Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.
Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.
El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 12 de enero de 2026
El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz
lunes, 26 de agosto de 2024
El relato y la historia real del mes: "Apuntes para una novela sobre Carolina Coronado"
Victoria Carolina Coronado y Romero de Tejada, nos dicen las diversas biografías que podemos encontrar por la web -algunas de las cuales nombraremos a lo largo de este esbozo-, nació en 1820 en una familia pudiente de Almendralejo (provincia de Badajoz) de alto nivel cultural y corte progresista. Tanto, que Carolina llega a bordar de niña una bandera en defensa de Isabel II durante una de las guerras civiles que se desatan entre liberales y carlistas. A pesar de que a Carolina se la educa de manera tradicional para su época, con las restricciones habituales para su sexo, ella sostiene profundas preocupaciones intelectuales y, al mismo tiempo, influida por el movimiento romántico de su tiempo, muestra una honda sensibilidad (hasta tal punto que, si queremos ser un poco malévolos, y teniendo en cuenta anomalías posteriores de su comportamiento, podríamos calificar su personalidad de “intensita”; una definición que también podría ser adscrita a Bécquer, Byron y otros poetas pertenecientes al mismo estilo). En ese sentido, es fácil burlarse de cómo, de pequeña, Carolina defendía que era capaz de hablar con los muertos –este detalle lo comentaremos más adelante-. Al mismo tiempo, sin embargo, ha de alabársele su compromiso social en favor de la defensa de la mujer (así como en contra de la esclavitud en las colonias) y su extraordinaria actividad política: por ejemplo, ya de adulta, organizando tertulias literarias en las que participan personalidades como Emilio Castelar −a quien, según se dice, llegó a ocultar en una ocasión de la policía. Pero en esta novela esquemática queremos centrarnos en su actividad literaria: cuentan que el primer poema, de los muchos que escribió, está dedicado a la muerte de una tórtola, pero que no podemos conocer su contenido porque la obra fue enterrada con la propia ave. Así se la gastaban los románticos. No debía de ser mala poetisa –por cierto, hay quien dice que el término se crea al tratar de distinguirla de sus homólogos masculinos-, a juzgar de sus contemporáneos, pues tras unos versos publicados a la tierna edad de diecinueve años, su paisano Espronceda le dedica unas líneas, elogiando la composición. Algunos destacan, de sus versos, su extrema belleza. Me llama la atención cómo varias biografías subrayan que sus primeros poemas, en buena medida, están dedicadas a los amores imposibles, en concreto de una figura literaria llamada Alberto que no se sabe si existió. Pero me impacta más todavía que la Wikipedia dice que, supuestamente, ese Alberto imaginario murió en el mar. Así que yo me quiero imaginar cierta escena…
La superficie del lago, en mitad de Extremadura, se muestra tranquila. Alberto y Carolina (ninguno de los dos llega a los doce años), con esa felicidad en la mirada que sólo se puede detentar cuando se contempla reiteradamente –hasta beberse el alma– a tu primer amor, se acercan con serenidad al velero que les espera en la orilla. Alberto, caballeroso él, se adentra primero en el barco, y le ofrece su mano. Ella, con delicadeza, se apoya en el brazo de su paladín para subir al bote, mientras desplaza con delicadeza los pliegues de su vestido, impidiendo que éstos toquen la superficie de lo que, si hoy no es océano, mañana mismo lo será. El futuro que se abre delante de sus ojos depara, únicamente, felicidad y hermosura.
No saben que, dentro de sólo un par de horas, ambos estarán muertos, o algo muy similar.
En la siguiente escena, vemos cómo la tormenta ha invadido por completo el lago. Alberto intenta gobernar el velero, mas le resulta imposible. Carolina trata de ayudarle, pero se siente impotente, pues la fuerza del viento le impide apenas asir los cabos, o siquiera mantener el equilibrio sobre la superficie del esquife. De hecho, cuando va a atrapar una cuerda, se escurre, se suelta de su agarre, y se desliza sobre la superficie del frágil navío. Carolina cae al agua de espaldas. El rugido atronador de la tormenta cesa, y sólo se escucha, bajo el agua en la que se hunde, un silencioso eco letal…
En ese momento, es cuando se aparece la Muerte. Carolina hubiera creído que, bajo dichas circunstancias, y dadas sus creencias y trayectoria, se le habría manifestado con la tradicional forma de esqueleto caracterizado en hábito oscuro, pertrechado con capucha y una guadaña; pero no. Quizá por ser ella mujer, aficionada a los mundos exóticos, es invocada como una diosa india de múltiples brazos y rostro cual máscara impenetrable, que acompaña cada frase con millones de extremidades desplazándose de manera sincronizada a la vez. Su voz es también cavernosa –a pesar de la seducción que emite-, como si las múltiples gargantas de su interior compitieran por discernir cuál es el tono adecuado en el que deben formular:
-Te diré cómo va a acabar esto –pronuncia con seguridad absoluta la criatura-: Alberto muere. Tú vives, al depositarte las olas, con suavidad, desmayada en la orilla. Tú llorarás su muerte durante meses, pero te recuperarás y podrás tener, tras el duelo, una aburrida vida normal.
-Me niego a eso –se opuso ella, quien, mágicamente, no tenía ningún impedimento al respirar, ni tampoco con hundirse. Como si flotara, en completa ingravidez, sobre un espacio etéreo, en lugar de ahogarse-: sálvale a él, mátame a mí.
-Eso no es posible –replicó la Muerte, tajante-; pero te propongo un pacto. Alberto sobrevivirá: pero tendrá que ser en otro lugar, en otro mundo, sin memoria, sin recordar nada de ti o de la vida que habéis compartido. Y tú saldrás adelante, pero cada vez que Yo vuelva a ti, resucitarás. Eso sí, tendrá un precio: un coste terrible, que habrás que pagar.
-Acepto, sea lo que sea –no hubo duda en ella-: tengo que salvar a Alberto.
Bajo este prisma, escuchar a Carolina decir
que habla con su padre fallecido adquiere una dimensión distinta. Lo mismo
ocurre respecto a sus ataques de catalepsia. El primero ocurre en 1844, con
veintipocos años, y a la familia de la joven (a quien casi todo el mundo cree
muerta) le mandan cartas de condolencia y coronas de flores; por supuesto, a la
fallecida en la flor de la vida le dedican poemas que alternan entre la
exaltación de la belleza y el dolor. Sin embargo, el médico a cargo se niega a
confirmar la defunción: él cree que se halla en una especie de letargo, e
incita a los allegados a esperar. La razón confía en este hombre de ciencia.
