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domingo, 1 de julio de 2018

La historia real de julio: una pequeña lista de científicos represaliados

En estos días en que se habla tanto de sacar de sus aposentos los cadáveres de rancios dictadores, y de recuperar los cuerpos que éstos dejaron en las cuentas, conviene recordar que las víctimas de golpes de estado, revoluciones y violencias de variado signo no se circunscriben sólo a políticos, colectivos discriminados ni a poetas (¿dónde estará el cadáver de Lorca?), sino a todos los estamentos y clasificaciones sociales de cualquier índole. En apariencia, los científicos tendrían que haberse librado en mayor medida de este descalabro: bien por su utilidad inherente (ahí tenemos a un Werner von Braun que se pasó la última parte de la guerra en un hotel de lujo en Alemania, esperando a que le capturaran sus futuros jefes de los Estados Unidos), bien porque su actividad tiende a desarrollarse en un ámbito neutral en la mayor parte de los casos. Sin embargo, hay científicos que, bien por sus ideologías particulares, bien por sus propios descubrimientos científicos, sufrieron de persecución, acoso y hasta asesinato por parte de poderes fácticos y autoridades. Aquí hay una pequeña lista que engloba a algunos de ellos:

-Antigüedad: uno de los casos más conocidos de esta enumeración es el de Arquímedes. Según la leyenda (que contiene visos de veracidad), Arquímedes habría intervenido en la defensa de la ciudad griega de Siracusa respecto al sitio a la que la habían sometido los romanos. Uno de los ingenios que habría empleado (descrito por Polibio) era la "garra de Arquímedes", una especie de mano de hierro que inclinaba a los barcos y permitía que accediera agua a su interior. La otra gran estrategia (mucho más controvertida en cuanto a su verosimilitud) sería la de emplear espejos para crear un rayo de calor que incendiara las naves enemigas. Sea como fuere, cuando los romanos entraron en la ciudad (narra el mito) uno de los soldados romanos se encontró a Arquímedes haciendo cálculos sobre la arena. Como el legionario no era consciente de quién era el sabio -ni tampoco de que había órdenes explícitas de no hacerle daño- y como el inventor y matemático se mostrara desdeñoso respecto a la presencia molesta del soldado, éste le mató con su espada, para gran disgusto de su oficial superior cuando se enteró. No es para menos: se dice, entre otras cosas, que Arquímedes estuvo muy cerca de crear el cálculo diferencial que más tarde desarrollarían por separado Newton y Leibniz, y que si algo se lo impidió fue la dificultad de trabajar con los enrevesados números griegos. También a raíz de varios reportajes y de la fantástica película "Ágora", de Alejandro Amenábar, es famoso el asesinato de Hypatia, matemática y directora de la Biblioteca de Alejandría que fue (probablemente) violada y (sin duda) descuartizada por orden del obispo Cirilo, quien pretendía eliminar todo vestigio de paganismo en oposición a la fe cristiana que él representaba, culminando con ello la labor de destrucción de la mítica Biblioteca de Alejandría.


-Con la iglesia hemos topado: Hypatia fue uno de los primeros borrones en el debe de la iglesia, durante un período en el que se destruyó intensamente tanto ciencia como arte y literatura, pero incluso cuando el cristianismo se convirtió una religión asentada en la sociedad, las persecuciones siguieron adelante contra todo aquel que osara contradecir sus dogmas. También en el terreno científico. El caso de Galileo Galilei, obligado a abjurar de sus teorías astronómicas, es el más popularizado, pero no el que peor terminó. Lluis Alcanyís y García de Orta fueron ejecutados por la Inquisición debido a sus orígenes judíos (el primero en Valencia, el segundo en Portugal). Relevantes también son los casos de Lucilio Vanini, quien teorizó mucho antes que Darwin la evolución de las especies y que fue condenado por ateísmo, y del visionario Giordano Bruno, que anticipó entre otras cosas la existencia de otros planetas donde, según él, podría haber otras criaturas inteligentes aparte de nosotros -lo último se da quizás erróneamente por supuesto-. Ninguno de ellos tenía una visión del supremo hacedor absolumente equivalente a la de la Iglesia (lo cual no quiere decir que no fueran creyentes ni cristianos; Vanini creía en el Dios como una fuerza conductora, mientras que Bruno se definiría como panteísta), y por ello fueron ajusticiados. No sólo en el área del catolicismo encontramos mártires. El aragonés Miguel Servet, descubridor de la circulación menor, mantenía una agria disputa teológica con el protestante Calvino a cuenta de la Santísima Trinidad. Ingenuo, Servet acudió a Ginebra, donde Calvino había establecido su sede teocrática, para hacer las paces. No salió vivo de allí: la madera en la que prendieron su hoguera estaba mojada a causa de la lluvia y tardó horas en quemarse. Una valiente apología de él fue escrita por Castelio y reflejada por Stefan Zweig varios siglos más tarde.


