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domingo, 1 de febrero de 2026

El relato de febrero: "Mi Homero" (tercera parte)

 Esta historia tiene su antecedente previo aquí.

                Al día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban vivos.

Las risas se prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.

                -¿Qué, cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?

                Lo cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor, carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…

                La otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte, había acontecido:

                -¿Qué tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.

                -Lo has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí entramos en lo importante.

                Inclinó la cabeza hacia su empleado:

                -Estaba batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados a pelear hasta el final.

                Metió la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró: desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.

                -Esto es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.

                El muchacho asintió.

                Al día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia. Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre sus manos:

                -Tu trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes dentro.

                Luego, vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún después de muerto.

                Durante sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas. En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta, heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos, de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un arsenal.

                En poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron, partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado aquella historia, él respondió:

                -Me la cedió un maestro. Un maestro ciego.

                Al decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y empezó a emplearlo como tal.

                El viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.

                Después de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:

                -¿Y en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?

                El cantor sonrió con complacencia:

                -¿Habéis oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil que nosotros; y aun así, regresó.

 

                Este relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden entre la bruma…

jueves, 1 de enero de 2026

El relato del mes: "Mi Homero" (segunda parte)

Esta historia parte originalmente de aquí. 

               Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.

                -Ya te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.

                Sin embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando mensajes opuestos:

                -¡Es horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo, dialogaban lejos de la casa.

                -¿El poeta o el poema?-le interrogó el joven.

                -¡Ambos!

                -Pues a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes de la batalla.

                -Eso no hay manera de memorizarlo…

                -Pero lo puedo escribir.

                El ciego bufó:

                -¿Y qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos el trabajo? No lo va a hacer gratis.

                -Podemos pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.

                -A lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente por ahí.

                -Creo que es importante -expresó el chico.

                Y le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de alguna manera, era capaz de intuir.

                -Anda, ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego, dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -. Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.

                 Entre tanto, el camino hacia el ejército enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia. Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:

                -¿Maestro, cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste allí?

                -Claro que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.         

                -¿Y qué queda de Troya, maestro?

                -Oh, nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.

                -Maestro, tengo otra pregunta…

                -Me gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.

                -Buena parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?

                El ciego dobló el cuello hacia un lado.

                -Pero Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles, conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan elegir…

                De todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En una ocasión, le dijo:

                -Hoy no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del siguiente pueblo.

                Y añadió, justo después:

                -Llévate material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y, si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo entregándole unas cuantas monedas.

                -Pero, ¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado para esa cuestión.

                -No creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.

                Así que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo, aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a hacer con todo esto?

                Un día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa. Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:

                -Ten cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.

                El muchacho los observó con atención.

                -No sabría distinguirlas de otras bayas normales…

                -Así es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad? -reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.

                Al chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:

                -Maestro… ¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?

                El ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.

                -Como te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…

                El anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:

                -Yo… En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno, sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me siento así a veces.

                El viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra espalda:

                -No dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió, casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.

                Dicho esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.

                Aquel día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:

                -Avisa a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente inspirador.

                El chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.

                Su maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.

                Durante unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que tenía encima, la noticia no le sentó bien.

                -¿Cómo?¿Y tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer. Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para salir a matar.

                La última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.

                Con inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor (cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.

                Y de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas (al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía ofrecer algo nuevo, distinto.

                Volvió la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos meses.

                Aun así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento, no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de aquello de lo que pretendía disfrazarse.

                Había una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra (y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar, acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.

                La mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.

                Pero, poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle sepultura:

                -Acuérdate de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno me queda.

                Durante este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla, habían perdido.

                Los soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su estrado, el comandante se acercó para encararse con él:

                -Si hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar -le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-. Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.

CONTINUARÁ...

lunes, 22 de diciembre de 2025

El relato del mes: "Mi Homero" (primera parte)

                Al hombre se le vio llegar (y se le adivinó la identidad) ya desde lejos. Entre otras cosas, por su bastón. También, porque le acompañaba un soldado, guiándole con cuidado mientras le asía delicadamente del brazo. Por otra parte, era cierto que no había mucha gente de silueta desconocida que se acercara por allí. Así que cuando la mujer lo vio, no tuvo dudas acerca de que él era el hombre sobre el cual le habían hablado.

                Cuando llegó, el soldado rehusó entrar en la casa (aunque no rechazó un poco de queso y unas aceitunas, que comió de cualquier manera en el soleado entorno). En cambio, el ciego aceptó el ofrecimiento, y también un banquete más sustancioso. Sólo cuando ya había comido y bebido lo bastante se aproximó la madre, con un chico joven al lado:

                -Aquí está mi hijo -declaró-. Ahora veréis por qué le comparan con una sirena de las que cautivan a los marinos.

                A un leve gesto de la mujer, el ya más que adolescente (aunque aún lo pareciera) empezó a entonar una melodía. El hombre ciego escuchó con delicada complacencia aquel armonioso canto, que embriagaba y le llevaba, como en volandas, a parajes bellos y exóticos…

                Unos cuantos minutos después, el hombre asintió satisfecho, y la madre envió a su hijo a otra parte de la casa. De hecho, se aseguró de que estuviera bien lejos antes de empezar a hablar en voz baja:

                -¿Qué os ha parecido?

