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lunes, 15 de enero de 2024

La obra de teatro de enero: "A la luna se viaja sin sombrero"

    
Siempre es un gustazo recomendar las obras del grupo teatral "La fragua y la luna", porque, a pesar de ser amigos, no le dices a la gente que vaya a ver su trabajo por compromiso, sino porque realmente merece la pena. En este caso, se han marcado una estupenda obra para público familiar titulada "A la luna se viaja sin sombrero", la cual constituye una mezcla de temas bastante sugerente. Por un lado, es un homenaje a ese grupo de poetisas (las llamadas "sin sombrero") de la generación del 27, injustamente olvidadas en comparación con sus compañeros masculinos, y también es un tributo a las abuelas y a esas historias épicas que, en muchos casos, les tocó vivir. Por otra parte, este grupo de excéntricos aventureros se embarcan en un viaje a la Luna donde abundan los guiños a los periplos (literarios y reales) más míticos a nuestro satélite. Y es que la obra, con un guión muy bien estudiado, incluye puntos cómicos que harán las delicias de niños, pero también de los más mayores, quienes entenderán las referencias a ciertas series de televisión o a personajes con fama. A destacar sobre todo la buena labor de los cuatro actorazos protagonistas, que valen tanto para cambiar de personaje en menos de un minuto como para interaccionar y jugar con la escenografía, los efectos especiales y, sobre todo, el público más joven.

Así que ya sabéis: si os apetece pasar un rato divertido con toda la familia, esta obra se está representando en el teatro La Encina en Madrid los domingos de enero a las 12.30, aunque pasará a los sábados a partir del día 27 y a lo largo del mes de febrero. Podéis reservar a través de este enlace, y seguro que me confirmáis que he acertado en recomendárosla. Un saludo.

lunes, 19 de diciembre de 2022

La obra de teatro de diciembre: "Ladies Football Club"

"Ladies football Club" es una obra de teatro de Steafano Massini cuya premisa parte de una historia real: un grupo de trabajadoras de una fábrica de armamento en Inglaterra, durante la Primera Guerra Mundial, que decidieron iniciarse en el mundo del balompié, hasta entonces vetado a las mujeres, y montaron un equipo que demostró que las féminas podían ocupar espacios hasta entonces sólo reservados a sus congéneres masculinos. La obra lleva un tiempo rodando por España, he tenido ocasión de verla, y no puedo sino elogiar los resultados.


No conozco exactamente los distintos aspectos de la historia real en la que se inspira el guión, ni tampoco cómo fue el montaje original de la representación en otros países (por lo que veo, el director Sergio Peris-Mencheta, quien también ha dirigido la sin par "Noche sin luna", escrita e interpretada por Juan Diego Botto, ha incorporado bastantes cambios), pero, desde luego, a éste no le falta de nada: aparte de una escenografía muy versátil, las tres horas menos cuarto que dura la actuación se te hacen cortas, acompañados de juegos de sonido, de luces, interacción con el público y unos números musicales muy efectivos. Pero si por algo destaca la obra es por los dos aspectos por los que más debe brillar una producción teatral: el libreto y los intérpretes.

El texto, por un lado, está sin duda muy bien trabajado a través de múltiples recursos, y es capaz de hilar las circunstancias históricas que rodean a la historia (la guerra, las cuestiones sociales, los condicionantes causados por el conflicto) con la biografía tan detallada de cada una de estas once empleadas de una fábrica de armamento, cada una con su personalidad, preocupaciones, sueños y su particular carga emocional encima. Pero toda esta exuberancia de caracteres no se expresaría de manera adecuada de no ser por este excepcional grupo de actrices que, a lo largo de una representación sin interrupciones, cantan, organizan complicadas coreografías, juegan con su voz e interpretan a la vez a múltiples personajes que nos hacen reír, llorar, vibrar, contener el aliento y, sobre todo, preocuparnos por su destino, en un trabajo coral donde, como suele ser común, el todo luce más a partir de la suma de sus acertadas partes. No obstante, lo que está claro es que cada una de las artistas deslumbra con luz propia.

La obra se representa ahora mismo en los Teatros del Canal de Madrid, aunque estoy seguro de que tendréis oportunidad de disfrutarla en el futuro, en ésta y otras ciudades. Espero que la recomendación sirva para que acudáis a verla, y que gracias a ella lo paséis tan bien como yo. Un saludo.

viernes, 8 de julio de 2022

La obra de teatro de julio: "Feliz lunes"

 

Imágenes promocionales de la obra

Sabéis que me gusta apoyar los pequeños proyectos que gozan poca publicidad. Más aún si son tan buenos como éste. "Feliz lunes" es una obra de teatro musical que emplea pocos medios, pero los utiliza con mucha sabiduría. La obra, cuya sinopsis encontraréis aquí, en principio trata sobre el fenómeno de las redes sociales, aunque en realidad abarca temas más amplios, y es mucho más divertida de lo que refleja el argumento inicial. Por un lado, la historia se centra en el personaje protagonista, una muchacha aspirante a actriz (de ahí que el tema de las redes sociales aparezca de manera muy natural), y acaba hablando de cómo elegimos vivir nuestra existencia, y también de la "cultura de la apariencia" que todos practicamos, dentro y fuera de nuestra vida cibernética. Y, desde otro punto de vista, la obra mantiene durante mucho rato un buen tono de comedia (con fantásticas canciones, que por lo visto acabarán en un disco; estoy casi seguro de que me lo compraré cuando salga), liderada por fantásticos actores que transmiten mucha pasión y saben también ponerse serios cuando toca. En especial, cabe destacar el esfuerzo de la actriz principal, la cual carga con el peso de buena parte del espectáculo, aunque disfruta del enorme apoyo de dos estupendos secundarios (a los que les perdonamos incluso que, a pesar del argumento de la obra, sean bastante guapos). El guión, además, es afilado y cargado de referencias culturales y conceptos que encajan bastante bien con el conjunto general, al que ayudan unos recursos técnicos que, siendo como digo humildes, se emplean con mucha destreza.

