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lunes, 10 de febrero de 2025

El libro y la historia real de febrero: "Revolución. Indonesia y el nacimiento del mundo moderno", de David van Reybrouck.

 

El libro del que tratamos hoy es descomunal, en muchos sentidos. En el físico: tiene más de 600 páginas. En el volumen de lo que cuenta: aunque el relato principal se centra en cuatro años (de 1945 a 1949, cuando se certificó la independencia indonesia), el texto realiza un relato sobre la historia del territorio desde sus orígenes, sobre la cual se va profundizando conforme avanzan los siglos, dedicándole una mirada especial a la colonización holandesa, los primeros intentos revolucionarios, la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, el período de descolonización y sus consecuencias posteriores. Es impresionante también respecto a sus fuentes: no es sólo que cuente con un sin número de referencias bibliográficas, sino que se sustenta muchísimo en testimonios directos (bastantes de ellos, ya nonagenarios, a punto de perderse en la noche de los tiempos) recogidos en lugares tan distantes como Holanda, Indonesia, Japón o el Himalaya. Finalmente, es un libro que ha causado un gran impacto: un belga escribiendo sobre un tema holandés y que mira en muchas ocasiones desde la perspectiva asiática. No es extraño que algún político de los Países Bajos haya mandado al autor al infierno, mientras que este sesudo análisis histórico ocupa escaparates en buena parte de las librerías indonesias.

Pero el esfuerzo, desde luego, ha merecido la pena. Es un texto apasionante, que me ha obligado a dedicarle un día entero leyendo para devolverlo a tiempo a la biblioteca de donde lo saqué como simple documentación para un viaje a Indonesia. Por supuesto, lo ha complementado y me ha hecho comprender muchas cosas, algunas de las cuales quiero compartir aquí.

Para empezar, muchos creen que la colonización neerlandesa en Indonesia fue suave, comparada con otras experiencias. Supongo que todos los antiguos países colonizadores piensan lo mismo de su caso particular. Pero no: en muchas ocasiones fue brutal, despiadada, y fuente de un enorme descontento. Los Países Bajos administraron sus dominios primero como un negocio (a través de la Compañía de las Indias Orientales, con el fin sobre todo de garantizar el monopolio de las especias), y luego, conforme las circunstancias fueron cambiando, como un estado avasallador que se aprovechaba de las ricas materiales primas de un territorio que cada vez se fue haciendo más grande y estructurado. Por supuesto, ello generó toda clase de interacciones, algunas positivas, como una cierta sección de la población indonesia que recibió educación y pudo compartir algunas de las responsabilidades de la colonización. Pero incluso ellos (especialmente la población mestiza) notaron que los europeos siempre se encontraban un escalón por encima -el libro realiza muy buena analogía con las distintas cubiertas de un barco de aquella época- y eso, como en muchos lugares del mundo, sembró las semillas del rencor y las ansias de libertad. Hay varios episodios del libro que ilustran muy bien este odio acumulado: 1) cuando los japoneses llegan para invadir Indonesia, en busca sobre todo de petróleo, sus habitantes les reciben como libertadores. Y a pesar de que luego el hambre y el propio colonialismo japonés rompen esa luna de miel, aquel período (en que los indonesios alcanzaron mayor autonomía, y fueron instruidos en el arte miliar por sus nuevos amos asiáticos) fue clave para entender que, después de la Segunda Guerra Mundial, las cosas no podían seguir igual; 2) cuando los neerlandeses vuelven tras la guerra, creen que les van a acoger con los brazos abiertos. En lugar de ello, se encuentran con una población abiertamente hostil. Ante ello, los Países Bajos repiten los mismos errores, y creen que la fuerza lo solventará todo. De hecho, es increíble leer lo que a finales de los años 40 llegaron a hacer los Países Bajos (un pueblo asfixiado, poco tiempo antes, por el yugo alemán) en cuanto a crímenes de guerra en una región que decían estar liberando y pacificando, y lo poco que se han castigado y puesto de relieve esas matanzas -tanto, que quienes las han confesado han recibido, por parte de neerlandeses, terroríficas amenazas de muerte-. Para que nos hagamos una idea de lo radicales que llegaron a volverse las posturas, un partido de derechas bastante importante a finales de los años 40, liderado por un ex-primer ministro del país, dijo que, antes de entregar las colonias, habría que disolver el gobierno, y planeó un golpe de estado que hubiera supuesto el asesinato de numerosos líderes neerlandeses. No sé si a los lectores les sonará a otros contextos en que el tema territorial ha entrado en un bucle de obcecación tan fuerte que ha llegado a originar ideas extremadamente delirantes y antidemocráticas.

