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miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.

lunes, 1 de junio de 2026

Los libros de junio: "El abogado secreto" y "Bajo las togas: errores judiciales y otras infamias".

"El abogado secreto" (The secret barrister en inglés) es uno de esos excelentes ensayos que nos trae la editorial Capitán Swing para ilustrar el mundo en que vivimos. El autor (conocido en redes precisamente como The secret barrister) es un afamado divulgador acerca de cómo funciona el sistema judicial británico, el cual tiene algunas características propias muy diferenciadoras del resto de sistemas, y algunas miserias comunes al resto de países. Por ejemplo, los lectores se sorprenderán al ver las distintas tipologías de juristas que coexisten en el Reino Unido (algo que ya vimos con la serie Silk), o la importancia que se le da -al menos en teoría- a los derechos individuales en las islas británicas. Aunque el libro ya tiene unos años, algunas reflexiones siguen siendo muy actuales, como, por ejemplo, el peligro de mantener en prisión preventiva a un inocente durante meses o años (como por ejemplo planteaba la serie The nigh of), un tema muy polémico también en España a raíz de ciertas resoluciones judiciales. 


Otro ensayo sobre derecho, escrito por además un jurista español de prestigio, al que muchos conocimos gracias al caso descrito en el sorprendente documental "Seré asesinado". En este caso, Carlos Castresana (que ha participado en juicios tan señeros como el caso Pinochet) se pone a reflexionar sobre los pleitos más controvertidos de la jurisprudencia internacional para describir aquellas circunstancias en las cuales precisamente quienes debían impartir justicia -en especial los jueces- se comportaron de manera abyecta e infame. De hecho, muchos de estos juicios (como el del crimen de Cuenca) modificaron la normativa legal de su entorno, y otros (como el del asesinato en León en el entorno del Partido Popular) todavía colean en el imaginario colectivo. Aunque escrito a veces con un lenguaje demasiado "jurídico", el texto es muy útil para conocer algunos de los grandes procesos -Martin Guerre, Mariana Pineda, Nuremberg, los juicios británicos a sucesos en Irlanda del Norte- que han dado forma al derecho de los países occidentales.

lunes, 26 de enero de 2026

La historia corta de enero: La importancia de un bonito acento.

En un congreso científico en Argentina, un becario español estaba hablando con dos homólogos bonaerenses. Y mientras el chico les describía sus investigaciones acerca de las concepciones implícitas sobre el aprendizaje en determinados colectivos, los otros dos becarios les contemplaban arrebolados, hasta el punto de hacer al español sentirse incómodo. Finalmente, los becarios rioplatenses se confesaron:

-Mira, te lo tenemos que decir... Es que todas las películas porno que llegan a Argentina están dobladas con acento de España. Y por eso, cada vez que te oímos hablar, nos ponemos cachondos.

El becario español entró en estado de shock.

Tal vez fuera por esta misma razón (la diferencia de acento) por lo que, cuando entró en una tienda de comestibles y le preguntó por unos tomates a la dependienta argentina de veintidós años, ésta entornó los párpados y le susurró: "Habláme, habláme..."

lunes, 9 de junio de 2025

La historial real de junio: más hilos en Bluesky

Seguimos con hilos de Bluesky. Reciclamos un hilo de Twitter que no pudimos colgar en otro formato acerca del hombre que pudo ser Hitler en lugar de ser Hitler; relacionado con eso, un minihilo sobre el final de Klaus Barbie ("el carnicero de Lyon", un torturador nazi implacable, responsable del asesinato y deportación de miles de personas). Además, y también en clave política, aunque con un giro totalmente diferente, tenéis éste sobre las piquiponadas, unos pequeños destellos de ingenio que son más de Rajoy que de Gómez de la Serna. Que los disfrutéis, todos ellos. Un saludo.

lunes, 10 de marzo de 2025

El relato y la historia real de marzo: "La segunda muerte del padre Méndez"

                En julio de 1616, el conocido como padre Méndez predijo, en Sevilla, su propia muerte, la cual tendría lugar, de acuerdo con su vaticinio, 21 días después. Los hechos que sucedieron a partir de entonces se describen, entre otros lugares, en las “Historias de la Inquisición” de Juan Eslava Galán, de donde he sacado la mayor parte de la documentación para este relato. Muchas de las anécdotas que aquí se detallan sólo son descripciones de eventos que se registraron -o, al menos, se comentaron- por aquel entonces. Como os podéis imaginar, las adaptaciones al siglo XXI son mías.

 

Toda persona tiene un pasado. No llegamos a lo que somos por casualidad. En los momentos previos al culmen de lo que llegamos a ser hay indicios, pistas a veces sutiles, de lo que podríamos más tarde alcanzar. El padre Méndez coqueteó entre varias religiones antes de optar definitivamente por la católica, e ingresar como religioso. Migró a América; allí no le fue bien, y regresó entonces a Europa, donde se asentó en Roma. Sin embargo, su comportamiento extravagante alertó incluso al Papa, que le obligó a marcharse de la ciudad. Fue entonces a Sevilla, donde vino a ocurrir lo mismo, ya que el arzobispo le forzó a buscarse otro sitio, fuera de la urbe. Sin embargo, cuando el prelado murió, nuestro protagonista volvió a intentarlo. Fue entonces comenzó a plantar la semilla de su gloria.

                Para empezar, organizó su propia congregación. El padre Méndez, desde un principio, supo ver el potencial de las redes sociales; montó sus propios canales en diversas plataformas, donde su desparpajo y capacidad de convencimiento le granjearon una enorme cantidad de seguidores. Sin embargo, las actuaciones más atrevidas las reservaba para las distancias cortas. Tenía un pequeño coro de entusiastas a los cuales, después de haber convivido con las complejidades del mundo moderno y la existencia digital, su mensaje de volver a unos valores más sencillos, más puros, los de sus abuelos, les hacía especial ilusión. Sobre todo a mujeres, muchas de ellas jóvenes e inmigrantes. Por ello, organizaba reuniones en las que desvirtualizó a unas cuantas. Les alojó en una casa con amplios cuartos en el centro (una vieja casa de realquilados), pero hacían vida comunal. Allí, se dedicaba a hacer varias misas diarias en el salón, que empleaban como si fuera una iglesia. Sólo que las ceremonias eran un poco -por así decirlo- originales. En los vídeos en redes sociales, el padre Méndez comentaba que habían llegado a hacer a hacer una misa de veintitrés horas sin que él ni ninguno de sus seguidores (¿acólitos?¿miembros de una secta?) se sintieran cansados. Lo que no decía era que, en mitad de sus misas, se quitaba las ropas y empezaba a temblequear como si estuviera poseído. A la luz de aquellos actos, alguno se hubiera preguntado si la aseveración del padre Méndez de que en aquellas ceremonias realizaban varias comuniones al día había alguna clase de doble sentido. Sin embargo, sus seguidores en el canal de Telegram, al contemplar de manera confidencial los vídeos que mostraban aquellos extraños bailes, los devoraban acríticamente, y los nuevos followers que se incorporaban al canal (seducidos primero por el escándalo, y más tarde por la sensación de que algo auténtico tenía que haber detrás de aquellas extrañas manifestaciones) se sentían más seducidos que suspicaces frente a aquellas perturbadoras imágenes. El boca a boca se extendió de manera presencial, y también en red: muchos llegaban a verbalizar lo especiales que se sentían al formar parte de un movimiento tan único, con un líder que tenía tanta personalidad, y las ideas tan claras (en contraposición con el vacío que, con anterioridad, había llenado sus vidas), y destacaban también el sentido de comunidad que habían encontrado en aquella nueva agrupación. La afluencia, por supuesto, empezó a aumentar, en Youtube y otras redes; con ella, llegaron también las donaciones. El padre Méndez podría haber parado allí, pero por supuesto, aquello no iba a ser suficiente: él sabía que la marca requería crecer y, además, su ego necesitaba siempre más.

 

Se ha dicho que en el siglo XVII “la obsesión era la otra vida” (Juan Eslava Galán, “Historias de la Inquisición”; pág. 171). En verdad, muchos se desvivían tanto para hacer méritos en el otro mundo, que cabía preguntarse si disfrutaban en algún sentido de éste. Claro que puede ser lo natural cuando el universo terrenal no tiene demasiado que ofrecerte. Desde ese punto de vista, la promesa de la vida eterna no resulta mal atractivo. Llegar al cielo, hacerse acreedor de un rinconcito en el paraíso, exhibir tu futuro -como anticipo del premio a largo plazo- en forma de buenas obras que te llevarán hasta él. En el siglo XXI, hay otra clase de ensimismamiento: por la otra vida, la digital, la que no refleja la real en absoluto. Sino que es inmaculada, rutilante, perfecta, donde tus buenos actos también te definen: desayuna aguacate, disfruta de vacaciones en Punta Cana, viste de primeras marcas, abraza niños negros en África, donde su piel contrasta en mayor medida con el azul del filtro “Tropical”. Los principios, sin embargo, son los mismos: pórtate bien en esta vida, y tendrás una existencia digital perfecta. Haz las cosas como debes, y abandonarás esta existencia de miseria, casas estrechas, sueldos bajos, humillación. Y, con un poco de suerte, si el flujo de publicaciones se mantiene constante, y brillas lo suficiente, tu vida, de una manera u otra, quizá empiece a parecerse a aquella otra que pretendes aparentar.

