lunes, 25 de diciembre de 2023

Dedicadas a Eduardo Galeano (XXI): Para qué están los nietos.

Esta historia es real.

Los nietos yonquis cogieron el dinero del abuelo, tomaron también el tractor, y se fueron a la ciudad para comprar droga.

Cuando volvían con el dinero ya gastado, los dos, más tontos que hechos aposta (para que os hagáis una idea: a uno de ellos, cuando estaba haciendo la mili, le dió un “yuyu” y pilló un tanque con la intención de dirigirse a las Barranquillas), volcaron el tractor en mitad de la carretera. Fue entonces cuando la guardia civil les pilló, y fue por eso por lo que se enteró el abuelo.

<<¡Os habéis fumado el dinero de mi entierro>>, bramó el abuelo, suspirando por lo que le había costado adquirir tantos años. <<¡Me moriría aquí mismo, de no ser porque no tengo sitio donde morirme!>>.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los libros de diciembre: tres ensayos

-"Hijos del Nilo": el periodista Xavier Aldekoa, experto en África, traza un recorrido geográfico, histórico y humano a través del imprescindible río Nilo, desde sus míticas fuentes hasta su desembocadura. Viaja pues a través de Uganda, Sudán y Sudán del Sur, Etiopía y Egipto, no sólo relatando su pasado y su relación con el río que los vertebra, sino su presente y los retos futuros a los que han de enfrentarse. Esclarecedor, y todavía muy válido para entender la actualidad.

-"La jirafa de los Médici", de Marina Belozerskaya, narra un conjunto de episodios alrededor de figuras históricas las cuales, por diversas razones, reunieron costosas y exuberantes colecciones de animales exóticos. Desde Ptolomeo Filadelfo hasta William Randolph Hearst, pasando por Pompeyo, Lorenzo de Médici, los emperadores Rodolfo y Moctezuma y Josefina Bonaparte, el libro explora la fascinación que producen en nosotros las criaturas vivas procedentes de lejanas tierras, así como nuestra cambiante relación con los animales y la forma en que éstos son considerados. Abundante en documentación, el libro no se detiene solamente en los zoológicos creados por estos personajes, sino que explora a fondo sus biografías, sus motivaciones, y también la de una gran cantidad de personajes que se implicaron en conseguir que las ciclópeas locuras de sus superiores lograran llevarse a cabo. Muy interesante.

-"Viajes al otro lado del mundo". El naturalista y documentalista David Attenborough nos narra algunos de sus viajes de juventud a tierras lejanas: la Melanesia, Nueva Guinea, Australia, Madagascar. Allí se tropezará con animales sorprendentes y con grupos humanos con costumbres que le descolocarán. Attenborough mezcla la mirada del escritor y del humanista, del individuo que te muestra la naturaleza, y del que te relata también las dificultades técnicas para registrarla. También es una oportunidad de comprobar cómo ha cambiado la perspectiva acerca de la conservación del medio natural en las últimas décadas. Diría que más cautivador aún que sus documentales: además, las fotografías en este volumen, de "Ediciones del Viento", sirven para ilustrar las descripciones del autor, y visualizar lo que él está viendo.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Las historias reales de diciembre: hilos a tutiplén

Más hilos interesanes, para que podáis leerlos incluso los que estáis fuera de esa cosa llamada X: uno sobre la entrada al infierno; otro acerca de cuando Madrid fue la capital de Armenia; y un tercero en el que os desgrano cuál es la historia más antigua que conocemos. Espero que os llamen la atención, os hagan aprender un poco y, sobre todo, os diviertan. Un abrazo, nos leemos.

viernes, 1 de diciembre de 2023

Una novela por fascículos. El cajero (6)

Retomamos la historia que empezamos aquí y cuya última entrega fue ésta. De hecho, volvemos a hallar al protagonista donde le dejamos, en el momento en que el caos se adueña de la ciudad.

III

 

            El oficinista se dio la vuelta, y encontró al Arca de Noé desparramándose por encima de las olas en mitad del diluvio.

            Toda la ciudad se había convertido en un caos. Sobre las calles se extendía una larga hilera de coches que habían chocado entre sí, generando un maremágnum de faros rotos, carrocerías abolladas, y humos procedentes de motores colisionados que emergían desconcertados a la superficie. Y una vez más, como hacía un rato, cuando se apagó de golpe la luz (aunque en esta ocasión por motivos distintos), un vocerío de cláxones tronando al mismo tiempo, entrelazándose los unos con los otros, instando a los demás coches a desplazarse, aunque cada auto podría responder que para ello primero tendría que moverse el de delante. Pero no era la cuestión del tráfico, o de las luces apagadas, o de la música de carnaval que aún resonaba de fondo, la que más conmovió a nuestro hombre. Lo que más le llamó la atención fue constatar –cosa de la que por supuesto se había dado cuenta, pero a la que hasta entonces no le había concedido mayor importancia– que en esa calle, además de máquinas destruidas y farolas apagadas, había gente... Seres humanos en los que, por primera vez en mucho tiempo, se fijó con detenimiento, y tuvo la oportunidad de contemplar su reacción...

            La primera respuesta, en contraste con el bullicio del instante anterior, fue la parálisis. Era como, si en mitad de una composición musical, una nota hubiera sido entonada a destiempo y, por tanto, el resto de los miembros de la orquesta se hubieran detenido para descubrir dónde estaba el fallo. Desconocidos que, de común, nunca habrían posado la mirada sobre sus vecinos, ahora se escrutaban entre ellos, en la oscuridad de la nueva noche, sorprendiéndose de que en los cristales de las gafas de los otros no se reflejara ninguna luz. Es curioso, pensó nuestro hombre, cómo el ser humano nació entre tinieblas, y en cambio, lo desprotegido que se encuentra ahora cada vez que no localiza en su entorno bombillas. Tras esa estupefacción inicial, se produjo una primera fase de movimiento; pero no hacia ninguna parte, sino anárquico, contradictorio, como un autómata que hubiera perdido las órdenes que tenía asignadas en su cerebro positrónico, y no hiciera sino agitar los brazos de forma mecánica e imprecisa. Más adelante, y como tercer paso, lo que ocurre cuando la perplejidad se aúna con la incomprensión: todo el mundo se plantea la misma pregunta. Y ésta es (ni más ni menos) qué hacemos ahora. Era como si la muchedumbre presente –al igual que en aquella novela de H.G. Wells en la que arriban a la Tierra los marcianos– hubiera perdido al unísono los sombreros que portaban sobre sus respectivas cabezas, y éstos hubieran quedado distribuidos de manera errática por las calles. Los interrogantes mentales se hicieron tan sólidos que fue como si se pronunciaran: dónde estamos, de dónde venimos, dónde podemos encontrar comida. Daba la sensación de que, junto con el apagón, se hubiera presionado un botón, y a partir de ese momento la gente no recordara el rumbo ni el propósito de sus acciones. Sólo más tardíamente comenzaron a actuar. Y la reacción, una vez más, no fue desplazarse de manera decidida, sino inquirirse entre sí. Qué habrá pasado, se preguntaban los transeúntes. Algún habitante de este país donde aconteció el suceso (que, como otros muchos estados, también tiene en cada esquina tres tertulianos profesionales que se ven con derecho a opinar sobre todo) comenzó a echarle la culpa al gobierno; unos, más atrevidos todavía, se pusieron a detallar punto por punto los protocolos y procedimientos que debían seguirse a continuación, aunque en realidad sólo estuvieran especulando. En un momento determinado, un par de los primigenios organizadores de este nuevo mundo después del diluvio comenzaron a batirse a puñetazos por discrepancias en el trayecto que debía seguir cada pareja de animales de camino al arca: dicen que por una divergencia similar se crearon las fronteras y que, debido a una fruslería de ese tipo, algún funcionario imbécil dibujó unas montañas a lo largo de una marca delimitante entre dos países.

            No obstante, tras aquellas primeras reflexiones, nuestro hombre desvió la atención de esos asuntos para volver bruscamente al suyo, y en este momento es cuando en la narración se introduce de golpe una dramática música de violines: la tarjeta de crédito se había quedado dentro. Y eso significaba (para alguien que, en general, aprecia tanto que los acontecimientos circulen por los cauces previstos) casi un colapso nervioso.

            La tarjeta se había quedado dentro. Allí se concentraban todavía una buena parte de sus ahorros. No era que le resultaran imprescindibles para seguir adelante: pero eran una pasta, hablando alto y claro, cosa que nuestro hombre no solía hacer, ya que, incluso para sus adentros, conservaba los eufemismos en el lenguaje. La cuestión (retomando una vez más el problema) era que las circunstancias no eran como para despreocuparse a lo tonto de la tarjeta. Y ahí entraba el dilema fundamental: ¿podía nuestro amigo confiar en los bancos? En eso se resumía la encrucijada, y por tanto la entera situación.