Uno de los puntos fuertes del libro es que te indica que, al contrario de lo que muestran las películas, hay muchos casos individuales que se escapan a lo común: un intelectual independentista indonesio que vive en Holanda y acaba en un campo de concentración nazi; un mestizo indo-holandés que es capturado por los japoneses y le cae la bomba atómica de Nagasaki encima; un tripulante de submarino alemán que es arrestado por los japoneses al final de la contienda; soldados nacidos en Nepal, quienes trabajan para la corona británica, los cuales tratan de pacificar la recién liberada Indonesia, pero que se encuentran con el rechazo de la población (saben que la entrada del Reino Unido es el anticipo de la llegada de los holandeses para recuperar la joya del reino), con lo cual asiáticos terminan enfrentados contra asiáticos, y japoneses y británicos han de colaborar juntos para garantizar la paz. Para mí, una de las escenas más sorprendentes es cuando los americanos, durante la Segunda Guerra Mundial, llegan a la zona de Papúa (donde sus habitantes viven aún en el Neolítico) y, mientras empiezan a construir aeropuertos, les prometen a los nativos 25 céntimos por cada japonés -la prueba del objetivo cumplido es una oreja- que maten en la huida desesperada de los nipones a través la selva. Por lo visto, aquel año, muchos soldados americanos enviaron orejas asiáticas a casa como regalo. En este libro, desde luego, hay muchos casos que darían para espectaculares adaptaciones cinematográficas.

De hecho, entre los muchos actores, poliédricos, entre dos culturas y dos perspectivas, cargados de matices, me ha llamado la atención aquellos neerlandeses que, a pesar de la cerrazón de sus gobernantes, tenían claro que los indonesios merecían aquella misma libertad que, a ellos mismos, los nazis les habían negado. Por ejemplo, el Partido Comunista Holandés, que siempre estuvo a favor de la independencia indonesia; los 8.000 miembros del Partido Socialista que se dieron de baja, descontentos con la postura que habían adquirido sus líderes con el proceso descolonizador; el 50% de hombres y el 38% de mujeres de la población de los Países Bajos que estaban en contra de mandar tropas a las colonias; o el caso de un soldado neerlandés que, al darse cuenta de que le llevaban para matar indonesios, se escapó de noche, llegó a la zona del enemigo, gritó "¡Merdeka!" ("libertad" en indonesio"), le contó a la población local los planes de sus jefes, y fue acogido como un héroe (aunque fue encarcelado a su vuelta a los Países Bajos). Demostrando que disidentes y auténticos amantes de la libertad los ha habido siempre en todos lados.

En el otro lado, el pueblo indonesio dio enormes muestras de paciencia y resiliencia, aunque, al final, por supuesto, tantos excesos llevaron a reacciones violentas (en muchos casos exageradas y que pagaron inocentes), pero que son fáciles de entender después de lo que habían vivido, y que al final fueron las únicas que los colonizadores llegaron a entender. Frente a ello, hubo muchos personajes y políticos que mediaron, contemporizaron, y de verdad intentaron poner lo mejor de su parte. Entre los nombres más destacados están Sukarno (futuro primer presidente de Indonesia, y que pactó con Dios y el diablo para conseguir su propósito; de hecho, fue capaz de hablar con fascistas japoneses, colonizadores holandeses, islámicos y comunistas indonesios, y también de defraudar a todas esas colectividades) y Sutah Sjahrir, un hombre culto y conocedor de las costumbres europeas, atrapado entre dos fuegos, que acabó enfrentado con la siguiente ola revolucionaria, y que hundió su carrera política, como muchos, para tratar de evitar un derramamiento de sangre. En el proceso, quedó claro que había posturas contrapropuestas (por ejemplo, una generación mayor que optaba por pactar y ser pragmática, y una más joven que apostaba por la violencia revolucionaria), en elecciones que eran siempre complicadas porque el poder de la fuerza en su abrumadora mayoría estuvo del lado neerlandés.

