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lunes, 21 de septiembre de 2026

El relato de septiembre: "Profesora Führer"

              Hay algo muy mágico en el momento en el que un grupo de varias decenas de alumnos (fieras asilvestradas que, mal manejadas, estarían mordiéndose mutuamente, saltando unos encima de los otros, llorando y sacándose los mocos propios y de los demás) se encuentran silenciosos, dibujando, reflejando cada uno su creatividad única, concentr ados en su tarea, mientras su maestra de infantil se encuentra sentada en su silla, al lado de la mesa, contemplando beatífica el pequeño milagro que está aconteciendo delante de ella.

                Pero como los milagros no pueden durar eternamente y a veces se evaporan poco a poco, y otras explotan violentamente como una pompa de jabón, se abrió la puerta del aula, entró la directoria del colegio, y desapareció toda la magia de golpe. En ese momento, los niños y niñas levantaron la cabeza, los lápices de colores dejaron de pintarrajear, y la profesora (una joven menudita, delgada, con cara de no haber roto un plato) se levantó de la silla y, como era protocolario, alzó el brazo para ejecutar el gesto obligatorio de “Heil Hitler!”, aunque lo hizo de manera algo atolondrada, como si no estuviera acostumbrada a pedir taxis, y de hecho casi derribó la taza que había encima de su mesa al incorporarse precipitadamente.

                Sin embargo, la directora casi no prestó atención a ese hecho. Cada vez que entraba en aquel aula (que alojaba a los alumnos más pequeños de ese colegio), la visión de las decenas de banderas nazis, con la esvástica sobre el círculo blanco y éste sobre fondo rojo, las cuales se hallaban colgadas sobre la pared del fondo, la emocionaba tanto que olvidaba todo lo demás. Así que contempló con deleite el espectáculo mientras las niñas se ponían de pie y realizaban el saludo fascista, hay que decir que con más capacidad de reacción que su propia maestra, que casi se trastabilló mientras trataba de mantenerse erguida.

                -Muy bien. Sólo quería comprobar que todo transcurría adecuadamente -se giró la directora hacia la profesora-. Puede seguir con la clase.

                La directora cerró la puerta. La profesora lanzó un amplio movimiento de espiración, exhalando el aire con lentitud conforme avanzaba hacia sus alumnos, y juntó las manos con delicadeza mientras indicaba el siguiente paso:

                -Muy bien, niños. Coged las banderas que están al fondo del aula. Eso es… Y ahora, como lo hemos ensayado.

                Los niños tomaron las banderas, y cada uno puso una de ellas en el suelo y se sentó encima, con las piernas cruzadas. La profesora hizo lo mismo con otro emblema que guardaba en un cajón. Luego, colocó las manos a ambos lados del cuerpo, confluyendo las yemas de los dedos en el mismo punto, y tomó aire de manera profunda antes de decir:

                -Recordad, niños… la esvástica es un símbolo indio que expresa buena suerte y prosperidad. Así que, cada vez que veáis una de ellas, pensad en algo que aquí en Alemania se valora mucho: la naturaleza. Cerrad los ojos y pensad en arbolitos, en verde… y en pajaritos…

                Y la clase se quedó en silencio, respirando acompasadamente, con una tranquilidad que contrastaba mucho con el sonido de las bombas que, a muchos kilómetros de allí (aunque cada vez eran menos), retumbaban contra el suelo.

*

                La vida transcurría pacífica en este pequeño oasis que era la clase de Fräulein Margueritte. Aunque, de vez en cuando, ocurrían cosas raras. Por ejemplo como cuando, aquel día que los chavales estaban haciendo sus ejercicios en el cuaderno, se encontró con que una de sus alumnas se hallaba canturreando una canción. La profesora se acercó a ella con curiosidad:

                -Dime, Anna, ¿qué estás cantando?

                -Oh, es una melodía que tatarea mucho mi madre cuando cocina. Sobre todo cuando escucha por la radio los mensajes del Führer.

                Fue entonces cuando el mundo empezó a ir a una velocidad más lenta. Por desgracia, la profesora Margueritte, en lugar de adquirir más capacidad para reaccionar, la perdió por completo, ya que se paralizó. Porque en ese se momento se acordó que la familia de Anna era originaria de la región de Alsacia, de madre francesa, cosa de la que fue consciente un segundo antes de que la niña empezara a cantar:

                -Allons enfants de la patrie…

                No transcurrió más de un segundo hasta que a la directora (a la que le encantaba hacer esas entradas extemporáneas de vez en cuando en la clase) le dio por abrir la puerta.

                Fue suficiente. Estaba claro que había oído algo, aunque la maestra no sabía bien qué. O más bien, cuánto. Quizá no hubiera escuchado nada. Puede que tuvieran suerte.

                -¿Qué era eso?-preguntó la directora.

                Y allí, de repente, por arte de birbibirloque, la profesora recuperó de improviso todos los reflejos, y aceleró los nervios a velocidad supersónica para responder:

                -Ah, una canción alemana.

                La directora levantó una ceja.

                -¿Alemana, dice? Pues a mí me sonaba…

                -No, ¿sabe?, es que la familia de Anna es suiza. Y entonces allí cantan esas cancioncillas típicas, muy de la montaña… Ya conoce a los suizos, gente rara -la profesora se acercó a la directora y le susurró en voz baja-, ahí metidos en la montaña, con sus cosas… También un país muy rico, está muy bien tener a Anna en clase, su familia está pensando en donar dinero a la escuela, conviene tenerles contentos.

                Luego volvió a alzar la voz y se acercó a la niña.

