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lunes, 17 de mayo de 2021

La historia real de mayo. Almerienses ilustres: Yuder Pachá, conquistador de Tombuctú.

No conocemos mucho del inicio de la vida de Yuder Pachá. Por no saber, no tenemos claro ni su nombre, que se escribe de diversas maneras (incluyendo "Joder" Pachá; por lo visto, "joder" era una expresión castellana frecuente entonces, y Pachá se refiere a uno de los títulos que recibió). Suponemos que su familia fue desterrada tras el levantamiento de los moriscos a mediados del siglo XVI en las Alpujarras, y fue así como acabaron en el pueblo de Cuevas del Almanzora. Durante una incursión turca en aquella zona fue capturado junto con otros trescientos muchachos. Desde allí, lo trasladaron a la corte del sultán Abd al-Malik de Marruecos. Allí fue castrado para convertirle en eunuco, los cuales eran muy apreciados porque se creía que su fidelidad no se veía obstaculizada por la lealtad hacia la familia. Poco a poco, el prisionero fue subiendo puestos en el escalafón, participando en varios episodios militares, incluyendo la Batalla de los Tres Reyes (ésa en la que murieron tres soberanos, incluyendo el rey Sebastián de Portugal, al cual, según la leyenda, nuestros vecinos lusos aún están esperando). Yuder Pachá sobresalió tanto en sus actividades que le acabaron nombrando caíd de Marrakech. Fue entonces cuando el nuevo sultán de Marrakech, al-Mansur (el anterior había muerto en la Batalla de los Tres Reyes), decidió volver su vista hacia el sur, hacia el África Occidental, para lo cual decidió contar con nuesto hombre.

En la zona a la que estaba dirigiendo sus ojos el flamante recién instaurado soberano se hallaba el denominado imperio songhay. Fue uno de los pocos grandes imperios africanos nativos, y también de los mayores imperios islámicos. El pueblo songhay había formado un estado que, de un modo otro, se mantuvo vivo durante 1000 años, aunque sólo a partir del siglo XV empezaron a adquirir independencia de Malí y conformar su reino propio, cuyo padre fundador fue Sonni Ali Berber. Aunque fue su sucesor, el califa Mohammed I, quien lo llevó a su máximo esplendor, tanto desde el punto de vista cultural (patrocinio de las artes, promoción de instituciones de sabiduría alojadas en edificios públicos creadas para ellas ex profeso) como del comercio. En ambos aspectos, iba a jugar un aspecto fundamental la ciudad de Tombuctú.

Decir Tombuctú es decir leyenda, apelar a un inextricable milagro. Quizás la fascinación y la evocación que provoca en nosotros su nombre sólo pueda expresarse con escenas como ésta que mencioné a propósito del libro "Océano mar", de Alessandro Baricco:

Uno de ellos es un oficial militar que registra todas las informaciones que le llegan de variados lugares del globo, conformando un catálogo del planeta que se mueve a medio camino entre la realidad y la ficción, entre lo verdaderamente vivido y lo solamente imaginado por una panda de borrachos, solitarios, locos y a menudo sabios que como término genérico vienen a denominarse con el nombre colectivo de "marineros". Entre ellos, uno que parece haber perdido completamente la razón, pero es capaz de revelarle a nuestro oficial que, en Tombuctú, las mujeres llevan sólo un ojo tapado porque de verles los dos, los hombres que las contemplasen (ante su inmensa belleza) se volverían completamente locos. Hasta que llega un momento en que el capitán le pregunta, intrigado, "¿Y cómo sabe usted eso?", y el marinero le responde, hechizado y hechizante:

-Porque yo los he visto.

Hasta el nombre de la ciudad se pierde en la leyenda. Según algunos, se debe a una mujer de honestidad a prueba de bombas que se llamaba Buctú, en cuya casa los viajeros solían almacenar su equipaje antes de transitar por tierras ignotas. Cada vez que les preguntaban donde habían dejado sus cosas, ellos respondían: "Donde Buctú", y de ahí el apelativo. Otros dicen que el tal Buctú era un esclavo, y hay muchas versiones mucho más prosaicas. Pero, en Tombuctú, está más que justificado darle siempre más veracidad a la leyenda.

Desde su fundación, Tombuctú fue un cruce de caminos de caravanas que traían toda clase de productos para comerciar. Del sur, de las minas del País de los Negros (como así se denominaba por las tribus que lo poblaban) procedían el oro, la fruta y el pescado del mar de Golfo de Guinea. Del norte, del Sáhara, llegaba la sal del mar Mediterráneo a través de las caravanas de tuareg. ¿Y en Tombuctú? Pues confluía todo. Tanto que, años más tarde, cuando se había perdido el origen de algunas de las mercancías, se acuñó el proverbio:

El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú.

Lo de la palabra de Dios es importante porque, con el dinero que se obtenía del comercio, los gobernantes fundaron mezquitas, madrasas y la universidad de Sankore, según se dice la más antigua del mundo, y que llegó a tener 25000 alumnos en su apogeo. La ciudad se convirtió en un centro de enseñanza y difusión del islam, y eso llevó aparejado muchos libros. Había una alta profusión de bibliotecas; tanto que, aunque en un inicio con motivaciones religiosas, Tombuctú acabó convirtiéndose en un refugio para la palabra escrita de cualquier tipo.

La universidad de Sankore posee una estampa representativa de la arquitectora por la que Tombuctú se ha hecho famosa en el mundo.

El imperio maliense y luego el songhay (también conocidos como askai, a partir del título que adoptó su gobernante supremo) fundamentaron su riqueza a partir del reforzamiento de Tombuctú como centro irradiador del comercio de la zona, lo que acabó por convertirla en un crisol de culturas (bereberes, árabes, mauritanos, bambas, tuareg). Sin embargo, para la época que nos ocupa, el reino se desangraba por culpa de sus problemas internos. En ese contexto, parte Yuder Pachá de Marrackech con unos 5000 guerreros y unos 8000 dromedarios, los cuales cargan, entre otras cosas, con cuatro cañones andalusíes. Uno de los problemas del imperio songhay (que había visto cómo tropas procedentes de Marruecos se habían estrellado anteriormente en sus repetidos conflictos con su vecino del sur) fue el exceso de confianza, ya que no creyeron que Pachá fuera capaz de cruzar el desierto. Pero nuestro amigo almeriense logró lo que otras expediciones no pudieron, gracias entre otras cosas a que controlaba los pozos de agua. Para cuando llegaron a las inmediaciones de la zona donde se asentaban sus rivales, en la región de Tondibi, Yuder Pachá tenía muchos condicionantes en contra: los songhay les plantaron un ejército de más del doble de efectivos; las tropas marroquíes -o saadíes, por la dinastía que los gobernaba- estaban cansadas y, para colmo, se lo jugaban todo en ese enfrentamiento, pues si el sultán de Marrakech les había mandado allí era porque su nación se encontraba al borde de la ruina y necesitaba las riquezas de Tombuctú para prosperar. Aun así, la batalla se saldó con una impresionante victoria para Yuder Pachá debido a la superioridad marroquí en armas de fuego. De hecho, los askai habían enviado miles de cabezas de ganado contra los saadíes para compensar este factor y, ante el rugido de los cañones, éstas entraron en estampida, causando buena parte de las bajas del ejército derrotado. Tan significativa fue la contienda, que durante mucho tiempo en la zona se conoció a los invasores con el mismo nombre que las armas con las que les habían avasallado: literalmente, el pueblo "arma", que deriva probablemente del castellano (las tropas marroquíes llevaban a muchos andalusíes y renegados procedentes de Europa) o del vocablo árabe ar-rumah, el cual significa "fusilero".

Yuder Pachá estableció entonces un gobierno títere que manejó el territorio correspondiente al pretérito imperio songhay. Sin embargo, quedó muy decepcionado: Tombuctú no era lo que esperaba que fuera. Sin duda el saqueo que llevaron a cabo sus tropas contribuyó a ello, pero seguramente también la falsa concepción que tenían los invasores de la legendaria ciudad; ellos creían que era un lugar cargado de oro y, como hemos mencionado antes, en lo que consistía era un centro de comercio. Allí se quedaba el dinero, el cual se invertía en bibliotecas y cultura. Al final, en efecto, Tombuctú era el lugar de los libros y de la palabra de Dios. Y, con seguridad también, de las mujeres hermosas.

