martes, 22 de julio de 2014

El ¿relato? de julio: Héroe

Éste el inicio de algo. Quién sabe qué. Quizás se decida con el tiempo. Tal vez lo haga el relato, tal vez lo haga yo; más seguramente, lo escogerán los lectores.

Siempre le toca hablar al tiempo.


HÉROE

 

                “Desde que volví a España,

este país parecía lleno de personas que, de una manera u otra, se habían echado -o las habían echado a perder-. Quemados, arruinados, zombies vivientes. Individuos que transitaban por el metro como si pudieras atravesarlos, vacíos de sustancia y de ánimo, sin nada que lograr, pero tampoco demasiado que perder ni fuerza para cambiar todo aquello.

Noté a la gente deprimida, apagada, expectante, como si anduvieran -apagado el interruptor-, en espera de una droga o de un acontecimiento que les devolviera la esperanza en el futuro y les hiciera rejuvenecer.

Lo natural parecía que, más tarde o más temprano, de una manera u otra, todo desembocara en una espiral de sangre y violencia.

Y entonces llegó él.

Era justamente lo que necesitaban”.

 

                La verdad es que, desde el principio, la situación era atípica. Y difícilmente explicable era el proceso por el cual había sido concebida. Había quien le había echado la culpa al funcionario alemán de turno, que había empaquetado “la cosa” (por llamarlo de alguna forma) sin encomendarse a Dios ni al diablo acerca del descalabro más bien predecible que podía provocar todo aquello. Y también le caía la bronca al director artístico de Hamburgo, quien seguramente pasaba las vacaciones en Mallorca y había visto como un bonito gesto para con su país de acogida de turisteo llevarse aquella roca tan interesante que habían traído los germanos de Venezuela a una exposición en España, aunque en vez de en el Mediterráneo mallorquín fuera en una ciudad más cercana al Atlántico, y aunque en lugar de encontrarse en un museo se hallara expuesta en mitad de una plaza junto a un árbol centenario, un ágora que se había llenado de curiosos los cuales desconcertaban a los conservadores teutones cuando estos últimos les preguntaban a los presentes de dónde venían y ellos les respondían una cosa extraña acerca de La Línea (“¿qué línea?”, se preguntaban los teutones; “¿a lápiz o a boli?”, interrogaban) que no conseguían del todo aclarar. Pero lo que terminó de convertir aquello en surrealista fue la llegada en barco de aquellos indígenas, con su aspecto -más que de otro continente-, como de otro planeta, sus ropas entre proletarias y hippies, y aquellas pancartas proclamando: “Queremos a nuestra abuela”. Muy bien, yo también quiero a la mía, argumentaban los gaditanos, pero eso no es razón para venir aquí a… que no, que no, que ésa es nuestra abuela. ¿Ésa?¿Cuál?¿La roca que han traído los alemanes? Y los indígenas sudamericanos se explicaban. Por lo visto, aquella roca gigantesca, de la altura de por lo menos tres hombres, era su antepasado. No era que los representara, ni que la adoraran como una encarnación de ellos, no. Era porque para su religión, de alguna extraña manera, esa roca era como su abuela, igual que otros pueblos consideran que los valles, las montañas y la flora y fauna con la que viven son tan parientes suyos como sus primogénitos y sus hermanos de sangre. Por lo visto, el gobierno venezolano había entregado aquella roca tan significativa y tan especial (“la verdad es que es bonita la jodía”, repetía el pueblo llano, al observar sus colores jade, rosáceos y lapislázuli) , en un gesto de buena voluntad para con el pueblo alemán, sin preguntarse si la roca pertenecía a alguien que quizás estuviera allí antes que ellos, y ahora los indígenas venían a reclamarla para llevársela, decían, al barco que tenían amarrado en el fondeadero del puerto, y que pertenecía en virtud de los convenios internacionales a la república venezolana, y por tanto su suelo era tan venezolano como si se encontrase en el mismo centro de Caracas. Y ahí fue cuando se empezó a montar el lío. Porque los alemanes fueron prudentes, se mostraron bastante más comedidos: que esto se hablaría, que se lo comunicarían a los autoridades, que si se alcanzaría un acuerdo satisfactorio para todas las partes, etcétera. Pero los españoles, ni eso. Con tal de no quedar mal con los extranjeros, se cerraron completamente en banda y dijeron que no había nada que hablar sobre el asunto. Y claro, la gente empezó a encabritarse. Hay que entender también el contexto. Eran épocas muy difíciles. Estábamos con la historia de si rescate o no rescate, que si la Merkel, que si los alemanes imponiendo cosas, y venían esos indígenas diciendo que les habían robado a su abuela, con aquellas caritas de angustia, y claro, aquello te toca la fibra sensible. Y por un momento esos hombretones y mujeres que pasaban por situaciones crudas todos los días, que borboteaban un nivel de palabras malsonantes que hubieran acojonado a un capo de la mafia, que hablaban con esa voz en grito tan típica de los países mediterráneos que hace que la advertencia tronante de Yahvé en el desierto se te antoje un silbidito en comparación el alarido de llamada de una madre de barrio a su niño, pues ves a todos esos imaginándose que en lugar de esa roca está su yaya en el sofá, obligada a permanecer allí en medio de desconocidos, y bueno, era de imaginar que cosas buenas por la cabeza no se les tenían que estar pasando. Pero la realidad era la que era. La roca pesaba varias toneladas, estaba custodiada por policías y agentes públicos de variado tipo, y lo que estaba muy claro es que en aquel momento no iba a irse a ninguna parte. El gentío se marchó a su casa y la multitud se fue dispersando… Los indígenas venezolanos habían hecho amago de colocarse en una sentada muy separaditos entre sí, rodeando a su ancestral figura, en paz y en silencio, y parecía que iban a aposentarse allí durante horas, pero los guardias municipales no se anduvieron con chirigotas y los sudamericanos, con tal de no armar jaleo, decidieron partir con sus caras largas y el corazón abatido y hacerles finalmente caso. Parecía que el espectáculo se había desmontado y así iba  finalmente a concluir todo.