                El invidente se encogió de hombros.

                -Canta muy bien, en efecto. Pero le faltan algunos atributos necesarios para ser un buen cantor de poemas. Para empezar, no es ciego. Es difícil que le acepten sin serlo, aunque sea por pura tradición. Y luego está otra cuestión…

                La madre enarcó una ceja, preocupada.

                -En la aldea me han dicho -indicó el hombre- que no le llaman “sirena” sólo por su hermosa voz.

                El ciego no podía verlo, pero el rostro de la mujer transparentó con total claridad cómo el alma se le había caído a los pies:

                -¿Puedo hablar en confianza?

                -Por supuesto.

                -¿Y en confidencia?

                El ciego asintió de nuevo con la cabeza:

                -Los invidentes no podemos ver, pero en ocasiones podemos también no oír, y hasta callar.

                La madre suspiró, como si llevara conteniendo el aliento muchos años:

                -Hace poco me dijo lo que todos sospechábamos. Que él no se siente un hombre, dice. Que le gustaría haber nacido mujer, como sus hermanas. Comprendedme, ¿qué futuro le espera? En esas circunstancias, no puede enrolarse en un ejército. En el pueblo nunca le van a mirar bien. He perdido toda esperanza de que se case -a pesar de que procuraba mantener un volumen bajo, en este punto no pudo evitar un deje de angustia bajo el cual su tono se elevó-. He invertido mucho tiempo y dinero en su educación, porque sé que es lo único que puede sacarle de este sitio. Yo sé que a los cantores se les suele ver como seres distintos, tocados por los dioses, a los que se les permiten… ciertas excentricidades. ¿Hago mal en querer buscarle un destino distinto al final aciago que mis sueños intuyen?

                El ciego negó con la cabeza:

                -No. Hacéis bien -y tras unos segundos, agregó-. Dejadle bajo mi cuidado. Seguro que hallamos una manera de lograr que este chico encuentre su hueco en el mundo. Al fin y al cabo, éste es enorme: si existe un lugar para los ciegos, ¿por qué no lo va a haber para él?

*

                Cuando el chico viajó con el invidente y el soldado adonde se encontraban acampadas las tropas, el comandante supremo de aquel ejército griego lo tuvo clarísimo:

                -No, de eso nada; alguien que tenga vista no puede declamar poemas para mis hombres. Ellos no lo aceptarían. Creen que Apolo habla a través de los ciegos; y es cierto que a nadie que posea ojos que funcionen le he visto almacenar tantos versos en la memoria. Pero puede ayudarte a buscar un sustituto -sugirió el militar al rapsoda-. Y así dejas de llevarte a uno de mis soldados cada vez que hagas una excursión a un villorrio olvidado por los dioses.

                Desde los primeros días, se habituaron a la rutina: por la noche, el joven oía al maestro ciego declamar sus versos delante del pelotón de soldados, quienes, a la luz de la hoguera, escuchaban embelesados la historia de cómo Aquiles se pelea con Agamenón, iniciando una secuencia de acontecimientos que acaba por conducir a la muerte de Patroclo, amante de Aquiles, quien a su vez se venga matando a Héctor, príncipe de Troya. Desde su posición elevada, el poeta recitaba la historia, acompañándose, en los momentos más trascendentales, de la lira, cambiando la entonación de la voz para imitar a los personajes, realizando gestos, interaccionando con el público, al que hacía gemir, reír, llorar, y por supuesto participar, como si cada soldado fuera un héroe más del poema. Luego, por el día, mientras el ejército marchaba, el maestro y su alumno se desviaban a un lugar donde habían oído referencias (a través de los lugareños) de alguien que podría aspirar a ser el siguiente cantor. Mientras tanto, en sus largas caminatas, el ciego recitaba el poema para que el joven lo fuera memorizando. Por supuesto, en lugar de declamar sólo un trozo, como hacía noche tras noche con los soldados, le iba descubriendo fragmentos mucho más largos. El chico no tenía problema en seguirlos, pues había escuchado otros poemas sobre la guerra de Troya, en los que se detallaban distintos episodios y salían a colación los mismos personajes. Lo que sí se dio cuenta, a lo largo de la narración, es de que el maestro nunca contaba de la misma manera dos veces la historia:

                -Claro que no -le explicó el maestro, entre risas-. Aunque mi memoria se ha empeñado en compensar mi visión, todavía no tengo poderes infinitos, como los seres sobrenaturales. Tienes que encontrar un equilibrio: si el poema es muy corto, te lo sabes muy bien, pero no puedes mantener entretenidos a los soldados mucho tiempo, y bien se sabe que las caminatas hasta el lugar de la batalla son largas. Pero si es muy largo, no puedes memorizarlo correctamente y acabas soltando cualquier tontería. Hallas la dosis justa entre lo que dejas a la cabeza y lo que le permites a la improvisación.

