Mostrando entradas con la etiqueta Shakespeare. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Shakespeare. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de octubre de 2022

El libro de octubre: "Hamnet"

Introduzco aquí unas cuantas reflexiones en torno a la novela "Hamnet". Lo hago a través de mi cuenta de Twitter, no sólo porque creo que el formato se adapta bien a las reflexiones concretas que acuden a mi mente a raíz de su lectura, sino también porque forma parte de este hilo que contiene los libros que (más o menos) voy degustando a lo largo del 2022. Advierto ya que contiene unos cuantos spoilers, así que, para quien no los quiera ver ni en pintura, el resumen del libro (Shakespeare tenía un hijo que murió que se llamaba Hamnet y, cuatro años después de su fallecimiento, el padre escribió la obra "Hamlet") es más que suficiente para saber lo que os vais a encontrar, aparte de una escritora de esmerado lenguaje y cuidada sensibilidad. Pero, si os adentráis al hilo, hay unos cuantos detalles que merece la pena discutir. O al menos, eso opino yo. Si queréis argumentar vuestra opinión aquí o en Twitter, estaré encantado de leeros. Un saludo.

martes, 31 de agosto de 2021

El libro, la historia real, ¿el relato? de septiembre: Apuntes para una película sobre María Estuardo

Existen, que yo conozca, dos narraciones cinematográficas sobre la vida de la reina de Escocia María Estuardo, una protagonizada por Katherine Hepburn y otra por Saoirse Ronan. De ninguna he podido pasar de la primera media hora por puro y diáfano aburrimiento (lo siento, quizás había algo interesante detrás, pero yo me lo he perdido). Para construir este hipotético film que quiero diseñar sobre el papel (algo bastante más sencillo que recaudar el presupuesto y reclutar al equipo técnico), por tanto, partiríamos mejor de la biografía redactada por Stefan Zweig, la cual, si bien peca de un demasiado atrevido análisis psicológico del personaje, puede servirnos para nuestros propósitos. Empezaríamos con una escena crepuscular, con una María Estuardo de edad avanzada, encerrada en un castillo de Inglaterra, conspirando contra Isabel I (la reina Virgen) mientras el aristócrata que hace de carcelero debe combatir, como un progenitor ante una infante díscola, los ataques de rebeldía de ña escpcesa, contemporizando entre la reina cautiva a la que vigila, la reina Isabel que desde su trono mantiene a María Estuardo prisionera, y la mujer del aristócrata, que se dedica a participar de las intrigas entre las dos. Hacemos un flashback: vamos a la época en que María Estuardo, heredera del trono de Escocia, es casada con el delfín para convertirse en reina de Francia, y cómo la joven soberana -primero una niña, más tarde una lozana muchacha- disfruta de lo que serán los años más felices de su vida (allí, esplendor, boato, poesía de corte, madrigales y, por supuesto, la canción "To France" de Mike Oldfield incrustada en alguna parte). Así, en sucesivos flashbacks, iremos alternando la visión de la María Estuardo aprisionada, consumida por sus recuerdos, hablando con personajes reales (e imaginarios), con la observación de esos mismos protagonistas en el pasado, desplegando el grueso de su papel en el devenir de los acontecimientos. Narraremos cómo María Estuardo, tras la muerte del delfín, vuelve a Escocia, a ejercer el papel de reina que el destino le tenía prometido. Quizás sea ése el mayor problema (para el personaje histórico, no para la película), porque María, al contrario que los monarcas modernos, posee en su cabeza esa idea clásica de que el trono es suyo por herencia y por derecho, un designio divino y, por tanto, no acepta a nadie que se oponga a sus deseos, ni asume en ningún momento la posibilidad de que sus actos pongan en peligro su dominio. El problema es que María Estuardo (ahí la película debe realizar un fino retrato de los personajes) cuenta en la corte de Escocia con peligrosos enemigos que conspiran contra ella: nobles levantiscos y traidores, divididos por razones de religión, pero divididos, más aún, por razones de ambición y de búsqueda de poder y de riquezas. Contaremos como esta reina que consideraba que Escocia era un objeto de su propiedad apenas hace caso al gobierno del país, sino que se dedica a considerar en qué monarquía más poderosa podría ingrarse mediante matrimonio, abandonando si es posible esta tierra de tejidos bastos y de ovejas. Describiremos cómo dejaba el control de aquel territorio, repleta de hombres rudos y acantilados, en manos de calculadores validos. Expondremos como una batalla diplomática permite casarse a María Estuardo con un noble inglés aunque con cierto porcentaje de sangre azul, un hombre que en principio iba a constituir un tonto útil, pero del que María queda prendada nada más verlo. Seremos testigos de esa luna de miel diáfana, la llegada de un hijo y, más tarde, cómo el amor se torna en aborrecimiento y en odio. Dibujaremos entonces una nueva pasión, esta vez a manos de uno de los hombres fuertes de la reina, de los pocos que le permanecen leales en los atentados contra personajes de su entorno, el infame Bothwell. La reina, sin embargo, no atiende al carácter acaparador y falto de escrúpulos de su hombre, y está dispuesta a lo que sea por él: incluso a nombrarle rey. Pero antes, claro está, existe un obstáculo insoslayable: su propio marido. Contaremos cómo María Estuardo, como una lady Macbeth cualquiera, participa en el complot para asesinar al legítimo rey de Escocia y cómo, con rapidez, pretende casarse con Bothwell. Esta acción (y la ulterior revuelta de los nobles ante este atrevimiento, y frente a las sospechas de asesinato) será la que precipita la caída de María Estuardo. Claro que la reina no ayuda: sigue creyendo que es la soberana absoluta de Escocia, que los tiempos no cambian, que a los monarcas nunca se les deponen e, incluso, cuando los nobles la apresan, le espeta a un aristócrata, agarrándole del brazo: "Juro por esta mano que te haré colgar". Claro, para los jerarcas escoceses, éste es el mejor aviso de que no pueden dejar volver a gobernar a María Estuardo, y se inicia una larga secuencia de acontecimientos que acabarán con Bothwell huido y María encerrada en las cárceles de Inglaterra, sujeta a un farsa de juicio en el que ni siquiera puede