                Salvo porque alguien apretaba el puño mientras no paraba de pensar…

 

*                                            *                                             *

 

                Un chico camina, concentrado y en silencio, por las calles de una barriada gaditana.

                Éste es un barrio deprimido. De ésos que los que gustan de eufemismos disfrazan de “humildes”, y los que no entienden de ellos tachan de “jodidos”. El paro es superior a la mitad de la población. A falta de otro estímulo mejor, los jóvenes no encuentran otra salida que la droga: o bien tomarla o bien comerciarla, pero cuando te ha dado tanto de lado la vida no puedes permitirte quedarte al margen de tanto negocio. Las camisetas no tienen mangas y aquí nadie ha oído hablar del reciclaje ni tampoco de las leyes antitabaco. Éste se trata de un universo aparte, independiente de las normas de la física, la química y hasta del censo. Ahora, bajo la luz perezosa de la tarde, cuando todo el mundo duerme la siesta, parece casi como si estuviera encantado, casi muerto. Como si esperara el beso de una princesa para despertar…

                El chico parece errático, algo meditabundo. No ha tenido una vida fácil. Tampoco habla mucho. Se diría que es otro más de los chicos del barrio, pero su mirada revela que alberga en su interior algo especial… Ha tenido que enfrentarse diariamente a una decisión desde su más tierna infancia, una opción que de manera constante ha ido eludiendo y postergando, pero que sabe que algún día tendrá que afrontar…  Sin embargo, sólo mencionarlo en voz alta haría que todo el mundo le dejara de tomar en serio y se convirtiera en una guasa (piensa para sí mismo, sin dejar de darle vueltas). “Héroe”, y más con el apelativo de “súper” delante, es algo que se puede decir en Nueva York, en Washington, o en las Molucas, donde quiera que fuere que estuviera eso… Pero no en el Cerro del Moro. No con tu madre delante. Estas cosas aquí no pasa. Hay problemas tan chungos que no los resuelve ni Spiderman. A lo mejor, incluso, al hombre-araña le roban los calzoncillos si se le ocurre aparcar en doble fila.

                Pero hay cosas que te tocan. En el interior de las casas ocurrirá de todo y se blasfemará cada cinco minutos, pero rara es la viejecita que no tiene una estampa de la Virgen del Rocío a un costado de la cama…

                Hay cosas que pueden provocar que los puños se empiecen a apretar…

 

*                                             *                                             *

 

                Vigilar una roca de varias toneladas es un coñazo. Para empezar, por su inutilidad. ¿Quién cojones se la va a llevar? Otra cosa son los actos de vandalismo. Pero no parecía que en aquella noche fuera a pasar nada raro. El vigilante, entonces, podría permitirse una meadilla. ¿O no? Claro que sí… Que se nota todavía el peso de las cervecitas. Eso sí, un poquito alejado, donde los matorrales. No sea que encima por un descuido vaya a acabar pringando la puñetera roca sagrada y tengamos un incidente internacional.

                Bueno, pues ya está -dice después de un rato-, asunto concluido, remata cerrando la cremallera. Ahora vuelvo a mi puesto y entonces…

                No está.

                Ni el puesto, ni la roca, ni hostias. Simplemente no está.

                “Me parece que no voy a volver a beber en mucho tiempo”, se dijo el guarda.

                Ni tampoco a mear.