 

Entonces, el padre Méndez soltó la bomba: iba a morir en tres semanas exactas. Pero no porque estuviera enfermo: al contrario, se sentía como un roble. Se lo había comunicado Dios en persona, a través de un mensaje tan diáfano como cargado de esplendor divino. La noticia empezó de manera simple, con un simple vídeo enlazado a un post. Después, se viralizó. El número de seguidores aumentó instantáneamente en todos los formatos, redes y canales. Salió en prensa y hasta en la tele. De repente, la descreída sociedad española sufrió un ataque súbito de fervor religioso. ¿Por qué no?, decían algunos, las modas siempre vuelven, y nunca hemos descartado del todo nuestros viejos ritos ancestrales. Se contemplaron escenas que hacía décadas que no se veían: lisiados e invidentes haciendo cola para que el hombre santo les curase, antes de que cruzara con la barca de Caronte al otro lado. La diferencia es que en la época en que todo el mundo era católico por definición no estaba Cuarto Milenio filmando, dando a entender que ellos, de alguna manera, habían anticipado la noticia. De hecho, había peleas por debajo de la mesa por ver qué productora iba a proporcionar el alojamiento que albergaría durante los últimos días el cuerpo del ilustre finado y, por tanto, quien tendría derecho a retransmitir en directo sus últimos momentos de agonía, el transporte del cadáver y el sepelio. Por supuesto, nadie se atrevía a decir en voz alta que aquella predicción era tan sólo una fantasía, un delirio egocéntrico fuera de la realidad: porque aquello significaría acabar con la gallina de los huevos de oro, y nadie pretendía que se terminara la fiesta, al menos, mientras hubiera cáscaras doradas que recopilar. En la calle, mientras tanto, en los mentideros de la ciudad de Sevilla, por supuesto, se producían discusiones: había quien lo negaba, había quien lo defendía, había quien no creía al padre, pero… (ese “pero” que acaba matando casi todas las buenas cosas). Las autoridades civiles y eclesiásticas, entre tanto, no querían entrometerse y lo dejaban estar: bien sabe que no es sano interponerse en aquellos asuntos que al pueblo enardecen en demasía. Si acaso la cosa se descontrolaba, siempre, más tarde, podrían actuar.

                ¿Qué hacía, al tiempo que sucedía todo esto, nuestro buen padre? Parecía retirado de este mundo. Nadie sabía muy bien donde estaba. Era su representante el que más hablaba, a semejanza del custodio de un Santo Grial. Méndez sólo aparecía en redes muy de vez en cuando, como si ya estuviera más fuera que dentro de esta vida. Trascendía que comía muy poco: prácticamente, decían, vivía del aire. Por supuesto, moraba rodeado de sus fieles, que le profesaban tal atención que casi se diría que, más que observarle, le absorbían. Por supuesto, el padre Méndez estaba encantado. Completamente en su salsa. Hablaba con sus muchos seguidores, sin dar síntomas de agotamiento, a pesar de las muchas horas despierto. Por supuesto, aquello se interpretó como un milagro, y la rumorología empezó a atribuirle muchos más: desde que flotaba en el aire hasta que las cámaras se ponían en marcha en su sola presencia (por supuesto, los fenómenos divinos han de adaptarse a los nuevos tiempos). En su presencia, por supuesto, los seguidores aprovechaban: le tocaban la cara, la nuca, las manos. Recogían el sudor de su frente (“el rocío de sus labios”, describió de manera poética un bloguero) e, intentando pasar inadvertidos, le arrancaban fragmentos de cabello o le cortaban trozos de ropa. El padre Méndez se daba cuenta de todo, pero dejaba hacer igual, y sonreía. A una señora mayor le dio por colgarle, al santo varón, un rosario en el cuello, y pronto acabó tan cargado de cuentas que, conforme caminaba, repicaba como un sonajero. Luego los rosarios eran retirados y la gente se los llevaba a su casa, aunque se encontró alguno vendiéndose a buen precio en AliExpress, y también en el Rastro. De igual modo, no era raro encontrar por aquella época (no sólo en la ciudad, sino por todo el país), tazas y camisetas referidas al mágico acontecimiento. También se subastó en eBay un trapo con la certificación de tener estampada la efigie en sudor de la cara del padre Méndez. Al fin y al cabo, salvo el de los panes y los peces, los milagros no dan de comer, pero la creencia en ellos puede originar pingües beneficios.

 

Se ha dicho que en el siglo XVII florecía la picaresca. Parece a ratos como si se tratara de un mal endémico y exclusivo español, como si nunca hubieran existido un Fagin, el hombre que vendió varias veces la torre Effiel, o el que pretendía cortar a la mitad y (darle la vuelta a una sección) a la isla de Manhattan. Como siempre, sin embargo, en aquella era la picaresca tenía dos velocidades o, mejor dicho, dos niveles bien diferenciados. Estaba el pobre que se las buscaba para sobrevivir: el lazarillo que le roba la comida al ciego; el niño de manos habilidosas que castiga el descuido de dejar la bolsa muy suelta (como premio, te proporciona la advertencia de que tengas más cuidado); el amigo que conoce a un amigo que a su vez conoce a un amigo que te puede meter mano en un negocio no del todo legal -igual que, en Roma, todo el mundo tiene un colega que maneja las llaves de un tesoro arqueológico que nadie más puede ver, y te sientes privilegiado a causa de ello-. Frente a ellos (pobres pajarillos que rapiñan las migajas que la vida no les ha querido regalar) tienes a los grandes halcones que vuelan alto y se pasean por los palacios del gobernador y del obispo, en ciertos tiempos, o los de la Junta o la Moncloa, en siglos diferentes. Como suele decirse, mientras unos llevan la fama, otros cardan la lana. El problema es que, como cada uno hace su pequeña trapacería, cuando llega la hora de imponer un sistema más justo, incluso los que deberían salir favorecidos se oponen, por miedo a que le quiten ese escaso trozo de privilegio que han conquistado. De esa manera, el gran ladrón queda impune para poder seguir enredando sus desmanes, y quejándose de los Guzmán de Alfarache al que él supera por mil. Pero siempre da más color local ese pícaro de baratillo que merodea las tabernas, que juega a los dados y a las cartas, y que corre por las plazas públicas informándose de todas las novedades acerca del padre Méndez, a veces por malsana curiosidad, como todo el mundo, y en ocasiones por averiguar qué puede caer de allí. Total, no va a hacer negocio una solo persona con la religiosidad de los feligreses…

 

                Mientras tanto, la gente que iba a verle, claro, le preguntaba por su próxima vida en el cielo. La mayor parte salían de aquella conversación sonrientes, pues el padre Méndez sabía muy bien qué era lo que quería escuchar el interlocutor con el que dialogaba. Pero claro, hablando durante casi veinticuatro horas al día, es fácil cometer errores. Como a una señora a la que le dijo que dentro de poco iba a ir al cielo, cosa que por lo visto a la mujer, que aún esperaba incordiar en este mundo un rato más, no le hizo ninguna gracia. A otra en cambio le anunció que iría a visitarla después de muerto, y la buena dama no se mostró muy conforme con eso de tener que invitar a un fantasma a té y pastitas. De vez en cuando, además, el padre Méndez iba haciendo predicciones públicas para después de su muerte: algunas eran un poco apocalípticas, sobre todo en dirección a aquellos habitantes de la ciudad (o internautas) que se habían metido con él desde el primer día. Otras, en cambio, destacaban cómo, tras su fallecimiento, se produciría una ola masiva de conversiones. El padre Méndez ya había hecho testamento digital, indicando a quién le legaría sus redes sociales para que, aunque él se fuera, no quedaran desasistidos de auxilio espiritual. Se preguntó si sería posible, desde el cielo, continuar manejando su canal, así que le encargó a sus sustitutos que no cambiaran las contraseñas, por si acaso tenía la oportunidad de grabar un vídeo desde lo más alto. Nunca se sabe cuándo vas a mandar una exclusiva en lo que se convertirá en un hito histórico.

                Llegó un momento en que, en el lugar de refugio del padre Méndez, había tal aglomeración de gente (y también de solicitudes digitales) que tuvo que poner fin a todo. Dio un discurso de despedida y colgó un vídeo -lo primero antes que lo segundo, para pulir detalles de cara a lo que pasaría a la posteridad- donde hizo un repaso de su vida, por supuesto bajo un prisma muy positivo, y cargado de subjetividad. En sus múltiples adioses se derramaron lágrimas, se vertieron toneladas de comentarios, se desplegaron innumerables aplausos, y por supuesto likes. Después, toda manifestación digital y física cesó por completo, y se hizo el silencio.

