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lunes, 22 de junio de 2026

El relato de junio: "Nunca te enemistes con..."

               La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.

                Para el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban acostumbrados a esa clase de escenas.

                De repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada hubiera ocurrido.

                En ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro abandonado en la acera.


                Qué hermoso es visitar países extranjeros, pensó el señor Higgins.

*

                Aquel día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.

                Iban en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la más brillante de sus verborreas:

                -Al final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…

                -No, si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor Higgins.

                -Pero cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días de fin de semana, como nosotros…

                El grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos. Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos. El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.

                -Ah, amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim, que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED HACIENDO?

                Todos los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado por el dedo meñique.

                De hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.

                El que más nervioso se puso fue el guía:

                -¿PERO SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?

                El hombre trató de disculparse.

                -Sólo es un dedi… una falange de nada.

                La mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un ritmo muy rápido y a todo volumen.

                -¿Qué dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.

                -Esto… -el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera… Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de cosas.

                -Ay, George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo lindo con aquel follón.

                -Mire, señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de seguridad en un inglés con acento.

                -¿Por qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.

                -¡No es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-. ¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!

                -Bueno, pero esto se pega con un poco de pegamento y…

                El individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa en su propia idioma.

                -Creo que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía, mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de hacerlo, porque le apetecía comer algo.

                De hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo que le había dejado aquel incidente:

                -¡George, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que nadie le haga nada, y vas tú y…!

                -Buah, qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…

                -¡Esa es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí, contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!

                El señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no atendería a razones.

                 El día se les hizo corto, porque, con la suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir. El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa hubiera sido una jornada normal y corriente.

                Sin embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna. A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando la puerta.

Entonces, desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba paralizado por el terror…

                Aunque entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo. El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana. ¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan enigmática?

                -Tranquilo, señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su esposa.

*

Describir el rato que pasó el señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy decepcionada por su hijo.

                -Bienvenido, señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería usted darle gracias a este momento.

                Si el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:

                -Conozco a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la inmortalidad.

                Dicho esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:

                -Ahora me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe: seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase usted un buen día.

                Por suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible. No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera le reconocían y le sacaban de allí…

                -Ay, mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.

                -Hija, yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…

                -No te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer. ¡Niños!¿Qué estáis haciendo?

                -¡Estamos tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!

                -¡Estos niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno sería…

                -Hija, de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la sensación de que está como llorando?

                -Uy, pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…

                La familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales, ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los libros de diciembre: tres ensayos

-"Hijos del Nilo": el periodista Xavier Aldekoa, experto en África, traza un recorrido geográfico, histórico y humano a través del imprescindible río Nilo, desde sus míticas fuentes hasta su desembocadura. Viaja pues a través de Uganda, Sudán y Sudán del Sur, Etiopía y Egipto, no sólo relatando su pasado y su relación con el río que los vertebra, sino su presente y los retos futuros a los que han de enfrentarse. Esclarecedor, y todavía muy válido para entender la actualidad.

-"La jirafa de los Médici", de Marina Belozerskaya, narra un conjunto de episodios alrededor de figuras históricas las cuales, por diversas razones, reunieron costosas y exuberantes colecciones de animales exóticos. Desde Ptolomeo Filadelfo hasta William Randolph Hearst, pasando por Pompeyo, Lorenzo de Médici, los emperadores Rodolfo y Moctezuma y Josefina Bonaparte, el libro explora la fascinación que producen en nosotros las criaturas vivas procedentes de lejanas tierras, así como nuestra cambiante relación con los animales y la forma en que éstos son considerados. Abundante en documentación, el libro no se detiene solamente en los zoológicos creados por estos personajes, sino que explora a fondo sus biografías, sus motivaciones, y también la de una gran cantidad de personajes que se implicaron en conseguir que las ciclópeas locuras de sus superiores lograran llevarse a cabo. Muy interesante.

-"Viajes al otro lado del mundo". El naturalista y documentalista David Attenborough nos narra algunos de sus viajes de juventud a tierras lejanas: la Melanesia, Nueva Guinea, Australia, Madagascar. Allí se tropezará con animales sorprendentes y con grupos humanos con costumbres que le descolocarán. Attenborough mezcla la mirada del escritor y del humanista, del individuo que te muestra la naturaleza, y del que te relata también las dificultades técnicas para registrarla. También es una oportunidad de comprobar cómo ha cambiado la perspectiva acerca de la conservación del medio natural en las últimas décadas. Diría que más cautivador aún que sus documentales: además, las fotografías en este volumen, de "Ediciones del Viento", sirven para ilustrar las descripciones del autor, y visualizar lo que él está viendo.

lunes, 17 de julio de 2023

Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias

Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:

-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.

-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.

-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.

lunes, 16 de enero de 2023

Las historias reales de enero: más hilos, ahora también en Mastodon

Os ofrezco una serie de hilos alrededor de sucesos tan reales como sorprendentes, publicados tanto en Twitter como en Mastodon: en ellos hablamos sobre un beso aparentemente anecdótico e intrascendente que trastocó varias vidas de manera irreversible; revisamos también la historia de los refugios de la guerra civil en Almería, y cómo consiguieron conservar la luz en medio de tanta oscuridad; aquí comentamos la curiosa epopeya de los zabbaleen, un pueblo que ha hecho de la basura su forma de vida, y que gracias a ella ha construido un glorioso templo y una lección para el mundo; y en este enlace ampliamos detalles sobre algunas jugosas anécdotas que ya narramos en su día acerca de "El tercer hombre" (en un hilo, por cierto, que tuve la ocasión de comentar en una emisora de radio venezolana). Espero que los disfrutéis y os hagan entrar con fuerza este año. Un saludo.

lunes, 25 de abril de 2022

La historia real de abril y mayo. No te fíes de los antiguos: Plinio, Herodoto, y el principio de autoridad.

Una de las máximas de la civilización occidental podría resumirse en la mítica frase del Dr. House: "Todo el mundo miente". En buena parte, el proceso de maduración del ser humano consiste en aprender que lo que existe a nuestro alrededor tiene un buen componente de embuste: desde los animales que se camuflan, las apariencias que siempre engañan, las pequeñas (o no tan pequeñas) mentirijillas que nos relatan nuestros padres, o incluso las falsedades que toleran nuestra mente o nuestros sentidos, de manera inconsciente o en un protector autoengaño. La cuestión es que -del mismo modo que la evolución de las especies remeda las fases del estado embrionario- la civilización, a semejanza que el ser humano como individuo, ha aprendido con paso del tiempo a no fiarse de lo primero que le cuentan, sobre todo después de haber constatado (normalmente a base de errores) de que mucho de lo que le narraban era un auténtico dislate. En definitiva, con el tiempo nos hemos vuelto más escépticos y, tras el descubrimiento del método científico, no nos creemos ninguna afirmación sin antes haberla corroborado nosotros mismos.

