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lunes, 8 de junio de 2026

La historia corta de junio: "Ser protagonista de la historia sin saberlo"

         Hay veces en que no conocemos la auténtica causa por la que ocurren los acontecimientos y, por tanto, sólo tenemos una versión parcial de los mismos, de tal manera que nuestra interpretación resulta siempre sesgada y, las más de las veces, errónea.

         Como le ocurrió a aquel Boing 747 que despegó del aeropuerto de Tenerife Norte un buen día y, sin quererlo, se introdujo por un agujero de gusano que le hizo aparecer por la Palestina del año 1 después de Cristo en dirección este.

         El viaje temporal fue, en verdad, muy corto, pues, al poco tiempo, y antes siquiera de que los pilotos pudieran apercibirse del suceso (apenas detectaron un par de señales anómalas en la nave), volvieron a meterse por un agujero de gusano que les dejó en su localización original.

         Sin embargo, para entonces, el brillo y la estela de su avión al atardecer ya los habían visto unos cuantos millares de personas de unas cuantas civilizaciones en el mundo, y, bueno, como suele decirse… el resto es leyenda.

            Los pasajeros, ajenos a esto, siguieron haciendo su vida normal.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Las historias reales de diciembre: hilos de "llámalo X"

Para aquellos que no podéis o no queréis meteros en esa cosa rara en la que Elon Musk ha transformado Twitter, hilos de esa red social, accesibles para todos los ojos, y que tratan variopintos temas: por ejemplo, el hombre que quiso viajar al pasado para salvar a María Antonieta; el volcán que casi se carga una isla, dañó a un país, y que seguramente creó la tumba más grande del mundo; y cómo un gusano asqueroso es la inspiración para el símbolo de la medicina. De paso, ya que andamos de recopilatorios navideños, podéis explorar los distintos hilos que hemos publicado a lo largo de este año, o de los pasados. Que los disfrutéis.

lunes, 14 de octubre de 2024

La historia corta de octubre: "Niña sirena"

        Hoy ha salido la noticia en los periódicos: la niña sirena, esa monstruosidad de la naturaleza la cual fue operada con notable éxito por unos brillantes cirujanos para restituirle sus nunca poseídas piernas, ya ha dado sus primeros pasos.

          Cuando estaba en el vientre de su madre, la niña, lejos de tomar su condición como una aberración o capricho del destino, lo asumió como una condición ideal. Sumergida en el líquido amniótico, chapoteaba de un lado para otro, y lejos de dar pataditas, se dedicaba a bucear y a cerrar los ojos mientras se zambullía de nuevo en las cálidas aguas de color amarillento (algún día, al recordarlo, comenzará a darle cierto asco, al recordar que parecía y sabía a pis).

            Pero cuando nació, los médicos, sus padres, el mundo, la miraron con ojos asombrados. La vieron como lo que quisieron verla: un humano malformado. Pero se equivocaban. No era un humano: sino una sirena. Mientras constituía un animal mitológico, encajaba perfectamente con su ambiente y con su cuerpo. Considerada como humana, la transformaron en un monstruo. La operación, básicamente, la convirtió en efecto en humana: en efecto, en una humana más.

         Nadie le preguntó si quería dejar de ser sirena. Nadie le planteó la disyuntiva entre gatear y no poder saltar de la cuna (como sirena, en el mar, no hay vallas que te detengan), o seguir los bancos de peces desde el Atlántico al Pacífico. No pudo elegir.

           Hoy contempla sus piernas, con una desconcertante sensación de extrañeza, y sin saber si quejarse o si dar las gracias. Hoy, al dar sus primeros pasos, ha sido como volver a aprender a nadar.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Las historias reales de diciembre: hilos a tutiplén

Más hilos interesanes, para que podáis leerlos incluso los que estáis fuera de esa cosa llamada X: uno sobre la entrada al infierno; otro acerca de cuando Madrid fue la capital de Armenia; y un tercero en el que os desgrano cuál es la historia más antigua que conocemos. Espero que os llamen la atención, os hagan aprender un poco y, sobre todo, os diviertan. Un abrazo, nos leemos.

lunes, 12 de diciembre de 2022

La historia corta (y rescatada) de diciembre: "Deportividad"

Deportividad

                -Vemos cómo ahora el siguiente deportista coge el testigo de la antorcha olímpica… Corresponde al atleta keniata… vaya, debe haber algún error. O a lo mejor es keniata, pero un keniata blanco. ¿Tienes más información al respecto, Herm?

                -Nos llega la confirmación desde nuestros estudios centrales, Mart. Ha habido una alteración en el recorrido: el siguiente relevo es un deportista local. Aún no nos ha llegado su nombre, pero se lo ofreceremos a lo largo de la retransmisión.

                -Pues, y perdonen los espectadores, pero vaya vestimenta que lleva el tipo. Parece que acabara de salir de casa.

                -Bueno, Mart, hemos de recordar que, en estas latitudes, a veces la actitud puede llegar a ser un poco informal.

                -En todo caso, el hombre sale desde su posición… Arranca con buen ritmo. Se ajusta… no, no, no se ajusta. En realidad, se está saliendo del trayecto marcado. De hecho, se está alejando del camino que debía recorrer. Empieza a adentrarse por un bosquecillo, donde le perdemos de vista…

                -¿Pero dónde va?¿DÓNDE VAAAAA?

                Unos pocos minutos más tarde, el hombre penetró con la antorcha olímpica en una pequeña casa de una antigüedad indescriptible, donde una anciana -de antigüedad más indescriptible todavía-, vestida de negro de pies a cabeza, se encontraba sentada en una silla colocada de espaldas a la puerta, con lo cual no pudo ver al hombre entrar en la casa, aunque sus ojos revelaban que quizás, si la silla se encontrara situada en otra posición, tampoco le hubiera sido posible contemplarlo. La anciana, aún así, levantó de golpe las cejas (aunque no se levantó de su asiento) al escuchar el ruido procedente de la entrada.

                -¿Prometeo?¿Eres tú?

                -Sí, mamá –respondió el hombre que había entrado-. Ya he conseguido algo con lo que encender el fuego del horno. Espera un momento tan solo: la comida pronto estará…

lunes, 17 de enero de 2022

La historia corta de enero: Para torturar a un hombre, debes conocer sus placeres

Para torturar a un hombre debes conocer sus placeres

El último día fue más largo que ninguno. El problema era que eso hacía que el mañana no llegara nunca. Por tanto, no habría día siguiente: jamás enviarían las pruebas de laboratorio. Nadie acudiría en busca de los testigos que no habíamos encontrado hoy. Teníamos la pista fresca en el suelo, pero carecíamos de la herramienta del tiempo que, en ocasiones, resulta tan útil en las investigaciones. No podríamos atrapar al asesino si éste había huido a más de una jornada de viaje. Menos mal que tenía la suerte de que el culpable era yo. Menos mal que había decidido, aquella mañana, detener la noche, para así imposibilitar que cualquier otro me capturara. Menos mal que soy un dios todopoderoso, olvidado del mundo, pero, aun así, capaz de ejercer mi poder destructor:
–Y a pesar de todo –escuché la voz del hijo de puta a mi espalda– te he encontrado…

Esta historia fue compuesta para la XIV Edición de Getafe Negro, en un certamen de microrrelatos cuyas bases indicaban que había que empezar por la frase "El último día fue más largo que ninguno", inicio de la obra de Stanislav Lem "La fiebre del heno".

lunes, 15 de noviembre de 2021

La historia corta de noviembre: "Elogio de Milady de Winter"

 Elogio de Milady de Winter

                Todavía estoy esperando que, junto a la vindicación de Circe, de Maléfica, de Cruella de Vil y otras grandes villanas del cómic y la leyenda, lleguen las de algunas otras: la de Helena de Troya, obligada a servir como insensato instrumento de los dioses. La de las sirenas, que merecen el mismo reproche que los leones cuando comen carne. O a Milady de Winter, abandonada por un marido que ni siquiera se dignó a escuchar su historia, incomprendida, refugiada finalmente en la maldad de la locura como única manera de salir viva. En otra ficción, “Orange is the new black”, se insinuaba que buena parte de las presas se encuentran encerradas en las cárceles norteamericanas por culpa de algún hombre. Por otra parte, Sócrates decía que nadie se hace malvado por sí mismo. Todas esas villanas están esperando que alguien cuente su historia, y qué las ha llevado a estar ahí.

lunes, 25 de octubre de 2021

Las historias cortas de octubre: "El profeta y el dios".

El profeta y el dios

El profeta anunció vociferante: "¡Llega el fin del mundo!".
El dios se acercó a él, curioso, y, tras escucharle detenidamente, replicó: "Sí, en efecto. Pero no es como tú te imaginas".
Fue entonces cuando el oráculo tembló de verdad.

                                                        *

El rey se quejó ante el oráculo de que sus vaticinios eran escasos y que nunca le advertía de acontecimientos apocalípticos inminentes. El sacerdote respondió:
-Majestad, ¿preferís pagarme por los horrores que prediga, y que se hagan realidad, o porque dichas catástrofes no sucedan nunca?

                                                        *

El monarca le reprochó al oráculo no haberle advertido en su momento acerca de una mala decisión que estaba tomando:
-Majestad -replicó el vidente-, yo puedo avisar de los planes de los dioses, pero no puedo hacer nada contra la locura, la insensatez, y las pocas ganas de escuchar de los hombres.

lunes, 20 de septiembre de 2021

La historia corta de septiembre: "La historia alternativa"

La historia alternativa

 

         Sara notó un estremecimiento. Fue así, sin venir a cuento de nada. Se hallaba lavando la ropa en el río y, en ese momento, sintió como un viento gélido que la invadía hasta el tuétano. Alzó la vista hacia el horizonte y creyó ver un rayo, a pesar de que el cielo estaba despejado. Desechando aquellas estúpidas ideas, volvió a sus tareas para terminarlas antes de que se hiciera demasiado tarde.

         Aquel día, sin embargo, Abraham tardaba en llegar. Había salido con Isaac -no había dicho por qué, y Sara no le pidió explicación- y ya se acercaba el anochecer. Por fin, la puerta se abrió. Isaac entró muy rápido, con el rostro lívido, y Abraham cerró la puerta tras de sí, como si le persiguiera un espectro. Lo que más le inquietó a Sara, sin embargo, fue el cielo: a través de la ventana, veía cómo habían llegado negros nubarrones y, por entre los maderos de la casa, se colaba un viento ululante que amenazaba con arrancar la vivienda desde sus cimientos.

         -¿Qué… qué ha pasado?-preguntó Sara.

         -¡Dios está loco!-pronunció perturbado Isaac.

         Su madre le pegó una bofetada en cada mejilla:

         -¡Eso, por la blasfemia!

         -No le discutas -replicó Abraham, pesaroso-. Tiene razón.

         Sara no le hubiera mirado con más sorpresa si se hubiera transformado en un macho cabrío en ese momento.

         -¿Qué habéis hecho?-preguntó Sara, cada vez más inquieta.

         -Le he dicho que <<no>> a Yavhé. Y no se lo ha tomado muy bien -señaló allí afuera.

         Sara no entendía nada. De un instante a otro, todo su sistema de valores se había derrumbado por completo.

         -¿Y ahora qué hacemos?-inquirió desesperada.

         Abraham ya había empezado a realizar, con un carboncillo, unas extrañas marcas en el suelo.

         -Si te ha abandonado Dios… habrá que recurrir a la única opción que queda.

         Abraham remató el extraño dibujo de polígonos engastados uno dentro de otros en el suelo. En ese momento, un invasivo olor a azufre empezó a ocupar la habitación. Mientras afuera se desataba la madre de todas las tormentas, Sara se echó para atrás, buscando apoyo (para no caerse, pues empezaba a faltarle el equilibrio) en la pared de la habitación, mientras de las cada vez más intensas marcas en el suelo se alzaba un gas inquietante que iba transmutándose en una forma corpórea brillante, roja… y con cuernos.

         -¿Para-qué-me-has-convocado?-sonó una voz gutural que helaba la sangre, en un idioma sibilante que se entendía perfectamente, a pesar de que Sara no lo había escuchado jamás.

