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lunes, 12 de enero de 2026

El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz

Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.

Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.

El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.

lunes, 26 de agosto de 2024

El relato y la historia real del mes: "Apuntes para una novela sobre Carolina Coronado"



Victoria Carolina Coronado y Romero de Tejada, nos dicen las diversas biografías que podemos encontrar por la web -algunas de las cuales nombraremos a lo largo de este esbozo-, nació en 1820 en una familia pudiente de Almendralejo (provincia de Badajoz) de alto nivel cultural  y corte progresista. Tanto, que Carolina llega a bordar de niña una bandera en defensa de Isabel II durante una de las guerras civiles que se desatan entre liberales y carlistas. A pesar de que a Carolina se la educa de manera tradicional para su época, con las restricciones habituales para su sexo, ella sostiene profundas preocupaciones intelectuales y, al mismo tiempo, influida por el movimiento romántico de su tiempo, muestra una honda sensibilidad (hasta tal punto que, si queremos ser un poco malévolos, y teniendo en cuenta anomalías posteriores de su comportamiento, podríamos calificar su personalidad de “intensita”; una definición que también podría ser adscrita a Bécquer, Byron y otros poetas pertenecientes al mismo estilo). En ese sentido, es fácil burlarse de cómo, de pequeña, Carolina defendía que era capaz de hablar con los muertos –este detalle lo comentaremos más adelante-. Al mismo tiempo, sin embargo, ha de alabársele su compromiso social en favor de la defensa de la mujer (así como  en contra de la esclavitud en las colonias) y su extraordinaria actividad política: por ejemplo, ya de adulta, organizando tertulias literarias en las que participan personalidades como Emilio Castelar −a quien, según se dice, llegó a ocultar en una ocasión de la policía. Pero en esta novela esquemática queremos centrarnos en su actividad literaria: cuentan que el primer poema, de los muchos que escribió, está dedicado a la muerte de una tórtola, pero que no podemos conocer su contenido porque la obra fue enterrada con la propia ave. Así se la gastaban los románticos. No debía de ser mala poetisa –por cierto, hay quien dice que el término se crea al tratar de distinguirla de sus homólogos masculinos-, a juzgar de sus contemporáneos, pues tras unos versos publicados a la tierna edad de diecinueve años, su paisano Espronceda le dedica unas líneas, elogiando la composición. Algunos destacan, de sus versos, su extrema belleza. Me llama la atención cómo varias biografías subrayan que sus primeros poemas, en buena medida, están dedicadas a los amores imposibles, en concreto de una figura literaria llamada Alberto que no se sabe si existió. Pero me impacta más todavía que la Wikipedia dice que, supuestamente, ese Alberto imaginario murió en el mar. Así que yo me quiero imaginar cierta escena…

                La superficie del lago, en mitad de Extremadura, se muestra tranquila. Alberto y Carolina (ninguno de los dos llega a los doce años), con esa felicidad en la mirada que sólo se puede detentar cuando se contempla reiteradamente –hasta beberse el alma– a tu primer amor, se acercan con serenidad al velero que les espera en la orilla. Alberto, caballeroso él, se adentra primero en el barco, y le ofrece su mano. Ella, con delicadeza, se apoya en el brazo de su paladín para subir al bote, mientras desplaza con delicadeza los pliegues de su vestido, impidiendo que éstos toquen la superficie de lo que, si hoy no es océano, mañana mismo lo será. El futuro que se abre delante de sus ojos depara, únicamente, felicidad y hermosura.

                No saben que, dentro de sólo un par de horas, ambos estarán muertos, o algo muy similar.

                En la siguiente escena, vemos cómo la tormenta ha invadido por completo el lago. Alberto intenta gobernar el velero, mas le resulta imposible. Carolina trata de ayudarle, pero se siente impotente, pues la fuerza del viento le impide apenas asir los cabos, o siquiera mantener el equilibrio sobre la superficie del esquife. De hecho, cuando va a atrapar una cuerda, se escurre, se suelta de su agarre, y se desliza sobre la superficie del frágil navío. Carolina cae al agua de espaldas. El rugido atronador de la tormenta cesa, y sólo se escucha, bajo el agua en la que se hunde, un silencioso eco letal…

                En ese momento, es cuando se aparece la Muerte. Carolina hubiera creído que, bajo dichas circunstancias, y dadas sus creencias y trayectoria, se le habría manifestado con la tradicional forma de esqueleto caracterizado en hábito oscuro, pertrechado con capucha y una guadaña; pero no. Quizá por ser ella mujer, aficionada a los mundos exóticos, es invocada como una diosa india de múltiples brazos y rostro cual máscara impenetrable, que acompaña cada frase con millones de extremidades desplazándose de manera sincronizada a la vez. Su voz es también cavernosa –a pesar de la seducción que emite-, como si las múltiples gargantas de su interior compitieran por discernir cuál es el tono adecuado en el que deben formular:

                -Te diré cómo va a acabar esto –pronuncia con seguridad absoluta la criatura-: Alberto muere. Tú vives, al depositarte las olas, con suavidad, desmayada en la orilla. Tú llorarás su muerte durante meses, pero te recuperarás y podrás tener, tras el duelo, una aburrida vida normal.

                -Me niego a eso –se opuso ella, quien, mágicamente, no tenía ningún impedimento al respirar, ni tampoco con hundirse. Como si flotara, en completa ingravidez, sobre un espacio etéreo, en lugar de ahogarse-: sálvale a él, mátame a mí.

                -Eso no es posible –replicó la Muerte, tajante-; pero te propongo un pacto. Alberto sobrevivirá: pero tendrá que ser en otro lugar, en otro mundo, sin memoria, sin recordar nada de ti o de la vida que habéis compartido. Y tú saldrás adelante, pero cada vez que Yo vuelva a ti, resucitarás. Eso sí, tendrá un precio: un coste terrible, que habrás que pagar.

                -Acepto, sea lo que sea –no hubo duda en ella-: tengo que salvar a Alberto.

Bajo este prisma, escuchar a Carolina decir que habla con su padre fallecido adquiere una dimensión distinta. Lo mismo ocurre respecto a sus ataques de catalepsia. El primero ocurre en 1844, con veintipocos años, y a la familia de la joven (a quien casi todo el mundo cree muerta) le mandan cartas de condolencia y coronas de flores; por supuesto, a la fallecida en la flor de la vida le dedican poemas que alternan entre la exaltación de la belleza y el dolor. Sin embargo, el médico a cargo se niega a confirmar la defunción: él cree que se halla en una especie de letargo, e incita a los allegados a esperar. La razón confía en este hombre de ciencia. Así hasta que, finalmente, el cadáver despertó.

Con la piel pálida, los tirabuzones negros colocados perfectamente y un vestido blanco impoluto quedó Carolina tendida durante varios días, hasta que una mañana, de repente, volvió a la vida.

Eugenio M. Fernández Aguilar, en Muy Interesante

El estupendo artículo de Fernández Aguilar dedica una larga introducción precisamente a ese temor decimonónico a ser enterrado vivo (ése que llevó a Alfred Nobel a pedir que le vaciaran las venas, por si acaso, antes de introducirle en el ataúd), y los artefactos especiales –por ejemplo, las campanitas atadas al dedo gordo del pie del supuesto finado- destinados a evitar una muerte trágica que, por otro lado, haría las delicias del romanticismo. En todo caso, Carolina despertó, y pudo agradecer personalmente los tributos que le habían rendido sus contemporáneos con un poema. Más adelante, escribiría Dos muertes en una vida, que no se publicaría hasta después de la muerte de la artista. Pero, por supuesto, le quedaba mucho por sacrificar.

Carolina se despierta. No sabe bien dónde está. Se encuentra enterrada, como si fuera dentro de un ataúd, vestida de negro, como la retrató ese famoso cuadro legado para el mundo por Madrazo, y hoy exhibido en el Prado. Pero se halla tranquila: ya ha sufrido esta falsa muerte otras veces, en que fenece por completo, pero retorna después -sin ningún aparente percance- para reincorporarse al mundo de los vivos de verdad. Hasta que, de repente, se aparece de frente la misma Muerte a la que desafió un día en el agua: pero, esta vez, la Dama del Lago se digna sonreír.

-¿Sabes que, en esta ocasión, estabas embarazada?

Carolina siente un hondo pozo negro abrirse de golpe en su interior.