                -Muy bonita la canción, Anna, puedes seguir con tus ejercicios…

                -Pero yo… -continuó la directora, que no sabía ningún idioma fuera del alemán, pero sabía que en esa historia había algo raro-. Me ha parecido escuchar algo… la canción empezaba con allons…

                -Claro -expresó la profesora, con un aire de seguridad tan demoledor como una excavadora-; allons, es la versión suiza de alles, como en Deustchland über alles. Alemán, buen alemán, alemán de toda la vida.

                La directora dudó. Era una mujer inclinada a dudar, de todas maneras. No estaba muy convencida de lo que estaba oyendo; pero la señorita Margueritte sabía tantas cosas, y solía darle tantos buenos consejos… Y, a pesar de lo que decían las otras profesoras, nunca se topaba con fenómenos extraños en su clase. Bueno, a veces sí, pero la profesora Margueritte siempre tenía una buena explicación para los mismos.

                -Eeeeh, en fin, está bien. Sigan trabajando. Pero intente que sus alumnas hablen un alemán… más normativo, si es posible. ¿De acuerdo, Fräulein Margueritte?

                La profesora asintió. En cuanto la directora se marchó, la maestra se inclinó sobre su alumna:

                -Si te parece, Anna, vamos a dejar esa canción para dentro de tu casa, ¿te parece? Pero es muy bonita, realmente… Muy bonita…

*

                Las reuniones en la sala de profesores, con el paso del tiempo, se fueron volviendo más desconcertantes. O, al menos, eso pensaba la señorita Margaritte. Porque era muy raro creer que pudieran estar teniendo allí una conversación tan normal sobre cómo educar a los niños mientras las noticias que llegaban del frente eran cada vez más preocupantes, y hasta empezaba a escucharse, a lo lejos, el sonido de las explosiones.

                -Bien, creo que con esto termina la programación mensual. Antes de irnos… -interrumpió la frase la directora.

                Se notaba que estaba tragando saliva.

                -Como saben, la situación en la guerra se está poniendo… más complicada de lo que se esperaba. Pero quiero mantener el firme compromiso que tiene esta escuela con el Reich…

                “Piensa en naturaleza”, se decía la señorita Margueritte para sus adentros, cerrando los ojos…

                -… con las doctrinas del Partido Nacional Socialista…

                “Piensa en parajitos”, repetía insistentemente.

                -… y por supuesto con el Führer.

                -¡Buitre!

                -¿Cómo ha dicho usted, señorita Margueritte?

                -Oh, nada, nada. Estaba pensando en la próxima lección que le tengo que dar a los niños, sobre el buitre leonado.

                La directora no se entretuvo demasiado en el tema. Tenía otras cosas en que pensar:

                -Por eso, quiero reiterarles que, a pesar de los rumores que circulan por ahí, mañana acudiremos todas para hacer nuestro trabajo, como siempre, para estar al pie del cañón.

                “O sea, que mañana no va a venir nadie”, meditó la señorita Margueritte, recordando a la orquesta del Titanic. Se preguntaba si la directora lo decía en serio porque era capaz de mantener, en una parte de su mente, un tabique que separaba las verdaderas intenciones de las mentiras que una quiere hacerse creer a sí misma… o si era capaz de esgrimir esa hipocresía de manera abierta, hasta el final, aunque el techo se les cayera encima por culpa de un obús. La tercera opción era más inquietante: tal vez no quería condenar a las profesoras con la obligación de venir a un lugar peligroso, sino que pretendía advertirles, de una manera muy sutil, que mañana estuvieran muy lejos de aquel lugar… pero sin decirlo abiertamente, no fuera que entre las profesoras hubiera una confidente a las autoridades. El mundo se estaba convirtiendo en un lugar muy complicado que habitar.

                -Creo que hemos terminado con todos los temas. Disolvemos la reunión. Que vaya todo muy bien los próximos días.

                La profesora Margaritte se pasó la mañana reflexionando sobre qué podía hacer con los niños.

                Al final del día, se le ocurrió:

                -Mañana vamos a hacer una excursión.

*

                La mañana siguiente amaneció radiante. Era un día soleado y hermoso, muy atípico de aquella región de Alemania en aquella época del año. Los niños (y sus familias, a quienes los alumnos habían convencido de acudir a esta actividad especial del colegio; teniendo en cuenta lo que probablemente se intuían que iba a ocurrir, era lógico que hubieran traído las maletas) se encontraban situados en un hermoso prado que se abría en una de las montañas que circundaban la ciudad. Desde ahí había una buena visión de la urbe. De hecho, la señorita, sentada sobre una piedra, podía avistar cómo los tanques y los aviones enemigos se aproximaban a lo que antes habían sido sus hogares, y disparaban como si allí no habitaran seres humanos.

                -¿Qué es eso, señorita?-preguntó uno de sus alumnos.

                Fräulein Margeritte negó con la cabeza, pesarosa.

                -Eso, niños, es lo que pasa cuando le haces caso a todo lo que dice alguien sin cuestionarlo. Ya sea vuestra Fräulein, o un Führer.

                La profesora se levantó. Se puso a caminar hacia el horizonte.

                -Venga, niños, seguidme.

                Y así iniciaron una larga y hermosa caminata por el campo.

lunes, 12 de enero de 2026

El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz

Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.

Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.

