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sábado, 1 de marzo de 2025

Los libros de marzo: tres novelas "muy literarias"

-Recientemente he leído La vegetariana y La clase de griego, de Han Kang, premio Nobel de Literatura 2024, ya que me gusta acercarme a los autores que han ganado este galardón. Dice la sinopsis de "La vegetariana" que a Han Kang le gusta hacerse preguntas, y está claro que eso es verdad, aunque también puede ser que a muchos no les satisfagan las respuestas. Como resumen, la obra trata de una mujer que se niega a comer carne (esto, en la sociedad coreana, muy patriarcal, y con muchas celebraciones donde los alimentos de origen animal juegan un papel importante, constituye un motivo de señalamiento), y las consecuencias familiares que se derivan de ello. La obra está muy bien escrita, con bellas metáforas visuales, y quizá lo que echo de menos es una argumentación que le dé sentido al planteamiento de inicio, pues da la sensación de que la aparente renuncia a la vida de la protagonista es mucho más importante que los motivos por los cuales la lleva cabo. Aparte, hay un componente de confrontación con la sociedad coreana (lo cual genera unas situaciones psicológicamente muy violentas: uno de los motivos expuestos para la concesión del Nobel) que seguramente nos sorprenderá a los lectores occidentales, aunque hay cuestiones que pueden universalizarse también. En definitiva, un libro complejo, con tres secciones tan distintas que casi podrían calificarse de tres planteamientos diferentes a raíz de un mismo hecho. "La clase de griego", en cambio, va un paso más allá: esta vez la autora quiere describirnos unos personajes y unas situaciones, y si para ello tiene que dejar de lado la historia, lo hace. De hecho, está aún mejor construida, a nivel de lenguaje, que su predecesora (hay que darle las gracias a la traductora Sunme Yoon, pues juega no sólo con el coreano, el griego y el castellano, sino también con vocablos muy bien escogidos del español, en lo que se presenta como una delicada orfebrería de palabras), y en ocasiones parece ya que bordea no la prosa poética, sino directamente la poesía no rimada. En cambio, la acción, la estructura narrativa y (hasta cierto punto) las motivaciones de los protagonistas son menos relevantes que describir las sensaciones de dos almas que se entrecruzan como faros en la niebla, ensamblando sus vivencias y recuerdos para hablar del dolor de la pérdida, de la relación con las personas que amamos, y del poder de las palabras. En definitiva, entiendes que a su autora le hayan dado el premio Nobel, aunque tampoco es una lectura que le recomendarías a todo el mundo. Tengo claro que Han Kang no se va a convertir en una de mis escritoras de cabecera, pero, desde luego, valoro mucho lo que hace.

-Otra novela "muy literaria" (ese adjetivo que llena los titulares de los medios serios y suele espantar a los directivos de las grandes editoriales) es "El país del agua", del británico Graham Swift. En Swift también es clave la forma de contar, pero en este caso tambén le da mucha importancia al relato, aunque sea uno poliédrico, de múltiples historias que se entrecruzan, de la misma manera en que lo hacen el pasado (a través de varias capas) y el presente. La novela te empapa y te envuelve, tratando temas que van desde la pérdida de la inocencia durante la juventud a los fantasmas de la madurez, pasando por los choques intergeneracionales, el sentido del estudio de la historia, el miedo al futuro y el poder de la geografía. Un libro para sumergirte hasta la cabeza.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Los libros y las películas de noviembre: buenos libros eclipsados por sus (¿mejores?) adaptaciones

Siempre decimos aquello de que la adaptación cinematográfica de un libro suele ser peor que el original. ¿Y por qué?¿Precisamente, porque es el original?¿Porque en una película puedes expresar tan sólo una ínfima parte de los matices que eres capaz de desgranar en un libro?¿Influye mucho a cuál de las obras accedemos primero? No obstante, es también muy abundante el número de películas que han surgido a partir de novelas las cuales han pasado prácticamente desapercibida (recordemos "Los pájaros" o "Psicosis" antes de la adaptación de Hitchcock; o "La naranja mecánica" de Burgess, que sufrió la doble humillación de ver cómo tanto el editor como Kubrick recortaban el último capítulo -para el autor esencial- de su obra). Y, sin embargo, existen películas inmortales cuyo origen no es excesivamente conocido las cuales, sin embargo, cuando te aproximas a su génesis (por lo común después de la obra cinematográfica que las hizo famosa), se revelan fascinantes también, a veces por motivos completamente dispares a los de su adaptación. En una lista sin duda incompletísima, tenemos:

-De "Lolita" ya hablamos extensamente en su día. No es que se trate de dos historias distintas (el cuerpo general del argumento es muy similar entre la obra de Nabokov y la de Kubrick): es que la orientación que se da, y lo que Kubrick verbaliza a través de las imágenes, es radicalmente diferente de lo que -más que enseñó- insinuó Nabokov. Una razón más que ha podido contribuir a la profunda incomprensión sufrida por la obra.

-Muy adaptado a la gran pantalla fue Truman Capote. "Desayuno con diamantes" y "El arpa de hierba" se convirtieron en dos grandes películas, pero la prosa de Capote hace que ambos relatos se hagan igualmente conmovedores tanto cuando se leen como cuando se ven en pantalla. En ambos casos se captó muy bien el espíritu de la obra, aunque en "Desayuno con diamantes" comprobaremos unos cuantos cambios respecto al relato original.

-Eduardo Sacheri ha sido también un autor especialmente prolífico para el cine en los últimos tiempos. Campanella atrapó "La pregunta de sus ojos", le dio un par de vueltas adicionales, y convirtió una muy buena novela en una película fastuosa, "El secreto de sus ojos", que superó el difícil reto de ganar un Óscar. Recientemente han adaptado otra novela de Sacheri, "La noche de la usina" (que he de decir que estupenda) para transformarla en "La odisea de los giles", la cual aguardo con expectación.

-Es difícil, de una novela de Delibes, decir que la película superó al libro. Pero en el caso de "Los santos inocentes", Mario Camus altera un par de detalles que proporcionan una mayor fuerza a los hechos descritos. Si a ello le añades la música, supremas actuaciones, y la "milana bonita", todo queda muy redondo. Pero -y una vez más, siendo Delibes- vale la pena volver a la fuente original.

-"La noche del cazador", de Davis Grubb, fue una novela muy conocida en su día, y que ahora sin embargo ha caído en la noche del olvido. El impresionante actor Charles Laughton dirigió la adaptación en su momento, la cual pasó por las taquillas sin pena ni gloria para luego convertirse en una película de culto -y, al contrario de lo que ocurre en otras ocasiones, en este caso hemos de decir que con razón-. No obstante, merece la pena echarle un ojo a la novela, que se adentra en páramos donde la película (de líneas muy puras que refuerzan la carga simbólica) no tuvo capacidad de meterse.

-"El método Grönholm", escrita por el dramaturgo Jordi Galcerán, fue un gran éxito en el teatro, tanto de crítica como de público. En "El método", Mateo Gil (excelente tanto como co-guionista de Amenábar como en historias propias tales como "Blakcthorn") extrajo las ideas esenciales y jugó con el escenario y los personajes para encontrar una forma distinta de expresar un mensaje similar. Ambas muy recomendables, cada una a su manera.

-"Lo que queda del día". El reciente Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro (nacido en Japón, nacionalizado británico) escribió una obra de lo más inglesa de la cual se hizo una muy célebre adaptación cinematográfica protagonizada entre otros por Anthony Hopkins y Emma Thompson. La mayor diferencia entre la novela -la más reconocida de su autor- y el film radica en el punto de vista subjetivo desde el que que está contada la historia, enfoque que ensalza las cualidades de su protagonista: un anticuado, clasista y rígido mayordomo que cree en el valor de las viejas tradiciones, las cuales a él mismo le han condenado a perder tantas cosas. Quizás este punto sea el más atrayente y original de la novela, pero al mismo tiempo el que más dificulta su lectura (especialmente si uno lo hace en el idioma original, como he intentado yo): el protagonista se nos vuelve tan insufrible, tanto por su carácter servil como por su modo de hablar pomposo y afectado, tan británico, que dan ganas de tirar la novela a la papelera y maldecir a todos los esclavos que se enorgullecen de su condición. Sin embargo, el empleo de la primera persona como recurso narrativo resalta de manera más destacada las contradicciones del personaje, creando matices -no mejores, sí distintos- que no se podían reconstruir en la película. Sólo por eso merece la pena echarle un vistazo.

Pero, más que nada, me gustaría conocer vuestra opinión. ¿Ha ocurrido que, al aproximaros al texto original de una película, lo habéis sentido como distinto, o habéis notado que tenía algo especial?¿Qué libros creéis que han sido injustamente eclipsados por sus adaptaciones? Espero vuestros valiosísimos comentarios.

lunes, 1 de octubre de 2018

Opinión: Alfred, descansa en paz.

