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lunes, 13 de julio de 2026

El libro (¿libros?) y ¿la película? de julio: "El bar de las grandes esperanzas", de JR Moehringer

JR Moehringer (si es que ése es su verdadero nombre, pues la historia de esas iniciales sin puntos trae tela; la descubriréis en el libro) ya me sorprendió en el pasado con "A plena luz", una novela que ficcionaba una escueta noticia de periódico para construir la semblanza al completo de un carismático atracador de bancos. En este sentido, cuando leo "El bar de las grandes esperanzas", un libro protagonizado por alguien con el nombre del autor, que parece eminentemente autobiográfico, y que según el epílogo es prácticamente un libro de memorias con casi todos los nombres conservados, me da por sospechar. Y es que Moehringer es un maestro contando historias, del tipo de los que creen que un buen relato es demasiado bueno para que la verdad se interponga y lo chafe. Y aun así, tiene pinta de realista: como la vida, la narración sufre súbitos cambios de dirección, retorna varias veces al mismo punto, no tiene finales redondos, y, salvo alguna escena resuelta con brillantez, nada nunca es tan romántico como uno se lo imagina. Pero hay que reconocer también que este cuento de perdedores, de conversadores, de gente que se refugia en los bares, no sólo para beber, sino sobre todo para hablar; este viaje de cómo un niño busca la masculinidad que cree que nunca adquirió por carecer de padre; este homenaje al acto de contar historias, ya sea en un bar, en un libro, desde un periódico o a los amigos; esta historia, en fin, de cómo alguien crece y supera las adversidades (especialmente, la mayor de todas: el miedo a enfrentarse a uno mismo) es un relato apasionante, telúrico y absorbente, de los que engloba el universo y el tiempo den su totalidad porque, al fin y al cabo, transcurre en Nueva York, y como todo neoyorkino sabe, fuera de sus fronteras no hay nada que merezca ser nombrado. Y, por supuesto, transcurre en los bares y a través de gente que vive en los bares, con todas sus grandezas y sus miserias, y escapa de los bares para adentrarse en los recovecos siempre complejos de la familia, la universidad, el mundo laboral, el maravilloso mundo de los libros y, especialmente, el amor, ese laberinto insondable.

En fin, que os lo leáis: es largo, tiene una prosa envolvente y compleja (en ocasiones, como una catedral gótica), que cree en el poder de las palabras -de acunarte, acariciarte, de rodearte de palabras-, pero, ya sea a pesar de eso (o, sobre todo, a causa de eso), os va a encantar. Y, seguramente, queráis quedaros a vivir en este libro, y no os importaría -a pesar de que a veces den ganas de atizar al idiota del protagonista- que nunca llegue a terminar. Y luego buscaréis y os pondréis a leer "A plena luz". Y, ya os lo digo, merecerá la pena.

Posdata: en cuanto a la película (porque sí, hay una película), uno entiende que es difícil adaptar algo tan vasto y orgánico, pero, a fuerza de cambiar cosas, la historia va perdiendo progresivamente su encanto hasta hacerse mucho más anodina que en el original. Por eso, no os la voy a recomendar especialmente. Aunque la dirija George Clooney.

lunes, 13 de octubre de 2025

El libro de octubre: "Seis mujeres criminales"

La editorial Rara Avis se dedica a recuperar libros antiguos que merecen una segunda vida: entre ellos, éste de Elizabeth Jenkins donde repasa varios casos históricos de mujeres británicas que se hicieron famosas por sus coqueteos (cuando no abierto romance) con el mundo del crimen. Como siempre, en todo juicio hay dos partes, pero en estos casos acaba ocurriendo que sobre las mujeres "encausadas" no se ciernen sólo sospechas, sino que se incidieron abierta y repetidamente en sus actos nefandos. De los episodios nombrados, el más simpático me parece el de Jane Webb, una carterista que se dedicó a ello como a cualquier otra profesión de la época (de algo hay que comer), la cual demostró una capacidad de liderazgo y una ética del trabajo a prueba de bombas, y que se merecería una serie de televisión de tres temporadas. Entre los más jugosos tienes también el de Alice Perrers, amante de Eduardo III que se aprovechó de us posición todo lo que pudo, o el de Frances Howard, que combina escándalos a todos los niveles, porque auna envenenamiento, mentiras, y la implicación de uno de los favoritos del rey Jacobo I (como os podéis figurar, la tuitera experta en esta época, Wurtzel, le ha dedicado un hilo en Bluesky). También son muy llamativos el de Madame Sarah Rachel Leverson, quien jugó con algo tan personal como el maquillaje y el ansia de sus clientes por sentirse bellas, o Lady Ivie, quien pretendió acumular tierras de manera fraudulenta con la misma avidez con la que se extiende la planta a la que su apelativo ("ivy"=enredadera) hace honor. En definitiva, un libro con la única pretensión de entretener a partir de alguno de los famosos true crime de la historia, alguno de ellos incluso sin resolver.

sábado, 1 de junio de 2024

Los libros son para el verano: unas recomendaciones literarias rápidas

Para que no digáis que os faltan libros de cara al verano o al curso (escolar/laboral) que viene, unas cuantas recomendaciones cortas de libros variados:

-Relatos de diez mundos, de Arthur C. Clarke, es una variada exploración de muchas de las posibilidades de la ciencia ficción a partir de uno de sus mejores narradores. En casi todos, sin embargo, la Tierra resulta fundamental -porque ¿qué viajero es aquel que no mira de reojo siempre a casa?

-La gran serpiente, escrita por Pierre Lemaitre cuando no se había hecho tan famoso y no le publicaban con facilidad las novelas, fue su última incursión en la novela negra, y quiso hacerlo apoyándose en la historia de Francia (un pasión con la que luego prosiguió), el poder de la casualidad, y abundantes dosis de humor negro. 

-Una escritora en la cocina, de Laurie Colwin. Normalmente no me animaría a hojear lo que, en buena medida (pero no toda: cada capítulo trata sobre un aspecto del mundo culinario), es un libro de recetas de cocina, salpimentado de opiniones personales de la autora sobre el noble arte de la gastronomía. No obstante, Colwin lo hace con tanto entusiasmo, dedicación, y (por qué no decirlo) elegancia, que leerlo se convierte en una delicia. Incluso los que sólo revisamos las recetas en diagonal -a pesar de que, dentro de ellas, encuentras frases interesantes-, o diferimos de su opinión sobre la comida inglesa, podremos encontrar deleite en sus páginas, trufadas de tanta ironía como amor por la comida.

-El periodista español Xabier Moret fue invitado por un amigo a pasar un rato en Islandia, mientras terminaba una novela. Fruto de su aprendizaje sobre el país nació La isla secreta, un libro ideal para aquellos que quieran empaparse acerca de esta desconocida y sorprendente región del mundo, e ideal para quienes pretendan informarse de cara a una visita. Por otra parte, Moret creyó necesario volver a este territorio de hielo y fuego para contar no sólo cosas que le faltaban, sino cómo atravesó Islandia la crisis de 2008, y lo expuso en Islandia, revolución bajo el volcán, que resulta un buen complemento. Y, hoy en día, en que somos testigos de cómo las burbujas inmobiliarias amenazan con repetirse porque no aprendemos de nuestros errores, no resulta nada desactualizado.

-Adiós, muchachos son una especie de memorias de Sergio Ramírez, escritor (autor de, entre otros, un libro estupendo llamado "Sara", donde reivindica desde un punto de vista feminista a este personaje de la Biblia) que llegó a ser vicepresidente de Nicaragua durante la revolución sandinista. Ramírez narra el período en que el Frente Sandinista se preparó para tomar el poder frente a la dictadura de Somoza, lo logró, y cómo administró el país para llevarlo a una democracia en la que, más adelante, perdieron el poder tras un mal resultado electoral. Es complicado narrar la propia historia de un movimiento cuando tú mismo estás inmerso en él, pero da la sensación de que Ramírez trata de ser sincero tanto en la bondad de las intenciones de la revolución como en sus fracasos a la hora de conseguir sus objetivos, incluyendo las luchas de poder dentro del sandinismo y sus aliados, los errores a nivel político y económico o el reconocimiento de que hubo cosas que pudieron hacerse mejor. Y por eso, aunque sin duda es una versión subjetiva y seguramente influida por cuestiones que ocurrieron a posteriori, merece la pena echarle un vistazo a la intrahistoria de esta peculiar revolución.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Los libros de septiembre: "El club de los desayunos filosóficos" y "Tierra de magos"


Hablamos hoy de dos libros que, en cierta medida, parecen una imagen especular uno de otro. En primer lugar, nos ponemos con "El Club de los desayunos filosóficos", de Laura J. Snyder. En este volumen, la autora nos cuenta la historia de cuatro amigos que estudiaban en Cambridge a principios del siglo XIX y que, mientras tomaban unos opíparos desayunos en la habitación de uno de ellos, debatían cómo, de encontrarse en sus manos, transformarían la forma de hacer ciencia. Ellos aspiraban a que ésta fuera una actividad de la que uno pudiera vivir, y no, como hasta entonces, dependiente de que tus padres fueran ricos o de que consiguieras una posición con mucho tiempo libre, como hombre de iglesia o vicario; pretendían que la ciencia se basara en el método científico de Francis Bacon, y no en teorías sacadas de la manga, como seguía haciéndose en aquella época; y también querían que los filósofos naturales (como se les llamaba en ese momento) contribuyeran al progreso de la sociedad en todos los niveles, también disminuyendo la pobreza o aumentando el nivel cultural de la sociedad. Lo cierto es que esos cuatro amigos, con el tiempo, se hicieron muy famosos por sus descubrimientos científicos: Whewell -el más versátil quizá de los cuatro- fue clave para el descubrimiento de las leyes que rigen las mareas, pero también hizo abundantes contribuciones en terminología científica, arquitectura o matemáticas (de hecho, se supone que esta última era su especialidad principal, aunque oficialmente fue profesor de mineralogía y de filosofía moral); Jones, junto con Whewell, trató de convertir la economía en una ciencia que empleara los métodos de Francis Bacon, y también participó en las reformas impositivas de Gran Bretaña; John Herschel (hijo y sobrino de William y Caroline Herschel, famosos astrónomos) destacó en la rama de su familia, pero también en la química, y en ser uno de los pioneros en distintas técnicas aplicadas a la fotografía; y qué vamos a decir de Charles Babbage, ideólogo de la máquina analítica que sería la precursora de los futuros ordenadores, pero que, como sus compañeros, estaba metido en casi todos los saraos -lo cual, como veréis, a veces era un problema para sus propios proyectos-.