declarar. Las que sí declaran son "las cartas de la arquilla", un conjunto de documentos que se encontraron en la residencia de Bothwell tras su huida, y que supuestamente constituyen la correspondencia que la reina mantenía con él. Estas cartas han sido siempre objeto de disputa: probablemente purgadas de aquellos textos que más inculpaban a los nobles escoceses, señalan a la soberana como una intrigante que comete adulterio y conspira contra su marido aunque, por otra parte, constituyen el único sustento para una cierta defensa de su figura, ya que justifican sus actos mediante el único sentimiento que admite una cierta disculpa: un ciego e incondicional amor. Mucho se ha discutido sobre la autenticidad de las cartas. Stefan Zweig defiende que no pueden ser falsas: entre otras cosas, porque contienen poesías en francés de alto nivel intelectual, y que ninguno de los brutos escoceses que intrigaban contra la reina podían haber redactado, ya que no contaban entre sus filas con un Shakespeare. Claro que aquí Zweig se olvida de una cosa, y es que la reina Isabel (quien ha sido y tomado parte en todos estos asuntos) sí que disponía de un Shakespeare a mano. Desconozco si las fechas históricas coinciden, pero empleando alguna licencia histórica propia del cine, y aprovechándonos de la falta de conocimiento acerca del personaje real (que podría ser cualquiera: yo mismo defiendo la teoría de que Shakespeare es en realidad Edward de Vere), podemos imaginar a la reina Isabel encargándole a William Shakespeare una falsificación a cambio de que éste vea en el teatro Globe de Londres triunfar sus obras, entre ellas un Macbeth inspirado en hechos reales. En todo caso, la relación con Isabel debe plantearse de modo ambiguo: por un lado, María Estuardo es su gran enemiga, su némesis, contra la que trabajará incansablemente. De otro, es una reina, como ella, su igual, e Isabel debe defender que la figura de los monarcas (incluso en esta cambiante Edad Moderna) es inmutable, y que no merecen castigo por sus acciones. En la parte final de la película, podemos hacer que por primera vez se crucen las dos reinas, envejecidas, las únicas sobrevivientes de un mundo donde han ido muriendo amigos y adversarios: al final, ha desaparecido tanta gente, que las viejas rivales son las únicas en las que mutuamente pueden confiar en a un mundo transformado, ya que sólo se tienen la una a la otra. De esa manera, Isabel puede perdonar a María Estuardo el hecho de que, de manera probada, durante una conspiración, haya intentado matarla. Mientras, María Estuardo será capaz de obviar que Isabel se ha entrometido en cada apartado de su vida y de su reino, incluyendo una trama para obligarla a ordenar a sus espías la muerte de Isabel, excusa que la soberana inglesa estaba buscando para tener la oportunidad de cortarle a la reina escocesa la cabeza. La verdad es que la película tendría de todo: habría una escena (extraída de la realidad) donde una Estuardo cautiva sería paseada a lo largo de un pequeño pueblo escocés, donde la hostil multitud la escoltaría amenazante al grito de "¡Ramera!"; habría otra en que los nobles escoceses entrarían en los apostentos reales para matar a su supuesto amante, el italiano Rizzio, y mientras él se agarraba angustiosamente a una silla, un soldado le cortaría los dedos para llevarle lejos de la presencia de la soberana, y poder ejecutar así la sentencia de muerte. Habría ocasiones en que Estuardo chalanería con la única carta que posee para negociar, que es con ella misma y su posibilidad para el matrimonio, y un pasaje angustioso (perdón, olvidaba que estábamos en el cine: un escenario) en el que María Estuardo, en el dormitorio de su segundo marido, al que está convenciendo para que caiga en una trampa mortal de la que él no sospecha, le escribe una carta a su amante Bothwell para decirle que considera abyecta la traición que está efectuando, pero que lo hace porque está totalmente sometida a la pasión que Bothwell ejerce sobre ella. Se podría introducir (aunque tal vez veladamente, pues ese hecho no está confirmado) la imagen de un aborto del hijo que Bothwell tiene con la reina y, desde luego, habría un momento muy impactante en el que Estuardo -cuando ya da por seguro que la van a condenar a muerte a ella y a sus partidarios- auxilia en el instante de dar a luz la esposa de uno de sus secretarios: dos mujeres, de distinta condición ambas, pero unidas por la sororidad frente a un hecho que comparten féminas de todas las clases sociales. Estuardo ayudando a dar vida, cuando ya es consciente de que se haya muy cercana la muerte: de qué mejor climax podríamos disponer. Tengo dudas respecto al final: está claro que habríamos de incluir la muerte por decapitación de María Estuardo, pero no sé si debería mostrarse un fundido en negro o una cámara desenfocada en el momento de la ejecución (sí narraríamos, con gran dramatismo, cómo ella y sus sirvientas rezan en latín mientras un clérigo protestante lo hace en inglés, mostrando cómo hasta el final de su vida se enfrentaron la iglesia católica y la anglicana) o, si en cambio, deberíamos incluir las más cruentas imágenes de su fallecimiento, con dos hachazos fallidos, el verdugo agarrando la cabeza de los cabellos y quedándose en la mano con la peluca, la cabeza de María Estuardo rodando por el suelo, y el perro de la reina arremetiendo con saña, como único defensor de su fallecida ama, frente a los verdugos. Por supuesto, en algún momento habría que hacer mención a la cobardía de Isabel, que pretende hacer creer al mundo que ella no ha ordenado la ejecución y que se trata tan sólo de un error burocrático, cosa que le cuesta la carrera a alguno de sus funcionarios más ingratamente pagados y obedientes. Y, como colofón, mostraríamos cómo al final ambas reinas han acabado muy juntas, la tumba de una próxima a la otra, en la abadía de Westminster, sucedidas ambas dos por un Jacobo VI al que le dan igual todas las viejas redes conspirativas y sólo pretende reinar: tanto esfuerzo, tanta tragedia, tanta ambición (cabría decirse, "polvo eres y en polvo...", etcétera, etcétera), para nada. En fin, María, está claro que tu vida da para una película. Lo que no tengo muy claro si la que mejor podría representar tu trayectoria sobre esta tierra se ha filmado ya.