El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

lunes, 9 de junio de 2025

La historial real de junio: más hilos en Bluesky

Seguimos con hilos de Bluesky. Reciclamos un hilo de Twitter que no pudimos colgar en otro formato acerca del hombre que pudo ser Hitler en lugar de ser Hitler; relacionado con eso, un minihilo sobre el final de Klaus Barbie ("el carnicero de Lyon", un torturador nazi implacable, responsable del asesinato y deportación de miles de personas). Además, y también en clave política, aunque con un giro totalmente diferente, tenéis éste sobre las piquiponadas, unos pequeños destellos de ingenio que son más de Rajoy que de Gómez de la Serna. Que los disfrutéis, todos ellos. Un saludo.

miércoles, 1 de enero de 2025

Los libros de enero: contra la opresión y el fascismo

 -La guerra de los pobres, de Éric Vuillard. El autor nos narra, en este ensayo corto, agudo como el filo de un hacha, y contundente como cada uno de los golpes de este instrumento, la historia de Thomas Müntzer, un reformador y teólogo alemán que, inspirado por figuras como Lutero o Jan Hus, pidió un evangelio que retornara a las esencias y a la protección de los más pobres, y de ahí pasó a la abierta rebeldía contra las figuras de los nobles alemanes y la desigual distribución de riqueza de su entorno, llamando incluso a la revolución violenta de los campesinos contra sus señores. Una lectura intensa acerca de los revolucionarios que parten de los principios más básicos, y se atreven a enfrentarse a fuerzas que se hallan muy por encima de su capacidad.
Imagen de Monticello, la casa de Jefferson en Charlottesville (Virginia), hecha cuando estuve por allí.

-Mi Monticello, de Jocelyn Nicole Johnson. Para entender esta novela hay que comprender primero el lugar donde está ambientada. Charlottesville es un pequeño pueblo en Virginia donde vivía Thomas Jefferson (el tercer presidente de EEUU, y autor de la Declaración de Independencia), cuya casa, denominada Monticello, fue y sigue siendo un modelo de referencia para toda la arquitectura norteamericana posterior. En esta historia, la protagonista, mujer, negra, descendiente de una esclava que tuvo hijos con Jefferson -este episodio histórico es real- vive en un futuro no demasiado lejano donde la civilización ha empezado a derrumbarse, y gente muy parecida a los seguidores de Trump merodean, con sus camionetas, sus armas y sus actitudes nazis, asolando todo a su paso. Un grupo de refugiados, incluyendo nuestra protagonista, deciden esconderse en Monticello, a la espera del siguiente paso. La novela está escrita desde la sensibilidad interior del personaje principal (de hecho, a ratos da la sensación de que tiene poca intención de seguir una narrativa estructurada, o de explicar ciertas cuestiones de manera concreta), y desde luego lo que mejor logra es la atmósfera de sociedad derrotada, pero cuyos miembros se cuidan mutuamente mientras sea posible. En muchos sentidos, recuerda mucho a La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler, autora (también mujer y negra) la cual consiguió crear en los años noventa una distopía tan cercana a la visión actual que tenemos del futuro -con su cambio climático, una sociedad que colapsa, y una sensación continua de "sálvese quien pueda"- que da un poco de miedo, y más cuando la adolescente protagonista cree que fundar una nueva religión es la única manera de formar un colectivo que haga frente a la nueva situación. "La parábola del sembrador" es la primera de las novelas de una saga que quedó inacabada con la muerte del autora, pero se ha convertido en una referencia de la novela postapocalíptica de todos los tiempos.

Y aquí viene uno de los motivos por los cuales "Mi Monticello" me ha llamado tanto la atención. Charlottesville es un oasis en el lugar donde está localizado -un sur mayoritariamente blanco donde es habitual encontrar pueblos pequeños en cuyo bar principal hay una bandera confederada adornando la pared-. Es una ciudad universitaria, cosmopolita, repleta de extranjeros y de mentalidad muy abierta y tolerante. Fue precisamente por eso por lo cual los zombis ignorantes que siguen a Trump (vamos a llamarles por su nombre: nazis) decidieron montar una manifestación allí, donde un descerebrado atropelló a una chica y, por supuesto, el aún más descerebrado de su jefe salió a defenderles. Por eso precisamente, el asalto a Monticello (en la ficción) o a Charlottesville (en la vida real) nos recuerda que el Estados Unidos que nacerá en unos pocos días se va muy probablemente a convertir en todo lo contrario de lo que dice su esencia. Y quién sabe cuánto más durará ese sueño de Jefferson de una ciudadanía que escoge libremente a sus representantes. No se me escapa que buena parte de culpa la tienen esos idiotas que no leerán un libro ni aunque les aticen con él. Por eso, desde esta cuenta, vamos a seguir recomendando libros: porque no sabemos si nos comerán los monguers o los fascistas (ahora mismo, son lo mismo), pero vamos a seguir defendiendo ciertas cosas hasta el final. Y, desde luego, no nos van a pillar con los brazos cruzados; ni, por supuesto, sin luchar hasta el último aliento.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Los libros de septiembre: "El club de los desayunos filosóficos" y "Tierra de magos"


Hablamos hoy de dos libros que, en cierta medida, parecen una imagen especular uno de otro. En primer lugar, nos ponemos con "El Club de los desayunos filosóficos", de Laura J. Snyder. En este volumen, la autora nos cuenta la historia de cuatro amigos que estudiaban en Cambridge a principios del siglo XIX y que, mientras tomaban unos opíparos desayunos en la habitación de uno de ellos, debatían cómo, de encontrarse en sus manos, transformarían la forma de hacer ciencia. Ellos aspiraban a que ésta fuera una actividad de la que uno pudiera vivir, y no, como hasta entonces, dependiente de que tus padres fueran ricos o de que consiguieras una posición con mucho tiempo libre, como hombre de iglesia o vicario; pretendían que la ciencia se basara en el método científico de Francis Bacon, y no en teorías sacadas de la manga, como seguía haciéndose en aquella época; y también querían que los filósofos naturales (como se les llamaba en ese momento) contribuyeran al progreso de la sociedad en todos los niveles, también disminuyendo la pobreza o aumentando el nivel cultural de la sociedad. Lo cierto es que esos cuatro amigos, con el tiempo, se hicieron muy famosos por sus descubrimientos científicos: Whewell -el más versátil quizá de los cuatro- fue clave para el descubrimiento de las leyes que rigen las mareas, pero también hizo abundantes contribuciones en terminología científica, arquitectura o matemáticas (de hecho, se supone que esta última era su especialidad principal, aunque oficialmente fue profesor de mineralogía y de filosofía moral); Jones, junto con Whewell, trató de convertir la economía en una ciencia que empleara los métodos de Francis Bacon, y también participó en las reformas impositivas de Gran Bretaña; John Herschel (hijo y sobrino de William y Caroline Herschel, famosos astrónomos) destacó en la rama de su familia, pero también en la química, y en ser uno de los pioneros en distintas técnicas aplicadas a la fotografía; y qué vamos a decir de Charles Babbage, ideólogo de la máquina analítica que sería la precursora de los futuros ordenadores, pero que, como sus compañeros, estaba metido en casi todos los saraos -lo cual, como veréis, a veces era un problema para sus propios proyectos-.