"Feliz lunes" va a estar exhibiéndose los sábados de este mes en la sala "El Umbral de Primavera", en el maravilloso y vibrante barrio de Lavapiés en Madrid, aunque esperamos que tenga la oportunidad de disfrutarse más tiempo y en muchos más sitios, porque la verdad es que se lo merece.

martes, 1 de febrero de 2022

Las recomendaciones de febrero: dos obras de teatro

La gran Cenobia.  Como muchos sabéis, siempre tengo un lugar especial en mi corazón para los perdedores. No es difícil encontrar colectivos de esta categoría cuando exploras la historia del Imperio Romano, uno de los más victoriosos de la historia. Quizás por eso le he dedicado buena parte de mis líneas a uno de sus enemigos más olvidados. Pero tampoco es nunca mal momento de acordarse de Cenobia o Zenobia, esa reina de Palmira (ciudad situada en lo que hoy sería Siria) que desafió a este gigante militar y consiguió, durante varios años, mantener a su nación como entidad independiente. Lo bueno o lo malo que de su biografía no hayan quedado más testimonios que los de los historiadores latinos -como ocurre con casi todos los vencidos por Roma- es que esto hace que sea muy fácil reinterpretar su relato para obras literarias posteriores: es un privilegio, por otra parte, que se le reserva a los mitos. Yo descubrí su figura a través de La reina de las caravanas, una novela histórica que conseguía lo que pretendía: ser ligera, entretenida, crear un personaje carismático, y emplear bien unos recursos muy efectistas (incluyendo una sensualidad bastante sugerente). Ahora he vuelto a disfrutar de una versión de la reina de Palmira a través de La gran Cenobia, obra de teatro escrita originalmente por Calderón de la Barca y representada en las próximas semanas en Madrid por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con un reparto joven y meritorio, un muy bien trabajado montaje ha sabido actualizar un texto antiguo (en todo caso muy bien hilado, como suele ocurrir con Calderón) hasta convertirlo en vívidamente moderno, aprovechando para exhibir peligros muy actuales y, también, el problema de que tus palabras queden en manos de otros. No sabemos lo que hubiera opinado Zenobia de las diferentes visiones de su vida, pero lo que sin duda le disgustaría es descubrir los daños que ha sufrido la ciudad por la que tanto luchó a manos de la sinrazón del ISIS durante la guerra de Siria. Esperemos que el futuro le depare a Palmira que recupere, al menos, una mínima parte de su esplendor.

Mi madre, Serrat y yo. Esta obra de teatro que se representa durante las próximas semanas en Madrid, en la Sala Plot Point (de la que hablamos en otra ocasión para mencionar una obra emparentada), explora las relaciones materno-filiales a través de la música de Joan Manuel Serrat. La comedia de pulido guión (y profundas conexiones argentinas) se cimenta sobre todo en sus estupendas actrices, tanto el volcán viviente que ejerce de madre como en la joven que interpreta a su hija, la cual acierta en darle las réplicas y también en deleitarnos con las canciones del artista catalán. Ideal para quienes quieran reconectar con sus seres queridos o escuchar versiones del "tembleque" del maestro.



lunes, 22 de noviembre de 2021

El relato de noviembre: Debut

 Debut

 

          De todas las frases que NO dijo Shakespeare, sin duda la más certera fue: “No hay nada más estresante que ser director de teatro”. Y me importa un pito el anacronismo del uso de la palabra estresante, el no-Shakespeare tenía razón. Llevo veinte años en esta profesión y maldita la gracia que me ha hecho permanecer en ella. Para muestra, un botón: les voy a poner un ejemplo de algo que me ocurrió la semana pasada.

 

          Contexto: una obra clásica, de ésas donde los actores van vestidos con jubones y declaman las frases en castellano antiguo. Iba a ser la típica representación que empieza en un teatro de provincias, para que así los actores se vayan fogueando. El término “teatro de provincias” puede antojárseles clasista o rastrero, y seguramente tengan razón, pero empleo la expresión porque de esta manera nos entendemos todos. La cosa es que no esperábamos grandes alardes: simplemente cumplir con nuestro trabajo e ir puliendo fallos de cara a lances y plazas más críticas. Pues bien, como nunca pueden ir bien del todo las cosas, ocurrió la clase de cosa que le quita el sueño a los directores: se nos lesionó un actor justo un par de días antes del debut. Por más que le pregunté a los médicos, y por mucho que el actor insistió, no había manera: si no era con muletas, no podía subirá un escenario. Así pues, había que buscar un sustituto, y no andábamos sobrados de actores. Entonces, apareció la pesadilla de cualquiera que se atreva a montar una función sobre las tablas: un ayudante de escenografía, joven (muy joven), extremadamente apasionado, que se ofreció entusiasta para reemplazar a nuestro malherido intérprete.

          -Pero, Manolín –le llamaremos “Manolín” para evitar la posibilidad de demandas-… ¿Tú tienes alguna experiencia en teatro?

          -No.

          -¿Tienes alguna experiencia, interpretativa, de cualquier tipo?

          -Tampoco.

          -¿Ni siquiera en el colegio?

          -Bueno… Ahora que lo pienso, tenía que hacer de gusano en una obra de la guardería cuando tenía 5 años.

          -¿Y qué tal te fue?

          -El guion decía que debía darle un beso a María Gusano. Pero a la chica que hacía María Gusano no le gustó y me arreó un guantazo.

          Suspiré.

          -Y, entonces, ¿por qué quieres actuar?

          -Es que… me haría mucha ilusión.

          Te lo decía con esa mirada y ojitos tiernos, como los de un carnero que no sabe que en tres días le toca un viaje al matadero… En fin, como decimos en el argot de los intelectuales, “tenía una hostia”…

          -Manolín, el teatro no es lo que te piensas. Se dan muchos casos de  miedo escénico. La gente se bloquea cuando se da cuenta de que en las butacas hay una masa informe de público mirándole. No está hecho para cualquiera.

          -Déjeme, jefe. Déjeme, que lo haré bien.

          Supiré de nuevo. Esta vez, más hondo. La verdad es que no tenía muchas alternativas. No había demasiada gente a la que recurrir, y al muchacho no se le podía acusar de falta de compromiso.

          Por lo menos era un papel fácil.

          -Mira, Manolín, la actuación en realidad es muy corta. Sólo tienes que salir a escena con el traje que te darán los de vestuario. Eres el mensajero. Tienes que anunciar la llegada del Príncipe a la corte. Son dos frases nada más. Luego te colocas en la parte de atrás del decorado, junto al telón. Es una labor sencilla, pero importante desde el punto de vista narrativo, porque van a pasar por delante un montón de personajes, los cuales harán referencia al tuyo y te señalarán, para así utilizar esa acción como sostén metafórico para sus propios discursos. ¿Has entendido?

          -Metafórico.