En ese sentido, hay personas que fueron auténticos adelantados a su tiempo. Por ejemplo, el griego Heródoto (o Herodoto, ya que se puede escribir de las dos maneras, aunque con tilde se aproxima más a la pronunciación helena). Considerado el padre de la historiografía como disciplina, iba preguntando, a lo largo de los distintos pueblos por los que pasaba, por los acontecimientos de aquel lugar. Trataba de encontrar una causa racional a los hechos, en lugar de buscar explicaciones divinas. De vez en cuando, sin embargo, se la colaban. Como cuando los egipcios le contaron que, en unas inscripciones en un lugar sagrado, lo que habían escrito era cuántas cebollas y cervezas se comieron los albañiles que lo construyeron. O cuando le dijeron que en Egipto el agua no proviene de la lluvia, sino sólo del Nilo, del cual, por cierto, le describieron un recorrido imposible. A pesar de eso, y de ciertos errores (por ejemplo en las traducciones), hay que reconocerle a Herodoto el valor de lo que hacía: además de ser el primero que intentaba una cosa parecida, trataba en los nueve libros de sus Historias de discernir lo verdadero de lo falso, realizaba juicios críticos y -como hace por ejemplo el lenguaje turco en su gramática- distinguía con frecuencia lo que le habían referido otros de lo que había sido él testigo a través de sus propios ojos. Aunque, desde luego, a veces metía la pata hasta el fondo, como cuando habló de unos seres humanos con cabeza de perro.

Lo cierto es que, si la tradición de narrar las aventuras de los pueblos es un oficio antiguo, el arte de reírse a costa de los extranjeros que pretenden conocer tus costumbres presume de ser más arcaico todavía. Un ejemplo interesante nos lo aporta "El antropólogo inocente", la historia real de cómo el joven autor Nigel Barley, un investigador algo cínico y escéptico, decide desarrollar su trabajo de campo en Camerún y, cuando habla con los nativos, se da cuenta de que los oriundos del lugar se han dedicado a vacilar a cualquier estudioso que se haya atrevido a poner sus pies por allá. De hecho, conforme el protagonista va describiendo costumbres de la tribu que estudia, te das cuenta de que muchos de los detalles que el autor aporta probablemente provienen de bolas que le han metido también a él. Claro que, pensémoslo desde el punto de vista del objeto de estudio, es decir, de los pueblos aborígenes de cada sitio: ¿qué ganan ellos con un libro sobre su cultura que se publicará en Europa, o con cualquier artículo de investigación?¿Por qué le van a contar nada a ese señor que conocen desde hace cinco minutos, y cuyo futuro profesional ni les va ni les viene? Ya puestos, pueden divertirse y pasar un buen rato. Aunque sea a costa de un pobre incauto, y de algo tan frágil y poco valorado como la verdad.

Dicen que, en los juicios, desde que se han popularizado las series del tipo CSI, los jurados exigen ver más pruebas forenses, y se fían menos de los testimonios. A pesar de que los abogados insisten en que en ocasiones no hay otro remedio que aceptar la palabra de los testigos oculares, es cierto que, si uno atiende a la calidad de ciertas declaraciones, los jurados hacen bien en desconfiar. Quizás uno de los ejemplos más significativos que podemos encontrar, a este respecto, en el mundo de la investigación académica, fue el de los samoanos que desgranaron la esencia de su cultura a la antropóloga Margaret Mead. De acuerdo a los libros de Mead, en la civilización samoana imperaba el sexo libre, apenas existían tabúes respecto a las relaciones carnales, y las relaciones entre hombres y mujeres eran felices y armónicas. Ha habido mucha polémica sobre estas publicaciones, o sobre si Mead sabía que la engañaban: sin embargo, hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que la sociedad samoana era en aquel tiempo tan machista, falocéntrica y desequilibrada como la mayor parte de los colectivos humanos que conocemos. Teniendo en cuenta el nivel de alcoholismo, incesto y violaciones, probablemente más. ¿Los motivos para el fraude? Se discuten. Que si Mead escogió como fuentes a adolescentes cohibidas y llenas de vergüenza, que soltaron el primer embuste que se les pasó por la cabeza... Que si los samoanos quisieron pasar un buen rato a costa de una antropóloga que casi no salía de su alojamiento... O, tal vez, que a Mead le venían tan bien esa clase de declaraciones (muy populares en la época en que fueron aireadas, o sea, en pleno auge hippie) que no tenía el menor interés en contrastarlas. Pasaron años hasta que otros investigadores comprobaron que la cosa no era ni mucho tan idílica como Mead la pintaba en sus escritos, y que se reconsiderara la manera en que los antropólogos debían interactuar con las poblaciones con las que entraban en contacto.

Margaret Mead no era la primera en enfangarse en esta clase de enredos. Todos sabemos que el Dorado fue un mito que los conquistadores españoles crearon a partir de afirmaciones de los pueblos americanos oriundos, a quienes les convenía que los recién llegados creyeran que había tierras de incalculables riquezas muy, muy lejos de su hábitat, para que se largaran de aquel lugar cuanto antes, y así dejaran de incordiar. Un objetivo similar podía albergar el testimonio de ciertas tribus de Tierra de Fuego, quienes dijeron a los ingleses que entre los pueblos vecinos había caníbales (¿pretendían disuadirles de quedarse en la zona; o, quizás, ganarse su confianza mediante el clásico recurso de hablar mal de tus enemigos?). Lo extraño es que, en ciertas ocasiones, los colonizadores también tomaron parte activa y se mezclaron en el juego de mentiras. Un ejemplo es el de un sacerdote español que juraba, tras un viaje por la zona que hoy es fronteriza entre México y Estados Unidos, haber divisado las míticas siete ciudades de Cíbola. El religioso, que se llamaba Marcos de Niza, guió más tarde a la famosa expedición de Coronado hasta que quedó claro que allí no había ni ciudades, ni oro, ni mucho menos las favorables condiciones que el sacerdote había descrito, momento en el cual el fraile aprovechó para poner tierra de por medio. ¿Por qué se abonó Marcos de Niza a la mentira, conduciendo a sus compañeros a lo que, como poco, constituyó una trampa cuasi mortal?¿Fue por simple ansia de notoriedad, o él también se creyo sus propios embustes, sucumbiendo al encanto de hablar sobre lugares legendarios que prometían riquezas sin límite? Nunca lo sabremos. De hecho, de lo que conocemos del comportamiento humano, incluso en el caso hipotético de que pudiéramos carearnos con el religioso, probablemente el sacerdote no sería capaz de darnos una explicación coherente a por qué obró de esa manera.

