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lunes, 22 de agosto de 2022

El relato recuperado de agosto: "LCD Vidriera"

 Un relato recuperado de un formato que se perdió, para que lo podáis disfrutar de nuevo. Un saludo,


LCD Vidriera

Este humilde homenaje a Cervantes, en al año del V Centenario del Quijote,

 está basado en su novela ejemplar “El licenciado Vidriera” y en su protagonista Tomás Rodaja,

 y dedicado a la ciudad de Salamanca,

inspiradora de tantas buenas historias.

 

                La chica se colocó en su lugar asignado en el autobús.   Normalmente no hubiera reparado en su compañero de asiento, de no ser porque el libro que el chico tenía entre manos le trajo a la mente buenos recuerdos.

                -¡Anda!, ¿estás planeando ir a Italia? Porque yo acabo de volver de allí.

                Tomás levantó la vista del libro y le sonrió. “Pues no es feo, después de todo”, se dijo la muchacha a sí mismas.

                -La cosa es que yo también acabo de volver –dijo él-. Estoy repasando algunas anotaciones que hice en mi guía de viaje.

                La joven intentó sacarle más conversación al chaval, pero éste se mostraba renuente a intercambiar más de dos palabras. Ella se mosqueó. En sus tiempos de Erasmus en Italia, no solía ocurrir que los chicos se rehuyeran la conversación.

                -Perdona –se disculpó él, intuyendo la sensación que estaba provocando en su compañera-. Anoche no dormí mucho y ando un poco despistado. Lo malo es que ni siquiera consigo conciliar el sueño.

                -Ah, por eso no te preocupes –dijo ella-. Tengo aquí una pastilla para ayudar a dormir.

                Tomás la contempló con aire de desconfianza.

                -No es nada malo –le aclaró ella-. Te ayudará a echar una cabezadita las dos horas que dura el viaje a Salamanca. Venga, confía en mí.

                <<Con un poco de suerte, te hará abandonar un poco ese aire de seso que tienes>>, se dijo a sí misma la chica, sacando aquellas pastillas de colores que tanto furor hicieron en su etapa de Erasmus.

                Tomás, finalmente, accedió a tomar la píldora. Al poco tiempo, notó cómo iba haciéndole efecto y, ayudado por el influjo del sol y del traqueteo del autobús, cayó rendido en brazos de Morfeo…

                El problema fue cuando se despertó. La chica del asiento contiguo no estaba al lado, pero eso al muchacho, ante las nuevas circunstancias, le resultaba irrelevante. La sensación que experimentaba era difícil de describir, pues nunca había sufrido un cambio de consistencia a nivel de estructura molecular, y le hubiera resultado complicado expresarlo, incluso aunque fuera consciente de en qué consistía aquello exactamente. Pero sí que le daba la impresión de ser más ligero, incorpóreo, más “líquido”, por decirlo de alguna manera. El susto se lo llevó al darse cuenta, primero, de que no necesitaba las gafas para ver (de hecho, éstas habían desaparecido) y, segundo, de que sus manos se habían vuelto transparentes, con algún leve toque iridiscente que le permitía contemplarse los dedos o las muñecas y evitaba que (pese a la aparente desaparición de sus ropas) todo su cuerpo se hubiera vuelto invisible a sus propios ojos. Tomás se estremeció: se había vuelto de cristal, o más bien, del mismo vidrio que conforma las pantallas LCD o las de los móviles. Y lo más sorprendente de todo es que parecía que nadie se había dado cuenta. Cuando se detuvo el autobús, salió de manera normal, como con el resto de la gente, y de hecho, al tratar de decirle algo al conductor, éste le despachó con un bufido de desagrado, como si le estuviera robando un tiempo precioso. Así que Tomás se mantuvo obediente en la fila, por eso de que las normas de educación dicen que no debes molestar al resto del mundo, ni siquiera aunque te estén clavando un puñal por la espalda.

                Sin embargo, una vez salió al exterior, no pudo contenerse. Se lo vociferó al primer grupo de personas que encontró en la calle:

                -¡Me he convertido en cristal!

                Un anciano fue el primero que le replicó al respecto:

                -¡Deje ya de dar gritos!¡Y apártese de ahí en medio, ocupando la calle!¡Habráse visto! Esta juventud…

                No obtuvo ninguna reacción más, aparte de una señora que, después de contemplarle un momento, sacó un pañuelito y le limpió un poco la superficie a la altura de las mejillas. No conforme con el resultado, aplicó al pañuelo algo de salivilla, y prosiguió frotando constante a pesar de las protestas de Tomás. Luego, cuando se quedó satisfecha acerca de cómo de limpio había quedado, se marchó de su lado, sin mediar palabra.