          -No, quiero decir… das el mensaje, te vas hacia el fondo del escenario, delante de la cortina, donde lops demás puedan verte, y te quedas quieto. ¿Podrás hacerlo…?

          -Claro, jefe. Seguro –parpadeó repetidas veces el muchacho con la seguridad que, sin duda, tenían en sí mismos los primeros ingenuos que probaron un paracaídas.

          Lo dejé estar. Hablé pues con el dramaturgo para ver si podíamos modificar la frase de nuestro recién adquirido intérprete, con el propósito de ponérselo lo más fácil posible. El escritor farfulló una retahíla incomprensible acerca de “la potencia diegética del texto”, pero después de un toma y daca bastante rutinario, acabó diciendo que sí. La frase que el interfecto tendría que pronunciar, de forma rotunda y sonora, cuando ejerciera de heraldo, sería:

          -¡El Príncipe llegará dentro de dos días!

          Parecía fácil. Y, de hecho, lo era. Al muchacho se le vio entregado durante los pocos ensayos donde tuvo la oportunidad de probarse. No daba la impresión de desenvolverse mal. Un poco nervioso, pero bueno, lo habitual para este tipo de casos. Así que me despreocupé del asunto. Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que podía pasar? (me dije a mí mismo, incauto). ¿Que tartamudeara un poco su frase? Siempre tendríamos al apuntador y a los otros actores para echarle una mano, en el que caso de que vinieran mal dadas.

          El día del estreno, se reunía todo el alto copete de aquel núcleo urbano, tan pequeño como orgulloso de sí mismo. Como suele decirse, se habían congregado las fuerzas vivas del lugar: y con eso quiero decir que divisé corbatas, pamelas, sombreros de ala ancha de obispo, y hasta algún tricornio. El teatro estaba de bote en bote, y tan sólo había unos cuantos huecos vacíos, destinados a las familias de los intérpretes, en la primera fila. En esos asientos para personalidades VIP avisté a una hermosa joven que se encontraba hablando con nuestro actor debutante, el cual aún no se había vestido y maquillado para su personaje. Deduje (por la forma en que se hacían arrumacos) que se trataba de su novia. Creí que esto era un buen auspicio, pues pensé que la presión por quedar bien delante de tan bella dama le serviría a nuestro particular Laurence Olivier como acicate para desplegar el mejor de sus talentos. Eso, como digo, era lo que, por aquel entonces, creía yo.

          La función comenzó. Todo transcurría dentro de los cauces previstos. De reojo, siempre un paso por delante, atisbé a nuestro bisoño héroe, el cual, enfundado en su traje de mensajero, daba la pinta exacta de lo que debía aparentar. Le noté tenso, pero sin salirse de los límites habituales. Por tanto, lo dejé estar.

          Llegó la hora crucial para el chico. Cuando iba a salir, le di un par de golpecitos en el hombro y le susurré, como había hecho con tantos actores antes, un animoso:

          -Mucha mierda.

          El joven salió al escenario. Se plantó en medio de los otros actores, con su capa al viento (es un decir) y su sombrero rematado con una pluma, acentuando su elegancia. Sólo tenía que decir una frase. “El Príncipe llegará dentro de dos días”. Nada más.

          Entonces ocurrió. Juro que, si a mí me lo preguntan, aquello fue completamente improvisado. Se quedó un segundo mirando a su alrededor, como buscando algo y, cuando lo encontró, lo agarró con la mano derecha. Resulta que lo que atrapó fue una espada de atrezzo que llevaba uno de sus compañeros y que no debía usarse para nada, simplemente como aporte decorativo al personaje.

A continuación, el joven mensajero, ahora armado con una espada, la levantó, la alzó hacia el individuo que tenía enfrente (a la sazón, el protagonista de la obra) y, con una voz estentórea, que ya quisiera yo para mis mejores diálogos, proclamó:

          -¡Me llamo Íñigo Montoya!¡Tú mataste a mi padre!¡Prepárate a morir!

          Dicho esto, nuestro arrebatado héroe avanzó un paso hacia adelante, ensartó a su compañero de reparto en el pecho (también es un decir; la espada era de plástico blandito, y lo más que hizo fue arquearse al contactar con el tórax del agredido), soltó el arma y, de un salto, se plantó ufano en un asiento vacío de las primeras filas, justamente al lado de su novia.

          El resto de la producción nos quedamos estupefactos. En ese momento, el protagonista de la obra, dándose cuenta de que acababa de producirse una ruptura de la continuidad narrativa, y con unos segundos de desfase –suficiente para que fuera evidente que aquello no estaba preparado- se llevó las manos al pecho, exhaló un grito y se desmayó. Es otras palabras, su personaje murió. En mitad de la obra. Con otros dos actos por delante. Que requerían de su plena participación, la cual incluía un monólogo.

          Mientras tanto, escuché desde la primera fila (tal silencio había invadido el teatro) al mensajero reconvertido en asesino proclamarle a su chica, con un deje de felicidad y vanagloria:

          -Siempre había deseado decir esa frase…

lunes, 12 de abril de 2021

La obra de teatro de abril: "Amar en tiempos de COVID"

Oí hablar de este título porque en el pasado he colaborado con sus dos protagonistas. A Julián Salguero, además, le había visto actuar antes en "Mi padre, Sabina y yo", una obra de teatro que sin duda le encantaría al viejo perro/cantautor andaluz, y a la que os recomiendo acudir si estrenan undécima temporada. A la volcánica Estefanía Rocamora tuve la oportunidad de contemplarla en la fiesta de presentación del fanzine de Fragmentos de Tinta hace unos años. Con estos antecedentes me esperaba un buen espectáculo bajo el epígrafe de "Amar en tiempos de covid", representado en la sala Plot Point, y éste, desde luego, no me ha decepcionado.

Lo primero que sobresale es la química y la complicidad entre ambos actores. Lo segundo, un guión, obra del propio Salgueiro, que no da puntada sin hilo que pespunte la rima a lo largo de las distintas partes, y que (como suele decirse de los clásicos) logra ese efecto tan especial que consiste en -sobre un tema como el amor, acerca del cual se ha dicho todo- expresar las cosas de tal manera que parezcan nuevas, para que suenen tan frescas y originales como la primera vez. La historia toca el humor, el amor, teclas de poesía y un poco de drama, aunque el elemento primordial que predomina es el de la carcajada. Además, la obra juega con los distintos elementos de la sala: desde el público, la situación de actual pandemia y la escenografía hasta la música, lo cual es de agradecer en un musical que regatea las convenciones del género e incluso se ríe mucho de sí mismo. Y tiene mérito que yo diga eso, pues si hay un género que me gusta poco son los musicales que se centran en historias de amor.