A veces, los errores surgen de una serie de inexactitudes acumulativas. Testimonio indirecto a partir de un testimonio indirecto, y así hasta el infinito. Como los cuadros que se dibujan inspirándose en otros lienzos, o por parte de pintores que nunca han contemplado de primero mano el modelo. Fue por cuestiones de este tipo por las que, seguramente, ha quedado distorsionada para nosotros la figura del dodo. O las representaciones de rinocerontes (un animal que ya inspiró el mito del unicornio) que circularon durante un tiempo por Europa. Hay un interesante hilo de Twitter sobre este tema, que enlaza también con una curiosa anécdota: gracias a Plinio el Viejo, los europeos creían que el enemigo natural del rinoceronte era el elefante y, aprovechando una ocasión en que Lisboa albergaba ejemplares de los dos tipos, dispusieron una pelea entre ambas clases de colosos. Sin embargo, el elefante y rinoceronte implicados en la representación circense se ignoraron mutuamente, y el bochornoso espectáculo prosiguió hasta que al elefante le dio por derribar unas vallas y escaparse. Cosa que hubiera hecho con bastante certeza también Plinio si le hubieran cuestionado por sus afirmaciones, y a partir de qué fuentes las realizó.

El caso de Plino el Viejo es muy especial. Fue un autor extremadamente prolífico, aunque de sus textos sólo nos ha sobrevivido su Historia Natural (37 libros, que el romano elaboró a partir de una lectura de 2000 volúmenes). Plinio pretende hacer en ella un recopilatorio de todo el conocimiento que existía en aquel tiempo acerca de la geografía, la biología y el ámbito, en general, de lo que hoy entendemos por ciencias naturales. Abarca tanto que se ha convertido en una frase hecha la expresión "Cuenta Plinio que...", semejante a la introducción típica de: "Ya decían los babilonios...". Parece que no hubo tema en el que Plinio no metiera la cabeza. Obviamente, al pretender describir tantas cosas, es imposible que el sabio romano conociera de primera mano todos los asuntos de los que trataba. Pero claro, el problema es que, ante tu ignorancia, realices aseveraciones demasiado osadas. La Historia Natural de Plinio es también un compendio de criaturas míticas, lugares remotos que nunca se encontraron, verdades controvertidas y, en general, conceptos que permanecieron vigentes hasta que los exploradores de la Edad Moderna empezaron a observar por sí mismos que buena parte de lo que decía Plinio no era verdad. Por lo que me cuenta gente que ha leído tanto a Plinio como Herodoto, ambos contienen errores, pero el primero hace bueno al segundo: porque mientras el griego se plantea qué cosas que escucha pueden ser verdad o mentira, Plinio acepta ciertas afirmaciones demasiado acríticamente. Hasta autores no precisamente contemporáneos le reprocharon sus inexactitudes. Quizás el precio de escribir sobre tantas materias, y tan diversas, es no llegar nunca a profundizar. También es cierto que, en la antigua Roma, no estaba de moda aquello de contrastar tus fuentes, precaución que empezó a seguirse con los siglos, a partir de ejemplos como el de Plinio. (Haciendo un inciso, es curioso que desconozcamos los detalles un suceso que el romano podría haber narrado en primera persona, al menos en parte, pues es un enigma que se yergue en torno a su muerte. Plinio el Viejo falleció en una expedición al Vesubio cuando éste erupcionó en el año 79, asolando Herculano y Pompeya entre otros estragos. Su aciago final nos lo relató su sobrino, Plinio el Joven, pero lo que no nos aclaró fue qué iba exactamente su tío a hacer allí. Según teorizan muchos, la cercanía de Plinio a los círculos del poder imperial hace creer que marchaba en una expedición de rescate para intentar salvar a unos cuantos habitantes de las poblaciones que perecieron por culpa del volcán. No obstante, sobre este detalle, ambos Plinios guardan silencio).


Estas imágenes (tomadas del libro El Atlas Fantasma, de Edward Brooke-Hitching) provienen del Liber Chronicarum (Las crónicas de Núremberg), de Hartman Schedel, el cual recrea algunas de las criaturas más demenciales que, en teoría, pueblan nuestro mundo. El libro está a su vez basado en varios textos ilustrados, como Colección de hechos memorables o El erudito, de Cayo Julio Solino. A este último autor se le conoció como <<el mono de Plinio>>, porque se apropiaba los elementos más inverosímiles del escritor romano. De esa manera, las criaturas descritas por Plinio (de extravagante anatomía y proporciones corporales) se hicieron inmensamente populares en bestiarios y en el acervo popular. Así funcionaba la transmisión del conocimiento durante la Edad Antigua y Media.

Buena parte de las verdades de Plinio sobrevivieron, entre otras cosas, porque en la Edad Media se aceptaban a pies juntillas los postulados de los antiguos: es el llamado principio de autoridad, por el cual ciertas figuras merecen más crédito, merced a su reconocida sabiduría en un campo. Entre otras cosas, esta creencia se debía a que la primacía de la iglesia cristiana se basaba y se basa en este mismo supuesto: no puedes poner en duda lo que dice el Papa, ya que sus dogmas los revela Dios. Así, durante siglos, las verdades fundamentales fueron las de Platón y las de Aristóteles, los cuales habían sido señalados (y ubicados en un pedestal), en el mapa del cristianismo, gracias a la influencia de Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona. Sin embargo, la llegada del Renacimiento supuso un cambio de perspectiva, y surgieron nuevas formas de adquirir conocimiento: el empirismo, por el cual debíamos basarnos en el ensayo y error -así como en la observación directa- para adquirir un saber más valioso que el de los libros; o el método científico, que exige someter a escrutinio una hipótesis antes de aceptarla como cierta. El principio de autoridad todavía persiste, sin duda, sobre todo en aquellos campos que no podemos dominar (el saber humano es limitado, y el conocimiento extenso), o cuando comprobar los hechos por nosotros mismos resulta agotador, y hasta técnicamente imposible. Sin embargo, en nuestra sociedad, siempre se aceptará como más válido aquel conocimiento que proviene de la experiencia de primera mano, antes que una referencia aceptada sin cuestión. 

No obstante, como en todos los aspectos de la vida, el equilibrio perfecto entre estas opciones nunca estará disponible. Y ahí es cuando surgen los dramas. Solemos decir que el poder de la ciencia consiste en que no confiere verdades absolutas e incuestionables, sino que te proporciona pruebas a partir de las cuales tú mismo puedes deducir sus leyes. Pero esta sistemática posee varios inconvenientes: lo primero, que las afirmaciones en ciencia suelen ser siempre perecederas, con un porcentaje de error (los científicos solemos decir, medio en broma medio en serio, que toda verdad lo es sólo con un 95% de probabilidad), expuestas a modificarse en mayor o menor medida según los nuevos descubrimientos. El segundo problema es que, conforme la ciencia se hace más compleja, se hace proporcionalmente más difícil exponer de manera sencilla sus demostraciones (¿cuántos fósiles necesitas ver y tocar para creer en la teoría de la evolución?), así que llega un momento en que tienes que volver al principio de autoridad: fiarte de científicos que llevan investigando mucho tiempo su campo de estudio. El dilema aquí reside en cuando llega un antivacunas, un creacionista o un negacionista y te cuelga un vídeo delante: "aquí tengo esta persona que dice lo contrario". Este último puede ser alguien sin ninguna experiencia en el tema, o quizás un supuesto experto, pero que ha decidido obviar el método científico (o directamente, mentir) para conseguir dinero o más followers. Ante estas dicotomías, es fácil para el público general sentirse perdido, y muy complicado para el científico hacerse entender. No se le exige ya sólo tiempo para defender sus afirmaciones, sino que también necesita, por parte de quien escucha, un espíritu crítico y escéptico que no funcione en una sola dirección. Además de, por supuesto, aplicar un principio de autoridad que esté basado en una buena brújula, para no depender del primer idiota que pretenda estafarnos. Como veis, este debate que empieza por Heródoto y Plinio se halla de plena actualidad: y sin duda es una cuestión recurrente que volverá a discutirse, con cierta periodicidad, a lo largo de los siglos.