lunes, 18 de marzo de 2019

Las historias cortas de marzo: sobre el amor.


Sobre el amor

-En la mítica escena del balcón (la última en la que se ven vivos Romeo y Julieta), se pasan un buen rato discutiendo sobre si lo que ha cantado es la alondra o el ruiseñor. El asunto no es baladí, pues según sea el uno o la otra, significa que está más o menos avanzada la mañana y Romeo se debe largar o no, ya que anda en busca y captura por la muerte de Teobaldo. Por supuesto, los puristas me dirán que Romeo y Julieta se confunden porque cada uno desea que cante un bicho u otro en función de sus deseos amorosos; pero viendo los pájaros que trinan en la cabeza de los adolescentes éstos, a mí siempre se me ha ocurrido que si estuvieran menos tiempo enamoriscándose y más estudiando ornitología, no tendrían tantos problemas y lo tendréis más claro. ¿Veis, niños, como hasta para tener amores prohibidos hay que estudiar?

-Uno de los mayores problemas de las relaciones de pareja es que, tras el primer revolcón, ella tal vez ya está pensando en cómo va a quedar el cuadro que acaba de adquirir en la pared del salón, y cómo combinará con los otros muebles. En cambio, a lo mejor, él divaga sobre qué forma debe darte a este cuarto para que encaje en el resto de la estructura de la casa, o medita en cambio cuál es el procedimiento para llamar al ayuntamiento a retirar esa usada silla que tiene al lado, que ya se ha quedado obsoleta.

-En la mayor parte de las historias de ficción, la malvada se caracteriza por una promiscuidad sexual intolerable para la moral de nuestra época. Sin embargo, la inmensa mayoría de las personas que he conocido (hombres y mujeres) que más han hecho sufrir a sus semejantes, eran individuos que copulaban poco, o estrictamente monógamos.

-En las historias clásicas, al principio, un joven era seducido por una malvada hechicera. Después, pasamos a la fase en que la ingenua muchacha es engañada por un bribón que la deja embarazada. Conociendo lo que hoy sabemos sobre cómo evolucionan ciertas historias, me pregunto cuántas de estas chicas (doncellas, camareras, lavanderas de río) fueron en realidad forzadas mientras sus padres les regañaban por la pérdida de su honra y su virtud.

-Esto me lo dijo una vez alguien enamorada de mí: “No, mi amor por ti no es una prioridad. Prioridad sería si pensara en ella. Para mí es como la columna de una casa: está bien que esté allí, la sostiene, pero sólo pensaré realmente en ella cuando no esté”.

-Una vez le pregunté a una de mis musas cuándo había visto el amor desinteresado en los ojos de otro. Esto fue lo que me contestó:

A R*, cuando le amamantaba. A D* cuando habla de su primo B*. A S* y L* cuando se refugiaban en mí del ruido, mucho ruido. A X, mi primer amor y a Y, el último. A mi amigo P* cuando se moría de sida y juraba ser mi ángel. A mi abuela en su tercera trombosis cuando ya sólo movía los ojos y con un par de dedos me acariciaba el pelo. A mis amigos, que siempre están ahí, empujándome si me detengo, levantándome cuando me caigo y haciendo muro para que nunca retroceda. Al tio A* cuando me hablaba en el asilo de la tia P* y la abuela. A la tia M* -que no es mi tia- cuando me cuenta de tio V* -que no es mi tio. A mi vecina, la señora J* cuando sale a pasear con T*, su marido, que tiene Alzheimer, al parque a tomar el sol. A la dos hermanas que me encontraba en Balaídos en los partidos del Celta con su hermana peque con un problema cerebral en una sillita llena de tubos, ella tan poquita cosa y retorcidita, a S* y su perro G*, a mi amiga I* cuando habla de su mami, a Manolo García cuando en los conciertos se lleva su mano derecha al corazón y nos sopla un beso arterial, en el campo cuando besan al cielo y le dedican un gol a un padre, un hijo, una novia...en ese minuto de siléncio que todos compartimos con el alma tras un atentado o un desastre natural, o un accidente... al amor con el que todos los artistas hacen su trabajo...Coixet, Iñarritu... a los músicos cuando les posee el arte el alma, a Salinas, Quevedo, Hernández, González, Benedetti... A Bardem dedicándole el oscar a su papi, a su mami... a todos los que agradecen y admiran... A R* cuando habla de su abuela, a C* y a S* cuando les veo juntos, a J* y K* y a su peque, a P* y su novio, a P* cuando habla de sus hijos, a N* cuando habla de L*, su perro, a R* cuando habla de su abuelo o su sobri, a L* cuando habla de K*, a P* cuando lo hace de A* o su hija, a M* cuando se le cae la baba con L*, y he visto el amor en ti cuando hablas de las cosas que amas, de esas pelis pequeñitas llenas de Gigantes, de lo orgulloso que estas de tus amigos, de lo que quieres a tu hermana... o de lo que amas a C* -es queeee, jajajajajajajaj alguien tenía que decirlo.... sorry!- y he visto el amor en M*, en lo enamorado que está de ella, en lo que amó a la musa de Míguel Ríos, o de cómo se llevó hace dos años a su amigo P* a la Puerta del Sol a brindar con mandarinas...y lo que ama a sus dos sirenitas... Todo eso y más he visto... También he visto el amor en los indignados de todo el mundo, en las personas altruistas que como la sangre acudieron a mi pueblo cuando se lo devoraron las llamas y el chapapote, en los voluntarios de todo el mundo y de todas las asociaciones que luchan por un mundo mejor para todos, con el débil... contra el fuerte... También he visto el amor en ese desconocido que se paró a ayudarme a recoger los paquetes, el que me ayudó a empujar el coche...y bueno, no sé... en fin... si me acuerdo de algo más te cuento, ¿vale?
… Somos más, ¿sabes?...


lunes, 4 de febrero de 2019

La historia real de febrero: una pequeña lista de libros perdidos

La historia de la literatura no es la que es, sino la que ha sobrevivido. Incendios, inundaciones, grandes destrucciones promovidas por turbas o por los estados, se han alineado de tal forma que de determinados autores sólo conservamos, si acaso, una pequeña fracción de los textos que escribieron. He aquí una pequeña selección (susceptible de ser ampliada) de algunos de los más grandes escritos  jamás perdidos:

-Segundo libro de Poética de Aristóteles: supuestamente dedicado a ensalzar las virtudes de la comedia, su existencia se pone en duda. Sin embargo (cuidado, que destripamos libro), Umberto Eco utilizaba esta leyenda como recurso argumental en "El nombre de la rosa".

-Sobre la construcción de esferas de Arquímides. Citado por Pappus de Alejandría, en teoría contendría varios diseños de Arquímedes, entre ellos un remedo de planetario o un reloj astronómico. La muerte de su autor tras el sitio de Siracusa, a manos de un soldado romano, hizo perder para siempre la posibilidad de recuperarlo.

-Los libros contenidos en las Bibliotecas de Alejandría y la Casa de la Sabiduría en Bagdag: incendios y ataques por parte de cristianos a la primera, el saqueo de los mongoles en el caso de la segunda, hicieron desaparecer miles de obras. Sobre la mítica biblioteca de Bagdag, se dice que, tras su destrucción, las aguas del Tigris se volvieron negras durante seis meses a causa de la tinta vertida.

-Tito Livio escribió una extensa historia de Roma Desde la fundación de la Ciudad (como la tituló), de 142 tomos, de los que sólo se han salvado 35. Más intencional fue la eliminación de los textos sagrados considerados apócrifos a lo largo de los distintos concilios en los que se conformó la actual Biblia cristiana, y que contenían toda clase de visiones, algunas muy contradictorias con los dogmas que han prevalecido. Entre otros, el llamado "Evangelio de la víspera", que cierta secta empleaba para promover el amor libre entre sus miembros, con una serie de descripciones de actividades sexuales que harían sonrojar a más de un exégeta.

 -"Margites", atribuido a Homero. Poco sabemos de él. salvo que Aristóteles decía que había marcado una tendencia en las comedias, del mismo modo que lo habían hecho la "Ilíada" y la "Odisea" (de hecho, "Margites" debía de ser una parodia de esta última) en los poemas épicos.

-En el siglo XVII, William Shakespeare y John Fletcher escriben supuestamente un drama a partir de Cardenio, un personaje secundario que aparecía en la novela de Cervantes, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha". Por supuesto, la búsqueda de un manuscrito que conecte a los autores más grandes de la lengua española e inglesa ha sido incesante, y aunque ha habido varias versiones de las que se ha reclamado su autenticidad, ninguna ha alcanzado el consenso entre los especialistas para ser reconocida como una obra original del bardo de Stratford-upon-Avon (si es que ése es su auténtico lugar de nacimiento).