Así hasta que, finalmente, el cadáver despertó.
Con la piel pálida, los tirabuzones negros
colocados perfectamente y un vestido blanco impoluto quedó Carolina tendida
durante varios días, hasta que una mañana, de repente, volvió a la vida.
Eugenio M. Fernández Aguilar, en Muy Interesante
El estupendo artículo de Fernández Aguilar
dedica una larga introducción precisamente a ese temor decimonónico a ser
enterrado vivo (ése que llevó a Alfred Nobel a pedir que le vaciaran las venas,
por si acaso, antes de introducirle en el ataúd), y los artefactos especiales
–por ejemplo, las campanitas atadas al dedo gordo del pie del supuesto finado-
destinados a evitar una muerte trágica que, por otro lado, haría las delicias
del romanticismo. En todo caso, Carolina despertó, y pudo agradecer
personalmente los tributos que le habían rendido sus contemporáneos con un
poema. Más adelante, escribiría Dos muertes en una vida, que no se publicaría hasta después de la muerte de la artista. Pero,
por supuesto, le quedaba mucho por sacrificar.
Carolina se despierta. No sabe bien dónde está. Se encuentra enterrada, como si fuera dentro de un ataúd, vestida de negro, como la retrató ese famoso cuadro legado para el mundo por Madrazo, y hoy exhibido en el Prado. Pero se halla tranquila: ya ha sufrido esta falsa muerte otras veces, en que fenece por completo, pero retorna después -sin ningún aparente percance- para reincorporarse al mundo de los vivos de verdad. Hasta que, de repente, se aparece de frente la misma Muerte a la que desafió un día en el agua: pero, esta vez, la Dama del Lago se digna sonreír.
-¿Sabes que, en esta ocasión, estabas embarazada?
Carolina siente un hondo pozo negro abrirse de golpe en su interior.
Carolina se casó con Justo Horacio Perry,
diplomático norteamericano. Por lo visto, él vivió uno de sus ataques de
catalepsia en directo, y aquello fue lo que le incitó a desposarse con ella:
dos veces, por el rito católico y por el protestante. Pero las cosas se complicaron
con la muerte, antes del año después de nacer, de su hijo varón. El hecho de
predecir más tarde el fallecimiento de su hija Carolina, acaecido cuando la
chica tenía dieciséis años (y su hermana Matilde, la hija menor del matrimonio,
unos doce), no parece haber servido para aliviar la pena causada por el pavoroso
trance. Escribe Fernández Aguilar:
Su propia hija menor contempló a su madre correr
de un lado a otro cortándose los tirabuzones y gritando desesperada. Carolina
parecía negar la evidencia y ordenó embalsamar a su hija con la
esperanza de conservarla incólume, la cubrió de joyas e hizo un trato con
las monjas clarisas del convento San Pascual, en el Paseo de Recoletos de
Madrid, para que dejaran el cuerpo de su hija en un armario de la sacristía.
“No abrir, propiedad de Carolina Coronado”.
(…)
Carolina
se enfadó con la muerte que parecía negarse a sus deseos, ella quería morir en
vez de sus seres queridos, creía que sus episodios de catalepsia habían sido un
desafío para la Parca, quien como castigo a su insolencia le había permitido
vivir hasta ver fallecidos a casi todos los suyos”.
El resto de la novela puede
encajar fácilmente en el formato de la historia de terror. Pasamos de la época
feliz con la familia (en que su palacete en la calle Lagasca en Madrid servía
de centro de reunión de la intelectualidad del momento) a un período distinto,
durante el cual el matrimonio decide emigrar a Lisboa. Allí, el carácter
atormentado de Carolina, consecuencia lógica de los reveses familiares -además
de, por si no fuera bastante, una parálisis que la había dejado con escasa
movilidad desde antes de su matrimonio-, se recrudeció más todavía. Cuando su
marido muere, manda embalsamarle, y hace como si siguiera estando vivo. Habla y
discute con él, se acerca para que recen juntos. Hasta le apodaba “el
silencioso” o “el hombre de arriba”. De igual modo, se opone a que su hija
Matilde se case con el que acabará siendo su futuro marido y, cuando el
matrimonio finalmente se produce, le prohíbe que abandone el dormitorio común
que madre e hija compartían, incluso en lo que tendría que ser su noche de bodas.
Carolina fallece a muy avanzada
edad. La última etapa de su vida no será fácil, porque además la familia no
posee grandes riquezas, después de que su esposo se arruine tras invertir en el
cable de comunicaciones submarino que une Europa con América (en un nuevo duelo
entre la fantasía y el raciocinio que se disputa, de manera continua, en este
siglo XIX. Se puede hablar, en esta novela, de este audaz proyecto, el cual
tuvo múltiples fracasos e intentonas; demostrando que la ciencia tarda en
funcionar, pero que, cuando lo hace, transforma de manera irreversible el mundo,
y hace desaparecer la magia, aunque nunca será para siempre). Carolina, además,
rechaza un homenaje que pretenden rendirle sus contemporáneos: lo expresa, como
en otras declaraciones públicas a lo largo de la vida –incluyendo una ocasión
en la que anunció, de forma a la postre falsa, que iba a dejar de escribir-
mediante un poema. ¿Por qué el mundo no recuerda más la labor literaria de
Carolina Coronado, a pesar de que hoy sigue estando disponible?
En parte sin duda porque era mujer; también, con bastante probabilidad, por su
rechazo a estos homenajes, o porque su vida pública fue absorbida por el drama
insuperable de su vivencia privada; dicen
que también contribuyeron tantos años de relación con políticos que propugnaban
la revolución, lo cual provocó que desde el poder la censuraran.
En
todo caso, en la fase final de la novela, hay que imaginarse a Carolina con más
de noventa años, vestida como casi siempre de luto, delante de ese ataúd que,
merced a los avanzados medios técnicos de la época (¿sistemas de introducción
de aire?; ¿o que permitían abrir el féretro desde dentro?), garantizará que no
sea enterrada viva. Entonces, por última vez, en absoluta placidez, se le
aparece la Muerte, que conversa serenamente con ella. ¿Qué le dice la Dama
Última, para que Carolina acceda a rendirse, y deje de resistirse al fin? No
sabemos cuál es la amenaza: pero la anciana se mete en el ultramoderno
sarcófago, y cierra ella misma la tapa. Puede que aún siga despierta, bajo
tierra, junto a la tumba de su marido, pensando, aguzando el oído para escuchar,
de ese mundo de allí afuera, aunque sea algo. Preguntándose, casi seguro, cómo
la recuerda la posteridad…
jueves, 1 de febrero de 2024
Los libros y las historias reales de febrero: "Dientes de dragón" y "El último tahúr"
Hoy presentamos dos narraciones que tienen varios puntos en común: hallarse ambientadas en el salvaje Oeste americano y entremezclar la realidad y la ficción.. De hecho, contaremos también parte de las historias reales (o las leyendas) en las que se basan.