Porque lo cierto respecto a estos cuatro polímatas es que, si sus contribuciones científicas fueron relevantes, más importantes fueron aún las posturas que estos inquietos amigos adoptaron para convertir la ciencia en lo que es hoy en día. Desde sus puestos como profesores, directores de college, presidentes de sociedades científicas o consejeros de aristócratas o reyes, comenzaron a esculpir las instituciones del modo que ellos creían más necesario para mejorar el progreso científico. El polímata Whewell, en ese sentido, también fue el más destacado, y de hecho se erige en el principal protagonista de la obra: no sólo acuñó el término científico (scientist en inglés) para definir esta nueva profesión, que para él tenía aspectos con común con el arte y la teología; también defendió el método científico de Bacon a todos los niveles, a través de sus libros acerca de la filosofía de la ciencia, y sobre temas muy variados. Además, estableció las bases de la cooperación internacional para proyectos que requirieran la colaboración de múltiples especialistas, apoyó la creación de subvenciones y cargos que permitieran una dedicación exclusiva a tareas científicas, lideró la creación de un itinerario universitario centrado en la investigación de la naturaleza, abogó por el desarrollo de instrumentos de medición más precisos, y fomentó el contacto interdisciplinar entre científicos de distintos campos o con otros miembros de la sociedad. En las páginas del libro de Snyder, podemos ver cómo grandes científicos del siglo XIX aparecen y se cruzan con las vidas de estos hombres, que pueden ser sus profesores, las personas con las que colaboran, las que critican sus investigaciones, o quienes contribuyen al debate que surge a raíz de algunos de los más destacados descubrimientos científicos: la teoría evolutiva de Charles Darwin, los hallazgos en electromagnetismo de Faraday y Maxwell, la predicción de la existencia del planeta Neptuno, Ada Lovelace y Daguerre, el inicio de la ciencia ártica y de la meteorología, y un largo etcétera. A lo largo de sus carreras, veremos cómo estos cuatro amigos se apoyan entre sí (científica y personalmente) a pesar de las múltiples discusiones y divergencias de puntos de vista, aunque ciertas cuestiones con las que traten acaben por abrir distancias insalvables entre algunos de ellos. También hay que decir que, si los logros de estos cuatro amigos que se juntaban durante los desayunos fueron muchos, algunos jugaron en su propia contra: durante sus vidas, la ciencia progresó y se especializó tanto que era imposible que surgieran carreras como las suyas, de filósofos naturales que estudian latín y griego, escriben artículos sobre derecho y teología, estudian física por la mañana, astronomía por la noche, y herborizan durante sus vacaciones -todo ello después de escalar una montaña, de la cual lo mismo te encuentran un mineral o te componen un poema-. De hecho, durante esta época, se empieza a abrir una grieta entre ciencias y letras (una brecha que, en mi opinión, hoy en día, intentan disminuirse los intelectuales que se interesan por la ciencia, los científicos que actúan como figuras públicas, y -cómo no- los divulgadores), y también entre hombres de ciencia y de fe: porque aunque estos cuatro amigos eran firmemente religiosos y trataron de demostrar que existía armonía entre las verdades teológicas y las científicas, lo cierto es que los nuevos descubrimientos cada vez hacían menos prescindible la figura de un Creador. En ese sentido, puede decirse que estos grandes hombres, si pecaron de algo, fue de exceso de éxito.


El contrapunto a este texto lo representa "Tiempo de magos. La gran década de la filosofía (1919-1929)", de Wolfram Eilenberger. Nos situamos unas cuantas décadas más tarde, esta vez en Alemania. La ciencia ha revelado tantas cosas sobre el mundo y sobre el ser humano que los pensadores se preguntan si ésta ha resuelto las grandes cuestiones de la metafísica y de la filosofía en su conjunto, o si ésta se ha vuelto innecesaria. Frente a estos, cuatro intelectuales alemanes toman cuatro determinaciones radicalmente distintas: Wittgenstein (muy especial, siempre a su modo propio) reflexiona sobre lo que el ser humano puede conocer sobre el mundo a través de una obra, el Tractatus, tan controvertida como poco entendida -atributos con los que se podría calificar al propio Wittgenstein-; Walter Benjamin, de vida errática, coincide con Wittgenstein en destacar la importancia del lenguaje, e introduce derivaciones religiosas; Ernst Cassirer es el que más abiertamente defiende el poder de la ciencia (entre otras cosas, trata de analizar de manera metódica el lenguaje para encontrar un nexo común entre los hombres), y de hecho el libro que nos ocupa toma como momento clave el debate que estableció con Martin Heidegger, quien decidió, en una época de dominio de la ciencia, centrarse en el sentido de la existencia del hombre, y cómo éste se ubica en el mundo. La obra va alternando detalles de la biografía y el pensamiento de estos cuatro filósofos, y quizá el único pero (aparte de lo abstrusos que son algunos de los conceptos tratados) es que se concentra en una década muy específica de la historia, poniendo punto y final justo cuando llega el momento más interesante: cuando Wittgenstein renegará del todo de sus teorías, cuando Heidegger (antiguo amante de la pensadora judía Hannah Arendt) apoyará el fascismo, y cuando Benjamin encuentre la muerte en un oscuro episodio en mitad de los Pirineos. En realidad, la filosofía, como la ciencia, como la lectura, como la vida y el pensamiento, siempre es un camino a medio terminar.

lunes, 21 de agosto de 2023

Los libros no son sólo para el verano (II): más recomendaciones lectoras para sobrellevar el estío

Fotografía desde la Isla de los Museos en Berlín, una ciudad con historia (en opinión de algunos historiadores, quizá demasiada)

-"Berlín. Auge y caída de una ciudad en el centro del mundo", del británico Sinclair McKay, es un resumen un tanto atípico de la historia del siglo XX en Berlín, dado que parte de los momentos en que el régimen nazi estaba a punto de caer bajo la invasión aliada y se dedica (durante buena parte del texto) a hacer retrospectivas sobre los años del régimen nazi, para luego centrarse brevemente en las tensiones Este-Oeste que crearon el Muro, y luego repasar de manera somera los avatares de este último hasta su caída. Más allá de una u otra estructura, se nota que el libro está bien documentado, cuenta con una cantidad no pequeña de testimonios de personas corrientes que le dan profundidad al relato, y narra también unas cuantas historias personales muy interesantes: por ejemplo, la de Eric Kastner, escritor contrario a los nazis, pero que fue tolerado y que incluso escribió para ellos el guión de una película de entretenimiento, "Münchausen" (lo cual tiene mucha gracia, teniendo en cuenta que el personaje protagonista era un gran fabulador, y de hecho la película esconde alguna pullita escondida contra los nazis). O Hildegard Knef, que se disfrazó de soldado para evitar los peligros que podía sufrir una mujer en el Berlín nazi a punto de desmoronarse, y que acabó interpretando a una superviviente del Holocausto. En definitiva, un buen libro para saber un poco más acerca de Berlín, esa ciudad con "demasiada historia".

-"Los fracasados de la aventura", por Bruno Léandri. La exposición de motivos del escritor (un humorista francés de cierto renombre) es sencilla: por cada explorador que ha logrado una gran hazaña, hay un número mucho mayor de gente que se ha quedado en el camino. A veces, porque las gestas épicas son complicadas y lo más normal es fracasar -de hecho, es fácil reírse de ellos desde la comodidad del salón de tu casa-; y otras, porque no siempre los aventureros han hecho un cálculo bien mesurado de los riesgos, y abunda también la precipitación, la inconsciencia o, por qué no decirlo, la estupidez. Así que el libro se dedica a dar cuenta de algunos de esos más sonoros fracasos, sobre todo con mucho humor (de hecho, el rigor histórico pesa un poco menos: varias historias ya las conocía y puedo certificar que son ciertas, pero a alguno de los capítulos le he encontrado visos de falsedad). Ideal sobre todo para echar unas risas.

-"La uruguaya", de Pedro Mairal. No es tan estimulante como la estupenda "Salvatierra", del mismo autor; de hecho, buena parte del libro tenía la sensación de que esta novela sobre un argentino que viaja a Uruguay a solventar sus problemas financieros (y algo más) no me decía nada que no hubieran expresado otras. Sin embargo, a partir de la mitad del corto volumen ocurre algo que le da sentido a todo y hace que la cosa se ponga interesante. Así que de menos a más.

-"El pibe que arruinaba las fotos" es la autobiografía novelada de Hernán Casciari, que recoge algunos de los textos que este humorista, crítico de cine, bloguero y hombre-orquesta iba publicando en Internet (de alguno de los cuales seguro que os habéis enamorado a lo largo de los años) para concatenar una narración donde se combinan realidad y ficción en nombre del humor, y quizás un punto de poesía.

-"Hex". Este curioso título es una abreviatura de "historias extraordinarias", como son las que nos presenta Daniel López Valle. Algunas conocidas, pero detalladas a tal nivel que merece la pena echarles otro vistazo (como la de los Allahakbarries, un pésimo equipo de cricket conformado por algunas de las mejores cimas literarias de la Inglaterra victoriana; las extravagancias de la familia de Stalin; o el menú de un restaurante de lujo de la París asediada por los prusianos que tuvo que recurrir, como pitanza, a los animales del zoo); otras historias son famosas, pero están bien narradas y siempre nos entretetienen (César y Augusto, Hatsheput, mujeres piratas); algunas relaciones insospechadas (Roald Dahl y James Bond, el padre de Auguste Dumas y el conde de Montecristo); e historias insólitas, entre otras razones, por desconocidas (un señor que inventó el terrorismo para estafar al seguro; gente que se perdona la vida en los cielos durante la guerra; un hombre que buscó la venganza por tierra, mar y aire; los intentos de asesinato a la reina Victoria). En definitiva, con este libro no os vais a aburrir.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Los libros de diciembre: unas cuantas recomendaciones navideñas

 Aquí van, por si os resuelven algún regalo que os resulta particularmente difícil:

-"Un par de manos. Cocinera y doncella en los años 30": Mónica Dickens es bisnieta del famoso escritor Charles Dickens, de quien sin duda heredó la ironía y un original sentido de la narrativa. La futura escritora quiso durante un tiempo ganarse por sí misma la vida como cocinera (aunque en ocasiones tuvo que ampliar sus labores al servicio doméstico) y, al narrarlo, nos desgrana la interioridad de las casas británicas no desde la severidad de "Lo que queda del día" ni la trastienda de "Gosford Park", sino desde un punto de vista muy humano, donde amos, criados, niñeras y vendedores tienen todos sus defectos, sus guerras internas y sus meteduras de pata (que tratan de disimular en ocasiones con gran descaro). La imperfección puesta por escrito. Algo de crítica social tiene, pero, sobre todo, mucho humor.

