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sábado, 1 de agosto de 2026

La historia real, el libro, las películas de agosto: la historia del primer asesino en serie de la Unión Soviética

Chikatilo no es un nombre tan conocido como Jack el Destripador o Ted Bundy. Y, sin embargo, fue responsable de aproximadamente unas 52 muertes (la mayoría niños) en la Unión Soviética. Su historia da para un par de reflexiones, y además ha habido alguna obra literaria y cinematográfica sobre su captura, así que quizá merezca la pena echarle un breve vistazo.

La infancia de Andrei Chikatilo fue sin duda desdichada. Nacido en lo que hoy es Ucrania, su niñez le pilló en medio de una época de hambruna en la región que muchos atribuyen (con discusión al respecto, aunque seguramente con parte de razón) a un castigo intencionado por parte de Stalin. De hecho, la madre de Andrei le contó que, antes de que él naciera, un hermano suyo fue secuestrado por sus vecinos para devorarlo. No sabemos si la historia era verdad -de hecho, no hay pruebas de que tal hermano existiese-, pero a Chikatilo aquel relato le traumatizó. Si a ello le unes que la familia a veces tenía que comer hierba porque no había más para alimentarse, y que se sospecha que la madre de Andrei fue violada durante la Segunda Guerra Mundial, quizá en presencia de su propio hijo, se puede entender que aquel chico no iba a tener perspectivas muy halagüeñas en cuanto a la salud mental se refiere.

Andrei crece y es un niño tímido, que estudia mucho para compensar su miopía y una debilidad que ha quedado como secuela de su dolorosa infancia, y de una madre que era demasiado dura con sus hijos. Sufre bullying y, por si fuera poco, a pesar de sus esfuerzos, no consigue entrar en la universidad. Para colmo, en la adolescencia descubre que sufre de impotencia, un mal que le aquejará toda su vida, y que le llenará de vergüenza cada vez que alguien lo descubra. De hecho, tras el servicio militar, cuando vuelve a casa, una chica con la que trata de mantener relaciones sexuales de manera infructuosa lo comenta con sus compañeros (por lo visto con la única intención de pedirles consejo), y el hecho de que el rumor se extienda le hace a Andrei primero tratar de sucidarse y luego marcharse para siempre del hogar de sus padres. Aunque, por supuesto, sus problemas le acompañarán.

Instalado en un pueblo cerca de la ciudad de Rostov, encuentra un trabajo como técnico de comunicaciones. Su hermana se va a vivir con él un tiempo, y decide ayudarle a encontrar una esposa. Lo consigue, aunque está claro que el matrimonio es más un pacto de conveniencia que la evolución de una pareja real. De hecho, la impotencia de Andrei provoca que tengan que hacer auténticos malabares (no entraré en detalles) para concebir hijos, cosa que finalmente consiguen por dos veces.

Chikatilo consigue completar estudios universitarios y se convierte en profesor de escuela, pero aunque todo el mundo admite que tiene suficientes conocimientos sobre las materias que imparte, es incapaz de mantener la disciplina entre los alumnos, que suelen aprovecharse de él. Si a ello le sumas que (como todos los adolescentes) sus estudiantes le recuerdan, con su propia iniciación al sexo, lo que él mismo no es capaz de hacer, el caldo de cultivo no puede ser más nefasto. Chikatilo se ve envuelto en varios incidentes de abusos sexuales a alumnas, lo cual acaba expulsándole del mundo de la enseñanza. En la siguiente etapa de su vida, consigue un trabajo como encargado de suministros para una empresa en Rostov, lo cual le obliga a viajar a menudo. Ésta será una de las claves para el desarrollo de sus crímenes.

Focalizándonos un poco en esta parte, no vamos a describir la extensa y atroz carnicería que Chikatilo llevó a cabo con más de cincuenta víctimas, la mayoría menores de edad (por cierto, de ambos sexos). Sí que hay algunas características comunes: salvo la primera chica (a la que asesinó cerca de una propiedad que le pertenecía), a casi todos les encontraba alrededor del sistema de trenes que Chikatilo conocía porque su trabajo le obligaba a tomarlos con frecuencia. Solía ir a por gente joven, débil, desorientada, seguramente con historias personales complicadas, y que se veía abrumada por tener que usar medios de transporte locales fuera de sus ciudades natales. Entonces, Andrei les ofrecía ayuda, comida o bebida, y, a cambio de este auxilio, los pobres inocentes accedían a tener relaciones sexuales con él. Por sistema, Chikatilo era incapaz de consumar el coito; era entonces cuando apuñalaba o estrangulaba a sus víctimas, y era en el momento de la agonía cuando Chikatilo, sentado encima del cuerpo moribundo, conseguía alcanzar el orgasmo. No era raro que (en ocasiones aún vivos) les mutilara los genitales y los ojos, o que les eviscerara. Luego ocultaba más o menos los cuerpos y se iba, pero siempre acababan descubriendo los cadáveres, todos asesinados con un patrón similar. Y, claro, al final (corre el año 1983, y Chikatilo lleva cinco años matando) las autoridades ataron cabos, empezaron a pensar que había un asesino común, y se pusieron a investigar.

En este punto de partida se inicia "Ciudadano X", un telefilm que, de manera sobria, y con una estupenda gestión de la tensión dramática, narra la investigación desde el punto de vista policial. Por supuesto, no os lo voy a contar todo, pero la clave es que se centra en la figura del forense que se coloca a cargo del caso (interpretado por un estupendo Stephen Rea), y su inmediato superior, a cargo de un poliédrico Donald Sutherland. La dificultad es mayúscula, porque no sólo tienen que investigar estos casos con menos experiencia y medios que sus colegas norteamericanos, sino que las autoridades soviéticas se niegan a reconocer que pueda haber un asesino en serie (un fenómeno típico de la decadencia capitalista, según las autoridades) en la URSS. De hecho, se buscan culpables entre una serie de sospechosos que incluyen pedófilos, homosexuales y discapacitados intelectuales. Teóricamente, esto lleva a la resolución de crímenes distintos de los originales, pero en la práctica, lo que ocurre es que ciertos colectivos vulnerables son hostigados, utilizados como cabeza de turco y (en una URSS nada amable con los interrogatorios) obligados a confesar crímenes que no han cometido. La película describe muy bien lo difícil que es moverse dentro de la burocracia dictatorial del régimen soviético, y lo mucho que esta dinámica pesa sobre el investigador protagonista.

Más o menos también desde el punto de vista del investigador parte el libro (también adaptado a película) "El niño 44", aunque juega con algunos elementos con bastante libertad: lo primero, cambia la época del caso, trasladándola de los años 70-80-90 a los 50; da un origen de tono mítico a las motivaciones del personaje, inspirándose en historias de la infancia de Chikatilo -aunque su retrato del asesino es bastante más pulcro que el personaje original-; pone como policía a cargo del caso a un hombre que descubrirá muchas cosas sobre sí mismo y su entorno conforme se enfrente a las contradicciones del sistema; y, sobre todo, el investigador se verá atrapado por la maraña de la tiranía soviética (más incluso que el detective original), generando una parte de la trama que, tanto en el libro como la película, a pesar del teórico interés, acaba resultando algo menos atractiva. El final es de las partes en las que más se diferencia de "Ciudadano X", la cual refleja de manera más exacta -siempre con sus licencias- como transcurrió la labor policial, aunque esta última película la conecta estrechamente con cómo fueron cambiando los métodos de investigación conforme Gorvachov iba transformando la Unión Soviética. Uno de los aspectos más destacados del caso fue que, por primera vez en la Unión Soviética, se contó, para establecer un perfil psicológico de un asesino, a un psiquiatra, papel que en "Ciudadano X" interpreta de manera notable un estupendo Max von Sydow.

No voy a contaros el final por si os apetece leer o ver las obras de ficción: os diré que, obviamente, a Chikatilo le cazaron, en concreto en el año 1990. De hecho, se descubrió que se le había fichado seis años antes durante el transcurso de la investigación criminal, pero un resultado muy extraño relacionado con su tipo sanguíneo (y al que todavía no se le ha hallado una explicación definitiva, aunque probablemente tenga que ver con las deficiencias de los laboratorios de la URSS en aquella época) evitó que fuera asociado con los crímenes. El juicio, como es obvio, se rodeó de mucha tensión y polémica, tanto por las familias de las víctimas (enrabietadas con el criminal y con algunos aspectos de la investigación) como por parte del acusado, que se desdecía, reprochaba cosas al tribunal, y al que tuvieron que meterle en una jaula con barrotes dentro del juicio para protegerle de la multitud colérica. Finalmente, fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1994. De su extensa lista de víctimas, algunas no quedaron del todo aclaradas, y es probable que llevara a cabo más de las que de manera oficial se le atribuyeron.

