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lunes, 12 de febrero de 2024

Cine y realidad. Charla: "¿Están locos estos romanos?"

Este pasado 14 de diciembre, en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, tuve el privilegio de impartir, en nombre del Instituto Cajal, una conferencia titulada "¡Están locos estos romanos!", donde discutimos acerca de las películas del género péplum (especialmente las que tratan sobre la antigua Roma) que han tratado la enfermedad mental, y cómo la han reflejado. De esta forma, charlamos acerca de cómo los trastornos mentales en el mundo aniguo podían diferir de los actuales, de lo difícil que es diagnosticar a posterior, y también acerca de lo diferentes, pero también de lo similares, que pueden ser los antiguos romanos respecto a los actuales seres humanos. Si te interesa el tema, puedes ver la charla completa en este enlace. Espero que os guste. Un saludo

lunes, 17 de julio de 2023

Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias

Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:

-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.

-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.

-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.

lunes, 14 de febrero de 2022

La historia corta de febrero: "La biblioteca de Alejandría"

 La biblioteca de Alejandría


La biblioteca de Alejandría yace enterrada bajo la tierra, el fuego, y el agua. ¿La biblioteca de Alejandría sigue viva? Discutible afirmación. No siguen vivos sus libros, desde luego; unos cuantos han sobrevivido, como copias de copias; otros, en cambio, se han perdido para siempre sin remisión. ¿El edificio sigue vivo? No, desde luego que no; por no saber, ni siquiera sabemos dónde descansan sus piedras. ¿Su idea sigue viva? Como noción, desde luego: ha alimentado la fascinación de generaciones a lo largo de milenios. ¿Su espíritu sigue vivo? Examinemos ese concepto: desde entonces, inspirados por su ejemplo, una miríada de escritores ha escrito cientos, miles de libros, tratando de llenar el vacío que nos producía su ausencia, hasta generar un volumen de manuscritos mucho mayor del que alguna vez contuvo esa biblioteca, hasta (quizás) plasmar por un camino alternativo todas y cada una de las argumentaciones que los antiguos expusieron sobre papiro. ¿La biblioteca sigue viva? Sigue vivo en quien la honra, la recuerda, la reescribe. La biblioteca soy yo. La biblioteca eres tú. La biblioteca es el niño que, arrebolado por la historia, decide redactar un libro para compensar uno que desapareció. Porque la fuerza de una muralla, como dijo el guerrero, depende estrictamente del valor de los individuos que la custodian.


La nueva biblioteca de Alejandría en Egipto, situada aproximadamente en la misma localización donde se emplazaba la antigua.


martes, 1 de febrero de 2022

Las recomendaciones de febrero: dos obras de teatro

La gran Cenobia.  Como muchos sabéis, siempre tengo un lugar especial en mi corazón para los perdedores. No es difícil encontrar colectivos de esta categoría cuando exploras la historia del Imperio Romano, uno de los más victoriosos de la historia. Quizás por eso le he dedicado buena parte de mis líneas a uno de sus enemigos más olvidados. Pero tampoco es nunca mal momento de acordarse de Cenobia o Zenobia, esa reina de Palmira (ciudad situada en lo que hoy sería Siria) que desafió a este gigante militar y consiguió, durante varios años, mantener a su nación como entidad independiente. Lo bueno o lo malo que de su biografía no hayan quedado más testimonios que los de los historiadores latinos -como ocurre con casi todos los vencidos por Roma- es que esto hace que sea muy fácil reinterpretar su relato para obras literarias posteriores: es un privilegio, por otra parte, que se le reserva a los mitos. Yo descubrí su figura a través de La reina de las caravanas, una novela histórica que conseguía lo que pretendía: ser ligera, entretenida, crear un personaje carismático, y emplear bien unos recursos muy efectistas (incluyendo una sensualidad bastante sugerente). Ahora he vuelto a disfrutar de una versión de la reina de Palmira a través de La gran Cenobia, obra de teatro escrita originalmente por Calderón de la Barca y representada en las próximas semanas en Madrid por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con un reparto joven y meritorio, un muy bien trabajado montaje ha sabido actualizar un texto antiguo (en todo caso muy bien hilado, como suele ocurrir con Calderón) hasta convertirlo en vívidamente moderno, aprovechando para exhibir peligros muy actuales y, también, el problema de que tus palabras queden en manos de otros. No sabemos lo que hubiera opinado Zenobia de las diferentes visiones de su vida, pero lo que sin duda le disgustaría es descubrir los daños que ha sufrido la ciudad por la que tanto luchó a manos de la sinrazón del ISIS durante la guerra de Siria. Esperemos que el futuro le depare a Palmira que recupere, al menos, una mínima parte de su esplendor.

Mi madre, Serrat y yo. Esta obra de teatro que se representa durante las próximas semanas en Madrid, en la Sala Plot Point (de la que hablamos en otra ocasión para mencionar una obra emparentada), explora las relaciones materno-filiales a través de la música de Joan Manuel Serrat. La comedia de pulido guión (y profundas conexiones argentinas) se cimenta sobre todo en sus estupendas actrices, tanto el volcán viviente que ejerce de madre como en la joven que interpreta a su hija, la cual acierta en darle las réplicas y también en deleitarnos con las canciones del artista catalán. Ideal para quienes quieran reconectar con sus seres queridos o escuchar versiones del "tembleque" del maestro.



lunes, 1 de febrero de 2021

El lugar de febrero: el oasis de Siwa

Una idílica visión del oasis de Siwa según una agencia de viajes.

El oasis de Siwa es uno de estos lugares donde la realidad se confunde con la leyenda. Aunque supuestamente habitado desde el siglo X antes de Cristo, su aislamiento hacía que el país de Egipto, única gran civilización conectada con él, sólo escuchara hablar del lugar de cuando en cuando. Nadie acababa en este oasis por casualidad. No pasa por rutas caravaneras, sino que tienes que ir específicamente a su encuentro, a trece jornadas en camello hacia el oeste desde Alejandría y doce desde Menfis, según Plinio el Viejo. ¿Fue a pesar de esa soledad (o precisamente a causa de ella) por lo que se decidió instalar allí el oráculo de Amón, cuya fama es sólo equiparable al de Delfos? No lo sabemos. Dicen que su localización lo eligió una paloma negra, que partió junto con otra homóloga de Tebaida, y mientras una voló a Dodona (donde se fundó su correspondiente oráculo), la otra aterrizó en Siwa, y a partir de ahí el templo se erigió. La aparición del oasis en la historia universal está íntimamente ligada a la del oráculo. La primera de las anécdotas referidas al mismo es el momento en el que el rey Cambises II de Persia invade Egipto. Cuando llega, decide rematar la faena (algunos dicen que espoleado por una predicción desfavorable del oráculo) enviando 50.000 hombres a través del desierto para que sometan a los habitantes de Siwa. Ninguno de los hombres vuelve. Hasta la fecha, siguen buscándose sus restos. Las tribus locales dicen ser sabedores de la localización de un grupo huesos bajo las dunas. Unos arqueólogos italianos en 2009 encontraron unos restos que se identificaron como persas, pero que desde luego no daban cuenta de un ejército tan descomunal. Heródoto, el historiador griego que viajó a la región y documentó lo que los nativos le iban contando, esgrimía que la probable causa de su desaparición era una tormenta de arena, y el hecho de que el viento que por allí sopla, el denominado Ghibli, pueda alcanzar hasta 200 kilómetros por hora, serviría de sustento a esta información. En 2014, un egiptólogo alemán encontró sin embargo un bloque bajo la arena que afirmaba que un rey rebelde había derrotado a los hombres de Cambises en el camino que lleva al oasis de Siwa. La teoría sería que los persas habrían mandado más tarde una expedición de castigo para someter al atrevido rey y, una vez conseguido esto, habrían ocultado cualquier testimonio escrito sobre la derrota, silenciado el hecho, e inventado la historia de la tormenta de arena para desviar la atención. Sólo nuevos descubrimientos podrán otorgarnos algunas certezas, o plantearnos más dudas.

El templo de Amón en Siwa, donde residía el oráculo del dios.

Sigamos con la gente que visitaba al oráculo. El rey Creso viajó allí en persona y, tras popularizarse el culto a Amón gracias al poeta griego Píndaro, acudían emisarios políticos de toda la Hélade para consultar sus decisiones. También el filósofo Pitágoras, en su propósito de adquirir saber. Cuando el rey persa Cambises llegó allí, lo tomó como prisionero y lo llevó a Babilonia, donde incrementaría sus saberes a partir de los magos de la ciudad milenaria. El resto es historia de las matemáticas. Cuando Alejandro Magno le arrebata Egipto a los persas, por supuesto quiere saber qué designios tiene dispuestos el oráculo para él. Viaja por el desierto pero se pierde, y allí está a punto de finalizar la aventura de Alejandro. Sin embargo, dos cuervos aparecen y guían a sus hombres. Una vez en Siwa, pregunta y el oráculo le confirma como ser divino y legítimo faraón. Le vaticina que sí, dominará el mundo pero que, cuando lo logre, será durante poco tiempo. No parece que esto altere los planes de Alejandro. Como su ídolo Aquiles, escogería una gloria efímera antes que una larga vida al nivel rutinario de los hombres. Es curioso que tras la visita de Alejandro (a pesar de que el griego sólo heredaba la tradición de sus compatriotas, ya desde los tiempos de Hércules y Perseo, de consultarlo), el oráculo se considera menos fiable. Probablemente los egipcios consideraran demasiado conveniente su pronóstico. Aníbal Barca también envió mensajeros para saber cuándo vencería a Roma. En teoría le respondieron que no lo lograría, pero no sabemos si el mensaje fue alterado a posteriori, si el oráculo (como casi siempre) dio una respuesta ambigua, o si Aníbal decidió cabalgar sin tregua hacia su destino.

