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lunes, 3 de octubre de 2016

El relato de octubre: Adversario (Héroe III)

Tercera parte de la serie que empezamos con Héroe y después con Ángel. Veremos qué ocurre a continuación.

Adversario
(Héroe III)


         “Podéis hacer lo que queráis. Podéis pinchar, secuestrar, torturar, esclavizar, violar, extorsionar, machacar, asesinar, lo que queráis dentro de mi territorio. Salvo con niños”. Las reglas de “Eduarllí”, el padrino que controlaba buena parte del área metropolitana de Barcelona, eran claras. Nadie tenía muy claro de dónde procedían (hablaban de la muerte de un hijo suyo a una edad muy temprana pero, como es natural, el tema estaba proscrito), al igual que el origen de su nombre, el cual muchos creían que había surgido de una versión en inglés macarrónico del nombre del célebre actor Edward G. Robinson. Aunque, en realidad, por su aspecto físico, este mafioso de acento catalán era más bien una mezcla de Al Pacino haciendo de “Scarface”, Robert de Niro haciendo de Robert de Niro, y el boxeador Poli Díaz, con su nariz partida, tratando de no hacer de Poli Díaz. En todo caso, era una norma irrenunciable. Para otros mafiosos, no: los niños podían sufrir tanto como los demás, o el descuido y consiguiente infracción podía perdonarse a cambio de unos cuantos billetes de alto valor o varios kilos de droga. Pero para Eduarllí, aquello era el punto de no retorno. Por eso, cuando se escuchó aquello de que el dueño de una compañía aseguradora había estafado a varios miles de familias, causando con ello la muerte de cientos de niños de manera silenciosa durante décadas por andar regateando con su seguro médico, Eduarllí lo tuvo muy claro: si en esas circunstancias no podía actuar la policía (pues la batalla legal se intuía larga e infructuosa), allí llegaría él. Muchos seguramente argumentarían el manido debate de “no se debe hacer mal por mal”, o “no debemos defendernos de los malvados con sus mismas armas”, pero eso a Eduarllí, como él solía decir, “se la pelaba”. Alguno de sus correligionarios, un poco más cultivado que los otros, le destacó que algo muy parecido había ocurrido en la película “M”, en la cual un grupo de mafiosos deciden, porque un asesino de niños le da mala fama al barrio –y más problemas con la policía-, arrestar por su cuenta al criminal. Pero a Eduarllí le importaba poco lo políticamente correcto, la respetabilidad, lo conveniente o el acoso policial. Eduarllí era un hombre “hecho a pelotas, y a pelotazos”, como solía decir él, y cuando había tomado una decisión, la había tomado, y ya no había manera de echarse atrás, ni tampoco atrevimiento en contradecirle. Así que esa noche partieron unos cuantos de sus hombres, con el propio Eduardllí a la cabeza, para que no se le olvidara el sabor de la calle, o eso defendía él, y también porque tenía ganas de hundirle una barra de hierro en la cabeza a aquel maldito asesino. Nadie le detuvo: era su territorio, nadie lo controlaba más que él (ni siquiera la bofia, mucho menos la bofia) y, además, nadie en su sano juicio hubiera osado detenerle.
         Narrar lo que aconteció en las oficinas de la empresa de aquel canalla sería de mal gusto, además de introducir a quien lo narra en un problema legal. Digamos que fue como una historia de amor: todos se habían retirado, incluyendo los guardias de seguridad del recinto, intuyendo que a los recién llegados les agradaría más que la velada romántica fuera a solas. Más tarde, el encuentro fue un flechazo: todos los que se encontraban allí supieron inmediatamente leer en la mente de los otros lo que iba a ocurrir, como cuando a primera vista surge el amor. “Y después”, citando al juglar, “para qué más detalles. Copas, risas, excesos. Cómo van a caber tantos besos en una canción...” Cuando Eduardllí y sus hombres terminaron con la cita, salieron satisfechos y gozosos, con una sonrisa y –algunos- un cigarrillo en la boca, acordándose todavía de la belleza que habían dejado atrás.
         La noche a la que habían salido presentaba buena temperatura, un frescor húmedo, y momentos más brillantes alternando con otros más oscuros a causa de las nubes que de vez en cuando interferían con la luna llena. Los mafiosos estaban felices, y lo demostraban. Unos minutos antes, acababan de perpetrar una de las actividades que más les gustaba, y esta vez podían decir que la habían ejecutado, de alguna manera, perteneciendo al bando de “los buenos”. Placer sin remordimiento. Se les notaba la alegría. Alguno había aprovechado para echarse un trago en el gaznate. Fue entonces cuando empezó a llover.
         Al inicio fue una lluvia fina, pero constante. Luego se puso a jarrear. En esas circunstancias, el grupo no se disolvió del todo pero, de alguna manera, quedó menos integrado. Cada cual quedó un poco al arbitrio de las circunstancias meteorológicas, buscando escapar por entre las callejuelas, tratando de encontrar el camino a casa. Pero no era fácil, porque la lluvia se había vuelto tan densa que los mafiosos estaban teniendo dificultades para reconocer las calles de su propia ciudad. De repente, lo que era una noche festiva se convirtió en una épica imposible para tratar de volver a su propio hogar.
         La lluvia nos va perdiendo, nos va cambiando… Los hombres extravían el rastro, unos de otros, al igual que si se trataran (como dice la novela) de desubicados perros de la lluvia… Al mismo tiempo, el aguacero modifica el alma de los hombres, y también sus propósitos. En un momento determinado, los hombres de Eduarllí se sienten aislados unos de otros, confundidos. Nadie sabe del todo por qué está aquí… ninguno tiene claro cómo ha acabado metido en esa trampa mortal…
         En el maremágnum en que se había convertido dicho viaje, uno de los mafiosos acaba aislado, perdido en un callejón en mitad de ninguna parte. Cegado por la lluvia, cuando por fin puede alzar la vista en dirección a un lugar adonde dirigirse, lo único que contemplan sus ojos, a un lado del callejón, es la presencia de un niño refugiado entre unas mantas. El mafioso, conmovido seguramente todavía por el acto que acababan de llevar a cabo en nombre de unos cuantos niños indefensos, se acercó despacio a aquel chaval de la calle, no se sabía muy bien si para solicitarle ayuda, inquirirle por sus circunstancias, u ofrecerle auxilio de su parte tal vez. Aunque quizás, en este momento, sea quizás mejor escuchar el testimonio de otro niño vagabundo, situado en el extremo opuesto del callejón, que lo había contemplado todo desde un lugar donde no podía ser descubierto por ninguno de protagonistas de aquel suceso inesperado, y cuyas palabras quedaron reflejadas en el atestado policial:
         <<Yo llevaba horas allí. En realidad, era mi sitio habitual para dormir, el lugar que había conseguido después de mucho tiempo que me perteneciera, o al menos que me fuera asignado. Al otro chico no le conocía. No le había visto nunca. Cuando llegó el otro tipo, el delgadito, observé una reacción muy extraña. Normalmente, la gente pasa de lado sin vernos, sin fijarse siquiera, o intentando no entretenerse demasiado. Este hombre no. Este hombre se acercó al otro chico, alargando la mano, como si le estuviera diciendo algo, como si le quisiera ayudar. No llegué a entender lo que le decía. Pero hubiera dado igual, teniendo en cuenta lo que ocurrió a continuación.
         >>No sé muy bien cómo explicarlo… No sé si me van a creer. La verdad es que no se veía mucho. Estaba oscuro, la lluvia lo tapaba todo, como si se tratara de un velo, y tan sólo unos cuantos rayos de luna aislados permitían vislumbrar lo que pasaba. El ambiente estaba muy enrarecido. A lo lejos resonaba el retumbar de los truenos. Fue… como si el tiempo se hubiera parado, como si se encontrara en marcha la típica pausa que se produce antes de que suceda algo terrible en una película de terror. Como si todo el mundo se moviera a cámara lenta. Yo miré a aquel hombre alargar la mano… y entonces vi al chico. No se levantó del todo, ni siquiera estoy seguro de que se moviera, pero hubo algo en él que, de alguna manera, se incorporó. Y entonces ocurrió lo de los ojos… Se volvieron de un amarillo brillante, intenso, mortífero… Lo pensé, juro que lo pensé. Lo supe justo antes que de su mirada surgieran dos rayos fulminantes que partieron al tipo ése en dos. De lo siguiente que ocurrió no tengo ni idea. Yo me tapé entre las mantas, esperando que no me vieran. Creo que el chico, cuando se fue, pasó a mi lado. Pero no puedo asegurarlo.