Dientes de dragón. A Michael Crichton le conocemos por Parque Jurásico, Esfera o Sol Naciente, con sus adaptaciones cinematográficas, y tiene algunas obras polémicas, pero otras también bastante interesantes. Por ejemplo, una característica de algunas novelas (por ejemplo Devoradores de cadáveres, que también tuvo su versión en pantalla grande) es que tratan de hacerse pasar por narraciones reales, incluyendo diarios en primera persona de sus protagonistas. Es el caso de Dientes de dragón, que nos cuenta la historia de un univesitario de la Costa Este estadounidense que, por culpa de una apuesta, ha de viajar al Oeste, y lo hace acompañando a O.C. Marsh, un reconocido paleontólogo que, durante el siglo XIX, mantuvo una dura pugna con su rival E.D. Cope por ver quién descubría más especies distintas de dinosaurios (si la historia os suena, quizá es porque me habéis escuchado mentarla brevemente aquí). Crichton emplea ese viaje como excusa para narrar el enfrentamiento entre ambos científicos, pero aprovecha para hablar de guerras indias, visitar la atmósfera del legendario pueblo de Deadwood (un lugar que tenía la fama de "pueblo sin ley" de manera más que merecida), o introducir como personaje a Wyatt Earp, en lo que constituye un relato de crecimiento y maduración de un joven en el terreno hostil del Far West. Quizás (como ocurre con la otra ficción que vamos a describir a continuación) la narrativa pierde algo de verosimilitud o de continuidad a lo largo de las páginas, pero en todo caso habla de tantos temas sugerentes que no te queda otra que seguir leyendo.
El último tahúr. Existe un volumen denominado El experto en la mesa de juego, escrito por un tal S.W. Erdnase y publicado en 1902, que aparentemente consiste en un inocente librito que explica cómo realizar determinados trucos de magia mediante la manipulación de los naipes de una baraja. No obstante, hay una leyenda circulando en torno a él: se dice que el autor en realidad era un jugador profesional que escribió todas las maneras conocidas de hacer trampas a las cartas, y que ocultó su identidad porque las leyes federales prohibían los libros de contenido obsceno (por lo visto, algunos jueces consideraban que el juego era un tema de este tipo). El manual se ha hecho extremadamente famoso tanto entre magos como entre jugadores -tanto que algunos le conocen como "la Biblia"-, y por supuesto se han disparado las especulaciones sobre la auténtica identidad de S.W. Andrews. Entre los posibles candidatos a ser los verdaderos autores del texto se hallan un pintoresco grupo, que incluye magos, jugadores profesionales, miembros del circo, detectives privados y por supuesto criminales. Una teoría ya clásica esgrime que, si uno escribe el nombre del escritor al revés, sale E.S. Andrews, un apelativo tan común que no sería extraño que el autor se denominara así en realidad (aunque otros opinan que sería algo demasiado evidente -o quizá prepotente). A partir de ahí, Rodrigo Sopeña y Juande Pozuelo elaboran una novela gráfica usando a E.S. Andrews como personaje ficticio que también recorre buena parte del siglo XIX en el Oeste americano, con sus grandes forajidos fuera de la ley -los Dalton entre otros-, sus personajes más reconocidos (entre otros, Harry Houdini y sus amigos los Keaton, entre los que se hallaba el famoso actor de películas de cine mudo apodado Buster), y el turbulento mundo de las mesas de juego. Una fantasía divertida pero que, sobre todo a nivel gráfico, está muy inspirada en imágenes y fotografías antiguas, así como en algunas de las biografías más extravagantes de una época que, sin duda, dará durante siglos de qué escribir y de qué hablar. Y nosotros lo leeremos y lo oiremos, quizá sobre una mesa de juego.
Posdata: si me queréis ver haciendo un truco de cartas que no tiene trampa ni cartón (quizá sí algo de magia), podéis echarle un ojo a este vídeo de Youtube (o quizá este otro) que he grabado para el Instituto Cajal y donde hago difusión de nuestra neurobaraja (ya os enteraréis de qué es; si os interesa tenerla, podéis descargárosla o imprimirla, o bien comprarla en versión bonita en la tienda del Museo Nacional de Ciencias Naturales en Madrid). Así veréis cómo las artes del ilusionismo no sólo mienten, sino que también pueden servir para expresar la verdad -por ejemplo, explicar neurociencia-. Un saludo, tened buena suerte en el juego, y más aún en la vida. Nos leemos.
lunes, 12 de septiembre de 2022
La historia real de septiembre: otra ronda de hilos de Twitter
Más hilos tuiteros interesantes: acerca de una enfermedad que resultó clave en dos obras de ficción, sobre el accidente geológico que se cubrió de lagos (y tal vez de monstruos), curiosidades alrededor de Macbeth, y respecto al primer hombre que elevó algo parecido a un globo (antes que los Montgolfier). Como siempre, espero que os entretengan y aprendáis con ellos alguna cosa. Un saludo.
jueves, 1 de septiembre de 2022
El libro y la historia real de septiembre: "José María de Torrijos y Uriarte. Más allá del cuadro de Gisbert".
1) El libro, en buena parte, es una historia de ese primigenio liberalismo, donde también hubo facciones, dudas, discusiones ideológicas, traidores y mucho fingimiento. Vemos que en política, ya desde el siglo XIX, lo de decir una cosa y hacer otra se convirtió en un clásico. También descubrimos que ya entonces era costumbre, cada vez que surgía un movimiento que podía cambiar las cosas, que el conjunto de las fuerzas tradicionales, y los estamentos más privilegiados, se batieran con uñas y dientes en contra de él.
2) Manuel Alvargonzález aprovecha para hablar de otros individuos destacados de la historia del liberalismo (revolucionarios, conservadores, aventureros, veletas, personajes estrafalarios) como el legendario Van Halen (cuya estrambótica trayectoria ya fue narrada por Baroja en "Memorias de un hombre de acción") y también de episodios no muy conocidos pero llamativos de este período. Por ejemplo, es bastante gracioso comprobar cómo Rafael de Riego, cuando se rebela contra Fernando VII, parte con una serie de hombres de Cabezas de San Juan, los pierde a todos por el camino antes de llegar a destino, y sin embargo vence en su pronunciamiento, el cual da origen al efímero Trienio Liberal, una de las primeras experiencias (por simplificar mucho y entre comillas) que abrieron el camino a regímenes más democráticos en España.
lunes, 3 de enero de 2022
Las recomendaciones de enero: unos cuantos comentarios rápidos sobre libros, películas, series, y todo lo demás.
