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lunes, 13 de abril de 2026

La historia corta de abril: Confesión

Una mujer maltratada hablaba a través del confesionario a su sacerdote, que trataba de convencerle de que el divorcio no era la solución. Y entonces la mujer, con una voz muy grave, pero muy serena a pesar de los temblores, le contestó:

-Si en el cielo están las normas que usted me dice, con esos hombres católicos, entonces le temo al cielo más que nada en la ultratumba. Déjennos a las mujeres el infierno. Al menos estaremos solas.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

lunes, 13 de octubre de 2025

El libro de octubre: "Seis mujeres criminales"

La editorial Rara Avis se dedica a recuperar libros antiguos que merecen una segunda vida: entre ellos, éste de Elizabeth Jenkins donde repasa varios casos históricos de mujeres británicas que se hicieron famosas por sus coqueteos (cuando no abierto romance) con el mundo del crimen. Como siempre, en todo juicio hay dos partes, pero en estos casos acaba ocurriendo que sobre las mujeres "encausadas" no se ciernen sólo sospechas, sino que se incidieron abierta y repetidamente en sus actos nefandos. De los episodios nombrados, el más simpático me parece el de Jane Webb, una carterista que se dedicó a ello como a cualquier otra profesión de la época (de algo hay que comer), la cual demostró una capacidad de liderazgo y una ética del trabajo a prueba de bombas, y que se merecería una serie de televisión de tres temporadas. Entre los más jugosos tienes también el de Alice Perrers, amante de Eduardo III que se aprovechó de us posición todo lo que pudo, o el de Frances Howard, que combina escándalos a todos los niveles, porque auna envenenamiento, mentiras, y la implicación de uno de los favoritos del rey Jacobo I (como os podéis figurar, la tuitera experta en esta época, Wurtzel, le ha dedicado un hilo en Bluesky). También son muy llamativos el de Madame Sarah Rachel Leverson, quien jugó con algo tan personal como el maquillaje y el ansia de sus clientes por sentirse bellas, o Lady Ivie, quien pretendió acumular tierras de manera fraudulenta con la misma avidez con la que se extiende la planta a la que su apelativo ("ivy"=enredadera) hace honor. En definitiva, un libro con la única pretensión de entretener a partir de alguno de los famosos true crime de la historia, alguno de ellos incluso sin resolver.

sábado, 1 de marzo de 2025

Los libros de marzo: tres novelas "muy literarias"

-Recientemente he leído La vegetariana y La clase de griego, de Han Kang, premio Nobel de Literatura 2024, ya que me gusta acercarme a los autores que han ganado este galardón. Dice la sinopsis de "La vegetariana" que a Han Kang le gusta hacerse preguntas, y está claro que eso es verdad, aunque también puede ser que a muchos no les satisfagan las respuestas. Como resumen, la obra trata de una mujer que se niega a comer carne (esto, en la sociedad coreana, muy patriarcal, y con muchas celebraciones donde los alimentos de origen animal juegan un papel importante, constituye un motivo de señalamiento), y las consecuencias familiares que se derivan de ello. La obra está muy bien escrita, con bellas metáforas visuales, y quizá lo que echo de menos es una argumentación que le dé sentido al planteamiento de inicio, pues da la sensación de que la aparente renuncia a la vida de la protagonista es mucho más importante que los motivos por los cuales la lleva cabo. Aparte, hay un componente de confrontación con la sociedad coreana (lo cual genera unas situaciones psicológicamente muy violentas: uno de los motivos expuestos para la concesión del Nobel) que seguramente nos sorprenderá a los lectores occidentales, aunque hay cuestiones que pueden universalizarse también. En definitiva, un libro complejo, con tres secciones tan distintas que casi podrían calificarse de tres planteamientos diferentes a raíz de un mismo hecho. "La clase de griego", en cambio, va un paso más allá: esta vez la autora quiere describirnos unos personajes y unas situaciones, y si para ello tiene que dejar de lado la historia, lo hace. De hecho, está aún mejor construida, a nivel de lenguaje, que su predecesora (hay que darle las gracias a la traductora Sunme Yoon, pues juega no sólo con el coreano, el griego y el castellano, sino también con vocablos muy bien escogidos del español, en lo que se presenta como una delicada orfebrería de palabras), y en ocasiones parece ya que bordea no la prosa poética, sino directamente la poesía no rimada. En cambio, la acción, la estructura narrativa y (hasta cierto punto) las motivaciones de los protagonistas son menos relevantes que describir las sensaciones de dos almas que se entrecruzan como faros en la niebla, ensamblando sus vivencias y recuerdos para hablar del dolor de la pérdida, de la relación con las personas que amamos, y del poder de las palabras. En definitiva, entiendes que a su autora le hayan dado el premio Nobel, aunque tampoco es una lectura que le recomendarías a todo el mundo. Tengo claro que Han Kang no se va a convertir en una de mis escritoras de cabecera, pero, desde luego, valoro mucho lo que hace.

-Otra novela "muy literaria" (ese adjetivo que llena los titulares de los medios serios y suele espantar a los directivos de las grandes editoriales) es "El país del agua", del británico Graham Swift. En Swift también es clave la forma de contar, pero en este caso tambén le da mucha importancia al relato, aunque sea uno poliédrico, de múltiples historias que se entrecruzan, de la misma manera en que lo hacen el pasado (a través de varias capas) y el presente. La novela te empapa y te envuelve, tratando temas que van desde la pérdida de la inocencia durante la juventud a los fantasmas de la madurez, pasando por los choques intergeneracionales, el sentido del estudio de la historia, el miedo al futuro y el poder de la geografía. Un libro para sumergirte hasta la cabeza.

miércoles, 1 de enero de 2025

Los libros de enero: contra la opresión y el fascismo

 -La guerra de los pobres, de Éric Vuillard. El autor nos narra, en este ensayo corto, agudo como el filo de un hacha, y contundente como cada uno de los golpes de este instrumento, la historia de Thomas Müntzer, un reformador y teólogo alemán que, inspirado por figuras como Lutero o Jan Hus, pidió un evangelio que retornara a las esencias y a la protección de los más pobres, y de ahí pasó a la abierta rebeldía contra las figuras de los nobles alemanes y la desigual distribución de riqueza de su entorno, llamando incluso a la revolución violenta de los campesinos contra sus señores. Una lectura intensa acerca de los revolucionarios que parten de los principios más básicos, y se atreven a enfrentarse a fuerzas que se hallan muy por encima de su capacidad.
Imagen de Monticello, la casa de Jefferson en Charlottesville (Virginia), hecha cuando estuve por allí.

-Mi Monticello, de Jocelyn Nicole Johnson. Para entender esta novela hay que comprender primero el lugar donde está ambientada. Charlottesville es un pequeño pueblo en Virginia donde vivía Thomas Jefferson (el tercer presidente de EEUU, y autor de la Declaración de Independencia), cuya casa, denominada Monticello, fue y sigue siendo un modelo de referencia para toda la arquitectura norteamericana posterior. En esta historia, la protagonista, mujer, negra, descendiente de una esclava que tuvo hijos con Jefferson -este episodio histórico es real- vive en un futuro no demasiado lejano donde la civilización ha empezado a derrumbarse, y gente muy parecida a los seguidores de Trump merodean, con sus camionetas, sus armas y sus actitudes nazis, asolando todo a su paso. Un grupo de refugiados, incluyendo nuestra protagonista, deciden esconderse en Monticello, a la espera del siguiente paso. La novela está escrita desde la sensibilidad interior del personaje principal (de hecho, a ratos da la sensación de que tiene poca intención de seguir una narrativa estructurada, o de explicar ciertas cuestiones de manera concreta), y desde luego lo que mejor logra es la atmósfera de sociedad derrotada, pero cuyos miembros se cuidan mutuamente mientras sea posible. En muchos sentidos, recuerda mucho a La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler, autora (también mujer y negra) la cual consiguió crear en los años noventa una distopía tan cercana a la visión actual que tenemos del futuro -con su cambio climático, una sociedad que colapsa, y una sensación continua de "sálvese quien pueda"- que da un poco de miedo, y más cuando la adolescente protagonista cree que fundar una nueva religión es la única manera de formar un colectivo que haga frente a la nueva situación. "La parábola del sembrador" es la primera de las novelas de una saga que quedó inacabada con la muerte del autora, pero se ha convertido en una referencia de la novela postapocalíptica de todos los tiempos.