 

*                                            *                                             *

 

                El escándalo a la mañana siguiente, al comprobar que la piedra no se encontraba en su sitio, fue mayúsculo. La ansiedad fue aumentando progresivamente, hasta tal punto que se cuenta que alguien vislumbró a un delegado provincial de grado cuarto abroncando en calzoncillos a uno de sus subordinados inmediatamente inferiores. Pero lo que fue aún más impresionante fue el susto que se pillaron todos al enterarse de que la roca de marras se encontraba en el barco de los indígenas venezolanos, los cuales, por otra parte, explicaban que no habían tenido nada que ver con el tema, pero que ya que su querido ancestro se encontraba allí y que su barco era tan inviolable como una embajada, que casi era mejor que partieran, ya se sabe, encantado de conocerles, mande usted recuerdos a la familia, y si te he visto no me acuerdo, permiso, permiso, ya nos hemos ido. Mientras la mirada de los alemanes al escuchar al guarda nocturno narrar aquella desquiciante historia acerca de la desaparición de una roca de varios cientos de kilos, sin haber intervenido un tráiler o al menos una tuneladora, reflejaban la más absoluta perplejidad (“las caras de palo más estiradas y suspicaces que he visto nunca”, declaró con posterioridad el guardia, quien afirmaba que no hubiera encontrado compañeros más impenetrables a la hora de jugar al póker), desde las autoridades españolas se decidió abordar el problema desde una perspectiva más sistemática. Es decir, el presidente del gobierno le empezó a pegar gritos al ministro, el ministro al secretario de Estado, el secretario al jefe de policía, el jefe de policía al comisario, y el comisario a los agentes, así hasta que quedó muy claro que el hecho de que cada uno de los subordinados obtuviera resultados era el único motivo que podría hacer que sus superiores dejaran tal vez de gritar. Y aquello debió estimular bastante a los agentes, porque lo cierto es que al poco tiempo empezaron a obtenerse pistas, ya fuera una minúscula fibra de tejido, una más que borrosa suela de zapato o un insignificante cabello. Lo cierto es que las evidencias resultaban (sobre todo al contrastarlas entre sí) sumamente contradictorias, pero obviando los incoherentes detalles, al sumar todas éstas, de una manera o de otra, apuntaban a un lugar que de puramente inesperado, ya constituía en sí mismo un indicio sospechoso: el cerro del Moro. A alguno le sorprendía que un acto tan revolucionario y al mismo tiempo tan altruista como el que había ocurrido en aquellos lares tuviera precisamente su origen en un lugar que no había destacado a lo largo de los tiempos por sus virtudes cívicas precisamente. Pero por otro lado, para los dignatarios políticos, aquella era justamente la punta de flecha que en aquellos momentos necesitaban para señalar con el dedo y mandar a la policía a castigar con mano dura a aquellos que estaban destinados –desde el momento en que aparecieron en escena- a recibir el escarmiento y servir de cabeza de turco. De nada sirvieron las llamadas a la precaución de los inspectores, argumentando que había que investigar más, que aquello debía tener responsables concretos, y que de nada serviría entrar a saco contra la población de todo el barrio, sino que tan sólo impediría actuar con la precisión quirúrgica necesaria para encontrar a los auténticos culpables, quienes quedarían confundidos con el resto de la barriada. Los concejales, obstinados, negaron con la cabeza; para un robo así tendría que haber intervenido mucha gente, y cuanta más mierda removieran, más posibilidades sabrían de sacar algo en claro. Con lo cual los inspectores se encogieron de hombros, dijeron aquello de donde manda patrón, etcétera, etcétera, y procedieron a llamar a los grupos de asalto, los cuales, por otro lado, se encontraban entusiasmados de poder participar.

                Pero las circunstancias cambian un poco cuando te vas a meter de verdad en harina. A pesar de los cascos y de las porras, de los escudos de material transparente, de los uniformes antidisturbios hechos para durar, entre los policías no circulaba mucha tranquilidad frente a aquel movimiento. Y quizás a ello contribuyera la aparente calma chicha del barrio, que permitía escuchar el sonido de los dientes castañetear en un radio de decenas de metros. Tanta placidez era sospechosa, y más todavía en aquellos instantes. Vale que el lugar era de común bastante desangelado de por sí. Vale que se vaciaba aún más cuando se olía la presencia de algún “pitufo”, y la verdad es que para eso tenían un olfato de lince. Pero esto… ni un alma en las calles. Ni un ama de casa tendiendo la ropa. Ni un jubilado comprando el pan. Aquello sonaba a la paz que precede la entrada a los cementerios. Tan sólo hubiera faltado el típico arbusto siendo barrido por el viento, como ocurre en los viejos pueblos del Oeste. Pero el capitán de la tropa no podía dar sensación de miedo ante sus hombres, así que ordenó avanzar. Y avanzar, y avanzar, y avanzar. Y aquello parecía tranquilo. Por un momento parecía que la cosa había funcionado. Así hasta que empezó a caer la lluvia.

                Sólo que en vez de agua, fue de cerámica, metal y madera.