         >>Lo único que puedo decir, lo único que puedo jurar a ciencia cierta, era que en aquel momento lo tuve claro. Pensé en aquellos sucesos de los que había oído hablar, los que habían ocurrido en Madrid y Cádiz. En aquel momento hablaban de héroes, de gente que iba a producir cambios. Y lo que en aquel momento se me pasó por la cabeza era que, a unos cuantos metros de mí, había contemplado el advenimiento de un algo distinto. Una respuesta, de similar fuerza y medida. Un adversario. Pensaba en aquel chico de ojos amarillos y supe que se acercaba una conflagración. Y por eso dejé pasar media hora, cuando estuve al 100% seguro de que él se había ido, y me marché temblando. Porque no quería estar allí cuando todo aquello empezase. Todavía me quiero esconder… aunque no estoy seguro de a cuánto distancia me puedo escapar.

¿CONTINUARÁ...?

lunes, 18 de mayo de 2015

El relato de mayo: Ángel (Héroe II)

Ésta puede considerarse la continuación del relato que publicamos hace un tiempo bajo el título de "Héroe". Espero que os guste, y os impulse a cambiar vuestra ciudad y vuestro mundo. Un saludo.


Ángel
(Héroe II)

                La ciudad está fría, está húmeda, pero no desangelada. Nunca le faltan ángeles. Aunque éstos sean infernales o carezcan de alas. Aunque caminen bajo la lluvia con cara de mala leche y tratando de protegerse con sus paraguas. Aunque tengan que dedicarse en exclusiva a sobrevivir y no tengan oportunidad de expresar su divinidad ni apenas tiempo para producir milagros. Madrid está llena de ángeles. Lo que pasa es que la mayor parte del tiempo pasamos por encima de ellos o les escupimos mientras les apartamos con un pie hacia la basura. Ángeles que no llegan a volar.
                En esos días de frío y lluvia, cuando las hojas caídas se arrastran junto con los torrentes bajo unos coches que en cualquier giro se hallan siempre a punto de atropellar a los transeúntes, a Ángel le gusta pasearse por las calles. Embutido en su gabardina color beige, camina bajo el cielo gris de smog y las nubes cargadas de llanto, y pasa desapercibido entre los demás aspirantes a vestir ropa de espía, a pesar de que su insultante juventud y su pelo de un ingenuo rubito le hagan asemejarse, a pesar de sus casi dos metros de altura, casi con niño espigado que se ha creído mayor demasiado pronto y pasea con la ropa de un padre que le saca varias tallas de anchura por entre la jungla de tipos serios y trajeados cargados de maletines y de bombas nucleares y dispuestos a pasarle por encima a fuerza de empellones a la menor oportunidad. Pero Ángel no se amedrenta ante ellos; es más, en estos momentos, ni tan siquiera los ve. Normalmente, cuando realiza este tipo de paseos, anda escrutando las calles, con los ojos muy atentos, catalogando cada detalle del personal; uno cabría pensar, a veces, por su manera de escrutar el infinito, por la particular orientación de su cabeza por encima del firme de la calle, que está contemplando los tejados de Madrid, ésos que han salido en tantas ocasiones retratados en tantísimas películas, ambientando persecuciones, peleas o momentos de terror inquietante, expresando ecos vibrantes de resonancias neoclásicas y decimonónicas. Pero en realidad, hoy Ángel no ve ninguno de esos techos, como tampoco fija la vista en ningún edificio concreto ni de hecho se apercibe de la presencia de casi ningún individuo a su alrededor. Porque cuando Ángel pasea por Madrid, y más cuando lo hace este día, lo único que ve son pobres. Pobres en las esquinas. Pobres en las aceras. Pobres en la periferia de cafeterías en las que no entran. Pobres que le devuelven la mirada, allá donde atisba, allá donde va. Pobres que se entremezclan con la miseria de unas calles que devuelven en forma de lodo ambulante todo lo que sobre su superficie vierten los transeúntes en su caminar indiferente al pasar. Pobres que no tienen salvación. Miserables que no encuentran ayuda ni consuelo, tan sólo una cara larga que refleja en todos ellos el mismo sentimiento de angustia e impotencia y despiertan algo de conmiseración, pero también las menos empáticas desesperación, violencia y malestar. Y, por encima de todo, la duda. La duda que se hace asimismo causa común con Ángel y le obliga, le fuerza, le culpa, le empuja de un empellón de nuevo a las calles; una vez más.
                El deambular habitual de Ángel (y más en estos días de lluvia, de reacciones humanas tan distintas de las jornadas habituales, y sin embargo tan predecibles) circula de la manera más aleatoria posible, pero siempre, como por una especie de extraño magnetismo -o quizás a causa de la abundancia de las mismas, incluso en este tiempo donde escasean los ídolos que no sean comerciales o referentes a la propia persona-, termina cruzándose con la presencia sólida e insoslayable de una iglesia. Ángel, con las manos en sus bolsillos, estira la cabeza todo lo que puede, pero a pesar de eso su altura queda empeñecida en presencia de esta inmensa mole, con un Cristo crucificado el cual (aunque de tamaño diminuto cuando es contemplado desde abajo) da impresión de presidir toda la plaza, que, seguramente, en su día, cuando fue construida, giraba exclusivamente en torno a este edificio donde se regulaban los nacimientos, los grandes acontecimientos y las muertes, se controlaban los pecados y las confesiones, se administraban perdones y miedos eternos, y que incluso podía servir para esconderse de la ley humana (que no de la divina, para la cual nunca existen muros) o de cualquier mal catastrófico, climatológico o bajo embrujo de Satán, si fuera necesario. Pero ahora mismo, a Ángel este lugar de resulta de poco refugio, por no