Más tarde, se dice que Cleopatra instaló allí una piscina para bañarse, aprovechándose de las aguas termales (aquí podéis ver las fotos, y de paso las del oasis; sin embargo, personalmente, prefiero la que se construyó la más divina de las faraonas en Hierápolis, hoy Pamukkale: os puedo constatar que sus aguas son muy agradables). Por otra parte, Augusto, siempre menos campechano, por lo visto mandaba allí a algunos de sus desterrados. El cristianismo, por lo visto, no consigue penetrar en el oasis, pero es el propio paso del tiempo el que hace caer en descrédito al oráculo. No sabemos cuál fue su última profecía o si, como ocurrió con Delfos, su último mensaje fue un grito de agonía.

Llegan los árabes, y los bereberes que transitan por la zona se convierten al islam. En el año 708, parece que el oasis resiste un ataque de un ejército musulmán. Sin embargo, parece que aquellas no son las épocas más gloriosas del oasis de Siwa. No se sabe muy bien en qué momento el enclave se convierte a la nueva religión. Un historiador egipcio prácticamente habla de una refundación a partir de casi cuarenta familias. Un documento del año 1203 las reduce para entonces a siete. Se supone, sin embargo, que durante el califato fatimí previo se construyó una fortaleza que le protegió de los ataques del mundo exterior. En todo caso, el número de habitantes acabaría aumentando hasta los 600. Aun así, la población debía de vivir aún más aislada que en el pasado, porque buena parte de nuestro conocimiento de la forma de vida de los residentes en esta región nos lo proporciona el recientemente descubierto Manuscrito de Siwa, en propiedad de una de las grandes familias de la zona, y que detalla un secreto único: la ciudad (que entró en el ámbito de influencia del Islam en una época en que la homosexualidad, por parte de esta religión, no estaba mal vista) celebró matrimonios entre hombres desde el siglo XII hasta XX. Por lo visto, los terratenientes de Siwa se esposaban con sus jornaleros (denominados zagala) hasta la edad de cuarenta años, y sólo entonces podían desposarse con mujeres. A lo largo del siglo XIX, el oasis fue abriéndose al exterior (o, mejor dicho, nuevos viajeros llegaron a él, incluyendo el primer europeo desde los romanos en 1792), y en 1819 el sultán otomano Mehmet Ali lo incorporó a Egipto, aunque no sin ciertas revueltas. Los matrimonios homosexuales, por otra parte, fueron respetados y, como dice Ana Sharife en este estupendo artículo, entonces como en el pasado había intelectuales musulmanes dispuestos a mostrar una visión más tolerante del islam respecto a otras menos flexibles que surgirían en épocas posteriores. Solamente en 1928 el rey Faruk de Egipto prohibiría estos enlaces, aunque se seguirían celebrando de manera extraoficial hasta los años 60. Siwa fue muy castigada por las guerras mundiales (los pobladores se refugiaban en la necrópolis romana), y aunque el ejército británico lo utilizó como base en la Segunda Guerra Mundial, el alemán Rommel llegó a ocuparlo hasta tres veces. El gobierno egipcio no se dio demasiada prisa en comunicar al lugar con el resto del mundo, pues la fragilidad tanto del ecosistema natural como el humano (allí viven los únicos 30.000 bereberes de Egipto) aconsejaban mantener el aislamiento.

La necrópolis romana de Siwa en una foto de promoción turística

Hoy día, sin embargo, Siwa es un lugar tan alejado. Desde los años noventa, una carretera lo comunica con el resto de Egipto. Además de la necrópolis romana, los restos del templo de Amón, una fortaleza medieval y los baños de Cleopatra, posee un lago salado (consecuencia de la explotación agrícola) en cuyo interior se abre una península que en su día fue una isla. Como colofón, en 2007 se encontró una huella fosilizada de un ser humano que pasó por allí hace un millón de años, la más antigua en el mundo documentada. El oasis de Siwa, que ha vivido tanto, en el fondo nos cuenta mucho sobre los orígenes y la forma de ser de todos nosotros. Quizás sea ya misión nuestra extraer el mensaje apropiado, y no malinterpretarlo, como hicieron muchos con las revelaciones del oráculo.

Huella fosilizada localizada en el oasis. Es el primer paso del que tenemos constancia. ¿Cuál será el próximo?

miércoles, 1 de julio de 2020

La historia real de julio. Lanzamiento de "Ciencia, y el Cosmos del siglo XXI", un tributo a Carl Sagan. Con mi pequeña aportación personal.

La verdad es que me hace mucha ilusión comunicaros este anuncio. Pero empecemos por el principio. Hace varios meses, Alicia Parra Ruiz y Quintín Garrido Garrido decidieron inicial un proyecto en el cual actuaban como coordinadores, y que constituía un gran homenaje al libro <<Cosmos>>, elaborado en los años ochenta por Carl Sagan y que constituía, junto con la afamada serie de televisión a la que complementaba, uno de los más difundidos y celebrados esfuerzos por divulgar ciertas cuestiones fundamentales de la ciencia al gran público. El proyecto actual consistía en "reconstruir", de algún modo, y ya entrado el siglo XXI, el libro original, encargando a distintos autores que lo volvieran a redactar a partir de los nuevos conocimientos de los que ahora disponemos, así como presentando su particular visión sobre cada uno de los temas. El esfuerzo realizado desde entonces ha dado sus frutos, y ahora tenemos este libro, Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI, disponible de manera gratuita para todo el mundo con licencia Creative Commons, y que podéis descargaros en pdf aquí mismo (o en formato epub o mobi si lo preferís leer en el ebook).

Hoy es la presentación "oficial" y ante la prensa a lo largo y ancho del mundo castellanoparlante de un texto que puede atraer tanto a los que ya saben mucho de ciencia como para los que quieren aprender más de ella. Es posible, sin embargo, que no todos los títulos de los capítulos os interesen de igual modo, con lo cual podéis recurrir a un índice que os conducirá a cada apartado concreto. Como podéis ver, cada capítulo lleva aparejado no sólo la posibilidad de leer el texto o descargar del mismo en pdf, sino también (en algunos casos) una versión en inglés, e incluso un tema musical que viene a acompañar al texto, para que podáis ponéroslo de fondo y sentir que estáis escuchado la música de las estrellas (en algunos casos, mientras leéis acerca de las mismas).

Entre los autores con los que contactó Quintín Garrido estos meses, he de decir que tengo el privilegio de hallarme yo mismo, y que me sentí muy honrado desde el principio por participar en esta iniciativa. Y, en concreto, de todos los capítulos posibles que pude escoger para reinterpretar, me llamó la atención (ya sabéis, siento debilidad por los elementos solitarios y desamparados) el primero de los apéndices del libro, el cual trataba acerca de una cuestión matemática aparentemente sobria como la raíz cuadrada de dos. Sin embargo, como podéis leer en mi reelaboración del capítulo, esta disquisición aritmética esconde tras de sí una controvertida intriga histórica, que además nos ha servido de punto de partida para poder hablar sobre la forma en que se asienta el conocimiento, las dificultades que tienen las nuevas verdades para triunfar en la ciencia y, en definitiva (en un tiempo que nos ha demostrado lo difícil que es obtener certezas absolutas), cómo los científicos muchas veces tienen que hacer tripas corazón y reconocer, para que triunfe la ciencia en su conjunto, que su hipótesis no era la más cercana a la realidad que podía hallarse... incluso aunque la teoría que viene a sustituirla no nos entusiasme en absoluto.

Con el título: "Saber perder en ciencia: cuando no te gusta el resultado", este homenaje al "Apéndice 1: La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos" del libro <<Cosmos>> de Carl Sagan, es mi tributo particular no sólo a aquellos hombres y mujeres que hicieron ciencia a pesar de todas las adversidades que se toparon por el camino, sino también de los esfuerzos por divulgarla. Podéis leer el texto en castellano, tanto en la web como en pdf, en inglés (he sido mi propio traductor, así que disculpad mis errores en una lengua no nativa), también narrado como audiocapítulo y, como en la versión del libro completo no he podido introducir todos los detalles que hubiera querido, os dejo en la parte final de este post lo que hubiera sido la versión completa, para que elijáis cuál preferís explorar. No obstante, yo os animo a echarle un vistazo al resto de los capítulos de este blog, escritos por apasionantes y apasionados científicos y divulgadores, y que contienen títulos muy atrayentes que llaman muchísimo la atención. Yo, de hecho, ya le he echado el ojo a más de uno para leerlos con calma y mucha atención.