¿Qué pasó entonces con los distintos protagonistas del conflicto? Los marroquíes imperaron durante un tiempo sobre el territorio, pero como nunca llegaron a controlar del todo la mina del oro, al final les salía económicamente poco rentable y abandonaron a los suyos a su suerte. El imperio se fragmentó en varios pequeños reinos, y cayó en una lenta pero irreversible espiral de declive. Durante mucho tiempo, la ciudad de Tombuctú se mantuvo vedada a no musulmanes. Ello incrementó todavía más los mitos alrededor de la urbe. Varios europeos que exploraban el recorrido del río Níger llegaron a epentrar en ella, pero sólo René Caillié volvió vivo a su país para contarlo (aquel entorno era y sigue siendo peligroso) y escribir un libro al respecto. La fama de Tombuctú se hizo mundial, y desde entonces ha acudido gente de todo el mundo a visitarla. Sin embargo, la ciudad tiene problemas. A las inundaciones periódicas del río Níger que dejan en ocasiones aislados a sus habitantes, y las tormentas de arena procedentes del Sáhara (que, si los vaticinios de los expertos se cumplen, sepultarán la urbe en el año 2100), se une el problema de los grupos terroristas que han ocupado en el pasado reciente la ciudad, y aún mantienen en jaque el moderno país de Mali. Esta situación ha por supuesto disminuido la llegada de turistas -sobre todo de aquellos que no se dan cuenta (como le pasó a Yuder Pachá) de que la riqueza de Tombuctú no está en sus casi inexistentes palacios, sino en su papel como guardián de la sabiduría- y ha puesto en peligro su papel como depositario de la cultura, aunque hemos podido escuchar historias heroicas de hombres valientes que se han dedicado a salvar miles de libros de los fundamentalistas. Los amantes de la literatura tenemos depositada nuestra esperanza en gente así.

Mientras tanto, los "arma", o aquellos descendientes andalusíes de las tropas que acompañaban a Yuder Pachá, perdido el papel de gobernantes en la llamada curva del Níger, siguieron ejerciendo el poder como caciques locales hasta que, finalmente arrebatado, se convirtieron en una etnia más, aunque muy entremezclada con los songhay, con los que generaron una descendencia mestiza. Sin embargo, siguen conservando su cultura, la herencia de la figura de Yuder Pachá, y también emplean ciertas palabras que derivan del castellano y del árabe, reivindicando el inesperado legado que un esclavo almeriense dejó allí.

¿Y qué ocurrió con nuestro héroe? El título de Pachá lo adquirió a partir del dominio de aquella región del mundo. El sultán de Marrakech desconfió de sus mensajes -acompañados de un poco de oro y algunos esclavos- acerca de que no había encontrado grandes riquezas en Tombuctú, pero posteriores incursiones militares en la zona le convencieron de que no había mucho que rascar en el nuevo territorio saadí. A pesar de todo, algo debía de desconfiar, pues el caso es que cambió varias veces de persona a cargo del título de pachá por aquellas tierras, aunque el almeriense por lo visto manipuló a todos ellos desde arriba, y hasta mandó asesinar algunos. Finalmente, muchos años más tarde, Yuder Pachá regresó a Marruecos cargado de riquezas. El problema fue que el sultán al-Mansur murió y, tras una serie de luchas intestinas entre sus herederos, el sucesor del sultán no estaba seguro de la lealtad de Yuder Pachá y finalmente le cortó la cabeza. Así fue como terminó la vida del hombre al que nunca le ha sido reconocido lo suficiente su gesta, la conquista de Tombuctú, aunque ello por desgracia instigara su decadencia.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Las recomendaciones de septiembre: unos cuantos libros para los amantes de los libros

<<El bibliotecario>>, de Giuseppe Arcimboldo.

Nos encantan los libros, así que no es de extrañar que adoremos los manuscritos que versan sobre volúmenes, librerías, estantes, anaqueles, bibliotecas. Si te sentiste cautivado con "El nombre de la rosa", si has soñado con perderte en "La biblioteca de Babel", si te preguntas en qué texto de basó Isabel Coixet para filmar "La librería", si "El lector" y "La sombra del viento" evocaron momentos de tu niñez y juventud, si asentías corroborando con la cabeza mientras leías las sensaciones de Helen Hanff al abrir un nuevo tomo, o si has ambicionado alguna vez retomar los hilos que quedaban inconclusos en "La historia interminable", he aquí unos pocos textos que he leído últimamente y que pueden reforzar más aún tu amor por la página escrita:

-"Una historia de la lectura": Alberto Manguel nos ofrece "una" de las múltiples y alternativas historias de la lectura pues, como él mismo dice, la evolución de la literatura de cada uno es personal e intransferible, ajena al orden cronológico o a cualquier posible canon. Por ejemplo, estamos seguros de que las lecturas de Manguel no hubieran sido las mismas si un ciego Borges no le hubiera solicitado, tras el encuentro en la librería donde el primero trabajaba, que ejerciera la labor de lector en voz alta por las tardes. Sin embargo, existen ciertos aspectos de esta absorbente actividad (la de meterse en la piel de un personaje o escuchar con detenimiento el pensamiento de otro) que poseen una evolución histórica trazable en el tiempo, y el autor nos describe con minuciosidad unos cuantos de esos pasos: cómo se dejó de declamar a viva voz, incluso cuando se hacía para uno mismo, y se inició el proceso de recorrer las líneas de la página en silencio; el origen de los signos de puntuación o de las gafas; la importancia de las lecturas públicas, de las traducciones, del aprendizaje del alfabeto, incluso a pesar de las adversidades (como ocurría bajo las penosas circunstancias de los esclavos de las plantaciones del Estados Unidos sureño, o con las vicisitudes que abocaron a la creación de la novela a partir de las mujeres japonesas de noble estirpe encerradas en su palacio-cárcel de cristal). Con profusión de anécdotas tanto de lectores y escritores, este libro ofrece sucesivas reinterpretaciones de un proceso que, en manos de cada individuo lector, requiere necesariamente de una aproximación original y novedosa, con un esfuerzo activo por nuestra parte.

-"El infinito en un junco": la filóloga clásica Irene Vallejo retoma el testigo del texto anterior -de hecho lo cita al menos en un par de ocasiones-, pero con un enfoque distinto, centrándose en cómo las civilizaciones clásicas (en especial Grecia y Roma) contribuyeron a crear el concepto del libro. Utilizando como punto de partida la biblioteca de Alejandría y la gran epopeya de Alejandro Magno, la autora pasa a narrarnos tanto historias conocidas -pero muy bien contadas, aderezadas además de detalles jugosos- como otras menos divulgadas, reflexionando sobre los contrastes y paralelismos con nuestro presente, y decorando su erudición con gotas de poesía y sensibilidad propias que hacen de este recorrido por el pasado un trayecto más que ameno, y para nada lejano a nuestras circunstancias.

-"Cervantes para cabras, Marx para ovejas": Un cabrero de la provincia de Córdoba en los años previos a la guerra civil sufre un ataque de un tipo de afección frecuente en estas tierras, que provoca en los afectados un deseo súbito de encamarse, secuestrados por una profunda melancolía. La dolencia no tiene más signos físicos, pero causa ruina entre los convalecientes, en particular el cabrero, que pierde la novia y causa la angustia de su pobre madre, la cual, desesperada, prueba todos los remedios en su mano hasta suplicarle al nuevo maestro de escuela del pueblo que le eche un cable. El docente, que cree en aquella doctrina que ya predicó Sofía Rhei en "Espérame en la última página" por la cual los libros son curativos y pueden prescribirse (casi) con la efectividad de una receta farmacéutica, incita al cabrero a iniciar la lectura del Quijote, y éste no sólo sale de su encamamiento, sino que se embarca una serie de alocadas aventuras que al Caballero de la Triste Figura hubieran satisfecho, sobre todo tras la lectura de "El capital" de Karl Marx, que no sólo entusiasma a las ovejas del rebaño (por lo visto Cervantes es más del gusto de las cabras), sino que trastocará la vida de toda la comarca. El periodista Pablo Santiago escribe una historia a caballo entre el realismo mágico, el homenaje literario y la comedia costumbrista, con una prosa rica y trabajada, cargada de sabor y color local, que provocará que nos enamoremos de más de un personaje.

-"La sociedad literaria y el pastel de piel de patata": Una columnista británica de reciente éxito decide, tras la Segunda Guerra Mundial, cambiar de tema sobre el que escribir, pero no tiene muy claro acerca de qué hacerlo. Inesperadamente, le llega una carta desde una pequeña localidad de Guernsey (una de las islas británicas espolvoreadas por el Canal de La Mancha) que le habla sobre un libro que resultó trascendental para el pueblo, dado que permitió solucionar un complicado lance relacionado con un cerdo asado que hubo que ocultar... y con la "La sociedad literaria y del pastel de piel de patata" (el título os lo encontraréis con distintas variaciones, dado que la traducción al español no ha conseguido reflejar todas las implicaciones del original). Atraída primero por la intriga del misterioso suceso apenas esbozado, y luego por lo variopinto y original de los caracteres que encontrará en Guernsey, la escritora protagonista decide prestar su atención al período de ocupación alemana de la isla. La obra, ideada por Mary Ann Schaffer (aunque fue su sobrina quien la remató, sin que la autora original llegara a vislumbrar el éxito de su creación), tiene su correlato cinematográfico, pero es mejor que directamente lo obviéis, porque en la película no sólo se pierde la narrativa epistolar que le confiere un llamativo sistema de suministro de información a la novela, sino porque, además, la versión en pantalla grande retuerce la trama hasta convertirla en una pastelosa y rutinaria historia de amor donde se cercena una de las mejores escenas del libro. Este último, en cambio, es un delicioso postre para ser engullido en un par de bocados.