Porque lo cierto respecto a estos cuatro polímatas es que, si sus contribuciones científicas fueron relevantes, más importantes fueron aún las posturas que estos inquietos amigos adoptaron para convertir la ciencia en lo que es hoy en día. Desde sus puestos como profesores, directores de college, presidentes de sociedades científicas o consejeros de aristócratas o reyes, comenzaron a esculpir las instituciones del modo que ellos creían más necesario para mejorar el progreso científico. El polímata Whewell, en ese sentido, también fue el más destacado, y de hecho se erige en el principal protagonista de la obra: no sólo acuñó el término científico (scientist en inglés) para definir esta nueva profesión, que para él tenía aspectos con común con el arte y la teología; también defendió el método científico de Bacon a todos los niveles, a través de sus libros acerca de la filosofía de la ciencia, y sobre temas muy variados. Además, estableció las bases de la cooperación internacional para proyectos que requirieran la colaboración de múltiples especialistas, apoyó la creación de subvenciones y cargos que permitieran una dedicación exclusiva a tareas científicas, lideró la creación de un itinerario universitario centrado en la investigación de la naturaleza, abogó por el desarrollo de instrumentos de medición más precisos, y fomentó el contacto interdisciplinar entre científicos de distintos campos o con otros miembros de la sociedad. En las páginas del libro de Snyder, podemos ver cómo grandes científicos del siglo XIX aparecen y se cruzan con las vidas de estos hombres, que pueden ser sus profesores, las personas con las que colaboran, las que critican sus investigaciones, o quienes contribuyen al debate que surge a raíz de algunos de los más destacados descubrimientos científicos: la teoría evolutiva de Charles Darwin, los hallazgos en electromagnetismo de Faraday y Maxwell, la predicción de la existencia del planeta Neptuno, Ada Lovelace y Daguerre, el inicio de la ciencia ártica y de la meteorología, y un largo etcétera. A lo largo de sus carreras, veremos cómo estos cuatro amigos se apoyan entre sí (científica y personalmente) a pesar de las múltiples discusiones y divergencias de puntos de vista, aunque ciertas cuestiones con las que traten acaben por abrir distancias insalvables entre algunos de ellos. También hay que decir que, si los logros de estos cuatro amigos que se juntaban durante los desayunos fueron muchos, algunos jugaron en su propia contra: durante sus vidas, la ciencia progresó y se especializó tanto que era imposible que surgieran carreras como las suyas, de filósofos naturales que estudian latín y griego, escriben artículos sobre derecho y teología, estudian física por la mañana, astronomía por la noche, y herborizan durante sus vacaciones -todo ello después de escalar una montaña, de la cual lo mismo te encuentran un mineral o te componen un poema-. De hecho, durante esta época, se empieza a abrir una grieta entre ciencias y letras (una brecha que, en mi opinión, hoy en día, intentan disminuirse los intelectuales que se interesan por la ciencia, los científicos que actúan como figuras públicas, y -cómo no- los divulgadores), y también entre hombres de ciencia y de fe: porque aunque estos cuatro amigos eran firmemente religiosos y trataron de demostrar que existía armonía entre las verdades teológicas y las científicas, lo cierto es que los nuevos descubrimientos cada vez hacían menos prescindible la figura de un Creador. En ese sentido, puede decirse que estos grandes hombres, si pecaron de algo, fue de exceso de éxito.


El contrapunto a este texto lo representa "Tiempo de magos. La gran década de la filosofía (1919-1929)", de Wolfram Eilenberger. Nos situamos unas cuantas décadas más tarde, esta vez en Alemania. La ciencia ha revelado tantas cosas sobre el mundo y sobre el ser humano que los pensadores se preguntan si ésta ha resuelto las grandes cuestiones de la metafísica y de la filosofía en su conjunto, o si ésta se ha vuelto innecesaria. Frente a estos, cuatro intelectuales alemanes toman cuatro determinaciones radicalmente distintas: Wittgenstein (muy especial, siempre a su modo propio) reflexiona sobre lo que el ser humano puede conocer sobre el mundo a través de una obra, el Tractatus, tan controvertida como poco entendida -atributos con los que se podría calificar al propio Wittgenstein-; Walter Benjamin, de vida errática, coincide con Wittgenstein en destacar la importancia del lenguaje, e introduce derivaciones religiosas; Ernst Cassirer es el que más abiertamente defiende el poder de la ciencia (entre otras cosas, trata de analizar de manera metódica el lenguaje para encontrar un nexo común entre los hombres), y de hecho el libro que nos ocupa toma como momento clave el debate que estableció con Martin Heidegger, quien decidió, en una época de dominio de la ciencia, centrarse en el sentido de la existencia del hombre, y cómo éste se ubica en el mundo. La obra va alternando detalles de la biografía y el pensamiento de estos cuatro filósofos, y quizá el único pero (aparte de lo abstrusos que son algunos de los conceptos tratados) es que se concentra en una década muy específica de la historia, poniendo punto y final justo cuando llega el momento más interesante: cuando Wittgenstein renegará del todo de sus teorías, cuando Heidegger (antiguo amante de la pensadora judía Hannah Arendt) apoyará el fascismo, y cuando Benjamin encuentre la muerte en un oscuro episodio en mitad de los Pirineos. En realidad, la filosofía, como la ciencia, como la lectura, como la vida y el pensamiento, siempre es un camino a medio terminar.