Pues eso, que disfrutéis con esta versión de Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI que intenta ser (dentro de lo que cabe) el equivalente a lo que -para la serie original de televisión de Sagan- ha supuesto la actualización de Neil deGrasse Tyson, y que en todo caso trata de ser un pequeño granito de arena que contribuya a que todo el mundo conozca, ame y difunda la ciencia. Una herramienta cargada de belleza -incluso aunque no todas sus hipótesis sean hermosas- y que, sin duda, siempre vamos a necesitar.

Os dejo aquí abajo con la versión original del capítulo sin recortes. Que (cualquiera de las versiones que escojáis) la disfrutéis.


Apéndice 1. La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos.
Los apéndices suelen resultar un hábitat particular, dentro del complejo ecosistema de las páginas de los libros, adonde van a refugiarse variados especímenes en peligro, incluyendo, entre ellos, abigarradas explicaciones que no tienen cabida en el discurso general del texto, o donde tienden a flotar -libres de la competencia de prosaicos conceptos- los más filosóficos y etéreos debates. En el caso del primer apéndice del volumen original de “Cosmos”, Carl Sagan es capaz de aunar ambas vertientes a lo largo de unas elegantes líneas. Obviamente, no es mi objetivo repetir lo que tan elocuentemente expresó Carl Sagan en su día, aunque trataré de resumirlo de manera sucinta, a modo de simple introducción.
Carl Sagan habla sobre la raíz cuadrada de 2 (√2), la cual tiene como resultado un número irracional, es decir, que no se puede expresar como una fracción entre dos números enteros (los números enteros son el 1-2-3-4, etc..., hasta el infinito; sus fracciones serían del tipo ¾, 2/5, etc...). Fueron los pitagóricos (es decir, un grupo de matemáticos dirigidos por Pitágoras) los primeros que descubrieron que la raíz cuadrada de dos era un número irracional, mediante un argumento geométrico. Dicho argumento estaba basado en una reducción al absurdo, que, como explica el propio Carl Sagan, es una forma de razonamiento en la cual inicialmente asumimos como cierta una afirmación, seguimos paso por paso sus consecuencias, y al final llegamos a una contradicción, demostrando de este modo la falsedad de dicha afirmación. En este caso, Carl Sagan utiliza también la reducción al absurdo, aunque esta vez desde el punto de vista aritmético, para llegar a la misma conclusión que los pitagóricos. Sin embargo, nosotros emplearemos este apéndice como punto de partida para algo ligeramente distinto.
Para empezar, para entender un descubrimiento científico, a veces hay que trabajar desde las motivaciones de sus descubridores. Partamos pues de los pitagóricos, y en concreto de Pitágoras de Samos, una figura cuya vida estuvo envuelta en la leyenda, a la cual contribuyó la fundación de su propia escuela de pensamiento. Dicen que tras el encuentro con un anciano Tales de Mileto (uno de los primeros grandes exploradores, el hombre que catalogó las siete maravillas del mundo antiguo), un Pitágoras que ya era discípulo del famoso Anaximandro se dedicó a viajar: habría llegado como prisionero de guerra a Babilonia, habría recalado en la India, y es más factible la noticia de su visita a Egipto. Las pocas y poco fiables fuentes que poseemos dicen que, en todos esos países, Pitágoras contactó con magos y sacerdotes para imbuirse de sus conocimientos, y en lo que coinciden dichos textos es en que más tarde partió hacia Crotona, Italia –alentado, entre otras cosas, por el destierro de su patria natal-, donde creó su escuela. Si hasta ahora la vida de Pitágoras nos ha parecido sorprendente, más extravagante nos resultará la forma en que se dice que él y sus discípulos convivían: eran vegetarianos, se negaban a vestir pieles de animal, divagaban en el mundo de la meditación y buscaban vivir en un perenne universo de pureza. La tradición ha atribuido a la escuela pitagórica un carácter netamente matemático, y es cierto que realizaron grandes contribuciones a dicho campo (aunque resulte difícil determinar qué logros pertenecen a Pitágoras, y cuáles a los miembros de su escuela, pues todos los descubrimientos se atribuían por defecto al primero), entre otras el teorema sobre el triángulo rectángulo que lleva el nombre del maestro, o la descripción de los distintos tipos de poliedros regulares -a los que, por cierto, va dedicado el segundo apéndice de “Cosmos”-. Sin embargo, la escuela de Pitágoras abarcaba mucho más: puede parecer un reduccionismo simplificarlos como matemáticos, pero sin duda ellos hubieran estado de acuerdo porque, para sus integrantes, el universo podía descomponerse en cifras. A partir de allí radiaban el resto de sus ideas, mucho más vinculadas a la religión y la metafísica: la inmortalidad del alma; su concepción general de un universo ilimitado donde Sol, la Tierra y los planetas giraban en torno a un fuego central que identificaban con el número 1; la relación profunda que subyacía a la astronomía, la música y la medicina, que no era otra que una concordia mística que se articulaba alrededor de las matemáticas y de sus representantes más perfectos, los números. La perfección de esta serie de abstracciones los embriagó, y de ahí que el descubrimiento de la raíz de dos, y todo lo que ello conlleva, supusiera un doble mal trago.
        Entrando ya en el responsable directo de tan endiablado entuerto, las cuestiones relativas a la raíz de dos fueron exploradas por el pitagórico Hípaso de Metaponto, entre otras cosas profesor de Heráclito, y a quien se le atribuye también el método para construir un dodecaedro engastado en una esfera, y el descubrimiento de la relación entre el grosor de discos de bronce y el sonido que éstos producen al golpearlos (idea que se relaciona con el conocimiento pitagórico de que la longitud de las cuerdas de un instrumento musical determina su sonido, y que entronca con la teoría de la escuela acerca de la armonía de las esferas celestes). El caso es que Hípaso, aun perteneciendo a la escuela pitagórica, era el líder de los acusmáticos, una sección de la secta que, pese a formar parte de la misma, no tenía la misma categoría que los “matemáticos”, los cuales se hallaban bajo la supervisión directa de Pitágoras y conocían la doctrina en su totalidad, privilegio con el que no contaban con los seguidores de Hípaso: aquello constituía un primer y desafortunado desencuentro. El descubrimiento de los números irracionales fue producto, según se dice, de la casualidad: el resultado de dicha raíz se llevaba buscando bastante tiempo, pues constituye la medida de la diagonal de un cuadrado cuyo lado tuviera una longitud de 1 y, creámoslo o no, su valor tiene unas cuantas aplicaciones prácticas. Hípaso empleó la geometría para expandir los límites del saber hasta llegar a una conclusión que a todos dejó traumatizados: la raíz cuadrada de dos tenía que ser, necesariamente, un número irracional. El sueño que los pitagóricos habían vivido era tan plácido que el despertar trocó, de manera ineludible, en amarga pesadilla.
        Pero, ¿qué demonios les importaba a los pitagóricos que la raíz de dos no pudiera expresarse como la fracción de dos números enteros, y que en concreto correspondiera a un valor aproximado de 1,4 (Pitágoras, perdónanos si nos lees ahora mismo)? Pues que, obviamente, para gente obsesionada con la perfección, con la hermosura de las matemáticas, con la armonía de los planetas, las verdades tenían que ser expresadas mediante números perfectos, tales como los enteros, o al menos como fracciones de los mismos. Pero, ¿una cifra seguida por una lista de decimales que no termina nunca? (los filósofos helénicos ni siquiera llegaron a ver eso; los números griegos no operaban con esas herramientas). ¿Qué clase de aberración era ésa? Por eso, el resultado obtenido por Hípaso les incomodó. Dicen que Pitágoras se negaba a que le hablaran de los irracionales. Durante años, los pitagóricos obviaron la cuestión disfrazando la raíz cuadrada de dos como si se tratara de un número entero en sí mismo. En todo caso, impusieron un absoluto secreto: la existencia de los números irracionales no debía salir nunca a la luz. Hípaso incumplió esa regla, y como castigo, cuenta el mito, fue asesinado.
Aunque, como tantas otras cosas alrededor de los pitagóricos, no hemos de fiarnos a pies juntillas de las leyendas. Desde luego, hay rumores sobre que Hípaso fue expulsado de la orden, y también sobre que falleció en un naufragio en extrañas circunstancias, en las que se ha querido ver la oscura sombra del suicidio (como castigo autoinfligido por romper la pureza de las matemáticas, y para así dar reposo a su alma, que se refugiaría en otro cuerpo) o, tal vez incluso, la mano negra de los miembros de la escuela, que lo habrían empujado al mar. Una versión más delirante nos dibuja al propio Pitágoras arrojándole del barco, doblemente avergonzado no sólo por haber sido incapaz de rebatir el descubrimiento de Hípaso, sino también porque la infausta verdad procedía del líder de una rama de la escuela considerada inferior, para más inri la némesis natural de Pitágoras, al constituir la única figura en Crotona que podía hacerle sombra. Especulaciones aparte, lo cierto es que el supuesto secreto se rompió y hoy sabemos que existen los números irracionales: de hecho, varios de ellos (como π, o el número phi, también conocido como “la proporción aúrea”) han resultado de gran importancia para la comprensión de las proporciones tanto en el interior de los seres vivos como de los cuerpos geométricos. Una conclusión que, a pesar de su ambición de consuelo, a Pitágoras no le hubiera satisfecho en absoluto.