                Cacerolas, tenedores, platos de barro, tostadoras, cuencos y clavijas; macetas cargadas de tierras, jarras llenas de agua, y botellas rellenas de aceite de oliva. Todo un repertorio entero de cocina le empezó a caer a los grupos de asalto desde arriba, desde las ventanas abiertas de los edificios de uno o dos pisos que dejaban un hueco para el cielo bajo el sol iluminado que ahora se oscurecía ante los ojos de los policías ante la batería de instrumentos con los que se hubieran podido cocinar un menú completo de banquete con postre y dos platos, más una riada de cubertería, de no ser porque les estaba golpeando encima de sus cabezas. Nadie pudo aclarar si aquella idea se le había ocurrido a los gaditanos espontáneamente o si en cambio alguien les sopló que sus antepasados lo habían hecho en su día hace doscientos años cuando por aquellas mismas calles entraron –con intenciones bastante idénticas- los soldados franceses napoleónicos (en verdad, aquel acontecimiento histórico ocurrió en un barrio de Málaga: pero, cuando se trata de malmeter para pegarse, ser fiel a la realidad se trata únicamente de una opción). El caso es que poco importaba: el barrio había emitido su dictamen y los policías se vieron obligados a largarse tan rápido como se lo permitieron las piernas. Mucho se discutió en días posteriores sobre lo que habían sentido en bloque los habitantes individuales de aquellas casuchas que a duras penas podían denominarse viviendas. Lo cierto es que el barrio siempre ha tendido a proteger a los suyos, incluso aunque en muchas ocasiones sean culpables (y especialmente, en ocasiones, cuando saben que los suyos son culpables). Pero aquello de cargarle el mochuelo al barrio, en general, cuando estaba claro que gente normal y corriente no había podido hacer esto, les resultaba no sólo absurdo e incongruente sino que además -y después de tanto trabajador despedido, de tanto inquilino desahuciado, de tanto jubilado que sostenía con su efímera pensión a la familia para intentar que al menos los más jóvenes tuvieran la oportunidad de salir del barrio-, aquello les sonaba francamente injusto y hasta macabro. Y por una vez el barrio, que lo había soportado todo demasiado adormilado y sometido hasta la fecha, había dicho basta y había decidido reaccionar. Nadie supo si era verdad que era alguien del Cerro el que había cometido aquel delito por el que se les invadía. Pero poco importaba: para lo sucesivo, era como si lo hubiera hecho, porque el responsable sabía que en el barrio siempre tenía refugio, y que como miembro del tal se podía considerar. Por primera vez en mucho tiempo, pudo decirse claramente aquello de que, de manera oficial, esa pequeña región del mundo se había convertido en zona tomada, independientemente de los órganos de decisión oficiales de la ciudad, de la provincia, del país o de la Unión Europea. El asunto de la roca sagrada quedó en suspenso, mientras ésta se marchaba de vuelta a su tierra junto con sus nietos sudamericanos. Y un rumor cada vez más insistente recorrió la atmósfera: había de verdad un héroe en el barrio. Nadie sabía quién era y todo el mundo se miraba receloso con una mezcla de intriga y desconfianza, preguntándose cuál de sus convecinos sería (en tono cariñoso) “aquel maldito cabrón”. Pero por encima de aquello, flotaba por el ambiente una –por novedosa- desconcertante sensación: el desconocido y sutil aroma, que hacía tanto tiempo que parecía desaparecido del barrio, que emitía el aliento de la esperanza. Un olor que se habían encontrado demasiado tiempo añorando, y que ahora se iban a empeñar con toda intensidad en volver a respirar.

(Nota: la historia de los indígenas venezolanos y la roca sagrada que creían su abuela es real. La roca fue expuesta en Alemania y, tras la queja de los grupos afectados, las autoridades germanas se comprometieron a buscar una solución favorable para ambas partes. No ha llegado a mis oídos si esta última ha llegado a concretarse).

¿CONTINUARÁ...?

martes, 15 de julio de 2014

El libro de julio: "El paraíso de las damas", de Émile Zola

Hoy os quiero hablar de un escritor que me ha impactado de una manera especialmente contundente en los últimos tiempos: el autor francés del siglo XIX Émile Zola, autor entre otras de la obra que nos ocupa, "El paraíso de las damas".



Zola es un autor muy especial por varias cosas. Lo primero de todo es que es uno de los que pueden presumir no sólo de haberse abstraído en el interior de sus libros (bien sabemos que a veces los escritores pueden parecer un poco ensimismados y ajenos al mundo, como dialogando con las musas entre las nubes), sino también por involucrarse en los problemas de la sociedad que le rodeaba. En este caso, Zola lo hizo en sus novelas, y también con su vida, con su -reiteradamente estudiado desde entonces- artículo periodístico "J'accuse!" ("¡Yo acuso!"), en el cual defendía al militar Alfred Dreyfuss de acusaciones motivadas únicamente por su condición de judío, inaugurando el género de la columna de opinión como una forma de periodismo que trataba no sólo de informar de lo que pasaba, sino influir en la opinión de sus ciudadanos y, de esta manera, contribuir a reparar las injusticias existentes. Zola lo hizo, como decimos, desde una hoja de un periódico, y también desde sus novelas. Y al hacerlo, se lo planteó desde un punto de vista sistemático: no concebía cada libro como un ente aislado sino que, con cada una de ellos, pretendía colocar una tesela de un mosaico, un cuadro absoluto que sirviera de visión global de las principales angustias, dramas y condiciones de la sociedad francesa de la que fluía. Y para ello, tomó de base a una familia concreto, y en cada novela fue retratando a uno de sus miembros, que a su vez definía un estamento de la sociedad, un modo de vida: un día, los maquinistas; otra, los trabajadores de la mina; otra, la clase proletaria en su conjunto, y así sucesivamente.