Las lecciones del caso Chikatilo son múltiples: desde lo frecuente que es ver cómo los asesinos en serie son personas que sienten que han fracasado y encuentran en el crimen la única forma de aliviar sus frustraciones (demostrándose, además, que pueden aparecer en diferentes culturas y regímenes, y que el "esto no puede pasar aquí" es un absurdo), hasta lo difícil que es hacer nada bien en las dictaduras, especialmente tratar de dilucidar la verdad. Como suele ocurrir, los asesinos de la realidad no son tan glamourosos como los de la ficción, y las víctimas sufren por partida doble la violencia de los asesinos y los sesgos de las autoridades -algo que, por desgracia, también ocurre en las democracias liberales-. Chikatilo también nos muestra lo horrorosos que pueden ser los abismos de las profundidades humanas, y cómo ciertas personas, de manera más o menos consciente, son capaces de convivir con lo inaceptable. "Nada de lo humano me es ajeno", dijo el poeta latino Publio Terencio Afer y, querámoslo o no, estas personas son también nuestros congéneres, y su vida un hecho que, en determinadas circunstancias, podría sucedernos a nosotros.

lunes, 15 de junio de 2026

La historia real de junio: una breve biografía de Sergei Eisenstein

 


Vivimos tiempos extraños, en el cine y en todo lo demás. Nos encontramos con que las nuevas generaciones no conocen las películas anteriores a su era. Se podrían argumentar explicaciones de corte tecnológico: ahora no existe un único televisor, sino múltiples pantallas a través de numerosos dispositivos, así que los hijos no se ven obligados a ver las películas que les gustan a sus padres. Pero hay también una cierta explicación ideológica, o quizás ligada a una era: se desprecia lo antiguo, quizá por esa concepción centrada en el "yo" del nuevo romanticismo de los tiempos modernos, puede que tal vez porque facilita la creación de remakes a partir de películas que los adolescentes no han visto. En realidad, no es nada que no ocurriera antes (de hecho, remakes en el cine ha habido siempre, y desde 1920, al menos se ha estrenado uno por año), sólo que se ha magnificado: actualmente hay de media aproximadamente 5 veces más remakes al año de los que se producían en los años 80.

Pero quizá por eso, puede que sea una buena idea echarle un vistazo al cine antiguo. Esa época en la que había relativamente bastantes mujeres directoras (como es el caso de Alice Guy -la creadora de la primera película de fantasía, y del primer corto documental sobre el proceso de rodaje- o Lois Weber), antes de que, con el advenimiento del sonido, el cine se convirtiera en un asunto de presupuestos tan altos que los productores decidieran que era demasiado arriesgado dejarlo en mano de las mujeres. Esa época en que estaba todo por inventar y los cineastas eran locos en busca de un sueño, como relata la película "Así empezó Hollywood", de Peter Bogdanovich. En ese período, destaca una figura que quizá muchos aficionados al séptimo arte conoceréis: el director soviético Sergei Eisenstein.

Podríamos detenernos en la semblanza biográfica de Eisenstein, en sus padres desapegados o en sus inicios en el teatro, pero nada de esto es relevante, porque las cuestiones clave de su vida están ligadas al cine. Muy desde el inicio, empieza a dedicarse a este medio y, sobre todo, empieza a desarrollar una teoría muy especial sobre el montaje. Sí, el montaje, esa disciplina cinematográfica que tiene su propio Óscar y por la cual la forma de intercalar los planos es clave para el desarrollo de una escena. De hecho, ese concepto tiene un nombre, el efecto Kuleshov, por el cual la forma en que se desgrana la información en el montaje es clave para la percepción emocional del espectador. En ese sentido, Eisenstein no fue sólo un director, sino un profundo estudioso del cine, y desarrolló su propia teoría del montaje y sus tipos, diferente de la estadounidense, que transitaba por caminos distintos. Por cierto, que los pioneros del cine norteamericano tampoco lo tuvieron fácil en este apartado: cuando David W. Griffith le dijo a su productor que quería alternar a perseguidores y perseguidos durante un western, durante una escena de persecución, éste le dijo que los espectadores iban a sentirse confusos y no iban a entender nada. Por fortuna, los espectadores sí lo entendieron, aunque esto refleja en parte lo mucho que hemos cambiado como consumidores de cine (y lo poco que han cambiado los productores en el arte de equivocarse en sus predicciones).

Pero Eisenstein prosiguió adelante, y en ese sentido su gran obra maestra fue El acorazado Potemkim, quizá la película sobre la que más se ha escrito. Tiene mucha gracia que un barco tan importante para la historia del cine tenga el nombre de Piotr Potemkim, el ministro de Catalina la Grande el cual (según una anécdota seguramente falsa) creó los llamados pueblos Potemkim, es decir, pueblos ficticios (similares a los escenarios de cartón piedra de los decorados de cine) que servían para convencer a la zarina de que todo marchaba sobre ruedas en el Imperio ruso, aunque la realidad fuera muy distinta. Hay que situarnos en el contexto: nos encontramos en el nacimiento de la era soviética, y todas las películas han de estar sometidas a la propaganda. También la de Eisenstein, que encuentra sin embargo sus estrategias para trascender de manera artística a pesar de las limitaciones temáticas o de otro tipo. El acorazado Potemkim narra los sucesos alrededor de la revolución soviética en la que se vio implicado este buque. Una de las escenas claves tiene lugar con la masacre que las tropas zaristas (en concreto, cosacos) realizan en la ciudad de Odessa. En concreto, estamos hablando de la escena de la escalinata, el culmen de las técnicas de montaje de Eisenstein, y que ha sido posteriormente homenajeada en El padrino, Bananas, Brasil, La venganza de los Sith, la tercera entrega de Agárralo como puedas, en dos capítulos de Los Simpson y, sobre todo, en la maravillosa secuencia rodada por Brian de Palma en Los intocables de Elliot Ness. Por cierto, la escalinata todavía puede verse hoy en día en Odessa (Ucrania), y desde 1955 se denomina Escalera Potemkim.

En la cima de su popularidad, Eisenstein viaja a Europa para investigar sobre la reciente tecnología del sonido. Allí, se encuentra con un directivo de la productora Paramount, que le convence de visitar Estados Unidos. Le hace caso, y allí le reciben como un genio artístico. Se cuenta que tuvo lugar una curiosa escena en el despacho de un productor: Eisenstein iba acompañado de un amigo ruso, y cuentan que el productor les preguntó qué les parecían las películas norteamericanas. Por lo visto Eisenstein y su amigo se miraron entre sí, y aunque no dijeron nada, dejaron pasar un lapso lo suficientemente largo como para que nada de lo que explicaran después tuviera la más mínima importancia. Sin embargo, los proyectos de Eisenstein en Estados no florecieron: entre otras cosas, porque ya por aquel entonces comenzaba la paranoia anticomunista en Estados Unidos, y hubo personas que se dedicaron sistemáticamente a denigrar al cineasta nacido en la actual Letonia, a quien le denominaron "perro rojo". Así pues, Eisenstein marchó hacia latitudes donde su arte fuera mejor valorado.

De hecho, no viajó muy lejos: marchó a México, donde trató de rodar la película "¡Que viva México!", ambientada en la revolución de este país. La producción estuvo plagada de problemas: entre otras cosas un terremoto, a partir del cual Eisenstein aprovechó para rodar un corto documental en el que relataba las consecuencias de la tragedia. Además, a Eisenstein llegaron a meterle en la cárcel nada más llegar al país por una confusión que se arregló gracias a un amigo español. Sin embargo, el inconveniente que acabó hiriendo de muerte la película fue que Upton Sinclair (escritor, premio Nobel, hoy olvidado: en parte con justicia, porque aunque sus obras tenían un punto social importante y llegaron a ser proféticas -como con este libro que predecía la aparición de un político muy similar a Donald Trump-, su prosa estaba demasiado supeditada a su mensaje político), quien era a la postre patrocinador de la película, decidió dejar de financiarla. Eisenstein volvió a la Unión Soviética, y aunque Sinclair le dijo que le mandaría el film cuando estuviera terminado, lo cierto es que de las varias versiones que se produjeron, ninguna tuvo la supervisión de Eisenstein, quedando como una película maldita de cuyos males culparía Sinclair a la Unión Soviética.

Conflictos cinematográficos aparte, Eisenstein no resultó inmune de aquel viaje. Desde entonces, Stalin, el todopoderoso dictador soviético, le miró con suspicacia, tras su contacto con las subversivas ideas extranjeras. Era frecuente que hubiera choques entre Eisenstein y las autoridades soviéticas, porque en un régimen que llegó a prohibir la teoría darwinista por considerarla demasiado capitalista, un cineasta como Eisenstein, que a veces se centraba en las figuras individuales en lugar del colectivismo que debía impregnar cada aspecto del arte soviética, se consideraba un verso suelto. Sin embargo, Stalin supo dar buen uso de la capacidad de Eisenstein para sus propias intenciones propagandísticas. De hecho, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, durante aquel conflicto ciclópeo que enfrentó a la Unión Soviética con Alemania, Eisenstein realizó la patriótica Iván El Terrible, la cual ensalzaba la capacidad de resistencia rusa contra sus enemigos (y, de paso, ponía en duda el origen de la legitimidad del poder del zar: algo que sin duda no le gustó a Stalin). Sin embargo, como suele ocurrir, después de aquello, si te he visto no me acuerdo: los siguientes capítulos de lo que iba a ser una trilogía alrededor del zar ruso (que Eisenstein pretendía que fueran en color y, en todo caso, compartían la belleza fotográfica de la película original) fueron manipulados por la censura soviética, y Eisenstein nunca consiguió que fuera su montaje el que finalmente viera la luz.

Eisenstein falleció a una edad temprana como consecuencia de un infarto. Aunque después hubo varios cineastas soviéticos notables, ninguno salvo Tarkovsky llegó a igualar su fama como artista. Eisenstein, entre otras cosas, representa el esfuerzo por el que artistas e intelectuales, incluso en la más férrea de las dictaduras, intentan encontrar la forma de expresar sus ideas de la forma más libre posible. Una lección que podrían aprender los palmeros de los pequeños dictatorzuelos que abundan con tanta frecuencia hoy en día.