Al final, a pesar de que por supuesto hay muchos factores implicados, la independencia indonesia se logró por dos motivos principales: 1) aunque, a través de la violencia, los Países Bajos recuperaron casi la totalidad del territorio tras la Segunda Guerra Mundial, nunca lo controlaron del todo. La resistencia indonesia en forma de guerrillas convirtió aquello en un anticipo de lo que sería más tarde la guerra de Vietnam, quedando claro que unas centenas de miles de hombres no pueden gobernar un país donde millones conspiran subterráneamente en contra. Tener colonias, desde luego, ya no era rentable; 2) los EEUU, el gran mediador internacional, cambiaron de opinión. Si al principio estaban a favor de los Países Bajos porque temían que éste cayera bajo la influencia del comunismo, los movimientos en contra de esta doctrina política por parte de Sukarno les convencieron de que apoyarle a él -uno de los pocos actores moderados que quedaba en pie en el archipiélago asiático- era la única manera de garantizarse de que Indonesia no cayera bajo las redes de la Unión Soviética. Con ello, el país pudo conseguir el logro de ser libre, aunque pagó caro su éxito: económicamente, sobre todo al principio, las condiciones fueron muy ventajosas para los Países Bajos y, además, EEUU siguió utilizándolo como bastión contra el comunismo. Tanto que, en los años 60, favoreció un golpe de estado que causó centenas de miles de muertos e inauguró una dictadura que duró 32 años (y de la que todavía quedan reminiscencias y cicatrices en el país). Sin embargo, el autor de "Revolución" se centra sobre todo en los aspectos positivos: Indonesia -el cuarto país más poblado del mundo- fue el primer estado que, tras la Segunda Guerra Mundial, proclamó su independencia, y constituyó la inspiración para procesos descolonizadores que se iniciaron por todo el mundo. Aunque luego muchos de esos procesos sufrieron traumas, sabotajes, traiciones, quedaron desvirtuados, o se asomaron a un sin fin de problemas que venían derivados o eran independientes del colonialismo (en realidad, el capitalismo y la corrupción fueron los mayores responsables), en el balance, a inicios del siglo XXI, esos pueblos son un poco más autosuficientes y más libres, y han demostrado que se puede hacer política donde el centro de todo no sea la raza blanca. Teniendo en cuenta lo horrorosa que suele ser la Historia humana, a veces una victoria de este orden -por muy pírrica que sea- es suficiente.

Por último, el libro habla, para mí proféticamente, de cómo los seres humanos colonizamos no sólo los territorios, sino también el futuro: como el autor de "Revolución" dice, la gente de los años 20 del siglo XXI explotamos los recursos y comprometemos el destino de los habitantes del 2080. La destrucción de la naturaleza (de la que Indonesia, por desgracia, es una privilegiada avanzadilla) nos pasará las cuentas tarde o temprano. Pero esas son revoluciones que otras generaciones -sí, también nosotros- tendremos que liderar.

lunes, 13 de enero de 2025

La historias reales de enero: hilos en más de una red social

Os traigo hilos en redes sociales variadas. En la antigua Twitter, dos acerca de Indonesia, el apasionante país de las especias y de otras muchísimas cuestiones: uno habla sobre el tesoro más preciado de Bali, y el otro describe el poblado chabolista al que ayudó Instagram. También, rescatamos un viejo hilo sobre la figura de Tutankamón y su controvertido padre. Por otro lado, tengo cuenta también en Bluesky -de hecho, es la única red social en la que estoy ahora mismo-, y allí poseo un lugar donde almaceno hilos (algunos son versiones mejoradas de los de Twitter, y otros son completamente nuevos, como éste acerca del día que mi suegra se cachondeó de su propia muerte). Espero que sigáis encontrando formas diversas de enrollaros con ellos. Un saludo.

lunes, 7 de octubre de 2024

Los libros de octubre: unas cuantas historias reales

Atlas de las futuras islas sumergidas, de Cristina Gerhardt. Hay un gran número de islas en el mundo cuya altitud media es de tan sólo un par de metros por encima del nivel del mar. Todas ellas están amenazadas por el cambio climático; algunas ya han exportado sus primeros refugiados climáticos: gente que necesita cambiar su ubicación o su modo de vida como consecuencia de la elevación del nivel de las aguas. La autora explora estas islas y archipiélagos a lo largo de los distintos mares y océanos y nos cuenta un poco sobre su historia, sus costumbres, el choque con el colonialismo, la dificultad de conjugar su tradición con el mundo moderno y, sobre todo, los riesgos futuros a los que se exponen. El libro viene ilustrado con mapas que exhiben el peligro que corren estos territorios, y acompañado de poemas locales que expresan las preocupaciones y angustias de sus habitantes. Muy recomendable para amantes de territorios remotos que quieren saber de ellos antes de que se extingan.

