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viernes, 1 de mayo de 2026

El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".

                La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.

                -Gborg… ¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?

                -Bueno, señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas cuantas especies de clase beta…

                -Vamos, Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta de Colonización.

                -No, señor.

                -Bien, no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.

                Gborg movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba hablando.

                El aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático, así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.

                -Estimados representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.

                Les condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala… además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban ese planeta.

                -Noto altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como si la telepatía no fuera suficiente.

                -Esto no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.

                Los terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la Academia:

                -Espero que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.

                En ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les señaló y empezó a gritar:

                -¡Destruidles!

                Gborg sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después, al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:

                -Creo que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…

                Pero ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice, reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo, y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?

                -¡Ey, chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos un selfie?

                A partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban “puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.

                Gborg aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.

viernes, 1 de agosto de 2025

Los libros de agosto: absorbentes y entretenidísimos ensayos

Varios ensayos que narran un sin número de episodios apasionantes relacionados con su temática. Tantos, que no puedo contarlos aquí, y os incito a devorar estos libros:

-Historias insólitas de los mundiales de fútbol. Luciano Wernicke (quien, por ciertos, tiene un texto similar sobre los JJOO) repasa no sólo los recórds, las tácticas, las figuras o las gestas deportivas más relevantes de las sucesivas ediciones de los Mundiales de fútbol masculino, sino que sobre todo se centra en lo que nos da la vida: las anécdotas, las casualidades afortunadas, los hechos sorprendentes, que en el caso de estos eventos deportivos que implican a tanta gente a tantísimos niveles (equipos, jugadores, espectadores, aficionados) son legión. Una enciclopédica recopilación de detalles curiosos, recomendable tanto para los fans del balompié como para simples seguidores del comportamiento humano.

-Historia de las ballenas y otros cetáceos. A Ana J. Cáceres se le nota su formación como científica, especialmente en la cuidadosa forma en que aborda lo que sabemos -y lo mucho que aún desconocemos- sobre estos fascinantes animales. Sin embargo, estos pequeños fragmentos de información, que tratan distintos aspectos de la vida de los cetáceos, están llenos de interés emocional, tanto desde el punto de vista de estas increíbles criaturas como bajo la óptica humana, ya que nuestra relación con ballenas, orcas, narvales o delfines se remonta a siglos atrás, ya sea desde el punto de vista mitológico, económico, social, cultural... hasta la tecnología más puntera juega un papel. Se habla de cetáceos empleados como ayudantes en la pesca, como militares y hasta como espías; de la forma en que estos animales han evolucionado, se alimentan y desarrollan su lenguaje; de maneras de recuperar a los que han tenido mala suerte (en muchas ocasiones, por culpa de la acción del hombre); y de la reacción popular en torno a estas criaturas, que también desempeña un rol esencial. Un imprescindible para amantes de los cetáceos; y, si no lo sois, terminaréis por caer enamorados.

-Países de NuncaJamás. Bjørn Berge tiene una curiosa afición: colecciona sellos, especialmente de naciones remotas que, en algún momento, han sido capaces de acuñar su propio sistema postal diferenciado, aunque hoy en día esas entidades políticas ya no existen. En realidad, más que estados, la mayor parte de estos lugares han sido regiones con cierta autonomía, que en muchos casos emitían sellos simplemente con el propósito de reafirmarse. Algunos duraron varias décadas y otros apenas un suspiro, unos representaban utopías y otros servían para legitimar regímenes despóticos, y pocos tuvieron una existencia ajena a los vaivenes de la guerra y la política. Lo que guardan en común es que, detrás de estos lugares (que pueden abarcar millones o unos pocos miles de habitantes), se esconden historias muy curiosas, alguna de las cuales me he dedicado a ampliar. Hay nombres conocidos como Manchuria, Trieste, Fiume, Danzing, Molucas del Sur o las Islas del Canal, y otros no tanto, como la zona internacional de Tánger, Cabo Juby, Bhopal y sus increíbles princesas, las regiones antagónicas de Sur de Rusia o la República del Lejano Oriente... En todo caso, un libro que sorprende a cada página, igual que las ilustraciones de los sellos del autor, representaciones de tiempos, países e ideas que ya no volverán a cristalizar. Ideal para devotos de la geografía política y de los relatos apasionantes. 

lunes, 9 de junio de 2025

La historial real de junio: más hilos en Bluesky

Seguimos con hilos de Bluesky. Reciclamos un hilo de Twitter que no pudimos colgar en otro formato acerca del hombre que pudo ser Hitler en lugar de ser Hitler; relacionado con eso, un minihilo sobre el final de Klaus Barbie ("el carnicero de Lyon", un torturador nazi implacable, responsable del asesinato y deportación de miles de personas). Además, y también en clave política, aunque con un giro totalmente diferente, tenéis éste sobre las piquiponadas, unos pequeños destellos de ingenio que son más de Rajoy que de Gómez de la Serna. Que los disfrutéis, todos ellos. Un saludo.

domingo, 1 de junio de 2025

El relato de junio: "La mula Francis en la corte del rey Trump"

 “Francis, la mula parlante” es un personaje de ficción que apareció en 1950 en un film estadounidense homónimo en el cual dicho animal hablaba y le daba consejos a un soldado no muy despierto, en contraste con el ingenio cáustico del equino. He querido imaginarme cómo sería la vida de la mula Francis si le diera por aparecer en estos tiempos tan bestias que vivimos.

 

ALGÚN LUGAR DE ESTADOS UNIDOS. AÑO 2023.

                Todo comenzó en el parque de caravanas donde J.D. Vance iba a pasar sus vacaciones. Allí, se sentaba en un taburete y leía el periódico en pantalones cortos, con los pies metidos dentro de una piscina hinchable de plástico rellena de agua, para así recordar cómo eran sus vacaciones de verano cuando era niño. Por suerte, ahora ni él ni su familia vivían allí, pero volvía de vez en cuando para recordar que, si le ponía mucho esfuerzo y el Partido Republicano trabajaba duro, era posible que, algún día, todos los norteamericanos tuvieran una infancia como la suya.

                Fue entonces cuando escuchó cómo alguien le hablaba a su espalda con una voz sonora y bien modulada:

                -Oiga, amigo, ¿ha visto lo que el idiota de Trump está haciendo?

                -Pues sí, es un cernícalo de marca mayor, y se lo digo yo, que he visto muchos. Aunque es verdad que le sigue mucha gente.

                -¿Y no cree, amigo, que alguien debería salir por la tele y decirle a la gente que ese hombre es un maldito ignorante? Y no me refiero adónde ha estudiado, sino que no para de decir sandeces.

                -En efecto, alguien debería hacerlo.

                -¿Y no ha pensado en que ese alguien sea usted?

                -¿Yo? Pues…

                El problema es que, cuando Vance se dio la vuelta para contestar no vio a nadie.

                -Oiga, ¿dónde está?

                -Aquí.

                -¿Cómo aquí? Aquí no hay nada salvo…

                -Yo.

                -¡Una mula!¡Una mula que habla!

                -Francis, para servirle.

                -¿Francis?¡Pero si eso es nombre de chico!

                -No entremos en la cuestión del género, ¿quiere? Qué obsesión tiene la gente por categorizar… Llámeme simplemente Francis, y con eso estaremos todos contentos.

                -Bueno, Francis, como usted quiera… Si a mí lo que me sorprendía era que una mula estuviera charlando conmigo. ¿Dónde ha aprendido usted mi idioma?