 

                Dicen que el siglo XXI proliferan los bulos. Pero el siglo XVII tampoco era moco de pavo. Un par de cientos de años antes, una mentira que hablaba de judíos secuestrando y desmembrando a un niño en Toledo (niño que nunca llegó a encontrarse, porque no existía) desembocó en la condena de varios conversos por parte de la Inquisición, y terminó de dar un empujón al decreto definitivo de expulsión de los judíos. Muchas veces estos rumores -como ahora- llegaban de manera interesada, sobre todo de los de arriba (los que tenían más capacidad de influencia y de difusión, empleando el pecunio si hacía falta) contra los de abajo, con el objetivo añadido de sembrar cizaña entre los más pobres. Si hoy es contra inmigrantes, entonces era contra cristianos de origen judío -porque, por supuesto, los “cristianos viejos” no iban a competir contra ellos en igualdad de condiciones-. Los bulos, hoy como entonces, siempre han ido dirigidos, y buscando nuestro lado más oscuro: luego, la capacidad de la gente de creerse cualquier tontería, y de atacar a su igual, funcionan para hacer el resto.

 

                Sin embargo, unos cuantos días antes de que se cumpliera el plazo, surgieron las primeras dudas. Parecía que el padre Méndez no las tenía todas consigo: quizá se veía demasiado sano o, quizá, ahora que se acercaba el plazo, principiaba a flaquear la fe que su cerebro había puesto en su propia mentira. A ratos, el padre se ponía a especular que la muerte podía llegar un poco antes, o tal vez un poco después. Cuando uno de sus acólitos más cercanos se horrorizaba ante este comentario, proclamando que, si la fecha se retrasaba, el cachondeo en Twitter iba a ser épico, el padre Méndez replicaba, con estoicismo: “A lo mejor me toca esconderme en un monte”. Por suerte, él no había leído “El disputado voto del señor Cayo” de Delibes, y no se le había ocurrido la solución que uno de los personajes citados había dispuesto para un caso semejante, y que implicaba tomar parte activa en la cuestión: o quizá sí lo había pensado, pero tenía demasiado apego a la vida como para planteárselo. Por Internet seguía manteniéndose el mutismo desde las cuentas oficiales, pero un seguidor muy activo dijo que él también había tenido una visión por la cual el padre Méndez viviría aún unos cuantos años para servir al Señor, todavía en más y mejor medida. Por lo visto al cura se le vio aliviado al leer ese mensaje, aunque sus ayudantes se mostraron cariacontecidos al pensar en aquella posibilidad.

                Al final, llegó el día de marras. El padre Méndez dijo que iba a pasar sus horas finales, justo antes de la medianoche fatal, en la iglesia, acompañado de una cámara subjetiva que grabaría sus últimos momentos delante de millones de internautas. El padre se despidió de sus devotas y se encaminó muy despacio hacia el edificio, como si de esa manera alargara o retrasara el instante definitivo. Luego, llegado al sitio (donde se habían reunido unos pocos y escogidos fieles), se arrodilló y se puso a rezar. Un médico que formaba parte de su equipo le tomaba diversas mediciones continuamente: pero, pese a que el sacerdote se había pasado sin comer las últimas veinticuatro horas, y había recorrido su habitación durante aquel tiempo, sin pausa, de arriba abajo (como si pretendiera forzar su propia muerte a base de castigar el cuerpo), aparte de encontrarle un poco débil, por lo demás le veía completamente normal, sin ningún indicio previo de lo que, presumiblemente, iba a ocurrir. Cuando sólo quedaban unos instantes para que expirara el plazo, el padre realizó un último gesto: “Adiós, hermanos míos”, declaró ante la cámara con voz queda, mirando virtualmente a los ojos. Llegaron las doce menos diez segundos, llegaron las doce en punto, esperaron unos cuantos minutos por si no andaban ajustados al cien por cien sus relojes, aguardaron a que transcurriera el primer minuto de rigor, luego comprobaron que no se habían equivocado, después dejaron que pasaran tres, cinco, diez, veinte giros de segundero, una hora. Cuando a las dos de la madrugada quedó claro que allí no iba a haber milagro ni se le esperaba, los asistentes fueron abandonando poco a poco, con la cabeza gacha y cara de circunstancias, el recinto. En un momento determinado, el cura apagó la cámara, se levantó, y sin despedirse de nadie, se fue. Nadie supo del todo donde había pasado aquella noche, aunque muchos decían que en un hostal para almas en pena donde nadie hacía demasiadas preguntas.

 

Dicen que en el siglo XXI florecen los narcisistas. En la película “Pactar con el diablo”, Satanás, interpretado por Al Pacino, llega a afirmar que “la vanidad siempre ha sido mi pecado favorito”. Los narcisistas han existido siempre: unos activos (pretenden ser admirados), otros pasivos (siguen a sus ídolos como la luna, que ansía brillar a base de reflejar los rayos del sol). Muchos de estos últimos, en realidad, son gente con muy baja autoestima, que esperan localizar un remedio para sus males en un conocimiento ignoto que nadie más posee, y que les hace por tanto superior al resto. Lo cierto es que en el siglo XVII también había narcisistas, como en todos los lugares y en todas las eras, y como bien demuestra el caso del padre Méndez en Sevilla: la gran diferencia con el siglo XXI es que nunca éstos han tenido a un público tan masivo, a través de las redes sociales, y por tanto han extendido sus tentáculos sobre tantos individuos, hasta el punto de fundar auténticas sectas, con miembros renuentes a cualquier clase de lógica racional. Pero las estrategias son las mismas: tratar de convencer a través de la emoción (por ello apelan a ti de manera íntima, y en primera persona: de ahí que la imagen, y sobre todo los vídeos, sean su principal herramienta de trabajo) de una hipotética verdad que tú deseas creer, y que por supuesto a él le va a reportar atención, y casi siempre dinero. De hecho, este último llega directamente con la visualización, con lo cual ya no hace ni falta que saquemos la cartera para darles de comer a esos estafadores. Así que, por favor, no veáis sus vídeos; no difundáis sus publicaciones; no alimentéis ese troll que está viciando la mente de tus vecinos, de tu familia, de tu casa. Eso es lo que quieren: y hasta que no lo consigan, no van a parar.

 

En la soledad de su refugio, un amigo visitó al padre Méndez. Este último le preguntó qué debía hacer. El compañero de lágrimas le aconsejó que volviera a los principios: que ejerciera la caridad, por los barrios de Sevilla, para ayudar a los más necesitados. Dijo que, si obraba así, al principio, desde luego, el nivel de burlas sería un hartazgo, pero que luego conseguiría hacerse perdonar, y que todo se apaciguaría en unos pocos días.

No las tenía todas consigo el padre Méndez cuando salió a la calle, pero, finalmente, se atrevió. La gente le señalaba en voz alta y le zahería, entre risas, preguntándole por su obra maestra. Ante lo cual el sacerdote respondía, resignado, entristecido, lacónico: “el demonio me ha dado un mal golpecito”.

Por sorprendente que pudiera parecer, al principio, la mayoría de sus followers le defendieron. Dijeron que Cristo, para salvarnos, tuvo que morir; esgrimieron (emulando a Borges, sin saberlo) que Judas, para abrir el camino del cielo, hubo de sufrir el tormento, el arrepentimiento, la humillación; y argumentaron que el padre Méndez había hecho también el ridículo por mandato de cielo: para con ello predicar la humildad, para que nadie se creyera más grande que otro. Pero aquello coló solo a medias, porque la ristra de comentarios que siguió a esas declaraciones alimentó millones de caracteres que combinaban mofa (y befa) con toneladas de sensación de vergüenza ajena. Con el tiempo, sin embargo, hasta eso cesó. Poco a poco, el ruido se fue apagando, porque todos, de una manera u otra, deseaban un retorno a la normalidad.

Mientras tanto, un día, de manera inopinada y casi inadvertida, los diversos perfiles digitales del padre de Méndez (la página y el perfil de Facebook, el de Twitter, Mastodon y Bluesky, el de Instagram y Tik Tok, el canal de Youtube y el de Telegram, el grupo de Whatsapp, un sin número de bots, perfiles falsos, cuentas B) desaparecieron de golpe. Como si nunca hubieran existido. Se generó un inmenso hueco, un espacio vacío. En la calle, si preguntaban, los antiguos fans del fenómeno del año negaban hasta tres veces “no, yo nunca he seguido al padre Méndez”, y ponían de referencia a otros youtubers de la misma quinta que habían prosperado a su sombra, pero que ahora se desmarcaban y trataban de adoptar un perfil diferenciado. Hubo, desde luego, muchos chistes, toneladas de sarcasmo, alguno hizo sangre, pero no demasiado: quien más, quien menos, todo el mundo tenía un amigo, una prima, un hermano que la había cagado con eso, y tampoco era cuestión de restregarles una conspiranoia que, después de todo, y al contrario que otras más tóxicas, no había hecho daño a nadie, salvo a los incautos que ahora servían de carnaza para el regocijo general.

