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lunes, 22 de octubre de 2018

Los libros de septiembre y octubre (II), y la historia real del mes: "Leer Lolita en Teherán".

El mes pasado hablamos de "Lolita", Nabokov, y cómo éstos influyeron en la autora de "Leer Lolita en Teherán". Pero entramos ahora en este último libro y, con ello también, en la historia real. Azar Nafisi es una mujer iraní, experta en literatura, que formaba parte de una de las familias destacadas intelectualmente en Irán. Sin embargo, como sabéis, este país sufrió en durante el siglo XX una serie de cambios profundos. En los años 50, el primer ministro Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, pretendió nacionalizar los recursos petrolíferos del país. Como esto se oponía a los intereses estadounidenses y británicos, estas dos naciones promovieron un golpe de estado para instaurar la figura del sha. El sha gobernó Irán durante veinte años gracias al apoyo extranjero y a la influencia de su policía política. En 1978, sin embargo, manifestaciones y revueltas populares obligaron al sha a huir del país y se inició un proceso revolucionario, durante el cual las fuerzas de izquierda parecieron al principio tener cierta influencia, pero fue el islam y los partidarios del ayatollah Joemeni los que se llevaron el gato al agua e instauraron una República Islámica donde se estableció una teocracia, se instauró el uso del velo y otras leyes que limitaban la libertad de la mujer, y se prohibió el pensamiento alternativo. Fue en este contexto cuando arrestaron al padre de Azar Nafisi, cosa que le obligó a regresar a Irán, donde ingresó como profesora en la universidad y más tarde fue expulsada. Sobre este período, siempre recordado como un tiempo pretérito, orbita la narración del libro.

En la primera parte, una Nafisi ya expulsada de la universidad nos comenta las reuniones que sostenía con unas cuantas antiguas alumnas selectas en su casa, y cómo en su salón estas mujeres, liberadas del ambiente opresivo de la vigilancia islamistas, hablan sobre la literatura y la vida y entrecruzan (en lo que será una constante del texto) lo que se cuenta en los libros que leen con los aspectos de su propia existencia. En esta primera sección, Nafisi expone especialmente sus puntos de vista sobre la Lolita de Nabokov y cómo Humbert oprime hasta con la ocultación de su nombre a Lolita, estrangulando en todos los sentidos a su objeto de deseo, de la misma manera en que la República de Irán hace con los habitantes a los que supuestamente ha de proteger.

En la segunda parte, un nuevo salto hacia atrás en el tiempo, hacia el momento en que Nafisi vuelve a Irán y se establece como profesora en la universidad. Un tiempo de proclamas, manifiestos y consignas, donde no se sabía lo que iba a ocurrir pero los iraníes (al menos, muchos de ellos) se dan cuenta de que el rumbo que ha tomado su revolución es uno muy distinto al que se imaginaron, y se va a convertir en una dictadura tan asfixiante y totalitaria como la anterior, si no más. Pero fue muy poco a poco como ocurrió esto, y ya era demasiado tarde cuando observaron lo que se les venía encima. No obstante, los que quedan atrapados en esa tela de araña tratan de resistirse, rebelarse, como si por explicar su punto de vista a los fundamentalistas de manera más organizada o más insistente fueran toda la maquinaria de Joemeni a parar. Un momento crítico en el texto es el juicio que se establece a la novela de Scott Fitzgerald, "El Gran Gatsby". Los islamistas pretenden hacer un juicio al libro, aduciendo que representa todos los valores decadentes occidentales, incluyendo la obsesión de Fitzgerald por la clase pudiente (un hecho que es difícil de negar, y que de hecho lastraba muchos de sus textos). La clave de este juicio es que permite establecer el mismo debate del que hablábamos sobre Lolita acerca del papel de la novela y del escritor en la sociedad. Sólo que, si antes hablábamos de cómo muchos, en una sociedad democrática pero conservadora como Estados Unidos, tachaban a Nabokov de pornográfico y de apoyar a los pederastas (argumento que, como hablamos en el post anterior, es fácilmente desmontable), pero el libro, aunque sufrió numerosos problemas, consiguió ser publicado, aquí en el Irán antes de triunfar Joemeni, los islamistas quieren prohibir el libro -cosa que acabarán consiguiendo-, y sus oponentes tratan de convencer a los menos radicales y proclives a la literatura y al diálogo, o a aquellos que todavía no se han definido. Y el debate, esta vez afrontado desde el punto de vista de la moral radical islamista, se centra alrededor de si una novela en la que se habla de adulterio, actividades económicas ilícitas o el sueño americano (en una época y un tiempo done se ataca a todo lo que simbolizan los Estados Unidos) es una aceptable para que la lea el gran público. Y allí, Nafisi defiende el poder de la literatura no para ocultar o ensalzar ciertos comportamientos, sino que seamos nosotros quienes los juzguemos, pero al mismo tiempo destaca que Gatsby (y éste es el poder de la novela, el que hace que ésta sea una gran historia narrada por Fitzgerald, que para variar no se concentra solamente en describir las relaciones aristocráticas, sino que tiene realmente algo que contar) es un romántico que ha sido capaz de sacrificarlo todo, su identidad, su moralidad y hasta su vida, con tal de perseguir el sueño de un amor y de una situación idealizada, en lo que será el gran leitmotiv que presida la obra de Fitzgerald (y, probablemente, su propia vida): la pérdida de las ilusiones. El juicio a Gatsby marca un gran triunfo, el cual, sin embago, es inconsecuente porque, como dice la autora, todos (y todas) están empezando a convertirse en "irrelevantes".

