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lunes, 11 de noviembre de 2019

La historia real de noviembre. Grandes modificaciones terráqueas (I): Atlantropa, el mar del Sáhara, la valla publicitaria espacial y otras grandes locuras transformadoras.

El día que el Dios cristiano, judío y musulmán expulsó a Adán y Eva del paraíso, les forzó a "ganar el pan con el sudor de su frente". Eso les obligaba a arar la tierra, una forma de modificación de la naturaleza. Sin embargo, el ser humano, siempre buscando el camino más fácil y el más efectivo, fue construyendo máquinas con el que ahorrarse el trabajo, y a partir de allí se le ocurrió que con esas poderosas máquinas podía obtener transformaciones mucho más potentes y más beneficiosas. Edificios, carreteras, derivaciones de los cursos de los ríos, presas, ciudades, el ser humano ha poblado la superficie y el interior de la Tierra (y hasta su atmósfera) con sus cambios, hasta tal punto que se ha propuesto nombrar nuestra era como el Antropoceno, debido a la influencia del ser humano sobre la misma. Pero, ¿cuán lejos ha podido llegar?¿Y hasta cuánto ha pretendido?

Quizás el mejor ejemplo que se suele exponer de ese ansia constructora (o destructiva) del ser humano ha sido, en concreto, la desecación del mar de Aral, un vasto lago interior (el cuarto más largo del mundo) cuyo contenido la Unión Soviética pretendió aprovechar para implementar la agricultura de la región, y que como consecuencia de la acción del hombre se ha visto reducido a sólo un 10% de su tamaño original. Este gran desastre medioambiental se une a otros provocados por el ser humano tales como la gran isla de basura del Pacífico, la deforestación de la selva amazónica y de la isla de Pascua, o (según argumentan algunas teorías) un cierto papel del hombre en la desertización del Sáhara.

Sin embargo, aparte de esas acciones involuntarias (por irresponsabilidad, ambición o mala cabeza), ha habido ocasiones en que el ser humano se ha planteado a propósito grandes transformaciones de la superficie de la Tierra a escala continental, o incluso celestial. La inmensa mayoría de esos proyectos no se ha llevado a cabo, bien porque alguien tuvo la suficiente cabeza para reconocer que aquello sonaba a mala idea, bien por razones logísticas, financieras o de geopolítica mundial. He aquí algunas de las  más titánicas y descabelladas ideas para modificar la faz de nuestro planeta:

La valla publicitaria espacial. En 1993, la empresa Space Marketing INC. propuso construir una valla publicitaria de 1 kilómetro cuadrado que se colocaría en órbita respecto a la Tierra, a baja altura, de tal manera que tuviera, desde la superficie de nuestro planeta, el mismo y brillo y tamaño con el que contemplamos la Luna. El proyecto adolecía de dos defectos: costaba mucho encontrar inversores, y se calculaba que la basura espacial impactaría contra ella con demasiada frecuencia. Pero no faltó demasiado para encontrar un "Beba Coca-Cola" haciendo competencia con la Luna en el otrora despejado cielo nocturno. 

El mar del Sáhara. Ha habido diversos proyectos, ideados por algunos de los países circundantes, para convertir parte del Sáhara en un mar interior. Las ventajas serían crear una serie de territorios agrícolas que proporcionarían recursos a la población, aparte de disminuir las habitualmente inclementes temperaturas presentes en el desierto. Sin embargo, la palma se la lleva el profesor vasco-francés Edmund Etchegoyen, que en 1910 propuso que todo el Sáhara (una buena parte del cual se haya por debajo del nivel del mar) se inundara de agua gracias a un canal procedente del Mediterráneo, transformándolo por completo en un inmenso mar interior. Aparte de los problemas de financiación (lógicos para un proyecto de esta clase), la idea nunca ha terminado de convencer a los científicos, quienes creen que un pequeño lago generado en el desierto no modificará las temperaturas locales y se convertirá en un pantano infestado de mosquitos, mientras que si es todo el Sáhara el que se convierte en un mar, transformará el clima de Europa para convertirla en una zona polar. Aparte, existen altas probabilidades de que el desplazamiento de tal masa de agua desplazara la órbita terrestre (por otra parte, la pérdida de una enorme masa de agua en el Mediterráneo podría afectar a las estructuras geológicas subyacentes, provocando terremotos y reactivación de volcanes apagados). Como suele decirse, hay quien nunca está contento con nada. Como detalle anecdótico, Julio Verne teorizó sobre la posibilidad de crear un mar interior en el Sáhara (idea que conoció gracias a los proyectos presentados por sus compatriotas) en una de sus últimas novelas.

Atlantropa. Así se iba a llamar la gigantesca reorganización continental ideada por el alemán Herman Sörgel, quien tenía el sueño de construir gigantescas presas en varios estrechos del Mediterráneo (la clave sería el del Gibraltar, pero también tenía proyectadas presas en los estrechos de Messina y Dardanelos, y en la zona de separación entre Sicilia y Túnez) con el objetivo de desecar parcialmente el Mediterráneo, que retrocedería a nivel de todas las costas, y el cual quedaría dividido dos mares más pequeños, uno al este y otro al oeste. Estas presas generarían una inmensa cantidad de electricidad disponible para la humanidad (como en el plan del mar del Sáhara, desierto el cual, en la fantasía de Atlantropa, sería regado por agua procedente de Chad), además generar nuevas tierras de cultivo. Como contrapartida, entre otras, este proyecto acabaría con la mayor parte de los puertos del Mediterráneo (aún así, Sörgel tenía planes especiales para salvar algunos enclaves míticos, como el puerto de Venecia). El plan, además, tenía una segunda parte, que pasaba por establecer otras grandes presas en varios de los grandes lagos de África, generando una energía que llegaría a Europa a través de tres ciclópeos cables de electricidad que surcarían longitudinalmente (en dirección sur-norte, uno en la zona central, uno al este y otro al oeste) el nuevo continente que se habría creado, Atlantropa, producto de una fusión de África y Europa a partir de un Mediterráneo que habría quedado reducido a un par de charquitos, con gigantescas vías férreas que unirían la zona sur con la norte. Aparte de las consecuencias climáticas y físicas que tendría este desaguisado -muchas de ellas comunes a la también "maravillosa" idea del mar del Sáhara-, la cuestión geopolítica también sería peliaguda. La idea de Sörgel era que tan fantástico suministro de electricidad podría servir para sellar una paz mundial, pues aquellos países que amenazaran el nuevo orden mundial podrían ser privados de tan fantásticos recursos energéticos. Pero por muy sinceros que fueran los esfuerzos pacifistas del alemán, esto, en los inicios del siglo XX, con la distancia entre África y Europa súbitamente reducida, suena demasiado a colonialismo europeo y mayores posibilidades de los países del norte para controlar las indefensas economías del sur. De hecho, Sörgel estuvo durante varios años a vueltas con su plan, dando conferencias por todo el mundo, tratando de vender su idea a quien quiera que quisiera comprársela -obviamente, tenía graves problemas de financiación-, e incluso llegó a ofrecérsela al régimen nazi, la cual la declinó amablemente pues decía que sus planes de expansión se situaban más hacia el este, no hacia el sur. Al final, el sueño de Atlantropa murió junto con Sörgel, aunque, al menos en la ficción, Philip K. Dick lo llevó a cabo en cierta medida en su ucronía El hombre del castillo.

El derretimiento de los polos. Lo que hoy es uno de los temores más fundados por culpa del cambio climático fue (en aquellos ingenuos tiempos del siglo XX en que se creía que toda la naturaleza era un inmenso instrumento dispuesto únicamente en beneficio del hombre, idea que algunos mostrencos aún consideran válida) un plan que llegó a considerarse factible. El objetivo: facilitar la navegación marítima, no sólo por los grandes espacios marinos que se abrirían, sino también para combatir el peligro de los icebergs. El plan fue sugerido periódicamente y descartado periódicamente también, porque las consecuencias climáticas para todo el globo serían desastrosas. Un proyecto, sin embargo, que a pesar de haberse abandonado, estamos provocando nosotros mismos por nuestra codicia, nuestra desidia y nuestra insensatez. En cuyo caso, quizás, si lo logramos, será el último plan descabellado que llevemos a cabo.