         Abraham, desde una posición inferior, mantenía la mirada gacha, y sólo alzaba la vista de manera cautelosa, como un animal agazapado.

         -Quiero ofrecerte un pacto. Uno con los hijos de Israel…

         Sara se llevó la mano al corazón.

         No sabía si temía más que aquella historia fracasara, o que, en cambio, saliera bien.

lunes, 17 de mayo de 2021

La historia real de mayo. Almerienses ilustres: Yuder Pachá, conquistador de Tombuctú.

No conocemos mucho del inicio de la vida de Yuder Pachá. Por no saber, no tenemos claro ni su nombre, que se escribe de diversas maneras (incluyendo "Joder" Pachá; por lo visto, "joder" era una expresión castellana frecuente entonces, y Pachá se refiere a uno de los títulos que recibió). Suponemos que su familia fue desterrada tras el levantamiento de los moriscos a mediados del siglo XVI en las Alpujarras, y fue así como acabaron en el pueblo de Cuevas del Almanzora. Durante una incursión turca en aquella zona fue capturado junto con otros trescientos muchachos. Desde allí, lo trasladaron a la corte del sultán Abd al-Malik de Marruecos. Allí fue castrado para convertirle en eunuco, los cuales eran muy apreciados porque se creía que su fidelidad no se veía obstaculizada por la lealtad hacia la familia. Poco a poco, el prisionero fue subiendo puestos en el escalafón, participando en varios episodios militares, incluyendo la Batalla de los Tres Reyes (ésa en la que murieron tres soberanos, incluyendo el rey Sebastián de Portugal, al cual, según la leyenda, nuestros vecinos lusos aún están esperando). Yuder Pachá sobresalió tanto en sus actividades que le acabaron nombrando caíd de Marrakech. Fue entonces cuando el nuevo sultán de Marrakech, al-Mansur (el anterior había muerto en la Batalla de los Tres Reyes), decidió volver su vista hacia el sur, hacia el África Occidental, para lo cual decidió contar con nuesto hombre.

En la zona a la que estaba dirigiendo sus ojos el flamante recién instaurado soberano se hallaba el denominado imperio songhay. Fue uno de los pocos grandes imperios africanos nativos, y también de los mayores imperios islámicos. El pueblo songhay había formado un estado que, de un modo otro, se mantuvo vivo durante 1000 años, aunque sólo a partir del siglo XV empezaron a adquirir independencia de Malí y conformar su reino propio, cuyo padre fundador fue Sonni Ali Berber. Aunque fue su sucesor, el califa Mohammed I, quien lo llevó a su máximo esplendor, tanto desde el punto de vista cultural (patrocinio de las artes, promoción de instituciones de sabiduría alojadas en edificios públicos creadas para ellas ex profeso) como del comercio. En ambos aspectos, iba a jugar un aspecto fundamental la ciudad de Tombuctú.

Decir Tombuctú es decir leyenda, apelar a un inextricable milagro. Quizás la fascinación y la evocación que provoca en nosotros su nombre sólo pueda expresarse con escenas como ésta que mencioné a propósito del libro "Océano mar", de Alessandro Baricco:

Uno de ellos es un oficial militar que registra todas las informaciones que le llegan de variados lugares del globo, conformando un catálogo del planeta que se mueve a medio camino entre la realidad y la ficción, entre lo verdaderamente vivido y lo solamente imaginado por una panda de borrachos, solitarios, locos y a menudo sabios que como término genérico vienen a denominarse con el nombre colectivo de "marineros". Entre ellos, uno que parece haber perdido completamente la razón, pero es capaz de revelarle a nuestro oficial que, en Tombuctú, las mujeres llevan sólo un ojo tapado porque de verles los dos, los hombres que las contemplasen (ante su inmensa belleza) se volverían completamente locos. Hasta que llega un momento en que el capitán le pregunta, intrigado, "¿Y cómo sabe usted eso?", y el marinero le responde, hechizado y hechizante:

-Porque yo los he visto.

Hasta el nombre de la ciudad se pierde en la leyenda. Según algunos, se debe a una mujer de honestidad a prueba de bombas que se llamaba Buctú, en cuya casa los viajeros solían almacenar su equipaje antes de transitar por tierras ignotas. Cada vez que les preguntaban donde habían dejado sus cosas, ellos respondían: "Donde Buctú", y de ahí el apelativo. Otros dicen que el tal Buctú era un esclavo, y hay muchas versiones mucho más prosaicas. Pero, en Tombuctú, está más que justificado darle siempre más veracidad a la leyenda.

Desde su fundación, Tombuctú fue un cruce de caminos de caravanas que traían toda clase de productos para comerciar. Del sur, de las minas del País de los Negros (como así se denominaba por las tribus que lo poblaban) procedían el oro, la fruta y el pescado del mar de Golfo de Guinea. Del norte, del Sáhara, llegaba la sal del mar Mediterráneo a través de las caravanas de tuareg. ¿Y en Tombuctú? Pues confluía todo. Tanto que, años más tarde, cuando se había perdido el origen de algunas de las mercancías, se acuñó el proverbio:

El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú.

Lo de la palabra de Dios es importante porque, con el dinero que se obtenía del comercio, los gobernantes fundaron mezquitas, madrasas y la universidad de Sankore, según se dice la más antigua del mundo, y que llegó a tener 25000 alumnos en su apogeo. La ciudad se convirtió en un centro de enseñanza y difusión del islam, y eso llevó aparejado muchos libros. Había una alta profusión de bibliotecas; tanto que, aunque en un inicio con motivaciones religiosas, Tombuctú acabó convirtiéndose en un refugio para la palabra escrita de cualquier tipo.

La universidad de Sankore posee una estampa representativa de la arquitectora por la que Tombuctú se ha hecho famosa en el mundo.

El imperio maliense y luego el songhay (también conocidos como askai, a partir del título que adoptó su gobernante supremo) fundamentaron su riqueza a partir del reforzamiento de Tombuctú como centro irradiador del comercio de la zona, lo que acabó por convertirla en un crisol de culturas (bereberes, árabes, mauritanos, bambas, tuareg). Sin embargo, para la época que nos ocupa, el reino se desangraba por culpa de sus problemas internos. En ese contexto, parte Yuder Pachá de Marrackech con unos 5000 guerreros y unos 8000 dromedarios, los cuales cargan, entre otras cosas, con cuatro cañones andalusíes. Uno de los problemas del imperio songhay (que había visto cómo tropas procedentes de Marruecos se habían estrellado anteriormente en sus repetidos conflictos con su vecino del sur) fue el exceso de confianza, ya que no creyeron que Pachá fuera capaz de cruzar el desierto. Pero nuestro amigo almeriense logró lo que otras expediciones no pudieron, gracias entre otras cosas a que controlaba los pozos de agua. Para cuando llegaron a las inmediaciones de la zona donde se asentaban sus rivales, en la región de Tondibi, Yuder Pachá tenía muchos condicionantes en contra: los songhay les plantaron un ejército de más del doble de efectivos; las tropas marroquíes -o saadíes, por la dinastía que los gobernaba- estaban cansadas y, para colmo, se lo jugaban todo en ese enfrentamiento, pues si el sultán de Marrakech les había mandado allí era porque su nación se encontraba al borde de la ruina y necesitaba las riquezas de Tombuctú para prosperar. Aun así, la batalla se saldó con una impresionante victoria para Yuder Pachá debido a la superioridad marroquí en armas de fuego. De hecho, los askai habían enviado miles de cabezas de ganado contra los saadíes para compensar este factor y, ante el rugido de los cañones, éstas entraron en estampida, causando buena parte de las bajas del ejército derrotado. Tan significativa fue la contienda, que durante mucho tiempo en la zona se conoció a los invasores con el mismo nombre que las armas con las que les habían avasallado: literalmente, el pueblo "arma", que deriva probablemente del castellano (las tropas marroquíes llevaban a muchos andalusíes y renegados procedentes de Europa) o del vocablo árabe ar-rumah, el cual significa "fusilero".

Yuder Pachá estableció entonces un gobierno títere que manejó el territorio correspondiente al pretérito imperio songhay. Sin embargo, quedó muy decepcionado: Tombuctú no era lo que esperaba que fuera. Sin duda el saqueo que llevaron a cabo sus tropas contribuyó a ello, pero seguramente también la falsa concepción que tenían los invasores de la legendaria ciudad; ellos creían que era un lugar cargado de oro y, como hemos mencionado antes, en lo que consistía era un centro de comercio. Allí se quedaba el dinero, el cual se invertía en bibliotecas y cultura. Al final, en efecto, Tombuctú era el lugar de los libros y de la palabra de Dios. Y, con seguridad también, de las mujeres hermosas.

¿Qué pasó entonces con los distintos protagonistas del conflicto? Los marroquíes imperaron durante un tiempo sobre el territorio, pero como nunca llegaron a controlar del todo la mina del oro, al final les salía económicamente poco rentable y abandonaron a los suyos a su suerte. El imperio se fragmentó en varios pequeños reinos, y cayó en una lenta pero irreversible espiral de declive. Durante mucho tiempo, la ciudad de Tombuctú se mantuvo vedada a no musulmanes. Ello incrementó todavía más los mitos alrededor de la urbe. Varios europeos que exploraban el recorrido del río Níger llegaron a epentrar en ella, pero sólo René Caillié volvió vivo a su país para contarlo (aquel entorno era y sigue siendo peligroso) y escribir un libro al respecto. La fama de Tombuctú se hizo mundial, y desde entonces ha acudido gente de todo el mundo a visitarla. Sin embargo, la ciudad tiene problemas. A las inundaciones periódicas del río Níger que dejan en ocasiones aislados a sus habitantes, y las tormentas de arena procedentes del Sáhara (que, si los vaticinios de los expertos se cumplen, sepultarán la urbe en el año 2100), se une el problema de los grupos terroristas que han ocupado en el pasado reciente la ciudad, y aún mantienen en jaque el moderno país de Mali. Esta situación ha por supuesto disminuido la llegada de turistas -sobre todo de aquellos que no se dan cuenta (como le pasó a Yuder Pachá) de que la riqueza de Tombuctú no está en sus casi inexistentes palacios, sino en su papel como guardián de la sabiduría- y ha puesto en peligro su papel como depositario de la cultura, aunque hemos podido escuchar historias heroicas de hombres valientes que se han dedicado a salvar miles de libros de los fundamentalistas. Los amantes de la literatura tenemos depositada nuestra esperanza en gente así.

Mientras tanto, los "arma", o aquellos descendientes andalusíes de las tropas que acompañaban a Yuder Pachá, perdido el papel de gobernantes en la llamada curva del Níger, siguieron ejerciendo el poder como caciques locales hasta que, finalmente arrebatado, se convirtieron en una etnia más, aunque muy entremezclada con los songhay, con los que generaron una descendencia mestiza. Sin embargo, siguen conservando su cultura, la herencia de la figura de Yuder Pachá, y también emplean ciertas palabras que derivan del castellano y del árabe, reivindicando el inesperado legado que un esclavo almeriense dejó allí.

¿Y qué ocurrió con nuestro héroe? El título de Pachá lo adquirió a partir del dominio de aquella región del mundo. El sultán de Marrakech desconfió de sus mensajes -acompañados de un poco de oro y algunos esclavos- acerca de que no había encontrado grandes riquezas en Tombuctú, pero posteriores incursiones militares en la zona le convencieron de que no había mucho que rascar en el nuevo territorio saadí. A pesar de todo, algo debía de desconfiar, pues el caso es que cambió varias veces de persona a cargo del título de pachá por aquellas tierras, aunque el almeriense por lo visto manipuló a todos ellos desde arriba, y hasta mandó asesinar algunos. Finalmente, muchos años más tarde, Yuder Pachá regresó a Marruecos cargado de riquezas. El problema fue que el sultán al-Mansur murió y, tras una serie de luchas intestinas entre sus herederos, el sucesor del sultán no estaba seguro de la lealtad de Yuder Pachá y finalmente le cortó la cabeza. Así fue como terminó la vida del hombre al que nunca le ha sido reconocido lo suficiente su gesta, la conquista de Tombuctú, aunque ello por desgracia instigara su decadencia.

domingo, 28 de marzo de 2021

La obra del teatro de marzo: "El telón de Aquiles"


Conocí al grupo de teatro "La Fragua y la Luna", a través de una amiga, cuando todavía eran un colectivo amateur. Disfruté de sus representaciones de La venganza de Don Mendo y El método Grönholm, entre otras, y cuando me enteré de que tenían representación ahora mismo en Madrid, en la zona de La Latina, me apunté inmediatamente para averiguar con qué querían sorprendernos.

