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lunes, 18 de octubre de 2021

Los libros de octubre: una serie de recomendaciones rápidas

Pues eso, recomendaciones rapiditas, que hay mucho que leer y poco tiempo. Además, en general los libros de este post son cortos y se devoran en un santiamén:

Salvatierra, de Pedro Mairal. Una novela sobre la memoria, sobre hasta qué punto conocemos a nuestros progenitores (y heredamos de ellos sus obsesiones, preocupaciones y errores), y también acerca del poder transfigurador del arte y el tiempo. Muy enriquecedora. 

Pollo en pepitoria, de Andrés Zelada. El apocalipsis ha llegado, y también ha afectado a España. Sin embargo, de entre las ruinas, una pequeña población está tratando de crear un nuevo modelo basado en la solidaridad mutua, la igualdad y hasta el lenguaje inclusivo. El protagonista, un "cuñado" con todas sus letras, llega allí y es llamado a formar parte de este proyecto tan prometedor. Pero, por supuesto, va a hacer todo lo que pueda para intentar destrozarlo. Una novela pequeña (y barata) que toca temas profundos, los cuales darían para varios ensayos de psicología y sociología, pero cuyo humor y estilo sencillo hacen que la lectura te produzca las mismas sensaciones que un tranquilo paseo por una playa de Alicante.

Roumeli. Viajes por el norte de Grecia, de Patrick Leigh Fermor. El autor británico visitó Grecia por primera vez de una manera muy especial: aterrizó en paracaídas en Creta y colaboró como soldado con la población local en la resistencia contra los soldados nazis. Por supuesto, cuando sobrevivió de aquel infierno albergaba tantos sentimientos acerca del país heleno... que hasta se quedó a vivir allí. Patrick Leigh Fermor nos cuenta sus andanzas por el norte de Grecia (en otro libro, <<Mani>>, comenta historias de la parte sur del Peloponeso) mientras aprende las sutilezas del idioma y trata de empaparse de la cultura de sus gentes. En sus páginas, se destila el aroma de un mundo que hoy en día no existe, pues ya se hallaba en peligro en el momento en que lo describía el narrador. Ideal para descubrir el origen de la civilización y el carácter griego, que es mucho más que lo que ocurría antes del siglo I después de Cristo.

Portada de Jerusalén, santa y cautiva. Extraída de aquí.

Jerusalén, santa y cautiva, de Mikel Ayestarán. Siempre digo que hace falta un carácter muy especial para ser corresponsal extranjero en zonas en conflicto. Más aún un freelance. En mayor grado, si te vas con la familia a vivir allí. Ayestarán (quien ya ha narrado la primavera árabe en "Oriente Medio, Oriente roto" y la guerra de Siria en "Las cenizas del califato") nos cuenta lo complicado que es habitar en una de las urbes más complejas del planeta, a la vez que va recorriendo sus callejas y barrios para destacar los pequeños detalles que dejan al descubierto las raíces y consecuencias del drama humano que respira la ciudad por cada uno de sus poros. Ideal tanto para preparar un viaje a Jerusalén, como para clasificar a esa tierra imposible en el territorio entre lo inconcebible y lo improbable.

lunes, 20 de septiembre de 2021

La historia corta de septiembre: "La historia alternativa"

La historia alternativa

 

         Sara notó un estremecimiento. Fue así, sin venir a cuento de nada. Se hallaba lavando la ropa en el río y, en ese momento, sintió como un viento gélido que la invadía hasta el tuétano. Alzó la vista hacia el horizonte y creyó ver un rayo, a pesar de que el cielo estaba despejado. Desechando aquellas estúpidas ideas, volvió a sus tareas para terminarlas antes de que se hiciera demasiado tarde.

         Aquel día, sin embargo, Abraham tardaba en llegar. Había salido con Isaac -no había dicho por qué, y Sara no le pidió explicación- y ya se acercaba el anochecer. Por fin, la puerta se abrió. Isaac entró muy rápido, con el rostro lívido, y Abraham cerró la puerta tras de sí, como si le persiguiera un espectro. Lo que más le inquietó a Sara, sin embargo, fue el cielo: a través de la ventana, veía cómo habían llegado negros nubarrones y, por entre los maderos de la casa, se colaba un viento ululante que amenazaba con arrancar la vivienda desde sus cimientos.

         -¿Qué… qué ha pasado?-preguntó Sara.

         -¡Dios está loco!-pronunció perturbado Isaac.

         Su madre le pegó una bofetada en cada mejilla:

         -¡Eso, por la blasfemia!

         -No le discutas -replicó Abraham, pesaroso-. Tiene razón.

         Sara no le hubiera mirado con más sorpresa si se hubiera transformado en un macho cabrío en ese momento.

         -¿Qué habéis hecho?-preguntó Sara, cada vez más inquieta.

         -Le he dicho que <<no>> a Yavhé. Y no se lo ha tomado muy bien -señaló allí afuera.

         Sara no entendía nada. De un instante a otro, todo su sistema de valores se había derrumbado por completo.

         -¿Y ahora qué hacemos?-inquirió desesperada.

         Abraham ya había empezado a realizar, con un carboncillo, unas extrañas marcas en el suelo.

         -Si te ha abandonado Dios… habrá que recurrir a la única opción que queda.

         Abraham remató el extraño dibujo de polígonos engastados uno dentro de otros en el suelo. En ese momento, un invasivo olor a azufre empezó a ocupar la habitación. Mientras afuera se desataba la madre de todas las tormentas, Sara se echó para atrás, buscando apoyo (para no caerse, pues empezaba a faltarle el equilibrio) en la pared de la habitación, mientras de las cada vez más intensas marcas en el suelo se alzaba un gas inquietante que iba transmutándose en una forma corpórea brillante, roja… y con cuernos.

         -¿Para-qué-me-has-convocado?-sonó una voz gutural que helaba la sangre, en un idioma sibilante que se entendía perfectamente, a pesar de que Sara no lo había escuchado jamás.

         Abraham, desde una posición inferior, mantenía la mirada gacha, y sólo alzaba la vista de manera cautelosa, como un animal agazapado.

         -Quiero ofrecerte un pacto. Uno con los hijos de Israel…

         Sara se llevó la mano al corazón.