No es un deporte de riesgo. Ya hablamos de Nigel Barley cuando mencionamos su ensayo "El antropólogo inocente" y su continuación (sí, ya me lo he leído, y en efecto, no es tan gracioso como el primero, pero tiene su punto). En este caso, el antropólogo británico viaja hasta Indonesia, a la isla de Sulawesi, para aprender acerca de los toraja, un pueblo con unas sorprendentes casas, y unas creencias que derivan en unos aparatosos y absorbentes funerales. Si en el primer libro de Barley daba la sensación de que le timaban por todos lados, y en el segundo era un poco menos ingenuo pero no demasiado, en este tercero te da la sensación de que la elección del autor no es muy acertada, pues los toraja han tenido demasiado contacto con otras culturas como para que un antropólogo saque de ellos conclusiones novedosas. De hecho, en algunos momentos da la sensación de que Barley se ha acostumbrado a hacernos reír y fuerza un poco las anécdotas, por no decir que nos engaña. Pero, en todo caso, el tono de humor lo mantiene, y la lectura, si aceptas su palabra, se hace bastante amena. La parte más espectacular es cuando se trae a su país a un grupo de toraja para un evento en el Museo Británico y quedan palpables las diferencias entre ambas culturas, así como el fenómeno de que la extrañeza ante las costumbres ajenas es un fenómeno multidireccional.

-Más adelante, Barley publicaría un libro sobre las aproximaciones de diferentes civilizaciones humanas al fenómeno de la muerte, titulado "Bailando sobre la tumba", donde emplearía experiencias propias, bibliografía ajena y, sobre todo, la desapegada ironía a la que nos tiene acostumbrados. Aunque, por primera vez, una obra de este autor se parezca más a un texto de antropología que a una colección de anécdotas, quizá la mayor gracia de este volumen es cómo Barley -que había aprendido mucho sobre funerales, especialmente del contacto con los toraja- examina su propia cultura, la frontera que, según dicen, marca que un antropólogo lo es de verdad. Quién sabe: a pesar de protestar tanto sobre el trabajo de campo, parece que finalmente éste le valió a nuestro escritor de algo.

domingo, 15 de septiembre de 2019

La historia real de septiembre: unos cuantos apuntes acerca de la primera vuelta al mundo

Muchos habréis escuchado a lo largo de los últimos meses cómo se suceden los homenajes a la primera vuelta al mundo, de la que se conmemora este mes el quinto centenario. Da la casualidad de que he tenido la oportunidad de pasarme por algunos de los lugares que dicha expedición (encabezada primero por Magallanes y rematada por Elcano) atravesó en su largo periplo, y también se ha dado la circunstancia de que han llegado a mi entorno ciertos libros que entran en detalle acerca de este episodio. Sin duda, conoceréis los conceptos generales alrededor del mismo, pero existen algunos pormenores los cuales, por azares del destino, no parecen ser muy conocidos entre el gran público, aunque creo a unos cuantos os pueden resultar de gran interés. Aunque sea, tan solo, porque así me lo han parecido a mí.


Magallanes y Elcano, extraído de este enlace

Para empezar, comencemos con las motivaciones. Aquí os recomiendo un libro de Jack Turner cuyo título es ilustrativo sobre el origen de todo el proceso: "Las especias". Sin frigoríficos ni medios de conservar los alimentos, los europeos tenían que recurrir a las especias para -aparte de dar sabor a las comidas- que los manjares a su mesa les duraran unos cuantos días más y no se les pudrieran en sus despensas. Entre estas partículas mágicas, se hallaban pequeños milagros en forma de polvos y hierbas como el clavo, la pimienta o la nuez moscada. La mayor parte de ellas, procedentes de las partes no comestibles de las plantas, con funciones defensivas que explican el sabor picante y también algunas de las propiedades medicinales que se les atribuyen. El problema es que nadie sabía a ciencia cierta de dónde venían. Teólogos y filósofos proclamaban que eran originarias del paraíso, transportadas a través de los grandes ríos (entre ellos el Nilo, el Ganges, el Tigris y el Eúfrates). En términos prácticos, sin embargo, las especias llegaban a Europa a través de Constantinopla, desde los venecianos y otros mercaderes italianos se hacían de oro como intermediarios de tan pingüe negocio. ¿Pero qué había más allá de Constantinopla? Una serie de reinos casi míticos, descritos en su día por Marco Polo: Catay (hoy denominada China), Cipango (Japón), la India. Y algunos incluso más legendarios que reales: el reino de Saba, el de Preste Juan, lugares donde individuos con cabeza de perro convivían con otros que caminaban cabeza abajo. Pero entre los europeos y los habitantes del país de las especias, multitud de pueblos, muchos de ellos musulmanes, en hostilidad permanente con los cristianos (particularmente desde las cruzadas), y que también se llevaban su tajada en el comercio de aquel oro verde, marrón, rojo o anaranjado, pues colorido y variado era el aspectos de estos preciados polvos y fragmentos vegetales de propiedades y nacimiento casi mágicos.

