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miércoles, 1 de enero de 2014

El libro y la historia real de enero: "Arthur & George", de Julian Barnes.

Este libro se hizo relativamente famoso hace unos años, pero esa no es razón para desmerecer una reseña si el texto es interesante, y a fé mía que lo es, como hubieran dicho algunos de los contemporáneos de George E.T. Edalji y Sir Arthur Conan Doyle, los dos protagonistas de este relato ambientado en los inicios del siglo XX. El uno, un desconocido abogado de provincias a quien vienen a atormentarle los fantasmas de su origen; el otro, un afamado escritor conocido universalmente por haber creado al detective más famoso de todos los tiempos, el inigualable Sherlock Holmes. Y sin embargo, dos personajes aparentemente tan lejanos van a cruzarse por un mismo motivo: hacer justicia. Ésta es la historia, la cual parecía enterrada en el olvido del tiempo, que Julian Barnes ha venido a resucitar.


En principio, no cabe imaginar dos caracteres más distintos que los de Arthur Conan Doyle y George E.T. Edalji. El uno es activo, vigoroso, emocional, con un aire siempre aventurero, explorador en el ámbito de la medicina, la literatura e incluso lo paranormal. El otro, en cambio, es retraído, frío, solitario, hipersensible, ligeramente pedante, con un puntito que los lectores actuales calificarían incluso de "friki" (apasionado de la legislación ferroviaria, incluso escribe una guía dirigida a los viajeros del tren para que conozcan sus derechos. Desde luego vende muchos menos ejemplares que Doyle con sus relatos de Sherlock Holmes, pero eso no disminuye su orgullo por ello ni tan sólo un ápice). No obstante, ambos tienen una cosa en común: a pesar de que los dos habitan en Inglaterra, ninguno es cien por cien inglés. Arthur Conan Doyle ha nacido en Escocia. El padre de Edalji, un poquito más lejos: en la India. Esta novela nos retrotrae a la época en que Gran Bretaña era el mayor imperio que han conocido los tiempos y no (como antes o ahora), una simple isla alejada del mundo e implicada tan sólo en relativamente menores conflictos regionales. Bajo este vasto territorio, sin embargo, como ocurre con casi todas estas grandes extensiones de tierra, se agrupan distintas etnias y nacionalidades. La narración oficial -con Ruyard Kipling como máximo exponente a la cabeza- habla de la eternamente majestuosa grandeza del imperio, y del orgullo de pertenecer a ella por parte de cada uno de sus miembros; la intrahistoria que bulle por dentro, sin embargo, nos indica que por muy magnífica que pareciera por fuera o por dentro esta estructura, no todos sus componentes tenían por qué llevarse bien. Ese fue, precisamente, el problema que sufrió Edalji, y el que sirve de punto de partida al relato.

Todo comienza cuando unos inquietantes mensajes anónimos empiezan a llegar a la vicaría donde reside George y, de manera simultánea, extraños sucesos y actos vandálicos se suceden en la bucólica región campestre donde ésta se localiza. Mutilaciones de ganado, misteriosos robos de objetos que aparecen en lugares sin sentido, bromas pesadas que resultan gravosas para la familia Edalji y sus conocidos, y -para incrementar más todavía la perturbación-, amenazas de asesinato dirigidas a mujeres jóvenes o a miembros concretos de la comunidad. Buena parte de las cartas anónimas que llegan a los implicados mencionan el nombre de George Edalji, en lo que parece un acoso despiadado y sin límites a esta persona. Sin embargo, la policía, preocupada ante el escándalo que todos estos sucesos están generando en esta pacífica zona rural, se deja guiar por los prejuicios y las habladurías, y detiene a George Edalji como autor de los sucesos. Este joven abogado de origen parsi, que se considera inglés hasta la médula, confía en que la justicia aclare su inocencia. Y sin embargo, el sistema en el que tanto había creído permite que le juzguen, le condenen y le encierren en prisión. Pero George está decidido a limpiar su nombre, y pide ayuda a todo aquel que pueda proporcionársela. Entre ellos, está un hombre que se ha interesado por su caso: el autor de los relatos de misterio favoritos en Gran Bretaña, sir Arthur Conan Doyle.

El libro traza un paralelismo, desde el principio, en la evolución de dos individuos completamente distintos ("dos maneras de ser inglés", ha llegado a comentar una crítica), hasta el suceso que inesperadamente les une y provoca que sus vidas se unan. Julian Barnes disecciona el carácter de ambos personajes en un amplia esfuerzo de documentación, aportando numerosos detalles que si bien le dan abundantes notas de color al texto y sirven para ayudarnos más fácilmente a penetrar en la mente de los protagonistas, a veces resultan saturantes, dando la sensacion (quizás cierta), de que Barnes emplea la excusa del misterio Edalji para relatarnos la biografía tanto de George como de Arthur, así como una serie de circunstancias: los diferentes parámetros de refernecia en torno a los cuales se mueven las actitudes vitales de los ciudadanos ingleses a principios del siglo XX (el honor, la confianza en el progreso científico), la falta de profesionalidad de las fuerzas policiales y la judicatura en esta época (muchos de cuyos defectos puso de relieve este caso), o las actitudes ignorantes y mezquinas de los toscos vecinos de Edalji, tan alejadas del estereotipo inglés del gentleman irreprochable. Barnes, a su vez, le presta atención a aspectos como la tormentosa vida sentimental de Arthur Conan Doyle o su controvertida relación con el espiritismo, que le llevó -como en casi todo lo que se metió- a convertirse en un adalid de este movimiento. El autor, además, construye un relato inteligente y bien trabajado, en el que juega con las palabras (destacándolas en un contexto para luego dejarlas caer sutilmente en el otro, sirviendo además este tipo de artificios para recalcar las diferencias entre los dos personajes principales), y resucita, como ya ha mencionado algún crítico, un episodio histórico que parecía olvidado y muerto para dotarlo de una espumeante actualidad. Y es que una buena historia de lucha contra la injusticia nunca se pasa de moda. ¿El final? Allá se encuentra esperándoos.