La muerte de Plinio, por Pierre-Henri de Valenciennes.

Hay un detalle adicional que tengo que comentar sobre esta pequeña crónica. Escribir por placer (y no por dinero, o con jefes ante los que responder) tiene la ventaja de que, hasta cierto punto, puedes profundizar lo que te apetezca en los temas. Personalmente, no me he atrevido a leer toda la obra de Plinio o Herodoto: es demasiado extensa, tengo demasiadas lecturas pendientes (por obligación y por placer) y, si me pusiera a ello, seguramente este artículo no se hubiera terminado nunca. Pero me he aprovechado de largos y amenos diálogos, muchos de ellos a través de posts y comentarios en Twitter o Facebook (gracias especiales a @TiberioGraco6 y a sus amigos y seguidores), de personas que han ido comentando sus experiencias con estas lecturas, y de los que me he fiado como lo haría de artículos, libros o alegatos de expertos, cosa que por lo común no suelo hacer. Al aceptar estos testimonios, sin duda he cometido los mismos errores que algunos autores antiguos: fiarme de las fuentes secundarias antes que observar las cosas por mí mismo. Pero mientras redacto estas líneas, medito: ¡qué diablos!, ¿no es éste el mejor homenaje que podría rendirles a aquellos cronistas? Así que ya sabéis, si hay algo que haya escrito por aquí que nos os cuadre, no os fiéis y comparadlo con vuestros propios ojos: no sea que yo también os esté dando gato por liebre. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

lunes, 14 de febrero de 2022

La historia corta de febrero: "La biblioteca de Alejandría"

 La biblioteca de Alejandría


La biblioteca de Alejandría yace enterrada bajo la tierra, el fuego, y el agua. ¿La biblioteca de Alejandría sigue viva? Discutible afirmación. No siguen vivos sus libros, desde luego; unos cuantos han sobrevivido, como copias de copias; otros, en cambio, se han perdido para siempre sin remisión. ¿El edificio sigue vivo? No, desde luego que no; por no saber, ni siquiera sabemos dónde descansan sus piedras. ¿Su idea sigue viva? Como noción, desde luego: ha alimentado la fascinación de generaciones a lo largo de milenios. ¿Su espíritu sigue vivo? Examinemos ese concepto: desde entonces, inspirados por su ejemplo, una miríada de escritores ha escrito cientos, miles de libros, tratando de llenar el vacío que nos producía su ausencia, hasta generar un volumen de manuscritos mucho mayor del que alguna vez contuvo esa biblioteca, hasta (quizás) plasmar por un camino alternativo todas y cada una de las argumentaciones que los antiguos expusieron sobre papiro. ¿La biblioteca sigue viva? Sigue vivo en quien la honra, la recuerda, la reescribe. La biblioteca soy yo. La biblioteca eres tú. La biblioteca es el niño que, arrebolado por la historia, decide redactar un libro para compensar uno que desapareció. Porque la fuerza de una muralla, como dijo el guerrero, depende estrictamente del valor de los individuos que la custodian.


La nueva biblioteca de Alejandría en Egipto, situada aproximadamente en la misma localización donde se emplazaba la antigua.


lunes, 10 de mayo de 2021

El relato de mayo: "Contra el olvido"

Contra el olvido

 

                Abro los ojos.

                Estoy al lado de una mujer.

                No puedo reprimirlo: alargo la mano para tocarle el brazo. No quiero despertarla, pero, por culpa de ese gesto irrefrenable, provoco que se incorpore al mundo consciente. Ella gira el cuerpo y se desliza -suave como una nube en el cielo- entre las sábanas para acercarse a mi lado.

                -¿Qué pasa? -me pregunta. Aunque a ella le basta con que esté ahí.

                Acumulo tensión en la mandíbula cuando respondo:

                -Me tengo que ir -le digo-. Tengo que luchar contra el olvido.

                Un rato más tarde, estoy en marcha. Mi montura me lleva a través del desierto. Desde lejos vislumbro el único lugar al que debía desplazarme. Bajo la luz del amanecer, su silueta parece incluso más espléndida que el día que la di por terminada. Porque esto que veo es mi creación. Desde lejos, da la impresión de que lo hubieran elaborado otros, cabría decirse que seres de otro mundo. Pero no, es todo fruto del hombre: es un producto de mí.

                Claro que no puedo presumir en solitario de este logro, medito mientras camino por entre los pasillos que conforman esta estructura circular y recurrente sobre sí misma; entre otras cosas, porque sería negar la evidencia. Este conjunto de monumentos de piedra posee la influencia de otros pueblos, de aquellos que visité durante mis viajes, y de los que tantas cosas aprendí: asirios, nubios, fenicios, cananeos, babilónicos… Y, conforme lo recuerdo, no puedo olvidar el nombre del hombre que lo hizo posible, pues me trasladó consigo en cada uno de sus trayectos: mi faraón.

                Admiro su nombre, precisamente, engastado en los cartuchos que yo mismo hice tallar en las paredes del monumento, para mayor gloria de los siglos, por toda la eternidad. Ahora, sus sucesores, sus enemigos, han decidido arrancarlos. Desprenderán y romperán los cartuchos para que no quede constancia de su nombre. Lo peor, para que éste quede borrado por toda la eternidad. Han conseguido este propósito de manera parcial con la destrucción, hace unos cuantos días, de su tumba. Hasta ahora, por su acceso remoto, no han podido llegar a este otro sitio. Pero no tardarán mucho en hacerlo. Por eso me he adelantado a los acontecimientos. Incluso aunque cause la desaparición de aquello que he levantado, que tanto amé y con lo que tanto tiempo he convivido.