Su nueva obra, "El telón de Aquiles", posee una temática muy familiar, aunque hará las delicias tanto de niños como de mayores. Con guiños para todos los públicos, la obra se centra en un actor con bastantes inseguridades que se ve obligado a cerrar su teatro ante todos los problemas derivados del coronavirus. Sin embargo, el protagonista va a tener la suerte de encontrarse con una serie de mitos griegos los cuales, volviendo a las esencias fundamentales de la representación escénica, van a aleccionarle sobre lo que ha de hacer a partir de ahora. Y, de paso, nos van a regalar un buen rato a todos nosotros.

La obra contiene un guión que no sólo hila fino en bromas y recursos, sino que constituye todo un homenaje al teatro, a los clásicos griegos, y en general al arte de zarpar en busca de tus sueños. Y los cuatro actores participantes le echan desparpajo y oficio a partes iguales a la hora llevar a buen puerto este Argos, que volverá con un vellocino de oro triunfante entre manos.

Habrá más representaciones de "El telón de Aquiles" en marzo y abril, y las entradas pueden conseguirse a través de este enlace. El teatro cuenta con medidas de seguridad contra la COVID-19, que permite que que el riesgo, si no cero, se vuelva mínimo, con lo cual constituye en una actividad muy recomendable para los niños (y no tan niños) en tiempos de pandemia. Espero que la disfrutéis.

Y, ya sabéis lo que dicen del teatro: lleva 2000 años en crisis desde los griegos, y ahí sigue. Por algo será. Nos vemos en las tablas.

lunes, 1 de marzo de 2021

La historia corta de marzo: "La elección de Aquiles"

Dicen que Aquiles estaba destinado a tener una vida efímera y heroica antes que una larga y reposada. Su madre trató de apartarle de la primera alternativa disfrazándole de la mujer cuando Ulises buscaba reclutas para la guerra de Troya, pero su elección por las armas, antes que por las joyas (en una estratagema que urdió el de Ítaca para identificarle), reveló a Ulises la argucia y obligó al héroe a partir a la ciudad donde se escondía Helena. Alguien dijo una vez que Aquiles, después de muerto, dejó de estar obsesionado por la fama imperecedora y se preocupó más por las cosas que había dejado atrás cuando estaba vivo: entre otras, la familia. Pero pocos recuerdan que, una vez, Aquiles estuvo a punto (y tuvo la posibilidad) de elegir. Durante el largo diálogo que se detalla en la Ilíada, Aquiles -encabritado aún por el desaire que le había infligido Agamenón, por el cual permanecía en su tienda, ajeno a la batalla- empieza a reflexionar sobre esa dicotomía a la que parecía circunscrita su vida desde el principio, y da a entender que quizás sea hora de apartarse, de abandonarlo todo, de tomar la vía pacífica que siempre pareció la segunda opción. Que, quizás, ésta sea una existencia más cómoda, con la que un futuro de felicidad se presume asegurado. Luego tiene lugar la muerte de Patroclo; entonces, los acontecimientos se precipitan, y tienen lugar por el único espacio que ha quedado libre, sin posibilidad de huida. ¿Deja la historia de Aquiles una conclusión? Nuestros destinos se hallan siempre abiertos hasta que traspasamos una encrucijada tras la que se hunde el camino, o tiene lugar un hecho que vuelve cualquier trayecto irreversible. Pero recordemos que, hasta ese último momento, incluso el épico Aquiles tenía capacidad de decisión. Así que, si él pudo elegir, ¿quién no?

lunes, 27 de julio de 2020

La historia corta de julio: "El verano de su vida"

En el verano de su vida, al dios de la evolución le revelaron: "Hey, ya ha empezado el verano en la Tierra".  Lo curioso de las estaciones es que también se notan en el mar. No en el fondo marino, donde todo persiste inalterable, en esa paz y tranquilidad alterada esporádicamente por tormentas tan colosales que en tierra firme no podemos ni imaginar Pero en la zona más superficial sí hay alteración de las temperaturas, crecen otro tipo de flora y de microfauna... Esas cosas que hacen que el océano siga siendo uno de los lugares más misteriosos y fantásticos del cosmos.

Y, en una de ésas, nada un pez que pasaba distraídamente por allí y, atraído por el calorcito, asciende a un nivel superior. Y, una vez arriba, contempla a través de la superficie del océano el cielo azulado y, a lo lejos, una porción de una islita que está aflorando y se pregunta a sí mismo (del modo posible en que más o menos se lo puede preguntar un pez), "¿por qué no?".

Hubiera estado muy bien, porque ese pez tenía, sin saberlo, los genes que le hubieran permitido evolucionar sobre la superficie para crear una especie avanzada que además fuera poseedora de una gran empatía, enorme inteligencia, alta solidaridad con el planeta, e increíble compenetración entre sus miembros.

Pero al dios de la evolución le advirtieron, "Hey, se acabó el verano", y el dios, apesadumbrado, lo dejó para otro año. De un manotazo, dio por concluido el experimento, y mandó cerca del pez a un tiburón para que se lo comiera.

Lo que el dios no sabía entonces es que aquel pez, aún en el estómago del tiburón, luchando a aleta partida por la decisión entre la muerte y la vida, también se encontraba en el verano de su vida. Y que tenía la intención de disfrutar de las buenas temperaturas un rato más.

lunes, 1 de junio de 2020

Cuatro recomendaciones de junio, sobre libros de los que no os voy a contar (casi) nada

Ya conocéis mi teoría sobre que hay libros a los cuales es mejor aproximarse sin tener ideas preconcebidas sobre los mismos. Así que os presento unos pocos de los cuales, por supuesto, os voy a revelar lo menos posible:

-"Sin sangre", de Alessandro Baricco. No sólo me callo porque lo crea mejor sino porque, además, parte de la intriga del libro consiste en subirse del golpe al carro y dejarse llevar por lo que va pasando. Además, ya os digo que el misterio que se plantea durará poco, más que nada porque este intenso relato se devora en un pis-pas.



-"La Tierra Larga". Si dos reconocidos autores de la fantasía y la ciencia ficción como Stephen Baxter y Terry Pratchett (de este último somos incondicionales en el blog) aúnan esfuerzos, sólo puede esperarse algo muy loco. Y, en efecto, han creado una "ida de olla" tan sugerente que merece la pena que la descubráis por vosotros mismos, junto con todas sus posibilidades y -esto cabe advertirlo- continuaciones. Ya de paso, os podéis acercar a "The unadultered cat", de Pratchett, que tampoco necesita presentación porque el título ya lo dice todo, y que os va a encantar tanto si amáis a los gatos como si los aborrecéis.


-"Arte", de Yasmine Reza. Muchos la conoceréis porque se ha representado con frecuencia en el teatro, interviniendo en ella actores de reconocido prestigio como Josep María Flotats, Carlos Hipólito, Ricardo Darín, José María Pou, Albert Finney, Alan Alda, Alfred Molina, Jean-Louis Trintignant, Jean Rochefort, Enrique San Francisco, Luis Merlo, Javier Martín o Alex O`Dogherty, entre otros. La obra, cuyo libreto puede encontrarse a la venta y en bibliotecas, tiene un argumento que no necesita nadie que lo descifre (parte de un grupo de amigos, uno de cuyos miembros adquiere, a cambio de una ingente cantidad de dinero, un cuadro en blanco), aunque sí que os puedo adelantar que, a pesar de tratar aparentemente sobre la pintura y el mundo del arte, en el fondo discurre sobre otra clase de temas, incluyendo sobre todo la amistad.



-"El libro de los seres imaginarios", de Jorge Luis Borges. El título, lejos de metáforas, resulta completamente autoexplicativo (no consiste ni mucho menos en una obra de ficción, sino una breve enciclopedia de las criaturas ideadas por la mente del hombre) así que, ¿para qué profundizar más? En este caso, no disfrutaréis tanto con el estilo literario de Borges como de su erudición. Lo cual, a decir de este lector, no es poca promesa, y aumentará vuestro conocimiento sobre esa clase de entidades que sabemos que no existen y, aun así, nos entusiasman.


Seguiremos no-explicando. Nos leemos, más que nos comentamos. Un saludo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Las historias cortas de diciembre (e inicio de enero). Regalos de musa.

Dos nuevos regalos de mi musa a domicilio, que espera que os hagan afrontar con alegría el final e inicio de año. Un saludo en estos días tan llenos de magia... de todos los tipos, también la que procede de medios digitales.



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ABRACADABRA, PATA DE CABRA!
Y el fauno se desestabilizó y se cayó de culo.




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Una señora muy hacendosa vive dentro del pendrive. Siempre pregunta: ¿Quieres reparar esta unidad? Y se sienta de nuevo aburrida y ninguneada cuando le dices que no. Con su mandil de flores, plumero y destornillador, frota con desgana los circuitos, esperando otra instrucción. ¡Hora de guardar! Suenan las alarmas y llegan raudos, volando, los datos, bit a bit, mientras los caza al vuelo como un ninja y los coloca, ordenados, en su lugar. Hace esto cumplidora, porque cree que es su labor, aunque tú seas tan ceporro que te niegues a extraerlo, de manera segura, del complejo ordenador. Satisfecha, recoge los archivos viejos e inservibles y los acumula en un rincón. Un día esa montaña es demasiado grande y sale un mensaje aterrador: ¿desea desfragmentar la unidad? “¡No, no!”, grita ella, “¡eso es lo peor!”. Pero el usuario cliquea: “Yes”, y el tiempo se paraliza… “Adiós, adiós….”