Zola pertenecía a la corriente literaria del naturalismo. Ésta se considera una prolongación del realismo, el cual, en la segunda mitad del siglo XIX, pretendía describir, a modo costumbrista, la circunstancias del entorno en el cual se hallaban sumergidos sus autores. Hasta ahí, los puntos en común; la diferencia es que el naturalismo buscaba ir más allá y ahondar hacia los recodos más oscuros y las más vibrantes pulsiones del corazón del hombre. En este sentido, podría decirse (al igual que hizo Beethoven en música con el neoclasicismo, al que explotó hasta sus límites de una manera tan abrupta que consiguió romper el molde, abriendo el paso al romanticismo) que los naturalistas consiguieron girar la rueda hasta acercarse en muchos aspectos a los antecesores de los escritores realistas, en este caso los románticos, que en Francia representarían Dumas y Víctor Hugo. Ejemplos de naturalismo en España tendríamos a Vicente Blasco Ibáñez, que nos regaló, entre otros, su estremecedor "Cañas y barro" -otro libro muy recomendable-, o a Emilia Pardo Bazán, adentrándose ya incluso en el género del terror.

Pero volviendo al tema, como decíamos, Zola lo quería describir todo: es decir, todo de verdad. Aspiraba a desgranar cada uno de los aspectos de la realidad, no sólo asignando una problemática concreta a cada novela, sino dentro de cada una, tomar todos los posibles puntos de vista y personajes y reflejar sus vivencias y su opinión, hasta que el lector pudiera hacerse una idea de cada uno de los aspectos que debían tomar en consideración. En definitiva, aspiraba a hacer un relato completo de su tiempo, como intentó Víctor Hugo con "Los Miserables" o como aquel mapa del que Borges hablaba que estaba construido a escala 1:1. Hablando sobre Zola con un especialista en escritores franceses del siglo XX, este amigo me comentaba que, para autores posteriores, aquella pretensión les parecía ingenua. Es entonces cuando empiezan a aparecer otro tipo de literaturas que destacan la subjetividad de los hechos en función de quien los presencie, la importancia de la perspectiva, la imposibilidad de conocer la verdad al estar siempre narrada a partir de los ojos de otro. Sin embargo, no creo que ambas actitudes -la de Zola y sus detractores- sean incompatibles. Zola y los escritores de su generación tenían que hacer todas esas cosas y entonces, sólo entonces, se podría dar un paso adelante. O no puede existir el barco a vapor sin antes construir la balsa. Y en literatura, suele ocurrir que ninguna visión es la correcta, sino que todas apuntalan apasionantes puntos de vista desde los que comenzar a hablar.