Uno de los requisitos indispensables de cada uno de estos proyectos era el de grandes planes de ingeniería que requerían desplazar desproporcionadas cantidades de tierra, empleando para ello una enorme cantidad de energía. Y como, para ideas faraónicas, métodos alocados, también hubo quien tuvo la disparatada idea de emplear, para llevarlos a cabo, bombas atómicas. Pero de eso hablaremos en una próxima entrada.

martes, 1 de agosto de 2017

La historia corta de agosto: Dedicadas a Eduardo Galeano (VII)

-Mamá, mamá, el abuelito es un rollo.
Dijo el niño, sentado encima de la alfombra, jugando a la videoconsola, con el abuelo delante, sentado en el sofá, observando el televisor.
 -Anda, Jaime, no digas esas cosas sobre tu abuelo.
-Mamá, mamá, es que el abuelito no hace nada, tan sólo está allí sentado, no hace nada divertido, mamá, mamá, es que el abuelito ni siquiera sabe jugar a la Play.
Y entonces el anciano contempló en el televisor la imagen -emitida a través del videojuego-, de sí mismo pisando la luna, y los dos hombres (que eran en realidad el mismo), se contemplaron, el uno por detrás de la escafandra, el otro, mucho más viejo, con arrugas surcando su rostro. Y el Neil Armstrong de ahora susurró:
-Yo he ido a la luna.
 Y el niño giró la cabeza, contempló al abuelo escéptico, y gritó entonces a su madre.
-Y encima chochea.

Para que estas cosas no pasen y los mayores sigan viajando con sus nietos a la Luna, enseñándoles de paso lo que han aprendido, puedes colaborar en proyectos como éste.

lunes, 17 de octubre de 2016

El libro de octubre: "El juego de Ender" y "La voz de los muertos"

Hoy la recomendación es doble, pero en realidad no se trata de sugerir dos libros, sino uno a continuación del otro. "El juego de Ender" es ya por derecho propio un clásico de la ciencia ficción, y para aquel ya lo conozca, me gustaría hablarle de la segunda parte, "La voz de los muertos". Pero como no me es posible destripar -para quien no haya oído hablar de la saga- de una segunda parte que es continuación directa de la primera y depende de manera absoluta de su final, vamos a proceder en dos pasos. Primero con "El juego de Ender" (y os voy a pedir que los que no lo hayáis leído os detengáis ahí) y, cuando hayamos pasado esa fase, ahí estará "La voz de los muertos" para esperaros. A los que ya conozcáis el personaje de Ender, podéis traspasar sin más la siguiente puerta.

El juego de Ender

El joven Ender ha nacido en un mundo en guerra. Hace ya tiempo, unos extraterrestres llamados insectores atacaron la Tierra. Los seres humanos les derrotaron in extremis pero, desde entonces, se han preparado para el siguiente ataque. La mejor forma de prevenirse -han decidido los habitantes de la Tierra- es confiar en los niños, mucho más diestros y flexibles que los adultos para desarrollar las estrategias militares. Por ello, adiestran a un grupo escogido de niños en simulaciones de guerra, similares a los videojuegos, en espera de encontrar al líder ideal que les conducirá hasta la victoria. Ender parece un candidato ideal para convertirse en dicho líder. La pregunta es si perderá su fortaleza mental y su humanidad en el intento. "El juego de Ender" ha sido adaptado para el cine en una película reciente que, si bien sin todas las complejidades del original, reproduce de manera bastante fidedigna la historia.

La voz de los muertos.

Han pasado 3000 años desde los sucesos acaecidos en "El juego de Ender". Sin embargo, nuestro protagonista se mantiene joven gracias a los efectos relativistas de viajar casi a la velocidad de la luz entre planetas. Se ha convertido en "el portavoz de los muertos", el hombre que habla por aquellos que ya no pueden expresarse, entre otras cosas arrepentido por su papel en lo que sucedió al final del primer libro con los insectores. Mientras, en el planeta Lusitania, controlado por descendientes de los que en la Tierra ocupaban la zona de Brasil, aparece una especie alienígena con inteligencia propia, los llamados pequeninos. En principio, los lusitanos mantienen una vigilancia sin apenas contacto con los extraterrestres, con unos pocos individuos realizando labores de investigación sobre esta nueva raza. Pero un día, uno de los investigadores humanos aparece inexplicablemente asesinado por los pequeninos. A Ender, convocado a este planeta para ejercer de portavoz de varios fallecidos distintos -incluido este investigador-, le va a tocar resolver los distintos misterios que se entrecruzan entre sí y que, una vez se resuelvan, pueden definir la relación entre seres humanos y alienígenas para siempre.

Sobre el autor.
A muchos les echará para atrás la figura de Orson Scott Card. Nadie discute la importancia de sus novelas, pero sí la actitud del escritor respecto a sus opiniones políticas y religiosas. Es un mormón declarado (fue misionero de esta rama del protestantismo en Brasil, y seguramente de esta experiencia sacó ideas para "La voz de los muertos"), hasta cierto punto escéptico del cambio climático y el darwinismo, y, como punto más controvertido, se ha declarado bastante en contra del matrimonio gay. Largo es el debate entre la ética de un escritor y la valía de su obra: Celine era un fascista, José María Pemán, franquista y Borges, uno de mis escritores predilectos, sirvió de sostén y fue sostenido por la dictadura argentina del general Videla. Yo creo que se puede tanto alabar al escritor como simultáneamente criticar unas opiniones y al ser humano que las expresa. En todo caso, en el caso de Scott Card, me resulta particularmente doloroso y sorprendente encontrar que un autor que ha demostrado tanta empatía con sus personajes y con la figura de "el otro" en general, demuestre una hiriente falta de sensibilidad con respecto a los homosexuales. Ahí pueden entrar toda clase de especulaciones y teorías, alguna incluso sorprendente, en las que no quiero entrar porque entiendo que éste no es el sitio, aunque vosotros, que sois lectores inteligentes, seguro que en algún momento acabáis por pensar lo mismo que yo. Yo os recomiendo que os olvidéis del autor y os concentréis en los libros. Ésos seguro que no os van a decepcionar.

lunes, 3 de agosto de 2015

Los libros e historias reales de agosto: Un viaje literario a través del sistema solar

Casi desde el principio, el hombre levantó la vista y alzó la vista al cielo. Y casi inmediatamente después, comenzó a devanarse los sesos y a soñar con llegar hasta allí. Mucho antes de que Yuri Gagarin ascendiera por encima de la atmósfera y Neil Armstrong pisara la Luna, el ser humano como especie lo había hecho varias veces en su imaginación. Y eso mismo podemos hacer nosotros: podemos coger una nave fantástica y partir desde nuestra pequeña gota azul pálida hacia los confines de nuestro sistema solar, y recorrer al mismo tiempo algunas de las obras de la literatura y el cine relacionados con nuestros más cercanos vecinos. ¿Abrochados los cinturones? Allá vamos:

El Sol: Nos proporciona la vida y prácticamente todo, aunque un día se expandirá tanto que probablemente nos mate (si no engulléndonos, al menos consiguiendo evaporar los océanos), y otro se encogerá y morirá finalmente para transformarse en un cuerpo muerto que contendrá en su interior un diamante gigante, aunque para en ambos casos es muy probable que, para entonces, si no nos hemos expandido a otros planetas, nos hayamos definitivamente extinguido. Le aportaba su poder a Superman (aunque en "The Big Bang Theory" han tenido grandes discusiones al respecto), ha servido a algún telefilm para hipotetizar cómo puede destruirnos merced al viento solar o erupciones (en la mayor parte de los casos, con bases muy poco científicas), y en "Sunshine", de Danny Boyle, los astronautas se atrevían incluso a viajar hasta él. De momento, nosotros tendremos que esperar hasta que baje un poco la temperatura.


Fotograma de Sunshine (2007), dirigida por Danny Boyle. 

Venus: La diosa del amor, obviamente, tenía que ofrecer una superficie repleta de volcanes sulfurosos y unas condiciones de vida inhabitables para los viajeros procedentes de la Tierra. No obstante, por lo visto, en los años 20 a 50, cuando no se sabía tanto sobre este astro, se empleó mucho para los relatos de ciencia ficción, hablando sobre la posibilidad de encontrarse un Venus pantanoso, repleto de agua y rico en vida. Bradbury ("La larga lluvia"), Stapledon y Asimov se adentraron en estos océanos, mientras que otros autores (Preuss, Clarke en su 3001, también Stapledon en First and Last Men o la película japonesa The Venus Wars) se meten en procesos de terraformación para modificar la superficie de nuestro vecino. Los autores soviéticos (incluyendo el genial Lem de Solaris y Ciberíada) también anduvieron transitando esta calurosa región de nuestro sistema, e incluso Tolkien le proporciona un origen mitológico a la formación del planeta en el Silmarillion.



"Lucky Starr. Los océanos de Venus", de Isaac Asimov.