lunes, 7 de octubre de 2019

Circe y sus demonios

Esta historia (o reflexión, como queráis llamarlo) comienza con los agradecimientos de mi tesis. Para los no iniciados, ésta es en muchos sentidos la parte más importante del documento final que se entrega a un tribunal especializado con el propósito de obtener el título de doctor. Esta sección tiene relevancia por dos motivos: primero, porque allí tus jefes y compañeros van a ver recompensados los esfuerzos de haberte aguantado y ayudado durante un período de cuatro a seis años y, dos, porque debido al contenido científico de la tesis, estas pocas hojas resultan lo menos complicado del texto y por tanto lo único que muchos van a leer. En mi caso, yo personalmente me sentía un poco cansado del formato clásico que consiste en soltar una larga ristra de nombres, dedicándoles unas pocas palabras amables para cada uno. En ciertos sentidos, me recuerda a las invitaciones de una boda: llega un momento que, entre los imprescindibles, los que te apetecen, los necesarios, las obligaciones, y una larga colección de gente que a tú crees que no deberían estar en la fiesta, pero que se sentirían mal si no contaras con ellos (en mi caso, el de la tesis, las cuestiones se complicaban más todavía), se acumulan fácilmente de trescientos a mil invitados, que es justo lo más parecido que yo me imagino a un infierno hecho boda. Quizás por eso, cuando me ha dado por la ocurrencia de casarme, he organizado sólo celebraciones particulares, pequeñas, con diminutos grupos de amigos separados, reservando sólo una celebración más grande para la familia porque no encontraba mayor manera de subdividirlos. La cuestión es que, para la tesis, tomé una decisión que me pareció más adecuada: no nombraría a nadie en concreto (salvo los directores de tesis, porque su implicación era evidente), sino que sólo mencionaría de modo general a la familia, los amigos y los compañeros de laboratorio. El argumento era sencillo: los que realmente se lo merecían se sentirían incluidos (como escribí en el texto, "ellos ya saben quienes son", y no es una frase hecha, sino que procuro que lo sepan), y los que no, al menos no se sentirían rechazados o podían tratar de creer (o convencerse a sí mismos) de que también iba por ellos. La segunda elección que tomé fue la de dar un cierto tono literario a los agradecimientos, para de ese modo hacer la lectura más amena (me permitía, además, ser más atrevido con las metáforas, que para mí era la mejor forma de homenaje a mis seres queridos). Para ello, escogí comparar la tesis con un viaje (en cierto modo, en muchos modos distintos, lo es), y en concreto con la Odisea, la madre de los viajes literarios. En un momento determinado, nombraba -aquí llegamos al quid de la cuestión- a aquellos compañeros que, como hábiles marineros trabajando en equipo, velando los unos por los otros, me habían advertido de la presencia de algún Polifemo o alguna Circe. Ambos eran personajes genéricos y abstractos (no había nombrado a los compañeros elogiables, así que obviamente no iba a mencionar a los que detesto), y se referían a las adversidades que localizas a lo largo del camino: Polifemo, el gigante de un solo ojo que está a punto de devorar a los protagonistas de la Odisea, y Circe, que transforma a los compañeros de Ulises en cerdos, encantamiento del que se libra el héroe aqueo gracias a una protección especial que le otorga Mercurio. De todas formas, por razones históricas y circunstanciales, la gente (ya sabéis cómo es) quiso pensar que Circe representaba a una persona con nombres y apellidos del laboratorio, y tuve que responder un par de veces por esa referencia. Fue entonces cuando un amigo me trajo a colación una particular versión del mito de Circe. Él decía que, en el fondo, Circe no era la villana de la historia, a pesar de que en las múltiples versiones que se han hecho de la Odisea se la pinte así. Circe, en efecto (ejercía de abogado defensor mi amigo), convirtió a los compañeros de Circe en cerdos pero, ¿qué otra cosa iba a hacer cuando un grupo de hombres fornidos y armados se plantaron en su isla?¿Qué hubiera hecho una débil e indefensa mujer en su sano juicio ante una banda de  que podía abusar de ella, o tal vez algo peor? En cambio, reclamaba mi amigo, Circe al final acaba congraciándose con Ulises, enamorándose incluso de él, y le proporciona indicaciones para el resto del camino con el objeto de hacer más seguro su viaje y conducirle sano y salvo hacia su destino. En aquel momento, yo tenía bastantes objeciones que replicar al alegato de mi amigo, tanto si en su interpretación se refería a la supuesta persona del laboratorio que habría inspirado a Circe, como respecto a la propia hechicera en sí. Al fin y al cabo (pensaba yo) Circe era una maga poderosa, en principio superior en fuerzas y habilidades a los miembros de la expedición que llevaba perdida desde la guerra de Troya, y había sido un exceso convertirles en comestibles cochinillos sólo por si acaso, sin darles siquiera la posibilidad de explicarse. Pero luego, poco a poco, empecé a congraciarme con la idea, y no sólo porque observé que había gente tan de acuerdo con esa teoría que le había puesto el nombre de Circe a sus hijas. Y es que, con tantas cosas que hemos visto en este mundo, tanto a nivel tanto individual como colectivo, tantas veces, tantas bandas de soldados descarriadas, tantas manadas malditas y desenfrenadas, es natural que Circe, por mucho poder que supuestamente poseía (que quizás no era tanto, aunque tal vez me lo pareciera debido a lo sugerente del personaje), Circe, en fin, tuviera miedo, como casi cualquier mujer ante la brutalidad cruel que en ocasiones pueden exhibir los iracundos machos, y creyera que, en caso de duda, siempre es mejor prevenir que curar. La desconfianza: atacar primero para que no te ataquen a ti. El principio a veces tan excesivo que llamó a muchos americanos a creer en la falsa guerra de terror de George Bush (falsa porque sus propósitos eran distintos a los que prometía), o a que armemos una coraza de púas a nuestro alrededor que impide que nadie pueda dañarnos, a costa de nuestro contacto con los otros. Conforme reflexioné sobre esto, pensé también en la multitud de ocasiones en que la desconfianza nos hace perder el tiempo en esfuerzos inútiles (entre otras cosas, por imposibilitar el trabajo conjunto), o evita que llevemos a cabo acciones mucho más productivas que las que desarrollamos cuando  no nos hemos deshecho aún de los recelos iniciales. En ese sentido, se incluyen en esta categoría todo el trabajo defensivo de los estados para desarrollar ejércitos (la Guerra Fría al completo fue una pérdida de energías a escala mundial), las competiciones entre colegas que se pisan los méritos en sus respectivos empleos, las negociaciones entre partidos políticos y sectores sociales, y un largo etcétera. Claro que hablo de desconfianza incluso suponiendo que todos los actores tienen intenciones honestas y apuestan en conjunto por el bien común: si ya mencionamos a individuos sin escrúpulos, con intereses egoístas, frente a los que la desconfianza se encuentra plenamente justificada, entonces ya ni hablamos. Medité entonces, a continuación (como una sucesión en cadena de pensamientos) sobre hasta qué grado la desconfianza es o no la moneda común entre personas que contactan por primera vez (cuando conoces previamente a la persona, entonces puedes recelar o no, pero con razones fundadas), y si no nos iría mejor en general si concediéramos la presunción de inocencia desde un inicio. Y los primeros ejemplos que me vinieron a la mente fueron los encuentros entre pueblos que en un principio se hallaron incomunicados entre sí y cuyas vidas acabaron por cruzarse. Me vinieron a la mente las imágenes de navegantes, exploradores, conquistadores. Comerciantes, viajeros, trabajadores en busca de un salario. Turistas, mochileros, inmigrantes. El continuo y eterno viajar, y las interacciones, positivas y negativas, que se producen durante el proceso.

Recuerdo, a propósito de este asunto, una visita al Museo Nacional en Zürich, Suiza. Allí, se intentaba (quizás para revertir el sentimiento de xenofobia que está creciendo en los últimos años en ese país concreto) dar relevancia a los hombres que han hecho grande a Suiza desde su variada procedencia de distintos países de origen, y que constituyen casi todos los grandes prohombres del país: Hermann Hesse (alemán), Nestlé (también alemán), Maggi (italiano). Un panel del museo agregaba, aleccionador: "Todos los humanos procedemos de África. Salvo allí, nadie pertenece de verdad a sus países de nacimiento. Todos somos inmigrantes". Una idea parecida me vino a la mente cuando me comentaron el reciente descubrimiento de que todo el oro del universo -y los metales pesados, en general- proviene de explosiones masivas producidas a partir de colisiones de estrellas de neutrones (sé que la relación parece extraña, pero no se preocupen, todo tendrá su explicación). Desde allí, el oro ha viajado para acabar en las minas de la Tierra donde reposa el sueño de los justos y es extraído (dado su escasa utilidad industrial) para dar brillo a las joyas de quien pretende mostrar poder, o acabar fundido en lingotes para ser escondido en otra mina bajo tierra -en ocasiones llamada banco- donde también duerme el sueño de los justos, y sirve para hacer creer a algunos que son poseedores de riqueza y para demostrar poder también. Es decir, en el fondo -y volviendo al tema que nos ocupa-, el oro es un inmigrante llegado a la Tierra, como quizás las primeras moléculas de la vida, como Superman, con todas las implicaciones filosóficas que estos diversos hechos lleguen implicar (¿por qué, preguntado sea de paso, nos entusiasman tanto tanto las cosas que brillan?). Pero es que (reflexioné también), en el fondo, todos los elementos químicos son en su origen exógenos a la Tierra. Salvo el hidrógeno, todos los elementos generados (el helio y el litio durante el Big Bang, el resto en el interior de de supernovas y estrellas) lo han sido a partir de procesos de fusión nuclear en ambientes muchos más calientes de los que alguna vez ha poseído la Tierra. Es decir, como se ha proclamado tantas veces, somos polvo de estrellas, restos de los eventos cósmicos que han tenido lugar en el universo. Y esos inmigrantes de distintas procedencia han tenido forzadamente que contactar unos con otros. En el caso de los elementos químicos, vemos sus interacciones como algo natural, ya sea mediante reacciones químicas, enlaces, repulsión o explosiones. En el caso de los humanos, en cambio, resulta un poco más complicado. Sobre todo por los daños que las explosiones generadas pueden provocar entre ellos.

Desconfianza. Desconfianza (o al menos cierta precaución) hubo la primera vez que los indígenas americanos contactaron con los europeos que arribaron alrededor de los siglos XV y XVI a sus tierras. Por eso les enviaron lejos, en busca de lugares donde, según decían, se acumulaban oro (mira, otra vez el oro) y riquezas míticas, que siempre estaban muy lejos, siempre al oeste, siempre en otro lugar que no era allí. Eso, porque no les conocían; si llegan a saber lo que los europeos pretendían, seguramente no hubieran tratado de engañarlos, sino que los hubieran liquidado allí mismo. En un ejemplo más actual, en los países africanos, hoy en día, los lugareños de lagunas regiones se muestran recelosos ante los sanitarios occidentales que vienen distribuir vacunas, porque saben que, en ocasiones pasadas, los servicios secretos del Primer Mundo aprovecharon este sistema para recabar información, y ahora ya no se fían ante los voluntarios que pretenden prestar servicios de prevención sanitaria a niños y ancianos, aunque éstos acudan con la más desinteresada de las intenciones. Hasta puede que hubiera quizás también desconfianza en la actitud de Circe tras congraciarse con los griegos pues, ¿quién nos dice que, una vez descubierta, no fingió el amor con Ulises -que no era tampoco un santo, precisamente, como tampoco lo eran sus hombres- para evitar una violación en grupo, y sólo les mandó en un seguro viaje de vuelta como la mejor manera de quitarse de encima a todos ellos, de asegurarse de que no les volviera a ver? Desconfianza surgida de la decepción, de las malas experiencias, de la desdicha, del conocimiento del género humano. A veces, como hemos dicho, contraproducente, porque te impide realizar esfuerzos conjuntos, pero en ocasiones imprescindible, porque sabemos cómo es el otro, porque sospechamos que, si le damos la mano, amenazará con arrancarnos el brazo, porque en un alto porcentaje tenía razón Hobbes cuando pontificaba aquello de que "el hombre es un lobo para el hombre"... Y, sin embargo, existe una noción evidente: si todos nos preparamos para la guerra, entonces ésta se convertirá en inevitable. Con lo cual, la única consecuencia lógica es luchar en favor de la paz. Sin embargo, y en un desenlace previsible de la teoría de juegos, todas nuestras acciones van encaminadas a no constituir, en una hipotética batalla futura, el único y doliente perdedor. Lo cual nos lleva inexorablemente al enfrentamiento y, por tanto, a que caigamos derrotados todos. Destrucción mutua asegurada. Como casi ocurrió en la Guerra Fría, donde la paranoia con que el otro pudiera atacar primero estuvo a punto de conducir a que el mundo entero se extinguiera de una vez.

