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lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

lunes, 12 de agosto de 2024

La cultura es para el verano: tres películas y cómic

-El jugador (Rupert Wyatt, 2014), una película que recuerda al libro homónimo de Dovstoievski sobre la adicción al juego, aunque en muchos sentidos lo supera. El protagonista (interpretado por Mark Wahlberg) es un profesor universitario que cree que las cosas son blancas o negras: o se tiene éxito de manera arrolladora o se fracasa. Esto, por supuesto, cuando se trata de los casinos, le lleva a situaciones límite en las que se esfuerza en enredarse cada vez más. Atrapado por varias deudas que ponen en peligro su vida, este antihéroe tensará las relaciones con sus deudores (entre ellos, los que representan John Goodman y Michael K. Williams), su madre (Jessica Lange) y varios alumnos (incluyendo una brillante pupila a la que caracteriza Brie Larson). Los diálogos están muy bien trabajados (sobre todo las escenas en las que participa Goodman, especialmente conforme se acerca el final) y delineados con mucha inteligencia, mientras que todos los actores (hasta Wahlberg) están muy bien. Quizá sólo se eche un poco de menos que la subtrama con Brie Larson quede mejor resuelta.

-Callejón sin salida (John Cromwell, 1947; no confundir con la de Roman Polanski de 1966) parece, de inicio y por los carteles promocionales, la típica peli de cine negro que en que Bogart ejercía de matón de medio pelo. Pero no: como si fuera un teatro, te plantea un escenario muy especial (la época en que surgían edificios lujosos en el Upper East Side de Nueva York que lindaban con barrios miserables y casas de pobres; por supuesto, ese lugar ya no existe, pues todo se ha gentrificado), y te relata, de una manera costumbrista, las dramas y miserias de un contexto social muy complicado, como si con una fotografía del momento pudieras diseccionar la evolución de los personajes hacia el pasado y el futuro. Con un uso estupendo de la escenografía y del cruce de las tramas, aunque la película sea predecible en algunos aspectos, resulta sorprendente en otros. En ese sentido, un descubrimiento muy especial.

-Quiero tener una ferretería en Andalucía (Carles Pratts, 2011). Ya en este blog hemos tratado el tema (a través del libro "Entre limones") de esa extraña fascinación que tienen algunos británicos por el sudeste de España, que les lleva a cambiar de lugar de residencia y de vida. El documental "Science Fiction", que habla de las andanzas de Laurence Burton (alias "el indio") en el desierto de Tabernas incide en este aspecto, aunque más por el lado sórdido (a veces parece que el aludido huye de su propia existencia, más que buscar otra nueva). Pero el documental de precioso título que nos ocupa explora el lado luminoso: cómo Joe Strummer, el líder de la banda de punk británica The Clash (conocida por éxitos como London Calling) cambia el Londres urbano por el sol infinito y la vida tranquila de Almería, estableciendo su cuartel general entre San José y Granada. El film ofrece varios aspectos interesantes: la personalidad amable de Strummer (en contraste con el aire agresivo que, por sistema, parecía que debía ofrecer un artista punk), su búsqueda del anonimato, su carácter sencillo, y sus extravagancias con un punto poético, así como las variopintas reacciones y perspectivas de los que le rodean, incluyendo habitantes locales que no se pueden creer que delante de ellos esté el cantante de The Clash. Muy original y sorprendente.

-Marvel, 1602. Neil Gaiman (como comentaremos más adelante en un podcast que estamos deseando mostraros) le ha dado a todos los palos. En la novela gráfica, se sacó de la manga (o le encargaron: no le tengo muy claro) esta historia que básicamente coloca a los personajes de Marvel en la Inglaterra isabelina. Lo más interesante es intentar descubrir bajo qué efigie se representa cada uno de los personajes míticos de la franquicia de superhéroes, gracias a lo cual le perdonamos que ciertos recursos se los saque un poco de la manga. A nivel visual, estupendo. La trama, muy bien hilada -parece mentira que Marvel no se ambiente de normal en esta era-.

lunes, 17 de enero de 2022

La historia corta de enero: Para torturar a un hombre, debes conocer sus placeres

Para torturar a un hombre debes conocer sus placeres

El último día fue más largo que ninguno. El problema era que eso hacía que el mañana no llegara nunca. Por tanto, no habría día siguiente: jamás enviarían las pruebas de laboratorio. Nadie acudiría en busca de los testigos que no habíamos encontrado hoy. Teníamos la pista fresca en el suelo, pero carecíamos de la herramienta del tiempo que, en ocasiones, resulta tan útil en las investigaciones. No podríamos atrapar al asesino si éste había huido a más de una jornada de viaje. Menos mal que tenía la suerte de que el culpable era yo. Menos mal que había decidido, aquella mañana, detener la noche, para así imposibilitar que cualquier otro me capturara. Menos mal que soy un dios todopoderoso, olvidado del mundo, pero, aun así, capaz de ejercer mi poder destructor:
–Y a pesar de todo –escuché la voz del hijo de puta a mi espalda– te he encontrado…

Esta historia fue compuesta para la XIV Edición de Getafe Negro, en un certamen de microrrelatos cuyas bases indicaban que había que empezar por la frase "El último día fue más largo que ninguno", inicio de la obra de Stanislav Lem "La fiebre del heno".

lunes, 20 de diciembre de 2021

Las recomendaciones de diciembre: unas cuantas "rara avis" literarias, cinematográficas y teatrales

Pues eso: recomendaciones de diversos géneros que, cada uno a su manera, constituyen agradables excepciones y rarezas que merecen ser reseñadas. Abrochaos los cinturones, que empezamos:

-"Sistemas críticos. Los diarios de Matabot", de Martha Wells. Este primer volumen de una saga de ciencia ficción de éxito internacional parte de una curiosa premisa: un robot de seguridad, entrenado para matar, ha conseguido hackear su módulo de control y (en lugar de volverse loco y asesinar a los humanos, como sería lo suyo) se ha puesto a descargar series de televisión como si no hubiera mañana. A partir de un impactante primer párrafo, la historia va en dos direcciones paralelas: por un lado, tienes un relato de ciencia ficción dura, una aventura espacial con personajes despiadados y situaciones desesperadas donde se te proporciona la información mínima posible para seguir la trama; y, por otro, la vida interior del protagonista -Matabot para los amigos-, que lo único que está deseando es que los humanos le dejen en paz para disfrutar de sus telenovelas a gusto, y que aporta las notas hilarantes en una muy curiosa mezcla de géneros, la cual veremos cómo evoluciona a lo largo de las secuelas.