decir de ningún consuelo. Su fe, en otro tiempo fiel y duradera, se tambalea desde hace ya meses, conforme ha comprobado que este dios al que adora, odia y teme a partes iguales no puede dar respuesta a sus preguntas, que están siempre relacionadas con cómo ayudar a sus corderos, cómo ayudar a los míseros, a los desheredados, a los pobres que -de una manera o de otra- no hace más que encontrar. ¿Cómo solventar la injusticia?, se pregunta a sí mismo, ¿cómo hacer lo que es necesario?, todas esas preguntas, formuladas por todos nosotros en algún momento de la vida, repetidas desde una edad temprana e idealista hasta que se vuelven faltas de sentido, huecas, viejas fórmulas manidas de jóvenes que se las formulan como si nunca las hubiera hecho nadie porque para ellos (y a veces, esa expresión, "para ellos", es lo único importante) es la primera vez, y que a Ángel, sin embargo, a pesar de su corta edad, le suenan ya tan manidas como a los cuarentones que están de vuelta de todo con los que se topa todos los días constantemente en su camino, y eso es porque él se las ha repetido ya muchas veces aunque sea en este breve lapso de tiempo, pero eso es debido a que él ha pensado en las mismas preguntas en tantísimas ocasiones como si su respuesta fuera de su única y exclusiva responsabilidad, y el principal motivo que provoca esto es porque se las toma en serio realmente y no como simples fórmulas de compromiso que debemos seguir como parte de un camino al que acudimos como mantra solamente para que no nos sintamos mal. Y en medio de la lluvia, de los empujones y de los charcos, él pasea su mirada tan sólo aparentemente indiferente por entre las casas que sufren desahucios, por los cartones donde se alojan mendigos, donde hombres desesperados ahogan toda su pena en los bares, y tan sólo piensa, como en un bucle infinito, una frase que le atormenta, que le sume de rabia infinita, "¿qué hacer?", se interroga, como se han preguntado otros siempre, sin encontrar respuesta alguna, sin poder hacer otra cosa más que reiterar la pregunta, repetir simplemente  "¿qué hacer?".
            Quizás Dios -sigue desenrollando mientras deambula el hilo de sus pensamientos Ángel, en un largo y solitario diálogo consigo mismo que en ausencia de respuestas convincentes nunca termina del todo- no puede actuar para remediar nuestro ahogo porque le falta el instrumento a través del cual podría mediar y de cuya ausencia se lamenta día tras día porque le priva de manos y piernas para poder hacer a su antojo: es decir, de los ángeles. En todas las fuentes de las cristiandad consultadas, y a lo largo de las diversas tradiciones orales o escritas (o, como a Ángel le gustaría pensar que diría su abuela, "de toda la vida"), e incluso con referencias en mitologías y culturas más antiguas, los ángeles constituiría el elemento activo (la transformación de la potencia en el acto, que lo llamaría el santo cristiano Tomás de Aquino tomándoselo prestado del pagano Aristóteles) a través del cual Dios ejercía sus acciones salvadoras o incluso en ocasiones vengativas sobre los seres humanos, como si al Poder Supremo le diera vergüenza hacerlo por sí mismo y debiera emplear a unos matones para ejercer su labor. Y lo de matones, desde luego, les venía bien al pelo, pensaba Ángel recordando al agresivo Miguel cargando como un toro herido a mandobles con su espada, a las caras casi endemoniadas con que le dibujaba el arte medieval y los grabados de los libros antiguos, matando dragones, cercenando diablos, cualquier cosa menos lo que tuviera que ver con auxiliar de manera directa las cuitas de los seres humanos, pero también estaba el arcángel Gabriel que anunciaba embarazos divinos, los serafines, los querubines, y toda una pléyade de entes celestiales que parecían haber salido corriendo, roto su labor de conexión entre Dios y el mundo, apartados por la alta tecnología y los aviones que surcan los cielos y atraviesan las nubes, y que apenas habían dejado espacios para los entes divinos salvo quizá de manera aislada en alguno de los tejados de Madrid: una escultura de un ángel estrellado en un edificio, con la cabeza enclavada en el cemento, otro pico de aguja rematado por un ente alado de tono majestuoso y broncíneo, e incluso el rebelde Ángel Caído, situado desde sus 666 metros de altura -o eso dicen-, representando a aquel contra el que el resto de los ángeles se han de enfrentar, el eterno enemigo el cual nos recuerda la presencia intangible pero siempre constante del mal. En el mármol de Madrid estos ángeles abundan, pensaba Ángel, pero en cambio están ausentes en sus formas psíquicas y en sus actividades, expulsados de este paraíso terrenal para quizás haber emigrado hace tiempo hacia otro, en busca de aires más cálidos, como un cielo sobre Berlín donde se ha acabado el negocio y han decidido todos definitivamente disolver el antiguo grupo ascendiendo hacia arriba o por contra bajando a Tierra. "Pero nadie les ha sustituido", se repite Ángel, "nadie ha heredado su labor, y menos yo, que tampoco la he asumido, porque no he querido, o no me he atrevido, porque con ella no me he querido cargar". Porque yo también, se dice, he huido a esconderme y no he querido afrontar el fulgor celestial. Yo también tengo mi parte de culpa, y mis pecados han de ser escritos en el libro de los Salmos. Y es por ello por lo que (Ángel se dice a sí mismo) yo hoy he de pagar... he de afrontar mi parte de responsabilidad...