En este sentido, embriagan y llenan de alegría aquellas situaciones, excepciones históricas, donde la base del encuentro de los pueblos no es la desconfianza ni la lucha sino, por el contrario, la confianza o la colaboración. Hace poco, estuve en la región de Misiones, en Argentina, donde se destacaba el experimento sociológico -involuntario como experimento, aunque no por ello menos atrayente- tan original en el que los jesuitas crearon poblados (las llamadas "reducciones") para enseñarles la cultura occidental a los indígenas, incluyendo la lengua castellana y un oficio, con el objetivo de que pudieran ser dueños de su propio futuro en el día de mañana. Desde nuestro punto de vista moderno, tal actitud por parte de los religiosos nos puede parecer paternalista -y sin duda lo era-, pero lo que pretendo destacar es que la interacción no era exclusivamente unilateral: los indígenas tomaban las enseñanzas que les impartían los jesuitas (sobre todo en el arte y la música) y las reinterpretaban a su modo, y los sacerdotes hicieron un esfuerzo por aprender y conservar el guaraní, la lengua de sus aplicados alumnos. Desde luego, no era una relación de igual a igual pero, para los siglos XVII y XVIII, constituía, desde luego, como intercambio cultural, de lo más avanzado que había. Aunque para mí hay un ejemplo todavía más impactante. En ese mismo viaje, estuve en una región situada al noreste de la Patagonia, donde en el siglo XIX se fundó una colonia por parte de viajeros galeses. Una cuestión a destacar es que, durante los primeros tiempos, no tuvieron contactos con los nativos de la región. Y eso que los tehuelches (así se denominaban los aborígenes de aquella zona) las habían tenido crudas con los colonizadores previos; entre ellos, los españoles, uno de cuyos fuertes asaltaron para arrasar a cuchillo con todos sus ocupantes. Pero claro, la actitud de los españoles había sido otra: ellos eran hombres armados, como los hombres de Ulises. Los europeos disparaban y después preguntaban, con el mismo axioma en el que se basaba la desconfianza de Circe (o porque querían conquistar esa tierra a toda costa, como de hecho llegaron a lograr). En cambio, los galeses portaban herramientas de labranza; araban la tierra, se habían traído consigo a sus mujeres y niños. Aun así, el contacto se demoró un período de hasta dos años, momento en que una pequeña representación de tehuelches aparecieron en mitad de una boda galesa trayendo unos cuantos dulces. A partir de entonces, y a pesar de que se produjeron una serie de desencuentros y roces, en general hubo una coexistencia pacífica entre ambos grupos, incluso una cierta colaboración: los galeses les enseñaron a los nativos a cultivar la tierra, mientras que éstos les mostraron a los antiguos antiguos británicos cómo dar caza a los animales de la zona. Quizás la superación de la desconfianza sea esa: no pensar tanto en la intranquilidad que el otro genera, sino en qué puedes hacer tú por él. No responder al miedo con el miedo, o al temor de la agresión con la agresión; sino más bien al contrario, dejarlo descolocarlo, superando las barreras al ofrecer lo contrario de lo que esperan. Dar, como mejor manera de que luego ambos sean capaces de recibir. Quizás sólo se trata de que Circe escuche sólo un par de segundos antes de convertir a los hombres en cerdos, para al menos confirmar o desmentir si se merecen permanecer en esta guisa. Tal vez el camino para erradicar la desconfianza y, por tanto para la paz, es que nos arriesguemos un poco a perder (o perdamos un poco) para así darnos una oportunidad también a nosotros mismos. Porque sólo si trabajamos juntos, en este mundo cada día más interconectado y complejo, en el que todas las soluciones son globales, seamos capaces de conservar una mínima posibilidad de ganar.

lunes, 22 de julio de 2019

El relato de julio. Cuentos fantásticos (IX): "Mi sermón de la montaña".

Mi sermón de la montaña

            La vida no se acuerda de los personajes que desaparecen.

            O eso me dije a mí mismo cuando, al dar un paso en dirección hacia adelante, desaparecí (como en aquella primera novela de Asimov) en mitad de las calles de Manhattan, cuando salía de mi trabajo en Wall Street en dirección a la casa de mi amigo el rabino, con el objetivo de asesorarme un poco sobre la compatibilidad de ser judío y negociar ardientemente en bolsa. Pero desaparecí, y como no tenía familia, ni muchos amigos, supongo que nadie me echó demasiado de menos. Quizá publicaron mi necrológica, quizá no. Nunca me enteré.

            En todo caso, cuando terminé de dar ese paso hacia… ¿adelante?, estaba en otro mundo. O al menos, en otro lado del antiguo. En mitad del desierto, un desierto de roca y piedra, rodeado de riscos y de agrestes montañas, en medio de ninguna parte, con mi pulcro traje de Armani, y unos zapatos que, a cada paso iban tiñéndose cada vez más de polvo. En aquel momento, no hallé nada que me diera ninguna pista sobre dónde había aterrizado. El acceso hacia las zonas inferiores de la montaña se encontraba interrumpido por lo que parecían recientes aludes de piedras, y lo único que me encontré digno de mención en medio de aquel páramo –aunque sí que era destacable, desde luego-, fue un esqueleto cubierto por unas extrañas ropas, que me recordaban a imágenes retenidas en mi infancia pero que no llegaba del todo a identificar. No importaba: mi traje no servía de mucho en estas condiciones tan inhóspitas, y las ropas en cambio estaban mucho mejor adaptadas al desierto, así que me las puse, y simplemente esperé.

            Pasaron los días, y después, los meses. Me alimenté de lo que pude: insectos que conseguía cazar por entre las rocas, lagartos que se tumbaban despreocupados al sol, y algún pequeño mamífero, las menos veces, que se atreviera a pasarse por aquí. No es que fuera el alimento más suculento, y al que más estuviera habituado en las celebraciones después de un triunfo en la bolsa, pero a todo se tiene que adaptar uno. Y puedo decirlo, sí, con orgullo, sobreviví. Durante todo aquel tiempo -en el que me creció la barba, se hizo grisácea y cana-, durante todos esos años, sin poder salir de mi encierro, nada más que dando vueltas inútilmente por la meseta, y preguntándole al cielo por qué me hacía esto, no hice otra cosa salvo lo que es esencial para el hombre: simplemente, vivir.

            Hasta que un día, sin más, cuando me levanté, ya no había aludes de piedra. Los pasos estaban despejados, suaves y hasta cómodos para mi confortable caminar. El esqueleto, asimismo, había desaparecido, aunque permanecían sus ropas, las que yo llevaba puestas, en contraste con mi traje y mis mocasines de lujo, los cuales se habían volatilizado como el aire. Pero curiosamente, había aparecido una cosa: dos inscripciones de piedra.

            Sin saber qué era lo que podía serme útil allí abajo, las tomé y mis manos y bajé. Durante más de dos horas, a lo largo de ese inmenso monte, descendí.

            Y cuando llegué hasta abajo, les contemplé a todos. A esa multitud anhelante, expectante, peleándose entre ellos, la que aguardaba mi regreso, la que quería volver a verme.

            Y entonces lo entendí. Entendí cómo era posible que hubiera hombres que se pasaran cuarenta días y cuarenta noches sobre un lago; comprendí que carros de fuego bajaran y se llevaran volando a individuos que había cumplido su función. Asumí cómo determinada gente puede pasarse años en las montañas; tuve una revelación acerca de por qué todas las revelaciones tienen lugar en lo alto de una mopntaña.

            Y una vez allí, ¿qué debía hacer? No podía obrar de otra forma. No tenía más remedio. Puse en marcha todos los recuerdos de mis conversaciones con mi amigo el rabino, que ahora, de ser capaz de mirarme, se sonreiría.
           
            Bajé el pie a tierra, y les recité las Tablas de la Ley.

miércoles, 1 de mayo de 2019

El artículo de mayo: "Caballeros"

Caballeros


          Leo en una furgoneta que suele estar aparcada cerca de mi casa: “Orden Hospitalaria de los Caballeros de Malta”. En efecto, el escudo de la Orden de Malta (como me enseñaron, formado a partir de la representación de las letras de la palabra <<Jesucristo>> en griego), con su cruz blanca engastada sobre fondo rojo, luce en el lateral de la furgoneta, igual que lo he visto adornando la entrada de un comedor social donde gente del barrio (de mi barrio; en épocas antiguas eso hubiera significado un vínculo, al menos mayor de lo que implica hoy en día) acude a comer porque no tienen otra cosa, si acaso –y en la medida en que se lo preserva el anonimato del comedor- la dignidad. Es fascinante la historia de la Orden Militar y Hospitalaria de los Caballeros de Malta, creada originalmente por caballeros amalfitanos como una institución en parte religiosa y en parte laica, estructurada en un modo muy similar a la Orden del Temple, y que que curaba a tanta gente en hospitales como a la que mandaba a fallecer en los mismos, especialmente en el momento en que llegó a Jerusalén. Allí, se hizo con el control de la ciudad santa, y las leyendas afirman que, tras entrar a sangre y fuego en varios de los templos más sagrados (del de Salomón, a estas alturas, no quedaban más que los lamentos), se apropiaron del arca de la Alianza, que guardaron bajo custodia. Después, los árabes les expulsaron y se refugiaron en la isla de Rodas -único lugar donde sobrevivieron mientras a sus compañeros del Temple en Europa les daban para el pelo-, sobre la cual construyeron augustas fortalezas separadas por lenguas y nacionalidades, y durante varios siglos se dedicaron a actividades tan variadas como la atención de enfermos y la piratería, hasta que les echaron otra vez y acabaron escondidos en Malta, para comenzar el lento proceso (que aún perdura) de desvanecerse, como casi todas las cosas, de manera silenciosa y discreta en la noche de los tiempos. En su día, los caballeros medievales representaban el súmmum heroico y de dignidad de la Europa Occidental. Defendían la santidad, la virtud, en definitiva, se arreaban con todo bicho viviente. Hoy en día, las prioridades por fortuna son otras. Los soldados han quedado reducidos a las misiones de paz, a la disuasión táctica, y sólo extemporáneamente (casi siempre por culpa de los poderes fácticos y políticos, en ocasiones por el clamor colaborativo de turbas atroces y enfurecidas) se dedican a reproducir su misión original. Ahora, los héroes -les llames o no caballeros, o tal vez damas- son (o deberían ser) otros; gente que monta comedores y consiguen que funcionen, que se dedican a actividades tan poco épicas como la administración o la logística. Individuos que nunca se han planteado conquistar Jerusalén, pero procuran que a los vecinos del barrio no le falte su pan. Quizás, un día de éstos, a una hora muy distante a la de comer, cuando no se halle reunida la mesa en torno a Arturo, ya que éste ha incitado a sus caballeros a recorrer ignotos caminos para encontrar el Grial, me acerque por su local en mi barrio y, con la cabeza gacha, les pregunte por la ubicación del Arca de la Alianza. Tal vez ellos, misericordes, abran con una oxidada y pequeña llave la puerta de un armarito y me permitan mirar.

lunes, 21 de enero de 2019

El relato de enero: "Naga"