La obra más conocida de Zola es "Germinal", ambientada en la paupérrima atmósfera de la vida en un poblado minero. La importancia de esta obra fue tal que, cuando Zola murió, una gran manifestación de trabajadores de las minas acompañó su féretro, gritando emocionados: "¡Germinal, Germinal!". Zola tuvo problemas para publicarla pues se le acusó de socialista; Zola negaba estas acusaciones argumento que el mensaje principal de la obra no era político, sino acerca de la dramática miseria de los hombres de este oficio. Lo cierto es que Zola es imparcial en el sentido de que reparte estopa contra todo el mundo: contra los capitalistas, los sindicalistas, y también sobre los defectos de los obreros (muchos de ellos influidos por las condiciones tan terribles en las que viven). Al analizar con lupa escrutadora cada detalle de sus personajes, los expone con sus grandezas, y también sus motivaciones más viles. En ese sentido, Zola -el gran autor de la novela social que surge y se plantea como una necesidad para el mundo-, no es sin embargo un hombre que diserte desde un bando: es muy crítico con el papel de la Internacional, hubo bastantes cosas que le desagradaron de la Comuna (un experimento en el París tras la Guerra Franco-Prusiana a medio camino entre el marxismo y el anarquismo), y en "El Paraíso de las Damas" (novela a la que llegaremos más tarde, permitidme tan sólo este ligero apunte) se coloca en mi opinión excesivamente a favor del dueño de los grandes almacenes al destacarle como motor del progeso. Pero en "Germinal" quedan bien claras sus intenciones: no odia ciegamente y sin razón a "la parte de arriba" de la pirámide, la burguesía, y -aunque también expone a individuos maleficos y carentes de todo escrúpulo- en muchas ocasiones les muestra como personas que simplemente buscan obtener una tranquilidad para sus vidas o incluso pequeños empresarios que arriesgan sus rentas en el negocio. Sin embargo, contra lo que sí está radicalmente en contra Zola es contra "el sistema", la organización de la sociedad en su conjunto, lo que permite que nuestro mundo sea así, y sobre todo contra la injusticia que esto supone. Y, desde ese punto de vista, siempre se va a poner del lado de los desheredados, de los oprimidos, de los maltratados por la sociedad. Y, al mismo tiempo que muestra a burgueses aparentemente pacíficos, también será capaz de señalar su hipocresía al permitir que, a pocos metros de distancia, sus semejantes padezcan situaciones que serían impensables para el más degradado de los animales. En ese sentido, Zola es un humanista, que se pondrá siempre a favor del hombre, que no puede soportar la existencia alienada de los obreros, y por tanto eso le acercará a los ebullentes movimientos de izquierda de su tiempo, aunque Zola, tras su experiencia, desconfíe de muchos de sus líderes. Desde esa óptica, el pensamiento de Zola puede parecernos muy moderno, y es que en muchos sentidos (y más ahora, tras la llegada de la crisis económica a Europa y un cierto retorno a situaciones propias del siglo XIX), el escritor francés describe problemas muy actuales con los que claramente podemos sentirnos identificados. Pero ya insistiremos en ese aspecto más adelante.

Otra de las cuestiones importantes de la forma de escribir de Zola es el empleo que hace sus personajes: múltiples y poliédricos, cubren todo el espectro de las emociones ante una determinada situación concreta. Las piezas, además, todas útiles, encajan con precisión, como las manecillas de un reloj, para llevarnos a un desenlace siempre brutal y apasionante. Esto, además de en "Germinal", se puede ver muy destacadamente en "La Bestia Humana", para mí incluso mejor novela que la primera. Sin pretender contaros demasiado (porque es de estas historias ante las que es bastante mejor no leer muchas sinopsis antes), un detalle interesante de este libro es que a partir de él se han hecho dos adaptaciones cinematográficas, dirigidas además por dos directores de prestigio como Jean Renoir y Fritz Lang y, sin embargo, ninguna de ellas ha estado del todo a la altura. Seguramente, esos sellos tan "naturalistas" de los que hablábamos antes, el uso del erotismo, de la violencia, de las implicaciones psicológicas de los personajes y de sus actos, y de cómo todo esto sirven a la trama, son muy difíciles de plasmar sobre la pantalla cinematográfica, y más con los códigos de censura de la época. De hecho, algunas de las imágenes más espectaculares no podrían haberse recreado sino con un gran esfuerzo de fotografía y efectos especiales. Quizás algún futuro remake le haga justicia. Mientras tanto, a todos nosotros nos quedará el libro.

Y finalmente, entramos en la novela de la que quería hablar desde el principio, aunque la haya dejado para el final. Es la menos conocida de las que hemos hablado hasta ahora, y yo no diría que es mejor que las otras dos. ¿Por qué las recomiendo entonces? Primero, porque seguramente no escucharéis hablar de ella por otros sitios. Segundo, porque me la recomendó una amiga que siempre me ha propuesto sugerencias interesantes en cuanto a la literatura y el arte en general, y además supuso mi primera incursión en el universo de Zola. Y tercero y principal, porque "El Paraíso de las Damas" contiene algunos elementos únicos. Ambientada en el nacimiento de los primeros grandes almacenes (los "Corte Inglés", las "Lafayette", los "Harrods" de turno), la historia contiene de manera destacada algunos de los elementos de modernidad tan característicos de los que habíamos hablado antes. La visión de una indefensa muchacha que debe abrirse paso en medio de la vorágine de la gran ciudad, las mezquinas intrigas entre las dependientas de los grandes almacenes, el impulso imparable del jefe de la compañía y, especialmente, el gradual pero inexorable declive de los pequeños comercios, conduciendo a situaciones angustiantes sobre todo debido a la incapacidad de estos últimos hacerle frente, en una guerra de precios, al monstruo comercial que están contemplando ascender sobre sus cadáveres justo delante de sus ojos. Aunque ambientada en un entorno que seguramente a muchos no nos resulta muy cómodo (yo soy de los que hay que traerles a rastras para ir de compras), y aunque ya he comentado que no me convence del todo cómo trata al jefe de los almacenes (ni tampoco ciertos aspectos de la protagonista) lo que no cabe duda es que se trata de una novela bien construida, que trata determinadas cuestiones acerca de las cuales no se suele hablar mucho en otros libros, y, bueno, puede ser (como me fue a mí) un buen punto de partida para comenzar a leer a este excelente autor. Y ya me comentáis si la sugerencia ha sido fructífera.
Pasad una feliz semana, y buenas lecturas.

