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lunes, 10 de febrero de 2025

El libro y la historia real de febrero: "Revolución. Indonesia y el nacimiento del mundo moderno", de David van Reybrouck.

 

El libro del que tratamos hoy es descomunal, en muchos sentidos. En el físico: tiene más de 600 páginas. En el volumen de lo que cuenta: aunque el relato principal se centra en cuatro años (de 1945 a 1949, cuando se certificó la independencia indonesia), el texto realiza un relato sobre la historia del territorio desde sus orígenes, sobre la cual se va profundizando conforme avanzan los siglos, dedicándole una mirada especial a la colonización holandesa, los primeros intentos revolucionarios, la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, el período de descolonización y sus consecuencias posteriores. Es impresionante también respecto a sus fuentes: no es sólo que cuente con un sin número de referencias bibliográficas, sino que se sustenta muchísimo en testimonios directos (bastantes de ellos, ya nonagenarios, a punto de perderse en la noche de los tiempos) recogidos en lugares tan distantes como Holanda, Indonesia, Japón o el Himalaya. Finalmente, es un libro que ha causado un gran impacto: un belga escribiendo sobre un tema holandés y que mira en muchas ocasiones desde la perspectiva asiática. No es extraño que algún político de los Países Bajos haya mandado al autor al infierno, mientras que este sesudo análisis histórico ocupa escaparates en buena parte de las librerías indonesias.

Pero el esfuerzo, desde luego, ha merecido la pena. Es un texto apasionante, que me ha obligado a dedicarle un día entero leyendo para devolverlo a tiempo a la biblioteca de donde lo saqué como simple documentación para un viaje a Indonesia. Por supuesto, lo ha complementado y me ha hecho comprender muchas cosas, algunas de las cuales quiero compartir aquí.

Para empezar, muchos creen que la colonización neerlandesa en Indonesia fue suave, comparada con otras experiencias. Supongo que todos los antiguos países colonizadores piensan lo mismo de su caso particular. Pero no: en muchas ocasiones fue brutal, despiadada, y fuente de un enorme descontento. Los Países Bajos administraron sus dominios primero como un negocio (a través de la Compañía de las Indias Orientales, con el fin sobre todo de garantizar el monopolio de las especias), y luego, conforme las circunstancias fueron cambiando, como un estado avasallador que se aprovechaba de las ricas materiales primas de un territorio que cada vez se fue haciendo más grande y estructurado. Por supuesto, ello generó toda clase de interacciones, algunas positivas, como una cierta sección de la población indonesia que recibió educación y pudo compartir algunas de las responsabilidades de la colonización. Pero incluso ellos (especialmente la población mestiza) notaron que los europeos siempre se encontraban un escalón por encima -el libro realiza muy buena analogía con las distintas cubiertas de un barco de aquella época- y eso, como en muchos lugares del mundo, sembró las semillas del rencor y las ansias de libertad. Hay varios episodios del libro que ilustran muy bien este odio acumulado: 1) cuando los japoneses llegan para invadir Indonesia, en busca sobre todo de petróleo, sus habitantes les reciben como libertadores. Y a pesar de que luego el hambre y el propio colonialismo japonés rompen esa luna de miel, aquel período (en que los indonesios alcanzaron mayor autonomía, y fueron instruidos en el arte miliar por sus nuevos amos asiáticos) fue clave para entender que, después de la Segunda Guerra Mundial, las cosas no podían seguir igual; 2) cuando los neerlandeses vuelven tras la guerra, creen que les van a acoger con los brazos abiertos. En lugar de ello, se encuentran con una población abiertamente hostil. Ante ello, los Países Bajos repiten los mismos errores, y creen que la fuerza lo solventará todo. De hecho, es increíble leer lo que a finales de los años 40 llegaron a hacer los Países Bajos (un pueblo asfixiado, poco tiempo antes, por el yugo alemán) en cuanto a crímenes de guerra en una región que decían estar liberando y pacificando, y lo poco que se han castigado y puesto de relieve esas matanzas -tanto, que quienes las han confesado han recibido, por parte de neerlandeses, terroríficas amenazas de muerte-. Para que nos hagamos una idea de lo radicales que llegaron a volverse las posturas, un partido de derechas bastante importante a finales de los años 40, liderado por un ex-primer ministro del país, dijo que, antes de entregar las colonias, habría que disolver el gobierno, y planeó un golpe de estado que hubiera supuesto el asesinato de numerosos líderes neerlandeses. No sé si a los lectores les sonará a otros contextos en que el tema territorial ha entrado en un bucle de obcecación tan fuerte que ha llegado a originar ideas extremadamente delirantes y antidemocráticas.

Uno de los puntos fuertes del libro es que te indica que, al contrario de lo que muestran las películas, hay muchos casos individuales que se escapan a lo común: un intelectual independentista indonesio que vive en Holanda y acaba en un campo de concentración nazi; un mestizo indo-holandés que es capturado por los japoneses y le cae la bomba atómica de Nagasaki encima; un tripulante de submarino alemán que es arrestado por los japoneses al final de la contienda; soldados nacidos en Nepal, quienes trabajan para la corona británica, los cuales tratan de pacificar la recién liberada Indonesia, pero que se encuentran con el rechazo de la población (saben que la entrada del Reino Unido es el anticipo de la llegada de los holandeses para recuperar la joya del reino), con lo cual asiáticos terminan enfrentados contra asiáticos, y japoneses y británicos han de colaborar juntos para garantizar la paz. Para mí, una de las escenas más sorprendentes es cuando los americanos, durante la Segunda Guerra Mundial, llegan a la zona de Papúa (donde sus habitantes viven aún en el Neolítico) y, mientras empiezan a construir aeropuertos, les prometen a los nativos 25 céntimos por cada japonés -la prueba del objetivo cumplido es una oreja- que maten en la huida desesperada de los nipones a través la selva. Por lo visto, aquel año, muchos soldados americanos enviaron orejas asiáticas a casa como regalo. En este libro, desde luego, hay muchos casos que darían para espectaculares adaptaciones cinematográficas.

De hecho, entre los muchos actores, poliédricos, entre dos culturas y dos perspectivas, cargados de matices, me ha llamado la atención aquellos neerlandeses que, a pesar de la cerrazón de sus gobernantes, tenían claro que los indonesios merecían aquella misma libertad que, a ellos mismos, los nazis les habían negado. Por ejemplo, el Partido Comunista Holandés, que siempre estuvo a favor de la independencia indonesia; los 8.000 miembros del Partido Socialista que se dieron de baja, descontentos con la postura que habían adquirido sus líderes con el proceso descolonizador; el 50% de hombres y el 38% de mujeres de la población de los Países Bajos que estaban en contra de mandar tropas a las colonias; o el caso de un soldado neerlandés que, al darse cuenta de que le llevaban para matar indonesios, se escapó de noche, llegó a la zona del enemigo, gritó "¡Merdeka!" ("libertad" en indonesio"), le contó a la población local los planes de sus jefes, y fue acogido como un héroe (aunque fue encarcelado a su vuelta a los Países Bajos). Demostrando que disidentes y auténticos amantes de la libertad los ha habido siempre en todos lados.

En el otro lado, el pueblo indonesio dio enormes muestras de paciencia y resiliencia, aunque, al final, por supuesto, tantos excesos llevaron a reacciones violentas (en muchos casos exageradas y que pagaron inocentes), pero que son fáciles de entender después de lo que habían vivido, y que al final fueron las únicas que los colonizadores llegaron a entender. Frente a ello, hubo muchos personajes y políticos que mediaron, contemporizaron, y de verdad intentaron poner lo mejor de su parte. Entre los nombres más destacados están Sukarno (futuro primer presidente de Indonesia, y que pactó con Dios y el diablo para conseguir su propósito; de hecho, fue capaz de hablar con fascistas japoneses, colonizadores holandeses, islámicos y comunistas indonesios, y también de defraudar a todas esas colectividades) y Sutah Sjahrir, un hombre culto y conocedor de las costumbres europeas, atrapado entre dos fuegos, que acabó enfrentado con la siguiente ola revolucionaria, y que hundió su carrera política, como muchos, para tratar de evitar un derramamiento de sangre. En el proceso, quedó claro que había posturas contrapropuestas (por ejemplo, una generación mayor que optaba por pactar y ser pragmática, y una más joven que apostaba por la violencia revolucionaria), en elecciones que eran siempre complicadas porque el poder de la fuerza en su abrumadora mayoría estuvo del lado neerlandés.

Al final, a pesar de que por supuesto hay muchos factores implicados, la independencia indonesia se logró por dos motivos principales: 1) aunque, a través de la violencia, los Países Bajos recuperaron casi la totalidad del territorio tras la Segunda Guerra Mundial, nunca lo controlaron del todo. La resistencia indonesia en forma de guerrillas convirtió aquello en un anticipo de lo que sería más tarde la guerra de Vietnam, quedando claro que unas centenas de miles de hombres no pueden gobernar un país donde millones conspiran subterráneamente en contra. Tener colonias, desde luego, ya no era rentable; 2) los EEUU, el gran mediador internacional, cambiaron de opinión. Si al principio estaban a favor de los Países Bajos porque temían que éste cayera bajo la influencia del comunismo, los movimientos en contra de esta doctrina política por parte de Sukarno les convencieron de que apoyarle a él -uno de los pocos actores moderados que quedaba en pie en el archipiélago asiático- era la única manera de garantizarse de que Indonesia no cayera bajo las redes de la Unión Soviética. Con ello, el país pudo conseguir el logro de ser libre, aunque pagó caro su éxito: económicamente, sobre todo al principio, las condiciones fueron muy ventajosas para los Países Bajos y, además, EEUU siguió utilizándolo como bastión contra el comunismo. Tanto que, en los años 60, favoreció un golpe de estado que causó centenas de miles de muertos e inauguró una dictadura que duró 32 años (y de la que todavía quedan reminiscencias y cicatrices en el país). Sin embargo, el autor de "Revolución" se centra sobre todo en los aspectos positivos: Indonesia -el cuarto país más poblado del mundo- fue el primer estado que, tras la Segunda Guerra Mundial, proclamó su independencia, y constituyó la inspiración para procesos descolonizadores que se iniciaron por todo el mundo. Aunque luego muchos de esos procesos sufrieron traumas, sabotajes, traiciones, quedaron desvirtuados, o se asomaron a un sin fin de problemas que venían derivados o eran independientes del colonialismo (en realidad, el capitalismo y la corrupción fueron los mayores responsables), en el balance, a inicios del siglo XXI, esos pueblos son un poco más autosuficientes y más libres, y han demostrado que se puede hacer política donde el centro de todo no sea la raza blanca. Teniendo en cuenta lo horrorosa que suele ser la Historia humana, a veces una victoria de este orden -por muy pírrica que sea- es suficiente.