                Probó algo distinto en el centro de la ciudad, con un grupo de estudiantes.

                -¡Me he convertido en cristal!

                Un estudiante con gafitas levantó la vista de su libro.

                -No, caballero, se equivoca usted: a nivel molecular, está usted claramente hecho de vidrio.

                Y volvió la vista hacia su texto. No obstante, un par de jóvenes se le acercaron.

                -¡Anda, si es verdad!¡Parece como la pantalla de una tablet!

                Los chicos empezaron a toquetearle la cara. De repente, vívidas imágenes de colores aparecieron en su frente, con si se tratara de la parte frontal de un smartphone o un ordenador. Tomás vivía todo esto con desconcierto porque, aparte de que no le agradaba nada que deslizaban el dedo por su frente, el hecho de ser transparente permitía que viera lo que estaba escrito, aunque fuera del revés.

                -¡Ahí va!¡Si es mejor que un móvil!-exclamó uno de los jóvenes.

                -¡Yo quiero ver un vídeo de gatitos!-rogó la chica.

                Para desgracia de Tomás, el muchacho le hizo caso y, de repente, a la altura de su estómago, se materializaron las figuras de dos cachorros de gato jugando, pero que para Tomás eran tan reales como si estuvieran dentro de su vientre. Tanto que, incluso, podía sentir los arañazos.

                -¡Ey!¡Aquí hay una carpeta de fotos!-exclamó un tercero que se había añadido al grupo, y al apretar en el pecho de Tomás, comenzó a desplegar imágenes que Tomás reconoció como recuerdos en su cabeza.

                -¡Oye, deja eso!-exclamó el centro de atención de lo que estaba volviéndose un corro en torno suyo. Tomás pasó rápidamente la mano por su propia piel (el tacto era frío y delicado), consiguiendo que se cerrara de golpe la carpeta.

                -¿Qué más cosas puedes hacer?-le preguntaron.

                Y lo cierto es que Tomás también se lo preguntó.

                Junto a Tomás empezaron a agruparse numerosos transeúntes, curiosos, preocupados, divertidos o que, simplemente, buscaban averiguar alrededor de qué se reunía tanta gente. Entre todos, comenzaron a explorar las posibilidades.

                Por supuesto, una de las primeras aplicaciones fue emplear a Tomás como proyector humano: frente a una fachada de un colegio religioso, que sirvió de pantalla, Tomás desplegó varias películas, desde comedias a historias de acción y aventura, que sembraron las delicias del público que allí se congregó (desde gente joven hasta ancianos, pasando por sesudos críticos de coderas y gafas de pasta), el cual, entre helados, globos de colores y puestos improvisados de comida, vivió aquel episodio como una fiesta.

                Tomás empezó a pasear por Salamanca. Allí, puso en marcha los altavoces que había descubierto que venían acoplados con su nueva condición y, tirando de enciclopedias digitales, se puso a realizar un recorrido turístico por la ciudad. Extranjeros, visitantes, ciudadanos locales y simples curiosos le siguieron mientras Tomás desgranaba detalles de interés alrededor de la Catedral, la Clerecía, la Casa de las Conchas y, por supuesto, la fachada de la Universidad, donde un preciso enfoque y una ampliación adecuada ayudaba a los más despistados a encontrar a la escurridiza rana.

                Penetró en la universidad y allí, gracias a sus recién adquiridos poderes, pudo realizar proyecciones en 3D, en medio de los pasillos, de los conceptos más difíciles de desentrañar para los estudiantes. Algunos vetustos profesores le contemplaban con desconfianza por encima de sus gafas, pero a aquellos de miradas más avinagradas, Tomás les respondía proyectando justo a su lado una caricatura casi perfecta, lo cual provocaba el regocijo de los jóvenes universitarios.

                Se marchó al puente romano y, sobre él, recreó las figuras de las legiones del César, Unamuno o Fray Luis de León, todos cruzando por encima de la construcción centenaria mientras, en las riberas del Tormes, se podía divisar la figura del pícaro lazarillo. En el huerto de Calixto y Melibea, exhibió una representación de la historia de los amantes. Más tarde, en la Plaza Mayor, organizó un festival de juegos, donde el particular ejército que ahora le seguía se divirtió entretenida con holográficas representaciones gigantes del Candy Crush, Angry Birds y otras aplicaciones de moda.