Cada vez que llega la hora de repartir los premios Nobel (y este año, en concreto, ante el anuncio de que el galardón en el apartado de Literatura no se otorgará en el próximo certamen a causa de la implicación de la Academia Sueca en un escándalo sexual), se desata la polémica sobre si los ganadores son dignos o no de tal honor, o más complicado aún, si entre los nominados vivos no habría alguno que se lo habría merecido más que el que lo ha recibido este año. La discusión engloba a todas las categorías, desde el premio Nobel de la Paz (donde asesinos tan distinguidos como Henry Kissinger o Theodore Rooselvelt han recibido la distinción) hasta la medicina (con acusaciones de haber repartido honores a candidatos anglosajones por descubrimientos realizados antes por científicos de otras culturas, sólo porque los méritos de los primeros reciben más repercusión), pasando, cómo no, por el premio Nobel de Literatura. El de la Paz, desde luego, es el que más clama al cielo, sobre todo cuando tienes en cuenta que han sido nominados candidatos como Benito Mussolini, Hitler, George Bush, Tony Blair o Stalin; claro que la candidatura para el premio Nobel es fácil, ya que basta con que un profesor universitario o equivalente te nomine para que el Comité del Nobel te tome en consideración (por si os sirve de consuelo, todos los que participamos en las manifestaciones contra la segunda guerra de Irak estamos nominados también). Aunque resulta un poco desconcertante si se tiene en cuenta la intención primera de Alfred Nobel al instituir estos premios. El millonario sueco, el cual se hizo rico gracias a la invención de la dinamita (una creación que permitía transportar con mayor seguridad los explosivos necesarios para el trabajo en las minas, pero que encontró una gran aplicación en los conflictos militares), tras una serie de conversaciones con la pacifista y activista Bertha von Suttner, quedó tan impactado por sus frases en contra de la guerra que, seguramente arrepentido de los muertos que podían imputarse en su haber, instauró una serie de galardones cuyo objetivo era estimular el conocimiento y los logros humanos en los campos de la ciencia, la literatura, y también la causa de la paz, dejando en herencia la mayor parte de su fortuna al desarrollo de dichos premios. Alfred Nobel, desde luego, debía de tenerle miedo a cómo iba a pasar a la posteridad, del mismo modo que su mayor fuente de pánico (dicho por él mismo en repetidas ocasiones) era la posibilidad de ser enterrado vivo: tanto, que ordenó que tras su muerte se le abrieran las venas y se dejara a su cadáver desangrarse para, en el caso de que aún restara un hálito de vida, eliminarlo por completo antes de que le encerraran en el ataúd. El temor no era baladí, puesto que en a finales del siglo XIX no era raro que los féretros llevaran acoplados una campanita en el exterior que pudiera ser accionada por el supuesto fallecido si se despertaba dentro de la caja de pino; precaución que se había establecido porque, entre casos de narcolepsia y errores médicos varios, la opinión pública se había escandalizado en unas cuantas ocasiones al hallar tapas de ataúdes arañadas por dentro, o sobresaltados entierros durante los cuales el muerto salía del edificio de la iglesia por su propio pie. La cuestión es que Alfred Nobel -aparte de querer morirse del todo y sin aspavientos- puso su nombre a unos premios, en teoría, para unir a toda la humanidad; lo cual no impide que, como toda actividad humana, estas figuras honoríficas se llenen a menudo de conflicto y discusión. Y si ya es difícil juzgar los méritos científicos (pese a todos los índices que expresamente se han creado para ello), y más aún los de las labores altruistas, para en el caso de la literatura, una actividad tan poco mensurable y tan fluida, la cuestión no iba a ser menor.

No se sabe si existe más polémica respecto a la larga lista de escritores reconocidos que no llegaron a ganar el Nobel o, en cambio, aquellos que sí que lo ganaron y que, según muchos, no se lo merecían. Los debates que tienen lugar entre los distintos jurados a la hora de decidir los premios son secretas, y sólo se publican muchos años después (normalmente cuando ya se encuentran muertos todos los implicados; lo cual es una ventaja, ya que uno de los requisitos para ganar el Nobel -quizás para excluir zombies, pensaría el inquieto Alfred-, es precisamente estar vivos). Por tanto, en muchos casos sólo se dan por supuestos los motivos que pueden haber llevado al tribunal a rechazar una u otra candidatura. Por ejemplo, de Jorge Luis Borges siempre se ha dicho que le pesó mucho su apoyo a la dictadura argentina, abriendo el debate sobre si deben juntarse en un mismo saco los logros literarios con los humanos (cuestión que se viene a entremezclar con la cruzada de Alfred Nobel en favor de la paz, y con el arrepentimiento en el último minuto del escritor menos argentino de los argentinos, no se sabe muy bien si en un arranque de lucidez dentro de su doble ceguera, o como un último intento de que le pagaran un viajecito a Estocolmo). La ideología se supone que ha pesado también el caso de los fascistas D'Annunzio y Céline, si bien a las controversias entre vida y literatura que ya afectaban a Borges (¿en una obra literaria, prima el contenido o lo estético?¿Puede un escrito antisemita contaminar, aunque no lo sea el resto, todos los demás?¿Debe ser el escritor un faro de guía para la humanidad, o simplemente es un tipo que junta letras de manera excelsa, le molesten a algunos o no?) se une también la siempre subjetiva apreciación de los factores literarios: yo, como modesto lector, jamás osaría negar la grandeza de los pequeños cuentos de Borges, pero Céline, con sus frases violentas y cargadas de exclamaciones, en una sátira sin perdón que golpea a todo bicho viviente sin dejar ninguna estructura salvable, no consigue emocionarme, y más bien me deja frío. Pero, claro, igual que yo tengo argumentos para Céline, los podría haber para todos y cada uno de los candidatos. Hay escritores reconocidos que afirman que los prejuicios contra James Joyce provienen sólo de los tiempos modernos, pero lecturas documentadas sobre la época de la publicación de su "Ulises" dicen que ya por aquel entonces se formaron dos grandes grupos entre los que opinaban que Joyce era un genio, y los que argumentaban que su obra era una gran tomadura de pelo. Un caso paradigmático es el de Cela: personalidad excéntrica aparte, lo cierto es que, hace unos años, se hizo una encuesta entre individuos españoles relacionados con el mundo de los libros para que nombraran las diez obras que más les habían impactado. A pesar de la variedad de escritores que se expusieron (y de que algunos, para incrementar las opciones, incluyeron "Obras completas" de autores varios), no salió ni una sola línea sobre Cela. Sí aparecieron, en cambio, varias relacionadas con Delibes, pero es que Delibes ya dijo aquello de "ni yo me merezco el Nobel, ni el Nobel se merece a mí", pero esto probablemente se debe más a su ausencia de campaña, ya que por lo visto algo en lo que los expertos coinciden es en que, para obtener el premio, casi siempre hace falta montar una campaña específica alrededor de tu persona para conseguirlo. Puede que estos hechos expliquen que haya pocos premios Nobeles que al mismo tiempo sean éxitos de ventas (la escasa excepción reciente puede ser José Saramago, precisamente uno de los pocos Nobeles recientes que -a mí, que no hago distinciones entre escritores que venden poco o mucho- me entusiasman). Claro que, ¿desde cuándo una venta masiva es reflejo de la buena literatura, sino la mayoría de las veces es -o se considera- justamente lo contrario? Por otra parte, en cuestiones artísticas, donde tantos libros se compran sólo para adornar estanterías, es dudoso regirse por las cifras de ventas. Tampoco cabe guiarse demasiado por los críticos y suplementos culturales, o al menos yo no lo hago desde que la directora de uno de ellos confesó que no tenía tiempo de leerse por completo los libros que comentaba, lo cual explica tal vez que haya tantos escritores entronizados de quienes nadie te puede aclarar de qué va su obra, o por qué hay tantos autores reconocidos que te llevan al cielo cuando lees unas pocas páginas, y quieres pegarte a un tiro e ir al infierno antes de leerte más de diez (un inciso: hay escritores maravillosos de párrafos y frases, los cuales sin embargo naufragan al escribir una novela, y viceversa. Hay escritores especialistas en cuentos, en microrrelatos y en sagas; hay escritores de continente, y los hay de contenido; hay gente que tiene muchísimas cosas que contar, y no mucho estilo para decirlas, y en cambio hay escritores que serían maravillosos escribiendo si tuvieran algo interesante que decir. Sin embargo, como afirmó Margarite Yourcenar, muchos escritores se ven bajo la dictadura de amoldarse a ciertos formatos porque así lo solicita la sociedad de su época, o parece que tienen que destacar en tal o cual faceta bajo presión de los críticos, cuando -por poner un par de ejemplos- Hemingway no podía escribir nada si antes no lo había vivido, y Philip K. Dick sólo podía idear buenas novelas drogado, lo cual hacía su escritura fragmentaria e inconexa, pero al mismo tiempo, rica en una imaginación desbordante. Cada cual tiene su mérito, y somos todos los demás los que nos equivocamos cuando pretendemos meter a todos los artistas en el mismo tipo de saco). Quizás por eso, por ser tan difícil elegir, la Academia haya apostado tanto por los premios Nobeles de Literatura de contenido político, con eso de que un cierto compromiso es más sencillo de valorar (o tal vez sea por las presiones doctrinarias o económicas que les llegan a los académicos desde distintas plataformas o esferas). Claro que en otras ocasiones parece que es el jurado el que quiere que alguien importante se acuerde de que ellos existen, como cuando concedieron el premio a Bob Dylan (mismo motivo, opino yo, por el que le concedieron el premio Nobel casi al inicio de su mandato a Obama).