            Porque por un lado, se supone que hay mecanismos de seguridad: protocolos, comprobaciones, sistemas que previenen este tipo de eventualidades –como que las tarjetas, después de recuperarse la electricidad, no puedan ser utilizadas por nadie que no tenga el número secreto–;  de no ser así, toda la civilización se vendría abajo, como en el cuento de Asimov, donde la estructura social desaparece después de un gigantesco apagón, aunque en este caso al apagón se le denomine eclipse, y el operario incompetente se llame Dios. Pero Dios no es el que está a cargo de las tarjetas de crédito, sino los bancos; por tanto, máquinas; por tanto, dependientes de los hombres y, por tanto, falibles. Por tanto, ¿podía nuestro individuo a la fuga marcharse sin más, dejando abandonada su tarjeta, y esperar con toda ingenuidad a que ésta no fuera empleada por nadie en el momento en que retornara la luz? Y en todo caso, ¿cuándo demonios iba el oficinista a volver, si tenía todavía las maletas en la mano, y su único propósito, nada más terminar la operación bancaria, era marcharse de la ciudad para siempre? En definitiva, ¿adónde iba a ir?

            Y como no tenía respuesta a esta disquisición, y porque no podía confiar en los dispositivos electrónicos, se quedó allí, esperando. Y al hacerlo, y al no tener otra cosa de la que ocuparse, se puso por primera vez en todo ese tiempo, en los numerosos días en que había acudido a aquella esquina a lo largo de las últimas semanas, a fijarse en la calle; en las personas que la moraban, como si fueran duendes, con sus pequeñas miserias. Todos esos detalles, que describimos tan vívidamente en los capítulos anteriores, y que, para nuestro hombre, habían pasado casi desapercibidos, considerándolos, si acaso, una parte más del paisaje. Esta vez, nuestro oficinista, sin embargo, pudo contemplarlos bajo un prisma distinto: en realidad, desde un punto de vista excepcional. Y se empezó a interesar por ellos como algo más que un motivo decorativo.

            Comencemos con el ruido de fondo, que lo daban los tremendos y –todavía– continuos bocinazos. Fijémonos ahora en esta calle de gran tamaño que pasa al largo del cajero donde está nuestro hombre, la cual recorre longitudinalmente una buena parte de esta ciudad. Pertenece, durante una amplia proporción de de este tramo, a un sector de población humilde, compuesta en su mayor parte de inmigrantes y gentes de bajos recursos: el barrio es aficionado a la fiesta, a la decoración extravagante, a la mezcla de razas y a la diversidad de culturas, a ancianos paseando sosegados junto a los escaparates, y a niños jugando animosos entre ambas aceras. A lo largo de su trayecto, esta avenida se halla salpicada de un alto número de pequeños comercios: bares, panaderías, tiendas de muebles, librerías, supermercados y abundantes locales de baratillo; una jugosa pastelería se abre un poco más allá, y un videoclub permanece abierto, resistiendo aún a la extinción. Si a la animación habitual a la calle le unimos, además, la fecha del carnaval, nos encontramos que había mucha gente a ambos lados de la calzada, multitud la cual ahora, pasado el primer instante inicial de confusión, se dispone a desplazarse de nuevo: algunos se alejan en dirección a sus casas; otros, en cambio, andan interesados por el fenómeno del apagón, y se ponen a departir con los desconocidos para contrastar la situación. En este tipo de ocasiones, la gente se desinhibe; se atreve a conversar con una persona a la que habitualmente ni saludaría. Se fraguan amistades breves, fugaces, y aun así duraderas, de ésas de las que luego uno se dice, <<Qué tipo más majo conocí aquella vez que me quedé parado en el ascensor, qué habrá sido de él>>. O como cuando en un comercio de informática, donde nos encontramos imprimiendo un trabajo de quinientos folios, tenemos que entrar en contacto mil veces con la encargada, y nos preguntamos, <<Esta chica jovencita, con gafas, la melena rizada, pelirroja quizás teñida, parece simpática>>, y en ese momento te planteas que los encargados de las tiendas también tienen una vida, y quizás un novio, y tal vez problemas, y gente que les disfruta o que les hace sufrir, y razones para llorar a la luz intermitente del televisor todas las noches… Nuestro hombre también se fijó en aquel peculiar edificio, el que hemos denominado “portal de la silueta”, el cual, hace un par de párrafos, destacamos en mayor proporción que a otros. Asimismo, también le llamaron la atención sus habitantes, a quienes hasta entonces, tan sólo en unos breves retazos, había contemplado de reojo desde abajo.

            Partamos de la planta inferior y vayamos hacia arriba: por un lado, el restaurante chino, en el cual los diligentes camareros, al menos de momento, seguían atendiendo las peticiones de los clientes a pesar de la oscuridad reinante, tanto en el interior como en las terrazas. A modo de solución pusieron unas velas –<<verás tú qué problema>>, aparentemente había pensado la que debía ser la bisabuela de todos ellos, una anciana con arrugas sobre las arrugas que bien podría haber sido la primera novia de Confucio–, y lo cierto es que, mediante aquel apaño improvisado, se podía fingir que los comensales (incluyendo los participantes de las insulsas cenas de negocios) estaban celebrando una velada romántica.

            Más arriba, a la derecha, el pianista. Claro, sin luces, ha intentado tocar en la oscuridad, pero cede en cuanto no le queda otro remedio que recurrir a las partituras. De todas maneras, no ceja en su empeño. Tiene pinta de estar buscando por la casa alguna clase de objeto que le aporte iluminación: una linterna, una vela. Se deja los ojos, se alumbra precariamente mediante la luz del móvil, ¡por fin!, encuentra la linterna, pero ahora se da cuenta de que no tiene pilas… Mientras tanto, en la habitación contigua, siguen con las persianas cerradas, pero esta vez se oyen fuertes gritos; pese a que nuestro oficinista se resista, la evidencia a favor de la teoría de su novia es cada vez más fuerte. Adentro, por lo que se intuye, se hallan discutiendo por razones de dinero. Casi puede oír los diálogos: la chica no quiere seguir con el trabajo pues teme que el otro trate de arrebatarle los beneficios logrados con el sudor de… bueno, de su cuerpo en general. Un poco más arriba, la mujer en bata y zapatillas, cuyo marido, a pesar del apagón, se marchó de casa hace un rato –seguramente por culpa de sus obligaciones laborales–, se halla cosiendo sola. De vez en cuando se asoma a la ventana para ver lo que acontece. “Quizá” (da la impresión de que suspira) “ese de abajo sea él”. Pero de su marido, de momento, no da señales de vida.

            Entre tanto, en la calle, se vuelven más fuertes los rumores. Conectados mediante móviles (parece que este recurso no ha dejado de funcionar), la gente –vestida de payaso, de vampiro, de guardia de tráfico– se informa (habladurías, contactos, un amigo de un amigo de un amigo, que por casualidad trabaja en la compañía telefónica). Dicen que el apagón es general; que afecta a toda la ciudad; que va para largo, para muy largo. Ante esa circunstancia, algunos adoptan determinaciones imprevistas. El primero en hacerlo es el orondo dueño del puesto de kebabs.

            –¡Kebabs a un dólar!¡Kebabs a un dólar! –o a un euro, o a diez pesos, o lo que sea equivalente en este caso. Con tal de no perder dinero, y que no se le pudra la carne en los congeladores (por lo visto, situados en un diminuto local cercano, el cual servía de soporte al carrito, y al que el dueño del puesto se aproximaba de vez en cuando) el práctico hombre de negocios pone en marcha la estrategia comercial más exitosa desde el acto de rimar versos. El astuto plan funciona y, con rapidez de vértigo, una multitud de transeúntes, atentos a la primera oportunidad que se les presenta de obtener casi-cualquier-cosa casi-gratis –cualquier cosa, corrige mentalmente el oficinista, contemplando los grasientos y amarillentos kebabs–, se lanza en tromba sobre la comida, que el comerciante vende ya por la calle, cargadas ambas manos, las cuales se esfuerzan con todos los dedos disponibles en intercambiar salsa y carne en dudoso estado de salubridad por dinero. Nuestro oficinista se queda parado, a pesar de la estampida. Para ser sinceros, le ha entrado hambre. No ha cenado todavía, pero la idea que menos entusiasma ahora mismo es entremezclarse con una miríada enajenada de gente, menos aún para comer un kebab.

            –¡Vamos!–le incitó el turco, quien le observaba por encima del enjambre que le cercaba, y se empeñaba en ofrecerle comida con el mismo ímpetu con que le animaba esa misma mañana. ¡Sólo un dólar, amigo!, ¿quién le va a vender una oportunidad así?

            La frase no es que estuviera formalmente muy bien enunciada –las oportunidades se conceden, no se venden–, pero el hombre lo achacó al desconocimiento que el dueño del negocio tenía aún del idioma… O tal vez no. En todo caso nuestro hombre prefería aguardar a que las cosas se tranquilizasen, y que la insaciable turba, una vez conseguido alimento barato, se volviera a dispersar en todas direcciones (allá afuera, de fondo, seguía resonando el ruido de la fiesta, pues el apagón ni mucho menos había detenido el carnaval, sino que lo había exacerbado) y por fin le dejaran solo. En efecto, no pasó mucho tiempo: la nube de transeúntes hambrientos ubicados en aquel momento en el cruce había hecho acopio de kebabs, y el gentío decidió que tenía cosas más interesantes que hacer en cualquier otro lado. La calle, pues, no quedó vacía, pero sí a un nivel normal para aquella hora de la noche, quizá con una afluencia similar a la que habría tenido un día de diario. En el ambiente, sin embargo, subsistía todavía la agitación propia de una plaga de langostas que ha arrasado con todo a su paso. Aquella situación a nuestro protagonista le afectaba, y le obligó por un momento a sentarse y descansar.