-Lord Byron fue un personaje controvertido, amado y denostado en proporciones ciclópeas. Quizás por eso resulta tan fácil entender que ciertos familiares le pidieran a sus abogados que quemaran sus memorias tras su muerte, cosa que hicieron en el despacho de su editor. Tampoco estamos seguros de hasta qué punto George Gordon Byron hubiera contado la verdad sobre sí mismo, pero al menos constituiría una fuente más de información. Se rumorea que, probablemente, la obra habría resultado escandalosa pues hubiera confirmado su homosexualidad, inaceptable para aquella época. En todo caso, la duda quedó sellada. Algo similar ocurrió con los últimos meses del diario de la poeta Sylvia Plath, borrados por su marido para no hacer sufrir a sus hijos. En ese momento, también intentó buscar los restos de la novela "Double exposures" pero, según explicó su esposo, ésta había quedado perdida "en algún lugar de los años 70", de donde nunca se recuperó.

-En 1922, la primera esposa de Hemingway, bajo órdenes de su marido (quien, mientras trabajaba como corresponsal en una conferencia de paz en Lausana, quería enseñarle los trabajos que tenía en casa a un editor), metió en una maleta buena parte del material inédito que el escritor llevaba redactado hasta entonces, incluyendo varios relatos y un esbozo de novela. La mujer abandonó transitoriamente el tren en la estación de París para comprar una botellita de agua de Evian y, cuando volvió a su compartimento, la maleta había volado -algunos dicen que este suceso fue la base del divorcio de Hemingway, pero como casi todo alrededor de éste, es difícil saber lo que esta afirmación tiene de real o legendario-. Hemingway, que conservó uno de los relatos porque se lo había devolvió un editor (el cual lo rechazó), pero que no recuperó nada más a pesar de haber ofrecido una recompensa por la maleta, le consultó a la famosa escritora, amiga e intelectual Gertrude Stein acerca de qué debía hacer. Ésta (que, por cierto, había leído uno de los cuentos perdidos, y no le había gustado nada) le recomendó que reescribiera a partir de lo que se acordaba, porque si no lo había almacenado en la mente, es que no era lo suficientemente bueno. Hemingway así lo hizo, y de ahí salió su primera novela, "Fiesta". Hay mucho crítico literario que opina que esta pérdida le sirvió para perder lastre de obras primerizas que le habrían absorbido demasiado si hubieran continuado en su poder; pero, como digo, casi todo lo relacionado con Hemingway tiene demasiadas vertientes para juzgar a la ligera su autenticidad. En todo caso, se ha convertido en una de las maletas más famosas de la historia de la literatura.

-En 1942, Bruno Schultz termina su novela "El Mesías", en el que había puesto la sangre y la vida, pero ambas le son arrebatadas al tratar de huir del campo de concentración donde se hallaba encerrado, a manos de un soldado de las SS. Desde entonces, el misterio de lo que pasó en esa novela ha inspirado hipótesis por parte de historiadores, también novelas, y rocambolescas consecuencias (que incluyen espías y accidentes de tráfico) en el mundo real. Como otros textos que hemos descrito, todavía no ha sido hallada, pero aguarda quizás el momento propicio para aflorar.

lunes, 23 de abril de 2012

Día de San Jorge

Día de los libros y de las bibliotecas (para cuántas cosas sirven, ¿verdad?: para estudiar, para leer, para obtener información, para hacer amigos, para culturizarse, para amar, para enamorarse de los libros y de la humanidad, para enamorarse), la curiosa coincidencia del día del famoso San Jorge, por lo visto en su origen un soldado romano, y de la leyenda del dragón con el día en que murieron Shakespeare y Cervantes (aunque todo esto está en duda porque por lo visto Shakespeare no era Shakespeare sino uno que pasaba por ahí, y además está el cambio de calendario juliano a gregoriano para liarlo todo) han hecho que este santo quede definitivamente a cargo de la pastoral de los libros -y digo yo, ¿también de los eBooks y blogs, a pesar de lo que diga el siempre clarividente Forges?-, que son una parte fundamental de nuestra vida, porque pienso (ingenuo de mí) que si alguien de verdad ama y comprende la literatura entonces comprende al ser humano, sus anhelos y esperanzas, sus idioteces y sus momentos sublimes, y entonces no puede odiar ni alentar el mal contra sus semejantes, sino que conoce y comprende las pequeñas debilidades de cada uno y aprende a perdonar. ¿Es así? Quién lo sabe. En todo caso yo me pasaba por aquí para deciros que mi querido Juan Miguel Cano Castell, más conocido en círculos literarios como Ludkubo, y de cuyos retos literarios ya os he hablado recientemente, se arriesgó a plantear un reto aleatorio por esto del día de San Jorge, y para no acabar todos hablando de lo mismo, acabó dándole a su máquina de generar cosas al azar y nos ha dado a elegir entre versiones del mito de San Jorge en fiestas playeras, motos de los años 50 o estilos varios. A mí, para bien o para mal, me tocó elegir entre cuento de horror sobrenatural y uno ambientado en la Edad de Bronce. Veréis lo que he elegido. Pasad buen día de San Jorge, y compradle a las chicas un libro y compradles a los chicos una rosa: por variar.