                -Que dónde he aprendido yo… Qué pregunta. En una escuela pública estadounidense no, desde luego. Con el poco dinero que invierten ustedes en ella, sería imposible.

                -Oiga, ¿se está metiendo con mi país?¡Porque América es una gran nación!

                -Luego discutiremos si su país se llama o no América, pero de momento, volvamos a lo importante: ¿no ha pensado usted en hacerme caso, e irse a protestar contra Trump en la televisión nacional, ahora que se ha hecho usted famoso con su libro y su película?

                -Ah, ¿las conoce usted?¿Qué tal, le han gustado?

                -Bueno, un poco autoindulgentes y con tendencia a la inacción, si quiere que le diga la verdad. Aunque he de decir que simpatizo con el hecho de que ponga el foco en las personas más desfavorecidas… Pero dejémonos de crítica literaria -zanjó la mula, antes de que Vance pudiera poner reparos-. Ahora, retornando al meollo de nuestro asunto: si conseguimos apartar a ese cretino de Trump de la carrera a las elecciones, y evitamos que salga elegido en 2024, es posible que el país haga algo decente por la gente que vive en los parques de caravanas, y les ayude a estar un poco mejor.

                -Hmm, bueno, eso estaría bien, la verdad.

                -Pues habrá que ir a Washington entonces.

-¿A Washington?¿El estado, o la capital?

-La capital, por supuesto. Ahí es donde se toman las decisiones importantes, y ahí es donde estarán las cámaras de televisión que necesitamos.

                -¿Cuándo dice “necesitamos”, se refiere a mí?¿Quiere ir usted… conmigo?

                -No, con Taylor Swift, no te fastidia… Pues claro que con usted: no se pensará que una mula parlante va a conseguir audiencia en la CNN. Y mira que a la Fox han acudido toda clase de criaturas, incluyendo sapos e invertebrados, pero creo que será más fácil si habla usted por mí. Aunque yo también habré de ir, que para algo la idea ha sido mía.

                -Ummm, en fin, reconozco que eso tiene toda la lógica del mundo.

                -Hala, pues venga, lléveme al Distrito Federal, que ya vamos tarde. Por cierto, le aconsejo que se compre una furgoneta: ¿sabe lo mal preparado que está el transporte público para desplazar mulas? Mira que estuve un tiempo en el ejército, y allí nos trataban mejor…

 

UNOS MESES DESPUÉS

 

                -Hola, Francis, ¿qué tal?¿Te tratan bien en este establo que te he buscado?¿Te dan de comer buena paja?

                -No está mal. Un poco sosa, quizá, pero, por lo demás, aceptable. Por cierto, sea lo que sea lo que ha negociado con el dueño, ya no hace falta que le pague. Le he dado un par de consejos sobre gestión financiera y, con lo que han incrementado sus beneficios, mi hospedaje está más que pagado. Mira que en este caso me ha venido bien, pero eso de Wall Street tiene últimamente más estiércol que este establo. En fin, hablemos de cosas serias: J.D., me encantó lo que dijiste contra Trump el otro día en las noticias. Creo que vamos por el buen camino.

                -¡Eso mismo iba yo a decirte! Mira, de hecho, a raíz de haber salido en la tele, mira quién ha venido.

                -Hola, buenas: me llamo Robert Kennedy Jr.

                -Buenas, encantado de conocerle. Perdone que no le dé la pata, la tengo un poco sucia.

                -Oh, no se preocupe. Últimamente todo está un poco sucio. Es porque la gente se mete toda clase de porquerías en el cuerpo: vacunas, por ejemplo. Así está la sociedad de mal.

                -Creo que no nos vamos a llevar del todo bien usted y yo -respondió la mula.

                -Uy, qué va. En mi familia siempre le hemos tenido simpatía a los burros. De hecho, mi padre anduvo con burros toda su vida.

                -Lo primero de todo, yo no soy un burro, soy una mula. Y, créame, uno puede andar con burros, con elefantes o con zarigüeyas, pero eso no obliga a nadie a convertirse en un asno.

                -Robert me ha contado que tiene grandes planes -intervino Vance-. Y creo que podemos jugar un papel muy interesante en ellos.

                -¿Podemos?-alzó una ceja Francis-. ¿Y quién me ha preguntado a mí?

                -Si le mostramos a la gente que hay una mula que habla -apuntó RFK Jr.-, podemos explicar que eso es una prueba inequívoca de cómo las vacunas están afectando hasta a los cuadrúpedos salvajes. Y por qué deberíamos empezar a consumir productos más naturales: leche cruda, pollo clorado, cocaína…

                -Oiga, señor mío, el hecho de que yo sea capaz de sostener una conversación no tiene nada que ver con las vacunas. No diga estupide…

                -Además -irrumpió Vance, entusiasta-, ¡a mí me han prometido un cargo de vicepresidente!

                -Ay, Dios -se lamentó Francis.

                -¿Puedo pasar?-irrumpió en la habitación alguien naranja con una gorra roja en la cabeza. Sorprendentemente, se escuchó un ruido apagado de aplausos enlatados de fondo, aunque nadie sabía de dónde procedían.

                -¡Hola, Donald! Entra, entra -le indicó RFK, sin pedirle permiso a nadie más-. Te quiero presentar a Frankie, el mulo que habla…

                -He dicho Fran… Buf, imposible -agitó la cabeza Francis, mientras bufaba con hartazgo-. Y ahora viene aquí éste.

                -Hola, Frank -saludó el candidato presidente-. ¿Qué tal?¿Eres un buen mulo americano?

                -Los animales no tienen nacionalidad, señor Trump; a nosotros no nos admiten en el registro electoral. En cambio, parece que el acceso a los documentos secretos se lo dan a cualquiera.

                -Ja, ja, qué gracioso -rio Trump-. Y además, tienes razón, ¡qué mal anda este país! Estas cosas en Rusia no pasan. Menos mal que estoy yo aquí para arreglarlo. Frank, ¿quieres que nos hagamos una foto? La puedo publicar en mi red social.

                -Eeehh… -vaciló Francis, arqueando mucho el belfo superior-. Bueno, si no les importa, pónganse ustedes del lado de mi grupa. Es que ése es mi perfil bueno.

                -Venga, chicos, vamos a hacerle caso. Sonreíd todos…

                Francis agitó la cabeza y miró al cielo como si fuera una cámara imaginaria con la que pudiera comunicarse con el resto del mundo.

                -Vaya añitos nos esperan… Bueno, al menos tenemos una ventaja: no saben distinguir un culo de una cara. Aunque sean tozudos como mulas… algo podremos hacer. Habrá que…

                -¡Oh, Dios mío!, ¿qué es ese olor?

                -Creo que viene del… de detrás de la cola del mulo, señor.

                -… usar bien nuestras armas, incluso las que son un poco pestilentes. Como mínimo, nos echaremos unas risas. Y, quizá, logremos algo más -guiñó Francis el ojo, acompañando el gesto con una sonrisa-. ¡Amigos, iremos hablando!

¿CONTINUARÁ?

lunes, 18 de marzo de 2024

El libro de marzo: "Antes de la tormenta", de Gal Beckerman.