         No sabía si temía más que aquella historia fracasara, o que, en cambio, saliera bien.

miércoles, 1 de mayo de 2019

El artículo de mayo: "Caballeros"

Caballeros


          Leo en una furgoneta que suele estar aparcada cerca de mi casa: “Orden Hospitalaria de los Caballeros de Malta”. En efecto, el escudo de la Orden de Malta (como me enseñaron, formado a partir de la representación de las letras de la palabra <<Jesucristo>> en griego), con su cruz blanca engastada sobre fondo rojo, luce en el lateral de la furgoneta, igual que lo he visto adornando la entrada de un comedor social donde gente del barrio (de mi barrio; en épocas antiguas eso hubiera significado un vínculo, al menos mayor de lo que implica hoy en día) acude a comer porque no tienen otra cosa, si acaso –y en la medida en que se lo preserva el anonimato del comedor- la dignidad. Es fascinante la historia de la Orden Militar y Hospitalaria de los Caballeros de Malta, creada originalmente por caballeros amalfitanos como una institución en parte religiosa y en parte laica, estructurada en un modo muy similar a la Orden del Temple, y que que curaba a tanta gente en hospitales como a la que mandaba a fallecer en los mismos, especialmente en el momento en que llegó a Jerusalén. Allí, se hizo con el control de la ciudad santa, y las leyendas afirman que, tras entrar a sangre y fuego en varios de los templos más sagrados (del de Salomón, a estas alturas, no quedaban más que los lamentos), se apropiaron del arca de la Alianza, que guardaron bajo custodia. Después, los árabes les expulsaron y se refugiaron en la isla de Rodas -único lugar donde sobrevivieron mientras a sus compañeros del Temple en Europa les daban para el pelo-, sobre la cual construyeron augustas fortalezas separadas por lenguas y nacionalidades, y durante varios siglos se dedicaron a actividades tan variadas como la atención de enfermos y la piratería, hasta que les echaron otra vez y acabaron escondidos en Malta, para comenzar el lento proceso (que aún perdura) de desvanecerse, como casi todas las cosas, de manera silenciosa y discreta en la noche de los tiempos. En su día, los caballeros medievales representaban el súmmum heroico y de dignidad de la Europa Occidental. Defendían la santidad, la virtud, en definitiva, se arreaban con todo bicho viviente. Hoy en día, las prioridades por fortuna son otras. Los soldados han quedado reducidos a las misiones de paz, a la disuasión táctica, y sólo extemporáneamente (casi siempre por culpa de los poderes fácticos y políticos, en ocasiones por el clamor colaborativo de turbas atroces y enfurecidas) se dedican a reproducir su misión original. Ahora, los héroes -les llames o no caballeros, o tal vez damas- son (o deberían ser) otros; gente que monta comedores y consiguen que funcionen, que se dedican a actividades tan poco épicas como la administración o la logística. Individuos que nunca se han planteado conquistar Jerusalén, pero procuran que a los vecinos del barrio no le falte su pan. Quizás, un día de éstos, a una hora muy distante a la de comer, cuando no se halle reunida la mesa en torno a Arturo, ya que éste ha incitado a sus caballeros a recorrer ignotos caminos para encontrar el Grial, me acerque por su local en mi barrio y, con la cabeza gacha, les pregunte por la ubicación del Arca de la Alianza. Tal vez ellos, misericordes, abran con una oxidada y pequeña llave la puerta de un armarito y me permitan mirar.

lunes, 14 de septiembre de 2015

La película de septiembre: Zero motivation (2014)

La película que os presento a continuación engaña. Porque uno escucha las palabras "ejército israelí", y lo primero que le viene a la cabeza es un film de alto contenido social y reflexión profunda sobre el conflicto hebreo-palestino. Algo del estilo "Vals con Bashir" u otras películas del mismo corte. Vamos, un dramón en toda regla. Y sin embargo, quizás nos encontremos ante una de las comedias más divertidas y sorprendentes de los últimos tiempos.


El argumento se basa en el servicio militar israelí, que allí es obligatorio tanto para chicos como para chicas. Pero mientras que los chicos se encuentran inmersos en complejas operaciones militares para "salvar a la patria", a las chicas básicamente las almacenan en administración, rellenando papeles y preparando café para los oficiales, tratando de pasar el tiempo como mejor pueden en un puesto que (como dice el título de la película) ofrece una motivación bastante escasa. En un puesto militar perdido en un lugar seguramente cercano a donde Cristo perdió las sandalias (nunca mejor dicho), un grupo de chicas se dedica a intentar cambiar de destino, labrarse un futuro mejor o, simplemente, divertirse hasta que salgan de aquel agujero. Y allí es cuando empiezan a sucederse extrañas situaciones, a cual más surrealista y entretenida.


La película es una comedia coral, protagonizada por chicas de distintas personalidades, cada cual con sus obsesiones y paranoias, y cuyos temperamentos se verán obligados a chocar más de una vez entre sí. A pesar de un momento inicial con una escena bastante truculenta, el resto de la película, como decimos, transcurre sobre todo en el tono de la comedia ligera, y prácticamente no hay menciones al hecho de que Israelí se encuentre en guerra constante con el resto de sus vecinos (salvo en una ocasión, en un chiste muy, muy sutil que, sin embargo, seguro que arranca alguna sonrisa). Viendo esta película, uno acaba por pensar que, desde luego, los israelíes son tan mediterráneos como nosotros, que las películas sobre mujeres dan mucho juego sin necesidad que de que las dirijan gente como Woody Allen, George Cukor o Almodóvar, y que, con lo chuscas que son las historias de la mili de "aquí", no estaría nada mal un remake a la española. Eso sí, tendrían que esforzarse mucho para que les saliera tan refrescante e irreverente como ésta. A ello contribuye sin duda el trabajo de las actrices, lo más sobresaliente de la cinta junto con el guión.


Mientras llega o no llega ese hipotético remake a vuestras pantallas, de momento os dejo esta recomendación. La película es recientita, pero dudo que podáis encontrarla con facilidad en los circuitos comerciales. De hecho, yo la vi en la Filmoteca de Madrid en V.O.S., aunque me figuro que siempre habrá maneras de encontrarla. Yo le echaría un buen vistazo: seguro que, de esa manera, veréis que vuestro trabajo no es el peor del mundo y se os hace mucho más liviana la "vuelta al cole". O eso espero. Que se os dé bien. Un saludo.


domingo, 8 de marzo de 2015

La historia real de marzo: La mujer de Lot (Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

La mujer de Lot
(Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

            Una vez encontré, en un artículo de la revista “Muy interesante”, dentro de un especial sobre mitología, una curiosa frase: se refería a la mujer de Lot, ésa que giraba la cabeza para contemplar por última vez Sodoma y Gomorra y a la que (al haberle prohibido Dios este acto) el vengativo Yavhé la convertía en piedra. El texto versaba, precisamente, sobre el apelativo que nos ha llegado refiriéndose a ella: la mujer de Lot. ¿Dónde está su nombre de pila? No lo tenemos. Sólo es, como suele destacarse despectivamente, “la mujer de”. ¿Por qué? Quizás, Dios, en su furia vengativa contra la fémina que desobedeció sus órdenes, la condenó no sólo a ser estatua de sal, sino a que su nombre fuera olvidado de la historia. O quizás, por otro lado, se deba a la clásica discriminación y al olvido que han sufrido reinas, damas y emperatrices a lo largo de la historia, de la misma manera que otras mujeres, anónimas, insignificantes, pero que protagonizaron momentos decisivos en los instantes claves de la humanidad, han pasado a ser reseñadas normalmente como una nota aparte, sin que de ninguna de ellas conozcamos los sustantivos por los que las conocían sus contemporáneos, en contraste con sus homólogos masculinos. Tal vez, y por una ocasión, sea el momento de hablar sobre ellas en su conjunto, al igual que otras veces se ha tratado acerca de las mismas por separado.