-"Manual del contorsionista", de Craig Clevenger. La contraportada y las solapas definen el género de este libro como punk thriller o neo noir, y ambas definiciones le vienen al pelo. Tiene algunos detalles de realismo sucio, pero, para los que no seáis fans de ese estilo, no os preocupéis, porque aunque el protagonista sea un drogadicto que recorre algunos de los estratos más bajos de la sociedad, en realidad buena parte del libro transcurre entre asépticos hospitales y, sobre todo, en la brillante cabeza del protagonista. Pero vamos con lo importante, la trama: nuestro héroe, por circunstancias que escapan a su destino, entra en un diabólico círculo vicioso por el cual, cada cierto tiempo, tiene que volver a crearse una nueva identidad, habilidad para la que se ha convertido en un experto. En su nueva vida, consigue engañar a todo y a todos, así hasta que una de las recurrentes migrañas que sufre le postra de tal modo que la única manera de sobrevivir a ellas es drogarse hasta las trancas, lo cual lleva a que un evaluador psiquiátrico juzgue si deben internarle o no: si consigue que sus dotes de falsificador le permitan salir de este peliguado trance, el protagonista volverá a escapar para reiniciar el salvaje bucle, una vez más. Sin embargo, surgen acontecimientos inesperados en el camino, donde, por supuesto, nada es lo que parece. El libro, con una tensión y un ritmo brutales, nos lleva a través de la vertiginosa mente del protagonista y se guarda un par de ases bajo la manga, de tal manera que te mantiene en vilo a lo largo de la eléctrica lectura. Recomendado para los que, como yo, deben leérselo en un solo día porque tienes que cumplir el plazo de la biblioteca: no os arrepentiréis.

-"Seis días corrientes", de Neus Ballús. Esta película de presupuesto mínimo sigue a tres chapuzas (cada uno hijo de su padre y de su madre, y alguno para devolverlo a sus progenitores) durante una semana en sus distintos trabajillos por las casas de Barcelona. Una película muy sencilla, cargada de cotidianidad, pero con muchas dosis de humor. Para pasar un rato entretenido y simpático sin más pretensiones, aunque no os arrepentiréis de verla en el cine.

-"Páncreas". En su día comenté ya en su día alguna obra del grupo teatral "La fragua y la luna", al que conocí a través de amigos, pero sigo porque me convenció su forma de hacer las cosas. Y me reafirmo después de ver esta "Páncreas" (creada por Patxo Tellería y originalmente representada en 2015), montada con algo tan sencillo como un escenario, tres individuos... y una amistad llevada al límite. Teatro del puro, con tres pedazo de actores, y situaciones a las que se les saca todo el jugo posible a través de algo tan lleno de efectos especiales como un desnudo y brutal diálogo. La obra se representa en la sala Off Latina durante las próximas semanas, y podéis conseguir más información aquí. Y, si la veis, ya me contáis si os ha gustado. Nos leemos.

jueves, 7 de julio de 2016

Homenaje a la Semana Negra de Gijón: momentos en que la novela negra deja de ser ficción

En los próximos días se celebra la Semana Negra de Gijón, donde numerosos autores y lectores de novela negra intercambiarán libros e impresiones. Se dice que la novela negra es uno de los géneros literarios que más se aproximan a la vida real, pues relatan en muchas ocasiones la problemática social que subyace bajo un crimen, o describen esos aspectos de la vida cotidiana de un país que no aparecen habitualmente en las guías de viajes y en los periódicos. Si a ello le sumamos que los escritores también son personas (y en ocasiones, no del todo muy equilibradas, pues ya sabemos la delicada línea que se extiende entre creatividad y locura), resulta fácil intuir que las vidas personales de los escritores han debido, en algunas ocasiones, de resultar tan dramáticas y retorcidas como un buen argumento de una novela de crímenes. Si nos pusiéramos a recabar de manera sistemática, la lista sería interminable (de hecho, hay en Internet varios posts dedicados a escritores asesinos), pero yo os quiero relatar tres historias concretas que nos servirán para repasar un par de conceptos más. En este caso, nos centramos dos asesinos y una víctma. Atención, spoiler: no apto para mentes sensibles.