Y aquí viene uno de los motivos por los cuales "Mi Monticello" me ha llamado tanto la atención. Charlottesville es un oasis en el lugar donde está localizado -un sur mayoritariamente blanco donde es habitual encontrar pueblos pequeños en cuyo bar principal hay una bandera confederada adornando la pared-. Es una ciudad universitaria, cosmopolita, repleta de extranjeros y de mentalidad muy abierta y tolerante. Fue precisamente por eso por lo cual los zombis ignorantes que siguen a Trump (vamos a llamarles por su nombre: nazis) decidieron montar una manifestación allí, donde un descerebrado atropelló a una chica y, por supuesto, el aún más descerebrado de su jefe salió a defenderles. Por eso precisamente, el asalto a Monticello (en la ficción) o a Charlottesville (en la vida real) nos recuerda que el Estados Unidos que nacerá en unos pocos días se va muy probablemente a convertir en todo lo contrario de lo que dice su esencia. Y quién sabe cuánto más durará ese sueño de Jefferson de una ciudadanía que escoge libremente a sus representantes. No se me escapa que buena parte de culpa la tienen esos idiotas que no leerán un libro ni aunque les aticen con él. Por eso, desde esta cuenta, vamos a seguir recomendando libros: porque no sabemos si nos comerán los monguers o los fascistas (ahora mismo, son lo mismo), pero vamos a seguir defendiendo ciertas cosas hasta el final. Y, desde luego, no nos van a pillar con los brazos cruzados; ni, por supuesto, sin luchar hasta el último aliento.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Los libros de diciembre: inspirados en sucesos reales

Tres narraciones basadas en historiales reales pero que están muy cerca de la ficción, entre otras cosas, porque emplean recursos propios de la novela para cautivarnos. Muy recomendables todas:

-A plena luz, de J.R. Moehringer. Basado inicialmente en un artículo de prensa, este libro cuenta la historia de un legendario atracador de bancos de la época de Gran Depresión que sale de la cárcel ya anciano gracias a la influencia de unos periodistas que le exigen a cambio que, durante un día, les lleve por las zonas de Nueva York que pueden explicar su trayectoria vital. El autor -antiguo periodista- utiliza de manera excelente la alternancia entre recuerdos, sucesos del presente y analogías en todas las direcciones para trazar un retrato de un atípico ladrón de bancos (que lee a Dante y tiene el humor cínico de un reventador de cajas fuertes) que está cargado de frases ingeniosas y de personajes inolvidables. No se lee, se devora.

-En Las futbolistas que desafiaron a Mussolini, Federica Seneghini relata de manera novelada (pero en realidad se inspira en investigaciones periodísticas) los avatares de un grupo de chicas que, en la Italia de Mussolini, se empeñaron en montar el primer equipo de fútbol femenino, y de todos los inconvenientes que tuvieron que afrontar. Aparte de describir las siempre indignantes consecuencias del fascismo, quizá lo que más duele de todas sus desventuras es que muchas de las actitudes y sucesos nos las podríamos encontrar perfectamente hoy en día, sobre todo ahora que machistas y fascistas se exhiben sin ningún rubor.

-El affaire Arnolfini, de Jean-Philippe Postel. Muchos conoceréis este cuadro, enclavado en la National Gallery de Londres (por cierto: es pequeñísimo), y que ha sido cúmulo de un sinfín de especulaciones. Pues bien, este ensayo, que en parte se maneja como libro de misterio. trata de sacarle punta a todos y cada uno de los posibles detallitos de la pintura, hasta encontrar interpretaciones sorprendentes, y que van mucho más allá de lo que pueden imaginar nuestros ojos a simple vista. ¿Un par de peros? Como siempre que hablamos de simbología en el arte, cada afirmación que se enuncia podría ser cierta, pero también sería factible su contraria; y, por otro lado, el autor trata de deducir mucho a partir de detalles que no sólo cuesta ver en la pintura en su tamaño original, sino hasta después de ampliarla varias veces. Para amantes de los juegos de detectives en el arte.

lunes, 18 de noviembre de 2024

El relato de noviembre: "Borrado"

El juez ajustó sus gafas de montura metálica sobre la nariz para de esa manera escrudiñar mejor la pantalla de su ordenador.

-Bien… Tenemos aquí un caso de…

-Asesinato, señoría.

El juez levantó la vista.

-¿Disculpe? -se dirigió hacia la acusada, fijándose por primera vez de manera detenida en ella. Era una joven morena, no sólo en cuanto al cabello, sino en cuanto al cuerpo, aunque costaba fijarse, porque buena parte de su la superficie expuesta se hallaba cubierta de tatuajes.

-He dicho “asesinato, señoría”. Por si no ha quedado claro.

 -¿Sabe que no es habitual que la acusada alce la voz en esta fase del proceso, verdad?

  -Sí, lo sé.

-“Lo sé”… señoría.

-Disculpe, señoría

-Por ese tipo de cosas es por lo que la gente suele requerir un abogado, y no asumir su propia defensa.

-No hará falta, señoría; creo que es más fácil que todo lo referente a esta cadena de sucesos se lo cuente yo misma.

El juez musitó brevemente.

-Bueno… Por muy irregular que resulte… quizá eso sea lo mejor -pensó al reflexionar acerca que quedaba poco para la hora de comer, y que le gustaría ir abreviando-. ¿Por qué no nos relata su historia… desde el principio?

-Eso es lo que esperaba, señoría. Todo empezó cuando yo salí de casa aquella mañana, habiendo dejado a un chico en mi cama. Ya sabe, el típico polvo de una noche del que no quieres saber nada al día siguiente…

El fiscal se levantó como un resorte.

-¡Protesta, señoría!

-¿En base a qué? -preguntó el juez, aunque le agradaba la interrupción. Sentía que la acusada no iba a adaptarse a las normas clásicas de un juzgado, y le convenía una pausa al respecto. El problema era que el fiscal se había levantado más por instinto que por una razón jurídica argumentada, así que sólo pudo farfullar, a duras penas, un:

-¿Qué tienen que ver… las actividades nocturnas de la acusada… con el asunto que nos ocupa?

-Oh, nada en realidad -argumentó la muchacha-. Pero proporciona contexto, y aporta una nota de color. Si estuviéramos en una película, diría que sirve para comprender mejor la motivación del personaje.

 

Cuando la mujer salió del edificio, pudo sentir los rayos del sol calentando el tatuaje tan peculiar que tenía dibujado en la nuca. Precisamente, acerca del cual, el chaval nórdico que aún dormitaba entre sus sábanas se hallaba soñando justo en el instante antes de despertar.

Cuando se levantó, le extrañó no encontrar a la chica con la que se había acostado la noche anterior, y en cuyo apartamento se encontraba. Y le sorprendió más todavía localizar una nota que decía: “Siento haberte dejado así, pero tenía que irme a trabajar. No te conozco de nada, así que podrías ser perfectamente un ladrón y desvalijarme la casa. Pero creo que sé calar a las personas, y estimo que no harás eso. Aun así, si me robas, puedes llevarte lo que quieras menos los ordenadores y los discos duros: ahí tengo toda mi vida. Llevártelo sería para mí una putada, y estoy seguro de que eres buena gente, así que apostaría lo más preciado que tengo a que no eres capaz de eso. Cierra sin llave, y que te vaya bien”.

 

-Dígame -detuvo su disertación el juez-, ¿suele hacer esas cosas muy a menudo?

-Señoría, éste es el tipo de comportamiento que…

 El magistrado acalló al fiscal; la acusación se estaba enardeciendo demasiado en sus protestas, y si él había hecho una pregunta, era porque pretendía saber la respuesta.

-En ocasiones, señoría. Me dejo llevar mucho por mis impresiones. He sufrido muchos chascos, sí, pero suelo acertar la mayor parte de las veces. Además, tampoco le había dicho a este chico la verdad al cine por cien: en realidad, guardo copia de todo. Los archivos se almacenan de manera automática en línea con un ordenador que tengo en casa de mis padres. Digamos que, si hubiera perdido algo aquel día, sería en pago por un exceso de credulidad, pero nunca nada irrecuperable.

 -Entiendo -garabateó el juez unas pocas frases en un papel-: prosiga.

 

Un rato después, la chica se encontraba detrás de su mesa en el centro médico. Entonces, entró en el edificio una mujer de mediana edad. De vestimenta elegante, bolso de marca, peinado de peluquería de postín… La típica persona que dirías que no tiene un problema en la vida. Y, sin embargo, el azoramiento que transmitía, la sensación de agobio, no le pasó desapercibida a la intuitiva muchacha, quien preguntó rápidamente si la podía ayudar.

La mujer iba a hablar pero, antes de decir ninguna otra cosa relacionada con el motivo de su visita, del fondo de una garganta cargada de resuello le salió, directamente del estómago, y sin pasarle por el cerebro, una frase:

-Me encanta ese tatuaje.

Hubiera sido un problema, dada la profusión de adornos que la recepcionista desplegaba a nivel de la piel; pero, por suerte, el dedo de la mujer señalaba claramente el retrato de un violinista sobre una luna, cargada de cráteres, la cual flotaba etérea a nivel de su antebrazo.