                -¿Y por qué no cantarles otros poemas distintos?-planteó el joven.

                -Bueno, a veces lo hago, cuando me quedo corto y todavía no nos hemos topado con el ejército enemigo. Pero no funciona igual: los soldados saben apreciar la diferencia entre un poema trabajado y una simple historia. Además, al comandante le gusta el relato de Aquiles y Patroclo: dice que enseña a los soldados que renunciar a la lucha por egoísmo personal solo trae consecuencias peores. Por culpa del desmedido orgullo de Aquiles, su amante Patroclo muere, y al final Aquiles, el de los pies ligeros, tiene que volver a la lucha. Cuando el héroe griego mata a Héctor, ha sellado su destino, ése que le debía llevar a decidir entre tener una vida larga pero anodina, o una breve pero heroica. Lo dicho, al comandante le gusta que esa historia se recalque bien a lo largo del viaje. De hecho, prefiere que la repita dos veces a que nos enredemos con los otros muchos episodios de la epopeya que suceden antes o después. Y eso que la guerra de Troya da para… mil vidas, amigo mío, mil vidas, como mil fueron los barcos que zarparon por Helena una vez.

                La primera casa que visitaron tenía a un aspirante que era casi un niño. El chico no declamaba mal; el problema era su nefasta memoria. Se olvidaba de lo que tenía que decir, se adelantaba, se enredaba con lo que iba después… Si la ceguera conllevaba que se le agudizasen los otros sentidos y capacidades, estaba claro que eso aún no había sucedido. El maestro lo daba por imposible cuando una muchacha de aproximadamente su misma edad (evidentemente, su hermana) salió fuera de la casa a impedirles que marcharan:

                -Mi hermano sólo necesita tiempo para memorizar los versos. Si le dais unos años…

                -Por desgracia, tiempo es lo que no tenemos, muchacha -sonrió con dolor el anciano-. ¿Por qué te crees que buscamos un sustituto? Mii corazón no resistirá mucho tiempo más estos viajes. Necesito un sucesor que tenga las capacidades que estoy buscando, y lo necesito ya.

                -Yo podría hacerlo -dijo la muchacha, que levantó la vista orgullosa-. Yo sí tengo la memoria que le falta a mi hermano.

                Al ciego le faltó tiempo para echarse a reír.

                -No te ofendas, jovencita, pero los soldados nunca aceptarán a una poetisa. Eso, por no decir que me parece una idea atroz que quieras pasarte la vida entre campamentos de soldados.

                -Pero hago versos muy buenos -protestó airada la muchacha-. Yo he sido quien se los ha escrito a mi hermano: llevamos días ensayándolos. Podría recitarlos; incluso, podría redactarlos, y que fuera otro quien los leyera -enunció, mirando en tono de súplica al joven.

                -Querida, todas esas ideas me parecerían maravillosas… en un mundo ideal -contestó el ciego-: pero ni con los mejores versos del mundo te aceptarían. Y dudo que mi comandante quiera pagar a una poetisa y a un recitador: ya es bastante poco lo que me pagan a mí, y si aceptan a este muchacho es sólo porque saben que necesito un remiendo.

                La muchacha se hallaba visiblemente decepcionada. Incluso el ciego lo notó, a través de los silencios:

                -Seguro que una joven lista como tú sabe encontrar su camino. Y sí, he de reconocerte que los versos eran muy buenos: al menos, los que recordaba tu hermano.

                Cuando ya se marchaban, la chica volvió a salir, después de un breve intervalo que había aprovechado para entrar de nuevo en la casa:

                -Como mínimo, leed la historia -les instó ella, y echó otra mirada solícita sobre el muchacho-. O que os la lean. Quizá si el comandante ve que los versos son buenos, se lo piense.

                El ciego permitió que el joven cogiera el papiro que le tendían, y lo guardase. El chico palpó, en esa hoja, todo el trabajo que la niña había puesto, y que la familia también había invertido, pues aquel material de escritura era sin duda caro para lo que esos campesinos ganaban. Mientras caminaban de vuelta al campamento, a una necesariamente baja velocidad, el muchacho iba leyendo el papiro, al tiempo que el invidente agitaba la cabeza:

                -De verdad que es una pena, porque no están nada mal. Si los hombres fueran distintos…

                -De todas maneras, no es mala idea que dice la niña, ¿no? -inquirió el muchacho-. Si no encontramos a un buen ciego, siempre puede leerse el poema en voz alta. Eso permitiría que fuera más largo.