Nos vemos, nos leemos. Un saludo, y disfrutar de las buenas películas, incluyendo las de Eisenstein.

lunes, 16 de febrero de 2026

El documental y la historia real de febrero: la vida del estafador, "espía" y "rey de Andorra", Boris Skossyreff

Hoy nos vamos a meter con las andanzas de un personaje singular. Un hombre del que quizá hayáis oído hablar alguna vez, pero, ¿de cuál de sus versiones?¿De la que describen los archivos, de la que otros contaron de oídas, o de la boca de él mismo, con una realidad fluida y cambiante? Boris Skossyreff, según a quién le preguntas, fue espía, agente nazi, aristócrata, estafador y hasta, durante 10 días, rey de Andorra. A lo largo de los años, diversos artículos han tratado de contar su vida, de forma no siempre correcta, porque él mismo se encargó de enterrar ciertos hechos, y de destacar en cambio otros que nunca tuvieron lugar. El reciente documental "Boris Skossyreff. El estafador que fue rey" (hoy en Filmin), que cuenta con la peculiaridad de aportar numerosos testimonios, incluyendo de personas que le conocieron y de altas personalidades andorranas, viene a aportar algo de luz sobre el asunto, aunque seguramente también podáis encontrar varios libros muy completos sobre el tema.

El punto de partida es aparentemente sencillo: Boris había nacido en 1896, y su familia formaba parte de la pequeña nobleza rusa. El problema fue que llegó la revolución bolchevique, y se vio obligado a exiliarse. Boris tenía bien claro que era de origen noble, y que quería seguir manteniendo ese modo de vida y ese estatus: no le apetecía trabajar, era muy bueno para los idiomas, pero sobre todo, tenía una labia por la que era capaz de convencer a casi cualquiera de cualquier cosa. Así que Boris empezó a vagar por media Europa otorgándose títulos y cargos (auténticos o no) y extendiendo cheques sin fondos. Se pasea elegantemente trajeado, con gustos caros, modales de bon vivant, y un permanente monóculo en el ojo. Es particularmente seductor con las mujeres, lo cual le aporta buena parte de su éxito. De vez en cuando, le quitan la careta, pero breves estancias de cárcel o la huida a otra parte le solventan el asunto. El documental detalla cómo Boris es capaz de aprovecharse de los errores y los detalles del sistema para jugar con sus pasaportes y conseguir que la realidad siempre parezca más bonita que la que es.

Luego viaja a Mallorca: se codea con millonarios, coquetea con las drogas, establece relaciones. Probablemente allí tiene su primer contacto para los servicios de espionaje alemán. A pesar de todo lo que Boris exageraría a posteriori su labor (llegó a decir que descubrió el secreto de la bomba atómica aliada en Yalta, y que fue a advertírselo a Hitler al búnker, lo cual le condujo al suicidio), probablemente su aportación fue bastante discreta. Lo sorprendente es que, parece ser, le apoyaron en sus planes para Andorra. Boris tenía una idea visionaria para el principado (todavía hoy, co-dirigido por turnos entre el obispo español de Urgell y el presidente de la República Francesa): pretendía crear un casino, una estación de esquí, y un sistema financiero similar al paraíso fiscal suizo. Todas ellas ideas que se harían realidad en las décadas siguientes, pero que Boris quería acelerar, colocándose a él mismo como rey.

En Andorra, adonde viaja con un par de sus amantes, al principio le toleran, pero al final le mandan a paseo por sus excesos (su comportamiento es errático, llegando a la violencia en ocasiones). Es entonces, desde su "exilio" en L a Seo de Urgell, donde monta un entramado mediático durante el cual consigue que periódicos europeos y norteamericanos se interesen por su reclamación al trono de Andorra. Hay que reconocer que se lo trabaja: se autoproclama rey, redacta una Constitución, y hasta declara la guerra (una en la que no se dispara un solo tiro) al obispo de Urgell. El documental es particularmente gracioso cuando habla de los otros aspirantes a ese hipotético trono, y también se empeña en desmentir un mito que yo mismo había leído en algún artículo: es falso que dos guardias civiles entraran en Andorra para deponerle después de 10 días como rey, en lo que se supone que es la única invasión que Andorra ha sufrido desde España. La realidad es más prosaica, como suele pasar con Boris: la guardia civil le detuvo en La Seo de Urgell y, después de varias carambolas, le expulsa a Portugal.

Desde entonces, las andanzas de Boris se vuelven bastante penosas. Viaja a Francia, pero justo estalla la Segunda Guerra Mundial, y al aristócrata ruso caído en desgracia le internan en un campo de prisioneros para extranjeros. Es entonces cuando utiliza su labia y su dominio de los idiomas para trabajar para los nazis como traductor, incluso yendo a parar al frente ruso. No queda claro si Boris llegó a ser sinceramente nazi (está claro que racista era, pero eso casa con el resto de su carácter) o si sólo fue una escalada más en su incansable promoción de sí mismo. En un extraño movimiento, pasa a la zona soviética, donde sus mentiras no surten el efecto deseado y le condenan a un gulag. Hay que decir que Boris, incluso encerrado, era inasequible al desaliento: en los campos de prisioneros más suaves, conseguía que le excluyeran de trabajar o de comer con los otros presos, logrando que le llevaran a restaurantes "por su condición médica". E, incluso, cuando la cosa se pone más dura y le fuerzan a doblar el lomo, no tiene inconveniente en mantener puesto el traje mientras cava con una pala o limpia letrinas. Un noble ante todo, como trataría de recordarse a sí mismo. En ese sentido, las fotografías reales y las teatralizaciones de la realidad efectuadas en el documental generan visiones impagables.

Boris se ve favorecido por los acuerdos de reconciliación entre la Unión Soviética y Alemania y, a partir de 1956, vive en Alemania. La última parte de su vida tampoco tiene desperdicio: romances aparentemente imposibles con mujeres (a veces misteriosas) que le protegen, exageración de sus hazanas pasadas (con publicación de su bastante "creativa" autobiografía incluida), y una capacidad incansable de que su propia realidad, independiente de la del resto del mundo, flotara por encima de los hechos. Como os digo, es otro aspecto más por el que bucear en este documental. Sobre todo si os pasa como a mí, que cada vez que leo algo nuevo sobre este individuo lo tengo que devorar, porque nunca sabes del todo la verdad, y ni un ápice tiene desperdicio.

Boris corresponde a ese tipo humano tan abundante que hemos visto en otras ocasiones: mentirosos patológicos, gente que se cree sus propios embustes, y que consigue movilizar al mundo alrededor de ellos. Muy tóxicos en la vida real, gente de la que debes mantenerte alejado en tu día a día, pero muy simpáticos cuando lees sobre ellos en la ficción o en los textos históricos. Villanos encantadores. Y hay que decir que, en ese sentido, Boris era particularmente un maestro.

Posdata: uno puede preguntar qué demonios pintaba Andorra en la Segunda Guerra Mundial, y por qué iba a interesarse Alemania por un país tan pequeño. Andorra, precisamente por sus características fronterizas, constituía un punto clave, ya fuera para el contrabando, el tráfico de divisas, o el tránsito de personas, y tiene una turbulenta historia de espionaje e infiltración durante esta época. En realidad, cualquier movimiento que sirviera para desestabilizar a Francia se consideraba bienvenido en Alemania, así que no es extraño que favorecieran, a cambio de un presupuesto mínimo, iniciativas como la de Skossyreff, que promovían la independencia de Andorra. De hecho, gente que por aquella época buscaba una mayor autonomía del co-principado ha sido acusada, con razón o sin ella, de trabajar para los germanos. Eso sí, hay que recordar que Andorra fue también una importante ruta de evasión de quienes huían de la Europa nazi. Porque ante cada fascismo existe siempre su resistencia que precipita su final: nunca olvidemos eso.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Cuando el cine se entrecruza con la realidad: el espía más fotogénico del mundo

Os presento esta historia, que he redactado en forma de hilo de Twitter (aunque podéis encontrarla también en Mastodon, donde estoy empezando a publicar últimamente), en la que hablo del espía real que ha sido interpretado por más actores diferentes en el cine (tanto el individuo, con su nombre y apellido, como si contamos los personajes inspirados en él), y cuya biografía entremezcla la guerra fría, la traición, la amistad y, sobre todo, el arte cinematográfico. Espero que disfrutéis de este relato que, como buena historia de espías que se precie, está lleno de recovecos, y donde nada es lo que parece. Un saludo... y tened cuidado a vuestra espalda.  

Posdata: si, por lo que sea, no os gusta el formato de hilo en Twitter, podéis verlo de una manera más similar a un blog a través de este enlace.

lunes, 24 de enero de 2022

El relato de enero: "Las damas del calor"