-Ah, sí. Tengo varios dibujos relacionados con la Luna. Es por mi nombre -se señaló la chapa que adornaba su camisa de trabajo, “María Luna”-. Lo comparto con unas montañas y con un lago, entre infinidad de accidentes geográficos. Y todos llevan al mismo sitio: a mí.

Sonrió. Aquel gesto pareció tranquilizar a la mujer y sus tribulaciones infinitas.

-Cuando yo era pequeña -comentó la recién llegada- mis padres me quitaron el chupete. Como me costaba muchísimo desprenderme de él, me dijeron que se había quedado en la Luna. A partir de entonces, me convertí en una experta en exploración espacial. Medio en broma, medio en serio, me repetía que, desde que yo había nacido, el ser humano no había vuelto a visitar su superficie, y por tanto no podían recuperar mi chupete. Así que cuando China anunció una expedición a la Luna, estuve siguiendo la retransmisión, como otros devoran con pasión un partido de su equipo de fútbol. Sabía que todo aquello era un chiste, pero, de alguna manera, el recuerdo de aquella mentira cariñosa de mis padres me hacía creer que, quizá, un día los astronautas encontrarían mi chupete, y se sorprenderían enormemente de lo que habían encontrado allí.

La mujer se llevó la mano a la boca:

-Qué estupidez. Le estoy contando esta tontería sin ningún sentido, tan personal, sin venir a cuento… Debe de pensar que soy una loca.

Sin embargo, María Luna no creía eso. Se acordaba de aquella vieja leyenda según la cual, Caín, cuando fue condenado a vagar por la Tierra, acabó en la luna, y fue por tanto el primer extraterrestre, y el primer selenita, recordándole que detrás de un símbolo tan maravilloso como nuestro satélite también existe también un lado oscuro, uno que todos llevamos detrás (como la propia Luna, meditó) y que por lo común no sale a la luz. También reflexionó para sus adentros: “me ha contado algo muy personal. Me corresponde contarle algo muy personal también”.

-Ese tipo de sensaciones nunca son estúpidas. Por mucho que nos cueste explicárselas a los demás. Un día, no sé por qué, teniendo una de estas típicas conversaciones en las que arreglas el mundo, hablando de novios, una amiga me comentó que una compañera suya creía que había algo mucho peor que unos cuernos: que tu pareja se quede con las ganas de acostarse con alguien y no lo haga. Decía que ese resquemor es el que acaba destruyendo una relación. En aquel momento yo me reí (“claro, sí, esa opinión es de tu amiga, ja, ja”), pero luego, con el tiempo, y cierta madurez, me he dado cuenta de que, seguramente, en unas cuantas circunstancias, tenía razón. Y me pregunté qué historia había detrás de aquella chica…

La mujer se quedó congelada ante ese comentario, como si le hubiera tocado una fibra muy sensible de su ser. Tanto, que sólo entonces pareció darse cuenta de que llevaba en la mano un marcador, el típico separador de páginas entre libros, de un color enarcado muy llamativo. La mujer alargó la mano para pasárselo a la chica de la mesa, quien lo asió con delicadeza: se fijó que sobre el separador de papel había una marca grabada, una especie de rayajo hecho a bolígrafo. Era el típico detalle que solía fijarse, en las bibliotecas, cuando alguien se había dejado un marcapáginas olvidado en algún volumen prestado. El clásico recordatorio (junto con tickets, listas de la compra olvidadas, papelitos con anotaciones) de que los seres humanos somos capaces aún de pasarnos cosas mano a mano, transmitiendo de alguna forma una especie de conexión.

-Puede quedárselo -argumentó la mujer, con las mejillas rubicundas de pudor, para estupefacción de la receptora; a continuación, la paciente rogó, como en una disculpa-. ¿Puedo ver al médico, por favor?

               

-Señoría, sigo sin saber a qué nos lleva todo esto -rezongó el fiscal.

-La verdad es que yo tampoco lo entiendo, señorita.

-¡Aquel diálogo…!-expresó la joven-. Había sido una conversación sincera, abrupta y sin tapujos, entre dos personas que no se conocían de nada. Sabía que esa mujer había pasado por un momento dramático, porque, de no ser así, no se hubiera abierto ante mí con esa sinceridad. Es importante que ustedes sepan lo profundo que llegó a ser ese momento, para que lo puedan entender en toda su magnitud… Sobre todo…

-¿Sobre todo por qué, señorita?-la tiró de la lengua el juez, al darse cuenta de que titubeaba.

-Sobre todo porque, cuando nos volvimos a ver, ella no se acordaba de nada.

 

El rostro de María Luna se había tornado lívido después de aquella última interacción. 

 -¿Te pasa algo?-le preguntó su compañera.

Claro que le pasaba algo. La mujer había vuelto, un tiempo después, al centro médico. Había pedido, una vez más, ver a los doctores. Sin embargo, no había reaccionado en absoluto cuando María Luna le recordó la conversación (“el tatuaje, ¿lo ve?”). No la había ignorado, no trataba de fingir que aquel hecho no había ocurrido: era puro y diáfano olvido. Como si su mente se hubiera quedado en un apabullante blanco, que había golpeado a María Luna con toda su brutalidad.

 -A lo mejor se le ha olvidado -le comentó una compañera-. Tú misma has dicho que estaba muy alterada cuando vino aquella vez.

-Una charla así no se olvida. Tiene que haber ocurrido algo antes.

  Empezó a repasar los archivos.

 -¿A qué ha venido?-preguntó a su compañera.

 -Tiene una operación… de cierta importancia. Le han detectado un aneurisma y se lo van a quitar. Hace unos años hubiera sido una operación imposible, pero estos cirujanos han desarrollado una nueva técnica que permite eliminarlo con una sencilla operación -a aquella enfermera le encantaban los procedimientos médicos, y se explayaba en explicárselo a propios y a extraños, sin importarle demasiado si se hallaban interesados en el proceso-. Luego sólo requerirá que permanezca vigilada durante el postoperatorio una noche y, después, a casa. Habrá eliminado una bomba de relojería que podría haber acabado en su vida en cualquier momento, y lo más probable es que, como contrapartida, no tenga ningún efecto secundario. Es verdad que aún no han depurado del todo la técnica, algunos se quedan todavía en el quirófano, pero la inmensa mayoría…

-Ey, mira esto…

La enfermera se acercó a contemplar el registro que su amiga había desplegado en la pantalla.

-Tía, no puedes mirar esto. Son sus datos personales, te la puedes cargar.

-Pero fíjate… Fue a la Unidad de Borrado el mismo día que habló conmigo, unas cuantas horas más tarde. Ahí pasó algo, y tengo que averiguar qué es.

-Te estás metiendo en un lío…

 

-Y se estaba metiendo usted -proclamó el fiscal.

-No tenía dudas acerca de ello -expresó María Luna-. Sin embargo, no tenía más remedio: yo aún no lo sabía, pero a aquella mujer tan sólo le quedaban veinticuatro horas de vida.

 

Un rato más tarde, María Luna se encontraba sentada al lado de un chico joven con perilla y fino bigote, muy estiloso. Al chico, ella le gustaba, y eso se notaba a la legua. Probablemente por eso se encontraba explicándole con detalle a María Luna su trabajo:

-Esta pastilla, realmente, fue una revolución. Cuando se descubrió que este medicamento podía actuar sobre la formación de recuerdos, se abrió un mundo nuevo de posibilidades. Se había investigado mucho para el estrés post-traumático, para ver si era posible eliminar los recuerdos aquellos episodios terroríficos que nos atosigan durante años, pero sus efectos, en los casos antiguos, han sido bastante discretos. En cambio, es buenísimo para memorias que no se han aposentado todavía. Si vives una mala experiencia, tómate esto antes de dormir, y se te olvidará todo lo que haya ocurrido a lo largo del día anterior: incluyendo aquel acontecimiento que tanto te perturba. En algunos casos, por supuesto, no podrás eliminarlo del todo: te acabarás enterando de que un familiar tuyo ha muerto, pero al menos no almacenarás en la mente el trance tan duro que viviste cuando lo pasaste. Quizá, en cambio, sí que acabes borrando por completo a aquella imagen del soldado muerto que, repetida en tu mente, te hubiera conducido a la locura.

-¿Y en cuanto a las mujeres?

-¿Las mujeres?

-Para una mujer, esta pastilla tiene una aplicación muy evidente.

-Sí, no niego que es de las primeras ideas para las que se en su tiempo se especul…

-Pero no te puedes tomar la pastilla sin más, ¿no? -fue al fondo del asunto María Luna-. Tienes que hablar antes con una persona que te la recete. Que te confirme que, en efecto, este medicamento es lo más adecuado para pasar el trauma; que te comente lo que puedes esperar. Y a quien se lo cuentas todo, ¿verdad? Porque no queda eliminado de manera absoluta, ¿no es cierto?