Uno de los motivos por los que sin duda nos atrapan esta clase de libros es porque sus autores saben transmitir su amor por las páginas de papel -o de tinta electrónica- y, de esa manera, entendemos que (pese a nuestras diferencias en cuanto a origen, biografía y bibliografía), ellos son, como diría Todd Browning, "uno de nosotros": topos de librería, ratones de biblioteca, pequeños Firmin que sucumbieron ante el mensaje transmitido por otros, y seguramente preferían quedarse leyendo en vez de jugar con sus compañeros en el recreo. Son "otros locos de los libros". <<Leemos para saber que no estamos solos>>, asevera la película "Tierras de penumbra", de Richard Attenborough, sobre la vida del escritor C.S. Lewis. Son esos otros locos los que caminan, aunque sea a distancia, junto a nosotros. Por eso les queremos, y deseamos que su mensaje tenga éxito. Porque su victoria simboliza la eternidad de los libros. Para que siempre haya una línea nueva, otro párrafo, una biblioteca virgen que devorar.

sábado, 6 de enero de 2018

La historia real de enero. Madrileños ilustres: el tercer Pablo Iglesias


Estamos en 1822. España, tras una sangrienta lucha contra los invasores franceses, tiene por fin libertad para gobernarse a sí misma. Sin embargo, no hay unanimidad sobre cómo hacerlo. Las Cortes de Cádiz obligaron a Fernando VII a jurar la Constitución que habían aprobado años antes. Fernando VII acepta al principio pero, nada más puede, da por roto su compromiso y vuelve a los hábitos absolutistas. Sin embargo, en 1820, el general Riego, al mando de un destacamento cuyo objetivo era sofocar las revueltas en América, se vuelve en contra del rey y le fuerza a renovar su juramento. Durante tres años, el conocido como Trienio Liberal, Fernando VII acepta la presencia de un gobierno constitucional en España, pero eso no significa que vaya a quedarse quieto. Durante ese período, se codea con frecuencia con un grupo de militares de ideas afines, a los que va integrando en su Guardia Real. Un día de 1822, el 7 de julio, este cuerpo militar se rebela con el objetivo de restaurar la situación anterior. Enfrente, se encontrará con una Milicia Nacional a favor del sistema legal vigente que, de la misma manera que el gobierno de turno (con mucha pasión, aunque no siempre con el mismo acierto), tratará por todos los medios de que España mantenga ese pequeño trozo de libertad que ha conseguido. En medio de esta conflagración en la cual -como en muchas otras después- el destino del país se juega a cara o cruz, sobresale un nombre al frente de la Milicia Nacional, el cual hoy en día nos sorprende, no tanto por inesperado como por repetido: Pablo Iglesias, no Turrión (como el líder de Podemos), no Posse (como el fundador del PSOE en 1879), sino un nombre más común para el Pablo Iglesias menos conocido, el que tiene por segundo apellido González.

Conocida es la frase de Marx de que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa: no será este humilde blog el que se encargue de adscribir quién protagoniza un drama de proporciones shakespearianas y quién una farsa ridícula, pero hay que reconocer que hasta el mismo Marx se sorprendería ante la escasa originalidad que la Historia tiene a la hora de escoger los apelativos de sus actores. En particular, se hubiera extrañado que tres representantes de las corrientes progresistas en España tuvieran en común un apellido tan eclesiástico, aunque probablemente en la época de Pablo Iglesias González no se vería tan raro, pues mucho de los ponentes de la Constitución eran clérigos, con un nivel de compromiso social que sorprendería, por contraste, con la que manifestó la iglesia española en otras fases de su historia. En este caso, nuestro tercer Pablo Iglesias no era hijo de un peón municipal, ni por supuesto tampoco de socialistas (de hecho, ni siquiera hubiera podido definir ese término), sino de "tiradores de oro", como se llamaba a aquellos que elaboraban hilos a partir de este material, y fue de su padre de quien nuestro hombre aprende el oficio. Sin embargo, épocas turbulentas generan profesiones turbulentas: el 1808 se une a los que atacan al ejército francés, y ya no abandona las armas hasta 1814, llegando hasta el rango de coronel. En 1822, con sólo 30 años, es elegido concejal de Madrid, y en ese puesto le pilla la revuelta realista de este año, donde se erige como capitán de las fuerzas que defienden la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid, entonces sede del ayuntamiento. La pelea, a cara de perro, se describe en uno de los episodios nacionales de Galdós, y también en "La araña negra", de Vicente Blasco Ibáñez; ambos bandos se muestran encarnizados en la lucha, y actúan con evidentes ragos de valor, pero al final los miembros de la Guardia Real han de claudicar y se resguardan en el palacio de su protector el rey Fernando, hoy todavía situado en la Plaza de Oriente. Por este día, las fuerzas progresistas han ganado; por un momento (efímero, sin duda, como es habitual en estos casos), los soldados de la libertad tienen oportunidad de descansar.

Apenas un año les dura el reposo. A las grandes testas coronadas de Europa no les gusta la situación en España, pues temen que pueda generar futuros imitadores. Gracias a ello, Fernando VII consiguen que le manden un ejército -los Cien Mil Hijos de San Luis- que se encargará de restablecer el orden absolutista. En aquella época, líderes liberales como Riego (ahorcado en lo que hoy es la Plaza de la Cebada al lado del metro La Latina; su cabeza decapitada es empleada para jugar a la pelota por unos críos), y también héroes de la guerra de la Independencia, como el Empecinado, sufren cárcel, destierro o son ejecutados. Pablo Iglesias González se ve obligado a huir a Cádiz, cuna de la constitución de 1812 y del liberalismo, esperando que la roca de Gibraltar le pueda servir de refugio. Pero si alguien creía que los perseguidos se iban a rendir ante aquellas titánicas dificultadas, es que no sabía que los héroes de aquel tiempo estaban hechos de una especial pasta. Pablo Iglesias González forma una sociedad secreta, llamada la Santa Hermandad, que formaba parte de la Sociedad de Caballeros Comuneros, creadas ambas con el objetivo de derrocar a Fernando VII. Intentando replicar el levantamiento de Riego cuatro años antes, en 1824, tres faluchos salen de Gibraltar en dirección hacia Málaga, pero como el viento les impide la travesía, así que dan media vuelta y se dirigen a Tarifa, donde asaltan el penal de Santa Catalina y liberan a 60 presos liberales; casi inmediatamente, les rodea un contingente de fuerzas realistas y soldados franceses. Pocos días después, el 6 de agosto, el antiguo coronel Pablo Iglesias y un grupo de 49 voluntarios zarpan de Gibraltar en dirección a Almería. Ninguno de ellos sabía que ese iba a ser el lugar donde se decidiría su sino, pero lo más probable era que, si lo supieran, tampoco se hubieran negado a ir.

Llegan a Almería el día 14 pero, alertados por los sucesos de Tarifa, las fuerzas leales a Fernando VII ya les están esperando. Los soldados realistas conducen a los "coloraos" (llamados así por el rojo de sus uniformes) hacia la Rambla de Belén -hoy a la altura de la calle Granada, en aquella época fuera de la ciudad-, les obligan a arrodillarse y les fusilan por la espalda. A Pablo Iglesias González, capturado unos días después en un pueblo cercano, se lo reservan; le montan un juicio público en 1825 que dura varias semanas. Finalmente, es ejecutado el 25 de agosto en la Plaza de la Cebada en Madrid (el mismo lugar donde unos pocos años antes ahorcaron a Rafael Riego), episodio que describe en "El terror de 1824" el periodista y escritor Galdós. Mientras tanto, los asaltantes de la cárcel de Tarifa aguantaron dieciséis días, para después ser ejecutados en la tapia del cementerio de Algeciras. En algunos camposantos de España, de tanta muerte que acumulan sus muros, deberían establecer los hospitales una sección para transfusiones de sangre.