Las damas del calor

Fue una estrategia habitual en el frente ruso, al menos mientras duró aquella parte de la guerra. A decir verdad, la idea se le ocurrió al general Prokofiev al apreciar la gélida temperatura de los pies de su mujer bajo las sábanas, una mañana de domingo. Tras proferir de manera automática un grito de espanto (al cual su esposa respondió con una serie de violentas invectivas e imprecaciones), sin embargo, su siempre inventiva mente, concentrada de manera persistente en nuevas estrategias bélicas, redirigió con rapidez el asunto en los pobres soldados que volvían ateridos del fragor del combate o -peor aún- de las largas jornadas de caminata bajo la inclemencia feraz del atroz invierno ruso. Por tanto, al día siguiente, el general dispuso la creación de un cuerpo militar conformado por una brigada de mujeres (todas las cuales empezaron desde el inicio con el título de sargento), quienes serían encargadas de arropar con sus cuerpos a los pobres soldados en estado de semi-congelación para insuflarles de nuevo el calor que les devolviera a la vida. Con el tiempo, aquella solución se demostró más eficaz que los baños calientes, las toneladas de sábanas o las piras de fuego ardiente, además de mucho más estimulante para la moral -y, por supuesto, más barata-. En cuanto a las voluntarias para la operación, no fue difícil localizarlas, pues se les instó como un deber patriótico, y bien se sabe que en aquella época, en esa parte del mundo, no faltaba ni mucho menos espíritu de sacrificio. Al principio, la operación se llevaba a cabo con todos los participantes vestidos, pero más adelante se observó que la maniobra surtía mayor efecto con el contacto de los participantes desnudos, cubiertos sólo por un grueso manto de armiño (el armiño, al menos, era el plan original, aunque luego, debido a las estrecheces de la contienda, se acabó reduciendo a lana o algún tejido más basto). Bajo esta circunstancia, no era raro que los reclutas se enamoraran doblemente de sus salvadoras, no sólo por deberles lo que les quedara de existencia -no mucha, en todo caso, dada la esperanza de vida en el frente- como por la natural atracción experimentada tras el roce de la piel. Pero sus sargentas siempre debían rechazarlos, escudándose en su labor de obediencia a la patria, <<otros soldados me necesitan, ya sabes, spasiba, cariño, con suerte no te volveré a ver>>. Se decía de soldados alemanes (pues, en la confusión de la batalla, a veces era difícil distinguir a los heridos, aparte de la obligada y caballerosa atención a los enemigos tras el combate) que, después de aquel tratamiento, pretendían renunciar a su nacionalidad, a su pasado y a su credo, encomendándose a esas voluptuosas valkirias de idioma impronunciable que los habían rescatado de la muerte; en ocasiones, sus versos de amor era lo último que se escuchaba de ellos antes de que les condujeran a una prisión o frente un pelotón de fusilamiento. También, pese a la reticencia de las autoridades militares en admitirlo, se daban algunos casos de deserción conjunta de las mujeres-manta (como se las denominaba en ocasiones de manera despectiva) junto con los soldados, y con cierta frecuencia se les había detenido mientras escapaban -desnudos aún- bajo un cargamento de mantas en un carruaje de camino a Moscú. Aunque lo más habitual, en realidad, era que se encontraran sus cuerpos todavía abrazados en un páramo aislado de la tundra siberiana, adonde habrían desembocado después de un largo periplo, colmado a partes iguales de de besos y vicisitudes. Luego, cuando cesó la guerra, el comando y toda iniciativa relacionada se detuvieron: aquellas mujeres heroicas regresaron a la guerra civil. Muchas se casaron y se convirtieron en hacendosas mujeres rusas, con sus piaras de niños, sus pilas de quehaceres y de ropas, sus maridos borrachos de gruesos bigotes, y su existencia cotidiana, anodina y formal. Pero, de vez en cuando, levantaban la vista de las trincheras de platos sin fregar, miraban abstraídas y nostálgicas a la ventana, y recordaban aquel período en que ellas fueron comandantes de la vida, salvadores de tropas, vestales y divinidades de unos hombres que, por supuesto, nunca-jamás-nunca, las llegaron en ningún momento a olvidar. Y que respondían con una sonrisa tonta cuando sus mujeres les preguntaban en qué diantres estaban pensando.

lunes, 10 de mayo de 2021

El relato de mayo: "Contra el olvido"

Contra el olvido

 

                Abro los ojos.

                Estoy al lado de una mujer.

                No puedo reprimirlo: alargo la mano para tocarle el brazo. No quiero despertarla, pero, por culpa de ese gesto irrefrenable, provoco que se incorpore al mundo consciente. Ella gira el cuerpo y se desliza -suave como una nube en el cielo- entre las sábanas para acercarse a mi lado.

                -¿Qué pasa? -me pregunta. Aunque a ella le basta con que esté ahí.

                Acumulo tensión en la mandíbula cuando respondo:

                -Me tengo que ir -le digo-. Tengo que luchar contra el olvido.

                Un rato más tarde, estoy en marcha. Mi montura me lleva a través del desierto. Desde lejos vislumbro el único lugar al que debía desplazarme. Bajo la luz del amanecer, su silueta parece incluso más espléndida que el día que la di por terminada. Porque esto que veo es mi creación. Desde lejos, da la impresión de que lo hubieran elaborado otros, cabría decirse que seres de otro mundo. Pero no, es todo fruto del hombre: es un producto de mí.

                Claro que no puedo presumir en solitario de este logro, medito mientras camino por entre los pasillos que conforman esta estructura circular y recurrente sobre sí misma; entre otras cosas, porque sería negar la evidencia. Este conjunto de monumentos de piedra posee la influencia de otros pueblos, de aquellos que visité durante mis viajes, y de los que tantas cosas aprendí: asirios, nubios, fenicios, cananeos, babilónicos… Y, conforme lo recuerdo, no puedo olvidar el nombre del hombre que lo hizo posible, pues me trasladó consigo en cada uno de sus trayectos: mi faraón.

                Admiro su nombre, precisamente, engastado en los cartuchos que yo mismo hice tallar en las paredes del monumento, para mayor gloria de los siglos, por toda la eternidad. Ahora, sus sucesores, sus enemigos, han decidido arrancarlos. Desprenderán y romperán los cartuchos para que no quede constancia de su nombre. Lo peor, para que éste quede borrado por toda la eternidad. Han conseguido este propósito de manera parcial con la destrucción, hace unos cuantos días, de su tumba. Hasta ahora, por su acceso remoto, no han podido llegar a este otro sitio. Pero no tardarán mucho en hacerlo. Por eso me he adelantado a los acontecimientos. Incluso aunque cause la desaparición de aquello que he levantado, que tanto amé y con lo que tanto tiempo he convivido.

                La cuadrilla de obreros que contraté ha llegado a tiempo. Con extremo cuidado y dedicación, se esfuerzan en ir desmontando las planchas que elaboré con los distintos bajorrelieves cargados de jeroglíficos. Lo tienen relativamente fácil porque los diseñé a propósito para que fueran retirados con sencillez y, si era necesario, hacerlo deprisa. En aquella época, ya intuía lo que podría ocurrir a la muerte de mi señor, y sabía que, cuando sus adversarios llegaran aquí, no estarían interesados en llevarse nada, sino únicamente en derruir y fragmentar. Su intención no es sólo obliterar de la memoria de los hombres la figura de mi farón sino, también, al eliminar toda constancia escrita de su nombre, asesinar su alma en el inframundo. Es una venganza que va más allá de la tumba. Por ello, por doloroso que me resulte, la única manera de preservar su espíritu será enviar cada una de estas planchas a los rincones más distantes del imperio, adonde sus voraces depredadores no podrán encontrarlas jamás. De esa manera, destruyo la obra capital de mi vida, el monumento de mis desvelos; pero, a cambio, salvo de la oscuridad a mi amigo. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Desde una colina cercana, veo partir los camellos en dirección a los cuatro puntos cardinales. Los miro como el padre que ve marchar a los hijos: alguien a quien le duele no verles al lado, pero que sabe que la única manera de que salgan adelante es que vivan su propia vida, aunque sea lejos del hogar. Que estén a salvo, aunque no sea conmigo.

                Lo que ocurra con los restos de mi ya desaparecido monumento -cuyo armazón desnudo yace a mi lado y será devorado, en poco tiempo, por las arenas del desierto- y con el nombre de mi amigo, sólo el futuro, que tantas sorpresas nos depara, lo puede dilucidar.

 

 

                Las primeras experiencias de I.G. con el fenómeno que nos ocupa tuvieron lugar a consecuencia de su trabajo como ingeniero de sistemas en lo que entonces se denominaba la Unión Soviética. Podríamos entrar en prolijos detalles sobre el tipo de mediciones que efectuaba, pero como él solía explicar a sus convecinos: “no lo vas a entender igual, y lo importante es que sepas que intento encontrar una determinada clase de partículas asociadas a ciertos tipos de energía”. Estuvo trabajando en los alrededores de la planta de Chernobyl, y también desarrolló proyectos relacionados con el accidente de Kyshtym. Almacenaba toneladas de gráficos y bases de datos (cuando operaban con papel; con el empleo de medios digitales, la metáfora que implicaba peso dejó de ser realista, aunque la cantidad de datos que recopiló fue todavía más telúrica) con cuantificaciones de todo tipo, a partir de prospecciones realizadas en diversas clases de lugares. Centrales nucleares abandonadas, silos, ríos, campos de cultivo, o muestras tomadas en la atmósfera, como parte del ruido de fondo. La primera vez que captó la señal que nos ocupa tuvo lugar en las áreas donde realizaron buena parte de sus funciones los llamados “liquidadores” de Chernobyl. I.G. las atribuyó, lógicamente, a la radiación. Luego detectó medidas anómalas en los hospitales de las zonas asociadas pero, aunque estas se encontraban en abierta contradicción con otros parámetros físicos objeto de estudio, I.G. también consideró que se debían a derivaciones de los fenómenos radiactivos. Por ello, aunque incapaz de justificarlas, nuestro ingeniero supuso que habrían de tener un sentido físico que futuras investigaciones confirmarían.

                Sucedieron desde entonces muchas cosas; se hundió la Unión Soviética; nuestro hombre pasó a formar parte del funcionariado de la nueva nación, Rusia. La nómina siguió llegando, aunque ostensiblemente reducida. No obstante, el hombre no cedió a la tentación en forma de cantos de sirena de la empresa privada. Al fin y al cabo, le gustaba su trabajo; le entusiasmaba la ciencia que llevaba aparejada consigo, y creía en lo que hacía. Eso sí, con el desarme armamentístico, producto del final de la guerra fría, sus misiones se volvieron más variadas, y mucho más internacionales. Fue precisamente en uno de sus viajes al centro de África cuando localizó de nuevo esos desconcertantes patrones que había detectado en su día. Preguntó si en las minas a las que había ido a investigar se habían localizado trazas de radiactividad. Los responsables locales lo negaron enfáticamente. Fue entonces cuando se puso a investigar con mayor ímpetu.