lunes, 18 de noviembre de 2013

El libro y la historia real de noviembre: "Carta a un rehén", de Antoine de Saint-Exupéry

En 1943, Antoine de Saint-Exupéry, posteriormente más conocido como el autor de "El Principito", estaba muy preocupado tanto por la suerte de su país de origen -Francia- ante la ocupación alemana, como por el destino de un amigo concreto de etnia judía para quien había incluso redactado el prólogo de un libro escrito por éste, y cuya vida corría peligro ante la circunstancia de la ocupación. Esta carta, tachada, modificada y reconstruida varias veces según el hipotético lector destinatario y la coyuntura del momento (por ejemplo, se abstiene cuidadosamente de nombrar al compañero concreto para no delatarle, y pretende -junto con la cuestión personal- ensalzar el valor de todos aquellos quienes, encerrados en su propia patria bajo la invasión extranjera, se han convertido de pronto en rehenes) se erige al mismo tiempo en una llamada desesperada al amigo, un alegato a favor de la tolerancia, y también una reflexión sobre qué es lo que somos y cómo lo somos a partir de los lugares en los que hemos vivido, y cómo el amor a un lugar sólo surge a través de la nostalgia de aquello a lo que tal vez no haya posibilidad de vuelta. Quizás el mejor elogio que pueda yo hacer de este brevísimo pero contudente mensaje en una botella (el cual, por cierto, me localizó a mí en contreto flotando sobre una mesa, mientras yo me hallaba en Fuentetaja, una de las librerías y centros literarios más reconocidos de Madrid), es mostraros alguna de sus líneas, que tanto me impactaron a mí. No tienen ningún desperdicio, y pueden ser aplicadas a muy diversas situaciones, incluidas algunas actuales. Os dejo con ellas en espera de que a vosotros también os atraigan y vayáis a por más:

Pero los emigrantes sacaban del bolsillo su pequeña agenda de direcciones, sus migajas de identidad. Seguían jugando a ser alguien (...) Lo sabían muy bien. Así como Lisboa jugaba a la felicidad, ellos jugaban a que volverían pronto.

Nunca hubo novios más próximos a sus novia que los marineros bretones del siglo XVI, cuando doblaban el cabo de Hornos y envejecían contra el muro de los vientos contrarios. Desde que salían emprendían la vuelta (...) El camino más corto desde el puerto de Bretaña a la casa de su novia pasaba por el cabo de Hornos. Pero mis emigrantes me parecían marineros bretones a quienes les hubieran quitado su novia bretona. Ninguna novia bretona encendía en la ventana para ellos su humilde lámpara. No eran hijos pródigos. Eran hijos pródigos sin casa a la que volver.

¡Qué maravilla ese telegrama que te sacude, te levanta en mitad de la noche, te lleva hasta la estación: "¡Ven!¡Te necesito!"

La persona que esta noche ocupa mi memoria es un hombre de 50 años. Está enfermo. Es judío. ¿Cómo sobrevivirá al terror alemán? Para imaginar que aún respira necesito creerlo ignorado por el invasor, protegido en secreto por el hermoso muro de silencio de los campesinos de su pueblo.

Los cuidados que se dan al enfermo, la acogida que se ofrece al proscrito, incluso el perdón, sólo valen por la sonrisa que ilumina la fiesta. Todos nos reunimos en la sonrisa, por encima de las lenguas, de las castas y de los partidos. Aquél con sus construmbres, yo con las mías, todos somos fieles de una misma Iglesia.

Si la que alquila las sillas en una catedral se preocupa con demasiada crudeza del alquiler de sus sillas, puede olvidar que está sirviendo a un dios.

¡Respeto por el Hombre!¡Respeto por el Hombre!... Si el respeto por el hombre se funda en el corazón de los hombres, los hombres acabarán por fundar, a cambio, el sistema social, político o económico que consagrará ese respeto. Una civilización se funda primero en la sustancia. Empieza siendo en el hombre deseo ciego de cierto calor. Después el hombre, de error en error, encuentra el camino que conduce al fuego.

Te veo tan débil, tan amenazado, arrastrando tus cincuenta años durante horas para subsistir un día más, en la acera de cualquier pobre tienda de ultramarinos, tiritando bajo el precario refugio de un abrigo raído. A ti, tan francés, te siento doblemente en peligro de muerte, por francés y por judío. Siento todo el precio de una comunidad que ya no autoriza las discrepancias. Todos somos de Francia como se es de un árbol, y serviré a tu verdad como tú huiberas servido a la mía (...) Sois cuarenta millones de rehenes (...) No hay comparación posible entre el oficio de soldado y el oficio de rehén. Vosotros sois los santos.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La historia real de noviembre: "No lo hice por mi familia"

No lo hice por mi familia

            Hoy toca hablar de un personaje peculiar donde los haya. Genio, seductor, brillante, loco (¿quién de los que posee los tres primeros adjetivos no contiene parte del cuarto), derrochador de estilo y de vida, provocador y opuesto al sistema, azote de las normas establecidas, y por encima de todo, un profundo desdichado. Se llamaba Oscar Wilde.

            El destino de Wilde se ve abocado a la tragedia ya desde su mismo nacimiento. Es hijo de una destacada nacionalista irlandesa, la cual lamentaba profundamente no haber tenido una niña en lugar de un varón, y trata de compensarlo vistiendo a su descendiente de niña. Probablemente en este momento ya se marcó de manera indeleble la naturaleza de la existencia de Wilde, no tanto como homosexual, sino como ficha fuera de juego, nacido varón en lugar de hembra, en el siglo equivocado en el país equivocado. Un par de milenios antes, un siglo y poco después, Wilde hubiera tal vez sido dichoso. Pero nuestro joven Óscar, vestido ahora con traje de muñecas, no es capaz de predecir un negro y tortuoso futuro: aunque quizá en el fondo de sus infantiles sopas, comience a vislumbrar sombras...