Carolina se casó con Justo Horacio Perry, diplomático norteamericano. Por lo visto, él vivió uno de sus ataques de catalepsia en directo, y aquello fue lo que le incitó a desposarse con ella: dos veces, por el rito católico y por el protestante. Pero las cosas se complicaron con la muerte, antes del año después de nacer, de su hijo varón. El hecho de predecir más tarde el fallecimiento de su hija Carolina, acaecido cuando la chica tenía dieciséis años (y su hermana Matilde, la hija menor del matrimonio, unos doce), no parece haber servido para aliviar la pena causada por el pavoroso trance. Escribe Fernández Aguilar:

Su propia hija menor contempló a su madre correr de un lado a otro cortándose los tirabuzones y gritando desesperada. Carolina parecía negar la evidencia y ordenó embalsamar a su hija con la esperanza de conservarla incólume, la cubrió de joyas e hizo un trato con las monjas clarisas del convento San Pascual, en el Paseo de Recoletos de Madrid, para que dejaran el cuerpo de su hija en un armario de la sacristía. “No abrir, propiedad de Carolina Coronado”.

(…)

Carolina se enfadó con la muerte que parecía negarse a sus deseos, ella quería morir en vez de sus seres queridos, creía que sus episodios de catalepsia habían sido un desafío para la Parca, quien como castigo a su insolencia le había permitido vivir hasta ver fallecidos a casi todos los suyos”.

                El resto de la novela puede encajar fácilmente en el formato de la historia de terror. Pasamos de la época feliz con la familia (en que su palacete en la calle Lagasca en Madrid servía de centro de reunión de la intelectualidad del momento) a un período distinto, durante el cual el matrimonio decide emigrar a Lisboa. Allí, el carácter atormentado de Carolina, consecuencia lógica de los reveses familiares -además de, por si no fuera bastante, una parálisis que la había dejado con escasa movilidad desde antes de su matrimonio-, se recrudeció más todavía. Cuando su marido muere, manda embalsamarle, y hace como si siguiera estando vivo. Habla y discute con él, se acerca para que recen juntos. Hasta le apodaba “el silencioso” o “el hombre de arriba”. De igual modo, se opone a que su hija Matilde se case con el que acabará siendo su futuro marido y, cuando el matrimonio finalmente se produce, le prohíbe que abandone el dormitorio común que madre e hija compartían, incluso en lo que tendría que ser su noche de bodas.

                Carolina fallece a muy avanzada edad. La última etapa de su vida no será fácil, porque además la familia no posee grandes riquezas, después de que su esposo se arruine tras invertir en el cable de comunicaciones submarino que une Europa con América (en un nuevo duelo entre la fantasía y el raciocinio que se disputa, de manera continua, en este siglo XIX. Se puede hablar, en esta novela, de este audaz proyecto, el cual tuvo múltiples fracasos e intentonas; demostrando que la ciencia tarda en funcionar, pero que, cuando lo hace, transforma de manera irreversible el mundo, y hace desaparecer la magia, aunque nunca será para siempre). Carolina, además, rechaza un homenaje que pretenden rendirle sus contemporáneos: lo expresa, como en otras declaraciones públicas a lo largo de la vida –incluyendo una ocasión en la que anunció, de forma a la postre falsa, que iba a dejar de escribir- mediante un poema. ¿Por qué el mundo no recuerda más la labor literaria de Carolina Coronado, a pesar de que hoy sigue estando disponible? En parte sin duda porque era mujer; también, con bastante probabilidad, por su rechazo a estos homenajes, o porque su vida pública fue absorbida por el drama insuperable de su vivencia privada;  dicen que también contribuyeron tantos años de relación con políticos que propugnaban la revolución, lo cual provocó que desde el poder la censuraran.

                En todo caso, en la fase final de la novela, hay que imaginarse a Carolina con más de noventa años, vestida como casi siempre de luto, delante de ese ataúd que, merced a los avanzados medios técnicos de la época (¿sistemas de introducción de aire?; ¿o que permitían abrir el féretro desde dentro?), garantizará que no sea enterrada viva. Entonces, por última vez, en absoluta placidez, se le aparece la Muerte, que conversa serenamente con ella. ¿Qué le dice la Dama Última, para que Carolina acceda a rendirse, y deje de resistirse al fin? No sabemos cuál es la amenaza: pero la anciana se mete en el ultramoderno sarcófago, y cierra ella misma la tapa. Puede que aún siga despierta, bajo tierra, junto a la tumba de su marido, pensando, aguzando el oído para escuchar, de ese mundo de allí afuera, aunque sea algo. Preguntándose, casi seguro, cómo la recuerda la posteridad…

jueves, 1 de febrero de 2024

Los libros y las historias reales de febrero: "Dientes de dragón" y "El último tahúr"

Hoy presentamos dos narraciones que tienen varios puntos en común: hallarse ambientadas en el salvaje Oeste americano y entremezclar la realidad y la ficción.. De hecho, contaremos también parte de las historias reales (o las leyendas) en las que se basan.

Dientes de dragón. A Michael Crichton le conocemos por Parque Jurásico, Esfera o Sol Naciente, con sus adaptaciones cinematográficas, y tiene algunas obras polémicas, pero otras también bastante interesantes. Por ejemplo, una característica de algunas novelas (por ejemplo Devoradores de cadáveres, que también tuvo su versión en pantalla grande) es que tratan de hacerse pasar por narraciones reales, incluyendo diarios en primera persona de sus protagonistas. Es el caso de Dientes de dragón, que nos cuenta la historia de un univesitario de la Costa Este estadounidense que, por culpa de una apuesta, ha de viajar al Oeste, y lo hace acompañando a O.C. Marsh, un reconocido paleontólogo que, durante el siglo XIX, mantuvo una dura pugna con su rival E.D. Cope por ver quién descubría más especies distintas de dinosaurios (si la historia os suena, quizá es porque me habéis escuchado mentarla brevemente aquí). Crichton emplea ese viaje como excusa para narrar el enfrentamiento entre ambos científicos, pero aprovecha para hablar de guerras indias, visitar la atmósfera del legendario pueblo de Deadwood (un lugar que tenía la fama de "pueblo sin ley" de manera más que merecida), o introducir como personaje a Wyatt Earp, en lo que constituye un relato de crecimiento y maduración de un joven en el terreno hostil del Far West. Quizás (como ocurre con la otra ficción que vamos a describir a continuación) la narrativa pierde algo de verosimilitud o de continuidad a lo largo de las páginas, pero en todo caso habla de tantos temas sugerentes que no te queda otra que seguir leyendo.

El último tahúr. Existe un volumen denominado El experto en la mesa de juego, escrito por un tal S.W. Erdnase y publicado en 1902, que aparentemente consiste en un inocente librito que explica cómo realizar determinados trucos de magia mediante la manipulación de los naipes de una baraja. No obstante, hay una leyenda circulando en torno a él: se dice que el autor en realidad era un jugador profesional que escribió todas las maneras conocidas de hacer trampas a las cartas, y que ocultó su identidad porque las leyes federales prohibían los libros de contenido obsceno (por lo visto, algunos jueces consideraban que el juego era un tema de este tipo). El manual se ha hecho extremadamente famoso tanto entre magos como entre jugadores -tanto que algunos le conocen como "la Biblia"-, y por supuesto se han disparado las especulaciones sobre la auténtica identidad de S.W. Andrews. Entre los posibles candidatos a ser los verdaderos autores del texto se hallan un pintoresco grupo, que incluye magos, jugadores profesionales, miembros del circo, detectives privados y por supuesto criminales. Una teoría ya clásica esgrime que, si uno escribe el nombre del escritor al revés, sale E.S. Andrews, un apelativo tan común que no sería extraño que el autor se denominara así en realidad (aunque otros opinan que sería algo demasiado evidente -o quizá prepotente). A partir de ahí, Rodrigo Sopeña y Juande Pozuelo elaboran una novela gráfica usando a E.S. Andrews como personaje ficticio que también recorre buena parte del siglo XIX en el Oeste americano, con sus grandes forajidos fuera de la ley -los Dalton entre otros-, sus personajes más reconocidos (entre otros, Harry Houdini y sus amigos los Keaton, entre los que se hallaba el famoso actor de películas de cine mudo apodado Buster), y el turbulento mundo de las mesas de juego. Una fantasía divertida pero que, sobre todo a nivel gráfico, está muy inspirada en imágenes y fotografías antiguas, así como en algunas de las biografías más extravagantes de una época que, sin duda, dará durante siglos de qué escribir y de qué hablar. Y nosotros lo leeremos y lo oiremos, quizá sobre una mesa de juego.

Posdata: si me queréis ver haciendo un truco de cartas que no tiene trampa ni cartón (quizá sí algo de magia), podéis echarle un ojo a este vídeo de Youtube (o quizá este otro) que he grabado para el Instituto Cajal y donde hago difusión de nuestra neurobaraja (ya os enteraréis de qué es; si os interesa tenerla, podéis descargárosla o imprimirla, o bien comprarla en versión bonita en la tienda del Museo Nacional de Ciencias Naturales en Madrid). Así veréis cómo las artes del ilusionismo no sólo mienten, sino que también pueden servir para expresar la verdad -por ejemplo, explicar neurociencia-. Un saludo, tened buena suerte en el juego, y más aún en la vida. Nos leemos.

jueves, 1 de septiembre de 2022

El libro y la historia real de septiembre: "José María de Torrijos y Uriarte. Más allá del cuadro de Gisbert".