"Amar en tiempos del covid" tendrá representaciones en Madrid a lo largo de los meses de abril y mayo, así que os recomiendo ir a disfrutar de esta historia tan divertida y poco almibarada, que os dejará con un muy buen sabor de boca. La sala cuenta además con medidas de ventilación y seguridad anti-COVID para que el riesgo, si bien no cero, sea el mínimo posible, y de esa manera podamos disfrutar de la cultura de manera segura.

Saludos, buen teatro y mucha mierda. Para las representaciones que hagáis, que veáis, y para todo lo demás.

domingo, 28 de marzo de 2021

La obra del teatro de marzo: "El telón de Aquiles"


Conocí al grupo de teatro "La Fragua y la Luna", a través de una amiga, cuando todavía eran un colectivo amateur. Disfruté de sus representaciones de La venganza de Don Mendo y El método Grönholm, entre otras, y cuando me enteré de que tenían representación ahora mismo en Madrid, en la zona de La Latina, me apunté inmediatamente para averiguar con qué querían sorprendernos.

Su nueva obra, "El telón de Aquiles", posee una temática muy familiar, aunque hará las delicias tanto de niños como de mayores. Con guiños para todos los públicos, la obra se centra en un actor con bastantes inseguridades que se ve obligado a cerrar su teatro ante todos los problemas derivados del coronavirus. Sin embargo, el protagonista va a tener la suerte de encontrarse con una serie de mitos griegos los cuales, volviendo a las esencias fundamentales de la representación escénica, van a aleccionarle sobre lo que ha de hacer a partir de ahora. Y, de paso, nos van a regalar un buen rato a todos nosotros.

La obra contiene un guión que no sólo hila fino en bromas y recursos, sino que constituye todo un homenaje al teatro, a los clásicos griegos, y en general al arte de zarpar en busca de tus sueños. Y los cuatro actores participantes le echan desparpajo y oficio a partes iguales a la hora llevar a buen puerto este Argos, que volverá con un vellocino de oro triunfante entre manos.

Habrá más representaciones de "El telón de Aquiles" en marzo y abril, y las entradas pueden conseguirse a través de este enlace. El teatro cuenta con medidas de seguridad contra la COVID-19, que permite que que el riesgo, si no cero, se vuelva mínimo, con lo cual constituye en una actividad muy recomendable para los niños (y no tan niños) en tiempos de pandemia. Espero que la disfrutéis.

Y, ya sabéis lo que dicen del teatro: lleva 2000 años en crisis desde los griegos, y ahí sigue. Por algo será. Nos vemos en las tablas.

lunes, 1 de junio de 2020

Cuatro recomendaciones de junio, sobre libros de los que no os voy a contar (casi) nada

Ya conocéis mi teoría sobre que hay libros a los cuales es mejor aproximarse sin tener ideas preconcebidas sobre los mismos. Así que os presento unos pocos de los cuales, por supuesto, os voy a revelar lo menos posible:

-"Sin sangre", de Alessandro Baricco. No sólo me callo porque lo crea mejor sino porque, además, parte de la intriga del libro consiste en subirse del golpe al carro y dejarse llevar por lo que va pasando. Además, ya os digo que el misterio que se plantea durará poco, más que nada porque este intenso relato se devora en un pis-pas.



-"La Tierra Larga". Si dos reconocidos autores de la fantasía y la ciencia ficción como Stephen Baxter y Terry Pratchett (de este último somos incondicionales en el blog) aúnan esfuerzos, sólo puede esperarse algo muy loco. Y, en efecto, han creado una "ida de olla" tan sugerente que merece la pena que la descubráis por vosotros mismos, junto con todas sus posibilidades y -esto cabe advertirlo- continuaciones. Ya de paso, os podéis acercar a "The unadultered cat", de Pratchett, que tampoco necesita presentación porque el título ya lo dice todo, y que os va a encantar tanto si amáis a los gatos como si los aborrecéis.


-"Arte", de Yasmine Reza. Muchos la conoceréis porque se ha representado con frecuencia en el teatro, interviniendo en ella actores de reconocido prestigio como Josep María Flotats, Carlos Hipólito, Ricardo Darín, José María Pou, Albert Finney, Alan Alda, Alfred Molina, Jean-Louis Trintignant, Jean Rochefort, Enrique San Francisco, Luis Merlo, Javier Martín o Alex O`Dogherty, entre otros. La obra, cuyo libreto puede encontrarse a la venta y en bibliotecas, tiene un argumento que no necesita nadie que lo descifre (parte de un grupo de amigos, uno de cuyos miembros adquiere, a cambio de una ingente cantidad de dinero, un cuadro en blanco), aunque sí que os puedo adelantar que, a pesar de tratar aparentemente sobre la pintura y el mundo del arte, en el fondo discurre sobre otra clase de temas, incluyendo sobre todo la amistad.



-"El libro de los seres imaginarios", de Jorge Luis Borges. El título, lejos de metáforas, resulta completamente autoexplicativo (no consiste ni mucho menos en una obra de ficción, sino una breve enciclopedia de las criaturas ideadas por la mente del hombre) así que, ¿para qué profundizar más? En este caso, no disfrutaréis tanto con el estilo literario de Borges como de su erudición. Lo cual, a decir de este lector, no es poca promesa, y aumentará vuestro conocimiento sobre esa clase de entidades que sabemos que no existen y, aun así, nos entusiasman.


Seguiremos no-explicando. Nos leemos, más que nos comentamos. Un saludo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

La historia real de septiembre: El corazón de Anselmi y el Teatro Real

Hace unas cuantas hemos vivido en Madrid la Semana de la Ópera, que ha incluido jornada de puertas abiertas en el Teatro Real, visitas guiadas a bajo coste, ópera retransmitida en vivo en la Plaza de Oriente... La historia del Teatro Real -una de las mayores referencias operísticas de nuestro país- ha sido larga y accidentada. Mandado edificar por Fernando VII, inaugurado por Isabel II en 1850, denominado Teatro Nacional de la Ópera durante la Primera República, fue cerrado en 1925 por problemas estructurales y durante más de setenta años (por una mezcla de razones políticas, culturales y presupuestarias) se mantuvo cerrado hasta que se reabrió en 1997, completamente renovado y adaptado para la escenografía moderna.