Naga

Dedicado a Cristina Gutiérrez Vázquez, que tuvo la primera y mejor idea

Todas las mañanas me levanto. Asciendo con parsimonia entre la oscuridad y elevo mi cabeza hasta ocasionar la apertura de la cesta, la cual algunas denominan, simplemente, entre reverenciales cuchicheos, “la caja”. Accedo al mundo exterior. El sol me ciega durante unos instantes. Pero a pesar de ello, me incorporo, conozco de sobra cuál es mi papel. No es necesario que mi amo desplace el pungi con delicadeza de un lado a otro, ni tampoco que golpetee rítmicamente el suelo produciendo vibraciones con los pies. Yo sería capaz de reproducir la ceremonia de memoria, de tantas veces como la hemos ejecutado; domino cada uno de los detalles a la perfección. No preciso el innecesario sonido de la música de esa flauta especial, elaborada a partir de una calabaza, ya que carezco de oídos con los que pueda apreciarla. Tampoco ha tenido necesidad jamás mi amo de dejarme atontada, matándome lentamente de hambre o sumergiéndome con brusquedad en agua helada, ni ha recurrido a despistarme con falsas señales olfativas o mediante la mezquina administración de narcóticos. Ni lo ha hecho, ni lo hubiera requerido, ni le hará falta jamás. Porque incluso si cualquiera de los múltiples pasos que conforman mi número fallara, le sería muy sencillo conseguir que me irguiera como lo estoy haciendo ahora mismo, desplegando mi capucha, elevando todo mi cuerpo, expresándome en mi absoluta gloria y magisterio, expulsando un agudo siseo que encogiera a los aldeanos de terror. Sólo tendría que pedírmelo…
                Y eso es porque yo a mi dueño le amo.
                Claro que él también mantiene una relación muy especial conmigo. El sentimiento, como cabe decirse, por extraño que resulte hablando de humanos o de ofidios-o de ambos combinados-, es mutuo. Porque él y yo tenemos cuentas pendientes. Si yo jamás pensé en hacerle daño, de tal forma que mi amo nunca tuvo que guardar la distancia de seguridad típica, él tampoco me trató mal en ningún instante. Sabíamos desde el principio que no era así como nuestra relación iba a funcionar.
                Quizás en este punto deba describir a mi dueño. No guarda semejanza con los típicos sapwallas que caminan casi desnudos, envueltos en serpientes que suelen utilizar como cinturón, bandolera o debajo del turbante, que tocan la gaita y portan sacos repletos de nagas a las que enfrentan entre ellas, mientras practican trucos de magia en los que fingen colocar un pelo sobre el hombro de unos espectadores, cabello el cual, cubierto por una tela, acaba por transmutarse por artes mágicas en una serpiente, provocando una sonrisa que deja al descubierto sus fauces desdentadas, el pánico en la mirada del cliente azorado, o una carcajada en la concurrencia general. En apariencia, el hombre en el que he confiado mi vida no tiene nada de especial: enclenque, desgarbado, de mejillas hundidas, moreno al igual que los de su raza pero de una manera distinta, entre macilento y parcheado, como si en un rostro enfermo hubieran tiznado determinadas secciones con un trozo de carbón. De ojos titilantes y mirada frágil, no transmite la sensación de ser alguien que mantiene el control, más bien al revés: vence la impresión generalizada de que el mundo conspirará en un futuro cercano para sobrepasarle, como si no se encontrara a gusto por debajo de su piel –y, por tanto, estuviera deseando arrancársela de cuajo-. Y, antes de conocerme, esto, en puridad, era así. Los cambistas trataban un día sí y otro también de estafarle; los magos y faquires que pugnan por un puesto en la plaza, de arrebatarle el espacio por el que ha peleado con tanto tesón. Pero todo ha cambiado desde que los demás han comprobado lo que puede hacer conmigo. Sin él saber cómo (quizás por ello no suele ostentar un aire engreído a causa de esta circunstancia), se ha ganado su respeto. Está claro que hemos establecido un enlace muy íntimo. Un puente muy especial.
                De hecho, sólo hace falta vernos mientras nos tocamos. Él me recorre con sus manos, en un masaje que –oh, dioses- no debería terminar nunca. Yo le rodeo en una espiral infinita mientras nuestras bocas se tocan, en lo que él considera cariñosos mimitos para su mascota y sustento, y en cambio para mí supone un orgasmo continuo, un dulce manjar. Ojalá yo tuviera pechos, y carnosos labios, o por el contrario él un cuerpo como el mío, para que nuestras formas armónicamente se ensamblasen. Me da que yo le idolatro mucho más que él lo hace en el sentido opuesto, pero en fin, ¿qué relación no es un poco asimétrica? Por desgracia, el azar de nuestra biología impide que nos podamos complementar, en lo que significaría para mí el supremo éxtasis. Como compensación, en cada función, sobre el escenario, tenemos la oportunidad de desplegar nuestra erótica danza, una coreografía en el que nos compenetramos de manera sincrónica. ¿No dicen que el baile es el mejor preludio del sexo? Pues de ese deleite sustitutorio, hasta el máximo pienso gozar.
                En este planeta siempre cambiante, una colaboración así se valora mucho. Otros encantadores de serpientes se han sentido atraídos por ella, y mi amo envidiado a causa de mí. Le han ofrecido, como contrapartida en pago por mi cuerpo, cantidades ingentes de dinero. Él ha rechazado siempre las ofertas: dice que sería una estafa, porque este acuerdo que mantenemos no se establecería con ningún otro. La gente se pregunta cómo es posible.
                Ya han comenzado los rumores. Porque hay muchos que esgrimen que algunos animales pudieron haber sido humanos en una reencarnación anterior, durante otra vida que conseguimos habitar…

                El hombre abre los ojos.
                Le cuesta acostumbrarse. Antes tenía los párpados invariablemente cerrados. O en todo caso no los usaba, como si sólo escrutase su propio interior. Pero ahora debe huir de su guarida, relacionarse con el mundo, instruirse. Sólo su interacción con lo que encuentre a partir de ahora le permitirá sobrevivir.
                Sale allá afuera. Se tropieza con una región boscosa, de abundante follaje. Un vergel. Un sitio donde debe de abundar el agua, a poco que se ponga a buscar uno. El hombre encara lo alto del cielo. Ahora luce despejado, pero se aproximan nubes que indican que, más tarde o más temprano, algo tendrá que propiciar que estas plantas continúen creciendo verdes. Es necesario por tanto construirse un refugio.
                Prueba con cañas, con el reconfortante barro dentro del cual estaría deseando introducirse para vivir más fresco, también con pequeños troncos de bambú. En el futuro, a partir de madera más dura, o quizás de piedra, podrá elaborar un machete, pero ese logro conlleva tiempo, necesita de momento esperar. En el interin, estas actividades le han dado hambre. Como si hasta entonces no hubiera existido, a continuación de ese pensamiento escucha un trino. Alza la vista, y al mismo tiempo dobla el resto de su cuerpo para recoger una piedra.
                El ave exhibe vivos colores y un lustroso plumaje. Se manifiesta vivaracha, buscando con ansia a una hembra a la que conquistar. Tan concentrada se halla en su canto, que ni siquiera ve venir al hombre. Y sin embargo, su melodía reproduce un tono desesperado. Una especie de “no me mates, no me mates”, histérico y afligido, emitido por alguien a quien mantuviéramos secuestrado. Y que al mismo tiempo nos recuerda al familiar que más hemos amado, como si fuera su propia vida la que fuéramos a segar.
                La piedra acierta de lleno, de tal modo que apenas interrumpe la progresión ordenada del canto. No hubiera salido mejor si el compositor hubiera decidido terminar la sinfonía en un alto. El hombre se arrodilla para recoger al ave. Ya medita cómo formará parte de una suculenta cena.
                <<Nunca me han gustado los pájaros>>, se dice, mientras la comienza a desplumar.

                Mis ojos otean, siempre avizores. Es verdad que a las serpientes no se nos da muy bien vislumbrar objetos con claridad, pero no tenemos problemas en detectar movimiento. A través de nuestros párpados transparentes, que nos permiten atisbar en derredor pese de hallarse siempre bajados, somos capaces de percibir aquello que necesitamos o que puede hacernos daño. Es una dicotomía sin ambages. Por mucho que se empeñen los humanos, es esta sencillez la que garantiza que podamos sobrevivir un día más.
                Una serpiente es algo básico. Una estructura lineal, unidimensional, reducida al mínimo. Hasta hemos eliminado las extremidades, de las que sólo quedan vestigios, en aras de una mayor funcionalidad. ¿Quién dijo que lo más complejo era lo más evolucionado?¿Quién dijo que la adaptación no radicaba en la simplicidad? El resto de nuestro propio organismo ha tenido que adaptarse a ello. Lo que no se amoldaba era desechado. Hasta nuestros órganos internos se han vuelto lineales. Los dos pulmones no cabían, así que uno de ellos se echó a un lado, y prácticamente se atrofió. El resto de nuestras vísceras se han convertido en entes acanalados y alargados. De la misma manera, eso se ha trasladado al comportamiento. Comer o ser comido. Atacar o ser atacado. Adelante o atrás. No tiene más.
                ¿Las cosas pequeñas? Se comen, obviamente. No hay nada más digestivo que un diminuto ratón agitándose impotente e ingenuo a lo largo de mi garganta por la mañana. ¿Las cosas grandes? Se engullen con precaución. Como he dicho, todo se reduce a un término unilateral. No vemos lo largo que pueda ser un bicho, sólo lo alto que es. Y aunque sea alto, podemos comérnoslo (esa articulación de nuestra mandíbula, tan flexible), siempre que no sea demasiado grande respecto a su otra dimensión. Por poner un ejemplo, ¿niños?, sí, somos capaces de devorarlos. ¿Elefantes? Nunca lo he probado, pero con tiempo suficiente para la digestión… Humanos adultos, en cambio, no, a causa de los hombros. Una prima mía en segundo grado lo intentó con un humano que la atacó en la selva, y tuvo que abandonarlo a mitad del intento, vomitando la cabeza que ya había recorrido un cierto espacio a lo largo de su longitud. Vale que las serpientes no tenemos mucha empatía ni demasiado instinto familiar, pero pensar que algo así le pueda suceder a un semejante, hasta a mí me ha causado mal.
                Y luego están los seres que te comen. Por ejemplo, las aves. Como he dicho, los seres humanos tienen tendencia  a complicarlo todo. Hay una absurda historia mitológica que se cuenta, aquí en la India, sobre cómo las aves y las serpientes nos comenzamos a odiar. Tiene que ver con dos hermanas, una de las cuales quería tener muchos hijos (y se convirtió en madre de serpientes) y con el dios Garuda, protector de las aves y que lleva a sus espaldas a Visnú. Pero como he dicho, las cosas son mucho menos retorcidas. Les tenemos miedo porque ellas vuelan, y el aire no es nuestro elemento. Nos sentimos incómodas flotando por ahí. Hasta cuando alzamos la cabeza, tenemos un par de secciones de nuestro cuerpo firmemente ancladas en el suelo. Por eso, unos cuantos centímetros hacia arriba, las puñeteras aves tienen todas las de ganar. Es por ello por lo que no nos soportamos. Y luego está un caso especial. Es el de las mangostas.
                Nadie sabe cómo surgió la pelea. Llevamos combatiendo millones de años, y ahí sigue. En el Sudeste Asiático, hay incluso quien aprovecha la contienda como atracción turística. Ponen a luchar a una mangosta contra una de nosotras, pero la lucha es desigual. La mangosta siempre gana. La superioridad del cerebro mamífero frente al reptiliano y mierdas de ésas, o la capacidad de prever los movimientos del otro a través de la empatía, afirman algunos. Si empatía es alegrarte al ver cómo machacan –por no pertenecer a tu misma clasificación biológica, como si humanos y mangostas compartieran mantel y cobijo- a una pobre serpiente, entonces, desde luego, no es precisamente empatía de lo que los seres humanos disfrutan en exceso. Y menos todavía cuando, para ahorrar, a la pobre y ensangrentada serpiente la enrollan y la envuelven en un trapo para emplearla en futuras batallas, así hasta que la mangosta la termine de reventar. Yo nunca lo he sufrido, pero me da pavor con sólo pensarlo. Por eso permanezco atenta a esa nueva cesta que mi amo ha traído hasta acá.
                No sé qué es, ni qué contiene. Hay algo en el olor que me despista. Sé que la vida para los encantadores de serpientes es complicada desde que han implantado leyes que pretenden acabar con el oficio. La competencia es feroz y, como dice mi dueño, la gente ya no se impresiona como antes, así que hay que regalarles nuevos espectáculos. Sé que ha adquirido un animal distinto de alguna parte, desconozco de dónde. Por cuchicheos de vecinos, he creído oír que lo había obtenido a partir de un colega de profesión que, además, era mujer -¡Alá no permita eso!, se persignan horrorizados los otros encantadores-. Pero ésa es otra historia y serán otros los que habrán de indagar sobre ello en otra ocasión.
                A mí lo que me da pánico es que se haya podido traer una mangosta. Aunque, ya puestos, cualquier otra especie tampoco resultaría de mi agrado.
                Salvo con mi amo, las relaciones con otros seres han acabado siempre por trastocarse…