Hay algo fascinante en el cuadro de A. Gisbert "El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en la playa de Málaga" que te absorbe cuando te lo tropiezas en el Museo del Prado, momento en que, casi de manera irremediable, acabas concentrando toda tu atención en él, tratando de averiguar cuál era la biografía y las circunstancias de cada uno de esos hombres. El autor de este ensayo, Manuel Alvargonzález, argumenta que la pintura ha hecho, en efecto, famoso a José María Torrijos, líder de este pronunciamiento que le llevó a morir en la costa de Andalucía, pero que también eclipsó el resto de su vida, a pesar de que Torrijos tuvo una biografía muy interesante que, además, sirve para ilustrar el intrincado período que le tocó vivir, el de las primeras revoluciones liberales del siglo XIX en España, donde se trataba que no gobernara el rey, sino unas Cortes en las que la nación se viera representada. Manuel Alvargonzález redacta este libro a partir de un trabajo académico (lo cual se nota a lo largo de la lectura, aunque es lo suficientemente accesible como para el público general) y trata de ilustrar otros períodos de la vida de Torrijos, un personaje complejo y, en muchos sentidos, hijo de su tiempo. Anoto aquí debajo unos cuantos puntos que me han resultado muy instructivos:

1) El libro, en buena parte, es una historia de ese primigenio liberalismo, donde también hubo facciones, dudas, discusiones ideológicas, traidores y mucho fingimiento. Vemos que en política, ya desde el siglo XIX, lo de decir una cosa y hacer otra se convirtió en un clásico. También descubrimos que ya entonces era costumbre, cada vez que surgía un movimiento que podía cambiar las cosas, que el conjunto de las fuerzas tradicionales, y los estamentos más privilegiados, se batieran con uñas y dientes en contra de él.

2) Manuel Alvargonzález aprovecha para hablar de otros individuos destacados de la historia del liberalismo (revolucionarios, conservadores, aventureros, veletas, personajes estrafalarios) como el legendario Van Halen (cuya estrambótica trayectoria ya fue narrada por Baroja en "Memorias de un hombre de acción") y también de episodios no muy conocidos pero llamativos de este período. Por ejemplo, es bastante gracioso comprobar cómo Rafael de Riego, cuando se rebela contra Fernando VII, parte con una serie de hombres de Cabezas de San Juan, los pierde a todos por el camino antes de llegar a destino, y sin embargo vence en su pronunciamiento, el cual da origen al efímero Trienio Liberal, una de las primeras experiencias (por simplificar mucho y entre comillas) que abrieron el camino a regímenes más democráticos en España.

3) El libro destaca también las contradicciones dentro de las propia corrientes del liberalismo, movimiento el cual creía que iba a traer prosperidad a todos los rincones del orbe, pero estaba organizado por hombres aristocráticos, quienes no se daban cuenta de que algunos de sus postulados no siempre beneficiaban a las clases humildes, a las cuales sin embargo incitaban a sumarse a la rebelión. En ese sentido, el autor señala que Torrijos muchas veces no entendió las demandas que le hacía el campesinado al respecto (algo que sí supo entender el carlismo y aprovecharlo en su propio beneficio) y, si acaso, de las clases más bajas, sólo confió en las de extracción urbana. Un buen número de experiencias de las que podemos aprender lecciones bastante aplicables a la política actual.

4) Es llamativa la influencia que tuvo Torrijos entre el círculo denominado "los apóstoles de Cambridge", de quien el autor del libro hace una vívida disección. También hace hincapié en la época en que un exiliado Torrijos hace de traductor y aprende, de la figura de Napoleón, el ideal de héroe romántico: un ideal que tratará de cumplir él mismo, rodeándole de un aura que llevará a que muchos, admirados por su temple, arriesguen la vida, seducidos, para seguirle en su epopeya. Por otra parte, es destacable cómo, en su período fuera de España, Torrijos intenta entablar relaciones con otros proyectos liberales, ya sea en Portugal o al otro lado del charco, en las nacientes repúblicas de Hispanoamérica, considerando que el liberalismo, en realidad, a pesar de su obsesión con el concepto de nación, era una aspiración universal.

5) Finalmente, el libro analiza la intentona por la cual Torrijos aspiraba a "todo o nada", y que le llevó a morir, a él y a otros compañeros, fusilados, en una playa de Málaga (momento reflejado en un fastuoso cuadro de Gisbert el cual, por otra parte, no es del todo fiel a la realidad, como explica el texto; sin embargo, ya se sabe, el arte tiene otros fines, parámetros y cuestiones, y la autenticidad no es siempre lo más importante). Sin embargo, unas cuantas páginas antes hemos podido comprobar cómo todo no era tan romántico ni tan heroico como lo pintaban, y muchos desertaron en la última parte de la partida, en parte por falta de fe en sus posibilidades de triunfo, y también por ciertas decepciones a lo largo del camino.

Manuel Alvargonzález, además, escruta las relaciones familiares de Torrijos, y en especial la interacción con su mujer, quien constituirías un sólido punto de apoyo no sólo emocional, sino también en las diversas conspiraciones en las que participó a lo largo de los años. El libro termina, como no podía ser de otra manera, casi de manera abrupta tras el vibrante episodio del fusilamiento. Sin embargo, la causa de Torrijos no terminaba: en muchos sentidos, la de esa otra España casi acababa de comenzar. Más gente moriría en otras playas, reales o metafóricas. Podemos soñar qué hubiera ocurrido si sus pronunciamientos hubieran sido fructíferos. La revolución iniciada por Riesgo es digna de interpretarse de distintas maneras, según la evolución de sus resultados, en los años presentes y futuros. Todavía estamos inmersa en ella, aunque los objetivos, las batallas y parte de los rivales sean otros. Y, como siempre, como Torrijos, nosotros elegimos en qué bando queremos estar, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar por él. Un saludo.

lunes, 3 de enero de 2022

Las recomendaciones de enero: unos cuantos comentarios rápidos sobre libros, películas, series, y todo lo demás.

Una recomendaciones literarias y audovisuales sobre las que os cuento relativamente poco, pero que, si las seguís, creo que dejarán un poso interesante durante bastante tiempo:

-El evangelio de las anguilas, de Patrick Svensson. En este sorprendente libro, el autor combina la descripción de sus vivencias personales respecto a la pesca de la anguila (un mundo al que llegó a través de la influencia paterna) con la peculiar relación que tenemos los seres humanos con este escurridizo animal, cuya biología ha mantenido en jaque a los especialistas durante milenios. Descubriremos que Aristóteles o Freud se metieron a fondo en la cuestión de la reproducción de la anguila (un enigma aún no resuelto del todo), y las características de este particular animal, tan sorprendente e insondable, y más íntimamente asociado a los seres humanos de lo que pensamos. El libro trata de cuestiones sobre la memoria, el legado, la evolución conjunta del Homo Sapiens con otras especies con los que compartimos este planeta, el poder inextricable de la naturaleza, y las motivaciones para nuestros actos, ya seamos bichos de dos patas o de unas cuantas aletas. Un texto de extraña y evocadora belleza.

-Insumisas (2018). Esta película cubana, dirigida y guionizada por Fernando Pérez y Laura Cazador, narra la historia real de Enrique Fáber, un médico suizo que llega a la Cuba colonial del siglo XIX y tiene que lidiar con la complicada situación social (revueltas de esclavos, una prejuiciosa sociedad de la época) mientras trata de ejercer su profesión para salvar vidas, aunque las presiones serían mayores si se supiera la verdad: que en realidad Enrique Fáber es una mujer que ha fingido ser hombre para poder ejercer como galeno. Cabría pensar que por ser un biopic, una película de época y una obra realizada lejos de las coordinadas geográficas habituales, el film podría adolecer de ciertos problemas, pero lo cierto es que lleva muy bien tanto el ritmo como el sentido de la narrativa y la ambientación histórica, y además va mejorando conforme avanza el metraje. Chapó tanto a los actores como al personaje principal, por el que uno no puede sentir sino admiración. La película puede encontrarse en Filmin.