Resulta fácil sentirse atraído por la intención de "Antes de la tormenta", libro de ensayo de Gal Beckerman: tratar de encontrar, en los distintos movimientos revolucionarios que han transformado el mundo, una serie de patrones comunes (o de diferencias) que expliquen su éxito o su fracaso. Buscar qué métodos de trabajo han funcionado, para así aplicarlos a propósitos futuros. Con este propósito, Beckerman analiza diferentes grupos que enarbolaron ideas (en su día consideradas radicales) de naturaleza científica, social, artística y política: desde el astrónomo Peiresc coordinando gente de todo el mundo, en el siglo XVII, para obtener más datos acerca de un eclipse, hasta la corriente de los futuristas italianos, pasando por las peticiones de ampliación de derecho al voto de Gran Bretaña en el siglo XIX, el movimiento punk femenino de los 80-90 o los primeros periódicos anticolonialistas del oeste de África. A través de todos estos procesos (que el autor narra con una minuciosidad histórica y personal que nos ha deleitado a muchos), se desgranan las diversas virtudes que ha de tener un movimiento de este tipo: paciencia, control, enfoque, imaginación, debate, coherencia... En ese sentido, es un libro estupendo para aprender acerca de determinadas revoluciones -o intentos de conseguirlas- que no han sido suficientemente publicitadas.

Se vuelve un poco más difícil estar de acuerdo con las conclusiones a las que llega el libro, las cuales se aventuran ya desde los primeros compases. A saber: el autor defiende que las redes sociales con las que tratamos todos los días, como Facebook y Twitter, no son las ideales para lograr el cambio social. Beckerman esgrime (no sin razón) que estas redes sirven muy bien para canalizar el griterío y la frustración espontáneas, pero que luego no son las herramientas adecuadas para el intercambio de ideas y la discusión que consigue un cambio de mentalidad más a largo plazo, en un proceso que, según el autor, se ve favorecido por hacer las cosas de una manera más lenta. Desde luego, hay argumentaciones en las que uno no puede sino estar de acuerdo con Beckerman: no sólo con que estas redes viven para el beneficio empresarial (y generan dinámicas a veces contraproducentes), sino con que en ocasiones son convenientes espacios más privados donde un grupo determinado pueda sentirse y sentarse a gusto -la metáfora visual que mejor emplea es la de una mesa- para discutir sus estrategias de acción. Quizá lo menos acertado del libro es lo que el autor considera un éxito o un fracaso: parece desdeñar los logros de la plaza Tahrir en Egipto (que cristalizaron en un cambio de gobierno, aunque éste fuera efímero y no el que muchos desearon) y en cambio ensalzar los de los samizdat -unas publicaciones clandestinas de la resistencia antisoviética que se distribuían 20 años antes de que se produjera el más mínimo amago de cambio en el país-. También da la impresión de que hay factores, en el lado contrario, con los que Beckerman no cuenta demasiado: la resistencia de las fuerzas del statu quo, el grado de madurez de la sociedad donde se produce el cambio, y la influencia de factores externos al propio movimiento y a su oposición. En ese sentido, resulta muy difícil evaluar hasta qué punto determinada aproximación resulta un éxito o un fracaso, o forma parte de un proceso histórico más amplio donde el valor de cada contribución resulta difícil de juzgar.

Donde creo que probablemente el autor se aproxima más a la verdad es cuando se centra en fenómenos más recientes: el Black Lives Matter, la cadena de correos electrónicos entre responsables de salud pública durante la epidemia de COVID-19, e incluso cómo grupos de extrema derecha organizaron las infames marchas de 2017 en Charlottesville. Beckerman habla de cómo estas corrientes exploraron medios alternativos a las redes sociales: desde plataformas de chat privado tipo Discord al puerta-a-puerta de toda la vida, y ensalza sus beneficios respecto a la continua exposición pública de las grandes redes. En su empeño, hasta alaba a las tecnologías de mensajería instantánea, como si todos no supiéramos lo caóticas que pueden llegar a ser. Independientemente de todo esto, parece como si el autor buscara una fórmula mágica: un solo medio que sirva para llevar a cabo los diferentes fines que nos proponemos. Esto, por supuesto, es imposible, y creo que si por algo se caracterizan las ideas radicales que alguna vez han logrado algo es porque han sabido emplear las distintas herramientas que tenían a su disposición en diferentes momentos, según las necesidades de cada circunstancia, y en un enfoque múltiple, más que a través de una única vía. Así pues, habrá encrucijadas críticas en las que debas movilizar a la gente a través de las redes sociales, pero también períodos para la reflexión donde la gente tenga necesidad de reunirse en privado para generar un debate o una estrategia: métodos que pasan no sólo por Internet, sino incluso por la reunión presencial. En ese sentido, el libro de Beckerman sirve para señalar estas tácticas alternativas y saber qué posibilidades tenemos a nuestro alcance, con el objeto de tratar de aprender a discernir cuándo es mejor emplear cada una. Lo cual, después de todo, no es poca cosa.

jueves, 13 de abril de 2023

La historia corta de abril: "Recursos humanos"

            Un alcalde de un pueblo pequeño negociaba con el consorcio de un aeropuerto el dinero que le iban a pagar al pueblo en concepto de molestias por los ruidos de los aviones.

            -Exijo que me paguéis una cantidad por cada avión que pase por encima del pueblo.

            Los del consorcio accedieron; total, ¿cómo iba a saber él el número de aviones que pasaban cada día? Entonces, el alcalde se acercó a la plaza del pueblo, y se dirigió a los típicos abuelos que se hallan todo el día sentados en un banco de la plaza.

            -Por cada avión que contéis, os dois cinco céntimos.

            El alcalde tuvo durante todo un día a los abuelos escrutando el cielo, contando aviones.

lunes, 9 de agosto de 2021

La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (X): El experimento

             Fue un experimento sorprendente.

 

            En una escuela de verano para niños, la monitora quiso enseñarles a los chavales cómo son las relaciones entre los países del mundo. Así que repartió la Tierra entre ellos.

 

            Cada niño representaba a un país concreto. A cada uno le eran asignados unos materiales, según el país que le había sido asignado. Los países ricos tenían compases, reglas, escuadras, cartabones... pero pocas materias primas; a la niña de Estados Unidos, por ejemplo, le correspondieron escasamente dos folios. Y los países pobres no tenían ninguno de esos instrumentos, pero sí muchas materias primas, por ejemplo diez folios cada uno. El objetivo del juego era hacer, con los materiales de los que disponían (o con los que pudieran conseguir por intercambio) figuras de papel con distintas estructuras geométricas, que serían las equivalentes a billetes. Y comenzó el juego.

 

            Los resultados fueron inesperados

 

            La niña de Estados Unidos, que era la típica muchacha egoísta que lo quería todo para ella, trató de venderles a los países pobres un compás roto. Entonces, los países pobres decidieron hacerle un boicot, y se asociaron entre sí, consiguiendo realizar entre todos muchísimas figuritas, mientras que la niña de Estados Unidos se quedó sola, encerrada en su esquina, sin poder construir ninguna figura en absoluto.