El problema era que tanto intermediario encarecía el precio de las especias y, por eso, nada más la tecnología de la navegación empezó a evolucionar un poco, algunos tuvieron la idea de utilizar el mar como una ruta más sencilla para comprarle tan preciados artículos directamente a los productores. El primero en intentarlo fue Colón, quien, con cálculos erróneos sobre las dimensiones de la Tierra, creía que podía llegar a los países donde crecían las especias en poco tiempo. Las previsiones le fallaron (de hecho, le mentía a su impaciente tripulación, haciéndoles pensar que habían recorrido menos trayecto del que realmente habían navegado) pero, durante el error con resultados más prósperos de la historia, consiguió llegar a un nuevo continente, que más tarde se conoció como América. Sólo que Colón no lo sabía, y su expedición no se consideró ni mucho menos exitosa, porque el navegante a cargo no fue capaz de encontrar especias. No obstante, aquel mismo marino que jamás aclaró su país de procedencia, y que había mentido a su tripulación a lo largo camino, volvió a abrir el cajón de los embustes, y trajo a España supuestas "especias" que no se parecían en nada a las originales, pero cuya diferencia justificaba el Almirante por haberlas recogido de forma inadecuada o en un estado incorrecto de maduración. Colón se había equivocado al buscar el país de las especias: él había encontrado algo mejor, un nuevo mundo. Claro que sus contemporáneos no vieron igual el proyecto, que consideraron un fiasco: ni las tristes piñas que Colón trajo de sus viajes (el inicio de una larga lista de frutas y verduras que aportaría, a la dieta de los europeos, el Nuevo Mundo) consiguieron disimular el sabor del fracaso.

Los que en cambio tuvieron más suerte fueron los portugueses: Vasco de Gama rodeó África y atracó en la India, donde desembarcaron a un pobre marinero que se empleó como conejillo de Indias para que se aventurara en un mundo desconocido donde lo más probable que le esperaba era la muerte. Allí, en la urbe de Malabar, la ciudad al pie de las montañas de donde se extraía la pimienta, el desventurado cabeza de turco portugués se tropezó con mercaderes indios, árabes, y hasta un par de italianos que se quedaron pasmados al contemplar un europeo y le preguntaron qué demonios hacía allí. Las negociaciones que se iniciaron desde aquel mismo momento fueron difíciles, pero se pusieron más sencillas para los portugueses en cuanto sacaron las armas y cañonearon aquellas ciudades que se oponían a venderles los productos que necesitaban al precio deseado. En poco tiempo, los lusos tuvieron bajo su mando las principales localizaciones de las especias, empezando por Malabar y también por las lejanas y difíciles de hallar islas Molucas: las del norte (único lugar del mundo de donde se obtenía el clavo) y las del sur (el punto exclusivo donde localizar la nuez moscada). La felicidad portuguesa era máxima, y eso se manifestaba especialmente en las cartas que el rey luso enviaba a su suegro Fernando el Católico, presumiendo de las especias que había encontrado, las cuales destacaban más al contrastarla con el exiguo tesoro obtenido por Colón. Aún así, y en el largo plazo, tampoco tenía el rey desde Lisboa motivos para enorgullecerse demasiado: el dominio portugués sería escasamente efectivo (con barcos extranjeros y locales tratando de saltarse todo lo posible su monopolio) y no se obtendrían de verdad unos jugosos beneficios de las nuevas regiones descubiertas hasta que no se las apropiaran los holandeses durante el siguiente siglo . Pero aquí es donde empezamos a entrar en el meollo de nuestra historia.