Porque sí, ésa es la clave: la subjetividad, la dificultad de valorar. Por todas partes nos encontramos gente que sienta cátedra sobre literatura, y ya de paso sobre cada aspecto no objetivable de la sociedad: sobre estética, sobre arte, sobre cocina, sobre la misma sociedad. Y, sin embargo, toda la historia de la propia literatura conspira en contra de ese criterio. F. Scott Fitzgerald murió creyendo que era un escritor fracasado, y sólo se le ha considerado tras una reivindicación posterior de su figura. Casi todos los autores de corte social que prosperaron tras la crisis de 1929 fueron barridos (salvo la excepción de Steinbeck) por la propaganda feroz del capitalismo. Una vez leí una lista de libros más valorados en 1900, y era sorprendente la inclusión de textos que hoy en día son desconocidos, y en cambio cómo faltaban novelas de la misma época que hoy forman parte del canon literario establecido. Para qué entrar a hablar sobre el Quijote, un libro que ahora se considera de intelectuales pero que en su día constituyó un best-seller de humor de la época (sólo superado por el Guzmán de Alfarache, de quien hoy no se acuerda casi nadie), y que Cervantes despreciaba como parodia frente a su ahora relegado Persiles; y qué decir de Bécquer, que tuvo la arrogancia de presumir de que sus obras se valorarían más después de muerto, y el muy bastardo va y resulta que tenía razón. Esto de que tus obras puntúen más según si el autor muere joven, en extrañas circunstancias, o colecciona un pasado turbulento, resulta excesivamente frecuente, y de hecho se da la historia de un escritor maldito al que todo el mundillo adoraba hasta que se descubrieron que era una señora cuarentona que se había inventado una nueva personalidad y una falsa vida (hasta había conseguido que una amiga interpretara a su alter ego) porque creía que ésa era la única manera de que le llegaran a publicaran algo. Eso, cuando no existen las presiones comerciales, de publicidad o ideológicas: Weinstein decidiendo qué películas había que ver, Vargas Llosa ensalzado por políticos autodenominados liberales, o gente que paga para ver su nombre destacado en la lista de libros o de discos más vendidos (frente a esa suerte de clasificaciones, yo prefiero aquella que declaraba a Terry Pratchett el autor más robado en las grandes librerías de Inglaterra). Hay una cuestión muy importante en el aspecto de quién te marca lo que has de leer y qué no: en "CT o Cultura de Transición", de varios autores, hay un artículo muy revelador de Guillermo Zapata donde describe cómo, durante unos treinta años, en este país, un grupo de editores, productores, directivos de medios de comunicación, le contaban a la gente qué debían leer, ver, adorar, sugerir, escuchar. Según Zapata, el momento clave en el que se produjo esa desconexión fue cuando, tras la fallida retransmisión del final de "Perdidos" en España, un periodista española hizo un comentario que traslucía -habiéndose perdido 20 minutos del capítulo por culpa de un error técnico en la televisión española-, en palabras del propio Zapata, que la gente que debía servir de referencia al espectador común no tenía necesariamente más idea que este último, sino a veces mucha menos. Acontecimientos puntuales aparte, este es un hecho que se está produciendo ahora mismo en todos los países y a todos los niveles, donde "El País" ya no decide qué libros debemos leer y referentes destacados como Orsai rompen con los medios tradicionales, pero a cambio (y a pesar de existir más variedad y mucho más "boca a boca") hemos sustituido esos falsos dioses por otros: la capacidad de difusión (es destacado que los vídeos más visualizados de una plataforma teóricamente orientada al usuario como es YouTube tengan casi todos detrás a multinacionales), el poder de la provocación (entre tanta oferta, se vende lo que destaca, no lo que necesariamente es bueno; al fin y al cabo, un libro sólo se compra porque alguien desea leer su primera hoja) o, sin más y como siempre, pero de manera más destacada, el crudo y cochino dinero. O, como decía el director y guionista Mateo Gil una vez, ahora sólo se hacen películas sobre de lo que deciden Telecinco y Antena 3 (que no son ni mucho menos plataformas culturales sino empresas, con toda la frialdad que ello implica; lo cual -me replicaréis- eso ya pasaba, pues "El País", por poner un ejemplo, es también una empresa, sólo que en aquel momento era mucho menos evidente, o resultaba menos palpable para el resto del mundo). Esto, junto al poder de concentración de los medios de comunicación, hace que si bien la variedad exista, ésta sea relegada a posiciones marginales, por no hablar del sesgo ideológico que esta concentración se provoca. Otra de las consecuencias del poder del dinero deriva en que productoras, editoriales y otras entidades apuestan sólo -o en buena parte- a lo que pueda llegar a la inmensa mayoría: y si bien la democracia de la masa resulta el método menos malo para el sistema político, resulta un régimen castrante para el mundo del arte. Lo cual implica que, por cada Harry Potter que aparezca, surgirán cuatro imitaciones baratas, y ha hecho posible que los vampiros blanditos, el sadomasoquismo para dummies y las clones de las secuelas de los clones de las secuelas hayan sido los mayores éxitos editoriales y cinéfilos de las últimas décadas.

Y ahora es cuando tendría que venir la parte que, en este artículo, todos estáis esperando: la sección en la que yo mismo entro a sentar cátedra, a entregar unas directrices fundamentales, a decir por qué un escritor vale más que otro, o a hacer en cambio el elogio absoluto de la subjetividad. Y -como ya habréis adivinado-, no voy a hacer ni lo uno ni lo otro. No pienso dar respuestas porque no las tengo, ni creo que tampoco las tenga nadie, y quizás sea eso lo que haga la literatura interesante: muy aburrido sería si no hubiera más que unas pocas opciones sobre las que poder opinar. Más bien, quizás la culpa tengamos que echárnosla a nosotros, por darle tanta importancia al premio Nobel. ¿Y qué es el premio, después de todo? Santiago Ramón y Cajal, por ejemplo, no lo consideró el honor más importante en su vida: la distinción acababa de nacer, y él creía mucho más valiosa la medalla Helmholtz, que además de contener una pesada porción de su peso en oro (en los premios, también en el Nobel, el reconocimiento monetario siempre ha importado mucho), tenía en aquella época mucha más antigüedad y rancio abolengo. De hecho, el Nobel se volvió tan importante porque muchas de las otras más famosas distinciones -merced a los vaivenes de la guerra o de la política europeas- acabaron desapareciendo, hasta convertirse en el paradigma de los grandes logros y galardones, en la referencia absoluta de todo lo que ocurre en el mundo, como si no existiera nada más allá de su marco. A veces nos olvidamos, sin embargo, de que un premio vale sólo el criterio de la persona que te lo está otorgando. ¿Tiene valor, por tanto, dicho premio cuando se pone en entredicho la honorabilidad de los medios de la Academia, o -cuestiones éticas aparte-, si, como hemos dicho allí arriba, el mundo entero está perdiendo las referencias y ya no hay linternas mágicas del conocimiento de las que te puedas fiar? Cuando le preguntaron a Leonard Cohen qué le parecía que le concedieran el Nobel a Bob Dylan, él respondió que, porque le pongas una medalla al Everest, no dejará de ser una grandiosa montaña. Era una forma muy elegante de decir que Dylan, consideres literatura o no lo que escribe dentro sus canciones, es importante por lo que logra, por lo que nos hace sentir; y no porque un grupo de señores lo diga, o porque muchos más discutan si a lo suyo se le puede denominar arte literario o se le debe premiar. Pero en este mundo obsesionado con las estadísticas, los méritos y las condecoraciones, es difícil convencernos de que la acumulación o no de insignias tiene poco significado en sí mismo, igual que un aficionado a un deporte a lo mejor sólo es capaz de admirar la belleza de un partido si la mide en Copas de Europa o en número de Roland Garros.

Al final, entonces, ¿para que sirven los premios Nobel? Mi respuesta es parecida a la que di una vez cuando me preguntaron que por qué me interesaban tanto los Oscar: porque son una referencia. Pero no necesariamente porque salga ganador uno u otro (más en los Oscar, donde tantos factores extra-cinematográficos cuentan), sino porque, a partir de allí, tú estructuras tu mente para recordar qué películas has visto y cuáles has llegado a apreciar. De hecho, no se sabe si es más conocida la lista de ganadores del Oscar o, en cambio, de los que no lo hicieron nunca, y hay algunos vencedores que nunca lo fueron, pero que han llegado a formar parte irrenunciable de nuestras retinas. ¿Para qué sirven los premios, entonces, cualquier tipo de premio? Para que discutamos, hablemos, opinemos. Para que se reclamen ciertos logros poco conocidos, o se destaquen algunos por su injusticia a la hora de no valorarse. Para tratar sobre todas estas cuestiones, y de esa manera escribir un post donde incluimos un buen grupo de detalles curiosos sobre los Nobel y otras cuantas cuestiones tangenciales, aunque no sirvan para concederle una medalla a nadie, sino simplemente para pasar un buen rato. Escribiéndolos en mi caso, o leyéndolos vosotros -o, al menos, espero que esto haya sido así-. Algo nada mensurable, bastante intangible y, sin embargo, que deberíamos aplaudir más que cualquier tipo de ensalzamiento artificial, pues el poder de una buena lectura no tiene precio y, en ocasiones, con estos premios que mueven tanto dinero, tendemos a confundir el valor con el precio de las cosas. Así que, ya sabéis: la próxima vez que citen a los Nobel, a mí me pillarán cogiendo lo que creo que va a ser un buen libro o cuento (ya sea de un escritor que recibió el Nobel o de uno que no lo haya ganado nunca: o de uno anterior a la instauración de los Nobel, que es muy típico que no se le haga publicidad a un autor que no tiene nadie que le venda) y me sentaré en un lugar tranquilo para leerlo. Yo os sugiero que hagáis lo mismo. O no, haced lo que queráis: de todo modos, no os voy a dar ningún premio.

lunes, 3 de julio de 2017

El relato de julio. Inspiraciencia 2017: "Le falta cebolla"

Saludos. Como algunos sabéis, hace algunas semanas, participé en el certamen de Inspiraciencia, un concurso de relatos de inspiración científica. Aunque no he acabado dentro del grupo de los ganadores (que podéis localizar aquí), os enlazo el relato con el que participé, "Le falta cebolla", por si os interesa echarle un vistazo. Además, os lo copio aquí, para aquellos que prefieran leerlo sin salirse de la página. Espero que os guste, y que os produzca buenas sensaciones:

Le falta cebolla

Contrastaba con su profesión, o tal vez era precisamente a causa de ella, pero el caso es que aquel hombre era aséptico en todo, hasta en el olor. Llevaba una vestimenta tan blanca que la anciana mujer no pudo menos que pensar: “Se le va a manchar enseguida, poco le va durar el traje”. Aunque quizás fuera la prudencia por no deslucir su vestimenta lo que llevaba a aquel hombre a desplazarse con andares mecánicos, como de robot, mientras les dirigía por pasillos de colores apagados, y acababa conduciendo a ambos a una habitación donde un respirador se acoplaba a varias bombonas, cada una de las cuales llevaba aparejado un nivel que subía o bajaba con el movimiento de sucesivas manivelas.