                El rapsoda adquirió gesto dubitativo:

                -Mira, chico… O chica, no sé cómo prefieres que te llame -ahí se produjo una honda pausa, en la que al muchacho se le notó, a través de sus brazos, atenazado por la tensión, la esperanza, las dudas. El ciego resopló tras unos segundos-… Bah, seguiré usando el masculino. No es nada personal, ¿sabes? Cómo te sientas por dentro sólo te incumbe a ti… pero si un soldado me escucha llamarte de una manera extraña, es probable que lo paguemos los dos muy caro… En fin, lo que quería decirte es que te podría soltar un sermón sobre cómo la palabra oral es superior a la escrita, y en parte pensarás que lo digo porque soy ciego, y en parte tendrás razón. Pero me quedan cuatro días sobre esta miserable tierra, y ya no estoy para subterfugios: muchísimos sabios defienden que la narración oral tiene sus ventajas sobre lo que está escrito sobre un soporte físico, y yo estoy de acuerdo. A un papiro no le puedes preguntar, una tablilla de arcilla no va a corregir el error que se ha plasmado sobre su superficie. Pero no se puede ser dogmático con estas cosas -afirmó-. Puede que algún día te encuentres un comandante menos inflexible, y aunque todo narrador ha de tener una buena memoria, ¿quién soy yo para decir qué nos deparará el futuro? Soy ciego, no oráculo. Así que, mira, quédate con ese texto y… quizá, a partir de ahora, podamos comenzar a escribir el poema. Sólo por si acaso, ¿eh? No querría morirme, y que mi narración perezca conmigo, antes de que encontremos a mi sucesor.

CONTINUARÁ...

lunes, 1 de septiembre de 2025

El relato de septiembre: "Final alterado" (segunda versión)

 Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo (…) No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar.

            Jorge Luis Borges. La lotería de Babilonia.

 

 Basado en una idea original de @agmayan.bsky.social

 

                Todo empezó como suelen comenzar tantas cosas: de manera inadvertida, a la manera de anécdota. Dos amigos discutiendo sobre las diferentes interpretaciones del final de un libro: la discusión va subiendo de nivel, hasta un momento en que se vuelve hasta agresiva. De repente, el grupo de compañeros (un poco harto de aquella situación, porque el plan original era irse a comer unos helados) interviene y alguien pregunta:

                -Pero a ver, exactamente, ¿cuál es el final?

                Uno de los interlocutores de la discusión se lo explica. El otro replica, furibundo:

                -¡Pero no!¡Así-no-es!-pronuncia de manera muy destacada cada palabra.

                Los dos debatientes vuelven esa tarde a sus casas para recuperar el ejemplar del libro que alojan en sus respectivas bibliotecas. Al día siguiente, los dos aparecen en la reunión grupal mostrando los ejemplares que les dan la razón… a ambos.

                Como eso no es posible, los amigos miran la última página de sendos libros: y, en efecto, no se trata del mismo final.

                -¿Pero esto qué es?¿Una errata?-pregunta una chica.

                -No sé si una errata puede consistir en varios párrafos -argumenta otra.

                -Me está empezando a recordar a la historia de “La naranja mecánica”. Eso de que el libro original tenía un último capítulo adicional que el editor borró y que, según el autor, cambiaba todo el sentido de la historia. De hecho, Kubrick hizo la película a raíz de esa versión amputada, de la que el escritor siempre renegó.

                -A ver, no nos desviemos del tema. ¿Cuál es el libro “de verdad”?-intervino uno de los contendientes en la discusión-. O dicho de otra manera, ¿cuál es la versión “buena”?

                -Esto ¿dónde se mira?¿En Internet o…?

                -En Internet te puedes encontrar cualquier cosa. Le preguntas a ChatGPT y te da dos finales alternativos. Mejor vamos a una biblioteca.

                Pero ahí es cuando llegó la sorpresa mayor: porque encontraron las dos versiones del mismo libro. Aparentemente la misma edición, misma portada, todo igual… salvo el final modificado.

                -Gente, esto sí que hay que subirlo a Internet. Debe de haber más gente que lo haya visto. Y, si no, esto tienen que saberlo.

                La cuestión es que, cuando la verdad emergió (a través de redes sociales primeros, y luego foros, tertulias, programas de televisión). se dieron cuenta de que no se trataba exclusivamente de ese libro o de aquella edición. Afectaba a un gran número de textos: volúmenes que habían empezado a aparecer y que tenían versiones duplicadas, donde la única diferencia era el final. Las editoriales decían desconocer el origen de aquel fallo, si se trataba de un error de impresión o de una modificación intencionada. En algunos casos, era difícil discernir a qué textos afectaba aquel fenómeno, porque, con mucha frecuencia, la gente tardaba horas en darse cuenta de que aquellas dos narraciones tan distintas que estaban comparando eran, en realidad, el mismo libro, sólo que con una conclusión tan reformada que parecían dos historias diferentes.

                En otras ocasiones, en cambio, eran los propios autores los que contribuían a la confusión, ya que, al ser interrogados por el asunto (que solía iniciarse con la pregunta: “¿cuál es el final de verdad?”), los escritores contrarreplicaban -incluso con cierto cálculo-: “¿Cuál te ha gustado más a ti?”. De hecho, no era raro que editores y agentes jugaran al despiste, sabiendo que la gente iba a comprar el doble de libros, tratando de desentrañar cuál era el punto y final auténtico. Aquello fue particularmente caótico en el caso de ciertas sagas con un fandom muy acusado, pues buena parte de las discusiones se centraron en cuál era el final oficial que debería incluirse en el canon de los libros, o si esas discrepancias (en ocasiones sutiles, en otras de calibre más grueso) iban a influir a la hora de plantear las secuelas de las diversas tramas.