Visto que había dos imperios católicos en pugna por el control de los nuevos territorios adonde habían llegado los exploradores, España y Portugal le pidieron arbitrio al papa Alejandro VI (por cierto, perteneciente a la familia Borgia) para establecer qué lugares le correspondían a cada uno. El Papa decretó entonces emplear un meridiano para delimitar dos zonas de influencia: un lado (el oeste, al que correspondería a la mayor parte de lo que hoy es la América hispana) le correspondería a los españoles, mientras que el otro, el este (que abarcaría buena parte Asia y, por casualidad, incluía una porción del nuevo continente que constituiría el germen de Brasil) era portugués. El problema (aparte de que ambas naciones estaban dispuestas a saltarse a su conveniencia el acuerdo y, en el caso de Francia o Inglaterra, directamente a no aceptarlo) era que, sin instrumentos de medida adecuados, era muy difícil distinguir por dónde pasaba el meridiano por el otro lado, en lo que se refería a la zona asiática. Por lo tanto, ¿las Molucas (hoy situadas en lo que conocemos como Indonesia) eran españolas o portuguesas? Había un portugués que tenía sus dudas. Se llamaba Magallanes: había estado destinado en la India, y sólo conocía las Molucas por referencias. Cuando volvió a la corte portuguesa, descubrió que su larga estancia en tierras orientales le había impedido medrar lo suficiente en la corte real  como para que sus proyectos fueran tenidos en cuenta. Él, de hecho, tenía una idea en ciernes, y era que, con lo lejos que se encontraban las Molucas, quizás fuera más fácil llegar por el otro lado, navegando siempre al Oeste. Magallanes, como Colón, también manejaba unas dimensiones incorrectas de la Tierra y pensaba que, después de América (a través de la cual debería de haber un paso marítimo que permitiera continuar al otro lado) había un recorrido de pocos días hasta llegar a las islas de las especias. Como sus planes no fueron tenidos en cuenta en su propio país, decidió vender sus servicios al bando contrario: se marchó a España y se lo propuso al rey Carlos I. Éste tampoco sabía a ciencia cierta si las Molucas eran portuguesas o españolas. Pero, ante la posibilidad de un fructífero negocio a cambio de arriesgar unos pocos barcos, ¿por qué no intentarlo?

                            
Reparto del mundo entre España y Portugal según el tratado de Tordesillas (1494, posteriormente renegociado). Como puede verse, las Molucas pertenecían oficialmente a la zona portuguesa. Extraído de aquí.

La travesía, sin embargo, estuvo lejos de ser el paseo triunfal que hubieran deseado todos. Partieron cinco bajeles, cuatro de los cuales fueron desapareciendo a lo largo del periplo (uno de ellos, de hecho, fue abandonado porque las sucesivas muertes entre la tripulación hacían imposible controlar todos los navíos). Después de cruzar el océano Atlántico, lo primero que les costó fue encontrar el supuesto paso por el que atravesar el continente americano. Lo intentaron varias veces por brechas en la costa donde al final hallaron agua dulce, deduciendo que en realidad eran ríos. Tuvieron que bajar tan al sur que Magallanes encontró pingüinos -una especie de este animal lleva su nombre-, en lo cual emuló a Colón, quien supuestamente había descubierto en sus viajes sirenas (ahora se cree que se trataba de elefantes marinos: eso explica también que Colón escribiera en su diario que las sirenas que no eran ni mucho menos tan bellas que como se describían en la mitología). Finalmente, la expedición localizó un hueco, el llamado paso de Magallanes, que consiste en uno de los múltiples caminos dentro del laberinto formado por islas en la zona que hoy conocemos Tierra de Fuego, y que se denominó así porque la costa, de noche, estaba poblada de hogueras que intimidaron a los hombres de Magallanes. Hoy sabemos que se debía a que allí vivían varias tribus nativas (entre ellos los selknam y los yamaná) que habían hecho del manejo del fuego la mejor manera de supervivencia -tanto que podían hacer hogueras sobre la superficie de sus barcas, y que ni siquiera llevaban ropa encima, sino una capa de grasa de animal que les protegía del frío cuando nadaban-, y que más tarde interaccionarían con los exploradores ingleses que se atrevieron a viajar por allí, entre ellos un escandalizado Charles Darwin. Pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