-Las revoluciones políticas de la Edad Moderna se cobraron también sus víctimas: algunas por haberse involucrado de manera directa en las mismas, y otras no tanto. Francisco José de Caldas era un multifacético colombiano que, cuando Napoleón invade España, ve con buenos ojos (como muchos de sus compañeros) expulsar al virrey español que tomaba lo mejor de las colonias y se lo reservaba para la metrópoli. Los conspiradores encuentran un buen lugar para realizar sus reuniones en el Observatorio Astronómico de Bogotá que Caldas dirigía pero, descubierta la conjura, los rebeldes se ven obligados a huir y Caldas colabora como ingeniero militar en muchas de las siguientes batallas. Capturado por sus enemigos, a pesar de su erudición, el militar español que condena a Caldas niega el indulto bajo la frase: "¡España no necesita de sabios!". Mientras le conducen al lugar de la ejecución, dibuja en una pared la letra griega θ, que se asocia con la frase "Oh, larga y negra partida". Muere acribillado por los disparos. Similar suerte corrió Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, y que en la Francia pre-revolucionaria fue conocido por dos motivos: 1) demostrar la ley de la conservación de la masa, desmontando la hasta entonces establecida teoría del flogisto y 2) participar también en teorías económicas, mejorando el sistema de recaudación de impuestos. Estos impuestos eran los que exprimían a las clases populares y, por tanto, los que trabajaban en estas actividades fueron tremendamente vilipendiados por la Revolución Francesa cuando ésta triunfó. De hecho, en la ejecución de Lavoisier se ha querido ver un enfrentamiento pasado contra Marat, líder del movimiento revolcuionario que fue ridiculizado por Lavoisier años antes en el campo de la química, pero lo cierto es que, a lo largo del período revolucionario, todos los individuos destacados en relación con el cobro de impuestos fueron guillotinados. El juez del tribunal que le condenó proclamó (de manera muy similar al militar que negó el indulto a Francisco José de Caldas) que "Francia no necesita ni de sabios ni de químicos".


-En ocasiones, de quien has de guardarte no es de los individuos ajenos, sino de tus propios colegas. Semmelweis, de quien hemos hablado colateralmente en cierta ocasión, era un médico húngaro en Viena que descubrió la asociación entre fiebres después del parto y el hecho de que los médicos trataran a las madres después de haber tocado a los muertos en la sala de autopsias, así que recomendó el lavado de manos para prevenir los fallecimientos causados por dichas fiebres. Sus colegas le desprestigiaron (aludieron a su origen húngaro para despreciar su teoría), perdió su trabajo y su reputación, y acabó tan dolido por el rechazo que se dice que, para demostrar su hipótesis, se hirió con un bisturí procedente de una sala de autopsias, provocando una infección que le causó la muerte (nota: leyendo más sobre el tema, descubro que esta historia es una leyenda, pero que durante mucho tiempo fue aceptada. Aún así, parece claro que la muerte de Semmelweis se produjo tras los malos tratos recibidos en un sanatorio mental, al que ingresó después una serie de actos de locura influidos seguramente por el gran tormento personal que le causó el rechazo de la comunidad científica). Otro caso paradigmático es el de Daniel McFarlan Moore: varios científicos han muerto asesinados en diversos países (sobre todo, regiones tercermundistas) por individuos que les asaltaban en el auto, en la calle, o en su casa. En el caso de Moore, sin embargo, su asesino era un compañero de profesión en paro que explotó de rabia al ver que el primero se le había adelantado con la patente de un invento.