Anne Perry: Bajo este seudónimo, se encuentra el nombre original de Juliet Hume, y también una dura historia de la que muchos habréis oído hablar, ya que se relataba en la película de Peter Jackson Criaturas celestiales. En la película se narra cómo la adolescente Juliet (interpretada por Kate Winslet) vive en Nueva Zelanda con su amiga Pauline, con la que desarrolla una amistad tan fuerte que se hacen inseparables. El problema aparece cuando los padres de Pauline planean divorciarse y enviar a su hija con unos familiares que viven en Sudáfrica. Las niñas, las cuales han prometido pasar toda la vida juntas, y que se ven a sí mismas en un futuro lleno de ensoñaciones infantiles (entre otras, formar parte de las películas de Hollywood), no pueden aceptar esta situación y deciden matar a la madre de Pauline para que las dos puedan marcharse a Inglaterra con el padre de esta última. El plan en principio era sencillo y se basaba en asesinar a la madre de Pauline de una pedrada, pero fueron necesarios más de cuarenta golpes, con una brutalidad que conmovió a la sociedad de la época. Las dos adolescentes fueron juzgadas, declaradas culpables, y ante su juventud, no se les aplicó la condena a muerte que hubiera sido ejecutada en un adulto, sino que se las retuvo legalmente durante 5 años y luego se las liberó, bajo la condición de que jamás volvieran a verse. Que se sepa, la condición se cumplió, a pesar de que las dos acabaron viviendo en el Reino Unido. Juliet trabajó como asistente de vuelo, vivió en Estados Unidos (donde se unió a una congregación religiosa) y se estableció en Escocia. Comenzó a publicar novelas de misterio y se convirtió en una afamada autora de éxito. En una ocasión apareció en un programa de televisión hablando del asesinato. Anne Perry vivirá sin duda durante el resto de su vida con ambos aspectos (el de escritora y el de asesina adolescente) como los más destacados de su biografía aunque, si lo queremos mirar por el lado positivo, podemos utilizarlo como ejemplo de que, al contrario de lo que suele ocurrir en los libros de misterio, un asesino tiene la oportunidad de cambiar su vida y redimirse.

El caso opuesto lo encontramos en Norman Mailer. En este caso, no se trata tanto de hablar del famoso escritor norteamericano (a pesar de que le produjo una herida leve a su segunda mujer con un cortaplumas durante una fiesta) sino de Jack Abbot, un escritor al que él apoyó y contribuyó al que saliera de la cárcel. Todo empieza cuando Mailer empieza a escribir una novela basada en un individuo real condenado a muerte, Gary Gilmore. Al enterarse, Jack Abbot, condenado por asesinato y robo de bancos entre otros delitos, decide escribirle una carta al escritor, diciéndole que Gilmore está embelleciendo sus experiencias en prisión, y que Mailer no puede escribir sobre la cárcel sin haber estado en ella. A Mailer le gusta el estilo de la carta y se inicia una relación por correspondencia en la que Abbot le habla de manera cruda, realista y descarnada de su estancia en la cárcel. Al escritor le encandilan tanto estas narraciones que recopila mil de esas cartas y consigue en un editor las publique en forma del libro, que se denominará "En el viente de la bestia". El libro es un éxito de crítica y público y ello es utilizado por Mailer para promover la liberación de Abbot (los abogados pagados con los derechos de autor del libro también ayudaron). Existe una tendencia entre los escritores y en el mundo editorial de las últimas décadas a promover aquellos autores y tendencias que rompen con los moldes establecidos y desvelen los aspectos más desagradables e incómodos de la realidad (el estilo del "realismo sucio" es uno de los mejores ejemplos), y hasta ahí, todo bien, porque para eso existe la variedad de formas en la literatura. También, como individuos, tendemos a idealizar a un personaje concreto a causa de un talento determinado en alguna actividad, y obviar la multiplicidad de aspectos que presenta nuestra personalidad, algunos más ejemplares que otros. El problema es cuando ambas cosas se juntan y quizás, buscando la provocación y la innovación (y a veces cierto sensacionalismo) antes que el sentido común, contribuyen a dar lugar a monstruos como éste. Algunos argüían que Abbot no estaba ni mucho menos preparado para volver a la sociedad, pero aún así, el recluso salió de la cárcel, convirtiéndose de la noche a la mañana en un personaje famoso, admirado, e invitado a programas de televisión y círculos de intelectuales. Una noche, acudió a un restaurante con dos admiradoras y el camarero se negó a dejarle usar el baño porque era sólo para empleados: Abbot le clavó un cuchillo en el pecho y escapó, pero fue detenido un mes más tarde. Abbot volvió a ser condenado, escribió un nuevo libro (del cual le impidieron cobrar los derechos de autor, salvo para indemnizar a la familia de la víctima). Norman Mailer fue severamente criticado por su papel en todo el asunto. Lo cierto es que el escritor asumió sus errores, declaró que tendría que vivir para siempre con la culpa y no dudó en afimar sobre este caso de que se tratata de "otro episodio en mi vida en el que no pude encontrar nada agradable ni nada de lo que sentirme orgulloso". En 2001, con 57 años (casi 44 de ellos transcurridos en prisión) Jack Abbot pidió su liberación, pero fue denegada. Un año después, apareció ahorcado en su celda, y aunque el dictamen fue de suicidio, era normal que surgieran las dudas. Mailer declaró que era una doble tragedia pues, bajo su punto de vista, la vida de Abbot fue la peor de las que conoció, y llevó al traste muchas de las posibilidades que el escritor y criminal contenía en su interior.

De gángsters y novela negra. Los años 30 y 40 fueron particularmente florecientes para el cine y la novela negra. En una época muy parecida a la nuestra, después de la euforia de los años 20 llegaba la Gran Depresión y, en el contexto de una sociedad conmocionada, nadie confiaba en el sistema, los valores morales se habían trastocado, y los gángsters aprovechaban para hacer y deshacer a su antojo (en algunos casos, como el de los atracadores de bancos del estilo John Dillinger, fueron aclamados como héroes por aquellos que habían perdido todo a causa de los banqueros). Las películas de gángsters eran un fiel reflejo de la realidad, y además entretenían. No era raro entonces que dentro Hollywood (siempre abierto al realismo cuando queda bien en la pantalla) se colara algún individuo que se parecía tanto a los mafiosos que interpretaba que había serias dudas sobre si lo era: se sospechaba que George Raft había pertenecido al crimen organizado, tenía amigos en círculos relacionados, y aunque a Raft le molestaban estas insinuaciones y trató de salir del encasillamiento realizando otro tipo de papeles, la verdad es que las dudas siempre persistieron. Un episodio curioso tuvo lugar después del rodaje de Scarface, de Howard Hawks, la cual básicamente relata la vida del mafioso real Al Capone: un coche se paró al lado de Raft, un par de individuos le obligaron a meterse en él y, después de un rato conduciendo, le llevaron a presencia de Capone. Éste le dijo: "He escuchado que habéis hecho una película sobre mí", dijo el gángster italino-americano. George, nervioso, asintió. "Te voy a decir una cosa", añadió Capone muy serio. "Me han dicho que en la película, uno de mis hombres juega con una moneda de unos pocos centavos. Que sepáis que cuando mis hombres juegan con moneda, lo hacen con dólares de plata". Percibiendo el cambio de tono, George se atrevió a preguntar: "Entonces, ¿te ha gustado la película, Al?". "Sí, George", constestó el gángster, "me ha gustado mucho". La película debe tener su gafe, pues el caso es que la nueva versión dirigida por Brian de Palma en 1983 fue protagonizada por Al Pacino, de quien se ha dicho muchas veces que, si no se hubiera metido en el cine, hubiera acabado convertido en un delincuente.

