaba un templo de Isis (como vemos, nada en esta historia da puntadas sin hilo). Bernini, como recordaremos, es aquel archiconocido escultor y arquitecto del barroco italiano, autor de obras tan emblemáticas como la Plaza de San Pedro del Vaticano, "El rapto de Proserpina", "David" o "Apolo y Dafne" (todas fantásticas esculturas situadas en la igualmente fascinante y ensalzada por Henry Miller "Villa Borghese") o la mayor parte de las estatuas emplazadas a ambos lados del Puente Sant'Angelo. Pues bien, Bernini atesoraba una copia de la Hypteronomachia, y también la tenía (con anotaciones manuscritas) el Papa que le hizo el encargo al escultor, Alejandro VII. De hecho, fue dicho Papa el que hizo inscribir en latín la frase en la base de la escultura, que viene decir que el elefante (el animal más fuerte) es el único capaz de cargar con el conocimiento procedente de la antigüedad (en este caso, del "sabio Egipto", representado por el obelisco) y, por tanto, "se necesita una robusta mente para sostener una sólida ciencia". La estatua de Bernini se basa directamente en un grabado de la Hypteronomachia, y alude (como era lógico, tratándose todas éstas de obras entrelazadas con simbolismos) también a la resurección de la carne y la vida eterna (el obelisco surge del elefante de la misma forma en que la planta brota de la semilla): sin embargo, la escultura constituye seguramente la mejor representación visual de lo que, escondido entre las páginas de la Hypteronomachia, era el mensaje que pretendía transmitir su autor.


A la izquierda, el grabado en la Hypteronomachia. A la derecha, fotografía de la escultura de Bernini, realizada por el autor. La plaza se encuentra a unos pocos pasos del Panteón de Agripa, localización que sin duda hubiera maravillado tanto al Papa como al emperador restaurador del Panteón, el hispano y helenófilo Adriano.


Bernini era un crack. Y a quien os diga lo contrario, le enseñáis esta imagen de la mano de Hades asiendo el muslo de Proserpina. ¿Ha habido momento más sublime en la historia de la escultura? Buonarroti, por supuesto, diría que unos cuantos, y Rodin o Claudel añadirían unos pocos. Aunque, claro, resulta tan difícil escoger...

Como hemos dicho, el nombre de quien redactó la Hypteronomachia no se conoce pero, hace unos años, la investigadora Emanuela Kretzulesco encontró que la primera letra de cada capítulo, combinadas, generaban la siguiente frase: "El hermano Francesco Colonna adoró a Polia". Francesco Colonna era un monje que vivía en Venecia y predicaba en la Basílica de San Marcos. Sin embargo, para atesorar una vasta cultura en aquel tiempo, era conveniente provenir de una familia nombre, y Francesco no era una excepción: la familia Colonna dio a luz a un sinnúmero de prohombres italianos. Su núcleo de influencia irradiaba desde el barrio de la ciudad de Roma que poseían casi en exclusiva, donde levantaron la monumental Galería Colonna (aunque el nombre de la familia se basa en teoría en la columna en la que azotaron a Jesucristo, resulta difícil creer que la presencia de la columna levantada por el emperador Marco Aurelio en aquel lugar no haya servido de inspiración a aquellos influyentes potentados). En aquella época, una serie de grandes familias dominaban las distintas áreas de la ciudad de Roma y se disputaban (con permiso del Papa, que normalmente pertenecía a una de ellas) el control de la ciudad, llegando a la batalla campal entre sus sicarios si era necesario. En este contexto se desarrolla el nacimiento de la obra. Eran tiempos de discusión en la iglesia: los papas Borgia habían llevado al límite la capacidad de la religión para abarcar poder político y económico. Calixto XIII, años antes, había practicado el nepotismo, pero fue su sobrino, el valenciano Rodrigo Borgia (conocido durante su papado como Alejandro VI), quien llevó al paroxismo el ansia de lucro, practicando las alianzas matrimoniales (mediante su hija Lucrecia quien, al contrario de lo que se piensa, fue un peón más durante aquella interminable partida), la traición o el asesinato cuando era menester, empleando para ello la ayuda del veneno o de su hijo, el también astuto César Borgia (uno de los inspiradores para "El Príncipe" de Maquiavelo, según dicen). Aún después de la caída de los Borgia -por lo visto, víctimas del por una vez acertado karma: el papa Alejandro VI falleció (y su hijo favorito quedó muy tocado) como consecuencia de un camarero novato que erró con la copa que contenía el veneno que iba destinado a los otros comensales-, la imagen de la iglesia romana había quedado muy depauperada, y el saber que era a ese tipo de fechorías en lo que se empleaba el dinero de las indulgencias provocó que Lutero clavara sobre la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg sus famosas 95 tesis... y así empezó el protestantismo, del que ya conocemos la historia. En oposición a esta forma de ver el papel de la iglesia, un grupo de pensadores, entre los que se incluiría Francesco Colonna y a su tío Próspero, pero también el papa Nicolás V (llamado "el papa de las luces", en oposición a los Borgia que vinieron más tarde), el papa Pío II y varios teólogos, creían que la iglesia debía concentrarse sobre todo en la preservación del conocimiento, destacando la relevancia de mezclar el saber religioso con el pagano, sin desdeñar las tradiciones religiosas antiguas, incluyendo la mitología griega y egipcia. La idea de este círculo de pensadores era que el aprendizaje de la naturaleza era la mejor forma de comprender la creación divina, y de aproximarse por tanto a Dios. Éste es el mensaje en clave que transmite la Hypternomachia, en la cual Polífilo pretende alcanzar la sabiduría divina, encarnada en la figura idealizada de Polia, símbolo del conocimiento y del amor por la filosofía.

Como era lógico, el año de la publicación de este libro (1499) era uno terrible para hacerlo, pues eran los Borgia quien dominaban, y ello hubiera supuesto un ataque directo a su pontificado y a todo lo que representaba. Como los papas Borgia no se tomaban muy bien las críticas (recordemos lo que hicieron con Savonarola), Colonna escondió su mensaje -tan necesario en aquellos tiempos oscuros- en un libro tan críptico que sólo un auténtico humanista podía entenderlo, proporcionando una tabla de salvación (o una luz en mitad de la tormenta) a aquellos filósofos que se consideraban perseguidos en aquella era tan prosaica y tan dolorosamente salvaje, para que supieran que no estaban solos y que, en un tiempo más temprano que tarde, cualquier noche saldría el sol. "El enigma del cuatro" ofrece otra resolución de la intriga histórica, muy acorde también con las circunstancias de aquel tiempo, y que podría relacionarse muy fácilmente con el supuesto secreto que Francesco Colonna probablemente quería transmitir en la vida real pero, la verdad, el mensaje auténtico me parece tan hermoso que creo que él sólo podría rellenar varios libros de misterio y obras de todo tipo. Aunque quizás, para dejar satisfecho a Francesco Colonna, sólo le sería necesario saber que su idea ha calado hondo en nuestros corazones. Un amante de la sabiduría no necesita más.

lunes, 19 de febrero de 2018

El relato de febrero: "Todos los caminos llevan a Cartago"

Todos los caminos llevan a Cartago

            En el año 210 a.C., Roma claudicó al fin y firmó la paz con Cartago. El éxito se debió sin duda al cambio de opinión, casi in extremis, de los dirigentes cartagineses, los cuales autorizaron a enviar más hombres y equipamientos a su general Aníbal, permitiéndole entonces cercar la ciudad, lo cual supuso, tras un terrible asedio que se prolongó durante varios años, la rendición definitiva de Roma.