                La cuadrilla de obreros que contraté ha llegado a tiempo. Con extremo cuidado y dedicación, se esfuerzan en ir desmontando las planchas que elaboré con los distintos bajorrelieves cargados de jeroglíficos. Lo tienen relativamente fácil porque los diseñé a propósito para que fueran retirados con sencillez y, si era necesario, hacerlo deprisa. En aquella época, ya intuía lo que podría ocurrir a la muerte de mi señor, y sabía que, cuando sus adversarios llegaran aquí, no estarían interesados en llevarse nada, sino únicamente en derruir y fragmentar. Su intención no es sólo obliterar de la memoria de los hombres la figura de mi farón sino, también, al eliminar toda constancia escrita de su nombre, asesinar su alma en el inframundo. Es una venganza que va más allá de la tumba. Por ello, por doloroso que me resulte, la única manera de preservar su espíritu será enviar cada una de estas planchas a los rincones más distantes del imperio, adonde sus voraces depredadores no podrán encontrarlas jamás. De esa manera, destruyo la obra capital de mi vida, el monumento de mis desvelos; pero, a cambio, salvo de la oscuridad a mi amigo. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Desde una colina cercana, veo partir los camellos en dirección a los cuatro puntos cardinales. Los miro como el padre que ve marchar a los hijos: alguien a quien le duele no verles al lado, pero que sabe que la única manera de que salgan adelante es que vivan su propia vida, aunque sea lejos del hogar. Que estén a salvo, aunque no sea conmigo.

                Lo que ocurra con los restos de mi ya desaparecido monumento -cuyo armazón desnudo yace a mi lado y será devorado, en poco tiempo, por las arenas del desierto- y con el nombre de mi amigo, sólo el futuro, que tantas sorpresas nos depara, lo puede dilucidar.

 

 

                Las primeras experiencias de I.G. con el fenómeno que nos ocupa tuvieron lugar a consecuencia de su trabajo como ingeniero de sistemas en lo que entonces se denominaba la Unión Soviética. Podríamos entrar en prolijos detalles sobre el tipo de mediciones que efectuaba, pero como él solía explicar a sus convecinos: “no lo vas a entender igual, y lo importante es que sepas que intento encontrar una determinada clase de partículas asociadas a ciertos tipos de energía”. Estuvo trabajando en los alrededores de la planta de Chernobyl, y también desarrolló proyectos relacionados con el accidente de Kyshtym. Almacenaba toneladas de gráficos y bases de datos (cuando operaban con papel; con el empleo de medios digitales, la metáfora que implicaba peso dejó de ser realista, aunque la cantidad de datos que recopiló fue todavía más telúrica) con cuantificaciones de todo tipo, a partir de prospecciones realizadas en diversas clases de lugares. Centrales nucleares abandonadas, silos, ríos, campos de cultivo, o muestras tomadas en la atmósfera, como parte del ruido de fondo. La primera vez que captó la señal que nos ocupa tuvo lugar en las áreas donde realizaron buena parte de sus funciones los llamados “liquidadores” de Chernobyl. I.G. las atribuyó, lógicamente, a la radiación. Luego detectó medidas anómalas en los hospitales de las zonas asociadas pero, aunque estas se encontraban en abierta contradicción con otros parámetros físicos objeto de estudio, I.G. también consideró que se debían a derivaciones de los fenómenos radiactivos. Por ello, aunque incapaz de justificarlas, nuestro ingeniero supuso que habrían de tener un sentido físico que futuras investigaciones confirmarían.

                Sucedieron desde entonces muchas cosas; se hundió la Unión Soviética; nuestro hombre pasó a formar parte del funcionariado de la nueva nación, Rusia. La nómina siguió llegando, aunque ostensiblemente reducida. No obstante, el hombre no cedió a la tentación en forma de cantos de sirena de la empresa privada. Al fin y al cabo, le gustaba su trabajo; le entusiasmaba la ciencia que llevaba aparejada consigo, y creía en lo que hacía. Eso sí, con el desarme armamentístico, producto del final de la guerra fría, sus misiones se volvieron más variadas, y mucho más internacionales. Fue precisamente en uno de sus viajes al centro de África cuando localizó de nuevo esos desconcertantes patrones que había detectado en su día. Preguntó si en las minas a las que había ido a investigar se habían localizado trazas de radiactividad. Los responsables locales lo negaron enfáticamente. Fue entonces cuando se puso a investigar con mayor ímpetu.

                A lo largo de distintos análisis por el mundo, los resultados fueron coherentes: Nagasaki, Auschwitz, la oficina S-21, las áreas de recolección del caucho del antiguo Congo Belga; cárceles, campos de concentración; cementerios, fosas comunes. Y también hospitales, incineradoras, funerarias. Sitios con un claro denominador común.

                El día que I.G. se percató del hecho básico, el momento en que captó hasta el tuétano su significación, tuvo que sentarse, ponerse de fondo música de Rajmáninov, y pensar. Él nunca había sido un hombre religioso. No creía en cuestiones sobrenaturales. Él sólo había seguido fielmente, a lo largo de su vida, el rastro de aquello que fuera capaz de ver, medir o tocar. Pero ahora, pese a su desconfianza y recelos, desafiando su educación, precisamente porque le habían enseñado a aceptar lo que la ciencia le susurraba a través de demostraciones y teorías, no podía soslayar las pruebas físicas. No era capaz de negarse ante la evidencia. Tenía delante de sí un medio científicamente probado de contactar con la dimensión donde habitan los muertos. O, al menos, de certificar su presencia. No sabía cuán lejos podía llegar o a qué consecuencias prácticas iba a conducir todo aquello. Pero, como ocurre con buena parte de los descubrimientos científicos, lo primero es reconocer la vía que se abre ante cada hallazgo. Él había dado el primer paso. Ahora tocaba convencer al resto del mundo.

                Por supuesto, el inicio fue una mezcla de estupefacción, incredulidad y escepticismo que rayó en la mofa. Sin embargo, poco a poco, como la nieve que cae pausadamente y con el tiempo cubre hasta lo alto de campanario más destacado del pueblo, la avalancha de datos acabó por convencer incluso a los más recalcitrantes. Sobre todo, cuando se dieron cuenta de la cantidad de opciones que se les abrían por delante. A partir de entonces, los estudios se volvieron más concienzudos, sistemáticos. Se amplificó la intensidad de la señal de tal manera que, lo que antes sólo podía localizarse en lugares donde había fallecido mucha gente, tuvo la oportunidad de detectarse a nivel individual. De repente, fue posible descubrir no sólo el escenario de matanzas y de genocidios, sino también el de fallecimientos de individuos concretos y aislados. Ni qué decir tiene que aquello supuso una revolución acerca de lo que podía desentrañarse a nivel forense (la resolución de asesinatos cuyos detalles eran desconocidos), histórico (el descubrimiento de la tumba de Gengis Khan tuvo lugar al poco tiempo, merced a esta nueva tecnología), filosófico y de diversas aplicaciones las cuales, al inicio, no fueron tan siquiera sospechadas. Baladí es expresar que el mundo entero se transformó.

                Para nuestro hombre no hubo siquiera debate interno sobre si ese conocimiento debía reservarse exclusivamente para su país, o había de otorgarse al resto del mundo. Él era un patriota, y permanecería fiel a su tierra. Ahora bien, con lo que no había contado sería con la deslealtad de una parte de la misma. En concreto, de una mujer.