Ahora vamos a avanzar unos cuantos siglos, hasta llegar a un nuevo (aunque no demasiado diferente) tipo de polémica. A lo largo de la década de 1920, Albert Einstein y Niels Bohr se embarcaron en un debate que redefinió los términos de la física. Einstein había elaborado, poco tiempo antes, su Teoría de la Relatividad, un rascacielos de postulados edificado durante los ratos libres de su empleo en la Oficina de Patentes de la -repleta de casitas bajas- ciudad suiza de Zürich, basada en concepciones sumamente teóricas y abstractas y que a pesar de ello explicaba buena parte del funcionamiento real del universo, como si hubiera sido propuesta por los antiguos pitagóricos en un arrebato de inspiración. Este “conejo sacado de la chistera” sigue aún resistiendo la mayor parte de los ensayos experimentales que han osado tratar de refutarlo, manteniéndose firme de un reto a otro. No obstante, Niels Bohr (el hombre que había creado una versión del átomo que superaba a la de su maestro Ernest Rutherford) dijo una vez una frase que Carl Sagan intenta reducir al absurdo en el ya mentado apéndice 1: “Lo contrario de cualquier gran idea es otra gran idea”. En este caso, la afirmación revela ser cierta -a pesar de lo que diga Sagan-, pues el paradigma opuesto que surge ante los axiomas de la relatividad es la mecánica cuántica, sustentada en inicio por los descubrimientos de Max Planck y que propone una visión radicalmente diferente de la física, basada en probabilidades y en cuánto somos (y, sobre todo, no somos) capaces de observar y de medir. Einstein, de hecho, siempre rechazó aquella teoría -lo cual decepcionó a sus creadores, que se habían sentido en parte inspirados por él-, y convirtió la cuestión cuántica en el punto central de las intensas disquisiciones que mantuvo con Bohr, en las que se llevó al extremo las posibilidades de la discusión científica. Famosa es la sentencia de Einstein de “Dios no juega a los dados con el universo”, pero no menos impactante fue la serie de acontecimientos que se inició cuando Einstein trató de reducir al absurdo la teoría cuántica al apuntar a que, de acuerdo la misma, dos partículas que hubieran entrado una vez en contacto nunca llegarían a estar del todo desconectadas. Para su incredulidad, los discípulos de la mecánica cuántica analizaron aquella supuesta idiotez y descubrieron -también para su propia sorpresa- que era cierta, poniendo patas arriba los cimientos de todo su sistema de conocimiento, una vez más. Hoy en día, la contraposición entre teoría de la relatividad y mecánica cuántica sigue adelante: la relatividad es capaz de explicar a la perfección lo que ocurre con las grandes masas (como una renovada revisión de la armonía de las esferas), mientras que la teoría cuántica describe con certeza matemática lo que sucede a nivel subatómico; sin embargo, en el conjunto, las dos visiones no son capaces de ponerse de acuerdo. Mientras tanto, algunos ansían y ponen su empeño en una Teoría Unificada que exponga con sencillez las leyes básicas del universo, a partir de las cuales las distintas fuerzas fundamentales se deduzcan de manera elemental. La teoría de cuerdas lo está intentando, hasta ahora con esquivo éxito, y la reciente confirmación del bosón de Higgs puede aportar nuevas luces sobre la estructura básica de la energía y la materia. Hoy día, sin embargo, el final de la búsqueda de esa teoría absoluta a la que la física aspira, como a un unicornio dorado, o una suerte de científico Santo Grial, sigue sin vislumbrarse.
Einstein se hallaba disgustado con la mecánica cuántica porque, como fiel determinista, se sentía incómodo con unas premisas que otorgaban tanta relevancia a la probabilidad y a las cuantificaciones medidas por el observador. Sin embargo, él no llegó tan lejos, como Pitágoras, como para tratar de prohibir su divulgación (no hubiera estado en su mano y, en todo caso, seguramente su amor a la verdad no se hubiera permitido). De todos modos, no sería la primera vez, ni tampoco la última, en que la oposición de científicos más veteranos impide a una teoría joven y bisoña salir adelante. Un reciente estudio, incluso, ha llegado a proclamar que ciertas áreas de la ciencia sienten un reverdecimiento al fallecer científicos prominentes en dicho campo, como si la presencia de estas colosales figuras taponara el talento de poco reconocidos científicos que se atreven a oponerse a los dogmas aceptados de manera unánime. Max Planck, el padre de la teoría cuántica (aunque al primero al que desconcertó fue a él mismo), declaró: "Las nuevas ideas avanzan en ciencia no porque sean ciertas, sino porque sus enemigos fallecen". Quizás el mejor ejemplo lo encontremos también en el campo de la física con otro debate, el que tuvo lugar entre Rutherford (quien, además de ser maestro de Bohr, proporcionó el primer modelo atómico) y Lord Kelvin. Este último había hecho grandes contribuciones a la ciencia, pero contaba ya con una provecta edad y, desde su atalaya, se negaba a reconocer los datos que señalaban a que la antigüedad de la Tierra era en realidad mucho mayor que la que el propio Lord Kelvin había propuesto (por debajo de veinte millones de años). Por eso, cuando un imberbe Rutherford se plantó en una de las reales instituciones británicas, delante de un auditorio de 800 personas, para exponer cómo el fenómeno de la radiactividad apoyaba la noción de una edad del planeta Tierra de, al menos, varios cientos de millones de años, su única preocupación era lo que diría Lord Kelvin al respecto. El crucial acontecimiento se desarrolló en varias fases: lo primero de todo, durante la disertación, el venerable hombre que emanaba autoridad desde su estrado se quedó dormido. Más tarde, parece que se despertó y colocó una sonrisa beatífica -producto de la digestión de una buena siesta-, momento en que Rutherford encontró la clave para convencer al eminente pope: citó en voz alta una antigua frase del maestro en la que expresaba que la edad de la Tierra debía de ser de unos pocos millones de años, mientras no se descubriera una nueva fuente de calor que explicara los resultados obtenidos. Rutherford proclamaba, pues, que Lord Kelvin habría sido el primero en anticipar la existencia de esa nueva fuente de calor (que no sería otra que la radioactividad) y que, por tanto, era co-partícipe del reciente descubrimiento. Era un intento descarado de halagar la vanidad del anciano pero, como suele ocurrir en estos casos, la cuestión es que funcionó (la mayor parte de los que se oponen a un movimiento, después de todo, lo hacen por no sentirse parte central de él), y Lord Kelvin expresó un asentimiento complaciente. Fuera de la reunión, sin embargo, se dice que Kelvin siguió farfullando incoherentes y circulares diatribas en contra del principio de una longeva edad de la Tierra pero, para entonces, el obstáculo había sido salvado, y no por la fuerza de la razón y la forma de comportarse de los hechos, como dicta la ciencia, sino empleando la psicología y la forma de comportarse de los científicos, como dictan las relaciones personales. La ciencia, después de todo, tiene sus defectos, y éstos, como los inherentes a casi toda actividad humana, provienen fundamentalmente de que quienes la hacemos consistimos en seres humanos también.
En este caso, hemos hablado de nuevos hallazgos pero, quizás, lo mejor que puede aportar el futuro, por parte de las generaciones venideras, es un punto de vista distinto, una perspectiva inédita. La mayor parte de las ideas originales no han llegado por seguir insistiendo por las mismas vías, sino mediante aproximaciones revolucionarias que se creyeron impensables en su día. Tal vez, al respecto, el mejor ejemplo que podemos aportar es una anécdota que se atribuye a numerosas parejas de aprendiz-maestro, entre ellas la más conocida de Niels Bohr y Ernest Rutherford. Según la leyenda, Rutherford habría preguntado, en un examen, cómo determinar la altura de un edificio a partir de un barómetro. La solución canónica es utilizar el barómetro para medir la presión en la base y en la azotea del edificio y, a partir de allí, mediante una sencilla ecuación matemática, deducir la altura del mismo. Bohr, sin embargo, respondió durante el examen: “Tiraría el barómetro desde lo alto del edificio y, en función del tiempo que tardara en llegar al suelo, calcularía la solución”. Rutherford -cuenta la anécdota- se quedó intrigado con la respuesta y citó a Bohr para un nuevo examen, donde él discurrió varias decenas alternativas de contestaciones, que iban desde utilizar el barómetro como una regla de medir en varias tandas, o pasarse por la casa del portero y solicitarle: “Me gustaría saber cuánto mide este edificio, le ofrezco a cambio este bonito barómetro”. De acuerdo a la historia, Rutherford le habría reprochado: “Usted sabe que ésa no es la respuesta que estoy buscando”, a lo que Bohr le habría contrapuesto: “Quizás entonces debería reformular la pregunta”. A veces el mejor favor que le podemos hacer a la ciencia es replantear las viejas cuestiones, para las respuestas no se vuelvan caducas desde antes de empezar. Es la única manera de agitar el árbol de Newton para que, con suerte, el fruto que caiga sea uno más sabroso. O, al menos, uno distinto a una manzana.
        En parte, la ciencia (como cualquier otro campo) consiste en eso: gente que llega con conceptos nuevos los cuales, a las pretéritas generaciones, se les antojan irreverentes, ofensivos, hasta cabría decirse que irracionales. Pero que encajan mejor con una forma de ver el mundo que deriva de cómo funciona éste, o de tal vez de cómo funcionamos nosotros. Los científicos, mientras tanto, van y vienen; hoy los defensores de la teoría cuántica y los relativistas siguen espiándose de reojo, mientras que los pitagóricos fueron expulsados de Crotona por culpa de los vaivenes que tuvieron lugar tras meterse en el poco racional ámbito de la política. La ciencia, sin embargo, y las aportaciones que unos y otros nos donaron, por muy abominables y distorsionadoras que pudieran parecer al principio, se depositan en el sedimento que va asentando en el ser humano, donde los episodios biográficos y las disputas entre científicos se soslayan para dar lugar a lo que de una manera muy cauta podemos denominar “la verdad”; por muy imperfecta, incompleta y desafiante que ésta resulte. Incluso aunque tenga que pasar por un par de reducciones al absurdo, o de reducciones al absurdo del propio absurdo para probarse. Al fin y al cabo, la cualidad principal de un científico es la curiosidad, y ésta debe hallarse siempre dispuesta a darle la oportunidad de sorprenderse. Carl Sagan lo sabía, y nos transmitió parte de su alegría al quedar impresionado con los portentos del universo. Él nos concedió ese regalo, y el mejor apéndice u homenaje que nuestra generación puede hacerle a “Cosmos”, ese legado único, es (pese a poseer una óptica distinta a la de nuestros maestros, o precisamente a causa de ello) seguir impactándonos. Maravillándonos, si es preciso, ante la perfección de la imperfección.