            Ángel vagabundea, sí, como todas las tardes -que luego se vuelven noches-, como casi todos los días, recorriendo rincones ya transitados e incluso previstos, también adentrándose por lugares desconocidos pero en una sincrónica periodicidad, como si eso también fuera algo programado... pero lo que no ha querido repetirse a sí mismo es que este día es algo especial. Hoy es un día en que la desesperación le ha azuzado especialmente. No sabe si es el mal tiempo, la humedad, las malas caras que coloca a propósito o inconscientemente la gente, no sabe si fue el último caso flagrante que encontró de injusticia y que no fue capaz de arreglar, no sabe si es porque siente (en su batería interna, en sus entrañas) que se le están agotando de manera paulatina las reservas de piedad... Pero hoy -precisamente a causa de estas cosas, o tal vez, a pesar de todas ellas- ha tomado una decisión. No puede seguir así. No es momento de aguantar más.
             Conforme han pasado las horas, el trayecto invisible que Ángel ha seguido a través de las calles se ha ido modificando. Sus vueltas inacabables alrededor de los bloques de oficinas se han convertido en unas circunvoluciones erráticas, más absurdas, mucho menos eficaces. Se ha detenido en sitios sólo por contemplar algún especial suceso, como un camión recogiendo con desánimo la basura, una pareja también con desánimo besándose, un par de palomas con mucho ánimo despegando juntas, incluso el momento en que a estas últimas un coche deportivo las está a punto de atropellar... Se diría que Ángel está haciendo tiempo, como recorriendo conscientemente una distancia excesiva y gastando una pausa innecesaria en un camino el cual -a pesar del aparente sinsentido de su trayectoria-, en realidad circula en forma de espiral cada vez más amplia hacia un destino, al que, sin embargo, no desea llegar, y que demora en alcanzar todo lo posible. Y lo hace porque sabe que, cuando llegue allí, el juego, la ocultación, toda la posibilidad de hacer como que no ha pasado nada y de volver a casa, a su rutinaria y segura vida normal donde ninguna de estas cuitas tiene sentido, habrá desaparecido. A partir de allí, del momento en que llegue a ese sitio, todas las mentiras se habrán desvelado, y se va a acabar todo. Todo. Definitivamente. Jamás.
             Ha pasado el tiempo. Lleva caminando casi todo el día. La tarde llega a su fin. El tono plomizo y gris del cielo nuboso va dejando paso a una atmósfera oscura y sin embargo contradictoriamente limpia: el aire parece más claro después de la lluvia, despejada la contaminación que ha caído hacia el suelo, como también se han vuelto más lúcidos los pensamientos de Ángel. Ha llegado la hora por fin de tomar una decisión y expiar sus culpas. De repente, el paso que iba a efectuar lo detiene en el aire. Realiza un giro de noventa grados a la izquierda y encamina sus pasos con firmeza. Se acabaron las irresoluciones y los rodeos. Se acabaron las divagaciones y seguir dando vueltas. Llega el momento de afrontar la verdad.
         Una vez concretado, no tarda más de diez minutos en llegar hasta su objetivo. Parece como si, ahora que hubiera terminado con las torpes circunvoluciones, las calles se hubieran alisado y enderezado para permitirle llegar más rápido. La noche se ha hecho completa y sin embargo -y al igual de como ha pasado con la lluvia-, el hecho de que hayan desaparecido todos los transeúntes casuales le ha dado un aire de mayor claridad, como si se hubieran despejado todos los elementos inertes que realmente no contaban, y tan sólo hubieran quedado los relevantes, los verdaderamente claves, iluminados silentes bajo los claros de luna: los vagabundos, aquellos a los que las calles pertenecen porque permanecen allí cuando todos los demás se han ido, aquellos que le recuerdan a nuestro caminante el motivo constante por el cual les ha vuelto a fallar; también, como una parte fundamental para la conclusión de esta historia (que, en el fondo, es la historia que al final del año será la que preocupe a todo el mundo), Ángel, que sigue caminando con la cabeza cabizbaja, calculando los segundos que le quedan hasta llegar al final de esta noche tan larga que va a motivar que tantas cosas vayan a cambiar; y finalmente Él, que aparece de improviso entre dos calles, como un inmenso faro oscuro en mitad del horizonte. Pero Él en este caso no es un dios, ni tampoco un mito, sino lo único que cabe ser idolatrado en esta impía ciudad, es decir, un bloque de hormigón y vidrio. El edificio donde, esta noche, toda la vida que Ángel ha conocido hasta entonces, de improviso, y de una vez por todas, llegará a su fin.
         Aquella enorme mole se asemeja a una iglesia y, efectivamente, este antiguo bloque de pisos abandonados, con sus gárgolas de color aún plateado brillando bajo los reflejos moteados procedentes del cielo, asemeja un altar pagano que representa todo aquello en lo que la ciudad se ha convertido con el paso del tiempo, bajo una crisis económica, social y moral que se lo ha comido todo y la ha dejado vacía por dentro, al igual que este rascacielos de paredes rajadas y sótanos inundados de ratas que sólo escapan cuando la inundación física y espiritual de la ciudad amenaza con ahogarlas definitivamente. Ángel levanta la vista desde la punta de sus zapatos, primero hacia la pequeña placita que, paradójicamente, alberga ese gran edificio, de tal manera que parece que apenas deja espacio para el resto de la calle, y donde los sin techo ya comenzaban a acomodarse bajo los soportales pero aún así se detienen a contemplarle, como si esperaran que fuera a hacer algo, como si ahora que ha llegado, todo fuera definitivamente a moverse hacia algún lado; y luego, posteriormente, Ángel mira hacia arriba, hacia el lejano final de la pared vertical, en donde se encontrará localizado en pocos minutos, una vez acceda allá. Y una vez situado allí, desde la cima, caerá.