-Heimebane. Traducida como Home Ground fuera de Noruega, de donde es originaria, parte de la original premisa de que se elige a una entrenadora -mujer- para dirigir un equipo -masculino- de la primera división noruega. Partamos de los puntos negativos: presenta ciertas incoherencias de guión, las nociones futbolísticas contienen errores (no sé si de traducción, por desconocimiento, o para forzar la narrativa), y además la entrenadora posee una concepción del fútbol que a mí, personalmente, me horripila. A cambio de eso, la trama está muy bien llevada, entremezclando las cuestiones deportivas con las personales, con personajes secundarios muy atractivos, y sin miedo a llevar las situaciones al límite. La serie, por supuesto, trata la peliaguda posición de la entrenadora, única mujer en un mundo de hombres, pero también toca aspectos como el alto nivel de presión de los futbolistas profesionales, o cómo los factores extradeportivos afectan al juego. El hecho de que la serie sea noruega también le proporciona un cierto valor añadido, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades: ves a hombres ayudando en las tareas domésticas, los personajes consumen una especie de tabaco masticable con una pinta rarísima, y los jugadores conocen hasta al panadero de la esquina (hay que decir que la serie está ambientada en un pueblo pequeño con un club sin mucho caché: que nadie espere, en esta ficción -de los, en general, poco atléticos futbolistas-, las preocupaciones típicas de Cristiano Ronaldo o Messi). La serie, con dos temporadas, puede disfrutarse en Filmin.

Posdata: a muchos, esta última serie os recordará a Ted Lasso, producida por Apple TV. Aunque con obvias similitudes, las dos series son muy distintas, aunque recomiendo ambas vivamente ("Ted Lasso", por su gran sentido del humor y un "buen rollo" que traspasa la pantalla). Nos seguimos viendo.

lunes, 7 de junio de 2021

El libro y la historia real de junio: "El baile de las locas", y la histeria femenina en el siglo XIX

El libro "El baile de las locas", de Victoria Mas, ha sido una de las sensaciones editoriales de los últimos tiempos. La autora nos emplaza a ubicarnos en el París del siglo XIX, en el famoso hospital para enfermedades mentales de la Salpêtrière, donde los investigadores Charcot, Gilles La Tourette y Babinski entre otros investigan la histeria femenina, y van adquriendo fama conforme se incrementa también la de sus pacientes. El libro se focaliza en un acontecimiento que tenía lugar de manera anual en el centro, el llamado "baile de las locas", un evento de gala en el que los aristócratas e intelectuales de París tenían la oportunidad interaccionar y departir -durante una mascarada- con las internas del sanatorio, en lo que constituía un espectáculo más teatral que médico. A partir de allí, la escritora combina personajes reales con ficticios para contarnos su historia, centrada en las mujeres a las que les tocó morar allí.

Sin embargo, más que una historia de las pacientes de la Salpêtriére en particular, se trata de una reflexión sobre la condición de la mujer en aquella época en general, como quizás pueda apreciarse mejor en la figura del personaje de Genevieve, una enfermera que en un momento determinado es capaz de contemplar el paisaje a ambos lados del sistema. Sobre este aspecto se insiste a la hora de describir a algunas de las mujeres encerradas en este sanatorio, muchas de las cuales se hallan alí más debido a las convenciones de la sociedad que por un problema psiquiátrico reconocible; de hecho, algunas de las internas protagonistas confiesan que están mucho más a gusto dentro del hospital que en el inclemente mundo exterior. Es una novela donde, desde luego, se aprecia -aunque con matices- el concepto de sororidad "inventado" por Unamuno (tan en auge en los últimos tiempos). Incluso, es fácil captar cómo ciertos detalles de la maquetación ofrecida por Ediciones Salamandra tratan de enlazar con la cuarta ola feminista, ya sea por cuestión comercial o porque -sin duda alguna- éste es un libro en favor de los derechos de la mujer. Y, además, es un buen libro, el cual conjuga bien las distintas tramas entre sí y con el mensaje, aunque quizás haya un par de detalles que nos sacan un poco de la historia. El primero es que la autora introduce, como vehículo para la acción, un argumento de corte fantástico, el cual funciona muy bien a la hora de encauzar la narrativa, pero hace flaquear el propósito inicial y punto fuerte de la novela, que es precisamente su inspiración en hechos reales (en ocasiones, para ser sinceros, te da la sensación de que, si no aceptáramos la premisa sobrenatural de la novela, muchos de los acontecimientos los juzgaríamos de manera distinta).

El segundo punto es quizá más una apreciación personal, y entra en el motivo por el que he querido escribir este post. La novela introduce a personajes históricos reales, y esto es siempre un factor arriesgado, pues obliga a emitir juicios de valor sobre los mismos, y a pesar de que no dudo de que hay una buena labor de documentación histórica al respecto, lo cierto es que supone deslizarse sobre hielo muy fino. Sobre todo si tenemos en cuenta que la novela obvia un aspecto bastante esencial desde el punto de vista médico e histórico, y es la importancia que llegó a tener la histeria femenina en aquel tiempo. Para ello, tendremos que adentrarnos un poco en la historia.

¿Qué era la histeria? Se trataba un conjunto de manifestaciones clínicas que ocurrían en determinadas mujeres, por las cuales (entre un conjunto de síntomas muy variados) empezaban a adquirir unas posturas rígidas y antinaturales, con movimientos exagerados y bruscos de las extremidades, en apariencia en contra de su voluntad. El motivo por el que ocurría no estaba claro. De hecho, desde antiguo, y al darse exclusivamente en mujeres, se atribuía al útero femenino, el cual supuestamente se movía por varias zonas del cuerpo y tocaba los nervios, causando los síntomas (de ahí la denominación de la enfermedad, por "hystera", útero en griego). Durante el siglo XIX, y en los países occidentales, la enfermedad se hizo muy famosa, entre otras cosas porque Charcot, el médico a cargo de Salpêtrière, empezó a documentarla de manera fotográfica y a realizar sesiones semi-públicas en las cuales se manifestaban de forma dramática los síntomas. Hay que decir que a Charcot se le acusó (en ello incide la novela, y probablemente esté en lo cierto) de incitar las crisis histéricas y animar a sus pacientes a producirlas, bien porque clínicamente le resultaban muy atractivas, bien para ganar notoriedad como médico. Entre las pacientes que se hicieron famosas durante este período por sus arranques histéricos estuvo Augustine, una empleada doméstica que había sido violada a los trece años por el dueño de la casa donde trabajaba, que había ingresado en la Salpêtrière a los 15, y que mostraba actitudes, durante sus ataques, las cuales algunos comparaban con el éxtasis de las santas, aunque a los médicos les recordaran más a los fenómenos que sufrían los pacientes infectados por el tétanos.


Augustine, en una fotografía de la época.

Algunos libros insisten en esa teoría de que Charcot (quien fue uno de los primeros que clasificó a la histeria como entidad clínica independiente, separándola de otras afecciones como la epilepsia, y también quien introdujo la hipnosis como método de tratamiento) estaba instigando la histeria en vez de curarla. Estos autores defienden que, en el fondo, la histeria femenina era una invención de los médicos y de los estamentos dominantes, los cuales la utilizaban como excusa para mantener internadas a mujeres que resultaban molestas o que no encajaban en los estrechos cánones sociales de la época. El problema, sin embargo, hay que analizarlo desde más puntos de vista, porque resulta complejo. Aunque, como hemos dicho, la histeria se conoce desde los griegos -ya Platón, Hipócrates o Galeno hablan de ella- en el siglo XIX, en concreto en Europa Occidental y Estados Unidos, hubo un auténtico auge: tanto que algunos médicos hablan de que una de cada cuatro mujeres se ven aquejadas por este síndrome. A ello contribuían una serie de factores: muchos de los síntomas eran más bien vagos y difusos, con lo cual era fácil pensar que cualquier cosa era histeria; era una enfermedad "de moda" -cosa que, por desgracia, también influye en la ciencia-; y también contribuía el propio interés de los médicos especialistas por encontrar casos (no es extraño; algunas enfermedades actuales, como el síndrome de hiperactividad que afecta a los "niños inquietos", han sido acusadas de sobre-diagnóstico por los mismos motivos). En definitiva, al final la histeria constituía un fondo de saco donde clasificar aquellos problemas que los galenos no sabían identificar. Sin embargo, como veremos, podía existir también un motivo subterráneo. Por eso toca profundizar un poco más.

Un detalle interesante es que la histeria se detectaba con frecuencia en mujeres muy pasionales que sin embargo (por motivos diversos) no poseían actividad sexual, así que muchos dibujaban la enfermedad como consecuencia de esta circunstancia. En ese sentido, los médicos recomendaban un "masaje terapéutico" que supliera las carencias de las que adolecían estas mujeres. Este masaje era -o, al menos, de ello se quejaban los médicos- muy fatigoso para los especialistas, pues podían pasar varias horas antes de alcanzar "el paroximo histérico", pero tampoco eran partidarios de delegarlo en las comadronas, ya que eso signficaba perder ingresos. Así pues, la solución (¡oh, voilá!) fue inventar un artilugio mecánico que hiciera los masajes por ellos. Si alguno ha visto la película "Histeria" (2011), una divertida y bien hilada comedia basada en aquellos días, sus sospechas se están viendo confirmadas: el simpático e irreverente argumento de que un médico inventa el vibrador para contentar a las mujeres insatisfechas sexualmente tiene más visos de autenticidad de que concepto cinematográfico. Lo cierto es que en el siglo XVIII se inventan aparatos de hidroterapia con el fin de "masajear" a las pacientes, los cuales se popularizan a lo largo del siglo XIX en los balnerarios de toda Europa; en 1870 nace el primer vibrador electromecánico, y en 1873 se prueba por vez primera en un asilo en Francia (el consolador manual ya existía desde antiguo, como prueban restos arqueológicos romanos; hasta un famoso estafador que se enfrentó a Isaac Newton y del que hablamos aquí se dedicó durante su juventud a vender dildos). El vibrador eléctrico aterriza entre los utensilios del hogar varios años antes que aparatos en teoría más esenciales, como la aspiradora y la plancha. Con la llegada de la electricidad a los hogares, se populariza a su uso: sobre muchos de estos hechos podría opinar, sin duda a gusto, la cuarta ola feminista.