Una de las cuestiones que me fascina de esta historia de Pablo Iglesias es que, por una serie de inverosímiles coincidencias, acaba recorriendo buena parte de los caminos de mi propia existencia: nace en Madrid, donde he vivido la mayor parte de mi tiempo, huye a Cádiz, donde nací, y luego marcha a buscar la lucha y a encontrarse con la muerte (al menos, con su primera cara, la captura) en Almería, el lugar donde me crié y de donde, si me he de considerar de algún sitio, he de considerarme. Como un extraño viajero del tiempo el cual -a semejanza de aquel relato de ciencia ficción, donde una lista de la compra y unos pocos planos de un antiguo electricista sirven para crear una religión en el seno de una sociedad postapocalíptica-, tras haber equivocado las señales, intentara seguir mis pasos (como si éstos tuvieran alguna importancia), se aproxima hasta en las fechas: muere un día antes de mi cumpleaños, sus amigos fallecen en la calle en la que vivo, horas antes desembarcan en la playa que desde mi casa casi puedo describir. Por supuesto, no atribuyo todas estas mágicas combinaciones nada más que al poder de la casualidad, que en algunos casos ha demostrado tener mayor habilidad en el montaje que el mejor de los guionistas (a pesar de que a veces se quede corta de actores y tenga que recurrir a los mismos nombres en el casting). Pero quiero pensar que esta rocambolesca cábala, a medio camino entre un cubo de Rubik y la magia negra, se trata de un recordatorio, un aviso de que los héroes que admiramos no se hallan siempre en plazas lejanas y lugares remotos, sino que transitan las mismas calles que nosotros, esperando pacientes el día en que nos atreveremos a emularlos. Pablo Iglesias González se marchó a un lugar físico con el que no tenía ninguna conexión, en lo que acabó convirtiéndose un episodio fútil, un final en cierta medida tan absurdo como el que tuvo el último Napoleón en África, donde murió bajo las lanzas zulúes mientras guerreaba a favor de los ingleses, o el epílogo del inspirador de "El príncipe", César Borgia, fallecido a causa de una herida durante el asedio de una ciudad navarra, muy lejos de la Italia renacentista donde urdió la mayor parte de sus intrigas. La diferencia, con ambos casos, es que la causa por la que murió Pablo Iglesias fue la misma que llevaba defendiendo durante toda su vida, por la cual nadie daba un real en aquel momento, enterrada bajo una losa de tierra y balas (como otras reacciones conservadoras repetirían más adelante) con las que Fernando VII se libraba de sus enemigos. Aunque quizás nuestro protagonista, en su último aliento, tuvo el pálpito de adivinar que allí no se acababa todo, y que otros Pablo Iglesias -y otros que no lo serían- se levantarían para recoger su testigo. Albert Camus dijo que fue en España, en la guerra civil, cuando su generación se dio cuenta de que era posible tener razón y sin embargo acabar perdiendo. Tanto él como otros lo veríamos reproducirse más tarde a menudo, y cada fracaso ha conllevado mucho cansancio y muchos disgustos, pero el propio Camus suscribiría el dicho de que es mejor tener razón y caer derrotado en bucle, que permanecer la paz de la inmundicia y por consiguiente, continuamente -con el sufrimiento que ello provoca-, persistir en el errar y en producir dolor.

Como única memoria a los Coloraos, se erigió en Almería un monumento, denominado popularmente "el Pingurucho", situado en la Plaza Vieja -lugar junto al que hoy en día se erige el ayuntamiento, así que Pablo Iglesias se sentiría de nuevo en su sitio-. El franquismo lo desmontó en 1943, pero aún así, cada 24 de agosto, un pequeño grupo acudía siempre a la Plaza Vieja para homenajear a los revolucionarios. Con la democracia se restableció el hito físico, aunque periódicamente se producen una serie de pugnas entre izquierdistas y políticos de signo contrario sobre la pertinencia del mismo. Un hecho que podría resultar paradójico, pues durante las últimas grandes conmemoraciones de la guerra de la Independencia muchos políticos de derechas se adscribieron la etiqueta de "liberal", y aunque las denominaciones han cambiado mucho desde entonces -de liberal a neoliberal hay más de un desacierto-, lo cierto es que las motivaciones por las que luchaban los políticos de aquella época son muy distintas de las de hoy día (casi todos sus postulados han sido aceptados, muchas de las conquistas alcanzadas en nuestros tiempos eran, para ellos, inimaginables), y cualquier político conservador actual podría considerarse sin rubor heredero de los Coloraos. A pesar de todas las matizaciones, es innegable que existe cierta renuencia en España a reivindicar los méritos de personas que tenían como objetivo cambiar el sistema establecido en un momento determinado. Quizá, porque los que ahora mismo se sientan  en los sillones más cómodos -con el mismo razonamiento que hilvanaron quienes enviaron a los Cien Mil Hijos de San Luis a España- temen que alguien pueda venir y arrebatárselo, riesgo ante el cual prefieren menospreciar ciertos logros y movimientos de los cuales ellos mismos se han beneficiado. Recientemente, en 2017, con motivo de unas obras en la Plaza Vieja, se hablaba otra vez de desmontar el monolito, mientras que otros lo defendían y pugnaban trasladar allí los restos de los rebeldes fusilados, a los que hace no demasiado, en el nicho donde se les localizó recientemente, se les ha colocado una placa. Aunque, tal vez, el destino de esos huesos es el de no descansar en paz y continuar eternamente vagando, removiendo de vez en cuando nuestras conciencias, indicándonos que el camino de una sociedad -y de nosotros mismos- es permanecer siempre en movimiento, acumulando derrota tras derrota, y cometiendo iguales o distintos errores, pero a pesar de todo, a largo plazo, consiguiendo que sus propósitos vayan más o menos triunfando. "Fracasa de nuevo", decía Samuel Beckett; "fracasa" -añadía- "mejor". Lo único que no podríamos perdonarnos sería dejar de intentarlo. Dejar de coleccionar maneras más bellas y espectaculares de fracasar.

lunes, 9 de octubre de 2017

La historia real de octubre. Gaditanos ilustres: Lucio Cornelio Balbo el Mayor, y el Menor

"Julio César ante la estatua de Alejandro en el templo de Hécules en Cádiz". José Morillo, Museo de Cádiz.

A veces tenemos una imagen irreal de los antiguos romanos. Nos los imaginamos dignos, altivos, con toga; las adaptaciones cinematográficas y en series de televisión, en su mayoría anglosajonas, hacen pensar que fueran pálidos y rubios como londinenses, cuando en su mayoría eran bajitos y morenos como italianos que eran. Y aún así, olvidamos que, con el tiempo, romano no era sólo el nacido en Roma, y con el tiempo acabaron convirtiéndose en ciudadanos romanos también individuos nacidos fuera de Italia. De hecho, en la capital (adonde llegaban individuos procedentes de todas partes del mundo) encontrábamos africanos, celtas, árabes, bárbaros, griegos. Roma era su mezcla cultural y racial, una amalgama en algunos casos menos semejante al mármol que al zoco. Desde ese punto de vista, resulta interesante aproximarse a unos romanos atípicos, entre otras cosas porque nacieron en Cádiz.

Suele argumentarse que los gaditanos abusan con frecuencia de presumir que su ciudad es "la más antigua de Occidente", y quizá eso sea cierto, pero la frase también es verdad. De 3000 años de antigüedad, fue fundada por los fenicios a partir de una península, entre otras cosas porque las características de sus barcos hacían que sólo pudieran moverse con habilidad en este tipo de accidentes geográficos. Los fenicios provenían de lo que es hoy el habitual Líbano, una estrecha franja de tierra limitada por las montañas que prácticamente les empujaban al mar. Eso les llevó a fundar Cartago, en la actual Túnez -ciudad que daría lugar al imperio púnico, el único que trataría de igual a igual a los romanos-, y también Gades (por cierto, que los fenicios no sólo fundaron ciudades, sino que las evidencias históricas apuntan a que se asentaron en la periferia de los barrios tartesos para dedicarse a la agricultura, cosa que en su país de origen era muy difícil). La futura Cádiz fue primero propiedad de los cartagineses y luego más tarde de los romanos. Durante ese tiempo empieza a convertirse en el núcleo de prósperas redes comerciales. Entre las familias que dominan ese comercio, se encuentran los Balbo. Su origen se discute: hay quien dice que fueron cartagineses que se hicieron ricos antes de la derrota de su imperio a manos de los romanos, y huyeron a tiempo a Gades. Otros esgrimen su origen fenicio, y para ello argumentan que eran una familia muy asociada con el viejo templo en Gades de Melkart. Melkart era un dios cartaginés y fenicio, equivalente al Heracles (o Hércules) griego, y una de las deidades más importantes en el panteón púnico, en especial para los fenicios asentados en España -donde Hércules supuestamente realizó numerosas hazañas-, para los cuales bien podría considerarse el dios principal.

Entre los miembros destacados de esta familia, destaca Lucio Cornelio Balbo el Mayor, quien se alía primero con Pompeyo, el destacado político romano. La amistad de Pompeyo hace que Balbo pueda acceder a la ciudadanía romana, adquiriendo nombres romanos para sí mismo (el "Lucio" y el "Cornelio" los elige él, aunque hay controversia sobre por qué los escogió). El gaditano, hombre en ascenso, pasa un largo período en Roma. Sin embargo, como Balbo es persona que sabe nadar y guardar la ropa, no quiere tener un único aliado en la cumbre, sino varios, y aprovecha una ausencia de Pompeyo en la ciudad eterna para hacerse amigo de Julio César.

De hecho, Balbo y César coincidirían de nuevo en Gades cuando este último fue nombrado pretor de la provincia a la que entonces pertenecía la ciudad, la Bética. Allí, tiene un lugar una interesante escena que se refleja en el cuadro de José Morillo que hemos colocado en la parte superior de esta entrada: Julio César, en el templo de Hércules-Melkart, ve la estatua de Alejandro Magno y, de acuerdo a Suetonio, rompe a llorar al darse cuenta de que, a su edad, el general griego había conquistado medio mundo y César apenas ha hecho nada de significación en su vida (como sabemos, al final, la fama de César llegaría a ser tan grande como la de Alejandro). Anécdotas aparte, Balbo se vuelve muy importante para César -algunos dicen que su mano izquierda-, facilitando la creación del triunvirato que forma con Pompeyo y Craso, convirtiéndose en su enlace con Roma durante la guerra de las Galias, y organizando para su líder una suerte de policía secreta. Sin embargo, tanta influencia siembra envidias y muchos ponen en duda el proceso por el cual adquirió la ciudadanía romana, defendiéndole Cicerón con su discurso "Pro Balbo".