        El viento se agita inclemente en la azotea del edificio. Nadie ha detenido a Ángel, ni siquiera en los seguramente peligrosos ascensores, que se mantienen en funcionamiento probablemente por un descuido de la compañía eléctrica, y en los que nadie vigila si alguien sube por allí o se quedará atrapado por siempre jamás. Desde allí arriba, la ciudad parece una gran mancha negra con continuos focos de luz, algunos rojos, verdes, azules, amarillos, una Babilonia corrupta y eterna que ha sobrevivido a cualquier intento periódico de limpiar el mal de la misma, sin conseguirlo nunca, tan sólo adoptando nuevas formas, incluso mimetizándose con las nuevas tendencias que han aparecido para combatirlo. Ángel lo sabe, es consciente, se siente responsable de todo eso, y por ello mira de una manera especial al vacío que se abre desde allí arriba, ese precipicio purificador; un  abismo puro que, como diría Nietzsche, te devuelve la mirada, indicándote lo que representa, y lo que es más, lo que eres tú. Ángel se da por aludido... y por ello eleva el pie hasta colocarse en el mismo borde de la cornisa, a tan sólo un centímetro de la caída fatal. La atmósfera, en forma de viento ululante, parece que no para de gritar, susurrándole intensamente al oído: "salta, salta, salta", y Ángel abre de par en par los brazos, y mientras lo hace, contempla a los lejos la sombra de los edificios, la silueta de las estatuas de Madrid, todas esas cosas que tanto contemplaba cuando elevaba la vista a ras de suelo, y que ahora le parecen tan cercanas como lejano es el mundo que ha quedado allá abajo, y sin embargo cree incluso ver a lo lejos los mendigos contemplándole indiferentes desde la plaza mientras esperan ese momento en el que se arroje definitivamente hacia ellos, en lo que se le antoja -¿al mundo?, ¿a ellos?, ¿a sí mismo?- un sublime acto de amor. Ángel cierra los ojos, y aprieta con gran intensidad los párpados: mueve los dedos para palpar entre sus yemas el aire frío y cargado de lluvia, enrarecido, como si se hallara enclavado en la cima del Everest... Aquí arriba, efectivamente, el aire parece más limpio, vacío de desazón y de malas intenciones; todo parece tan plácido, tan tranquilo. Dan ganas de abandonarse; dan ganas de ceder a la tentación de las rodillas y efectivamente saltar. Ángel aprovecha ese momento para tomar la decisión definitiva y, como traicionándose en un gesto de cansancio, comienza a caer, caer, caer, mientras siente como el aire le lleva liviano como una pluma y le acoge como un blando colchón, al menos al principio. Pero luego, conforme va cogiendo aceleración, aquel primer momento de vértigo en la boca en el estómago deja paso al terror de verse cayendo sin ninguna mediación en el vacío y, al contemplar el suelo, cada vez más cercano, dedica durante segundos a meditar acerca de, cuando impacte contra la acera, cuál será la región de su cuerpo que se estrelle primero, dónde será la zona primigenia donde el dolor más intenso se empiece a notar. En mitad de la caída a plomo, y mientras se encuentra viendo pasar todo lo que hay a su alrededor a una insólita velocidad de crucero, Ángel echa un vistazo a su alrededor a los tendederos y las ropas colgadas que no le frenan ni le ofrecen amparo, a las ventanas semiabiertas, a los pisos aún no acabados, y justo cuando vuelve la vista hacia el suelo y ya lo ve incrustarse en menos de un par de segundos directamente en frente de él, es cuando por fin abre las alas de amplia envergadura y excelso plumaje y vira en mitad de la abrupta caída en picado para levantar el vuelo, situándose a la misma altura de los ángeles alados de mármol quienes ahora, con sorpresa, le parecen contemplar. Ángel planea, segundos después, en el ambiente majestuoso de la noche, con una serenidad beatífica, como si aquella súbita aceleración de su corazón no hubiera pasado nunca, como si todo aquello, incluyendo la emoción del momento, hubiera estado cuidadosamente planeado, y seguramente, lo estaba. Por fin, Ángel se encuentra en el estado, y el modo, que hubiera deseado desde un principio. Por fin ha completado la transformación de su cuerpo, y de su alma inmortal. Ahora, las cosas, para él, para el resto de la ciudad, para el resto del mundo, van a ser muy distintas. Finalizada su metamorfosis, muchas cosas van a cambiar.
          No hay constancia de que ningún vagabundo situado en la parte de abajo de aquel edificio observara aquella caída infinita, ni que fueran testigos de la visión de aquel nuevo ángel del cielo Madrid levantar el vuelo, pero cuentan que a partir de entonces, extrañas leyendas sobre un ser alado y protector comenzaron a circular entre los sin techo, una nueva esperanza que trajera algo de equilibrio a esta siempre llena de espinas y -tendente a producir herida- inhóspita ciudad. Se habló del retorno de los espíritus etéreos, se dijo que, junto con ellos, habían aparecido también un grupo de guerreros a medio camino entre lo divino y lo maléfico, y aunque aquello sembró muchos corazones de zozobra y hasta de pánico, hubo una silente mayoría que contempló aquel futuro como una promesa de ilusión y de creencia, por la que volver a soñar. Porque allí, desde los cielos, por primera vez en mucho tiempo, al contemplar nuestras acciones innobles y cómo los hombres nos maltratábamos con desprecio, por fin, alguien estaría mirando. Y, al contemplar nuestros sufrimientos y desvelos, ese alguien, desde allá arriba -o un grupo de compañeros que iban ya despertando, para incredulidad e incomprensión de quienes por primera vez vieron aparecerlos-, iban, independientemente de los rezos, esta vez de verdad a actuar.