La Luna: Cómo no. El oscuro reflejo donde nos contemplamos. El reverso tenebroso del sol. Capaz de influir en las mareas, según se dice en las mujeres, y por supuesto en los amantes, los poetas y los hombres lobos. Incluso, hace tres siglos, alguno hipotetizó que era el lugar donde iban a pasar el invierno las aves para volver con la próxima primavera. Dicen que probablemente proviene de un fragmento de la Tierra que se desprendió tras el impacto de un gigantesco cuerpo celeste del tamaño de Marte, y quizás porque aún le dura el dolor de la separación, su cara oculta se niega por completo a volver la vista atrás. A pesar de que tenga similitudes en composición con la Tierra y también su propio campo magnético, la ausencia de minerales útiles ha hecho que (pese a que algún embaucador haya vendido parcelas a los más ingenuos) no nos hayamos molestado en visitarla nada más que como demostración del poderío espacial, primero por parte de los norteamericanos y -seguramente, en el futuro cercano- por los chinos. La contemplación, a simple vista, de depresiones muy similares a océanos, hacía fácil de creer la idea de que había selenitas correteando por la superficie del planeta, y ya desde los griegos había teorías al respecto. Pero quizás el primero que se dedica a especular un poco más sobre ello es Cyrano de Bergerac (sí, en efecto, la persona real en la que Edmond Rostand se basó para su personaje de la famosa obra de teatro "de las narices"), quien, en su "Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna", se dedica a emplear una sociedad imaginaria como crítica para la suya propia. Cyrano también se da una vuelta por el Sol, pero, desde luego, no será el único que se dedique a echar un vistazo por la Luna. El barón Munchausen también contactó con los selenitas antes de que la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna sirviera de modelo a todos los viajes espaciales imaginarios que vinieron después (Meliés, Tintín, la "Mujer en la Luna" de Fritz Lang), e incluso al auténtico del Apolo XI, aunque una historia también de ficción (el falso documental "Operación Luna") pusiera la pisada de Neil Armstrong en solfa. Otras obras más descacharrantes se han dedicado a fantasear acerca de atrapar la Luna (como hace "Gru. Mi villano favorito"), nazis que se esconden en la cara oscura (como ocurre en Iron Sky) o han colocado allí arriba a James Bond ("Moonraker"), una suerte de Robinson Crusoe, o incluso a Abbot y Costello. De todas maneras, conspiparanoias aparte, siempre nos quedarán todas las canciones infantiles que hablan sobre tocar ese planeta hecho de queso, e incluso sobre habitantes imposibles que sin embargo nos encantan que estén allí. O sea que, cuando os hablen de que no hemos llegado a la Luna, recordad: "hay un gallego en la Luna, Luna..." (o un payaso; o una madre que busca un hijo en la Tierra, etc). En el terreno de la ciencia ficción más seria, la reciente Moon, como buena obra espacial, utiliza los viajes espaciales como plataforma para reflexionar sobre la naturaleza humana, contando con Sam Rockwell en una, para mí, sobria pero muy convincente interpretación. De todas maneras, si la idea aportada por el actual director de la ESA triunfa, quizás estemos más cerca de que esta película (o muchas otras) adquieran un tinte más realista.


Cyrano de Bergerac en la Luna. Extraído de Wikicommons.

Marte: Si a la Luna podemos llegar a contemplarla con cierta melancolía y complicidad, el "Planeta Rojo" ha sido siempre el enemigo. Ya desde que el telescopio revelara la presencia de canales (ahora sabemos que en su día Marte contuvo un océano y atmósfera, aunque todavía no está muy claro si alguna vez albergó o sigue albergando microorganismos), las historias sobre marcianos empezaron a llenar los periódicos con flujo histérico, desvelando incluso los correteos de los extraterrestres mientras nos observaban con cautela o tal vez cierta animosidad. H.G. Wells provocó una invasión por su parte en "La guerra de los mundos", y Orson Welles llegó a aterrorizar a la población estadounidense con su narración radiofónica de la misma. Por otro lado, Ray Bradbury, en su colección de cuentos "Crónicas marcianas" utilizaba toda su sutil ironía y su imaginación para reflejar lo que en realidad eran los defectos más humanos que uno podía imaginarse. En este caso, los humanos éramos los invasores -hasta Santa Claus fue a conquistar a los marcianos en un film de los años 50- aunque también en otras películas (dirigidas por Brian de Palma, John Carpenter o Paul Verhoeven entre otros) nos han hecho viajar hasta un planeta que bien podía estar ocupado o en cambio presentarse como un páramo vacío de vida. Philip K. Dick y Arthur C. Clarke también ambientaron sobre el planeta rojo o sus satélites algunas de sus historias, y (más en el terreno de la ciencia ficción menos creíble) Burroughs creó con John Carter todo un subgénero más cercano a la novela de aventuras. Aunque, de entre todas las veces que los marcianos nos la han jugado (la última de ellas, probablemente la irreverente "Mars Attacks" de Tim Burton), quizás la más enigmática fue aquella en la que el escritor Johnathan Swift insinuó en Los viajes de Gulliver que Marte tenía dos satélites que, en realidad, consistían en naves espaciales con habitantes marcianos en su interior. Lo curioso es que, posteriormente a la publicación de la obra de Swift, el telescopio reveló que, efectivamente, Marte poseía dos satélites, que se denominaron Phobos y Deimos y que desde entonces han adquirido para la humanidad un aire sospechoso. Desde luego, yo todavía ando un poco suspicaz con ellos. Sin embargo, independientemente de la ficción, parece que somos los humanos los que peor nos hemos portado con Marte. La última, con la que parece la obra de ficción más elaborada de los tiempos recientes: el hipotético viaje a Marte por parte de una compañía privada, y cuya selección de voluntarios parece más una torticera maniobra publicitaria para crear dentro de unos años un programa de televisión al respecto (algo que, por cierto, ya especulaba Peter Hyams en el 78 en "Operación Capricornio Uno"). El futuro nos dirá.


Entre las curiosidades geológicas de Marte, el Monte Olimpo, el más alto de nuestro sistema Solar (27 kilómetros), y también tremendamente ancho (ocuparía la totalidad de la superficie del estado de Ecuador). Imagen extraída del blog Xatakaciencia

El cinturón de asteroides: El cinturón de asteroides que orbitan en torno al sol entre Marte y Júpiter (cuyo origen, seguramente, radica en la capacidad de este último de evitar que cerca de él se forme un gran planeta) ha servido no sólo de inspiración para numerosas persecuciones de naves espaciales entre rocas amenazadoras, sino como base de la tesis doctoral de James Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes, titulada "La dinámica de un asteroide". ¿Cuál era el contenido de la tesis? Isaac Asimov, en uno de sus relatos de los Viudos Negros ("El último crimen"), ofrecía una desasosegante posibilidad, pero Robert Bloch e incluso los cómics de Spiderman han teorizado sobre lo que Moriarty describía en aquel primer y maligno acto.

Júpiter: Aunque Isaac Asimov tenía un cuento donde nos instaba a adquirirlo ("Compre Júpiter"), quizás la incursión cinematográfica más interesante sea la que este gigante gaseoso y uno de sus múltiples satélites, Europa, hicieron en 2010, la segunda parte tanto cinematográfica como literaria de 2001, una obra que creó Arthur C. Clarke y luego encumbró al cine Stanley Kubrick, aunque la segunda parte no fuera dirigida por este excéntrico director de cine británico. En esta ocasión, Júpiter participa en un impactante final que, además, termina de explicar buena parte de los enigmas de la primera parte. Yo os animo a echarle un vistazo y desentrañar el misterio. Por otro lado, en Europa one, una película independiente descrita como "de poco presupuesto, pero gran amor por el cine espacial", también viajan un ratito por el satélite joviano. Hablando ya de Júpiter propiamente dicho, un día habría que construir una historia ambientada en la Gran Mancha enclavada en su superficie, que parece consistir en una gigantesca tormenta eterna como no podernos ni imaginarnos. Hollywood sin duda pagaría los derechos.

Fotograma de la película 2010.

Saturno: Sus anillos nos han fascinado siempre, pero poco sabíamos de ellos hasta que la sonda Cassini-Huygens se tiró un lapso de 17 años viajando hasta allí, y empezó a mandarnos intrigantes informaciones principalmente sobre sus lunas: Titán, que contiene un océano de metano líquido y exhibe la mayor probabilidad de todo el Sistema Solar de albergar vida fuera de la Tierra, o Encelado, que contiene agua probablemente en estado sólido pero la expulsa a la atmósfera de forma parecida a un géiser. El aventurero espacial Lucky Starr, ideado por Asimov para los lectores jóvenes, tiene un libro ambientado por la zona (también viajó por las lunas de Júpiter y los océanos de Venus), aunque está claro que todavía nos queda por contar mucho acerca del otro gran gigante gaseoso de nuestro sistema.

Neptuno: Un planeta extraño, el único que gira sobre sí mismo en una dirección perpendicular a la de su órbita alrededor del Sol. No hay muchas referencias al respecto, aunque en Horizonte final, de Paul Anderson, se pegan un garbeo en dirección hacia allí.