La edad de los prodigios

                -No llevaré escudo…
                Recordó que le decía al Consejo mientras a su alrededor se calentaban los hierros y se golpeaban las fraguas.
                -No llevaré lanza…
                Prometía mientras en torno suya llovían las chispas y el metal líquido se comía los anillos y devoraba los antiguos amuletos para los festivales. Ahora ya no había celebraciones, ya no se repetían las risas: los únicos dioses que habían sobrevivido eran aquellos cuyas invocaciones proporcionaban mayor fervor para matar.
                El resto de ellos, pese a su inmortalidad, no habían resistido.
-Tienes que llevar un elemento de defensa –dijo el jefe de la tribu, adornado con un penacho de plumas-. Si no, el dragón te matará.
El hombre negó apesadumbrado con la cabeza.
-No hay ningún dragón.
-Eso no es lo que dicen los relatos de los hombres que volvieron.
El aludido suspiró.
-No creo en dragones, ni en magos, ni entes sobrenaturales, ni tampoco en charlatanerías ni cuentos de vieja. Además, si hubiera habido un dragón, lo más probable es que esos hombres no hubieran vuelto.
Los ancianos, sin embargo, giraron la cabeza. En la montaña había dragones, eso todo el mundo lo sabía. Se conocía desde antiguo, añadieron. El hombre se contuvo para no contestarles con una expresión socarrona. ¿Dónde lo habían oído? Él era casi tan viejo como ellos y los únicos que había escuchado hablando de esas leyendas eran borrachos, presuntuosos o fabuladores profesionales; en cuanto a preguntarles si había algún registro escrito de cuán viejos eran esos relatos, esa pregunta estaba fuera de lugar.
-Aún así, es demasiado arriesgado –proclamó el mayor de los ancianos-. Quieras o no, se te proporcionará una lanza. Y un escudo. Preferimos que se diga que el Consejo ha pecado de exceso de prudencia que de lo contrario.
Y por eso ahora el hombre andaba entre fraguas, yunques, herreros, metales. Tampoco les reprochaba el miedo a los ancianos. Un metal es algo sólido. Es algo en lo que puedes confiar. Muy adecuado para situaciones de incertidumbre.
Los últimos cincuenta ciclos solares habían sido de ese tipo.
-Hola, Dendral. He venido de parte de los Ancianos. Quieren que me proporciones algunas armas.
El herrero le miró muy serio.
-¿Finalmente te has presentado voluntario?
El hombre asintió. Pues claro. ¿Quién si no iba a hacerlo? La cuestión de la guerra era un asunto inminente. Las vetas de mineral en la zona era cada vez más escasas, y se estaban acabando los recursos para comerciar. A su vez, el vecino pueblo de los osros tampoco andaba en las mejores condiciones posibles. Que los ánimos se crisparan y las armas se levantaran de nuevo parecía cuestión de semanas, tal vez días. Sólo volver a la inaccesible zona de las montañas, al Risco Prohibido, y encontrar el mineral ansiado podría –quizás- detener la inmensa bola de nieve en la que se había convertido la marcha de las cosas.
-¿Por qué tú?-preguntó Dendral.
El hombre se rió.
-¿Por qué yo?¿Por qué cualquier otro?, sería mejor decirse. Los que iban antes están ya tan viejos que no podrían caminar ni con los pies de otra persona. Los jóvenes no conocen los pasos por aquella zona, y son demasiado orgullosos como para ocuparse de viejos asuntos del pasado cuando ahora hay una guerra en marcha donde demostrar lo gallitos que son. Y el resto están asustados por los dragones, reales o imaginarios. ¿Quién quedaba entonces?
-No te he preguntado por qué no van lo demás; te he preguntado por qué vas tú.
El hombre se quedó pensando. Buena pregunta. Al fin y al cabo, ¿por qué se iba a sacrificar por un pueblo del que prácticamente todos sus habitantes le importaban poco o más bien nada, y por los que no lloraría demasiado en caso de verles muertos? A lo mejor era precisamente por eso, pensó: porque si me matan, ya no tendré que verlos más.
Claro que para eso no tendría que esperar mucho: con la guerra, desaparecerían muchos. El problema es que ni siquiera los que volvieran lo harían como antes, meditó el voluntario. No es que le gustaban las guerras, más bien al contrario, le repelían. Pero al menos, en los viejos tiempos, la gente volvía con historias, relatos, noticias sobre otros pueblos, aspectos extraordinarios que comentar… Ahora, en cambio, en que la escritura había desaparecido, las historias se habían vuelto más pobres, los relatos más escasos. Y justamente la gente de su pueblo no parecía tener siquiera la imaginación suficiente como para inventarse las fabulaciones más tempestuosas. Él tampoco la tenía: pero al menos apreciaba escucharlas. Lo malo es que tenía muy mala memoria para ello. Se le mezclaban los personajes, las causas, las consecuencias. ¿Cómo era aquel rey que venció a…?¿Lo de mató a siete de un golpe se refería a cuando…? La falta de escritos acababa conduciendo a la falta de relatos, y éstos, finalmente, a la amputación de parte de la vida.