                Luego, aquella troupe improvisada tuvo hambre, y Tomás se los tuvo que llevar de pinchos, buscando en su memoria digital los locales más recomendados por las distintas aplicaciones y redes sociales. Él no necesitó comer (tan sólo solicitó que le cargaran mediante una batería), pero mientras el resto devoraban hornazo, chanfaina, embutidos y viandas varias, él colocó un video de fondo con algunas de las escenas más divertidas de aquella mañana.

                Por la tarde, les entró el sueño… Tomás, a pesar de encontrarse hecho de vidrio, también lo sintió en los párpados. Una anciana señora salmantina accedió a meter a mucha de la gente que le acompañaba en su casa, prestándoles las camas, los sillones e incluso la ducha de su casa en el caso de que alguno la requiriera. Tomás durmió una placentera siesta enfrente de un amplio ventanal desde el cual podían contemplar los tejados de una buena parte de Salamanca, con aquel color tan característico de la piedra, mientras los nidos de cigüeñas parecían hallarse a punto, por sí mismos, de echar en cualquier momento a volar…

                Por la tarde, siguió el movimiento. Paseando, Tomás se encontró con el famoso violinista de la plaza del Liceo, y entre los dos, montaron una improvisación, uno con su violín, y Tomás con música de trombones, platillos y una inmensa orquesta que parecía hallarse allí mismo en plena representación. Al final del número, los dos recibieron el aplauso del público allí presente, se dieron la mano, y Tomás prosiguió su camino.

                El culmen final de la celebración de aquel día tuvo lugar en el parque de la Alamedilla. Allí, bajo la luz del atardecer (y más tarde la de la luna), Tomás proyectó en el cielo reflejos iridiscentes de textura acuosa, bellas imágenes que se entrecruzaron con el sol del poniente y, cuando cayó la noche, un fastuoso espectáculo de fuegos artificiales. Cuando éstos cesaron su retumbar exaltado, en medio de una gran explosión de luces y aplausos, Tomás, profundamente conmovido ante el reconocimiento de toda la gente que había a su alrededor, no pudo evitar encender el altavoz que su nueva condición traía aparejada consigo y proclamar.

                -Este día ha sido maravilloso… A lo largo de esta jornada he compartido con vosotros vídeos, fotos, archivos de distintos tipos… y especialmente, recuerdos. Y he aprendido una cosa. Lo más importante de la tecnología no es su capacidad: no es que podamos llegar más lejos, más alto, con más píxeles. La clave es cómo nos conecta y nos hace compartir cosas. Gracias a un teléfono móvil, somos capaces de poner en contacto a un señor mayor de Francia con una joven adolescente en la India, y pueden descubrir que sus problemas, sus preocupaciones, sus sueños, son los mismos y deben trabajar en ellos en un frente común. Gracias a haberme convertido en vidrio, he podido tener más empatía con las personas de carne y hueso. Como digo, si hay algo que he aprendido, es que lo mejor de los sistemas de comunicación que tenemos no son las máquinas: sino cómo nos permiten acercarnos a las personas. ¡Muchas gracias a todos por estar ahí!

                Y el público, que a lo largo del discurso se había hecho uno con él, prorrumpió en una larga ristra de aplausos…

 

                El ruido le despertó. Lo que Tomás había confundido con ovaciones eran, en realidad, los escopetazos procedentes del tubo de escape del autobús. Tomás trató de bajar el volumen, pero se dio cuenta de que no tenía capacidad para hacerlo. Se miró entonces las manos: nada, completamente normales. Volvía a ser de carne y hueso, como fue en un principio. Tomás levantó la vista y observó que la chica que le había dado la pastilla ya estaba fuera del autobús. Apremiado por el conductor, que quería marcharse a su casa, Tomás finalmente se levantó y abandonó el vehículo. No lo hizo sin cierta renuencia.

                Una vez abajo, Tomás seguía sintiéndose confuso. Después de tanta actividad desplegada en el sueño, le costaba volver a la normalidad. Aún sin las fantásticas propiedades de las que se había visto poseedor tan sólo unos minutos antes, creyó que podría emular aquella sensación en parte. Intentó llamar la atención de un chico que se encontraba concentrado de manera absorta en su móvil.