Sin embargo, a los pocos meses, empezaron a aparecer perfiles con un cierto parecido al del cura que lo había revuelto todo. Ninguna de ellas se identificaba como “padre Méndez”: esta vez había un apodo, un avatar, un nombre de usuario, una forma u otra de ocultar una identidad. No estaba claro si los viejos enlaces acerca del padre Méndez en la prensa generalista habían sido borrados (el olvido digital todavía era un asunto sometido a numerosos vacíos legales), pero una oscura y concienzuda labor de borrado, aclarado y posicionamiento habían provocado que los resultados más certeros sobre el tema pasaran a la segunda página de Google -ésa, según dicen, donde un cadáver se puede ocultar-. Está claro que la muerte, en el contexto digital, realmente no existe, o cuanto menos es un asunto que exige cierta discusión. En los comentarios de algún vídeo, cuando alguien decía: “oye, ¿ése no se parece al padre Méndez, el que la cagó con su propia muerte?”, nadie respondía o, si acaso, recibía como toda respuesta, por parte del autor del vídeo, un escueto like. Ya se sabe que los tramposos, con el tiempo, o te acaban reprochando que caigas en la estafa, o te hacen partícipe de la misma, como si todo fuera un juego, y la mejor opción, si te engañan, es reírte y disfrutar. Es su manera de sobrevivir: si se tomaran a sí mismos demasiado en serio, después de todo (y sobre todo en el caso del padre Méndez), tendrían que morirse. Y, por supuesto, eso jamás.

FIN

                Nota al pie: en la versión real de esta historia, el padre Méndez tuvo la decencia de fallecer a los pocos meses de estos sucesos, quizá de agotamiento (o tal vez de vergüenza). En la época actual, estoy seguro de que hubiera experimentado una segunda o tercera resurrección.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Las historias reales de diciembre: hilos a tutiplén

Más hilos interesanes, para que podáis leerlos incluso los que estáis fuera de esa cosa llamada X: uno sobre la entrada al infierno; otro acerca de cuando Madrid fue la capital de Armenia; y un tercero en el que os desgrano cuál es la historia más antigua que conocemos. Espero que os llamen la atención, os hagan aprender un poco y, sobre todo, os diviertan. Un abrazo, nos leemos.

lunes, 14 de agosto de 2023

Nueva entrega de "El Gato de Hubble": Ramón y Cajal, el concurso

Bienvenidos a una nueva entrega de "El Gato de Hubble", donde hemos decidido en esta ocasión montar un concurso acerca de la figura del único premio Nobel de ciencias 100% español, el insigne Santiago Ramón y Cajal. Como veréis, a través de las preguntas y las respuestas aprenderemos un poco sobre de sus descubrimientos, pero también detalles anecdóticos (muy jugosos y divertidos) acerca de su vida, la cual ilustra de manera diáfana el panorama de la ciencia española e internacional en su tiempo, y también arroja luz sobre cómo está la situación en la época actual. Lo dicho, espero que con el programa descubráis cosas nuevas en relación a una biografía menos encorsetada de lo que parece y, sobre todo, os lo paséis bien. Un saludo.

Santiago Ramón y Cajal tuvo una vida agitada. A lo largo de su existencia fabricó un cañón (de niño), practicó la pintura, la fotografía y el culturismo (como podemos ver en la fotografía de arriba), casi le matan en la guerra (no sólo a tiros, y no sólo el enemigo), hubo de arrastrar a alguien del brazo para que la ciencia le hiciera caso, y tuvo un hermano con un periplo vital todavía más aventurero (hasta vivió una revolución). Si con esto no tenéis ganas de escuchar el programa, yo ya...

Posdata: como sé que alguno no tiene mucho tiempo para llegar al final de los podcast, pero pueden interesarle recomendaciones bibliográficas, aquí la biografía que recomendé de Ramón y Cajal (en la que escribe el mayor experto en el tema, Juan De Carlos Segovia, responsable del Legado Cajal), aquí la serie de televisión (que esperemos que ya se pueda ver sin problemas), y aquí algunos textos escritos por nuestro científico favorito que pueden encontrarse en librerías -en las bibliotecas, sin duda, habrá más-. Un saludo.


lunes, 13 de marzo de 2023

Las historias reales de marzo: innovando en campos de concentración, resucitando teorías periclitadas, reduciendo cabezas.

Nuevos hilos publicados en Twitter, en Mastodon o (como os enlazo en un par de casos) a través de aplicaciones que los organizan en un formato menos fragmentado: sobre cómo España creó el concepto de campo de concentración en la isla de Cabrera, acerca del gallego que se coronó como rey de los jíbaros, y en relación con no sólo con una, sino con dos teorías científicas que parecían descartadas y al final revelaron ser aplicables en ciertos casos. Disfrutad de estas historias. Un abrazo.

lunes, 13 de febrero de 2023

La historia real de febrero: La gran redada de gitanos

Nos acordamos -con frecuencia, y con razón- del Holocausto que los nazis intentaron (y casi llegaron a cabo) con los judíos. Nos olvidamos con más facilidad de que las políticas de aniquilación de Hitler alcanzaron también a izquierdistas, homosexuales y gentes de otras etnias, como gitanos (entre estos últimos, el fenómeno se conoció como Samudaripen o Porrajmos). Pero lo que es resulta bastante desconocido para el gran público es que España intentó su propio holocausto, a su manera, con la población autóctona gitana. Fue el suceso que se denominó "La Gran Redada", o Prisión General de Gitanos.

Los gitanos (o calós, como se denominan a ellos mismos, en contraposición con los payos; también se les conoce como romanís) llegaron a España en 1424, procedentes originariamente de la India, y su entrada fue autorizada al año siguiente por un salvoconducto de Alfonso V de Aragón. Su vida nómada les hizo muy diferentes desde el principio del resto de la población, y aunque han aportado (tanto a nivel colectivo como individual) muchas cosas al acerbo de su nueva patria, siempre ha habido problemas de convivencia. El problema surgía cuando algunos decidían que la mejor manera de eliminarlos (o de completar la homogeneidad de los reinos españoles iniciada por los Reyes Católicos con la expulsión de judíos) era, precisamente, erradicar a la cultura minoritaria de la ecuación. Se promulgaron hasta 250 medidas anti-gitanas (reclutamientos a galeras, expulsiones de determinados territorios, normas destinadas a la exclusión social o a que no consiguieran trabajo), algunas de ellas contradictorias, como las que obligaron a los gitanos a residir en ciertos municipios, lo cual conllevó que se trasladaran de localidades donde ya se habían integrado.


Arriba, fotografía de Niña Pastori, quien ejemplifica la contribución de la población gitana (ella tiene madre caló y padre payo) al mundo del flamenco, aunque, poco a poco, podemos encontrar gitanos tan orgullosos de su herencia como partícipes de todos los sectores sociales y profesionales. Abajo, marqués de Ensenada, responsable en buena medida de la Gran Redada.

Sin embargo, el punto álgido llegó durante el reinado de Fernando VI. En ese momento, el Consejo de Castilla (presidido por Vázquez Tablada, obispo de Oviedo) se decidió a acabar con "el problema gitano" de una vez por todas -"solución definitiva", lo denominaron-, y propuso un plan que sería ejecutado por el ministro más relevante de aquel momento, el marqués de Ensenada. La primera opción fue enviarlos como prisioneros a América (el mayor inconveniente era que podían acogerse "a sagrado" en las iglesias, pero el Papa les hizo el favor de revocar ese derecho, el cual siguió funcionando para todos los criminales excepto para los de origen romaní). Sin embargo, al ver que Portugal había intentado una propuesta similar y no le había salido bien, se decidieron a encerrar a todo el pueblo gitano, aislar a las mujeres de los hombres e impedir, en último término, que pudieran reproducirse. En puridad, estamos hablando de una extinción, un exterminio: en aquella época no existía la palabra genocidio, pero la idea no le iba a la zaga, y muchos historiadores la califican con ese término (si bien es verdad que de manera indirecta, porque el plan no era matar a los gitanos para lograrlo). Uno de los detalles graciosos fue que, a pesar de que la idea era abominable, en los documentos oficiales ni siquiera se quería mencionar la palabra "gitano" porque los ideales de la Ilustración veían feo discriminar por raza, así que muchas veces se trató de disfrazar este trato diferencial en base al oficio: esto causaría muchos problemas posteriormente, como veremos.