Pero el caso más impactante de relación entre novela negra y realidad la protagoniza un escritor, James Ellroy, pero no como asesino, sino como hijo de la víctima. Su madre fue asesinada cuando él tenía 6 años, y el homicida nunca fue capturado. Hasta qué punto influyó en su personalidad será siempre motivo de debate, pero que se convirtiera en un hombre obsesionado con el fenómeno de los asesinatos y devorara novelas de crímenes parece proporcionar alguna pista. Durante su juventud, coqueteó con el alcohol, las drogas, el crimen, la perversión sexual, el nazismo y el racismo, y llevó una vida errática, hasta que a los 29 años ingresó en Alcohólicos Anónimos y terminó de encauzar la tendencia que ya tenía de convertir sus fantasías (siempre relacionadas con crímenes) en relatos y novelas. A los 30 años escribió su primera novela, que era prácticamente autobiográfica, pero siete años después encontró la mejor inspiración en el asesinato real de Elizabeth Short, una joven que fue brutalmente mutilada en 1947 y cuyo fallecimiento fue titulado por los periódicos como "el caso de la Dalia negra". James Ellroy combinó sus experiencias respecto al asesinato de su madre junto con la historia de Elizabeth Short y creó la novela que le aupó a la fama. Más adelante, Ellroy revisaría sus propios recuerdos sobre la muerte de su madre y revelaría en un libro sus impresiones y la investigación que él realizó por su cuenta en 1994. Ellroy decía que la obsesión es buena, si acabas sobreviviendo a ella. Freud argumentaba también que la mejor manera de sobrevivir a una frustración es la sublimacion, es decir, enfocarlo a un logro profesional o artístico. Quizás sea la mejor lección que podamos extraer cuando nos ocurra algo tan dramático. Aunque ésta, me temo, es de aquel tipo de lecciones que uno prefiere no tener nunca que aplicar...

viernes, 24 de octubre de 2014

El relato de octubre. Halloween 2014: Homenaje al club de los suicidas.



Homenaje a El club de los suicidas

                Cuando se acude a una oficina en un día no laborable, el aspecto suele ser desolador. Observar a más personas allí (quizás por el simple hecho de que no deberían estar, o que significa que ellos también tienen trabajar, lo cual lejos de aliviar, suele deprimir el ánimo más todavía) tiene un efecto acrecentador de esta situación.
                Sin embargo, las tres personas que llegaron allí, prácticamente al unísono, no tenían que trabajar hoy. Y aún así, se sentían turbadas, y doblemente turbadas por encontrar a sus otros dos compañeros en esa misma situación. Alrededor de una gran mesa circular, de pie, todavía con los abrigos puestos, se miraron los unos a los otros, casi de manera sospechosa.
                -¿Cómo ha accedido aquí?-preguntó el hombre maduro y corpulento, antes siquiera de presentarse o tratar de aclarar la situación. Suponía que la misma pregunta era compartida por todos.
                La mujer de mediana edad se encontraba aún más confusa. El otro hombre, más joven, se encogió de hombros, sintiéndose incapaz de hacer otra cosa.
                -¿Cómo sabes que ha accedido, de todas maneras?-preguntó la mujer.
                Pero el hombre no tuvo que decir nada, mas que bajar los párpados hasta orientar sus pupilas hacia las tres cartas situadas en la mesa, cercanas a cada una de tres sillas, y también a un sobre central.
                -¿Cómo os habéis enterado?-siguió llevando la iniciativa el hombre-. ¿También por una llamada de teléfono que decía que mirarais vuestro correo?
                -“Asunto de vida o muerte”, decía –rememoró la mujer, resaltando lo obvio-. Bueno, cómo no acudir.
                -Bien, en eso se ha basado para que viniéramos, ¿no?-indicó el hombre maduro, sentándose. Los demás hicieron lo propio.
                Pareció que antes de dar el primer paso, tenían que discutirlo. Y lo primero fue mirarse muy fijamente.
                -Es un tipo muy raro.
                -Eso lo sabíamos –indicó el hombre joven-. Siempre lo supimos.
                -No era el típico cliente normal que te pregunta por la familia mientras decide dónde invertir o solicita información sobre su nómina. Quería ser nuestro amigo. Joder, maldita sea, parecía que quería trabajar aquí.
                -Bueno, no es tan raro –replicó el hombre joven-. El mejor amigo de mi padre fue siempre el cajero que le atendía en la caja de ahorros. Total, los clientes nos cuentan casi todos los aspectos de su vida: que si necesitan dinero para una casa, para la boda de su hija, para sus vacaciones… Somos los confesores de su dinero. Ni un cura sabe tanto como nosotros.
                -Ya, pero esto es distinto: este tipo venía con nosotros. Pasaba el rato. Era peor que un jubilado. ¡Joder, si hasta un día me lo llevé al fútbol!
                -No sé, fue muy raro, ¿no? Todo tan gradual, tan poco a poco… Empezó solo contigo, Andres, ¿no?
                -Sí –indicó el hombre joven-, y luego preguntó unos bonos y yo te lo pasé a ti… Y después me figuro que…
                -Sí, sí, ya, ya –interrumpió el hombre maduro-. Conmigo acabó cogiendo muchas cosas. Incluyendo la hipoteca.
                -Lo cual quiere decir que…
                -Sí –terminó la frase él-: yo fui el que tuvo que acudir al desahucio de su hipoteca.
                Movió la cabeza de un lado a otro.
                -Maldita sea, nunca se me olvidará ese día…