                -Oye, perdona…

                El chico levantó la vista, le contempló como si fuera un marciano, y volvió de nuevo a su caminata, sin haber despegado los ojos más de un par de segundos del aparato.

                Tomás, sin embargo, no se desanimó. Volvió a tratar de hacer de guía improvisado delante de los monumentos de Salamanca. Pero esta vez, sin efectos especiales de por medio, casi nadie le prestó atención. Un par de guías, incluso, le reprocharon que les hiciera la competencia. Tan sólo unos pocos niños se interesaron por las cosas que contaba, y trataron de jugar con él para ver quién encontraba antes la rana. Pero las madres de dichos niños les llamaron rápidamente a capítulo, con un “no juegues con ese señor tan raro que le habla a todo el mundo”.

                -Porque… si pudierais ver el mundo tal y como lo veo yo –se arrancó en un ataque de sinceridad desesperado Tomás, a todo el mundo y a ninguno en concreto-. Un mundo conectado, donde todos nos preocupamos de los que nos pasa a todos, donde podemos compartir todas las cosas maravillosas que tenemos a nuestro alrededor…

                La gente que se había quedado parada al observarle arrancar aquel improvisado discurso permanecieron sin pestañear durante unos segundos. Luego, volvieron a sus ocupaciones, como si nada hubiera ocurrido. Alguno, incluso, le arrojó una monedita antes de definitivamente marchar. Tomás se quedó solo.

                Luego, tras un suspiro, agachó la cabeza y retornó sin una palabra más a su antigua vida.

lunes, 14 de marzo de 2016

La historia real de marzo. Salmantinos ilustres: Domingo de Soto

Volviendo a nuestra galería de ilustres habitantes de ciudades que me han influido de forma significativa, hoy le toca a Salamanca, un lugar con el que guardo múltiples vínculos familiares pero también literarios y afectivos, aunque eso es algo que puede argumentar fácilmente cualquiera que se haya paseado por entre sus muros de piedra y reconocido la Historia que aguarda paciente detrás de sus catedrales, sus calles y plazas, y también su mítica universidad. Y precisamente relacionada con esta última se halla nuestro personaje, el religioso e intelectual renacentista Domingo de Soto.

Domingo de Soto nació en 1494 en Segovia, uniéndose a esa larga lista de figuras asociadas a la universidad de Salamanca que no nacieron en esta urbe, como Miguel de Unamuno o Fray Luis de León. Domingo de Soto estudió en las universidades de Alcalá y París, ingresó en la orden de los dominicos, y tras un breve período como docente en la Universidad de Alcalá, se incorporó a la cátedra de Teología de la Universidad de Salamanca. Allí, formó parte de la llamada "escuela de Salamanca", un grupo de pensadores liderados por Francisco de Vitoria que trataron de adecuar las viejas doctrinas de la iglesia católica a una sociedad moderna y cambiante como la renacentista, donde conceptos como el comercio entre las naciones o la importancia del individuo frente al conjunto de la sociedad comenzaban a tomar pujanza.

Una de las mayores aportaciones de Domingo de Soto, en este sentido, fue durante la llamada "Junta de Valladolid", una cónclave organizado en dicha ciudad (da una idea de la fuerza institucional e intelectual de la orden que este cónclave lo organizaran en exclusiva los dominicos) donde se debatía la cuestión de los "naturales" de las Indias. La polémica radicaba sobre si los indígenas del Nuevo Mundo eran sujetos de derecho que no debían ser conquistados o evangelizados por la fuerza (como sostenía el ardiente defensor de los "indios" Bartolomé de las Casas) o eran en cambio una raza inferior que, según algunos, debía ser conquistada o convertida por cualquier medio (argumento que esgrimía Juan Ginés de Sepúlveda). Ésta, por supuesto, es una simplificación muy amplia, pues había toda una serie de matizaciones entre las posturas de los miembros de ambos bandos -además de cuestiones que no podían ser debatidas porque el Papa ya se había pronunciado al respecto- en aspectos relacionados con "la guerra justa", los derechos de los indígenas o la potestad del Papa y el emperador para repartirse el mundo a su conveniencia como habían hecho en el Tratado de Tordesillas. En ese sentido, Domingo de Soto (que venía en representación de la escuela de Salamanca y aportaba en parte el punto de vista de Francisco de Vitoria a pesar de que este último no se hallara presente) fue clave en defender la ponencia de Bartolomé de las Casas, aportando argumentos a favor de que la cultura indígena no era necesariamente inferior a otras culturas conocidas, ni tampoco a pasadas civilizaciones europeas. En ese sentido, la labor de Domingo de Soto al exponer de que "indios" y europeos eran iguales en su humanidad, y también en derechos, fue de gran importancia en el transcurso del debate. La discusión, tras dos años de duración de la Junta de Valladolid, terminó sin conclusiones finales, y sólo un tiempo más tarde se retomó un intento de resumen que dictaminó algo muy parecido al clásico: "todos tienen razón y son muy listos, gracias por participar". Aún así, el debate no cayó en saco roto, pues la dialéctica sirvió para modificar las políticas españolas respecto a la conquista de América, y salvaguardar así una cierta protección de los indígenas, a pesar de que todos sepamos que entre lo que dice la ley y lo que se aplica (o del dicho al hecho) hay y hubo bastante trecho. Aún así, que hace quinientos años hubiera una discusión de tanto calado sobre términos que (desgraciadamente, hoy en día) nos parecen tan modernos, es digno de elogio, y uno de los pocos momentos en que España se ha mostrado más avanzada socialmente respecto a sus naciones vecinas.