 

            A veces uno se pregunta qué pasaría si les diéramos a los niños el control del mundo...

jueves, 1 de julio de 2021

La historia real de julio: Nepal y yo

Hace muchos, muchos años, en mi familia reproducíamos con asiduidad un viejo chiste privado. Todo partió de una noticia según la cual, en Madrid (un lugar muy lejos de la Almería donde entonces habitábamos), un juez había mediado una disputa entre una señora que quería sentarse en un banco del parque, y una vagabunda que dormía en él y le había impedido a la primera sentarse. El juez -seguramente sin ganas de discutirle a la mendiga la autoridad de su pequeño mundo- dictaminó que la estancia durante un largo período en un emplazamiento concreto equivale a la posesión y que, por tanto, el banco del parque era propiedad de la vagabunda. Regocijados y entretenidos por el veredicto, en mi familia teorizábamos con la idea de viajar a Nepal, sentarnos en uno de los escalones de los largos caminos de subida necesarios para el acceso a los templos, aguardar el tiempo suficiente y, con la autoridad que emanaría de los muchos meses apoyados sobre nuestras posaderas, cobrarle el equivalente de un euro a cada uno de los muchos creyentes que cada día ascendieran o bajaran por las escalinatas. Era nuestro sueño anhelado, el retiro ideal: vivir de sentarse en unas escaleras, disfrutando del aire puro, de la espiritualidad religiosa, y de la paz del entorno. Porque, ¿qué demonios puede pasar en un país como Nepal?

Patio interior de un templo nepalí. Todas las fotografías de este post son del autor

Unos años después, nos llegó una estremecedora noticia de la que hace poco se cumplieron 20 años: el príncipe heredero de Nepal, enfadado con su madre porque no le permitía casarse con la mujer que amaba, había tomado una ametralladora de uno de sus guardaespaldas y se había cargado a su madre, a su padre, a su prometida, a varios de sus guardaespaldas y hasta a once miembros de la familia real, percance en el que el autor había resultado muerto él mismo. El crimen sacudió el país, y muchos de su coletazos aún perduran. Hace tiempo (más adelante comentaré por qué) tuve la oportunidad de visitar el antiguo palacio real de Nepal. Un lugar curioso, con todo el boato que podía ostentar una monarquía después de todo tercermundista -el palacio, de hecho, ofrecía un cierto toque kitsch, fruto de la remodelación que sufrió durante los años 70-, en cuyo jardín habían dejado sin reconstruir el lugar donde tuvo lugar el acto violento. Hay que reconocer que los nepalíes habían logrado un curioso equilibrio entre pretender homenajear a los fallecidos, mantener lo que sin duda era un lugar de interés histórico y turístico, y al tiempo no exhibir de forma llamativa los aspectos más sensacionalistas del asunto: unos carteles señalan los lugares donde cayeron los muertos, pero el lugar se mantiene con austera sobriedad, las fotografías, por lo que recuerdo, están prohibidas (escribo de memoria buena parte de los detalles de esta personal crónica, así que me perdonaréis alguna inconcreción o errata), y en general el trayecto se realiza en un sepulcral y respetuoso silencio.

El antiguo palacio real de Nepal. Del moderno (donde tuvo lugar la tragedia) no poseo fotografías, pues no nos estaba permitido tomarlas.

El recorrido por el infausto jardín es, en el fondo, el réquiem final por una institución que ya no existe. Poco después del incidente, ante la muerte de los herederos de la casa real nepalí, un tío del príncipe heredero asumió la corona. El tío, de hecho, en un momento determinado, derrocó al gobierno elegido por el parlamento y puso el país bajo la ley marcial. Lo cierto es que mucha rumorología apunta a que el famoso episodio del príncipe heredero no fue sino una cortina de humo para efectuar un golpe de estado orquestado por el futuro soberano para apoderarse del país. En esta tragedia propia de Hamlet, y durante un período muy tenso, la guerrilla maoísta que desde hacía tiempo se hallaba combatiendo en las montañas de Nepal ganó fuerza y simpatía popular, y al final se hizo con el control del estado. Con el tiempo, el país ha adquirido una nueva constitución y ha recuperado la paz social, aunque quizás no sea todavía el paraíso idílico que se había dibujado en nuestra imaginación en el pasado. Los tiempos de soñar en vivir de sentarse en las escaleras, seguramente, no volverán.

Plaza Durbar (la plaza principal de Katmandú, la capital de Nepal), invadida perennemente por las palomas.

Un tiempo más tarde, llegaron nuevas noticias de Nepal. En este caso, más cercanas y personales. Una familiar se casaba con un nepalí. Y, por supuesto, la boda tenía que ser en Nepal: además, del modo tradicional. Este último implicaba ocho días de celebración, aunque por lo visto iban a reducirlo a tres. Una pre-fiesta en Katmandú, un evento -dos días después-, también en la capital (el cual constituiría la boda propiamente dicha), y luego una tercera ceremonia que se celebraría en el pueblo natal de la familia del novio y que implicaba un acto ritual durante el que entre otras cosas se cocina un pescado (al final, por lo visto, milagros de la modernidad, era posible sustituir esto último por pagarle a alguien para que lo haga, cosa que fue lo que acabó ocurriendo). La familia de la novia, ubicada en localizaciones tan dispares como el Alto Aragón y Madrid, fue invitada a las dos primeras secciones de la celebración, mientras que la tercera se preveía un poco más recogida, en parte debido la dificultad de los medios de transporte. Aunque gente curtida en viajes, había que reconocer que la idea de que un grupo de hispánicos nos encontráramos en mitad de Katmandú resultaba tan exótica como una panda de samurais en la Puerta del Sol, o la estampa de Paco Martínez Soria recién llegado a la gran ciudad en una película de los años 60; pero a pesar de todo (o precisamente a causa de ello), el reto nos entusiasmaba tanto que teníamos claro que no nos lo podíamos perder. Así que hacia allá partimos.

Muestra típica de comida nepalí

Llegamos por distintas vías de comunicación y a través de diversos trayectos. En particular, mi chica y yo efectuamos antes un acelerado periplo por la India que incluyó Varanasi (Benarés), Khajuraho, Agra, Nueva Delhi y una gastroenteritis por cabeza. Estuvimos a punto de perder los zapatos en un templo sij y tuvimos la ocasión de comprobar que la comida india de verdad no es como la de los restaurantes: en Oriente, los platos que se supone que son útiles cuando no te apetece regodearte en el picante, por supuesto, abrasan las papilas gustativas sin la menor clase de piedad. Desmentimos la idea de que los indios conducen por la izquierda (en realidad el sentido, y por supuesto los carriles, son una religión que no piensan adoptar nunca), y verificamos la célebre hospitalidad de los humildes por la cual una familia nos ofreció comida durante el viaje en uno de los míticos ferrocarriles indios. Cuando llegamos a Katmandú ya estábamos curados de espanto, a pesar de lo cual coincidimos con las impresiones de viajeros pretéritos -algunos de ellos, decimonónicos- respecto a que la ciudad será muy bonita el día que terminen de construirla. Cosa que resulta imposible porque entre los terremotos que provocan que la mitad de los edificios estén en ruinas, la perenne pobreza del país, y un cierto gusto de los nepalíes por lo caótico, damos por descontado que la ciudad seguirá durante los próximos años apenas sin asfaltar, con sus calles levantando polvo a causa del tránsito entrecruzado de hombres, motos y bestias. De todos modos, es un lugar muy interesante para quien gusta de disfrutar de "lo auténtico" (eso que nunca existe, pero que puede aproximarse hasta cierto grado), y contemplar la mezcla de hippies desfasados, montañeros, turistas embobados y elementos locales conviviendo sin molestarse los unos a otros.

La vida se abre camino, o simbiosis entre naturaleza y edificios en Katmandú.