Plutón: Está lejos, hace frío, ahora no es ni siquiera un planeta y encima no sabemos mucho de él, aunque la última sonda espacial nos está mandando imágenes alucinantes. Encima, tiene un satélite casi tan grande como él, Caronte, en lo cual parece más un sistema binario donde ambos planetoides giran el uno frente al otro como desafiándose, pero sin llegar a encontrarse nunca. No obstante, su lejanía sirvió precisamente de base para que Isaac Asimov reflexionara acerca de las dificultades de la comunicación a distancias interplanetarias y la posible solución que una madre de toda la vida puede aportar en el relato corto "Mi hijo el físico". ¿Seríais capaz vosotros de superar a esta astuta progenitora? Os recomiendo acercaros al cuento a ver qué se os ocurre. 


La Vía Láctea: Como suele decirse, es tan grande y está tan presente por todas partes, que la sombra de nuestra galaxia en el firmamento pasa muchas veces desapercibida. De hecho, a principios del siglo XX, un apagón en la ciudad de Los Ángeles sorprendió a las comisarías de policía porque los urbanitas habitantes de la ciudad donde se localiza Hollywood (el "hogar de los sueños") llamaron desesperados al descubrir que una mancha de aspecto lechoso les contemplaba amenazante desde los cielos. Pero nuestra galaxia también ha constituido la parte central de determinadas sagas, como la del Imperio Galáctico y la de la Fundación de Isaac Asimov (esta última será próximamente adaptada en una serie de televisión producida por Johnathan Nolan). De hecho, el punto de partida de la epopeya de la Fundación es que un científico, al prevenir la caída del Imperio Galáctico, decide crear dos Fundaciones -una dedicada a las ciencias básicas y la otra a la psicología- que permitan la supervivencia de la civilización durante el caos posterior a dicho declive, e instala esas dos fundaciones "una a cada lado de la galaxia". La Primera Fundación se encuentra en el perímetro más exterior pero, ¿y la otra? Para descubrirlo, tenéis que llegar como mínimo hasta el tercer tomo, pero estoy seguro de que la espera merecerá la pena.


La saga de la Fundación de Asimov incluye 7 libros, pero viene precedida de tres trilogías (la de los "Robots" y la del "Imperio Galáctico"), y en total hay una lista de como mínimo 16 libros contando la historia futura de nuestra galaxia en una narración coherente y realista a la par que entretenida. Habría que preparar un buen sofá y una bien iluminada ventana con vistas a la Vía Láctea para leérsela de un tirón.

Cometas y otros cuerpos fugaces: Si los terrícolas hemos mirado con aire esperanzador el cometa Halley, en su periódico paso cada 76 años cerca de la Tierra (aunque la película "Fuerza vital" hablaba de un enigmático descubrimiento escondido en su cola), no hacemos lo mismo cuando está a punto de estampársenos encima un meteorito, como ha ocurrido (o ha estado a punto) en las películas de Meteoro, Deep Impact o Armaggedon. El miedo está justificado porque ya en su día un trozo de roca nos facilitó a los humanos la vida al quitarnos de en medio a los dinosaurios. ¿Nos invade la sospecha de que una especie mejor se merece ocupar nuestro puesto?

¿Otras tierras?: Dos proyectos muy parecidos salieron casi a la vez en las pantallas de cine, en los que una réplica de la Tierra venía a hacernos reflexionar sobre qué es lo que nos dedicamos a hacer sobre la superficie de nuestra. La Melancholia de Lars von Trier tiene mucho de su sello personal y habrá quien le coja tirria a ella y a su protagonista, pero Otra tierra, entrando también en los terrenos de la meditación introspectiva, conecta mucho más con nuestro lado humano y con otras obras de la ciencia ficción clásica. De todas maneras, quizás ambas historias nos sirvan como recordatorio de que por el momento sólo tenemos un planeta, muy frágil y sin embargo valiosísimo (suena de fondo la canción Europa VII, de La Oreja de Van Gogh), y que tenemos la obligación de cuidarlo. Alguien me decía, al echarle un vistazo a este post, que tenía que incluir a la mítica serie de dibujos animados del "Capitán Planeta". Yo no era un gran fan de la misma, pero sí me quedo con el mensaje de que hogar sólo tenemos uno y sería una pena desaprovecharlo. Y las películas y libros sobre el espacio deberían ayudarnos a conseguirlo.


Cartel promocional de Another Earth (Otra Tierra), estrenada en el año 2011.

Y ésta es nuestra recopilación. Incompleta, sin embargo. De Mercurio y Urano, por el momento, no hemos encontrado historias. ¿Conocéis alguna?¿Echáis de menos alguna que debería encontrarse la lista? Ya nos contaréis. Este verano, mientras tanto, disfrutad de nuestro Sistema Solar. Vais a bordo de una gran nave espacial que circula a la velocidad de casi 30 km por segundo. Desde luego, es para celebrarlo.

lunes, 13 de julio de 2015

La historia real de julio: constelaciones de otras culturas que no fueron aceptadas

Gif animado publicado por The Washington Post que muestra la cercana posición de Venus y Júpiter en el firmamento a finales de este mes de junio. Tuve la suerte de contemplarlo hace un par de fines de semana mientras me encontraba en una carretera rural, y la verdad es que la posición de Júpiter -tan inhabitual y tan brillante- hacía pensar, más que en un cuerpo celeste, en un satélite artificial o un misterioso OVNI.

¿Quién no se ha tumbado una apacible noche de verano a contemplar las estrellas? Y, como adivinando la forma de las nubes en el cielo, intentado buscar las siluetas de las constelaciones que conocemos, o incluso dibujar algunas propias inspiradas por nuestra siempre fértil imaginación. Lo cierto es que tratar de encontrar formas reconocibles a lo que no es sino un simple producto del azar es uno de los defectos (o virtudes) habituales del ser humano. El nombre técnico es el de pareidolia, y explica tanto los curiosos recuerdos que nos estimulan las figuras de la Ciudad Encantada en la provincia de Cuenca, como que los griegos se pusieran a trazar uniones entre las estrellas para generar representaciones de sus dioses y sus héroes en el cielo. Luego, cuando la cosa se quiso hacer de un modo un poco más científico, la Unión Internacional de Astrónomos (esa misma asociación que decidió que Plutón dejara de ser un planeta -no se lo vamos a perdonar nunca, y más ahora que sabemos que tiene un color rojo infernal-) reconoció como oficiales un número de 88 constelaciones, de los cuales la mitad procedía precisamente de la creatividad de los griegos y fueron heredadas gracias a un mapa astronómico elaborado por Ptolomeo y posteriormente transmitido a través de los árabes. Las constelaciones modernas incluyen, además, algunas ideadas por reconocidos astrónomos de los últimos siglos (que se basaron tanto en personajes de la naturaleza y la mitología como en ideas mucho más modernas y tecnológicas), e incluso algunas procedentes de otras culturas que se pusieron de moda y alcanzaron una cierta popularidad en la civilización occidental (pues la fama pasajera, como en otros lados, también cuenta mucho en la ciencia). Sin embargo, si cada civilización tuvo sus constelaciones propias y sólo se han reconocido unas pocas, eso significa, evidentemente, que muchas otras se quedaron fuera de la lista. Y es a esas olvidadas agrupaciones de estrellas a las que nos vamos a referir en el día de hoy.

En realidad, las constelaciones nunca han sido algo con demasiado sentido. Las estrellas que forman parte de las mismas están separadas a enormes distancias entre ellas, sin formar parte de ningún sistema estelar en particular, y sólo nos parecen más cercanas porque, para nuestros ojos y con nuestra visión sesgada desde la Tierra, se nos asemejan en el mismo plano, cosa que no es verdad en absoluto. Por otro lado, en los últimos tiempos, los astrónomos prefieren, para localizar a las estrellas, un sistema de coordenadas que se nos antoja mucho más sistemático que una indicación del tipo "la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer". Además, ya sabemos que la localización de las estrellas en el firmamento se altera con nuestra propia posición dentro de la Tierra (no es lo mismo estar en el hemisferio norte que en el hemisferio sur), con las estaciones (no es lo mismo el cielo en invierno que en verano) y con el paso del tiempo (nuestros antepasados veían un firmamento ligeramente distinto al que contemplamos nosotros). Alguno os hablará de que las constelaciones zodiacales tienen sentido: en realidad, sólo son una convención para poder localizar los astros que forman parte del sistema solar en un mapa aparentemente estático del cielo, y de la misma manera que se nombran 12 constelaciones, podríamos haber formado diez, veinte u ochocientas. Aun así, estas agrupaciones de estrellas siguen despertando en nosotros un viejo sentimiento de nostalgia por un pasado en que todo era más manual, más pedestre, más ignoto, y también más abierto a lo sorprendente y desconocido. Y, en todo caso, tanto la Estrella Polar como la Cruz del Sur siguen constituyendo una buena manera de guiarse de noche en ausencia de brújula.