sábado, 1 de junio de 2019

La historia real de junio: una lista de obras de arte y monumentos perdidos

Si en una entrada anterior señalamos las obras literarias más grandes jamás perdidas, ahora le toca a su versión artística (o, al menos, de cierto tipo de arte): un registro nada exhaustivo de pinturas, esculturas y obras arquitectónicas y monumentales que no resistieron el fragor de los tiempos, y que probablemente no lleguemos a encontrar nunca. Entre ellas cabe destacar:

-La inmensa mayoría de las siete maravillas del mundo. De lista que conformó Tales de Mileto a través de sus viajes por Egipto, Grecia y Asia Menor, sólo quedan en pie las pirámides. El Coloso de Rodas (que inspiraría otro Coloso erigido en Roma, con la cara de Nerón, que también se perdió, y que dio nombre a una futura "Maravilla del mundo moderno" -edificada al lado del donde se encontraba la escultura-, el Coliseo), que ocupaba la entrada del puerto de dicha ciudad, probablemente se derrumbó en un terremoto. Mismo destino sufrió el faro de Alejandría, cuyos restos sirvieron en parte para elaborar un fuerte, y lo que quedó fue cargado a lomos de camellos por parte un oscuro comerciante que los condujo a la noche de los tiempos. En cambio, las ruinas del Mausoleo de Halicarnaso fueron localizadas en Bodrum por un grupo de arqueólogos ingleses, que le preguntaron al sultán otomano si se podían llevar "unas piedras" y éste, pasmado de su interés por la geología, se lo concedió: para cuando se dio cuenta del valor de aquellas artificiales rocas, éstas ya se hallaban en los estantes del Museo Británico. Incendiado fue el templo de Diana en Éfeso por parte de un estúpido que (en un pensamiento excesivamente moderno) quiso destruirlo para que su nombre fuera recordado por la Historia y, por desgracia, lo logró. Nada sabemos de los jardines colgantes de Babilonia, ni siquiera si existieron, pero de quedar algo tras las sucesivas guerras en territorio irakí, lo más entero que permanezca serán las puertas de Ishtar. En cuanto a la estatua de Zeus en Olimpia, esculpida por Fidias, hay varias versiones. Una dice que el emperador Calígula mandó traerla a Roma y sustituir la cabeza de la escultura por la suya: en cuanto sus soldados lo intentaron, cuentan que el colosal Zeus de piedra se rió y los legionarios salieron corriendo. La estatua habría sido más tarde llevada a Constantinopla, donde quedó destruida por un terremoto. Sin embargo, a mí me gusta más la historia que dice que Fidias, al terminar la obra, le preguntó a Zeus qué le parecía y éste, como toda respuesta, arrojó un rayo sobre la estatua y ésta desapareció.

Reproducción de siete maravillas del mundo antiguo. Tomado de Wikipedia.

-No ha sido la única obra de Fidias que desapareció: su Atenea, esculpida para permanecer dentro del Partenón, tenía unas cubiertas doradas que el escultor -previsor de que le acusaran de apropiarse de parte del oro de los materiales- había hecho desmontables para demostrar su honradez, y que así no hubiera que recurrir a ningún complicado recurso matemático propio de Arquímedes (¡Eureka!) para exhibir su inocencia. Esas cubiertas, por supuesto, fue lo primero que volaron para obtener oro contante y sonante, pero la estatua entera también acabó perdiéndose. De la misma manera, la Atenea Promakos, que dominaba majestuosa la Acrópolis, ante sucesivas guerras e incendios, se volatilizó también, y suerte tuvimos de que el Partenón no desapareciera mientras los turcos lo empleaban como polvorín en una de las abundantes guerras en suelo de Grecia. El Partenón, eso sí, perdió el color de sus pinturas, material difícilmente preservable, y por eso tenemos tan pocas pinturas (de ahí la valía de los frescos de Pompeya) datadas en la antigüedad. El Ara Pacis de Augusto, por ejemplo, estaba cubierta de colorido (romanos y griegos tenían un estilo algo kisch, pero a algunos monumentos, cualquier cosa les sienta bien). Algunas esculturas no sufrieron tanto y sólo perdieron secciones, quedándose mutiladas: la Victoria de Samotracia, aún así, se ha convertido en un icono, pero sería interesante saber qué ocurrió con los brazos de la Venus de Milo, a la que se supone que encontraron con ellos y que (probablemente en una pelea por quedarse con los restos) fue en época moderna cuando  se desintegraron.

"Akropolis", por Leo von Klenze, con Atenea Promakos al fondo.

-Perdido ¿para siempre? quedó el rastro de la tumba de Gengis Khan, ya que los soldados que recorrieron el lugar con sus caballos para dificultar la búsqueda fueron ejecutados (y sus ejecutores, para estar seguros, también): su descubrimiento sería uno de los grandes hitos arqueológicos de cualquier milenio. La momia de Alejandro y su último apostento (visitable y visitado, hasta por emperadores romanos) también desapareció, y probablemente tuvieron algo que ver las revueltas cristianas que atentaban contra todo lo pagano y helenístico, incluyendo también la Biblioteca de Alejandría y su Museo. Un caso especial es la última morada de Shih Huang-Ti, primer emperador de China, de la que ya hablamos aquí: se sabe perfectamente dónde está, pues se halla bajo una colina anexa al lugar donde se desenterraron los guerreros de Xian, supuestamente encargados de velar por su descanso eterno. Sin embargo, los arqueólogos, a la hora de entrar, no las tienen todas consigo: primero, porque ya los guerreros de Xian se desprendieron de su capa de color al ser expuestos a la atmósfera, y no quieren excavar nada nuevo hasta que no estén seguros de que la tecnología lo pueda conservar. Y, segundo, porque las leyendas acerca de lo que contiene la tumba del hombre que quiso ser inmortal (una representación del mundo con estrellas reproducidas mediante joyas en la bóveda, y ríos de mercurio recorriendo la base) son tan proverbiales como los mitos sobre las posibles trampas mortales que existirían, destinadas a los incautos visitantes. Y a eso los arqueológos (muy mal pagados casi siempre) tampoco se quieren arriesgar. Hay dudas también sobre a cuántas personas vamos a encontrar en la tumba: en la época arcaica se enterraba a los allegados del difunto junto a él; luego se representaron con imágenes figurativas. Un cuento (cuyo origen no he podido certificar) habla de un hombre que iba a ser enterrado con Shih Huang-Ti y propuso como alternativa las estatuas: el final del relato decía que le hicieron caso, pero sólo a medias, pues las estatuas fueron construidas, pero también le enterraron a él. La veracidad de esta historia es dudosa, pero teniendo en cuentas las malas pulgas que gastaba quien mandó edificar la Gran Muralla, nada es descartable.