El primer evento fue bien, chistoso y divertido, con todos los invitados vestidos a la manera nepalí, como mandaba la etiqueta. Entre otras cosas, todo transcurrió sin contratiempos porque la novia (mis aplausos para ella) había aprendido nepalí a una velocidad extraordinaria y se le daba muy bien organizar al personal de acuerdo a la idiosincrasia local. También tuvimos que dar las gracias a Flora, Fauna y Primavera, tres simpáticas componentes de la familia del novio -cuyos nombres nunca supimos, de ahí que las denominemos como a las madrinas de la Bella Durmiente- que echaron una mano a las mujeres españolas en la difícil misión de colocarse de manera adecuada esas prendas de vestir denominadas saris (doy fe en que hay que hacer un máster avanzado para ponérselas). Aunque si creíamos que con esto acababan las incidencias a lo largo de la boda, nos hallábamos muy equivocados.

La pre-boda (o primera ceremonia). Me disculparéis si, de todas las fotos del enlace de las que dispongo, coloco las más impersonales, desenfocadas y multitudinarias que tengo a mano, con el objetivo de preservar la intimidad de los participantes.

El plato fuerte se reservaba para la segunda celebración. Punto primero: aprendes que organizar una boda es cuestión de toda la familia. Tanto que, durante el desayuno del día anterior, nos encargaron una misión: "Necesitamos un voluntario", indicó el padre de la novia, "para ir a buscar el pastel junto a Sadam Husein". Para los que hemos vivido desde la televisión dos guerras de Irak, el nombre no deja de trastocar todas tus concepciones mentales (por supuesto, me presenté voluntario en cuanto averigüé la naturaleza de la misión). Resulta que Sadam era un pariente del novio -aunque la familia era mayoritariamente hinduista, había cierta sección musulmana-, el cual no tenía la culpa de que sus muy comunes nombre y apellido coincidieran con los de uno de los dictadores más conocidos en los últimos tiempos. Pronto, sin embargo, los cometidos se multiplicaron. A varios de los primos de la novia les encargaron que se hicieran responsables de "la parte del jarrón". Esta sección consistía en que el novio tenía, durante cierto momento de la ceremonia, que intentar atrapar un jarrón que sus "nuevos primos" tratarían, de manera fingida, de escamotearle: en suma, era una manera tan jocosa como cualquier otra de indicar que había entrado a formar parte de las bromas y pullas bienintencionadas habituales en toda familia. Asignados cada uno a sus tareas, llegó el gran día. En esta ocasión, Flora, Fauna y Primavera se reencarnaron en unas amabilísimas camareras de hotel que, sin necesidad de compartir con las españolas ninguna clase de idioma común, flotaron cual pajaritos alrededor de las muchachas hispanas para conseguir que los saris se mantuvieran en su sitio. Cumplida esta primera cuestión, fuimos al lugar de la boda. Quizás es momento de extendernos sobre algunos detalles de la ceremonia.

Llegada del cortejo nupcial

Lo primero de todo es que la familia del novio arriba al lugar donde se celebra el show (digo, el asunto), a cuya puerta aguarda el padre de la novia -lo sé porque una de las funciones improvisadas que me tocaron ejercer aquel día fue la de traductor oficial del mismo mientras no llegara alguien que pudiera transmitirle los mensajes en inglés al español-. Dicha llegada familiar es una especie de fantástico desfile triunfal sin mucho orden ni concierto, lleno de música, color y, sobre todo, vestidos fastuosos. Uno podría tener dudas sobre quiénes son los novios en una boda india porque todos los trajes son espectaculares: hasta que los ve, momento en el que le queda claro, porque son más rutilantes todavía. Aquí tenemos que expresar una cierta diferencia cultural entre los dos mundos que nos ocupan. En algunas civilizaciones, la moda es minimalista: menos es más; en la India y Nepal, se han quedado en el barroco: más es siempre más. A aquella exhibición sólo le faltaban los elefantes. De todas maneras, en aquella boda hubo una particularidad especial: resultó que durante el segundo evento, la mayor parte de los occidentales vestíamos ropas tradicionales, mientras que los nepalíes llevaban puestos trajes y corbatas. Fusión cultural así no la encontráis ni en un restaurante de lujo. Después del desfile exterior, la multitud penetra en el recinto donde se celebra la boda, cada familia por un lado, de tal manera que ambos grupos humanos (con los contrayentes como punta de lanza) se encuentran en la parte superior de unas escaleras donde confluyen novio y novia junto a un séquito de acompañantes, en un gesto que simboliza la unión de los futuros cónyuges y de sendas colectividades. Creo que estaría prohibido (o, al menos, sería de mal gusto) sentarse en las escalinatas y cobrar un euro a los participantes, aunque si lo hubiéramos llevado a cabo nos hubiéramos puesto las botas. Terminado el proceso del encuentro de los novios, comienza la ceremonia propiamente dicha.

Encuentro de los novios en las escaleras. Como podéis apreciar de las vestimentas, ninguna boda nepalí es sencillita ni minimalista.

Hay dos cuestiones que incrementan la confusión en una boda nepalí. En un enlace occidental, primero tiene lugar la boda propiamente dicha, luego el convite y al final el baile. En la celebración nepalí, las tres fases tienen lugar simultáneamente (por tanto, mientras los novios están a lo suyo, hay quien disfruta con su sufrimiento, hay quien baila, y hay quien se aproxima a la mesa a deglutir a ambos carrillos). La segunda cuestión se refiere al oficiante, que en nuestro caso era un hombre, acompañado de dos mujeres mayores las cuales iban repartiendo marrones (o tareas) al primero que veían, y que eran quienes designaban las líneas maestras de la ceremonia, aunque de vez en cuando se contradecían. A buena parte de los congregados les se les adjudicó un rol -o, mejor dicho, una misión-. Mi chica tuvo que reunir a cuatro mujeres casadas de la familia para un extraño ritual que incluía colocarse un cuenco relleno de cosas en la cabeza. El primo de la novia asignado a la ceremonia del jarrón la dirigió con tanto celo que, durante unos minutos, temimos que los prometidos no llegaran a casarse. El padre de la novia y su futuro yerno tuvieron durante un tiempo que obedecer extrañas consignas del oficiante que requerían trasvase de líquidos y variadas ofrendas. A mí (liberado ya de las labores de traductor, una vez la novia se incorporó a la parte religiosa del asunto) me tocó a continuación participar en una insólita invocación a la cosecha en la que seis nepalíes, el padre de la novia y yo tuvimos que golpear el extremo de un palo sobre un cuenco para simbolizar el aplastamiento del arroz para obtener harina. Como podéis constatar, la cosa estaba como para aburrirse.

Ceremonia de aplastamiento de arroz en un cuenco. En algún lugar ahí atrás, supuestamente, estoy yo.