            Hay dos maneras de asumir la diferencia: ocultarla y enterrarla para siempre en un zulo, o exhibirla y presentarla como un auténtico distintivo y punta de lanza. Wilde optó por esto último. Vestía chaquetas de terciopelo de vivos colores (rojos, verdes, explosivos rosas). Se paseaba con un girasol en la solapa y marcando tendencias en la moda, variando cada semana, incluso en el mismo día. Como era natural, ese tipo de comportamiento en la Inglaterra victoriana, tan cercana en algunos aspectos al mismo Medievo, no era demasiado bien acogida. De hecho, un grupo de compañeros universitarios de Wilde le alzaron en grupo y le arrojaron al río, a lo cual el escritor respondió con un irónico comentario acerca del excelente estado del agua, invitando incluso a sus rivales a que disfrutaran del baño. Así era Wilde: de cada humillación, hacía una exaltación de sí mismo. Lejos de agachar la cabeza, la elevaba casi hasta el cielo. Su pecado preferido, por supuesto, era la soberbia.

            De hecho, cuando llegó a los Estados Unidos, dispuesto a hacer explotar su fama como escritor y como hombre del momento, y le preguntaron si tenía algo que declarar, éste sólo afirmó, con entusiasmo, “Nada, salvo mi genio”. Era ingenioso y agudo, sutil y mordaz en sus comedias, y él lo sabía, y estaba dispuesto a venderse caro por ello. Se convirtió en un artista de éxito, presumía de un arte estéril y sin funciones políticas, puramente inútil y anhelante de la belleza en sí misma, y puso de moda todo un estilo (imitado por buena parte de la juventud) de pensamiento, en el vestir, y en el comportamiento como dandy. Pero incluso al más cabeza loca le toca sentar la cabeza, y Wilde, como todo caballero inglés, se acaba casando y teniendo hijos. Comienza quizás la etapa más rutinaria y aburrida de la existencia de este ser excepcional: ejerce como periodista, vive de manera asentada y burguesa. Pero eso sí, empieza una novela. Se llama "El Retrato de Dorian Gray", y es una obra maestra, dicen que la mejor novela en literatura inglesa. Y al mismo tiempo, y con el paso de los años, va descubriendo un nuevo aspecto de su vida, una caja de Pandora que ya no podrá cerrar.

            Un compañero mío tiene una curiosa teoría. Han sido muchos los críticos que han argumentado que con Dorian Gray, aquel individuo que disfrutó el privilegio de ser eternamente joven, Wilde manifestó una de sus más oníricas aspiraciones. Hasta ahí, estamos todos de acuerdo. Mi amigo llega un paso más allá. Explica que en realidad, y aunque fuera de manera inconsciente, Wilde reflejó en Gray buena parte de lo que había en él mismo. Según mi compañero, Wilde, como Gray, abusó en su juventud de su extrema belleza y de su condición de dandy, y fue como él, demasiado cruel, demasiado orgulloso y demasiado egoísta, y quizás el tándem Wilde-Gray pensara, al final de su vida, que si hubiera pensado menos en él mismo y más en los demás, quizás le hubiera ido mucho mejor. Personalmente, me resultaba particularmente difícil creer que un hombre fuera capaz de autoinculparse de esa manera, fuera de forma consciente o inconsciente, pero luego mi amigo me recordó el hecho de que Wilde murió de sífilis. La teoría me entusiasmó, y fue entonces cuando me propuse profundizar en la vida de Wilde.