               
                Con el tiempo, el hombre se adaptó a aquel ambiente. Había fabricado un arco y sus correspondientes flechas, una honda, una jabalina, y las aplicaba según la necesidad. Si algo le daba miedo era la llegada del invierno. ¿Qué pasaría cuando los animales hibernaran?¿Qué era lo que podría entonces cazar?
                Mientras meditaba sobre este problema (en un lugar donde cada vez se escuchaban menos sonidos de pájaros), divisó agitación en el claro situado a la salida del bosque. Intrigado por lo que especulaba más que por lo que estaba seguro, se desplazó hacia allá, agazapado, tratando de confundirse con el medio, acarreando varias de sus armas.
                Cuando se acercó más, la vio. Y ella le vio a él. Y no sabrían decir cuál de los dos impactóse en mayor medida. En un primer momento, el hombre pensó en seguir portando las armas, pero cuando quedó claro que la otra criatura no pretendía hacerle daño, se decidió a arrojarlas hacia un lado, quedándose por completo desnudo, como se hallaba ella. Sus pasos les acercaron hasta reunirles. A pocos metros el uno del otro, se estudiaron, analizaron intenciones mutuas y, sobre todo, se olieron. Ambos quedaron embriagados con el perfume de los genitales del contrario. No transcurrió mucho tiempo antes de que se tocaran. Un leve roce del dedo encima del brazo. Se erizaron ambos lados de la piel.
                Ella le palpó la superficie del abdomen. Con la mano en su vientre, habló. Hasta entonces, él ni siquiera sabía si compartían el mismo idioma.
                -Tienes la piel húmeda y fría, como cuarteada... ¿Qué clase de ser eres?
                No aguardó la respuesta. Casi pronunció en voz alta, aunque ahogó el mensaje en su seno, una frase que quedó dibujada en sus labios: “¿Y de qué clase soy yo?”.
                Él, como toda respuesta, tocó con delicadeza una de sus caderas. Tenía la carne tan de gallina como él mismo.
                A los pocos minutos, ya estaban tumbados sobre la hierba, resollando, tratando de insertar órganos que no controlaban en agujeros que desconocían, palpándose y relamiéndose como si tuvieran que arrancarle la piel al oponente porque en breve iban a despojarles de la suya propia. Se notaba que ella tenía más experiencia que él (quizás no fuera la primera vez), o como mínimo que sabía mejor cómo funcionaban las cosas: guió su miembro enhiesto hasta ensartarlo dentro de ella, y gritó desaforadamente conforme éste se frotaba, turgente y repetitivo, contra su clítoris.
                Terminaron ambos exhaustos, cubiertos de pegajoso líquido, con los cuerpos tan inertes que daba la impresión de que una tormenta de lluvia y barro y fluidos vaginales les había pasado por encima, y de paso había remolcado a una manada de elefantes que a lo largo de sus cuerpos había tenido que rodar. En medio de esa pereza extrema que sucede al coito, ella giró la cabeza para analizar con detenimiento un pene que reposaba exánime, como una lanza recién abandonada.
                -Es curiosa la similitud que tiene con una serpiente.
                Las palabras sonaron secas después de la conflagración. Todavía con la saliva pastosa en la boca, el hombre se afanó en responder:
                -Ya que mencionas a las serpientes, he de decirte…
                Pero no le dio tiempo a terminar porque, antes de acabar la frase, ella ya tenía su miembro en la boca. El escalofrío que le recorrió la espalda le agarrotó la misma e interrumpió el gemido en las cuerdas vocales.
                Los siguientes días se pasaron haciéndolo a todas horas. De tan ocupados que estaban, hasta los precavidos pájaros le perdieron el miedo al lugar.
                Compartieron espacio de manera espontánea. A los pocos días, ella ya estaba empezando a plantar semillas…

                ¿Sabéis eso que dicen, en estética como en el arte, que “menos es más”? En la India, eso no se considera así. Más es más. Siempre. El vestido que engalana a uno cualquiera de los invitados supera en barroquismo y exuberancia al que pueda llevar la novia en la mayor parte de las celebraciones del mundo. Colorido, mística, ambientación. Ahora imagínense eso mismo aplicado a un espectáculo de supuesto origen milenario. Y, sin embargo, para mí lo más fascinante es visualizar a la multitud. Allí da igual ricos que pobres, castas de guerreros o parias, todos asisten hipnotizados para observar el humo tornasolado y el filo cortante de las espadas. Mi amo ha preparado una gran exhibición y, mientras tanto, yo, aun lado, con vistas sólo a lo que un espacio entre los mimbres de mi cesta permite intuir de manera parcial. Tanta expectación, parece mentira, por un encantador de serpientes. Todavía me sigo quedando alelada al comprobar la magnificación con la que tratan los seres humanos a  nuestra especie, tanto para el amor como para el odio. Lo cierto es que llevamos tiempo formando parte de sus tradiciones y leyendas. De hecho, no siempre como peligrosas –como si la mayor parte de mis compañeras no fueran por completo inofensivas-. Lo que es más, a las serpientes, debido a nuestra capacidad de localizar con facilidad el agua, y también a las propiedades medicinales de algunos de nuestros (las que lo poseemos) venenos, se nos ha asociado siempre con la salud, con la vida, con el eterno retorno y los ciclos naturales, simbolizados por el círculo que somos capaces de formar. En el Sudeste Asiático, nuestra efigie engalana palacios reales, así como templos hindúes y budistas; una silueta de ofidio domina los grabados que representan la leyenda del Batido del Océano de Leche, a partir del cual se generaron alguno de los componentes más fundamentales del cosmos. En Egipto, una serpiente retrasa la barca solar para permitir que llegue la noche, pues la pérdida de luz es tan necesaria como el día, igual que, para el equilibrio del universo, la creación debe venir acompañada de una destrucción proporcional; por eso quizás también acompañemos de tantas maneras distintas al dios Siva, tercer componente de la sagrada tríada del hinduismo, garante de la muerte y del cataclismo reestructurador. De hecho, los hindúes consideran sacrílego acabar con una serpiente, y se alejan de aquellos que osan hacerlo, mientras que los musulmanes, en cambio, lo que ocurre es que no se atreven, pues dicen que nosotras siempre vivimos en pareja y que, si una de nosotras muere, su compañera (no importa lo lejos que esté el asesino), le buscará y perseguirá hasta matarle. Quizás por eso se celebre en tantas ciudades un festival dedicado a nosotras donde, a pesar de conmemorar la muerte por parte del héroe Kirsah de una pitón, se nos proporciona de beber leche hasta hartarnos, para luego liberarnos sin mayor negociación. Y luego, otras muchas historias: de hombres-serpientes, de niños perdidos en la jungla, de reencarnaciones anteriores en las cuales se aprecian pequeños detalles que indican a qué clase de reptil nos vamos a transfigurar. Pero la gente sólo se queda con lo malo: sangre y dolor, Satán y ponzoña, tragar polvo y arrastrarse por la tierra. En Delhi, se cuenta la historia de Anang-Pal, un gobernante que construyó un gran clavo de hierro que ensartó en las entrañas de la tierra para atrapar a la gigantesca Sechnaga, la cual porta el mundo sobre sus hombros, pero cuando lo extrajo temporalmente para enseñarle a sus incrédulos consejeros la sangre al final del clavo, el pérfido monstruo se escapó y desde entonces anda por ahí, bajo tierra, esparciendo el pecado por el mundo. “Serpiente” se emplea como insulto, como resumen de las peores cualidades, como forma de culminar una maldición o de incitar a una pelea. Y un enfrentamiento es lo que esta muchedumbre -que incluye a desheredados, de extremidades afectadas por la polio, que casi no son capaces de transportarse a ellos mismos- ha venido a disfrutar. El retumbar de sus pasos agitados, mientras mi amo despliega las fanfarrias, vibra en cada milímetro de mis escamas.
                Atiendo a la cesta, la otra, donde se asienta mi rival. Ahora mis narices, en un inicio despistadas, son capaces de discernir ese ovillo de misterio que antes no desenmarañaba; el espécimen que ha arribado es otra serpiente, pero una distinta, cuya fragancia no habían aspirado mis fosas nasales aún. Espero que no sea una de esas especies malditas que vienen del corazón de África y a la que denominan mamba, con una velocidad endiablada a la que nadie puede superar; o la poderosa Bitis, con uno de los venenos más letales del mundo. Ansío que no se trate de una de las estranguladoras, cuya actitud por lo general no aguanto. Pero entonces, el rugido estrepitoso de la multitud, reflejado en su traqueteo de pies, me indica justamente aquello de lo que no me he podido percatar. Pego el ojo al agujero de la cesta, y siento un temblor. Casi puedo oírlo a pesar de faltarme las orejas. Y me pregunto qué descerebrado le ha quitado el cascabel al gato.
                Debí de habérmelo imaginado. Algo tan exótico, tan desconocido como para sorprender al gran público, tan artefactuado, sólo podía provenir del Nuevo Mundo. Observo sus deslizar sinuoso, su cadencia y, sobre todo, escucho el estremecimiento silente de la multitud nada más enmudece para admirar esos dos maravillosos colmillos que, como agujas hipodérmicas, la serpiente de cascabel tiene carácter suficiente para clavar. Ésa es la hija de mil lunas con la que me toca convivir a partir de ahora, con la que habré de disputarme el amor de mi amo.
                Y el caso es que no será la primera vez en que otra serpiente me complica de manera retorcida la vida.
               
                Él lo miraba furioso. Al árbol donde se ocultaba algo. Y la chica sabía que no consistía en un pájaro. Pero no tenía una idea muy clara de qué era. Aunque no tuvo que esperar mucho tiempo, porque él estaba deseando confesárselo.
                -Ahí hay una colmena. Me gustaría hacer algo con ella. No sólo quitarle la miel a las abejas. Si consiguiéramos, de alguna manera, que trabajaran para nosotros, sería fantástico. Podríamos tener suministro de miel durante todo el año. Pero hay algo que me lo impide.
                Señaló hacia la rama más alta del árbol.
                -Ella –apuntó.
                La muchacha escudriñó entre la espesura. Era casi indistinguible merced a su poder de camuflaje; aun con todo, divisó dos brillantes e intensos ojos dorados.
                -Me da que piensa que es su árbol –expuso la joven aquellas palabras que estaban escribiéndose en el aire.
                El chico negó con la cabeza.
                -Eso es lo que ella cree. Pero lo creerá por poco tiempo.
                La mujer levantó una ceja.
                ¿Por qué tenía –su voz interior se expresó con ironía- la persistente sensación de que aquello iba a concluir fatal?