Las cosas habían ido muy difíciles desde hacía tiempo. Primero fueron los terremotos. Llegaron de repente y se prolongaron a lo largo de varios días. Después, una nube negra, muy densa, que lo invadió todo, y que procedía de una inmensa columna enclavada en algún sitio del mar. Luego unos comerciantes les habían dicho que la humareda provino de una isla, que ésta se había hundido, y había dejado una inmensa caldera rellena por agua y varias islas donde antes sólo había una. El problema era que esa lejana isla, que parecía a aquella región le pillaba muy remota, era por lo visto un centro comercial de primer orden, y de repente numerosos productos comenzaron a escasear. Algunos pueblos, antes que pasar hambre, decidieron emigrar y asolaron a todo aquel que se plantó a su paso. Comenzaron las batallas. En medio de ellas, se perdieron, hombres, vidas, pero también la artesanía, la manera de hacer las cosas, los papeles escritos… Se empezó a olvidar… El hombre era muy joven cuando todo aquello empezó. Todo lo que había venido después era una lenta decadencia. ¿Por qué marchaba voluntario? Quizá porque no quería seguir viéndolo más.
-Alguien tiene que evitar esta guerra –le mintió a su amigo el herrero-. Y alguno se debería sacrificar. Aunque sea para enfrentarse a un dragón.
El herrero se encogió de hombros.
-Dicen que al norte se está movilizando un ejército para sitiar a toda una ciudad. Que gentes de todos los confines van allí en busca de botín, fama y gloria. Hay algunos que cuenta que todo viene por una disputa por una princesa a la que le ha dado por irse con otro. Yo no me lo acabo de creer, pero al menos tendría más lógica que lo que tú estás haciendo.
El otro hombre sonrió.  
-Sí, estaría bastante bien que matar al dragón llevara siempre aparejada una princesa, ¿verdad? 
Ambos se rieron. Siguieron hablando otro poco más.
Y en poco tiempo, el hombre ya estaba de camino a la montaña adonde le había llevado el destino, armado de su escudo y su lanza. Eran buenas armas, hechas de bronce. Ésa era de las pocas cosas que no se habían perdido. Los pergaminos, el arte de sanar o los viejos mitos podían extraviarse, pero siempre se necesitaba algún herrero que hiciera un trabajo artesano. Y siempre podía ponerse alguien al lado a aprenderlo. El problema es cuando alguno no quisiera que nadie más conociera su secreto; entonces, eran cosas como un pergamino transmitido de generación en generación, o un sitio donde se anotaran las instrucciones y que se perdiera o fuera sigilosamente arrebatado lo que hacía que acabara extendiéndose (la historia del conocimiento es, reflexionó el hombre, también la historia del plagio y del robo). Ahora que esas alternativas no existían, ¿cuánto tardaría en perderse el secreto de la fabricación del bronce?¿Una, dos generaciones? El pobre Dendral se sentiría triste allá donde estuviese, en el valle de los gemidos o abrazado a la Madre Tierra. El hombre se preguntaba si al otro mundo le dejarían llevar sus instrumentos para trabajar.
Caminó por el valle desolado pacientemente, cavilando sobre qué era lo que se encontraría cuando llegara allí. Pensó en el dragón. Durante todo aquel tiempo había negado su existencia, pero ahora, conforme se acercaba al lugar, le empezaba a entrar aquel temor reverencial sobre si todas aquellas leyendas de su infancia, contadas en torno al fuego, eran verdad. Su memoria no daba para mucho en cuanto al contenido de las mismas, pero sí que se acordaba de las caras retorcidas, casi malignas, de las ancianas, visiblemente alegres de conseguir infundir miedo hasta el punto del pánico a unos pobres zagales. El problema era que luego esos chicos crecían y el miedo seguía ahí, y los dragones dejaban de ser imaginarios e incluso se empezaban a crear… Quizás, era posible, meditó el hombre, que un número de personas suficiente pensando en ellos los materializaran. Pero el problema era que, de ser así, el escudo y la lanza iban a ser realmente necesarios, y pudiera ser que no llegaran a bastar…
Comenzó a llegar al lugar. El entorno se volvió más agreste. La silueta de la montaña se recortaba contra el cielo gris como un animal salvaje. Las colinas estaban cubiertas de un extraño polvo blanco y ceniza que producían un cierto estremecimiento y en algunos huecos de los cuales, sin embargo, parecía que las hierbas se atrevían mínimamente a asomarse. El hombre asió inconscientemente su lanza con más fuerza. Allí hacía más calor. Casi podía sentir, de hecho, la respiración pausada e inquietante de alguna criatura durmiente en las profundidades… Le dio la sensación de que algún animal le acechaba. ¿Murciélagos de los que chupan sangre, lobos? No se sentía seguro allí afuera. Llegó entonces a la entrada de una cueva. En aquel lugar, la respiración que antes creía haber estado escuchando se apreciaba todavía más.
Bueno, si en algún lugar debía estar el dragón era justamente ahí, pensó. Dio un paso hacia adelante y se adentró en la cueva. Si hemos de morir, se dijo a sí mismo, que sea ya.
El calor era asfixiante ahí dentro. El hedor también. En aquel momento, el hombre empezó a dudar: dejó de lado su escepticismo, su racionalidad, su incredulidad en lo imposible, y plantó el escudo por delante en espera de que llegara cualquier cosa. Entonces, captó por el rabillo del ojo un movimiento; sin pensarlo demasiado, salió corriendo detrás de él. Luego, conforme corría, se dio cuenta de la insensatez: ¿qué iba a hacer, amenazar a un dragón de quince metros con una ridícula jabalina y un escudo que probablemente no resistiría un fuego infernal? Pero aún así, ya estaba corriendo, y no podía esquivar el peligro que se cernía. Le dio la vuelta a la esquina. Contuvo la respiración.