*                                           *                                            *

                El hombre maduro se encontraba mirando cómo la policía rodeaba la casa y la empresa de mudanzas aparcaba al lado. Y sin embargo, aunque aparentemente todo se estaba desarrollando con normalidad, algo que le decía que iba terriblemente mal.
                -¿Qué pasa?-preguntó, cuando los agentes del orden volvieron del interior del edificio.
                El policía se encogió de hombros.
                -No responde a los timbrazos. También he tocado a la puerta, pero no dice nada.
                Levantó una ceja.
                -¿Puede que no esté en casa?
                El grito de una vecina les hizo mirar hacia arriba.
                Es cierto que Federico nunca había sido muy guapo. El hecho de haberse rapado al cero (seguramente para disimular una incipiente), aquella cara pálida y anodina, con pinta de no ser capaz jamás de seducir a las masas, e incluso su insistencia en vestir buena parte del tiempo ropas oscuras (unido ello a un ligero encorvamiento de su figura, nadie sabía si por su natural disposición a permanecer humilde y hasta un punto servil ante todas las circunstancias de la vida) le daban una especie de apariencia de sirviente de las fuerzas del mal para el cual sólo le hubiera faltado un científico loco al lado con una sardónica risa, mientras Federico, portando un candelabro, se preguntaría cómo había acabado él aquí, cuando lo que pretendía era hacer el bien y regar florecitas. Pero ahora, encaramado a la cornisa, con quince metros de vacío extendiéndose delante de él y sin atreverse a mirar del todo hacia abajo, la pinta no hubiera enamorado nada más que a los que sufrieran un atractivo irresistible por la viva imagen del desconsuelo. El agente a cargo del operativo silbó y le gritó a sus compañeros con toda la fuerza sus pulmones:
-¡Arriba, arriba, arriba!
Como una tromba ascendieron los agentes y también el cajero del banco, sujeto a súbito ataque de pánico. Los siguientes sucesos los recordaba él como en una bruma. Sabía que un policía había accedido a la ventana para hablar con el suicida, y –el cajero desconocía con qué argumentos- le había conseguido convencer. Federico se adentró en el piso con igual cara que si acabara de vaciar el contenido de su estómago (el agente bancario desconocía si lo hubiera hecho). De repente, sin embargo, en un súbito auto de arrepentimiento, Federico pretendió volver a la cornisa de la que había venido y todos, incluyendo el cajero, se abalanzaron sobre él al impedírselo. Al agarrar su brazo, y mientras era traído de nuevo al interior de la casa, Federico le preguntaba:
-Cómo pudisteis hacerme esto… como pudisteis…
El hombre no tuvo valor para contestar.

*                                           *                                            *