<<Vamos a ver>>, trató de respirar sin hiperventilarse el individuo de nuestra historia, mientras recopilaba la poca información de la que disponía: <<ésta es una situación excepcional; en las situaciones excepcionales, por definición, siempre hay bullicio y problemas. Es inconcebible esperar menos de eso. Al fin y al cabo, no podemos desear que todo el mundo se volatilice en mitad de la noche>>, sopesó el hombre delante del cajero. <<Aunque eso, en realidad>>, suspiró con una resignación tan melancólica como desesperanzada, <<me encantaría>>. Así que el oficinista se sentó en un escalón que daba a la entrada de la sucursal bancaria donde se hallaba localizado su cajero, y allí, sin otra ambición que aguardar a que se restableciera la ciudad del apagón y se encendieran las luces, simplemente esperó…

            El oficinista se fijó en los comercios que estaban abiertos a ambos lados de la calle donde se hallaba. Algunos de ellos directamente cerraban, si es que no se encontraban clausurados antes como consecuencia de la hora. Otros, en cambio, vivían la ocasión de sus vidas, ante el reciente curso de los acontecimientos: así pues, una tienda de aparatos eléctricos, la cual vendía linternas, bombillas, y cualquier cosa que funcionara con pilas, no tenía mayor motivo para hacer una caja excepcional en carnaval, salvo que, claro está, se produjera un fallo eléctrico generalizado. De hecho, una tienda de ese mismo tipo, con las persianas bajadas unos cuantos minutos antes, fue abierta ex profeso por su dueño, quien acudió especialmente para la ocasión. Un comercio de frutas y verduras, regentado por un par de indios, mientras tanto, seguía ejerciendo su labor de manera disciplinada, con la única dificultad de localizar la fruta en medio del oscuro local. En concreto, la problemática se veía acrecentada por un grupo de chavales que metía de manera agitada dentro de la tienda (a pesar de los esfuerzos en contra de los comerciantes), sin duda esperando sacar algo en claro, y por supuesto gratis, de aquella bendita situación. Al tiempo, en el lado contrario de la acera, el joyero de mirada callada se mantenía expectante, pero sin hacer nada. Asemejaba dudar a cada segundo, y a cada paso, llevándose las manos a la cabeza –iluminado por una idea prístina–, o volviendo a colocar el puño sobre el mentón, meditando reflexivamente. Daba la impresión de que no tenía muy claro qué hacer: si cerrar, si abrir, si mantenerse allí… Probablemente se preguntaba si la alarma antirrobo que tenía puesta dependía o no de apagones. <<Otro que no se fía de las modernas tecnologías>>, caviló nuestro hombre, mascullando levemente para sus adentros. Atrapados ambos dos por la misma circunstancia adversa. Ni siquiera le miró, porque aquel acto le parecía tan maleducado como excesivamente evidente.

            Aparte de todo eso, había un extraño aroma flotando en aquel ambiente, y nuestro individuo se estaba dando cuenta. A estas alturas, todo el mundo se hallaba, bien organizando la manera de actuar a continuación, bien marchándose a toda velocidad de allí, ya fuera para salvaguardar sus bienes más preciados, o a reunirse con sus seres queridos. En cualquier caso, se estaba produciendo fluctuación y –salvo casos como él, el del joyero o el del vendedor de kebabs– mucha aceleración y trasiego. Menos desde un determinado rincón. El hombre volvió la vista. Se trataba de una chica. De unos diez a doce años; nuestro protagonista no sabría decir. Se le daba muy mal calcular las edades. Adolescente o pre–adolescente. De colegio de los que llevan uniforme; se le notaba incluso aunque su atuendo en aquel instante fuera un disfraz de brujita. Vestía unas gafas redondas, enormes, que si no hubieran sido transparentes le habrían ocultado la mitad de la cara. Llevaba un sombrero puntiagudo, ropas casi enteramente negras, salvo unos cuantos detalles (calcetines blancos con rayas rojas, por ejemplo, o unas pulseras plateadas), y cargaba a su lado una escoba. Se encontraba allí, de pie, sin más, con la vestimenta de bruja algo desordenada, como si se la hubiera puesto su madre por la mañana de cualquier forma para no llegar tarde al colegio, y la hubiera arrastrado de esta guisa todo el rato hasta mostrarse delante de él de esa forma tan estrafalaria y desaliñada. Allí, contemplándole. Escudriñándole fijamente.

            –Eh, tú –llamó el hombre a la chica–. Sí, tú –añadió al ver que la bruja no se daba por aludida–. ¿Qué estás mirando?

            La muchacha se encogió de hombros.

            –Ven, acércate –la instigó el oficinista.

            La niña, con pinta de que hubiera respondido lo mismo a esa orden que a cualquier otra, se acercó con un paso similar al de un pato afectado de una ligera cojera. Se plantó delante y le siguió mirando.

            –¿Dónde están tus padres?–preguntó el oficinista.

            La chica volvió a ejecutar un gesto ambiguo mientras replicaba:

            –¿Dónde están los tuyos?

            El hombre enarcó una ceja.

            –Es una buena respuesta. Aunque algo impertinente.

            La niña asintió.

            –¿Reconoces que eres impertinente?–planteó nuestro individuo.

            –No, claro que no.

            –¿Entonces, por qué asientes?

            La niña se encogió de hombros de nuevo.

            –A la gente le gusta que le den la razón; por eso, si asientes, se quedan normalmente más tranquilos. Yo me niego a decirles que aciertan cuando están equivocados, así que prefiero mover la cabeza para no discutir. Ellos son los que interpretan el signo.

            El hombre frunció el ceño.

            –Tú eres la rarita del colegio, ¿verdad?

            La chica asintió, pero, después de lo que había comentado antes, el oficinista no pensó que aquello quisiera decir nada bueno. Aun así, la muchacha contestó:

            –Eso dicen algunos.

            –¿Quiénes lo dicen?

            –Creo que la gente que es más rara que yo.

            El hombre arrugó la cara.

            –Definitivamente, eres muy antipática.

            La joven volvió a asentir.

            –Más o menos como tú –sentenció.

–¿No te han dicho que no se debe hablar así a los mayores?–replicó el oficinista, enfadado.

–Me enseñaron que tampoco se debía hablar de cierta manera a los niños.

–Está claro que eres una brujita sabelotodo.

–No, qué va, voy de espejo; por eso, todo lo que crees que parece erróneo, quizá se debe a que lo ves en ti –proclamó la niña, en el tono altivo que había mantenido desde el principio-. Por cierto, ¿de qué vas tú?

–De nada –contestó desabrido el hombre–; no me gustan los disfraces.

–¿Por qué? –la pregunta sonó seca, abrupta, insoslayable.

–Me parecen una cosa muy extraña.

–Más extraño es estar en medio de un carnaval sin disfraz.

–Vale, mira, para ti, voy de muro, ¿de acuerdo? De pared. O sea, que haz como si no hablaras conmigo.

–No, qué va: no vas de pared, y ni siquiera de espejo. Vas de cristal. Puede verse a través de ti, y te crees invisible, pero tus pensamientos se transparentan por completo  –sentenció la niña, y se dio la vuelta, desplazándose a grandes zancadas, con sus piernas embutidas en calcetines de colores y zapatos de pico. El oficinista la miró con desdén conforme se alejaba, y soltó un bufido cuando, tras la esquina de un callejón, la muchacha desapareció de su vista por completo.

            El hombre se quedó otro rato allí sentado. No ocurría ningún suceso de consideración. La gente, con sus móviles iluminados en medio de la oscuridad, iba abandonando el lugar en un lento goteo. Un grupo de jóvenes disfrazados hablaban de continuar la fiesta en otro sitio: incluso exploraban sobre las nuevas posibilidades que la oscuridad podía proporcionarles. Un par de policías habían llegado a la zona para controlar que el tráfico no se convirtiera en un caos, pero al constatar que la inmensa mayoría de los coches habían decidido tomar vías alternativas, marcharon hacia un rincón donde hicieran más falta. Poco a poco, nuestro hombre se estaba quedando solo, si por solo entendemos en compañía del joyero (quien seguía parsimonioso en su lugar, sin afectarse por el aburrimiento que a nuestro hombre le oprimía), del vendedor de kebabs –el cual tenía menos clientela, pero todavía mantenía buen ritmo–, y, en ese mismo momento, de un vagabundo que apareció por la única bocacalle que nuestro protagonista no tenía controlada en su campo de visión. El vagabundo vestía una raída gabardina y un sombrero ajado, y portaba una botella envuelta en papel de cartón de la que daba continuos y apasionados tragos. A la vez que hacía esto, el hombre, más que caminar, bailaba en una extraña danza en la que paseaba entre farolas y aceras como un Gene Kelly entusiasmado al descubrir que ha dejado de llover y la ciudad se ha vaciado de coches. En un momento determinado, sin embargo, el hombre tropezó con una de las múltiples basuras que el caos originado por el apagón había dejado distribuidas por el suelo. Ese tropiezo le llevó a resbalar sobre una superficie deslizante (¿los restos de una fruta a medio devorar, quizás?), y el individuo empezó a girar sobre su propio talón en una danza frenética.