-Si los estados y las organizaciones sociales pueden matarte, no está tampoco libre de peligros el que se deja engullir por la naturaleza para aislarse de la sociedad. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, más que los insectos o las serpientes, la amenaza procede de otros hombres. Dianne Fossey (muy conocida por su semblanza biográfica en la película "Gorilas en la niebla") fue asesinada por cazadores furtivos por querer proteger a los gorilas a los que estudiaba y con los que convivió. El naturalista boliviano Noel Kempff Mercado cometió el error de aterrizar su avioneta en un lugar dominado por un cártel de la droga y fue asesinado; sólo un compañero suyo español sobrevivió, y el hecho de que relatara su historia cambió en Bolivia la percepción del narcotráfico e incrementó la lucha contra el tráfico de drogas. Muy irónico también es el caso del entomólogo británico Ernest Gibbins, quien pretendía ayudar a la población indígena analizando muestras biológicas (con el objeto de contribuir a la cura de la tripanosomiais y la fiebre amarilla) pero murió lanceado porque sus sujetos de estudio pensaban que iba a utilizar su sangre para hacer brujería.


-Meterse en proyectos militares tiene también sus inconvenientes. Ya hablamos en su día del físico Oppenheimer, que no fue asesinado pero sí degradado y apartado de todo proyecto en medio de la histeria anti-comunista generada por el senador Joseph McCarthy y su "caza de brujas". Pero algunos casos llegan hasta el extremo: el físico iraní Yahya El Mashad fue asesinado en su casa de manera misteriosa, aunque todo el mundo sospecha que la orden la dio Barack Obama para evitar que Irán desarrollara su programa nuclear. En cuanto a Gerard Bull, era un ingeniero canadiense que había trabajado en numerosos proyectos de defensa de varios países, pero se cree que la acción que causó su muerte fue desarrollar un nuevo tipo de misiles para el Irak de Sadam Husseim, lo cual atrajo la mirada y la condena del servicio secreto israelí del Mossad.


-Las dictaduras son un mal momento para el pensamiento independiente. El monolítico pensamiento único soviético no admitía disidencias de ningún tipo, y entre sus múltiples víctimas también se hallaban investigadores, e incluso corrientes científicas. Por ejemplo, el darwinismo era considerado demasiado capitalista y el lamarckismo (hoy científicamente invalidado, salvo en algún caso muy concreto), más acorde con las teorías comunistas. Entre purgas soviéticas de ida y vuelta, tanto los defensores como los detractores de ciertas teorías acabaron engullidos por la maquinaria de la detención o el gulag (en ocasiones, los mismos instigadores de las purgas fueron a su vez purgados). Tampoco tenemos que irnos muy lejos: en España, la mayor parte de los científicos hubieron de huir con el golpe de estado de 1936, y muchos de los que se quedaron (entre ellos, un discípulo de Cajal) fueron depurados. Hoy, se han iniciado proyectos de recuperación de memoria histórica para rescatar su labor. Incluso en democracia, puede haber asesinatos a científicos por razones políticas a causa del terrorismo, esa forma de hacer dictadura cuando no se dispone de los resortes del estado (y viceversa): José Ramón Muñoz Fernández era un internista asesinado por los GRAPO por proporcionar alimentación forzosa a dos de sus miembros en huelga de hambre, una actuación que decidió, en última instancia, el Tribunal Constitucional.


Dicen que, por cada niño con potencial que fallecece sin oportunidades en el Tercer Mundo, perdemos un Einstein o una Marie Curie. En los casos que hemos narrado antes, conviene refrescar la cita que enunció el sabio Lagrange a propósito de la muerte de Lavoisier: "Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo".

lunes, 5 de noviembre de 2012

El libro de noviembre: "Castellio contra Calvino. Conciencia frente a violencia", de Stefan Zweig.