martes, 22 de julio de 2014

El ¿relato? de julio: Héroe

Éste el inicio de algo. Quién sabe qué. Quizás se decida con el tiempo. Tal vez lo haga el relato, tal vez lo haga yo; más seguramente, lo escogerán los lectores.

Siempre le toca hablar al tiempo.


HÉROE

 

                “Desde que volví a España,

este país parecía lleno de personas que, de una manera u otra, se habían echado -o las habían echado a perder-. Quemados, arruinados, zombies vivientes. Individuos que transitaban por el metro como si pudieras atravesarlos, vacíos de sustancia y de ánimo, sin nada que lograr, pero tampoco demasiado que perder ni fuerza para cambiar todo aquello.

Noté a la gente deprimida, apagada, expectante, como si anduvieran -apagado el interruptor-, en espera de una droga o de un acontecimiento que les devolviera la esperanza en el futuro y les hiciera rejuvenecer.

Lo natural parecía que, más tarde o más temprano, de una manera u otra, todo desembocara en una espiral de sangre y violencia.

Y entonces llegó él.

Era justamente lo que necesitaban”.

 

                La verdad es que, desde el principio, la situación era atípica. Y difícilmente explicable era el proceso por el cual había sido concebida. Había quien le había echado la culpa al funcionario alemán de turno, que había empaquetado “la cosa” (por llamarlo de alguna forma) sin encomendarse a Dios ni al diablo acerca del descalabro más bien predecible que podía provocar todo aquello. Y también le caía la bronca al director artístico de Hamburgo, quien seguramente pasaba las vacaciones en Mallorca y había visto como un bonito gesto para con su país de acogida de turisteo llevarse aquella roca tan interesante que habían traído los germanos de Venezuela a una exposición en España, aunque en vez de en el Mediterráneo mallorquín fuera en una ciudad más cercana al Atlántico, y aunque en lugar de encontrarse en un museo se hallara expuesta en mitad de una plaza junto a un árbol centenario, un ágora que se había llenado de curiosos los cuales desconcertaban a los conservadores teutones cuando estos últimos les preguntaban a los presentes de dónde venían y ellos les respondían una cosa extraña acerca de La Línea (“¿qué línea?”, se preguntaban los teutones; “¿a lápiz o a boli?”, interrogaban) que no conseguían del todo aclarar. Pero lo que terminó de convertir aquello en surrealista fue la llegada en barco de aquellos indígenas, con su aspecto -más que de otro continente-, como de otro planeta, sus ropas entre proletarias y hippies, y aquellas pancartas proclamando: “Queremos a nuestra abuela”. Muy bien, yo también quiero a la mía, argumentaban los gaditanos, pero eso no es razón para venir aquí a… que no, que no, que ésa es nuestra abuela. ¿Ésa?¿Cuál?¿La roca que han traído los alemanes? Y los indígenas sudamericanos se explicaban. Por lo visto, aquella roca gigantesca, de la altura de por lo menos tres hombres, era su antepasado. No era que los representara, ni que la adoraran como una encarnación de ellos, no. Era porque para su religión, de alguna extraña manera, esa roca era como su abuela, igual que otros pueblos consideran que los valles, las montañas y la flora y fauna con la que viven son tan parientes suyos como sus primogénitos y sus hermanos de sangre. Por lo visto, el gobierno venezolano había entregado aquella roca tan significativa y tan especial (“la verdad es que es bonita la jodía”, repetía el pueblo llano, al observar sus colores jade, rosáceos y lapislázuli) , en un gesto de buena voluntad para con el pueblo alemán, sin preguntarse si la roca pertenecía a alguien que quizás estuviera allí antes que ellos, y ahora los indígenas venían a reclamarla para llevársela, decían, al barco que tenían amarrado en el fondeadero del puerto, y que pertenecía en virtud de los convenios internacionales a la república venezolana, y por tanto su suelo era tan venezolano como si se encontrase en el mismo centro de Caracas. Y ahí fue cuando se empezó a montar el lío. Porque los alemanes fueron prudentes, se mostraron bastante más comedidos: que esto se hablaría, que se lo comunicarían a los autoridades, que si se alcanzaría un acuerdo satisfactorio para todas las partes, etcétera. Pero los españoles, ni eso. Con tal de no quedar mal con los extranjeros, se cerraron completamente en banda y dijeron que no había nada que hablar sobre el asunto. Y claro, la gente empezó a encabritarse. Hay que entender también el contexto. Eran épocas muy difíciles. Estábamos con la historia de si rescate o no rescate, que si la Merkel, que si los alemanes imponiendo cosas, y venían esos indígenas diciendo que les habían robado a su abuela, con aquellas caritas de angustia, y claro, aquello te toca la fibra sensible. Y por un momento esos hombretones y mujeres que pasaban por situaciones crudas todos los días, que borboteaban un nivel de palabras malsonantes que hubieran acojonado a un capo de la mafia, que hablaban con esa voz en grito tan típica de los países mediterráneos que hace que la advertencia tronante de Yahvé en el desierto se te antoje un silbidito en comparación el alarido de llamada de una madre de barrio a su niño, pues ves a todos esos imaginándose que en lugar de esa roca está su yaya en el sofá, obligada a permanecer allí en medio de desconocidos, y bueno, era de imaginar que cosas buenas por la cabeza no se les tenían que estar pasando. Pero la realidad era la que era. La roca pesaba varias toneladas, estaba custodiada por policías y agentes públicos de variado tipo, y lo que estaba muy claro es que en aquel momento no iba a irse a ninguna parte. El gentío se marchó a su casa y la multitud se fue dispersando… Los indígenas venezolanos habían hecho amago de colocarse en una sentada muy separaditos entre sí, rodeando a su ancestral figura, en paz y en silencio, y parecía que iban a aposentarse allí durante horas, pero los guardias municipales no se anduvieron con chirigotas y los sudamericanos, con tal de no armar jaleo, decidieron partir con sus caras largas y el corazón abatido y hacerles finalmente caso. Parecía que el espectáculo se había desmontado y así iba  finalmente a concluir todo.