Lo sorpredenten es que, mientras hacíamos todo esto, la boda seguía su curso. Yo participé en el rito del palo, me fui en un coche a buscar el pastel -por lo visto Sadam Huseim iba en el auto, aunque en aquel momento pensaba que le habíamos perdido., volvimos sin saber lo que había que hacer con la tarta (descubrimos que, sobre este dilema, la familia nepalí estaba tan perdida como nosotros, lo cual desconozco si nos unió o nos distanció culturalmente) y, mientras tanto, a la novia siguieron pidiéndole que hiciera cosas cada vez más complicadas. De lo poco que entendí de la ceremonia, debe de haber un cierto interés en hacer sufrir hasta el límite de sus fuerzas a la contrayente del enlace, por motivos que desconozco. Aun así, ella aguantó con relativa entereza un proceso que duró numerosas y largas horas hasta que, en un momento determinado, supongo que asumieron que no iba a rendirse y la soltaron. Ya de manera más distendida, como digo, se sucedían a la vez el convite y al baile. Al respecto de este último, he de decir que no soy muy fan de "Paquito Chocolatero", pero ver a unos nepalíes bailar esta canción no tiene precio. Sobre esta última, y a pesar de su gran desaparpajo, los asiáticos decían que el problema de las canciones españolas es que no entendían las letras, lo cual me producía una sonrisilla al recordar las coreografías de Bolllywood que los españoles habíamos efectuado de manera bastante jocosa en el primer evento. Lo más curioso del banquete -y aquí reenganchamos con la parte política- es que, en Nepal (como en otras partes del mundo; yo mismo participé en Túnez en una boda en la que sólo conocía a una amiga de los contrayentes), la cuestión de los invitados es bastante laxa. No llegaron hasta el punto de invitar a todo el pueblo de la familia al ágape, como he visto que ocurre en algunas localidades pequeñas, pero se considera que la gente entra y sale de las bodas con relativa facilidad. Por ejemplo, el lado musulmán de la familia solamente hizo acto de presencia durante un tiempo. Como el novio pertenecía a la casta de los guerreros -una de gran consideración social-, allí en nuestra gran boda nepalí había también un cierto número de políticos. Hasta creo recordar que el Primer Ministro se pasó a saludar. Fue curioso observar cómo el padre de la novia departía con ellos: él no sabía nepalí, ellos no hablaban castellano, y el dominio de ambos contendientes del inglés era bastante relativo. Pero ya conocéis la innata capacidad de comunicación del ser humano, más si es español, y más en las bodas. Sobre lo que conversaron los antiguos guerrilleros maoístas de las montañas, ahora reconvertidos en congresistas, con un individuo nacido en Castilla que ha estado tanto en el ejército como en una comuna (y sin duda no desentonaba en ninguno de los dos ámbitos), sólo podemos especular.

Fase de baile, fotos, "vivan los novios" y demás excesos que sigue a toda ceremonia de boda.

Nepal es un país que tiene muchos problemas. Pobreza, un pasado de inestabilidad política que esperemos haya quedado atrás, terremotos... Puedes adorar sus ancestrales tradiciones, la belleza de sus montañas y la riqueza de su cultura a la vez que lamentas la forma en que la contaminación ensucia sus ríos o que los problemas de la globalización y el cambio climático amenazan la esencial industria del alpinismo. Por otra parte, no tengo queja con respecto a los nepalíes: prácticamente todos los que conocimos, tanto de lejos como de cerca, familia política o no, se portaron de una manera encantadora y cordiabilísima con nosotros, pese a que sin duda las diferencias culturales hacen que tengamos perspectivas distintas sobre muchas cosas (aunque, qué queréis que os diga: entre el caos mediterráneo y el nepalí, no veo demasiadas diferencias; quizá por eso nos parecen tan divertidos, y no tan lejanas sus tradiciones). Un país tan lleno de contradicciones y paradojas merece la pena. Yo he querido compartir con vosotros la manera en que éste ha entrado en mi vida, a múltiples niveles, entrecruzándose la esfera política y la familiar. A cada uno nos ocurre algo parecido con uno o dos lugares distintos. Espero que los vuestros os deparen tantas alegrías como a mí.

Una porción del Himalaya saludándonos desde la ventanilla del avión.

jueves, 1 de abril de 2021

El relato de abril: "El donante"

El donante

 

            No pienses que se te está metiendo el agua por los oídos, e incluso por la nariz. No mires, con los ojos abiertos, a las burbujas que te hacen cosquillitas por la cara, las que te acarician en la frente y las mejillas. No pienses en que te estás ahogando. No lo medites. Nada; es imposible. Es como aquella frase, ¿saben ustedes? La de <<no pienses en una vaca>>. Amarilla. Con lunares verdes. ¿A que no hay manera de dejar de imaginar a la puñetera vaca correteando con sus manchas por los prados? Pues aquí es igual. No puedes evitar tener la mente puesta en  que te estás ahogando. Tal vez lo haces por un poco de respeto; al fin y al cabo, si te mueres, lo mínimo que puedes hacer es ponerle algo de atención al asunto, y no malgastar tus últimos momentos con el recuerdo del vestido de una chica bonita, o en la forma en que tu madre se puso a bailar sobre un escenario, a sus sesenta y dos años, rememorando sus sueños de juventud. Pero, después de estas divagaciones absurdas, quizás quieran ustedes saber cómo he llegado hasta aquí.

            Camino por la calle. Estoy volviendo del trabajo. Mira, por ahí va el panadero. Un tipo majo, ese hombre, tengo que ir a visitarle más a menudo. Hombre, mira qué bonito, unos niños pedaleando en sus bicicletas. Hoy hace un día precioso, desde luego, sonriente y radiante de calor. Venga, nos metemos en casa. Vamos a mirar el correo.

            Entonces abro el buzón. Factura, factura, factura. Factura. Y... anda, hombre, una carta curiosa. Vamos a abrirla. La abro. La leo; la sigo leyendo; me voy calentando, me voy cabreando. Cagoendiós. Salgo de nuevo a la calle.

            Voy corriendo a toda la velocidad que puedo. Tengo que pasar el revuelo que hay siempre delante de la panadería; joder con el cabrón del panadero, qué hijo de puta, cualquier día voy y le cuento a su mujer con quién le está poniendo los cuernos. Sigo corriendo; se me cruzan unos puñeteros niños a toda leche con sus bicicletas, a ver si los prohíben de una vez, siempre estorbando por la calle, un día van a provocar un accidente. Maldita sea, qué calor hace, ya podría pegar el sol un poco menos.

            Pero nada, por más que corro, no puedo atrapar al cartero. Y qué más me da, me repito entonces a mí mismo. Si total, qué le iba a decir. En puridad, la culpa no es suya. La culpa será de quien me haya mandando la carta, o ni siquiera; alguien le ha puesto el sello y el sobre, alguien la habrá redactado, pero la culpa, después de todo, viene de más arriba, así que ni siquiera me queda el recurso de quejarme. Tan sólo, cruzarme de brazos y esperar.

            Es un poco extraño, ¿no? Uno, cuando entra voluntariosamente en una de estas asociaciones de donantes de médula ósea, no piensa en nada más. Apenas un <<mira, qué bonito, le estoy haciendo un favor a alguien>>, te cuelgas una especie de medallita mental, y todos contentos, te sientes muy solidario y te vas a tu casa. Ahora, lo que viene junto con el pack, eso no te lo cuentan. De lo que viene detrás te enteras tú siempre después.

            Y es que mira que es mala suerte; porque de no ser por un par de circunstancias, ni siquiera me hubiera enterado. De no ser porque, el mismo día que me mandaron la carta comunicándome que mi médula ósea iba a ser necesitada, salió por casualidad una imagen de ese hombre por la tele. Y me di cuenta de que estaba desmejorado. Entonces recordé la conversación que había mantenido unos días antes con un íntimo amigo mío, que es amigo de un amigo de su médico personal: “Los consejeros del dictador están desolados. Necesitan urgentemente un remedio o, si no, fallecerá. Y lo malo es que es muy difícil encontrar un donante compatible; tiene un tipo muy raro, el HLA-DX6...”

            Justito, qué casualidad, el mismito que tengo yo.

            Así es; yo soy el donante. Resulta que, por azar de los azares, de entre todas las cosas en las que podría coincidir con el resto de los hombres, tengo en común con el dictador de mi país, al que nunca le he guardado demasiado aprecio, la compatibilidad de las células. Pues mira qué bien. ¿A que eso nunca se lo imagina uno cuando va a donar sangre?