                Los tres se quedaron un rato, callados, en silencio.
                -Sí. Esa es la pregunta. Cómo pudimos.
                Al principio parecía que la pregunta no la hubiera soltado nadie sino un ente ajeno a ellos, planteándoselo para su discernimiento. Luego pareció claro que lo había dicho Andrés, pero más de manera reactiva que por convicción. El hombre maduro, sin embargo, respondió muy activamente a ellos:
                -Nosotros no le hicimos nada. Nadie le puso una pistola en la cabeza. Nunca le obligamos a nadie.
                -Además, ¡nosotros no sabíamos!–replicó la mujer, con pinta de ofendida-. A ti el banco te dice que tienes que vender tal producto, que es bueno para los clientes, que se lo aconsejemos. Nosotros qué íbamos a saber que eran una esta…
                -… algo sospechábamos –reconoció resignado el hombre maduro.
                -¡Sí, sospechábamos, pero sospechar no es lo mismo que saber! Y además, ¿qué hubiéramos hecho de haberlo sabido? Teníamos órdenes terminantes del banco de colocar esas participaciones. Si no lo hubiéramos hecho, ¿qué hubiera pasado con nosotros? Quizás nos encontráramos en la misma situación de él.
                Volvieron a guardar silencio. Fue el hombre corpulento el que lo rompió.
                -Venga, qué demonios. Abramos las cartas y terminemos de una vez con esto. Veamos qué quiere estar vez.
                El sonido al rasgar el sobre central pareció el de un concurso a punto de distribuir el premio mayor, o de a obligarte a marchar a casa sin nada.
                Pareciendo haber sido designado extraoficialmente como maestro de ceremonias, el hombre corpulento leyó en voz alta. Sin embargo, a todos les pareció resonar en sus cabezas la voz de Federico conforme escuchaban las palabras:
                ˃˃No me andaré con rodeos. Conocéis mi situación actual. He perdido mi casa, me abandonó mi familia, y ahora que por la coyuntura económica actual he perdido el trabajo, me veo abonado a la indigencia. No os responsabilizaré a vosotros de todos mis males: sin embargo, fue vuestros consejos los que seguí en cuanto a cómo administrar mi dinero. Yo compré las acciones que me aconsejasteis. Ahora, observo cómo todo aquello se hunde a mi alrededor y cómo los periódicos dicen que todos aquellos movimientos fueron una trampa mortal para los clientes que se habían aventurado a seguirlos. Vosotros sabéis la cuota de responsabilidad que tenéis en ello, y yo también lo sé. De nada vale ocultarlo.
                ˃˃En el desahucio de mi casa, que alguno de vosotros contempló en vivo y en directo, se frustraron mis aspiraciones de abandonar este mundo. No obstante, he decidido seguir adelante con esa primera intención, que creo que siempre fue la correcta. No obstante, lo confieso, no tengo el valor para llevarlo a cabo. Creo que muy pocos hombres tienen esa capacidad. Por eso he decidido encargárselo a otra persona.
                ˃˃No sé si habréis leído El club de los suicidas de Robert Louis Stevenson. En él, se hablaba de una organización del mismo nombre en la cual las personas que querían desprenderse de su vida pero no se atrevían ingresaban en dicho club, y un sorteo al azar determinaría quién moriría esta noche y quién (entre los otros aspirantes a suicidas) sería su verdugo. En el libro se pinta a los miembros de esta organización como pobres diablos, y al presidente como un criminal sin escrúpulos. No obstante, y tras haber leído el relato, no estoy de acuerdo con ese retrato general. ¿Qué mejor ayuda para llevar a cabo este difícil trance que otros que se encuentran en su misma situación? Es un acto humanitario, una forma de prestar ayuda a un desamparado. Bien, eso os pido yo ahora mismo.
˃˃En cada uno de estos tres sobres hay una carta. En la narración de Stevenson, y en la traducción que llegó a mis manos, era el as de bastos el que designaba quién sería el verdugo de la víctima de esa noche. En uno de estos tres sobres, se encuentra el as de bastos, según un sorteo que efectué previamente de manera complemente aleatoria (ni siquiera yo conozco su contenido). Si los abrís, encontraréis quién de vosotros habrá de darme muerte. Por si no os apetece hacerlo en público, podéis llevároslos a casa. Y en todo caso, tenéis también sobres iguales a estos en el buzón de correo. De esta manera, podéis mirarlos en la tranquilidad de vuestro hogar.
˃˃Para los que no les haya tocado la carta agraciada, no tengo nada más que añadirles. Para la otra persona, que sepa que lo que le estoy pidiendo no es ni mucho menos un acto criminal, sino uno solidario. Yo ya estoy muerto; ahora mismo, mantenerme con vida sólo prolonga mi sufrimiento. No pienses ahora que me vas a matar: más bien al contrario, el asesinato se llevó a cabo entre muchos, incluyendo a vosotros tres, durante todo este tiempo. Ahora sólo me pido que me rematéis, como el caballo herido que no puede levantarse y necesita el disparo para poder descansar en paz.
               ˃˃Vuestro atentísimo, vuestro antiguo amigo,
               ˃˃Federico.
Cuando el oficinista dejó de leer, los tres se miraron de forma azorada. Y volvieron la vista hacia los tres sobres.
La mujer se levantó.
-No pienso seguir aquí ni un solo segundo más. Y por supuesto, no pienso abrir esa carta.
Su compañero asintió.
-Creo que deberíamos romperlas, tirarlas a la papelera, y olvidarnos para siempre de este asunto. Esto es sólo alentar las fantasías de un hombre trastornado.
-¡Y en cuanto llegue a casa, haré lo mismo con el del buzón!-remarcó la mujer en voz alta, mientras rompía el sobre asegurándose de que no vislumbraba en ningún momento su contenido.
Todos ejecutaron al mismo tiempo aquella mecánica operación. Se marcharon por separado a su casa, sin decirse nada más.
Sin embargo, una vez allí, el oficinista llamado Andrés no pudo reprimir, casi de manera instintiva, coger la carta del buzón, y depositarla sobre la mesa de la cocina.
Se pasó horas mirando. Horas sin saber qué hacer, qué decir. Horas reflexionando sobre la participación que él había tenido en la evolución del caso de Federico; qué palabras había dicho, cuáles había callado, qué cosas hubiera debido decir, y cómo hubiera cambiado la cosa entonces… Horas dándoles vueltas a las cosas…
Hasta que en un momento determinado, de un gesto brusco, llevó las manos hacia el sobre y lo abrió.
Un segundo antes, siempre anhelas que sea posible.
Un segundo después, es inevitable. Y ya no hay ninguna clase de marcha atrás.