Hay que reconocer que la estratagema estaba muy bien ideada: se llevó a cabo un recuento minucioso de la población gitana (luego resultó que no era tan exacto como les hubiera gustado). Se planeó que la redada se ejecutara de manera sincrónica por las distintas zonas del territorio en el mismo día y hora (la medianoche del 30 de julio de 1749), y que fuera llevada a cabo por grupos que se organizarían en el máximo secreto. Muchos de los militares que recibieron las órdenes se enteraron de las mismas unas pocas horas antes de llevarlas a cabo, pues venían en sobres escrupulosamente cerrados que debían abrirse de manera simultánea: una vez hecho esto, habría que arreglárselas para localizar a los gitanos y separarlos entre hombres mayores de siete años, y mujeres y niños menores de esta edad (los primeros irían a trabajos forzados en arsenales de la Marina, y l@s segund@s a cárceles, hospicios o fábricas textiles; los niños, cuando crecieran, serían separados de sus madres, aprenderían un oficio y tendrían el mismo destino que sus progenitores). La financiación para organizar todas estas operaciones saldría de requisar los bienes pertenecientes a los gitanos (una idea que sin duda copiaron de la Inquisición, que ya llevaba años funcionando económicamente sobre esa base).

La parte más increíble de esta historia (lo que es raro, cuando hablamos de un plan español) es que todas las instrucciones se cumplieron con eficacia germánica. De hecho, las primeras horas fueron un modelo de planificación que hubiera encandilado a los nazis: hasta hubo poblaciones en las que se cortaron las calles para impedir la huida de cualquier gitano de la localidad. Se calcula que capturaron a unos 9000 calós, que se sumaron a unos 3000 que ya estaban en prisión; sin embargo, como suele decirse, no fueron todos los que eran (algunos gitanos huyeron, muchos porque contaron con ayudas de colaboradores), ni eran todos los que fueron (se asumió que todos los integrantes de determinadas profesiones eran romanís, y la justicia tuvo que dirimir determinados casos). Muchos gitanos se entregaron pacíficamente -no conocían el alcance del plan, y creían que era positivo colaborar con las autoridades-, incluso yendo al encuentro de los soldados, para sorpresa de los mismos (cosa que por ejemplo ocurrió en Vélez-Málaga), y la mayor resistencia tuvo lugar cuando se trató de separar a las familias, en particular a los padres de sus hijos, aunque sí hubo algunos conatos de rebeldía aislados. Por otra parte, hay que decir que muchos calós trataron de acogerse a sagrado (derecho que, como decimos, les había sido astutamente retirado para evitar que tuvieran una salida; eso sí, algunos religiosos les protegieron, a pesar de la prohibición, y las autoridades tuvieron que pasarles por encima); en cuanto a la población paya, su actitud fue variable, y aunque muchos trataron de defender a sus vecinos, otros en cambio fueron colaboradores activos de la Gran Redada, y delatores del pueblo objeto de persecución.

John Philip, que visitó España y recibió la influencia de varios artistas españoles, creó este cuadro (La ventana de prisión) sobre cómo padecía sus desventuras una familia durante la Gran Redada de Gitanos.

Sin embargo, toda la disciplina que habían mantenido las autoridades en esta primera fase de la operación se fue desarbolando a lo largo de las siguientes etapas. No había medios materiales suficientes para mantener encerrados a tal cantidad de gitanos, a pesar de que se habilitaron castillos, alcazabas e incluso barrios enteros -como uno en Málaga- para tal fin. Además, la falta de un registro detallado de los gitanos (muchos de los cuales se habían casado con payos o tenían certificados que les acreditaban como cristianos viejos) complicaba muchísimo las cosas a nivel de los responsables de la administración, la cual por otra parte se hallaba desbordada. En un momento determinado, la confusión era tanta (¿se era gitano según tu etnia o tu profesión?; ¿eras más o menos gitano según el arraigo en tu lugar de procedencia?; ¿se debía tratar igual a un gitano casado con una paya que a una gitana casada con un payo?; al final, en este último caso, la decisión que se adoptó fue que una familia era gitana si lo era el marido) que al final se decidió liberar a unos sí y a otros no, con lo cual el plan inicial empezó a hacer aguas.

No había espacio para tal masa de reclusos: los gobernadores pedían que no se les enviara a más, a pesar de lo cual éstos siguieron llegando. Las condiciones en las que se mantenía a los romanís eran deplorables (incluyendo el uso de grilletes), lo cual llevó a numerosas muertes, fugas y revueltas (éstas incluían burlas a los carceleros; varios grupos de gitanos decidieron hasta rasgarse las ropas y quedarse en cueros, lo cual dejó a sus guardianes descolocados). A pesar de que se ordenó castigar a los huidos con la horca, muchas autoridades locales consideraron desproporcionada la orden y no la cumplieron. En medio de la confusión, no era tan raro que a unos gitanos se les liberara por un lado y se les arrestara más tarde por el otro. Creo recordar que la primera vez que leí esta historia (mi memoria no está segura de si en un texto de Antonio Gómez Alfaro, el gran historiador moderno acerca de este tema, y que escribió un libro al respecto) se hablaba de permisos temporales para salir y hasta de visitas conyugales intermitentes, pero estos extremos no los he podido confirmar; en todo caso, os podéis imaginar el despropósito que era aquello, y el caos organizativo, en contraste con el éxito inicial de la operación.

Por otra parte, la medida, en muchos sentidos, resultó contraproducente: mientras que a los gitanos que tenían una vida más nómada resultó más difícil capturarles (se calcula que hasta 2000 se libraron de las redes que se cernían en torno a ellos), en cambio, a los que tenían un oficio y llevaban toda la vida en la comunidad -en buena medida, reasentados por las leyes anteriores; por eso estaban tan bien localizados- fue fácil atraparles. Sin embargo, su arresto, paradójicamente, fue el que más dañó a las economías locales. Hasta alcaldes y habitantes de sus pueblos pidieron insistentemente que les liberaran; eso, unido a las protestas de la comunidad caló (sobre todo por parte de las mujeres) acabó por forzar a las autoridades a modificar el desenlace final del asunto.

Unos tres meses después de la Redada se decidió liberar a un gran número de gitanos, hasta 5.000, que pudieron, de una manera u otra, demostrar "su honradez" (o sea, que tenían trabajo y arraigo); sin embargo, cuando volvieron, descubrieron que se habían quedado sin propiedades, y que tenían que reiniciar su vida desde el principio, lo cual no debió de apaciguar la conflictividad social. Los 4.000 restantes siguieron trabajando prácticamente como esclavos, siendo liberados poco a poco, hasta que, en 1763, Carlos III, quien había sucedido a Fernando VI (el cual había destituido al marqués de Ensenada hacía mucho), decidió finiquitar aquel dislate, indultar a los pocos cientos que aún quedaban recluidos y que no habían muerto por las malas condiciones de vida, y terminar con todo lo que le recordaba que aquella fallida operación había existido -Carlos III, incluso, decidió omitir explícitamente el suceso en legislaciones posteriores; según decía, porque dejaba en mal lugar a su antecesor Fernando VI-. Aun así, el problema logístico de la reubicación prolongó las trabas burocráticas dos años más, hasta que el rey ordenó liberar de manera inmediata a todos los gitanos que quedaba presos.

Aquel suceso dejó una huella indeleble en el pueblo romani; algunos de los que habían podido acreditar su honradez, para intentar evitar que les volvieran a arrestar, decidieron mimetizarse con el entorno y formar cofradías (como hicieron muchos conversos ante el empuje de la Santa Inquisición, o grupos de izquierdistas tras el triunfo de Franco); otros recitaron y cantaron el sufrimiento padecido, y algunos autores ubican allí el origen del quejío flamenco. Ni qué decir tiene que las relaciones con la comunidad paya quedaron indisolublemente dañadas; no es fácil llevarse bien con un pueblo a cuyo rey (Fernando VI) le dedicas canciones infantiles que cuentan lo mal que se ha portado con los tuyos. Eso, por no decir de la desconfianza que se generó entre el pueblo gitano y los valores de la Ilustración, así como con la comunidad paya. Muchas de esas cicatrices siguen supurando hoy en día. En cambio, en la historiografía española, al suceso, por bochornoso, se le dedicó escasa investigación y recuerdo; sólo unos pocos historiadores especialistas en el pueblo gitano han conseguido airear lo suficiente el asunto, que sigue siendo desconocido para la mayoría.

Hoy en día, todavía se hacen conmemoraciones de aquel acontecimiento nefasto para las dos etnias implicadas, sobre todo por parte de la comunidad romaní. Recientemente, el entonces vicepresidente Pablo Iglesias pidió perdón de manera oficial a los gitanos residentes en España, en nombre del gobierno, por los daños producidos por la Gran Redada. Pero lo que nadie puede asegurar es que sucesos como aquellos no vuelven a repetirse, sobre todo si no los recordamos. Desde este humilde blog, espero haber contribuido, con mi granito de arena, a solucionar esta amnesia.

lunes, 31 de octubre de 2022

El relato de Halloween: Made in "La Tierra"

 Made in “La Tierra”

 

Pleno de Sesiones del Congreso de los Diputados.

Ciudad de Jaén, Península Ibérica

29 de marzo de 2042

 

[Presidente]: Tiene la palabra el portavoz del Partido Nacionalista Ibérico.

[Portavoz]: Gracias, señor presidente.