            El papel de la mujer en la historia ha sido frecuentemente infravalorado y menospreciado frente al ejercido por los hombres. Ha habido pocas excepciones a lo largo del tiempo: una de las más destacadas fue la del pueblo alemán de Rostock, en el cual las mujeres rebautizaron las calles que exhibían denominaciones basadas en objetos inanimados o comerciantes desconocidos, y les pusieron el nombre -que escribieron a mano mediante tiza- de féminas que habían dejado una impronta en la historia de la ciudad. Entre ellos, la Casa de las Mujeres lleva el nombre de “Beguinas”, una congregación religiosa la cual fue perseguida por el Papado y el kaiser (resurgiendo repetidamente de debacles periódicas) hasta disolverse al fin sin que de ninguna de esas Beguinas -a pesar de su constante y abnegada labor social- nos haya quedado un solo nombre para la Historia. En gran parte, esta situación de discriminación, también en la disciplina historiográfica, se debe a la propia estructura que ha sostenido a la mayoría de las sociedades, considerando el dominio masculino como norma habitual de la vida desde el ámbito primero del núcleo familiar hasta la posición superior del trono real. No obstante, también en parte se debe a la propia concepción que de la Historia tenían sus narradores: la mayoría de las gestas escritas se refieren a una larga sucesión de reyes altivos y de batallas cruentas, en los cuales poco o nada de espacio hay para la labor de la mujer cotidiana, del día a día, salvo que no se tratase de alguna reina que, merced a conspiraciones e intrigas palaciegas (e incluso, algunas veces, en el campo de batalla), acabase por introducir algún elemento de distorsión en esta historia monocorde. Y es que hasta hace relativamente poco, el papel de la intrahistoria -como la definió la generación del 98-, del relato cotidiano de los días y las noches de los pequeños protagonistas anónimos que constituyen la masa crítica que hace avanzar a los pueblos, repetimos, esa intrahistoria, ha pasado desapercibida para los historiadores clásicos, y con ello, la posibilidad de que las mujeres, en sus labores continuas de amasado del pan, de coser a mano y de criar a los hijos (pero también de sanadoras, recopiladoras de la narración oral o de autoras) hayan tenido ninguna relevancia en el relato de los acontecimientos. No obstante, y con el tiempo, los historiadores contemporáneos han querido volver la cabeza hacia esas mujeres anónimas que, en momentos puntuales, fueron responsables del destino de los pueblos, y en algunas ocasiones, las más dignas representantes de los mismos. Y poco a poco, han ido apareciendo, rezagadas, algunas historias que con el tiempo habían quedado enterradas, como en una tumba que va ganando estratos encima mes a mes, año a año. Una situación quizás compatible con las mujeres que fallecen, también hoy en día, también sin nombre, lapidadas por regímenes intransigentes, contribuyendo a construir países que no se lo agradecen, asesinadas y marginadas por la discriminación de su género, consiguiendo, con sus logros (como dijo Virginia Wolff), tan sólo engrandecer la imagen del hombre, hasta que ésta parezca el doble de lo que realmente es.

Quizás sea éste el momento de recuperar estos relatos. Quizás sea el instante, de conocer a aquellas mujeres sin nombre, que también hicieron historia, en homenaje a aquellas que, diariamente, sin grandes alardes, la están continuamente elaborando.

La mujer de Asdrúbal (Cartago, ¿-143 a.C.)

            Asdrúbal fue el general cartaginés al que se le asignó la defensa de la ciudad de Cartago durante la parte final de la Tercera Guerra Púnica frente al asedio de los romanos. El relato que hace el historiador Apiano, basándose en los textos de Polibio -cronista oficial de la historia desde el lado romano-, da una imagen bastante descalificadora de Asdrúbal, mostrándolo como un hombre intrigante, capaz de traicionar a un compatriota del mismo nombre con tal de alzarse con el poder militar absoluto en Cartago, y responsable de las terribles ejecuciones y torturas que tuvieron lugar con los prisioneros romanos en uno de los episodios más deleznables de la guerra, con el objetivo de impedir toda posibilidad de llegar a un pacto con el enemigo. Sin embargo, cuando los romanos penetran finalmente en la ciudad, y tan sólo los desertores romanos y la familia de Asdrúbal se mantienen sin rendirse en el templo de Eshmún, el general sale de su escondite con una rama de suplicante, solicitando una rendición pacífica bajo el poder del triunfante general romano Escipión Emiliano. Ante este gesto de cobardía, la mujer de Asdrúbal se presenta, según nos cuenta Apiano, con ropas de fiesta en la parte superior del templo, acompañada de sus dos hijos, y portando un cuchillo. La mujer de Asdrúbal se dirige entonces hacia Escipión, el vencedor de Cartago, y le espeta: “No existe contra ti motivo de venganza por parte de los dioses, romano, puesto que existe derecho de guerra; pero sobre ese Hasdrúbal, que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza... y tú, romano, junto con ellos...”. A continuación, se vuelve hacia su marido, y le reprende, “¡Oh, tú, el más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago, ¿a qué triunfo servirás de ornato?!¿Qué castigo no recibirás, de aquél a cuyos pies te has arrodillado?”. A continuación, degolló con el cuchillo a sus dos hijos, y se arrojó, junto con ellos, hacia las llamas de una pira funeraria que habían levantado los desertores para inmolarse, hecho que consumaron finalmente. El acto de la mujer de Asdrúbal no sólo es importante porque simboliza el último canto de cisne de Cartago, sino porque además rememora aquella pira funeraria en la que se sacrificó Dido, la fundadora de Cartago, para evitar ser desposada con un rey extranjero, hecho que hubiera supuesto la pérdida de libertad de los habitantes de la ciudad púnica. No obstante, su sacrificio, junto con la leyenda de Cartago, desapareció prácticamente de la Historia: los romanos se encargaron de borrar buena parte de toda mención de la existencia de Cartago, de tal forma que aparte del  manido relato de la Segunda Guerra Púnica y la figura de Aníbal Barca cruzando los Alpes en elefante, el público general apenas conoce nada de esta urbe de origen fenicio, excluyendo tan sólo de esta afirmación a unos cuantos aficionados y los profesionales de la Historia Antigua. Cabe decir, además, que mientras que el cartaginés era un pueblo en el cual las mujeres tenían una importancia relativamente destacada, participando activamente en la vida pública, y llegando algunas de ellas a cargos de gran relevancia, entre los romanos –y más en aquella época concreta- aquella libertad no lo era tanta. De modo que, en ese sentido, la ofensa se volvió doble.