Por último, el libro habla, para mí proféticamente, de cómo los seres humanos colonizamos no sólo los territorios, sino también el futuro: como el autor de "Revolución" dice, la gente de los años 20 del siglo XXI explotamos los recursos y comprometemos el destino de los habitantes del 2080. La destrucción de la naturaleza (de la que Indonesia, por desgracia, es una privilegiada avanzadilla) nos pasará las cuentas tarde o temprano. Pero esas son revoluciones que otras generaciones -sí, también nosotros- tendremos que liderar.

lunes, 19 de junio de 2023

La serie de junio: "We're Lady Parts"

El punto de partida de "We're Lady Parts" es genial. Una chica joven, modosita, conservadora, que hace una tesis en microbiología y cuya única ambición es encontrar marido, se ve arrastrada a formar parte de un grupo punky de chicas, cuyas canciones y forma de vida van en contra de todo el universo que ha conocido hasta entonces.

Si os habéis imaginado una historia en la que podrían encajado Anne Hathaway o Julia Roberts, habéis acertado. Ahora añadid que todas las protagonistas forman parte de la comunidad musulmana en Londres. El cocktail, como ves, es explosivo.


La serie es genial. Por muchos motivos. Hay que tener una capacidad increíble para tomar este argumento (que camina en la cuerda floja sobre el abismo de la crítica por todos lados) y hacer algo que no atenta directamente contra ningún modo particular de vida, sino que defiende ante todo la capacidad de decidir por una misma, sin imposiciones de los demás -una actitud, por supuesto, muy punk-. Encima, sin tirar de moralina ni lugares comunes, sino desarmándote a fuerza de sentido del humor y de unas referencias pop extraordinarias, muy reconocibles para el espectador que vive en Occidente. Las actrices interpretan con gran criterio a unos personajes extremadamente carismáticos y, como colofón, la banda sonora (especialmente la parte no-punk) es maravillosa. Encima, los capítulos son cortos y la serie, lejos de estirarse, te deja con ganas de más. De momento, sólo tiene una temporada y podeís encontrarla en Filmin.

jueves, 1 de julio de 2021

La historia real de julio: Nepal y yo

Hace muchos, muchos años, en mi familia reproducíamos con asiduidad un viejo chiste privado. Todo partió de una noticia según la cual, en Madrid (un lugar muy lejos de la Almería donde entonces habitábamos), un juez había mediado una disputa entre una señora que quería sentarse en un banco del parque, y una vagabunda que dormía en él y le había impedido a la primera sentarse. El juez -seguramente sin ganas de discutirle a la mendiga la autoridad de su pequeño mundo- dictaminó que la estancia durante un largo período en un emplazamiento concreto equivale a la posesión y que, por tanto, el banco del parque era propiedad de la vagabunda. Regocijados y entretenidos por el veredicto, en mi familia teorizábamos con la idea de viajar a Nepal, sentarnos en uno de los escalones de los largos caminos de subida necesarios para el acceso a los templos, aguardar el tiempo suficiente y, con la autoridad que emanaría de los muchos meses apoyados sobre nuestras posaderas, cobrarle el equivalente de un euro a cada uno de los muchos creyentes que cada día ascendieran o bajaran por las escalinatas. Era nuestro sueño anhelado, el retiro ideal: vivir de sentarse en unas escaleras, disfrutando del aire puro, de la espiritualidad religiosa, y de la paz del entorno. Porque, ¿qué demonios puede pasar en un país como Nepal?

Patio interior de un templo nepalí. Todas las fotografías de este post son del autor

Unos años después, nos llegó una estremecedora noticia de la que hace poco se cumplieron 20 años: el príncipe heredero de Nepal, enfadado con su madre porque no le permitía casarse con la mujer que amaba, había tomado una ametralladora de uno de sus guardaespaldas y se había cargado a su madre, a su padre, a su prometida, a varios de sus guardaespaldas y hasta a once miembros de la familia real, percance en el que el autor había resultado muerto él mismo. El crimen sacudió el país, y muchos de su coletazos aún perduran. Hace tiempo (más adelante comentaré por qué) tuve la oportunidad de visitar el antiguo palacio real de Nepal. Un lugar curioso, con todo el boato que podía ostentar una monarquía después de todo tercermundista -el palacio, de hecho, ofrecía un cierto toque kitsch, fruto de la remodelación que sufrió durante los años 70-, en cuyo jardín habían dejado sin reconstruir el lugar donde tuvo lugar el acto violento. Hay que reconocer que los nepalíes habían logrado un curioso equilibrio entre pretender homenajear a los fallecidos, mantener lo que sin duda era un lugar de interés histórico y turístico, y al tiempo no exhibir de forma llamativa los aspectos más sensacionalistas del asunto: unos carteles señalan los lugares donde cayeron los muertos, pero el lugar se mantiene con austera sobriedad, las fotografías, por lo que recuerdo, están prohibidas (escribo de memoria buena parte de los detalles de esta personal crónica, así que me perdonaréis alguna inconcreción o errata), y en general el trayecto se realiza en un sepulcral y respetuoso silencio.

El antiguo palacio real de Nepal. Del moderno (donde tuvo lugar la tragedia) no poseo fotografías, pues no nos estaba permitido tomarlas.

El recorrido por el infausto jardín es, en el fondo, el réquiem final por una institución que ya no existe. Poco después del incidente, ante la muerte de los herederos de la casa real nepalí, un tío del príncipe heredero asumió la corona. El tío, de hecho, en un momento determinado, derrocó al gobierno elegido por el parlamento y puso el país bajo la ley marcial. Lo cierto es que mucha rumorología apunta a que el famoso episodio del príncipe heredero no fue sino una cortina de humo para efectuar un golpe de estado orquestado por el futuro soberano para apoderarse del país. En esta tragedia propia de Hamlet, y durante un período muy tenso, la guerrilla maoísta que desde hacía tiempo se hallaba combatiendo en las montañas de Nepal ganó fuerza y simpatía popular, y al final se hizo con el control del estado. Con el tiempo, el país ha adquirido una nueva constitución y ha recuperado la paz social, aunque quizás no sea todavía el paraíso idílico que se había dibujado en nuestra imaginación en el pasado. Los tiempos de soñar en vivir de sentarse en las escaleras, seguramente, no volverán.

Plaza Durbar (la plaza principal de Katmandú, la capital de Nepal), invadida perennemente por las palomas.

Un tiempo más tarde, llegaron nuevas noticias de Nepal. En este caso, más cercanas y personales. Una familiar se casaba con un nepalí. Y, por supuesto, la boda tenía que ser en Nepal: además, del modo tradicional. Este último implicaba ocho días de celebración, aunque por lo visto iban a reducirlo a tres. Una pre-fiesta en Katmandú, un evento -dos días después-, también en la capital (el cual constituiría la boda propiamente dicha), y luego una tercera ceremonia que se celebraría en el pueblo natal de la familia del novio y que implicaba un acto ritual durante el que entre otras cosas se cocina un pescado (al final, por lo visto, milagros de la modernidad, era posible sustituir esto último por pagarle a alguien para que lo haga, cosa que fue lo que acabó ocurriendo). La familia de la novia, ubicada en localizaciones tan dispares como el Alto Aragón y Madrid, fue invitada a las dos primeras secciones de la celebración, mientras que la tercera se preveía un poco más recogida, en parte debido la dificultad de los medios de transporte. Aunque gente curtida en viajes, había que reconocer que la idea de que un grupo de hispánicos nos encontráramos en mitad de Katmandú resultaba tan exótica como una panda de samurais en la Puerta del Sol, o la estampa de Paco Martínez Soria recién llegado a la gran ciudad en una película de los años 60; pero a pesar de todo (o precisamente a causa de ello), el reto nos entusiasmaba tanto que teníamos claro que no nos lo podíamos perder. Así que hacia allá partimos.

Muestra típica de comida nepalí

Llegamos por distintas vías de comunicación y a través de diversos trayectos. En particular, mi chica y yo efectuamos antes un acelerado periplo por la India que incluyó Varanasi (Benarés), Khajuraho, Agra, Nueva Delhi y una gastroenteritis por cabeza. Estuvimos a punto de perder los zapatos en un templo sij y tuvimos la ocasión de comprobar que la comida india de verdad no es como la de los restaurantes: en Oriente, los platos que se supone que son útiles cuando no te apetece regodearte en el picante, por supuesto, abrasan las papilas gustativas sin la menor clase de piedad. Desmentimos la idea de que los indios conducen por la izquierda (en realidad el sentido, y por supuesto los carriles, son una religión que no piensan adoptar nunca), y verificamos la célebre hospitalidad de los humildes por la cual una familia nos ofreció comida durante el viaje en uno de los míticos ferrocarriles indios. Cuando llegamos a Katmandú ya estábamos curados de espanto, a pesar de lo cual coincidimos con las impresiones de viajeros pretéritos -algunos de ellos, decimonónicos- respecto a que la ciudad será muy bonita el día que terminen de construirla. Cosa que resulta imposible porque entre los terremotos que provocan que la mitad de los edificios estén en ruinas, la perenne pobreza del país, y un cierto gusto de los nepalíes por lo caótico, damos por descontado que la ciudad seguirá durante los próximos años apenas sin asfaltar, con sus calles levantando polvo a causa del tránsito entrecruzado de hombres, motos y bestias. De todos modos, es un lugar muy interesante para quien gusta de disfrutar de "lo auténtico" (eso que nunca existe, pero que puede aproximarse hasta cierto grado), y contemplar la mezcla de hippies desfasados, montañeros, turistas embobados y elementos locales conviviendo sin molestarse los unos a otros.