-Es cierto que nos relatan lo que les ha sucedido, para que podamos valorar la idoneidad del tratamiento, y también lo registramos, por si acaso, en algún momento, alguien aspira a recuperar esos recuerdos. De hecho, el paciente puede solicitar que le mandemos un mensaje, indicándole que tiene un trozo de su pasado aquí almacenado, por si le apetece averiguar…

-O sea, que existe un registro escrito…

-Eeeeh… Sí… Pero nadie pude acceder a él: se encuentra terminantemente prohibido…

María Luna se fijó en que, mientras el hombre rehuía su mirada con los ojos, su vista se concentraba en una parte de su anatomía.

-A la gente le suelen llamar mucho la atención mis tatuajes.

-De hecho, hace un rato que estoy pensando en cómo quedaría uno de ellos sobre mi piel.

-¿Por qué no lo probamos ahora mismo?

 

-¡Señoría!

-En mi descargo -adujo María Luna-, el chico era mono. La verdad es que no me importó ni lo más mínimo sonsacarle así la información.

 

-Qué asco -decía María Luna mientras pasaba las páginas del informe en la tablet, con los dos en la cama-. Que esto le tenga que pasar a tantas mujeres, tantas veces…

-Por lo menos, la cosa no acabó de la peor manera posible -replicó el joven-. Parece que el tipo se entretuvo más de lo que debía, gritó demasiado, acabó alertando a unos vecinos, y salió corriendo. La mujer sólo se llevó un susto.

-Pero menudo susto… No me extraña que la pobrecilla quisiera desterrarlo de su mente.

-Sí -suspiró el muchacho, mientras se ponía la ropa-. Por desgracia, en esto consiste buena parte de mi trabajo… Tiene sus cosas buenas, pero también…

-De todas maneras, aquí hay algo que no me termina de cuadrar -siguió rebuscando detalles María Luna en el expediente-. Todo esto ocurrió después de salir de la consulta del médico. Y en cambio, cuando yo la vi, ya se encontraba abrumada.

Hubo un largo intercambio de miradas entre los dos.

 -¿Y?-replicó él.

-¿Cómo que “y”? Una mujer viene rota a una consulta médica. Acude en un estado atroz, con mal cuerpo… ¿Y justo unos instantes después, está a punto de que cometan con ella una agresión sexual?¿No son muchas casualidades el mismo día?

 El otro se encogió de hombros.

 -Las casualidades ocurren. Continuamente. Además, ¿no dices que el motivo de la consulta era discutir qué hacían con un aneurisma? Eso deja descompuesto a cualquiera.

-Ya, pero la cita estaba concertada con semanas de antelación; era algo que seguramente ya había analizado, estudiado, digerido… No, la mujer que yo vi acababa de sufrir un shock reciente. Un revés que no se esperaba, que la pilló de sorpresa… Me pregunto qué sería…

El chico frunció los labios.

-La verdad, no sé decirte… Estuvo muy nerviosa todo el tiempo que estuvo aquí, pero con lo que había pasado, no me extrañó nada. Bueno, sí -se llevó la mano a los labios-. Cuando la estuve informando de los efectos secundarios (la rutina habitual) acerca de que olvidaría prácticamente cualquier evento dentro de las últimas veinticuatro horas… Se llevó la mano al bolso, no sé si para buscar el móvil… Pero de repente, encontró un marcapáginas y ahí fue como si le diera ya igual el resto. Lo dejó a un ladito y me dijo: “bórralo todo”. Recuerdo que aquella conducta me llamó mucho la atención.

A la joven se le iluminó la mente.

-¿No tendrás por ahí todavía ese marcapáginas?-inquirió ansiosa María Luna.

-Ahora que lo dices, si no lo he tirado, quizá…

 

-Un par de marcapáginas con extrañas marcas inscritas. Eso era todo lo que tenía; aunque tuve suerte; tenían un logo que los identificaba como pertenecientes a una biblioteca municipal. Así que me encaminé allá. ¿Cómo describirles -y, sobre todo, para qué aburrirles con ello- cada una de las pesquisas que hice? Observar quién se encontraba en el mostrador de recepción y, por sus caras, intuir todo lo que sabían, y asimismo lo que callaban. Constatar cómo, aparentemente, los marcapáginas se distribuían a modo de regalo entre los usuarios, pero unas veces sí y otras no. Preguntarles a los asiduos de la biblioteca pública si alguna vez los habían recibido. Aprovechar la pausa para fumar de una de las bibliotecarias para preguntar a fondo. Y al fin, descubrir la verdad: el marido de la mujer que nos interesa, la mujer-problema (por alterar la connotación negativa que normalmente se adscribe a ese término) estaba enviando mensajes a su amante, la bibliotecaria, a través de los marcapáginas de los libros, y ella le estaba mandando misivas de vuelta. Las señas en el marcapáginas, que yo había encontrado escritas a lápiz o a bolígrafo, eran códigos, disfrazados de inocentes rayajos, que indicaban disponibilidad y un lugar donde quedar. El día en que la mujer del misterio acudió al médico, acababa de pasar por la biblioteca, donde le había montado un escándalo a la amante, después de confirmar sus sospechas. Luego, había acudido al médico, donde había tenido lugar nuestra trascendente conversación. Seguramente fue ese diálogo la que incitó a aquella persona, inmersa en tantas zozobras interiores, a abandonar el marcapáginas en la Unidad de Borrado de Memoria (no se llama así, pero todas la conocemos por ese nombre; ya me entienden, ¿no?) y decidir olvidar. Olvidar: precisamente lo que pretendía su marido cuando mandó a esa persona a atacarla. Porque sí: no fue una casualidad, la envió él. Hoy en día no es difícil hacer eso: en la Dark Web hay tarifas, e incluso subastas donde puedes pujar hasta alcanzar un precio por matar a alguien, violarla, o simplemente darle un susto, en un plazo razonable de tiempo y dinero. Por desgracia, realidades como ésta forman parte de nuestro descarnado y proceloso mundo normal.

-¿Entonces, ése era el objetivo?-interrogó el juez, perplejo-. ¿Borrar una simple infidelidad?

-Las infidelidades, señoría, no tienen nada de simples. Menos todavía, como luego nos enteramos, cuando era ella la que poseía todo el dinero, y él quien lo perdería si ella se divorciaba. Pero no, ése no era el propósito; no es tan fácil destruir recuerdos, no así como así. Quizá se te olviden las últimas veinticuatro horas, pero no los indicios anteriores, esas primeras contradicciones que te han llevado a atar cabos: si tienes posees suficientes, por mucho que hagan tabla rasa de tu memoria, quizá averigües mañana lo que ya descubriste el día anterior. No, su marido no tenía la intención de eliminar una infidelidad. Quería hacer algo mucho más sencillo: pretendía posponer una cita médica.


Una operación quirúrgica programada, por definición, no suele ser algo muy emocionante; los cirujanos, con precisión, abren, cortan, extirpan, tratando de realizar su trabajo con máxima minuciosidad; si fallan, el error les perseguirá a lo largo de toda su vida. En cambio, si aciertan, aquello será sólo un día más, que no habrá necesidad de recordar, ni que aniquilar con una pastilla.

Después, durante el postoperatorio, la paciente permanece tumbada en la cama, dormida. Un gotero le suministra morfina para aplacar el dolor. El medicamento procede de una máquina que está preparada para proporcionarla al ritmo y cantidad adecuadas. Salvo que la máquina haya sido modificada, y la dosis que viene de camino, y que cae lentamente a través de gotitas resbaladizas, haya sido ajustada para producir la muerte…

Hasta que un par de dedos, con fiereza, aprietan el cable e interrumpen el flujo del gotero.       

-¡Pero señora!, ¿qué hace? -grita histérico el enfermero.

-Cállese; sé lo que me hago -esgrime María Luna-. Avise a los médicos: si suelto estos dos dedos, el paciente morirá. Por favor, vaya deprisa.


La mujer, de cabellos blancos y gafas redondas, se colocó sobre el puente de la nariz estas últimas (quizá en un movimiento reflejo que copiaba al del juez) mientras prestaba declaración.

-Lo cierto es que tenía razón. Ella le había salvado. El gotero había sido hackeado para que mandara una concentración anormalmente alta de morfina que provocara el fallecimiento del paciente. Si no hubiéramos estado advertidos, ni tan siquiera lo hubiéramos mirado: habríamos atribuido la muerte al aneurisma y a la operación, como sigue ocurriendo aún en un cierto porcentaje de los casos. Fue la acción de… esta señorita -señaló a la acusada- la que nos puso sobre la pista.

-Dígame -solicitó el juez, que se sentía ya muy cómodo recabando información por sí mismo-, ¿es normal que se pueda -iba a decir “piratear”, pero prefirió un vocablo más técnico- interferir con esta clase de aparatos?