La madre de Quin Shih Huang (Reino de Quin –China-, ¿-228 a.C.)
La historia oficial de China (o de lo que luego se convertiría en ella, pues en esta época estaba constituida por un conjunto de reinos que guerreaban constantemente entre sí) no incluyó un registro sistemático de la historia de las emperatrices hasta mucho después de la muerte del primer emperador y unificador de China, impulsor, entre otras obras, de la Gran Muralla, y de su propia y grandiosa tumba, más conocida de cara al público como los guerreros de Xi´an (a pesar de que éstos, en realidad, sólo constituyen una muy pequeña parte de la misma). Hasta entonces, la única manera en que una mujer podía entrar en la historia china era a través de sus devaneos amorosos, o sus correrías sentimentales -la mayor parte, por supuesto, para desprestigio de la dama en cuestión. La madre del futuro emperador de China pertenecía a una familia aristocrática, y se convirtió en la concubina de Lü Buwei, un rico comerciante que favoreció el ascenso, al trono del reino de Quin (situado al oeste de China, y uno más de los por aquel entonces siete Reinos Combatientes), de Yiren, el padre de Quin Shih Huang. Yiren, sin embargo, se quedó prendado de esta hermosa mujer, y se la pidió a su protector en matrimonio, a lo cual Lü Buwei, aunque receloso, accedió como un sacrificio más en su plan para convertir a este joven príncipe en rey, y verse más adelante favorecido por este esfuerzo. La pareja se casa en el 260 a.C., naciendo su hijo (entonces llamado Zheng) al año siguiente. La polémica surge desde este mismo momento, pues tras la muerte de Yiren, aún muy joven, se dice que Lü Buwei siguió manteniendo relaciones con su antigua amante, con lo cual los historiadores posteriores han llegado a dejar caer -de forma bastante sutil-, que el comerciante pudo ser el auténtico padre de Zheng, aunque sí que es verdad que el periodo de generación de esta leyenda corresponde a una época en que la figura de Quin Shih Huang, bajo la dinastía de los Han, tendía a ser denostada y vilipendiada por parte de las más altas autoridades. De todas maneras, los encuentros entre Lü Buwei y la reina madre no duran mucho, ya que este último no quiere arriesgarse a perder el poder por un asunto de faldas, y desvía la atención de la reina hacia Lao Ai, un rudo cortesano cuya mayor virtud es -todo hay que decirlo-, la longitud que presenta su pene. Esta tórrida relación (hijos ilegítimos incluidos) se produce durante la minoría de edad de Zheng, y será muy probablemente uno de los hechos que marque la personalidad posterior del que sería el primer emperador. El poder de Lao Ai es cada vez mayor, se atreve incluso a presentarse como padre adoptivo del joven rey, y de ahí que el joven Zheng no dude, nada más alcanza la mayoría de edad, en acusar a Lao Ai de adulterio y traición a la corona (en aquellos tiempos se rumoreaba que el amante real planeaba, en el caso de la muerte de Zheng, postular a sus hijos como herederos del trono de Quin). Lao Ai se levantó en armas, y después de un sangriento enfrentamiento, el rebelde es capturado, decapitado, y su cabeza clavada en una pica. A la reina madre, en el ajuste de cuentas que está llevando a cabo Zheng en estos primeros tiempos de mandato, se la condena al destierro; no obstante, no parece que dejase del todo de apreciarla, ya que algunos gestos del joven rey se dirigen a vengar los malos ratos que pasaron él y su madre hasta la edad de ocho años, cuando tuvieron que sobrevivir en el hostil reino de Zhao y tan sólo gracias a la ayuda de la aristocrática familia de su madre pudieron salvarse. La reina madre fallece en el 228 a.C., quedando únicamente para la historia sus relaciones ilícitas, como si no hubiera hecho nada más en su vida.

Otra mujer sin nombre es importante en el camino hacia la unificación de China que está recorriendo el rey Zheng, sometiendo, mientras avanza, a los sucesivos reinos que encuentra a su paso. Durante la conquista del reino de Wei, una nodriza protege al príncipe real de este reino, un tierno bebé en sus brazos, de las flechas de los soldados de Quin, muriendo cuidadora y niño bajo los dardos. El rey de Quin, sin embargo -y a pesar de haber opuesto una ardua resistencia frente a sus soldados-, decide destacar el valor de la nodriza y ponerla como ejemplo para generaciones posteriores, otorgando a la mujer a título póstumo (y por tanto, a sus herederos) títulos de nobleza. Probablemente a la nodriza le hubiera gustado más que los soldados no hubieran acabado con su vida ni con la del niño, pero como dice José Ángel Martos, con esta medida, recompensando a súbditos de los reinos enemigos, y sometiéndolos bajo una ley común -sea buena o sea mala, pero igualitaria para todos-, Quin Shih Huang fue poniendo las bases para la posterior consolidación de un imperio y de un país, el de China, que todavía no existía, y sobre el que el emperador, después de la conquista, tendría que ejercer la labor más difícil: la de identificación cultural y social, entre habitantes de lugares tan diferentes, en un solo estado, el nuevo, que en estos momentos se formaba.