Imagen del Teatro Real extraída de su página web. Destaca, en el centro, el palco destinado para la familia real durante la representación.


La historia de hoy tiene que ver con uno de los más célebres cantores que actuaron en este teatro, el italiano Giuseppe Anselmi (arriba, en una fotografía de dominio público). Anselmi nació en Sicilia, se entrenó en el canto lírico por su cuenta (aunque tenía formación musical previa en el violín y el piano), debutó en los escenarios en Grecia, y luego cosechó éxitos en su país natal, en Londres, Argentina, Rusia, etc, durante los primeros años del siglo XX. Pero el lugar donde recibió más aplausos, y donde él los degustó mejor, fue en Madrid. Representó obras en el Teatro Real de 1907 a 1918, y era considerado el favorito del público. El aprecio debía ser mutuo, pues Anselmi determinó que, cuando muriera, su corazón sería donado al Teatro Real. Dicho y hecho, nada más falleció, su corazón fue disecado y mandado en una caja a Madrid. Actualmente, el Teatro Real (que amenazó ruina y derrumbe durante sus años de abandono) no conserva el corazón ni buena parte de los recuerdos de su primera época de apertura, sino que todos estos "souvenirs" se exhiben en el Museo Nacional del Teatro en Almagro (más conocido por su fabuloso festival de teatro, centrado en las representaciones clásicas en los corrales de comedias). No obstante, dada la tradición de fantasmas que tiene la ópera, y teniendo en cuenta lo a gusto que se encontraría Anselmi volviendo a recorrer sus escenarios de su amado Teatro Real, no es difícil imaginarlo como buen candidato a espectro que se dedique a vagar entre bastidores, ¿no es así?

Cantada esta pequeña opereta, nos vamos con la música a otra parte. Hasta la próxima.

lunes, 4 de mayo de 2015

El libro y la historia real de mayo: "El corazón de Ulises", de Javier Reverte (II)

Decíamos en el capítulo anterior que la mejor forma de comprender el espíritu griego era a través de sus islas. Y de hecho, Javier Reverte, en el libro "El corazón de Ulises", pasa un buen ratito caminando de isla en isla, a veces visitando ruinas antiguas, y en ocasiones simplemente dejándose perder para disfrutar de las ganas de no hacer nada y de la alegría de la vida, como ocurre en la película Mediterráneo, donde un batallón de soldados italianos se refugia en la isla de Kastelorizo durante la Segunda Guerra Mundial y prácticamente se olvida de la existencia de la guerra, más o menos lo mismo que hace Reverte durante esta parte de su viaje. Yo no he tenido la ocasión de viajar a Kastelorizo, pero desde luego algunas islas griegas me dejaron la sensación de que era mejor perderse en ellas, reposar y dejarse mecer simplemente por la voluntad de los dioses. Y más, sobre todo, si vas a disfrutar en ellas de su gastronomía, merecidamente reputada.

En cuanto uno viaja a Grecia, uno entiende perfectamente los problemas de la eurozona y la obsesión alemana por hacer que sea lo más barato posible comprar Grecia entera. "Hay que salvar a este país", fue la declaración unánime, tras el yogur griego con miel más espléndido que he probado en mi vida. Aquí en la foto, en primer plano, tsasiki, y al fondo, fava, un plato típico de la gastronomía de Santorini.

Y, desde luego, uno puede encontrar en las islas la paz y la tranquilidad que, entre otras, se necesita para el ejercicio de la democracia, la ciencia y la filosofía. De hecho, no es extraño que la medicina occidental naciera bajo la sombra de un platanero donde Hipócrates impartía sus lecciones en Kos, una pequeña islita de bucólico encanto muy cercana a la costa de Turquía. Claro que el platanero que ahora mismo se encuentra allí plantado se encuentra enfrente de una mezquita, se cae a trozos, y probablemente no sea el platanero original, pues éstos no viven más de doscientos años. Pero eso, sí, la ilusión, el mito, la significación de lo que allí había, no nos la quita nadie. Decía Flabuert sobre Cartago que, al igual que con Grecia, lo importante no es siempre lo que ves, sino lo que sabes que en su día estuvo allí.

Aquí yo, aquí el platanero de Hipócrates. Creo que miro hacia otro lado porque, justo en frente, una chica con la flexibilidad de Nadia Komaneci andaba en medio de la plaza principal del pueblo haciendo algo ligeramente similar al tai-chi. Cosas curiosas que te pasan cuando viajas.

Las islas griegas también tienen algo de mestizo y de comunión de culturas. Un buen ejemplo es Rodas: primero griega al cien por cien (tanto que allí se encuentra una de las ya mencionadas en el capítulo anterior "no-maravillas del mundo" -es decir, que lo fueron pero que no se han mantenido en pie o no se saben ni si existieron-, en este caso el coloso de Rodas, en vez del cual se yerguen dos estatuas de una pareja de ciervos en el lugar donde supuestamente estuvo -ver fotografía abajo), luego romana, bizantina, en algún momento turca, y más tarde conquistada por una orden de caballeros rebotada de las Cruzadas y que se estableció allí para practicar el comercio, el feudalismo, la construcción de palacios y (por qué no decirlo también) la extorsión y la piratería. Como Rodas acabó también durante un tiempo en manos italianas, Mussolini se dedicó a restaurar alguno de esos palacios donde los caballeros franceses, españoles o italianos no compartían la misma lengua pero sí la misma pasión por el botín, para así restaurar la vieja gloria italiana y demostrar que Roma siempre había sido la capital de un imperio. La megalomanía del Duce siempre está de más, pero no cabe duda que los palacios los dejaron bonitos, bonitos.


Arriba, supuesto emplazamiento del Coloso de Rodas a la entrada del puerto de la ciudad del mismo nombre. Abajo, palacio del Gran Maestre, sede central de los caballeros de Rodas, los cuales, tras ser expulsados de la isla por los turcos, se fueron a dar por saco a otra parte y se convirtieron en la orden de Malta.


Aunque quizás una de las islas más fundamentales para entender la historia del inicio de la civilización en Occidente sea Creta. Creta es el lugar por donde la escritura y la civilización entran en el continente europeo a través de Egipto. Poseen rasgos en común con sus vecinos del sur, y también con los del norte (como por ejemplo, el casco hecho con colmillos de jabalí que os coloco abajo, que se supone que es propio de la isla y, sin embargo, un modelo muy similar está expuesto en el museo Arqueológico de Atenas). Creta, con su palacio de Cnossos, el original laberinto del Minotauro, es uno de los mayores exponentes de qué es lo que puede pasar cuando una región del mundo bulle con el ascenso de la civilización. Después del tsunami provocado por la explosión que provocó la caldera de Santorini (comentado en el capítulo anterior), la civilización cretense nunca volvió a recuperarse y se quedó, subterránea, apartada en los márgenes de la historia.