La vida se abre camino, o simbiosis entre naturaleza y edificios en Katmandú.

El primer evento fue bien, chistoso y divertido, con todos los invitados vestidos a la manera nepalí, como mandaba la etiqueta. Entre otras cosas, todo transcurrió sin contratiempos porque la novia (mis aplausos para ella) había aprendido nepalí a una velocidad extraordinaria y se le daba muy bien organizar al personal de acuerdo a la idiosincrasia local. También tuvimos que dar las gracias a Flora, Fauna y Primavera, tres simpáticas componentes de la familia del novio -cuyos nombres nunca supimos, de ahí que las denominemos como a las madrinas de la Bella Durmiente- que echaron una mano a las mujeres españolas en la difícil misión de colocarse de manera adecuada esas prendas de vestir denominadas saris (doy fe en que hay que hacer un máster avanzado para ponérselas). Aunque si creíamos que con esto acababan las incidencias a lo largo de la boda, nos hallábamos muy equivocados.

La pre-boda (o primera ceremonia). Me disculparéis si, de todas las fotos del enlace de las que dispongo, coloco las más impersonales, desenfocadas y multitudinarias que tengo a mano, con el objetivo de preservar la intimidad de los participantes.

El plato fuerte se reservaba para la segunda celebración. Punto primero: aprendes que organizar una boda es cuestión de toda la familia. Tanto que, durante el desayuno del día anterior, nos encargaron una misión: "Necesitamos un voluntario", indicó el padre de la novia, "para ir a buscar el pastel junto a Sadam Husein". Para los que hemos vivido desde la televisión dos guerras de Irak, el nombre no deja de trastocar todas tus concepciones mentales (por supuesto, me presenté voluntario en cuanto averigüé la naturaleza de la misión). Resulta que Sadam era un pariente del novio -aunque la familia era mayoritariamente hinduista, había cierta sección musulmana-, el cual no tenía la culpa de que sus muy comunes nombre y apellido coincidieran con los de uno de los dictadores más conocidos en los últimos tiempos. Pronto, sin embargo, los cometidos se multiplicaron. A varios de los primos de la novia les encargaron que se hicieran responsables de "la parte del jarrón". Esta sección consistía en que el novio tenía, durante cierto momento de la ceremonia, que intentar atrapar un jarrón que sus "nuevos primos" tratarían, de manera fingida, de escamotearle: en suma, era una manera tan jocosa como cualquier otra de indicar que había entrado a formar parte de las bromas y pullas bienintencionadas habituales en toda familia. Asignados cada uno a sus tareas, llegó el gran día. En esta ocasión, Flora, Fauna y Primavera se reencarnaron en unas amabilísimas camareras de hotel que, sin necesidad de compartir con las españolas ninguna clase de idioma común, flotaron cual pajaritos alrededor de las muchachas hispanas para conseguir que los saris se mantuvieran en su sitio. Cumplida esta primera cuestión, fuimos al lugar de la boda. Quizás es momento de extendernos sobre algunos detalles de la ceremonia.

Llegada del cortejo nupcial

Lo primero de todo es que la familia del novio arriba al lugar donde se celebra el show (digo, el asunto), a cuya puerta aguarda el padre de la novia -lo sé porque una de las funciones improvisadas que me tocaron ejercer aquel día fue la de traductor oficial del mismo mientras no llegara alguien que pudiera transmitirle los mensajes en inglés al español-. Dicha llegada familiar es una especie de fantástico desfile triunfal sin mucho orden ni concierto, lleno de música, color y, sobre todo, vestidos fastuosos. Uno podría tener dudas sobre quiénes son los novios en una boda india porque todos los trajes son espectaculares: hasta que los ve, momento en el que le queda claro, porque son más rutilantes todavía. Aquí tenemos que expresar una cierta diferencia cultural entre los dos mundos que nos ocupan. En algunas civilizaciones, la moda es minimalista: menos es más; en la India y Nepal, se han quedado en el barroco: más es siempre más. A aquella exhibición sólo le faltaban los elefantes. De todas maneras, en aquella boda hubo una particularidad especial: resultó que durante el segundo evento, la mayor parte de los occidentales vestíamos ropas tradicionales, mientras que los nepalíes llevaban puestos trajes y corbatas. Fusión cultural así no la encontráis ni en un restaurante de lujo. Después del desfile exterior, la multitud penetra en el recinto donde se celebra la boda, cada familia por un lado, de tal manera que ambos grupos humanos (con los contrayentes como punta de lanza) se encuentran en la parte superior de unas escaleras donde confluyen novio y novia junto a un séquito de acompañantes, en un gesto que simboliza la unión de los futuros cónyuges y de sendas colectividades. Creo que estaría prohibido (o, al menos, sería de mal gusto) sentarse en las escalinatas y cobrar un euro a los participantes, aunque si lo hubiéramos llevado a cabo nos hubiéramos puesto las botas. Terminado el proceso del encuentro de los novios, comienza la ceremonia propiamente dicha.

Encuentro de los novios en las escaleras. Como podéis apreciar de las vestimentas, ninguna boda nepalí es sencillita ni minimalista.

Hay dos cuestiones que incrementan la confusión en una boda nepalí. En un enlace occidental, primero tiene lugar la boda propiamente dicha, luego el convite y al final el baile. En la celebración nepalí, las tres fases tienen lugar simultáneamente (por tanto, mientras los novios están a lo suyo, hay quien disfruta con su sufrimiento, hay quien baila, y hay quien se aproxima a la mesa a deglutir a ambos carrillos). La segunda cuestión se refiere al oficiante, que en nuestro caso era un hombre, acompañado de dos mujeres mayores las cuales iban repartiendo marrones (o tareas) al primero que veían, y que eran quienes designaban las líneas maestras de la ceremonia, aunque de vez en cuando se contradecían. A buena parte de los congregados les se les adjudicó un rol -o, mejor dicho, una misión-. Mi chica tuvo que reunir a cuatro mujeres casadas de la familia para un extraño ritual que incluía colocarse un cuenco relleno de cosas en la cabeza. El primo de la novia asignado a la ceremonia del jarrón la dirigió con tanto celo que, durante unos minutos, temimos que los prometidos no llegaran a casarse. El padre de la novia y su futuro yerno tuvieron durante un tiempo que obedecer extrañas consignas del oficiante que requerían trasvase de líquidos y variadas ofrendas. A mí (liberado ya de las labores de traductor, una vez la novia se incorporó a la parte religiosa del asunto) me tocó a continuación participar en una insólita invocación a la cosecha en la que seis nepalíes, el padre de la novia y yo tuvimos que golpear el extremo de un palo sobre un cuenco para simbolizar el aplastamiento del arroz para obtener harina. Como podéis constatar, la cosa estaba como para aburrirse.

Ceremonia de aplastamiento de arroz en un cuenco. En algún lugar ahí atrás, supuestamente, estoy yo.

Lo sorpredenten es que, mientras hacíamos todo esto, la boda seguía su curso. Yo participé en el rito del palo, me fui en un coche a buscar el pastel -por lo visto Sadam Huseim iba en el auto, aunque en aquel momento pensaba que le habíamos perdido., volvimos sin saber lo que había que hacer con la tarta (descubrimos que, sobre este dilema, la familia nepalí estaba tan perdida como nosotros, lo cual desconozco si nos unió o nos distanció culturalmente) y, mientras tanto, a la novia siguieron pidiéndole que hiciera cosas cada vez más complicadas. De lo poco que entendí de la ceremonia, debe de haber un cierto interés en hacer sufrir hasta el límite de sus fuerzas a la contrayente del enlace, por motivos que desconozco. Aun así, ella aguantó con relativa entereza un proceso que duró numerosas y largas horas hasta que, en un momento determinado, supongo que asumieron que no iba a rendirse y la soltaron. Ya de manera más distendida, como digo, se sucedían a la vez el convite y al baile. Al respecto de este último, he de decir que no soy muy fan de "Paquito Chocolatero", pero ver a unos nepalíes bailar esta canción no tiene precio. Sobre esta última, y a pesar de su gran desaparpajo, los asiáticos decían que el problema de las canciones españolas es que no entendían las letras, lo cual me producía una sonrisilla al recordar las coreografías de Bolllywood que los españoles habíamos efectuado de manera bastante jocosa en el primer evento. Lo más curioso del banquete -y aquí reenganchamos con la parte política- es que, en Nepal (como en otras partes del mundo; yo mismo participé en Túnez en una boda en la que sólo conocía a una amiga de los contrayentes), la cuestión de los invitados es bastante laxa. No llegaron hasta el punto de invitar a todo el pueblo de la familia al ágape, como he visto que ocurre en algunas localidades pequeñas, pero se considera que la gente entra y sale de las bodas con relativa facilidad. Por ejemplo, el lado musulmán de la familia solamente hizo acto de presencia durante un tiempo. Como el novio pertenecía a la casta de los guerreros -una de gran consideración social-, allí en nuestra gran boda nepalí había también un cierto número de políticos. Hasta creo recordar que el Primer Ministro se pasó a saludar. Fue curioso observar cómo el padre de la novia departía con ellos: él no sabía nepalí, ellos no hablaban castellano, y el dominio de ambos contendientes del inglés era bastante relativo. Pero ya conocéis la innata capacidad de comunicación del ser humano, más si es español, y más en las bodas. Sobre lo que conversaron los antiguos guerrilleros maoístas de las montañas, ahora reconvertidos en congresistas, con un individuo nacido en Castilla que ha estado tanto en el ejército como en una comuna (y sin duda no desentonaba en ninguno de los dos ámbitos), sólo podemos especular.

Fase de baile, fotos, "vivan los novios" y demás excesos que sigue a toda ceremonia de boda.