Cartel de la película Hysteria (2011), con la actriz Maggie Gyllenhall.

Quizás aquí es cuando tengamos que entrar en el meollo del asunto. Al hospital de la Salpêtriere llega un nuevo médico, el vienés Sigmund Freud. Freud empieza a colaborar con Charcot, y el primero coincide con la hipótesis del segundo -desarrollada a través de su estudios de hipnosis- de que la histeria tiene una causa psicológica, y no orgánica (aunque Charcot todavía mantenía que los ovarios femeninos se hallaban implicados). En realidad, Freud llega incluso a diagnosticar a un hombre de histeria -los primeros médicos que escucharon esta teoría se reirían mucho, argumentando, en un retorno a los antiguos, que aquello era imposible, ya que los hombres no tenían útero-. Cuando Freud, más tarde, se instala en Londres, empieza a probar una técnica desarrollada inicialmente por Joseph Breuer y que se denomina "método catártico": la idea es que la histeria ha sido inducida por un acontecimiento traumático, y que evocar dicho hecho conduciría a que el paciente se hiciera consciente de su problema y por fin se curase. La primera mujer que es tratada por este método es la famosa Anna O., con quien se dice que Breuer improvisó bastante la terapia, adaptándola a la multiplicidad de síntomas que la mujer presentaba. También se comenta que, probablemente, los médicos de Anna O. no entendieron todo lo que le estaba sucediendo -se habla de que en el fondo pudo haber una base orgánica-, y se aduce además (en una acusación frecuente, y en muchos casos fundada, en estos primeros casos famosos en la historia de la psiquiatría) que no se portaron con su paciente todo lo bien que debieron. En todo caso, parece ser que la famosa Anna O. (nombre real: Bertha Pappenheim) se recuperó, y acabó convirtiéndose más tarde en una adalid de los derechos de la mujer. Por lo visto, la propia Pappenheim atribuía su curación a lo que ella denominó "cura del habla", nombre con el que se se quedó este tratamiento basado en que el paciente conversara con su terapeuta sin cortapisas de lo que a ella le apeteciera (lo que vino en llamarse "asociación libre") y que Freud empleó para establecer las bases de su método psicoanalítico que ha servido de punto de partida de buena parte de la psicología posterior. El resto, como suele decirse, es historia. Aunque el psicoanálisis es muy denostado hoy en día (muchas de las afirmaciones de Freud eran más especulativas que científicas, y desde entonces se ha progresado en métodos mejores para el tratamiento de los pacientes), lo cierto es que lo que hicieron Freud y Beuer fue revolucionario: por primera vez en la práctica clínica, había un hombre escuchando atentamente lo que querían contarle, de su propia vida, las mujeres. Quizás nos hubiéramos ahorrado muchos problemas si hubiéramos empezado por ahí.

Recapitulemos un poco, y volvamos a la pregunta del inicio. Después de todas estas explicaciones, y de lo que hemos aprendido, ¿qué es la histeria? Hoy en día, consideramos esta enfermedad como uno de los llamados "trastornos de conversión", los cuales forman parte de las dolencias que hoy en día calificamos en el lenguaje cotidiano como "psicosomáticas". La idea es que la mente humana no está hecha para soportar ciertas situaciones en las que se ve atrapada y no sabe cómo salir. Quizás en la época en que éramos hombres prehistóricos, migrando y viviendo de la caza y la recolección, estas circunstancias no se producían tan a menudo, o tal vez fue un mecanismo que inventó la evolución para sobrellevar estos dramas. La cuestión es que, cuando la mente no sabe qué hacer frente a dilemas irresolubles -y que, con frecuencia, no pude verbalizar, bien porque no sabe o porque no existe la oportunidad-, lo que hace es convertirlo en un trastorno físico. Es un fenómeno que se da en toda clase de culturas, pero que se adapta de manera muy versátil a cada una de ellas: por ejemplo, el síndrome amok (muy tratado por la literatura y el cine) se exterioriza como una rabia homicida intensa durante un período de tiempo breve. En el caso de los inuits, por ejemplo, es típico que los afectados por este tipo de neurosis se expongan a la nieve desnudos y se comporten como un animal salvaje. Las manifestaciones son tan variadas no sólo por lo diversos que son los individuos que las padecen sino, sobre todo, por el diferente entorno en el que se integran y, en particular, por lo que la sociedad espera de ellos. En ese sentido, las mujeres del siglo XIX -en concreto, en la rígida Inglaterra victoriana- no sabían cómo expresar su frustración sexual (durante aquella puritana época triunfa la postura de que el sexo sólo es admisible para la reproducción), la ausencia de amor en sus vidas, la falta de derechos frente a una sociedad que les cosificaba, o la situación de sumisión frente a unos maridos a los que les parecía indecente intentar que -durante el coito- sus mujeres sintieran la más mínima clase de placer. No es extraño que muchas pacientes histéricas, como la famosa Augustine, hubieran sufrido abusos sexales. Como además (debido a la estricta moral de la época) las pacientes no podían airear abiertamente sus cuitas, ni rebelarse de ningún modo contra esa situación, manifestaban sus angustias en cambio de una manera física. En ese sentido, influye mucho el efecto "contagio", y ahí es donde la fama que adquirieron las histéricas de Charcot pudo jugar un factor: las mujeres que no sabían cómo canalizar sus problemas veían que la histeria era una forma aceptada de enfermedad, y por ello flexibilizaban sus síntomas para encajar en los reconocidos en las histéricas. 

Ojo, no estamos diciendo que estas mujeres fingieran; lo que ellas hacían era un gesto siempre inconsciente. Se trataba de un mecanismo del cuerpo para indicar que existe un fallo funcional; una especie de grito de socorro, de la misma manera que hoy en día sabemos que el estrés provoca que se te caiga el cabello, se te vuelvan rígidos los músculos con frecuencia, o manifiestes ataques de pánico. De esa manera, una histeria llama a otra; si una mujer ve que otra persona está recibiendo la atención que necesita mediante ataques de histeria, es normal que nuestra propia mente tienda a reproducir los síntomas para así solicitar ese auxilio que sería imposible obtener de otra forma.

De todo esto empezaron a darse cuenta, en el siglo XIX, Freud y Charcot. Y aquello, que supuso el apogeo de los estudios clínicos sobre este mal, se convirtió también en el inicio del fin de este último. Porque si el propósito inconsciente de la histeria era que se aceptara el sufrimiento de esas mujeres concretas como una desorden físico -y, de esa manera, se intentara poner algún remedio-, en cuanto se consideró como una dolencia puramente psíquica, dejó de cumplir esa función (querámoslo o no, las enfermedades con base orgánica reciben más conmiseración que las mentales, a pesar de que las segundas sean tan reales como las primeras). A partir de entonces, sin duda -y aparte del éxito de los tratamientos-, las mentes de las mujeres con traumas reprimidos buscaron otras maneras de manifestar la enfermedad que resultaran más "socialmente admisibles". Hoy, de hecho, se considera que una amplia proporción de afectados de determinados tipos de padecimientos (como la fibromialgia, entre otros) son trastornos psicosomáticos encubiertos que esconden un problema subyacente que el paciente no sabe cómo solucionar, pero en el que la pura presencia del médico -o de un hombro sobre el que llorar- puede ofrecer un cierto consuelo (hay que decir que ahí tropezamos también con que la medicina no lo sabe todo: quizás haya una proporción de casos donde el origen sea orgánico, aunque no lo sepamos diagnosticar). También es probable que los estudios de Charcot -por muy sensacionalistas que fueran- o de Freud -pese al escándalo que produjeron en su época- llevaran al propio reconocimiento de la sociedad de que eran sus innatas normas de funcionamiento las que estaban dañando a esas mujeres, y rompieran una serie de tabúes que permitieron a los componentes de la mitad de la población humana de Europa y Estados Unidos proclamar las injusticias y ninguneos que sufrían, para así tratar de corregirlas de un modo alternativo. Quizá la histeria no la curaran los médicos ni la hipnosis, sino el feminismo, la transformación que éste logró de la sociedad, y hasta el vibrador. Lo cierto es que, hoy en día, se cuentan con los dedos de una mano los casos de histeria. En la actualidad hay otro contexto, otros problemas psicológicos, y otras formas de expresarse la enfermedad, porque ha cambiado nuestro concepto también de la misma. En la Edad Media eran brujas, en la Inglaterra victoriana histéricas, hoy en cambio son mujeres indignadas que tienen bien claros los derechos por los que han de luchar.