-Hasta ahora le hubiera dicho que no, doctor. Sin embargo, tuvimos una vulnerabilidad hace unos cuantos meses. Como sabe, los servicios informáticos de un centro médico están interconectados y, varias fechas atrás, sufrimos un hackeo: un grupo terrorista nos pedía una cantidad descomunal de dinero, o si no, todos nuestros dispositivos digitales colapsarían. Ahora mismo, toda la medicina depende de ordenadores, o de aparatos que se manejan en red. Significaría que no podríamos hacer nada: todo el sistema se vendría abajo. No podríamos trabajar, ni operar, los pacientes morirían en cuestión de horas, o quizá días. A raíz de este suceso, le pedimos una revisión externa a una compañía, que dispuso una reorganización general a nivel de todos los equipos, Incluyendo, aunque no éramos conscientes, la posibilidad de acceder en remoto a las bombas que suministran morfina mediante goteros. En un principio, esa centralización no nos hubiera importado: de hecho, es política habitual en algunos hospitales, para evitar modificaciones no registradas. Pero después de esto, tendremos que revisar nuestros protocolos.

-Y la reestructuración informática la había llevado a cabo…

-La empresa del marido de la paciente, señoría. Sin duda fue de eso de lo que se aprovechó. Era consciente de que, si se retrasaba la operación del aneurisma, entraría en juego el nuevo sistema que él mismo había instalado, y que él tendría la posibilidad de manipular.

-¡Protesto, señoría!¡Es una especulación!-argumentó el fiscal.

-Sigamos especulando un poquito más -prosiguió impasible el juez-. Señorita -volvióse de nuevo hacia la acusada-… Usted ha declarado que, al tener acceso a la ficha médica de la paciente, sabía que la fecha de la operación dependía de que esta última enviara un correo electrónico al servicio médico: ¿era éste el procedimiento habitual?

-No, señoría -explicó muy tranquila la acusada-. Lo normal es acordarlo en la propia cita médica: si acaso, se suele mandar, después de ésta, un correo al que la paciente debe dar confirmación.

-Pero la paciente lo había dispuesto de esa manera porque…

-Era su costumbre: ese punto lo aclaramos más adelante con ella. No le gustaba tomar las decisiones en caliente, ni que la apremiaran a tomar elecciones vitales. No deseaba la presión de un correo de confirmación. Quería ser dueña de su destino, y enviar ella misma el correo, como si, en cierta manera, tuviera control absoluto sobre su enfermedad. Y así lo hubiera hecho, de no ser porque el intento de agresión sexual, y otras cuestiones, nublaron su cabeza hasta que se olvidó de ese tema. Quizá (y esto nunca lo sabremos, al haberse producido el borrado de memoria) se le pasó por la cabeza que, por culpa de no enviar ese correo a tiempo, la operación podía retrasarse. Pero no le importaba, pues los médicos le habían dicho que la cuestión de los plazos, en este procedimiento concreto, no era vital. Y, en aquel instante, ya se encontraba lo bastante atormentada como para tomar una decisión más.

-No obstante, hay algo que se me escapa -opuso el magistrado-. ¿Cómo sabía el esposo de la paciente que esta última iba a proceder así? Podría haber actuado de manera distinta.

-No es descartable, señoría; pero él jugaba con algo a favor: la costumbre. Esos hábitos que todos tenemos, que repetimos, y que las parejas conocemos, y hasta predecimos, desde la cotidianidad de múltiples años de matrimonio. Una intimidad que, en este caso, quiso emplearse para matar. 

               

-Señoría, creo que ha quedado muy claro -apuntaló su argumento el fiscal-. La misma acusada ha confesado que obtuvo, de manera ilegal, datos médicos pertenecientes a la paciente, atentando contra su intimidad, y obviando su derecho a la privacidad. Con ello, creo que ha quedado demostrado que los cargos de la fiscalía se hallaban firmemente fundamentados.

 -¿Tiene algo que decir al respecto la acusada?

-No puedo sino dar la razón al fiscal: ahora bien, si no hubiera hecho todas esas cosas, no hubiéramos descubierto que el marido de la paciente… Ágata es su nombre, por cierto… Había planeado un ataque que, de acuerdo a los protocolos médicos que todos conocemos, llevaría a un borrado de memoria que colocaría a su mujer en una posición vulnerable, en la cual tendría la oportunidad de acabar con su vida. Todo lo que hice fue en pos de un objetivo mayor: evitar un asesinato. Y, si permite que me ponga poética, señoría, demostrar algo más.

-¿A qué se refiere? -a estas alturas, el juez ya estaba intrigado con las posibilidades.

-A que, en este mundo hipertecnológico que nos hemos creado, donde eres capaz de encender aparatos a distancia, y cada movimiento queda registrado de manera digital, la clave sigue siendo la interacción humana: el marido de Ágata, dueño de una empresa informática, sabía que el contacto a través de un software deja rastro, y por eso engañaba a su mujer a través de un método tan arcaico como mensajes encriptados en un papel, o en este caso unos marcapáginas; por cierto, a través de una biblioteca llena de libros, otro sistema analógico que se resiste a morir. Pero luego, cuando tuvo que improvisar, y aprovechar la cita médica que su mujer tenía ese día para intentar matarla, una vez quedó claro que había sido descubierto, utilizó esos sistemas digitales en los que tan bien suele manejarse. Sin embargo, fue derrotado también por un sistema analógico.

-¿Cuál?-ahora no pudo reprimir la pregunta la acusación. El juez ni siquiera le amonestó.

-La curiosidad humana -volvió la cabeza, hacia el fiscal, la acusada-; ésa que me hizo indagar, bucear en los detalles, adentrarme en lo que no me llaman, entrar a saco; no asumir que las casualidades, o el simple y fortuito devenir humano, se hallaban detrás de determinadas manifestaciones emocionales. El arte de la pregunta y del interés por el ser humano; o, si quieren denominarlo de una manera más liviana, la ciencia del cotilleo; una forma de ser, me atrevo a decir, que nunca morirá en el ser humano, por muchas cosas que la tecnología llegue a cambiar.

Aquella declaración había sentado como un mazazo, que produjo un hueco de silencio en el juzgado. Se produjo un carraspeo desde el lado del magistrado, quien, filosófico, esgrimió:

-Sabe usted también que esa actitud tiene un lado oscuro. Es por eso que existen leyes contra esa clase de cosas. En cierto modo, es el motivo por el que está usted aquí.

-Lo sé, señoría. Asumo esa contradicción. Y de hecho, fueron razones de ese tipo las que me llevaron a alejarme hace años de mi familia. Pero ésa -enunció con voz queda- es otra cuestión.

El juez revisó sus notas. Todo había quedado ya dicho, y sólo le quedaba emitir un veredicto. Resopló un par de veces.

-A la vista de las pruebas aquí expuestas, no me cabe duda de que la acusada ha cometido los delitos que se le imputan -declaró-. Así que voy a condenarla… por el mínimo tiempo y la mínima multa establecidos por la ley, de la cual han sido ustedes informados y por tanto conocen. Por consiguiente, la acusada no tendrá obligación de ingresar en la cárcel, a no ser que vuelva a cometer otro delito. Es usted libre. Aunque debo añadir…

Se quitó las gafas. Contempló a la acusada desde lo alto de su estrado.

-Admiro sus intenciones. Pero no intente de nuevo una acción como ésta, ¿de acuerdo? Puede que el magistrado a cargo no se muestre tan indulgente en la próxima ocasión.

María Luna asintió.

-Señoría, lo entiendo perfectamente.


Fuera del juzgado, las nubes se cernían plomizas en el cielo, pero para María Luna era, en cambio, el más despejado y luminoso de los días. No sólo porque salía libre (cosa con la que no hubiera contado unos cuantos minutos atrás), sino porque afuera esperaba el espléndido rostro de Ágata, ahora libre de la amenaza de muerte y destrucción que, desde que la conoció, sobrevolaba por encima de su cabeza.

-Ya me he enterado del resultado -le explicó la mujer desde los escalones que descendían a la calle-. Enhorabuena.

-Eso está muy bien, pero hablemos de cosas importantes -respondió María Luna-. ¿Qué tal estás tú?¿Qué te han dicho los médicos?

-Por resumir: que a nivel físico, la maquinaria está perfectamente… Pero cuando les explico que mi marido ha intentado matarme… Ay, Dios mío -apoyó su cabeza, tan superada como sobrecogida, sobre el hombro de María Luna-. Tengo la sensación de que el médico quería recetarme una terapia de cariños y besos. Pero eso, ¿a qué farmacia tienes que ir para que te los vayan a dar?

-En ese aspecto, puedes estar tranquila -dijo María Luna, mientras acariciaba aquellos sedosísimos cabellos-. Creo que no habrá problema en entregártelos -sentenció.