            No obstante, la contienda de más de veinte años, que se había prolongado, como una auténtica guerra mundial, la primera de ellas, a lo largo y ancho del Mediterráneo, Iberia, África, la Península Itálica, le había dejado a Aníbal Barca bien clara una cosa: Roma tenía mucho que ofrecer a Cartago, y pese a su odio eterno jurado a los nueve años contra los romanos, pensó que nada podría ser más provechoso para la causa de Cartago –y más humillante para los romanos, por otra parte; aunque las futuras versiones históricas, benignas con Aníbal, tendería a teorizar que le movió mucho menos su deseo de venganza que el sentido de estado-, que convertir a los romanos y a sus aliados itálicos en uno más de los colaboradores de Cartago, en miembro más de un imperio formado por estados satélites. Así pues, lejos de aquellas voces que proclamaban la destrucción de Roma, Aníbal pronunció un legendario discurso, en el que proclamaba que vivos, sus antiguos enemigos podrían ayudarles a ser mucho más fuertes de lo que eran. Los romanos, a pesar de su derrota, se resistieron a formar parte del bando de su propio enemigo; sin embargo, ante la débil oposición de los estados italianos –que por otro lado, se sentían hasta cierto punto felices de ver derrotada a su antigua señora, y aliviados al haberse colocado bajo el mando de un ejército que, al contrario que el romano, no les exigía más batallas-, poco más pudo hacer, y tuvo que claudicar por segunda vez, esta vez, en el terreno de los sentimientos. Además, Roma era en aquella época una ciudad sin tradición ni apenas historia, no fue difícil que asimilaran el vasto andamiaje cultural heredado de los fenicios y ahora defendido por los cartagineses, y los romanos se alegraron también –pasado el habitual recelo frente a los extranjeros- al ver cómo se erigían en su ciudad monumentos y jardines que antes no existían en esa sucia cloaca en mitad de la península italiana. Así pues, los romanos orientaron, tal y como pensaba Aníbal, su patriotismo, la defensa por su patria, a la defensa de los intereses de Cartago. Un cambio de mentalidad que, un tiempo más tarde, sería muy beneficioso para todos ellos, y que a la luz de las circunstancias presentes, y como profundizaremos más adelante, debería recuperarse de nuevo para una revisión histórica.

            Con la conquista de Roma, la anexión de Iberia fue una cuestión costosa, pero que sólo requirió tiempo, después de todo, Cartago ya se hallaba implicada con los pueblos ibéricos mediante lazos comerciales, no fue difícil que ingresaran en el interior de su federación, manteniendo su autonomía a cambio de pagar un tributo. Algunas tribus se resistieron, y durante varios siglos, las antiguas legiones romanas, en colaboración con las falanges cartaginesas, se vieron obligados a combatir a diversos pueblos, hasta que finalmente obtuvieron una conquista completa. En aquellos tiempos, se observó ya lo que sería una constante militar durante siglos, y es que la colaboración de estos dos sistemas de ataque, conjugando hombres procedentes de ambos bandos –el doble de efectivos, por tanto-, y las estrategias más útiles de cada una de sus organizaciones militares, el eje Roma-Cartago se convertía en un poderoso tanque, al lado del cual se hacía muy difícil prácticamente respirar. Por eso fue por lo que los griegos, prudentes, decidieron establecerse como una parte más de la autonomía cartaginesa, garantizando, con ello, la independencia de sus polis, aunque sí a cambio de unas fluidas y muy ventajosas para los púnicos relaciones comerciales. En poco tiempo, el Mediterráneo estaba en paz; y lo era bajo un gran imperio, que tenía como capital Cartago.

            Los historiadores cifran para aquella época lo que ellos denominan, y que ha determinado la mayor parte de la historia de la humanidad, es la “superposición de culturas”. La mayor parte de los eruditos predice que, de haber quedado en derrota, o tan siquiera en tablas, incluso si se hubiera vencido pero si se hubiera destruido Roma, la conflagración de la segunda guerra itálica hubiera marcado el principio del fin del pueblo cartaginés. Tal y como afirmó Polibio, el apogeo de Cartago había sido muy brillante, pero como toda civilización, a un momento le brillo le suele seguir la decadencia, así hasta la conquista de otro pueblo. Fue en cambio, la conquista de Roma, la que permitió obtener a los cartagineses el empuje de nuevos pueblos en ascenso, como los romanos, aprovechando sus fuerzas y su dominio militar. Y esta conjunción de astros permitió a su vez incorporar toda la cultura y la ciencia de los griegos, combinadas las cuales, crearon una cultura grecocartaginesa, la cual se expandió por Roma, Iberia, y todo el norte de África, consiguiendo incorporar a la civilización a los númidas, y la colaboración estrecha junto con un asociado imperio egipcio.

            La superposición de culturas fue la que permitió subsistir al Imperio Cartaginés durante varios cientos de años. De no ser así, de no haberse producido la combinación de una amalgama de culturas las cuales unieron sus fuerzas para lograr una civilización más potente, ninguna de ellas hubiera durado lo mismo que cada una por separado. Más ladelante, Las guerras civiles internas por hacerse con el poder llevaron a la finalización de la república y a un gobierno en manos de un solo hombre, un imperio plural, multiétnico, y esencialmente pacífico, dedicado solamente a defenderse de las invasiones de los bárbaros en la Galia, Germania, etc. No obstante, las relativas escasas fronteras que presentaba el imperio en su zona europea, así como los agrestes accidentes geográficos –Pirineos, Alpes, etc-, que les defendían, mantuvieron estas zonas fácilmente defendibles seguras durante mucho tiempo. No obstante, todo cambia a partir del siglo VII, con la llegada de los árabes.