            –¡Me caigo, me caigo, me caigo…!

            El oficinista se quedó hipnotizado, mirándolo. El vagabundo se estaba a punto de desplomar, pero nadie hacía nada para rescatarlo. Así hasta que finalmente, el vendedor de kebabs sacó a nuestro protagonista su aturdimiento, gritándole en un tono estentóreo:

            –¡Pero qué hace, hombre!¡Usted está más cerca y yo no puedo abandonar mi puesta!¿Por qué no lo ayuda?

            El aludido iba a protestar, pero se dio cuenta de que, en verdad, no parecía que el cajero se fuera a poner en marcha en un buen rato. Así que, a pesar de su reticencia a apartarse tan siquiera un instante de sus proximidades, tras un segundo de vacilación, se acercó al vagabundo, el cual seguía exclamando: <<¡Me caigo, me caigo, me caigo…!>> y (aun con la dificultad, para el oficinista, de seguir portando la bolsa de mano colgada del hombro) agarró al indigente de las solapas del abrigo con el objetivo de sujetarlo, notando el tacto de muchos años de suciedad en la prenda de vestir conforme lo asía. Entonces el mendigo, exhibiendo una boca con unos huecos tan evidentes en la dentadura como los de una flauta travesera, se dejó caer hacia su espalda, permitiendo que su salvador le sostuviera en posición inclinada, mientras le dedicaba una amplia y espeluznante sonrisa y remataba:

            –Me caigo… hacia la eternidad…

            El hombre, indignado, soltó al mendigo, quien recorrió el escaso trayecto que le separaba del suelo y, lejos de lamentarse, se estrumpió de un ataque de risa. El vendedor de kebabs también se reía.

            –¡Jaja, amigo!¡Ha caído!¡Es el cuarto que cae esta semana!¡Lo hace siempre que pasa por aquí, y esta vez le ha tocado a usted!¡Es gracioso!; ¿verdad que sí? –disfrutó dando palmas con las manos y compartiendo su chiste con el vecindario, incluyendo el joyero, que expuso desde su atalaya una tímida sonrisa–. ¡Venga, amigo!, ¿por qué no se ríe?

            –Ja, ja –soltó el oficinista con sarcasmo, para volver a sentarse en su hueco en la acera. El vagabundo se levantó, limpiándose el polvo del suelo, mientras el vendedor de kebabs se acercaba al desabrido vigilante del cajero.

            –¡Vamos, amigo!, ¿por qué no se ríe? Le falta un sentido del humor –dijo, obviando la incorrección gramatical–. Tenga, tome un kebab.

            –Por última vez, no, no quiero un kebab.

            –¿Pero qué le pasa, hombre? Está usted de merros… ¿cómo se dice? De morros todo el rato.

            El oficinista se sentó en la acera, asqueado. A pesar de que el vendedor de kebabs trató de mostrarse empático al colocarse a su lado, el individuo a un cajero pegado le volvió la espalda.

            –Tengo mis problemas –espetó.

            –¿Qué problemas, hombre? Es viernes, es día de fiesta -reclamó el vendedor extranjero, cuyo uso del idioma alternaba pifias inexplicables con períodos en que parecía expresarse como un nativo con apenas acento-. Parece sano, está en una buena edad… ¿Qué le pasa?

            El interpelado iba a replicar algo, pero sus labios se interrumpieron a medio camino al constatar una vibración procedente de su bolsillo. Se trataba de su móvil. Lo miró. Tenía varios mensajes de su prometida, de los que no se había percatado antes. Cerró el móvil de nuevo y lo guardó en el bolsillo. El dueño del puesto de kebabs, ahora sentado a su lado, le miraba de reojo. Si había percibido la relevancia o la naturaleza del contenido de los mensajes, no lo transmitió en su cara.

            –Tengo un problema –retomó el hilo el oficinista. Al principio dudó sobre si debía comentarlo. Incluso, en su paranoia, pensó que, si lo revelaba, a lo mejor el vendedor de kebabs trataba de apoderarse de su tarjeta de crédito. Pero luego desechó aquella sospecha (el comerciante estaba tan pegado a su negocio como él al edificio del banco), y se dijo que, quizás, si se lo comentaba a un segundo cerebro, éste le propondría una alternativa mejor a esperar a que volvieran las luces–. Se me ha quedado la tarjeta dentro del cajero.

            –¿Ah, eso? Pero no pasa nada. Eso el lunes vas al banco y se la pides, y ya está.

            El oficinista agitó la cabeza.

            –Ya, pero es que… no me fío.

            –Aaaah… No se fía –el hombre se inclinó hacia él–. Tú no tienes pinta de fiarte de mucha gente, ¿no?

            El otro negó con la cabeza y casi se rio.

            –No, desde luego que no –levantó la ceja, mordaz.

            –Pero venga, no vas a perder tiempo por tomarte un kebab conmigo. No vas a estar ni a diez metros de tu querido cajero, lo tendrás a la vista todo el tiempo. Anda, toma uno conmigo. La casa invita.

            El oficinista, incapaz de encontrar una excusa aceptable por la que rechazar el regalo, se volvió lívido. En su incongruencia, ni siquiera fue capaz de balbucear unas palabras para disculparse, y sólo negó enfáticamente con la cabeza. En el mismo momento en que lo hizo, resonaron un par de pitidos. Eran un par de nuevos mensajes que entraron en el móvil como fulgurantes destellos.

            El vendedor de kebabs se levantó, ofendido. Mientras lo hacía, miró por encima del hombro a nuestro hombre y, señalando con la barbilla el teléfono, casi escupió (con marcado acento) una dura imprecación:

            –¡Desde luego, si alguien, un viernes de carnaval, tiene una chica escribiendo, y se pasa la noche amarrado al cajero de un banco, está claro que tiene problemas!

            A continuación, el turco se situó a un par de metros de distancia de donde se hallaba el otro individuo y cruzó enfurruñado los brazos. Se hizo de nuevo el silencio.

            Sin embargo, el ambiente no permaneció mucho tiempo tranquilo. A los pocos minutos, se escuchó un ruido chirriante por encima de las calles mojadas (entre otros motivos, a causa de la profusión de líquidos procedentes de las bebidas de la gente había dejado caer en el suelo). Entonces, apareció una figura sorprendente. Se trataba de una mujer en bicicleta que portaba encima, a sus espaldas, una especie de estanterías acopladas a su cuerpo. Lo más chocante de todo es que aquellos armaritos móviles, cerrados, cubiertos por paneles de cristal, contenían libros, de tal manera que su estampa parecía la de una biblioteca rodante. Y cuando se detuvo, colocó el seguro de la bicicleta, abrió las puertas de los anaqueles y exhibió su contenido de papel y derivados delante de la (todo hay que decirlo) escasa concurrencia sobre el asfalto.

            ¡Librería móvil!¡Librería móvil!

            A continuación, empieza el show. Música de un equipo portátil, luces de colores a lo largo de unas extravagantes prendas de vestir (que provocan que la conductora dé el pego con un arbolito de navidad), y unas grandes gafas colocadas en la coronilla. No se sabe muy bien si las lentes están ahí como consecuencia del carnaval, si es que la librera ambulante las lleva todos los días, o si esa forma de colocarlas es la habitual en determinadas circunstancias, como cuando –al igual que en este momento– saca una kilométrica chuleta y comienza a enumerar:

            –¡Tenemos aquí la mejor selección, la más elegante, la más exclusiva, con títulos en constante actualización y reposición! Para los que llevan siempre encima todos los accesorios de seguridad, nos hemos hecho con “El arpa de hierba” y un par de biografías escritas por Stefan Zweig. Para los amantes de la velocidad, tenemos la colección completa de los thrillers de la doctora Scarpetta y de Aníbal Lecter; hemos perdido un par de novelas de Camilleri en las últimas curvas (¿quizá han sido asesinadas?), pero, a cambio, de repente han aparecido como por arte de magia varias antologías de Neil Gaiman. ¡La cosa es que tenemos de todo y para todos los públicos… cuentos infantiles y también, ejem, novelitas subidas de tono!

            Mientras desplegaba su material sobre una mesa portátil (cuyo origen era también desconocido), y colocaba encima de la tabla brillantes novelas eróticas de color rosa casi fucsia junto a unos cómics con portadas de violencia más que explícita, la mujer abría la gabardina con mil precauciones mientras bisbiseaba su contenido a los curiosos que se iban acercando:

            –Pero el material bueno de verdad está aquí escondido. Venid más cerca, que no nos vean. Tengo lo más prohibido: filósofos, economistas… Versiones clásicas de los cuentos infantiles, historias de amor donde los personajes no son tóxicos y a pesar de todo se quieren… Libros para adultos, como éste de Gloria Fuertes… Un ensayo sobre la censura y la cultura de la cancelación que estuvo varias semanas en la lista de best-sellers del New York Times…

            Más transeúntes se aproximaban, intrigados. La comerciante desplegaba su género con la pericia de un vendedor del Gran Bazar:

            –Esto te va a encantar: un libro rompedor, contra el sistema. Lo publica una editorial muy reconocida. Y también lo tengo en audiolibro, narrado por, ¿cómo se llama?, esa estrella de la tele...