En ese sentido, cuando vuelvo la vista hacia "El baile de las locas", y veo a los Charcot, Babinski y Giles La Tourette (individuos a los que se estudia hoy en día en las universidades de medicina por sus contribuciones a ésta y otras áreas de la neurología) analizando a las histéricas, no puedo evitar pensar que, independientemente de cómo eran estos médicos en su trato profesional y humano, había un factor que les trascendía y en el que "El baile de las locas" tiene toda la razón: no se trataba de que esas mujeres estuvieran enfermas. Se trataba de que toda la humanidad estaba enferma; que no se podía curar a esas mujeres para reintegrarlas en el mundo, porque la raíz de sus males se hallaba en el germen mismo de la concepción de la pirámide social. Mirándolo desde ese punto de vista, es fácil creer que muchas de estas mujeres estuvieran más a gusto en la Salpêtrière que fuera de ella. Porque, al fin y al cabo, ¿adónde puedes huir cuando la entera estructura del mundo es tu rival?¿Qué puedes hacer cuando la otra mitad del mundo manda y se halla en tu contra? Y la siguiente pregunta es: ¿desde entonces, hemos cambiado tanto? Libros como "El baile de las locas" están ahí para inquirirlo, plantearlo, cuestionarlo y, si la respuesta no nos convence, contribuir a cambiarlo para que un día el machismo, como la histeria, sea sólo mitología y medicina antigua, sin el menor asomo de realidad.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (IV)

 Continuación a partir de aquí.


                                    *                                 *                                  *


            Al ladrón del Ojo Dorado no parecía molestarle mi presencia. Cuanto menos, parecía esperarla.

 

            Como si se hubiera intuido todo desde un principio. Como si ella misma hubiera escrito el final. Como si, tras mis actos, hubieran estado siempre sus palabras.

 

            Ahora nos contemplábamos con tranquilas miradas. Ambos, separados por una reja.

 

            Era ella la que se hallaba encerrada.

            -Te dije que esto no terminaba así -me espetó.

            Asentí. No, no había terminado así. Las cosas habían sido muy distintas. Yo me había escapado.

 

            Era ella la que se había equivocado al corretear por los pasillos. Era ella a la que habían cazado.

 

            Era ella la condenada a muerte.        

            -Por lo menos, contigo ha tenido Harrington más clemencia -rememoré-. A mí no me dio ni la oportunidad de hablar.

            El ladrón sonrió. No parecía perder su sentido del humor.

            -También a mí iba a dispararme; no obstante, se detuvo en el último minuto.

            Encogí los hombros.

            -¿Por qué?

            Ella suspiró.

            -No tengo la esmeralda. Tampoco (a pesar de ser yo la única que elevó la voz en la cámara del tesoro) acaba de creerse Harrington que yo sea el ladrón del Ojo Dorado. Típicos prejuicios machistas del siglo XIX. Las mujeres estamos para desmayarnos, y para que se peleen por nosotros los héroes románticos de turno. El Imperio Británico preferiría perder la India antes de reconocer que ha sido doblegado, y varias veces, por una mujer.

            Yo asentí. Comprendía lo que quería decir. Lo había leído a lo largo de las novelas que ella misma me había proporcionado.

            -Además -prosiguió-, Harrington no se cree que el Ladrón del Ojo Dorado no tuviera la esmeralda encima. Ni mucho menos que se perdiera en uno de los pasadizos.

            Escrutó con intensidad mi mirada.

 

            Intuí sus límpidos ojos.

 

            Tuve que apartar la vista. Cuando por fin reuní fuerzas, conseguí preguntar:

            -¿Y ahora, qué?

            Ella dejó caer su pelo a lo largo de su rostro.

            -¿Ahora?-respondió con otra pregunta-. Me retendrán aquí para que les confiese quién es el Ladrón del Ojo Dorado. Dónde vive. A qué se dedica. Dónde encontrarle a él, y los tesoros que acumula.

            Pasé la mano a través de los barrotes. Rocé con mi dedo su tierna y cálida mejilla. Le pregunté:

            -¿Y qué le piensas contestar?

            Ella asomó el rostro a través del escaso hueco que permitía la ventanilla de su celda. Y me inquirió:

            -¿Qué es lo que he de decirles?¿Quién eres?

            Es extraño, pensé. Después de haber intercambiado nuestros papeles, después de haberla traicionado, a pesar de salvarme la vida, y aun así, me seguía sonriendo. No era lógico… pero ella tampoco podía encuadrarse dentro de lo común.

            -Les dirás que el ladrón del Ojo Dorado seguirá atacando. Que volverá a aparecer. Que seguirá desafiándoles.

            Ella sonrió.

            -Pero que no volverá para liberarme…

            Cerré los ojos con remordimiento.

            -No…

            Ella alargó la mano, y condujo mi rostro hacia el de ella. Besó suavemente mis labios.

 

            Me dijo:

            -No te preocupes por nada. No me pilla de sorpresa. Sabía que lo harías. Me lo esperaba.

            Cogí su mano entre las mías, y me mordí el labio inferior para no dejar traslucir mis sentimientos. Quise decirle que esta oportunidad era la única que se me iba a presentar en la vida; que, si volvía a mi mundo, nunca jamás podría volver a conseguirlo; que tendría una existencia gris, macilenta, anodina y sin sobresaltos; que no podría disfrutar de la mayor aventura que han vivido los siglos; que no podría cumplir ese sueño -que todos tenemos de niño- de ser Sandokán, Miguel Strogoff, de transformarse en el protagonista de una novela de Conrad o Stevenson. De sufrir, sentir, vivir, amar, sufrir amargura, de la misma forma en que lo hace un personaje literario, y no ese patético engendro, colmado de rutina y desasosiego, que decimos en llamar ser humano, y cuya mayor tragedia semanal se resume en el café que se le derrama en la solapa… Quise decirle que este era un viaje que ambicioné hacer desde mi infancia, un camino que habría de recorrer por obligación… pero no tuve valor…

 

            Lo único que pude hacer fue dejar escapar su mano…

 

            … que volvía a la celda, de donde nunca más saldría.

 

            La volví a mirar a los ojos.

            -Antes de marcharme, quisiera hacerte una pregunta.

            Ella conservaba la misma mirada que una niña pequeña que acaba de descubrir el mundo. Curiosa, expectante, sin miedo. Sin el más mínimo rencor en sus ojos. Sin importarle para nada su futuro, si acaso, el mío. Con ningún deseo más que hacer preguntas, u otorgar respuestas.

 

            Sus labios volvieron a ser recordados por los míos.

            -¿Sí?¿Qué querías saber?

            Y entonces, reuní fuerzas para preguntarle: 

            -¿Por qué me robaste precisamente esas cosas de mi apartamento?

            Y entonces ella bajó la cabeza. Para, unos segundos después, alzarla de nuevo.

           

            No dejó en ningún instante de sonreír.

            -Te repito la pregunta que te hice antes: ¿por qué crees que le robaba todas esas cosas a aquellos millonarios?

            Apenas pude responder:

            -Yo… todos creíamos que se debía a que eran sumamente valiosas. O por el desafío de hacerlo. O porque se merecían, debido a su perfidia, tamaño castigo.

            Ella negó con la cabeza. Desplazó sus manos a través de los barrotes.

            -Los autores no aman a sus hijos literarios. Más bien al contrario, los aborrecen. Temen que permanezcan en el tiempo, y les aboquen a ellos mismos al olvido. Llegan a sentir odio por una criatura que han ayudado a engendrar, por un ser que jamás ha existido. Doyle mató a Holmes -dijo la ladrona, volviendo al inicio, como suelen hacer los buenos relatos circulares-, y necesitó diez años para resucitarle. Le colocó todos los defectos posibles, para así ser capaz de insultarle sin faltar a la verdad. Agatha Christie condenó a Poirot a una última vuelta de tuerca que engrandeció su historia, pero nubló su nombre. Y, cuando Peter Pan derrota a Garfio, él y los Niños Perdidos comienzan a ponerse las ropas de los piratas, a manejar sus barcos… a hacer lo mismo que ellos… la pobre Wendy tiene que ver, ante sus ojos, como la mirada de su mejor amigo, y también su alma, se van transformando en todo aquello contra él tanto había luchado… Es testigo de primera línea de cómo Pan, ese chiquillo malencarado y engreído con nombre de sátiro, se ha convertido en Garfio… y nada de lo que ha hecho anteriormente tiene sentido.