-"Trieste", de Jan Morris. Morris es conocida por sus vibrantes descripciones de algunas ciudades famosas ("Venecia", "Manhattan 45"), pero a mí me impresiona en gran medida que me desvele los detalles de una zona de Italia que no conozco demasiado. Hay además algo especial en Trieste, esa urbe en mitad de oriente y occidente, entre el presente y el pasado, heredera de algún imperio y disputada por varios países, consciente de que ha vivido tiempos mejores, pero a la que le toca afrontar el futuro. Lo que más me impresiona es que, probablemente, si viajo a Trieste, no encontraré la misma ciudad porque, en buena parte, todo lugar forma parte de la experiencia del que la cuenta, y la Trieste de Morris es, sobre todo, un territorio más para ser evocado que vivido.

-Kenneth Cook tiene una trilogía ("El koala asesino", "El lagarto astronauta" y "El canguro alcohólico") de relatos de ficción -aunque transmiten la sensación de un cierto realismo- ambientados en el inhóspito territorio australiano, donde cocodrilos, tiburones, serpientes y canguros pueden matarte, pero wallabis, koalas o ratas son capaces de hacerte bastante pupita. Por si los animales peligrosos fueran poco, la natural idiosincrasia de los parroquianos (quienes, en palabra de Cook, pueden tolerar que les robes, les dispares o secuestres a su familia, pero nunca, jamás, que rechaces una cerveza) y otras peculiaridades del lugar hacen que cada desterillante aventura narrada por Cook suponga un desafío al acto de seguir vivo. Recomendado si no tenéis ganas de viajar a Australia porque, tras leer estos libros, de opinión no vais a cambiar.

-El título de "Las cenizas de Ángela" de Frank McCourt no le sonará desapercibido a muchos, pero quisiera destacar que, aparte de ser claramente lo que parece (es decir, la calamitosa y lacrimógena descripción de una harapienta infancia irlandesa), es, ante todo, un libro con un humor muy especial. Quizás humor de miseria, de ése en el que te ríes por no llorar porque pocas opciones te quedan, pero también porque, sólo en un lugar tan terrible, las escenas más surrealistas son posibles. Es ese sentido, preparad los pañuelos, pero también las carcajadas.

-Por último, un libro que todavía tengo a medias, pero lo que llevo leído de "Sinopsis de cine 3" de Ángel Sanchidrián me indica que el autor madrileño ha vuelto con todo su fulgor a destriparnos nuestras películas favoritas con esa prosa tan descacharrante que te dobla por la mitad (de risa) y al mismo tiempo le pega hachazos al sentido de la cordura. La irreverencia de este hilarante libro (con más de veinte expresiones diferentes para el acto de tocarse las partes pudendas femeninas) no tiene parangón. Para regalar a cualquiera salvo a las mentes más pacatas, no sea que les dé un infarto.

sábado, 1 de mayo de 2021

Los libros de mayo: unos pocos libros famosos que merecen un pequeño comentario

Los que me conocéis sabéis que no suelo publicitar libros que podáis llegado a escuchar por otro lado. Prefiero, en cambio, hablaros de rara avis que difícilmente accederían a vuestros oídos por otro sitios, o textos que poseen una -para mí- inmerecida falta de reconocimiento. Sin embargo, a veces es conveniente señalar o matizar determinados volúmenes un poco más famosos. Entre ellos, éstos que os muestro a continuación, y que he leído recientemente.

-Un amor, de Sara Mesa. Presentado por algunas secciones culturales como el mejor libro del año pasado (al menos, en la categoría de ficción), siento decir que no me ha emocionado tanto como el "Cara de pan" que publicó anteriormente la autora. Aunque unidos ambos por el mismo estilo sencillo e intimista, y por una profunda sensibilidad que recorre transversalmente continente y contenido, me resulta mucho más fácil identificarme con los problemas de una adolescente atribulada y la amistad improbable que desarrolla en "Cara de pan", que con la protagonista de "Un amor", a quien puedes comprender en su dolor pero con quien mucho más difícilmente compartirás criterios, al menos en cuanto al sentido de sus decisiones (como ha dicho la propia autora, en este libro hay de todo, pero lo que es historia de amor, ni una pizca). No es que sea un mal libro, pero recomiendo mucho más fervientemente el anterior.

-Exhalación, de Ted Chiang. Incluso mejor conjunto de relatos que en el anterior "La historia de tu vida", el cual contenía el relato que sirvió de inspiración a la estupenda película "Arrival", Chiang lleva a los límites las posibilidades de la ciencia ficción, y lo hace en todas las dimensiones que tiene a mano. Si el autor, en ambos libros, exhibe relatos muy cerebrales que poseen un sentido muy filosófico, que penetran hasta el interior de lo que somos como individuos, y en los que explora a fondo una amplia y variada cantidad de ciencias, también se atreve a romper tabúes y barreras no escritas como escribir relatos de ciencia ficción ambientados en la antigua Babilonia, en las creencias cristianas, en teorías científicas desfasadas o en el mundo medieval árabe. Como siempre en un conjunto de cuentos, hay un poco de todo, y de hecho Chiang se atreve con relatos muy breves o con otros que necesitan desarrollarse hasta el punto de convertirse casi en novelas cortas, con lo cual vais a encontrar unos que os gusten más y, por supuesto, otros menos. Pero, en general, el nivel es muy alto. Las explicaciones que Chiang ofrece al final de los libros, y donde detalla la inspiración para sus relatos, son también muy sugerentes.

-El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Esta hermosa carta de amor de un hijo a un padre, desde la admiración pero no la hagiografía, constituye la semblanza de un ser que tuvo luces mucho más poderosas que sombras y al que, después de haber leído las andanzas de su vida (maravilloso el retrato familiar del inicio), muchos querríamos haber conocido y con el que desde luego hubiéramos deseado conversar. Las andanzas del padre del autor, un médico, humanista y activista por los derechos sociales colombiano que en 1987 murió asesinado, constituyen una historia que muchos podríamos haber vivido pues están llenas de referencias a las siempre complejas relaciones familiares y a nuestras propias contradicciones. Fernando Trueba dijo de la obra que "hice la película porque tenía miedo de que hicieran una película de ella", y confirmo que es una obra difícil de adaptar. Sin embargo, el material de partida es tan sugerente que entiendo también que lo hayan intentado. Espero por el bien de todos que les haya salido bien: de momento, el Goya a la mejor película iberoamericana les avala.

lunes, 15 de enero de 2018

El libro de enero: "Por orden de desaparición", de David Torres


Descubrí a David Torres a partir de sus columnas en la prensa y, más tarde, tuve la ocasión de que me firmara en la Feria del Libro de Madrid su novela "Todos los buenos soldados", un pequeño delirio sobre los grandes delirios de España que empleaba como uno de los personajes principales a Miguel Gila (cuya historia da para una comedia, una tragedia, una novela y más de una llamada telefónica) y como telón de fondo la injustamente olvidada guerra de Ifni. David Torres, acostumbrado en sus columnas a combatir de manera periódica a grandes y mediocres villanos entre los que se incluyen famosos y políticos, es un periodista y escritor que tiene en común con los grandes boxeadores la virtud de repartir frases como quien reparte puñetazos, haciéndome recordar aquella frase de Andreu Martin de "Me gusta que la violencia en mis novelas duela. También la que ejerce el bueno". En ocasiones, Torres se pone el mono de arrojar críticas furibundas e incluso broncas, y entonces coloca en su mano un mazo; pero cuando saca el arma de la ironía y el humor, porta en su brazo una espada, y es cuando corta las lonchas más finas. Sin embargo, en este caso, en una recopilación de los artículos periodísticos que ha dedicado a lo largo de los años a biografías y obituarios, toma el cincel y el martillo y se pone el traje de escultor para reconstruir ante nosotros una serie de figuras que, en buena parte de los casos, se pasaron la vida construyéndose a sí mismas, aunque a veces nacieron directamente del mármol en un parto casi natural. Torres, mientras tanto, prosigue con sus puñetazos en forma de frase, escogiendo cuidadosamente tanto las propias como las ajenas, referidas al personaje correspondiente desde su génesis  o, en cambio, aquellas que en su origen trataban acerca de otra cosa, pero que encajan perfectamente con el individuo a colación. En ese sentido, tiene razón Román Piña, el autor del prólogo del libro, quien elogia el conocimiento enciclopédico de Torres sobre determinados personajes y materias; mi teoría es que ese conocimiento no proviene sólo de la investigación y la erudición sino, sobre todo, de una admiración que ha hecho que este conocimiento, en lugar de escapar por los huecos de la memoria, se le quede adherido en la suela de las páginas. Estos personajes, grandes hitos de los siglos XIX y XX, tienen en común que al autor de este libro le resultan fascinantes desde algún punto de vista, y su biografía por tanto se convierte en una especie de reverencia, reflejando no sólo las obsesiones de sus protagonistas, sino también las de Torres: hay muchísimos músicos, montañeros (al fin y al cabo el escritor fue guionista de "Al filo de lo imposible", y sobre las altas cumbres se han escrito las mayores gestas y las traiciones más viles), por supuesto escritores, una larga pléyade de estrellas de cine (pero estrellas de verdad: Jack Lemmon, Ernest Borgnine, Katherine Hepburn, Eleanor Parker, James Cagney, Anthony Quinn, Bob Hoskins, Eli Wallach) y mucho personaje estrafalario. Algunos de los individuos reflejados son inaguantables, otros poseen defectos tan colosales como sus ciclópeas virtudes, unos poseen un ego del tamaño de catedrales, y otros preferían concentrarse sólo en su arte y pasar, si era posible, casi de puntillas por su propia vida. No sé qué me ha llamado más la atención del libro, si los personajes que ya conocía y de los que se cuentan sus anécdotas por miles (Orson Welles, Borges, Dalí, Muhammad Ali, Ray Bradbury, Oscar Wilde, Ernest Hemingway, Frank Sinatra), o en cambio aquellos de los que no sabía nada y de los que he aprendido en grandes dosis (el surrealismo proletario de Burgess, la voz desgarrada de Billie Holiday, la dulzura de Klaus Tennstedt, el sonido atronador de Lemy Kilmister, la benigna extravagancia de Thelonius Monk). De todos estos individuos, y los que de manera colateral aparecen retratados, podemos estar de acuerdo o no con Torres acerca de la grandeza o irrelevancia de sus obras (a algunas de las cuales me ha servido para acercarme), ya sean composiciones vitales, artísticas o literarias, pero lo que no cabe duda es de la pasión que ponían en las mismas, y que Torres transmite a través de la pasión de las palabras. Como dice Román Piña en el prólogo, con obituarios así, dan ganas de morirse, aunque uno sea un perro (pues le dedica un artículo al español Excalibur y al griego Lukanikos); pero es que no cualquier individuo se merece un homenaje, y en cambio, para merecer un homenaje, frente a algunos individuos, basta con ser cualquier perro.