            No obstante, analizado este punto, creo que la teoría de mi amigo no puede considerarse correcta del todo (aunque, en honor al rigor, bien pudiera ser que el equivocado fuera yo: mi conocimiento de Wilde no es tan exhaustivo como el de un biógrafo). Para el momento en que Wilde empieza a redactar El retrato de Dorian Gray (inspirado, efectivamente, por el comentario de un pintor acerca de la belleza de un joven que retrataba, y la posibilidad de que la eternidad del cuadro se transfiriera de manera perenne al joven), Wilde está felizmente casado, manteniendo una vulgar y anodina existencia similar a la que practican las personas que más aborrecen su modo de vida, y todavía no ha tenido tiempo de arrepentirse de su alocada vida pasada. Las consideraciones morales de este relato tampoco parecen tan imprescindibles en el análisis, ya que el propio Wilde, en un prólogo al libro que pretendía suavizar las críticas escandalosas que provocó la historia (donde entre el cínico lord Alfred y el joven Gray se da lo que constituye bastante claramente una relación entre joven y hombre maduro), afirma que los libros no son “buenos” ni “malos”, ni éticos ni malsanos, que el arte no tiene función para con la moral, que tan sólo existen, en la liteatura, la belleza, y la fealdad, y que si alguien encuentra maldad en las cosas bellas, es su ojo el que está viciado, y no el de la obra. A Wilde parecen interesarle más bien poco los aspectos moralizantes del relato, y por eso, aunque narra una historia cuyo germen y desarrollo serían más propios de Poe o de Stevenson, las consideraciones morales se convierten en una pura excusa para describir otra serie de cosas que sólo el genio atormentado y sufriente de Wilde podía escribir. De hecho, y volviend al tema de la autobiografía, la sífilis la adquiere probablemente poco después del inicio de la escritura del libro, y es justamente al final de la redacción de este cuando Wilde comienza a darse cuenta de que la existencia dentro de su matrimonio no le reporta toda la felicidad que quisiera y comienza a frecuentar ocultos y anónimos círculos de relaciones con hombres. Desconocemos en gran parte cómo serían ese tipo de contacto: hoy en día, en que las cosas son más explícitas –aunque no por ello, desgraciadamente, menos terribles de desvelar ante la opinión pública-, dos personas de tendencias homosexuales pueden conocerse a través de Internet, o incluso, de manera más tórrida, encontrar lugares comunes donde desconocidos sin riesgos pueden practicar sexo ocasional con el que dar rienda suelta a sus emociones ocultas. Pero estamos hablando de una época, y de una sociedad, muy distinta a la que vivimos en estos inicios de siglo XXI. La sociedad victoriana, y su prolongación eduardiana en el tiempo, era, en el fondo, un profundo gueto cerrado, un conjunto urbanizable rodeado de setos, detrás de los cuales, como en las novelas de Isabel Allende, se escondían las más terribles torturas. Lo importante no era lo que se hacía, sino lo que se decía, no lo que se era, sino lo que se aparentaba. Una sociedad llena de buenas maneras y convencionalismos sociales, que ocultaba detrás de sí mucho barro y mucha hipocresía, que admitía tan sólo un molde por el cual hacer las cosas, y a todo aquel que se saliera de él le atacaba, como a una galleta mal hecha. Así, entre tazas de té y gestos de amaneramiento, esta sociedad fue capaz de reventar como si se trataran de bueyes a los esclavos que adquiría en territorios colonizados, de instigar un profundo racismo de clases entre las carreras de caballos y los barrios industriales, y de albergar en su interior, aún escondidas, intenciones eugenésicas, y ciertas veleidades a favor de un futuro movimiento nazi. En realidad, el carácter de esta sociedad no era sino una extensión de la caracterísitica flema y superioridad británica (pecado de superioridad en el que, de un modo u otro, hemos caído buena parte de los pueblos), impulsada por el hecho de un imperio universal, y que se manifestó en actitudes tales como considerar las hambrunas en Irlanda un castigo divino en pago con la desidia del pueblo pelirrojo, o en bautizar barcos cada vez más grandes como los más imposibles de hundir en el mundo. Aquella situación, por supuesto, como todo estado totalitario y absoluto, atenazaba a las individualidades, e impedían que éstas florecieran, las forzaba a marchitarse. Virginia Woolf (otra de las grandes excluidas) en su obra Orlando, de profundos tintes homosexuales, describía de manera alegórica el completo siglo XIX como una gigantesca enredadera que había invadido el mundo, llegando hasta las mismas alturas de haber ocultado el sol, e impedir que la tierra disfrutara de él. El cristianismo vil que se practicaba, de cruz y de espada, rechazaba por completo las relaciones homosexuales, y consiguió que se prohibieran legalmente –en el caso del lesbianismo, ni siquiera eso: la reina Victoria, cuando se lo propusieron, afirmó que era inconcebible que dos señoritas realizaran actos de ese tipo-, con lo cual a un homosexual, en esta época, se le hacía absolutamente imposible llevar una vida normal, pues en cada avance, en cada paso, se encontraba con un escalón traicionero, con un muro insalvable, que no era capaz de escalar. Un gay, en esta época, no tenía otra salida que ocultarlo, o llevar su pasión en secreto, y de hacerlo, exponerse siempre no sólo a la vergüenza de ser descubierto, sino a la propia culpabilidad que la sociedad le había implantado, que le hacía considerarse un ser odioso y un pecador contra Dios y contra el hombre, alternando (suponemos, sobre todo, en el caso de Wilde), la rebeldía contra el sistema y contra toda la sociedad victoriana, con un profundo desprecio por sí mismo y su autoconsideración como ser amoral y depravado. ¿Se escondía detrás de todo el narcisismo de Wilde, después de todo, una deprivadísima autoestima? Quién sabe. Como decimos, esta situación de autoflagelamiento probablemente haría que las relaciones entre hombres (en ese oscuro ciclo detrás de las paredes de las mansiones victorianas), no llegaran a ser tan profundas como actualmente, sino que se limitarían a una relación de camadería y de amistad entre varones, de la misma manera en que lo hacen Aquiles y Patroclo, o los propios Gray y lord Alfred, casi siempre con el mismo estereotipo, la madurez experienciada frente a la bisoñez, con el único valor de su propia juventud. Pero volviendo a El Retrato, la teoría de mi compañero se vuelve mucho más extraordinaria si pensamos en Dorian Gray no como una representación de lo que le ha ocurrido a Wilde, sino más bien, de lo que le ocurrirá. Será un Wilde mucho más añejo, mucho más maltratado, el de la Balada de Reading o De Profundis, el que manifeste abiertamente los errores que cometió en su vida pasada, y las profundas consecuencias a las que le ha llevado -sobre todo- confiar en personas en las que no se debería haber apoyado. Será entonces cuando comience a manifestar los síntomas de la sífilis, y cuando, por aquella época, añore esos días de egocentrismo y de rosas en los cuales se sentía tan bien y que fueron, sin embargo, la base de su perdición. Pero no sería extraño considerar que Wilde, en cierta medida, ha sido capaz de ir más allá, y de retratar, quince años antes, no lo que es, sino lo que acabaría por ser. El médico Trousseu descubrió un síntoma, prototípico del cáncer de páncreas, que se acabaría encontrarndo en él mismo años después. El propio Delibes, en La hoja roja, describe la vida de un anciano que se ve morir, y acabaría convirtiéndose, en la senectud, en protagonista de su propio libro. Tal vez, incluso más clarividente, conscientemente o por casualidad, Wilde no contó lo que era en ese momento, sino que describió, a priori, la situación que acabaría por sufir, anticipándose en varios años a su propia vivencia. Convirtiéndose, sin quererlo, en el monstruo que acabó soñando, y que nunca meditó si podía ser. Encarcelado entre rejas de terciopelo por un pecado que hoy en día no hubiera sido sino una existencia corriente, sino, incluso según en que círculos, un modo de obtener el estrellato. Como decimos, Wilde se equivocó de siglo. De haber nacido con Isabel II, quizás no sería tan famoso, tan sólo un presentador de televisión de cierto renombre: pero hubiera sido más feliz.