            Me interrogó con la mirada. Capté la analogía entre esta última historia y la nuestra. Contemplé a Wendy -un personaje que llegó a crear un nuevo nombre de mujer- a través de la oscuridad de su prisión.

            -No sé quien creó esta historia. No fui yo. Nació antes de los tiempos, tal vez, o quizá en un futuro muy lejano. No lo sé. En todo caso, el objetivo último del ladrón del Ojo Dorado no residía, ni mucho menos, en las riquezas materiales. Ni siquiera sé dónde están todas esas joyas. La meta fue siempre aquel a quien estábamos robando. El propósito era atacarle allí donde más le dolía, donde más se reflejaban sus sentimientos… sobre su posesión más preciada.

            >>Todos ellos eran hombres duros, que habían tenido que dejar cadáveres a lo largo de su vida, cuando no ejecutarlos con sus propias manos, para amasar sus inmensas fortunas. Todos ellos eran personas que ya habían fosilizado su corazón, y que tan sólo podían sentir a través de una piedra… la misma que le estábamos arrebatando…

            >>La fuerza, el atrevimiento del robo, no se basa en la pureza del diamante, ni en las crueles garras de las medidas de seguridad… Se basa en cuán profundamente eres capaz de llegar al alma de una persona… de qué parte de su vida le despojas.

            >>Todos esos hombres acaban muriendo… si no oficialmente de suicidio, sí de pena, de hastío, de vacío… se convierten en una sombra de lo que han sido, se dan cuenta de que la vida ya no tiene nada que ofrecerles.

Se apartó el pelo con la mano, dejando al descubierto su rostro.

-Te dije que todavía no había terminado contigo…

Y volvió a sonreír. Pero, esta vez una sonrisa maléfica y profunda. Una sonrisa que guardaba algo detrás.

 

Me puse a temblar.

-Te pregunté que por qué te habías dado cuenta de la ausencia de estos objetos. Una foto de un amor platónico, un libro de un amigo muy querido, un regalo muy especial… Te diste cuenta porque, aunque no te sirvan para conseguir un trabajo, ni un crédito en el banco, ni para obtener las metas que te has propuesto en la vida, sí que las tienes presentes… Porque son las cosas que han marcado tu vida, la parte de tu existencia que ya no puedes olvidar: un trozo de tu propia vida del cual apartarte (tan profundo como ha calado en tu alma) significaría la misma muerte…

Me miró, afilados como cuchillos, con sus multicolores ojos.

-Ahora, mi querido amigo, todo eso queda atrás. No sólo la foto, el libro y el regalo. Quedan atrás tu amor platónico. Tus amigos. Tus amores. Tu familia. La posibilidad de amar y ser amado, de contemplar amaneceres y noches de luna, de encontrarte con la sorpresa de cada día: de vivir, en definitiva.

>>A partir de ahora, todo eso ha cambiado: no tendrás existencia, salvo la que te determine la propia historia en que te veas envuelto. Como personaje literario, no podrás elegir tu propio destino, sino el que te marque este rumbo que ahora has elegido. Nosotros, en las historias, no nos alimentamos si no es necesario que lo hagamos para que la historia mantenga la coherencia; no disfrutamos del roce sincero de una mujer, pues sabemos que es el autor quien está moviendo sus sentimientos, como si éstos se hubieran materializado en los hilos de un titiritero. No decimos lo que pensamos, sino lo que quieren que digamos; no somos nosotros, sino el rol que nos ha tocado vivir…  Por no poder, ni tan siquiera podemos, en la mayoría de los casos, leer algún libro. Solemos ser iletrados, orgullosos, arrogantes, incautos, imprudentes, y, lo que es más, tediosamente imprevisibles.

Desplazó su rostro como si pudiera cruzar los barrotes, y dejó su cara a unos milímetros de la mía.

-El único fin de este maldito libro es, más que nada, arrancarle a cada uno de los que pasan por estas páginas su posesión más preciada. Tú me has robado a mí la que más ansiaba: la libertad.

            Susurró suavemente a mi oído.

            -Yo a ti, aunque aún no lo sabes, tu propia vida. Hasta hace un minuto, no sabías apreciarla.

            Sentí cómo comenzaba a desaparecer… cómo una nueva historia me solicitaba en esos mismos momentos, cómo me requería, como exige un amo de un esclavo.

            -A partir de ahora, vas a comenzar a echarla de menos.

            Una sonrisa. Un beso.

 

            Escuché sus crueles carcajadas, resonando a través de la noche de los tiempos.


FIN

lunes, 2 de noviembre de 2020

Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (III)

 Continúa desde aquí.

*

 

            Fue tan sólo un instante, apenas un segundo. Cuando volví a sentir la materia entre mis dedos, ya nos encontrábamos allí.

 

            En la cámara del tesoro.

 

            A un lado, el Ojo Dorado. Al otro, la esmeralda del Dragón.

 

            Los gerifaltes ingleses se habían tomado a mal que, cinco años antes, el Ojo Dorado fuera devuelto al Museo Egipcio, desafiando el poderío del Imperio Británico. Hasta entonces, no habían hecho nada ante el golpe recibido, pero la llegada de un nuevo ministro del Interior, empeñado en salvaguardar el honor inglés, había motivado la devolución de la joya por parte del gobierno egipcio al del Reino Unido. Los ingleses sospechaban que el ladrón trataría de volver a robar de nuevo la joya, pero no podían estar seguros de cuándo, ni de si esta vez se recibiría una de las famosas notitas por adelantado. El lugar más adecuado para sustraerla sería en una de las escalas del viaje del diamante hasta Inglaterra, pero quién sabe cuál. Por ello, los británicos habían dispuesto un cebo que, sin duda, atraería a cualquier ladrón, más aún al que nos interesa: en el más celosamente guardado sótano de la embajada británica en Roma, habían colocado el Ojo Dorado a tan sólo unos metros de la esmeralda del Dragón, la única joya equiparable en valor a la primera, procedente de una remota región de China. Era un blanco demasiado perfecto como para que el ladrón se resistiese. Y, por ello, la trampa ideal.

            -¿Qué pensaban?¿Qué iba a venir? Pues en efecto: aquí estoy.

            Miré en derredor. No lo podía creer. Estaba dentro. Dentro del libro.

            -¿Cómo hemos entrado tan fácilmente?

            -No dejes que el cambio de lugar te confunda. Recuerda tan sólo la historia. No es tan difícil.

            Rememoré. En efecto, entrar era fácil para cualquiera. Las tenaces arañitas británicas nos dejaban penetrar en la fortaleza, un gigantesco palacio digno de proclamarse una de las maravillas modernas, a cambio de poder tejer su gruesa red alrededor de nuestra huida. La entrada era sencilla. El problema era salir.

            -Harrington estará esperándonos afuera.

            -Así es. El pasadizo por el que entré es ya impracticable, gracias a la previsión inglesa.

            Me giré hacia donde debía de hallarse el corredor. En efecto, se había sellado por completo.

            -Pero no actuarán todavía.

            -No -respondió ella; me fijé en que ahora ya no vestía su traje negro de estilo moderno, sino una especie de prenda de igual color, similar a la que visten los espadachines profesionales. Mucho más acorde con la época y el estilo de la novela que la vestimenta que llevaba puesta cuando yo la contemplé por primera vez, en el siglo XXI. Sobre su cara, una máscara veneciana que ocultaba todo su rostro-. Lo que quieren es que me ponga a robar ambas joyas y que, en el momento en que esté a punto de atrapar cualquiera de ellas, justo la más complicada, se lancen a por mí antes de que pueda reaccionar. Esa es la idea. Y ahí es donde intervienes tú.

            Asentí.

 

            Me había explicado previamente el plan. Yo no lo recordaba, pero sabía que lo había hecho.

 

            Delante de nosotros, se extendía un breve suelo de piedra y, más adelante, el vacío. Sobre dicho vacío, y suspendidos por sendos gruesos cables metálicos, se hallaban dos soportes, completamente independientes, en donde refulgían, por separado, la esmeralda del Dragón y el Ojo Dorado. La única forma de llegar hasta aquel soporte (que tan sólo permitía asirse, ni mucho menos colocarse cómodamente) era saltar varios metros, con un tenebroso vacío debajo, que cobijaba la muerte para quien lo intentase. Pero era en ese momento en el que invadíamos el terreno de la astucia.