-Hemos elaborado la mezcla con las especificaciones que usted nos realizó –expresó el hombre, tan correcto como insípido-. No obstante, siempre es necesaria una comprobación final para asegurarnos de que todo es correcto. Si tuviera usted la amabilidad de ponerse la máscara…
La anciana cedió la percha, cubierta con un grueso plástico, junto con su contenido, a aquel chico joven, su hijo, quien parecía contemplar su entorno con escepticismo, como si no le convenciera ningún aspecto de aquella circunstancia. La mujer se acercó al respirador y tomó una amplia bocanada de aire. Allí estaba casi todo: el olor a comino, a sudor, a la colonia que se echaba por las mañanas… pero carecía de algo.
-Le falta… -lo que escaseaban para ella, ahora mismo, eran las palabras para explicarlo-… le falta como cebolla.
El hijo de la mujer levantó una ceja. El hombre-robot, en cambio, mantuvo su condición de imperturbabilidad, como de profesional ya habituado a escuchar toda clase de peticiones.
-Bueno –trató de expresarse ella-, en determinadas ocasiones, sobre todo después de que él y yo –allí se ruborizó al mirar a su hijo-… En fin, ya sabe… tenía un olor como a cebollita recién cortada. No sé si puede conseguirse algo como eso…
El hombre asintió quedamente, y empezó a movilizar varias llaves de paso. Se escucharon gorgoteos dentro de los tubos y, más adelante, cómo el gas empezaba a fluir de nuevo hacia el exterior. El hombre invitó a la anciana que se pusiera de nuevo la mascarilla. Hubo una segunda aspiración, y una pausa, y un silencio.
-Mucho mejor… -dijo ella tras la pausa, sin poder reprimir un cierto toque de voz trémulo-. Claro, no es igual –suspiró-, pero… se le parece bastante.
-Por eso viene ahora la siguiente fase –señaló el individuo el camino por donde debían seguir, y les guió hacia una sala que contaba con un sistema de bombonas y tuberías muy similares a las de la habitación anterior, sólo que, esta vez, el tubo en el que todas éstas desembocaban se hallaba conectado con la sala contigua, la cual se encontraba delimitada por una pared de cristal-. Si quieren, pueden ir pasando y disponiéndolo todo.
La mujer abrió entonces la puerta de cristal que permitía acceder a la habitación, cuyo único decorado era un maniquí sobre el que la mujer, con ayuda de su hijo, fue colocando lo que había traído colgado en la percha: camisa, chaqueta, calzoncillos, pantalones. Aquel acto le recordó a la mujer aquellos últimos días en que su marido estaba tan enfermo que no podía ni vestirse solo, y ella le ayudaba a hacerlo. Rememorar aquellos hechos, con el olor de su cónyuge todavía reciente en las fosas nasales, le hizo ponerse nerviosa, y que le costara abrochar los botones. Cuando estuvo lista, un leve parpadeo le advirtió a su hijo de que ya estaba lista. Él agitó la cabeza, como preguntando: “¿De verdad?”. Una nueva caída los ojos le corroboró que sí; que todo estaba más que decidido.
El chico salió.
-El programa está configurado con los parámetros que hemos ajustado antes –proclamó el primer hombre-, y ahora con esta rueda regulamos el flujo del gas. En pocos segundos, su madre estará totalmente envuelta por el aroma de la persona amada. Las ropas y la figura humana ayudan a hacer más completa la experiencia ofrecida por Olfactive Memories, Sociedad Limitada: un placer para los sentidos.
La mujer se abrazó al maniquí mientras aspiraba el aire que penetraba en la habitación. Volvió fugazmente la mirada hacia su hijo. Realizó una seña con la cabeza.
-Lo siento –se disculpó el hijo, mientras empujaba al profesional, y giraba hasta el fondo la rueda que regulaba el paso del aire. El hombre de la compañía gritó:
-¡No haga eso!¡Sustituirá todo el oxígeno de la habitación!¡Su madre no podrá respirar!
La anciana miró al muñeco con ternura en los ojos.
-No pudimos cumplir el sueño de irnos juntos. Pero eso no evitará que, ahora, tú estés aquí.
Ningún procedimiento de la autopsia fue capaz de arrebatarle a la mujer la sonrisa.

viernes, 1 de julio de 2016

La historia corta de julio: una de sindicatos.


He participado en un concurso literario de microrrelatos que organizaba el sindicato CSIF-Madrid (de hecho, las condiciones incluían introducir las palabras "sindicato" y "Madrid") y he tenido el honor de quedar finalista. El relato ganador y los otros finalistas son curiosos y, si soy capaz -en el blog no tengo muchas opciones., intentaré daros acceso también. Pero como esto sí que puedo hacerlo, os ofrezco mi relato. No tiene título (yo creo que los microrrelatos son en sí mismo su mejor título y presentación), y unas pocas semanas después de haberlo escrito le modificaría alguna cosa, pero yo os lo enseño tal cual y, si queréis ponerle un título, el más adecuado quizás sería: "Brando".

Espero que os guste. Ahí va:


Cada vez que me hablan de Brando me pongo histérico. Lo hago porque nunca me pareció tan buena su interpretación de “La ley del silencio”, creo que es una película sobrevalorada porque se empleó como defensa del mccarthismo, con la que su director Elia Kazan intentó escudarse de las acusaciones de haber delatado a sus compañeros. Hubiera dado lo que fuera por haber estado en esa reunión del Sindicato de Directores de Hollywood en la que el mítico y conservador John Ford le ganó la partida al también conservador pero reaccionario Cecil B. DeMille y evitó de esa manera que el ambiente de caza de brujas siguiera expandiéndose por la que yo, gustosamente, denomino sin ninguna clase de lugar común la Meca del cine. De hecho, si me vine a Madrid fue por contemplar todas las películas de aquella época en pantalla grande, escrutar hasta el límite los gestos de los protagonistas, tratando de encontrar debajo de sus interpretaciones un asomo de lo que ocurrió en realidad. Así que espero que la cárcel tenga pantalla de cine: en igualdad de condiciones, culpables del mismo delito, Brando y yo podremos por fin pelear en paz.

lunes, 11 de abril de 2016

El relato de abril. "De semillas y hombres"

De semillas y hombres

                Ésta es la calle Zaldívar, situada en pleno corazón del barrio de Simancas: una zona proletaria, en cuyas ventanas puede admirarse a señoras que a la vez que riegan sus geranios cotillean la calle sin ningún pudor, ya que consideran se lo han ganado después de más de veinte años de estancia en el barrio. En el inicio de la primavera, la calle se exhibe adornada con sus almendros florecidos. Pero podremos ver algo muy curioso si prestamos algo de atención:

Un poquito más…


Un poquito más…


Sí, un calceltín. Y en un segundo árbol apareció otro; y en otro unos zapatos; y en otro unos pantalones. Los vecinos juntaron todas las prendas de ropa en un trozo de tierra, colocaron entre ellas una semilla de almendro, regaron y esperaron. En poco tiempo, brotó un árbol, vestido entre otras prendas con sombrero, corbata y gafas de sol. El árbol comenzó a hacer una vida normal dentro del barrio: alquiló un piso, lo amuebló, consiguió un trabajo como jardinero. Por las tardes veía solitario la tele, mientras los vecinos le espiaban a través de su ventana para vigilar cada uno de sus movimientos, pero él nunca dio nada de lo que hablar. De hecho, los vecinos llegaron casi a olvidar su origen y considerarlo un miembro más del vecindario, con las ventajas adicionales de ser bastante educado y poco ruidoso. Poco a poco, el árbol se fue haciendo más viejo: sus hojas primero amarillearon y más tarde cayeron, sus movimientos se hicieron más lentos, y tras un deterioro progresivo de varias semanas llegó un momento en que, mientras avanzaba por la calle, fue paralizándose poco a poco hasta que finalmente se detuvo del todo. Entonces empezó a crecer: creció tanto y tan rápido que sus ramas se colaron por las ventanas de los pisos, y los vecinos creyeron que iba a explotar. Y efectivamente, explotó, pero de manera inocua, disolviéndose en miles de flores de almendro que alfombraron la superficie de la calle. En cada una de las macetas que había tocado el árbol en su expansión, las plantas crecieron durante los siguientes meses de manera exuberante. Tras aquellos sucesos inesperados, la vida del barrio no fue igual. Quién sabe si se debió a que después de un suceso de esa magnitud nadie puede permanecer incólume, tal vez fue a causa del común conocimiento de que compartían un secreto, la gente de aquella calle se volvió más unida, más solidaria con el resto de la barriada, con mayor sentimiento de grupo. Mientras tanto, en un cruce de aquella calle, delante de un banquito donde las señoras y los jóvenes solían reunirse alternativamente para repasar la vida del barrio y sus habitantes, alguien plantó en la tierra la única ramita de más de dos centímetros que sobrevivió tras la explosión de aquel extraordinario almendro. Allí aguarda paciente, y los vecinos bajan expresamente para regarla de vez en cuando. Todos esperan que, un día u otro, vuelva a brotar.


CALLE ZALDÍVAR, MADRID






martes, 1 de abril de 2014

El libro de abril: Los premios Hugo (1955-1961), presentados por Isaac Asimov.