La tercera parte aborda (desde el punto de vista literario) a Henry James, focalizándose sobre todo en "Daisy Miller" -un inquietante relato, todo hay que decirlo- y (en el apartado personal) el retorno a la universidad de la protagonista después de un período de ausencia, cuestiones que se entrecruzan con el relato histórico de la contienda entre Irak e Irán, con graves consecuencias para la población civil antes, durante y después del conflicto. A continuación, la cuarta parte se centra en Jane Austen y (cómo no) la política de matrimonios y de relaciones interpersonales bajo el régimen de Joemeni, así como en los planes de la autora para abandonar definitivamente su país. En estas dos últimas secciones (como en las anteriores, y en la entrevista a la autora años después de la publicación del libro que sirve de epílogo) se entrecruzan diversas formas de interpretación de los autores y novelas mencionados, a veces de formas originales y novedosas, y otras enlazando con el tema de fondo, que es la anómala situación que se vive en Irán. No obstante, tengo que reconocer que estas secciones se me hicieron más tediosas -algunos trozos, incluso, los tuve que leer "en diagonal"- por un defecto recurrente a lo largo del libro: a pesar de utilizar capítulos cortos, el texto se te hace largo porque te da la sensación de contarte de manera periódica lo mismo y de que nada nuevo o impredecible te van a narrar. Pero, claro, hay que reconocerle a este testimonio el valor de lo real (la realidad no ha de estar siempre tan bien estructurada como una novela), y también el hecho de que mucho más tedioso tuvo que resultarle a las protagonistas de estos sucesos sentirse encarceladas en su particular "Atrapado en el tiempo", en un retorno al medievo que habían de vivir cada mañana, un día sí y otro también. En ese sentido, puede que este libro no sea el más entretenido ni el más absorbente del mundo, pero tiene la relevancia de narrar desde dentro una serie de sucesos que cambiaron la vida de millones de seres para siempre. Y, sólo por eso, merece estar publicado y que la gente pueda acercarse a él, cosa que, hoy en día, desgraciadamente, no puede hacerse en Irán.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Cuentos de Navidad persas

Ahora que se acercan las celebraciones navideñas, os quiero llamar la atención sobre un tipo de celebración alternativa que tuve la suerte de vivir hace unos años, y que se aleja de las ideas tradicionales que tenenos en Occidente. Quizás porque tiene lugar en un sitio tan "poco navideño" como Irán, la antigua Persia.

Existen múltiples celebraciones para el solsticio de invierno, una de las cuales es la cristiana Navidad, pero podría decirse que cada cultura tiene una distinta. En la antigua Persia, la festividad se denomina Yalda, la cual -durante la teóricamente noche más corta del año (en 2012 se celebra el día 21)- transcurre con los familiares y amigos cercanos reunidos bajo el mismo techo, donde se juntan para comer alimentos típicos (incluyendo especialmente dulces, diversas frutas y frutos secos), cantar música tradicional, declamar poemas, y también para contarse cuentos. Hace unos años, tuve la suerte de asistir a la celebración de la Yalda que organizó una asociación iraní con sede en España, y allí es cuando escuché hablar por primera vez de Nasrudín y sus famosos cuentos.