                Aquello empezó a afectar no sólo a los libros modernos, sino también a los clásicos; en algunas circunstancias (con libros muy desconocidos de los que pocos eruditos recordaban los detalles), tuvo que recurrirse a expertos en literatura de variados campos para tratar, al menos, de fijar un texto definitivo que pudieran seguir los estudiantes. En otras ocasiones, como con el último párrafo del Quijote, hubo arduas discusiones -sobre todo entre la escuela europea y la americana- sobre si el nuevo era o no mejor final. Con el tiempo, llegó a haber versiones duplicadas de las páginas relativas a las sucesivas obras, en enciclopedias físicas o digitales. Durante meses, se extendió el temor a que esto afectara también a los productos audiovisuales, y de repente se duplicaran películas y series, modificando completamente el sentido de los spoilers, y abriendo divergencias infinitas e irreconciliables entre los fans.

                Sin embargo, con lo que más se terminó de volver loco todo el mundo fue con el hecho de que se dieron cuenta de que aquello no se trataba de la acción de un individuo o grupo anónimo que se estaba dedicando a sabotear desde dentro el mundo literario: sino que aquellas modificaciones estaban surgiendo de manera automática, por parte de una fuerza desconocida, que ningún ser humano era capaz de controlar.

LEE EL OTRO RELATO

lunes, 25 de agosto de 2025

El relato de agosto: "Final alterado" (primera versión)

 “Un lector vive mil vidas antes de morir. Aquel que nunca lee vive solo una.”

                                               George R. R. Martin. Danza de dragones

 

Basado en una idea original de @agmayan.bsky.social

 

                Todo empezó como suelen comenzar tantas cosas: de manera inadvertida, a la manera de anécdota. Dos amigos discutiendo sobre las diferentes interpretaciones del final de un libro: la discusión va subiendo de nivel, hasta un momento en que se vuelve hasta agresiva. De repente, el grupo de compañeros (un poco harto de aquella situación, porque el plan original era irse a comer unos helados) interviene y alguien pregunta:

                -Pero a ver, exactamente, ¿cuál es el final?

                Uno de los interlocutores de la discusión se lo explica. El otro replica, furibundo:

                -¡Pero no!¡Así-no-es!-pronuncia de manera muy destacada cada palabra.

                Los dos debatientes vuelven esa tarde a sus casas para recuperar el ejemplar del libro que alojan en sus respectivas bibliotecas. Al día siguiente, los dos aparecen en la reunión grupal mostrando los ejemplares que les dan la razón… a ambos.

                Como eso no es posible, los amigos miran la última página de sendos libros: y, en efecto, no se trata del mismo final.

                -¿Pero esto qué es?¿Una errata?-pregunta una chica.

                -No sé si una errata puede consistir en varios párrafos -argumenta otra.

                -Me está empezando a recordar a la historia de “La naranja mecánica”. Eso de que el libro original tenía un último capítulo adicional que el editor borró y que, según el autor, cambiaba todo el sentido de la historia. De hecho, Kubrick hizo la película a raíz de esa versión amputada, de la que el escritor siempre renegó.

                -A ver, no nos desviemos del tema. ¿Cuál es el libro “de verdad”?-intervino uno de los contendientes en la discusión-. O dicho de otra manera, ¿cuál es la versión “buena”?

                -Esto ¿dónde se mira?¿En Internet o…?

                -En Internet te puedes encontrar cualquier cosa. Le preguntas a ChatGPT y te da dos finales alternativos. Mejor vamos a una biblioteca.

                Pero ahí es cuando llegó la sorpresa mayor: porque encontraron las dos versiones del mismo libro. Aparentemente la misma edición, misma portada, todo igual… salvo el final modificado.

                -Gente, esto sí que hay que subirlo a Internet. Debe de haber más gente que lo haya visto. Y, si no, esto tienen que saberlo.

                La cuestión es que, cuando la verdad emergió (a través de redes sociales primeros, y luego foros, tertulias, programas de televisión), se dieron cuenta de que no se trataba exclusivamente de ese libro o de aquella edición. Afectaba a un gran número de textos: volúmenes que habían empezado a aparecer y que tenían versiones duplicadas, donde la única diferencia era el final. Las editoriales decían desconocer el origen de aquel fallo, si se trataba de un error de impresión o de una modificación intencionada. En algunos casos, era difícil discernir a qué textos afectaba aquel fenómeno, porque, con mucha frecuencia, la gente tardaba horas en darse cuenta de que aquellas dos narraciones tan distintas que estaban comparando eran, en realidad, el mismo libro, sólo que con una conclusión tan reformada que parecían dos historias diferentes.

                En otras ocasiones, en cambio, eran los propios autores los que contribuían a la confusión, ya que, al ser interrogados por el asunto (que solía iniciarse con la pregunta: “¿cuál es el final de verdad?”), los escritores contrarreplicaban -incluso con cierto cálculo-: “¿Cuál te ha gustado más a ti?”. De hecho, no era raro que editores y agentes jugaran al despiste, sabiendo que la gente iba a comprar el doble de libros, tratando de desentrañar cuál era el punto y final auténtico. Aquello fue particularmente caótico en el caso de ciertas sagas con un fandom muy acusado, pues buena parte de las discusiones se centraron en cuál era el final oficial que debería incluirse en el canon de los libros, o si esas discrepancias (en ocasiones sutiles, en otras de calibre más grueso) iban a influir a la hora de plantear las secuelas de las diversas tramas.