Una recomendaciones literarias y audovisuales sobre las que os cuento relativamente poco, pero que, si las seguís, creo que dejarán un poso interesante durante bastante tiempo:
-El evangelio de las anguilas, de Patrick Svensson. En este sorprendente libro, el autor combina la descripción de sus vivencias personales respecto a la pesca de la anguila (un mundo al que llegó a través de la influencia paterna) con la peculiar relación que tenemos los seres humanos con este escurridizo animal, cuya biología ha mantenido en jaque a los especialistas durante milenios. Descubriremos que Aristóteles o Freud se metieron a fondo en la cuestión de la reproducción de la anguila (un enigma aún no resuelto del todo), y las características de este particular animal, tan sorprendente e insondable, y más íntimamente asociado a los seres humanos de lo que pensamos. El libro trata de cuestiones sobre la memoria, el legado, la evolución conjunta del Homo Sapiens con otras especies con los que compartimos este planeta, el poder inextricable de la naturaleza, y las motivaciones para nuestros actos, ya seamos bichos de dos patas o de unas cuantas aletas. Un texto de extraña y evocadora belleza.
-Insumisas (2018). Esta película cubana, dirigida y guionizada por Fernando Pérez y Laura Cazador, narra la historia real de Enrique Fáber, un médico suizo que llega a la Cuba colonial del siglo XIX y tiene que lidiar con la complicada situación social (revueltas de esclavos, una prejuiciosa sociedad de la época) mientras trata de ejercer su profesión para salvar vidas, aunque las presiones serían mayores si se supiera la verdad: que en realidad Enrique Fáber es una mujer que ha fingido ser hombre para poder ejercer como galeno. Cabría pensar que por ser un biopic, una película de época y una obra realizada lejos de las coordinadas geográficas habituales, el film podría adolecer de ciertos problemas, pero lo cierto es que lleva muy bien tanto el ritmo como el sentido de la narrativa y la ambientación histórica, y además va mejorando conforme avanza el metraje. Chapó tanto a los actores como al personaje principal, por el que uno no puede sentir sino admiración. La película puede encontrarse en Filmin.
-Heimebane. Traducida como Home Ground fuera de Noruega, de donde es originaria, parte de la original premisa de que se elige a una entrenadora -mujer- para dirigir un equipo -masculino- de la primera división noruega. Partamos de los puntos negativos: presenta ciertas incoherencias de guión, las nociones futbolísticas contienen errores (no sé si de traducción, por desconocimiento, o para forzar la narrativa), y además la entrenadora posee una concepción del fútbol que a mí, personalmente, me horripila. A cambio de eso, la trama está muy bien llevada, entremezclando las cuestiones deportivas con las personales, con personajes secundarios muy atractivos, y sin miedo a llevar las situaciones al límite. La serie, por supuesto, trata la peliaguda posición de la entrenadora, única mujer en un mundo de hombres, pero también toca aspectos como el alto nivel de presión de los futbolistas profesionales, o cómo los factores extradeportivos afectan al juego. El hecho de que la serie sea noruega también le proporciona un cierto valor añadido, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades: ves a hombres ayudando en las tareas domésticas, los personajes consumen una especie de tabaco masticable con una pinta rarísima, y los jugadores conocen hasta al panadero de la esquina (hay que decir que la serie está ambientada en un pueblo pequeño con un club sin mucho caché: que nadie espere, en esta ficción -de los, en general, poco atléticos futbolistas-, las preocupaciones típicas de Cristiano Ronaldo o Messi). La serie, con dos temporadas, puede disfrutarse en Filmin.
Posdata: a muchos, esta última serie os recordará a Ted Lasso, producida por Apple TV. Aunque con obvias similitudes, las dos series son muy distintas, aunque recomiendo ambas vivamente ("Ted Lasso", por su gran sentido del humor y un "buen rollo" que traspasa la pantalla). Nos seguimos viendo.
lunes, 7 de junio de 2021
El libro y la historia real de junio: "El baile de las locas", y la histeria femenina en el siglo XIX
El segundo punto es quizá más una apreciación personal, y entra en el motivo por el que he querido escribir este post. La novela introduce a personajes históricos reales, y esto es siempre un factor arriesgado, pues obliga a emitir juicios de valor sobre los mismos, y a pesar de que no dudo de que hay una buena labor de documentación histórica al respecto, lo cierto es que supone deslizarse sobre hielo muy fino. Sobre todo si tenemos en cuenta que la novela obvia un aspecto bastante esencial desde el punto de vista médico e histórico, y es la importancia que llegó a tener la histeria femenina en aquel tiempo. Para ello, tendremos que adentrarnos un poco en la historia.
¿Qué era la histeria? Se trataba un conjunto de manifestaciones clínicas que ocurrían en determinadas mujeres, por las cuales (entre un conjunto de síntomas muy variados) empezaban a adquirir unas posturas rígidas y antinaturales, con movimientos exagerados y bruscos de las extremidades, en apariencia en contra de su voluntad. El motivo por el que ocurría no estaba claro. De hecho, desde antiguo, y al darse exclusivamente en mujeres, se atribuía al útero femenino, el cual supuestamente se movía por varias zonas del cuerpo y tocaba los nervios, causando los síntomas (de ahí la denominación de la enfermedad, por "hystera", útero en griego). Durante el siglo XIX, y en los países occidentales, la enfermedad se hizo muy famosa, entre otras cosas porque Charcot, el médico a cargo de Salpêtrière, empezó a documentarla de manera fotográfica y a realizar sesiones semi-públicas en las cuales se manifestaban de forma dramática los síntomas. Hay que decir que a Charcot se le acusó (en ello incide la novela, y probablemente esté en lo cierto) de incitar las crisis histéricas y animar a sus pacientes a producirlas, bien porque clínicamente le resultaban muy atractivas, bien para ganar notoriedad como médico. Entre las pacientes que se hicieron famosas durante este período por sus arranques histéricos estuvo Augustine, una empleada doméstica que había sido violada a los trece años por el dueño de la casa donde trabajaba, que había ingresado en la Salpêtrière a los 15, y que mostraba actitudes, durante sus ataques, las cuales algunos comparaban con el éxtasis de las santas, aunque a los médicos les recordaran más a los fenómenos que sufrían los pacientes infectados por el tétanos.