Las dos bajaron los escalones del juzgados de manera casi sincrónica, abrazadas, sin necesidad de dirigirse a ningún lugar.

lunes, 26 de agosto de 2024

El relato y la historia real del mes: "Apuntes para una novela sobre Carolina Coronado"



Victoria Carolina Coronado y Romero de Tejada, nos dicen las diversas biografías que podemos encontrar por la web -algunas de las cuales nombraremos a lo largo de este esbozo-, nació en 1820 en una familia pudiente de Almendralejo (provincia de Badajoz) de alto nivel cultural  y corte progresista. Tanto, que Carolina llega a bordar de niña una bandera en defensa de Isabel II durante una de las guerras civiles que se desatan entre liberales y carlistas. A pesar de que a Carolina se la educa de manera tradicional para su época, con las restricciones habituales para su sexo, ella sostiene profundas preocupaciones intelectuales y, al mismo tiempo, influida por el movimiento romántico de su tiempo, muestra una honda sensibilidad (hasta tal punto que, si queremos ser un poco malévolos, y teniendo en cuenta anomalías posteriores de su comportamiento, podríamos calificar su personalidad de “intensita”; una definición que también podría ser adscrita a Bécquer, Byron y otros poetas pertenecientes al mismo estilo). En ese sentido, es fácil burlarse de cómo, de pequeña, Carolina defendía que era capaz de hablar con los muertos –este detalle lo comentaremos más adelante-. Al mismo tiempo, sin embargo, ha de alabársele su compromiso social en favor de la defensa de la mujer (así como  en contra de la esclavitud en las colonias) y su extraordinaria actividad política: por ejemplo, ya de adulta, organizando tertulias literarias en las que participan personalidades como Emilio Castelar −a quien, según se dice, llegó a ocultar en una ocasión de la policía. Pero en esta novela esquemática queremos centrarnos en su actividad literaria: cuentan que el primer poema, de los muchos que escribió, está dedicado a la muerte de una tórtola, pero que no podemos conocer su contenido porque la obra fue enterrada con la propia ave. Así se la gastaban los románticos. No debía de ser mala poetisa –por cierto, hay quien dice que el término se crea al tratar de distinguirla de sus homólogos masculinos-, a juzgar de sus contemporáneos, pues tras unos versos publicados a la tierna edad de diecinueve años, su paisano Espronceda le dedica unas líneas, elogiando la composición. Algunos destacan, de sus versos, su extrema belleza. Me llama la atención cómo varias biografías subrayan que sus primeros poemas, en buena medida, están dedicadas a los amores imposibles, en concreto de una figura literaria llamada Alberto que no se sabe si existió. Pero me impacta más todavía que la Wikipedia dice que, supuestamente, ese Alberto imaginario murió en el mar. Así que yo me quiero imaginar cierta escena…

                La superficie del lago, en mitad de Extremadura, se muestra tranquila. Alberto y Carolina (ninguno de los dos llega a los doce años), con esa felicidad en la mirada que sólo se puede detentar cuando se contempla reiteradamente –hasta beberse el alma– a tu primer amor, se acercan con serenidad al velero que les espera en la orilla. Alberto, caballeroso él, se adentra primero en el barco, y le ofrece su mano. Ella, con delicadeza, se apoya en el brazo de su paladín para subir al bote, mientras desplaza con delicadeza los pliegues de su vestido, impidiendo que éstos toquen la superficie de lo que, si hoy no es océano, mañana mismo lo será. El futuro que se abre delante de sus ojos depara, únicamente, felicidad y hermosura.

                No saben que, dentro de sólo un par de horas, ambos estarán muertos, o algo muy similar.

                En la siguiente escena, vemos cómo la tormenta ha invadido por completo el lago. Alberto intenta gobernar el velero, mas le resulta imposible. Carolina trata de ayudarle, pero se siente impotente, pues la fuerza del viento le impide apenas asir los cabos, o siquiera mantener el equilibrio sobre la superficie del esquife. De hecho, cuando va a atrapar una cuerda, se escurre, se suelta de su agarre, y se desliza sobre la superficie del frágil navío. Carolina cae al agua de espaldas. El rugido atronador de la tormenta cesa, y sólo se escucha, bajo el agua en la que se hunde, un silencioso eco letal…

                En ese momento, es cuando se aparece la Muerte. Carolina hubiera creído que, bajo dichas circunstancias, y dadas sus creencias y trayectoria, se le habría manifestado con la tradicional forma de esqueleto caracterizado en hábito oscuro, pertrechado con capucha y una guadaña; pero no. Quizá por ser ella mujer, aficionada a los mundos exóticos, es invocada como una diosa india de múltiples brazos y rostro cual máscara impenetrable, que acompaña cada frase con millones de extremidades desplazándose de manera sincronizada a la vez. Su voz es también cavernosa –a pesar de la seducción que emite-, como si las múltiples gargantas de su interior compitieran por discernir cuál es el tono adecuado en el que deben formular:

                -Te diré cómo va a acabar esto –pronuncia con seguridad absoluta la criatura-: Alberto muere. Tú vives, al depositarte las olas, con suavidad, desmayada en la orilla. Tú llorarás su muerte durante meses, pero te recuperarás y podrás tener, tras el duelo, una aburrida vida normal.

                -Me niego a eso –se opuso ella, quien, mágicamente, no tenía ningún impedimento al respirar, ni tampoco con hundirse. Como si flotara, en completa ingravidez, sobre un espacio etéreo, en lugar de ahogarse-: sálvale a él, mátame a mí.

                -Eso no es posible –replicó la Muerte, tajante-; pero te propongo un pacto. Alberto sobrevivirá: pero tendrá que ser en otro lugar, en otro mundo, sin memoria, sin recordar nada de ti o de la vida que habéis compartido. Y tú saldrás adelante, pero cada vez que Yo vuelva a ti, resucitarás. Eso sí, tendrá un precio: un coste terrible, que habrás que pagar.

                -Acepto, sea lo que sea –no hubo duda en ella-: tengo que salvar a Alberto.

Bajo este prisma, escuchar a Carolina decir que habla con su padre fallecido adquiere una dimensión distinta. Lo mismo ocurre respecto a sus ataques de catalepsia. El primero ocurre en 1844, con veintipocos años, y a la familia de la joven (a quien casi todo el mundo cree muerta) le mandan cartas de condolencia y coronas de flores; por supuesto, a la fallecida en la flor de la vida le dedican poemas que alternan entre la exaltación de la belleza y el dolor. Sin embargo, el médico a cargo se niega a confirmar la defunción: él cree que se halla en una especie de letargo, e incita a los allegados a esperar. La razón confía en este hombre de ciencia. Así hasta que, finalmente, el cadáver despertó.

Con la piel pálida, los tirabuzones negros colocados perfectamente y un vestido blanco impoluto quedó Carolina tendida durante varios días, hasta que una mañana, de repente, volvió a la vida.

Eugenio M. Fernández Aguilar, en Muy Interesante

El estupendo artículo de Fernández Aguilar dedica una larga introducción precisamente a ese temor decimonónico a ser enterrado vivo (ése que llevó a Alfred Nobel a pedir que le vaciaran las venas, por si acaso, antes de introducirle en el ataúd), y los artefactos especiales –por ejemplo, las campanitas atadas al dedo gordo del pie del supuesto finado- destinados a evitar una muerte trágica que, por otro lado, haría las delicias del romanticismo. En todo caso, Carolina despertó, y pudo agradecer personalmente los tributos que le habían rendido sus contemporáneos con un poema. Más adelante, escribiría Dos muertes en una vida, que no se publicaría hasta después de la muerte de la artista. Pero, por supuesto, le quedaba mucho por sacrificar.

Carolina se despierta. No sabe bien dónde está. Se encuentra enterrada, como si fuera dentro de un ataúd, vestida de negro, como la retrató ese famoso cuadro legado para el mundo por Madrazo, y hoy exhibido en el Prado. Pero se halla tranquila: ya ha sufrido esta falsa muerte otras veces, en que fenece por completo, pero retorna después -sin ningún aparente percance- para reincorporarse al mundo de los vivos de verdad. Hasta que, de repente, se aparece de frente la misma Muerte a la que desafió un día en el agua: pero, esta vez, la Dama del Lago se digna sonreír.

-¿Sabes que, en esta ocasión, estabas embarazada?

Carolina siente un hondo pozo negro abrirse de golpe en su interior.