-Por fortuna, a pesar de que se perdiera tanto de la época e influencia de Alejandro Magno (incluyendo su propio cuerpo), sí se conservó una maravilla de estilo helenístico, la estatua de "Lacoonte y sus hijos", de datación incierta, de la que el escultor Miguel Ángel fue testigo de su descubrimiento en un campo en Italia. De Miguel Ángel hemos también unas cuantas esculturas, incluyendo dos Cupidos que falsificó haciéndolos pasar por esculturas antiguas, un Hércules que medía 2,40 metros, y una estatua de Julio II que destruyó el populacho de la ciudad de Bolonia. Por otra parte, la falta de interés de los sucesores de Julio II por la tumba de éste provocó que Miguel Ángel abandonara el proyecto monumental para el mausoleo del difunto Papa, el cual hubiera incluido al "Moisés" (ahora, solitario en San Pietro in Vincoli) y varios "esclavos" inacabados en un conjunto seguramente más interesante que cada obra por separado. Inconclusa también quedó la pintura "La batalla de Cascina", un fresco que Miguel Ángel abandonó porque le salió un encargo mejor (y cuyos esbozos en cartón desaparecieron, a lo que en parte pudo contribuir un artista rival). "La batalla de Cascina" tiene un doble interés, pues iba a adornar una de las paredes de la Sala de los Quinientos del Palazzo Vecchio en Florencia, destinada a la toma de decisiones del gobierno de la ciudad (es la sala más grande construida en Italia para este menester). La otra pared se destinó a que la ocupara el otro genio artístico de igual talla que vivió en la ciudad, Leonardo: de hecho, el contrato lo firmó en nombre de la República de Florencia un hombre llamado Maquiavelo, para que nos hagamos una idea del nivel que había en la época. Leonardo iba a hacer "La batalla de Anghiari", pero como el fresco no era la técnica más adecuada para su estilo de pintura, intentó un estilo alternativo, el encausto. Éste funcionaba bien cuando el secado se realizaba de manera adecuada, pero las condiciones de la Sala de los Quinientos no eran las más propicias, y la parte superior de la pintura empezó a desprenderse como si fuera pasta mojada. Leonardo abandonó el proyecto, que quedó empantanado y expuesto durante muchos años en la sala, hasta que hubo una remodelación que destruyó lo poco que quedaba de los proyectos iniciados por ambos pintores. No obstantes, muchos artistas vinieron a Florencia y quedaron fascinados por el cuerpo central de la pintura de Leonardo (más o menos intacto) y la violencia de la batalla que se mostraba, incluyendo Rubens, que hizo una copia, el único resto que nos queda de la obra original. Hoy en día esa reproducción se puede admirar en el Museo del Louvre; en teoría, hubiera sido la mejor obra de Leonardo, pero fue su compañera de museo, la Mona Lisa, la que salió beneficiada del estropicio. En todo caso, todo este episodio acerca de la sala acondicionada para ser decorada por Miguel Ángel y Leonardo ha sido ahora recientemente puesta en duda. Aunque, en todo caso, como historia, sigue resultando fascinante.

Copia del cuerpo central de "La batalla de Anghiari", elaborada por Rubens a partir del original de Leonardo da Vinci.

-Aunque las obras que más han sufrido son las de las épocas más antiguas, la Edad Contemporánea tampoco ha tratado muy bien a muchas manifestaciones artísticas. Guerras, incendios, terremotos, censura o muerte violenta de sus dueños, cuando no directamente robos, en especial en un siglo XX que padeció dos guerras mundiales (aún colea la destrucción del "arte degenerado" por parte de los nazis, o la incautación de obras a los coleccionistas judíos), han arrasado con lo que podía haber sido una de las épocas más prolíficas en la producción artística mundial. Un caso particular quiero traer a colación: el "Retrato del doctor Gachet", de Van Gogh (ver abajo), se encuentra ahora mismo en paradero desconocido. Fue comprada por el precio más alto por una pintura en su época, por parte de un hombre de negocios japonés. El millonario llegó a decir que quería quemar el Van Gogh después de su muerte: ante el escándalo, manifestó que sólo era una forma de hablar para expresar el amor que sentía por la pintura, y que probablemente lo cedería a un gobierno o un museo. Lo cierto es que no se sabe del todo lo que ocurrió después con el lienzo, y aunque los representantes del fallecido dicen que fue vendido a un coleccionista privado anónimo, el hecho de que el magnate japonés fuera incinerado da pie a escandalosas especulaciones. Aunque siempre cabe soñar que algún día (como desearíamos con las obras anteriores que hemos mencionado) lo volvamos a contemplar. Por suerte, existe otra copia (ambas fueron hechas por van Gogh) en el Museo d'Orsay de París, pero la historia viene a destacar lo frágiles que son las obras de arte, y el peligro de dejarlas en manos equivocadas (incluyendo, entre ellas, las privadas).


domingo, 1 de julio de 2018

La historia real de julio: una pequeña lista de científicos represaliados

En estos días en que se habla tanto de sacar de sus aposentos los cadáveres de rancios dictadores, y de recuperar los cuerpos que éstos dejaron en las cuentas, conviene recordar que las víctimas de golpes de estado, revoluciones y violencias de variado signo no se circunscriben sólo a políticos, colectivos discriminados ni a poetas (¿dónde estará el cadáver de Lorca?), sino a todos los estamentos y clasificaciones sociales de cualquier índole. En apariencia, los científicos tendrían que haberse librado en mayor medida de este descalabro: bien por su utilidad inherente (ahí tenemos a un Werner von Braun que se pasó la última parte de la guerra en un hotel de lujo en Alemania, esperando a que le capturaran sus futuros jefes de los Estados Unidos), bien porque su actividad tiende a desarrollarse en un ámbito neutral en la mayor parte de los casos. Sin embargo, hay científicos que, bien por sus ideologías particulares, bien por sus propios descubrimientos científicos, sufrieron de persecución, acoso y hasta asesinato por parte de poderes fácticos y autoridades. Aquí hay una pequeña lista que engloba a algunos de ellos:

-Antigüedad: uno de los casos más conocidos de esta enumeración es el de Arquímedes. Según la leyenda (que contiene visos de veracidad), Arquímedes habría intervenido en la defensa de la ciudad griega de Siracusa respecto al sitio a la que la habían sometido los romanos. Uno de los ingenios que habría empleado (descrito por Polibio) era la "garra de Arquímedes", una especie de mano de hierro que inclinaba a los barcos y permitía que accediera agua a su interior. La otra gran estrategia (mucho más controvertida en cuanto a su verosimilitud) sería la de emplear espejos para crear un rayo de calor que incendiara las naves enemigas. Sea como fuere, cuando los romanos entraron en la ciudad (narra el mito) uno de los soldados romanos se encontró a Arquímedes haciendo cálculos sobre la arena. Como el legionario no era consciente de quién era el sabio -ni tampoco de que había órdenes explícitas de no hacerle daño- y como el inventor y matemático se mostrara desdeñoso respecto a la presencia molesta del soldado, éste le mató con su espada, para gran disgusto de su oficial superior cuando se enteró. No es para menos: se dice, entre otras cosas, que Arquímedes estuvo muy cerca de crear el cálculo diferencial que más tarde desarrollarían por separado Newton y Leibniz, y que si algo se lo impidió fue la dificultad de trabajar con los enrevesados números griegos. También a raíz de varios reportajes y de la fantástica película "Ágora", de Alejandro Amenábar, es famoso el asesinato de Hypatia, matemática y directora de la Biblioteca de Alejandría que fue (probablemente) violada y (sin duda) descuartizada por orden del obispo Cirilo, quien pretendía eliminar todo vestigio de paganismo en oposición a la fe cristiana que él representaba, culminando con ello la labor de destrucción de la mítica Biblioteca de Alejandría.


-Con la iglesia hemos topado: Hypatia fue uno de los primeros borrones en el debe de la iglesia, durante un período en el que se destruyó intensamente tanto ciencia como arte y literatura, pero incluso cuando el cristianismo se convirtió una religión asentada en la sociedad, las persecuciones siguieron adelante contra todo aquel que osara contradecir sus dogmas. También en el terreno científico. El caso de Galileo Galilei, obligado a abjurar de sus teorías astronómicas, es el más popularizado, pero no el que peor terminó. Lluis Alcanyís y García de Orta fueron ejecutados por la Inquisición debido a sus orígenes judíos (el primero en Valencia, el segundo en Portugal). Relevantes también son los casos de Lucilio Vanini, quien teorizó mucho antes que Darwin la evolución de las especies y que fue condenado por ateísmo, y del visionario Giordano Bruno, que anticipó entre otras cosas la existencia de otros planetas donde, según él, podría haber otras criaturas inteligentes aparte de nosotros -lo último se da quizás erróneamente por supuesto-. Ninguno de ellos tenía una visión del supremo hacedor absolumente equivalente a la de la Iglesia (lo cual no quiere decir que no fueran creyentes ni cristianos; Vanini creía en el Dios como una fuerza conductora, mientras que Bruno se definiría como panteísta), y por ello fueron ajusticiados. No sólo en el área del catolicismo encontramos mártires. El aragonés Miguel Servet, descubridor de la circulación menor, mantenía una agria disputa teológica con el protestante Calvino a cuenta de la Santísima Trinidad. Ingenuo, Servet acudió a Ginebra, donde Calvino había establecido su sede teocrática, para hacer las paces. No salió vivo de allí: la madera en la que prendieron su hoguera estaba mojada a causa de la lluvia y tardó horas en quemarse. Una valiente apología de él fue escrita por Castelio y reflejada por Stefan Zweig varios siglos más tarde.