            (En estos momentos, y aunque aparentemente no venga muy a cuento, me viene a la mente una escena de JFK: en ella, el personaje de Joe Pesci, un conspirador sádico y acelerado, el cual se dedica a avanzar en todo momento a mil revoluciones por minuto, y que consciente de que esa noche va a morir, recita como una plegaria estas palabras, y al hacerlo su tono se enlentece por primera vez en toda su frenética huida: “Yo quería ser sacerdote. Orar. Rogar. Amar a Dios. Pero sólo tenía un defecto... –dice entre lágirmas-. Un único y jodido defecto...” Nos es difícil de creer, hasta inverosímil, que un asesino enajenado y apegado a todos los vicios como el que interpreta Joe Pesci fuera a convertirse en una hermanita de la caridad sólo porque los sacerdotes hubieran dejado de lado su homosexualidad: de hecho, y con su peluquín de brillante cabello rojo, me lo imagino más siendo acusado de pederastia y protagonizando un sonoro escándalo eclesiástico, años después. Pero es curioso pensar la manera en que la simple cuestión sexual referente a una persona puede alterar de manera absolutamente radical su modo de vida, y conducirle desde la paz y la tranquilidad de la oración a una paranoica comedia dirigida a asesinar a todo un presidente de los Estados Unidos. El caso, aunque lejano, podría ser comparable al de muchos homosexuales hoy en día, y también al de Óscar Wilde. En muchos casos no se trata de la vida que les tocó vivir: sino la existencia que, después de todo, y en este caso de verdad contra natura, como introduciendo a golpes un cuadrado metálico en un círculo, les hizo comportarse de una manera, que hubiera sido la única posible: y la sola forma de actuar era explotar).

            La cuestión es que Wilde entra en el círculo gay del momento, y entonces, poco después de la finalización de la obra por la que es más conocido, conoce a “Bossie”. Bossie en realidad el apelativo cariñoso del aristócrata Alfred Douglas, bastante más joven que Wilde en esos momentos. Junto a él, el escritor irlandés encuentra su alma gemela, la persona con la que quiere compartir, más allá que con su esposa y con sus hijos, una forma de comportarse que es más real y más auténtica que la que le obliga a llevar la sociedad debido a su cortedad de miras. Bossie y Oscar pasean, almuerzan, comparten conversaciones y una casi convivencia juntos, y aunque luego Wilde se quejaría de la volubilidad y el comportamiento caprichoso de su compañero durante estos encuentros, no podemos dudarlo, en aquellos momentos, era feliz. No obstante, la felicidad para algunas personas, como casi siempre, no puede durar demasiado: ya se encargan de destruirla los demás.

            Efectivamente: en 1895, el padre de Bossie, lord Douglas, que ha seguido la relación de Wilde con su hijo y no la aprueba con buenos ojos, se atreve a dar un último paso, y le entrega una notita en mano a Wilde en los baños públicos. La nota le acusa, literalmente, de “sondomía”. Así, con falta de ortografía y todo. La historia se podría haber quedado allí simplemente, y no seguir mucho más, tan sólo por el hecho de que a la sociedad victoriana no le gustaba demasiado airear esta clase de asuntos. Pero no a Wilde. No con Wilde. Terriblemente aconsejado, probablemente llevado por ese espíritu que le acompañaba desde su niñez y que le obligaba, como Cyrano, a no ocultar sus defectos, sino a probar que eran superiores a cualquiera de las virtudes de sus coetáneos, Wilde demanda a lord Douglas por injurias. Comienza entonces un juicio, efectivamente, o más bien, un escarnio público. Sólo que el animal desnudo que va a quedar ensangrentado en mitad de la plaza, aquel al que la multitud va a gritar y pedir que le arrojen las picotas, no va a ser lord Douglas, sino él.

            Porque las acusaciones a lord Douglas, un reconocido miembro de la sociedad británica, se difuminan rápidamente, y se vuelven entonces en una terrible acusación contra Wilde, la de tendencias homosexuales. En aquella época, no existía la idea de que pudiera existir una personalidad homosexual. Se sabía de actos homosexuales, de comportamientos y de gestos, pero no formaba parte de las creencias de esta sociedad abigarrada el que un ser humano pudiera constituirse así, de esta manera, de tener adquirida de manera natural y consustancial el gusto por los hombres como parte de sí mismo. La homosexualidad era un delito, como el robo o las tendencias homicidas, y por tanto, como todo delito, tenía sus inductores, que por tanto debían ser condenados culpables. Para la alta sociedad británica, era mucho más fácil señalar a una sola persona como perversor y corruptor de la juventud (a la manera de Sócrates), que reconocer que algunos de los Bossie, los Johnnie, los hijos de los lores (y algún hombre adulto), tenían una pulsión inconfesable e irreconocible dentro de su interior, y que por tanto la completa sociedad del Imperio que había conquistado el mundo, desde sus más profundas raíces, se encontraba construida a base de madera podrida, y por tanto ponía de manifiesto la absoluta falsedad de unas convenciones y todo un orquestamento social refugiado en sí mismo a cuya intolerancia sólo un par de guerras mundiales, y muchos mártires sacrificados, fueron capaces de derribar. Y Wilde, además, era el arquetipo ideal del chivo expiatorio: con su forma de ser exagerada e histriónica, su ego narcisista y sus chaquetas de terciopelo y sus flores, constituía el puntal ideal a quien culpar de todos los males de esos chicos desviados (por supuesto, no era suya la culpa, sino del monstruo que les manipuló), y de paso cercenar de raíz un movimiento, el de la numerosa caterva de jóvenes que habían tomado como modelo a Wilde, a quien muchos miraron con recelo desde el principio, y sobre el cual las calvas cabezas cubiertas de empolvadas pelucas pretendían triunfar. La sociedad impuso su reto, y Wilde lo aceptó: y lo hizo, como siempre, a su manera. Como hacía todas las cosas.