            El profeta Mahoma, inspirado en gran parte por un cristianismo que se había extendido por todo el Imperio Cartaginés, incitó a sus contemporáneos a la conquista del mundo, expandiendo su religión, su cultura y su idioma por todo el orbe. En el momento en que llegan al Norte de África, se encuentran con un imperio altamente desarrollado en el sentido cultural e intelectual, aunque ya muy empobrecido militarmente. Los árabes engulleron fácilmente la región del norte de África, llegando hasta Hispania, pero no más allá, a causa del clima. Mientras tanto, Italia y Grecia, perdidas a su suerte, fueron invadidas por los bárbaros, que tomaron estas regiones. Es en ese momento cuando Europa deja de formar parte del núcleo más elaborado de la civilización, y cae en un abismo donde la ciencia, la tecnología y la cultura brillan por completo por su ausencia.

            Los árabes mantuvieron un imperio que, una vez más, formó parte de una nueva ola, por segunda vez en la historia, del impresionante fenómeno de superposición de civilizaciones. De haber caído el imperio cartaginés sin más, todos sus vastos conocimientos, junto con los de los griegos, hubieran caído en el olvido, lo cual hubiera supuesto un bache de varios cientos de años, del cual nos hubiera costado mucho recuperarnos, y que hubiera retrasado enormemente los enormes progresos que tantas vidas han salvado (y al mismo tiempo, es triste decirlo, tantas muertes), en nuestra civilización. Pero gracias a la llegada de los árabes, un pueblo organizado tras su contacto con otras grandes civilizaciones en Oriente Medio y Próximo, todo este saber fue mantenido, y por tanto, fue posible desarrollar la ciencia nueva en base a la antigua, sin interrupciones ni discontinuidades, de forma fluida y recíprocamente enriquecedora. Gracias a ello, ya en el siglo X, se desarrolló un método científico, se pusieron los primeros pilares para desbancar la teoría geocéntrica, se desarrolló la teoría de la gravitación universal, y comenzaron las exploraciones marítimas que llevarían al descubrimiento, por parte de ibn-al Hassam, del continente americano. La fragmentación del imperio árabe en varios países no fue un impedimento, sin embargo, para que los recursos naturales procedentes de América desarrollaran de nuevo la economía, la ciencia y la cultura, desarrollándose una feroz competencia entre los países árabes –en los cuales, poco a poco, las presiones religiosas fueron menos estrictas, permitiendo el desarrollo de la investigación sin cortapisas-, que es la que nos ha llevado a los tremendos avances tecnológicos que tenemos hoy en día.

            No obstante, todo este desarrollo no se ha acompañado sin problemas sociales que han afectado, en su mayoría, al conjunto de los trabajadores, y también a los países pobres anexos al extinto imperio árabe, tanto en el lado europeo, como sobre todo, por el lado africano. Después de un largo periodo de conflictos y revoluciones, incluso la creación de un estado comunista en la empobrecida Inglaterra, las presiones populares permitieron una mejora del nivel de vida de los trabajadores, y también la mejora de las condiciones de vida de países como la India, cuyo sufrimiento, por su cercanía geográfica y su historia común con el islam, resultaba fácilmente identificable a los ojos de los árabes, favoreciendo leyes más justas y la colaboración con los más desfavorecidos. Sin embargo, los países africanos situados más allá del Sáhara, asfixiados por la presión colonial, también la región de Norteamérica, sin civilizar y con los indios explotados para obtener materias primas, y los países europeos, olvidados por todos más allá del estrecho –a todos nos conmueven las imágenes de esos niños blanquitos hambrientos, soportando los fríos inviernos, entre las ruinas de la antigua Roma-, fueron condenados al ostracismo y a la pobreza. Más allá del Estrecho, nos olvidábamos de todos, como si no fueran seres humanos.
                       
            Por eso, no es extraño, como quiero resaltar en este artículo, que nuestra pobre actitud contra ellos se haya tomado venganza. Entre la pobreza y la marginalidad, el cristianismo se ha vuelto radical en esos países consumidos por el analfabetismo y la ignorancia, fácilmente manipulables por líderes religiosos que proclaman su odio contra el Sur y contra su poder omnímodo. Ante esta situación, no es extraño que individuos procedentes de países con nombres impronunciables –Francia, Reino Unido, Alemania, regiones cargadas de duros climas de nieve y de lluvias-, se hayan organizado para dañar las estructuras más esenciales de nuestra civilización, y atacar a nuestros núcleos de riqueza, poder y orgullo. La situación se ha vuelto para ellos insostenible, y bajo esa situación, no sería extraño que el fundamentalismo cristiano volviera a atacar de forma dramática y mortal. Hemos convertido el mundo en un infierno para buena parte de la humanidad que vive en él: sólo de nosotros, haciendo partícipes a otros pueblos de la riqueza que ahora poseemos, podremos poner freno a esta oleada de odio anti-musulmán, y hacer que todos nosotros podamos subsistir en paz.

            Hemos de recuperar ese espíritu, ese eje con el que hemos comenzado el artículo, Roma-Cartago, norte-sur, y que al inicio de nuestra civilización tantos buenos frutos nos procuró, e intentar que la colaboración sea la máxima que rija las relaciones de nuestros pueblos, en lugar de instigar la separación entre los mismos.

            De no hacerlo, agresiones como la de esos aviones que se han estrellado sobre las Torres Omeya en El Cairo, lejos de constituir un hecho aislado, no habrán hecho más que empezar.


Muhamed al Nimri es catedrático de Estudios Europeos por la Universidad Nacional de Túnez.

lunes, 16 de octubre de 2017

El relato de octubre: una de romanos (segunda parte). El final de "R.O.M.A".

Como algunos recordaréis, hace un tiempo colgamos en este blog la primera entrega de un (¿relato largo?¿novela corta?) inspirado de manera muy libre en la antigua Roma. Os ofrecemos ahora el final. esperando que, tras leerlo, os entren ganas de construir un acueducto, vestir toga, o levantar un imperio. Que lo disfrutéis:


R.O.M.A.
(Segunda parte)