Carolina se casó con Justo Horacio Perry, diplomático norteamericano. Por lo visto, él vivió uno de sus ataques de catalepsia en directo, y aquello fue lo que le incitó a desposarse con ella: dos veces, por el rito católico y por el protestante. Pero las cosas se complicaron con la muerte, antes del año después de nacer, de su hijo varón. El hecho de predecir más tarde el fallecimiento de su hija Carolina, acaecido cuando la chica tenía dieciséis años (y su hermana Matilde, la hija menor del matrimonio, unos doce), no parece haber servido para aliviar la pena causada por el pavoroso trance. Escribe Fernández Aguilar:

Su propia hija menor contempló a su madre correr de un lado a otro cortándose los tirabuzones y gritando desesperada. Carolina parecía negar la evidencia y ordenó embalsamar a su hija con la esperanza de conservarla incólume, la cubrió de joyas e hizo un trato con las monjas clarisas del convento San Pascual, en el Paseo de Recoletos de Madrid, para que dejaran el cuerpo de su hija en un armario de la sacristía. “No abrir, propiedad de Carolina Coronado”.

(…)

Carolina se enfadó con la muerte que parecía negarse a sus deseos, ella quería morir en vez de sus seres queridos, creía que sus episodios de catalepsia habían sido un desafío para la Parca, quien como castigo a su insolencia le había permitido vivir hasta ver fallecidos a casi todos los suyos”.

                El resto de la novela puede encajar fácilmente en el formato de la historia de terror. Pasamos de la época feliz con la familia (en que su palacete en la calle Lagasca en Madrid servía de centro de reunión de la intelectualidad del momento) a un período distinto, durante el cual el matrimonio decide emigrar a Lisboa. Allí, el carácter atormentado de Carolina, consecuencia lógica de los reveses familiares -además de, por si no fuera bastante, una parálisis que la había dejado con escasa movilidad desde antes de su matrimonio-, se recrudeció más todavía. Cuando su marido muere, manda embalsamarle, y hace como si siguiera estando vivo. Habla y discute con él, se acerca para que recen juntos. Hasta le apodaba “el silencioso” o “el hombre de arriba”. De igual modo, se opone a que su hija Matilde se case con el que acabará siendo su futuro marido y, cuando el matrimonio finalmente se produce, le prohíbe que abandone el dormitorio común que madre e hija compartían, incluso en lo que tendría que ser su noche de bodas.

                Carolina fallece a muy avanzada edad. La última etapa de su vida no será fácil, porque además la familia no posee grandes riquezas, después de que su esposo se arruine tras invertir en el cable de comunicaciones submarino que une Europa con América (en un nuevo duelo entre la fantasía y el raciocinio que se disputa, de manera continua, en este siglo XIX. Se puede hablar, en esta novela, de este audaz proyecto, el cual tuvo múltiples fracasos e intentonas; demostrando que la ciencia tarda en funcionar, pero que, cuando lo hace, transforma de manera irreversible el mundo, y hace desaparecer la magia, aunque nunca será para siempre). Carolina, además, rechaza un homenaje que pretenden rendirle sus contemporáneos: lo expresa, como en otras declaraciones públicas a lo largo de la vida –incluyendo una ocasión en la que anunció, de forma a la postre falsa, que iba a dejar de escribir- mediante un poema. ¿Por qué el mundo no recuerda más la labor literaria de Carolina Coronado, a pesar de que hoy sigue estando disponible? En parte sin duda porque era mujer; también, con bastante probabilidad, por su rechazo a estos homenajes, o porque su vida pública fue absorbida por el drama insuperable de su vivencia privada;  dicen que también contribuyeron tantos años de relación con políticos que propugnaban la revolución, lo cual provocó que desde el poder la censuraran.

                En todo caso, en la fase final de la novela, hay que imaginarse a Carolina con más de noventa años, vestida como casi siempre de luto, delante de ese ataúd que, merced a los avanzados medios técnicos de la época (¿sistemas de introducción de aire?; ¿o que permitían abrir el féretro desde dentro?), garantizará que no sea enterrada viva. Entonces, por última vez, en absoluta placidez, se le aparece la Muerte, que conversa serenamente con ella. ¿Qué le dice la Dama Última, para que Carolina acceda a rendirse, y deje de resistirse al fin? No sabemos cuál es la amenaza: pero la anciana se mete en el ultramoderno sarcófago, y cierra ella misma la tapa. Puede que aún siga despierta, bajo tierra, junto a la tumba de su marido, pensando, aguzando el oído para escuchar, de ese mundo de allí afuera, aunque sea algo. Preguntándose, casi seguro, cómo la recuerda la posteridad…

lunes, 15 de abril de 2024

El libro de abril: "Grupo de apoyo para Final Girls", de Grady Hendrix.

¿Sabéis estas películas del genéro slasher donde un asesino monta una masacre en un campamento, un instituto, otro lugar cargado hasta los topes de adolescentes, hasta que una chica -a ser posible rubia y que se ha pasado todo la cinta pegando chillidos- se lo carga? Pues bien, a esta joven que ha matado a su monstruo se la denomina Final Girl. Ahora imaginaos que estas historias fueran reales. Que hubiera habido varios casos de esta clase de matanzas en los años ochenta y noventa (con hacha, con motosierra, con útiles de labranza) y esas muchachas hubieran sobrevivido. ¿Qué sería de ellas?¿Adónde habrían ido? Ése es el punto de partida de "Grupo de apoyo para Final Girls".

Esta novela, en cierto sentido, es el equivalente a Watchmen para las películas de asesinos tipo Viernes 13, La matanza de Texas, Scream o Pesadilla en Elm Street, a las que parodia, homenajea, copia, reinventa o como prefiráis denominarlo. Se imagina un mundo alternativo donde estas Final Girls son reales, se han hecho famosas, han hecho películas sobre sus vidas (el libro está plagado de críticas cinematográficas y recortes de artículos o periódicos sobre sus hazañas, ya sean "reales" o sobre papel de celuloide) y por supuesto se hallan tan traumatizadas que han acudido durante décadas a un grupo de apoyo psicólogo, con miedo a que un nuevo monstruo las vaya a en cualquier momento a intentar descuartizar. Hasta que, por supuesto, el momento llega. No me digáis que es un mal inicio.

Para hacer un libro como éste, hacen falta muchas dosis de humor negro, algo de gore (quizá bastante gore) y mucha adrenalina, la cual justifica que lleguemos a perdonar momentos en que la trama, para poder avanzar, caiga en una serie de incoherencias e inverosimilitudes (por ejemplo -puedes saltarte el paréntesis si no quieres leer spoilers-: ¿por qué la protagonista, a pesar de no ser "una Final Girl de verdad", es admitida en el grupo?; ¿cómo es posible que, a pesar de que la muchacha cree que alguien quiere matarla, se aproxima a todas las personas que le importan, poniéndolas en peligro?¿Y cómo puede creer que la mejor idea posible es siempre que puede meterse en la boca del lobo, junto con las personas a las que pretende proteger, y a las que pone de modo constante al borde de la muerte? Fin de paréntesis). Sin embargo como en los mejores slashers, admitimos esos peccata minuta porque hay cuestiones más relevantes en juego.

Porque, además, esta novela también habla de temas importantes. Se pone intimista en ciertos pasajes. Habla del acto de vivir, de qué nos atemoriza hasta el punto de hacer cosas horribles, y de por qué motivos estaríamos dispuestos a salir de nuestra coraza. También trata sobre la sororidad (o de cómo las mujeres pueden fastidiarse la vida del modo más horrible unas a otras), sobre por qué nos gusta el género slasher y en qué aspectos del mismo deberíamos fijarnos a partir de ahora. En definitiva, una pequeña montaña rusa emocional, en ocasiones divertida y en otras un poco más reflexiva. No es mal plan para un libro de su género.

lunes, 15 de enero de 2024

La obra de teatro de enero: "A la luna se viaja sin sombrero"

    
Siempre es un gustazo recomendar las obras del grupo teatral "La fragua y la luna", porque, a pesar de ser amigos, no le dices a la gente que vaya a ver su trabajo por compromiso, sino porque realmente merece la pena. En este caso, se han marcado una estupenda obra para público familiar titulada "A la luna se viaja sin sombrero", la cual constituye una mezcla de temas bastante sugerente. Por un lado, es un homenaje a ese grupo de poetisas (las llamadas "sin sombrero") de la generación del 27, injustamente olvidadas en comparación con sus compañeros masculinos, y también es un tributo a las abuelas y a esas historias épicas que, en muchos casos, les tocó vivir. Por otra parte, este grupo de excéntricos aventureros se embarcan en un viaje a la Luna donde abundan los guiños a los periplos (literarios y reales) más míticos a nuestro satélite. Y es que la obra, con un guión muy bien estudiado, incluye puntos cómicos que harán las delicias de niños, pero también de los más mayores, quienes entenderán las referencias a ciertas series de televisión o a personajes con fama. A destacar sobre todo la buena labor de los cuatro actorazos protagonistas, que valen tanto para cambiar de personaje en menos de un minuto como para interaccionar y jugar con la escenografía, los efectos especiales y, sobre todo, el público más joven.