Todos los lectores de Isaac Asimov son conscientes de que si hay pocas cosas que "el Buen Doctor" sabe hacer mejor que escribir cuentos y ensayos propios, es presentar historias, tanto suyas como ajenas. Así que cuando se tuvo que buscar un candidato a escribir las introducciones para una antología de los premios Hugo (uno de los certámenes más destacados en el área de la fantasía y la ciencia ficción), en las diversas categoría de relato, novela corta, etc, y se observó que Isaac Asimov no se encontraba entre los premiados, dudaron poco en ofrecérselo. Lo cierto es que, como dice el mismo Asimov, aquel era un regalo envenanado, pues uno, en su fuero interno (y en palabras del propio escritor ruso-norteamericano), tiende a pensar que cualquiera de sus relatos era mucho mejor que la inmensa mayoría de los premiados. Sin embargo, Asimov consiguió presentar un buen grupo de relatos que triunfó tanto que se hicieron posteriores antologías de los sucesivos premios. Quiero destacar especialmente este volumen (el primero, y que abarca de los años 1955 a 1961, una de las eras dóradas de la ciencia ficción), por dos motivos. El primero es porque tuve la oportunidad de leerlo personalmente, hace muchos años, cuando yo conocía pocos autores de ciencia ficción aparte del propio Asimov, y este libro me abrió la puerta a nuevos autores; el segundo es porque creo que, a ciertos niveles, determinados relatos no han sido todavía superados, o han servido de base, en escritores modernos, para otros igualmente sugerentes. Podéis encontrar la lista de relatos que engloba el volumen concreto en este enlace, e, intentando no destriparos demasiado, no entraré en profundidad en el argumento de ninguno de ellos. Pero sí que os destacaré la originalidad de "Todos los mares llenos de ostras", el privilegio de encontrar historias redactadas por maestros tales como Paul Anderson o Arthur C. Clarke, el hermoso canto del cisne que simboliza "El actor", o la enorme fuerza narrativa de "El gran patio delantero", que probablemente tenga ciertos ecos (con esto de las influencias nunca se sabe) en obras como "Carrie" de Stephen King o la reciente película "Looper", de Rian Johnson. Pero si una historia os quiero destacar es la originalísima (en un primer momento pensaréis que os habéis equivocado de edición) "Flores para Algernon", de Daniel Keyes, sinceramente el mejor cuento que yo haya leído nunca, y probablemente no sea el único que lo piense, pues ha recibido numerosos premios en ese sentido. Hasta el propio Asimov, por lo visto, no pudo resistir la tentación de preguntarle al autor (y aquí estoy destripándole la introducción al "Buen Doctor"), "¿cómo lo hizo?, ¿cómo lo hizo?", a lo cual Daniel Keyes respondió muy calmado: "Cuando lo averigües me lo cuentas, ¿vale? Me encantaría volver a repetirlo". Os recomiendo que busquéis también cuál es el secreto de Keyes. Y si lo encontráis, también, nos lo comentáis a los demás, que también ardemos en deseos de saberlo. Un saludo.

lunes, 11 de junio de 2012

El relato de junio. "La marca"

Este relato fue finalista del III Certamen Universitario de Relato Corto Jóvenes Talentos Booket-Ámbito Cultural, y. publicado junto con los otros finalistas en una edición no venal titulada “Tiempo de relatos”, en el año 2006.



La marca

En ocasiones me asaltan retazos de recuerdos a la mente... No los percibo bien, me cuesta encajarlos en la cabeza, no sé de dónde vienen ni qué hacer con ellos... Tampoco entiendo muy bien a qué se refieren...

           Los ungulados, consisten por definición en cualquier mamífero cuyas extremidades terminen en pezuñas. Constituyen en un amplio grupo, que contiene animales muy diferentes en apariencia, los cuales tienen como característica común los dedos agrupados en la estructura anteriormente mencionada. Se dividen en cuatro órdenes...


           Son recuerdos en algún momento tuve, y que de momento parecen olvidados. Sin embargo, antes de empezar a entrar en profundidad en el tema sobre el que tú y yo que tenemos que hablar, he de comentarte un par de cosas.

           En primer lugar, soy un asesino. He matado a dos personas.

           Y no ha sido por accidente, ni por descuido, ni se puede achacar a factores externos a mí. Yo he sido quien he acabado con esas dos vidas. Eso habrás de tenerlo en cuenta.

           También habrás de ser consciente, de que toda tu forma de ver la vida (y de definirte a ti mismo), pueden cambiar a partir de este instante.

           Y ante todo, y sobre todo, recuerda en todo momento una cosa:
Según uno de los principios fundacionales de la mecánica cuántica, dos partículas que entran en contacto, nunca llegarán del todo a separarse.

Cuando los recuerdos se agrupan más en mi cabeza, soy capaz de contemplarme, como si me encontrara fuera de mí mismo. Me veo. Me veo a mí mismo en una habitación, acompañado de dos personas. Son un hombre, y una mujer jóvenes. Por su apariencia física, deduzco que son hermanos. Sin embargo, no se asemejan demasiado: lo que me hace sospechar el parentesco, es la mirada de los dos, esa mirada sombría, es para ambos la misma, penetrante y oscura sobre una pálida faz, el pelo rubio el de él, negro como la noche el de ella. Ambos me contemplan con una especie de suspicacia y ansiedad, que se combina, al mismo tiempo, con el alivio de tenerme aquí. No deduzco de qué nacionalidad son, ni tampoco para qué quieren verme, por qué me han traído hasta aquí. Pero no me gusta. Y suelo reaccionar muy mal ante las cosas que no me gustan...

          Recuerdo que desde el lugar donde me encontraba se veía un sequoya. Uno de esos árboles, gigantescos, ostentosos, los cuales parece que, de un momento a otro, van a empezar a mover sus ramas, y derribarte de un golpe, o incluso echarse de pronto a andar... Me hubiera gustado mucho contemplarlo en todo su esplendor, abrir la ventana, admirarlo en cada uno de sus formas, pero las rodillas flexionadas, fijas e inmóviles, me impedían levantarme y hacer realidad mis sueños... Así que me quedé así, sin más, contemplando el sequoya, así hasta que alguien o algo, quizás en forma de batallón de uniforme gris, viniera a buscarme...

            Entre los dos hermanos había una relación muy especial... Los dos tenían muy claro el propósito de sus acciones, sabían que lo que más les convenía era estar juntos, y actuar en consecuencia... Pero al mismo tiempo, los celos les abrumaban, sospechaban el uno del otro, temían que en cualquier momento Caín o Abel recordaran cómo se selló el primer acto entre hermanos... Yo sabía que esto era así, y sabía que podía emplearlo en mi beneficio propio. Pero para ello, debía elaborar un plan... Dediqué las noches y los días a meditar sobre ello...

          En el lugar de mi encierro, había libros. Muchísimos libros. Acumulados en las estanterías, algunos agrupando polvo, de un lado para otro, el conocimiento universal hecho páginas y tinta. Para mí, la presencia de esos libros, hacían de mi encierro una estancia mucho más valiosa que cualquiera de las libertades que tanto afanan al resto de los hombres. A través de estos libros, a través de sus páginas, sabía que estaba perpetuando algo mucho más importante que mí mismo, sabía que lo que mis manos hacían acabaría pasando a la historia, que sería recordado por llevar a la luz el genio de prohombres mucho más grandes que yo... Y eso hacía que esos años, a pesar de todo, pasaran livianos, ligeros, casi, casi como si fueran, como si fueran tan sólo unos días...

            La chica me miraba. Me miraba cada vez más a menudo. Me contemplaba, con ojos inquietos, se acercaba de vez en cuando hacia mí... Y mientras lo hacía, mientras me escrutaba con ojos de deseo, yo le hablaba. Le decía cosas. Le susurraba de vez en cuando sutiles mensajes. Le decía, de forma críptica, y, al mismo tiempo, clara y diáfana:
            -Alfonso VI, fue rey de León y de Castilla. Hijo de Fernando I, recibió de su padre el trono de León, y las parias del reino moro de Toledo, mientras su hermano Sancho recibía el reino de Castilla y las parias de Zaragoza. Tratando de hacerse con el poder absoluto, ambos hermanos se enfrentaron; Alfonso fue derrotado en Llantada y Golpejera. La muerte de Sancho en el cerco de Zamora reinstauró a Alfonso en el trono de León. Para ser reconocido como rey de Castilla tuvo que jurar no haber intervenido en la muerte de su hermano. Esto último le fue exigido por los caballeros castellanos presididos por el Cid...
            Y me miraba con ojos fieros, a través de su cara pálida y sus ojos grises...

            Entre esos libros, había interesantes tratados, fascinantes páginas... Había un curioso pasaje, etéreo, casi filosófico, acerca de la química del carbono. El carbono, forma parte de tantas cosas, desde el diamante más brillante, hasta el grafito puro y gris, que sin embargo, no es más que un diamante desordenado. De lo que interesa que en la ciencia, como en la vida, no sólo lo que las cosas son en sí mismas, sino como se presentan, determinan cuál será su existencia, su sentido, y sobre todo, la posible aplicación que a ella pretendamos darle los hombres...

            Al mismo tiempo, su hermano daba vueltas, observándome, asimilándome, tanteando cada uno de mis rincones... Yo también tenía palabras para él, palabras que debían ser útiles para mi propósito, palabras que tendían a avivar las llamas de las frías sospechas que albergaba su corazón, y que le hacían soñar con zonas del planeta más cálidas, alejadas de este frío gélido del invierno que rodeaba la casa, lejos también de su hermana. Y yo alimentaba este deseo, y esta ilusión, con estas palabras:
         Brasil... Paradisíacas playas de fina arena... Una economía, que se nutre en buena parte del turismo... La población se compone tanto de blancos, como de mestizos, incluyendo mulatos [mulatas], caboclos y cafuzos...
            El chico me miró con suspicacia.
            Pero no sabía muy bien qué replicar.