miércoles, 9 de julio de 2014

La historia real de julio: El Hosquillo

Muchas veces nos encontramos (en este blog y en otros) descripciones de lugares exóticos, fascinantes y lejanos. Pero no es tan frecuente hallar que nos describan un entorno maravilloso apenas a un par de horas de distancia. Y es extraño, porque el país donde habitamos la mayor parte de los que leemos estas páginas -es decir, España- tiene multitud de aspectos no precisamente simpáticos a los que se les da más o menos bombo, pero también algunos lugares increíbles a los que no se les presta suficientemente atención. Y quizás una de estas localizaciones (y de las más infravaloradas) es la provincia de Cuenca, y en concreto de lo que hablaremos en este post es de una zona particular dentro de la misma, del Parque Cinegético Experimental de El Hosquillo.

Cuenca, paraíso natural. Aquí, la laguna de Uña.

Cuenca ha sido de los errores más flagrantes de mi vida (junto a "Europa es la futura potencia del futuro" y "ese chavalín, Raúl, no iba a salvar al Real Madrid"). Pero no sólo es el impresionante perfil de la ciudad cortada contra el acantilado, las reconocidas internacionalmente Casas Colgadas, o la más que visitada Ciudad Encantada. Cuenca es la segunda provincia con mayor superficie forestal de Europa; posee una rica selección de rincones naturales para quitarse el sombrero, con emplazamientos tales como el nacimiento de los ríos Júcar y Cuervo (la serranía de Cuenca es una zona donde una gota de agua puede decidir en cuestión de metros si termina en la vertiente mediterránea o en la atlántica), el estremecedor mirador del Ventano del Diablo, el paisaje casi extraterrestre de las Torcas, o una extensión de innumerables lagunas, acuíferos y embalses que hace las delicias de los admiradores de lo que el agua es capaz de lograr. Con tanto verde, es razonable pensar que donde hay flora debería haber también fauna, y a veces a esta última es necesario mimarla, darle un respiro y protegerla. El Parque de El Hosquillo cumple en parte esa función.

Localizado en una oquedad entre estremecedores precipicios que cortan la respiración y sirven de refugio para anidar a los buitres, El Hosquillo se halla centrado en especies que suelen emplearse en la caza (de ahí el nombre de "cinegético"), pero funciona más bien como un centro de recuperación de animales los cuales, por una u otra circunstancia, se han visto apartados de la naturaleza, y que se hallan allí en espera de que puedan volver a introducirse o -en caso de que esto no sea posible-, para que se queden en el Parque permanentemente y contribuyan quizás a la repoblación en otros puntos. En ese sentido, encontrarte con historias de muflones, ciervos o jabalíes que vivían en pisos (no es raro imaginarse la historia del cervatillo que parece monísimo cuando es pequeño y se vuelve molesto cuando crece o inicia la berrea) viene a darte una idea de cuán poco juiciosos llegamos a ser de vez en cuando los humanos. Esta sensación se ve acrecentada conforme los guías te relatan historias acerca de cazadores furtivos, abandonos de animales, o de cómo algunas especies están viéndose obligadas a alterar su comportamiento por culpa de la acción del hombre. De ahí que una de las funciones de El Hosquillo -a través especialmente de sus muy completos Museo (el cual ofrece una amplia e instructiva variedad de animales que fueron disecados tras fallecer por diversas causas) y Centro de Interpretación- es precisamente la educación ambiental, para procurar que estas situaciones no vuelvan a repetirse, y de hecho, en los meses cálidos acoge a un número limitado de visitantes que tienen el privilegio de recorrer sus instalaciones. Si vais a su página web podréis informaros y, tal vez, con cierta antelación, hacer alguna reserva.

Sin duda, los animales estrella del Parque son los grandes mamíferos: los mencionados anteriormente jabalíes y muflones, algún "Bambi" suelto que con un poco de suerte puede avistarse por ahí y, como "prima donnas" del Parque, los siempre atractivos lobos y osos. El Hosquillo tiene una larga historia de amor con los lobos y quizá por eso precisamente tratan de inculcarte tanto la idea de que son criaturas en general muy tímidas, temerosas de los hombres, y bastante más inofensivas de lo que nos pintan. De hecho, acercarse a ellas para poder admirarlas requiere de bastante silencio y algo de paciencia, aunque la labor se facilita por el hecho de que los cuidadores suelen dar de comer a los animales justo cuando vienen los visitantes y que, de tanto ver humanos, los lobos ya deben estar bastante acostumbrados. Pero aún así, sigue siendo un verdadero privilegio.

"Para que en las noches españoles no dejen de escucharse los salvajes aullidos del lobo". Félix Rodríguez de la Fuente filmó buena parte de las escenas con lobos en El Hosquillo. Aquí uno al que no parece que los humanos le amarguen un buen almuerzo.