                Salvo porque alguien apretaba el puño mientras no paraba de pensar…

 

*                                            *                                             *

 

                Un chico camina, concentrado y en silencio, por las calles de una barriada gaditana.

                Éste es un barrio deprimido. De ésos que los que gustan de eufemismos disfrazan de “humildes”, y los que no entienden de ellos tachan de “jodidos”. El paro es superior a la mitad de la población. A falta de otro estímulo mejor, los jóvenes no encuentran otra salida que la droga: o bien tomarla o bien comerciarla, pero cuando te ha dado tanto de lado la vida no puedes permitirte quedarte al margen de tanto negocio. Las camisetas no tienen mangas y aquí nadie ha oído hablar del reciclaje ni tampoco de las leyes antitabaco. Éste se trata de un universo aparte, independiente de las normas de la física, la química y hasta del censo. Ahora, bajo la luz perezosa de la tarde, cuando todo el mundo duerme la siesta, parece casi como si estuviera encantado, casi muerto. Como si esperara el beso de una princesa para despertar…

                El chico parece errático, algo meditabundo. No ha tenido una vida fácil. Tampoco habla mucho. Se diría que es otro más de los chicos del barrio, pero su mirada revela que alberga en su interior algo especial… Ha tenido que enfrentarse diariamente a una decisión desde su más tierna infancia, una opción que de manera constante ha ido eludiendo y postergando, pero que sabe que algún día tendrá que afrontar…  Sin embargo, sólo mencionarlo en voz alta haría que todo el mundo le dejara de tomar en serio y se convirtiera en una guasa (piensa para sí mismo, sin dejar de darle vueltas). “Héroe”, y más con el apelativo de “súper” delante, es algo que se puede decir en Nueva York, en Washington, o en las Molucas, donde quiera que fuere que estuviera eso… Pero no en el Cerro del Moro. No con tu madre delante. Estas cosas aquí no pasa. Hay problemas tan chungos que no los resuelve ni Spiderman. A lo mejor, incluso, al hombre-araña le roban los calzoncillos si se le ocurre aparcar en doble fila.

                Pero hay cosas que te tocan. En el interior de las casas ocurrirá de todo y se blasfemará cada cinco minutos, pero rara es la viejecita que no tiene una estampa de la Virgen del Rocío a un costado de la cama…

                Hay cosas que pueden provocar que los puños se empiecen a apretar…

 

*                                             *                                             *

 

                Vigilar una roca de varias toneladas es un coñazo. Para empezar, por su inutilidad. ¿Quién cojones se la va a llevar? Otra cosa son los actos de vandalismo. Pero no parecía que en aquella noche fuera a pasar nada raro. El vigilante, entonces, podría permitirse una meadilla. ¿O no? Claro que sí… Que se nota todavía el peso de las cervecitas. Eso sí, un poquito alejado, donde los matorrales. No sea que encima por un descuido vaya a acabar pringando la puñetera roca sagrada y tengamos un incidente internacional.

                Bueno, pues ya está -dice después de un rato-, asunto concluido, remata cerrando la cremallera. Ahora vuelvo a mi puesto y entonces…

                No está.

                Ni el puesto, ni la roca, ni hostias. Simplemente no está.

                “Me parece que no voy a volver a beber en mucho tiempo”, se dijo el guarda.

                Ni tampoco a mear.

 

*                                            *                                             *

 

                El escándalo a la mañana siguiente, al comprobar que la piedra no se encontraba en su sitio, fue mayúsculo. La ansiedad fue aumentando progresivamente, hasta tal punto que se cuenta que alguien vislumbró a un delegado provincial de grado cuarto abroncando en calzoncillos a uno de sus subordinados inmediatamente inferiores. Pero lo que fue aún más impresionante fue el susto que se pillaron todos al enterarse de que la roca de marras se encontraba en el barco de los indígenas venezolanos, los cuales, por otra parte, explicaban que no habían tenido nada que ver con el tema, pero que ya que su querido ancestro se encontraba allí y que su barco era tan inviolable como una embajada, que casi era mejor que partieran, ya se sabe, encantado de conocerles, mande usted recuerdos a la familia, y si te he visto no me acuerdo, permiso, permiso, ya nos hemos ido. Mientras la mirada de los alemanes al escuchar al guarda nocturno narrar aquella desquiciante historia acerca de la desaparición de una roca de varios cientos de kilos, sin haber intervenido un tráiler o al menos una tuneladora, reflejaban la más absoluta perplejidad (“las caras de palo más estiradas y suspicaces que he visto nunca”, declaró con posterioridad el guardia, quien afirmaba que no hubiera encontrado compañeros más impenetrables a la hora de jugar al póker), desde las autoridades españolas se decidió abordar el problema desde una perspectiva más sistemática. Es decir, el presidente del gobierno le empezó a pegar gritos al ministro, el ministro al secretario de Estado, el secretario al jefe de policía, el jefe de policía al comisario, y el comisario a los agentes, así hasta que quedó muy claro que el hecho de que cada uno de los subordinados obtuviera resultados era el único motivo que podría hacer que sus superiores dejaran tal vez de gritar. Y aquello debió estimular bastante a los agentes, porque lo cierto es que al poco tiempo empezaron a obtenerse pistas, ya fuera una minúscula fibra de tejido, una más que borrosa suela de zapato o un insignificante cabello. Lo cierto es que las evidencias resultaban (sobre todo al contrastarlas entre sí) sumamente contradictorias, pero obviando los incoherentes detalles, al sumar todas éstas, de una manera o de otra, apuntaban a un lugar que de puramente inesperado, ya constituía en sí mismo un indicio sospechoso: el cerro del Moro. A alguno le sorprendía que un acto tan revolucionario y al mismo tiempo tan altruista como el que había ocurrido en aquellos lares tuviera precisamente su origen en un lugar que no había destacado a lo largo de los tiempos por sus virtudes cívicas precisamente. Pero por otro lado, para los dignatarios políticos, aquella era justamente la punta de flecha que en aquellos momentos necesitaban para señalar con el dedo y mandar a la policía a castigar con mano dura a aquellos que estaban destinados –desde el momento en que aparecieron en escena- a recibir el escarmiento y servir de cabeza de turco. De nada sirvieron las llamadas a la precaución de los inspectores, argumentando que había que investigar más, que aquello debía tener responsables concretos, y que de nada serviría entrar a saco contra la población de todo el barrio, sino que tan sólo impediría actuar con la precisión quirúrgica necesaria para encontrar a los auténticos culpables, quienes quedarían confundidos con el resto de la barriada. Los concejales, obstinados, negaron con la cabeza; para un robo así tendría que haber intervenido mucha gente, y cuanta más mierda removieran, más posibilidades sabrían de sacar algo en claro. Con lo cual los inspectores se encogieron de hombros, dijeron aquello de donde manda patrón, etcétera, etcétera, y procedieron a llamar a los grupos de asalto, los cuales, por otro lado, se encontraban entusiasmados de poder participar.