                Aquello empezó a afectar no sólo a los libros modernos, sino también a los clásicos; en algunas circunstancias (con libros muy desconocidos de los que pocos eruditos recordaban los detalles), tuvo que recurrirse a expertos en literatura de variados campos para tratar, al menos, de fijar un texto definitivo que pudieran seguir los estudiantes. En otras ocasiones, como con el último párrafo del Quijote, hubo arduas discusiones -sobre todo entre la escuela europea y la americana- sobre si el nuevo era o no mejor final. Con el tiempo, llegó a haber versiones duplicadas de las páginas relativas a las sucesivas obras, en enciclopedias físicas o digitales. Durante meses, se extendió el temor a que esto afectara también a los productos audiovisuales, y de repente se duplicaran películas y series, modificando completamente el sentido de los spoilers, y abriendo divergencias infinitas e irreconciliables entre los fans

                Sin embargo, con lo que más se terminó de volver loco todo el mundo fue con la declaración, desde una organización desconocida (y hasta entonces secreta) que proclamó que la culpa de las variaciones entre los libros era cosa suya y que aquello, lejos de ir a menos, iba a continuar.

LEE EL SIGUIENTE RELATO (aún por publicar)

lunes, 11 de agosto de 2025

La historia real de agosto: nuevos hilos (y un vídeo) de Bluesky.

Una nueva ronda de hilos de Bluesky: tenemos el ambiente irrepetible de Tánger cuando era zona internacional y los perseguidos (gente muy interesante, pero también con sus claroscuros) se alojaban allí; también, la historia de un caracol cuya concha se daba la vuelta hacia el lado contrario, y le dio la vuelta a muchas concepciones que tenemos sobre ellos. Y, para variar, esto no es un hilo, pero sí un vídeo que he colgado en esa red social (también en otras, pero aquí se puede ver aunque no formes parte de ella) y en el que cuento la historia de cómo los fabricantes de helados Magnum descubrieron que era menos importante el sabor que el sonido. Espero que os llamen la atención. Un saludo.

sábado, 1 de marzo de 2025

Los libros de marzo: tres novelas "muy literarias"

-Recientemente he leído La vegetariana y La clase de griego, de Han Kang, premio Nobel de Literatura 2024, ya que me gusta acercarme a los autores que han ganado este galardón. Dice la sinopsis de "La vegetariana" que a Han Kang le gusta hacerse preguntas, y está claro que eso es verdad, aunque también puede ser que a muchos no les satisfagan las respuestas. Como resumen, la obra trata de una mujer que se niega a comer carne (esto, en la sociedad coreana, muy patriarcal, y con muchas celebraciones donde los alimentos de origen animal juegan un papel importante, constituye un motivo de señalamiento), y las consecuencias familiares que se derivan de ello. La obra está muy bien escrita, con bellas metáforas visuales, y quizá lo que echo de menos es una argumentación que le dé sentido al planteamiento de inicio, pues da la sensación de que la aparente renuncia a la vida de la protagonista es mucho más importante que los motivos por los cuales la lleva cabo. Aparte, hay un componente de confrontación con la sociedad coreana (lo cual genera unas situaciones psicológicamente muy violentas: uno de los motivos expuestos para la concesión del Nobel) que seguramente nos sorprenderá a los lectores occidentales, aunque hay cuestiones que pueden universalizarse también. En definitiva, un libro complejo, con tres secciones tan distintas que casi podrían calificarse de tres planteamientos diferentes a raíz de un mismo hecho. "La clase de griego", en cambio, va un paso más allá: esta vez la autora quiere describirnos unos personajes y unas situaciones, y si para ello tiene que dejar de lado la historia, lo hace. De hecho, está aún mejor construida, a nivel de lenguaje, que su predecesora (hay que darle las gracias a la traductora Sunme Yoon, pues juega no sólo con el coreano, el griego y el castellano, sino también con vocablos muy bien escogidos del español, en lo que se presenta como una delicada orfebrería de palabras), y en ocasiones parece ya que bordea no la prosa poética, sino directamente la poesía no rimada. En cambio, la acción, la estructura narrativa y (hasta cierto punto) las motivaciones de los protagonistas son menos relevantes que describir las sensaciones de dos almas que se entrecruzan como faros en la niebla, ensamblando sus vivencias y recuerdos para hablar del dolor de la pérdida, de la relación con las personas que amamos, y del poder de las palabras. En definitiva, entiendes que a su autora le hayan dado el premio Nobel, aunque tampoco es una lectura que le recomendarías a todo el mundo. Tengo claro que Han Kang no se va a convertir en una de mis escritoras de cabecera, pero, desde luego, valoro mucho lo que hace.