Fue sin embargo antes, en la costa atlántica de Argentina, a la altura de la hostil Patagonia, donde tuvo lugar la primera rebelión abierta contra Magallanes, ante las inclementes condiciones del viaje, a lo cual no ayudaba la testarudez que en ocasiones manifestaba el líder de la expedición. La revuelta fracasó, y los líderes de la misma fueron condenados a quedarse en aquella inhóspita región, expuestos a lo que quisieran hacer de ellos los indígenas. Otros marinos, en cambio, fueron perdonados. Entre ellos, había un vasco denominado Juan Sebastián Elcano, más tarde imprescindible en el desenlace de esta historia.

Una vez cruzado el estrecho de Magallanes (años más tarde, otros descubrirían rutas alternativas para dirigirse del Atlántico al Pacífico: el corsario Sir Francis Drake a través del paso que lleva su nombre; el capitán Fitzroy por el canal que bautizó como su barco, el Beagle, el mismo que tiempo después transportó a Darwin), se abrió una zona de mar que, después de las tormentas padecidas en las siempre turbulentas aguas de Tierra de Fuego, a los viajeros les debió parecer un plácido estanque. Por eso quizás lo denominaron Pacífico. A partir de allí, según los cálculos de Magallanes, sólo debían de transcurrir dos o tres días hasta llegar a las Molucas. Atravesaron por el contrario un océano que ocupa la mitad de la Tierra y, claro, llegaron la enfermedad y el hambre. Buena parte de los expedicionarios fallecieron durante aquel período.

No obstante, la fortuna favoreció temporalmente a los hombres de Magallanes, que tocaron tierra en la isla de Bohol, de la cual, como de otros lugares del archipiélago filipino, hemos hablado en anteriores ocasiones. En la isla de Bohol, dicen las crónicas, en una de las playas, se firma el primer pacto de colaboración y paz entre la raza blanca y las razas marrones/nativas/aborígenes/indígenas/como queráis llamarlas (en resumen: no blancas). Lo cierto es que el primer contacto con los nativos parece amistoso. Los exploradores se trasladan a la cercana isla de Cebú, donde toman contacto con las autoridades locales. Allí, hacen amistad con el rey de la isla y le regalan a la reina una talla de un niño Jesús con el que, se cuenta, la reina jugaba como si se tratara de una muñeca (hoy se denomina "el Santo Niño", y es objeto de peregrinación desde todas las regiones de la católica Filipinas). 

Pero de repente, las cosas empiezan a torcerse. No sé sabe muy bien cómo, el rey de Cebú se lleva a los viajeros a la cercana isla de Mactán, probablemente porque creía que, ahora que tenía a estos soldados de su parte, podía arreglar viejas cuentas con un viejo enemigo, el jefe de tribu Lapu-Lapu, dueño y señor de aquella isla donde hoy se planta un aeropuerto. Bien sea porque Lapu-Lapu desconfiaba de los recién llegados, o porque éstos llegaban acompañando a un rival, éste se enfrentó desde un primer momento a los españoles, que se vieron atrapados en una guerra que no les iba ni les venía. A pesar de las mortíferas armas de fuego españolas, los hombres de Lapu-Lapu eran muchos, y tuvo lugar una carnicería donde resultaron muertos muchos de los navegantes, incluyendo el propio Magallanes. Sobre la suerte del mismo, hay discusiones: existe una cruz levantada por los españoles donde el líder de la expedición cayó y, más o menos "a una lanzada de distancia" (la frase es de la guía Lonely Planet), los filipinos alzaron una estatua con la efigie del aguerrido y musculoso Lapu-Lapu, el hombre que supuestamente se la arrojó, y que hoy es considerado como el primer héroe nacional filipino. No obstante, crónicas más certeras afirmaron que fueron varios los indígenas que trataron de ensartar a Magallanes con sus armas, y que de ellos acertaron dos que no incluían al líder (como vemos, parece que las tradiciones tanto de emplear a los extranjeros para los conflictos internos, como de alterar la historia para ensalzar al líder, no son exclusivamente occidentales). Otro motivo de polémica podemos encontrarlo en las últimas palabras que suelta Magallanes mientras sus compañeros salen corriendo hacia la playa para tomar los barcos, dejándole abandonado a su suerte: mientras que los relatos del tiempo dicen que Magallanes les exhortó a marcharse y les deseó buena suerte en su viaje, yo veo más realista imaginárselo lanzando imprecaciones tanto en portugués como en español, maldiciéndoles en todas las lenguas posibles.
La cruz de Magallanes y la estatua de Lapu-Lapu; esta última, por cierto, tiene un trasero digno de un héroe.