Durante la guerra civil que tuvo como máximos contendientes a César y Pompeyo, Balbo permaneció de lado del primero. En agradecimiento, tras una de las batallas más destacadas, César otorgó la ciudadanía romana a todos los gaditanos. Tras el asesinato de César, la posición de Balbo se volvió delicada, pero él demostró su olfato político al colocarse del lado de quien sería el vencedor de los enfrentamientos que tuvieron lugar después, es decir, el hijo adoptivo (en realidad sobrino-nieto) de César, Octavio Augusto. Como recompensa, Balbo fue elegido cónsul en el año 40 a.C.; era el primer no nacido en Italia que accedía a ese honor.


Balbo se retiraría poco después de la política, en el súmum de su gloria. Pero hay un segundo Balbo del que debemos hablar, y es de su sobrino Lucio Cornelio Balbo el Menor. Jugó un papel destacado en el ejército romano en los tres continentes hasta entonces conocidos, aunque su mayor papel tuvo lugar en África. Allí, en su papel de procónsul, logró su hazaña más destacada al liderar una expedición hacia el sur en el que llegó hasta el territorio de los garamantes. Plinio el Viejo relata su epopeya como una victoria en la que incorpora al dominio romano numerosas ciudades, aunque por lo visto el propio Plinio reconoce que Balbo no podía controlar el territorio porque los garamantes se dedicaban a controlar el acceso al agua, cegando los pozos con arena, y eso impedía a los romanos construir aquellas carreteras que tanto les gustaban. Hay dudas sobre donde se encontraba exactamente el país de los garamantes, y aunque algunos afirman que Balbo llegó hasta el río Níger, por lo visto se acepta que llegó a Fezzan, al sudoeste de Libia. Fue un hito más en una serie de aventuras en las que romanos y otros pueblos se adentraron en rincones de África donde europeos y asiáticos no se habían atrevido a penetrar: pero ésa es otra historia, y ya hablaremos de ella en otra ocasión.


Éste el mejor mapa que he podido encontrar para dibujar las regiones geográficas de las que estamos hablando. En azul podéis ver el río Níger cruzando numerosos países, y en la esquina superior derecha, en tonos desvaídos, la región sudoeste de Libia. La imagen se encontró aquí, en una entrada muy interesante que no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, pero a su vez tiene la fuente original en otro enlace.

La gracia de todo esto, victoria contundente o no, radica en que Balbo el Menor, cuando volvió a Roma, fue recibido con una "ovatio" o triunfo, el desfile glorioso que se le concedía a aquellos que habían hecho grandes conquistas en nombre de Roma. Fue -emulando a su tío- el primer no-itálico que recibió este honor, reflejado en placas conmemorativas. Con posterioridad, Balbo se dedicó a la política de su ciudad natal, realizando labores de edificación y mejora urbana.

Los dos Balbos se dedicaron también a la escritura: Balbo el Menor escribió un libro sobre cuestiones religiosas y una obra de teatro, y su tío escribió un diario, titulado Ephemeris, en el que narraba acontecimientos de su vida y la de César. Ninguno de estas textos se conserva; el recuerdo de los Balbo ha llevado difuminado al presente, aunque, del Mayor, León Arsenal ha escrito recientemente una novela histórica. No obstante, existen varios testimonios antiguos y modernos sobre esta familia que demostró que Cádiz, en lo que respecta a Roma, también estaba allí. Y que Roma no es sólo lo que hacen los romanos.

miércoles, 1 de febrero de 2017

La historia real de febrero: carnavales de Cádiz.

Llega febrero, y con él llega la palabra carnaval. Y ésta nos trae evocación de lugares lejanos: Venecia, Brasil, incluso Canarias, que será tan española como cualquiera, pero ahí tienen su invierno de 20 grados, hecho que da casi más envidia a sus compatriotas incluso que la posibilidad de celebrar las campanadas dos veces a cuenta de la famosa hora menos. La cuestión, es que no hace falta salir de la península para encontrar otros carnavales míticos, aunque en algunos ambientes sean menos conocidos. Y es que el carnaval de Cádiz no tiene máscaras elegantes ni bellas bailarinas tropicales, pero aún así, pocos se atreverían a no calificarlo de especial.

Gran Teatro Falla, uno de los epicentros de la vida carnavalesca. Imagen extraída de la Wikipedia, donde, por cierto, la entrada referente al carnaval de Cádiz empieza con un "es uno de los carnavales más famosos de España y de mi casa". ¿Error, sabotaje, o guasa gaditana?

Empezamos con la cuestión oficial: la competición. El concurso de agrupaciones se celebra en el gran teatro Manuel de Falla. Hay cuatro tipo de grupos humanos que se pueden presentar para exhibir su música y sus letras sobre las tablas del teatro: la chirigota (compuesta aproximadamente de una decena de personas), de tema cómico, la más popular entre el público. Luego están las comparsas (de número de integrantes similar a la chirigota, aunque el tema y las letras de las canciones sean más serios o poéticos), el coro (de varias decenas de individuos, y canciones de tono más festivo y lírico), y el cuarteto, que consiste básicamente en una banda de alocados que se lanza a la soledad del escenario a cantar y a montar una especie de teatrillo. ¿Los cuartetos tienen cuatro componentes? No, por supuesto. En Cádiz los cuartetos pueden ser de dos, de tres, de cuatro y de cinco. Para que vean cómo nos las gastamos.

"¿Por qué cuando mi madre tiene frío, a mí sudando que estoy va y me pone la rebeca?". Una chirigota con clase, ganadora del concurso del año 1996.

Llega la hora de la gran final. Las agrupaciones seleccionadas pasan toda la noche en el Gran Teatro Falla, donde por supuesto no cabe un alfiler y las entradas se han agotado hace meses. A primera hora de la mañana, se nombran los ganadores. Comienza entonces el auténtico carnaval: a lo largo de este fin de semana (y también de las siguientes) las agrupaciones cantarán en plazas y calles, y no sólo lo harán las que han participado en el concurso, sino las también llamadas "ilegales". El único requisito: buen humor (popular a la par que inteligente), ambiente festivo, y quizás acompañar los sentidos con una buena ración de erizos y una tortita de camarones. A pesar de que el concurso televisado es lo que llega a todos los rincones del mundo, los auténticos carnavaleros suelen decir que no hay nada mejor que encontrarse a dos centímetros de una chirigota mientras ésta canta, interaccionando con los integrantes mientras admiramos la ironía de sus letras, el desparpajo de sus gestos, o el trabajo que llevan aparejados sus trajes. Porque trabajo, aquí hay mucho: desde octubre se llevan preparando arreglos y disfraces, se han aplicado cientos de horas de ensayos, y los letristas, más de una vez, han tenido que redactar composición de último minuto que cantar en la final o en las calles, en referencia a algún acontecimiento destacado que ha ocurrido en los últimos días en el concurso, en el país o en la ciudad. Y es que ninguna institución (humana, divina, política o religiosa) escapa a la mirada crítica del carnaval.Incluso a pesar de las censuras que han tratado de imponérsele, especialmente en la época del franquismo.

Viva la Pepi, un muy particular homenaje a la Constitución de Cádiz de 1812.

Es sorprendente constatar la cantidad de aficionados de carnaval en todo el mundo, gaditanos o no, que se saben las letras de memoria y se mondan con los delirantes "tipos" con los que se disfrazan las agrupaciones, algunos más clásicos y otros verdaderamente imaginativos. Aún así, y a pesar de que tengáis la televisión o Internet a mano para vivirlo, como recomendación personal, yo os recomiendo, al menos una vez en la vida, ir a disfrutarlo en directo (si os agobian las multitudes, el llamado "Carnaval Chico", en el último fin de semana de las fiestas, es una buena manera de disfrutar del ambiente y casi todas las ventajas sin prácticamente ninguno de los inconvenientes). Es verdad -es una queja recurrente que recibo de los no andaluces- que a veces cuesta entender las letras: el acento es el acento, la velocidad de la canción es endiablada, y en ocasiones se refieren a temas tan locales que hay que andar más o menos metido en el contexto para captarlas en toda su dimensión. Pero escuchando con atención, no es difícil localizar perlas que cualquiera puede, de manera universal, apreciar. Como esta estrofa de "Ser o no ser", un cuarteto de hace más de una década cuyos componentes iban caracterizados de Hamlet y sus demonios, la cual dice así:

España en el fondo
no es de derechas
ni es socialista ni es liberal
ni de centro ni franquista.
¡Es masoquista y na' más!

Actuación en la final del cuarteto "Ser o no ser". Sí, contáis bien: tres miembros.

Para terminar de incentivaros, a lo largo de esta entrada os dejo enlaces a algunas de las más sonadas agrupaciones de los últimos años. Espero descubriros una forma de arte distinta, y quizás os animéis a seguirlo este año a través de la televisión o, por qué no, en en el propio Cádiz. Si además os animáis a visitar el barrio que me vio nacer, el de la Viña, uno de los más carnavaleros, podéis mandarle saludos de mi parte: y luego, ya me cantáis.

"Ahora es cuando se está bien aquí". Ojú que sí.