lunes, 21 de agosto de 2023

Los libros no son sólo para el verano (II): más recomendaciones lectoras para sobrellevar el estío

Fotografía desde la Isla de los Museos en Berlín, una ciudad con historia (en opinión de algunos historiadores, quizá demasiada)

-"Berlín. Auge y caída de una ciudad en el centro del mundo", del británico Sinclair McKay, es un resumen un tanto atípico de la historia del siglo XX en Berlín, dado que parte de los momentos en que el régimen nazi estaba a punto de caer bajo la invasión aliada y se dedica (durante buena parte del texto) a hacer retrospectivas sobre los años del régimen nazi, para luego centrarse brevemente en las tensiones Este-Oeste que crearon el Muro, y luego repasar de manera somera los avatares de este último hasta su caída. Más allá de una u otra estructura, se nota que el libro está bien documentado, cuenta con una cantidad no pequeña de testimonios de personas corrientes que le dan profundidad al relato, y narra también unas cuantas historias personales muy interesantes: por ejemplo, la de Eric Kastner, escritor contrario a los nazis, pero que fue tolerado y que incluso escribió para ellos el guión de una película de entretenimiento, "Münchausen" (lo cual tiene mucha gracia, teniendo en cuenta que el personaje protagonista era un gran fabulador, y de hecho la película esconde alguna pullita escondida contra los nazis). O Hildegard Knef, que se disfrazó de soldado para evitar los peligros que podía sufrir una mujer en el Berlín nazi a punto de desmoronarse, y que acabó interpretando a una superviviente del Holocausto. En definitiva, un buen libro para saber un poco más acerca de Berlín, esa ciudad con "demasiada historia".

-"Los fracasados de la aventura", por Bruno Léandri. La exposición de motivos del escritor (un humorista francés de cierto renombre) es sencilla: por cada explorador que ha logrado una gran hazaña, hay un número mucho mayor de gente que se ha quedado en el camino. A veces, porque las gestas épicas son complicadas y lo más normal es fracasar -de hecho, es fácil reírse de ellos desde la comodidad del salón de tu casa-; y otras, porque no siempre los aventureros han hecho un cálculo bien mesurado de los riesgos, y abunda también la precipitación, la inconsciencia o, por qué no decirlo, la estupidez. Así que el libro se dedica a dar cuenta de algunos de esos más sonoros fracasos, sobre todo con mucho humor (de hecho, el rigor histórico pesa un poco menos: varias historias ya las conocía y puedo certificar que son ciertas, pero a alguno de los capítulos le he encontrado visos de falsedad). Ideal sobre todo para echar unas risas.

-"La uruguaya", de Pedro Mairal. No es tan estimulante como la estupenda "Salvatierra", del mismo autor; de hecho, buena parte del libro tenía la sensación de que esta novela sobre un argentino que viaja a Uruguay a solventar sus problemas financieros (y algo más) no me decía nada que no hubieran expresado otras. Sin embargo, a partir de la mitad del corto volumen ocurre algo que le da sentido a todo y hace que la cosa se ponga interesante. Así que de menos a más.

-"El pibe que arruinaba las fotos" es la autobiografía novelada de Hernán Casciari, que recoge algunos de los textos que este humorista, crítico de cine, bloguero y hombre-orquesta iba publicando en Internet (de alguno de los cuales seguro que os habéis enamorado a lo largo de los años) para concatenar una narración donde se combinan realidad y ficción en nombre del humor, y quizás un punto de poesía.

-"Hex". Este curioso título es una abreviatura de "historias extraordinarias", como son las que nos presenta Daniel López Valle. Algunas conocidas, pero detalladas a tal nivel que merece la pena echarles otro vistazo (como la de los Allahakbarries, un pésimo equipo de cricket conformado por algunas de las mejores cimas literarias de la Inglaterra victoriana; las extravagancias de la familia de Stalin; o el menú de un restaurante de lujo de la París asediada por los prusianos que tuvo que recurrir, como pitanza, a los animales del zoo); otras historias son famosas, pero están bien narradas y siempre nos entretetienen (César y Augusto, Hatsheput, mujeres piratas); algunas relaciones insospechadas (Roald Dahl y James Bond, el padre de Auguste Dumas y el conde de Montecristo); e historias insólitas, entre otras razones, por desconocidas (un señor que inventó el terrorismo para estafar al seguro; gente que se perdona la vida en los cielos durante la guerra; un hombre que buscó la venganza por tierra, mar y aire; los intentos de asesinato a la reina Victoria). En definitiva, con este libro no os vais a aburrir.

lunes, 10 de enero de 2022

La historia real de enero. Músicos a favor y en contra la barbarie: la música y el nazismo

En pocos lugares se admira más la música clásica que en los países de habla alemana. He visto, en Suiza, congresos científicos que se inauguran bajo los sonidos de un cuarteto de cuerda; en Austria, masas haciendo cola para conseguir entradas de pie para la Ópera de Viena; en Alemania, gente que asiste durante cuadro días seguidos a representaciones para disfrutar del ciclo completo del Anillo de los Nibelungos. Hablando de un arte (la música) que siempre intensifica emociones, es normal que cuando estos lugares atravesaron una de las plagas más terribles de la historia (el ascenso del nazismo), se vivieran toda clase de situaciones en las que la expresión artística sirvió para cristalizar lo peor y lo mejor de los distintos individuos. En este post quisiera hablaros un poquito para contaros algunas de estas circunstancias, que otros artículos y foros -a los cuales enlazaremos- han descrito sin duda de manera más prolija que este humilde y breve resumen.