sábado, 6 de enero de 2018

La historia real de enero. Madrileños ilustres: el tercer Pablo Iglesias


Estamos en 1822. España, tras una sangrienta lucha contra los invasores franceses, tiene por fin libertad para gobernarse a sí misma. Sin embargo, no hay unanimidad sobre cómo hacerlo. Las Cortes de Cádiz obligaron a Fernando VII a jurar la Constitución que habían aprobado años antes. Fernando VII acepta al principio pero, nada más puede, da por roto su compromiso y vuelve a los hábitos absolutistas. Sin embargo, en 1820, el general Riego, al mando de un destacamento cuyo objetivo era sofocar las revueltas en América, se vuelve en contra del rey y le fuerza a renovar su juramento. Durante tres años, el conocido como Trienio Liberal, Fernando VII acepta la presencia de un gobierno constitucional en España, pero eso no significa que vaya a quedarse quieto. Durante ese período, se codea con frecuencia con un grupo de militares de ideas afines, a los que va integrando en su Guardia Real. Un día de 1822, el 7 de julio, este cuerpo militar se rebela con el objetivo de restaurar la situación anterior. Enfrente, se encontrará con una Milicia Nacional a favor del sistema legal vigente que, de la misma manera que el gobierno de turno (con mucha pasión, aunque no siempre con el mismo acierto), tratará por todos los medios de que España mantenga ese pequeño trozo de libertad que ha conseguido. En medio de esta conflagración en la cual -como en muchas otras después- el destino del país se juega a cara o cruz, sobresale un nombre al frente de la Milicia Nacional, el cual hoy en día nos sorprende, no tanto por inesperado como por repetido: Pablo Iglesias, no Turrión (como el líder de Podemos), no Posse (como el fundador del PSOE en 1879), sino un nombre más común para el Pablo Iglesias menos conocido, el que tiene por segundo apellido González.

Conocida es la frase de Marx de que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa: no será este humilde blog el que se encargue de adscribir quién protagoniza un drama de proporciones shakespearianas y quién una farsa ridícula, pero hay que reconocer que hasta el mismo Marx se sorprendería ante la escasa originalidad que la Historia tiene a la hora de escoger los apelativos de sus actores. En particular, se hubiera extrañado que tres representantes de las corrientes progresistas en España tuvieran en común un apellido tan eclesiástico, aunque probablemente en la época de Pablo Iglesias González no se vería tan raro, pues mucho de los ponentes de la Constitución eran clérigos, con un nivel de compromiso social que sorprendería, por contraste, con la que manifestó la iglesia española en otras fases de su historia. En este caso, nuestro tercer Pablo Iglesias no era hijo de un peón municipal, ni por supuesto tampoco de socialistas (de hecho, ni siquiera hubiera podido definir ese término), sino de "tiradores de oro", como se llamaba a aquellos que elaboraban hilos a partir de este material, y fue de su padre de quien nuestro hombre aprende el oficio. Sin embargo, épocas turbulentas generan profesiones turbulentas: el 1808 se une a los que atacan al ejército francés, y ya no abandona las armas hasta 1814, llegando hasta el rango de coronel. En 1822, con sólo 30 años, es elegido concejal de Madrid, y en ese puesto le pilla la revuelta realista de este año, donde se erige como capitán de las fuerzas que defienden la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid, entonces sede del ayuntamiento. La pelea, a cara de perro, se describe en uno de los episodios nacionales de Galdós, y también en "La araña negra", de Vicente Blasco Ibáñez; ambos bandos se muestran encarnizados en la lucha, y actúan con evidentes ragos de valor, pero al final los miembros de la Guardia Real han de claudicar y se resguardan en el palacio de su protector el rey Fernando, hoy todavía situado en la Plaza de Oriente. Por este día, las fuerzas progresistas han ganado; por un momento (efímero, sin duda, como es habitual en estos casos), los soldados de la libertad tienen oportunidad de descansar.

Apenas un año les dura el reposo. A las grandes testas coronadas de Europa no les gusta la situación en España, pues temen que pueda generar futuros imitadores. Gracias a ello, Fernando VII consiguen que le manden un ejército -los Cien Mil Hijos de San Luis- que se encargará de restablecer el orden absolutista. En aquella época, líderes liberales como Riego (ahorcado en lo que hoy es la Plaza de la Cebada al lado del metro La Latina; su cabeza decapitada es empleada para jugar a la pelota por unos críos), y también héroes de la guerra de la Independencia, como el Empecinado, sufren cárcel, destierro o son ejecutados. Pablo Iglesias González se ve obligado a huir a Cádiz, cuna de la constitución de 1812 y del liberalismo, esperando que la roca de Gibraltar le pueda servir de refugio. Pero si alguien creía que los perseguidos se iban a rendir ante aquellas titánicas dificultadas, es que no sabía que los héroes de aquel tiempo estaban hechos de una especial pasta. Pablo Iglesias González forma una sociedad secreta, llamada la Santa Hermandad, que formaba parte de la Sociedad de Caballeros Comuneros, creadas ambas con el objetivo de derrocar a Fernando VII. Intentando replicar el levantamiento de Riego cuatro años antes, en 1824, tres faluchos salen de Gibraltar en dirección hacia Málaga, pero como el viento les impide la travesía, así que dan media vuelta y se dirigen a Tarifa, donde asaltan el penal de Santa Catalina y liberan a 60 presos liberales; casi inmediatamente, les rodea un contingente de fuerzas realistas y soldados franceses. Pocos días después, el 6 de agosto, el antiguo coronel Pablo Iglesias y un grupo de 49 voluntarios zarpan de Gibraltar en dirección a Almería. Ninguno de ellos sabía que ese iba a ser el lugar donde se decidiría su sino, pero lo más probable era que, si lo supieran, tampoco se hubieran negado a ir.

Llegan a Almería el día 14 pero, alertados por los sucesos de Tarifa, las fuerzas leales a Fernando VII ya les están esperando. Los soldados realistas conducen a los "coloraos" (llamados así por el rojo de sus uniformes) hacia la Rambla de Belén -hoy a la altura de la calle Granada, en aquella época fuera de la ciudad-, les obligan a arrodillarse y les fusilan por la espalda. A Pablo Iglesias González, capturado unos días después en un pueblo cercano, se lo reservan; le montan un juicio público en 1825 que dura varias semanas. Finalmente, es ejecutado el 25 de agosto en la Plaza de la Cebada en Madrid (el mismo lugar donde unos pocos años antes ahorcaron a Rafael Riego), episodio que describe en "El terror de 1824" el periodista y escritor Galdós. Mientras tanto, los asaltantes de la cárcel de Tarifa aguantaron dieciséis días, para después ser ejecutados en la tapia del cementerio de Algeciras. En algunos camposantos de España, de tanta muerte que acumulan sus muros, deberían establecer los hospitales una sección para transfusiones de sangre.

Una de las cuestiones que me fascina de esta historia de Pablo Iglesias es que, por una serie de inverosímiles coincidencias, acaba recorriendo buena parte de los caminos de mi propia existencia: nace en Madrid, donde he vivido la mayor parte de mi tiempo, huye a Cádiz, donde nací, y luego marcha a buscar la lucha y a encontrarse con la muerte (al menos, con su primera cara, la captura) en Almería, el lugar donde me crié y de donde, si me he de considerar de algún sitio, he de considerarme. Como un extraño viajero del tiempo el cual -a semejanza de aquel relato de ciencia ficción, donde una lista de la compra y unos pocos planos de un antiguo electricista sirven para crear una religión en el seno de una sociedad postapocalíptica-, tras haber equivocado las señales, intentara seguir mis pasos (como si éstos tuvieran alguna importancia), se aproxima hasta en las fechas: muere un día antes de mi cumpleaños, sus amigos fallecen en la calle en la que vivo, horas antes desembarcan en la playa que desde mi casa casi puedo describir. Por supuesto, no atribuyo todas estas mágicas combinaciones nada más que al poder de la casualidad, que en algunos casos ha demostrado tener mayor habilidad en el montaje que el mejor de los guionistas (a pesar de que a veces se quede corta de actores y tenga que recurrir a los mismos nombres en el casting). Pero quiero pensar que esta rocambolesca cábala, a medio camino entre un cubo de Rubik y la magia negra, se trata de un recordatorio, un aviso de que los héroes que admiramos no se hallan siempre en plazas lejanas y lugares remotos, sino que transitan las mismas calles que nosotros, esperando pacientes el día en que nos atreveremos a emularlos. Pablo Iglesias González se marchó a un lugar físico con el que no tenía ninguna conexión, en lo que acabó convirtiéndose un episodio fútil, un final en cierta medida tan absurdo como el que tuvo el último Napoleón en África, donde murió bajo las lanzas zulúes mientras guerreaba a favor de los ingleses, o el epílogo del inspirador de "El príncipe", César Borgia, fallecido a causa de una herida durante el asedio de una ciudad navarra, muy lejos de la Italia renacentista donde urdió la mayor parte de sus intrigas. La diferencia, con ambos casos, es que la causa por la que murió Pablo Iglesias fue la misma que llevaba defendiendo durante toda su vida, por la cual nadie daba un real en aquel momento, enterrada bajo una losa de tierra y balas (como otras reacciones conservadoras repetirían más adelante) con las que Fernando VII se libraba de sus enemigos. Aunque quizás nuestro protagonista, en su último aliento, tuvo el pálpito de adivinar que allí no se acababa todo, y que otros Pablo Iglesias -y otros que no lo serían- se levantarían para recoger su testigo. Albert Camus dijo que fue en España, en la guerra civil, cuando su generación se dio cuenta de que era posible tener razón y sin embargo acabar perdiendo. Tanto él como otros lo veríamos reproducirse más tarde a menudo, y cada fracaso ha conllevado mucho cansancio y muchos disgustos, pero el propio Camus suscribiría el dicho de que es mejor tener razón y caer derrotado en bucle, que permanecer la paz de la inmundicia y por consiguiente, continuamente -con el sufrimiento que ello provoca-, persistir en el errar y en producir dolor.