Pero vayamos ya al tajo: algunas formas de agrupar constelaciones no reconocidas actualmente por la Unión Internacional de Astrónomos o, al menos, no demasiado conocidas por el gran público. Por ejemplo:

-Con eso de que la Estrella Polar es clave para orientar la dirección norte en nuestro hemisferio, parece que un buen número de culturas se han empeñado en encontrar formas de localizarla más fácilmente. A nosotros nos suenan las referencias a la Osa Mayor y al carro que dentro de ella forman sus siete estrellas principales, pero en China, se piensa que dicho carro en realidad es un funcionario encima de su séquito, mientras que los mexicas creían que nuestra osa se trataba de un jaguar

Constelación del Jaguar (Ocelotl) de acuerdo a la cultura nagua o mexica. Imagen extraída de Wikicommons.

 -Lo que para nosotros es la cola de un escorpión en la constelación del mismo nombre, para los aborígenes de Maui se trata de la mucho más familiar figura de un anzuelo para pescar.

-La Vía Láctea (que nosotros tomamos como un camino lechoso y que no es sino el rastro de nuestra propia galaxia) era para los habitantes de la Patagonia un campo de cacería de ñandúes, donde podían distinguir incluso las piedras boleadoras con las que atraparlos, los cuerpos de los animales, e incluso un nido creado por estas aves. Pero más imaginativos eran todavía eran los aborígenes australianos, que encontraban en las manchas oscuras de la Via Láctea algunas figuras, como la de un gigantesco emú.


El emú de los aborígenes australianos dentro de la Vía Láctea. Extraído de Wikicommons.

-La constelación de Antínoo (creada por el emperador hispano Adriano en honor a su antiguo amor) fue la única de las antiguas que se perdió en la noche de los tiempos. Pero también se perdieron otras de diversos orígenes como "el gato", "el gallo", "la avispa", "la abeja", "el flamenco", "Cancerbero", "el globo aerostático", "el telescopio de Herschel", una que sirvió de loa al rey Federico de Prusia, otra que homenajeaba a las máquinas eléctricas, o algunas tan sugerentes como "el guardián de las cosechas", "el cetro de Brandenburgo" o "el toro de Poniatowski, rey de Polonia". Por otro lado, una constelación que representaba al Argo, la nave de los Argonautas, fue dividida en cuatro, una de las cuales desapareció (precisamente la correspondiente al mástil; quizás por eso la nave navegue dando tantos tumbos y dando lugar a tan maravillosas derivaciones).

-Los mexicas encontraban muchas semejanzas con animales de su entorno, pero también tenían un Mercado y una Cancha de Pelota; los hindúes trataban a las constelaciones como esposas del dios de la Luna, el cual las recorría en su camino a través de los cielos; los chinos, al igual que los hindúes, las denominaban "mansiones" y tenían su propio mapa estelar completamente autónomo, aunque conforme entraron en contacto con el mundo exterior incorporaron algunos de los dibujos occidentales; muchas de las constelaciones griegas, por otro lado, tenían inspiración egipcia o mesopotámica. Y, en general, todas las culturas emplearon el movimiento de las estrellas como base para calcular los desplazamientos en el firmamento del Sol y la Luna y como herramienta para sus calendarios, tan importantes para las labores agrícolas.

De todas maneras, fuera de la normativa de la Unión Internacional de Astrónomos (a la que se le puede hacer tanto caso como a la RAE), cada cual es libre de crear sus propias figuras. Isaac Asimov, por ejemplo, decía que la nebulosa denominada Cabeza del Caballo se le antojaba (al contemplar las imágenes captadas por el telescopio Hubble) mucho más a la figura amenazadora del Lobo Feroz. Puede que la denominación no suene muy canónica, pero en fin, ¿vosotros qué opináis?

Pues nada, ya sabéis: este verano, buscad un rincón apartado y libre de contaminación lumínica, haced vuestras propias composiciones y, ¿por qué no?, comentádnoslas. Quizás saquemos alguna idea interesante que proponerle a la Unión Internacional de Astrónomos. Y así podréis decir aquello de que hay una estrella en el cielo que lleva tu nombre. O, al menos, un nombre al cual habéis contribuido. Buenas y luminosas noches.

Posdata: si queréis saber más sobre este tema, podéis ir al lugar original donde se me ocurrió la idea para esta entrada del blog y de donde he sacado buena parte de la información que contiene; el Planetario de Madrid, aparte de ser un excelente entretenimiento para niños, ofrece una muy divulgativa y asimismo rigurosa información sobre la naturaleza de nuestros cielos, y más en estas noches claras de verano. Y a partir de allí, una vez bien aconsejados, podéis salir por vuestra cuenta y adentraros en el camino de las estrellas. Aunque ya sabéis que, en ocasiones, es mucho más interesante internarse por el camino de la oscuridad...

lunes, 16 de diciembre de 2013

El relato de diciembre: En lo profundo

En lo profundo

A Alfredo Antón y Cristina Sendra, sin los cuales esta historia no hubiera sido posible.