Ahora que cae aún cercano el día de Todos los Santos, nunca está de más destacar que todas las muertes son tristes, pero loson aún más las que tienen lugar cuando podrían haber sido perfectamente evitadas. En ese sentido, pocos fallecimientos son más absurdos que los que tienen lugar a cuenta del fanatismo religioso. Desgraciadamente, es de temer que este tema se encuentre siempre de rabiosa actualidad, ya sea en los países occidentales o (especialmente en los últimos años) en Oriente Medio, pero justamente la época en que este libro fue escrito coincidió con un momento histórico particularmente delicado en este sentido. Y es que hay palabras -y libros- por los que uno se juega la vida.
Para empezar, destaquemos lo primero al autor, del que ya hemos hablado en alguna otra ocasión, pero del que merece la pena dar un somero recordatorio. Stefan Zweig fue un erudito de la primera mitad del siglo XX, de nacionalidad austríaca, y de raíces judías, aunque según él, esto tan sólo era un accidente circunstancial. Y lo cierto es que esta opinión refleja mucho su carácter, puesto que Zweig fue un humanista que reflejó en todas sus obras una profunda universalidad, y que nos legó en cada libro que escribió un mensaje particular y una lección que podía aprenderse, tanto aplicable al presente como al pasado. Aunque escribió ficción, lo más conocido de él son sus textos históricos. Lo principal a destacar de esos libros es la profunda tensión que Zweig les imprime, con un ritmo trepidante y un estilo eléctrico y apasionado que hace que lo leas de forma tan amena y emocionada como si se tratara de una novela. En "Castellio contra Calvino" le pasa lo mismo, con el agravante además de que esta obra contra la intolerancia está escrita en 1936, una época en la que Adolf Hitler ya empezaba a hacer las suyas y estaba muy claro que el aceptar las diferencias de los otros no era precisamente un valor en boga. De hecho, precisamente Stefan Zweig y su esposa se suicidaron en Brasil en 1942, ante un futuro angustiante que parecía cernirse sobre todo el mundo y del que ellos creían no había posibilidad de escapar. Poco tiempo después, Alemania empezaba a dar pasos hacia atrás en el transcurso de la guerra: pero ya era demasiado tarde para el matrimonio Zweig.
"Castellio contra Calvino" relata hechos completamente reales, y nos mete en la época en que empieza a nacer el movimiento protestante en Europa. Allí, un hombre, Calvino, consigue instaurar una auténtica teocracia en Ginebra; y cuando decimos teocracia, nos referimos en el sentido más absoluto del término, como podríamos estar hablando del régimen de los talibanes o de los ayatollahs de Irán. También recuerda mucho a las comunidades religiosas protestantes extremistas que se han dado en determinadas épocas en Estados Unidos, donde todo el mundo debía ir a la iglesia, seguir las mismas costumbres, velar a Dios, y prácticamente no hacer ninguna otra cosa, so pena del castigo de la comunidad. Calvino, un hombre austero, sin sentido del humor, amargado y terrible, ha sido capaz de hacerse fuerte en Ginebra, e inspira además un profundo temor en una gran parte de las comunidades religiosas vecinas. Gobierna con mano de hierro la bella ciudad suiza, y por supuesto no soporta a nadie que pretenda discutirle su teología. Y entonces surge la piedra en el zapato, en forma de un personaje llamado Miguel Servet.
Algunos conocemos más a este español (natural de Aragón, por cierto) por el descubrimiento de la circulación menor, o sea, la que tiene lugar del corazón a los pulmones y viceversa. Sin embargo, Servet es también muy conocido por sus aportaciones teológicas, en concreto contra la teoría de la Santísima Trinidad, que creía que buena parte de los cristianos había pervertido convirtiéndola, en sus palabras, "en un monstruo de tres cabezas". Lo peor que tiene Servet de su lado es que nadie le apoya: hasta el propio Stefan Zweig le tilda de testarudo, por obstinarse en defender su idea pese al peligro que está corriendo por ella. Servet, además, en su ceguera, cree que si va a Ginebra y habla con Calvino, será capaz de convencerle de sus tesis. Pero se equivoca de manera dramática: a un fanático no se le convence, ni siquiera es posible que comprenda tus argumentos. Y por eso Calvino aplica el castigo máximo que cree que merece un blasfemo: la hoguera. La leyenda cuenta además que la madera se había mojado por la lluvia el día anterior y que Servet tardará  horas en morir entre atroces tormentos. Calvino, una vez más, ha triunfado.