            Conforme la gente hojeaba los libros, la librera se sacaba otro conejo de su chistera. Casi literalmente porque, de huecos inimaginables dentro de su gabardina, extrajo una especie de paneles de cartón de la altura de una persona.

            –Y luego tenemos el consultorio particular. Dime quién eres, tus cuitas, tus últimas y tus favoritas lecturas, y te digo lo que necesitas.

            Era gracioso escuchar, en el exterior del confesionario particular que había montado, a partir de los paneles de cartón y un par de sillas, sus recomendaciones finales:

            –Libros de humor. Uno detrás de otro.

–Te lees este libro. Y después lo relees. Una, otra, y otra vez.

            –Yo sé que tú quieres este libro, pero lo que tú necesitas es este otro.

            –Coge éste. Terminarás superjodido. Luego este otro. Empezarás a ver la luz. Y el tercero: allí, llegarás al punto de la esperanza. Ahí entenderás por qué cada paso ha sido necesario y por qué el camino ha merecido la pena.

            Entonces, dentro del pequeño habitáculo entró nuestro hombre. Sin embargo, mostraba un aire timorato, como si no quisiera estar ahí:

            –No soy mucho de leer, la verdad.

            –Eso no es problema: nunca es tarde para empezar. Ya se sabe, aquel que pasa una vida leyendo no pierde una vida, vive mil. Bueno, cuéntame tus vicisitudes.

            El hombre empezó a hablar. Al principio le costó; más adelante (quizás por encontrarse ante una completa desconocida a la que seguramente no volvería a ver jamás, un efecto muy similar al de confesarse en una iglesia anónima), empezó a darle detalles. La propietaria de la librería móvil escuchó muy atentamente, y se fue poniendo progresivamente más azorada. Al final, cuando el individuo terminó su alegato, la mujer agitó la cabeza de un lado a otro:

            –Tú necesitarás un libro. No uno, muchos. Pero eso será más adelante. Ahora requieres ayuda, muchísima ayuda, pero de otro tipo. Tiene que venir de personas. Y no soy yo la que puedo proporcionártela.

            Nada más dijo esto, se levantó, desarmó el confesionario, empacó los libros en la estantería, reintegró a su posición inicial el tenderete que había montado y marchó en su bicicleta, con tal exhalación, que casi cabía dudar de que hubiera pasado por allí. Los clientes que aún merodeaban alrededor del conjunto se quedaron impactados por aquella desaparición tan brusca, que instaba a creer que la llegada de la biblioteca móvil había sido un sueño, o el recurso literario de alguno de los escritores cuyos libros acababan de adquirir los clientes, volúmenes los cuales eran la única prueba de que lo que habían vivido era real. Aunque quien se hallaba más desazonado de todos ellos era nuestro oficinista, el cual se quedó preocupado por lo que le había comunicado la vendedora de libros. Porque, aunque su fuero interno se empeñaba en desdeñar aquel críptico mensaje, por dentro no paraba de darle vueltas…

            De repente, sin embargo, una serie concatenada de ruidos les hizo a muchos dar la vuelta, y girar la cabeza hacia arriba. No obstante, estos sonidos no venían del cielo, sino del edificio de la silueta que hemos mencionado antes. Procedían en concreto del piso de las persianas bajadas, donde empezaba a escucharse el estruendo de vajilla rota y de trompazos en las paredes. En el apartamento de al lado, el pianista se hallaba tan descolocado que al principio se le vio paralizado, atenazado a una de las sillas. Luego, tras unos instantes de vacilación, se levantó hacia la pared contigua y la golpeó un par de veces; la primera de modo suave, y la segunda, con mucha más contundencia. Pero como continuaban los gritos y los sonidos desasosegadores, el joven se inclinó hacia la parte contraria de la habitación para agarrar el teléfono. Mientras tanto, las voces se elevaban de tal modo que podía captarse cómo la chica pedía ayuda y cómo otros vecinos se hallaban intentando abrir la puerta del piso, lo cual sin embargo no daba la impresión de servir para nada, puesto que el hombre del interior (ya había quedado muy claro que había un hombre dentro) se negaba a dejar pasar a nadie. Desde la calle, empezó a arremolinarse un grupo alrededor del edificio, como si los congregados estuvieran presenciando un partido de fútbol, aunque en realidad ver, lo que se dice ver, atisbaban más bien poco: eso sí, los aullidos eran cada vez más estentóreos. Por suerte, a pesar del apagón y de las demás circunstancias, la policía no tardó demasiado tiempo en personarse en la escena a través de un coche que, con la urgencia, aparcó en mitad de la acera. Un par de agentes bajaron con prisa del vehículo y subieron por las escaleras (qué remedio), provocando ya de paso la alteración de los comensales de la terraza del restaurante chino. Se escuchó de pronto un estrépito, aunque esta vez de naturaleza distinta; la multitud, ávida de conocimiento sobre lo que estaba pasando, trataba de interpretar cada mínima variación de sonido para dilucidar lo que ocurría allá adentro. Después de un rato, no obstante, la caja de los misterios se reveló y salieron los dos policías escoltando a un fornido individuo de mirada enrabietada al que trasladaban esposado. Mientras tanto, las persianas del apartamento se levantaron por fin y se vislumbró la silueta de una mujer que, evidentemente (incluso desde abajo se distinguía), había estado llorando mucho en las últimas horas, aunque todas las miradas iban dirigidas a un ojo morado. La mujer se asomó a la estrecha terraza del piso para ver cómo los policías desplazaban al hombre arrestado y lo introducían en el vehículo. Mientras, al otro lado de la barandilla que separaba sus dos terrazas, el pianista miraba a su vecina y amagaba con decir algo, incluso estiró la mano para hacer un gesto… Sin embargo, la joven se dio la vuelta de nuevo hacia el apartamento y el pianista se quedó allí, mudo y estático, en mitad del tiempo y de ninguna parte. Al fin, con mirada compungida, retornó a su piano, aunque no transmitió la impresión de tener e deseo de tocar nada. La multitud en el exterior, entre tanto, fue dispersándose cabizbaja, al tiempo que unos cuantos miraban con cara de tristeza el apartamento donde había surgido el problema, en el cual habían vuelto a bajarse las persianas. Se hizo un vasto silencio que, durante muchos minutos, nadie fue capaz de conjurar…

CONTINUARÁ...

lunes, 27 de noviembre de 2023

Las historias cortas de noviembre. "Qué haríamos sin las señoras...", segunda parte

    Esto ocurrió, hace no demasiado tiempo, en uno de estos barrios castizos típicos de Madrid.

    Una señora, con bata de boatiné y con rulos, se dispone a irse a dormir a su cama. Y entones, para su sorpresa, se encuentra a un lagarto, de medio metro de envergadura, de color verde, tumbado sobre su cama, con los ojos fijos sobre ella, como preguntándole, “¿Qué, te metes por fin, o tengo que esperar mucho más? Que ya tengo sueño”.

    La señora, completamente alucinada, no sabía lo que hacer. Recurrió entonces al único método que se le ocurrió en este momento: cogió el primer spray que tenía a mano (ella le llamaba “flu-flu”: el problema es que no se trataba de insecticida, sino de limpiador para el polvo) y lo roció, como si se tratara de nieve, encima del lagarto; eso sí, manteniendo las distancias. Flu-flu la primera vez, flu-flu la segunda, y el lagarto, nada, ni inmutarse, no se iba ni se movía, tan sólo sacaba la lengua, como volviendo a preguntar: “¿Pero te dejas de chorradas o qué? Métete de una vez en la cama”.

   Así que la señora, agotada de recursos, asió con una mano el teléfono, y llamó, efectivamente...

   No, no a la policía ni a los bomberos ni a la perrera. Tampoco a hijos, sobrinos, familiares o vecinos.

   A Telemadrid.

   La combinación de España profunda y mundo globalizado, es tan peligrosa como la de fundamentalismo islámico y alta tecnología armamentística.

    (Al final, resultó y todo que el lagarto era especie protegida).

   (Otra versión de la historia dice que en realidad, la señora estaba acojonada, y lo que pasa es que les había llamado porque no tenía el número ni de la policía ni de los bomberos, sólo el de Madrid Directo).

lunes, 13 de noviembre de 2023

La película de noviembre. Homenaje a "Sinopsis de cine", de Ángel Sanchidrián.

Recordaréis que alguna vez os he mencionado Sinopsis de cine, un proyecto desarrollado por el escritor Ángel Sanchidrián a través de Facebook (y más tarde mediante dos libros), en el que hace resúmenes descacharrantes de toda clase de películas habidas y por haber. El otro día vimos un film que requería explayarse sobre sus cualidades artísticas dignas del la Academia Cinematográfica de Alpedrete, y qué mejor que explicarla a través de un tributo a ese estilo que tantas risotadas nos ha provocado. Allá va: que os haga tener ganas de ver la peli... o no.

Bueno, pues hoy hemos visto "Willy's Wonderland" y os vamos a contar un poco.