La abundancia de espléndidos músicos en los países de habla alemana la atestigua su profusión de tumbas en los cementerios, y el ornato que les dedican dentro los mismos. Arriba, por ejemplo, tenemos la lápida del padre de Wolfgang Amadeus Mozart (Leopold Mozart, reconocida compositor y docente musical) en Salzburgo, pero también la famosa "rotonda de los músicos" del Cemeterio Central de Viena. Sin embargo, no sólo se trata de grandes nombres: cada pequeño detalle de la vida cotidiana de estas regiones se halla plagada de notas musicales. Para muestra, un botón: esta fotografía (abajo), también tomada en Salzburgo, del convento donde vivió la famosa monja María, cuya historia real inspiraría la película "Sonrisas y lágrimas" (The sound of music). Un film cargado de melodías pero, aún hoy, ignorado en Alemania y Austria, probablemente porque apuntaba a que no todos los ciudadanos de estos países fueron forzados por el régimen nazi, sino que algunos se apuntaron entusiásticamente a colaborar con él.

La primera pregunta que se antoja pertinente es: ¿la música puede ser nazi o anti-nazi? O, dicho de otra manera, ¿la música tiene color político? Lo cierto es que, como todo en la vida, la política implica un modo de ver la vida, y existen pocas cosas que escapen a esa definición -o que no puedan ser clasificadas de esta forma si tercian las circunstancias adecuadas. Bien se lo pueden contar a la España de principios del siglo XX, donde la clase obrera era admiradora de Verdi (cuya música era más "popular"), mientras que los conservadores se alineaban en mayor medida con los grandes relatos épicos de Wagner. De hecho, Richard Wagner constituye un factor fundamental en la historia de la relación entre la música y el nazismo: bien es sabido que el compositor alemán murió muchos años antes de que éste alcanzara el poder, con lo cual no se le puede acusar ni mucho menos de fascista. Pero entre sus ideas antisemitas, y el espíritu de su obra, tan imbricado con el pasado mitológico de Alemania, Hitler se convirtió en uno de sus fervorosos incondicionales, y por supuesto asistía con regularidad a las representaciones en el Festival de Bayreuth, dedicado en exclusiva a las óperas del autor que, según Woody Allen, cada vez que se escucha le entran ganas a uno de invadir Polonia. Además de Wagner, otras composiciones resultaron favorecidas durante aquel tiempo: Beethoven fue tan instrumentalizado por las cohortes nazis que incluso los más devotos lo consideraron vomitivo. En cambio, obras como la del judío Mendelssohn fueron proscritas, a pesar de que este compositor fue el responsable de rescatar del olvido al muy alemán y muy ario Bach.

Por supuesto, nada más los nazis se auparon al poder, en los distintos lugares que ocuparon (también en la siempre esencial Viena, a partir de la anexión de Austria a Alemania), hubo una purga de músicos pocos afines al movimiento, o simplemente de etnias y condiciones incómodas para el nuevo régimen. La suerte de los que consiguieron escapar fue dispar: por ejemplo, Bela Bartok nunca se adaptó del todo a la vida en Estados Unidos; su producción musical se resintió, y pasó por estrecheces económicas. Arnold Schönberg tuvo más suerte; quizás fuera un mecanismo interno del universo para compensar que su música fuera condenada dos veces, por su origen judío, y por ser categorizada dentro del "arte degenerado". Pero para los que no lograron huir, el resultado fue todavía más espeluznante: algunos fueron asesinados, otros encerrados en campos de concentración (Erwin Schulhoff, por ejemplo, falleció en uno de ellos), y los más afortunados simplemente perdieron toda oportunidad para trabajar. Como en otros aspectos de las acciones contra los judíos, las restricciones fueron paulatinas: al principio se estableció una Liga cultural hecha por y para los individuos de origen hebreo, que en un inicio tenía acceso a interpretar composiciones arias, pero luego sólo tuvo permiso para obras del repertorio judío; más adelante, sus integrantes serían enviados al campo de Terezín. Mientras tanto, los que habían alzado el vuelo iniciaron, en muchos casos, movimientos contra los nazis: Hanns Eisler organiza las Olimpiadas de la Música Obrera, y más adelante adaptará o creará una serie de obras explícitamente dirigidas a los prisioneros de los campos de concentración (incluyendo una composición, <<Soldados del pantano>>, inicialmente creada en una de estas prisiones, pero que Eisler volvió más combativa, y acabó por convertirse en un himno antifascista que se popularizaría en todo en el mundo, también durante la Guerra Civil Española).