-Oye, Cindy, ¿no sabrás donde está Bruto? Tengo que hablar con él una cosa sobre la operación de mañana.
            El agudo tono de voz de su secretaria se hubiera escuchado incluso para alguien que sólo estuviera mirando a Caesar escuchar el teléfono desde un lado. A éste no le gustaba el timbre de la chica (ni tampoco sus habilidades como secretaria, las cuales consistían básicamente en poseer un busto que ocupaba casi toda la mesa), pero menos aún las noticias.
            -De acuerdo. Si le ves por ahí dile que le estoy buscando, ¿de acuerdo? Que en cuanto pueda, que me intente llamar.
            Pero Caesar no se quedaba tranquilo dejando el recado. El cuerpo le pedía hacer algo, actuar, la acción. Por ello, bajó por el ascensor del servicio, sin que nadie le viera, al garaje. Allí, el ya advertido chófer, con el aire de sigilo que le caracterizaba, le tenía el coche dispuesto y con la puerta abierta, sin que hubiera necesidad de hacer preguntas. Aún así, se arriesgó:
            -¿La dirección, señor?
            -La habitual de los jueves –esgrimió Caesar, y con ello no hubo necesidad de nada más.
            El automóvil de alta gama se deslizó por entre las calles grises, repletas de personas que no miraban a los laterales, atentas sólo a las imágenes de sus teléfonos móviles o a posar frente a vasos de plástico de lujo un café hecho de plástico a su vez. En ese contexto, el coche de Caesar pasaba inadvertido para los viandantes, pero él también les ignoraba a ellos. Tan sólo observaba la pantalla de su móvil conforme tecleaba el número, escuchaba durante un par de tonos, y luego volvía la cabeza la pantalla donde salía el nombre de “Bruto” junto a un auricular tachado, y resonaba de fondo la consabida cantinela: “El número marcado está apagado o fuera de cobertura…”
            El coche llegó a la entrada de un (de discreto, casi escondido) parking subterráneo que no tenía ticket para pasar. Solamente un timbre que el chófer accionó, para luego declarar, a la pregunta que le formularon:
            -Ha llegado el Caballo de Troya.
            La barrera se levantó y les permitieron pasar.
            Una vez llegados a uno de los pisos superiores, a Caesar le acogieron como siempre: cocktail de bienvenida, unas cuantas muchachas guapas envueltas en boas de pluma, la Madame conduciéndole con una conversación entretenida hasta la habitación. Sin embargo, no hicieron falta demasiados preliminares porque el ritual ya era de sobra conocido. En poco tiempo, le tuvieron dentro de una sobria habitación donde la chica (o mñas mujer que chica) vestía con la misma sobriedad de la habitación, como si aquel se tratara de un lugar distinto al que había venido a parar.
            -Eres un enfermo, Caesar –le escupió Pompeya a la cara, nada más entrar-. Reniegas de tu mujer y vuelves a ella cuando se ha convertido en puta; y en cambio, a la puta la conviertes en tu esposa.
            -Si te refieres a Cleopatra, ella no es mi mujer –replicó adusto Caesar.
            -No, ya, el título oficial lo detenta Calpurnia. Por cierto, ¿dónde la tienes?¿En un viaje de representación, muy lejos, en Hong Kong?¿Qué se cuenta?
            -Está en Singapur. Ha mandado recuerdos por Skype.
            -Espero que no agradables –rechinó Pompeya.
            -Decía que tenía un mal presentimiento. Suele tenerlos unas dos veces por semana.
            -Siempre has desdeñado lo que poseías, y en cambio buscas con ansiedad aquello que no puedes tener. A Cleopatra la quisiste sólo porque se le encaprichó a Antonio, y ahora, a mí…
            -Yo nunca quise que te metieras a… prostituta –se atrevió Caesar a confesar la verdad.
            -¡No, claro!, ¿y qué otras opciones me quedaban?-allí la impresión que Pompeya proporcionaba no era la de una cortesana, sino la de la esposa que en su día fue-. ¡Rechazada por su marido, apartada de la empresa, acostumbrada a un tren de vida, a ver cuántas opciones le quedaban a una por ejercer en esta ciudad!
            -No entiendo por qué me echas a mí la culpa de esto.
            -¡Ah, claro!¡Va a resultar que no fuiste tú el que me repudió!
            -Ya te lo dije… No tenía más remedio. Después de que Clodio irrumpiera en… vuestra soirée, vestido de mujer, había demasiadas sospechas de adulterio.
            -Pero tú mismo dijiste que me creías inocente…
            -Aún así, la gente…
            -¡Oh, sí, ya me sé esa cantinela!-replicó despectiva Pompeya-. “La mujer de Caesar no debe sólo ser honrada, sino parecerlo”. Tú y tus frases hechas… Parecen hechas de cara a la galería, para que puedan soltarse en cualquier ocasión en los próximos mil años… Pero no tienes ni idea de lo mal que le sientan a la gente que tienes alrededor.
            -Pompeya, eres lo suficientemente lista como para entenderlo. Aquello era una crisis; ponía en duda nuestro matrimonio; y cuando una unión marital implica poseer el 50% de las acciones de una compañía, estas cuestiones se vuelven extremadamente delicadas. Los inversores estaban inquietos: tenía que apaciguarlos de alguna forma.
            -¡Echándome de comer a los perros!¡Arrastrándome a la indigencia!¡Apartando lo que era posible de mí!
            -Era el papel institucional que me tocaba hacer en ese momento… Debía dar la mayor impresión de firmeza posible… Pero te ofrecí dinero, Pompeya. Lo hice de otra manera, escondida, secreta, bajo mano. Fuiste tú la que no aceptaste.
            -¡Dinero, dinero! Tú siempre has solucionado las cosas de esa manera, Caesar… No eran vulgares monedas las que en aquel momento yo necesitaba de ti.
            Pompeya se sentó y encendió un cigarrillo. A Caesar no le pasó desapercibido cómo su piel se había avejentado como consecuencia del nuevo estilo de vida que llevaba desde hace tiempo. Sintió una punzada de culpabilidad a causa de ello, pero procuró enterrarla al fondo de su cerebro, como hacía siempre. Aquel desván ya se encontraba demasiado lleno, pero la puerta, de momento, conseguía aguantar.
            -La verdad, la auténtica verdad, Caesar, es que a mí nunca me quisiste como a otras. Siempre he sabido que sólo te casaste conmigo porque era la nieta de Sila, tu enemigo, y el anterior jefe de la compañía. Todo el mundo entendía la hábil estrategia desde el punto de vista de la política de la empresa, incluso yo lo asumía. Pero al menos quería, a cambio de eso, un poco de disimulo… quizás algo de amor.
            -Cumplí con mis deberes de marido –se defendió Caesar.
            -A veces simplemente cumplir con tu deber no es suficiente –mordió como una tigresa atacada Pompeya-. Como hiciste con Cornelia cuando mi abuelo te ordenó que te divorciaras de ella y tú te negaste y saliste huyendo. Aquello era algo más. Aquello era pasión.
            -Lo hice todo por puro tacticismo –se escudó de una extraña manera Caesar.
            -Pues engañaste a muchos –contestó Pompeya-; tal vez con que me hubieras engañado de la misma manera, yo hubiera tenido suficiente. Hubiera sido… feliz.
            Pompeya apoyó un par de dedos sobre el lugar donde confluían la nariz con sus ojos.
            -Me duele mucho la cabeza.
            Se levantó del puff de enardecidos colores eróticos donde se sentaba y se acercó a un armarito, de donde sacó una estilizada botella de color ambarino, y una caja de pastillas. Se tragó varias de golpe, y un sonoro trago de alcohol también. A Caesar le preocupaba lo mucho que Pompeya bebía en los últimos tiempos. Por no hablar de otras cosas. Sin embargo, como ella se encargaba de recordarle, ya había perdido toda incumbencia para poder opinar sobre este asunto.
            -¿A qué has venido entonces?-preguntó Pompeya, con pinta de que quería dar por zanjada esta conversación cuanto antes-. ¿A darme dinero, como otras veces, a preguntarme cómo estoy para sentirte menos culpable?¿O esta vez te vas a cobrar algo más y vas a exigirme que tengamos un breve y tórrido caliqueño? Aunque te lo advierto, te va a salir más caro y te va a saber peor que cuando yo era tu mujer.
            Entonces Caesar la miró. Y se sintió de golpe muy cansado. Sin ganas de luchar. Él, que en circunstancias adversas, era cuando más se crecía. Él, que se sintió en su salsa aquella vez que le secuestraron los terroristas chíitas. Que alcanzó el máximo poder cuando más acosado se encontraba por las deudas. Ahora, en cambio, no tenía ganas de discutir en absoluto. Y de hecho, sorprendentemente, le salió un inesperado:
            -Mira, vengo a… No sé a qué he venido en realidad –confesó-. Pero ya que estoy aquí, quería… Sólo quería decir que lamento cómo ocurrieron las cosas. Y que quizás no te sirva de nada, pero al menos quería decirte que lo siento.
            Dicen que este tipo de declaraciones te libera de un peso interior. A Caesar, aquella revelación a tumba abierta. no se le produjo esa sensación. Puso los brazos en jarras y se plantó delante de Pompeya:
            -¿Satisfecha?
            Ella, exhalando tranquila su cigarrillo, curiosamente serena, se atrevió a argumentar:
            -No lo sé. Quizás sí. No te voy a decir que gracias, o que estás perdonado. Pero, joder, sí, lo necesitaba.
            Se colocó el pelo para no perder ni un ápice de elegancia.
            -¿Qué, vas a querer un polvo, aún así?
            Caesar amagó una mueca.
            -No, qué va; se me han pasado las ganas.