               

Comparezco ante ustedes con una frase que no puedo proclamar con más satisfacción: nosotros ya lo sabíamos. Cuando lo decíamos, es decir, cuando afirmábamos que no había nada más magnífico y de lo que estar más orgulloso que de ser español (ahora matizaría: ibérico), recuerdo que había diputados, algunos de ellos presentes en esta sala, que se reían de nosotros. Decían que éramos unos racistas, que sólo se trataba de una simple cuestión aleatoria el hecho de nacer en tal o cual lugar, que nuestra soberbia era (cito palabras textuales) vacua, mezquina y retrógrada. Ese aluvión de descalificaciones tuvo que detenerse cuando el tiempo, finalmente, nos dio la razón: sí, en efecto, amigos míos, me refiero al momento de la llegada de los extraterrestres.

                Todos recordamos aquel día, así que no hace falta que me extienda en el hecho que trastocó la civilización humana de manera irreversible e implacable. Sin embargo, sí que me gustaría resaltar algunos puntos: rememoro nuestra estupefacción absoluta cuando el primer OVNI aterrizó en una llanura cuasi desértica de Asia Central, habitada tan sólo por pastores y rebaños de cabras. Aquel primer contacto (cuya ubicación, según descubrimos más tarde, fue decidida de manera aleatoria en un mapa, pues nuestros distinguidos invitados nada sabían de nosotros salvo lo que podían observar desde el satélite) fue por supuesto accidentado y, una vez que se estableció una primitiva comunicación, los visitantes se dieron cuenta de que no habían entablado amistad con el país adecuado. En los compases iniciales, por supuesto, hubo mucha discusión sobre qué país llevaría la voz cantante en su interacción con esos nuevos actores políticos; estadounidenses y chinos, por supuesto, pretendían destacar como nación preferente, frente a otros países que abogaban por el liderazgo de instituciones supranacionales como la ONU. No obstante, una vez se superaron aquellos primigenios incidentes, y tras unas cuantas cumbres en las que los alienígenas alternaron reuniones entre Bruselas, Washington, Pekín, la OTAN y el Consejo de Seguridad de la ONU, los extraterrestres se dieron cuenta de que con quien debían tratar era con nosotros, los españoles, porque, como ahora todo el mundo sabe, conteníamos la materia prima más indispensable para nuestros ahora amigos y colaboradores: las excepcionales, únicas en el espacio interestelar, maravillosas y, por qué no decirlo, deliciosas aceitunas.

Sí, amigos, lo diremos una y mil veces: que ser español constituye un supremo privilegio del universo queda demostrado por un aspecto tan sencillo como que las aceitunas son el alimento que más salida tiene a nivel comercial a lo largo de toda la galaxia. Pronto, los asombrados habitantes de la Península Ibérica (en particular los andaluces, entre los que tengo el honor de contarme) descubrimos que no sólo la civilización que había contactado con nosotros, los ya famosos Glorp, eran fanáticos de las aceitunas, sino que buena parte de los planetas del borde exterior de la Vía Láctea están dispuestos a pagar ingentes cantidades de dinero por esas perlas verdes, negras, y de cualquier color conocido, que tanto les entusiasman. Es verdad que otros países productores de olivas también se vieron favorecidos por las atenciones de nuestros amigos los alienígenas y, fruto de ese interés mutuo, nació la Organización de Productores y Exportadores de Aceitunas y Aceite de Oliva, pues descubrimos también que este oro líquido era esencial como combustible para buena parte de los motores construidos en una amplia proporción de los sistemas estelares habitados. Aquel increíble descubrimiento representó para nosotros una nueva era: un inesperado, pero merecido amanecer, para la sección más valiosa de la humanidad.

Desde entonces, como ustedes sabrán, muchas cosas han cambiado: como sin duda hasta los más críticos tendrán que reconocer, nos hemos convertido en los socios preferenciales de nuestros ahora aliados los Glorp. Otros países, como Italia, Grecia o algunas naciones árabes, también se han visto beneficiados por su amistad, pero ninguno ha salido tan bien parado como nosotros. Por supuesto, esto implicó cambios políticos a nivel interno: gracias a los extraterrestres pudo culminarse el ansiado y diferido proyecto de la Unión Ibérica, y es obvio que tuvieron que producirse algunas modificaciones en el régimen político, una vez los Glorp entendieron que los componentes del Partido Nacionalista Ibérico, como yo mismo, eran los mejores interlocutores posibles con los que negociar. Pero, a cambio de esas modificaciones, que he de reconocer que en su día causaron una cierta polémica, la prosperidad obtenida por nuestra nación durante el proceso ha resultado más que provechosa: desde entonces, nos hemos convertido en el país más poderoso de la Tierra. Gracias a la colaboración militar de los extraterrestres, hemos recuperado Hispanoamérica, nuestras colonias en África, Filipinas, ¡Gibraltar!, y hasta conseguido derrotar, en aguas internacionales, a las en su día invulnerables naciones china y nortemericana. Es verdad que hemos sufrido momentos de crisis, como cuando australianos, estadounidenses y sudafricanos intentaron competir con nosotros en el mercado aceitunero, pero, gracias a nuestras hábiles gestiones, conseguimos que nuestros colaboradores extraterrícolas aniquilaran a la competencia a cambio de un mayor incremento en la producción. Sin duda, hemos tenido que hacer ciertos sacrificios, pero no podemos negar que la alta elevación del nivel de vida conseguida en los últimos tiempos compensa de so…

[Una mujer atraviesa el hemiciclo y asciende a la tarima del orador, entre bisbiseos generales. La mujer se inclina hacia la oreja del hombre].

[Portavoz]: ¿Seguro?

[Ella asiente. El hombre coge su teléfono móvil]

[Portavoz]: Un momento, por favor… Creo que esto es importante… [Espera comunicación con el teléfono]. Oye, sí, es que Marta me ha dicho… Sí… Sí… [Largo silencio]. Ajá. Lo entiendo. Un momento. [Sigue hablando a la concurrencia, aunque sin despegar el teléfono de la oreja]. E… ejem; me acaban de comunicar que, por lo visto, los Glorp han descubierto la manera de cultivar olivares en su planeta de origen, y fabricar por su cuenta su propio aceite de oliva. Eso quiere decir que, salvo unos pocos elegidos, el resto de los habitantes del país serán convertidos en mano de obra esclava, la cual será deportada y enviada al planeta… ¿Qué? [Vuelve a hablar con su interlocutor en el teléfono]. ¿Cómo que no estoy incluido entre el grupo de elegi…?¡José Luis, me cago en tu pa…!

jueves, 1 de septiembre de 2022

El libro y la historia real de septiembre: "José María de Torrijos y Uriarte. Más allá del cuadro de Gisbert".


Hay algo fascinante en el cuadro de A. Gisbert "El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en la playa de Málaga" que te absorbe cuando te lo tropiezas en el Museo del Prado, momento en que, casi de manera irremediable, acabas concentrando toda tu atención en él, tratando de averiguar cuál era la biografía y las circunstancias de cada uno de esos hombres. El autor de este ensayo, Manuel Alvargonzález, argumenta que la pintura ha hecho, en efecto, famoso a José María Torrijos, líder de este pronunciamiento que le llevó a morir en la costa de Andalucía, pero que también eclipsó el resto de su vida, a pesar de que Torrijos tuvo una biografía muy interesante que, además, sirve para ilustrar el intrincado período que le tocó vivir, el de las primeras revoluciones liberales del siglo XIX en España, donde se trataba que no gobernara el rey, sino unas Cortes en las que la nación se viera representada. Manuel Alvargonzález redacta este libro a partir de un trabajo académico (lo cual se nota a lo largo de la lectura, aunque es lo suficientemente accesible como para el público general) y trata de ilustrar otros períodos de la vida de Torrijos, un personaje complejo y, en muchos sentidos, hijo de su tiempo. Anoto aquí debajo unos cuantos puntos que me han resultado muy instructivos:

1) El libro, en buena parte, es una historia de ese primigenio liberalismo, donde también hubo facciones, dudas, discusiones ideológicas, traidores y mucho fingimiento. Vemos que en política, ya desde el siglo XIX, lo de decir una cosa y hacer otra se convirtió en un clásico. También descubrimos que ya entonces era costumbre, cada vez que surgía un movimiento que podía cambiar las cosas, que el conjunto de las fuerzas tradicionales, y los estamentos más privilegiados, se batieran con uñas y dientes en contra de él.

2) Manuel Alvargonzález aprovecha para hablar de otros individuos destacados de la historia del liberalismo (revolucionarios, conservadores, aventureros, veletas, personajes estrafalarios) como el legendario Van Halen (cuya estrambótica trayectoria ya fue narrada por Baroja en "Memorias de un hombre de acción") y también de episodios no muy conocidos pero llamativos de este período. Por ejemplo, es bastante gracioso comprobar cómo Rafael de Riego, cuando se rebela contra Fernando VII, parte con una serie de hombres de Cabezas de San Juan, los pierde a todos por el camino antes de llegar a destino, y sin embargo vence en su pronunciamiento, el cual da origen al efímero Trienio Liberal, una de las primeras experiencias (por simplificar mucho y entre comillas) que abrieron el camino a regímenes más democráticos en España.