Resulta un poco paradójico: el protestantismo nace como la necesidad de interpretar de manera personal la religión, frente al dogmatismo de la iglesia católica. Y sin embargo, Calvino establece la primera condena a muerte... ¡por herejía!, del protestantismo, cuando ésta en sí mismo consiste en una herejía de la religión original. Pero nadie dice nada: Calvino les tiene a todos tan asustados, que ni las comuidades religiosas de Suiza, ni tampoco las de Francia, ni siquiera los influyentes teólogos holandeses, se atreven a decir nada en contra de Calvino, al que podría atribuírsele el calificativo de "El Iluminado". Nadie... excepto Castellio. Este teólogo es el único que se atreve a decir lo que todos están pensando, y quien, a pesar del miedo que siente, independientemente de que no crea en las teorías del Servet, contra el resto del mundo, defiende el derecho de éste a expresarlas, y le planta cara al todopoderoso Calvino... Sólo él (que no fue tan reconocido como todos los insignes hombres que callaron, incluyendo entre otros el vacilante Eramo de Rotterdam) tuvo la valentía para actuar.
Zweig nos cuenta todo esto de manera espléndida: nos hace sentir en nuestras propias carnes el temor que debieron sentir los habitantes de la ciudad de Ginebra, que vieron cómo poco a poco vestirse de manera inapropiada o que se te colara una crítica por accidente podía costarte la pérdida de la libertad y de todos tus bienes, todo ello en nombre de Dios. Nos pone en el ojo del huracán de las disputas teológicas del momento, y nos hace sentir como actuales y vivos los enfrentamientos terribles entre estos hombres de voluntades obstinadas, entre el fanático y el defensor de la justicia (entre caso Castellio), con frases que deberían encontrarse escritas en letras enormes en todas las iglesias y tribunales de justicia: "Matar a un hombre" -repite Castellio en boca de Zweig-, "no es en ningún caso defender una doctrina; es siempre matar a un hombre", es la sentencia con la que se defiende el argumento principal del libro, algo tan evidente (y no por ello aceptado) como que ninguna discrepancia de opinión justifica la violencia y el asesinato -por nuestra cuenta o legalizado- para proteger nuestras ideas. Castellio, en su lucha contra el que no duda, contra el que no acepta discusión porque se cree en posesión de la verdad, contra el que se niega a pensar que haya otras formas de entender la vida, le recrimina a Calvino su forma de actuar, denuncia su reinado del terror, le acusa de pervertir el espíritu del protestantismo, y realiza un alegato en favor de la libertad y del derecho a ser diferente que podemos escuchar ahora que Zweig ha recuperado su voz y permite que conozcamos la figura del héroe, algo que tiene de sobra merecido ya que para nosotros ha sido siempre mucho más comentada la biografía del tirano. Y como decimos, la interpretación que hace Zweig de este enfrentamiento (no adelantaremos el final, pero sí que aclararemos que por supuesto Castellio es el David frente a Goliath de esta historia) no vale sólo para la época de Calvino o para el 1936 que ahogó las palabras del judío Zweig, sino también para los tiempos presentes, donde algunos se empeñan en maniatarnos en su pensamiento único y de esa manera impedir que triunfe el diálogo o la discusión, los cuales serían terribles para ellos porque entonces sería posible la introducción de otras maneras de pensar. Un libro que recomendaría, sin duda alguna, a Fidel Castro, George W. Bush, los  políticos belicistas israelíes, Ahmadinejad o a muchos otros dictadores o fanáticos religiosos. El problema sería que ninguno de ellos se lo leería, o si lo leyeran, no entenderían nada en absoluto; pero sigue siendo clarificador para todos los demás.

Aprovecho este post sobre la muerte de un médico para llamar la atención sobre la muerte (figurada, aunque sólo hasta cierto sentido) del Hospital de la Princesa en Madrid, aspecto que me preocupa no sólo por el perjuicio que va a tener tanto para profesionales sino como para pacientes, sino porque allí pasé una parte importante de mi vida. Algunos ya os estáis informando del asunto a través de medios de comunicación o redes sociales: a los que no, os animo a hacerlo y a actuar en consecuencia. Un saludo.