                Su esposa sollozó. Se arrodilló, imploró que la perdonara. Se justificó diciendo que aquello sólo había sido un desliz: una pura pasión carnal impulsada por las ganas de recuperar la plenitud de sus años más jóvenes. Le suplicó que se quedara a su lado y que envejecieran juntos. Pero ya era tarde. Él marchó del país, y se llevó consigo sus descubrimientos, que empezaron a esparcirse por todas partes.

                Una mujer le había engañado, y aquello tuvo sus consecuencias.

                                                                                             

 

                Conoció a Ludwig von Economo en una reunión conjunta de empresarios, científicos e integrantes de medios de comunicación para intercambiar ideas de un modo informal. Lo curioso es que von Economo (joven, apuesto, de perilla afilada, con una extraña combinación, en su vestimenta, de elegancia y estilo “casual”, y ni el más mínimo asomo de acento en su inglés; tanto que I.G. dudó sobre si era oriundo de los Estados Unidos o Gran Bretaña) no le explicó demasiado acerca de su proyecto. Simplemente le dio su tarjeta y le emplazó a reunirse con él en la más prestigiosa pinacoteca local. Un lugar anómalo para una entrevista de trabajo.

                -Vaya allí el sábado a las once. Le va a interesar –guiñó el ojo cómplice.

El primer fenómeno curioso fue que el museo estaba vacío. Lo habían reservado exclusivamente para un evento privado donde sólo estaban él, von Economo… y una muy atractiva mujer que hablaba el idioma de Tolstoi como sólo alguien que ha crecido con el cuento del soldado, el zarévich y la muerte puede hacerlo. La joven empezó a explicarle el cuadro –cedido al museo como parte de una exposición temporal- de Iván el Terrible y su hijo, desgranándole las motivaciones de Iliá Repin como si ella se hubiera encontrado a su lado cuando lo pintaba, preparando (mientras aguardaba la terminación de la obra) el samovar.

-Observen la mirada angustiada en los ojos del soberano; no sólo acaba de asesinar a su hijo, influido seguramente por el mercurio que le proporcionaban para tratarle la sífilis; ha matado al heredero al trono de Rusia. Acababa de quitar la vida al único que podía salvar su dinastía y, quizás, el futuro en conjunto del país. <<Qué he hecho>>, se encuentra sin duda preguntándose a sí mismo. <<Qué he hecho>>.

                La mujer se deslizó –casi cabría más decirse que flotó- entre las distintas obras de arte en un juego de ballet, como si llevara toda la vida preparando esta danza. Tchaikovsky, pensó nuestro hombre, habría ideado para ella El lago de los cisnes, y luego la habría invitado a pasear.

                Conforme la joven seguía desplegando su abanico de erudición y de divinidad secular sobre la pulida superficie del museo, I.G. sospechó que la estrategia de von Economo estaba muy bien urdida para tratar de seducirle no sólo en virtud de una atractiva oferta profesional, sino también de una mujer cuyos encantos e intereses comunes iban a atraerle como un agujero negro.

                Lo malo de las estrategias obvias y descaradas para obtener nuestra atención es que, si nos las plantean, es entre otras cosas porque estamos deseando que lo hagan. Al fin y al cabo, es el caramelo que nos gusta, envuelto en un plástico de colores que nos entusiasma más aún.

                Por eso, nada más I.G. firmó en el despacho de von Economo su incorporación a la empresa, con lo cual formalizaba su incorporación al sector privado, no le resultó extraño que su recién instaurado patrón sonriera mientras, a las puertas, aguardaba su nueva amiga para escoltarle.

                Acompañó a Irina hasta su hotel. Ella, por lo visto, había viajado desde San Petersburgo ex profeso para este encuentro, todo pagado por von Economo, por supuesto. Estaba claro que, para su nuevo supervisor, el dinero no era un problema.

                -Así pues, ¿no trabajas para él?-preguntó I.G.

                -Bueno, es una manera de decirlo –matizó ella-. Me contrata de vez en cuando. Puedo decir que soy mi propia jefa, pero también que me proporciona unas cuantas y bastante jugosas oportunidades. Aunque, si te refieres a la incompatibilidad de ciertas cuestiones, soy completamente autónoma en materia laboral… sobre todo ahora que ya has firmado –dijo conforme abría la puerta de su habitación y, casi sin pretenderlo, como hacía todo, se dejaba caer (y le invitaba a caer) blandamente sobre la cama.

                Así fue como empezó una de las etapas más fructíferas de su vida, de ésas en las cuales los intereses profesionales maridan en paralelo con los personales de una forma tan natural, ideal y eficiente, a todos los niveles, que no nos damos cuenta de -desde fuera- lo aberrantes que parecen, y todos los problemas inadvertidos que acarrean, los cuales sólo se manifiestan en el momento en que se rompe la burbuja, por lo común de la manera más brutal. Pero ese hipotético suceso aún se hallaba lejos. Y lo cierto es que, en el ínterin, lograron unas cuantas cosas interesantes. Ya no eran capaces sólo de detectar la presencia de almas fallecidas, sino que podían ponerse en comunicación con ellas. Era cierto que de un modo primitivo: no había voces audibles, sino una especie de traducción a un código que, filtrado por el tamiz de un ordenador, reproducía una serie de mensajes sin mucha lógica gramatical pero con un sentido evidente. Desde luego, no era perfecto, pero era bastante mejor que un aullido y un agitar de cadenas, y, por supuesto, lo más similar que nadie jamás había sostenido, desde los diálogos con el inframundo en los poemas épicos, a una ultraterrenal conversación. Al principio I.G. tenía un poco de miedo de que von Economo mostrara el lado capitalista del asunto y exigiera al gran público precios inalcanzables a cambio de sus servicios, pero su jefe fue muy astuto y supo ver desde el principio el filón de una amplia difusión: ofreció tarifas económicas para que cualquiera pudiera hablar con sus allegados, en un negocio que por supuesto creció en una curva estratosférica y mareante. Sobre lo que los familiares muertos tuvieran que decir, los resultados, en honor a la verdad, fueron bastante dispares. Prácticamente ninguno transmitía verdades divinas reveladas más allá de la muerte, y muy pocos poseían tesoros ocultos que dejar en herencia a sus descendientes; las más de las veces, sus preocupaciones eran más mundanas y se limitaban a saludos muy generales, y a preguntar si todos estaban bien. Porque, entre otras cosas, esta nueva vía de comunicación les confirmó cosas que ya suponían acerca del estado de estos dos seres a caballo entre dos mundos: no se ubicaban en ninguna localización espacial específica -alternaban su posición entre el lugar donde fallecieron, aquel donde se hallaba su tumba, y una serie de enclaves significativos para su biografía, hallándose con cierta probabilidad en varios sitios a la vez, cual una especie de gato de Schrödinger fenecido del todo-; tenían un conocimiento muy impreciso de lo que había acontecido en el mundo <<real>> -de alguna forma había que denominarlo- una vez habían abandonado éste, y tampoco se encontraban en ninguna clase de nuevo destino, ni parecían albergar misión alguna que ejecutar por la que, si la cumplieran, quedarían librados de su sino y se volatilizarían de allá. Simplemente, daban vueltas, merodeaban por los antiguos lugares que habían recorrido durante su existencia; sobrevivían, nada más. Pero lo que I.G. y otros investigadores no podían ni imaginar era el consuelo que siquiera esa pálida presencia otorgaba a sus conocidos y familiares, motivo que le convencía a I.G. de que su trabajo lo cumplía por algo más que ganar dinero, y que en realidad esos allegados pagarían muchísimo más por la oportunidad de obtener lo que llevaban a cabo gracias a su pericia técnica. En ese sentido, I.G. se sentía útil, se sentía bien. Y, bajo la flexibilidad de su nueva pareja, Irina, con quien había probado actividades y posturas con las que no había soñado nunca, se sentía joven otra vez.