            Convirtió el juicio en un espectáculo, en un show de ingenio y un duelo de mentes. A la pregunta del fiscal de si prefería la compañía de un hombre joven, Wilde declaró que le entusiasmaba más media hora con un hombre joven que un largo interrogatorio, incluso aunque fuera del señor fiscal. Sobre la cuestión del juez acerca de ciertas ideas suyas sobre Dios, contestó “He dicho que el mundo acabaría pronto, porque la mitad de la humanidad ya no creía en Dios, y la otra mitad no creía todavía en mí”. Y lo peor fue cuando los procuradores quisieron demostrar que mantenía relaciones con jóvenes a partir de uno de sus poemas. En respuesta a esto, Wilde lanzó una hermosa, vibrante, maravillosa disertación en favor de la amistad masculina, tratando de ensalzar el valor de ésta en sí misma, pero lo peor es que cuanto más ardientemente defendía su causa, cuando más febril se hallaba en su discurso, más convencidos se encontraban los escandalizados responsables de su futuro de que Wilde se había acostado continuamente con hombres. Al día siguiente, además, se trajeron testigos de las correrías nocturnas de Wilde, y allí el héroe se derrumbó: ya no pudo hacer nada. Fue condenado a dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading; ni tan siquiera trató de huir, para lo cual le ofrecieron ayuda sus amigos. La sociedad, como una célula a un parásito, lo había expulsado definitivamente de su círculo. En un mundo como éste, aquello equivalía a la muerte. Como Fouché de las conspiraciones napoleónicas, sufrió el fantasma del desierto. Por fin se había cumplido aquel sueño del entorno social que le había albergado: un rechazo que Wilde había denunciado en muchas de sus obras de teatro, y que de manera concluyente, por fin se había manifestado con todo su dolor.

            Podemos imaginar los años terribles de Wilde en la cárcel, él, todo un dandy y un aristócrata, un alma sensible y poética, dedicado a arrastrar pesadamente una rueda en un estéril y sombrío trabajo, rodeado de hombres pertenencientes a la peor calaña. Se encuentra deprimido y hundido. Escribe La balada de la cárcel de Reading, y De Profundis, una carta de queja y lamento ante Bossie (el cual se había refugiado detrás de las faldas de su padre, y renegado completamente de Wilde y de sus actos; luego, más adelante, quizás arrepentido, y como Wilde, se adhirió a la fé católica), quizás la más terrible misiva de amor despechado jamás redactada, reprochándole sus veleidades, sus inconsistencias, cuán falso era probablemente el amor que decía sentir por él (y aunque nunca expresa abiertamente estos sentimientos, probablemente acostumbrado a tapar todo con una cortina de amistad, tal y como exigía la sociedad del momento, el lenguaje no deja dudar a duda: nos hallamos ante un mensaje como el que podría haber tenido lugar entre una Madame Bovary y uno de sus amantes). Durante estos momentos, en los cuales hasta el habla le está en algunos momentos prohibido, Wilde siente sin duda el impulso de suicidarse. Una vez se le quitan las ganas cuando escucha, mientras pasea por el patio, unas palabras de labios de los rudos presos: “De todos los que estamos aquí, el señor Wilde quizás sea el que más sufra de todos nosotros”. A lo cual Wilde, sin volverse, negó con la cabeza en un gesto de humildad, “Todos somos igualmente desgraciados”.

            Luego el preso de la cárcel de Reading, celda C-33 (se haría una novela de H. Crane con este título) sale a al calle, y se autoexilia a París. Allí, lo que está viviendo de verdad es una muerte premeditadamente buscada y silenciosa, un auténtico suicidio en vida. Vaga errático, camina consumido además por una sífilis que le matará en pocos años. Se cambia de nombre –terrible es cuando pierdes incluso aquello que más invariablemente durante toda tu vida te ha definido-, y pretende que le olvide todo el mundo. Para los demás, está muerto, y sólo queda consumar el acto definitivo, el hecho en carne. De hecho, está a punto de hacerlo, de arrojarse al agua mientras contempla una noria batiendo en el río, pero entonces se le acerca un vagabundo, que se encuentra mirándole y también a la noria, y Óscar le pregunta, descarnado: “¿Qué?¿Usted también está desesperado?”, a lo cual el miserable le contesta, admirando su cabeza: “No, señor. Me encanta el ondulado. Soy peluquero”. A Wilde le chocó tanto la respuesta, que se le pasó el coraje, y se le quitaron las ganas de suicidarse.

            Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, sin ver alumbrar el cambio de siglo, en el hotel d´Alsace de París, de una meningitis cerebral. Bossie se portó mucho mejor en la muerte que en la vida, y pagó los costes de Sebastián Malmouth, el último alter ego de Wilde. Sobre su mayor amor, el escritor irlandés lo resumiría todo en una frase “la diferencia entre una pasión y un capricho, es que el capricho dura un poco más”.

            Pero, ¿y su familia?¿Qué ocurrió con ella? Ocurrió que sufrió. Que tuvo que afrontar el escarnio público, otro cambio de nombre, y que su mujer (la cual murió antes de que Wilde saliera de la cárcel) tuviera que aceptar no que Óscar amara a otros hombres, sino sobre todo, que se amara más a sí mismo, hasta tal punto que fuera capaz de arriesgar en el altar público de un juicio toda su estabilidad y la de su familia, importándole tan sólo su propio ego malherido, sin considerar el futuro de las personas que le rodeaban –incluyendo también las de su propio círculo clandestino gay, los cuales también fueron afectados por su caída-. De este hecho puede considerársele -en su mayor parte- culpable a la sociedad de aquel tiempo (muy similar en ese aspecto a la de ahora), la cual fuerza a los homosexuales a casarse contra natura como coartada para su crimen, y hace que luego, al tener que ceder -como es lógico e inevitable-, a lo que verdaderamente sienten, acaba generando a veces situaciones como el maltrato, la traición o la desdicha (el propio Wilde afirmaría: "Todos los hombres han vivido su propia vida y han pagado un precio por ello. Lo único lamentable es tener que pagar tantas veces por un solo error."); pero no podemos excluir en ello la responsabilidad individual de Wilde. Como llegó a decir Frank Pittman[1] sobre este asunto, “los que sólo tienen en cuenta sus propios sentimientos deben de llevar una vida terriblemente solitaria”.