Como única memoria a los Coloraos, se erigió en Almería un monumento, denominado popularmente "el Pingurucho", situado en la Plaza Vieja -lugar junto al que hoy en día se erige el ayuntamiento, así que Pablo Iglesias se sentiría de nuevo en su sitio-. El franquismo lo desmontó en 1943, pero aún así, cada 24 de agosto, un pequeño grupo acudía siempre a la Plaza Vieja para homenajear a los revolucionarios. Con la democracia se restableció el hito físico, aunque periódicamente se producen una serie de pugnas entre izquierdistas y políticos de signo contrario sobre la pertinencia del mismo. Un hecho que podría resultar paradójico, pues durante las últimas grandes conmemoraciones de la guerra de la Independencia muchos políticos de derechas se adscribieron la etiqueta de "liberal", y aunque las denominaciones han cambiado mucho desde entonces -de liberal a neoliberal hay más de un desacierto-, lo cierto es que las motivaciones por las que luchaban los políticos de aquella época son muy distintas de las de hoy día (casi todos sus postulados han sido aceptados, muchas de las conquistas alcanzadas en nuestros tiempos eran, para ellos, inimaginables), y cualquier político conservador actual podría considerarse sin rubor heredero de los Coloraos. A pesar de todas las matizaciones, es innegable que existe cierta renuencia en España a reivindicar los méritos de personas que tenían como objetivo cambiar el sistema establecido en un momento determinado. Quizá, porque los que ahora mismo se sientan  en los sillones más cómodos -con el mismo razonamiento que hilvanaron quienes enviaron a los Cien Mil Hijos de San Luis a España- temen que alguien pueda venir y arrebatárselo, riesgo ante el cual prefieren menospreciar ciertos logros y movimientos de los cuales ellos mismos se han beneficiado. Recientemente, en 2017, con motivo de unas obras en la Plaza Vieja, se hablaba otra vez de desmontar el monolito, mientras que otros lo defendían y pugnaban trasladar allí los restos de los rebeldes fusilados, a los que hace no demasiado, en el nicho donde se les localizó recientemente, se les ha colocado una placa. Aunque, tal vez, el destino de esos huesos es el de no descansar en paz y continuar eternamente vagando, removiendo de vez en cuando nuestras conciencias, indicándonos que el camino de una sociedad -y de nosotros mismos- es permanecer siempre en movimiento, acumulando derrota tras derrota, y cometiendo iguales o distintos errores, pero a pesar de todo, a largo plazo, consiguiendo que sus propósitos vayan más o menos triunfando. "Fracasa de nuevo", decía Samuel Beckett; "fracasa" -añadía- "mejor". Lo único que no podríamos perdonarnos sería dejar de intentarlo. Dejar de coleccionar maneras más bellas y espectaculares de fracasar.

lunes, 9 de octubre de 2017

La historia real de octubre. Gaditanos ilustres: Lucio Cornelio Balbo el Mayor, y el Menor

"Julio César ante la estatua de Alejandro en el templo de Hécules en Cádiz". José Morillo, Museo de Cádiz.

A veces tenemos una imagen irreal de los antiguos romanos. Nos los imaginamos dignos, altivos, con toga; las adaptaciones cinematográficas y en series de televisión, en su mayoría anglosajonas, hacen pensar que fueran pálidos y rubios como londinenses, cuando en su mayoría eran bajitos y morenos como italianos que eran. Y aún así, olvidamos que, con el tiempo, romano no era sólo el nacido en Roma, y con el tiempo acabaron convirtiéndose en ciudadanos romanos también individuos nacidos fuera de Italia. De hecho, en la capital (adonde llegaban individuos procedentes de todas partes del mundo) encontrábamos africanos, celtas, árabes, bárbaros, griegos. Roma era su mezcla cultural y racial, una amalgama en algunos casos menos semejante al mármol que al zoco. Desde ese punto de vista, resulta interesante aproximarse a unos romanos atípicos, entre otras cosas porque nacieron en Cádiz.

Suele argumentarse que los gaditanos abusan con frecuencia de presumir que su ciudad es "la más antigua de Occidente", y quizá eso sea cierto, pero la frase también es verdad. De 3000 años de antigüedad, fue fundada por los fenicios a partir de una península, entre otras cosas porque las características de sus barcos hacían que sólo pudieran moverse con habilidad en este tipo de accidentes geográficos. Los fenicios provenían de lo que es hoy el habitual Líbano, una estrecha franja de tierra limitada por las montañas que prácticamente les empujaban al mar. Eso les llevó a fundar Cartago, en la actual Túnez -ciudad que daría lugar al imperio púnico, el único que trataría de igual a igual a los romanos-, y también Gades (por cierto, que los fenicios no sólo fundaron ciudades, sino que las evidencias históricas apuntan a que se asentaron en la periferia de los barrios tartesos para dedicarse a la agricultura, cosa que en su país de origen era muy difícil). La futura Cádiz fue primero propiedad de los cartagineses y luego más tarde de los romanos. Durante ese tiempo empieza a convertirse en el núcleo de prósperas redes comerciales. Entre las familias que dominan ese comercio, se encuentran los Balbo. Su origen se discute: hay quien dice que fueron cartagineses que se hicieron ricos antes de la derrota de su imperio a manos de los romanos, y huyeron a tiempo a Gades. Otros esgrimen su origen fenicio, y para ello argumentan que eran una familia muy asociada con el viejo templo en Gades de Melkart. Melkart era un dios cartaginés y fenicio, equivalente al Heracles (o Hércules) griego, y una de las deidades más importantes en el panteón púnico, en especial para los fenicios asentados en España -donde Hércules supuestamente realizó numerosas hazañas-, para los cuales bien podría considerarse el dios principal.

Entre los miembros destacados de esta familia, destaca Lucio Cornelio Balbo el Mayor, quien se alía primero con Pompeyo, el destacado político romano. La amistad de Pompeyo hace que Balbo pueda acceder a la ciudadanía romana, adquiriendo nombres romanos para sí mismo (el "Lucio" y el "Cornelio" los elige él, aunque hay controversia sobre por qué los escogió). El gaditano, hombre en ascenso, pasa un largo período en Roma. Sin embargo, como Balbo es persona que sabe nadar y guardar la ropa, no quiere tener un único aliado en la cumbre, sino varios, y aprovecha una ausencia de Pompeyo en la ciudad eterna para hacerse amigo de Julio César.

De hecho, Balbo y César coincidirían de nuevo en Gades cuando este último fue nombrado pretor de la provincia a la que entonces pertenecía la ciudad, la Bética. Allí, tiene un lugar una interesante escena que se refleja en el cuadro de José Morillo que hemos colocado en la parte superior de esta entrada: Julio César, en el templo de Hércules-Melkart, ve la estatua de Alejandro Magno y, de acuerdo a Suetonio, rompe a llorar al darse cuenta de que, a su edad, el general griego había conquistado medio mundo y César apenas ha hecho nada de significación en su vida (como sabemos, al final, la fama de César llegaría a ser tan grande como la de Alejandro). Anécdotas aparte, Balbo se vuelve muy importante para César -algunos dicen que su mano izquierda-, facilitando la creación del triunvirato que forma con Pompeyo y Craso, convirtiéndose en su enlace con Roma durante la guerra de las Galias, y organizando para su líder una suerte de policía secreta. Sin embargo, tanta influencia siembra envidias y muchos ponen en duda el proceso por el cual adquirió la ciudadanía romana, defendiéndole Cicerón con su discurso "Pro Balbo".

Durante la guerra civil que tuvo como máximos contendientes a César y Pompeyo, Balbo permaneció de lado del primero. En agradecimiento, tras una de las batallas más destacadas, César otorgó la ciudadanía romana a todos los gaditanos. Tras el asesinato de César, la posición de Balbo se volvió delicada, pero él demostró su olfato político al colocarse del lado de quien sería el vencedor de los enfrentamientos que tuvieron lugar después, es decir, el hijo adoptivo (en realidad sobrino-nieto) de César, Octavio Augusto. Como recompensa, Balbo fue elegido cónsul en el año 40 a.C.; era el primer no nacido en Italia que accedía a ese honor.


Balbo se retiraría poco después de la política, en el súmum de su gloria. Pero hay un segundo Balbo del que debemos hablar, y es de su sobrino Lucio Cornelio Balbo el Menor. Jugó un papel destacado en el ejército romano en los tres continentes hasta entonces conocidos, aunque su mayor papel tuvo lugar en África. Allí, en su papel de procónsul, logró su hazaña más destacada al liderar una expedición hacia el sur en el que llegó hasta el territorio de los garamantes. Plinio el Viejo relata su epopeya como una victoria en la que incorpora al dominio romano numerosas ciudades, aunque por lo visto el propio Plinio reconoce que Balbo no podía controlar el territorio porque los garamantes se dedicaban a controlar el acceso al agua, cegando los pozos con arena, y eso impedía a los romanos construir aquellas carreteras que tanto les gustaban. Hay dudas sobre donde se encontraba exactamente el país de los garamantes, y aunque algunos afirman que Balbo llegó hasta el río Níger, por lo visto se acepta que llegó a Fezzan, al sudoeste de Libia. Fue un hito más en una serie de aventuras en las que romanos y otros pueblos se adentraron en rincones de África donde europeos y asiáticos no se habían atrevido a penetrar: pero ésa es otra historia, y ya hablaremos de ella en otra ocasión.


Éste el mejor mapa que he podido encontrar para dibujar las regiones geográficas de las que estamos hablando. En azul podéis ver el río Níger cruzando numerosos países, y en la esquina superior derecha, en tonos desvaídos, la región sudoeste de Libia. La imagen se encontró aquí, en una entrada muy interesante que no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, pero a su vez tiene la fuente original en otro enlace.

La gracia de todo esto, victoria contundente o no, radica en que Balbo el Menor, cuando volvió a Roma, fue recibido con una "ovatio" o triunfo, el desfile glorioso que se le concedía a aquellos que habían hecho grandes conquistas en nombre de Roma. Fue -emulando a su tío- el primer no-itálico que recibió este honor, reflejado en placas conmemorativas. Con posterioridad, Balbo se dedicó a la política de su ciudad natal, realizando labores de edificación y mejora urbana.

Los dos Balbos se dedicaron también a la escritura: Balbo el Menor escribió un libro sobre cuestiones religiosas y una obra de teatro, y su tío escribió un diario, titulado Ephemeris, en el que narraba acontecimientos de su vida y la de César. Ninguno de estas textos se conserva; el recuerdo de los Balbo ha llevado difuminado al presente, aunque, del Mayor, León Arsenal ha escrito recientemente una novela histórica. No obstante, existen varios testimonios antiguos y modernos sobre esta familia que demostró que Cádiz, en lo que respecta a Roma, también estaba allí. Y que Roma no es sólo lo que hacen los romanos.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La historia real de septiembre. Madrileños ilustres: Ruy González de Clavijo. Viaje a Samarkanda

Para que no echéis de menos el verano, hoy os llevaremos a una lejana ciudad.