                Todo iba bien hasta un día. Una jornada que debía de haber sido buena. Irina le enseñó un cuadro del periodo romántico, una representación de una escena histórica. Irina decía que, en su opinión, ese período del arte se encontraba infravalorado respecto a otros estilos formalmente más atrevidos, aunque quizás, en su opinión, con menor carga de significado. En concreto, se refería a una escena de fusilamiento donde la sangre destacaba, brillante y rojiza, sobre la blancura casi intacta de la nieve.

                -Una cosa es lo que yo admiro por dentro; otra lo que debo decir, de acuerdo a los cánones artísticos aceptados; y otra lo que les recomiendo a los compradores porque se va a revalorizar y les va a hacer ganar una pequeña fortuna, que es lo que pretenden casi todos. Por eso, no resulta fácil decirles que es mejor que dejen esa basura pretenciosa que están adquiriendo, y que se vayan a adquirir uno de estos cuadros. Uno de esos pequeñitos y olvidados, por los que algunas daríamos un brazo o un riñón por colgar en el recibidor de nuestra casa. Aunque no puedo quejarme -guiño el ojo mientras señalaba la pintura, en un gesto íntimo y confesional-; éste en concreto lo voy a conseguir.

                I.G. enarcó una ceja al observar el precio.

                -¿Y eso?¿Te lo puedes permitir?

                Irina sonrió con una mezcla de picardía y de falsa culpabilidad.

                -Bueno… Tengo unos ahorrillos.

                Pero estaba hablando con la persona equivocada.

                -Eeeeh… Aquí hay algo que no me cuadra. ¿Te acuerdas de cuando estuviste de viaje, y tuve que hacerte unas gestiones para pagar a una empresa a la que habías contratado unos servicios?

                Irina se rio.

                -Ja, ja, sí. Esa maldita memoria fotográfica. Deberías haberte metido a detective en lugar de a ingeniero. ¿Nunca te lo han dicho?

                I.G. guardó silencio. No era sólo eso. Irina le hablaba muy a menudo del dinero. Para ella era algo importante. Su familia era de esa vieja aristocracia que salió atropelladamente de Rusia tras la caída de los zares. Poco acostumbrados a desenvolverse en ningún oficio, los mayores vegetaron y vivieron de las rentas, pero sus descendientes se adaptaron rápido al nuevo ecosistema. Aun así, Irina tenía el problema de que se movía en un mundo de las altas esferas, y manejaba cifras vertiginosas de dinero, pero ella en sí misma no era rica. A ello contribuía el hecho de observar con rigor casi religioso los gustos caros que se le suponía a una mujer que se movía en el ámbito social de los potenciales compradores. De modo que su empresa unipersonal siempre se movía en un delicado límite entre los beneficios y la ruina, y muchas veces tenía que aportar fondos de su propio pecunio para no llegar ahogada a los balances. De ahí que a I.G. le extrañara que pudiera permitirse aquel pequeño dispendio.

                -En fin, supongo que ya te lo puedo contar. Sobre todo, porque tú también vas a salir beneficiado. Después de todo, este logro es también obra tuya. Y, cuando lo anuncien en la junta de accionistas, el dinero no será un problema, para ninguno de nosotros, nunca más.

                Cuando Irene se lo confesó, I.G. se quedó lívido. Sin apenas dar explicaciones, marchó y cogió el coche en dirección a la empresa. Allí se encontró, organizando cuestiones operativas en un pizarra, a von Economo, junto con un pequeño grupúsculo de ayudantes.

                -Ah, estás aquí -desplegó una amplia jovialidad von Economo-. Dime, ¿querías verme?

                Pero I.G. no le devolvió la sonrisa.

                Una mujer le había traicionado. Y aquello tuvo sus consecuencias.

 

 

                Dicen que el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial estaba lleno de espectros. Y era verdad. Los fantasmas de los muertos durante la contienda vagaban por los campos de Europa, y las familias de éstos se pusieron en contacto con espiritistas y médiums para contactar con sus fallecidos. Pero como éstos en realidad eran estafadores sin escrúpulos, o crédulos sin la menor idea de lo que estaban haciendo, no se consiguió nada. Debió de ser una estampa muy cómica cuando las almas perdidas (que sí que existían) veían que todos los esfuerzos desplegados caían en saco roto porque, a pesar de la cantidad de gente que deseaba hablar con ellos, lo estaban haciendo del modo incorrecto -la tecnología tardaría años en implementarse,- y por tanto no había manera de obtener ningún resultado.

                Todo cambió con el nuevo sistema desarrollado por I.G. Sin embargo, lo esencial en lo que se centraron los analistas de von Economo fue en aquellos primeros datos que el científico entonces soviético había recolectado. Se dieron cuenta de que esas iniciales detecciones fueron posibles porque I.G. las había hallado cerca de sitios donde se había producido un alto número de víctimas. De hecho, fue a partir de los encargos de la empresa para localizar fosas comunes y crímenes de guerra cuando se les ocurrió que la inmensa acumulación de energía allí concentrada podía repercutir en otra clase de cuestiones. Y se pusieron a indagar.

                von Economo se lo explicó. Los muertos eran muertos, y muertos estaban. Su tiempo había pasado, y su capacidad para transferir impresiones al mundo de los vivos era limitada, y cumplía su función tras un tiempo. De hecho, muchos no tenían ni siquiera descendientes con los que comunicarse. En cambio, ellos no desaparecían; no se disipaban en el aire una vez cumplida su misión pendiente, como ocurría en las novelas góticas o en las películas. Lo que hacían allí era perder su tiempo y el de todos, mientras ellos quedaban errando por una eternidad soporífera y fútil. En cambio, la Tierra que seguía adelante, la de verdad, adolecía de un grave problema de suministro de combustible, y sólo el aprovechamiento de esta gran cantidad de energía hasta ahora malgastada podría suplirla.