                A lo largo de distintos análisis por el mundo, los resultados fueron coherentes: Nagasaki, Auschwitz, la oficina S-21, las áreas de recolección del caucho del antiguo Congo Belga; cárceles, campos de concentración; cementerios, fosas comunes. Y también hospitales, incineradoras, funerarias. Sitios con un claro denominador común.

                El día que I.G. se percató del hecho básico, el momento en que captó hasta el tuétano su significación, tuvo que sentarse, ponerse de fondo música de Rajmáninov, y pensar. Él nunca había sido un hombre religioso. No creía en cuestiones sobrenaturales. Él sólo había seguido fielmente, a lo largo de su vida, el rastro de aquello que fuera capaz de ver, medir o tocar. Pero ahora, pese a su desconfianza y recelos, desafiando su educación, precisamente porque le habían enseñado a aceptar lo que la ciencia le susurraba a través de demostraciones y teorías, no podía soslayar las pruebas físicas. No era capaz de negarse ante la evidencia. Tenía delante de sí un medio científicamente probado de contactar con la dimensión donde habitan los muertos. O, al menos, de certificar su presencia. No sabía cuán lejos podía llegar o a qué consecuencias prácticas iba a conducir todo aquello. Pero, como ocurre con buena parte de los descubrimientos científicos, lo primero es reconocer la vía que se abre ante cada hallazgo. Él había dado el primer paso. Ahora tocaba convencer al resto del mundo.

                Por supuesto, el inicio fue una mezcla de estupefacción, incredulidad y escepticismo que rayó en la mofa. Sin embargo, poco a poco, como la nieve que cae pausadamente y con el tiempo cubre hasta lo alto de campanario más destacado del pueblo, la avalancha de datos acabó por convencer incluso a los más recalcitrantes. Sobre todo, cuando se dieron cuenta de la cantidad de opciones que se les abrían por delante. A partir de entonces, los estudios se volvieron más concienzudos, sistemáticos. Se amplificó la intensidad de la señal de tal manera que, lo que antes sólo podía localizarse en lugares donde había fallecido mucha gente, tuvo la oportunidad de detectarse a nivel individual. De repente, fue posible descubrir no sólo el escenario de matanzas y de genocidios, sino también el de fallecimientos de individuos concretos y aislados. Ni qué decir tiene que aquello supuso una revolución acerca de lo que podía desentrañarse a nivel forense (la resolución de asesinatos cuyos detalles eran desconocidos), histórico (el descubrimiento de la tumba de Gengis Khan tuvo lugar al poco tiempo, merced a esta nueva tecnología), filosófico y de diversas aplicaciones las cuales, al inicio, no fueron tan siquiera sospechadas. Baladí es expresar que el mundo entero se transformó.

                Para nuestro hombre no hubo siquiera debate interno sobre si ese conocimiento debía reservarse exclusivamente para su país, o había de otorgarse al resto del mundo. Él era un patriota, y permanecería fiel a su tierra. Ahora bien, con lo que no había contado sería con la deslealtad de una parte de la misma. En concreto, de una mujer.

                Su esposa sollozó. Se arrodilló, imploró que la perdonara. Se justificó diciendo que aquello sólo había sido un desliz: una pura pasión carnal impulsada por las ganas de recuperar la plenitud de sus años más jóvenes. Le suplicó que se quedara a su lado y que envejecieran juntos. Pero ya era tarde. Él marchó del país, y se llevó consigo sus descubrimientos, que empezaron a esparcirse por todas partes.

                Una mujer le había engañado, y aquello tuvo sus consecuencias.

                                                                                             

 

                Conoció a Ludwig von Economo en una reunión conjunta de empresarios, científicos e integrantes de medios de comunicación para intercambiar ideas de un modo informal. Lo curioso es que von Economo (joven, apuesto, de perilla afilada, con una extraña combinación, en su vestimenta, de elegancia y estilo “casual”, y ni el más mínimo asomo de acento en su inglés; tanto que I.G. dudó sobre si era oriundo de los Estados Unidos o Gran Bretaña) no le explicó demasiado acerca de su proyecto. Simplemente le dio su tarjeta y le emplazó a reunirse con él en la más prestigiosa pinacoteca local. Un lugar anómalo para una entrevista de trabajo.

                -Vaya allí el sábado a las once. Le va a interesar –guiñó el ojo cómplice.

El primer fenómeno curioso fue que el museo estaba vacío. Lo habían reservado exclusivamente para un evento privado donde sólo estaban él, von Economo… y una muy atractiva mujer que hablaba el idioma de Tolstoi como sólo alguien que ha crecido con el cuento del soldado, el zarévich y la muerte puede hacerlo. La joven empezó a explicarle el cuadro –cedido al museo como parte de una exposición temporal- de Iván el Terrible y su hijo, desgranándole las motivaciones de Iliá Repin como si ella se hubiera encontrado a su lado cuando lo pintaba, preparando (mientras aguardaba la terminación de la obra) el samovar.

-Observen la mirada angustiada en los ojos del soberano; no sólo acaba de asesinar a su hijo, influido seguramente por el mercurio que le proporcionaban para tratarle la sífilis; ha matado al heredero al trono de Rusia. Acababa de quitar la vida al único que podía salvar su dinastía y, quizás, el futuro en conjunto del país. <<Qué he hecho>>, se encuentra sin duda preguntándose a sí mismo. <<Qué he hecho>>.

                La mujer se deslizó –casi cabría más decirse que flotó- entre las distintas obras de arte en un juego de ballet, como si llevara toda la vida preparando esta danza. Tchaikovsky, pensó nuestro hombre, habría ideado para ella El lago de los cisnes, y luego la habría invitado a pasear.

                Conforme la joven seguía desplegando su abanico de erudición y de divinidad secular sobre la pulida superficie del museo, I.G. sospechó que la estrategia de von Economo estaba muy bien urdida para tratar de seducirle no sólo en virtud de una atractiva oferta profesional, sino también de una mujer cuyos encantos e intereses comunes iban a atraerle como un agujero negro.

                Lo malo de las estrategias obvias y descaradas para obtener nuestra atención es que, si nos las plantean, es entre otras cosas porque estamos deseando que lo hagan. Al fin y al cabo, es el caramelo que nos gusta, envuelto en un plástico de colores que nos entusiasma más aún.

                Por eso, nada más I.G. firmó en el despacho de von Economo su incorporación a la empresa, con lo cual formalizaba su incorporación al sector privado, no le resultó extraño que su recién instaurado patrón sonriera mientras, a las puertas, aguardaba su nueva amiga para escoltarle.

                Acompañó a Irina hasta su hotel. Ella, por lo visto, había viajado desde San Petersburgo ex profeso para este encuentro, todo pagado por von Economo, por supuesto. Estaba claro que, para su nuevo supervisor, el dinero no era un problema.

                -Así pues, ¿no trabajas para él?-preguntó I.G.

                -Bueno, es una manera de decirlo –matizó ella-. Me contrata de vez en cuando. Puedo decir que soy mi propia jefa, pero también que me proporciona unas cuantas y bastante jugosas oportunidades. Aunque, si te refieres a la incompatibilidad de ciertas cuestiones, soy completamente autónoma en materia laboral… sobre todo ahora que ya has firmado –dijo conforme abría la puerta de su habitación y, casi sin pretenderlo, como hacía todo, se dejaba caer (y le invitaba a caer) blandamente sobre la cama.

                Así fue como empezó una de las etapas más fructíferas de su vida, de ésas en las cuales los intereses profesionales maridan en paralelo con los personales de una forma tan natural, ideal y eficiente, a todos los niveles, que no nos damos cuenta de -desde fuera- lo aberrantes que parecen, y todos los problemas inadvertidos que acarrean, los cuales sólo se manifiestan en el momento en que se rompe la burbuja, por lo común de la manera más brutal. Pero ese hipotético suceso aún se hallaba lejos. Y lo cierto es que, en el ínterin, lograron unas cuantas cosas interesantes. Ya no eran capaces sólo de detectar la presencia de almas fallecidas, sino que podían ponerse en comunicación con ellas. Era cierto que de un modo primitivo: no había voces audibles, sino una especie de traducción a un código que, filtrado por el tamiz de un ordenador, reproducía una serie de mensajes sin mucha lógica gramatical pero con un sentido evidente. Desde luego, no era perfecto, pero era bastante mejor que un aullido y un agitar de cadenas, y, por supuesto, lo más similar que nadie jamás había sostenido, desde los diálogos con el inframundo en los poemas épicos, a una ultraterrenal conversación. Al principio I.G. tenía un poco de miedo de que von Economo mostrara el lado capitalista del asunto y exigiera al gran público precios inalcanzables a cambio de sus servicios, pero su jefe fue muy astuto y supo ver desde el principio el filón de una amplia difusión: ofreció tarifas económicas para que cualquiera pudiera hablar con sus allegados, en un negocio que por supuesto creció en una curva estratosférica y mareante. Sobre lo que los familiares muertos tuvieran que decir, los resultados, en honor a la verdad, fueron bastante dispares. Prácticamente ninguno transmitía verdades divinas reveladas más allá de la muerte, y muy pocos poseían tesoros ocultos que dejar en herencia a sus descendientes; las más de las veces, sus preocupaciones eran más mundanas y se limitaban a saludos muy generales, y a preguntar si todos estaban bien. Porque, entre otras cosas, esta nueva vía de comunicación les confirmó cosas que ya suponían acerca del estado de estos dos seres a caballo entre dos mundos: no se ubicaban en ninguna localización espacial específica -alternaban su posición entre el lugar donde fallecieron, aquel donde se hallaba su tumba, y una serie de enclaves significativos para su biografía, hallándose con cierta probabilidad en varios sitios a la vez, cual una especie de gato de Schrödinger fenecido del todo-; tenían un conocimiento muy impreciso de lo que había acontecido en el mundo <<real>> -de alguna forma había que denominarlo- una vez habían abandonado éste, y tampoco se encontraban en ninguna clase de nuevo destino, ni parecían albergar misión alguna que ejecutar por la que, si la cumplieran, quedarían librados de su sino y se volatilizarían de allá. Simplemente, daban vueltas, merodeaban por los antiguos lugares que habían recorrido durante su existencia; sobrevivían, nada más. Pero lo que I.G. y otros investigadores no podían ni imaginar era el consuelo que siquiera esa pálida presencia otorgaba a sus conocidos y familiares, motivo que le convencía a I.G. de que su trabajo lo cumplía por algo más que ganar dinero, y que en realidad esos allegados pagarían muchísimo más por la oportunidad de obtener lo que llevaban a cabo gracias a su pericia técnica. En ese sentido, I.G. se sentía útil, se sentía bien. Y, bajo la flexibilidad de su nueva pareja, Irina, con quien había probado actividades y posturas con las que no había soñado nunca, se sentía joven otra vez.