El personaje de José Coronado dice, casi al principio de "El hombre de las mil caras", algo así como: "Yo fui piloto en la época en que un avión era un avión, no un autobús". Hubo una era, incluso, en que el acto de viajar era una cuestión de vida o muerte. Una vida que dedicarle, o una vida para entregar. Se tardaban años en llegar a destino (momento para el cual puede que tu misión hubiera dejado de tener sentido), y no era raro que mil y un azares impidieran que llegaras a contemplar el final del trayecto. En esas circunstancias, fueron pocos los hombres que se atrevieron a llegar tan lejos, hasta lo que se consideraba poco menos que los confines del mundo. Unos cuantos españoles, sin embargo, pudieron contarse entre los que inscribieron sus nombres como conectores de muy alejados lugares del planeta. Ruy González de Clavijo no es tan conocido como Marco Polo, pero poco puede desmerecerse a un hombre que consiguió que, hoy día, haya un barrio llamado "Madrid" en la ciudad de Samarcanda, hoy oficialmente parte del país de Uzbekistán.

Ruy González de Clavijo, un paisano.

La historia comienza con Enrique III de Castilla, de la familia de los Trastámara, entre cuyos descendientes se hayan entre otros Isabel la Católica. Enrique III era un rey que procuró estar a buenas con los reinos que le rodeaban, salvo con los musulmanes, con los que el enfrentamiento venía por parte de la religión. Por otra parte, era un hombre intrigado por lo que ocurría fuera de sus fronteras, aunque no tuviera la menor oportunidad de intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Quizás por eso, o porque eran musulmanes, Enrique III veía con particular peligro la actitud del sultán turco Bayaceto, dueño y señor del imperio romano. Un día, al rey castellano le llegan difusas noticias sobre que un tal Tarmerlán ha conseguido derrotar a Bayaceto. Sin duda pensando aquello de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", decide que, a pesar de hallarse el reino de Tamerlán y el suyo propio a miles de kilómetros de distancia, quizás sería útil establecer una alianza contra la gran amenaza de la cristiandad. Por ello, envía una expedición al mando de Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo en dirección a la capital del reino de Tamerlán: la mítica y exótica Samarkanda.

Aquí Tamerlán, aquí unos amigos

Aclaremos un poco quién era Tamerlán, Tarmorlán, o cualquiera de los muchos nombres con el que pasó a la Historia. La misma forma de nombrar su imperio es confusa: aparte de "timúrida", en referencia a Tamerlán mismo, algunos le denominan tártaro, otros mogol, para aumentar al confusión incluso turco-mongol. Por simplificar, diremos que Tarmerlán procedía de aquellas tribus de jinetes que crecieron en las vastas estepas de Asia Central, acostumbradas a montar a caballo con la misma facilidad que a caminar, y dispuestas a lanzarse a la rapiña en cuando tienen la más mínima ocasión, pero que en pocas ocasiones han tenido la posibilidad de levantar imperios, y cuando lo han hecho, han sido relativamente efímeros. Gengis Khan fue capaz de unificarlas en Mongolia y se alzó con el mayor imperio terrestre que el mundo había conocido. Tarmerlán partía de esta tradición y consiguió también una amplia cohesión , pero no era descendiente directo de Gengis Khan, y por ello las tribus nunca le reconocieron con el mismo rango; sin embargo, fue capaz de formar una estrategia de alianzas personales y matrimoniales que le acercó a convertirse a lo más parecido a un sucesor espiritual del Gran Khan, a lo cual contribuyó la generación de un vasto imperio bajo el que cayeron, a sangre y fuego, capitales tan significativas como Bagdag, Damasco, Kabul o Delhi (sus descendientes gobernaron buena parte del norte de la India hasta la llegada de los ingleses). Aunque Tarmerlán procenía de una tribu nómada, fue capaz de gobernar un imperio culturalmente heterogéneo y mostrarse como un gobernante prudente: fue el islam su religión, y estableció su capital en Samarcanda, una ciudad ya de por sí milenaria (Amin Maalouf tiene un bello libro con este nombre, ambientado en la época en que estuvo bajo el dominio de los árabes), la cual embelleció más todavía, convirtiéndose en el eje central de muchos sueños. Cuando los embajadores de Enrique de Castilla llegaron, lo hicieron justo a tiempo de ver como Tamerlán derrotaba al sultán Bayaceto y lograba incluso hacerle prisionero. El soberano tártaro acogió a los españoles, les dispensó bellas palabras, una amable carta que debían entregar a Enrique III, y les envió de vuelta a casa con un embajador mogol, y también un par de damas cristianas rescatadas de manos de los turcos -una de ellas, griega, acaba como dama de corte en Castilla-. El rey Enrique estaba entusiasmado, y por ello no dudó en enviar una segunda expedición que acompañara de vuelta al embajador mogol y reforzara los lazos iniciados en la primera aproximación. Esta vez, el viaje se hallará a cargo de su ayudante personal ("camarero" era el grado oficial que tenía asignado), el madrileño Ruy González de Clavijo. De él sabemos poco muy: que era de edad madura, que estaba casado, y que partió junto con un hombre de armas -guardia del rey-, un fraile (especialista en asuntos del espíritu) y otros catorce hombres, con el propósito de obsequiarle a Tarmerlán con regalos que incluían telas de color escarlata, tazas y objetos variados de plata, y valiosos halcones de caza, todo ello para convencer al soberano de certificar de manera definitiva una alianza junto con Castilla que hiciera frente al dominio turco. Partió en mayo de 1403 desde Sanlúcar de Barrameda. Poniendo inicio al viaje por el que se le recordaría, había sellado su destino.

7000 kilómetros (hoy se necesitan 12 horas para recorrerlo en avión, 84 en coche sin contar las barreras humanas y terrestres) que a González de Clavijo, ida y vuelta, le costarían tres años. Málaga, Ibiza, Mallorca, Córcega, Cerdeña, Mesina, Roma, Rodas, Quíos, el monte Athos, Constantinopla, estancia de invierno en Pera (actual Beyoglu); luego el Mar Negro, Trebisonda (donde aún resuenan los ecos de Jasón y Los Argonautas), Armenia, Turquía, Irak, Irán (pasando por Teherán) y finalmente Samarcanda. En su "Embajada a Tamorlán" (crónica escrita, según los especialistas, en su mayor parte por González de Clavijo, aunque pudieron haber contribuido el religioso que formaba parte de la expedición, así como el embajador mogol que les acompañaba, y algunas otras manos auxiliares), los embajadores describen la magnificencia de esta urbe cosmopolita, donde se había concentrado lo más granado del imperio timúrida, y ya se habían construido algunos de los monumentos de aquel período que todavía pueden admirarse en la urbe. Un Tamerlán septuagenario les recibe con los brazos abiertos; agradece los regalos, llama afectuosamente a Enrique III de Castilla "su hijo", y les agasaja durante los dos meses y medio de su estancia con continuas fiestas en las que abundan toda clase de placeres, desde los carnales a los etílicos (las crónicas por lo visto nos aclaran que González de Clavijo no disfrutó de estos últimos, pues era abstemio, pero no he leído nada acerca de los primeros -imaginad aquí mi sonrisa maliciosa-). En todo caso, los embajadores no reciben la respuesta que desean: Tamerlán, más ocupado con los preparativos de su futura invasión a China, marea la perdiz y no les dice nada sobre la asociación con el reino castellano, que probablemente no sería capaz de localizar en un mapa sin ayuda de sus astrónomos, y cuya promesa de ayuda mutua le interesa poco o más bien nada. Pero se muestra diplomático y procura entretener a los embajadores hasta que éstos, hartos de esperar, emprenden la vuelta a casa. En el camino de regreso, se enteran de que un Tamerlán ya enfermo cuando le conocieron ha fallecido al poco tiempo de iniciar la incursión a China. Los castellanos, cansados de tanto trasiego, retornan al fin a casa.

Con la muerte de Tamerlán, desaparecieron las escasas posibilidades de aquella alianza improbable entre dos naciones situadas a una distancia inabarcable para la época. Sin embargo, lo más valioso de aquella embajada no fueron ni la política ni los regalos, sino aquella "Crónica de Tamorlán" que González de Clavijo y colaboradores escribieron a su vuelta, y constituyó un testimonio fidedigno de la vida cotidiana en el imperio de Tarmerlán y las ciudades de paso que fueron visitando. Se reconoce como una de las piezas más interesantes de la literatura medieval, y se la compara a menudo con "El Libro de las Maravillas" de Marco Polo. González de Clavijo fue recompensado con el título de chambelán; vivió primero en Alcalá y más tarde en Madrid -en concreto en la Plaza de la Paja-, y su tumba se encuentra en la (por otro lado, interesantísima por muchos motivos) iglesia de San Francisco el Grande. Tamerlán le puso, en su honor, el nombre de Madrid a una pequeña ciudad que luego absorbió la creciente Samarcanda (ahora forma un barrio de la ciudad), que por otra parte tiene desde el 2004 una calle dedicada a González de Clavijo, en un momento en que la capital de España y Uzbekistán quisieron rememorar ese efímero instante de la historia que les hermanó. Uzbekistán tiene aspectos terribles: se trata de una dictadura encubierta, y durante años se ha definido como un estado criminal (con miles de niños trabajando en condiciones de esclavitud para el gobierno, al más puro estilo de "Indiana Jones y el Templo Maldito"), aunque eso no ha supuesto un obstáculo para que el país haga buenas migas con numerosas estructuras occidentales, incluyendo el equipo del FC Barcelona cuando estaba bajo el mando de Joan Laporta. Sin embargo, el evocador nombre de Samarcanda, y el papel que jugó allí un madrileño hace ya siete siglos, son un motivo para sonreír al recordarlo. Quizás en para algún uzbeco, respecto a España, pase lo mismo.

lunes, 16 de enero de 2017

La historia real de enero. Almerienses ilustres: Carmen de Burgos

El año ha comenzado con una noticia funesta, y es que ya desde el primer día ha aumentado la estadística de fallecimientos por violencia de género. Quizás por eso sea pertinente nombrar a una de las primeras defensoras del feminismo en España, a pesar de que ella detestara la palabra feminismo (aunque su ideología, según sus propias palabras, se pareciera mucho a la concepción que de sí mismas hacen la mayoría de l@s feministas actuales: una actitud conciliadora y de colaboración con el hombre, en igualdad de derechos con él). Carmen de Burgos, a pesar de tener calles dedicadas en nuestro país -derecho que en su día se le negó-, goza de poco reconocimiento para haber sido la primera mujer española contratada como periodista, corresponsal de guerra, y una de las referentes de los movimientos literarios de principios del siglo XX en España.