 

            El ladrón –aún no conocía su nombre- sacó de la bolsa de viaje que llevaba consigo un par de artefactos, similares a ballestas medievales. En este caso, con una ligera diferencia: al accionarlas, surgían dos flechas, cada una en direcciones opuestas, cada una de ellas portando un extremo de una gruesa cuerda. Un par de disparos bastaba para formar una tenue red de araña de múltiples hilos en el vacío, con los puntos donde cada cuerda convergía justo debajo de los soportes donde se hallaban ambas gemas. Gracias a este sistema, podíamos desplazarnos, como equilibristas, por encima del vacío y, si no caíamos irremediablemente a éste, alcanzar nuestro objetivo.

           

            Costó Dios y ayuda. Ella se movía delicada y graciosamente por encima de la red, como si se tratara de una bailarina de danza clásica, acostumbrada a hacer esto todos los días. Yo sin embargo estaba -no sé por qué- algo menos ducho en estas habilidades, y, por un par de instantes, asomé parte de mi vida a la inmensa sima que se abría bajo mis pies. Sin embargo, conseguí llegar a mi objetivo… y alcanzar, de puntillas, sobre un par de (a mí me lo parecían) finísimas cuerdas, la joya tal vez más valiosa de todo el planeta: el Ojo Dorado.

 

            Pero cuando ambos acabábamos de alcanzar nuestro objetivo, entraron en la estancia los ingleses.

 

            Los soldados, cargados sus fusiles, se presentaron ante nosotros con una especie de arrogancia y de temor reverencial al mismo tiempo. Se reflejaba la perplejidad en su rostro. No pensaban que su enemigo fueran a ser dos.

           

            Al frente, estaba Harrington, que no vestía como un soldado, pues no era tal. El detective de Scotland Yard vestía la clásica gabardina hasta los tobillos, y un sombrero calado. Empuñaba un revólver.

 

            Él tampoco sabía muy bien a quién de los dos hombres que se encontraban allí debía dirigirse. Pero, fuera quien fuera a quien lo hiciese, dejó las cosas claras.

            -¡Estáis rodeados!¡No podéis salir vivos de aquí!¡Rendíos!

             La que respondió fue mi compañera.

            -Buenas noches, comisario Harrington… ¿Ha tenido usted una buena noche? No quisiéramos haberle hecho esperar.

            Harrington se sintió confuso al darse cuenta de que la que le hablaba era una mujer: los soldados se contemplaron entre sí con clarificadoras miradas. El comisario apuntaba alternativamente al uno y al otro con su revólver.

            -Depongan las ballestas, o serán atravesados por una nube de balas.

            -Para entonces, alguna de las flechas habrá salido disparada hacia el corazón de alguno de estos soldados… tal vez hacia el suyo, comisario.

            -Los soldados, y yo mismo, estamos dispuestos a ese sacrificio. Suelten las armas.

            -Tampoco debe olvidársele, señor Harrington, que tenemos en nuestras manos dos importantes joyas.

            -¿Me cree tan estúpido como para dejarlas encima de un precipicio, y esperar hasta que ustedes lleguen hasta ellas? Esas piedras son falsas. El Ojo Dorado nunca ha salido de El Cairo.

            -Eso ya me lo preveía: por eso, señor Harrington, tuve la gentileza de, antes de venir aquí, pasarme por la sala donde sí que tienen guardada la esmeralda del Dragón… el dormitorio del embajador, no faltaría más. Por cierto, que ese hombre debería preguntarse dónde se encuentra su mujer a estas horas. Pero en fin, ése no es asunto de mi incumbencia.

            Harrington saltó con furia:

            -¡Es un farol!-pero el temblor de su voz denotó el miedo en sus palabras.

            -Puede que lo sea, y puede que no, comisario… Pero usted no lo sabe, al menos todavía, y, si nos dispara, corre usted peligro de que alguno de nosotros dos (quién sabe cuál, porque hemos tenido oportunidad de intercambiárnoslas) destruya la piedra… A mí no me importa, señor comisario, una joya más o menos, ya tengo muchas: pero supongo que la Reina no soportará que, una vez más, una de las piezas privadas de su colección se las haya arrebatado la misma persona. ¿No es así, Harrington?

            Éste asió con menor fuerza la pistola. Comenzaba a encontrarse en una difícil encrucijada.

            -¿Qué es lo que quieren?

            -Que nos deje salir, señor comisario.

            -Antes la muerte.

            -Pues destruiremos la piedra.

            -Si huyen, no habrá piedra ninguna.

            -Siempre cabe la posibilidad de que la cedamos en el último minuto, como gesto de buena voluntad.

            -De ustedes no me creo nada.

            -Pues habrá de hacerlo… o quedarse sin esmeralda. Usted decide.

            Harrinton dio un paso atrás.

 

            Le teníamos entre la espada y la pared.

            -No pueden salir de aquí. La embajada está rodeada.

            -Nos conformamos con una cierta ventaja.

            -Las balas no tendrán piedad.

            -Le dejaremos la joya en la puerta… si llegamos. Si no, ya pueden irse despidiendo. Y, créame, no será fácil alcanzar a ambos a la vez. Y, quien sabe, tal vez sea el otro el que tenga la joya. O puede que ésta se fracture con la caída del cadáver. No lo sé, señor Harrington…

            Saltó hacia el suelo de piedra, apuntando a Harrington con la ballesta.

            -Tendrá usted que averiguarlo…

            Harrington no se movió. Durante unos instantes que se me antojaron milenios, lo soldados no movieron un músculo, el dedo en el gatillo. El ladrón del Ojo Dorado me hizo un gesto, y, lentamente, atenazados los miembros, fui desplazándome a través de la gruesa maroma, sintiéndome, al observar los ojos de los soldados, como un pequeño pececillo paseando silenciosamente entre una manada de dormidos tiburones, con las fauces abiertas, a punto de cerrarse sobre mí… El ladrón me hizo un último aspaviento para que aligerase.

 

            Una vez el pie en tierra, salimos ambos corriendo.

 

            Al principio pareció fácil. Conocíamos la disposición de los pasadizos: ella, porque había obtenidos los planos. Yo, porque había convivido con esa fortaleza cuatrocientas páginas. Corríamos a través de los oscuros corredores de piedra, iluminados por llameantes antorchas, murallas de roca y miedo que se extendían hasta tal vez el cielo… Sentíamos retumbar los pasos de los soldados detrás de nosotros, a la caza del hombre, fusiles listos para disparar, bayonetas que deseaban ser empleadas como puñales… Se trataba de correr… no de hacerse preguntas.

 

            Mientras tanto, yo guardaba la esmeralda del Dragón, la apretaba por debajo de mi camisa, sintiendo el frío tacto del colgante de hierro que la sostenía. Allí se hallaba un objeto que valía más que mi vida… y los británicos estaban dispuestos a demostrarlo.

 

            Izquierda, izquierda, derecha, otra vez izquierda. El largo laberinto de túneles y galerías se extendía ante nosotros, como si no fuera a terminar jamás, como si de un momento a otro fuera a salir el Minotauro de uno de los sombríos recodos… Recordé las bizarras pesadillas de Lovecraft, las tortuosas cuevas de Montecristo, el atrayente perfume de la Dama de Negro… Llevábamos ya muchos kilómetros haciendo los cien metros lisos. El corazón simulaba salir de mi cuerpo. Mis piernas estaban a punto de fallar…

 

            Un giro, otro, otro más. La vida, la muerte, la caída, el infierno, toda mi vida pasó ante mis ojos en un instante, a pesar de que era lo peor que podía hacer, a pesar de que corría el riesgo precipitar lo inevitable… y ocurrió.

 

            El ladrón no estaba. Yo había tomado el giro equivocado, yo me había dirigido -los ojos borrosos, el camino oscuro, los ruidos de los pasos, confusos junto al de los soldados- hacia otra dirección.

 

            Estaba solo.

 

            Estaba perdido.

           

            Escuché la llamada del ladrón, indicándome por dónde seguir… pero yo no distinguía la procedencia de sus gritos. No podía correr ni para un lado ni para otro, porque ambas direcciones suponían, tal vez, entregarme plácidamente ante los soldados británicos. Imposibilitado para hacer nada, escuchaba el sonido de improbables murciélagos retorciéndose, emparedados, entre los muros de la fortaleza.

            -¡Por aquí!-gritaba el ladrón-. ¡Por aquí!¡Sigue mi voz!

            Pero ya era tarde. Harrington apareció al frente. Los soldados me rodearon. Varios se lanzaron tras de mí, y me arrebataron la gema que colgaba de mi cuello.

            -¡No!-gritaba el ladrón desde algún punto de la lejanía, pero yo sabía que me estaba contemplando-. ¡Esto no termina así!

            Harrinton me encañonó con su revólver.

            -¡Ésta es tu historia!-me gritaba la mujer-. ¡Ésta es tu historia!

            Me gritaba. La bala se dirigió hacia mí para un último beso.

 

            Y de repente lo comprendí.

 

No era éste el final de mi historia.


CONTINUARÁ...