El viaje prosigue, con sucesivos cambios de jefe de la expedición conforme la muerte o la desdicha van cebándose sobre los agraciados. No obstante, por fin algo de éxito: los españoles llegan a las Molucas del Norte y se instalan en una de las islas, venciendo a la débil guarnición portuguesa. Cargan sus bodegas de la valiosa especia conocida como clavo, demostrando que se puede llegar a las Molucas por esta vía (aunque a qué precio), y obteniendo un lujoso cargamento que vender para rentabilizar la expedición. A partir de ahí, hay que tomar decisiones acerca de cómo volver: un barco que necesita quedarse un tiempo en tierra para realizar reparaciones opta por retornar a través de la ruta originaria de vuelta a España. Sin embargo, explosivas tormentas en el otrora benefactor Pacífico les obligan a dar marcha atrás, de nuevo hacia unas islas Molucas donde ya los portugueses han tomado cartas en el asunto, poniendo en marcha la medidas para capturar a los españoles que allí permanecían y encerrándolos para recuperar el control de la isla. Los más afortunados de este grupo tardaron muchos años en volver a España.

La otra parte de la expedición realiza un fatigoso camino bordeando Asia y África hasta desembarcar en Sanlúcar de Barrameda casi tres años después de su inicio. En medio, han perdido más de doscientos hombres (sólo volvieron dieciocho de los 239 originales). El beneficio económico de la expedición no fue excesivo. Si descuentas los sueldos que no hubo que pagar a los muertos, las pérdidas materiales y demás imprevistos, la expedición salió rentable por muy poco, y todo eso gracias al clavo que la nave sobreviviente, la Victoria, llevaba en sus bodegas, una ínfima muestra de la riqueza que se podía llegar a lograr. Pero no podía terminarse el viaje sin un nuevo infortunio: el rey español Carlos I decide que no quiere meterse en una complicada dinámica sobre si las Molucas son o no españolas, y decide negociar con los portugueses para renunciar definitivamente a ellas a cambio de una suma con la que pagará su inminente boda. Los asesores del rey que, tiempo ha, habían apoyado el proyecto de Magallanes, se llevan las manos a la cabeza: la suma que recibirá el reino por la transacción sería (calculan) el equivalente a los beneficios que les proporcionarían las Molucas durante sólo diez años, y encima serán dilapidados en festejos reales. Parece que casi todos los esfuerzos han sido en vano, y eso que la tan dificultosa meta fue a pesar de todo conseguida.

No obstante, la aventura traería otras consecuencias consigo. Además de ser la primera demostración fehaciente de la esfericidad de la Tierra (se acabó el "aquí hay dragones" y las cascadas interminables del fin del mundo en la mitología), el descubrimiento de Filipinas llevaría a la posterior colonización de la que constituiría una excelente base de operaciones para el comercio con Asia, y el llamado galeón de Manila llevaría periódicamente a España toda clase de productos procedentes del sudeste asiático (entre otros, el famoso mantón de Manila, de origen chino). De la suerte de los expedicionarios, sobre quien más conocemosmos es de Elcano, que se hizo grabar como lema, en su escudo de armas, de "El primero que me dio la vuelta" (acompañado de un globo terráqueo), pero su empeño en conseguir de Carlos I una pensión vitalicia en pago por ese logro nunca fue recompensado. Aunque hubo otros barcos que dieron la vuelta al mundo, la falta de motivaciones prácticas provocó que ningún otro navío español lo volviera intentar a corto plazo, al menos a propósito. Hubo que esperar hasta el siglo XIX, en que la fragata Numancia se dirigió, vía Atlántico, hacia la República de Perú, donde unas tensiones diplomáticas absurdas con el embajador implicaron a la Numancia en medio de una estúpida guerra en la que tenía todas las de perder. Enemistada tanto con Perú como con Chile, las naciones que tenía que rodear, decidió volver por el Pacífico para un viaje para la cual no estaba preparada y sufrió el hambre y la desolación, como describió en una de sus novelas ejemplares Pérez Galdós. Pero ésta también es otra historia distinta, que deberá ser contada en otra ocasión.