            ¿Y ahora qué hago?, me pregunto yo. Todo el planeta suspirando porque el dictador fallezca para quedarnos libres, y al final soy yo el que le tengo que alargar la vida. Todo el mundo acordándose de su madre y de todos sus muertos, y ocurre que esos mismos muertos van a disfrutar la ocasión de agradecérmelo. La verdad, cuando mi madre me decía que llevaba en la sangre la manera de incordiar a la gente, lo cierto es que nunca pensé que se referiría a eso.

            Y la pregunta es, de nuevo, ¿ahora qué hago? No resulta fácil planteárselo. Aquel día andaba despistado. Como no sabía muy bien qué hacer, invité a un amigo a  permanecer la tarde conmigo, a ver si se me pasaba así el cabreo. Dilapidamos el tiempo proyectando películas de cine mudo, como si la ausencia de sonidos consiguiera entregarnos, aunque fuera transitoriamente, una mínima calma espiritual. Pero no logré tranquilizarme del todo; la prueba fue lo que ocurrió cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir. Era el lechero:

            -No tienes más remedio que hacerlo.

            Era el cartero:

            -Sabes que tarde o temprano tendrás que deponer tu actitud.

            Era el cabrón del panadero:

            -Aunque te opusieras, no te iban a dejar.

            Era un policía:

            -Seguro que te están vigilando: ya tendrán rodeada tu calle.

            Volví de nuevo al salón.

            -¿Quién era?-preguntó mi amigo.

            No lo sé; ya no me acuerdo.

            No puedo respirar. Tengo que salir de aquí. Saco la cabeza del agua...

            Qué pena; no lo he conseguido.

            Cuando al fin me quedé solo, fui a visitar a otro amigo. Se trata de un compañero que tiene una red clandestina en contra del régimen. Aunque siempre ha sido sospechoso habitual, nunca le han llegado a pillar; por tanto, todavía sigue libre, quizás no por mucho tiempo. Le comenté mi problema; lanzó un sonoro bufido.

            -Jodeer...

            Yo asentí. Claro, ¿qué iba a hacer?

            -Lo tienes crudo, chaval: ahora mismo, ya te estarán espiando un par de hombres. Fíjate, seguro que si te das la vuelta en mitad de la calle, te encuentras pegados a un par de tipos con gabardina oscura a tu espalda. No te van a dejar moverte ni un solo paso; no van a permitir que trates de huir, o que te marches del país. Créeme: si ellos quieren que lo hagas, ten por seguro que lo harás.

            Volví a casa un pelín descorazonado. Fue entonces cuando empecé a planear cuál sería el método más apropiado para el suicidio. No se crean ni mucho menos que es fácil. ¿Un cuchillo de cocina? No, imposible. Antes de que pudiera desangrarme, los agentes del Gobierno llegarían, y me sacarían la médula para ofrecérsela a su líder. ¿Saltar desde la terraza? Complicado hacerlo desde un primero, lo más probable es que simplemente acabe con una pierna rota y, sobre todo, una enorme cara de gilipollas. ¿Ahogarme?

            Una ventaja es que el cuarto de baño no tiene ventanas.

            Pero nada; no pude hacerlo. No tengo fuerzas para llevarlo a cabo. Puede que, después de todo, y sin esperármelo demasiado, le haya cogido un cierto cariño a la vida: no sé por qué habrá sido exactamente. Quizá por las flores del campo, el ruido del ascensor cada vez que llega a su piso, la forma en que la lluvia cae hacia arriba cuando hace viento... Hasta el pequeño placer de la lectura en el baño durante mis evacuaciones matutinas. Todos esos pequeños placeres te suenan, cada uno, cuando piensas en abandonarlos, como algo tan fenomenal... Además, no era así como esperaba acabar: no era eso lo que se había imaginado mi madre para mí cuando me vistió de marinerito en la primera comunión, ni tampoco es lo que creo que me merezca. En el fondo, no he sido una mala persona: he dado limosna en la iglesia, he ayudado a viejecitas a cruzar la calle, procuro no arrojar papeles al suelo... Lo de la mujer del panadero no cuenta.

            Además, siempre existe un pequeño detalle el cual, por muy insignificante que se antoje, no puedo del todo obviar. Y es que, a pesar de todas las ventajas evolutivas que nos otorgó Dios, éste nos entregó a cambio un pesado lastre que nos impide avanzar por completo como especie: los escrúpulos. Sí, ya lo sé, es una tontería, pero no soy capaz evitarlos. Y, al fin y al cabo, eso de negarte a donar a alguien tu médula, incluso aunque ese alguien se haya cargado a cientos de personas, implica un dilema ético. Y los dilemas, ya se sabe, casi nunca permiten desenlaces felices. Pregúntenselo si no a Hamlet.

            Tal y como me encontraba, sólo podía pensar en alguien a quien consultarle mi duda shakespiriana: y por eso me fui a la cárcel, a visitar a un tercer amigo, uno de los disidentes. Le conté toda la historia, le desgrané mis cuitas; describí las alternativas; le pregunté qué era lo que se suponía que tenía que hacer... Si había de ser un traidor a la causa de la vida, o concederle un cheque en blanco de diez, veinte años, a alguien de cuya existencia dependía la libertad de tantísima gente...

            Pero mi amigo no dijo nada; mientras yo tapaba mi cara con las manos, y trataba de que no me embargase la emoción, él simplemente pasó el brazo por mis hombros y me instó con un cálido: “ánimo”. Aquel intento de consolarme no hizo sino provocar que me sintiera más culpable todavía; y que me pareciera, cada vez más, que, con el gesto que me veía obligado a realizar, iba a ser yo, personalmente, quien firmara la sentencia de muerte de la misma persona que en aquellos momentos intentaba, a pesar de los barrotes, darme un abrazo...

            Ya estaba completamente resignado: no había otra solución. Me entregaría, y dejaría que me extrajeran hasta el tuétano, para consumar por fin mi traición definitiva. Aunque, bien mirado, pensé, siempre me puedo tomar una pequeña revancha.

            Aquella noche, visité los barrios de fiesta de mi ciudad. Me moví entre los juegos malabares y los vendedores de frutas exóticas. Y penetré en un local (Santería, Adivinación) que seguro que a los espías que me vigilaban no les inquietó especialmente: no sabían lo que les esperaba. Por fin pude consumar mi venganza.

            Pasaron los días: me extrajeron la médula. Esperaba contemplar de un momento a otro las imágenes por televisión del dictador, claramente restablecido. Y en efecto, las vi, pero no de la forma en que esperaba. Resulta que al final, el rumor que había escuchado no tenía fundamento: el dictador estaba enfermo, sí, pero de otra cosa, nada que ver con las donaciones. Pero entonces, ¿a quién puñetas había regalado yo mis células?

            Eso nunca lo sabré: lo que sí sé, es que aquel que la haya recibido, tiene un problema. Porque, después de mi visita a aquel local de vudú, mi sangre ya no es la misma.

            A ver la cara que ponen los médicos del receptor cuando comprueben que, al auscultar el corazón de su paciente, el sonido que sus latidos provocan, con mi sangre deslizándose entusiasta, bañando danzante sus cámaras, sigue un ritmo que es el mismo, con diáfana musicalidad,  que el del Himno a la Alegría.

                                    *                                 *                                  *

            ¿Verdad que hubiera sido bonito que el final de esta historia hubiera acabado así?