*                                 *                                 *

            Caesar, sin embargo, mentía. Se le habían pasado las ganas, pero era con Pompeya. Un par de minutos más tarde, se encontraba en la sauna del edificio, detrás de los glúteos de una chica oriental. “Quiero una reina bárbara”, había exigido a la Madame del establecimiento. Aunque, por los gritos y el sudor que chorreaba ahora mismo, no reflejaba una imagen demasiado regia.
            Unos instantes después, Caesar trataba de relajarse dentro de la sauna, con el cuerpo casi por entero sumergido por el agua. Ignoraba por completo a la muchacha, la cual se recuperaba inescrutable en un rincón. El silencio se mantuvo hasta que a Caesar le dio por fijarse en la decoración del sitio.
            -¿Ésa es una estatua de Pompeius?-inquirió incrédulo. La chica volvió con desgana la vista.
            -Creo que sí. Digo que creo porque en realidad nunca le llegué a ver en persona. Le asesinaron mucho antes de que yo entrara a trabajar aquí. Por lo visto, se dejó mucho dinero en este sitio.
            <<Apuesto que sí, viejo zorro>>, maldijo en voz baja Caesar para sus adentros. Hasta podía ver, reflejada en el mármol de la estatua, la cara de sátiro de su viejo compinche.
            -Me voy a buscar unas bebidas –dijo la chica, visiblemente hastiada de quedarse allí sin hacer nada-. ¿Quieres algo?
            Caesar, indiferente, negó con la cabeza. Él seguía bebiendo de la copa con la que había empezado su sesión con la muchacha. Cuando la joven se alejó, Caesar se quedó un rato tranquilo, pensando. Más o menos hasta que la estatua de Pompeius rompió a hablar.
            -¿Qué tal andas, Caesar?
            El aludido se encogió de hombros.
            -Supongo que dormido, porque una estatua me habla en sueños. O tal vez es que me he vuelto definitivamente loco.
            -Tal vez se trate de los remordimientos, ¿no crees?
            -Yo de eso no fumo –negó displicente Caesar.
            -Dime, amigo mío, ¿cómo te ha ido desde que no estoy?¿Te sirvió de algo mi sacrificio?
            -Yo no fui quien lo busqué; supongo que tus fuentes al otro lado te habrán informado. De hecho, lamenté de manera amarga tu muerte delante de los que contrataron a los sicarios.
            -Por desgracia, Caesar, lo único que no saben ver los muertos son las intenciones de los vivos; sobre todo, cuando éstos son capaces de fingir lo contrario de lo que desean. En todo caso, reitero mi pregunta, ¿qué tal te va?¿Desembarazado de tus enemigos, duermes tranquilo por las noches?
            -Tú bien sabes que, llegados a cierto punto, nunca se dejan de tener enemigos. Eso sólo significaría que te has retirado de la partida.
            -¿Y tus noches, Caesar?¿Son serenas?
            Ante una interpelación tan directa, Caesar ya no encontró manera de zafarse con más evasivas. Por otra parte, ¿mentirle a un muerto, qué sentido tendría?
            -He tenido últimamente sueños crueles… extraños.
            -¿Alguna vez has tenido sueños premonitorios?
            -No sé decirte… No sabría contestar…
            Caesar escrutó de manera penetrante la estatua de Pompeius, pero sus ojos sin pupilas no supieron decirle nada.
            -Dime, Pompeius, ¿has aprendido lo suficiente en el mundo de los muertos para decirme por dónde debería llevar mi camino?
            -Si algo se aprende a este lado, y aprecia que he utilizado el condicional, es que las cosas no las hicimos en su día por el destino al que nos llevaban, sino porque era lo que queríamos hacer en cada momento, y que eso sería lo que volveríamos a hacer. Así que no tiene mucho sentido tratar de corregir el rumbo de nadie. No funcionará.
            -Al menos, dime si es posible buscar otra vía. Si, actuando de manera distinta, seré más feliz.
            -¿Desde cuándo la felicidad ha sido tu objetivo, Caesar? Era el poder lo que te llenaba.
            -¿Y si ya no lo hace?¿Hay una posibilidad de hacer otra cosa?¿De cambiar?
            -Los hombres como tú y yo, Caesar, no podemos cambiar de vida. Si volviéramos a tener otra, a disfrutar de una segunda oportunidad, tan sólo sería para cometer nuevos errores. Nuestro cuerpo sólo puede descansar tranquilo cuando hemos muerto o cuando hemos alcanzado la posteridad eterna: sólo caminamos hacia la inmortalidad. Ése es el único momento en que podemos relajar el ánimo.
            -¿Y cuántas cosas se dañarán por el camino? Incluyendo a nosotros mismos.
            -Hay consideraciones que no se tienen en cuenta mientras ocurren los grandes sucesos. ¿Te has fijado que en las películas, da igual que en medio haya muerto un pueblo entero, que si el protagonista sale vivo, se dice que terminan bien? Pues lo mismo ocurre con nosotros: da igual lo que ocurra para llegar a nuestro objetivo, lo principal es que se acabe llegando.
            -Pero se supone que el héroe trabaja para el bien común. ¿Nosotros lo hacemos?¿Lo hacíamos, Pompeius?
            -Caesar, bien sabes que, para R.O.M.A., lo que es bueno para el líder es siempre bueno para el bien común. Es la definición básica del liderazgo.
            Caesar no se quedó muy convencido.
            -Me da la sensación de que tendría que haber algo más. Que, cuando hubiéramos llegado, habría una cinta roja, una meta flotante que indicara, “ya está aquí, lo has logrado”. Y que, de alguna manera, me sentiría mejor.
            Pompeius, desde sus pétreos labios, sonrió.
            -La cumbre es un lugar muy solitario, Caesar. Y cuando has escalado una montaña, normalmente lo único que se te presenta es una nueva cima que hay que asaltar. Y en cuanto te quedas dormido, alguien aprovechará y cortará de la cuerda. Como, por ejemplo, ahora mismo.
            La temperatura de la sauna se había elevado. Caesar se inquietó conforme aparecían, en el agua, nuevas burbujas.
            -¿A qué te refieres?-le preguntó inquieto.
            -En estos momentos en que estás dormido, han entrado desconocidos y han empezado a rebuscar entre tus pertenencias. No debiste tratar tan mal a la prostituta; el amor propio pesa, también en estas mujeres, y se acaban vengando. Ahora mismo los hombres están sacando tu cuerpo del agua para ver si llevas alguna joya valiosa encima.
            -No –replicó con frío aliento Caesar-… Eso no puede ser… Yo me habría dado cuenta.
            -El sedante de la bebida ha dado buenos resultados. Mientras tanto, en tu casa están rastreándolo todo en busca de material comprometedor. Deberías saber que en la traición, en este juego, es una preciosa tirada. Mientras tanto, aquí, te han empezado a atar con las toallas. Un tipo se te está arrodillando hacia ti.
            -¡Joder, calla, no!
            -… la navaja que afeitar que saca recorre tu cuello… Sale de allí un brusco chorro de sangre…