Nepal es un país que tiene muchos problemas. Pobreza, un pasado de inestabilidad política que esperemos haya quedado atrás, terremotos... Puedes adorar sus ancestrales tradiciones, la belleza de sus montañas y la riqueza de su cultura a la vez que lamentas la forma en que la contaminación ensucia sus ríos o que los problemas de la globalización y el cambio climático amenazan la esencial industria del alpinismo. Por otra parte, no tengo queja con respecto a los nepalíes: prácticamente todos los que conocimos, tanto de lejos como de cerca, familia política o no, se portaron de una manera encantadora y cordiabilísima con nosotros, pese a que sin duda las diferencias culturales hacen que tengamos perspectivas distintas sobre muchas cosas (aunque, qué queréis que os diga: entre el caos mediterráneo y el nepalí, no veo demasiadas diferencias; quizá por eso nos parecen tan divertidos, y no tan lejanas sus tradiciones). Un país tan lleno de contradicciones y paradojas merece la pena. Yo he querido compartir con vosotros la manera en que éste ha entrado en mi vida, a múltiples niveles, entrecruzándose la esfera política y la familiar. A cada uno nos ocurre algo parecido con uno o dos lugares distintos. Espero que los vuestros os deparen tantas alegrías como a mí.

Una porción del Himalaya saludándonos desde la ventanilla del avión.

lunes, 20 de mayo de 2019

La historia real de mayo: lugares sin ley

Desde que el hombre fue hombre y tuvo que vivir en comunidad, se vio obligado a adoptar unas reglas de convivencia. Más adelante, cuando las sociedades evolucionaron para abarcar más allá de la villa y la tribu, y nacieron los estados, fue necesario crear un cuerpo jurídico más o menos organizado. El código de Hammurabi, dicen, es la forma más antigua de conjunto normativo que se conoce, pero desde el "ojo por ojo y diente por diente" hasta nuestros días se han sucedido toda clase de leyes, decretos y constituciones. Por eso, nos resulta extraño creer que, aun hoy, y hasta en casos muy extremos, han existido o existen lugares sin estado, zonas sin ley, emplazamientos donde no hay reglas escritas ni nadie encargado de velar por el cumplimiento de las normas. Bienvenidos a algunos ejemplos más evidentes incluso que el salvaje Oeste:

-La Antártida: Donde hay poca gente, es imposible pedir mucho más. Las naciones del mundo firmaron un acuerdo por el cual renunciaban a disputarse la hegemonía de la Antártida y ha quedado como un gran y vacía (tan sólo una breve incursión humana en sus márgenes) superficie dedicada a la investigación científica, con una escasa población, de logística relativamente precaria, que se renueva con cierta continuidad. Eso quiere decir que si alguien muere de manera sospechosa, es bastante difícil averiguar cuál es la verdadera causa de su muerte (no existen policías, abogados, y ni siquiera expertos en ciencia forense), ni forma factible de capturar al presunto culpable antes de que éste vuelva a su país, cosa que se sospecha que sucedió hace un par de años frente a un caso que nunca llegó a investigarse debido a estos motivos (la duda pues, quedó perenne). No sabemos tampoco cómo acabó la anécdota por la que un científico de la Antártida llegó a apuñalar a otro por hacerle -en teoría de forma "humorística"- spoilers de varios libros, aunque lo más lógico sería que la justicia, como casi siempre en estos casos, la aplicara espontáneamente la comunidad local (nota: en realidad, sí que hubo intervención de un estado; Rusia era el país de ambos hombres y el autor de la puñalada volvió a su patria natal para ser juzgado). Sin embargo, en el caso de que fueran los allí residentes quienes hubieran dirimido el caso, no tengo muy claro que hubiera una decisión unánime sobre quién era el verdadero culpable.

-Regiones en disputa: en aquellas regiones cuya posesión es discutida por varios países, suele ocurrir con frecuencia no haya una organización efectiva del territorio, aunque a veces la comunidad local impone sus propias normas. Un ejemplo relativamente cercano a España (y en parte responsabilidad suya) es el Sáhara Occidental, cuyos habitantes piden todavía un referéndum de independencia, aunque Marruecos nunca ha cedido en este punto y explota el territorio a pesar de las protestas del pueblo saharaui.

-El mar. En aguas internacionales puede ocurrir prácticamente cualquier cosa sin que haya castigo, y las más de las veces ni siquiera conocimiento. Y no sólo allí. Como mencionaba un artículo hace unos años, en las tripulaciones de los barcos se acumulan marinos de toda clase de condición, edad y raza, abundando la ilegalidad, la explotación y hasta el esclavismo. La ley clásica del mar decía que un capitán es dueño de la vida y la muerte de todos los viajeros en su barco, y el siglo XXI, a pesar de todos los avances, parece no haber modificado lo esencial de ese concepto.

-Comunidades aisladas: ya sean regiones asentadas (como la comuna hippie establecida en medio del desierto de California) como concentraciones espontáneas (el mayor ejemplo, "The Burning Man" que se celebra cada año en Nevada en una especie de homenaje revival pagano cargado de moderna tecnología que se ha prolongado hasta nuestros días), hay rincones del mundo donde nadie se atreve a aplicar ninguna clase de ley, ni tampoco individuo que lo consienta.
                                                                                           
                                                       Sección de la ciudad de Kowloon, vista desde arriba
-La auténtica ciudad sin ley. Este caso ya no es real, pero lo fue hasta hace muy poco. Se trata de Kowloon, una península cercana a Hong Kong que, durante la época en que China y Gran Bretaña compartieron esta ciudad, se estableció como fortaleza. En principio era china, pero cuando los británicos entraron al asalto durante el siglo XIX en ella para confirmar ciertas sospechas, descubrieron que los oficiales chinos habían huido. Sin embargo, Gran Bretaña no hizo nada respecto a ese lugar y quedó definitivamente como una zona amurallada sin ley, donde se refugiaron multitud de desplazados por la guerra civil china después de 1945. Paulatinamente, todo comenzó a crecer: la gente que vivía allí, el número de casas, la altura de los edificios (muchos de los cuales se construían encima de las azoteas de los antiguos). Se convirtió en el lugar de mayor densidad de población del planeta (120 veces la de la ciudad de Nueva York), conformado por edificios altos (una de las escasísimas normas de la ciudad era que no podían superar los catorce pisos para no interferir con el muy ruidoso aeropuerto), en los cuales los pisos superiores tapaban la luz a los inferiores, por lo que se la conoció como "Ciudad de la Oscuridad".


 Niveles superiores (arriba) e inferiores de Kowloon. 

Las condiciones, desde luego, no eran agradables. El espacio para que viviera una persona era menor que para un aparcamiento estándar de coche. La gente no tenía quien le instalara fontanería o cables eléctricos, con lo cual solían montárselos ellos mismos. No es que no hubiera comercio: más bien al contrario, florecieron especialmente los negocios ilegales. Entre ellos, toda clase de profesionales sin licencia, porque los alquileres de los locales eran muy económicos. Eso sí, las condiciones de estos profesionales eran deplorables: se acumularon dentistas cuya pulcritud higiénica era bastante más que dudosa -aun así, muchos clientes venían de Hong Kong, pues los precios eran baratísimos-. Los restaurantes tampoco tenían regulación sanitaria. Florecían los casinos y los burdeles, las drogas abundaban por doquier, hubo más que sospechas de incendios por especulación inmobiliaria (a cuya prevención no ayudaba la falta de previsión anti-incendios), y, por supuesto, se convirtió en el reino de las mafias ilegales. Aunque algunos defendían que la mayor parte de los habitantes no estaban metidos en ningún negocio sucio, y que la criminalidad no era tan alta como cabía esperarse -difícil saberlo, porque obviamente no había registros-, lo cierto era que, entre los callejones estrechos (a través de muchos había que pasar de lado), la oscuridad y la suciedad a nivel del suelo (te caía agua y basura de los pisos superiores porque los vecinos barrían hacia abajo), así como la maraña de cables sueltos por todos lados, a la gente no le gustaba pasear mucho por la ciudad, y menos de noche. Iban y volvían por los pocos sitios que conocían para realizar los recorridos imprescindibles, es decir, ir y volver del trabajo (había un único cartero, que era de los escasos habitantes que se conocía los detalles de la geografía de la ciudad). De hecho, existían toda clase de pasarelas a nivel de las alturas para no tener que pasar por el suelo en ningún momento. La ciudad tenía un microclima muy especial, cargada de calor y humedad, de tal manera que muchos subían a los tejados de los pisos superiores para respirar algo de aire puro, especialmente por las tardes y durante el verano. A veces los adultos organizaban allí partidas de cartas, o los niños acudían a jugar o a hacer sus tareas, después de haber pasado la mañana en el nivel inferior.


En general, la gente de Hong Kong iba allí a hacer todas las cosas que no podían en la más regulada ciudad de Hong Kong, entonces británica. Desde actividades delictivas, hasta comer platos prohibidos en otros sitios (ojos de pez o cachorros de perro, entre otros). A pesar del caos del barrio, unos cuantos se apañaron para crear sus propios oficios: por ejemplo, dedicarse a ir casa por casa para fregar las cazuelas de los demás. Algunos grupos de vecinos, por otra parte, empezaron a autogestionarse: la anarquía dio paso a una suerte de organización donde empezó a haber panaderías, jardines de infancia, escuelas, organizaciones civiles y religiosas, etc... Muchas veces las esposas se dedicaban a limpiar el exterior mientras las abuelas cuidaban a sus nietos y a los niños de edificios cercanos. Al mismo tiempo, la policía de Hong Kong (que a raíz de un asesinato en 1959 se hizo cargo oficialmente de la juridiscción de la ciudad, aunque no intervenía gran cosa) comenzó a hacer redadas, disminuyendo el nivel de criminalidad. La propia ciudad de Hong Kong acabó haciéndose cargo de algunos servicios, como el suministro de agua. La vida se abría camino a pesar de tanta anormalidad. De hecho, un texto de la época decía que, a pesar de la mezcla abigarrada de drogadictos, sacerdotes, trabajadores sociales y prostitutas, aquel lugar, que para muchos resultaba aterrador, tampoco resultaba tan diferente de la rutina habitual en Hong Kong, y que buena parte de sus habitantes tenía una existencia medianamente normal.
En 1987, la ciudad tenía entre 30.000 y 50.000 moradores, y fue entonces cuando Gran Bretaña y China (ante el hecho de que unos cuantos años más tarde tendría lugar la anexión definitiva de este territorio, junto con todo Hong Kong, al país asiático) decidieron sanear la zona, y ofrecer compensaciones para los afectados, tanto en dinero como en forma de nuevos alojamientos. Para muchos, suponía liquidar por fin el cáncer en que se había convertido la ciudad; además, al escuchar el proyecto, las mafias chinas decidieron marcharse fuera, con lo cual se convirtieron en los años más tranquilos. Sin embargo, muchos que no podían vivir de otra manera (tendrían que sacarse licencia para sus respectivos oficios), que consideraban las compensaciones insuficientes, que se habían acostumbrado a ese modo de vida, o que preferían vivir en un lugar donde no se pagaban impuestos, se negaron a marcharse. Un batallón de 150 hombres entró para desalojar a los más renuentes a trasladarse, entre otros un hombre de 62 años que amenazó con suicidarse si le reubicaban. Finalmente, después de muchos años, en 1993, dejó de haber personas allí viviendo, se desconectó la electricidad y se tapiaron los pozos: entró la maquinaria de demolición. Poco tiempo después, empezaba a re-edificarse la ciudad. El resultado, como puede verse más abajo, fue muy distinto.