                El océano acunaba en calma, con la excepción de unos leves picos de oleaje bajo los argentinos reflejos de la luna, la en comparación diminuta nave que bailaba su canción nocturna con el profundo e insondable mar. El color blanco de su casco resaltaba todavía más su presencia en mitad de una nada absoluta y eterna, aunque los rincones donde la pintura se había descascarillado y cedido al óxido y al envite constante de las aguas, grises de un tono metálico,  venían a reflejar lo desigual de la batalla que había producido tan amargas cicatrices, y la que quedaba todavía por librar. Entre arrullo y arrullo de las aguas, elevándose rítmicamente junto con el velero, apenas un par de adornos. Un farol encendido en la parte posterior. Un molinillo de viento adyacente al mismo. Una pequeña bandera blanca, al otro lado, en la proa, ajada y agitándose inclemente contra el leve viento. Un par de atrapasueños tintineando a lo largo de los flancos del barco. Se mecían con el movimiento de la nave, aumentando todavía más la sensación de fragilidad de la misma, el aspecto de cáscara de nuez. Parecía que en cualquier momento anunciaran su intención de hundirse.
                Y de repente, sin embargo, el sonido de los atrapasueños se apantalla de golpe. Desde una región ilocalizable, se escucha un sordo rumor al principio suave, que se va haciendo, sin embargo, más y más fuerte. Al cabo de unos segundos, es todo un estruendo. Del interior de la nave surge en ese momento un hombre vestido desaseadamente, con barba de pocos días, entre blanca y grisácea. Alza la vista hacia el cielo. Ahora el ruido es tan ensordecedor que no hay otro sonido que se pueda escuchar.
                Una inmensa llamarada roja, como una bola de fuego, atraviesa el cielo desde lo alto en una parábola descendente que ilumina el océano. Lo que quiera que sea ese objeto avanza a una inmensa velocidad. El arco que describe es perfecto, como si se tratara de una flecha arrojada desde lo alto. Durante unos segundos, nada más que este fenómeno gobierna todo el paisaje, llenando todo el vacío a su alrededor.
                Luego, poco a poco, la bola de fuego va alejándose paulatinamente de la zona y se marcha, siempre hacia abajo, con su atronador sonido consigo. El cielo nocturno recupera de nuevo su tono de un negro azulado. La paz parece estar retornando.
                El hombre le echa un último vistazo al cielo, y sin perder en ningún momento la calma, baja la cabeza y se introduce de nuevo en el interior del velero. Los atrapasueños, que han cambiado levemente el tintineo, haciéndose sus sonidos un poco más turbios y desasosegadores. El mar no se ha inmutado ante todos estos hechos. Parece como si se hubiera negado a hablar.
*                                             *                                             *
                El océano se encuentra esta vez más calmado. Una balsa de aceite, aparentemente, como si le costara moverse y desperezarse bajo la inclemencia del brillante sol, que llega aquí sin ninguna clase de impedimento y no permite la existencia de ningún tipo de sombra. El hombre de la embarcación sale de nuevo al exterior. Comprueba los aparejos de pesca y constata que todos están correctos. El atrapasueños no se mueve. No sopla la más mínima brizna de viento.
                Pero el hombre del velero se apoya en la parte más exterior del barco para tener mejor visión. No hay nada. Nada. En todas direcciones, tan sólo la mar océana, extendiéndose kilómetros y kilómetros 
sin ningún punto de interrupción. Y sin embargo, el hombre duda. Aguza el oído. Olisquea el ambiente. Detecta el inequívoco aroma del petróleo. De uno que no es el suyo. Y un leve zumbido que comienza a sonar. Para cualquiera sería indetectable, pero no para él. Cuando tus sentidos llevan tanto tiempo sin notar una cosa, su aparición imprevista, incluso a una enorme distancia, es capaz de ser detectada sin riesgo a equivocación.
                El hombre se acerca a la parte posterior del barco y pone en marcha el motor. Tras unos breves tirones, poco a poco el barco se va desplazando. Tras unos segundos, se pone plenamente en marcha y el hombre la guía, alejándose de este punto y dejando una estela de espuma en esta región del Pacífico…*                                             *                                             *
                La pantalla emitía un sonido monocorde a intervalos regulares. El pitidito se encendía y se apagaba conforme el radar iba dibujando círculos concéntricos que se reflejaban en el tono verdoso del monitor, como ondas en el agua causadas por el lanzamiento de una piedra.
                -Jodido aparato –dijo el controlador con mirada de odio, la cual amenazaba con estar a punto de pegarle a un golpe-. ¿De dónde lo sacaste, de un carguero olvidado durante la guerra fría?
                El capitán se rió entre dientes, mordisqueando la pipa mientras lo hacía. Se acercó con cierta displicencia a su especialista y observó la pantalla, sin embargo, con cierta cautela.
                -Ahí dice que hay un barco.
                -Es imposible –dijo el controlador-. Según los datos, tendría que ser una embarcación de mierda. Y además, está en la zona de exclusión. Es más probable que el radar se equivoque.
                Los dos se contemplaron durante un momento en silencio.
                -Qué poco cariño le tienes a estos bichos pese a trabajar con ellos –le regañó el capitán-. Este cacharro lleva muchos años conmigo y créeme, nunca, pero nunca, se equivoca. Nos ha salvado ya de un par de redadas en las que nos hubieran pillado de no tener a mano este viejo cacharro. No será tan estiloso como los aparatos de moderna tecnología con los que trabajabas tú –dijo dándole un par de golpecitos a la maquinaria-, pero está hecho para durar. Los soviéticos lo hacían todo pensando en la eternidad –sonrió.
                El controlador le miró con aire escéptico.
                -¿Y qué podría hacer un barco allí? Nosotros ya estamos haciendo algo excepcional acercándonos tanto a esa zona. De no ser por la mercancía que llevamos –indicó señalando a la parte de atrás del barco-, ni siquiera nos estaríamos alejando tanto de las rutas habituales. ¿Qué puede hacer un barco ahí?
                -Tal vez lo mismo que nosotros –respondió el capitán, concluyente.
                El encargado del radar le miró con cara de sorpresa.
                -¿Para qué se iba a alejar tanto? Además, en esa zona no hay lugares donde poder parar o aprovisionarse.
-Puede que esté haciendo algo distinto. Algo que requiera soledad absoluta: ensayar una nueva arma secreta o algo. Si crees que nosotros hacemos cosas ilegales, los gobiernos las hacen muchísimo más. No me extrañaría nada de eso.
El operario negó con la cabeza.
-No sé. Me parece demasiado rebuscado. Y además…
                Los dos mantuvieron la mirada un momento.
                -¿Además, qué?-replicó el capitán.
                El controlador desvió la vista. Qué más le daba. Qué le importaba lo que pudiera hacer aquel barco. Él era un hombre práctico, no como aquel capitán que pese a dedicarse a transportar droga parecía creerse todavía un viejo capitán del siglo XIX. No tenía mucho sentido continuar la discusión.
                -Da igual. No tiene importancia.
                Pero mientras el capitán se alejaba, satisfecho, contemplando con paciencia el horizonte, el responsable del radar no pudo reprimir soltar una maldición por lo bajo.
                -Además, siempre está el riesgo de que te caiga un satélite encima –terminó la frase, y se puso a mirar otra zona detectada por el radar.
*                                             *                                             *
                Una vez más, la mar se hallaba serena. El hombre de la embarcación escrutaba con atención el horizonte mientras el velero avanzaba con parsimonia a escasa velocidad. El hombre, con barba de unos pocos días, se rascó la cabeza, quitándose con ello la gorra que le protegía del sol, y adoptó un aire resolutivo. Como un individuo que ha decidido firmemente enfrentarse a su destino, fue a la parte de popa y apagó el motor del bote. Permitió la apertura de las velas, las cuales se expandieron levemente, mostrando un color entre amarillento y grisáceo como mezcla de los efectos de la sal, el viento, el sol y el tiempo sobre las mismas. Sin embargo, no las abrió completamente, sino sólo lo suficiente como para tenerlas preparadas en caso de que fuera necesario, pero dejando que el barco se quedara parado sobre la tranquila superficie de las aguas, apenas balanceándose levemente a su compás. Luego el hombre se agachó sobre la cubierta del barco, situándose en cuclillas, y esperó.
                Al poco tiempo de quedarse de esta manera, el sordo zumbido fue haciéndose más audible incluso a oídos no habituados, e identificándose con el sonido de una lancha a motor. Con el tiempo, incluso, un pequeño punto que se divisaba en la superficie de las aguas se engrandeció hasta convertirse en una embarcación de este tipo. El hombre del velero no alteró su postura ni tampoco su expresión conforme se acercaba, ni siquiera cuando se hizo evidente que se dirigía hacia él. Simplemente aguardó a que el barco se dirigiera poco a poco hacia su destino, mientras observaba cómo, unos cuantos cientos de metros antes, empezaba a decelerar. El hombre del velero se sentó sobre la quilla y depositó la vista sobre él.
                Poco a poco el ruido del motor de la lancha se fue apagando y el barco se fue deteniendo, situándose a tan sólo unos metros del velero. Cuando ya estuvieron suficientemente cerca, ambos barcos estaban parados. Flotando, juntos, como dos animales que se observan y que no saben si pactar o batallar. El hombre del velero seguía sentado sobre su bote, a la expectativa. Entonces, de las profundidades del otro bote salió una persona. Una chica joven. Apenas tendría veintipocos años. Pelo rubio, gafas de pasta, se tapaba los ojos de manera inexperta para protegerse del sol. Parecía que la acababan de sacar de la universidad, o quizás incluso (se permitió una pequeña broma malvada para sus adentros el hombre del velero) del colegio. En todo caso, seguramente se habría pasado los días entre bibliotecas y salas de estudio. No tenía pinta de aventurera, ni mucho menos de intrépida lobo de mar. Más bien, lo único que le faltaba era haber salido del interior de la embarcación con un mapa y preguntar alguna indicación. Claro que uno no llega a esta región del mundo habiéndose simplemente perdido, meditó el hombre. El cual, sin embargo, permanecía imperturbable sobre la cubierta, como aguardando una señal.