La película va de Nicholas Cage, que se le estropea el coche y acaba en el típico pueblo de Estados Unidos donde lo más divertido que te puede pasar es ver un arbusto rodando. Entonces a Nick, que de pelas anda como el bolsillo de Elon Musk después de comprar Twitter, le ofrecen que se pase limpiando una noche un parque infantil mugroso y abandonado, mezcla de un Toys R Us chungo y del típico McDonalds, y así paga la reparación. Lo que ocurre es que el pueblo está maldito, y que el parque infantil está lleno de criaturas demoníacas que quieren comerse a la gente, pero al precio que están los mecánicos, ni tan mal. Además, los pueblos malditos en EEUU son como la comida basura: son sus costumbres, y hay que respetarlas, y podría ser peor y tener piña.
Pero Nick Cage no se achanta: si ha sido capaz de pasar por los peores garitos de Hollywood, incluyendo sus propias películas, podrá con esto. Así que se pone a currar con un horario prusiano: cincuenta minutitos limpiando, descanso, una latita de Red Bull, unos jueguitos en las maquinitas, y de vuelta al tajo. Si le aparece un robot mecánico con forma de cocodrilo que quiere matarle, él no altera su programación: el convenio es el convenio, y si no te gusta, protéstale al sindicato. Los monstruos son un variadito: está Fonso el León Loco, Rita la Hormiga Taradita, el lagarto Juancho después de su reunión de Alcohólicos Anónimos, Julia Roberts antes de cobrar el cheque, y la mitad de los muñecos de José Luis Moreno. En medio se mete una pandilla de criminales juveniles que quieren ayudarle, pero Nicholas Cage anda muy metido en su empeño de ser el actor mejor pagado por palabra, y ha conseguido batir el récord aunque le hayan dado el sueldo en caramelos.
La película está muy bien porque tiene de todo: su maldición relacionada con psicópatas, su secta de aldeanos que entrega a los forasteros a la muerte (porque para eso están los forasteros), y la típica parejita adolescente que se pone a darle a la gominola en medio de un lugar lleno de monstruos homicidas, porque, total, es el mismo ambiente que el Hogar del Jubilado, y no es que haya muchos sitios en la aldea para frungir como monos locos.
Los actores están muy bien porque son casi todos amateurs y aun así actúan tan bien como Nicholas Cage, y los efectos especiales son las atracciones descartadas de la última verbena de tu pueblo, pero con algo menos de roña, que es lo que le da calidad a la película.
Te la recomiendo si te gusta frungir como monos locos o cumplir un horario prusiano de acuerdo al convenio.

domingo, 5 de noviembre de 2023

El relato de noviembre. Una novela por fascículos. El cajero (5)


Aunque esta sección casi parezca una narración independiente, se trata de la continuación de la historia que empezó aquí y cuya última entrega puedes encontrar acá.Tranquilos, que todo se acaba relacionando.

II

            El enfermero se situó ante la puerta del hospital y, mientras oteaba el mundo exterior (que incluía los ajardinados paisajes, imbuidos en el sosiego de la noche, interrumpidos tan sólo por la intempestiva presencia del parking), encendió un cigarrillo. Aspiró el humo gris unos instantes: luego, al apercibirse del sonido de pasos, arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó. Una enfermera de pelo rubio, veintipocos años y coleta se colocó al otro lado de la puerta, apoyándose sobre el umbral.

            –¿Qué?–le inquirió la muchacha–. ¿Un descansito?

            El otro realizó un gesto despreocupado.

            –Claro. Estaba pensando irme al Caribe, pero me da el tiempo justito antes del cambio de turno. Y, como no me quieres llevar a cenar o al cine, pues me tengo que conformar con la luna y las estrellas.

            Ella no dijo nada; simplemente emitió una enigmática expresión, y siguió mirando al cielo.

            –¿Cuándo vas a salir conmigo de una vez?–pasó el chico de las sutilezas al ataque directo–. Te lo llevo pidiendo más de una semana, y sigues empeñada en partirme el corazón. ¿Piensas decirme que sí algún día?

            La joven giró la cabeza, con la sonrisa pícara de un duende.

            –Saldré contigo, en cuanto dejes de fumar.

            La frase fue enunciada en un tono en apariencia neutro, aunque, para su interlocutor, recordó a la voz sugerente, tan común en el cine clásico, de una atractiva mujer fatal.

            –¡Vamos!–respondió el enfermero escéptico–. No puedo creer que te niegues únicamente por eso.

            Ella se encogió de hombros.

            –Prueba… y verás.

            El enfermero se quedó muy quieto, con los labios entreabiertos, oteando su mirada, mientras la mujer, sin perder esa cómplice mueca en su rostro, volvía la vista de nuevo hacia la luna, y hacía como si se olvidara de él.

            El enfermero, muy paulatinamente, sacó de su bolsillo un chicle de nicotina.

            Comenzó, mientras ella se reía, a masticar…

            Pasaron unos cuantos minutos. El sonido de los grillos constituía una alfombra de bienvenida que tapizaba la entrada al hospital. Ambos seguían allí, detenidos, contemplando las estrellas, como si aguardaran una señal.

            El silencio se quebró cuando, más que nada, por romper el hielo, él elevó al cielo la típica pregunta:

            –¿Qué tal ha ido el día?

            La chica se encogió de hombros:

            –Hoy me ha tocado en la 203. Ya sabes. La habitación de la chiquilla que tiene cáncer.

            –Ah, sí... Una pena. Es muy joven.

            –Pues en el momento en que estaba trayéndole la comida, había dos personas que habían venido a visitar al paciente de al lado: una era una señora mayor, la otra una muchacha joven. Mientras yo hacía mis cosas, la chica enferma ha dicho, <<Tengo frío>>, y justo yo andaba agobiada de tanto calor como hacía; ya sabes, la maldita calefacción de este hospital, que siempre la ponen a tope. Entonces, la señora mayor ha respondido, sin venir a cuento de nada, porque en realidad no se dirigían a ella: <<Pues yo no; es más, lo contrario, tengo mucho calor>>. A continuación, la muchacha se ha puesto muy triste, porque había quedado muy claro que la causa del frío que sentía era que estaba enferma... Pero en ese momento, la chiquita joven que había acudido a visitar al paciente de al lado ha añadido: <<Yo también estoy helada. Es que en mi familia hemos sido siempre muy frioleros>>. Y le ha sonreído. Entonces, la chica con cáncer ha recuperado la sonrisa (estaba muy claro que la otra lo había dicho para reconfortarla, pero tal vez precisamente por eso sonreía), y ha contestado: <<Sí, en efecto, en mi familia hemos sido siempre muy frioleros también>>.

            Se volvió hacia su compañero:

            –¿Qué te parece?

            –Una vela encendida en medio de la oscuridad que sufre esa pobre muchacha. Yo no soportaría encontrarme en su pellejo.

            –Sí; que te toque una afección como ésta, cuando tienes toda la vida por delante, es una putada. Pero bueno, una vez te ha caído la maldición encima, no tienes más remedio que soportarlo.

            Su interlocutor negó con la cabeza.

            –Yo no lo haría.

            –¿El qué?¿Cómo?¿Quieres decir…? –vaciló cuando empezó a entender.

            –No –prosiguió, indiferente, con su razonamiento el otro–. A mí me resultaría imposible aguantar tanto tiempo como ella, sabiendo que todos te miran, pendientes del más mínimo paso, y no actuar al respecto. Antes haría cualquier otra cosa.

            –¿Qué dices?¿Me estás afirmando en serio, con esa tranquilidad, que te suicidarías?

            –No, no –agitó la cabeza–; de eso no sería capaz. Me faltaría valor para ello.

            –Pues entonces, no veo que te quede ninguna alternativa.

            –Sí hay una.

            –¿Ah, sí?¿Cuál, listo? –se plantó retadora ella.

            –Una muy sencilla. Llamaría al asesino de suicidas.

            La enfermera soltó una carcajada que, en medio de la pureza de la noche, sonó clara y límpida.

            –¿Asesino de suicidas?¿Esa coña que se inventó tu supuesto amigo el periodista sobre el tipo que, a cambio de una cierta gratificación económica, te proporciona “el empujoncito” para abandonar este mundo, incluso fingiendo que es un accidente para que la familia pueda, por ejemplo, quedarse tranquila sobre tu muerte, y además cobrar el seguro de vida?

            –¿Lo de supuesto va por lo de amigo, o por lo de periodista?

            –A estas alturas no creo que exista. Ni el asesino de suicidas, ni tu “supuesto amigo”. De hecho, no creo que tengas amigos.

            –Pensaba que te había convencido de que, aparte del dinero, al tipo le interesaba también el derecho de la gente a morir con dignidad. Aunque su cobardía (o la dificultad de hacerlo ellos mismos, con todo lo que implica para las familias) les negara la posibilidad de ello. La libertad de elección de la gente y esas cosas –empezó a exponer cual consabida letanía–. Como el enterrador que no siente pena al arrojar tierra a la cara de un cadáver, sino que tan sólo cumple con su obligación. O que opina que no está matando a alguien, sino que se encuentra ayudándole en el tránsito a una nueva vida. Que no te juzga, no ofrece rollos de falso salvador ni moralinas: simplemente procura que todo ocurra de la forma menos dolorosa y más reconfortante posible. Incluso aunque crea que la chica está cometiendo un terrible error cuando permite que su novio, el lanzador de cuchillos, falle el tiro a propósito para de esa manera ahorrarle el último trago de sufrimiento. ¿Te acuerdas lo que te comenté sobre el dilema de mi amigo, evaluando si aquello estaba bien o estaba mal, si yo debía denunciarle o recomendarle en cambio que pidiera una subvención?