Greg Girard fue un fotógrafo que se dedicó a hacer fotografías de Kowloon poco antes de su desaparición, explorando todos los rincones de la ciudad, y publicándolas en un libro (ahora expuesto en una página web) titulado "City of darkness: Life in Kowloon Walled City", que tuvo posteriormente secuelas. La mayor parte de las fotografías de este post son de su autoría, o han sido extraídas de varios blogs que enlazan a Wikicommons (Wikipedia alberga también bastante información sobre la ciudad). Abajo, la moderna Kowloon, ahora un gran y estiloso parque urbano de Hong Kong. De la Kowloon original sólo quedan un par de zonas (una de las puertas y una especie de centro social) que fueron considerados lugares de valor histórico.

Para mí, esta historia es importante porque refleja un dilema muy presente en estos tiempos. En los últimos cuarenta años, desde Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se ha extendido una corriente de pensamiento que dice que los estados, regiones, ciudades, se gobiernan mejor cuando hay menos impuestos y el estado interviene lo mínimo. Pero como hemos comprobado con Kowloon, cuando no hay impuestos, no hay regulaciones sanitarias, no hay controles de edificación, no hay seguridad, todas aquellas ventajas que nos proporciona vivir en comunidad. Tenemos más dinero en la cuenta bancaria, en efecto, pero hay que pagárselo todo, independientemente de que no tengas dinero para afrontarlo: la educación, la sanidad, los medios de transporte. En distintos grados, Estados Unidos (con sus enormes desigualdades) o la España en tiempos de Franco (donde no había impuestos, pero tampoco se construía casi nada, salvo pantanos) siguen o seguían este modelo que, aunque matizado, se pretende que en muchas sociedades vaya progresivamente a más. Dentro de poco hay elecciones europeas, autonómicas y municipales: la pregunta que nos hacemos ante estos distintos modos de convivencia es, ¿a qué referente queremos parecernos?¿Querríamos vivir de un manera similar al sistema de estado de bienestar que -a pesar de los recortes y el intento de desbaratar o privatizar los servicios públicos- hasta ahora ha sobrevivido en Europa... o preferimos algo más semejante a Kowloon?

Como siempre, la decisión está en nuestras manos.

lunes, 5 de marzo de 2018

El libro, las películas, las historias reales de marzo: "Mal de altura", de John Krakauer, la película "Everest", el documental "Sherpa", y el mal de la cima del mundo.

En el centro de la imagen, el Everest, cubierto por nubes. A la derecha, el Llhotse, de cumbre más irregular y plana. Por delante, campos de nubes, a semejanza de ovejas sobresaliendo entre blancos prados. Imagen del autor desde avión comercial.

Hace unos años apareció en cine la película "Everest", un reflejo en celuloide del accidente más grave que ha tenido lugar en el mítico monte, en el año 1996, donde quince montañeros perdieron la vida. Poco después de verla, llegó a mis manos "Mal de altura" ("Into thin air"), de John Krakauer -autor también del título "Hacia rutas salvajes"-, el periodista que acompañaba a la expedición y que narró en aquel libro lo sucedido, recopilando tanto el suyo como otros puntos de vista. Aunque reflejan un acontecimiento común, las dos narraciones -aparte de las diferentes de formato- suenan con distinta melodía. Mientras que "Everest" se asemeja al sonido de una flauta dulce, "Mal de altura" resulta una composición polifónica. El símil con la flauta tiene su lógica, en el sentido de que, aunque emite una canción única, la descripción de lo que ocurrió aquellos fatídicos días en la montaña es fragmentaria, un instrumento que cuando funciona provoca vibraciones en cada uno de los agujeros por los que el aire sopla, que es justo donde se alojan los seres humanos que, entre las rocas, tratan de sobrevivir. En la película se siente la angustia que debió sentirse en el campamento base, cuando se asume que se ha perdido el control, que ya nada cabe esperar sino que este sea el último muerto, y cuando todo, en definitiva, se ha ido a la mierda. La película, por otra parte, rellena huecos que la crónica periodística de Krakauer no puede narrar (en el cine rara vez te puedes emitir imágenes en blanco, mientras que un ensayo valora su riqueza en ocasiones en la abundancia de agujeros negros), y es mucho más simple a la hora de exponer sus conclusiones, que en realidad no enuncia nunca, sólo insinúa: era la época en que empezaban a institucionalizarse las grandes expediciones comerciales al Everest, había muchos grupos tratando de coronar la cima el mismo día, los líderes tenían la presión de que los clientes habían puesto muchas ganas (y pagado mucho dinero) por estar arriba, y encima llegó una tormenta que buena parte del tiempo se pensó que no iba a presentarse. Krakauer, en ese sentido, esculpe una realidad mucho más poliédrica: sí, habla de la presión sobre los organizadores, incluyendo no sólo cuestiones de confianza y monetarias, sino también de fama y publicidad (a ese respecto, es dolorosamente sincera la confesión de Krakauer cuando indica que cree que el hecho de tener un periodista en el grupo pudo influir en la tragedia, ya que nadie quería quedar mal delante de los medios). Pero también ofrece algunos detalles que hacen replanteárselo todo. Por un lado que, para lo que es una campaña anual en el Everest, la cifra de muertos en el 96 fue relativamente normal. Por otro, que resulta muy difícil tratar de achacar culpas y responsabilidades a alguien cuando toma decisiones a gran altura. Por encima de los 8000 metros de altitud, no te rige bien del todo la cabeza. Un buen porcentaje de personas deliran, se desnudan, corren precipitadamente hacia arriba, pierden del todo la noción de lo que es factible y qué no. ¿Lo más doloroso de todo? Que los manuales de montañismo te dicen que, en caso de que veas que tu compañero tiene esos síntomas, no puedes intentar ni siquiera reducirle por la fuerza, porque a 8000 metros de altura no tienes fuerzas suficientes para permitirte ese esfuerzo. A 848 metros de la cumbre del Everest sólo puedes permitirte hacer lo que tienes que hacer o morir; decisiones aparentemente pequeñas pueden resultar trascendentales, y tú no te encuentras en el estado más óptimo para tomarlas. Así, el propio Krakauer narra dolido cómo en algunos momentos no se dio cuenta de los problemas de sus compañeros, o estaba físicamente exhausto como para poder atenderlos (lo cual, confiesa, le remorderá por siempre en su cabeza) y llega a contar, incluso, cómo durante varios minutos mantuvo una conversación con alguien que luego resultó que era otra persona distinta (a su vez, el otro componente del diálogo también creía que Krakauer era el guía a quien el periodista creía que le estaba hablando), confusión la cual llevó a que nadie supiera donde estaba un miembro de la expedición durante un período de tiempo clave. Krakauer viene a decir que, después de todo, ascender el Everest nunca va a ser una tarea fácil, y que ni todas las reglas que se apliquen ni todas las precauciones que se adopten al respecto van a evitar al cien por cien los accidentes: hace mal tiempo (e imprevisible), hasta tu jefe de grupo se puede volver loco y, como llega a afirmar el reportero, por muy difícil que sea para algunos de entender a veces, no se trata de una puñetera excursión en tren a Suiza. Si te metes, sabes que corres un cierto riesgo de no salir vivo de allí.

A pesar de esta puntualización clave, una cuestión que Krakauer critica bastante es la falta de pericia de los clientes en las excursiones comerciales. Los tiempos han cambiado mucho, y con ello también el fenotipo particular de los montañeros. En los orígenes primitivos, un club de escaladores llegó a definirse como "un grupo de caballeros que, accidentalmente, escalan"; luego llegó la época de los grandes retos, de coronar los catorce ocho miles o los siete grandes, de hacerlo cada vez de una manera distinta. Y cuando todo eso acaba (porque ya no hay más maneras diferentes de subir los ocho miles), cabe servir de guía para llevar a gente menos experta a la gran montaña. En particular al Everest, que técnicamente no ofrece muchas complicaciones (a ver: técnicamente; lo de tener una capacidad física envidiable que salva las dificultades de hacer lo mismo a ocho mil metros de altura, va aparte), y que supone un logro que colocar en un cuadro de tu despacho de directivo de una gran multinacional. El problema es que en el 96 se estaba empezando a hacer esto, se intuía que daba mucho dinero, y se llevaba a gente con una experiencia previa de escalada no nula, pero tampoco con demasiado bagaje para el hecho de tener que enfrentarte a unas condiciones tan adversas (clima gélido, mal de altura, falta de oxígeno) y encima subir una pared de roca y hielo. En el 96 hubo un problema con las cuerdas que debían tenderse en el escalón de Hillary (la parte más difícil de la ascensión del Everest) que causó un serio retraso, y el problema es que los guías no se atrevieron a decirle a la gente que lo más sensato, ante tanta gente acumulada en el mismo sitio, era darse la vuelta y, antes de que cayera una tormenta o la casi igual de terrible noche, retornar de nuevo en dirección al campamento base. Desde entonces se ha analizado mucho sobre lo que ha salido mal en las expediciones previas, y algunas cosas sin duda han mejorado, pero lo cierto es que hay cosas que no han cambiado: el Everest sigue siendo un reclamo comercial para expedicionarios probablemente no lo suficientemente preparados, el Everest se ha vuelto, como diría algún escalador, un "puto circo", y hay un tiempo relativamente breve (la climatología del Everest no da para grandes excesos) en el cual muchas expediciones pretenden coronar la cumbre. Ante esta situación, John Krakauer propuso, de hecho, que se obligara a que todo cliente que quisiera subir al Everest tuviera que hacerlo sin botella de oxígeno, para así forzar a que sólo los más preparados se atrevieran a ascender a la montaña. En ese sentido, en 2016, el gobierno de Nepal puso algunos límites para la ascensión, incluyendo que sólo podría intentarlo alguien que hubiera demostrado ascender antes al menos una montaña de 6.500 metros. Así pues, aunque el libro de John Krakauer fue muy discutido, y sus conclusiones son todavía objeto de polémica, está claro que hasta cierto punto, las autoridades han tomado nota de los accidentes que ha habido y están tratando de evitarlos. El problema es que no existe sólo ese problema, también se producen otros, y algunos están en rápida progresión.