Y entonces, la disyuntiva. ¿Qué hacer? Podría callarse. Federico decía que no conocía el contenido de los sobres. Pero, ¿podía confiar en su palabra? Hasta ahora siempre había sincero en todo, pero claro…
                Volvió a pensar en la imagen mental de Federico al pie de la cornisa. Hay acciones que te llaman. Que impelen a ser hechas. Pensando más en tratar de impedirlo que en provocarlo, pero con el pensamiento secreto de que era su responsabilidad y al fin y al cabo tenía que asumirla, le envió un correo electrónico al interesado.
                La respuesta llegó casi de manera automática: “Me alegro de que seas tú”.
                Quedaron a una hora relativamente temprana en una cafetería del centro de la ciudad. Se saludaron en un tono ciertamente reservado, pero en cuanto empezaron, fue como dos amigos que no se ven desde hace mucho tiempo y se tienen mucho que contar. Estuvieron allí departiendo hasta casi la medianoche: luego, fue Federico el que, amablemente, insistió en pagar. “Yo ya no lo voz a necesitar”, añadió, y de esa manera devolvió a Andrés a la realidad.
                Federico insistió en que debían pasar antes por su albergue para recoger algunas cosas necesarias para su propósito. Mientras lo hacían, Federico se sintió asustado: nunca había entrado en uno de estos sitios antes. Se sorprendió de que, a pesar de la tranquilidad superficial de un edificio perteneciente a la administración, todo el mundo parecía allí, si no permanentemente abatido, en un estado de agitado desorden, como bolas de billar cada una a diferente velocidad y ritmo las cuales la mayor parte del tiempo permanecieran ignorantes las unas de las otras, pero que de vez en cuando amenazaban con cruzarse y provocar un choque. A Andrés aquello le recordaba a la imagen mental que tenía de una cárcel, con la diferencia de que en teoría aquí parecía que podías irte y volver diariamente, -y de hecho, le recordó Federico, ahí solo se podía dormir, y debían abandonarlo diariamente en busca de refugio en calles y cafeterías-, aunque no lo parecía. En aquel momento, además, estaba llegando la última ronda de los habituales para dormir, mendigos, vagabundos, pero también gente con traje y corbata, quizás la única que le quedaba, pero imprescindible para buscar un trabajo. Andrés se preguntó por un momento qué pasaría si Federico se volviera a todos y les dijera que Andrés era un miembro del banco que le había desahuciado, y hasta vislumbró las caras de alguno de los ocupantes del albergue en una situación similar. O peor, se imaginó que Federico se llevara a toda esa gente, junta, a casa de alguno de ellos. ¿Qué no serían capaces de hacer? Y la pregunta más inquietante, ¿cuándo empezarían estas fantasías a hacerse reales?
                Sin embargo, todo se desarrolló con apacibilidad: Federico recogió sus cosas en una mochila, y salieron a la calle. La noche era templada y lucía una espléndida luna. Joder, hoy podría ser una noche maravillosa, meditó Andrés. Hoy es un día perfecto para morir, replicó su lado más oscuro.
                -Bueno, creo que aquí está bien –indicó Federico.
                Acababan de pararse en una zona de bocacalles estrechas. Andrés levantó su vista hacia arriba, siguiendo la mirada de Federico por los tejados: los de estas viviendas eran los típicos que salen en la película, inclinados, de tejas de un color azulado, con ocasionales chimeneas apareciendo. Seguramente una disposición tal era difícil de encontrar en cualquier otro lado de la ciudad.
                -Creo que copiaremos a los maestros –aclaró Federico-. En el relato de Stevenson, el primer “asesinato” –se apreciaron hasta las comillas en la frase- utilizaba como encubrimiento una caída por el tejado. Y digamos que el imitar a los clásicos, le da una última sensación de utilidad a mi vida. Podría decirse que siempre he sido un romántico.
                Aquella situación era kafkiana, pensó Andrés. Ellos estaban allí, tan tranquilos, y Federico hablaba de matarse. Tenía que parar esto, que detenerlo de alguna manera. Pero no sabía cómo. No se le ocurrían palabras que hacer para convencerle de lo contrario.
                -Subiremos a través de este canalón, y apoyándonos en la ventana. No te preocupe, le tengo pillado el truco, y yo te ayudo a subir. Estaría tonto que me matara así en lugar de arriba, ¿no?, ja, ja.
                ¡Y encima se reía! Andrés se estaba poniendo lívido. Pero finalmente, con mayor o menor dificultad, acabaron ascendiendo arriba. Estaban justo en la parte del techo que se inclinaba hacia abajo por ambos lados. En pendiente, al final de las tejas azuladas, un nuevo canalón y, después, el vacío.
                -Muy bien. ¿Estás preparado?
                Andrés sentía cómo la situación tenía una angustia infinita. Una tristeza melancólica, tranquila, sosegada, que se reflejaba en la cara de Federico, y que solicitaba una petición inexcusable, y era aquello lo que hacía la situación más insostenible. “No voy a poder hacerlo”, se decía. Pero Federico estaba bastante más calmado que él.
                -Vamos –le decía, con su mirada cristalina, como la de un cordero a punto del sacrificio-. Lo haremos juntos, ¿te parece? Yo cuento hasta tres, y entonces me empujas.
                Andrés, sin poder hablar, asintió. Sentía que se le estaban a punto de saltar las lágrimas. Ambos se colocaron en posición.
                -Uno… -pronunció Federico.
                “No voy a poder hacerlo”, resopló Andrés.
                -Dos…
                Nueva toma de respiración.
                Y entonces, Federico súbitamente se dio la vuelta, agarró a Andrés de la cabeza, y le arrojó hacia abajo.
                Mientras sus dientes probaban el sabor de las tejas, el corazón de Andrés latía aceleradamente mientras veía su camino hasta el final del canalón, y después hasta el vacío. Tras el golpe con el borde, pudo verse en el aire durante unos segundos.
                Después, cayó, y el estrépito se extendió junto con la caída de varias tejas junto con su cuerpo. Vecinos y cotillas se asomaron a mirar. Mientras tanto, Federico había ido a refugiarse detrás de una de las chimeneas.
                Por primera vez en toda la noche, sonrió. Una sonrisa antinatural, y una carcajada sardónica, que se rompió contra el silencio de la noche.
                Como una silueta por los tejados, tratando de ser distinguido por los vecinos, pero sin conseguirlo, Federico desapareció.