            Hay un caso parecido, con el cual podríamos, y quizás debiéramos establecer una cierta analogía. Se trata del de Tolstoi. Este escritor ruso se caracteriza, sobre todo, por un profundo y anegado cristianismo, pero no aquel falso y pomposo de la Inglaterra victoriana, sino uno de verdad, que pretendía un profundo cambio de las injusticias y desigualdades sociales. Tolstoi, un hombre de gran misticismo, fue el inspirador, a través de numerosas cartas con Mathama Gandhi, de buena parte del ideario que inspiraría su posterior lucha en Sudáfrica y en la India a través de la no violencia. Defensor de las clases bajas y de los endeudados campesinos, encontraba, sin embargo, una incoherencia entre los ideales sociales que proclamaba, y la clase social pudiente a la que pertenecía. Por eso, en el final de su vida, buscó vivir en el mayor de los recogimientos y separación de los esclavismos terrenales, e incluso le pidió a su mujer que renunciaran de manera implacable a la completa totalidad de sus riquezas materiales. Ésta se negó, de manera rotunda, y Tolstoi, enfrentado a una disputa doméstica y moral tan grande como la invasión de Rusia por parte de las tropas napoleónicas, huyó en mitad de la noche, escapando de su familia para acabar por morir tres días después en una remota estación de ferrocarril de alguna parte de Rusia, víctima de una neumonía, acompañado tan sólo (entre sus allegados) de sus médicos personales, y de su hija menor. Tolstoi mencionó en alguna ocasión: “las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera”.

            Dos hombres que decidieron poner de lado a lo que la mayor parte de la humanidad considera su bien más preciado, la familia, a cambio de dos cosas distintas, pero semejantes. Tolstoi, sus ideales morales y sus principios (esa vieja disquisición entre ética para los seres cercanos y para los lejanos). Wilde, quizás su ego, su narcisismo, pero también, el derecho que tenía a vivir una vida que era suya y que unos factores externos, abductores de la libertad individual y los derechos, le pretendían arrebatar. Probablemente las acciones de estos dos hombres no sean igualmente juzgables: pero ambos se vieron arrastrados, por impulsos más fuertes que ellos mismos, a poner en segundo plano a un grupo de personas, a los que es seguro, tanto Tolstoi como Wilde (incluso a pesar de su homosexualidad) amaban, y a las que no por tener otro propósito en la vida dejaban de apreciar, y de sufrir por su destino. Como el mismo Wilde aseveró, “Cada vez que un hombre hace algo absolutamente absurdo, tiene siempre los más nobles motivos”. Óscar y León no se conocieron, pero como El guerrero y la cautiva, forman dos caras de una moneda en cuyo retrato, sin embargo, no se esconde Dios. Un Dios que no permitió que Tolstoi viviera en paz consigo mismo, y que condenó a Wilde a la ignominia, pese a que, en el principio de los tiempos, Él también amó a Adán...






[1] “El narcisismo como vía de escape de lo común y de lo corriente”. La nueva comunicación, artículos on-line, Famosos por ser como son.

lunes, 5 de noviembre de 2012

El libro de noviembre: "Castellio contra Calvino. Conciencia frente a violencia", de Stefan Zweig.