Esta imagen de Carmen de Burgos aparece tanto en la Wikipedia como en el artículo de Yorokobu que han servido de bibliografía para esta entrada. Este último, además, ofrece una apasionante visión de los primeros progresos del feminismo en los albores del siglo XX.

Carmen de Burgos nace en Almería en 1867 pero vive buena parte de sus primeros años en Rodalquilar, Níjar. Su padre se esmeró mucho en proporcionarle una educación en la que abundaron las lecturas, y también en transmitirle el mensaje de que, por muy egoístas que se mostraran los hombres al respecto, ella tenía la misma capacidad de hacer las cosas que ellos. Se casa a los dieciséis años con un periodista cuyo padre era dueño de una tipográfica, y aunque el matrimonio es personalmente un desastre (su marido era infiel, un vividor, y las primeras experiencias sexuales fueron traumáticas; de hecho, los intentos de separarse de su esposo se tenían, como motivación primera, el propósito de recuperar "el dominio de su cuerpo"), éste le sirve a Carmen de Burgos para familiarizarse con el mundo del periodismo y hacer sus primeros pinitos dentro de él. Aunque nuestra protagonista se introduce primeramente en el ámbito laboral de la enseñanza (se saca el título de maestra estudiando por las noches, a espaldas de su esposo), en 1901, Carmen decide abandonar a su marido para iniciar una nueva vida junto con su hija, la única que había sobrevivido tras cuatro partos. En este nuevo período, se sumergirá hasta el fondo en el mundo del periodismo. Será una inicio de vocación tardío, pero desde luego muy provechoso. Bajo varios seudónimos, y en columnas destinadas sobre todo a la lectura femenina, Carmen de Burgos aprovechará sin embargo esta plataforma para hacer campaña a favor de aspectos como el divorcio y el sufragio femenino. Como se puede esperar, esta actitud le granjeará numerosas críticas. De hecho, el ministro conservador Antonio Maura traslada su puesto de trabajo en la enseñanza de Toledo a Madrid para limitar su radio de acción, aunque ella sigue volviendo a la capital los fines de semana para animar una reunión semanal de escritores, periodistas y artistas que se denominó "La tertulia modernista" y fue origen de la "Revista crítica". Esta tertulia tuvo también una gran importancia también a nivel personal, pues conoció allí conoció a un casi veinte años más joven Ramón Gómez de la Serna (el célebre creador de las greguerías) que se convirtió en su amante y colaborador literario mucho antes de que éste fuera reconocido por la sociedad como escritor. Paralelamente, esta relación tuvo una desventaja y es que, en el futuro, durante mucho tiempo, los méritos de de Carmen de Burgos fueron asociados a los de Gómez de la Serna (básicamente, se convirtió, para algunos, sólo en su "amante"), de tal forma que su producción literaria quedó ensombrecida.

En 1909 tiene lugar en Marruecos el llamado desastre del Barranco del Lobo, un episodio donde (como en otras ocasiones en nuestra historia militar) se acusó al ejército de estar defendiendo más los intereses económicos de unos pocos españoles que la seguridad de los soldados. Carmen de Burgos acude a Melilla, se establece como corresponsal de guerra para el Heraldo de Málaga y, desde su columna, retransmite desde la emoción el sufrimiento de los soldados y, en un artículo antibelicista, proporciona un hasta entonces inexistente altavoz a los primeros objetores de conciencia.

Con la llegada de la Segunda República (y, con ella, muchas de las reivindicaciones para la mujer que la periodista había defendido), Carmen de Burgos ingresa en el Partido Republicano Radical Socialista, y forma parte de numerosas asociaciones feministas y de izquierdas. Es precisamente durante una conferencia sobre educación sexual en la que siente los primeros síntomas de la fulminante enfermedad que la mataría a lo largo de los dos siguientes días. A pesar de haberse relacionado con personajes como Galdós, Clara Campoamor, Blasco Ibáñez, Juan Ramón Jiménez, Julio Romero de Torres, Sorolla o Gregorio Marañón -o precisamente a causa de eso-, el franquismo hizo todo lo posible por ocultar y ensombrecer su figura. A pesar de todo, hoy en día podemos encontrar accesibles muchas sus obras en forma de ensayos, novelas, traducciones y artículos periodísticos.

Carmen de Burgos (o, como durante muchos años se la conoció, la periodista "Colombine") tuvo que aguantar muchas cosas: desde la actitud de los hombres de su época (contrarios a la libertad de la mujer y con episodios muchas veces rayanos en el acoso), y también de las mujeres (Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, quedó muy decepcionada de la actitud de sus contemporáneas españolas hacia el sufragismo), hasta andanadas de los sectores más conservadores entre la literatura y la prensa (una vez un periódico publicó un artículo tan ofensivo contra ella que Carmen de Burgos se presentó en la redacción y, como mujer de armas tomar, le asestó al director un par de bofetadas). Fue una viajera convencida que aprendió todo lo que pudo de los escritores franceses y las sufragistas británicas. Estuvo a punto de ser fusilada en Alemania porque se apiadó de unos soldados rusos y la confundieron con una espía. A nivel personal, sufrió tragedias relacionada con sus hijos y sus parejas. Las palabras que exhaló en el momento de su muerte fueron: "¡Viva la República!". El fin de esta institución, poco tiempo después, significó también el fallecimiento de muchas de sus esperanzas para el futuro de la mujer. Hoy en día, probablemente sería una periodista indómita, incómoda para el poder, como lo fue en aquel entonces. Estaría más feliz con la situación actual de su género, pero insistiría en que aún quedaban muchas cosas por pelear. Quizás porque hay luchas que nunca terminan porque, cuando las descuidas, surgen nuevas invasiones que obligan otra vez a levantarse en combate. Una guerra en la que también colaboramos los varones porque, como decía Carmen de Burgos, es para hacerla juntos, no separados. Quizás su ejemplo sirva precisamente para (a hombres y mujeres) lograr motivarnos.

lunes, 12 de diciembre de 2016

La historia real de diciembre. Vidas de amor de locura y de muerte: la agitada existencia de Horacio Quiroga.

Borges dijo alguna vez: "Horacio Quiroga es, en realidad, una superstición uruguaya. La invención de sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable torpeza". Tal vez Borges habría sido un lector fascinado de la vida de Quiroga si la hubiera encontrado, al azar, en alguno de los tomos de su biblioteca y Quiroga se hubiera llamado Kilpatrick o Vincent Moon. Es más, Quiroga podría haber sido un personaje borgeano, de esos que jamás escapan a la circularidad de su destino. 


"Horacio Quiroga: Cita con la fatalidad", en "Diario Clarín"

Decía Oscar Wilde que hay personas que emplean en la escritura únicamente su talento, mientras reservan la genialidad para su vida. Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina, 1937), a pesar de la opinión de Borges, es reconocido como uno de los grandes literatos latinoamericanos, especialmente en su actividad como escritor de cuentos. Fue moldeado en su juventud por las grandes corrientes de pensamiento de la época (se declaraba seguidor del positivismo y del materialismo filosófico), incluidas las literarias, como el modernismo de Rubén Darío. Sin embargo, sus relatos presentan un tono eminentemente naturalista (esa subcorriente del realismo literario que toma los aspectos más tenebrosos de la existencia cotidiana), influido sin duda por dos aspectos de su biografía que le marcaron sobremanera: la vida en la selva, por un lado, y su peculiar relación con la muerte, que se introdujo en su existencia en demasiadas ocasiones de manera violenta, dramática e inesperada. Y es que, como menciona la cita al principio de este post, Horacio Quiroga pudo escribir muchos y muy buenos cuentos, pero su devenir fuera de la literatura supera, sin duda, la de muchos personajes literarios. Dicen que una vida feliz equivale a una vida normal; que no hay sucesos extraordinarios que narrar dentro de la placidez de la rutina. Horacio Quiroga, en cambio, no tuvo esa suerte: si alguien le hubiera soñado un par de milenios atrás, hubiera sido podido ser protagonista de una -manejada por los dioses a su antojo- insana tragedia griega.

Quiroga a los 18 años (de Wikipedia, una de las fuentes de este post).

Algunos defienden que todos los comienzos son felices, pero hasta las más luminosas perspectivas se ensombrecen si aparece, tan sólo en los dos primeros meses tras el nacimiento de una vida, la sombra de la muerte por un accidente de caza del padre. Sería la primera de todas las que vendrían después. Aún así, el joven Horacio, con toda una vida por delante, se interesa por todo lo que encuentra a su alrededor: la química, la fotografía, el ciclismo, la vida campestre. Se introduce por primera vez en el mundo de la mecánica, una afición que no abandonará en el resto de su vida. Y, por supuesto, por la literatura: aún se conserva el primer cuaderno de poesías, elaborado en esta época. Empieza a participar en revistas literarias. Por aquella época, escribe también el primer párrafo una larga lista de amores atormentados e infructuosos: en este caso, los padres judíos de la joven muchacha a la que cortejaba no aceptaron su origen gentil. Viendo todo lo que pasaría más tarde, pudo ser, de todas sus relaciones, la que concluyó más felizmente.

Todavía en la adolescencia, llega el primer mazazo que Quiroga debe afrontar cuando ya tiene uso de razón, y además lo presencia en directo: el suicidio de su padrastro. Con el dinero de la herencia, Horacio se decide a emprender un viaje a París: parte con brillantes esperanzas, y vuelve con pasaje de tercera, depauperado, con pinta de mendigo, y una barba negra que formaría para siempre ya parte de su apariencia. Su experiencia en este viaje la narraría en sus "Diarios de París", quizás una de las primeras ocasiones en las que descargó todo los trances por los que tuvo que pasar para sublimarlos a través de la literatura.

Quiroga en 1900 (Wikicommons)

A la vuelta a Uruguay, Quiroga reúne a otros amigos interesados por la literatura y funda el "Consistorio del Gay Saber", un entorno de experimentación que presidirá la vida literaria de Montevideo de la época, y dentro del cual publicará su primer libro, "Los arrecifes de coral". Sin embargo, la tragedia vuelve a presentarse, de manera múltiple: primero, mueren dos de sus hermanos de fiebre tifoidea. Sin embargo, lo que vendría a continuación sería más dramático: un amigo suyo, también literato, llamado Federico Ferrando, recibe malas críticas de un periodista y decide batirse en duelo con él. Horacio, preocupado por su compañero, se ofrece a inspeccionar y limpiar el arma que empleará en el duelo: mientras lo hace, el arma se dispara accidentalmente y la bala se introduce por la boca en el cuerpo de Ferrando. La muerte en instantánea; Horacio es detenido y encarcelado durante cuatro días, y aunque al final es liberado cuando se aclara el origen accidental del suceso, Horacio ha quedado traumatizado para siempre. Decide cerrar inmediatamente el "Consistorio del Gay Saber" y se muda al otro lado del Río de la Plata, a la extranjera y vecina Buenos AIres, para convivir con su hermana. Quizás una nueva localización geográfica (parece pensar) le dé una nueva ocasión de empezar.