                La chica, al salir, tardó algunos segundos en acostumbrarse al sol y a la situación y reaccionar. Pero después, trató apocadamente de iniciar una aproximación:
                -Do you speak English? –preguntó, como primer intento de conversación. Al ver que el hombre no contestaba, prosiguió-. Parle vous français?¿Habla español?
                El hombre seguía impertérrito en su mudez. La chica siguió intentándolo.
                -Deustch? Pу́сский язы́к?
                Ante esta última frase el hombre sonrió ligeramente. La chica pareció alegrarse súbitamente, aunque vaciló a continuación antes de balbucear la primera frase medianamente larga en ruso que decía en mucho tiempo.
                -Me llamo Annette –dijo ella, situada ahora en proa y tendiéndole la mano ahora que ambas embarcaciones se encontraban tan próximas que casi podían tocarse. No obstante, el movimiento no le quedó del todo digno y casi estuvo a punto de tambalearse en dirección a las profundidades. Pero se repuso a tiempo y le acabó acercando la mano. El hombre le devolvió el gesto y ambos cruzaron las manos, aunque la falta de entusiasmo de él hizo que el gesto quedara un poco mustio. A continuación pareció necesario que alguien hablara, y el hombre lo hizo, con una voz algo ronca que parecía denotar un excesivo tiempo sin usarla.
                -Preferiría no decirte mi nombre, si es posible –dijo en un correcto francés, aunque no sonaba del todo nativo.
                La chica mostró gesto de perplejidad.
                -Ah, pensé que no hablabas…
                -Sí –le cortó él, con tono amable pero algo seco-. E inglés. Y alemán. Y algo de ruso. Pero me ha hecho gracia que lo intentaras con tantos idiomas distintos.
                La chica pareció algo cohibida de pronto. Parecía como si toda su inicial predisposición hubiera sufrido un golpe que la hubiera echado para atrás. La chica se sentó. El hombre se fijó entonces que iba en bermudas y chancletas, y que tenía la piel enrojecida como si se hubiera quemado la espalda en la playa, en contraposición con el moreno curtido que portaba siempre consigo el ocupante de la otra nave. A un lado y otro, sin duda dos formas de distintas de llegar hasta allí: el uno, un individuo avezado, un residente habitual. La otra, una recién llegada, una turista en tierra enemiga.
                -Seguramente querrás explicar por qué llevas varios días siguiéndome –dijo él.
                Ella asintió. Parecía que llevaba preparada ya de casa la explicación.
                -Trabajo en la Agencia Espacial Europea. Soy una de las responsables de la reentrada de los satélites o sondas que ya no nos sirven en la atmósfera para que se eliminen. Estas sondas, cuando entran en contacto con la atmósfera, se vuelven incandescentes y se van quemando por el camino en pequeños fragmentos, quedando sólo el núcleo de titanio, que es el que se hunde en el mar. Para que esa masa de titanio no dañe a nadie, tenemos delimitado un espacio de varios miles de kilómetros cuadrados en el océano Pacífico, entre Chile y Oceanía, un lugar donde no hay ninguna isla habitada, no existe ninguna ruta comercial, de hecho se prohíbe a cualquier barco viajar, para que los satélites o sondas nunca pudieran dañarles. Pero un día, en unas fotos tomadas por un satélite por otros motivos, se encontró en esa zona de exclusión un… barco.
                El hombre escuchó todos estos detalles con atención, pero no dio signos de que ninguno de los hechos le pareciera novedoso.
                -Al principio creímos que era un error, pero luego lo comprobamos. Intentamos ponernos en comunicación con él, pero como a ningún otro barco se le permite entrar en esta zona, no había forma de comunicarse con él, aparte de que, la vez que intentamos establecer comunicación mediante un navío que se encontraba realizando investigaciones cerca de la zona de exclusión, el navío no dio señales de vida. Además, observando los movimientos por el satélite, nos dábamos cuenta de que el barco no se encontraba a la deriva, sino que adquiría direcciones, y con la poca resolución que pudimos adquirir, nos dimos cuenta de que a bordo había un hombre… y que no parecía inconsciente, desfallecido o perdido, sino más bien al contrario, parecía manejar el barco con bastante criterio. Una embarcación que, por otro lado, apenas era un bote, con un par de velas y lo que parecía un sistema a motor. El resto de mis compañeros lo olvidaron: si no podíamos comunicarnos con el hombre, no podíamos hacer nada más, y no íbamos a mandar ninguna misión a riesgo de poner en peligro la vida de sus tripulantes, o de causar un retraso de varios meses que causara pérdidas millonarias en el presupuesto de algún proyecto espacial. Mis superiores aducían que la Agencia Espacial Europea ya había hecho bastante tratando de establecer comunicación con el barco, y que si no habían podido (o si el ocupante o los ocupantes del bote no habían querido) que ya no era responsabilidad suya. Con lo cual, volvimos a proseguir el trabajo, sin más.
                La chica se sentía algo estúpida. La mitad de las cosas que le había contado eran probablemente conocidas por ese hombre. Pero sin embargo, ella tenía necesidad de hacerlas destacar. Luego tragó saliva: ahora es cuando llegaba la parte difícil.
                -Pero yo no. Yo no pude olvidarme. Seguía chequeando las imágenes del satélite. Las comprobaba cada semana, y luego cada día. No podía imaginar… no me paraba de preguntar… Qué podía hacer un hombre en esa zona del mundo, tan apartada, tan alejada, tan… sola. Cómo había llegado hasta ahí. Y en el caso de que se encontrara allí voluntariamente… por qué había elegido estar allí.
                Sus ojos tintineaban de emoción conforme lo decía.
                -Y por eso compré este barco… y he venido hasta aquí.
                Ella se esforzó mucho por no apartar la mirada en los segundos siguientes. Sin embargo, el semblante del hombre, siempre inalterable, permaneció estando así.
                -Has venido hasta aquí… a preguntármelo.
                La chica, dudosa a pesar de que la pregunta sólo venía a reforzar lo que había dicho al principio, movió el labio en un movimiento de vacilación.
                -Pues… sí… la verdad… más o menos.
                El hombre sonrió.
                -Y dime, Annette: si, como tú dices, soy un hombre que, quizás de manera voluntaria, ha decidido coger un barco y navegar con él hacia la región más solitaria del mundo… el lugar más alejado que podría encontrar con respecto a cualquier otro hombre…
                Guardó un breve silencio antes de continuar.
                -… ¿qué te hace pensar que ese hombre querría hablar contigo?
                La chica cerró los labios, apretó los dientes, pero no contestó.
                El hombre, sin mostrar el más mínimo gesto de emoción ni de abatimiento por lo que había conseguido, se levantó y se dirigió a la parte de atrás del bote. Allí, puso el motor de nuevo en marcha y se puso a orientar la dirección en que el barco se movería bajo el influjo de aquél. Luego, el velero se marchó, dejando a la chica de la lancha contemplando tan sólo la estela, sola.
                Sola en mitad del Pacífico, sin nadie con quien hablar.
*                                             *                                             *
                Los rayos podían verse nítidos al compás de la tormenta. Aparecían de pronto, fugaces, restallaban en la superficie del agua, y desaparecían para aguardar al trueno, que llevaba al poco tiempo con toda su intensidad. Las olas se agitaban en el mar embravecido, desplazando el barco con las velas arriadas como si se tratara de un patito de goma arrastrado por las corrientes de un inmisericorde chorro en la ducha. Parecía que el barco en cualquier momento iba a volcar y sumergirse sin remedio en lo más hondo del océano: no obstante, el navío, de alguna manera, siempre se mantenía rígido, siempre a flote, resistiendo aparentemente impávido (como si estuviera apretando sus junturas) a los golpes bestiales del agua.
                Y sin embargo, en el interior, todo parecía aparentemente tranquilo. La luz eléctrica brillaba, apenas se producía agitación y el hombre del barco se encontraba sentado quieto en su silla. Callado. Observando a través de un ojo de buey con aparente tranquilidad la tempestad que se estaba desatando allá afuera, la cual era aún más impactante en contraste con la estática imagen del interior.
                Y sin embargo, los ojos del hombre no hacían más que desplazarse, como si estuvieran ardiendo por dentro.
                El barco llegó relativamente pronto a las inmediaciones de donde se encontraba el otro navío. A pesar del oleaje, el barco del hombre parecía dirigirse de manera bastante recta hasta su objetivo; en cambio, el otro resultaba azotado implacablemente por las olas. El hombre contemplaba a través de los cristales del barco, desde el interior, la escena: esperaba no haber llegado demasiado tarde.
                El oleaje se iba haciendo cada vez más terrible. El bote pegaba saltos de un lado a otro, era empujado hacia arriba y luego succionado, empujado y luego absorbido otra vez. Los golpes de las olas retumbaban en el casco como si fueran el sonido de la cabeza de un gigante golpeándose repetidamente con estrépito sobre el agua. Y lo que parecía era que en cualquier momento el cráneo podía estallar.
                Justo antes de abrir la tímida portezuela que le separaba del exterior, el hombre se ató repetidamente con una gruesa cuerda alrededor de la cintura, la cual había atado a un grueso pivote de acero. A continuación, salió. El mar le azotó enardecido, como si le escupiera al vociferar mientras le recriminaba el haberse osado a hollar sus dominios. El hombre resbaló en un primer momento a causa del viento y cayó de rodillas, pero consiguió agarrarse a tiempo para no dejarse llevar por la fuerza de las olas que recorrían el casco de lado a lado y amenazaban con separarle de él. Luego, avanzó poco a poco, en un esfuerzo terrible, a lo largo de la barandilla del barco y consiguió, entre resuellos, dejar libre una especie de asidero de metal de varios metros que comenzó a desplazarse por el exterior del barco, de un lado a otro, mientras con la otra mano, el hombre controlaba el timón para seguir el desplazamiento en dirección hacia el otro bote. Poco a poco, el barco se fue acercando, y así lo hizo el brazo mecánico que iba desplazándose junto con él. En un movimiento de unos pocos centímetros –pero que al hombre se le antojó titánico- consiguió que el brazo se enganchara en la quilla del otro barco, quedando rígidamente fijada, y ambos barcos navegando juntos, resistiendo con más fuerza y equilibrio el empuje de las olas, pero manteniendo una distancia fija gracias al asidero de metal: su longitud, así como la sólida fijación que sostenía entre ambos cascos, impedía que los dos barcos chocaran entre sí. Una vez logrado este hecho, el hombre volvió sobre sus pasos, arrastrándose y dejándose deslizar sobre la cuerda, hasta que accedió a la portezuela, la cual luego cerró, suspirando hondamente en cuando su figura, con las ropas empapadas del todo, se metió en el interior del habitáculo exhalando un gran suspiro, a continuación del cual se derrumbó.