Unas hadras madrinas dirigidas por un "sheriff". ¿Por qué no?

lunes, 16 de enero de 2017

La historia real de enero. Almerienses ilustres: Carmen de Burgos

El año ha comenzado con una noticia funesta, y es que ya desde el primer día ha aumentado la estadística de fallecimientos por violencia de género. Quizás por eso sea pertinente nombrar a una de las primeras defensoras del feminismo en España, a pesar de que ella detestara la palabra feminismo (aunque su ideología, según sus propias palabras, se pareciera mucho a la concepción que de sí mismas hacen la mayoría de l@s feministas actuales: una actitud conciliadora y de colaboración con el hombre, en igualdad de derechos con él). Carmen de Burgos, a pesar de tener calles dedicadas en nuestro país -derecho que en su día se le negó-, goza de poco reconocimiento para haber sido la primera mujer española contratada como periodista, corresponsal de guerra, y una de las referentes de los movimientos literarios de principios del siglo XX en España.

Esta imagen de Carmen de Burgos aparece tanto en la Wikipedia como en el artículo de Yorokobu que han servido de bibliografía para esta entrada. Este último, además, ofrece una apasionante visión de los primeros progresos del feminismo en los albores del siglo XX.

Carmen de Burgos nace en Almería en 1867 pero vive buena parte de sus primeros años en Rodalquilar, Níjar. Su padre se esmeró mucho en proporcionarle una educación en la que abundaron las lecturas, y también en transmitirle el mensaje de que, por muy egoístas que se mostraran los hombres al respecto, ella tenía la misma capacidad de hacer las cosas que ellos. Se casa a los dieciséis años con un periodista cuyo padre era dueño de una tipográfica, y aunque el matrimonio es personalmente un desastre (su marido era infiel, un vividor, y las primeras experiencias sexuales fueron traumáticas; de hecho, los intentos de separarse de su esposo se tenían, como motivación primera, el propósito de recuperar "el dominio de su cuerpo"), éste le sirve a Carmen de Burgos para familiarizarse con el mundo del periodismo y hacer sus primeros pinitos dentro de él. Aunque nuestra protagonista se introduce primeramente en el ámbito laboral de la enseñanza (se saca el título de maestra estudiando por las noches, a espaldas de su esposo), en 1901, Carmen decide abandonar a su marido para iniciar una nueva vida junto con su hija, la única que había sobrevivido tras cuatro partos. En este nuevo período, se sumergirá hasta el fondo en el mundo del periodismo. Será una inicio de vocación tardío, pero desde luego muy provechoso. Bajo varios seudónimos, y en columnas destinadas sobre todo a la lectura femenina, Carmen de Burgos aprovechará sin embargo esta plataforma para hacer campaña a favor de aspectos como el divorcio y el sufragio femenino. Como se puede esperar, esta actitud le granjeará numerosas críticas. De hecho, el ministro conservador Antonio Maura traslada su puesto de trabajo en la enseñanza de Toledo a Madrid para limitar su radio de acción, aunque ella sigue volviendo a la capital los fines de semana para animar una reunión semanal de escritores, periodistas y artistas que se denominó "La tertulia modernista" y fue origen de la "Revista crítica". Esta tertulia tuvo también una gran importancia también a nivel personal, pues conoció allí conoció a un casi veinte años más joven Ramón Gómez de la Serna (el célebre creador de las greguerías) que se convirtió en su amante y colaborador literario mucho antes de que éste fuera reconocido por la sociedad como escritor. Paralelamente, esta relación tuvo una desventaja y es que, en el futuro, durante mucho tiempo, los méritos de de Carmen de Burgos fueron asociados a los de Gómez de la Serna (básicamente, se convirtió, para algunos, sólo en su "amante"), de tal forma que su producción literaria quedó ensombrecida.

En 1909 tiene lugar en Marruecos el llamado desastre del Barranco del Lobo, un episodio donde (como en otras ocasiones en nuestra historia militar) se acusó al ejército de estar defendiendo más los intereses económicos de unos pocos españoles que la seguridad de los soldados. Carmen de Burgos acude a Melilla, se establece como corresponsal de guerra para el Heraldo de Málaga y, desde su columna, retransmite desde la emoción el sufrimiento de los soldados y, en un artículo antibelicista, proporciona un hasta entonces inexistente altavoz a los primeros objetores de conciencia.

Con la llegada de la Segunda República (y, con ella, muchas de las reivindicaciones para la mujer que la periodista había defendido), Carmen de Burgos ingresa en el Partido Republicano Radical Socialista, y forma parte de numerosas asociaciones feministas y de izquierdas. Es precisamente durante una conferencia sobre educación sexual en la que siente los primeros síntomas de la fulminante enfermedad que la mataría a lo largo de los dos siguientes días. A pesar de haberse relacionado con personajes como Galdós, Clara Campoamor, Blasco Ibáñez, Juan Ramón Jiménez, Julio Romero de Torres, Sorolla o Gregorio Marañón -o precisamente a causa de eso-, el franquismo hizo todo lo posible por ocultar y ensombrecer su figura. A pesar de todo, hoy en día podemos encontrar accesibles muchas sus obras en forma de ensayos, novelas, traducciones y artículos periodísticos.

Carmen de Burgos (o, como durante muchos años se la conoció, la periodista "Colombine") tuvo que aguantar muchas cosas: desde la actitud de los hombres de su época (contrarios a la libertad de la mujer y con episodios muchas veces rayanos en el acoso), y también de las mujeres (Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, quedó muy decepcionada de la actitud de sus contemporáneas españolas hacia el sufragismo), hasta andanadas de los sectores más conservadores entre la literatura y la prensa (una vez un periódico publicó un artículo tan ofensivo contra ella que Carmen de Burgos se presentó en la redacción y, como mujer de armas tomar, le asestó al director un par de bofetadas). Fue una viajera convencida que aprendió todo lo que pudo de los escritores franceses y las sufragistas británicas. Estuvo a punto de ser fusilada en Alemania porque se apiadó de unos soldados rusos y la confundieron con una espía. A nivel personal, sufrió tragedias relacionada con sus hijos y sus parejas. Las palabras que exhaló en el momento de su muerte fueron: "¡Viva la República!". El fin de esta institución, poco tiempo después, significó también el fallecimiento de muchas de sus esperanzas para el futuro de la mujer. Hoy en día, probablemente sería una periodista indómita, incómoda para el poder, como lo fue en aquel entonces. Estaría más feliz con la situación actual de su género, pero insistiría en que aún quedaban muchas cosas por pelear. Quizás porque hay luchas que nunca terminan porque, cuando las descuidas, surgen nuevas invasiones que obligan otra vez a levantarse en combate. Una guerra en la que también colaboramos los varones porque, como decía Carmen de Burgos, es para hacerla juntos, no separados. Quizás su ejemplo sirva precisamente para (a hombres y mujeres) lograr motivarnos.

lunes, 18 de abril de 2016

La historia real de abril. "Almerienses" ilustres: Hermano Rufino

El papel de los científicos que lo son por afición, y no por carrera, es controvertido. Bill Bryson afirmaba de un botánico de clase alta (quien, libre de cargas económicas, se dedicaba a catalogar todos los tipos de musgo que encontraba) que probablemente contribuyó a registrar tantas especies como las que pisoteó en su entusiástico impulso. Mucho se ha discutido también de la profesionalidad de los primeros egiptólogos que fundaron la disciplina, o de cuánto patrimonio irreparable tuvieron que salvar de las manazas de Heinrich Schliemann en sus indagaciones en Troya. Lo cierto es que a este tipo de aficionados hay que aplaudirles como pioneros, incluso aunque reprobemos algunas acciones concretas. Es el precio de iniciarse en algunos campos. En todo caso, del hombre sobre el que vamos hablar hoy existen pocas dudas en cuanto al legado que nos ha dejado en forma de patrimonio natural que podemos gozar para nuestro disfrute.

Tengo que empezar con una pequeña introducción acerca de cómo he conocido la labor del Hermano Rufino. Rufino Sagredo pertenecía a los Hermanos de La Salle, una congregación fundada hace casi tres siglos por San Juan Bautista de La Salle, un francés hijo de nobles que puso todo su empeño (y también su fortuna) en conseguir una escuela de calidad para niños pobres, fundando una congregación religiosa para tal fin. Su trabajo lo han heredado los Hermanos de La Salle, con colegios distribuidos por todo el mundo. Yo estudié en uno de ellos, en Almería, y aunque ya no soy creyente, no me disgustan la mayor parte de los valores que aprendí durante mi estancia allí. Sin embargo, la herencia del Hermano Rufino no entra tanto por el lado religioso como por el de las ciencias naturales.

El Hermano Rufino es uno de los componentes de esta sección que cumple aquel refrán de "no es el buey de donde nace, sino de donde pace". Oriundo de Burgos, pasó por Córdoba y Canarias, donde fue aficionándose a la mineralogía y la botánica como autodidacta. Cuando llegó al colegio almeriense, fue en calidad de profesor de Ciencias Naturales, y empezó a colaborar como miembro del Instituto de Aclimatación (hoy la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC). Rufino trabajó sobre todo en el campo de la botánica, aunque la pieza sin duda más impresionante de la colección que ha heredado su nombre son los huesos de ballena que hace millones de años se depositaron en el fondo de un océano cuyo lecho emergería más tarde a la superficie y se convertiría en el rocoso desierto de Almería. De hecho, los compañeros de congregación que le conocieron suelen destacar el espíritu alegre y jovial con el que el hermano Rufino, con una edad ya provecta, salía a realizar excursiones por el medio natural. Cuantitativamente, no obstante, y aunque llame menos la atención, destaca su aportación en el terreno de las plantas, con miles de muestras vegetales envueltas en algunos casos en papeles de periódico tan antiguos que ellos mismos han adquirido valor histórico.