En ese sentido, cuando vuelvo la vista hacia "El baile de las locas", y veo a los Charcot, Babinski y Giles La Tourette (individuos a los que se estudia hoy en día en las universidades de medicina por sus contribuciones a ésta y otras áreas de la neurología) analizando a las histéricas, no puedo evitar pensar que, independientemente de cómo eran estos médicos en su trato profesional y humano, había un factor que les trascendía y en el que "El baile de las locas" tiene toda la razón: no se trataba de que esas mujeres estuvieran enfermas. Se trataba de que toda la humanidad estaba enferma; que no se podía curar a esas mujeres para reintegrarlas en el mundo, porque la raíz de sus males se hallaba en el germen mismo de la concepción de la pirámide social. Mirándolo desde ese punto de vista, es fácil creer que muchas de estas mujeres estuvieran más a gusto en la Salpêtrière que fuera de ella. Porque, al fin y al cabo, ¿adónde puedes huir cuando la entera estructura del mundo es tu rival?¿Qué puedes hacer cuando la otra mitad del mundo manda y se halla en tu contra? Y la siguiente pregunta es: ¿desde entonces, hemos cambiado tanto? Libros como "El baile de las locas" están ahí para inquirirlo, plantearlo, cuestionarlo y, si la respuesta no nos convence, contribuir a cambiarlo para que un día el machismo, como la histeria, sea sólo mitología y medicina antigua, sin el menor asomo de realidad.
lunes, 9 de noviembre de 2020
Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (IV)
Continuación a partir de aquí.
* * *
Al
ladrón del Ojo Dorado no parecía molestarle mi presencia. Cuanto menos, parecía
esperarla.
Como
si se hubiera intuido todo desde un principio. Como si ella misma hubiera
escrito el final. Como si, tras mis actos, hubieran estado siempre sus
palabras.
Ahora
nos contemplábamos con tranquilas miradas. Ambos, separados por una reja.
Era
ella la que se hallaba encerrada.
-Te
dije que esto no terminaba así -me espetó.
Asentí.
No, no había terminado así. Las cosas habían sido muy distintas. Yo me había
escapado.
Era
ella la que se había equivocado al corretear por los pasillos. Era ella a la
que habían cazado.
Era
ella la condenada a muerte.
-Por
lo menos, contigo ha tenido Harrington más clemencia -rememoré-. A mí no me dio
ni la oportunidad de hablar.
El
ladrón sonrió. No parecía perder su sentido del humor.
-También
a mí iba a dispararme; no obstante, se detuvo en el último minuto.
Encogí
los hombros.
-¿Por
qué?
Ella
suspiró.
-No
tengo la esmeralda. Tampoco (a pesar de ser yo la única que elevó la voz en la
cámara del tesoro) acaba de creerse Harrington que yo sea el ladrón del Ojo
Dorado. Típicos prejuicios machistas del siglo XIX. Las mujeres estamos para
desmayarnos, y para que se peleen por nosotros los héroes románticos de turno.
El Imperio Británico preferiría perder la India antes de reconocer que ha sido
doblegado, y varias veces, por una mujer.
Yo
asentí. Comprendía lo que quería decir. Lo había leído a lo largo de las
novelas que ella misma me había proporcionado.
-Además
-prosiguió-, Harrington no se cree que el Ladrón del Ojo Dorado no tuviera la
esmeralda encima. Ni mucho menos que se perdiera en uno de los pasadizos.
Escrutó
con intensidad mi mirada.
Intuí
sus límpidos ojos.
Tuve
que apartar la vista. Cuando por fin reuní fuerzas, conseguí preguntar:
-¿Y
ahora, qué?
Ella
dejó caer su pelo a lo largo de su rostro.
-¿Ahora?-respondió
con otra pregunta-. Me retendrán aquí para que les confiese quién es el Ladrón
del Ojo Dorado. Dónde vive. A qué se dedica. Dónde encontrarle a él, y los
tesoros que acumula.
Pasé
la mano a través de los barrotes. Rocé con mi dedo su tierna y cálida mejilla.
Le pregunté:
-¿Y
qué le piensas contestar?
Ella
asomó el rostro a través del escaso hueco que permitía la ventanilla de su
celda. Y me inquirió:
-¿Qué
es lo que he de decirles?¿Quién eres?
Es
extraño, pensé. Después de haber intercambiado nuestros papeles, después de
haberla traicionado, a pesar de salvarme la vida, y aun así, me seguía
sonriendo. No era lógico… pero ella tampoco podía encuadrarse dentro de lo
común.
-Les
dirás que el ladrón del Ojo Dorado seguirá atacando. Que volverá a aparecer.
Que seguirá desafiándoles.
Ella
sonrió.
-Pero
que no volverá para liberarme…
Cerré
los ojos con remordimiento.
-No…
Ella
alargó la mano, y condujo mi rostro hacia el de ella. Besó suavemente mis
labios.
Me
dijo:
-No
te preocupes por nada. No me pilla de sorpresa. Sabía que lo harías. Me lo
esperaba.
Cogí
su mano entre las mías, y me mordí el labio inferior para no dejar traslucir
mis sentimientos. Quise decirle que esta oportunidad era la única que se me iba
a presentar en la vida; que, si volvía a mi mundo, nunca jamás podría volver a
conseguirlo; que tendría una existencia gris, macilenta, anodina y sin
sobresaltos; que no podría disfrutar de la mayor aventura que han vivido los
siglos; que no podría cumplir ese sueño -que todos tenemos de niño- de ser
Sandokán, Miguel Strogoff, de transformarse en el protagonista de una novela de
Conrad o Stevenson. De sufrir, sentir, vivir, amar, sufrir amargura, de la
misma forma en que lo hace un personaje literario, y no ese patético engendro,
colmado de rutina y desasosiego, que decimos en llamar ser humano, y cuya mayor
tragedia semanal se resume en el café que se le derrama en la solapa… Quise
decirle que este era un viaje que ambicioné hacer desde mi infancia, un camino
que habría de recorrer por obligación… pero no tuve valor…
Lo
único que pude hacer fue dejar escapar su mano…
…
que volvía a la celda, de donde nunca más saldría.
La
volví a mirar a los ojos.
-Antes
de marcharme, quisiera hacerte una pregunta.
Ella
conservaba la misma mirada que una niña pequeña que acaba de descubrir el
mundo. Curiosa, expectante, sin miedo. Sin el más mínimo rencor en sus ojos.
Sin importarle para nada su futuro, si acaso, el mío. Con ningún deseo más que
hacer preguntas, u otorgar respuestas.