Imagen de Quiroga extraída de aquí (otra de las fuentes del post).

Y al principio, la cosa va bien. Empieza su fructífera relación con el relato breve. Consigue un trabajo de profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires. Surge la oportunidad de acudir como fotógrafo para documentar unas ruinas que reflejaban la presencia de los jesuitas en una región selvática de la provincia de Misiones. Sería su primer contacto con la selva, que se infiltraría bajo su piel como un parásito de cuya enfermedad no se recuperaría nunca, ni querría hacerlo. Publica el primer volumen de cuentos, "El crimen de oro", con gran influencia de Edgar Allan Poe, algo que Quiroga no ocultaría, sino que estaría orgulloso de mencionarlo (era también un asiduo lector de Guy de Maupassant). También escribiría historias para niños con un evidente componente fantástico, con animales que hablan (aquí se nota la lectura de Ruyard Kipling), relatos que contrastaban con las historias de terror rural que fascinaban a la horda de lectores que pedían a gritos sus cuentos. Como se ve, la selva ya se había introducido en su mente, y por ello estaba deseando volver a ella; la tragedia, como se podrá comprobar también, había plantado asimismo su semilla, pero sería ella la que no estaría dispuesta a abandonarle.

En efecto, Quiroga quiere volver a la jungla, y aprovecha facilidades del gobierno argentino para comprar unos territorios en Misiones. Desde su puesto de profesor y en sus vacaciones, Horacio va preparando el bungalow y las instalaciones de la que pretende que se convierta en su residencia permanente. Otra de las pulsiones de Quiroga asoma entonces: una tendencia, difícil de erradicar, a enamorarse de mujeres mucho más jóvenes que él. En este momento concreto, esta será su alumna Ana María Cirés, todavía una adolescente, a la que dedicará su primera novela, de un título autoexplicativo, "Historia de un amor turbio". Después de mucho insistir, Ana María acepta no sólo casarse, sino irse a vivir a la selva con él. Los padres de la chica, preocupados, deciden instalarse al lado del matrimonio, en mitad de aquella región inhóspita que Quiroga buscaba que fuera el escenario de su vida.

Por un momento, todo fue bien: Quiroga empieza la explotación agrícola de la zona. Consigue un trabajo como juez de paz del lugar, probablemente el peor de su categoría que hubo nunca. Era olvidadizo y descuidado, anotaba nacimientos y muertes en papelitos que luego almacenaba en un tarro de galletas (luego empleó este hábito como costumbre de uno de sus personajes literarios), aunque el método no le funcionaba muy bien, pues hasta muy tarde siguieron apareciendo de la nada individuos que no habían quedado registrados en el censo del país por culpa de la mala cabeza de Horacio. En medio, Ana María le da sus primeros hijos, chica la mayor, varón el pequeño. Quiroga se hace cargo personalmente de su educación, de una manera en ocasiones despótica, y llevando siempre las capacidades de los niños al límite: les hace interaccionar con la selva, arriesgar su vida, se vuelven expertos en tratar con animales, manejar armas, dominar por sí solos canoas y motocicletas. Su esposa no soporta esta clase de enseñanzas: le parecen una tortura, un riesgo innecesario, un tormento. Finalmente, no puede aguantarlo más: decide suicidarse con cianuro, pero lejos de ser una muerte inmediata, la agonía se prolonga tres días. Durante ese período, Horacio trata de salvarla y de recuperarla para su causa, pero todo es inútil, el veneno ejerce sin misericordia su implacable meta. No se sabe si Quiroga escribió algo de aquella terrible tragedia: probablemente si existió lo quemó, como la ropa de Ana María, sus fotos, o cualquier otro registro de que jamás hubiera existido.

Quiroga retorna con sus hijos a Buenos Aires, consiguiendo un cargo para el Consulado de su país natal, en el que prospera. Monta un taller en su nueva casa (le continúa apasionando la mecánica) y prosigue con sus relatos. Sus historias son cada vez más leídas, más celebradas: "Cuentos de amor de locura y de muerte" (el título está escrito sin comas por deseo expreso del autor), "Cuentos de la selva". Hasta se atreve con la crítica cinematográfica y está cerca de montar una escuela de cine, aunque este proyecto finalmente se malogra. Por un rato, sin embargo, a pesar de lo ocurrido en días pasados, todo parece ir bien.

Pero llega de nuevo la obsesión por volver a la selva, y de nuevo un nuevo amor: la cifra mágica es diecisiete años. Se llama también Ana María, en esta ocasión Palacio. Pero sus padres no quieren dejarla ir a vivir a la selva. En su novela "Pasado amor", Quiroga se dedica a narrar múltiples tretas que el protagonista lleva a cabo para intentar comunicarse con su amada, y es probable que muchas de ellas las tomara prestadas de su propia relación con Ana María. Probablemente exasperados, los padres de la chica deciden cortar de raíz el problema y marcharse muy lejos junto con la muchacha. Quiroga, por tanto, se obligado a renunciar a ella. Se concentrará a partir de entonces en la selva, en el taller mecánico que ha montado en la misma; incluso construye una embarcación con la que realiza paseos fluviales por el río Paraná. Aparte, sigue escribiendo, se atreve con la publicación de biografías, recibe homenajes, vuelve de manera periódica a Buenos Aires, y se casa por segunda vez: en esta ocasión con María Elena Bravo, compañera de clase de su hija. La muchacha no ha cumplido aún los veinte años.

Quiroga en su taller de su casa de Misiones. Extraído de aquí, también una de mis fuentes.

Sin embargo, los momentos de alegría zozobran rápido. Tiene lugar el único fracaso comercial del escritor, el ya mencionado "Pasado amor". Al mismo tiempo, comienzan los problemas de pareja con su segunda esposa, que le ha dado una hija, pero que le provoca -no sabemos si con motivo o sin él- unos intensísimos celos. Por ello, decide volver a la selva con ambas, logrando que el Consulado traslade su puesto (que, al fin y al cabo, es el que le proporciona la mayor parte de sus ingresos) a una ciudad cercana a su residencia en Misiones. No obstante, un cambio de gobierno en Uruguay significa también un cambio de preferencias, y los servicios de Quiroga ya no son requeridos. Los amigos de Quiroga (que son muchos después de tantos años en el ámbito literario) intentan conseguirle una pensión. En el terreno familiar, a su segunda esposa le disgusta tanto como a la primera la vida en el campo: las riñas y peleas son más que frecuentes.

En 1935, la salud de Quiroga se resiente: tiene problemas al orinar, y los médicos le diagnostican una hipertrofia de próstata. Sus amigos le han conseguido por fin la ansiada pensión, y Horacio accede a las peticiones de su mujer de trasladarse a la ciudad de Posadas. Aún así, el matrimonio está herido de muerte, y su mujer y su hija le abandonan. Este hecho sumirá al escritor en una profunda depresión.

Hundido a causa de los últimos acontecimientos, pero más acuciado todavía por el dolor, Quiroga marcha a un hospital de Buenos Aires. Allí, el nuevo diagnóstico es más sombrío: un cáncer de próstata, inoperable. Quiroga pide entonces permiso para realizar algunos paseos fuera del hospital; su esposa y sus amigos acuden a él para confortarle en sus últimos momentos. Aún así, los últimos días de su vida dan paso una vez más -como casi siempre en la literatura, y también en su propia existencia- a la atmósfera de lo irreal, que se entremezcla sin disconformidad con la más vulgar vida cotidiana: Quiroga se entera que en su mismo hospital hay un paciente afectado de unas terribles deformidades; probablemente sufría del síndrome de Proteus, la misma enfermedad que padeció Joseph Merrick, el famoso "Hombre Elefante". El individuo en cuestión se llama Vicente Batistessa y se halla encerrado en los sótanos del hospital como un monstruo. Quiroga exige su liberación y obliga al hospital a habilitarle una cama en su misma habitación. Como es de imaginar, ambos se hacen grandes amigos.

El porvenir de Quiroga se le antoja sombrío: el pronóstico es terminal. Lo único que puede hacer es sentir dolor hasta el final mismo. Horacio decide anticiparse y le pide ayuda a su nuevo y leal amigo Batistessa. En presencia de este último, Quiroga bebe un vaso de cianuro: como su primera mujer años antes, el padecimiento es terrible hasta que llega por fin la liberadora muerte. Luego, su cadáver es velado, después repatriado y más tarde, conforme a sus deseos, incinerado y esparcidas las cenizas por la selva que tanto amaba. Sus amigos, por otra parte, encargaron a un escultor una urna conmemorativa destinada a ser emplazada en Salto, su ciudad natal.

Horacio Quiroga empezó escribiendo poesía con influencias modernistas. Pero muy pronto la realidad (incluso una en ocasiones tan difícil de creer que asemejaba un relato fantástico) le rodeó, y se empeñó en describir la crudeza de una selva que, no obstante, aceptaba en sus tristezas y miserias con la mayor naturalidad. Sus personajes son como él mismo o, al menos, como él le transmitía que debían ser a sus hijos: aceptan que el medio salvaje va a enfrentarse a ellos con todo el arsenal disponible, les combatirá, absorberá cada soplo de vida. Y, sin embargo, no por ello dejan de hacerle frente; tratan de arrancarle, mientras les sea posible, las victorias que hagan falta, golpe a golpe, lasca a lasca, aceptando con resignación su destino si son finalmente derrotados en la batalla. Sus críticos literarios están de acuerdo en que pocas veces un escritor ha plasmado en su obra, de una manera tan evidente, una experiencia autobiográfica. Quizás porque, con el material tan fantástico del que disponía, era una pena desaprovecharlo. Tal vez, porque la única manera de vencer a los demonios -como conoce todo experimentado escritor- es precisamente conjurarlos. Se dice en ocasiones que Horacio Quiroga quería dejar de escribir: no parece muy claro que hubiera podido hacerlo.

Horacio Quiroga, de manera consciente o sin posible elección, se enfrentó a lo largo de su vida a la literatura, al amor, a la naturaleza y a la muerte siempre de cara: por ello no es extraño que, en el último momento, no rehuyera el combate final.