Nasrudín -en palabras de la persona que me lo mencionó por primera vez- es un personaje cuya nacionalidad se la disputan varios países, pero él en general no se adscribe a ninguna. Antihéroe mítico, se caracteriza por un gran sentido del humor y una aguda ironía que le llevan a tomarse en broma todo lo que le pasa, lo que normalmente esconde alguna verdad en un tono más o menos satírico. Relatar todas las historias de Nasrudín sería imposible, porque debe haber miles, y se entremezclan con otros cuentos populares del foclore tanto oriental y occidental. Os narro tan sólo un par y os emplazo a una de las múltiples páginas web que tratan acerca de este curioso personaje de leyenda, que sin duda da para una noche de cuentos a modo de Decamerón, y que puede alternarse con otros relatos de Navidad más clásicos en nuestra cultura como los de Dickens o Paul Auster. Allá va la pareja:

Un amigo acudió a visitar a Nasrudín. Sin embargo, cuando éste llegó, Nasrudín se disponía a salir para visitar a otros amigos. Como su amigo había venido vestido informalmente, no tenía ninguna capa que ponerse, y Nasrudín accedió a prestarle una.
Acudieron a la primera casa y Nasrudín presentó a su amigo de esta manera: "Hola, he venido aquí con mi amigo Yusuf, y la capa que lleva... es mía".
El amigo se mostró muy molesto con esa afirmación y le pidió a Nasrudín que no revelara esta verdad en la siguiente visita. Así que, Nasrudín, en la casa de otros amigos, explicó: "Éste es mi amigo Yusuf, y la capa que lleva... es suya".
El amigo, doblemente enfadado, le prohíbió a Nasrudín volver a tratar el tema sobre a quién pertenece la capa. Así que, en la tercera vistia, Nasrudín indica: "Éste es mi amigo Yusuf, y la capa que lleva... ay, amigo Yusuf, ¿qué era lo que no tenía que decir sobre la capa?".


Nasrudín era fuertemente criticado por sus vecinos por no seguir el ejemplo de su padre, un hombre de gran piedad que había elevado un altar en un monte en honor a un hombre santo. Decidido a acallar a sus conciudadanos, Nasrudín partió encima de su burro para buscar un acto que le redimiera a los ojos de sus conciudadanos. Sin embargo, en mitad del viaje, su burro se murió, y Nasrudín se puso tan triste que comenzó a llorar amargamente. Pasó entonces por ahí su padre, que le preguntó por qué lloraba. Nasrudín le explicó: "Porque se me ha muerto el burro". Y el padre le respondió: "Ah, te entiendo. A mí me ocurrió algo parecido. Se me murió el burro, lo enterré y comencé a llorar junto a su túmulo". "¿Y qué ocurrió entonces?", preguntó Nasrudín. "Oh, fue muy extraño", contestó el padre. "La gente empezó a acudir y a rezar conmigo y a venir en peregrinación. Decían que allí había enterrado un hombre santo".


Y ésta, aunque podéis encontrarla en otros lados, no me resisto a contarla porque es de mis favoritas:

Nasrudín tenía tal fama de sabio, que la gente del pueblo quería que les impartiera alguna vez el sermón del viernes. Nasrudín siempre se negaba, pero tanto le insistieron que un día, finalmente, vencido por el halago, aceptó. Claro, Nasrudín se encontró entonces en el brete de decidir acerca de qué impartía el sermon, puesto que no tenía ni idea de qué contarles.
Aquel viernes, el pueblo entero acudió a la mezquita a escuchar el esperado discurso de Nasrudín, y éste seguía sin saber qué decirles. Así que finalmente les espetó:
-Bueno, sabéis lo que he venido a contaros, ¿no?
Y los otros, sorprendidos, negaron con la cabeza.
-¡Pues no!
Entonces, Nasrudín fingió sentirse muy ofendido y exclamó:
-¡Qué gente más ignorante!¡A gente como ésta no merece la pena darle el sermón!¡Me voy!
La gente del pueblo se quedó muy decepcionada y, claro, le insistieron en que volviera el próximo viernes a impartir el sermón. Nasrudín no quería pero, vencido por la vanidad, volvió a aceptar. En esta ocasión, les volvió a preguntar:
-Bueno,  ¿ya sabéis de qué os voy a hablar?
Y la gente del pueblo -que no tenía un pelo de tonta- respondió:
- ¡Sí!
Entonces Nasrudín replicó:
-Ah, pues si ya lo sabéis, no tiene ningún sentido que os lo explique.
Y Nasrudín volvió a marcharse. Pero claro, el pueblo no se había quedado satisfecho y le rogó por tercera vez que diera el sermón. Nasrudín preguntó de nuevo:
- ¿Esta vez ya sabéis de qué os voy a hablar?
Y los del pueblo, que habían aprendido, contestaron:
-Pues unos sí, y otros no...
A lo cual Nasrudín respondió lo que parecía evidente:
-Pues entonces, que los que lo saben se lo expliquen a los que no lo saben...

Feliz Navidad. Feliz solsticio. O feliz Yalda. Lo que prefiráis.