Durante mucho tiempo, la colección que recolectó el hermano Rufino (aunque otros religiosos, los Hermanos Jerónimo, Sennen y Mauricio, también intervinieron abundantemente en ella) permaneció fuera de los focos. La ocasión que tuve yo de conocerla fue cuando otro de los profesores del colegio, el Hermano Francisco Aguilera, empezó a poner en orden la colección de minerales, plantas y fósiles para convertirlo en un museo. El cual se abrió definitivamente al público en 2011.

        
      Una fotografía del museo. Extraída de la página web de la AMPA La Salle-Almería.


No he tenido ocasión de verlo abierto. Mis cortas visitas a Almería no me lo permiten. Pero sólo contemplarlo cuando estaba en proceso de preparación era una maravilla. Posee muestras procedentes de Almería, pero también de Marruecos, en concreto de la zona del Rif Oriental; alberga una fascinante colección de mariposas; presenta una exuberante variedad de restos de invertebrados (gasterópodos, bivalvos, insectos), y también hipnóticos ejemplos de taxidermia (como una impactante disección de un ave rapaz). Ahí entra no sólo el trabajo de los hermanos que recogieron las muestras a lo largo de más de 1300 excursiones, sino también el lento esfuerzo de ordenación y presentación en clave de museo que realizó el hermano Francisco Aguilera (a quien tuve la oportunidad de visitar personalmente en medio de su trabajo) durante muchos años.

Os dejo un enlace de la asocación de padres del propio colegio donde podéis contemplar fotografías del Hermano Rufino y de algunas de las secciones del museo (como digo, son especialmente impresionantes los huesos de ballena), y donde indica una dirección de correo electrónico con la que pueden contactar los interesados para visitarlo. Sin duda, ganará bastante con una ruta guiada a cargo de alguno de los más íntimos conocedores del museo. Puede parecer que esta entrada del blog tiene un sabor demasiado local y personal, y no lo niego, a pesar de que la trascendencia del hermano Rufino vaya más allá del colegio donde trabajaba y sea una referencia dentro de las ciencias naturales de la provincia. Pero creo que, en cierta medida, este post se trata de un recordatorio, para mí y para otros, de la cantidad de pequeños tesoros que no necesariamente están almacenados en reconocidos museos y superpoblados rincones turísticos, sino en lugares pequeños, discretos, en buena medida desconocidos para el gran público. El Hermano Rufino simboliza el poder de la acción de los pequeños gestos a lo largo de todos los días, y la capacidad de saber apreciarlo, esté cerca o lejos, en lugar de concentrarnos en unas pocas y a veces demasiado homogeneizadas referencias culturales. Para quienes les pillan muy a desmano determinados legados, es normal que el interés sea menor, a no ser que por casualidad pases muy cerca de los mismos (aunque, ¡ey!, incito a todos los que visiten Almería a visitar otras partes de su legado natural y cultural, y no sólo sus estupendas playas); pero para los que nos cruzamos en nuestra vida cotidiana con estas pequeñas maravillas, es un deber obligado. No obstante -todo hay que decirlo- es de ese tipo de obligaciones que sólo puede reportarte beneficios.

Nos leemos.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Los libros de noviembre: "Entre limones" y "Tres maneras de volcar un barco", de Chris Stewart.


Chris Stewart es un fenómeno. O esa es una de las formas en que le definen aquellos que le conocen. También le dedican otros adjetivos: inconsciente, alocado, "individuo", irresponsable, simpático, incorregible y, como mínimo, original. Chris Stewart es un señor británico que ha hecho prácticamente de todo en la vida (ha trabajado en un circo, esquilando ovejas, hecho un curso de aviación y tratado de escribir una guía turística acerca de China), excepto ocuparse de trabajos que requieran de traje y corbata. Un día le dio por comprarse un cortijo en las Alpujarras granadinas y allí que se fue, dispuesto a iniciar una nueva vida en la que disfrutaría del aire puro y contemplaría paisajes maravillosos a la orilla de un precioso río. Claro que cuando su mujer llego allí, ambos se dieron cuenta de que les habían estafado con el precio del cortijo, que el "aire puro" incluía lavarse en un barreño o la clasificación de la electricidad como artículo de lujo, o que el río se desbordaba de tanto en cuanto. ¿Pero iba Cris a amilanarse por ello? Ni muchísimo menos. Alegre y desenfadado, fue (más o menos) superando con ayuda (más o menos) de los lugareños las dificultades que se le iban poniendo en el camino, y escribió con su experiencia un libro, "Entre limones". Y quién sabe si es por el desparpajo natural que atesora Chris (alguien ha dicho que su estilo se parece al de alguien que acabas de conocer en una barra del bar, te cuenta su vida, y encima paga la cuenta) o porque entre otras profesiones fue el primer batería del internacionalmente conocido grupo de rock Génesis, el libro ganó fama y se vendieron un buen montón de ejemplares tanto en Inglaterra como en España. Y como la cosa funcionó, Chris ha seguido escribiendo libros, tanto contando su experiencia en el cortijo alpujarreño (continuó con los libros El loro en el limonero y Los almendros en flor, entre otroscomo sobre otros aspectos en su vida. Y, a juzgar por lo bien que le ha ido, seguramente (esperemos) no vaya a parar.




El carácter de optimista irredento -incluso un punto ingenuo- de Chris se ejemplifica perfectamente en el punto de partida de otro de sus libros, Tres maneras de volcar un barco. "Chris", le dijo una amiga, "me habían comentado que buscaban a un patrón de velero para navegar por las islas griegas, y he pensado que tú eras la persona ideal para ocupar ese puesto". Chris no tiene ni idea de navegación ni ha pilotado un barco en su vida, pero como no tiene trabajo para este verano y cree que no debe de ser tan difícil, dice que sí y se pone a aprender algo de marinería para llegar en condiciones al reto. Lo peor es que Chris, en sus descacharrantes ideas, a veces se encuentra con personas que son incluso más inconscientes que él y que tienen la intrepidez de seguirle la corriente, de tal modo que las anécdotas que alternan entre el costumbrismo mágico y el surrealismo más inverosímil se encuentran aseguradas. Tres maneras de volcar un barco cuenta tres experiencias de Chris relacionadas con el mundo la navegación, a través de las islas griegas, el desafiante Atlántico o la costa este estadounidense. A lo largo de sus peripecias, tanto en el mar como en su residencia en Granada, Chris (un tipo que es capaz de hacerte reír describiendo cómo se esquila una oveja, o cómo orinar en medio de una ventisca desde la superficie de un barco) se va encontrando personajes bastante singulares; algunos de ellos, mediterráneos con un curioso sentido del trabajo en el cual parece que todo va de mal al peor, pero al final las cosas se terminan arreglando (un tipo humano que seguramente les resultará muy conocido a los lectores españoles). El contrapunto del carácter de Chris es su esposa Ana, quien le pone de vez en cuando los pies en la tierra, aunque esto no significa en absoluto que le corte las alas a su marido o le haya puesto freno en sus aventuras -la última de ellas presentarse a las elecciones municipales españolas del 2007. Chris sigue viviendo en las Alpujarras en compañía de su mujer, su hija, perros, ovejas, gallinas y un loro algo misántropo. Sus libros son divertidos, extraños, un punto imperfectos (quizás en ese aspecto se note más claramente que lo que Chris te cuenta es la realidad imperfecta) y bastante sesgados, en lo que alguno ha descrito como una "versión idealista de la realidad". Pero, claro, ¿qué se podía esperar de alguien que subtitula su primer libro "Un optimista en Andalucía"? En definitiva, una lectura afable y despreocupada para leer a la cálida luz de un fuego. O para animarse a aprender a pilotar un barco. O todo lo contrario. Quién sabe. Nos vemos. Buena suerte y buenos libros.

lunes, 7 de abril de 2014

La historia real de abril. Almerienses ilustres: Nicolás Salmerón.

Explicar mis orígenes es siempre una tarea difícil. Nací en Cádiz porque mis padres se conocieron allí, pero, unos cuantos años más tarde, por cuestiones laborales, la familia al completo nos desplazamos a Almería, donde viví hasta los 18 años, momento en que me marché a cursar la universidad a Madrid. Resultado de todos estos movimientos es que nunca llegué a adquirir del todo el acento de ningún sitio, y si acaso me quedé con la forma de hablar de mi madre, procedente de Salamanca. Tal vez por ello no me considere especialmente de ningún sitio, y todos esos desplazamientos hayan contribuido en parte a que reniegue de la parte más exacerbada de los patriotismos y considere que todos somos (o deberíamos vernos a nosotros mismos como tal) "ciudadanos del mundo", con el espíritu de universalidad que ello conlleva. Pero los lugares por donde uno pasa contribuyen a matizar detalles de un pensamiento que puede manifestarse de manera válida a nivel general (el famoso"think global, act local" tan de moda hoy en día), y por eso creo necesario establecer un pequeño homenaje a los lugares donde he tenido la suerte de vivir. Por tanto, quiero dedicar algunas entradas del blog a estas ciudades, incluyendo a algunos de sus personajes más relevantes y característicos. Y tengo que empezar por Almería no sólo porque es de la zona del planeta de donde más puedo considerarme -ya que pasé la mayor parte de mi infancia en ella-, sino porque además, dio luz a uno de los, quizás (sino el que más), mejores jefes de Estado que hemos tenido en España alguna vez: Nicolás Salmerón, el cual fue presidente de la I República Española.