         Yo, mientras tanto, me encontraba encadenado. Atenazado por el cuello por un inmenso cerrojo de hierro -del cual, por más que me resistía, era incapaz de zafarme-, con la superficie de mi cuerpo expuesta directamente al frío que penetraba a través de una ventana. Aullando de dolor y de rabia -sobre todo de odio, de desprecio por aquel que me había encerrado y que no se merecía la suerte que había tenido-, no podía hacer otra cosa, en mi desesperación, más que tratar de romper con mis dientes las cadenas que me separaban de la libertad... Pero por supuesto, los colmillos nada pueden hacer contra el metal, y tan sólo acabé con aún más dolor, y más frustración en mi cuerpo... 

            Los dos hermanos comeienzan a recelar, cada vez más, el uno del otro. Se acechan de manera extraña, dan vueltas en círculo alrededor de la habitación, perdiendo el sentido de hacia dónde se dirigían, de cuál era su propósito inicial al llegar hasta aquí... Y ambos me contemplan, encima de la mesa, allí, con las páginas abiertas de par en par, esta vez con una frase distinta... La primera definición que aparece en mis hojas, es la de la palabra hacha...

            Siento cómo la información trasciende a través de mí... Cómo el movimiento continuo, el flujo, de palabras y de datos recorre cada componente de mi superficie... Lo percibo, lo capto todo, así, muy dentro, pequeños destellos eléctricos parecen saltar de un extremo a otro, y mientras tanto, yo me conmuevo, como en un pequeño orgasmo... Pero de repente, algo falla. En un instante, todo se viene abajo. En ese momento, yo me colapso, soy incapaz de aguantar, y al hacerlo, todo lo que yo llevo detrás se cae conmigo. Mi caída, mi desgracia, le ha costado la vida a miles de personas, la pérdida de sus casas a muchos más, la miseria más absoluta, a muchos millones... Y el problema, el mayor de los problemas, es que la ruptura no se ha producido por casualidad...

             Ahora, corre, corre la sangre, recorre lo largo de toda la casa... Los cuerpos de los dos hermanos, yacen a mi lado, el fluido vital de los ambos recubre mis páginas... Aquí estamos, los tres, como siempre quisimos estar... Ellos me querían a mí, querían mi conocimiento, ansiaban mis tapas doradas, deseaban, por encima de todo, el valor que podía alcanzar en el mercado, un valor que rozaría el escándalo, debido a mi antigüedad, y a la mano por la cual fui escrito...   Pero ahora, ambos yacen,  a ambos lados de la mesa donde me encuentro enclavado, apoyado en el atril, con las páginas aún medio rotas, y la violencia sostenida sobre mí todavía presente en mis lomos, y la fecha de 2005, aún grabada en mi primera página, sirviendo como constancia de una existencia de ya más de trescientos años... Pero una vez más, sigo estando vivo, vivo e independiente, como estuve siempre, en todas las demás ocasiones en que me enfrenté a la muerte.

            Pero claro, para mí, ¿qué es estar vivo? La vida sólo es una cuestión de opiniones. ¿Está viva una célula?¿Está vivo un virus?¿Está vivo, un átomo de carbono? Al fin y al cabo, un átomo de carbono es capaz de formar estructuras complejas, de acumularse alrededor de un núcleo inicial para formar un diamante, puede, incluso, dar lugar a moléculas que sean capaces de replicarse a sí mismas, y de esa manera, originar el principio fundamental que es la vida, y que no es sino la capacidad de seguir adelante. Pero hay un hecho esencial en los átomos de carbonos, y es que, salvo condiciones extremas, y circunstancias excepcionales, sus componentes, los protones y neutrones que conforman su núcleo (no esos electrones, qué promiscuos, siempre yendo a la caza de todos), son los mismos, y por tanto, permanecen incólumes, sea cual sea aquello de lo que formen parte, ya sea una de las primeras partículas del Big Bang, la lava fundida de un volcán de la Tierra primigenia, o la aleta de un pez tropical que existirá dentro de miles de millones de años... Y a su vez, un grupo de átomos de carbono, que formen parte de una misma estructura, y que luego se separen, pueden acabar en tantos sitios, en tantos lugares distintos, repartidos cada uno en un lado del globo, formando parte de materia viva o de seres inertes, persistiendo así, durante miles de millones de años, durante un tiempo que nadie conoce porque todavía se está testando, tal vez, incluso, un lapso infinito... Por eso, hoy puedo sonreír, sabiendo que ni el fuego ni la lluvia me destruirían, y afirmar que sigo vivo...
           
     Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui una talla de un crucificado de una iglesia puritana, en mitad de la guerra de Secesión...
     Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui una Sequoya, plantada delante de una iglesia, que pasaba sus días contemplando a un Cristo que no le quitaba los ojos de encima...
    Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui un sacerdote medieval que transcribía los textos de los paganos, de los griegos y romanos, de los enemigos de Dios...
    Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui esos mismos libros, esa tinta y ese papel, que asimismo estudiaban, cual bachilleres, a ese humilde sacerdote...
     Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui un afamado científico, el cual, ocupado en sus quehaceres, hizo todo lo que pudo por causarle el mayor mal posible a sus semejantes, a lo que era su propio pueblo, al que él denominaba despectivamente, “judíos”...
      Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui cuando fui un perro rabioso, atado a una cadena, a punto de ser sacrificado, aguardando la hora de su muerte...
     Sigo vivo, tan vivo como estuve, cuando fui el mismo virus de la rabia que atacó a ese perro, y que al morder al campesino, acabó convirtiéndose en muchos miles de virus más...
      Sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui fibra de carbono, fibra óptica que arrastré miles de toneladas de información que hubieran ocupado la biblioteca del sabio medieval que un día existió, y que se evaporaron en un instante, como si nunca hubieran existido, causando con ello la ruina de millones de seres humanos, que padecieron la peor de las desdichas gracias a mí...

            Y sigo vivo, tan vivo como estuve cuando fui todas las cosas que he sido, todas las cosas que seré, todas las que seguiré siendo, cuando más tarde o más temprano me pudra, y mis páginas se conviertan en humus que haga fértil a la tierra, y provoque que nazcan nuevas plantas, seres vivos, para que surja todo lo que tiene que ser, aquí, en esta hora, en este día, y mucho tiempo después... Sigo existiendo, como existí desde el principio de los tiempos, cuando fui la primera masa de materia que provocó una asimetría en la explosión uniforme del Big Bang, generando el desequilibrio y la ruptura, provocando con ello, en anticipación, la destrucción de millones de estrellas, y como fui cuando constituí parte del brazo de Caín, el día que decidió alzar una piedra contra su hermano...

          Así pues, como ves, te he mentido. Aunque no del todo. La mejor manera de disfrazar una gran mentira, es entregar una pequeña verdad a cambio. No he matado a dos personas: he destruido a miles, a millones, a cientos de millones de ellas... Y no sólo eso: yo soy el principio de todo, de todas las muertes, de la guerra, de todas las desgracias que oigas hablar, de todas las catástrofes terribles que han acontecido en el mundo, del siempre fatídico azar... Yo soy el padre del caos... Me disculpo, es verdad, te he engañado...

            Y ahora, como ves, soy unos cuantos papeles, y una tinta, que ahora sostienes en tu mano. Pero soy mucho más que esas cosas. Como te he mencionado antes, mis componentes forman parte de millones y millones de moléculas, a lo largo de todo el mundo, constituyendo parte de múltiples objetos y organismos... Podría ser cualquiera, cualquier parte, podría formar parte de tu coche, podría ser un libro de poesía, podría hallarme en la nariz de tu madre, o en la lengua de tu novio, cuando le besas cada tarde... Incluso podría formar parte de ti... Pero quizás no... Quizás seas puro, e inmaculado, puede que ninguna de mis moléculas te haya invadido... Tanto más interesante entonces...

            Seguro que ahora me estás contemplando con una mezcla de temor y repugnancia. Seguro que ahora estás deseando arrojarme al fuego, pero no, ahora te lo piensas, es verdad, que yo mismo te he mencionado que soy inmune al fuego y al derrumbe de los edificios... ¿Entonces, qué haces?, te preguntas... Y lo único que se te ocurre, seguramente, es dejar de leerme, alejarte, escaparte de mí lo antes que sea posible. Pero recuerda que al principio, cuando empezaste a leer, te dije que debías recordar siempre una cosa. Te dije, recuerda:
Según uno de los principios fundacionales de la mecánica cuántica, dos partículas que entran en contacto, nunca llegarán del todo a separarse.
            Fue una teoría curiosa, desde luego. La propuso Albert Einstein, sin quererlo, como forma de desprestigiar a la mecánica cuántica, a la que él despreciaba, a pesar de que sus creadores le consideraban una especie de padre inspirador de la misma. La idea de Albercito, a quien tuve ocasión de tratar una vez –o seis o siete, bajo apariencias distintas-, era que si la teoría de la mecánica cuántica era cierta, entonces, si dos partículas entran en contacto, en realidad, a pesar de que se alejen al otro extremo del universo, siempre estarán, de alguna manera, influyéndose, modificando el comportamiento de la otra, como dos amantes que nunca han dejado de importarse mutuamente. Einstein, alzando los brazos, proclamó que esta posibilidad era una claramente un absurdo, lo cual determinaría que la teoría de la mecánica cuántica se derribara un castillo de naipes. Pero luego resultó, que al final tenía razón. Y esto significa que dos partículas que se toquen, nunca llegarán del todo a dejar de estar relacionadas.