Sus
labios volvieron a ser recordados por los míos.
-¿Sí?¿Qué
querías saber?
Y
entonces, reuní fuerzas para preguntarle:
-¿Por
qué me robaste precisamente esas cosas de mi apartamento?
Y
entonces ella bajó la cabeza. Para, unos segundos después, alzarla de nuevo.
No
dejó en ningún instante de sonreír.
-Te
repito la pregunta que te hice antes: ¿por qué crees que le robaba todas esas
cosas a aquellos millonarios?
Apenas
pude responder:
-Yo…
todos creíamos que se debía a que eran sumamente valiosas. O por el desafío de
hacerlo. O porque se merecían, debido a su perfidia, tamaño castigo.
Ella
negó con la cabeza. Desplazó sus manos a través de los barrotes.
-Los
autores no aman a sus hijos literarios. Más bien al contrario, los aborrecen.
Temen que permanezcan en el tiempo, y les aboquen a ellos mismos al olvido.
Llegan a sentir odio por una criatura que han ayudado a engendrar, por un ser
que jamás ha existido. Doyle mató a Holmes -dijo la ladrona, volviendo al
inicio, como suelen hacer los buenos relatos circulares-, y necesitó diez años
para resucitarle. Le colocó todos los defectos posibles, para así ser capaz de
insultarle sin faltar a la verdad. Agatha Christie condenó a Poirot a una
última vuelta de tuerca que engrandeció su historia, pero nubló su nombre. Y,
cuando Peter Pan derrota a Garfio, él y los Niños Perdidos comienzan a ponerse
las ropas de los piratas, a manejar sus barcos… a hacer lo mismo que ellos… la
pobre Wendy tiene que ver, ante sus ojos, como la mirada de su mejor amigo, y
también su alma, se van transformando en todo aquello contra él tanto había
luchado… Es testigo de primera línea de cómo Pan, ese chiquillo malencarado y
engreído con nombre de sátiro, se ha convertido en Garfio… y nada de lo que ha
hecho anteriormente tiene sentido.
Me
interrogó con la mirada. Capté la analogía entre esta última historia y la
nuestra. Contemplé a Wendy -un personaje que llegó a crear un nuevo nombre de
mujer- a través de la oscuridad de su prisión.
-No
sé quien creó esta historia. No fui yo. Nació antes de los tiempos, tal vez, o
quizá en un futuro muy lejano. No lo sé. En todo caso, el objetivo último del ladrón
del Ojo Dorado no residía, ni mucho menos, en las riquezas materiales. Ni
siquiera sé dónde están todas esas joyas. La meta fue siempre aquel a quien
estábamos robando. El propósito era atacarle allí donde más le dolía, donde más
se reflejaban sus sentimientos… sobre su posesión más preciada.
>>Todos
ellos eran hombres duros, que habían tenido que dejar cadáveres a lo largo de su
vida, cuando no ejecutarlos con sus propias manos, para amasar sus inmensas
fortunas. Todos ellos eran personas que ya habían fosilizado su corazón, y que
tan sólo podían sentir a través de una piedra… la misma que le estábamos arrebatando…
>>La
fuerza, el atrevimiento del robo, no se basa en la pureza del diamante, ni en
las crueles garras de las medidas de seguridad… Se basa en cuán profundamente
eres capaz de llegar al alma de una persona… de qué parte de su vida le despojas.
>>Todos
esos hombres acaban muriendo… si no oficialmente de suicidio, sí de pena, de
hastío, de vacío… se convierten en una sombra de lo que han sido, se dan cuenta
de que la vida ya no tiene nada que ofrecerles.
Se apartó el
pelo con la mano, dejando al descubierto su rostro.
-Te dije que
todavía no había terminado contigo…
Y volvió a
sonreír. Pero, esta vez una sonrisa maléfica y profunda. Una sonrisa que
guardaba algo detrás.
Me puse a
temblar.
-Te pregunté
que por qué te habías dado cuenta de la ausencia de estos objetos. Una foto de
un amor platónico, un libro de un amigo muy querido, un regalo muy especial… Te
diste cuenta porque, aunque no te sirvan para conseguir un trabajo, ni un
crédito en el banco, ni para obtener las metas que te has propuesto en la vida,
sí que las tienes presentes… Porque son las cosas que han marcado tu vida, la
parte de tu existencia que ya no puedes olvidar: un trozo de tu propia vida del
cual apartarte (tan profundo como ha calado en tu alma) significaría la misma
muerte…
Me miró, afilados
como cuchillos, con sus multicolores ojos.
-Ahora, mi
querido amigo, todo eso queda atrás. No sólo la foto, el libro y el regalo.
Quedan atrás tu amor platónico. Tus amigos. Tus amores. Tu familia. La
posibilidad de amar y ser amado, de contemplar amaneceres y noches de luna, de
encontrarte con la sorpresa de cada día: de vivir, en definitiva.
>>A
partir de ahora, todo eso ha cambiado: no tendrás existencia, salvo la que te
determine la propia historia en que te veas envuelto. Como personaje literario,
no podrás elegir tu propio destino, sino el que te marque este rumbo que ahora
has elegido. Nosotros, en las historias, no nos alimentamos si no es necesario
que lo hagamos para que la historia mantenga la coherencia; no disfrutamos del
roce sincero de una mujer, pues sabemos que es el autor quien está moviendo sus
sentimientos, como si éstos se hubieran materializado en los hilos de un
titiritero. No decimos lo que pensamos, sino lo que quieren que digamos; no
somos nosotros, sino el rol que nos ha tocado vivir… Por no poder, ni tan siquiera podemos, en la
mayoría de los casos, leer algún libro. Solemos ser iletrados, orgullosos,
arrogantes, incautos, imprudentes, y, lo que es más, tediosamente imprevisibles.
Desplazó su
rostro como si pudiera cruzar los barrotes, y dejó su cara a unos milímetros de
la mía.
-El único fin
de este maldito libro es, más que nada, arrancarle a cada uno de los que pasan
por estas páginas su posesión más preciada. Tú me has robado a mí la que más
ansiaba: la libertad.
Susurró
suavemente a mi oído.
-Yo
a ti, aunque aún no lo sabes, tu propia vida. Hasta hace un minuto, no sabías
apreciarla.
Sentí
cómo comenzaba a desaparecer… cómo una nueva historia me solicitaba en esos mismos
momentos, cómo me requería, como exige un amo de un esclavo.
-A
partir de ahora, vas a comenzar a echarla de menos.
Una
sonrisa. Un beso.
Escuché
sus crueles carcajadas, resonando a través de la noche de los tiempos.
lunes, 2 de noviembre de 2020
Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (III)
Continúa desde aquí.