            –Cuéntame otro rollo, anda –repuso la mujer escéptica–, que ése está muy gastado.

            –Pues el caso –indicó el enfermero, cambiando de pierna de apoyo– es que justamente tenía otra historia curiosa que contarte acerca de mi amigo.

            –¿Algo que me pueda interesar?–preguntó ella con aire desafiante, mientras se apartaba el pelo de la cara.

            –Oh, es acerca del cuentasueños.

            La enfermera arrugó el ceño.

            –¿De qué coño me estás hablando?

            El otro masticó el chicle con aire divertido.

            –El cuentasueños. Un tipo que es capaz de ponerse en trance al lado de alguien que está durmiendo, y describir lo que está soñando.

            –¿Y eso para qué narices sirve?¿A quién le interesa lo que sueña tu vecino de cuarto?

            –Le interesa, por ejemplo, a las últimas personas a las que ha prestado su servicio: unos padres cuyo hijo está en coma desde hace años, y que de esa manera pueden conocer las ensoñaciones de su retoño.

La enfermera le contempló con una mirada sorprendentemente más crédula de lo que cabría pensar.

            –Me estás vacilando.

            –No –respondió el enfermero con aire suficiente–: me lo contó mi amigo el periodista.

            –Te lo estás inventando para hacerte el interesante y llevarme a la cama.

            –No; me lo contó para poder hacerme el interesante y llevarte a la cama.

            –No te lo crees ni tú.

            –¿Que te voy a llevar a la cama o que es cierta mi versión?

            –Ambas cosas; pero, en particular, me refería a lo segundo.

            ¿Es que habría mucha diferencia entre tu versión y la mía?

            –Pues en mi opinión, muchísima.

            –Yo no creo que haya tanta.

            La enfermera se quedó súbitamente sin respuestas.

            –En todo caso, ¿de qué va eso de leer sueños, y la conspiranoia de la dominación mundial y todas esas mierdas?

            El enfermero ignoró el sarcasmo y se apoyó contra la pared.

            –Por lo visto, mi amigo se lo encontró un poco por casualidad. Ya sabes que trabaja en la sección de sucesos del periódico.

            –Tu amigo trabaja en la sección de lo que te da la gana según te convenga.

            –Lo que provocó aquel fenómeno –le explicó el enfermero, poniéndose místico– fue, en realidad, el primer reportaje que hizo sobre el caso. Ya te imaginas, accidente de coche deja en coma a niño, padres se quedan todo el día a su lado sin saber qué hacer, lo típico en esta clase de ocasiones. La crónica fue publicada, y flotaba la sensación de que la cosa se iba a quedar ahí. Sin embargo, un par de días después, apareció por el hospital un hombre de edad madura, de origen africano. Según mi amigo, llevaba ropas sencillas, un aire majestuoso, y una mirada que daba la impresión de contemplar constantemente el infinito, hasta cuando estaba enfilando tus ojos. Decía que había leído el artículo por casualidad, en el momento en que se hallaba a punto de emprender un viaje a un lugar muy lejano; no especificó dónde, aunque indicó vagamente que hacia el este. Pero que, al descubrir la noticia, y creer que podía echar una mano, había decidido personarse allí. No pidió en ningún momento dinero. No solicitó nada, salvo un sillón en el que sentarse a meditar. Durante dos días con sus noches, se quedó al lado del niño, vigilado por el personal del hospital, que no las tenía todas consigo respecto a este asunto. Sin comer ni beber, simplemente reflexionando, con los ojos cerrados. Finalmente, tras ese tiempo, medio deshidratado, alzó los párpados… y comenzó a narrar.

            ˃˃Los sueños que describía eran más bien caóticos, anárquicos. Eran los sueños de un chico que llevaba varios meses sin salir al aire libre, y que por tanto no tenían por qué guardar relación con el mundo real… en comparación con la conexión habitual que suele mantener el sueño con la vigilia, les explicó el hombre. Les desgranó los detalles de las fantasías de su hijo: decía que imaginaba inacabables prados; que soñaba con colores, incluso con sus padres de vez en cuando, aunque aparecieran en retazos breves e inconexos. En esa clase de apreciaciones se notaba (decía mi amigo el periodista) que las narraciones del africano eran realistas: no trataban de ser consoladoras para su familia, ni tampoco de describirles un mundo coherente. Los sueños son bizarros, confusos: no hubiera tenido sentido que, en el espacio onírico del niño (o como quiera que se llame eso), éste se encontrara con sus padres en un mundo de paz y felicidad. Eso hubiera sido en realidad el sueño que ambicionaban sus progenitores. Sin embargo, y a pesar de que el hombre no pidió en ningún momento dinero, los médicos no creyeron en su buena fe. Por eso, los integrantes del hospital le colocaron al individuo electrodos para medir sus ondas cerebrales y ese tipo de cosas que hacen los neurólogos, ya les has visto. Y el caso es que, según cuenta mi amigo, las ondas cerebrales del cuentasueños se parecían sospechosamente a las del chico en coma… aunque el hombre se encontraba por supuesto despierto, pese a que, según los análisis, debería estar durmiendo de modo profundo. Pero allí estaba, hablando, de la misma forma en que lo hacemos tú y yo, mientras los padres le escuchaban embelesados.

            La chica clavó una nota mental en un corcho imaginario, como recordatorio para preguntarles luego a los médicos acerca de si era posible aquello de las ondas cerebrales. Sin embargo, antes que nada, cuestionó:

            –¿Cómo demonios era capaz el tipo…?

            –Nadie lo sabe. Mi amigo el periodista le preguntó al africano, pero por lo visto fue bastante parco al respecto. Y de lo que me explicó, yo no me acuerdo del todo. Se supone que argumentó algo acerca de desiertos lejanos, de la quietud del silencio, de aprender a escuchar con autenticidad. De los espíritus arrepentidos de los muertos que vagan entre las dunas de noche. Decía (no sé si me acuerdo) algo acerca de que, siendo sinceros, comunicarse con los muertos no es posible. Sí, puedes escucharles y preguntarles cosas, pero eso no significa necesariamente que te vayan a hacer caso y responder. Ya resulta bastante difícil, decía el anciano, que los hombres actúen como pretendemos cuando están vivos, menos aún cuando han pasado al otro barrio. La mayor parte de ellos, defendía el hombre, están obsesionados por cosas diminutas que se dejaron atrás. Detalles que a nosotros nos resultan insignificantes y hasta estrambóticos, pero que para ellos son los más importantes del mundo. Dónde se quedaron las llaves de la cocina. ¿Desenterró alguien el esqueleto del perro en el jardín? Si la familia canceló el contrato con la lechería, o que nunca te juntes con los primos del otro lado del valle. Decía el cuentasueños que era por eso por lo que, en el momento en que leyó la noticia del chico en coma, huía a un lugar recóndito, un refugio donde no pudiera contactar ni con los vivos ni con los muertos. Pero que, antes de aislarse, deseaba hacer este último favor especial. El problema es que, entre todas las pruebas que los médicos le hicieron al hombre para detectar si mentía, también le encontraron un cáncer de hígado.

            –¡Ostras!–replicó la enfermera. En puridad, dijo otra palabra–. ¿Y qué pasó entonces?

            –El hombre se estaba muriendo, y lo sabía. Se negó a cualquier tipo de tratamiento. Pero los más desesperados eran los padres del chico: el africano ofreció a la pareja la posibilidad de seguir observando los sueños del niño a través de los suyos propios. Decía que no tenía tiempo para enseñarles el método con el que poder “atraparlos” (así lo denominó, “atraparlos”) por ellos mismos, pero que, mediante un tipo de hierbas que él conservaba, serían capaces de leer su mente y, a través de ella, atisbar, como en el fondo de un túnel, lo que se cocía en el cerebro de de su hijo. Les explicó que al principio tendrían que hacerlo de esa manera; después, desgranó, tras mucho tiempo leyendo su mente (incluso cuando la enfermedad le hubiera dejado inconsciente y ya no pudiera hablar) podrían acceder directamente, sin necesidad de intermediarios, a la de su hijo. Declaró que era todo lo que les podía darles: también, que no era una maniobra exenta de riesgos. Explicó que, cuando vives los sueños de otras personas, una parte de ti queda ocupada por esas fuerzas invasivas. Decía que las fantasías te envuelven, enraízan en ti, se empiezan a confundir con la realidad y con la luz del día. Y advertía de que lo peor de todo eran las pesadillas: que a partir de entonces, nunca podrías cruzar una esquina sin saber si iba a aparecer detrás el monstruo más letal. Manifestó que algunos no pueden volver a reengancharse a la vida; que, aunque lo pretendan con todas sus fuerzas, la presión de los sueños es tan aplastante que son incapaces de escapar. Ante esas perspectivas, los padres del niño discutieron: la madre estaba asustada, paralizada por el miedo. Instaba a su marido a volver a casa, retomar de nuevo la actividad cotidiana, salir del aquel bucle, recuperar una rutinaria vida normal. El padre, en cambio, esgrimía que no había nada allá afuera que le atrajera: que lo único que ansiaba era intuir aunque fuera una pequeña fracción de lo que estaba pensando su hijo. Defendía que, en caso de duda, prefería quedarse enredado en el universo de los sueños, a permanecer encerrado en la angustiosa cárcel del mundo real.