                Pero las circunstancias cambian un poco cuando te vas a meter de verdad en harina. A pesar de los cascos y de las porras, de los escudos de material transparente, de los uniformes antidisturbios hechos para durar, entre los policías no circulaba mucha tranquilidad frente a aquel movimiento. Y quizás a ello contribuyera la aparente calma chicha del barrio, que permitía escuchar el sonido de los dientes castañetear en un radio de decenas de metros. Tanta placidez era sospechosa, y más todavía en aquellos instantes. Vale que el lugar era de común bastante desangelado de por sí. Vale que se vaciaba aún más cuando se olía la presencia de algún “pitufo”, y la verdad es que para eso tenían un olfato de lince. Pero esto… ni un alma en las calles. Ni un ama de casa tendiendo la ropa. Ni un jubilado comprando el pan. Aquello sonaba a la paz que precede la entrada a los cementerios. Tan sólo hubiera faltado el típico arbusto siendo barrido por el viento, como ocurre en los viejos pueblos del Oeste. Pero el capitán de la tropa no podía dar sensación de miedo ante sus hombres, así que ordenó avanzar. Y avanzar, y avanzar, y avanzar. Y aquello parecía tranquilo. Por un momento parecía que la cosa había funcionado. Así hasta que empezó a caer la lluvia.

                Sólo que en vez de agua, fue de cerámica, metal y madera.

                Cacerolas, tenedores, platos de barro, tostadoras, cuencos y clavijas; macetas cargadas de tierras, jarras llenas de agua, y botellas rellenas de aceite de oliva. Todo un repertorio entero de cocina le empezó a caer a los grupos de asalto desde arriba, desde las ventanas abiertas de los edificios de uno o dos pisos que dejaban un hueco para el cielo bajo el sol iluminado que ahora se oscurecía ante los ojos de los policías ante la batería de instrumentos con los que se hubieran podido cocinar un menú completo de banquete con postre y dos platos, más una riada de cubertería, de no ser porque les estaba golpeando encima de sus cabezas. Nadie pudo aclarar si aquella idea se le había ocurrido a los gaditanos espontáneamente o si en cambio alguien les sopló que sus antepasados lo habían hecho en su día hace doscientos años cuando por aquellas mismas calles entraron –con intenciones bastante idénticas- los soldados franceses napoleónicos (en verdad, aquel acontecimiento histórico ocurrió en un barrio de Málaga: pero, cuando se trata de malmeter para pegarse, ser fiel a la realidad se trata únicamente de una opción). El caso es que poco importaba: el barrio había emitido su dictamen y los policías se vieron obligados a largarse tan rápido como se lo permitieron las piernas. Mucho se discutió en días posteriores sobre lo que habían sentido en bloque los habitantes individuales de aquellas casuchas que a duras penas podían denominarse viviendas. Lo cierto es que el barrio siempre ha tendido a proteger a los suyos, incluso aunque en muchas ocasiones sean culpables (y especialmente, en ocasiones, cuando saben que los suyos son culpables). Pero aquello de cargarle el mochuelo al barrio, en general, cuando estaba claro que gente normal y corriente no había podido hacer esto, les resultaba no sólo absurdo e incongruente sino que además -y después de tanto trabajador despedido, de tanto inquilino desahuciado, de tanto jubilado que sostenía con su efímera pensión a la familia para intentar que al menos los más jóvenes tuvieran la oportunidad de salir del barrio-, aquello les sonaba francamente injusto y hasta macabro. Y por una vez el barrio, que lo había soportado todo demasiado adormilado y sometido hasta la fecha, había dicho basta y había decidido reaccionar. Nadie supo si era verdad que era alguien del Cerro el que había cometido aquel delito por el que se les invadía. Pero poco importaba: para lo sucesivo, era como si lo hubiera hecho, porque el responsable sabía que en el barrio siempre tenía refugio, y que como miembro del tal se podía considerar. Por primera vez en mucho tiempo, pudo decirse claramente aquello de que, de manera oficial, esa pequeña región del mundo se había convertido en zona tomada, independientemente de los órganos de decisión oficiales de la ciudad, de la provincia, del país o de la Unión Europea. El asunto de la roca sagrada quedó en suspenso, mientras ésta se marchaba de vuelta a su tierra junto con sus nietos sudamericanos. Y un rumor cada vez más insistente recorrió la atmósfera: había de verdad un héroe en el barrio. Nadie sabía quién era y todo el mundo se miraba receloso con una mezcla de intriga y desconfianza, preguntándose cuál de sus convecinos sería (en tono cariñoso) “aquel maldito cabrón”. Pero por encima de aquello, flotaba por el ambiente una –por novedosa- desconcertante sensación: el desconocido y sutil aroma, que hacía tanto tiempo que parecía desaparecido del barrio, que emitía el aliento de la esperanza. Un olor que se habían encontrado demasiado tiempo añorando, y que ahora se iban a empeñar con toda intensidad en volver a respirar.

(Nota: la historia de los indígenas venezolanos y la roca sagrada que creían su abuela es real. La roca fue expuesta en Alemania y, tras la queja de los grupos afectados, las autoridades germanas se comprometieron a buscar una solución favorable para ambas partes. No ha llegado a mis oídos si esta última ha llegado a concretarse).

¿CONTINUARÁ...?