Y por tanto, eso quiere decir, que si has tocado esas páginas, que si has pasado la mano por esta tinta, que siquiera has rozado el papel, entonces, ya te he influido. Para bien o para mal, mi propia existencia forma parte de ti. Puedes arrojarme a la papelera, o abandonarme en un contenedor de basura, pero yo no me fiaría... A lo mejor, lo que me pase a mí, influye en que te echen del trabajo, o que te dé un ataque al corazón aquí mismo. Puede ser, incluso, que mi sola presencia te haga perder la consciencia, y que te despiertes una mañana empuñando un cuchillo empapado de una sangre que tú no conoces... Así que ahora, ten cuidado. Reflexiona. ¿Me vas a dejar encima de la mesa?¿Has apoyado en algún momento mis páginas en el suelo, el cual bien podría partirse en el siguiente segundo en mil pedazos?... No se te habrá ocurrido dejarle este cuento a tu hermana...

Y mucho menos, por lo que más quieras, habrás tenido el valor de mandarlo a un concurso...

Es curioso, además, esto de la mutua relación y la influencia. ¿Cuánto llegará a durar?¿Por qué espacio de tiempo permaneceremos unidos? En teoría, un período infinito. Eso quiere decir más allá que el momento en que te mueras, y tus cenizas den lugar a un campo de trigo, al dióxido de carbono de la atmósfera, o al vaso de cristal en el que bebe el líder de Rusia. Eso quiere decir, que tal vez yo le influya a la simiente que va a darle vida a tu hijo. Eso quiere decir, incluso, que el día en que el universo deje de expandirse, y comience, por primera vez, poco a poco, a encogerse, el momento en el que todo aquello de lo que somos conscientes (y de lo que no), todas las partículas del universo, todo lo que hemos conocido y lo que seremos, lo que habremos de ser y lo que será, los Beatles, los Rolling, Pinochet, el perro de tu vecino, la lluvia radiactiva, el amor, la filosofía, la otra cara de la luna, todo eso que el hombre ha soñado alguna vez poseer, tocar o inventar, estará allí, concentrado en un único punto, preparándose, poco a poco, en tan sólo unas milésimas de segundos, para una nueva expansión, que volverá a originar un nuevo universo, pues en ese instante, en ese momento, nuestras partículas, las tuyas y las mías, las de todo lo que yo he sido y las de todo lo que serás tú, volverán a estar allí... Quizás, atrapada tu cabeza entre una mesa de billar y una parte del continente africano, lo que en su día fue tus manos me estarán, tan siquiera, rozando levemente con los dedos...

            Pero a pesar de todo, no te preocupes. Sé feliz, y disfruta. Sigue caminando, contemplándome a cada paso, a cada instante, aunque no sepas quién soy, ni de qué formo parte. Dale la mano a tu jefe, que quizás me lleve en sus venas cuando le pega a su mujer, o lee alguna de las novelas de Stendhal... Formo parte de muchas de ellas.

            Constituyo parte de este mundo, tu mundo. He llegado aquí mucho antes que tú ni siquiera nacieras, y seguiré existiendo mucho tiempo más. Trátame bien. Soy muy susceptible... Al más mínimo gesto de desprecio, me puedo enfadar...

            Mira a ver dónde colocas este cuento...

        A partir de ahora, tú bien puedes presumir, de saber en qué consiste, de albergar en tu misma biblioteca, la llamada marca de Caín...

martes, 13 de marzo de 2012

La historia corta de marzo. Un premio inesperado.

Entiendo que el título de esta entrada puede inducir a equívoco. No es que la historia corta de este mes sea "un premio inesperado". Para quien ha supuesto un premio inesperado es para la persona que os habla. Andaba yo  echándole un ojo a una de las páginas literarias que sigo de vez en cuando, LeoyEscribo, y me encontré entonces un concurso que consistía en proseguir un relato iniciado por la escritora Ángela Vallvey acerca de la historia de amor de una pareja. La dinámica del concurso consistía en leer las secciones que componía Ángela y que correspondían al punto de vista de la chica, y responder desde el punto de vista del chico. Las instrucciones añadían que se pretendía que el relato final tuviera un tinte tanto cómico como trágico, y que los dos puntos de vista (el masculino y el femenino del relato) no tenían necesariamente por qué coincidir y que, de hecho, que sería bastante bueno que no lo hicieran. La cuestión es que le eché un vistazo al inicio de la historia, y aunque últimamente me encuentro cada vez más renuente a participar en cualquier tipo de concurso, y tampoco sabía muy bien si éste era mi estilo, lo cierto es que había una palabra que no hacía más que venírseme a la cabeza. Así que, un poco en broma y un poco en serio, redacté un par de líneas, le eché un breve repaso (tan breve que al releerlo hay alguna cosa de la que me arrepiento) y lo envié sin darle mayor importancia. Pero parece ser que a los de la página les hizo gracia y resulta que he ganado -el premio ha sido un lote de libros de Planeta: tranquilos que no me quito de pobre-. Así que os lo muestro a vosotros, para que también lo podáis ver. Espero que os guste.

Mi amor no es menos hermoso que el azul de tus ojos
primero
(ELLA):
Yo tenía un amante al que no supe que amaba hasta que me abandonó. Lo amé sin amarlo; no sabía lo que estaba haciendo. Los perfumes del amor reventaron a mi lado, y se desvanecieron. El amor es uno de esos poemas que se escriben por la noche. Yo nunca tuve sensibilidad para la poesía.
Pensé que estar sola era bueno, porque nunca en toda mi vida lo había estado, hasta que él me dejó.
Lo conocí en los últimos cursos de bachillerato, cuando aún llevaba un corrector dental que me ponía por las noches, lleno de hierros exteriores que me presionaban el cráneo y me apretaban tanto la mandíbula que yo estaba convencida de que en realidad era un bozal para locos. El aparato me dejaba marcas sanguinolentas, pero mi madre se empeñaba en que siguiese usándolo porque, según ella, no había nada más satisfactorio en el mercado de la ortodoncia y porque, para mi padre, la única señal visible de que alguien es de buena familia está en la simetría de sus dientes.
Andrés —así se llamaba el que acabaría siendo mi amante, mi esposo—, se sentó una tarde a mi lado, mientras veíamos un partido de fútbol escolar. Era un chico tímido, y guapo. Pero no de esos guapos que deslumbran a todas las muchachas del Instituto y que se menean por los pasillos con el huero pavoneo de un gallo joven.
Ángela Vallvey
Éste era el inicio del relato, y la que véis abajo es mi aportación: 
(ÉL):
Patatas. Yo en lo único en que podía pensar era en patatas. Lo del partido de fútbol era una excusa: más bien me regodeaba en la imagen de las deliciosas papas fritas que vendían en la cafetería, y que sólo si me quedaba iba a tener la ocasión de probar. Después de comprarme mi cucurucho de tan hermosos tubérculos (cortados y doraditos como si de una aparición celestial se tratara) intenté encontrar sitio en las gradas, pero no hallé ninguno. Bueno, sí, al final. Al lado de esa chica con los hierros para los dientes, que la hacían asemejarse a un jugador de fútbol americano dispuesto para la carga. Yo no la conocía demasiado, pero en fin, tampoco es que tuviera demasiadas ganas de conversar. Así que me senté, fingí que veía el partido, y antes de darme cuenta, escuché un sonido extraño. Me giré y contemplé cómo los dientes de la chica, dentro de su cárcel de hierro, me sonreían de par en par. Yo sólo podía pensar en una cosa: se había comido una de mis patatas.

Si queréis ver cómo ha progresado el relato, podéis seguir su evolución aquí. Me alegra comprobar que alguno de los aspirantes a continuar la historia ha retomado la cuestíón de las patatas.

martes, 21 de febrero de 2012

El relato del mes: Al otro lado del muro

Este relato reúne varias características muy importantes para mí desde el punto de vista personal. Fue el primer relato que cristalizó tras quedarme claro que esto de la escritura no era sólo un pasatiempo sino algo que formaría una parte intrínseca de mi vida, después de haber estado sin redactar nada durante mucho tiempo. Además, se basó en una idea original por parte de una persona muy querida para mí. La última razón es que este relato resultó finalista en la XVI edición del concurso literario "El Fungible", organizado por el Ayuntamiento de Alcobendas, en el año 2007, y fue publicado junto con los otros finalistas en el libro "El Fungible. Especial relatos para España y América Latina", por parte de la editorial Punto de lectura. Aquí lo tenéis:

 Al otro lado del muro.

Basado en una idea original de Eos.

                                                                        El hombre que no vive en sociedad,
                                                                                    o es una bestia, o es un dios.  
Aristóteles

         Cometieron con él el mayor pecado posible: la más grande atrocidad, el mayor crimen, que pudieron haber realizado.

          No le provocaron descargas en los testículos. No le arrancaron las uñas, ni le violaron repetidamente, no le torturaron hasta la muerte... las cosas que él creyó que podrían hacerle más daño. Pero no. Había algo más indecente, muchísimo más inhumano.

          Le incomunicaron.

          El hombre, no es sino un monstruo cuando se le rehuye del contacto con otros hombres. Se convierte en un ser salvaje, en un animal enjaulado. Pero para nuestro protagonista, encerrado tras unos gruesos muros de piedra, donde habría de pagar caro por los crímenes que había cometido a lo largo de su vida –amar la vida, el sol, las luces de color violeta -, aquello era más que una celda: constituía una condena a muerte.

         Los primeros días, los resistió más o menos bien. Pero poco después... Ni tan siquiera le dejaban contemplar a sus carceleros, los cuales le servían la comida de tal manera que él no pudiera verles, y se cuidaban muy bien de que avistara sus rostros cuando se alejaban de su lado.