                Mi amo se ha vuelto loco. He estado escuchando cómo le comentaba a un compañero que quería ponernos a la nueva serpiente y a mí a aparearnos. Dice, ¡insensato de él!, que sería genial obtener una serpiente o, mejor, un grupo de ellas, que fueran una combinación entre cobra y cascabel. Aparte de que no estoy segura de si la biología lo permite, creo que no tiene ni idea de que las relaciones entre animales pueden ser tan intrincadas e indescifrables (por no decir más) como entre los humanos. A las serpientes se nos dice frías, insensibles, incapaces de amar: nos reprochan nuestro escaso instinto maternal, sin tener en cuenta que varias de las mías protegen a sus crías durante las dos primeras semanas, cuando son demasiado débiles para sobrevivir por sí mismas. No comprenden el enorme sacrificio que supone, para nosotras (tan indefensas, a pesar de nuestros mecanismos de protección; tan fácilmente pisoteables; tan maltratadas por humanos y otros poderosos animales), el invertir nuestros escasos recursos en procrear, engendrar, y encima salvaguardar a unos pequeños seres que han que aprender, cuanto antes, que si no sabes valerte por ti mismo no tendrás ningún futuro en este oscuro mundo. Ésa es la gran lección de la vida y, cuanto antes la aprendan, mucho mejor. Sin embargo, las reacciones entre nosotras, y también con otros animales son, como entre dos entes cualesquiera, impredecibles. Un libro comentaba la historia de un ratoncillo –por lo normal, deliciosa y nutritiva cena- que se coló entre un grupo de serpientes en un zoo, y que éstas adoptaron como una especie de mascota. No sé si esa historia será fiable, pues nosotras no poseemos esa estúpida propensión de los mamíferos a proteger (al menos de vez en cuando) a las crías de otras especies. Pero, como digo, las consecuencias de ciertas interacciones no son matemáticamente calculables. Sólo así se explica la de niños que duermen plácidamente con serpientes durante años y cómo éstas, un día, los deciden estrangular. Hay cosas que ni nosotras mismas entendemos, pues no le ha sido concedido a nuestra naturaleza asimilarlas. A los humanos también les pasa, otra cosa es que no deseen aceptarlo. Se explica igual de mal el insensato y cautivo amor de las personas por los gatos, el hecho de que una gata hembra en celo pueda sentirse atraída por un macho humano, o la idolatría que manifiesto por mi amo a pesar de esta bárbara idea que se le ha ocurrido alumbrar. Si tuviera voz y lenguaje, como las serpientes de los cuentos, si pudiera hechizarle con mis pupilas verticales, le recordaría aquella historia sobre un califa que murió y dejó dos herederos, ambos de la edad de un cachorro. El previsor visir, visionario, visualizó una serie de batallas interminables para decidir el poder, y decidió que sólo uno de los bebés debería sobrevivir. Para ello, colocó a cada infante en un extremo de una habitación, y a una serpiente en el centro. Dejarían al animal libre diez minutos, y el niño que saliera indemne sería el vencedor (si a la serpiente no le daba tiempo a atacar en tan escueto rato, lo echarían a suertes y entregarían al verdugo al bebé desafortunado). Cuando abrieron la puerta, se encontraron con que ambos herederos estaban muertos: como consecuencia, se perdió el reino. Es lo que supone jugar a aprendiz de brujo.
                Además, incluso aunque se alineara la mejor de las circunstancias, dudo mucho que yo fuera capaz de dejar que me follara esa serpiente, por llamarla de alguna forma. Hasta ahora no ha ocurrido nada grave entre nosotras, pero es verdad que hemos mantenido una respetable distancia prudencial. Tenemos claro que nuestro oponente se encuentra como el número uno en nuestra lista de enemigos, y por eso intentamos evitar las circunstancias –a pesar del empeño de nuestro amo- en las que nos podamos cruzar. No se trata sólo del amor por nuestro dueño, qué va. Ojalá fuera eso: al menos significaría que la otra serpiente es capaz de amar. Pero dudo que tenga capacidad de ello, esa… víbora sería la palabra humana, pero no es la apropiada. Yo la definiría de otra manera: esa criatura antinatural. Hay seres que no constituyen lo que les tocaba ser porque les impulsa, desde detrás, el eco de oscuras reencarnaciones. Los occidentales se equivocan cuando creen menos que preconizan aquello de que, en el ciclo de la muerte y la vida hinduista, ascendemos a un nivel superior cuando nos <<portamos bien>>, como si de los mandamientos cristianos se tratase. ¿Qué significa “portarse bien” para una serpiente?¿Dejar de comer ratones?¿Ser piadosa con los pobres? Una buena serpiente es aquella que se comporta como lo hacen las serpientes. Pero en el caso de ésta que acaba de llegar, no lo hace porque carga consigo el alma de una existencia previa que le ha dejado cicatrices marcadas. Por tanto, su comportamiento será errático, cuanto menos. En contra de la esencia de su raza, con certeza. Nunca ha pertenecido a mi clan.
                Sólo espero que mi amo se dé cuenta antes de que sea demasiado tarde.

                Hace un día ventoso, desapacible. Las nubes grises invaden lo que hasta hace unos segundos era el firmamento estrellado, y ahora no dejan entrar al sol al lugar. El aire está cargado de electricidad estática. Pero la mujer sabe que el aroma que se respira no es de tormenta meteorológica, sino una de personalidades. De esás donde los rayos más destructivos se tienden a descargar.
                -Vamos –le instó la mujer-. Ni siquiera sabes cómo te conseguirías manejar con la colmena, incluso aunque la tuvieras a mano. Lo más seguro es que las abejas te picaran desde la cabeza hasta los tobillos y terminaras tan hinchado como…
No se le ocurría ninguna analogía.
-En definitiva, que no lo hagas.
                Pero para el hombre no había razones, ni precauciones, ni cálculos previos. Sólo sabe que existe un obstáculo entre él y lo que anda convencido, en su cabeza, que va a suponer su gran éxito, y por tanto ese estorbo ha de ser eliminado. Así que hoy ha decidido erradicar a la serpiente.
                En medio de la humedad del ambiente, del viento que ulula, arroja unas flechas. No sirve de nada. Va a tener que acercarse más.
                Es el momento de agarrar su lanza.

                Mi amo ha decidido que, dado que la “nueva” no ha mostrado el más mínimo interés en procrear conmigo, la única manera de ponernos en contacto va a ser organizar directamente un espectáculo conjunto. En el fondo, lo está deseando hacer, porque sabe que a la gente le entusiasmará, pero no está muy seguro de cómo vamos a reaccionar ambas. Sin embargo, se siente tan seguro de sí mismo, después de lo bien que le ha ido conmigo, que ni siquiera adopta la precaución, como practican otros encantadores, como ha hecho él en ocasiones anteriores, de quitarle los colmillos a la cascabel. Sabe que, sin ellos, el espectáculo perdería la mitad de su fuerza, a pesar de que la mayor parte del tiempo esos dientes provistos de veneno se hallen combados hacia adentro para evitar que la propia serpiente se haga daño a sí misma. Aún así, con las cámaras fotográficas que hay hoy en día, la gente es capaz de tomar imágenes muy buenas, y podrían captar que los colmillos no están, restándole buena parte del morbo; y, por tanto, protestarán, la diversión. La otra opción sería entrenar a la recién llegada para que le mordiera su brazo, engastado en un protector de plata, que le rompiera repetidamente los colmillos, hasta que ésta se convenciera de que la estrategia es inútil (tarea que requeriría un plazo de tiempo muy largo del que ahora no disponemos) o como, como último recurso, emplear un método alternativo para quitarle el veneno, pero éstas salen muy caras y, en los países muy pobres, lo de “seguridad garantizada” es motivo de risión.
                Mi amo prepara el espectáculo con esmero. Sabe que el secreto está en los detalles. Que los gestos y movimientos se combinen con los sonidos y sucesos en el momento adecuado. Dispone las alfombras y los cojines de manera primorosa. A mí, como me ve inquieta, me acaricia a lo largo de la espalda y luego me encierra dentro de “la caja” con delicadeza, plantando una piedra encima que me impide escapar.
                Por tanto, lo único que puedo hacer es golpear repetidamente con la cabeza contra la tapa de la cesta cuando observo que la serpiente de cascabel ha encontrado un modo de salir de su receptáculo y se dirige hacia mi amo, que no ve nada, por detrás…

                El hombre se dirige con ímpetu al árbol. La mujer trata de detenerlo, pero su resolución es firme. Se acerca hasta la rama más baja, donde se ha aposentado la serpiente, y hace esfuerzos para lancearla. El ofidio responde sisando y abriendo la boca, dispuesta para defenderse, que en su caso significa atacar. Su mirada refleja pánico, pero la única forma que tiene de demostrarlo, en su rostro, es mediante un gesto que para el hombre (que presenta en su cara una expresión parecida) se traduce en un rictus de odio y maldad.
                La serpiente arquea su lomo. El hombre aprieta la mano en torno a la lanza. Esta última se cierne amenazadora sobre la cabeza de la serpiente, pero yerra el golpe. El animal coge impulso para saltar.
                El vuelo (porque así cabe calificarse la forma que ha tenido de precipitarse de la rama) se ha producido medio segundo antes de lo que ha previsto el hombre, pero es más que suficiente. Sin embargo, ha tenido lugar en el momento justo en que la mujer, temerosa del peligro, ha adivinado lo que iba a pasar.
                Por eso ella se ha entrometido en el lugar físico perfecto para interponerse entre ambas trayectorias, y la serpiente ha aterrizado con la boca sobre el cuello de la fémina, clavando ambos arpones en la yugular.
                La mujer siente que el tiempo se ralentiza, pues tiene la impresión de durar una eternidad el efímero instante que el veneno se tarda en inocular…
               
                Me agito histérica, golpeando la tapa de la cesta con todas las secciones de mi cuerpo, mientras observo a la cascabel, la mirada vacía, la trayectoria fija, como un zombie, desplazarse a la par que mantiene el cascabel inerme a un lado para que no haga ningún ruido que pueda traicionarla. Trato de hacer toda clase de sonidos para advertir a mi amo, pero para cuando empieza a dar cierto resultado, ya es demasiado tarde; la asesina se ha abalanzado sobre mi amor y ha clavado sus colmillos en la nuca. Mi dueño, incrédulo, cae sobre las rodillas y se lleva las manos al cuello. A pesar del calor que siento, y lo rápido y fuerte que rebota mi corazón, creo que la sangre se me está congelando tan rápido dentro de las venas que me voy a romper como el cristal.
                Mi amo agoniza por el suelo, de rodillas, mientras la cascabel se aleja de manera desacompasada y nerviosa. Debido a mi escasa visión, no puedo vislumbrar del todo lo que sucede. No sé si mi amo se ha chocado con la caja a propósito o por accidente, pero en todo caso, noto cómo la piedra que hay encima de mi cesta se desequilibra y eso me permite, gracias a un golpe que me cuesta un gran dolor de cabeza, escapar de mi prisión. Me arrojo con celeridad histérica sobre el cuello de mi amo, que ya se ha desmayado. Tengo que chupar el veneno antes de que el daño sea irreparable.
                La gente, alertada por el ajetreo, ha acudido para averiguar lo que ha pasado. Al verme sobre el cuello de mi amo, comienzan a pegarme golpes con mantas, palos, piedras, lo que encuentran. Estoy seguro que los que ahora mismo se alejan, acelerados, lo hacen para buscar agua caliente, un cuchillo o un hacha con la que decapitar.
                Yo, mientras tanto, me agito y contorsiono mi cuerpo mientras permanezco con los dientes pegados al cuello de mi amo, rezando porque aún le pueda salvar…
                Hay algo que los occidentales nunca han entendido de la rueda de la vida, de la reencarnación hinduista. Cuando se trata de ascender a un nivel superior, no implica que el más alto de la escala sea necesariamente un humano. Tampoco, en el bucle infinito del tiempo, que la dirección de las reencarnaciones haya de ser forzosamente hacia adelante; también puede hacerse hacia atrás.
                El hombre, en un principio, fue barro. Tras atacar a la serpiente para conseguir algo (nada más común en su naturaleza de hombre) se transformó de manera lógico en serpiente a su vez. Sus comportamientos agresivos persistieron, y atacó a mi amo. Su forma tan violenta de encarar la vida le conducirá en cada reencarnación al sufrimiento, sea cual sea la apariencia que le hayan asignado, o que haya decidido adoptar.
                Yo, en cambio, rescaté a mi amo. Le dejé al límite de la muerte, pero a salvo. A mí, ensangrentada y dolida, bajo el influjo de bastones, barras de hierro, utensilios de cocina, me molieron a palos, pero no por ello dejé de considerar mi fallecimiento un final dichoso. Inane en el suelo, cubierta de líquidos fundamentales, constatando por el rabillo del ojo cómo mi amo se levantaba, mientras el veneno de la cascabel descendía quemante hasta mis heridas desde mis entrañas, me embargó un destello de felicidad. Las consecuencias vinieron antes, en una vida pasada. Como desobedecí las normas que deben regir el comportamiento de las serpientes, sometiéndome sin condiciones a un humano, fui degradada a mujer: condenada a sufrir, en condena continua, el permanente dominio que sobre mí los hombres pretendan manifestar. Pero entonces hice algo que me convirtió en un ser mejor que yo misma: fui más humana que nunca, contraviniendo incluso el orden natural. Por ello sé que, en la siguiente etapa, tendré un destino feliz: quizás salga del ciclo de las reencarnaciones. Tal vez, incluso, me convierta en un ser superior. Puede que construya un Paraíso.
                El pobre de mi amo: tras su muerte, muchos años más tarde de aquella atroz mordedura, metamorfoseó en serpiente, especie con la que tanto había llegado a contactar. La segunda vez que le atacaron, supo estar preparado. No sé qué pasará con él. Allá donde acabe, espero que le vaya bien. Supongo que en una vida futura, en algún momento, nos llegaremos a enamorar. Me figuro que, en ese estado, nuestros cuerpos encajarán en una mejor manera, y no seremos desdichados nunca más.
                Somos lo que somos, o en lo que nos convertimos. Avanzamos en línea recta, o tal vez formamos un círculo por donde fluye de manera perene nuestra esencia vital.
                Siempre que no estemos conformes, tenemos la opción de, nuestra piel, mudar…