3) El libro destaca también las contradicciones dentro de las propia corrientes del liberalismo, movimiento el cual creía que iba a traer prosperidad a todos los rincones del orbe, pero estaba organizado por hombres aristocráticos, quienes no se daban cuenta de que algunos de sus postulados no siempre beneficiaban a las clases humildes, a las cuales sin embargo incitaban a sumarse a la rebelión. En ese sentido, el autor señala que Torrijos muchas veces no entendió las demandas que le hacía el campesinado al respecto (algo que sí supo entender el carlismo y aprovecharlo en su propio beneficio) y, si acaso, de las clases más bajas, sólo confió en las de extracción urbana. Un buen número de experiencias de las que podemos aprender lecciones bastante aplicables a la política actual.

4) Es llamativa la influencia que tuvo Torrijos entre el círculo denominado "los apóstoles de Cambridge", de quien el autor del libro hace una vívida disección. También hace hincapié en la época en que un exiliado Torrijos hace de traductor y aprende, de la figura de Napoleón, el ideal de héroe romántico: un ideal que tratará de cumplir él mismo, rodeándole de un aura que llevará a que muchos, admirados por su temple, arriesguen la vida, seducidos, para seguirle en su epopeya. Por otra parte, es destacable cómo, en su período fuera de España, Torrijos intenta entablar relaciones con otros proyectos liberales, ya sea en Portugal o al otro lado del charco, en las nacientes repúblicas de Hispanoamérica, considerando que el liberalismo, en realidad, a pesar de su obsesión con el concepto de nación, era una aspiración universal.

5) Finalmente, el libro analiza la intentona por la cual Torrijos aspiraba a "todo o nada", y que le llevó a morir, a él y a otros compañeros, fusilados, en una playa de Málaga (momento reflejado en un fastuoso cuadro de Gisbert el cual, por otra parte, no es del todo fiel a la realidad, como explica el texto; sin embargo, ya se sabe, el arte tiene otros fines, parámetros y cuestiones, y la autenticidad no es siempre lo más importante). Sin embargo, unas cuantas páginas antes hemos podido comprobar cómo todo no era tan romántico ni tan heroico como lo pintaban, y muchos desertaron en la última parte de la partida, en parte por falta de fe en sus posibilidades de triunfo, y también por ciertas decepciones a lo largo del camino.

Manuel Alvargonzález, además, escruta las relaciones familiares de Torrijos, y en especial la interacción con su mujer, quien constituirías un sólido punto de apoyo no sólo emocional, sino también en las diversas conspiraciones en las que participó a lo largo de los años. El libro termina, como no podía ser de otra manera, casi de manera abrupta tras el vibrante episodio del fusilamiento. Sin embargo, la causa de Torrijos no terminaba: en muchos sentidos, la de esa otra España casi acababa de comenzar. Más gente moriría en otras playas, reales o metafóricas. Podemos soñar qué hubiera ocurrido si sus pronunciamientos hubieran sido fructíferos. La revolución iniciada por Riesgo es digna de interpretarse de distintas maneras, según la evolución de sus resultados, en los años presentes y futuros. Todavía estamos inmersa en ella, aunque los objetivos, las batallas y parte de los rivales sean otros. Y, como siempre, como Torrijos, nosotros elegimos en qué bando queremos estar, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar por él. Un saludo.

lunes, 22 de agosto de 2022

El relato recuperado de agosto: "LCD Vidriera"

 Un relato recuperado de un formato que se perdió, para que lo podáis disfrutar de nuevo. Un saludo,


LCD Vidriera

Este humilde homenaje a Cervantes, en al año del V Centenario del Quijote,

 está basado en su novela ejemplar “El licenciado Vidriera” y en su protagonista Tomás Rodaja,

 y dedicado a la ciudad de Salamanca,

inspiradora de tantas buenas historias.

 

                La chica se colocó en su lugar asignado en el autobús.   Normalmente no hubiera reparado en su compañero de asiento, de no ser porque el libro que el chico tenía entre manos le trajo a la mente buenos recuerdos.

                -¡Anda!, ¿estás planeando ir a Italia? Porque yo acabo de volver de allí.

                Tomás levantó la vista del libro y le sonrió. “Pues no es feo, después de todo”, se dijo la muchacha a sí mismas.

                -La cosa es que yo también acabo de volver –dijo él-. Estoy repasando algunas anotaciones que hice en mi guía de viaje.

                La joven intentó sacarle más conversación al chaval, pero éste se mostraba renuente a intercambiar más de dos palabras. Ella se mosqueó. En sus tiempos de Erasmus en Italia, no solía ocurrir que los chicos se rehuyeran la conversación.

                -Perdona –se disculpó él, intuyendo la sensación que estaba provocando en su compañera-. Anoche no dormí mucho y ando un poco despistado. Lo malo es que ni siquiera consigo conciliar el sueño.

                -Ah, por eso no te preocupes –dijo ella-. Tengo aquí una pastilla para ayudar a dormir.

                Tomás la contempló con aire de desconfianza.

                -No es nada malo –le aclaró ella-. Te ayudará a echar una cabezadita las dos horas que dura el viaje a Salamanca. Venga, confía en mí.

                <<Con un poco de suerte, te hará abandonar un poco ese aire de seso que tienes>>, se dijo a sí misma la chica, sacando aquellas pastillas de colores que tanto furor hicieron en su etapa de Erasmus.

                Tomás, finalmente, accedió a tomar la píldora. Al poco tiempo, notó cómo iba haciéndole efecto y, ayudado por el influjo del sol y del traqueteo del autobús, cayó rendido en brazos de Morfeo…

                El problema fue cuando se despertó. La chica del asiento contiguo no estaba al lado, pero eso al muchacho, ante las nuevas circunstancias, le resultaba irrelevante. La sensación que experimentaba era difícil de describir, pues nunca había sufrido un cambio de consistencia a nivel de estructura molecular, y le hubiera resultado complicado expresarlo, incluso aunque fuera consciente de en qué consistía aquello exactamente. Pero sí que le daba la impresión de ser más ligero, incorpóreo, más “líquido”, por decirlo de alguna manera. El susto se lo llevó al darse cuenta, primero, de que no necesitaba las gafas para ver (de hecho, éstas habían desaparecido) y, segundo, de que sus manos se habían vuelto transparentes, con algún leve toque iridiscente que le permitía contemplarse los dedos o las muñecas y evitaba que (pese a la aparente desaparición de sus ropas) todo su cuerpo se hubiera vuelto invisible a sus propios ojos. Tomás se estremeció: se había vuelto de cristal, o más bien, del mismo vidrio que conforma las pantallas LCD o las de los móviles. Y lo más sorprendente de todo es que parecía que nadie se había dado cuenta. Cuando se detuvo el autobús, salió de manera normal, como con el resto de la gente, y de hecho, al tratar de decirle algo al conductor, éste le despachó con un bufido de desagrado, como si le estuviera robando un tiempo precioso. Así que Tomás se mantuvo obediente en la fila, por eso de que las normas de educación dicen que no debes molestar al resto del mundo, ni siquiera aunque te estén clavando un puñal por la espalda.

                Sin embargo, una vez salió al exterior, no pudo contenerse. Se lo vociferó al primer grupo de personas que encontró en la calle:

                -¡Me he convertido en cristal!

                Un anciano fue el primero que le replicó al respecto:

                -¡Deje ya de dar gritos!¡Y apártese de ahí en medio, ocupando la calle!¡Habráse visto! Esta juventud…

                No obtuvo ninguna reacción más, aparte de una señora que, después de contemplarle un momento, sacó un pañuelito y le limpió un poco la superficie a la altura de las mejillas. No conforme con el resultado, aplicó al pañuelo algo de salivilla, y prosiguió frotando constante a pesar de las protestas de Tomás. Luego, cuando se quedó satisfecha acerca de cómo de limpio había quedado, se marchó de su lado, sin mediar palabra.

                Probó algo distinto en el centro de la ciudad, con un grupo de estudiantes.

                -¡Me he convertido en cristal!

                Un estudiante con gafitas levantó la vista de su libro.

                -No, caballero, se equivoca usted: a nivel molecular, está usted claramente hecho de vidrio.

                Y volvió la vista hacia su texto. No obstante, un par de jóvenes se le acercaron.

                -¡Anda, si es verdad!¡Parece como la pantalla de una tablet!

                Los chicos empezaron a toquetearle la cara. De repente, vívidas imágenes de colores aparecieron en su frente, con si se tratara de la parte frontal de un smartphone o un ordenador. Tomás vivía todo esto con desconcierto porque, aparte de que no le agradaba nada que deslizaban el dedo por su frente, el hecho de ser transparente permitía que viera lo que estaba escrito, aunque fuera del revés.

                -¡Ahí va!¡Si es mejor que un móvil!-exclamó uno de los jóvenes.