*                                 *                                  *

            Caesar se despertó entre sus sábanas, envuelto en un helado sudor. Se llevó las manos a la garganta, y durante unos segundos le costó ubicarse. Cuando finalmente rememoró, y distinguió la realidad de la ficción, no consiguió hilar un recuerdo claro de cómo había llegado hasta allí desde el prostíbulo. Aunque, de lo que consultó por su reloj, no debían haber pasado demasiadas horas.
            Sólo entonces se dio cuenta de que el teléfono sonaba insistentemente a su lado, y era lo que le debería haber despertado. Lo cogió, como si fuera un arma, entre las manos.
            -¿Diga…?-se dio cuenta de que sonaba cascado, cazallero, agonizante…
            -Señor Caesar –sonó una profesional y eficiente voz femenina al otro lado-, sólo era para recordarle que el Consejo ha convocado una reunión de emergencia para mañana para mañana.
            -¿Una reunión? No tenía ni idea. ¡Maldita sea!, ¿pero no se supone que esas cosas sólo las puedo convocar yo?¿Cómo no me he…?
            -Señor, es posible que se le haya pasado chequear su mail. Debe recordar que una minoría de un tercio del consejo tiene derecho a…
            -¿Esto es cosa de Bruto?¿Dónde está Bruto?¡Joder, no hay forma de encontrarle con ningún lado!¡Páseme con Bruto ahora mismo!
            -Señor, no me hallo con el señor Bruto en este momento, pero puede comunicarse a través de los canales habituales…
            -¡Oiga usted, mamarracha!¡A mí no me trate como si fuera un contestador automático, o un cliente cualquiera de la compañía!¡Soy el puto jefe, joder, y si yo digo que me ponga con Bruto, entonces…!
            -Señor, no puedo responderle si se pone así…
            -¡Deje ya de darme excusas y póngame con Bruto de una maldita vez!-fue entonces cuando Caesar se dio cuenta de que, como con el despertador que le había sacado de su sueño de sangre, ahora había un pitido insistente en su oreja. Un Caesar no muy ducho en recientes tecnologías se dio cuenta de que tenía una llamada por la otra línea. Seguramente la mujer se dio cuenta, o si no creyó haber encontrado una buena excusa para salir de aquel atolladero, porque Caesar escuchó un:
            -Señor, si tiene otros asuntos que atender, puede…
            -¡No se crea que se va a librar de esto tan fácilmente!¡Espero que sea Bruto el que esté al otro lado de la línea, pero tanto si es así como si no, luego voy a hablar con usted y se va a enterar de lo que vale un peine!¡Voy a… voy a… mire, no sé lo que voy a hacer, pero más vale que no lo haya pensado para cuando vuelva!¡Y tú…!-dijo tras apretar el botón para dar paso a la otra línea, dispuesto a lanzarle una diatriba a Bruto.
            -¿Papá?
            Entonces, todo se paralizó. Se detuvo el mundo. Sí, era él. Ni lo había pensado, era él, Cesarión. Caesar se derrumbó y se sentó sobre la cama.
            -¡Hola, hijo!, ¿cómo estás?-dijo sin poder reprimir sus emociones-. ¿Estás a gusto en el interna…?¿Estás a gusto en Suiza?¿Te tratan bien los maestros y los otros niños?
            -Sí, papá, lo estoy pasando muy bien –dijo el niño, con un ligero frenillo en la lengua propio de los niños de su edad-. Aquí hacemos cosas muy divertidas y lo pasamos muy bien. Pero te echo de menos. Y también a mamá…
            -Oh, mi ángel, mi cariño, mi tesoro, yo también te echo de menos… Quizás… quizás podamos hacer algo para que volviéramos dentro de poco a vernos. Quizás…
            -Oh, sí, papá, estaría muy bien, podríamos irnos los tres a Suiza. Papá, mamá, yo, todos nosotros. Aquí se está muy bien, es muy bonito. Tengo ganas de abrazaros, y de daros besos… Pero, ¿qué te pasa, papá?¿Estás llorando?
            -No, nada, hijo, nada, es simplemente que estoy muy contento de volverte a escuchar. Tienes que llamarme más a menudo…
            -Es que mamá tiene una línea para poder hablar gratis con ella…
            -Bueno, eso está bien, hijo, eso está muy bien, pero eso no es excusa. Quiero que me llames más a menudo, ¿de acuerdo?, yo también quiero escuchar que ti.
            -De acuerdo, papá. Tengo que irme, aquí es por la mañana y me esperan en el colegio. Pero no te preocupes, te volveré a llamar.
            -Muy bien, corazón, me parece estupendo…
            -Y otra cosa…
            -¿Sí?
            -Te quiero, papá.
            Mientras se escuchaba el clic del teléfono al colgarse, Caesar se quedaba con el teléfono en la mano y el alma partida, con la boca entreabierta, sin saber, por primera vez en mucho tiempo, qué decir o qué acción ejecutar…
            Y el conquistador de mundos hizo lo primero que se le ocurrió: rompió a llorar como un niño.