Para empezar, el mundo de la montaña puede ser a veces tan salvaje como la selva, la sociedad de "El señor de las moscas", o la cúspide de la pirámide en Wall Street. Los tiempos en que gentiles e ingeniosos caballeros ingleses conservaban la buena educación mientras contaban historias en torno a un buen fuego, en fin, al menos por las palabras de escaladores recientes, parece que hacen tiempo que han pasado, y ahora existen unas reglas de juego más similares a las que podría haber en la tripulación mercenaria de un barco pirata pilotado por un (¿a que esto empieza a parecer una novela de Jack London?) salvaje lobo de mar. La competición es dura y no siempre limpia (esa siempre la hubo), hay mucho movimiento en un mundo muy falto de reglas o de gente encargada de cumplirlas (se han denunciado robos en los campamentos; a mí me recuerda en cierta medida a la situación en que hubo un asesinato en una base en la Antártida, y no hubo nadie que pudiera investigarlo) y -de eso se queja todo el mundo hoy en día- hay demasiada gente en la cumbre. No se trata ya sólo de dejar de atender peticiones de auxilio (a veces es complicado decidir si se trata de hacer un favor o de poner en riesgo la vida; las descripciones de algunos escaladores describiendo cómo tenían que dejar abandonados a sus compañeros son inconsolables), o de que los cadáveres que no pueden ser rescatados, conservados intactos sobre el hielo, sirvan de mojones kilométricos para indicar el curso de las ascensiones. Se han dado el caso de un individuo que se dejó caer agotado a un lado del camino, junto a un antiguo cadáver (con el mal augurio consiguiente) y han pasado horas hasta que nadie hiciera nada por ayudarlo, porque los jefes de equipo les decían a sus integrantes que no se entretuvieran en su camino hacia la cumbre. "Sálvese quien pueda", protestan algunos que se ha convertido en el lema de la subida hacia la montaña. El hecho de que haya más gente -situación que a lo mejor palía las recientes medidas del gobierno de Nepal-, o que los récords tengan que ser por definición cada vez más difíciles, no va a contribuir a que la cosa vaya a mejor. Entre otras cosas, porque la ambición por escalar la montaña siempre estará presente. Por ver qué se siente (aunque pueda ser decepcionante o breve), por las vistas (que también podemos vislumbrar de maneras más fáciles, como en avioneta o a través del vídeo), por el mérito, por el esfuerzo, por la innegable fascinación que ejerce sobre nosotros "lo más" alto, lo más grande, el infinito. Por ponernos a prueba a nosotros mismos. Por ver si nos hacemos más sabios. La respuesta más sencilla la pone la película Everest en un mensaje al unísono de los escaladores protagonistas, ant la insistencia del periodista: la subimos, simplemente, "porque está allí". Sea el polo, la montaña o la Luna, ¿merece mejor respuesta? 

Pero analicemos también otros problemas. Está, por un lado, el factor natural. El Everest está lleno de grietas, muchas de ellas bajo la nieve, que pueden ceder en cualquier momento, en algunos casos por terremotos (el de 2015, de hecho, destruyó el mítico escalón de Hillary, factor que se cree provocará más embotellamientos en la cima), de los cuales Nepal ha sufrido varios recientemente que han alterado incluso la altura del Everest. Y en los últimos años también, por el cambio climático. Ahora que empezamos la cuenta atrás para que el Kilimanjaro se quede sin nieve en su cumbre, el hielo del Everest es más fino y es más difícil fiarse de él. Esto, además, dificulta las expediciones que se hacen casi exclusivamente cuando el tiempo es mejor, para evitar en lo posible el factor climatológico. Por otra parte, desde el punto de vista ambiental, el Everest está hecho un desastre: viejos equipos, botellas de oxígeno, cuando no simple y llana basura, pueblan sus laderas, y de ahí que aparte de las iniciativas para rescatar cadáveres, se propongan con creciente frecuencia proyectos con el fin exclusivo de recoger algo de la ingente contaminación con que -como le pasa a tantas otras maravillas, naturales o artificales-, lo estamos ensuciando. Hay que contar, además, con el factor de los sherpas. Pero eso requiere de algo más de explicación.

No olvidemos que, antes de que un topógrafo indio describiera que una montaña hasta entonces anodinada en los Himalaya era la más alta del mundo, y el responsable inglés de turno le pusiera el nombre de Everest (como en otros casos, homenajeaba a su predecesor en el cargo), los nativos de Nepal le conocían como Sagarmatha, que quiere decir "frente del cielo", y los del Tíbet (hay que recordar que tanto el Everest como el Llhotse, con el que comparte una parte del macizo, se encuentra en la frontera entre Nepal y China, y que descendiendo por su cara más complicada se llega a este país último) le llamaban Chomolungma, o "madre del universo", o sea, que alguna intuición respecto a su altura debían de tener. De todos es conocido el nombre de sherpa, que define no tanto a los acompañantes locales a las excursiones al Everest como los pertenecientes a la etnia que abunda en la regiones anexas al gran monte asiático (a pesar de que existen sherpas tanto en la India como China y, por supuesto, Nepal). No hablaremos por tanto de su fantástica adaptación a la altura y el clima de la montaña, de Tenzing Norgay, el mítico sherpa que junto con Hillary escaló por primera vez el Everest, o de varios sherpas que poseen numerosos récord Guiness en relación con la escalada, estableciendo rankings muy semejantes a los de occidente, aunque por supuesto mucho menos publicitados. En cambio, pretendo traer a colación el documental "Sherpa" (2015), que trata el tema desde una perspectiva algo más moderna. Hasta ahora, los sherpas se consideraban el complemento ideal en la expediciones de alta montaña: solícitos, sacrificados, y capaces de cargar con un pesado equipo en unas condiciones durísimas para sus compañeros occidentales. Y todo ello, por un precio ínfimo, comparado con sus colegas también. Sin embargo, las cosas están cambiando últimamente. Los sherpas más jóvenes son más conscientes del mundo en el que viven: saben que las empresas de escalada hacen mucho dinero con ellos, y aunque aprecian las mejoras que el dinero procedente del montañismo ha producido en su comunidad, ya no tienen esa relación tan diligente entre jefe occidental y empleado asiático que era de uso tan común en el siglo XIX. Muchos sherpas, además, andan ofendidos con las actitudes occidentales que ellos consideran irrespetuosas (recordemos que, para ellos, la montaña es sagrada, aunque no olviden también que les da de comer), y con su escaso aprecio respecto de la labor que desempeñan los sherpas, reflejado tanto en el terreno económico como en el trato personal. Por otra parte, los sherpas que actualmente trabajan en las excursiones comerciales no desean que sus hijos continúen la tradición: las aportaciones de los donativos han servido para fundar escuelas, y ahora pretendan que sus hijos tengan una educación universitaria, busquen nuevas posibilidades, salidas laborales que casi con certeza les llevarán fuera de sus reductos aislados en Nepal. Para ellos, además, el número de excursiones tiene un límite: llega un momento que si no pueden estar con sus hijos, verlos crecer, si se juegan la vida a cada instante, no merece la pena continuar con ello; han reaprendido esa esencia tan budista de que no todo en la vida es dinero. De hecho, en los últimos años, a raíz de las dudas surgidas ate pasarelas de hielo quebradizas, peligro de terremotos, el hielo debilitado a causa del cambio climático, los sherpas se han sentido presionados por los promotores comerciales -que exigen, ante todo, continuar con las expediciones, pues no se toca la gallina de los huevos de oro-, arrastrados hasta los límite de su aguante psicológico y físico, y han dicho en ocasiones basta: en dos de las últimas campañas los sherpas han decidido plantarse y no arriesgar la vida de ni uno solo de ellos, impidiendo que ese año haya viajes a la cima. Un cambio que, sin duda, modificará las actitudes de los promotores comerciales respecto a los sherpas de cara al futuro. Quizás, de esta manera, pueda alcanzarse un equilibrio entre seguridad, prosperidad económica, y respeto a las tradiciones y, con un poco de suerte, al medio ambiente. El precario ecosistema del Everest, tan ciclópeo, tan mítico, pero en realidad tan frágil y asediado de peligros, sin duda lo agradecerá.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La historia real de septiembre. Madrileños ilustres: Ruy González de Clavijo. Viaje a Samarkanda

Para que no echéis de menos el verano, hoy os llevaremos a una lejana ciudad.

El personaje de José Coronado dice, casi al principio de "El hombre de las mil caras", algo así como: "Yo fui piloto en la época en que un avión era un avión, no un autobús". Hubo una era, incluso, en que el acto de viajar era una cuestión de vida o muerte. Una vida que dedicarle, o una vida para entregar. Se tardaban años en llegar a destino (momento para el cual puede que tu misión hubiera dejado de tener sentido), y no era raro que mil y un azares impidieran que llegaras a contemplar el final del trayecto. En esas circunstancias, fueron pocos los hombres que se atrevieron a llegar tan lejos, hasta lo que se consideraba poco menos que los confines del mundo. Unos cuantos españoles, sin embargo, pudieron contarse entre los que inscribieron sus nombres como conectores de muy alejados lugares del planeta. Ruy González de Clavijo no es tan conocido como Marco Polo, pero poco puede desmerecerse a un hombre que consiguió que, hoy día, haya un barrio llamado "Madrid" en la ciudad de Samarcanda, hoy oficialmente parte del país de Uzbekistán.