En cambio, ver a los osos es bastante más sencillo. Aunque -como los lobos- también gozan de un amplio terreno por donde transitar en este estado de semi-libertad en el que habitan, en los tiempos de visita suelen aposentarse cerca de la valla que los separa de los humanos, donde los oseznos juegan entre ellos como niños o adolescentes, las madres vigilan, y el macho dominante da la impresión de que sólo acercarse si cree que por hacer de actor principal le va a caer una ración más grande. Mientras que la cuestión de la reintroducción de los lobos en la Península Ibérica es más espinosa (los miedos clásicos y en muchos casos infundados de los ganaderos echan para atrás muchas de estas iniciativas), parece que la población de osos en España, después de mucho tiempo en retroceso -llegó a haber menos de un centenar de ejemplares entre Asturias y los Pirineos-, empieza a experimentar, afortunadamente, una mejora en su salud.

"Me parece que aquí no podremos encontrar emparedados, Bubu".

Además de los grandes mamíferos, y de los animales que sobrevuelan los cielos (una gran riqueza ornitológica ocupa el parque, empezando por los buitres que rondan a ver si algún turista se queda perdido por allí), los guías aprovechan para llamarte la atención sobre la variedad de insectos y de plantas con distintas aplicaciones medicinales que pueblan esta zona. Por cierto que los guías son una delicia: amenos, muy pedagógicos, y especialmente atentos con los niños, que son los que mejor se lo pasan durante la visita. Si las generaciones futuras son las que tienen que arreglar este mundo, con las que salen de El Hosquillo tenemos seguramente la batalla ganada.

Hablar de un lugar como El Hosquillo me motiva una reflexión. Hace unas cuantas semanas, y con motivo de una entrevista al científico del CSIC (y recientemente nombrado eurodiputado por "Podemos") Pablo Echenique, la prestigiosa revista de divulgación científica Materia abría una serie de artículos acerca de la a veces tirante relación entre ciencia y ecología, especialmente a raíz del debate continuo sobre los alimentos transgénicos. Como científico de formación -y también como ecologista convencido- me satisfacen este tipo de iniciativas, porque creo que la mejor comprensión acerca de esta clase de temas proviene especialmente de la discusión fundamentada en raíces científicas, que nos explica no sólo las verdades y mitos acerca de las diversas metodologías, sino también los peligros que éstas conllevan, sirviendo de base para generarnos un criterio y situar nuestras opiniones de posiciones realistas. Pero en todo caso, creo que en los últimos años, la dicotomía entre ciencia y ecología ha dejado de ser tal porque, por más que algunos lo pretendan, ambas disciplinas ya no pueden caminar separadamente. Hace unos cuarenta años, en su discurso de aceptación a la Academia de la Lengua por parte del escritor Miguel Delibes (editado para el público general bajo el título de "Un mundo que agoniza"), el autor vallisoletano advertía de unos problemas que en su momento ya eran relevantes, y que ahora se han vuelto más que evidentes, acerca de la contaminación de mares y océanos, el agotamiento de los recursos energéticos, de cómo el hombre ha exprimido la naturaleza hasta el punto de arriesgar la supervivencia de ésta, y como con ello ha puesto en peligro la suya propia. Puede que hace cien años, el progreso científico y la conservación del entorno estuvieran enfrentados: pero hoy en día, creo que la ciencia es más que consciente de que el futuro (nuestra única alternativa de futuro), es que consigamos aunar el bienestar del hombre con una utilización de los recursos mucho más respetuosa y más sostenible. Lugares como El Hosquillo contribuyen, de alguna manera, a hacer mucho más presente esa idea, a convencernos de lo obligados que estamos a adoptar ese rumbo si pretendemos sobrevivir como especie. Porque, de no ser así, puede que seamos nosotros los que acabemos como animales en peligro de extinción algún día, obligados a vivir en reservas, protegidos de los turistas que nos admiran (o nos condenan) tras unas jaulas.

miércoles, 2 de julio de 2014

La historia corta de julio: Morgana

Morgana

               Morgana no tuvo otro remedio. Si Merlín no la amaba, y en estos mundos, el no-amor resulta equivalente al odio y la muerte, ¿en quién podía refugiarse? Tuvo que confiar en Cthulhu. Se resignó a abrir la puerta a un sinfín de criaturas alienantes, y contemplar con dolor –incluso de lo que idolatraba- la destrucción y la muerte. Pero Cthulhu tuvo una idea más interesante. Pensó que sería mucho mejor si tomaba a Morgana, si la poseía, y de esta manera, desde dentro de la misma, llevaba a cabo sus fines. Y así comenzó el juego, que aún perdura.
               A Morgana no le dejaron opciones. Fue una forma como cualquier otra de defensa. Nada de esto hubiera ocurrido si le hubieran permitido simplemente amar y ser amada.

               Morgana pudo ser otra…