                -¡Yo quiero ver un vídeo de gatitos!-rogó la chica.

                Para desgracia de Tomás, el muchacho le hizo caso y, de repente, a la altura de su estómago, se materializaron las figuras de dos cachorros de gato jugando, pero que para Tomás eran tan reales como si estuvieran dentro de su vientre. Tanto que, incluso, podía sentir los arañazos.

                -¡Ey!¡Aquí hay una carpeta de fotos!-exclamó un tercero que se había añadido al grupo, y al apretar en el pecho de Tomás, comenzó a desplegar imágenes que Tomás reconoció como recuerdos en su cabeza.

                -¡Oye, deja eso!-exclamó el centro de atención de lo que estaba volviéndose un corro en torno suyo. Tomás pasó rápidamente la mano por su propia piel (el tacto era frío y delicado), consiguiendo que se cerrara de golpe la carpeta.

                -¿Qué más cosas puedes hacer?-le preguntaron.

                Y lo cierto es que Tomás también se lo preguntó.

                Junto a Tomás empezaron a agruparse numerosos transeúntes, curiosos, preocupados, divertidos o que, simplemente, buscaban averiguar alrededor de qué se reunía tanta gente. Entre todos, comenzaron a explorar las posibilidades.

                Por supuesto, una de las primeras aplicaciones fue emplear a Tomás como proyector humano: frente a una fachada de un colegio religioso, que sirvió de pantalla, Tomás desplegó varias películas, desde comedias a historias de acción y aventura, que sembraron las delicias del público que allí se congregó (desde gente joven hasta ancianos, pasando por sesudos críticos de coderas y gafas de pasta), el cual, entre helados, globos de colores y puestos improvisados de comida, vivió aquel episodio como una fiesta.

                Tomás empezó a pasear por Salamanca. Allí, puso en marcha los altavoces que había descubierto que venían acoplados con su nueva condición y, tirando de enciclopedias digitales, se puso a realizar un recorrido turístico por la ciudad. Extranjeros, visitantes, ciudadanos locales y simples curiosos le siguieron mientras Tomás desgranaba detalles de interés alrededor de la Catedral, la Clerecía, la Casa de las Conchas y, por supuesto, la fachada de la Universidad, donde un preciso enfoque y una ampliación adecuada ayudaba a los más despistados a encontrar a la escurridiza rana.

                Penetró en la universidad y allí, gracias a sus recién adquiridos poderes, pudo realizar proyecciones en 3D, en medio de los pasillos, de los conceptos más difíciles de desentrañar para los estudiantes. Algunos vetustos profesores le contemplaban con desconfianza por encima de sus gafas, pero a aquellos de miradas más avinagradas, Tomás les respondía proyectando justo a su lado una caricatura casi perfecta, lo cual provocaba el regocijo de los jóvenes universitarios.

                Se marchó al puente romano y, sobre él, recreó las figuras de las legiones del César, Unamuno o Fray Luis de León, todos cruzando por encima de la construcción centenaria mientras, en las riberas del Tormes, se podía divisar la figura del pícaro lazarillo. En el huerto de Calixto y Melibea, exhibió una representación de la historia de los amantes. Más tarde, en la Plaza Mayor, organizó un festival de juegos, donde el particular ejército que ahora le seguía se divirtió entretenida con holográficas representaciones gigantes del Candy Crush, Angry Birds y otras aplicaciones de moda.

                Luego, aquella troupe improvisada tuvo hambre, y Tomás se los tuvo que llevar de pinchos, buscando en su memoria digital los locales más recomendados por las distintas aplicaciones y redes sociales. Él no necesitó comer (tan sólo solicitó que le cargaran mediante una batería), pero mientras el resto devoraban hornazo, chanfaina, embutidos y viandas varias, él colocó un video de fondo con algunas de las escenas más divertidas de aquella mañana.

                Por la tarde, les entró el sueño… Tomás, a pesar de encontrarse hecho de vidrio, también lo sintió en los párpados. Una anciana señora salmantina accedió a meter a mucha de la gente que le acompañaba en su casa, prestándoles las camas, los sillones e incluso la ducha de su casa en el caso de que alguno la requiriera. Tomás durmió una placentera siesta enfrente de un amplio ventanal desde el cual podían contemplar los tejados de una buena parte de Salamanca, con aquel color tan característico de la piedra, mientras los nidos de cigüeñas parecían hallarse a punto, por sí mismos, de echar en cualquier momento a volar…

                Por la tarde, siguió el movimiento. Paseando, Tomás se encontró con el famoso violinista de la plaza del Liceo, y entre los dos, montaron una improvisación, uno con su violín, y Tomás con música de trombones, platillos y una inmensa orquesta que parecía hallarse allí mismo en plena representación. Al final del número, los dos recibieron el aplauso del público allí presente, se dieron la mano, y Tomás prosiguió su camino.

                El culmen final de la celebración de aquel día tuvo lugar en el parque de la Alamedilla. Allí, bajo la luz del atardecer (y más tarde la de la luna), Tomás proyectó en el cielo reflejos iridiscentes de textura acuosa, bellas imágenes que se entrecruzaron con el sol del poniente y, cuando cayó la noche, un fastuoso espectáculo de fuegos artificiales. Cuando éstos cesaron su retumbar exaltado, en medio de una gran explosión de luces y aplausos, Tomás, profundamente conmovido ante el reconocimiento de toda la gente que había a su alrededor, no pudo evitar encender el altavoz que su nueva condición traía aparejada consigo y proclamar.

                -Este día ha sido maravilloso… A lo largo de esta jornada he compartido con vosotros vídeos, fotos, archivos de distintos tipos… y especialmente, recuerdos. Y he aprendido una cosa. Lo más importante de la tecnología no es su capacidad: no es que podamos llegar más lejos, más alto, con más píxeles. La clave es cómo nos conecta y nos hace compartir cosas. Gracias a un teléfono móvil, somos capaces de poner en contacto a un señor mayor de Francia con una joven adolescente en la India, y pueden descubrir que sus problemas, sus preocupaciones, sus sueños, son los mismos y deben trabajar en ellos en un frente común. Gracias a haberme convertido en vidrio, he podido tener más empatía con las personas de carne y hueso. Como digo, si hay algo que he aprendido, es que lo mejor de los sistemas de comunicación que tenemos no son las máquinas: sino cómo nos permiten acercarnos a las personas. ¡Muchas gracias a todos por estar ahí!

                Y el público, que a lo largo del discurso se había hecho uno con él, prorrumpió en una larga ristra de aplausos…

 

                El ruido le despertó. Lo que Tomás había confundido con ovaciones eran, en realidad, los escopetazos procedentes del tubo de escape del autobús. Tomás trató de bajar el volumen, pero se dio cuenta de que no tenía capacidad para hacerlo. Se miró entonces las manos: nada, completamente normales. Volvía a ser de carne y hueso, como fue en un principio. Tomás levantó la vista y observó que la chica que le había dado la pastilla ya estaba fuera del autobús. Apremiado por el conductor, que quería marcharse a su casa, Tomás finalmente se levantó y abandonó el vehículo. No lo hizo sin cierta renuencia.

                Una vez abajo, Tomás seguía sintiéndose confuso. Después de tanta actividad desplegada en el sueño, le costaba volver a la normalidad. Aún sin las fantásticas propiedades de las que se había visto poseedor tan sólo unos minutos antes, creyó que podría emular aquella sensación en parte. Intentó llamar la atención de un chico que se encontraba concentrado de manera absorta en su móvil.

                -Oye, perdona…

                El chico levantó la vista, le contempló como si fuera un marciano, y volvió de nuevo a su caminata, sin haber despegado los ojos más de un par de segundos del aparato.

                Tomás, sin embargo, no se desanimó. Volvió a tratar de hacer de guía improvisado delante de los monumentos de Salamanca. Pero esta vez, sin efectos especiales de por medio, casi nadie le prestó atención. Un par de guías, incluso, le reprocharon que les hiciera la competencia. Tan sólo unos pocos niños se interesaron por las cosas que contaba, y trataron de jugar con él para ver quién encontraba antes la rana. Pero las madres de dichos niños les llamaron rápidamente a capítulo, con un “no juegues con ese señor tan raro que le habla a todo el mundo”.

                -Porque… si pudierais ver el mundo tal y como lo veo yo –se arrancó en un ataque de sinceridad desesperado Tomás, a todo el mundo y a ninguno en concreto-. Un mundo conectado, donde todos nos preocupamos de los que nos pasa a todos, donde podemos compartir todas las cosas maravillosas que tenemos a nuestro alrededor…

                La gente que se había quedado parada al observarle arrancar aquel improvisado discurso permanecieron sin pestañear durante unos segundos. Luego, volvieron a sus ocupaciones, como si nada hubiera ocurrido. Alguno, incluso, le arrojó una monedita antes de definitivamente marchar. Tomás se quedó solo.

                Luego, tras un suspiro, agachó la cabeza y retornó sin una palabra más a su antigua vida.