Domingo de Soto, además, se dedicó a otras tareas. Fue confesor de Carlos V; escribió y comentó varios libros en torno a la filosofía, la teología, el derecho o la economía (la escuela de Salamanca favoreció un primitivo "liberalismo" económico desarrollado durante el Renacimiento, época que vio alumbrar los primeros pasos del capitalismo frente al feudalismo medieval; no obstante, esta escuela hablaba de conceptos como el "precio justo", y por lo visto Domingo de Soto llegó a recomendar algunas intervenciones en precios). Por otro lado, y ante la imposibilidad de que Francisco de Vitoria acudiera a la cita, fue uno de los representantes españoles en el Concilio de Trento. La verdad es que éste no sea probablemente el momento más luminoso de la Historia de España (conocida es la teoría de Pérez-Reverte acerca de que es el instante más oscuro de nuestras crónicas, y el que marca toda nuestra aciaga evolución posterior), pero algunos autores esgrimen, en favor de Domingo de Soto, que era gran defensor de una auténtica reforma de la Iglesia desde dentro, y quizás fueron estas exigencias las que motivaron que no se le convocara para la segunda parte de este concilio. Por otro lado, Domingo de Soto tuvo sus enemigos, no sólo entre miembros del propio concilio que se mostraron intolerantes frente a las opiniones de sus compañeros, sino con miembros del clero ligados a la corte. De hecho, Domingo de Soto se quejaba de la poca atención que prestaba Carlos V a los "negociantes pobres" que se presentaban ante él, en contraste con el trato que concedía a los "grandes" de España y otros países. El dominico también alberga un capítulo oscuro de su carrera en el hecho de que se le encomendó la labor de redactar una lista de libros prohibidos, aunque, a la postre, no se sabe realmente cuál fue su intervención en dicha lista, pues parece que el Papa de por aquel entonces (un firme combatiente de la Reforma) se tomó el asunto de manera muy personal y quizás metió mucha más mano de la que reflejan las crónicas.

Aparte de todo esto, Domingo de Soto tiene el honor de haber intervenido en una importante cuestión científica, que fue la cuestión inicial que me llamó a escribir sobre él: fue el primero que describió que los cuerpos, cuando caen de manera libre, lo hacen a una aceleración constante independientemente de su masa (básicamente, describió la forma en que actúa la gravedad en la Tierra), 50 años antes de que lo hiciera Galileo con sus legendarios -aunque no se sabe si realmente relevantes- experimentos en la Torre de Pisa. Estos conocimientos fueron claves para el posterior desarrollo de la teoría de la gravitación universal que expuso Isaac Newton. Sin embargo, por razones probablemente del devenir histórico y de la capacidad de influencia, los hallazgos de Domingo de Soto son mucho menos conocidos, en su época y en la nuestra, que los del genio italiano (y por supuesto del inglés).

Cuando Domingo de Soto muere, en Salamanca en 1560, el propio Fray Luis de León lee el sermón laudatorio durante su funeral. Hoy en día, el segoviano puede presumir en su tierra de nacimiento de un centro de enseñanza primaria con su nombre, y también de un campus universitario dependiente de la Universidad de Valladolid. No obstante, para muchas cosas, Domingo de Soto puede ser considerado un salmantino. Y quizás a él le gustaría también ser así recordado.