                Al día siguiente, con el temporal ya despejado, el hombre (ya con ropas cambiadas) caminaba con fiereza sobre la cubierta del otro barco. Movía las manos de un lado al otro, mientras la chica permanecía tirada sobre la superficie, con los brazos agarrados a la quilla y la cabeza saliendo por el exterior del barco, vomitando.
                -¡Parece mentira!-gritaba él-. ¿Creías que esto era un juego?¡Estás en medio de un océano, el más peligroso del mundo!¿Es que no te imaginabas esto? Olas gigantes, vientos huracanados. ¿Qué creías que era esto?
                -¡Pues no debería entonces llamarse Pacífico!-gritó dolida la muchacha, en lo que trató de sonar una ironía pero se sintió más como una aflicción, sobre todo porque el esfuerzo de decirlo provocó una arcada por la borda.
                -¡Claro: Pacífico, Pacífico!¿Sabes por qué le pusieron así? No, seguro que eso en tu universidad no te lo enseñaron: pues porque su descubridor, el español Núñez de Balboa, que era un asesino y un ladrón, lo encontró en calma cuando lo divisó por primera vez. Y como lo vio así, se creyó que debía ser así todo el tiempo: ¡como para fiarse de la primera impresión! Es el mar más embravecido y salvaje del planeta: ocupa la mitad del mundo, ¡maldita sea, no se han hundido más barcos simplemente porque no han tenido huevos de venir hasta aquí!
                -¡No necesito lecciones de historia!-replicó ella, reprimiendo una nueva arcada.
                -¡No: necesitas lecciones de sentido común!-le señaló con el dedo, aunque no pudiera verle-. ¿Pero a quién se le ocurre venir con esta… esta especie de barquito de papel a la mitad del océano?¿Es que pensaba que tú sola, con apenas unas cuantas lecciones de navegación impartidas por un instructor barato, ibas a poder sobrevivir?¿En este bote de mierda?
                -¡El tuyo aguanta!-chilló ella ante el chaparrón verbal aún con la cabeza mirando al agua, apretando las manos contra la barandilla del barco.
                -¿Que si aguanta?¡Fíjate bien, que es lo que tendrías que hacer, aprender a mirar!-se desplazó de un salto a su barco, amarrado al otro, y comenzó a desplazarse por la cubierta-. ¡Fíjate en la quilla: acero especialmente reforzado!¡Chapado también por dentro!¡Aquí donde lo ves este bebé, que parece que no podría ni llegar a puerto, tiene un motor que en comparación con su tamaño es como si un coche llevara la potencia de un trasatlántico! Éste no es un barco de recreo cualquiera como éste que llevas tú: está especialmente acondicionado, está preparado para durar. Y está diseñado así especialmente por mí precisamente porque se trata de mi vida, y me he ocupado personalmente de ello: no he venido aquí como un juego, ni a satisfacer una pregunta estúpida, ni a venir aquí creyendo que estás en virtud de una misión trascendental. Y si lo creyeras, al menos podrías haber traído un barco mejor.
                Entonces el hombre se calló de improviso, como si se hubiera dado cuenta de que ensañarse con alguien que ya está echando por la borda hasta su primer recuerdo de desayuno era demasiado ventajista. Sin embargo, eso no disminuyó su gesto iracundo y su mirada de frustración, como si no supiera adónde dirigir todo el furor que llevaba dentro.
                Finalmente, pareció decidir encauzar el desasosiego interno de alguna manera, y adoptó un aire resolutivo:
                -Anda, quítate de ahí e incorpórate. Te voy a enseñar una postura especial contra el mareo.
                -¿Dónde la aprendiste?¿En algún libro?-preguntó sarcástica la chica.
                El hombre, que no pareció captar la ironía, mientras se tumbaba para mostrarle la postura le respondió:
-Al cuarto mes de estar navegando en el mar –le dijo, y le comenzó a enseñar.
*                                             *                                             *
                Era el atardecer. Una gran bola roja caía en el horizonte, como si, cansada, hubiera decidido simplemente dejar de flotar. El hombre y Annette contemplaban el cielo entre azul y anaranjados mientras permanecían atentos a los sedales, pero no demasiado.
                -Qué espectáculo –dijo ella.
                -Sí –respondió lacónico el hombre, como si no se pudiera añadir nada más.
                Los dos siguieron callados. Luego Annette habló de nuevo. El hombre la dejó. Ya estaba acostumbrándose a estos largos soliloquios que esta chica mantenía, a veces parecía que consigo misma.
                -Es extraño. Desde que llegué aquí no me has preguntado ni una sola vez por qué ha pasado allí afuera. Por algo de algún país concreto, de alguna ciudad, o a lo mejor de la liga de fútbol. No sé, quizás hay algo que te interesaría averiguar.
                El hombre miraba concentrado la superficie de las aguas, como si en cualquier momento un pez fuera a ser cazado por la caña.
                -Y si te digo que de allá afuera me digas una sola cosa, ¿qué es lo que me contarías?-preguntó.
                La chica volvió la cabeza.
                -¿Una?
                -Sí, una –respondió.
                -¿Desde qué época? No sé cuánto tiempo llevas aquí.
                -Desde la época que tú quieras –contestó él-. Te dejo que tú decidas.
                La chica apoyó la mano en la barbilla y meditó.
                -Creo que los bancos de tiempo. Creo que si tengo que contarte algo que realmente me ha gustado de los últimos años, no sé cuántos, serían los bancos del tiempo. Alguien necesita que le echen una mano, y tú se la echas. Él te da a cambio clases de ganchillo, o te hace los papeles de Hacienda, tú a cambio le das clases a su hijo, qué sé yo, cada cual da lo que puede según su tiempo y según lo que sepa hacer… Creo que eso es más importante que cualquier acontecimiento histórico o cualquier descubrimiento o invento que haya podido surgir…
                El hombre puso cara de satisfacción y, como si necesitara dar su permiso, asintió.
                Se hizo de noche. Realizaban una parrillada con el pescado que habían cogido. El olor a pescado lo invadía todo, y hacía que las brochetas supieran más todavía a mar. Había algo extraño en ese silencio. Parecía como si faltara algo, el canto perdido de los grillos, que por supuesto no podía escucharse, pero quizás sí que hubiera algo bajo el rumor de fondo de las olas, como si los pescados también pudieran cantar. Annette se dijo que tenía que dejar de pensar sobre las posibles conversaciones que mantenían (antes de que ella las devorara) las sardinas.
                -Hay una cosa que me parece más extraña aún –dijo el hombre-. Cuando llegaste aquí me dijiste que quería saber por qué estaba aquí. Desde que nos volvimos a encontrar, en cambio, y pese a que llevas conmigo ya un tiempo, no me has repetido esa pregunta todavía. ¿Por qué?
                Ella se cubrió las rodillas con sus brazos, y se encogió de hombros.
                -Me figuro que te pasó algo: se te murió un familiar querido, acabaste desencantado de los hombres, o pensaste que con todo lo que le estamos haciendo al planeta, la extinción era lo mejor que podía pasarnos. No lo sé, pero también me parecen lógicas tus reservas a decírmelo. No pasa nada. No tengo prisa. El día que quieras, me lo contarás.
                Pareció primero que el hombre iba a callar, luego que iba a decir algo, y luego que iba a callar del todo, y entonces se escuchó un hondo rugido que surgía desde el horizonte y rompía con estrépito la noche cerrada. Ambos se levantaron, sobresaltados, y contemplaron lo que caía: una gran bola de fuego que había surgido con furia apocalíptica del ciego.
                -Es… un satélite –exhaló maravillada ella.
                -Exacto –dijo él.
                Guardaron un sepulcral y reverencial silencio mientras lo veían.
                -Hay grabaciones de esto, pero… nada más. Debemos ser los únicos seres humanos del mundo que lo han visto con sus propios ojos, en vivo, y tal y como siempre he querido que las cosas se vieran… Ha habido más gente que ha pisado la Luna…
                -En todos estos años que llevo aquí lo he visto tres veces –dijo él-. La segunda fue hace unas pocas semanas. La tercera ha sido aquí.
                Ambos volvieron a contemplar a la bola, que ahora perdía parte de su sonido conforme se adentraba en la noche estrellada.          
                -¿No tienes miedo de que un día te mate?-señaló ella, mirando hacia el satélite.
                El hombre se encogió de hombros.
                -Puede hacerlo eso. O un tiburón. O una tormenta. Quién sabe. Hay tantas formas de morir.
                Volvieron a sentarse de nuevo. Sin darse cuenta, ambos se encontraban más cercanos, como para darse calor.
                -Estamos en medio del mar –dijo Annette-. No se ve ni un trozo de tierra. Tal y como estamos ahora mismo, podríamos estar en cualquier lado. En cualquier lugar del mundo. El Atlántico, el Índico. Donde quisiéramos. ¿Dónde eliges estar tú?
                -Creo un filósofo polaco, llamado Kolazowski, dijo que le gustaría vivir en lo más hondo de una selva virgen de alta montaña a orillas de un lago situado en la esquina de Madison Avenue de Manhattan con los Campos Elíseos de París en una pequeña y tranquila ciudad de provincias.
                -Venga, no me vengas con cuentos, ¿dónde estarías?
                El hombre señaló hacia un punto.
                -En algún lugar de Normandía. ¿Ves?, allí al fondo se ve un faro.
                La chica miró a la nada.
                -Vamos a dirigirnos hacia allí –espetó.
                Y ambos se pusieron a soñar.