La madre biológica de Aisin Gioro Xianju, espía chino-japonesa (¿-1921?)
En este caso, la persona que posee realmente relevancia histórica no es la mujer sin nombre, sino su hija, conocida también como Chuandao Fangzi en China y como Kawashima Yoshiko en Japón. Rodeada de multitud de leyendas que varían según el país de procedencia de quien te las esté contando, esta mujer era hija de un aristócrata chino (emparentado con la familia imperial) quien a principios del siglo XX la entregó a las autoridades japonesas como una especie de mediación frente a una potencia que ya se intuía que iba a tener mucha importancia en el futuro devenir histórico de la nación china. Xianju fue educada bajo una rigurosa disciplina militar que la hizo convertirse en una experta en la lucha de guerrillas, jugando sus acciones militares un papel clave en la conquista de Manchuria por parte de los japoneses, quienes arrebataron esta región a la antigua patria de Xianju. Una vez hecho esto, las buenas relaciones personales de Xianju con el último emperador chino (el cual la consideraba un miembro más de la familia) hicieron que éste accediera a convertirse en soberano oficial del estado-títere de Manchuria, manejado en realidad por los nipones. Xianju, sin embargo, no jugó un papel pasivo: las historias dicen que siguió gobernando a sus milicias de manera independiente y manteniéndose muy crítica frente a ciertas actitudes japonesas en China. Xianju fue capturada por los chinos, se escapó, volvió a Japón, retornó a China bajo la tapadera de un restaurante, y fue finalmente detenida y ejecutada por las autoridades chinas en el año 1948, aunque ciertas leyendas esgrimen que en realidad siguió viviendo bajo la imagen adorable y en apariencia inocente de una anciana señora denominada cándidamente “la abuela Fang”. Desde luego, el personaje da mucho juego, porque entre su afición a vestirse con ropas masculinas, la sospecha de unas más que turbulentas relaciones de cama –violación por parte del padre de su tutor incluida-, o la tremenda popularidad que llegó a alcanzar en su país de origen gracias a sus críticas a Japón desde su posición de poder en Manchuria –lo que le llevó a incluso a grabar un disco de canciones con su propia voz: aquello, desde luego, puso en un brete su papel como espía discreta-, no es extraño que para la posteridad haya sido apodada como la “Mata Hari del Este”. En esta ocasión, como decimos, la madre de Xianju no juega ningún papel relevante en la Historia, pero como la madre del emperador Qin, sufre el tradicional olvido que se aplica a las consortes reales chinas. Cuando el padre de Xianju -el Príncipe Shanqi- fallece, su concubina y posiblemente la madre biológica de Xianju se ve obligada a suicidarse por el método tradicional. Fin de la historia, y así, ella no pudo contemplar con sus propios ojos cómo su hija se acababa convirtiendo en lo más parecido que en aquella época podía asemejarse a un héroe.

La reina de Saba (alrededor del siglo X a.C.)
A muchos le sonará la leyenda de la reina de Saba, aquella exótica monarca procedente de una nación situada en las actuales Yemen y Etiopía, la cual, admiradora de la fama del rey Salomón, acudió a visitarle, y tan maravillada quedó ante la sabiduría del gobernante de los israelitas que se acabó convirtiendo al monoteísmo. Por lo visto, todo el mundo quedó contento con aquel viaje, porque la reina dejó en Israel varias toneladas de oro, mientras que ella se llevó en su vientre al hijo de ambos, el futuro Menelik I, quien daría origen a una estirpe de reyes de Etiopía que según el mito termina en el depuesto monarca del siglo XX Haile Selassie. Menelik, por lo visto, se llevaría a su país el Arca de la Alianza en un viaje que hizo a Israel para conocer a su afamado padre, a quien (aunque fuera hebreo) engañó como a un chino para llevarse el Arca a su patria. Pues bien, de la reina africana que causó mayor furor en Occidente antes de Cleopatra no conocemos el nombre, pues la Biblia no lo menciona explícitamente, y según quién la mente puedes encontrarla denominada como Makeda, Bilqis, Balkis, Nikaule o Nikaula (incluso su origen se hallaría en duda, ya que alguno le atribuye a la reina una procedencia búlgara). Así pues, la mujer a la que Salomón le dedicó una sección del Cantar de los cantares, y por culpa de la cual -de acuerdo a la tradición- el monarca judío se dedicó a instalar espejos por toda la superficie de una habitación de palacio con el único objetivo de contemplar (la leyenda dice) sus peluditas piernas, no nos ha legado a la posteridad su nombre. Nos preguntamos si hubiera ocurrido lo mismo si la reina hubiera sido israelita y un seductor rey –mago o no- de nacionalidad etíope hubiera acudido para conquistarla. Quizás de él sí que hubiéramos obtenido sus secretos.

Éstas son las mujeres anónimas que hemos localizado. ¿Y vosotros?¿Conocéis alguna que merezca cierto reconocimiento y cuyo nombre no haya sido difundido?¿Tenéis otras propuestas? Esperamos vuestras futuras aportaciones.

Bibliografía:
            -Historias, Apiano.
            -El primer emperador, José Ángel Martos.
-www.artefinal.com/mujeres_siglo_veintiuno/s_moro.htm: La invisibilidad de la mujer en la historia, Sonia Moro.
-http://historiasdechina.com/2014/01/29/yoshiko-kawashima-espia-china-japon/: Tras la pista de la misteriosa “Mata Hari del Este”, Javier Telletxea Gago.
-La Biblia.
-Wikipedia.

lunes, 8 de diciembre de 2014

El relato de diciembre: "Llegaron" (Introducción y capítulo I)

LLEGARON
(Conjunto de crónicas a raíz de los primeros contactos con extraterrestres).


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                Cuando el Consejo Galáctico se reunió para decidir qué acciones llevar a cabo en relación a la Tierra, no se llegó a una conclusión clara. Es decir: como suele ocurrir habitualmente en este tipo de reuniones. Mientras unos creían que habían acudido allí para cursar la invitación de aquel recién descubierto planeta a la Confederación Galáctica, otros ya empezaban a repartirse los continentes entre sí y a elucubrar a quién le dejaban como premio de consolación los despojos. Al final, pasó lo de siempre: se enunciaron muchas buenas palabras, se discutió largo y tendido y, tras un punto muerto, se tomó la resolución de aplazar la resolución hasta una reunión posterior donde se adoptaría una nueva resolución. Entonces se produjo la disolución de la presente reunión, marchándose cada cual por donde había venido.

                Y por supuesto, después, cada uno acabó haciendo lo que le dio la gana.

                Unos cuantos ciclos más tarde, comenzaron a llegar las primeras naves a la Tierra…

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                Primer contacto.
                Noviembre de 2018.
                Ubicación del aterrizaje en Tierra (en nomenclatura local): Israel (Asia).
                Procedencia de los visitantes (en nomenclatura local): Bu-uu-uj [sonido parecido al estrangularle el cuello a un urdulu a través de las ancas].
                Raza: Colíndogos.