Sin embargo, por desgracia, las cosas no siempre suceden de la manera que uno desea. Que más me hubiera gustado a mí me que hubiera sido éste el “The end”, en plan realismo mágico, o incluso que yo, en un acto supremo de valor, hubiera iniciado una revolución, derrocado al dictador, instaurado la libertad, y conseguido una pequeña mención en la parte inferior derecha de una página interior de algún periódico. O, al menos, y ya en busca de objetivos más modestos, que yo me hubiera negado, con toda la valentía del mundo, a servir de donante, y hubiera desafiado al régimen y a toda su maquinaria, sirviendo de gallardo ejemplo para todos los rebeldes del mundo.

Sin embargo, yo nunca he asumido el papel del héroe: me he sentido mucho más a gusto representando al gracioso de la farsa, el patoso del baile, o el payaso en las fiestas de los niños. Nunca he sido un hombre valiente, ni mucho menos: en la comedia de la vida, fue a otros a quienes les tocó representar al joven apuesto que salva la vida a la doncella, mientras que a mí me correspondía ser el juglar que amenizaba la obra, el secundario al que todo el mundo aplaudía, pero que nunca se llevaba a la chica. El que, cada vez que tocaban a batalla, se las ingeniaba para escapar furtivamente por la puerta de atrás. Para bien o para mal, ése ha sido mi rol, el de la sonrisa irónica y el reírse de uno mismo, antes del de invocar a los padres de la patria. Y en esta ocasión, por supuesto, tenía que seguir siendo así.

Ahora bien, hubo una cosa que tenía muy clara: no le daría mi médula al dictador. Dos de mis tíos y mi hermana murieron a causa de él; y por muy deleznables que parecieran mis actos para cualquier ser humano, ésa era mi opción, la que debía mantenerse. Pero también sabía que los hombres del dictador me impedirían cualquier paso que pusiera en peligro esa promesa de años de vida, en forma de reservorio sanguíneo andante (me sentía un poco como una morcilla), en que yo me había convertido para su jefe.

Por eso, aquella noche, telefoneé a Olga.

Mi relación con Olga siempre fue extraña: mientras estuvo cerca de mi área de influencia, no la toqué ni una sola vez. La contemplaba, humildemente, poniéndose las medias con el pie apoyado en el alféizar de la ventana, exhibiendo un atrevido escote mientras me comentaba el último cotilleo que había escuchado en la calle sobre cualquier vecino. Era una mujer atractivísima, tropical, con unos andares sensuales que harían que el típico tipo al que los mafiosos encierran en una cámara frigorífica solicitara más hielo: algunos incluso afirmaban que las bananas se salían disparadas de sus cáscaras, desde lo alto de los árboles, a su paso, y que los perros la perseguían en tromba, agrupados en cuadrilla, durante varias manzanas a lo largo del barrio. El niño de la beata señora Julia rezaba por ser cura hasta que la vio pasar a su lado, y ella, mientras tanto, respondía a todos los piropos de los hombres con la misma enigmática sonrisa que hubiera sostenido la mismísima Nefertiti; claro que habría que ver si Nefertiti se hubiera comportado de la misma manera si hubiera cobrado a veinte dólares la hora.

En todo caso, y como mencioné antes, yo no tuve la ocasión de disfrutar de sus encantos. Como ya les he explicado, en las obras de teatro yo soy de los que no se llevan a la chica. Nuestra relación era más de amistad, de mutua confianza, de revelarme sus problemas, e incluso alguna anécdota interesante que le hubiera ocurrido en el trabajo (confidencias no; para eso, Olga era muy discreta; secreto de confesión, solía denominarlo ella). Todo prosiguió más o menos de esa manera, hasta que a Olga le diagnosticaron de SIDA.

Como se pueden imaginar, aquello fue el fin de todo. La gente se apartaba a su paso; los que más la habían deseado se horrorizaban al pensar que les pudiera siquiera rozar. Lo que otrora fueron alabanzas se convirtieron en condenas. Esto le ha ocurrido por ser como es, afirmaban unas, Esa golfa, añadían otras, se lo tiene merecido. Y yo (que, antes de que todo esto sucediera, supe ver que también había un ser con alma propia, detrás de aquellas hermosas curvas) me sumergí sombrío en la melancolía cuando comprobé que, un día cualquiera, ella, simplemente, se había marchado de su casa sin tan siquiera decir adiós; y, desde el alféizar de mis ventanas, ya sólo se veían los pájaros.

Pero ahora, en estas circunstancias, la llamé; los espías, en su inocencia, no pudieron sospechar quién era. Había quedado tan demacrada, tan afectada a causa de la enfermedad, que, conforme caminaba por la calle con un bastón, temblándole las piernas, pasaba perfectamente por una anciana de ochenta años. Y por ello, la dejaron seguir andando, y que subiera hasta mi habitación.

 El reencuentro fue  triste: yo la había conocido en todo su esplendor, y ahora la contemplaba en su cénit. Hablamos un poco de los viejos tiempos; de momentos más felices; de días probablemente más brillantes. Le conté lo que me pasaba. Le comenté lo que había ideado, y el papel que jugaba ella en todo aquello. Olga, sin embargo, no quiso hacerlo; me decía que no podía, que no era capaz de hacerme esto a mí. Entonces yo le expliqué que no se lo pedía porque fuera la única manera de salir de este atolladero: sino que el hecho de encontrarme en este lío me daba la única oportunidad que tenía de llevar a cabo algo que, desde hacía mucho tiempo, estaba deseando poder hacer...

Cuando Olga salió de mi casa, ella era ligeramente distinta; no cambiaron ni su rostro con arrugas ni su delgadez hasta los huesos; siguió caminando con temblor sobre unas piernas tan, tan finitas, que parecían estar a punto de quebrársele; pero sí que se alteró una cosa. Y es que, cuando entró en mi casa, ella era tan sólo un resto de lo que había sido. En cambio, cuando salió por la puerta, Olga se sentía, para todos los efectos, con todo el orgullo, y con todas las lágrimas, por primera vez en muchos años, una mujer....

Al día siguiente, los espías, junto con los enfermeros, vinieron a recogerme para llevarme al hospital. Y yo, que, como he dicho antes, no estoy muy acostumbrado a hacer de héroe, no esbocé ningún gesto grandioso: sólo abrí los brazos, con una sonrisa melancólica, de bufón triste, y confesé:

-De nada servirá que lo hagáis: me acabo de contagiar de SIDA.

Los enfermeros se contemplaron entre sí. Los espías también. En busca de comprobaciones, y ante la convicción que puse en mis palabras, como toda conclusión, con una mirada confusa –y el temor reverencial a la enfermedad reflejado en sus ojos-, se marcharon.

 Después de varios días, al fin, y después de tanta gente dando vueltas alrededor de mi persona, de nuevo, me quedé solo.

Habrá mucha gente que condene mi acción; habrá mucha gente que me acusará de haber provocado la muerte de un hombre, e, incluso, refiriéndose a mí mismo, de inducir la de otro... y todo eso es cierto...

Pero también es verdad que, al mismo tiempo que he hecho esto, le he devuelto a una mujer la sensación de que tenía un cuerpo -el cual un hombre podía acariciar con deseo-, de que era hermosa, y de que había alguien que la amaba...

He dañado la existencia de una persona, sí... pero también es verdad, si queremos verlo, que le he devuelto la vida a otra...

¿Habrá quien no sea capaz de perdonarme?

No lo sé; yo  esta noche, por si acaso, he vuelto a llamar a Olga...