 Algunas de las maravillas del museo de Heraklion en Creta. Arriba, casco elaborado con colmillos de jabalí. Abajo, anillo que constituye un prodigio de orfebrería para la época.

Arriba a la izquierda, juego de mesa. A su derecha, ánfora con motivos marinos. Abajo a la izquierda, reconstrucción de uno de los frescos originales del palacio Cnossos. A su derecha, estatuas que representan a diosas de las serpientes. Más abajo, maqueta del palacio de Cnossos.


Abajo, imágenes del palacio de Cnossos. Arriba izquierda, patio central donde se celebraban los espectáculos taurinos. Arriba derecha, sala del trono. Abajo izquierda, probablemente el primer teatro del mundo. Abajo a la derecha, fresco y columnas cerca del antiguo puerto.





Porque, finalmente, la cultura ascendió al norte. A Atenas, a su Partenón, a su Acrópolis, al nacimiento del teatro tal y como lo entendemos, la filosofía y también la política democrática, la demostración de que otra forma de gobierno es posible, a pesar de que el resto del mundo se empeñaba en llevarles la contraria. Un mensaje, sin embargo, que no ha perdido actualidad con el tiempo, sino que ahora podría expresarse con igual vigencia que nunca.




Panorámica de Atenas. Arriba, el teatro donde Aristófanes o Sófocles veían escenificacadas sus representaciones. En medio, detalle de la Acrópolis (las famosas Cariátides, o al menos una réplica de las mismas). Abajo, plaza de Sintagma: hoy es en otras plazas no muy lejanas donde se lucha por la libertad.


Grecia, efectivamente, son muchas cosas. Nadie termina nunca de ver todos los detalles de la república helénica. Reverte recorre unos cuantos parajes de la Grecia continental que a mí me faltan: Esparta, el otrora espléndido palacio de Micenas, la llanura de Maratón, las Termópilas... Lugares todos ellos de historia y de significación, tanto o más como la zona de Delfos, los montes Athos y Olimpo, la costa de Salamina, o los monasterios de Meteora.

Panel del Museo Arqueológico de Atenas donde se muestran los hallazgos en un túmulo muy concreto de las Termópilas. Pueden verse las lanzas de los soldados griegos en el centro y, rodeándolas, las incontables flechas arrojadas a este punto por los enemigos persas. Esto demuestra que los griegos del pasado eran unos valientes, y los griegos actuales, unos auténticos cachondos.

Aunque de hecho, y hablando del Monte Olimpo, una gran sección que ocupa la historia de Grecia es lo que no ha pasado: es decir, la mitología y demás relatos divinos (para enterarse de los cuales en profundo detalle, por cierto, recomiendo "Mitología griega y romana", de J. Humbert). Javier Reverte dedica una buena sección de "El corazón de Ulises" a desgranar las diferentes historias de dioses, héroes y semidioses, que en ocasiones tienen su propio recorrido turístico en la geografía griega, como es el caso de los montes de Creta donde, según la leyenda, Zeus nació y luego posteriormente acabó muriendo. O el olivo de la Acrópolis de Atenas, en teoría el primer regalo que a la ciudad le proporcionaron los dioses.

La leyenda dice que Atenas debía decidir cuál era el patrón de la ciudad, y Poseidón y Atenea se disputaban tal honor. Se decidió que aquel que proporcionara el regalo más útil a la urbe griega sería el agraciado. Poseidón hizo aparecer (las versiones varían) un caballo o un manantial de agua salada. Pero Atenea les regaló un olivo, y por ello fue la ganadora. Hoy, en la Acrópolis de Atenas, un árbol un poco más joven conmemora aquel primer olivo de los que hoy pueblan toda la cuenca mediterránea.

En definitiva, ¿qué más os puedo decir? Quizás lo mismo que le comentaban a uno de los protagonistas de la película "City Hall" ("La sombra de la corrupción" en castellano): "Aléjate. Vuelve a Grecia. Aprende de nuevo la ley". Periódicamente necesitamos volver a nuestros orígenes. Y quizás los orígenes de cualquier ser humano acaben siendo, bien mirado, los de todo el mundo. Así que id a Grecia, leed, sentid, aprended. Y cuando volváis, hacedlo un poquito más sabios. Es la única manera en que todo vuelva (y de una manera mejor) de nuevo a empezar.


Amanecer en el Egeo. ¿Por un nuevo amanecer para todos?

lunes, 2 de marzo de 2015

La obra de teatro de marzo: "Fobiahomo. La revuelta de Stonewall"

Normalmente, en este blog, tiendo a recomendaros libros, películas o incluso obras de teatro que podéis encontrar más pronto o más tarde a través de distintos formatos. Pero hoy, en cambio, os presento una obra que se encuentra de jugosa actualidad, puesto que se encuentra representando ahora mismo en las tablas de Madrid. Se llama Fobiahomo. La revuelta de Stonewall, y os recomiendo vivamente que la veáis por vosotras mismos porque, entonces, podréis entender por qué los que la hemos visto tenemos tanto interés en promocionarla.



La obra la he conocido a través de mi buena amiga y mejor actriz Elena Cedillo, a la que ya tuve la ocasión de contemplar en vivo y en directo en una sorprendente adaptación de "La casa de Bernarda Alba", otra fantástica obra de magnífica escenografía y donde una enorme fuerza actoral se ponía a disposición de un libreto tan espléndido como a los que Lorca nos tiene acostumbrados. Pero "La casa de Bernarda Alba" era muy distinta a "Fobiahomo", aunque ambas tengan en común sobre todo dos aspectos: un reparto a un gran nivel (donde tengo que decir que mi amiga brilla pero encuentra también otras estrellas en las que reflejarse), y una gran capacidad para combinar tanto la risa como los momentos más dramáticos al servicio de un mensaje de enorme calado social. Con la diferencia, quizás, de que la obra de Lorca se ambienta en una época que quizás nos suena muy lejana en el tiempo (aunque no fuera hace tanto), mientras que Fobiahomo no nos suena tan diferente a lo que ocurre en lugares o sociedades para las que no necesitamos abstraernos demasiado.