Ruy González de Clavijo, un paisano.

La historia comienza con Enrique III de Castilla, de la familia de los Trastámara, entre cuyos descendientes se hayan entre otros Isabel la Católica. Enrique III era un rey que procuró estar a buenas con los reinos que le rodeaban, salvo con los musulmanes, con los que el enfrentamiento venía por parte de la religión. Por otra parte, era un hombre intrigado por lo que ocurría fuera de sus fronteras, aunque no tuviera la menor oportunidad de intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Quizás por eso, o porque eran musulmanes, Enrique III veía con particular peligro la actitud del sultán turco Bayaceto, dueño y señor del imperio romano. Un día, al rey castellano le llegan difusas noticias sobre que un tal Tarmerlán ha conseguido derrotar a Bayaceto. Sin duda pensando aquello de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", decide que, a pesar de hallarse el reino de Tamerlán y el suyo propio a miles de kilómetros de distancia, quizás sería útil establecer una alianza contra la gran amenaza de la cristiandad. Por ello, envía una expedición al mando de Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo en dirección a la capital del reino de Tamerlán: la mítica y exótica Samarkanda.

Aquí Tamerlán, aquí unos amigos

Aclaremos un poco quién era Tamerlán, Tarmorlán, o cualquiera de los muchos nombres con el que pasó a la Historia. La misma forma de nombrar su imperio es confusa: aparte de "timúrida", en referencia a Tamerlán mismo, algunos le denominan tártaro, otros mogol, para aumentar al confusión incluso turco-mongol. Por simplificar, diremos que Tarmerlán procedía de aquellas tribus de jinetes que crecieron en las vastas estepas de Asia Central, acostumbradas a montar a caballo con la misma facilidad que a caminar, y dispuestas a lanzarse a la rapiña en cuando tienen la más mínima ocasión, pero que en pocas ocasiones han tenido la posibilidad de levantar imperios, y cuando lo han hecho, han sido relativamente efímeros. Gengis Khan fue capaz de unificarlas en Mongolia y se alzó con el mayor imperio terrestre que el mundo había conocido. Tarmerlán partía de esta tradición y consiguió también una amplia cohesión , pero no era descendiente directo de Gengis Khan, y por ello las tribus nunca le reconocieron con el mismo rango; sin embargo, fue capaz de formar una estrategia de alianzas personales y matrimoniales que le acercó a convertirse a lo más parecido a un sucesor espiritual del Gran Khan, a lo cual contribuyó la generación de un vasto imperio bajo el que cayeron, a sangre y fuego, capitales tan significativas como Bagdag, Damasco, Kabul o Delhi (sus descendientes gobernaron buena parte del norte de la India hasta la llegada de los ingleses). Aunque Tarmerlán procenía de una tribu nómada, fue capaz de gobernar un imperio culturalmente heterogéneo y mostrarse como un gobernante prudente: fue el islam su religión, y estableció su capital en Samarcanda, una ciudad ya de por sí milenaria (Amin Maalouf tiene un bello libro con este nombre, ambientado en la época en que estuvo bajo el dominio de los árabes), la cual embelleció más todavía, convirtiéndose en el eje central de muchos sueños. Cuando los embajadores de Enrique de Castilla llegaron, lo hicieron justo a tiempo de ver como Tamerlán derrotaba al sultán Bayaceto y lograba incluso hacerle prisionero. El soberano tártaro acogió a los españoles, les dispensó bellas palabras, una amable carta que debían entregar a Enrique III, y les envió de vuelta a casa con un embajador mogol, y también un par de damas cristianas rescatadas de manos de los turcos -una de ellas, griega, acaba como dama de corte en Castilla-. El rey Enrique estaba entusiasmado, y por ello no dudó en enviar una segunda expedición que acompañara de vuelta al embajador mogol y reforzara los lazos iniciados en la primera aproximación. Esta vez, el viaje se hallará a cargo de su ayudante personal ("camarero" era el grado oficial que tenía asignado), el madrileño Ruy González de Clavijo. De él sabemos poco muy: que era de edad madura, que estaba casado, y que partió junto con un hombre de armas -guardia del rey-, un fraile (especialista en asuntos del espíritu) y otros catorce hombres, con el propósito de obsequiarle a Tarmerlán con regalos que incluían telas de color escarlata, tazas y objetos variados de plata, y valiosos halcones de caza, todo ello para convencer al soberano de certificar de manera definitiva una alianza junto con Castilla que hiciera frente al dominio turco. Partió en mayo de 1403 desde Sanlúcar de Barrameda. Poniendo inicio al viaje por el que se le recordaría, había sellado su destino.

7000 kilómetros (hoy se necesitan 12 horas para recorrerlo en avión, 84 en coche sin contar las barreras humanas y terrestres) que a González de Clavijo, ida y vuelta, le costarían tres años. Málaga, Ibiza, Mallorca, Córcega, Cerdeña, Mesina, Roma, Rodas, Quíos, el monte Athos, Constantinopla, estancia de invierno en Pera (actual Beyoglu); luego el Mar Negro, Trebisonda (donde aún resuenan los ecos de Jasón y Los Argonautas), Armenia, Turquía, Irak, Irán (pasando por Teherán) y finalmente Samarcanda. En su "Embajada a Tamorlán" (crónica escrita, según los especialistas, en su mayor parte por González de Clavijo, aunque pudieron haber contribuido el religioso que formaba parte de la expedición, así como el embajador mogol que les acompañaba, y algunas otras manos auxiliares), los embajadores describen la magnificencia de esta urbe cosmopolita, donde se había concentrado lo más granado del imperio timúrida, y ya se habían construido algunos de los monumentos de aquel período que todavía pueden admirarse en la urbe. Un Tamerlán septuagenario les recibe con los brazos abiertos; agradece los regalos, llama afectuosamente a Enrique III de Castilla "su hijo", y les agasaja durante los dos meses y medio de su estancia con continuas fiestas en las que abundan toda clase de placeres, desde los carnales a los etílicos (las crónicas por lo visto nos aclaran que González de Clavijo no disfrutó de estos últimos, pues era abstemio, pero no he leído nada acerca de los primeros -imaginad aquí mi sonrisa maliciosa-). En todo caso, los embajadores no reciben la respuesta que desean: Tamerlán, más ocupado con los preparativos de su futura invasión a China, marea la perdiz y no les dice nada sobre la asociación con el reino castellano, que probablemente no sería capaz de localizar en un mapa sin ayuda de sus astrónomos, y cuya promesa de ayuda mutua le interesa poco o más bien nada. Pero se muestra diplomático y procura entretener a los embajadores hasta que éstos, hartos de esperar, emprenden la vuelta a casa. En el camino de regreso, se enteran de que un Tamerlán ya enfermo cuando le conocieron ha fallecido al poco tiempo de iniciar la incursión a China. Los castellanos, cansados de tanto trasiego, retornan al fin a casa.

Con la muerte de Tamerlán, desaparecieron las escasas posibilidades de aquella alianza improbable entre dos naciones situadas a una distancia inabarcable para la época. Sin embargo, lo más valioso de aquella embajada no fueron ni la política ni los regalos, sino aquella "Crónica de Tamorlán" que González de Clavijo y colaboradores escribieron a su vuelta, y constituyó un testimonio fidedigno de la vida cotidiana en el imperio de Tarmerlán y las ciudades de paso que fueron visitando. Se reconoce como una de las piezas más interesantes de la literatura medieval, y se la compara a menudo con "El Libro de las Maravillas" de Marco Polo. González de Clavijo fue recompensado con el título de chambelán; vivió primero en Alcalá y más tarde en Madrid -en concreto en la Plaza de la Paja-, y su tumba se encuentra en la (por otro lado, interesantísima por muchos motivos) iglesia de San Francisco el Grande. Tamerlán le puso, en su honor, el nombre de Madrid a una pequeña ciudad que luego absorbió la creciente Samarcanda (ahora forma un barrio de la ciudad), que por otra parte tiene desde el 2004 una calle dedicada a González de Clavijo, en un momento en que la capital de España y Uzbekistán quisieron rememorar ese efímero instante de la historia que les hermanó. Uzbekistán tiene aspectos terribles: se trata de una dictadura encubierta, y durante años se ha definido como un estado criminal (con miles de niños trabajando en condiciones de esclavitud para el gobierno, al más puro estilo de "Indiana Jones y el Templo Maldito"), aunque eso no ha supuesto un obstáculo para que el país haga buenas migas con numerosas estructuras occidentales, incluyendo el equipo del FC Barcelona cuando estaba bajo el mando de Joan Laporta. Sin embargo, el evocador nombre de Samarcanda, y el papel que jugó allí un madrileño hace ya siete siglos, son un motivo para sonreír al recordarlo. Quizás en para algún uzbeco, respecto a España, pase lo mismo.

lunes, 13 de febrero de 2017

El libro de febrero: "Atlas de lugares soñados", de Dominique Lanni


Todos soñamos con lugares lejanos. Rincones exóticos y remotos donde se cultiva la utopía, habitan seres fantásticos, las leyes físicas y humanas están fueran de lugar, y podemos vivir una y mil aventuras sin descanso ni rubor. Los seres humanos han fantaseado con esos lugares desde la antigüedad y, producto de leyendas más o menos veraces, han nacido en nuestra imaginación la Cólquide del vellocino de oro, el reino de Preste Juan, el país de Jauja, Terra Australis, regiones que guardaban una relación en ocasiones bastante lejana con sus homólogos en la vida real. Para quienes gusten de la evocación de estos lugares como en su día fueron imaginados, incluso aunque la verdad luego no fuera tan prístina y luminosa, recomiendo este libro que a mí me ha servido como fantástico regalo y también, para antes de dormir, alimentado con la fantasía de unas ilustraciones que recrean viejos y apergaminados mapas, desear cada noche, junto con Marco Polo o los más atrevidos navegantes, llegar a alguno de aquellos sitios (quizás el único defecto es la ausencia de la Atlántida), y olvidarse de que un día hay que despertar... 

lunes, 1 de febrero de 2016

El libro y la historia real de febrero: "Noli me tangere", "Los olvidados de Filipinas", y el fin del imperio español (II)

Comentábamos en el anterior post sobre el tema que José Rizal había muerto exigiendo un cambio en la política respecto a Filipinas (tratándola como una provincia y no una colonia), o que si no, el pueblo mismo tomaría las armas y buscaría la independencia. España respondió ejecutando a Rizal y, por tanto, dejó bien clara la decisión que había tomado. Más o menos en ese punto retoma el testigo "Los olvidados de Filipinas", de Lorenzo Mediano.