Así que ya sabéis: si os apetece pasar un rato divertido con toda la familia, esta obra se está representando en el teatro La Encina en Madrid los domingos de enero a las 12.30, aunque pasará a los sábados a partir del día 27 y a lo largo del mes de febrero. Podéis reservar a través de este enlace, y seguro que me confirmáis que he acertado en recomendárosla. Un saludo.

lunes, 23 de octubre de 2023

Las historias cortas de octubre: "Qué haríamos sin las señoras..."

Qué haríamos sin las señoras...

            Una mujer le hizo la promesa a Cristo de que, si atendía a sus ruegos respecto a su salud, se vestiría de nazareno toda la vida: y así lo hizo. Túnica púrpura, cuerdecita tomatera amarilla (hasta con borla). Es como si Cristo estuviera barriendo su casa (¿Y lleva también caperuza?, le quiero hacer concretar a mi novia. No, me responde: Dios le salvó la vida, pero debe de ser que le dejó de residuo un dolor de espalda).

*

            Una señora que se va a acostar para dormir la siesta, a las cuatro de la tarde. Entonces, dos niños se colocan debajo de su ventana y empiezan a cuchichear. Claro, hablan en un tono tan secreto, tan intrigante, que a la mujer le entra la curiosidad: aguza muy bien la oreja para escucharles, y por supuesto, no puede dormir. Así que, al ver que no se está enterando de nada, y que tampoco se duerme, sale al balcón, y le grita a los niños, con toda la fuerza de sus pulmones:

            -¡No habléis tan bajo, que no me dejáis dormir!


lunes, 19 de junio de 2023

La serie de junio: "We're Lady Parts"

El punto de partida de "We're Lady Parts" es genial. Una chica joven, modosita, conservadora, que hace una tesis en microbiología y cuya única ambición es encontrar marido, se ve arrastrada a formar parte de un grupo punky de chicas, cuyas canciones y forma de vida van en contra de todo el universo que ha conocido hasta entonces.

Si os habéis imaginado una historia en la que podrían encajado Anne Hathaway o Julia Roberts, habéis acertado. Ahora añadid que todas las protagonistas forman parte de la comunidad musulmana en Londres. El cocktail, como ves, es explosivo.


La serie es genial. Por muchos motivos. Hay que tener una capacidad increíble para tomar este argumento (que camina en la cuerda floja sobre el abismo de la crítica por todos lados) y hacer algo que no atenta directamente contra ningún modo particular de vida, sino que defiende ante todo la capacidad de decidir por una misma, sin imposiciones de los demás -una actitud, por supuesto, muy punk-. Encima, sin tirar de moralina ni lugares comunes, sino desarmándote a fuerza de sentido del humor y de unas referencias pop extraordinarias, muy reconocibles para el espectador que vive en Occidente. Las actrices interpretan con gran criterio a unos personajes extremadamente carismáticos y, como colofón, la banda sonora (especialmente la parte no-punk) es maravillosa. Encima, los capítulos son cortos y la serie, lejos de estirarse, te deja con ganas de más. De momento, sólo tiene una temporada y podeís encontrarla en Filmin.

lunes, 1 de mayo de 2023

El libro de mayo: "Enigma", de Jan Morris.

La biografía de Jan Morris es un tanto especial. Formó parte del ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial y la complicada posguerra que vino después... como James Morris, porque él había nacido hombre, aunque, como explica en este ensayo autobiográfico denominado "Enigma", él se sentía una mujer desde muy temprana edad. Después, James Morris recorrió el mundo como periodista y como escritor de viajes: yo le conocí a partir de sus libros "Trieste" y "Manhattan '45", sobre estas ciudades homónimas, y muchos sin duda habrán explorado su literatura a partir de su famosa descripción de la urbe de "Venecia". Sin embargo, en este texto, Jan Morris aborda un reto muy distinto: el de narrar cómo James Morris, primero hombre, después soldado, más tarde marido y padre de familia, se convirtió en una mujer denominada Jan después de atravesar una operación de cambio de sexo, pues, como el mismo Morris cuenta, él siempre había sentido desde el principio que el género que le correspondía era el femenino. Desde ese punto de vista, hay que decir que, en medio del profundo debate que existe hoy en día en nuestra sociedad sobre los individuos que consideran que su género real es diferente al sexo con el que nacen, llama la atención encontrar una explicación no desde la mirada de psicólogos, médicos, políticos, o representantes de movimientos de ideología variada, sino directamente de parte de uno de los afectados. En una época, además, muy diferente de la actual.

Antes de nada, hay que decir que yo (hombre cis, español, nacido en 1981, de clase más o menos media) tampoco esperaba empatizar completamente con las motivaciones de Jan Morris (mujer trans, nacida en 1926 en Reino Unido, en un hogar de, sin duda, alto nivel cultural y adquisitivo), si es que en alguna medida es posible identificarse con las motivaciones de cualquier extraño. Pretendía, sobre todo, escucharlas, entender lo que ella sentía (y las razones que impulsaban sus actos) y, con un poco de suerte, comprenderla. En ese sentido, está claro que la perspectiva de Jan Morris ha de resultar muy distinta de la mayoría de nosotros. 

Para empezar, aparte de sus orígenes, a Jan Morris se le nota una exquisita sensibilidad, un cierto grado de frivolidad que ella misma confiesa, y una mentalidad que resulta producto sin duda de las convenciones de su tiempo, una época en que las diferencias de género eran más extremas. De hecho, algunas de las convicciones de Morris podrían entenderse hoy, en día, como un poco/bastante machistas -lo cual, después de todo, no es raro: ¿cuántas mujeres machistas nos solemos encontrar por ahí, sobre todo en gente de su procedencia en cuanto a clase social y edad?-. Eso sí, resulta curioso constatar que, mientras Morris se desplazaba como un invitado inesperado (un intruso oculto, suele comentar él; un espectador al que, si la gente conociera su condición, no se le permitiría estar allí) en el mundo de los hombres, ése en el que los individuos masculinos enarbolan grandes gestas y proyectos, el escritor defiende que, en efecto, éste es el universo propio de los varones, pero también que son las mujeres las que realmente están haciendo cosas importantes (según él, auténticamente reales) como sacar adelante a sus familias -o, entre otras cosas, lo que más ansiaba Morris: ser madres-, mientras que los actos de los hombres, en realidad, sólo consisten en vanidad, ruido y absurdo. De hecho, Morris -que no niega las muchas desventajas que tiene ser mujer- pasa a través de un complicado, duro e incomprendido proceso por el que cambia su nombre, su identidad y sus órganos sexuales (mediante una operación no disponible ni siquiera hoy en la mayoría de sus países) y en el que, como el propio Morris admite, tuvo suerte, pues muchos terminaron fatal o lo pasaron peor que él. Pero al cual, comenta, se había visto abocado de manera irreversible, y del que no se arrepentía en absoluto.

Jan Morris. Imagen extraída de aquí.

Jan Morris ha vivido para ver un tiempo en que las diferencias entre hombres y mujeres son menos marcadas, sobre todo en cuanto a derechos, roles y actitudes, pero se muestra escéptica respecto a que, algún día, lleguemos a superar por completo la barrera del género (que, según ella, es algo muy distinto del sexo biológico) en cuanto a cómo tratamos a una persona -o cómo interpreta las cosas esta última- según a qué colectivo se adscribe. Por otra parte, he encontrado opiniones de Morris diametralmente opuestas a las mías en cuanto a la cópula (ella la consideraba algo placentero pero trivial, y más fácil de obtener a partir de la belleza de los objetos que del acto físico en sí; también confiesa que muchas de sus ideas pueden estar influidas por el hecho de que no tenía un cuerpo con el que pudiera disfrutar a gusto) y otros aspectos de la vida. En ese sentido, coincidimos en muy poco: pero sí me transmite que existe una realidad distinta a la mía, que a mí me cuesta comprender del todo y que puedo considerar irrelevante, pero que para otras personas resulta tan fundamental como para emprender un camino tortuoso y lleno de espinas. En ese sentido, lo respeto, y mantengo que escuchar a los protagonistas de este complicado dilema debe constituir siempre una cuestión fundamental a la hora de abordarlo.

Por lo demás, el libro también desgrana una vida que no carece de interés en muchos detalles, pues Morris fue testigo de excepción de una época donde operaron numerosos cambios. Como él mismo dice, admiró Venecia casi sin turistas, fue testigo de los últimos estertores del Imperio Británico, cabalgó entre varias culturas (incluyendo la árabe), ascendió al Everest, y trabajó para periódicos tan distintos como el Times y The Guardian. Y ha podido observar cómo se trata (y, en muchos sentidos, se sienten) hombres, mujeres, y personas en el proceso de transición entre sexos. Yo creo que el texto, desde luego, sea cual sea tu opinión inicial sobre el tema, merece una lectura.