*                                           *                                            *
               
                Al día siguiente, ya laborable, los otros dos cajeros amanecieron con la ausencia de Andrés en el banco, y la noticia en los periódicos. El nerviosismo de ambos era mayúsculo.
                -¡Era una trampa!¡Le atrajo hasta él con la excusa del suicidio y luego lo liquidó así, a sangre fría!
                -Dios mío –decía la mujer en voz baja-: ahora vendrá a por nosotros.
                -No si estamos prevenidos –repuso el hombre-: no si podemos prepararnos.
                -¿Prepararnos cómo?¿Pero dónde va a atacar?
                Su compañero iba a responder algo tranquilizador, resolutivo, eficaz, contundente. Pero lo malo de este tipo de intenciones es cuando descubres que no se te ocurre nada. Y entonces, tan sólo la más absoluta sinceridad acudió a su voz:
                -¿Qué vamos a hacer?
                Los dos miraban con los ojos vacuos hacia un futuro que no preveían…

*                                           *                                            *

                Sin embargo, por muy tarde que sea, el futuro siempre llega. Pasaron muchos años, muchos. Al país le costó mucho recuperarse de la crisis. A algunos más que a otros: estos dos cajeros fueron favorecidos por el banco por su encomiable labor en relación con algunas acciones. En alguna parte del camino, el cajero hombre tuvo que traicionar a su compañera: no tuvo más remedio, eran cosas del trabajo. No supo qué había sido de ella: creía haberla visto durmiendo en un cajero, pero la verdad que es que pasaba muy rápido por ahí y no se fijó.
                En definitiva, el hombre prosperó. En aquellos días, era fácil, con un poco de dinero que tuvieras, poder pasárselo bien frente a los precios tan bajos que tenía todo. Aquella zona de Madrid le recordaba un poco a nuestro individuo a la Cuba pre-castrista, lo cual era un poco extraño porque eso era algo que él sólo había visto en las películas y no había llegado a vivir. En todo caso, desentonaba con su traje blanco en medio de aquel aire generalizado de decadencia. Era fácil distinguir a los tipos como él del resto, de la multitud.
                En aquel momento, cansado y con demasiadas copas, se disponía a pagar en la terraza de aquel restaurante de lujo situado, sin embargo, en medio de una zona más alternativa, paupérrima, y como mezcla de todo ello eufemísticamente llamada “bohemia”, cuando en aquel momento pasó por su lado un grupo de chicos jóvenes, caminando y riendo juntos, entre los que se encontraba una chica de pelo castaño rojizo recogido, vestida sencillamente pero elegante, muy fresca, muy natural. Una chica muy atractiva. El banquero le dedicó una mirada que le recorrió enteramente. La chica se fijó en él unos instantes, pero luego se dio la vuelta y siguió paseando con sus amigos. 
                Sin embargo, sorprendentemente, cuando ya estaban a punto de doblar la calle, la chica hizo entonces gesto de detenerse y, desde la visión del banquero en la terraza, parecía que se despedía de sus amigos. La chica se dio la vuelta y caminó con los brazos cubriendo su cuerpo para protegerse de lo fresca que se había vuelto la noche de repente. Y, para sorpresa del hombre, se sentó en la terraza, en su misma mesa, a tan sólo unos centímetros de él.
                -¿Qué tal?-dijo ella-. Soy Clara.
                El hombre se sorprendió, pero tampoco podía decir que le incomodara aquel suceso inesperado. La saludó efusivamente y le dijo su nombre.
                -Y, dime, ¿qué te ha llevado a sentarte aquí?
                -Oh, pues simplemente, había pensado que, quizás, te apetecía acostarte conmigo.
                El hombre abrió los ojos como platos. No se lo podía creer.
                -¿Quieres decir…?
                -Sí. En efecto. Podemos acordar un precio. Mi casa está a un par de manzanas de aquí. Si quieres en diez minutos podemos estar en la cama.
                El hombre sonreía entusiasmado y, al menos tiempo, se sentía embargado aún por la estupefacción.
                -Pero… tú… ¿te dedicas profesionalmente a esto, o…?¿Pero cuántos años tienes?
                -Dieciocho. No, en realidad estoy estudiando. No hago esto todos los días. Tan sólo de vez en cuando, como un sobresueldo para pagarme los estudios. Mejor hacerlo así, con gente que te encuentras al azar por la calle, así no hay teléfonos ni nada que pueda hacer que lo sepan tus compañeros. Pero en realidad es muy común: casi todas mis compañeras lo hacen. ¿Nunca te lo habían ofrecido?
                -Pues… no, la verdad es que no.
                -Pues venga. Venga, ofréceme un precio. Venga, si quieres, oferta especial del día, cien euros.
                Para él era muy poco. Para otros, era el sueldo de medio mes.
                Ambos se levantaron y se fueron, los dos con sendas sonrisas. El camarero no se extrañó: no debía ser la primera vez que veía una situación parecida.
                Cuando llegaron al piso de ella, la chica cerró la puerta y se quitó los zapatos.
                -Si quieres me puedo poner un poco más… sugerente. ¿Qué te parece?
                El hombre asintió. La chica le llevó a su dormitorio y sacó unas cuantas ropas de su armario. Fue a la otra habitación del piso –salón, cocina- para cambiarse.
                -¿No vives con nadie?-preguntó él.
                -Vivo con otra amiga –respondió ella desde el otro lado- que suele dormir aquí en el sofá, aunque a veces nos cambiamos. Pero esta semana está de vacaciones.
                La chica finalmente apareció. Llevaba un vestido rojo imponente, y unos zapatos de tacón que quitaban el hipo.
                -Bueno, ve desvistiéndote mientras te voy preparando la cama, ¿de acuerdo?
                El hombre se empezó a quitar la corbata. Mientras lo hacía, notaba que el efecto de las emociones –y de las copas- le estaba sentando demasiado mal a la cabeza. Tanto que se arrancó a hacer una confesión.  
                -Creo que he bebido demasiado… Sabes, viéndote así, tan joven, me recuerdas a cuando yo lo era. O cuando lo era más. Y eso me hace recordar a una historia que pasó hace un tiempo. Nunca se la he contado a nadie; ni siquiera la otra persona con quien la compartí conoce los detalles que te voy a contar a ti ahora. Todo empezó…
                Sintió el cuchillo en la garganta al mismo tiempo que notó que la chica le rodeaba por detrás. Sólo entonces se fijó en el espejo que tenía enfrente suya.
                -Sí, es normal que te lo recuerde: todo el mundo me dice que tengo sus mismos ojos.
                Por la imaginación de la chica pasó una yugular cortada y una sangre que resbalaba del mismo color que su vestido. Pero sabía que sus planes iban mucho más allá.
                La horca estuvo preparada en pocos minutos. Allí colgaba el banquero, que apenas se había resistido, como si lo llevara pensando mucho tiempo atrás.
                La chica del vestido rojo contempló el exterior, y la clara luna de verano, lo único que no le habían arrebatado.
                La ola de suicidios debía continuar…