                Todo iba bien hasta un día. Una jornada que debía de haber sido buena. Irina le enseñó un cuadro del periodo romántico, una representación de una escena histórica. Irina decía que, en su opinión, ese período del arte se encontraba infravalorado respecto a otros estilos formalmente más atrevidos, aunque quizás, en su opinión, con menor carga de significado. En concreto, se refería a una escena de fusilamiento donde la sangre destacaba, brillante y rojiza, sobre la blancura casi intacta de la nieve.

                -Una cosa es lo que yo admiro por dentro; otra lo que debo decir, de acuerdo a los cánones artísticos aceptados; y otra lo que les recomiendo a los compradores porque se va a revalorizar y les va a hacer ganar una pequeña fortuna, que es lo que pretenden casi todos. Por eso, no resulta fácil decirles que es mejor que dejen esa basura pretenciosa que están adquiriendo, y que se vayan a adquirir uno de estos cuadros. Uno de esos pequeñitos y olvidados, por los que algunas daríamos un brazo o un riñón por colgar en el recibidor de nuestra casa. Aunque no puedo quejarme -guiño el ojo mientras señalaba la pintura, en un gesto íntimo y confesional-; éste en concreto lo voy a conseguir.

                I.G. enarcó una ceja al observar el precio.

                -¿Y eso?¿Te lo puedes permitir?

                Irina sonrió con una mezcla de picardía y de falsa culpabilidad.

                -Bueno… Tengo unos ahorrillos.

                Pero estaba hablando con la persona equivocada.

                -Eeeeh… Aquí hay algo que no me cuadra. ¿Te acuerdas de cuando estuviste de viaje, y tuve que hacerte unas gestiones para pagar a una empresa a la que habías contratado unos servicios?

                Irina se rio.

                -Ja, ja, sí. Esa maldita memoria fotográfica. Deberías haberte metido a detective en lugar de a ingeniero. ¿Nunca te lo han dicho?

                I.G. guardó silencio. No era sólo eso. Irina le hablaba muy a menudo del dinero. Para ella era algo importante. Su familia era de esa vieja aristocracia que salió atropelladamente de Rusia tras la caída de los zares. Poco acostumbrados a desenvolverse en ningún oficio, los mayores vegetaron y vivieron de las rentas, pero sus descendientes se adaptaron rápido al nuevo ecosistema. Aun así, Irina tenía el problema de que se movía en un mundo de las altas esferas, y manejaba cifras vertiginosas de dinero, pero ella en sí misma no era rica. A ello contribuía el hecho de observar con rigor casi religioso los gustos caros que se le suponía a una mujer que se movía en el ámbito social de los potenciales compradores. De modo que su empresa unipersonal siempre se movía en un delicado límite entre los beneficios y la ruina, y muchas veces tenía que aportar fondos de su propio pecunio para no llegar ahogada a los balances. De ahí que a I.G. le extrañara que pudiera permitirse aquel pequeño dispendio.

                -En fin, supongo que ya te lo puedo contar. Sobre todo, porque tú también vas a salir beneficiado. Después de todo, este logro es también obra tuya. Y, cuando lo anuncien en la junta de accionistas, el dinero no será un problema, para ninguno de nosotros, nunca más.

                Cuando Irene se lo confesó, I.G. se quedó lívido. Sin apenas dar explicaciones, marchó y cogió el coche en dirección a la empresa. Allí se encontró, organizando cuestiones operativas en un pizarra, a von Economo, junto con un pequeño grupúsculo de ayudantes.

                -Ah, estás aquí -desplegó una amplia jovialidad von Economo-. Dime, ¿querías verme?

                Pero I.G. no le devolvió la sonrisa.

                Una mujer le había traicionado. Y aquello tuvo sus consecuencias.

 

 

                Dicen que el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial estaba lleno de espectros. Y era verdad. Los fantasmas de los muertos durante la contienda vagaban por los campos de Europa, y las familias de éstos se pusieron en contacto con espiritistas y médiums para contactar con sus fallecidos. Pero como éstos en realidad eran estafadores sin escrúpulos, o crédulos sin la menor idea de lo que estaban haciendo, no se consiguió nada. Debió de ser una estampa muy cómica cuando las almas perdidas (que sí que existían) veían que todos los esfuerzos desplegados caían en saco roto porque, a pesar de la cantidad de gente que deseaba hablar con ellos, lo estaban haciendo del modo incorrecto -la tecnología tardaría años en implementarse,- y por tanto no había manera de obtener ningún resultado.

                Todo cambió con el nuevo sistema desarrollado por I.G. Sin embargo, lo esencial en lo que se centraron los analistas de von Economo fue en aquellos primeros datos que el científico entonces soviético había recolectado. Se dieron cuenta de que esas iniciales detecciones fueron posibles porque I.G. las había hallado cerca de sitios donde se había producido un alto número de víctimas. De hecho, fue a partir de los encargos de la empresa para localizar fosas comunes y crímenes de guerra cuando se les ocurrió que la inmensa acumulación de energía allí concentrada podía repercutir en otra clase de cuestiones. Y se pusieron a indagar.

                von Economo se lo explicó. Los muertos eran muertos, y muertos estaban. Su tiempo había pasado, y su capacidad para transferir impresiones al mundo de los vivos era limitada, y cumplía su función tras un tiempo. De hecho, muchos no tenían ni siquiera descendientes con los que comunicarse. En cambio, ellos no desaparecían; no se disipaban en el aire una vez cumplida su misión pendiente, como ocurría en las novelas góticas o en las películas. Lo que hacían allí era perder su tiempo y el de todos, mientras ellos quedaban errando por una eternidad soporífera y fútil. En cambio, la Tierra que seguía adelante, la de verdad, adolecía de un grave problema de suministro de combustible, y sólo el aprovechamiento de esta gran cantidad de energía hasta ahora malgastada podría suplirla.

                El funcionamiento era simple, desgranó  von Economo: la ventaja era la acumulación de todas esas almas alrededor de unos cuantos puntos comunes (aquellos que primero estudió I.G.) donde se concentraban. Incluso el hecho de que oscilaran entre varios lugares a la vez no impedía que, cuando la tecnología creada por I.G. fuera aplicada según los nuevos diseños de los ingenieros de von Economo, aquellos sitios especiales sirvieran como punto de anclaje para acceder a los espectros y absorber todo su potencial. De esta manera, explicó el jefe de I.G. ante su horripilado empleado, tendremos así una cantidad impresionante de energía a nuestra disposición, para el servicio de toda la humanidad.

                I.G. estaba mudo de espanto. Les mataremos, atinó finalmente a decir tras balbucear un rato la respuesta. Eliminarás la energía residual que queda de esos individuos, y de esa manera quedarán desaparecidos para siempre. von Economo sonrió. No se puede asesinar, dijo, a alguien que ya está muerto desde el principio. No se les puede matar dos veces. Ellos ya tuvieron su paso sobre la tierra. Ahora necesitamos que les proporcionen un futuro a sus congéneres. Hemos sobrevivido miles de años sin comunicarnos, ellos errando de manera inútil por la faz de la tierra, nosotros sin conocer su existencia. Si ahora se desvanecen del todo (explicó von Economo con esa sonrisa taimada que hasta ahora sólo era un signo de inteligencia) no les vamos a extrañar.

 

 

                Al día siguiente, I.G. se coló sin permiso en las instalaciones de su propia empresa. Podría haber utilizado su pase personal de seguridad, pero se aseguró de robar, antes de salir el día anterior, la tarjeta de uno de los guardias. No sabía si von Economo desconfiaría de él a raíz de las últimas revelaciones pero, en todo caso, después de lo que iba a hacer aquella noche, seguro que revocaría todas sus autorizaciones. De hecho, meditó mientras subía a la sala de máquinas, lo más probable era no sólo que le denunciase, sino que tratara de destruirle y mandara sicarios para erradicarle de la faz de la Tierra. Era normal. Pero no por ello recuperaría lo que iba a perder ese día.