-Las revoluciones políticas de la Edad Moderna se cobraron también sus víctimas: algunas por haberse involucrado de manera directa en las mismas, y otras no tanto. Francisco José de Caldas era un multifacético colombiano que, cuando Napoleón invade España, ve con buenos ojos (como muchos de sus compañeros) expulsar al virrey español que tomaba lo mejor de las colonias y se lo reservaba para la metrópoli. Los conspiradores encuentran un buen lugar para realizar sus reuniones en el Observatorio Astronómico de Bogotá que Caldas dirigía pero, descubierta la conjura, los rebeldes se ven obligados a huir y Caldas colabora como ingeniero militar en muchas de las siguientes batallas. Capturado por sus enemigos, a pesar de su erudición, el militar español que condena a Caldas niega el indulto bajo la frase: "¡España no necesita de sabios!". Mientras le conducen al lugar de la ejecución, dibuja en una pared la letra griega θ, que se asocia con la frase "Oh, larga y negra partida". Muere acribillado por los disparos. Similar suerte corrió Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, y que en la Francia pre-revolucionaria fue conocido por dos motivos: 1) demostrar la ley de la conservación de la masa, desmontando la hasta entonces establecida teoría del flogisto y 2) participar también en teorías económicas, mejorando el sistema de recaudación de impuestos. Estos impuestos eran los que exprimían a las clases populares y, por tanto, los que trabajaban en estas actividades fueron tremendamente vilipendiados por la Revolución Francesa cuando ésta triunfó. De hecho, en la ejecución de Lavoisier se ha querido ver un enfrentamiento pasado contra Marat, líder del movimiento revolcuionario que fue ridiculizado por Lavoisier años antes en el campo de la química, pero lo cierto es que, a lo largo del período revolucionario, todos los individuos destacados en relación con el cobro de impuestos fueron guillotinados. El juez del tribunal que le condenó proclamó (de manera muy similar al militar que negó el indulto a Francisco José de Caldas) que "Francia no necesita ni de sabios ni de químicos".


-En ocasiones, de quien has de guardarte no es de los individuos ajenos, sino de tus propios colegas. Semmelweis, de quien hemos hablado colateralmente en cierta ocasión, era un médico húngaro en Viena que descubrió la asociación entre fiebres después del parto y el hecho de que los médicos trataran a las madres después de haber tocado a los muertos en la sala de autopsias, así que recomendó el lavado de manos para prevenir los fallecimientos causados por dichas fiebres. Sus colegas le desprestigiaron (aludieron a su origen húngaro para despreciar su teoría), perdió su trabajo y su reputación, y acabó tan dolido por el rechazo que se dice que, para demostrar su hipótesis, se hirió con un bisturí procedente de una sala de autopsias, provocando una infección que le causó la muerte (nota: leyendo más sobre el tema, descubro que esta historia es una leyenda, pero que durante mucho tiempo fue aceptada. Aún así, parece claro que la muerte de Semmelweis se produjo tras los malos tratos recibidos en un sanatorio mental, al que ingresó después una serie de actos de locura influidos seguramente por el gran tormento personal que le causó el rechazo de la comunidad científica). Otro caso paradigmático es el de Daniel McFarlan Moore: varios científicos han muerto asesinados en diversos países (sobre todo, regiones tercermundistas) por individuos que les asaltaban en el auto, en la calle, o en su casa. En el caso de Moore, sin embargo, su asesino era un compañero de profesión en paro que explotó de rabia al ver que el primero se le había adelantado con la patente de un invento.


-Si los estados y las organizaciones sociales pueden matarte, no está tampoco libre de peligros el que se deja engullir por la naturaleza para aislarse de la sociedad. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, más que los insectos o las serpientes, la amenaza procede de otros hombres. Dianne Fossey (muy conocida por su semblanza biográfica en la película "Gorilas en la niebla") fue asesinada por cazadores furtivos por querer proteger a los gorilas a los que estudiaba y con los que convivió. El naturalista boliviano Noel Kempff Mercado cometió el error de aterrizar su avioneta en un lugar dominado por un cártel de la droga y fue asesinado; sólo un compañero suyo español sobrevivió, y el hecho de que relatara su historia cambió en Bolivia la percepción del narcotráfico e incrementó la lucha contra el tráfico de drogas. Muy irónico también es el caso del entomólogo británico Ernest Gibbins, quien pretendía ayudar a la población indígena analizando muestras biológicas (con el objeto de contribuir a la cura de la tripanosomiais y la fiebre amarilla) pero murió lanceado porque sus sujetos de estudio pensaban que iba a utilizar su sangre para hacer brujería.


-Meterse en proyectos militares tiene también sus inconvenientes. Ya hablamos en su día del físico Oppenheimer, que no fue asesinado pero sí degradado y apartado de todo proyecto en medio de la histeria anti-comunista generada por el senador Joseph McCarthy y su "caza de brujas". Pero algunos casos llegan hasta el extremo: el físico iraní Yahya El Mashad fue asesinado en su casa de manera misteriosa, aunque todo el mundo sospecha que la orden la dio Barack Obama para evitar que Irán desarrollara su programa nuclear. En cuanto a Gerard Bull, era un ingeniero canadiense que había trabajado en numerosos proyectos de defensa de varios países, pero se cree que la acción que causó su muerte fue desarrollar un nuevo tipo de misiles para el Irak de Sadam Husseim, lo cual atrajo la mirada y la condena del servicio secreto israelí del Mossad.


-Las dictaduras son un mal momento para el pensamiento independiente. El monolítico pensamiento único soviético no admitía disidencias de ningún tipo, y entre sus múltiples víctimas también se hallaban investigadores, e incluso corrientes científicas. Por ejemplo, el darwinismo era considerado demasiado capitalista y el lamarckismo (hoy científicamente invalidado, salvo en algún caso muy concreto), más acorde con las teorías comunistas. Entre purgas soviéticas de ida y vuelta, tanto los defensores como los detractores de ciertas teorías acabaron engullidos por la maquinaria de la detención o el gulag (en ocasiones, los mismos instigadores de las purgas fueron a su vez purgados). Tampoco tenemos que irnos muy lejos: en España, la mayor parte de los científicos hubieron de huir con el golpe de estado de 1936, y muchos de los que se quedaron (entre ellos, un discípulo de Cajal) fueron depurados. Hoy, se han iniciado proyectos de recuperación de memoria histórica para rescatar su labor. Incluso en democracia, puede haber asesinatos a científicos por razones políticas a causa del terrorismo, esa forma de hacer dictadura cuando no se dispone de los resortes del estado (y viceversa): José Ramón Muñoz Fernández era un internista asesinado por los GRAPO por proporcionar alimentación forzosa a dos de sus miembros en huelga de hambre, una actuación que decidió, en última instancia, el Tribunal Constitucional.


Dicen que, por cada niño con potencial que fallecece sin oportunidades en el Tercer Mundo, perdemos un Einstein o una Marie Curie. En los casos que hemos narrado antes, conviene refrescar la cita que enunció el sabio Lagrange a propósito de la muerte de Lavoisier: "Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo".

lunes, 19 de febrero de 2018

El relato de febrero: "Todos los caminos llevan a Cartago"

Todos los caminos llevan a Cartago

            En el año 210 a.C., Roma claudicó al fin y firmó la paz con Cartago. El éxito se debió sin duda al cambio de opinión, casi in extremis, de los dirigentes cartagineses, los cuales autorizaron a enviar más hombres y equipamientos a su general Aníbal, permitiéndole entonces cercar la ciudad, lo cual supuso, tras un terrible asedio que se prolongó durante varios años, la rendición definitiva de Roma.

            No obstante, la contienda de más de veinte años, que se había prolongado, como una auténtica guerra mundial, la primera de ellas, a lo largo y ancho del Mediterráneo, Iberia, África, la Península Itálica, le había dejado a Aníbal Barca bien clara una cosa: Roma tenía mucho que ofrecer a Cartago, y pese a su odio eterno jurado a los nueve años contra los romanos, pensó que nada podría ser más provechoso para la causa de Cartago –y más humillante para los romanos, por otra parte; aunque las futuras versiones históricas, benignas con Aníbal, tendería a teorizar que le movió mucho menos su deseo de venganza que el sentido de estado-, que convertir a los romanos y a sus aliados itálicos en uno más de los colaboradores de Cartago, en miembro más de un imperio formado por estados satélites. Así pues, lejos de aquellas voces que proclamaban la destrucción de Roma, Aníbal pronunció un legendario discurso, en el que proclamaba que vivos, sus antiguos enemigos podrían ayudarles a ser mucho más fuertes de lo que eran. Los romanos, a pesar de su derrota, se resistieron a formar parte del bando de su propio enemigo; sin embargo, ante la débil oposición de los estados italianos –que por otro lado, se sentían hasta cierto punto felices de ver derrotada a su antigua señora, y aliviados al haberse colocado bajo el mando de un ejército que, al contrario que el romano, no les exigía más batallas-, poco más pudo hacer, y tuvo que claudicar por segunda vez, esta vez, en el terreno de los sentimientos. Además, Roma era en aquella época una ciudad sin tradición ni apenas historia, no fue difícil que asimilaran el vasto andamiaje cultural heredado de los fenicios y ahora defendido por los cartagineses, y los romanos se alegraron también –pasado el habitual recelo frente a los extranjeros- al ver cómo se erigían en su ciudad monumentos y jardines que antes no existían en esa sucia cloaca en mitad de la península italiana. Así pues, los romanos orientaron, tal y como pensaba Aníbal, su patriotismo, la defensa por su patria, a la defensa de los intereses de Cartago. Un cambio de mentalidad que, un tiempo más tarde, sería muy beneficioso para todos ellos, y que a la luz de las circunstancias presentes, y como profundizaremos más adelante, debería recuperarse de nuevo para una revisión histórica.