*                                 *                                 *

            Cuando resonó el tintineo de llaves, él aún se encontraba encogido sobre sí mismo sobre la cama. Luego, para su sorpresa, en la habitación apareció Cleopatra. Cargaba un montón de bolsas de tiendas de ropa exclusiva. Extrañamente, se arrodilló ante él.
            Caesar la miró con aspecto de derrota. Las lágrimas eran evidentes aún en su cara por el espacio que habían dejado los surcos.
            -Ha llamado Cesarión.
            -Lo sé –respondió ella, contemplándole con una extraña serenidad que no se correspondía en absoluto con la actitud con la que había salido de la casa tan sólo unas horas antes-. Me he encontrado una llamada perdida en mi iPhone. He querido conectar la llamada a casa pero he visto que estaba comunicando. Y sólo se me ha ocurrido que pudieras haberlo cogido tú.
            Caesar no reaccionó ante esta cadena de acontecimientos.
            -Anda, ven aquí –le dijo ella, con mirada de quien lo sabía todo-. Te prepararé un baño.
            Unos veinte minutos más tarde, Caesar se encontraba metido en la bañera hasta el cuello, cubierto de espuma, respirando plácidamente de la tranquilidad y del olor a jabón. Necesitaba hacía mucho tiempo este descanso.
            Escuchó el débil sonido de la puerta al abrirse. La vaharada de la fragancia de Cleopatra penetró por todas partes. Por el rabillo del ojo, y a través de los espacios entre las traslúcidas cortinas que rodeaban la ominipotente bañera, vislumbró a Cleopatra quitándose el albornoz. Su nuca recortada por la extrema rectitud por debajo de su peinado, y sus hombros y su espalda gráciles quedaron al descubierto. Había que reconocer que en algunos aspectos, más que en otros, se había conservado bastante mejor…
            Apareció sobre la bañera con una toalla cubriéndole los senos, y llegándole de manera justa hasta la parte superior de los muslos. Estaba maquillada superficialmente, como si lo hubiera hecho de un modo descuidado, pero Caesar sabía que le había conllevado un tiempo de años llegar a conseguir ese efecto.
            -¿Qué se contaba Cesarión?¿Le va bien en el colegio?-dijo tendiéndole un vaso cargado de hielo y whisky.
            Caesar asintió mientras bebía un sorbito. Sonreía, además, porque Cleopatra le sonreía plácidamente.
            -Siempre me he arrepentido de meterle en ese internado. En aquel momento, claro, nuestras carreras, los problemas, los rivales inmediatos, los problemas logísticos… pero a la larga… Extraño verle de manera habitual.
            Cleopatra se apoyó sobre el filo de la bañera.
            -Ya, a mí también me pasa lo mismo. Muchas noches, en mitad de la madrugada, me despierto y pienso en él. En esas noches que sueño en lo mucho que hemos perdido.
            Caesar apoyó el vaso sobre el borde de la bañera.
            -Eran tiempos felices, ¿verdad?, cuando nació. Tú, yo… son los tiempos que él aún recuerda. Los tiempos en que nos quisimos.
            Cleopatra apretó los labios en una línea muy fina. Y entonces, elevó las cejas y sonrió muy ligeramente, como si llevara mucho tiempo desentrañando un misterio y por fin lo hubiera comprendido todo.
            -¿Sabes?, lo que me gustaba de entonces de ti era eso. Tu… generosidad. La generosidad que mostrabas con Cesarión a pesar de saber que cada mimo que le regalabas a él le proporcionaba argumentos a tus enemigos para meterse con tu política. Tu generosidad en los regalos, en los momentos, en el tiempo que podías entregarle a él aunque te absorbiera de otras cuestiones determinantes. Esa capacidad de perdonar que tenías cada vez que se equivocaba. Como hacías también con tus rivales, algunos de los cuales se convirtieron en tus mejores amigos. Como Cicerón.
            -Hmm, no me siento muy satisfecho de cómo he tratado a Cicerón esta noche.
            -Como Bruto.
            -Ando buscándole todo el día. No sé dónde se ha metido. Nadie le ha podido encontrar.
            -En definitiva –dijo Cleopatra, obviando sus objeciones como las de un viejo cascarrabias-, ésas son las pequeñas cosas que me entusiasmaron de ti. Las que me enamoraron…
            Caesar la miró con ojos displicentes.
            -No es verdad. Te enamoraste de otra cosa. Te enamoraste del poder. Sin eso, no hubiera sido más que otro perdedor que te cruzaste en los bares.
            Cleopatra sonrió diáfanamente. Se inclinó sobre él, apoyando sus brazos cruzados sobre su pecho, y permitiendo que la toalla se mojara mientras su cuerpo se introducía en la bañera. No paró en ningún momento de fijar sus ojos en él.
            -¿Y qué más da por qué lo hiciera? Somos viejos. Estamos solos. Hemos sobrevivido, cada uno a nuestra manera. Nos tenemos únicamente el uno al otro. El resto han muerto o nos han abandonado. ¿Qué hay de malo en no querer recordar las cosas malas?¿Cuál es el problema en no querer envejecer?
            Caesar la miró muy firmemente. Estaba guapa. Sí, estaba guapa. No importaba el maquillaje, las arrugas, los años. Era… el carisma, esa forma magnética que tenía de atraerte mientras sonreía. Eso nada lo podría alterar.
            -Ya no tenemos las fuerzas… el vigor… la pasión de antaño.
            Cleopatra negó con la cabeza.
            -Habla por ti, cariño –dijo, pasándole la larga y estilizada uña pintada por el pecho-. Yo en eso, estoy como una doncella todavía sin estrenar.
            Y entonces, con una sonrisa, se quitó la toalla de debajo y se echó para atrás ligeramente. Su cuerpo se sumergió, como más tarde su cabeza, y su peinado de peluquería pareció el casco de un submarino cuando se adentra en el mar. Caesar empezó a notar una sensación creciente en el bajo vientre…
            Sus brazos se apoyaron por fuera de la bañera, y su cabeza se deslizó hacia atrás, cerrando los ojos, mientras gemía, y no paraba de gozar…