                El funcionamiento era simple, desgranó  von Economo: la ventaja era la acumulación de todas esas almas alrededor de unos cuantos puntos comunes (aquellos que primero estudió I.G.) donde se concentraban. Incluso el hecho de que oscilaran entre varios lugares a la vez no impedía que, cuando la tecnología creada por I.G. fuera aplicada según los nuevos diseños de los ingenieros de von Economo, aquellos sitios especiales sirvieran como punto de anclaje para acceder a los espectros y absorber todo su potencial. De esta manera, explicó el jefe de I.G. ante su horripilado empleado, tendremos así una cantidad impresionante de energía a nuestra disposición, para el servicio de toda la humanidad.

                I.G. estaba mudo de espanto. Les mataremos, atinó finalmente a decir tras balbucear un rato la respuesta. Eliminarás la energía residual que queda de esos individuos, y de esa manera quedarán desaparecidos para siempre. von Economo sonrió. No se puede asesinar, dijo, a alguien que ya está muerto desde el principio. No se les puede matar dos veces. Ellos ya tuvieron su paso sobre la tierra. Ahora necesitamos que les proporcionen un futuro a sus congéneres. Hemos sobrevivido miles de años sin comunicarnos, ellos errando de manera inútil por la faz de la tierra, nosotros sin conocer su existencia. Si ahora se desvanecen del todo (explicó von Economo con esa sonrisa taimada que hasta ahora sólo era un signo de inteligencia) no les vamos a extrañar.

 

 

                Al día siguiente, I.G. se coló sin permiso en las instalaciones de su propia empresa. Podría haber utilizado su pase personal de seguridad, pero se aseguró de robar, antes de salir el día anterior, la tarjeta de uno de los guardias. No sabía si von Economo desconfiaría de él a raíz de las últimas revelaciones pero, en todo caso, después de lo que iba a hacer aquella noche, seguro que revocaría todas sus autorizaciones. De hecho, meditó mientras subía a la sala de máquinas, lo más probable era no sólo que le denunciase, sino que tratara de destruirle y mandara sicarios para erradicarle de la faz de la Tierra. Era normal. Pero no por ello recuperaría lo que iba a perder ese día.

                I.G. se alegró de cómo había diseñado aquellos aparatos. Seguramente a causa de los viejos tiempos en que había trabajado para la Unión Soviética -por aquella obsesión paranoica de que el Politburó pudiera apropiarse de su labor y utilizarla para fines bélicos que I.G. ni siquiera había sopesado- era por lo que había dispuesto aquella tecnología mediante un sistema modular, de tal manera que fuera posible extraer unas cuantas secciones sin alterar el funcionamiento del conjunto. Por eso, las alarmas no sonaron, ningún medio de seguridad se activó. I.G. pudo desarrollar su misión sin interrupciones hasta que, finalmente, apretó un botón. Casi pudo sentir el sonido de la energía fluyendo, de esas almas movilizándose, con un suspiro de alivio, ante el gesto que las iba a salvar de la destrucción. Claro que aquello iba a cambiar por completo la forma en que interaccionaban con el mundo físico con el que tan recientemente habían vuelto a sincronizar.

                von Economo lo había dicho. La clave de su pavoroso sistema era la concentración. En determinados puntos en el espacio, había una densa confluencia de almas de las que era posible obtener una gran energía. Era como extraer sal a través de un bloque arrancado de una mina. Pero, ¿qué hacer si toda esa sal se encontraba disuelta en el mar? Entonces, el coste de purificar ese material -la sal en la metáfora; en la vida práctica, las almas- se volvía tan prohibitivo que no merecía la pena. Eso era lo que había hecho I.G.; había disociado a los espectros de los lugares físicos a los que se encontraban encadenados, de tal manera que ahora se encontraban “vibrando” (era el término técnico que se le aplicaba) a lo largo de la completa amplitud del espacio. Un fallecido en las guerras afganas producía la misma señal en Moscú que en Uganda o Pekín. Una señal débil, desde luego, insuficiente para ponerse en contacto con ese ente, pero también imposible de absorber y asimilar. Una vez más, los muertos volvían a estar solos y, sus descendientes, impedidos para hablarles. Pero al menos, estaban vivos (de alguna manera). En cierto modo, los había salvado. A costa de cortar la única conexión que habíamos mantenido con el mundo de los difuntos pero, desde luego, impidiendo que aquellos millones de fantasmas sufrieran una muerte definitiva otra vez. No sabía si todos aquellos espectros -con los que personalmente, en ningún caso, se había comunicado; no creía que a sus padres, unos racionalistas estrictos, les hiciera gracia el asunto- estarían de acuerdo con el cambio. Sentía, en todo caso, que era mejor que él hubiera tomado la decisión en su nombre, antes de que von Economo lo hiciera en base al dinero que el pingüe negocio le iba a proporcionar. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Después de hacer esto, salió del edificio. Fue al aeropuerto. Compró un billete de avión. En la nave, reflexionaba, con un vaso de vodka en la mano, sobre la ahora remota posibilidad de que un montón de fantasmas, parientes de alguien, se hubieran convertido en papilla y ardieran como combustible en el depósito del avión. También meditó sobre si, allí afuera, habría algún espectro al otro lado de la ventanilla, observándole, mirando, quizás de alguna manera intuyendo lo que había ocurrido y dándole las gracias. Ahora nunca lo sabremos, se dijo. Quizás estos espíritus le daban tanto miedo al mundo (se planteó I.G.) como nosotros, desde el otro lado, se lo dábamos a ellos.

                Descendió del avión. Tomó un taxi en la ciudad que tanto le sonaba y que, sin embargo, con el paso de los años, encontró muy cambiada. Como si ahora el espectro fuera él. Fue a una dirección cuya ubicación concreta nunca había podido olvidar. Sacó su llave y probó, acertadamente, para ver si funcionaba. Se metió en la casa y más tarde en la habitación, momento en que, con mucho tiento, se quitó los zapatos, se metió en la cama y se acomodó junto a una mujer dormida. Ella se desplazó ligeramente para hacerle hueco, reconociendo sin duda el sonido de la respiración, la identidad de su calor, y su forma de moverse; en definitiva, sus costumbres.

                -¿Qué pasa? -como único, comentario, la mujer le preguntó, como si llevara en la cama toda la vida. Aunque a ella le bastaba con que estuviera ahí.

                Entonces, I.G. respondió de la única manera en que había sabido transmitir sus pensamientos para que se perpetuaran a lo largo de los tiempos, para que no se perdieran en la noche oscura del alma. El único recurso que le quedaba tanto a él como a los espectros cuya existencia acababa de salvaguardar. Y, en aquel momento, le apetecía que una persona, en realidad la única que había amado, fuera receptora de lo que quería legar al mundo:

                -He tenido que venir. Tenía que luchar contra el olvido.

                Contra la espalda de ella, se abrazó. Durante horas permanecieron allí, pegados, refugiados cada uno en el otro, disfrutando de su mutua compañía, nada más.