Nicolás Salmerón nació en el pueblo de Alhama (provincia de Almería) en 1838. Sin duda, su familia contribuyó en gran medida a que se dedicara a la política. Su padre era ya conocido por sus convicciones liberales (entendiendo este concepto como se entendía en el siglo XIX en España, es decir, a favor de una mayor libertad política y de decisión por parte del pueblo), y de hecho colaboró en lo que en Almería se denominó la expedición de "Los Coloraos", los cuales, durante la Década Ominosa en la que Fernando VII abolió la Constitución de 1812 y todas las promesas que había realizado tras el levantamiento del general Riego, trataron de relevarse contra el despotismo del rey y fueron consecuentemente ajusticiados (hoy en día, en Almería se levanta, tras años de prohibición de cualquier homenaje en tiempos de Franco, un monumento en su nombre). Por otro lado, el hermano mayor de Nicolás fue diputado por Almería y llegó a ejercer incluso el cargo de ministro. Él, en un primer momento, orientó sus esfuerzos a la historia y la filosofía, y de hecho consiguió la cátedra de Historia Universal en la Universidad de Oviedo, y más tarde la de Metafísica en Madrid. Sin embargo, pronto empezó a implicarse en actividades políticas, influenciado por su creencia en el krausismo (una doctrina liberal, laica y regeneracionista) y el positivismo, y fue encarcelado durante cinco meses por sus artículos en varios diarios. Tras la revolución de 1868, accede al cargo de diputado y se manifiesta, entre otras cosas, a favor del republicanismo, la Primera Internacional y el derecho de asociación de los obreros. Cuando llega la República, llega a ser ministro de Justicia y más tarde Presidente de las Cortes Generales. Pero en ese momento se recrudecen los problemas: recordemos que España estaba viviendo una situación particularmente inestable e incierta. Lleva más de medio siglo de disputas entre las fuerzas conservadoras y progresistas: ha visto caer a los Borbones, el intento de establecer a un rey distinto (Amadeo de Saboya) no fragua, y ahora lo han intentado con la República. Pero también dentro de los republicanos, hay distintas facciones, y una de ellas promueve que debe instaurarse un estado federalista basada en pequeños "cantones", un movimiento que sirvió de base para posteriores iniciativas de corte anarquista. Los republicanos se dividen entre este modelo federalista y otro más unitario (recordemos que, en muchos aspectos, se estaba refundando todo el concepto de España, y cada cual tenía su opinión sobre qué sistema era el más adecuado: en ese sentido, no difiere demasiado de otros más recientes períodos históricos, incluyendo el actual), y las tensiones parecen que van a provocar que la joven república se tienda a desgajar en mil pedazos. Incluso, el presidente Pi i Margall, defensor de las tesis federalistas, trata de convencer al sector unitario, y al no conseguirlo, dimite y es elegido Nicolás Salmerón en sustitución. Salmerón se encuentra -ya desde que jura el cargo- con que algunos "cantones" se han declarado autónomos y han decidido independizarse por la fuerza. Ante esta situación, intenta imponer orden y llama al ejército a sofocar la rebelión. Podemos poner en duda si la decisión era o no correcta, pero lo cierto es que no es fácil ponerse en su piel en un momento en que se estaba tratando de lograr que una España muy atrasada y convulsionada tirara hacia algún lado, y el hecho de la sección más intransigente de los republicanos declararan regiones autónomas por su cuenta, sin esperar a la redacción de una nueva Constitución, no ayudaba precisamente. En todo caso, tras la contienda, llega el momento crucial de su mandato: tras haber derrotado a algunos de los movimientos cantonalistas, se presenta delante de él la petición -tras un consejo de guerra- para rubricar la sentencia de muerte contra alguno de los militares colaboradores. A Nicolás Salmerón se le presenta una dura prueba, pero no duda: se halla en contra de la pena capital, y no firmará esas sentencias. Y si tiene que hacerlo en su obligación de presidente de la República, entonces dimitirá. Había estado apenas seis semanas enfrente del cargo. Una de las frases que ilustran su pensamiento acerca de este dilema fue expresada por él y más tarde reflejada en una biografía-cómic elaborada en el año 2009 por María Carmen Amate y J.M. Beltrán:


Lo cierto es que también existen sus sombras negras sobre este suceso. Se dice que en realidad lo que ocurrió fue que había disensiones internas dentro su gobierno sobre si ordenar o no el ataque a las fuerzas cantonalistas en Málaga, y Salmerón, incapaz de enfrentarse a los dos contendientes opuestos (entre ellos el general Pavía, que abogaba por el asalto), decidió salir por la tangente y simplemente dimitir. Sin embargo, démosle por el momento el beneficio de la duda, y aceptemos (aunque sólo sea por la imposibilidad de saber lo que en verdad ocurrió) en este momento la versión oficial. De ser la situación así, nos encontraríamos en lo que -tanto entonces como hoy en día-, era un hecho inédito: un político español que, lejos de aferrarse al cargo contra viento y marea, decide dimitir porque hay cosas por las que no está dispuesto a vender sus principios. En una época como la actual (donde la clase dirigente se han llegado a convertir en la segunda principal preocupación de los ciudadanos, y el concepto de política se ha desprestigiado gravemente entre los votantes), conviene volver la vista hacia aquellos defensores de lo público que, pese a todas las presiones que tenían a su alrededor, enarbolaron un faro humano y ético que nos mostraba que la política, la verdadera política, debe ser ejercida por hombres que están dispuestos a hacer lo que sea posible por sus semejantes, y que convierten el acto de representante del pueblo en lo que debería realmente ser: una actividad abnegada, solidaria y profundamente sufrida, donde hay líneas que no se deben traspasar y promesas que se han de cumplir. Aunque esto implique, en algunos casos, que sea necesariamente breve la duración del tiempo en el cargo. Quizás sea por eso que la mayor parte de los hombres honestos tengan, casi siempre, una estancia breve en política. El caso de otro político español, recientemente fallecido, puede ser otro ejemplo parecido que también nos convenza.
Después de alcanzar este cénit en su carrera, Salmerón fue escogido otra vez presidente del Congreso de los Diputados. Mantuvo numerosos enfrentamientos con su sucesor en la jefatura del Estado, Emilio Castelar, y todo esto contribuyó a un clima de ebullición política que acabó con varios golpes militares, y en consecuencia el fin del sueño de la República. Después vendría la Restauración Borbónica, un intento de enfriar la política española que funcionó durante algunos años, pero el cual dejó algunos defectos inherentes (como el caciquismo y un constante fenómeno del tejido de Penélope en la política española) que aún perduran, y que acabó por convertirse en un modelo agotado, al ser incapaz de asimilar determinados problemas y movimientos que más tarde o más temprano había que afrontar. Entre tanto, Salmerón trató de recuperar su cátedra, pero fue "depurado" -como todo aquello que había pertenencido a la República-, y se exilió a París, donde trabajó como traductor pero siguió manteniendo una cierta actividad política. Finalmente, llegó una amnistía promovida por Sagasta y volvió a España, donde recuperó su cátedra, fue elegido diputado y se convirtió, en palabras de Claudio Sánchez Albornoz, en "la sombra de la república que un día habrá de llegar", aunque ese amanecer no lo llegó a vislumbrar el almeriense. Falleció en Pau, Francia (donde se encontraba de vacaciones) en 1908, y en el epitafio de su tumba en Madrid, situada junto a la de su predecesor al frente del gobierno de la República, Pi i Margall, se recordaba que Salmerón "dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte". Hay momentos que marcan la vida de los hombres y sirven para definirlos. Salmerón tuvo el suyo y estuvo a la altura. Quizás no todos podamos decir lo mismo.
Durante la época del franquismo, la figura de este humanista cayó -como quizás el de todos los hombres y mujeres que merecían la pena- en un oscuro olvido. Pero ahora, precisamente en estos momentos de zozobra donde tan escasos andamos de modelos, se recuerda su biografía, sus habilidades como orador, una relación con Alhama que no perdió nunca, y ese profundo espíritu ético que en los trances más difíciles debería iluminarnos. Una estatua suya aparece caminando, como un hombre más de la calle, en una de las plazas principales de Almería. Cada 14 de abril, coincidiendo con el aniversario de la Segunda República, alguien coloca puntualmente alrededor de su cuello un pañuelo rojo, amarillo y morado. Quiero pensar que la estatua de Salmerón sonríe un poco más al portarlo.