                El motivo por el cual los colíndogos decidieron aterrizar en aquella zona concreta de la Tierra fue uno tan antiguo como la historia de la exploración interplanetaria: se les estropeó el equipo de orientación espacio-temporal para el viaje y se perdieron. Los colíndogos trataron entonces de recurrir a las bases de datos donde almacenaban los mapas locales de la Tierra, pero les resultó difícil cuadrarse con las fechas y acabaron localizando una representación que tan sólo contenía una pequeña parte de la cuenca mediterránea, quizás porque aquellos que lo elaboraron no conocían ninguna zona del mundo más. Además, los colíndogos supusieron que, al lado del mar, situado en una encrucijada geográfica clave, y en medio de lo que tenían constancia de ser dos de los focos originarios de la civilización de esa especie llamada humana, aquel lugar sería un remanso de lucidez, desarrollo tecnológico y paz. Seguro que no podían andar muy desencaminados.
                Por otro lado, allí abajo, las cosas parecían relativamente tranquilas. Era casualmente un Sabbath y, en el campo de colonos israelíes en Cisjordania, el tiempo se desplazaba con la pereza habitual de estos días, en los que los acontecimientos repetitivos y habituales no tienen demasiada prisa por avanzar. Un rabino se encontraba organizando las actividades a cielo abierto, a tan sólo unos pocos metros del lugar donde se empezaban a levantar las viviendas palestinas, separados únicamente por una inútil valla metálica que seguramente fuera a desplazarse -en las próximas semanas- unas cuantas decenas de metros mas, con objeto de volver a ampliar el asentamiento, en lo que constituía (tanto por la ampliación como por la celebración del Sabbath en aquel sitio) una clara provocación, pero eso a los asistentes les daba igual, porque ya estaba muy acostumbrados, y habían hecho de este tipo de actos algo más que una forma de vida. De hecho, el ambiente parecía bastante distendido, se servía pan ázimo y alguna galleta. Se respiraba una sana atmósfera de camaradería y relajación de costumbres, quizás estimulados por la reciente llegada del buen tiempo.
                Mientras tanto, el encargado de la vigilancia de todo aquello era Todd, quien se hallaba sentado en una posición elevada, situado a una cierta distancia. Todd había llegado hacía poco de Estados Unidos, y aunque desde lejos -con su barba rubia y su melena desaliñada- podía confundírsele con un judío ortodoxo, en realidad se encontraba mentalmente muy lejos de aquel contexto. Había encontrado trabajo gracias a un primo que llevaba bastante tiempo viviendo allí, pero lo cierto es que echaba de menos su vida en Tennessee, y cómo, durante aquella época, pasaba las tardes de sábado derrapando un coche a punto de destartalarse sobre un campo embarrado. En cambio, la historia del Sabbath no la entendía, y menos la manía que le tenían sus compañeros y convecinos a los palestinos. Él recordaba que, en el Wal-mart enfrente de su casa, el dependiente era un árabe, y siempre había sido muy amable con él, y hasta le permitía enrollar el porro en la tienda antes de salir a la calle, no como el anterior encargado, que era bastante borde. ¿O en realidad era un paki? No sabía decirlo. En todo caso, los palestinos no le habían hecho a él personalmente nada malo, así que no entendía por qué tenía que desearles a cambio ningún perjuicio a ellos.
                Fue cuando andaba en todas esas divagaciones cuando las vio llegar. Lo primero que pensó, casi inmediatamente después de la sorpresa inicial, fue en lo elegantes que eran. Así, blancas, ovaladas, girando sobre sí mismas, como una especie de nuevo e inmaculado balón de rugby que alguien hubiera lanzado en un extraño efecto y que, en lugar de caer de cualquier manera, aterrizara suavemente sobre la superficie, a unos escasos cien metros de allí. Aunque el momento en el que su corazón dio un vuelco fue cuando se abrió la trampilla de la nave y dejó salir a las extrañas criaturas: con la cabeza ahuevada, semejantes al extraterrestre de las películas de Alien, sólo que más espigado y recto, de un tono grisáceo de piel bastante asquerosete, y con una pinta mucho más digna y pacífica que el típico bicho que la única conversación que pretende mantener contigo es la de comerte las entrañas. A todo el mundo le quedó claro lo que eran desde un principio, pero nadie supo cómo reaccionar salvo con el hecho de quedarse mudos y aguardar, mientras un pequeño contingente de extraterrrestres, de unos treinta individuos, salía de la nave, lideradas por los dos que parecían encontrarse al mando, aunque en realidad no había ninguna manera de distinguirlos por sus uniformes ya que no tenían ropa (eso sí, sus esqueletos dibujaban una curiosa composición que asemejaba un traje militar con medallas y hombreras). Sin embargo, si hubo alguien que actuó antes que ninguno de los humanos fue el rabino, el cual, para alucine de Todd, se acercó hacia los alienígenas, y mientras se quedaba a una decena de metros de los mismos, gritó:
                -¡Amigos!¡Bienvenidos a la Tierra!¡Sabemos que habéis venido aquí, comandados por las órdenes de Dios, para encontraros con la raza más avanzada del universo: nosotros, los judíos; las doce tribus de Israel; el pueblo elegido!
                La boca de Todd se abrió varios dedos de longitud al quedarse anonadado por lo que estaba viendo. En el mayor arranque de lucidez de su vida, pensó: <<¿Pero qué cojo…?>>.
                -Sabemos que poseéis poderosas y avanzadas armas con las que, si quisierais, podríais destruirnos en un segundo, con tan sólo chasquear un par de dedos. Pero sabemos también que no lo haréis porque vuestro objetivo, vuestra auténtica misión, es ayudarnos a nosotros en nuestra lucha, que es la justa, porque es la de todos, la de Yavhé. Y es la de derrotar a los auténticos enemigos: los que se encuentran allí, al otro lado –indicó señalando más allá de la valla, mientras Todd pensaba: “¿Qué estás diciendo, insensato?-, ofendiendo la obra de nuestro Dios.
                >>¡Uníos a nosotros –espetó el rabino, como poseído de esencia divina- en nuestra cruzada y la del todopoderoso Yavhé!¡Liderad, junto a nosotros, el cambio radical que en el mundo debe ser conseguido!¡Aunemos nuestras espadas para, en compañía, acabar de una vez y de manera definitiva con nuestros enemigos!¡Seamos uno solo, fundidos en la divinidad!
                El rabino ya se había abierto de brazos y -fuera de sí y casi flotando por encima de este mundo- parecía ofrecer su cuerpo para fusionarse no ya moral sino físicamente con los alienígenas. Daba la sensación de que fuera a salir volando en cualquier momento. En medio de la conmoción general, los allí presentes observaron como uno de los extraterrestres que parecía al mando le preguntaba -con un tono muy neutro de voz- a su compañero, y este último le susurraba una respuesta al lugar donde debía de andar localizada su oreja. El primer extraterrestre escuchó callado y (si es que se pueden interpretar las expresiones de seres que no tienen músculos faciales) aparentemente prudente. Como conclusión, y tras sopesarlo durante unos segundos, soltó una expresión que todo el mundo escuchó pero nadie pudo entender, levantó el brazo y, dirigiéndose al resto de sus compañeros, lanzó una orden contundente y decisiva que, nada más pronunciarse, hizo que éstos levantaran las armas que nadie había visto que portaban consigo, y apuntaran hacia el grupo de judíos.
                -¡Mierda, mierda, mierda!-se lamentó un Todd angustiado, que corrió acelerado a esconderse detrás de la roca donde se encontraba sentado hacía tan sólo un instante, mientras escuchaba como el fuego y los rayos láser impactaban de lleno contra sus conocidos, de los cuales tan sólo quedaron, tras una breve pero intensa conflagración, unos cuantos cuerpos calcinados sobre la superficie que ocupaban unos pocos segundos antes.
                La traducción más adecuada de la frase que había enunciado el líder de aquella facción extraterrestre, en un idioma que pudiera entenderse, sería, aproximadamente, algo semejante a: “¿El pueblo elegido?¡Si esos somos nosotros!”.