-Otra novela "muy literaria" (ese adjetivo que llena los titulares de los medios serios y suele espantar a los directivos de las grandes editoriales) es "El país del agua", del británico Graham Swift. En Swift también es clave la forma de contar, pero en este caso tambén le da mucha importancia al relato, aunque sea uno poliédrico, de múltiples historias que se entrecruzan, de la misma manera en que lo hacen el pasado (a través de varias capas) y el presente. La novela te empapa y te envuelve, tratando temas que van desde la pérdida de la inocencia durante la juventud a los fantasmas de la madurez, pasando por los choques intergeneracionales, el sentido del estudio de la historia, el miedo al futuro y el poder de la geografía. Un libro para sumergirte hasta la cabeza.

sábado, 1 de febrero de 2025

El relato de febrero: "Y por fin, el descanso"

                Jorge Luis recogió la hoja de avisos como cada mañana y supo, de inmediato, que aquel iba a ser un día extraordinario. Aunque no se pudo figurar de qué manera.

                -¿A qué te refieres con que hoy va a ser horrible?-preguntó Terry. A Terrance -o Terry, como prefería que le llamaran sus amigos- nunca se le había quitado aquel acento de su región natal de Inglaterra que llamaba la atención entre los allegados de su país de acogida. De hecho, cuando él y Michael (su amigo del alma, de origen teutón) se ponían a discutir en el pub de la esquina aquellas cuestiones tan abstractas sobre la vida, la muerte, y las criaturas imaginarias de la literatura fantástica, el acento de ambos se volvía tan marcado que sólo Jorge Luis era capaz de seguirles; tal vez porque era el único que comprendía las palabras tan extrañas que pronunciaban.

                -Porque hoy nos toca la casa de uno de esos tipos.

                -Con “uno de esos tipos” te refieres a…

                -Efectivamente: uno de esos tipos…

                No hacía falta decir más. Con esa definitiva explicación, los dos sabían que se referían a aquellos cadáveres que se han descubierto en una casa después de un largo período tras la muerte del individuo. Las razones por las que esto podía haber ocurrido eran variadas: gente sin muchos amigos, con vecinos demasiado poco cotillas, con síndrome de Diógenes (esos, sin lugar a dudas, eran los peores) o, simplemente, personas que, por una serie de desafortunadas circunstancias, habían fallecido sin que nadie se percatara en las semanas siguientes, para cuando el problema era ya irremediable. Habían tenido un par de casos a lo largo de su carrera, y solían ser asquerosos: bolsas de basuras sacadas casi a paladas, trajes especiales para prevenir la contaminación y, sobre todo, un olor nauseabundo que costaba eliminar de la ropa y que no se apartaba de las fosas nasales durante semanas.

                -Odio estas cosas -protestó Terry-. No por… en fin, lo evidente. Es que normalmente estos casos me parecen deprimentes: suele ser gente triste, abandonada. Es como una historia de derrota que te ves obligado a contemplar aunque ya conoces el final.

                -El final se lo ponemos nosotros, querido amigo -expresó Jorge-. Si es que alguna vez hay un final, en algún sitio.

                No obstante, en el momento en que traspasaron el umbral de la puerta de aquella casa, estos basureros tan particulares supieron que aquel episodio era especial.

                El lugar no estaba mal… dentro de lo que cabe esperarse de un hogar que ha estado sin cuidar durante varias semanas. El apartamento no era un ejemplo perfecto de pulcritud, y de hecho estaba claro desde el principio que acumulaba toda clase de objetos inútiles (eso que, con cariño, en los pisos de las personas mayores, solemos mencionar como “recuerdos de una vida”), pero no era muy distinto de aquello con lo que sueles toparte en la casa de una persona de cierta edad…

                … salvo el salón, claro.

                Cuando divisaron el panorama, los dos se quedaron petrificados, observándolo. Era hipnótico: te horrorizada, y al mismo tiempo no podías apartar la vista tampoco.

                -Léeme otra vez lo que sabemos de la biografía de ese tipo, por favor -solicitó Jorge.

                Terry, tembloroso, llevó las manos a un papel, y aquello pareció menos una lectura que un rezo, un salmo, una plegaria que recitaba…

                -Su esposa murió hace años… Por lo visto, pasaron los últimos momentos de ella juntos, cogidos de la mano. El personal de enfermería destacaba siempre la sonrisa tan amplia que tenía la mujer durante el trance. Por lo visto murió sin dolor, en paz… Luego, él se fue a casa. Por lo visto, desde entonces, no salía mucho. Sí, a veces al parque, a hacer la compra… Los vecinos dicen que intercambiaban palabras con él de cuando en cuando, y que se lo cruzaban con frecuencia en un cine cercano. Pero ya está. Por lo visto, se pasaba la mayor parte del tiempo sentado en una butaca visible desde el exterior, desde donde podía divisársele al lado de la ventana, viendo la televisión o leyendo algún libro…

                Pero hacía tiempo que nadie podía atisbar nada a través de esa ventana, ya que una mampara bajada, y la orientación concreta del sol en aquella parte de la casa, impedían visualizar nada desde fuera de la vivienda. Eso sí, el hombre seguía ahí, en su butaca. La única diferencia es que había muerto, rodeado de una docena de libros que no quiso o no pudo retirar, apilados a ambos lados de su asiento… y que un árbol que había crecido en el seno mismo del cuerpo de aquel hombre (quizá nacido a partir de una semilla que se había colado por el mínimo resquicio de ventana que había permanecido abierta) había cubierto y englobado, formando un todo con el cadáver de aquel hombre, y con parte de su biblioteca.