                I.G. se alegró de cómo había diseñado aquellos aparatos. Seguramente a causa de los viejos tiempos en que había trabajado para la Unión Soviética -por aquella obsesión paranoica de que el Politburó pudiera apropiarse de su labor y utilizarla para fines bélicos que I.G. ni siquiera había sopesado- era por lo que había dispuesto aquella tecnología mediante un sistema modular, de tal manera que fuera posible extraer unas cuantas secciones sin alterar el funcionamiento del conjunto. Por eso, las alarmas no sonaron, ningún medio de seguridad se activó. I.G. pudo desarrollar su misión sin interrupciones hasta que, finalmente, apretó un botón. Casi pudo sentir el sonido de la energía fluyendo, de esas almas movilizándose, con un suspiro de alivio, ante el gesto que las iba a salvar de la destrucción. Claro que aquello iba a cambiar por completo la forma en que interaccionaban con el mundo físico con el que tan recientemente habían vuelto a sincronizar.

                von Economo lo había dicho. La clave de su pavoroso sistema era la concentración. En determinados puntos en el espacio, había una densa confluencia de almas de las que era posible obtener una gran energía. Era como extraer sal a través de un bloque arrancado de una mina. Pero, ¿qué hacer si toda esa sal se encontraba disuelta en el mar? Entonces, el coste de purificar ese material -la sal en la metáfora; en la vida práctica, las almas- se volvía tan prohibitivo que no merecía la pena. Eso era lo que había hecho I.G.; había disociado a los espectros de los lugares físicos a los que se encontraban encadenados, de tal manera que ahora se encontraban “vibrando” (era el término técnico que se le aplicaba) a lo largo de la completa amplitud del espacio. Un fallecido en las guerras afganas producía la misma señal en Moscú que en Uganda o Pekín. Una señal débil, desde luego, insuficiente para ponerse en contacto con ese ente, pero también imposible de absorber y asimilar. Una vez más, los muertos volvían a estar solos y, sus descendientes, impedidos para hablarles. Pero al menos, estaban vivos (de alguna manera). En cierto modo, los había salvado. A costa de cortar la única conexión que habíamos mantenido con el mundo de los difuntos pero, desde luego, impidiendo que aquellos millones de fantasmas sufrieran una muerte definitiva otra vez. No sabía si todos aquellos espectros -con los que personalmente, en ningún caso, se había comunicado; no creía que a sus padres, unos racionalistas estrictos, les hiciera gracia el asunto- estarían de acuerdo con el cambio. Sentía, en todo caso, que era mejor que él hubiera tomado la decisión en su nombre, antes de que von Economo lo hiciera en base al dinero que el pingüe negocio le iba a proporcionar. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Después de hacer esto, salió del edificio. Fue al aeropuerto. Compró un billete de avión. En la nave, reflexionaba, con un vaso de vodka en la mano, sobre la ahora remota posibilidad de que un montón de fantasmas, parientes de alguien, se hubieran convertido en papilla y ardieran como combustible en el depósito del avión. También meditó sobre si, allí afuera, habría algún espectro al otro lado de la ventanilla, observándole, mirando, quizás de alguna manera intuyendo lo que había ocurrido y dándole las gracias. Ahora nunca lo sabremos, se dijo. Quizás estos espíritus le daban tanto miedo al mundo (se planteó I.G.) como nosotros, desde el otro lado, se lo dábamos a ellos.

                Descendió del avión. Tomó un taxi en la ciudad que tanto le sonaba y que, sin embargo, con el paso de los años, encontró muy cambiada. Como si ahora el espectro fuera él. Fue a una dirección cuya ubicación concreta nunca había podido olvidar. Sacó su llave y probó, acertadamente, para ver si funcionaba. Se metió en la casa y más tarde en la habitación, momento en que, con mucho tiento, se quitó los zapatos, se metió en la cama y se acomodó junto a una mujer dormida. Ella se desplazó ligeramente para hacerle hueco, reconociendo sin duda el sonido de la respiración, la identidad de su calor, y su forma de moverse; en definitiva, sus costumbres.

                -¿Qué pasa? -como único, comentario, la mujer le preguntó, como si llevara en la cama toda la vida. Aunque a ella le bastaba con que estuviera ahí.

                Entonces, I.G. respondió de la única manera en que había sabido transmitir sus pensamientos para que se perpetuaran a lo largo de los tiempos, para que no se perdieran en la noche oscura del alma. El único recurso que le quedaba tanto a él como a los espectros cuya existencia acababa de salvaguardar. Y, en aquel momento, le apetecía que una persona, en realidad la única que había amado, fuera receptora de lo que quería legar al mundo:

                -He tenido que venir. Tenía que luchar contra el olvido.

                Contra la espalda de ella, se abrazó. Durante horas permanecieron allí, pegados, refugiados cada uno en el otro, disfrutando de su mutua compañía, nada más.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

La historia real de diciembre. Grandes modificaciones terráqueas (II): matar moscas a cañonazos (o construir a base de bombas atómicas)

Como mencionamos en un post anterior, el ser humano se ha empeñado en transformar la Tierra a gran escala, y para ello no ha dudado en emplear la energía que tenía a mano. Tracción humana, animal, mediante ingenios mecánicos o utilizando petróleo. Pero, sin duda, la palma se lo llevan algunos momentos en que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética pretendieron construir grandes obras públicas a base de explotar ingenios nucleares.

En ese sentido, los pioneros fueron los estadounidenses, que empezaron el programa en 1958 y empezaron a desarrollarlo a inicios de la década siguiente. Lo denominaron Operación Plowshare y, entre otras cosas, intentaron edificar puertos artificiales, crear una especie de máquina de vapor a partir del producido en las explosiones nucleares, y también explorar las posibilidades en la minería. En ese último apartado, una de las detonaciones nucleares que se efectuaron, la llamada Sedan, desplazó doce millones de toneladas de tierra y creó un agujero de 390 metros de ancho y 100 de profundidad, tan similar a los cráteres de la luna que se llegó a acondicionar como zona de prácticas para futuros astronautas.

Lo cierto es que las explosiones que se llevaron a cabo (alrededor de 27) fueron muchas menos que las que se planificaron en un principio como experimentos para explorar las aplicaciones pacíficas de las armas nucleares. Entre los proyectos iniciales se hallaban desde una forma más rápida de construir el Canal de Panamá, hasta como método para conectar acuíferos, levantar carreteras o extraer petróleo. En todo caso, ni siquiera las pruebas dieron resultados concluyentes que sirvieran para demostrar la utilidad de las detonaciones nucleares como un método factible para la ingeniería a gran escala. De hecho, lo poco apropiado de esa idea era fácil de deducir desde el primer momento, y desde luego no será porque los estadounidenses no tenían evidencias acerca del peligro -para el que las arroja, se entiende- de las armas atómicas. A los accidentes en centrales nucleares como el de Three Mile Island en Pensilvania (y el más antiguo de su socio británico, en Windscale) han de unirse una larga lista de pruebas nucleares en el desierto de Nevada -explosiones que llegaron a ser visibles desde Los Ángeles, o rompían cristales de las ventanas en Las Vegas-, empleando toda clase de estructuras (entre otros, armazones, edificios, maniquíes, túneles y búnkeres) para demostrar los distintos efectos que una detonación atómica podía tener sobre las poblaciones afectadas, e incluyendo la participación de pilotos de avión para averiguar qué ocurría si te metías en el interior del hongo resultante. Las últimas pruebas de ese tipo se realizaron en 1992. Desde entonces, parece que Estados Unidos se ha convencido no sólo de que las armas nucleares hacen mucha pupita, sino que resultan muy difíciles de utilizar para algo que no sea hacer pupita también.

La Unión Soviética emprendió este tipo de ensayos algo más tarde (a mediados de los 60), probablemente para mantener una cierta coherencia con su inicial alegato a favor de la prohibición de las armas nucleares. Pero como era la Guerra Fría y todo el mundo tenía que imitar lo que hacía el gran enemigo a batir en el bando contrario, el país de los soviets también se dispuso a desarrollar la opción de "Explosiones Nucleares para la Economía Nacional". Las aplicaciones hipotéticas eran muy similares a las pergreñadas por los norteamericanos (a los soviéticos se les ocurrió además utilizarlas para la construcción de embalses o como forma de extinguir los escapes de gas natural), aunque hay que reconocer que los soviéticos fueron más sistemáticos, pues llegaron a realizar hasta 115 detonaciones. El programa cesó en 1988 bajo la influencia de Mijail Gorvachov, y aunque muchos defienden la rentabilidad del mismo y que, gracias a él, han podido lograrse objetivos que sólo son asumibles mediante el uso de armas nucleares, la mayor parte de los que han opinado al respecto (en base además a unos datos que en buena parte siguen bajo estricto secreto) argumentan que existen otras metodologías alternativas que no tienen, como contrapartida, la desventaja de sembrar de radiación buena parte de las zonas incluidas.

En ese sentido, la Unión Soviética es la que ha tenido más problemas no sólo con estas pruebas, sino con accidentes asociados a centrales nucleares. A la devastadora catástrofe de Chernobyl (reflejada en libros, películas, o la célebre serie de televisión que pobló nuestras pantallas hace unos meses) hay que sumar el incidente de Kyshtym, que dejó un rastro de contaminación radiactiva a lo largo de una línea de 350 km -afectando a un río, un lago, y un área de población de 250.000 personas-, o el reciente incidente radiactivo en el país ahora denominado Rusia, con el que se ha demostrado que el secretismo y el desprecio por la vida humana no son necesariamente exclusivos del comunismo y ni siquiera de las dictaduras, sino que puede darse también en una democracia bastante imperfecta como la que encarna ahora mismo la dirigida con mano de hierro por Vladimir Putin. La pérdida en salud, vidas humanas y coste medioambiental han tenido estos sucesos nunca ha podido ser valorada en toda su dimensión, pero sin duda ha supuesto un daño irreparable para las regiones golpeadas por los mismos.