La obra se centra en la situación que vivían los homosexuales en Estados Unidos alrededor de 1969, cuando tuvo lugar la llamada revuelta del "Stonewall", un local de ambiente de Nueva York donde, tras una redada particularmente dura por parte de la policía, una chica a la que se llevaban detenida le espetó a sus compañeros: "¡Tíos, ¿es que no vais a hacer nada?", y allí fue donde empezó todo y los homosexuales empezaron a organizarse de manera articulada en un movimiento cívico que reclamara con voz alta y clara sus derechos. La representación se basa en diferentes "sketchs" que relatan distintos aspectos de la vida del submundo gay en Estados Unidos durante aquella época, en la cual las tendencias sexuales que se salieran de la norma eran consideradas enfermedades psiquiátricas por las que te podían detener, golpear o encerrar en un manicomio -con algunas más que devastadoras consecuencias-. En cada una de las escenas, a lo mejor algún espectador puede quejarse (y señalo aquí los pocos defectos para que me creáis en mayor medida cuando hable de sus numerosas virtudes) de que tanto algún detalle de la interpretación como del guión puede ser demasiado extremo, demasiado obvio, o tal vez incluso excesivamente estereotipado; pero todo eso no quita que tanto el tono general de cada uno de los intérpretes como el de las líneas del guión se mantengan a muy buen nivel y que, en conjunto, el todo sume más que cada una de sus partes.

Porque esta obra manda un mensaje contundente, y desde luego éste cala. Porque, utilizando alternativamente la comedia y el drama, nos trasmite una misma realidad social que puede hacernos carcajear de complicidad con la risita nerviosa de un travesti, como emocionarnos con el alegato de una activista en un trascendental juicio donde la que parece que está siendo juzgada es la intransigencia de la sociedad entera. Y ya el remate supremo llega en la escena final, una insuperable demostración de cómo la combinación de actuación, escenografía y música puede llegar a conmover hasta el punto de que al más pintado acaben por saltársele las lágrimas. Allí es cuando te da la sensación de que has escuchado algo que merecía ser contado.



Ésta es una historia con las que se identificarán no sólo a los que vivan directamente la situación por su condición de gays o lesbianas, sino cualquier espectador que acuda a contemplar la representación, porque, como la propia obra dice, la causa de este subgrupo en particular (como la de cualquier colectivo que resulta marginado) es la lucha general por los derechos civiles de todos los seres humanos. Porque ha sido la misma de los esclavos en Roma, los afroamericanos en Estados Unidos o los desahuciados por razones económicas actualmente en la Europa meridional. Y porque, a pesar de narrar acontecimientos acaecidos hace más de cuarenta años, contemplamos circunstancias parecidas en nuestros días en la Rusia de Putin, el África negra o incluso algunos fines de semana en el campus de la Complutense. Y en el fondo, todo consiste en la lucha del ser humano individual por tener la libertad de salirse del molde del que, a veces, una mezquina sociedad ve impensable que salgamos. Por miedo, ignorancia, o quién sabe por qué más, pero, en todo caso, por motivos que en teoría parecen tremendamente fáciles de solucionar y, por tanto, se hace más cuesta arriba observar que a ratos son tan complicados de erradicar de una vez por todas de nuestras mentes.

En definitiva, y para daros una razón más para ir a ver esta obra, está hecha por gente joven y prometedora, que se nota que le pone mucha ilusión a lo que hace, y, precisamente, a la que le viene muy bien que acudan a verla más espectadores pues -como toda obra, en el fondo- es lo único que puede asegurar que siga estando en cartel. "Fobiahomo" se representará los días 7 y 8 de marzo en la sala Arte4, en la Calle Sancho Dávila, 25 (Madrid), aunque seguramente siga habiendo fechas y futuras representaciones en otros lugares en el futuro (me consta que dentro de un tiempo se estrenará en el distrito de Fuencarral). Y, desde aquí, a los que nos ha gustado, le deseamos a los promotores de esta iniciativa toda la suerte del mundo, y que siga con buen viento hacia adelante. Un saludo a todos ellos, y a vosotros también. Quizás, como futuros espectadores, me comentéis si os ha gustado. Hasta muy pronto.

martes, 11 de junio de 2013

La obra de teatro de junio: "La visita de la vieja dama", de Friedich Dürrenmatt

Esta obra tiene una especial significación para mí por dos motivos: primero, fue creada en un país con el que he mantenido una estrecha relación en los últimos tiempos, relación que va a terminar próximamente pero de la cual me llevaré muchas cosas positivas, como en toda experiencia. Y, segundo, si dicen que lo mejor para las obras de teatro no es leerlas sino verlas representadas, yo tuve el privilegio de tener a alguien muy especial que me la leyera en voz alta y la interpretara (además con bastante éxito), lo cual se acerca mucho más a lo que originariamente pretendía el autor, aparte de hacerme pasar un muy buen rato.

Volviendo a la obra en sí, la historia que relata nos lleva a todos a pensar en las relaciones particulares que se generan entre sociedad e individuo. En buena parte de las narraciones que llegan a nuestras manos, suele ocurrir que una persona (el villano de turno) intenta atentar contra la sociedad, o bien que un pequeño grupo de conspiradores trata -desde el poder o sus aledaños- de obtener algún beneficio. Sin embargo, como decía Hegel, cada tesis tiene su antítesis, y el punto de vista opuesto es cuando la sociedad conspira contra un solo individuo, el cual se ve ante un ataque masivo, que, ante la cortedad de sus fuerzas, no es capaz de repeler. Algunos ejemplos claros de este tipo particular de historia los podemos encontrar en el teatro, como en el caso de "El crisol" de Arthur Miller (que alude metafóricamente a la caza de brujas de McCarthy) o "Un enemigo del pueblo" de Ibsen, donde un médico se empeña en denunciar que las aguas del balneario del pueblo están contaminadas, pese a la oposición del resto de la villa, que teme que esta revelación amenace sus intereses económicos; sin embargo, también hemos podido encontrar ideas parecidas en novelas, como es el caso de la inacabada "El proceso" de Kafka. Todas ellas (salvo quizás la de Kafka, mucho más onírica e indefinida en ese sentido, aparte de referirse a una burocracia oscura y anónima en el contexto de una sociedad excesivamente grande, como podía ocurrir en el Imperio Austrohúngaro de aquella época) tienen en común que se tienden a desarrollar en comunidades cerradas, a ser posible pueblos pequeños, donde todo el mundo se conoce y por tanto la opresión se siente mucho más. Pero también me da la sensación de que es un tipo de relato que se da muy a menudo en la cultura centro y nor-europea y anglosajona. Quizás, en ese sentido, el mayor respecto que se siente por las autoridades en este tipo de países (entendiendo por autoridad a veces el conjunto de la sociedad, aunque esto pueda perjudicar a las minorías) haya hecho más evidentes determinados tipos de casos y, por tanto, los escritores se hayan visto obligados a exponer una serie de abusos: qué es lo que ocurre cuando un inocente es acusado por la sociedad. En el caso que nos ocupa, "La visita de la vieja dama", no es precisamente un hombre íntegro el que sufre el ataque por parte del pueblo, pero sí que se plantea un curioso dilema moral.