Visto el panorama, queda muy claro lo difícil que era ser un músico ario que se posicionara contra el nazismo en aquellas circunstancias y, por eso, nos resulta difícil juzgar el delicado papel que tuvieron que jugar los artistas "sin mancha étnica" que quisieron conservar la vida o su puesto de trabajo. En algunos casos, no; por ejemplo, Kar Böhm era un músico abiertamente nazi que glorificaba el papel del Führer, aunque al parecer nunca llegó a pertenecer formalmente al Partido Nacional-Socialista. Carl Orff colaboró con el régimen nazi en tareas a las que otros se negaron (hay mucha discusión acerca de hasta qué punto), y se negó a ayudar a un amigo condenado por pertenecer a la resistencia -estaría <<arruinado>> si lo hiciera, dijo Orff antes de arrepentirse de sus actos-; el juicio tanto de los vencedores como de los historiadores sobre su papel es ambiguo; probablemente se le perdonaron muchas cosas porque tanto nazis como antifascistas idolatraban su Carmina Burana. Pero otros casos son más dudosos: por ejemplo, Winifred, la viuda del hijo de Richard Wagner, y directora del Festival de Bayreuth, convirtió este último en una loa al nazismo, pero, mientras estuvo al cargo, trató de proteger a una serie de intérpretes judíos de sus propios correligionarios. Winifred no se libró de un proceso de desnazificación después de la guerra que afectó a todo el festival. Sin embargo, otros individuos no pasaron por el mismo proceso: entre otros, el famoso von Karajan, que fue miembro nominal del Partido Nazi. Desde su entorno, se ha defendido que esta decisión no respondía tanto a una afinidad ideológica como a la necesidad de seguir trabajando durante aquel enrevesado contexto. Lo cierto es que lo que salvó a Karajan a posteriori fue otra cuestión: por lo visto, en un festival de Bayreuth, se perdió durante la dirección de una de las composiciones (se puso a dirigir sin partitura), organizando una reacción en cadena que provocó que las cantantes quedaran mudas y hasta una cortina se rasgara: aquello generó tanta ira por parte de Hitler que el dictador vetó a Karajan la posibilidad de volver a representar ninguna obra en el festival. Irónicamente, ese bochornoso incidente sería el que provocaría que la posteridad pasara de puntillas sobre su afiliación al partido y le permitiera seguir con su carrera durante la posguerra. Sin embargo, el caso de von Karajan indica cómo buena parte de la sociedad austríaca quiso obviar su propio papel en el nazismo, tapando con tenues vendas unas heridas que aún no han cicatrizado del todo, y por las que de vez en cuando supura un líquido que indica que faltan responsabilidades por depurar.

Un caso más controvertido es el de Richard Strauss. El compositor (que tanto gustaría a Stanley Kubrick) fue nombrado presidente de la Cámara de Música del Tercer Reich: eso le obligaba a impedir la representación de composiciones de autores judíos como Mahler o Debussy, las cuales no obstante trató de salvar. Su connivencia con el régimen nazi, sin embargo, se vio alterada por el trabajo conjunto con el escritor Stefan Zweig, con quien había compuesto una ópera. Strauss trató de proteger esta obra, como era lógico, con orgullo de creador. De hecho, coincidiendo con el estreno, le escribió una carta a Zweig donde minimizaba la importancia de la raza en la música y, en cambio, se centraba en el talento, argumentando que ostentaba aquel puesto en la jerarquía nazi para que no lo ocupara un artista menos capaz, y explicando que, para él, daba igual trabajar para un régimen que para otro. La misiva fue interceptada por la Gestapo y eso le obligó a dimitir de su puesto en la Cámara de Música, aunque siguió manteniendo relaciones con el régimen nazi, y su Himno Olímpico sonó en Berlín en 1936. El propio Zweig, en su libro "El mundo de ayer", sólo tenía palabras de agradecimiento para el músico, y atribuye la actitud tibia de Strauss ante los nazis al hecho de que la nuera de este último era judía, así que había de intentar protegerla. De hecho, Strauss trató de utilizar su influencia -sin resultado- para liberar a la abuela de esta última de un campo de concentración en Terezín (el mismo que, como mencionamos antes, acogió a los componentes de la Liga judía), aunque consiguió salvar a su nuera y uno de sus nietos de la detención por parte de la Gestapo. Parece ser que Strauss se consideraba a sí mismo apolítico, aunque anotaciones en su diario íntimo indican que, al final de la guerra, creía que el nazismo estaba destruyendo miles de años de cultura alemana. En 1945, Strauss fue detenido por soldados norteamericanos, ante los cuales espetó: <<Soy Richard Strauss, autor de El caballero de la rosa y Salomé>>. En este caso, la mención de su nombre funcionó, y la figura del autor fue protegida por parte de las nuevas autoridades. Su cuerpo resultó indemne, aunque quedó claro que su alma arrastró lesiones bastante dolorosas, producto de este período convulso.

Volvamos a los que no resultaron favorecidos por el régimen nazi. La música, en la Segunda Guerra Mundial, también fue un arma. Un ejemplo fue la séptima sinfonía de Shostakóvich: era un canto en honor a su ciudad natal, Leningrado y aunque, posteriormente, él querría negar toda interpretación pro-soviética, lo cierto es que en aquella época, y con los ciudadanos de Leningrado pasando hambre y penalidades bajo un sitio brutal por parte de los alemanes, se enarboló como una composición patriótica. Como tal, no sólo fue estrenada en Moscú, sino también por radio y en el extranjero, tratando de que los músicos de Leningrado la oyeran para que ellos mismos trataran de interpretarla en su ciudad. El relato de cómo unos músicos enflaquecidos y ateridos de frío, acosados por la carestía y los bombardeos, sin tan siquiera papel pautado para escribir las notas musicales, consiguieron representar la sinfonía frente a un público que veía en ello una forma de resistencia, resulta estremecedor. La composición musical (para cuya escenificación se sacrificó la vida de varios músicos, y probablemente de más de un gato) acabó hasta sonando en el campo de batallaNo fue la única obra conmovedora que se creó durante aquella época. Olivier Messiaen, capturado por los nazis y encerrado en el campo para prisioneros de guerra de Gorlitz, compuso e interpretó junto a otros tres músicos, con instrumentos en pésimo estado, un <<Cuarteto para el fin de los tiempos>> valorado por varios, quizá en mayor grado por la carga emocional que lleva consigo. Claro que las apabullantes circunstancias en las que se generó pueden quedar enturbiadas por los hechos que rodean la vida posterior de Messiaen, quien, según algunos, aprovechó la súbita fama que adquirió para prosperar dentro de la Francia ocupada, bajo el paraguas nazi, sin preocuparse de otros compañeros menos favorecidos*. Como decimos, ésta es una historia en la cual a veces resulta muy complicado juzgar o establecer culpabilidades.