Hoy en día, la posibilidad de emplear armas nucleares para los grandes proyectos de ingeniería ni está en la cabeza de prácticamente nadie, ni se contempla. Sin embargo, el balance que los seres humanos dejan de su utilización de la energía nuclear es bastante desolador. A las dos bombas atómicas detonadas en Hiroshima y Nagasaki (y la infinidad de pruebas que distintos países han aplicado en diversos lados del planeta), se unen los accidentes mencionados, el más reciente de los cuales es el de Fukushima, el cual ha provocado un cambio en la percepción de la energía atómica en todo el mundo. Es cierto (esgrimen sus defensores) que los accidentes son una excepción, que durante años han producido energía a raudales para nosotros y que, además, pueden suponer un alivio al planeta al no tener que recurrir a los combustibles fósiles que tanto están contribuyendo al cambio climático. Pero, como argumentan sus detractores, el riesgo de accidentes sigue existiendo (con su efecto tanto en la salud humana como en los animales, las plantas, el suelo, el aire y el agua), y los residuos que se producen continúan generando peligro durante miles de años (tanto, que se han planteado sistemas para advertir de su presencia cuando se produzca el colapso de la actual civilización). A ello hay que sumar que los últimos planes necesarios para la construcción de centrales nucleares se han revelado tan costosos que muchos países, como Alemania, aprovechando la alarma social originado por Fukushima, han decidido dejar de lado esta arriesgada tecnología, con lo cual cualquier debate sobre la posibilidad de centrarse en la energía nuclear para disminuir el efecto del cambio climático ha quedado aparcado, frente a la pujanza de las menos contaminantes energías alternativas. Quizás el ser humano ha aprendido que el poder atómico es demasiado poderoso para jugar con él como si fuéramos niños -como hicimos de manera en ocasiones despreocupada desde que se descubrió la radiactividad, incluyéndola en dentífricos y otros objetos de uso cotidiano-, y que es mejor restringir su uso al mínimo imprescindible (o, como mencionó el ex-relaciones públicas de una central nuclear y escritor Terry Pratchett, de modo probablemente simbólico, "a veces el mayor poder acerca de la magia radica efectivamente en no usarla"). La pena es que, ahora que quizás se ha conseguido, son otras las amenazas las que se yerguen en el horizonte, y no sabemos si de ésas estamos aún a tiempo de escapar.

lunes, 17 de junio de 2019

Los libros de junio: una historia de Rusia contada por no-rusos

La literatura rusa y de sus países limítrofes ha dado descomunales (en ocasiones, tanto en valor como en número) y brillantísimas páginas: Dovstoievski, Tolstoi, los analíticos cuentos de Chéjov; en clave política y de denuncia, Pasternak y su "Doctor Zhivago" (y su estupenda adaptación cinematográfica), Vasili Grossman y su telúrico "Vida y destino", Solzhenitsyn y su estremecedor "Archipiélago Gulag" (de varios de estos autores tengo textos pendientes). En los escritores rusos se aprecia una profunda preocupación por las grandes cuestiones del mundo, así como un amor a la tierra que tanto les ha maltratado, y a la que sin embargo nunca -ni siquiera en el exilio-  dejarán de extrañar. Sin embargo, el país más extenso del mundo ha cautivado al igual que repelido (tanto desde el imperio de los zares hasta la actualidad, pasando por la más extensa Unión Soviética, que abarcaba un buen número de países actuales) a multitud de individuos de toda clase de nacionalidad. Que se lo digan a los directores de cine norteamericanos de las películas de espías, que todavía no han encontrado un adversario mejor. En ese sentido, es curiosa la cantidad de autores de países extranjeros que se han atrevido a introducirse en el laberinto ruso, tratando de averiguar, de una manera o de otra, y tomando una expresión prestada, "cuando se jodió" Moscú. He aquí una pequeña e incompleta guía para aprender un poco más sobre la historia moderna de Rusia a partir de escritores foráneos, que tienen la ventaja de a veces contemplar los hechos desde una perspectiva más neutral, quizás más cercana a aquella de la que parten los neófitos sobre el tema o, en ocasiones, de una manera menos tendente a la metafísica, o que no dé tan por sentada la relación natural que parece haberse establecido como una aleación indisoluble entre el devenir de los acontecimientos de la historia y el idiosincrático carácter ruso. O puede que no. En todo caso, espero que os sirvan como recomendaciones literarias interesantes (entre otros, para aquellos a los que os haya llamado la historia de este país a partir de "Chernobyl" de la HBO). Empezamos:

-Mencionado en otra entrada, "10 días que conmovieron al mundo", de John Reed, sigue siendo la referencia básica para abordar la revolución rusa. Aunque Reed era un ferviente defensor de los derechos de los obreros y de muchas tendencias progresistas, en este caso se pone el traje de corresponsal y realiza un exhaustivo análisis de las noticias que sucedían y bullían en este periodo trascendental de la historia. En ese sentido, "Reds", una ciclópea película en la que participaba lo más granado de la izquierda hollywoodyense en los años 80, muestra a un Warren Beatty interpretando a un John Reed que aunque cree en el movimiento, acaba decepcionado con la forma en que los primitivos soviets lo llevan a cabo.

-Del periodista español Chaves Nogales ya hemos hablado alguna vez, y mencionamos de hecho "El maestro Juan Martínez que estaba allí", una visión de la revolución bolchevique desde el punto de vista de un artista español de los tablaos a quien la circunstancia histórica le pilla casi literalmente en medio del espectáculo. La frase: "Un cantaor de flamenco, ¿puede ser un proletario?", lo resume todo. Sinceridad, retrato de personajes y dramatismo se combinan en una narración que, de puro periodístico, a veces ofrece tintes surreales ante lo inverosímil de las situaciones.

-"Palos de ciego". El periodista y escritor David Torres combina dos sucesos impactantes en su vida: por un lado, la historia de un libro (el cual fue incapaz de escribir) acerca de la ejecución masiva de unos bardos ciegos tradicionales durante la época más oscura de las purgas estalinistas; y, por otro, el descubrimiento del fallecimiento por negligencia médica de su hermano (llamado también David, como él), de tan sólo un día de vida, en una de las clínicas que practicaron en su día en España el robo de bebés con el objeto de entregárselos a familias ligadas al franquismo. A partir de allí, construye un sobrecogedor y penetrante texto que trata sobre la infancia, la música, la historia (especialmente esa atroz etapa de los primeros años de la Unión Soviética), la literatura, la memoria, las bárbaras formas que tenemos de maltratarnos los humanos y, en especial, el imposible modo de exorcizar los propios demonios.

-Aunque no ambientada estrictamente en Rusia, "Enterrar a los muertos", de Ignacio Martínez de Pisón, narra un episodio que toca de manera profunda varios de estos temas. En este ensayo histórico, el autor sigue la estela de John Dos Passos, un prestigioso novelista norteamericano (reconocido por su izquierdismo así como por su amor por España, aunque escamado tras su primer viaje a la Rusia revolucionaria) que anda en busca de José Robles, su traductor al español, el cual ha desaparecido después de embarcarse, tras el estallido de la guerra civil, como voluntario en la causa de la República. La obra nos conducirá, entre otros lugares, a los oscuros tejemanejes de la Unión Soviética en España, así como la evolución de la guerra en el dividido bando encargado de defender de la democracia, o las desavenencias de Dos Passos con Hemingway (quien en ese momento trabajaba como corresponsal de guerra en Madrid, aunque las malas lenguas sisean con cierto fundamento que muchas de las batallas que narraba las vio desde el interior de su habitación en el Hotel Florida) a cuento de la desaparición de Robles. Un libro que trata sobre diversos aspectos tales como la amistad, las formas de sobrevivir en la contienda, la lucha entre los ideales y una realidad siempre ambigua, así como las consecuencias que tienen los grandes sucesos para las víctimas colaterales de la historia.

-"El niño 44". Best seller de Tom Rob Smith que también retrata el horror y la paranoia en la época de Stalin, introduciendo un suceso que sirve de desencadenante. ¿Qué ocurriría si, en el supuesto paraíso comunista, apareciera un asesino en serie? Thriller moderno y reflexión histórica a partes iguales.

-"Érase una vez la URSS". Dominique Lapierre, prestigioso periodista francés (autor, entre otros, de "Era medianoche en Bhopal") llega a la Unión Soviética en un momento de deshielo y -en un coche que parece incapaz de resistir un viaje de tantos kilómetros- se recorre un buen trecho de la Unión Soviética, narrando una perspectiva por supuesto subjetiva al proceder del otro lado del Telón de Acero. En todo caso, un curioso retrato de escenarios y un ameno libro de viajes.

-"Cicatriz", de Juan Gómez Jurado: un libro entretenido y adrenalínico, cargado de sentido del humor, que cuenta la historia de un inadaptado informático residente en Chicago el cual, sin comerlo ni beberlo, va a verse envuelto en una trama de mafias rusas que tiene ramificaciones con hechos acaecidos en Ucrania y durante la guerra de Afganistán. Con tantas dosis de cáustica ironía como sangre chorreando a borbotones, garantiza pasar un buen rato.

-Emmanuel Carrère es conocido por sus libros en los que entremezcla estilo literario con un profundo desmenuzamiento de la realidad. He leído (y me han gustado bastante) "El adversario" y "De vidas ajenas", con lo cual arremetí con gran ímpetu la biografía de "Limónov", un controvertido personaje cuya vida dibuja el nuevo panorama de Rusia tras la desintegración de la URSS. Abandoné el libro a medias -aunque no descarto retomarlo-, entre otras cosas, porque era fácil sentir tanto odio como ridículo por el protagonista. Sin embargo, hay que reconocer que, quitando el juicio que podamos hacer de Limónov, las peripecias que se narran acerca de él mismo y de los países en los que vive dan para pensar bastante. Una condición que podríamos adscribir a cualquiera de los libros en esta lista.