Resbaló. Una zona de la gruta estaba cubierta por agua y en ese momento el hombre se sintió caer. Se deslizó por un largo túnel que le arrastraba a toda velocidad hacia el centro sin que pudiera hacer nada para evitarlo, salvo rozar sus piernas y brazos desnudos con las paredes de la caverna, e intentar no matarse con sus propias armas. El hombre aterrizó abruptamente rodando sobre el suelo de la caverna. La jabalina se clavó sobre el suelo y se rompió de golpe. El voluntario levantó la cabeza, cubriéndose con el escudo, y cerrándolo en torno a su cuerpo nada más su mente comprendió lo que había visto.
Porque enfrente suya estaba el dragón.
Durante unos segundos, esperó que pasara lo que tenía que pasar. El sudor se le clavaba como un cuchillo en la nuca, quizás porque temía que en cualquier momento unos dientes como dagas se le ensartaran en la garganta. Nunca había sido de rezar mucho, pero en aquel momento invocó a todos los dioses que sabía y que podía recordar. Sabía que el escudo no servía de nada. Ya estaba, estaba seguro, iba a morir.
El calor se hizo súbitamente más intenso. Por un momento le quemó la piel y pareció atravesarle hasta el tuétano. El hombre se preguntó cuánto puede una llamarada llegarte a mortificar…
Pero entonces, no ocurrió nada. Pasaron los minutos, y no había dolor, ni fuego, ni muerte horrible. El hombre se atrevió a echar una mirada por encima del escudo. Y su mirada entonces fue ojiplática, y su cara reflejó la más absoluta estupefacción.
Sí, era un dragón… Salvo que no estaba vivo. La formación de rocas tenía un aspecto muy similar, en forma disposición, a la que hubiera tenido cualquier animal mítico. Si la mirabas de cerca, y con más calma, por supuesto que había sus diferencias y que te hubiera podido parecer otras muchas cosas, incluyendo simplemente rocas: pero lo sorprendente era la imagen que aparentaba a cierta distancia, y lo fácil que era posible inducirte a error. Aunque quizás lo más impactante eran los pequeños huecos horadados en la piedra y a través de los cuales, lo que asemejaba unos ojos maléficos y una boca llameante eran en realidad accesos para la lava, que emitían ese pestilente aroma tan particular… Ahora lo entendió todo. Comprendió también los súbitos cambios de temperatura, marcados por el río de lava que debía estar circulando alrededor. La zona había sufrido no sólo terremotos, sino también volcanes: por eso la gente se había alejado tanto tiempo, por eso el lugar había sido prohibido, y por eso el pueblo había tenido tanto miedo cuando él era pequeño, pero nadie lo había escrito y ninguno se lo había podido explicar. Y la poca gente que había venido por aquí se había encontrado la lava aún circulante, un infierno asfixiante, e incluso rocas que se identificaban tanto con animales míticos que era normal que alguien asustado hubiera caído en el error. Allí estaba el dragón…
… y también aquí, ahora que podía contemplar la cueva con tranquilidad y sin miedo, el mineral que había venido a buscar.
Aquello era un gran descubrimiento. Esto podría parar la guerra. Era lo que había querido encontrar. Y sin embargo, el hombre descubrió algo todavía más sorprendente.
El lugar era peligroso. El lugar era inaccesible. Pero precisamente por eso, era un buen lugar para esconderse cuando no querías que nadie te pudiera hallar. Cuando pretendes ocultar cosas. Y los dioses sabían que su pueblo, igual que todos, había sido rico en discordias en los últimos tiempos. Una pequeña pila se acumulaba cubierta por un manto de ceniza. El hombre se acercó hasta allá. Retiró con mucho cuidado aquella capa de ceniza.
Y entonces sí que el corazón le estuvo a punto de estallar.
                Tantos tiempo esperando. Tantos ciclos solares añorando.
                Casi deseó abrazarlo contra su pecho. Pero tuvo tanto cuidado que sólo muy trabajosamente lo consiguió sacar. Ahora que estaba rescatado, no podía hacer se perdiese. Debía protegerlo, debía cuidarlo. Lo debía preservar. Nada debía alterar la palabra escrita.
                Cogió los pliegos y los colocó sobre su escudo, que sirvió a modo de bandeja. Al mismo tiempo, se apercibió de que, justo al lado de lo que hubiera correspondido a la cola y el bajo vientre del dragón, había unas flores de un color rosado intenso que parecían haber sido colocadas allí como un regalo para tomar. Decían que las tierras sometidas al influjo de los volcanes eran luego más ricas y fértiles. Si fuera así, por primera vez en mucho tiempo, podían decir que les aguardaba un brillante futuro en el valle: el hombre cogió alguna de estas flores. Las plantó también en el escudo, y comenzó a marchar.
                Caminó por entre las grutas y pasillos oscuros. Andaba pausado, y en dirección hacia la luz. No sabía lo que venía entonces ni lo que iba a pasar. Pero sí que era consciente de una cosa, y era que todo iba a cambiar.
                ¿Cómo se empezaban las historias? Quizá lo importante no era aquello, sino cómo llegaban a terminarse, a escribirse, a recordarse. Quizás si se enterara de algo más, podría anotar esa historia acerca de la princesa que había provocado aquella guerra en el este. ¿Cómo le había dicho Dendral que se llamaba, en la conversación justo antes de su partida?¿Kira, Vesda, Helena quizás? Su mala memoria siempre lo dificultaba todo, meditó conforme llegaba al pueblo y plantaba delante del corro que se había reunido las flores, el mineral, los pergaminos, y la lanza rota, todo ello encima del escudo, que sostenía con aire marcial.
                Esperaba que los futuros historiadores tuvieran más memoria que él.
                -Me llamo Goargas –proclamó él-; he matado al dragón.