Esta obra, escrita en los años 50 por el dramaturgo suizo Friedich Dürrenmatt, cuenta una historia ambientada en el pueblo de Güllen, el cual ha sufrido un lento declive económico, encontrándose sus ciudadanos en una situación de miseria y casi desesperación. Pero todo cambia cuando se enteran de que una excéntrica millonaria, nacida y criada originariamente en el pueblo, va a venir a visitarlo, y todos se esmeran por conseguir en que la vieja ricachona actúe como benefactora y deje por tanto parte de sus riquezas a los conciudadanos del lugar que le vió crecer. Y sin embargo, la posible benefactora tiene ya un plan muy meditado para este pueblo: sí, puede ayudarle a recuperar su antiguo esplendor, pero a cambio de ese dinero, quiere comprar algo. Y ese algo es del tipo de cosas que "dicen" que no se pagan con dinero, pero la antigua ciudadana de Güllen lo está dispuesto a comprobar.

Representación trágica y cómica a partes iguales, presidida por un macabro humor negro, esta historia local trata conceptos tan universales como la relación con el pasado, la justicia, o qué estaríamos todos dispuestos a hacer a cambio de una buena posición económica. El problema que se plantea no es fácil, y el mismo autor confiesa que no está seguro de si no haría lo mismo que los personajes en esta ocasión (sea lo que sea lo que hagan, a vosotros os dejaremos la oportunidad de leerlo, o de adivinarlo). Contiene algunas ideas que adquieren particular relevancia en el contexto de crisis económica en que ahora nos encontramos, pero en realidad se trata de una narración intemporal, que podría valer para cualquier época y para prácticamente cualquier lugar del mundo. Quizás por eso, en su país de origen, esta obra se ha convertido ya en un clásico de culto, siendo una de estas historias que se leen en las escuelas (incluso a niños no lo suficientemente crecidos como para entender todas las implicaciones éticas del asunto; aunque es verdad que, tal vez a una edad mayor, el mensaje no sería capaz de surtir efecto).

En definitiva, obra que recomiendo leer (o que os lean) y de la que no quiero contar más para que así, como dice Saramago rememorando a Pessoa, "os desasoseguéis" un poco preguntándoos que pasa. Sin embargo, si alguien necesita conocer algo más del argumento y de la curiosa proposición de la anciana millonaria para convencerse de abordar el texto, quizás podamos discutir detalles en los comentarios. Así no interferimos con "spoilers" a los lectores que prefieren mantener el misterio hasta que lo tengan delante de sus ojos. Un saludo.

lunes, 25 de marzo de 2013

La obra de teatro de marzo: "El pato salvaje", de Henrik Ibsen

"El teatro lleva en crisis desde los griegos, y aún sobrevive", dijo una vez Andoni Olivares. Y, dado que esta semana (día 27) es el Día del Teatro (buen momento para que busquéis una obra en vuestras respectivas ciudades y compréis entrada), hoy por supuesto tenía que tocar recomendar obra. La escogida ha sido "El pato salvaje", de Henrik Ibsen. Y sobre ella os pienso decir... nada.

¿Cómo que nada? Bueno, sí, os puedo comentar alguna cosa sobre el autor: Henrik Ibsen, quizás el noruego más famoso del mundo, mundialmente aclamado por una revolucionaria obra, "Casa de muñecas", de la que tampoco os voy a revelar mucho, pero os avanzaré simplemente que se le acusó de socavar los fundamentos de la familia, la sociedad y la civilización occidental (ahí queda eso). Pero por lo demás, sobre "El pato salvaje", el drama que hoy nos ocupa... no, no os pienso decir nada.

"¿Pero por qué no?" (me preguntaréis, mascullando: "¿este tipo es tonto o qué?"). Pues porque en muchos casos hay historias (entre ellas, dicho sea de paso, y como promoción nada encubierta, mi último trabajo, "El troll", la cual os podéis descargar siguiendo la instrucciones de la parte derecha de esta página -por supuesto que no la pienso comparar con una obra de Ibsen, pero supongo que entendéis mi postura: Ibsen no necesita publicidad, pero yo sí-) en las cuales es mucho mejor sentarse directamente en la butaca, o abrir el libro, sin saber en absoluto de qué va. De esta manera, la propia forma en que avanza la historia te sorprende en su evolución. No te dejas llevar por ideas preconcebidas ni sospechas sino que, simplemente, te dejas arrastrar por los personajes y miras a ver adónde el torrente de los acontecimientos te lleva. Y en este caso, la obra de Ibsen es un ejemplo perfecto.

¿Que me insistís en que os cuente algo más? Venga, vale, tres cosas: 1) "El pato salvaje" es menos famosa que "Casa de muñecas" pero, en mi opinión, puede rivalizar perfectamente con ella; 2) a pesar de tener más de cien años de antigüedad, os va a parecer tremendamente moderna; y 3) una de sus adaptaciones en España llegó de manos de Antonio Buero Vallejo, uno de nuestros mejores dramaturgos y que tambíen es experto en historias sobre las que es mejor encontrarse en la inopia cuando empieza la ficción -y ya de paso, dos ejemplos de este autor: "La Fundación" y "El tragaluz"; de esta última os recomiendo que os hagáis con una edición que contenga una buena introducción sobre las circunstancias de la obra, pero que no os leáis dicha introducción hasta el final: es de este tipo de relatos que contienen un mensaje interesante por sí solos, pero cuando averiguas lo que hay escondido (y aquí, como en un iceberg, hay más de nueve décimas partes bajo el agua) te impacta muchísimo más-.

Bueno, al final en vez de una obra de teatro quizás os haya recomendado cuatro (o ninguna, según se mire). Pero tenéis opciones, ¿no? Al fin y al cabo, el Día del Teatro, como Navidad, es todo el año.