      Al principio, intentó hablarles directamente a sus guardianes, pero éstos no le contestaban. Se convertían, en su presencia, en muros de piedra, tan gruesos y tan rígidos como los de esta prisión. La conversación que mantenía con ellos no era mucho mayor que la que podría haber sostenido con un animal. Decidió, pues, abandonar esta vía.

          Luego, trató de hablarse consigo mismo, fingir que consistía en dos personas a la vez, proporcionarse conversación, contradecirse incluso, pelearse con su alter ego defendiendo al mismo tiempo varias posturas opuestas... Pero dedujo rápidamente que acabaría por creerse de verdad sus propias fabulaciones y que, por tanto, terminaría loco de remate, lo cual era precisamente lo que ellos pretendían, y lo que él, más que nada en este mundo, quería ser capaz de evitar. Así pues, desechó también este segundo método.
           
           Estaba ya desesperado. No había escuchado otra voz humana, aparte de la suya, (la cual le sonaba ya distorsionada) en semanas, tal vez meses. ¿Cómo conseguiría salir adelante?¿Cómo sería capaz de aguantar esos largos, penosísimos, indefinidos en número –y eso era peor que cualquier cifra- años? Sollozó amargamente sobre el banco de madera de su celda... contempló, los ojos húmedos, la luna llena, a través de los carcomidos barrotes...

           Y entonces, lo escuchó. Ocurrió de pronto, fue suave, casi nimio, pero, para alguien que lleva tanto tiempo deseando apercibir algún sonido, el más mínimo ruidito le desvela entre lo más profundo de los sueños. Era un rumor pequeño, inapreciable, inaudible podría haberse dicho, y sin embargo, fue tan claro y tan sonoro como lo es la propia vida. El prisionero aguardó una continuación... pero no escuchó nada.

           Al día siguiente, otra vez en mitad de la noche, volvió a apreciar –igual, parecía clónico- exactamente el mismo ruidito... Y, esta vez, se dijo el prisionero convencido, no le voy a dejar escapar. Respondió entonces esperanzado con un golpecito en la pared.

          Al principio, no pasó nada. Durante esos primeros e inquietantes momentos dudó de sí mismo, se dijo, Ya está, ya me he vuelto loco, ya he caído en el abismo de la desesperación de cuya montaña quise escapar, y no he podido... Sufrió un súbito arranque de nostalgia por su pobre cerebro, el que tanto había amado, aquel que había compuesto cuando estaba más o menos inspirado algún poema bonito, y lo sintió como un ente absurdo, semilicuado, cual líquido flotando entre las delgadas meninges... Pero entonces, y de nuevo, escuchó un sonoro golpe. Y volvió a responder.

            Casi instantáneamente, desde el otro lado, se produjo un tercer golpecito.

            Y sus ojos, apagados desde hacía tiempo, volvieron por fin a brillar.

           Y golpeó, golpeó de nuevo, lo hizo con todo el ritmo, toda la fuerza, como un tambor que llama la guerra, o, de igual manera inicia la fiesta... golpeó mientras el otro lado le respondía enfervorizado, alegro, diáfano, lleno de vida, hambriento de palabra y de poder, que a ambos en esa noche les había sido concedido... Los dos prisioneros repicaron en la pared, hasta quedarse finalmente sin nudillos. Tras aquella orgía de camaradería y de amistad, amortiguadas por fin el ansia del cuerpo y la desesperación del espíritu,  el encarcelado pudo por una vez -y aunque sólo fuera en el rincón de su celda más íntimo-, de nuevo vivir; dormir; tal vez en algún momento soñar...

          Al día siguiente, y en cuanto se levantó, el prisionero temió que la comunicación hubiera desaparecido para siempre. Pero no, la volvió a probar, y persistía, ahí seguía estando, con la misma solidez con que la tierra firme había emergido de lo más hondo de los océanos. Durante días, practicaron el mutuo juego de responderse mutuamente, sin decirse nada más, como enamorados tontos, celebrando solamente la alegría de estar vivos, y de seguir juntos... Pero, más adelante, y como en toda acción que emprende el hombre, uno pretende progresar, evolucionar... seguir adelante. Y, para ello, se dieron cuenta, hacía falta un código. Fue nuestro hombre quien se encargó de diseñarlo.

           Se dio cuenta de que había una zona en la pared que era algo menos densa que la otra, algo más hueca, se podría decir... Sin recordar muy bien exactamente cuáles eran las correspondencias del lenguaje morse, nuestro amigo le descifró a la persona del otro lado la nueva forma de comunicación y, para ello, le recitó el abecedario entero letra a letra, tal y como él lo estaba rediseñando de nuevo, como Dios ensayó varios tonos cuando recreó a su particular modo el mundo. Tres golpes en macizo, la a; dos en macizo, la b; y así, todas las combinaciones posibles. Tuvo que repetírselo varias veces antes de que el otro entendiera del todo por dónde iban los tiros, pero con el tiempo, y la paciencia, finalmente lo consiguió. Ahora podían comunicarse abiertamente y sin limitaciones de ningún tipo.

            Las que siguieron fueron noches extrañas, casi mágicas; al abrigo de la oscuridad, cuando menos recelaban de que los carceleros les espiasen, se preguntaron en primer lugar quiénes eran, de dónde venían, por quiénes velaban en sus cuitas, qué era lo que habían dejado atrás... Luego detalles más íntimos, por qué estás aquí, qué hiciste, y el otro le reveló que él había matado a un hombre, uno de Ellos, porque le había amenazado de muerte, y porque, en estos tiempos que corren, sabes que si te dicen algo como eso, y aunque sean sólo palabras, más te vale que actúes antes que el otro... Y te arrepientes, le preguntó el primer prisionero, y su compañero le respondió que sí, que se arrepentía, pero no por hallarse en prisión, sino porque, por muy pendejo que fuera el otro, él también tenía una familia, y gente que le lloraría, y que poco o nada había conseguido con sus actos, salvo entristecer a los allegados del finado, y a los suyos propios... Nuestro amigo creyó su explicación, porque nunca encontró unos golpecitos que sonasen más sinceros... Y, a partir de entonces, continuaron hablándose...

            Charlaron sobre todo... de la vida, del amor, de libros, de filosofía... Incluso, una noche, vibraron con el mismo partido, el más emocionante de sus vidas, la noche en que la selección se batió con el clásico enemigo, y le hizo doblar las piernas... Nuestro amigo ya ponía voz y rostro a su compañero de fatigas, y anhelaba, y se lo confesaba cada día, el deseo de verle por fin la cara, y darle con agradecimiento un abrazo...

            De repente, un día, ocurrió algo extraordinario. Nuestro hombre escuchó un golpeteo, pero, al tocar la pared, ésta no respondió. El prisionero sintió miedo, tuvo angustia de que le hubieran abandonado, pensó, egoístamente, que no quería que al otro le liberasen, o, mucho peor, creyó que lo habían matado... Pero entonces se percató de que el débil “tap-tap” provenía ahora del otro lado, de la pared opuesta. Y se lanzó sin dudarlo hacia allá.

           Tuvieron que tantearse previamente antes de poder entender lo que el otro decía. Y es que, claro está, la distancia había distorsionado el código, de tal manera que había quedado prácticamente irreconocible. Porque, y tal y como le comentó el otro prisionero (el cual había se había hecho en un trozo de papel higiénico una especie de mapa de la estructura de la prisión, de diseño circular), todo había partido de la genial idea de su primer compañero de lenguaje, el cual había transmitido esa manera de comunicarse no sólo a él, sino al compañero del otro lado, y éste al siguiente, y así hasta completar el círculo, para volver a retornar hasta la celda original. De esta manera, le repetía el otro prisionero, nos hemos salvado todos. De no haber sido por ese santo que tienes al otro lado –le confesó él-, hubiéramos perecido como perros...

            Meses después –quizás años, ¿quién cuenta en estos casos los días?-, llegó una parcial amnistía. Volvía la libertad, si es que así se podía llamar a sí a una en la cual cada vez que alguno de los antiguos presos se bajaba la bragueta en el baño, cualquier movimiento del pestillo les hacía ponerse a temblar. Pero en aquellos primeros momentos eso era lo de menos. Con el tiempo, nuestro prisionero (el cual pudo volver a tararear sobre la guitarra algunas olvidadas canciones), se reencontró con algunos de sus antiguos compañeros de cárcel, todos ellos presos políticos, y recordó junto a ellos el milagro que había supuesto que aquel hombre, en un alarde de genialidad, el cual nunca sería reflejado –injustamente-, por los libros de historia, les hubiera sacado de su aislamiento, y les hiciera de nuevo recordar (poniendo a prueba sus ansias de supervivencia, y recuperando el don de la palabra), que eran seres humanos... Y todos se preguntaban que es lo que habría sido, y cuál sería el paradero, de tan impagable benefactor; si seguiría encerrado -y podrían visitarle-, o si le habrían hecho libre, como al resto de los presos, y podían conservar la esperanza de, algún día, tener la oportunidad de volverle a encontrar.

            Lo que nuestro prisionero nunca les quiso contar, era lo que contempló al salir de su celda.

            Lo que nunca les quiso decir, fue lo que encontró cuando giró por el corredor de la prisión justo en el lado de la derecha, custodiado por los guardias...

            Lo que nunca se atrevió a revelar, fue la imagen que apareció ante sus ojos...

            ... porque, en aquella celda, en aquel lugar, donde se había gestado aquel sueño, donde se recobró una ilusión, donde todos ellos recuperaron la razón, no había nada...

            ... salvo un grifo goteante...

                                                                        FIN.
                                                                        (tap-tap)