Mediano no nombra a Rizal, pero en muchos sentidos está de acuerdo con su punto de vista sobre algunas cuestiones en Filipinas: entre ellas, un esquema colonial de dominación en el que los españoles utilizan a unas etnias frente a otras (tanto, que llega a haber caníbales al servicio de la Guardia Civil), y unos frailes que abusan de sus funciones (sobre todo en lo relativo al trato con las nativas) y revelan a las autoridades los secretos que escuchan en confesión. Pero Mediano cuenta la historia desde otro punto de vista, porque Mediano (médico como Rizal) es descendiente de uno de los soldados que combatieron en Filipinas. De hecho, en buena medida, lo que está narrando es la historia de su abuelo, que de paso sirve para contar muchas historias más.

Foto real donde aparece el abuelo del autor Lorenzo Mediano (el de la barba larguísima) y que ilustra la portada del libro (Zócalo Editorial).

En la historia que cuenta Mediano, los españoles se encuentran en guerra contra los rebeldes filipinos, y se encuentra muy presente la sociedad secreta del Katipunan fundada por Andrés Bonifacio (la cual nombramos en el post anterior) y que lucha por la independencia. La situación, sin embargo, es de calma aparentemente estable porque parece que los españoles pueden más o menos controlar a los sublevados. Sin embargo, un factor va a desestabilizarlo todo. A Estados Unidos le apetece tener colonias, y el endeble Imperio Español no parece capaz de retenerlas. Tras el incidente del Maine, Estados Unidos le declara la guerra a España e inicia una guerra para apoderarse de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lorenzo Mediano, descendiente de familia de militares, revela de esta guerra algunos aspectos que las autoridades españolas mantuvieron en secreto, aunque ya eran sospechados por los historiadores. La verdad, desde luego, no es como la versión oficial la cuenta.

Un campo de piñas actual, cercano a la rural región de Tabayas donde se encuentra ambientada buena parte de la obra.

Para ello, Mediano nos desvela el relato de lo sucedido a partir de la vida de unos soldados y oficiales cuyo cuartel se localiza en una zona estratégica de la isla de Luzón. Entre estos oficiales se incluye su abuelo (un aragonés de armas tomar), pero el libro también cuenta con otros personajes tan pintorescos como un trapacero militar español, una belleza nativa enamorada de un oficial enemigo en contra de los deseos de su padre, o un simpático soldado anarquista que introduce buena parte de las notas de humor en las andanzas de los protagonistas. Hay elementos de romance, unas cuantas situaciones surrealistas en gran medida made in Spain, y también mucho sufrimiento y tormentos, pues desde luego nuestros soldados las pasan canutas, y no hay lugar donde en forma más extrema convivan el placer y el dolor que en Asia. Mediano se concentra sobre todo en lo que él denomina "los olvidados de Filipinas": aquellos soldados que quedaron presos de los rebeldes nativos y que, cuando los famosos "últimos de Filipinas" ya habían embarcado a casa, todavía seguían allí, víctimas de un gobierno que regateó su rescate, y de las luchas surgidas entre los filipinos y los estadounidenses, quienes habían aprovechado para traicionar a los primeros e intentar convertir a las islas en su coto privado. Todas sus desventuras nos las cuenta el autor en un libro que en ocasiones es duro, pero que también introduce bastantes momentos cómicos en unos diálogos que parecen tan bien medidos que podrían perder parte de la sensación de autenticidad. Pero es una licencia que creo que podemos permitirle al autor a cambio de convertirnos una historia en principio muy trágica (con la dificultad añadida, como dice él mismo, de traducir la mentalidad del siglo XIX en ideas del siglo XX) en una gran y entretenida aventura.

El libro resulta muy atrayente, no sólo por contarnos las esperpénticas y trepidantes aventuras que les ocurrieron a un grupo de soldados -que cuentan, además, con el valor añadido de ser reales-, sino por (como comentábamos antes) introducir algo de luz sobre una época histórica que los españoles tendieron a olvidar rápido porque a nadie le gusta reflexionar sobre una batalla perdida. Como sabemos, tras la pérdida de las colonias en 1898, España entró en una crisis existencial donde una generación de literatos trató de encontrar un nuevo camino, aunque el que siguió nuestros país tan sólo le llevó a más luchas internas y una guerra civil que lo aniquiló todo; pero de lo que aconteció en Filipinas a continuación hemos escuchado muy poco, y aunque no os voy a contar el final del libro, sí que os comentaré lo que narran los libros de historia.

Efectivamente, Filipinas adquirió independencia formal, pero se convirtieron de facto en una colonia de Estados Unidos. Pero, bien sea porque les daba algo de vergüenza convertirse en conquistadores después de haberse librado de su propio pasado como colonia, bien porque la resistencia filipina fue más fuerte de lo esperada, lo cierto es que la etapa americana se recuerda como una dominación bastante suave en la cual, entre otras cosas, los estadounidenses difundieron el inglés como lengua común a todas las Filipinas y proveyeron a los filipinos de algunas infraestructuras modernas de las que hasta entonces habían carecido por completo. Los americanos favorecieron el reconocimiento de Rizal como héroe nacional (preferían a un pacifista mucho antes que a otros líderes que habían empuñado las armas, como Andrés Bonifacio), y prometieron a los filipinos una independencia que, sin embargo, quedó en suspenso con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, el odio común de filipinos y americanos a los invasores japoneses les unió más todavía, de tal modo que, cuando finalizó la contienda, de manera progresiva (ha habido presencia del ejército americano en Filipinas hasta muy poco, y basta con ver el tamaño de la embajada estadounidense en Manila), les concedieron la libertad.

Un panel en Manila describe los lugares que sufrieron la ira de los soldados japoneses al final de la Segunda Guerra Mundial cuando sus superiores (una vez fueron conscientes de que iban a perder la guerra) ordenaron destruir todo lo que se pudiera antes de marcharse. Atentaron, de manera indiscriminada, contra escuelas, hospitales, unidades psiquiátricas... Fue tanta la crudeza que los filipinos todavía agradecen que los americanos intervinieran bombardeando la ciudad, convirtiendo en escombros buena parte de los edificios históricos. De hecho, el único edificio que quedó en pie en el casco histórico de Intramuros fue el convento de los Agustinos, que sirvió de hospital de los campaña para los americanos en la ciudad. Manila (que en su día fue conocida como "la perla de Oriente" y comparada en ocasiones con París) todavía, en opinión de alguno de sus habitantes, no se ha recuperado del todo de los destrozos.

¿Qué ha ocurrido desde entonces? En Filipinas ha transcurrido una época bastante errática bajo una democracia imperfecta que incluso ha sufrido algún golpe de estado (a cargo de Ferdinand Marcos y la famosísima Imelda y sus miles de zapatos). La poca salud de su democracia se evidencia tanto en la corrupción endémica como en el hecho de que Imelda Marcos y alguno de sus familiares son ahora senadores, y cuentan con demasiados partidarios entre la gente de a pie y políticos con cargo en vigor. Además de las abruptas diferencias sociales que mencionamos en el anterior post (ya comentamos en otro lado que Manila es una de ésas ciudades que cuenta con cementerios donde vive gente), el país debe afrontar tifones periódicos en la época de lluvias, terremotos, erupciones como la del Pinatubo en 1981, una contaminación excesiva (a la deforestación se une un tráfico infernal que desquicia a cualquiera que pisa Manila) e incluso ocasionales brotes de terrorismo. No es extraño, entonces, que millones de filipinos emigren y pueblen el extranjero, constituyendo comunidades muy unidas, que mandan dinero a casa y están deseando dar a conocer a su país al mundo. De hecho, gracias a los numerosos filipinos en España fue como entré en contacto con esta nación en la cual puedo decir que tengo amigos y que -cuando por fin he podido realizar una visita- tanto me ha llegado a impactar.

No obstante, a pesar de todos los problemas, los filipinos son gente optimista por naturaleza. Si bien esa actitud resignada ante la vida ha sido muy criticada por contribuir al retraso del país, es cierto que les ha proporcionado una coraza resistente a toda clase de pruebas. Se dice que la historia de Filpinas es "300 años en un convento y 50 en Hollywood": y desde luego, hay algo de desenfadado y de sentido del espectáculo en un pueblo que ama el karaoke, canta siempre que puede (¡hasta en los comercios!), hace bromas con los tifones, sonríe de manera casi perpetua y camina con frecuencia en grupo formando bajo su paso un maravilloso, indescriptible y a la vez incontrolable caos. En los últimos años, bajo un gobierno algo menos corrupto y que ha decidido invertir algo más en la gente y en la protección de la naturaleza, y aprovechando el inmenso boom que eleva ahora mismo el Sudeste Asiático, la situación de los filipinos parece haber mejorado (sin duda no todo lo rápido que debiera) y entre sus acantilados sociales empieza a borbotear una pujante clase media. De un tiempo a esta parte, además, después de un largo período de olvido respecto de todo lo que tenía que ver con España (incluyendo el idioma), las autoridades filipinas han intentado reforzar los lazos con la antigua potencia colonizadora, potenciándose en buena parte gracias a la animosa comunidad filipina que habita en nuestras latitudes. Filipinas mira al futuro con esperanza, y ha decidido volver de nuevo los ojos en dirección a España: parte de su futuro (y también del nuestro) pasa con que aprendamos de los errores de nuestra historia, y contemplemos a nuestra antigua colonia en esta ocasión como un igual. Sólo entonces podremos conseguir algo parecido a lo que, en su tiempo, fue el sueño que un día tuvo en mente José Rizal.

El autor en una fiesta de la independencia filipina celebrada en Madrid hace unos años. Si os animáis, os espero en la próxima. O quizás en Filipinas: porque tengo claro que voy a volver.