                -¿Cómo es po…?

                -Madre mía, desde luego, esto sí que es especial -a Terry se le veía casi contento por la circunstancia.

                Tampoco era de extrañar. Jorge Luis se fijó con mayor detenimiento en aquel conglomerado que habían formado literatura, humanidad y vegetación: el árbol había absorbido en tal medida la humedad del cadáver que éste, apergaminado como una momia, no olía como solían hacerlo los cuerpos que se habían estado descomponiendo durante el mismo tiempo. Además, y para terminar de descolocarle más todavía, el rostro de aquel individuo (si es que se le podía llamar rostro, teniendo en cuenta la amalgama que habían formado madera y cara) transmitía -una ¿plácida?, ¿etérea?, ¿inquietante?- sensación de felicidad.

                -¿Cómo calificarías esto?-preguntó Jorge Luis a su compañero-. ¿Esto es bueno… es malo… es un milagro… una abominación…?

                -Ante todo, es trabajo -replicó Terry-. Voy a tener que ir a por una motosierra. Si no, va a ser imposible separar el sillón de las raíces que se han formado.

                Lo cierto es que duró horas. Y como Terry había anticipado, no hubo manera de disgregar la simbiosis que se había formado entre el hombre, sus libros y el tronco de aquella especie vegetal (por cierto, ¿qué tipo de planta era? Ninguno estaba muy seguro, aunque Jorge Luis hubiera afirmado que era una higuera). Con extrema delicadeza -porque no podían imaginarse hacerlo de otra manera-, Jorge Luis y Terry transportaron el conjunto teniendo cuidado de que no se partiera ninguna rama y que las hojas del árbol no se perdieran por el camino, de tal manera que llegó casi intacto al punto de reciclaje.

                -Aquí no podéis dejar esto -les transmitieron los técnicos municipales.

                -¿Por qué no? -protestó Terry-. En la funeraria nos han dicho que aquel no era el sitio, en la Oficina de Jardines y Parques tampoco, así que hemos venido aquí, al Punto Limpio. ¿Éste no es el lugar tampoco?

                -Eeeeehhh… pues no sé si sí o si no, pero es que estamos sufriendo tantos recortes, que no tenemos personal para ocuparnos de esto. De verdad que nos metemos un lío si apartamos a alguno de los operarios que tenemos en marcha de su labor para ocuparse de esto.

                Terry agitó la cabeza. “Esta ciudad se está yendo a la mierda”, musitó.

                -¿Y entonces?-exigió alternativas Jorge Luis.

                El técnico le echó un vistazo por encima a lo que -por lo visto, para él- no era más que un trozo de madera. Jorge Luis se preguntó si este hombre estaba bien de la vista, si no le estaba echado una ojeada lo suficientemente profunda, o qué pensaría este trabajador cuando veía la película “Pinocho”.

                -Para mí, esto no es peligroso a nivel sanitario. Yo lo dejaría en medio del parque que está aquí al lado, a la vuelta. Y que la naturaleza siga su curso, ¿no?

                Cuando Jorge Luis cerró la puerta de la camioneta, los ojos de Terry parecían desprender un brillo de satisfacción.

                -Me parece surrealista. Y, al mismo tiempo, tan gracioso…

                -¿Qué vamos a hacer?

                -¿Es que nos han dejado otra alternativa?-replicó el británico sarcástico.

                Por tanto, así fue exactamente como actuaron: dejaron el árbol en lo que creyeron un buen lugar, en medio del sol y de la sombra, y se marcharon con toda rapidez de allí. No querían ver qué ocurría con lo que dejaban atrás.

                Con el tiempo, la planta enraizó: las ramas engrosaron, enhiestas, y al hacerlo, los libros se elevaron a la altura de los ojos de los hombres, mujeres (y, sobre todo, niñas y niños) se situaban de vez en cuando, para protegerse del sol, en la penumbra del árbol. Con curiosidad y mucho respeto, algunos de ellos rompieron los delicados hilos de tejidos vegetal que se habían formado en el costado de los lomos y, al hacerlo, dejaron expedito el camino a las páginas. Momento en el cual comenzaron a leer.

                Ahora, el árbol se ha convertido en toda una institución en el parque. Pequeños y mayores, a veces familias enteras, acuden para leer y releer los textos de Saramago, Ende, Buero Vallejo, Verne, Asimov, Dumas, que el hombre releía en sus últimos años, cuando ya no le preocupaba tanto leer libros nuevos, y se esforzaba sobre todo en releer los antiguos, lo que más había apreciado en su día.

                Así, de esa manera, llegó el descanso, pero, en cierta medida, el final no fue del todo el final.