            –¿Y qué decían los médicos?–tiraba del hilo la enfermera, cada vez más intrigada.

            –Observaron las hierbas que les había entregado el africano, y no pudieron deducir gran cosa del contenido de las mismas: sabían que incluían algunos opiáceos, con lo cual no podían deducir si serían capaces de conectar al padre del niño con los sueños, o solo crearían cierta clase de ilusión durmiente. Desde luego le induciría una especie de trance, o si prefieres decirlo de coma, que hasta podría interferir con la respiración. Sin embargo, los médicos creían ser capaces de estabilizar su estado, hasta de un modo permanente. Pero la pregunta, aparte del tema económico, y del personal por parte del padre (quien amenazaba con quitarse la vida si no le dejaban hacerlo), era si era ético llevarlo a cabo. Un médico preocupado por estas cuestiones, también la presupuestaria, expuso que, ante el riesgo de suicidio por parte del progenitor, pero asimismo, frente al peligro de que quedara constreñido en un mundo de pesadillas del que no pudiera huir, casi sería mejor inducirle el coma y retirarle toda asistencia vital justo en el instante máximo de felicidad, para que así al menos disfrutara ese último momento feliz.

            –Qué cínico, ¿no? Como tu amigo el asesino de suicidas.

            –Hay muchas maneras de verlo. En ambos casos. Yo prefiero considerarlo una visión alternativa.

            –¿Y qué ocurrió entonces?

            –¿No decías que esta historia era un invento mío?

            –Ay, no seas imbécil. Si me has mentido todo este rato, puedes seguir un poco más hasta el final.

            –Al cuentasueños le indujeron un coma la semana pasada, y se encuentra en la misma habitación del hospital, junto al niño. Los doctores no saben cuánto tiempo tardará en matarle en cáncer ni si (en el caso de que las cosas que ha dicho sean ciertas) ese tiempo sería suficiente para permitirle al padre contactar directamente con su hijo tras la muerte del africano. Los padres se han divorciado, y la mujer se ha marchado a su casa. Los del hospital aún andan a tortas entre sí y con el padre acerca de lo que deben hacer a continuación. Y mi amigo dice que no tiene ni idea de qué pensar sobre este asunto, ni sobre lo que él haría de encontrarse en el pellejo de cada uno de los implicados. ¿Tú qué opinas?

            –No lo sé. No me gustaría tener que decidirlo.

            –Yo tampoco. ¿Entramos en el hospital?

            Accedieron de nuevo por la puerta de urgencias, hacia la sala de enfermeros, y se encontraron allí con sus compañeros, Hola de nuevo, Qué tal estáis, como va todo, Ah, pues aquí andamos, sin más, normal, qué es lo que habéis estado haciendo allá afuera, Eso es secreto, lo que hagamos o lo que dejemos de hacer fuera del hospital es cosa nuestra, Uy, que nos estamos poniendo nerviosos, a saber cómo se lo han pasado, fíjate, si les veo hasta sudorosos, Anda, cállate y no digas tonterías, La guardia normal, bien, aburrida, más de lo previsto, bueno, una excepción, aquí el amigo, que se ha traído champán, ¿Champán?, Sí, es por el nacimiento de mi niña, y como me ha tocado a mí de guardia, pues nada, he traído esta botella, a ver si lo celebramos un poco, Pero cómo vamos a beber champán en mitad del servicio, Va, déjalo, sólo van a ser un par de sorbos, y total, ahora mismo no está viniendo nadie, además, ya sabes cómo va esto, si llega algo gordo, con la adrenalina del momento, el traguito que te hayas tomado se volatiliza en seguida, seguro que antes de terminar el vaso ya nos toca volver al curro, Como nos pillen ya verás la que se lí–, Que no, que no te preocupes, si viene la jefa sólo tienes que invitarla a una copa para que te deje en paz, anda que si la conozco, ¿no te acuerdas de la fiesta de navidad, que se pilló un pedo mas grande que nadie? Bueno, venga, en ese caso, afirmó la enfermera de antes, condescendiente, Que rule, que rule, exigieron algunos, y sacaron vasos de plástico, a falta de copas, y corrió la espuma y el líquido de las ocasiones especiales aún en esos recipientes tan corrientes; no siempre van a ser las fiestas para los cirujanos que vuelven de los congresos en Oxford, también tiene que haber por aquí ratitos de gloria, digo yo, clamó alguno, y momentos de descanso, con toda la crudeza que vemos en el día a día; y comenzaron a hablar de muchas cosas, cualquiera a excepción del trabajo; sacaron a la luz sus pasiones ocultas; se pusieron a conversar acerca de lo que realmente les entusiasmaba fuera de las paredes verdes y la esterilidad del quirófano: Yo estoy haciendo colección de maquetas de barcos, tengo barcos de todos los estilos, banderas y colores, Pues yo me dedico a criar distintas clases de caracoles, no son todos iguales, ni mucho menos, los ejemplares que te encuentras por allí son muy diferentes, cada cual tiene sus pequeñas peculiaridades, en la concha, en la forma de los cuernos, en el tipo de movimiento, A mí me encantan los idiomas, hace poco he terminado con el búlgaro, ahora empiezo por el sueco, Hay que ver, fíjate, qué aficiones más interesantes, con lo aburridos que aparentábamos ser todos, Es lo que tiene la vida, como los icebergs; debajo de la superficie es donde se esconde la mayor parte de lo que existe, Qué frase más profunda, no sabías que fueras filósofo, No, qué va: la primera carrera que estudié fue la de oceanógrafo; ser profundo era una condición imprescindible, Ya a estas alturas se encontraban todos un poco achispados, Y tu niña qué tal es, Preciosa, tiene los ojos azules, Pero qué raro, si ninguno de los dos los tenéis, Es por un gen recesivo, me lo ha explicado el de Reúma, dice que a lo mejor los dos tenemos un gen para los ojos azules, pero que éste está oculto, Quiere decir eso que a lo mejor yo poseo un gen para salvar a la humanidad, y quizás se halle escondido, Pues mira, nunca se me había ocurrido pensar eso, a lo mejor es verdad. Se repitió de manera periódica una pregunta, Qué tal otro sorbo, y entonces el champán se derramó en parte sobre la mesa, pero ya a todos les daba igual, a alguno se le ocurrió que deberían empezar algún juego. Con el paso de tiempo, y con las copas, llegó la hora del abrazo, la de Tú sí que eres un amigo de verdad, la de El problema de este país lo arreglaba yo en dos días, tres se pusieron a alinear el once ideal de la selección, un enfermero afirmaba, ya con una copa de más (quizá empezaban a ser conscientes de que se habían pasado un poco porque nadie les había interrumpido), Si es que el mundo está hecho una mierda, y un colega respondió, Tienes toda la razón, verdad que la vida es muy dura, Fíjate, con la de cosas malas con las que nos tenemos que enfrentar cada día en el trabajo, y encima siempre hay alguno, un jefe, o algún listillo, que pretende hacerse el importante, el gracioso, que se dedica a clavar puñaladas por la espalda y complicarnos la vida a los demás, Tú sí que aciertas, le respondió el compañero, En cambio, prosiguió, si todo el mundo fuera así, como la gente de esta sala, como tú y como yo, tranquilos, simpáticos, amigables, sin prisas, sin ajetreos, sin rabietas encabronadas y con algo de comprensión mutua, entonces todo sería muy diferente, y no habría guerras ni hambre ni miedo ni nadie que hubiera tenido que convertirse en un héroe llamado Schindler, fíjate qué nombre más ridículo, como el de los ascensores, y entonces un celador entró para preguntar que cuál era el motivo de la fiesta, y la gente le respondía, Porque sí, por estar vivo, qué motivo mejor hay, y entre tanto, de fondo, y mientras alguien ponía música con voz de mujer francesa, en un rincón de la estancia, nuestro enfermero y nuestra enfermera se habían perdido de la vista del resto, comenzaban a besarse, y quizás, con las manos, hacían algo más que besar, y se encontraron todos en una nube, con las liras y las arpas, y Apolo componiendo música, y el viejo capitán sin barco contando las batallitas, y Woody Allen tocando el saxo, y un tal Paul Newman mascullando que quién coño le ha comparado con Marlon Brando, y entonces a alguien se le ocurrió preguntar, Oye, qué extraño, no ha venido ninguna ambulancia desde hace un buen rato, y por qué puede ser eso, Se habrán declarado en huelga, especuló uno, Quizá, quiso apuntar otro, con el puntito ya subido, en un arrebato de esperanza, Quizá, incidió por dos veces, ha dejado de haber muertes, la Gran Dama ha clausurado el chiringuito, ha cesado de actuar, y podremos andar por fin, libres y sin miedo para siempre, y entonces uno le respondió, Eso es una novela de Saramago, imbécil, en realidad es que ha habido un apagón en la ciudad, y las ambulancias, sin la ayuda de las farolas, se están quedando varadas en los arcenes de la carretera.

CONTINUARÁ...