*                                 *                                 *

            El despertar fue tranquilo y relajado. Por primera vez en mucho tiempo, los párpados de Caesar se levantaron con suavidad, sin esperar que hubiera ningún enemigo esperándolo, agazapado detrás de sus sueños. Sus sempiternas ojeras no sólo no habían aumentado, sino que simulaban haber decrecido. Caesar podía afirmarlo sin temor: había dormido en paz.
            -¿Qué pasa, mi soberano?¿Se nos han pegado las sábanas?
            Y allí, también, sosegada como no la había visto nunca, Cleopatra, envuelta en un albornoz rosado, cepillándose unos cabellos ya aplicados con un tratamiento para ser suavizados; sólo le faltaba ronronearse para convertirse en la más dócil gatita.
            -¿Por qué no te das una ducha, señor mío, y desayunamos después?
            Caesar se relajó bajo el agua caliente, dejando que sus músculos se destensaran mientras el vapor le envolvía. Hacía mucho tiempo que no se tomaba las cosas con tanta calma. Salió envuelto en su albornoz blanco y allí le esperaba Cleo: con la mesa puesta y el desayuno preparado. Caesar se sorprendió: no estaba acostumbrado a estas atenciones. Menos mal que encontró la excepción que confirmó el milagro: la poco ducha en tareas culinarias Cleo había quemado las tostadas. Pero no pasaba nada, le dijo: un poco de pan con aceite, al estilo de la vieja y lejana Campania, estarían bien.
            El periódico abierto. El cuchillo pasando la mantequilla con calma y método. Las manos abiertas, naturales, sin temor a acercarse y, si se tocan, sin hallar el menor reparo. Podría decirse que ésta es una sensación parecida a… ¿la felicidad? Quién sabe. Hace mucho que nadie mencionaba esa palabra. Hace tanto.
            -Estaba pensando…
            Cleo giró la cabeza mientras terminaba de exprimir el zumo, y su estilizado peinado se desplazó con ella. Sus manos estaban pringadas de naranja y cubiertas de pulpa, pero extrañamente, a ella parecía darle igual.
            -¿Sí?
            Caesar la miró con una cierta sonrisilla.
            -Estaba pensando que, para el año que viene, a lo mejor Cesarión no tiene que estar todo el rato en el internado en Suiza. Creo que los métodos pedagógicos modernos favorecen mucho los intercambios: y qué mejor lugar de intercambio que Nueva York. Seguro que aprende cuatro o cinco nuevos idiomas.
            Cleopatra se acercó a él con los vasos de zumo en la mano. Y sólo tras un largo rato haciéndole dudar, entonces adquirió una expresión pícara.
            -Entonces, habrá que aprovechar antes de que venga y no podamos hacer ruido por las noches…
            Caesar se rió.
            Se afeitó con parsimonia. Apuró hasta el extremo. Se echó el after shave y se puso el traje. Hoy parecía un nuevo día. Hoy asemejaba que todo iba a cambiar. O no era nada del exterior; era simplemente que él había firmado la paz consigo mismo. La más ardua de todas las batallas. La que al conquistador más le costó ganar.
            -¿Qué vas a hacer por la tarde?-preguntó Caesar, mientras Cleopatra le rodeaba por los hombros.
            Ella encogió los suyos.
            -No sé. Esperarte, supongo.
            Y le dio un pequeño beso en los labios. Uno de esos ósculos tan castos y bienintencionados que sólo se dan los novios, o los que acaban de empezar con eso del juego de ser amantes. Hacía décadas que no recibía un beso de éstos.
            -Cuídate –le dijo Cleopatra.
            Era pues, se dijo a sí mismo, como empezar de nuevo: con todas las cautelas, sonrojos, cuidados y atenciones de la primera vez. Pero esta vez, más sabios, más escarmentados, menos atrevidos: conocedores de que toda acción tiene su reacción, cualquier acto sus consecuencias, y que sólo hasta cierto punto se puede moldear el cristal, porque a partir de determinada temperatura y presión se rompe. Con toda la sabiduría bien aplicada de quien ahora conoce por qué hay algo que merece la pena conservar.
            Caesar bajó por el ascensor de su piso en Manhattan con el hilo musical, pero en su cabeza sonaba una melodía muy distinta. Él la tarareaba por dentro: era el sonido de la felicidad.
            La puerta del ascensor se abrió.
            Apenas le dio tiempo a cambiar la expresión del rostro antes de contemplar la visión de todas aquellas armas apuntándole hacia él.
            Se dispararon casi todas en una ráfaga. A pesar del esfuerzo de Caesar por ocultar la cara para que no le desfiguraran el rostro, en un poster acto de coquetería, su efigie quedó poco elegante conforme caía desplazado por el impacto de las balas.
            En el último vistazo, tuvo tiempo de ver en un último resquicio a Bruto, el cual, firme y determinado, apuntaba hacia él con toda la convicción.
            El cuerpo de Caesar quedó tumbado, sangrante sobre el suelo, interrumpiendo el cierre automático de las puertas del ascensor. Los vecinos de su portal lo miraban y corrían, aunque alguno, más atrevido, hacía gesto de acercarse y mirar. A lo lejos sonaba la sirena de policía… A unos pocos metros, en la portería, el pequeño busto de Pompeius, réplica del retrato que Caesar albergaba en sus oficinas, parecía observar las rodillas de Caesar (lo único que sobresalía del hueco del ascensor) con absoluta ecuanimidad.
            A pesar de los esfuerzos de la policía, un pequeño grupo de curiosos de variados peinados y ropajes –esto es Nueva York, aquí siempre hay de todo, desde lo más moderno hasta la típica señora en bata y zapatillas- se habían congregado por detrás de las cintas amarillas de seguridad. La gente aguardaba, sobre todo, a la llegada de Cleopatra: para muchos era la primera vez que la verían, más allá de las revistas, y se preguntaban si sufriría un ataque de histeria convulsa en mitad del rellano, o si mantendría su bien conocida y siempre mayestática dignidad imperial. Muchos se preguntaban qué vestido traería para el caso.
            Lo que nadie observaba (en parte porque estaba oculta por su brazo, en parte porque había cosas mucho más importantes para contemplarlo) era el rostro exánime de Caesar. Dentro de poco sufriría el rigor mortis, y más tarde sería irreconocible. Pero de momento, todavía había una expresión que era posible adivinar.
            La faz del jugador, siempre serena, que ha perdido a las cartas justo cuando ha decidido que ya no volverá a jugar más.
            Era la manifestación de la inmortalidad…

            BIBLIOGRAFÍA.
           
·         Rubicón. Auge y caída de la República Romana. Tom Holland. Planeta, 2005.


·        Julio César. La grandeza del héroe. Hans Oppermann. Ediciones Temas de Hoy, 1994.