                Luego, realizó un nuevo gesto de brazo y los extraterrestres siguieron caminando hacia adelante.

lunes, 8 de julio de 2013

La historia corta de julio. Relato aleatorio: Una historia en 4 interjecciones.

Ha surgido un nuevo reto aleatorio, y en este caso he decidido abordarlo de una manera que me ha parecido   más o menos curiosa. Una historia en cuatro interjecciones. Aquí vienen las condiciones del reto:

- La historia empieza con un personaje saliendo del armario

- Una pieza de fruta tiene una parte importante en la historia

- Una de las localizaciones de la historia es un taxi

- Hay un nacimiento a lo largo de la historia.


He aquí la historia:



Una historia en cuatro interjecciones

-Eeeeh... María, he de confesarte una cosa. Soy gay.

                                                                            *
-¡No!¡Aaaah! [se oye el grito  de una mujer, interrumpido porque su voz queda ahogada].
-Tranquila, María [dijo el hombre riéndose obsceno mientras le tapaba la boca y le subía a la mujer la falda]: soy un ángel del señor. Vengo a darte el fruto que no puede entregarte tu marido...
                                                                            *
-¡Buaaah! [se escucha el llanto de un niño mientras vemos el rostro de una mujer retorciéndose de dolor].
                                                                            *
-Yo me voy a Egipto [dice la mujer volviéndose hacia el hombre]. Tú verás lo que haces.
[María le hizo una señal al conductor del carro. Éste espoleó a sus caballos]:
-¡Arre! [El carro arrancó].
                                                                            *
José contempló desde la colina la larga superficie de los tejados del pueblo que se extendía ante sus ojos.
María se encontraba haciendo cosas en la cocina. Se hallaba vertiendo el contenido de una jarra cuando José apareció.
María entonces no soltó ni un "ah", ni un "eh", ni un "uh" ni un "oh". Simplemente, igual que también José, miró a su imprevista nueva familia y, sin embargo, sonrió.


Otros relatos con la misma temática:


http://fdb88.wordpress.com/2013/07/10/reto-8-de-cazadores-y-cerezas/


 http://bareto.wordpress.com/2013/07/19/reto-no9-la-semana-despues-del-partido/

http://vidacubica.wordpress.com/relatos-al-azar/el-fuego-purpura/

martes, 3 de abril de 2012

El relato de abril: "María".

Probablemente muy apropiado en estas fechas, tanto para los que crean como para los que no. Feliz Semana Santa.