*
Fue
tan sólo un instante, apenas un segundo. Cuando volví a sentir la materia entre
mis dedos, ya nos encontrábamos allí.
En
la cámara del tesoro.
A
un lado, el Ojo Dorado. Al otro, la esmeralda del Dragón.
Los
gerifaltes ingleses se habían tomado a mal que, cinco años antes, el Ojo Dorado
fuera devuelto al Museo Egipcio, desafiando el poderío del Imperio Británico.
Hasta entonces, no habían hecho nada ante el golpe recibido, pero la llegada de
un nuevo ministro del Interior, empeñado en salvaguardar el honor inglés, había
motivado la devolución de la joya por parte del gobierno egipcio al del Reino
Unido. Los ingleses sospechaban que el ladrón trataría de volver a robar de
nuevo la joya, pero no podían estar seguros de cuándo, ni de si esta vez se
recibiría una de las famosas notitas por adelantado. El lugar más adecuado para
sustraerla sería en una de las escalas del viaje del diamante hasta Inglaterra,
pero quién sabe cuál. Por ello, los británicos habían dispuesto un cebo que,
sin duda, atraería a cualquier ladrón, más aún al que nos interesa: en el más
celosamente guardado sótano de la embajada británica en Roma, habían colocado
el Ojo Dorado a tan sólo unos metros de la esmeralda del Dragón, la única joya
equiparable en valor a la primera, procedente de una remota región de China.
Era un blanco demasiado perfecto como para que el ladrón se resistiese. Y, por
ello, la trampa ideal.
-¿Qué
pensaban?¿Qué iba a venir? Pues en efecto: aquí estoy.
Miré
en derredor. No lo podía creer. Estaba dentro. Dentro del libro.
-¿Cómo
hemos entrado tan fácilmente?
-No
dejes que el cambio de lugar te confunda. Recuerda tan sólo la historia. No es
tan difícil.
Rememoré.
En efecto, entrar era fácil para cualquiera. Las tenaces arañitas británicas
nos dejaban penetrar en la fortaleza, un gigantesco palacio digno de
proclamarse una de las maravillas modernas, a cambio de poder tejer su gruesa
red alrededor de nuestra huida. La entrada era sencilla. El problema era salir.
-Harrington
estará esperándonos afuera.
-Así
es. El pasadizo por el que entré es ya impracticable, gracias a la previsión
inglesa.
Me
giré hacia donde debía de hallarse el corredor. En efecto, se había sellado por
completo.
-Pero
no actuarán todavía.
-No
-respondió ella; me fijé en que ahora ya no vestía su traje negro de estilo
moderno, sino una especie de prenda de igual color, similar a la que visten los
espadachines profesionales. Mucho más acorde con la época y el estilo de la
novela que la vestimenta que llevaba puesta cuando yo la contemplé por primera
vez, en el siglo XXI. Sobre su cara, una máscara veneciana que ocultaba todo su
rostro-. Lo que quieren es que me ponga a robar ambas joyas y que, en el
momento en que esté a punto de atrapar cualquiera de ellas, justo la más complicada,
se lancen a por mí antes de que pueda reaccionar. Esa es la idea. Y ahí es
donde intervienes tú.
Asentí.
Me
había explicado previamente el plan. Yo no lo recordaba, pero sabía que lo
había hecho.
Delante
de nosotros, se extendía un breve suelo de piedra y, más adelante, el vacío.
Sobre dicho vacío, y suspendidos por sendos gruesos cables metálicos, se hallaban
dos soportes, completamente independientes, en donde refulgían, por separado,
la esmeralda del Dragón y el Ojo Dorado. La única forma de llegar hasta aquel
soporte (que tan sólo permitía asirse, ni mucho menos colocarse cómodamente)
era saltar varios metros, con un tenebroso vacío debajo, que cobijaba la muerte
para quien lo intentase. Pero era en ese momento en el que invadíamos el
terreno de la astucia.
El
ladrón –aún no conocía su nombre- sacó de la bolsa de viaje que llevaba consigo
un par de artefactos, similares a ballestas medievales. En este caso, con una
ligera diferencia: al accionarlas, surgían dos flechas, cada una en direcciones
opuestas, cada una de ellas portando un extremo de una gruesa cuerda. Un par de
disparos bastaba para formar una tenue red de araña de múltiples hilos en el
vacío, con los puntos donde cada cuerda convergía justo debajo de los soportes
donde se hallaban ambas gemas. Gracias a este sistema, podíamos desplazarnos,
como equilibristas, por encima del vacío y, si no caíamos irremediablemente a
éste, alcanzar nuestro objetivo.
Costó
Dios y ayuda. Ella se movía delicada y graciosamente por encima de la red, como
si se tratara de una bailarina de danza clásica, acostumbrada a hacer esto todos
los días. Yo sin embargo estaba -no sé por qué- algo menos ducho en estas
habilidades, y, por un par de instantes, asomé parte de mi vida a la inmensa
sima que se abría bajo mis pies. Sin embargo, conseguí llegar a mi objetivo… y
alcanzar, de puntillas, sobre un par de (a mí me lo parecían) finísimas cuerdas,
la joya tal vez más valiosa de todo el planeta: el Ojo Dorado.
Pero
cuando ambos acabábamos de alcanzar nuestro objetivo, entraron en la estancia
los ingleses.
Los
soldados, cargados sus fusiles, se presentaron ante nosotros con una especie de
arrogancia y de temor reverencial al mismo tiempo. Se reflejaba la perplejidad
en su rostro. No pensaban que su enemigo fueran a ser dos.
Al
frente, estaba Harrington, que no vestía como un soldado, pues no era tal. El
detective de Scotland Yard vestía la clásica gabardina hasta los tobillos, y un
sombrero calado. Empuñaba un revólver.
Él
tampoco sabía muy bien a quién de los dos hombres que se encontraban allí debía
dirigirse. Pero, fuera quien fuera a quien lo hiciese, dejó las cosas claras.
-¡Estáis
rodeados!¡No podéis salir vivos de aquí!¡Rendíos!
La que respondió fue mi compañera.
-Buenas
noches, comisario Harrington… ¿Ha tenido usted una buena noche? No quisiéramos
haberle hecho esperar.
Harrington
se sintió confuso al darse cuenta de que la que le hablaba era una mujer: los
soldados se contemplaron entre sí con clarificadoras miradas. El comisario
apuntaba alternativamente al uno y al otro con su revólver.
-Depongan
las ballestas, o serán atravesados por una nube de balas.