            Con la conquista de Roma, la anexión de Iberia fue una cuestión costosa, pero que sólo requirió tiempo, después de todo, Cartago ya se hallaba implicada con los pueblos ibéricos mediante lazos comerciales, no fue difícil que ingresaran en el interior de su federación, manteniendo su autonomía a cambio de pagar un tributo. Algunas tribus se resistieron, y durante varios siglos, las antiguas legiones romanas, en colaboración con las falanges cartaginesas, se vieron obligados a combatir a diversos pueblos, hasta que finalmente obtuvieron una conquista completa. En aquellos tiempos, se observó ya lo que sería una constante militar durante siglos, y es que la colaboración de estos dos sistemas de ataque, conjugando hombres procedentes de ambos bandos –el doble de efectivos, por tanto-, y las estrategias más útiles de cada una de sus organizaciones militares, el eje Roma-Cartago se convertía en un poderoso tanque, al lado del cual se hacía muy difícil prácticamente respirar. Por eso fue por lo que los griegos, prudentes, decidieron establecerse como una parte más de la autonomía cartaginesa, garantizando, con ello, la independencia de sus polis, aunque sí a cambio de unas fluidas y muy ventajosas para los púnicos relaciones comerciales. En poco tiempo, el Mediterráneo estaba en paz; y lo era bajo un gran imperio, que tenía como capital Cartago.

            Los historiadores cifran para aquella época lo que ellos denominan, y que ha determinado la mayor parte de la historia de la humanidad, es la “superposición de culturas”. La mayor parte de los eruditos predice que, de haber quedado en derrota, o tan siquiera en tablas, incluso si se hubiera vencido pero si se hubiera destruido Roma, la conflagración de la segunda guerra itálica hubiera marcado el principio del fin del pueblo cartaginés. Tal y como afirmó Polibio, el apogeo de Cartago había sido muy brillante, pero como toda civilización, a un momento le brillo le suele seguir la decadencia, así hasta la conquista de otro pueblo. Fue en cambio, la conquista de Roma, la que permitió obtener a los cartagineses el empuje de nuevos pueblos en ascenso, como los romanos, aprovechando sus fuerzas y su dominio militar. Y esta conjunción de astros permitió a su vez incorporar toda la cultura y la ciencia de los griegos, combinadas las cuales, crearon una cultura grecocartaginesa, la cual se expandió por Roma, Iberia, y todo el norte de África, consiguiendo incorporar a la civilización a los númidas, y la colaboración estrecha junto con un asociado imperio egipcio.

            La superposición de culturas fue la que permitió subsistir al Imperio Cartaginés durante varios cientos de años. De no ser así, de no haberse producido la combinación de una amalgama de culturas las cuales unieron sus fuerzas para lograr una civilización más potente, ninguna de ellas hubiera durado lo mismo que cada una por separado. Más ladelante, Las guerras civiles internas por hacerse con el poder llevaron a la finalización de la república y a un gobierno en manos de un solo hombre, un imperio plural, multiétnico, y esencialmente pacífico, dedicado solamente a defenderse de las invasiones de los bárbaros en la Galia, Germania, etc. No obstante, las relativas escasas fronteras que presentaba el imperio en su zona europea, así como los agrestes accidentes geográficos –Pirineos, Alpes, etc-, que les defendían, mantuvieron estas zonas fácilmente defendibles seguras durante mucho tiempo. No obstante, todo cambia a partir del siglo VII, con la llegada de los árabes.

            El profeta Mahoma, inspirado en gran parte por un cristianismo que se había extendido por todo el Imperio Cartaginés, incitó a sus contemporáneos a la conquista del mundo, expandiendo su religión, su cultura y su idioma por todo el orbe. En el momento en que llegan al Norte de África, se encuentran con un imperio altamente desarrollado en el sentido cultural e intelectual, aunque ya muy empobrecido militarmente. Los árabes engulleron fácilmente la región del norte de África, llegando hasta Hispania, pero no más allá, a causa del clima. Mientras tanto, Italia y Grecia, perdidas a su suerte, fueron invadidas por los bárbaros, que tomaron estas regiones. Es en ese momento cuando Europa deja de formar parte del núcleo más elaborado de la civilización, y cae en un abismo donde la ciencia, la tecnología y la cultura brillan por completo por su ausencia.

            Los árabes mantuvieron un imperio que, una vez más, formó parte de una nueva ola, por segunda vez en la historia, del impresionante fenómeno de superposición de civilizaciones. De haber caído el imperio cartaginés sin más, todos sus vastos conocimientos, junto con los de los griegos, hubieran caído en el olvido, lo cual hubiera supuesto un bache de varios cientos de años, del cual nos hubiera costado mucho recuperarnos, y que hubiera retrasado enormemente los enormes progresos que tantas vidas han salvado (y al mismo tiempo, es triste decirlo, tantas muertes), en nuestra civilización. Pero gracias a la llegada de los árabes, un pueblo organizado tras su contacto con otras grandes civilizaciones en Oriente Medio y Próximo, todo este saber fue mantenido, y por tanto, fue posible desarrollar la ciencia nueva en base a la antigua, sin interrupciones ni discontinuidades, de forma fluida y recíprocamente enriquecedora. Gracias a ello, ya en el siglo X, se desarrolló un método científico, se pusieron los primeros pilares para desbancar la teoría geocéntrica, se desarrolló la teoría de la gravitación universal, y comenzaron las exploraciones marítimas que llevarían al descubrimiento, por parte de ibn-al Hassam, del continente americano. La fragmentación del imperio árabe en varios países no fue un impedimento, sin embargo, para que los recursos naturales procedentes de América desarrollaran de nuevo la economía, la ciencia y la cultura, desarrollándose una feroz competencia entre los países árabes –en los cuales, poco a poco, las presiones religiosas fueron menos estrictas, permitiendo el desarrollo de la investigación sin cortapisas-, que es la que nos ha llevado a los tremendos avances tecnológicos que tenemos hoy en día.

            No obstante, todo este desarrollo no se ha acompañado sin problemas sociales que han afectado, en su mayoría, al conjunto de los trabajadores, y también a los países pobres anexos al extinto imperio árabe, tanto en el lado europeo, como sobre todo, por el lado africano. Después de un largo periodo de conflictos y revoluciones, incluso la creación de un estado comunista en la empobrecida Inglaterra, las presiones populares permitieron una mejora del nivel de vida de los trabajadores, y también la mejora de las condiciones de vida de países como la India, cuyo sufrimiento, por su cercanía geográfica y su historia común con el islam, resultaba fácilmente identificable a los ojos de los árabes, favoreciendo leyes más justas y la colaboración con los más desfavorecidos. Sin embargo, los países africanos situados más allá del Sáhara, asfixiados por la presión colonial, también la región de Norteamérica, sin civilizar y con los indios explotados para obtener materias primas, y los países europeos, olvidados por todos más allá del estrecho –a todos nos conmueven las imágenes de esos niños blanquitos hambrientos, soportando los fríos inviernos, entre las ruinas de la antigua Roma-, fueron condenados al ostracismo y a la pobreza. Más allá del Estrecho, nos olvidábamos de todos, como si no fueran seres humanos.
                       
            Por eso, no es extraño, como quiero resaltar en este artículo, que nuestra pobre actitud contra ellos se haya tomado venganza. Entre la pobreza y la marginalidad, el cristianismo se ha vuelto radical en esos países consumidos por el analfabetismo y la ignorancia, fácilmente manipulables por líderes religiosos que proclaman su odio contra el Sur y contra su poder omnímodo. Ante esta situación, no es extraño que individuos procedentes de países con nombres impronunciables –Francia, Reino Unido, Alemania, regiones cargadas de duros climas de nieve y de lluvias-, se hayan organizado para dañar las estructuras más esenciales de nuestra civilización, y atacar a nuestros núcleos de riqueza, poder y orgullo. La situación se ha vuelto para ellos insostenible, y bajo esa situación, no sería extraño que el fundamentalismo cristiano volviera a atacar de forma dramática y mortal. Hemos convertido el mundo en un infierno para buena parte de la humanidad que vive en él: sólo de nosotros, haciendo partícipes a otros pueblos de la riqueza que ahora poseemos, podremos poner freno a esta oleada de odio anti-musulmán, y hacer que todos nosotros podamos subsistir en paz.

            Hemos de recuperar ese espíritu, ese eje con el que hemos comenzado el artículo, Roma-Cartago, norte-sur, y que al inicio de nuestra civilización tantos buenos frutos nos procuró, e intentar que la colaboración sea la máxima que rija las relaciones de nuestros pueblos, en lugar de instigar la separación entre los mismos.

            De no hacerlo, agresiones como la de esos aviones que se han estrellado sobre las Torres Omeya en El Cairo, lejos de constituir un hecho aislado, no habrán hecho más que empezar.


Muhamed al Nimri es catedrático de Estudios Europeos por la Universidad Nacional de Túnez.