María

            Me llaman de muchas formas, la mayor parte de las cuales son extrañas a mí.
            Me llamo simplemente María.
            Es duro ser la otra. Sobre todo, cuando ella es el resto del mundo. Es duro amar a un hombre, que sin embargo, tiene cosas mucho más importantes a las que atender, la humanidad entera.
            Es duro ser la enamorada de Dios.
         Ahora se dedican a decir que es el hijo de Dios. Muchas veces me preguntan qué se siente al caminar junto a un ser divino, y la verdad, no sé muy bien qué responder. Yo no sabía todo esto cuando estaba junto a él, ni tampoco lo sabían los apóstoles. Todavía dudo si creérmelo del todo. ¿Era, realmente, el hijo de Dios? No sé, ¿en qué se ve eso?, en los ojos, en las manos… Para mí era solo un hombre. Y para mí, todo el mérito que tenía, era precisamente porque se trataba de hombre… Si es hijo de Dios o no, no lo sé, la verdad, tampoco me importa demasiado, como no me importan todas las vueltas que le quieran dar acerca de su vida, o si eran auténticos los milagros… A mí eso me da igual… Me trató bien… Y eso era lo único importante.
         Ahora dicen que era descendiente del rey David. Que vinieron tres reyes magos a verle en su nacimiento. Que estaba elevado a las más altas esferas, y que come con ángeles y gloriosos antepasados. Pero en aquella época, los que estábamos con él éramos lo peor de entre cada casa, los pecadores, los pobres, los más míseros de entre los míseros… Pero ahora no, su figura está envuelta en un aura de luz, un reflejo brillante que no admite que la manchemos las que trabajamos de puta… Incluso tratan de desmarcarse de Judas, ahora parece que era el apestado del grupo, cuando en realidad era el más cañero, era el que se los llevaba siempre de farra… Ahora es cuando me pregunto si Salomón, en el fondo, no fue sino un hombre normal, y la famosa reina de Saba, era la pescadera del pueblo… Es lo que tienen las leyendas, que cuando establecen un cierto listón, se hacen estrictas para permitir entrar a determinadas personas que en el fondo, fueron las que las crearon…
            Pero a mí eso me da igual. A mí lo único que me importa es que él ya no está. Todos celebran el milagro de su vida y su resurrección, pero a mí lo único que me importa es que está muerto, y que ya no le puedo tocar… No sé qué hacen todos repitiendo todo el rato su muerte, consagrándole con su pan y con su vino, parecen como si estuvieran contentos, como si, en el caso de haber seguido vivo, les estuviera molestando por no haberles permitido montar el chiringuito que ahora mismo andan por organizar… Ha muerto, y poco más me importa… No sé si está en el cielo o en el infierno, lo único que me importa es que el único hombre que no me trató como una puta, ya no está aquí…
            Y el crucifijo… Qué coño hacen adorando ese crucifijo, y enseñándoselo a los niños… Por Dios, allí mataron a un hombre, allí torturaron a la muerte a uno de vuestros amigos, ¿qué diablos hacéis presentándolo como si se tratara de una reliquia sagrada?¿Dónde estábais vosotros, escondidos mientras otras le llorábamos, allí, al lado de su madre enfrente de esa nefasta cruz, mientras consolábamos a la otra María y tratábamos de taparle la cara para que ella no viera a su hijo ensartado en un palo?¿Dónde estábais vosotros cuando yo era la única que podía enjugar las lágrimas de su madre y ni tan siquiera podía explicar quién era yo ni qué relación tenía con su hijo, y trataba de taparme la cara de vergüenza para que nadie me reconociera ni pudiera decirle quién era yo? Ahora, cada vez que veo un crucifijo, me entran los siete males. Es un instrumento de muerte y tortura y la estáis convirtiendo en símbolo de vuestra nueva fe. ¿Qué clase de fe es esa?, me preguntó yo. Y cuando me presentan como el alma arrepentida, yo me río. Sabréis vosotros, lo que llevar una vida repleta a manos llenas de pecado, de qué cosas no me arrepiento, y que otras en cambio, lamento muchísimo…
            Paseo por las calles, por los escenarios donde estuvo él… Ahora empieza a ser escenario de peregrinación, parecen turistas, pero a mí la verdad me la pela, éstos fueron los lugares, sin más, donde yo hablé con él, donde me relajó con palabras serenas, era un rasgo propio suyo, no te decía nada, pero su propio tono de hablar, tan tranquilizador, servían de sobra para ahuyentar todos los problemas. Nunca quiso tocarme, al principio lo dudé, pensé que me rechazaba, que no quería ligarse conmigo de ninguna manera, luego aprendí que él era distinto, diferente, que siempre le gustaba hacer las cosas, a su manera… No me importó. En contraste con los tocacoños habituales, me pareció especial… Lo haremos a tu modo, medité para sus adentros, realmente nunca llegué a saber si estábamos juntos, pero lo que sí sabíamos, era que cuando nos mirábamos, sentíamos un alma tan atormentada como la nuestra al otro lado donde apoyarnos, y así nos sentíamos bien…
            ¿Era realmente el hijo de Dios? Yo no lo sé, para mí era simplemente Jesús, un muchachito idealista, con los sueños demasiado justos, y unos principios que interferían con los planes del Sanedrín. Un chico ingenuo, en un mundo demasiado obsceno, demasiado cruel para ruiseñores como él, es lo que tienen los pájaros hermosos, viven poco pero intensamente, no tienen capacidad para resistir todos los ataques de un mundo que se les viene encima… Ahora él ha muerto, quizás esté en un lugar como él soñaba, donde los esclavos campan libres a sus anchas y la gente como yo tienen un marido al que no paran de amar… Quizás ahora, sea más feliz…
            Ahora ando demacrada, con ojeras, la cara violácea, descuido mi aspecto, camino como un fantasma por ahí, ahora, sin embargo, que me he convertido en un personaje popular, en una pequeña atracción de feria… Los niños murmuran al verme pasar, les oigo, Mira, ésa fue a la que Jesús perdonó que le lanzaran las piedras, y se ríen muy crueles, algunos, incluso, me tiran piedras al pasar, yo nunca me vuelvo… Quién te ha visto y quién te ve, me comentan mis antiguos clientes, es lo que tiene envejecer, les respondo yo a ellos, yo creí que eras más joven, me dicen algunos, de la misma edad que Jesús, Para las putas, según que edad, y según la vida, eso ya es empezar a ser vieja…
            No me viene a ver mucha gente. Parece como si todos quisieran desmarcarse de mí. De vez en cuando viene Judas Tadeo, parece que, por la similitud del nombre, quisiera borrar con sus actos los pecados que cometió su homólogo. Es un chico muy amable, siempre me tuvo simpatía, me cuida, me limpia las llagas, yo le ofrezco alguna monedita, pero él se disculpa, nunca quiere cobrar. Y el otro día fue a verme Juan. Fue una entrevista tensa, se lo vi en la forma en que se le crispaban las manos.
            -Así que sigues trabajando de puta –afirmó.
            Asentí con la cabeza.
            -De algo hay que comer, ¿no?
            El otro negó reprobador con la cabeza.
            -A la comunidad no le gusta que alguien que fue tan cercana a Él siga caminando por las sendas del pecado..
            Que manera con hablar de Jesús como si se tratara de un becerro de oro.
            -Pero a él no le importaba –dije yo, acentuando mucho las minúsculas.
            Juan hizo caso omiso de mi comentario. En su fiera mirada, y en su cerrada barba, se reflejaban su incomodidad por estar allí conmigo.
            -Veo que tu casa sigue estando como siempre.
            -No han cambiado mucho por aquí las cosas. ¿Qué tal vosotros por Roma?
            Así le llamamos nosotros, al general, al resto del pueblo romano, a los impíos, todavía, a pesar de la conquista, nos consideramos parte de él.
            -Malvivimos. Nos metemos en catacumbas. Celebramos misa con las ratas. Pero merece la pena. Él lo hubiera querido así.
            Quién eres tú para hablar, como si supieras lo que él querría. Lo que desea un hombre no lo sabe nadie, salvo él mismo.
            -¿A qué has venido de verdad?-pregunté yo-. Porque si es para arreglar mi vida, Pedro ya te habrá informado, le dije que mi decisión era firme, vosotros por un lado, yo por el mío, yo no interfiero con vuestros asuntos, si vosotros no os entrometéis en mi vida. Ya sabes que no me vas a convencer: ¿a qué has venido entonces?
            Y entonces Juan me miró con un esbozo de rabia y de ira.
            -Por qué…-susurró él-… Por qué entre todos, él te prefería a ti… Por qué quería a una ramera, a una furcia, por qué, qué le dabas tú que no le proporcionáramos nosotros…
            Me quedé muy callada, me atrasé un paso.
            -¿Por qué, qué le dabas tú, maldita zorra?¿Qué le dabas por las noches?
            Y se acercó a mí, y comenzó a arrancarme la ropa, yo grité, sollozaba, pero él hacía caso omiso, simplemente me desgarró el vestido, las prendas íntimas, comenzó a subirse la túnica, mientras gritaba encolerizado:
            -¡Yo era el discípulo amado!¡Yo era el discípulo amado!
            Y yo seguía gritando, mientras las lágrimas se generaban a borbotones de mis ojos, y mi garganta emitía un gemido sordo, doliente, herido… Las mujeres entraron entonces, a duras penas consiguieron apartar a Juan de mí… Éste, sorprendido en su acción, me echó una última mirada fiera, todavía con el sexo parcialmente descubierto… Luego, se colocó las ropas, y a grandes y violentas zancadas, se alejó… Yo me quedé allí tumbada, todavía medio desnuda, llorando…
            La vida pasa sin más. Yo procuro vivir tranquila, cada vez tengo menos clientes, cada vez queda menos de la María que fui, y de la Magdalena que a partir de ahora seré… De vez en cuando, me siento en el patio, y me pongo a coser, lo olvido todo, quiero pensar que no soy la decimotercera apóstol, que simplemente soy una mujer normal, que nunca conocí al fundador del cristianismo… Pero de lo que nunca me podré olvidar, a pesar de todo, será de esos ojitos claros, y de ese tono de voz tranquilo, que hacía que las plantas mustias volvieran a reverdecer… Eso sí que es un milagro…
            Me gano la vida cada vez más cosiendo. Cuando los clientes entran en casa, preguntan por la Magdalena.
            Yo les corrijo la frase.
            Llamadme simplemente María.