-Para
entonces, alguna de las flechas habrá salido disparada hacia el corazón de
alguno de estos soldados… tal vez hacia el suyo, comisario.
-Los
soldados, y yo mismo, estamos dispuestos a ese sacrificio. Suelten las armas.
-Tampoco
debe olvidársele, señor Harrington, que tenemos en nuestras manos dos
importantes joyas.
-¿Me
cree tan estúpido como para dejarlas encima de un precipicio, y esperar hasta
que ustedes lleguen hasta ellas? Esas piedras son falsas. El Ojo Dorado nunca
ha salido de El Cairo.
-Eso
ya me lo preveía: por eso, señor Harrington, tuve la gentileza de, antes de
venir aquí, pasarme por la sala donde sí que tienen guardada la esmeralda del
Dragón… el dormitorio del embajador, no faltaría más. Por cierto, que ese hombre
debería preguntarse dónde se encuentra su mujer a estas horas. Pero en fin, ése
no es asunto de mi incumbencia.
Harrington
saltó con furia:
-¡Es
un farol!-pero el temblor de su voz denotó el miedo en sus palabras.
-Puede
que lo sea, y puede que no, comisario… Pero usted no lo sabe, al menos todavía,
y, si nos dispara, corre usted peligro de que alguno de nosotros dos (quién
sabe cuál, porque hemos tenido oportunidad de intercambiárnoslas) destruya la
piedra… A mí no me importa, señor comisario, una joya más o menos, ya tengo
muchas: pero supongo que la Reina no soportará que, una vez más, una de las
piezas privadas de su colección se las haya arrebatado la misma persona. ¿No es
así, Harrington?
Éste
asió con menor fuerza la pistola. Comenzaba a encontrarse en una difícil
encrucijada.
-¿Qué
es lo que quieren?
-Que
nos deje salir, señor comisario.
-Antes
la muerte.
-Pues
destruiremos la piedra.
-Si
huyen, no habrá piedra ninguna.
-Siempre
cabe la posibilidad de que la cedamos en el último minuto, como gesto de buena
voluntad.
-De
ustedes no me creo nada.
-Pues
habrá de hacerlo… o quedarse sin esmeralda. Usted decide.
Harrinton
dio un paso atrás.
Le
teníamos entre la espada y la pared.
-No
pueden salir de aquí. La embajada está rodeada.
-Nos
conformamos con una cierta ventaja.
-Las
balas no tendrán piedad.
-Le
dejaremos la joya en la puerta… si llegamos. Si no, ya pueden irse despidiendo.
Y, créame, no será fácil alcanzar a ambos a la vez. Y, quien sabe, tal vez sea
el otro el que tenga la joya. O puede que ésta se fracture con la caída del
cadáver. No lo sé, señor Harrington…
Saltó
hacia el suelo de piedra, apuntando a Harrington con la ballesta.
-Tendrá
usted que averiguarlo…
Harrington
no se movió. Durante unos instantes que se me antojaron milenios, lo soldados
no movieron un músculo, el dedo en el gatillo. El ladrón del Ojo Dorado me hizo
un gesto, y, lentamente, atenazados los miembros, fui desplazándome a través de
la gruesa maroma, sintiéndome, al observar los ojos de los soldados, como un
pequeño pececillo paseando silenciosamente entre una manada de dormidos
tiburones, con las fauces abiertas, a punto de cerrarse sobre mí… El ladrón me
hizo un último aspaviento para que aligerase.
Una
vez el pie en tierra, salimos ambos corriendo.
Al
principio pareció fácil. Conocíamos la disposición de los pasadizos: ella,
porque había obtenidos los planos. Yo, porque había convivido con esa fortaleza
cuatrocientas páginas. Corríamos a través de los oscuros corredores de piedra,
iluminados por llameantes antorchas, murallas de roca y miedo que se extendían
hasta tal vez el cielo… Sentíamos retumbar los pasos de los soldados detrás de
nosotros, a la caza del hombre, fusiles listos para disparar, bayonetas que
deseaban ser empleadas como puñales… Se trataba de correr… no de hacerse preguntas.
Mientras
tanto, yo guardaba la esmeralda del Dragón, la apretaba por debajo de mi
camisa, sintiendo el frío tacto del colgante de hierro que la sostenía. Allí se
hallaba un objeto que valía más que mi vida… y los británicos estaban
dispuestos a demostrarlo.
Izquierda,
izquierda, derecha, otra vez izquierda. El largo laberinto de túneles y
galerías se extendía ante nosotros, como si no fuera a terminar jamás, como si
de un momento a otro fuera a salir el Minotauro de uno de los sombríos recodos…
Recordé las bizarras pesadillas de Lovecraft, las tortuosas cuevas de
Montecristo, el atrayente perfume de la Dama de Negro… Llevábamos ya muchos
kilómetros haciendo los cien metros lisos. El corazón simulaba salir de mi
cuerpo. Mis piernas estaban a punto de fallar…
Un
giro, otro, otro más. La vida, la muerte, la caída, el infierno, toda mi vida
pasó ante mis ojos en un instante, a pesar de que era lo peor que podía hacer,
a pesar de que corría el riesgo precipitar lo inevitable… y ocurrió.
El
ladrón no estaba. Yo había tomado el giro equivocado, yo me había dirigido -los
ojos borrosos, el camino oscuro, los ruidos de los pasos, confusos junto al de
los soldados- hacia otra dirección.
Estaba
solo.
Estaba
perdido.
Escuché
la llamada del ladrón, indicándome por dónde seguir… pero yo no distinguía la
procedencia de sus gritos. No podía correr ni para un lado ni para otro, porque
ambas direcciones suponían, tal vez, entregarme plácidamente ante los soldados
británicos. Imposibilitado para hacer nada, escuchaba el sonido de improbables
murciélagos retorciéndose, emparedados, entre los muros de la fortaleza.
-¡Por
aquí!-gritaba el ladrón-. ¡Por aquí!¡Sigue mi voz!
Pero
ya era tarde. Harrington apareció al frente. Los soldados me rodearon. Varios
se lanzaron tras de mí, y me arrebataron la gema que colgaba de mi cuello.
-¡No!-gritaba
el ladrón desde algún punto de la lejanía, pero yo sabía que me estaba
contemplando-. ¡Esto no termina así!
Harrinton
me encañonó con su revólver.
-¡Ésta
es tu historia!-me gritaba la mujer-. ¡Ésta es tu historia!
Me
gritaba. La bala se dirigió hacia mí para un último beso.
Y
de repente lo comprendí.
No era éste el
final de mi historia.
CONTINUARÁ...