Ahora que cae aún cercano el día de Todos los Santos, nunca está de más destacar que todas las muertes son tristes, pero loson aún más las que tienen lugar cuando podrían haber sido perfectamente evitadas. En ese sentido, pocos fallecimientos son más absurdos que los que tienen lugar a cuenta del fanatismo religioso. Desgraciadamente, es de temer que este tema se encuentre siempre de rabiosa actualidad, ya sea en los países occidentales o (especialmente en los últimos años) en Oriente Medio, pero justamente la época en que este libro fue escrito coincidió con un momento histórico particularmente delicado en este sentido. Y es que hay palabras -y libros- por los que uno se juega la vida.
Para empezar, destaquemos lo primero al autor, del que ya hemos hablado en alguna otra ocasión, pero del que merece la pena dar un somero recordatorio. Stefan Zweig fue un erudito de la primera mitad del siglo XX, de nacionalidad austríaca, y de raíces judías, aunque según él, esto tan sólo era un accidente circunstancial. Y lo cierto es que esta opinión refleja mucho su carácter, puesto que Zweig fue un humanista que reflejó en todas sus obras una profunda universalidad, y que nos legó en cada libro que escribió un mensaje particular y una lección que podía aprenderse, tanto aplicable al presente como al pasado. Aunque escribió ficción, lo más conocido de él son sus textos históricos. Lo principal a destacar de esos libros es la profunda tensión que Zweig les imprime, con un ritmo trepidante y un estilo eléctrico y apasionado que hace que lo leas de forma tan amena y emocionada como si se tratara de una novela. En "Castellio contra Calvino" le pasa lo mismo, con el agravante además de que esta obra contra la intolerancia está escrita en 1936, una época en la que Adolf Hitler ya empezaba a hacer las suyas y estaba muy claro que el aceptar las diferencias de los otros no era precisamente un valor en boga. De hecho, precisamente Stefan Zweig y su esposa se suicidaron en Brasil en 1942, ante un futuro angustiante que parecía cernirse sobre todo el mundo y del que ellos creían no había posibilidad de escapar. Poco tiempo después, Alemania empezaba a dar pasos hacia atrás en el transcurso de la guerra: pero ya era demasiado tarde para el matrimonio Zweig.
"Castellio contra Calvino" relata hechos completamente reales, y nos mete en la época en que empieza a nacer el movimiento protestante en Europa. Allí, un hombre, Calvino, consigue instaurar una auténtica teocracia en Ginebra; y cuando decimos teocracia, nos referimos en el sentido más absoluto del término, como podríamos estar hablando del régimen de los talibanes o de los ayatollahs de Irán. También recuerda mucho a las comunidades religiosas protestantes extremistas que se han dado en determinadas épocas en Estados Unidos, donde todo el mundo debía ir a la iglesia, seguir las mismas costumbres, velar a Dios, y prácticamente no hacer ninguna otra cosa, so pena del castigo de la comunidad. Calvino, un hombre austero, sin sentido del humor, amargado y terrible, ha sido capaz de hacerse fuerte en Ginebra, e inspira además un profundo temor en una gran parte de las comunidades religiosas vecinas. Gobierna con mano de hierro la bella ciudad suiza, y por supuesto no soporta a nadie que pretenda discutirle su teología. Y entonces surge la piedra en el zapato, en forma de un personaje llamado Miguel Servet.
Algunos conocemos más a este español (natural de Aragón, por cierto) por el descubrimiento de la circulación menor, o sea, la que tiene lugar del corazón a los pulmones y viceversa. Sin embargo, Servet es también muy conocido por sus aportaciones teológicas, en concreto contra la teoría de la Santísima Trinidad, que creía que buena parte de los cristianos había pervertido convirtiéndola, en sus palabras, "en un monstruo de tres cabezas". Lo peor que tiene Servet de su lado es que nadie le apoya: hasta el propio Stefan Zweig le tilda de testarudo, por obstinarse en defender su idea pese al peligro que está corriendo por ella. Servet, además, en su ceguera, cree que si va a Ginebra y habla con Calvino, será capaz de convencerle de sus tesis. Pero se equivoca de manera dramática: a un fanático no se le convence, ni siquiera es posible que comprenda tus argumentos. Y por eso Calvino aplica el castigo máximo que cree que merece un blasfemo: la hoguera. La leyenda cuenta además que la madera se había mojado por la lluvia el día anterior y que Servet tardará  horas en morir entre atroces tormentos. Calvino, una vez más, ha triunfado.
Resulta un poco paradójico: el protestantismo nace como la necesidad de interpretar de manera personal la religión, frente al dogmatismo de la iglesia católica. Y sin embargo, Calvino establece la primera condena a muerte... ¡por herejía!, del protestantismo, cuando ésta en sí mismo consiste en una herejía de la religión original. Pero nadie dice nada: Calvino les tiene a todos tan asustados, que ni las comuidades religiosas de Suiza, ni tampoco las de Francia, ni siquiera los influyentes teólogos holandeses, se atreven a decir nada en contra de Calvino, al que podría atribuírsele el calificativo de "El Iluminado". Nadie... excepto Castellio. Este teólogo es el único que se atreve a decir lo que todos están pensando, y quien, a pesar del miedo que siente, independientemente de que no crea en las teorías del Servet, contra el resto del mundo, defiende el derecho de éste a expresarlas, y le planta cara al todopoderoso Calvino... Sólo él (que no fue tan reconocido como todos los insignes hombres que callaron, incluyendo entre otros el vacilante Eramo de Rotterdam) tuvo la valentía para actuar.
Zweig nos cuenta todo esto de manera espléndida: nos hace sentir en nuestras propias carnes el temor que debieron sentir los habitantes de la ciudad de Ginebra, que vieron cómo poco a poco vestirse de manera inapropiada o que se te colara una crítica por accidente podía costarte la pérdida de la libertad y de todos tus bienes, todo ello en nombre de Dios. Nos pone en el ojo del huracán de las disputas teológicas del momento, y nos hace sentir como actuales y vivos los enfrentamientos terribles entre estos hombres de voluntades obstinadas, entre el fanático y el defensor de la justicia (entre caso Castellio), con frases que deberían encontrarse escritas en letras enormes en todas las iglesias y tribunales de justicia: "Matar a un hombre" -repite Castellio en boca de Zweig-, "no es en ningún caso defender una doctrina; es siempre matar a un hombre", es la sentencia con la que se defiende el argumento principal del libro, algo tan evidente (y no por ello aceptado) como que ninguna discrepancia de opinión justifica la violencia y el asesinato -por nuestra cuenta o legalizado- para proteger nuestras ideas. Castellio, en su lucha contra el que no duda, contra el que no acepta discusión porque se cree en posesión de la verdad, contra el que se niega a pensar que haya otras formas de entender la vida, le recrimina a Calvino su forma de actuar, denuncia su reinado del terror, le acusa de pervertir el espíritu del protestantismo, y realiza un alegato en favor de la libertad y del derecho a ser diferente que podemos escuchar ahora que Zweig ha recuperado su voz y permite que conozcamos la figura del héroe, algo que tiene de sobra merecido ya que para nosotros ha sido siempre mucho más comentada la biografía del tirano. Y como decimos, la interpretación que hace Zweig de este enfrentamiento (no adelantaremos el final, pero sí que aclararemos que por supuesto Castellio es el David frente a Goliath de esta historia) no vale sólo para la época de Calvino o para el 1936 que ahogó las palabras del judío Zweig, sino también para los tiempos presentes, donde algunos se empeñan en maniatarnos en su pensamiento único y de esa manera impedir que triunfe el diálogo o la discusión, los cuales serían terribles para ellos porque entonces sería posible la introducción de otras maneras de pensar. Un libro que recomendaría, sin duda alguna, a Fidel Castro, George W. Bush, los  políticos belicistas israelíes, Ahmadinejad o a muchos otros dictadores o fanáticos religiosos. El problema sería que ninguno de ellos se lo leería, o si lo leyeran, no entenderían nada en absoluto; pero sigue siendo clarificador para todos los demás.

Aprovecho este post sobre la muerte de un médico para llamar la atención sobre la muerte (figurada, aunque sólo hasta cierto sentido) del Hospital de la Princesa en Madrid, aspecto que me preocupa no sólo por el perjuicio que va a tener tanto para profesionales sino como para pacientes, sino porque allí pasé una parte importante de mi vida. Algunos ya os estáis informando del asunto a través de medios de comunicación o redes sociales: a los que no, os animo a hacerlo y a actuar en consecuencia. Un saludo.