Porque lo cierto es que había música dentro de los campos de prisioneros, y de los campos de concentración. Aunque no necesariamente liberadora. La música era auspiciada por los jerarcas nazis. Los motivos eran varios y complejos: en parte era porque los propios dirigentes y soldados alemanes en los campos necesitaban la música para distraerse de sus obligaciones cotidianas. La música, por otra parte, podía cumplir un papel para mantener entretenidos a los prisioneros y, por tanto, volverles más dóciles, incluso para adoctrinarles: por ejemplo, en Auschwitz se compuso un himno denominado "El trabajo os hará libres", en honor a ese famoso lema que se situaba a la entrada de varios campos. Los nazis también desarrollan orquestas de cara a la opinión pública internacional, para demostrar que se comportan de forma compasiva respecto a los prisioneros. En cuanto a los músicos, el hecho de formar parte de estas agrupaciones les producía sentimientos encontrados: por un lado, en general eran mejor tratados y alimentados que el resto de los prisioneros -aunque no siempre, y a veces les hacían trabajar hasta la extenuación-. Por otro, los jerarcas nazis empleaban las orquestas como colectivos musicales de su propiedad particular (con cierto nivel de competición entre los distintos campos), haciéndoles actuar, si lo deseaban, a horarios intempestivos. Numerosas veces, a estas agrupaciones les correspondía tocar en circunstancias surrealistas, como cuando lo hacían para mantener abstraídos a los judíos que se encargaban de hacer funcionar las cámaras de gas con las que ejecutaban a sus propios compañeros. La mejor expresión del sentimiento de contradicción que invadía a los músicos de origen semita puede encontrarse en la figura de Viktor Ullmann, el cual vivió un auge de su creatividad artística y disponibilidad de medios en el campo de Terezín, aunque aquello no le libró de ser gaseado en Auschwitz (de hecho, en Terezín estaban acostumbrados a que sus orquestas siguieran funcionando a pesar de los necesarios <<cambios de personal>> conforme se les trasladaba a campos letales). Por suerte, Ullmann puso en manos de un amigo el conjunto de su obra y eso garantizó que ésta se salvara. Un detalle curioso es que, en la partitura de su última pieza, anotó: <<Los derechos de interpretación quedan reservados por el compositor hasta su muerte>>. Un poco de humor negro, para sobrellevar la desgracia, nunca viene mal.

En las orquestas judías en los campos se empezó primero cantando, y más adelante fueron entrando los instrumentos. Pero hasta el puro hecho de entonar la voz tenía una significación especial para los judíos encarcelados. Y es que si por un lado la música les permitía evadirse, el acto de cantar fue en muchos casos asociado a los castigos que infligían los alemanes -había oficiales nazis que ordenaban a los prisioneros cantar mientras les golpeaban-. En Auschwitz llegó a ocurrir que, en medio de una brutal paliza nazi, un judío inició una canción (seguramente para encontrar valor en tales circunstancias), cosa que no alteró el ritmo de la violencia de unos hombres que podían mostrarse tan sensibles para la música como impasibles ante el sufrimiento humano. Las canciones, además, les hacían recordar a los prisioneros -judíos, gitanos, homosexuales, gente de ideología opuesta a los nazis- que existía un mundo allá afuera y que se les había excluido del mismo: tanto, que hasta dolía. Un grupo de mujeres polacas, por ejemplo, rompieron a llorar al escuchar cantos navideños de su tierra. Es curioso descubrir cómo muchas de las canciones que se crearon en los campos intentaban reflejar la resistencia de los internos, y constituyeron un canto a la supervivencia y a la esperanza, pero por supuesto no contenían el menor asomo de crítica o rebeldía frente a la situación. En ese sentido, da la sensación de que muchas obras nacieron desde el principio amputadas, cercenadas por las limitaciones impuestas por la singular coyuntura. Aunque es de suponer que no todos los prisioneros lo vieron así. Otra cosa fueron las reuniones secretas donde (en Buchenwald por ejemplo) se podía dar rienda suelta a los sentimientos. Un caso muy emotivo es el del campo de Ravensbrück, donde las prisioneras, músicas profesionales unas cuantas, se negaron a interpretar para sus captores, y organizaron conciertos secretos que utilizaron para crear un sentimiento de hermandad que superó las barreras de nacionalidad o idiomáticas. Queda claro que hubo de todo: también, entre otras cosas, muchas extraordinarias expresiones de solidaridad en los campos.

Después de la guerra, ya sabemos, porque en parte lo hemos comentado: procesos de desnazificación (de los cuales la mayoría de los músicos germanoparlantes se consiguieron librar), muchas heridas que reparar, y frecuentes miradas hacia otro lado. Décadas después, se han hechos homenajes (por ejemplo en el campo de Terezín, donde volvieron a sonar las obras que artistas judíos crearon allá), aunque a veces, ante el silencio de los que no quieren hablar de las penalidades que sufrieron -muchos músicos judíos negaron siempre haber tocado durante las ejecuciones-, a veces los mejores relatos han quedado reflejados en la ficción. Al final, hay una serie de composiciones que nos hablan de esa época y, como un gran número de obras artísticas, tienen una función: hacernos aprender, concienciarnos y, quizás, ayudar a que los horrores no vuelvan a repetirse. Sería el mejor legado que la música de ese tiempo podría aportar.

*Post-scriptum: una de las cosas que Messiaen contaba era que, durante su tiempo de encarcelamiento, pasó tanta hambre que su cerebro alucinado le llevó a ver auroras boreales. Más tarde, un oficial alemán se apiadó de él, le suministró más raciones de comida, y consiguió recuperarse. Según él, esta experiencia le influyó a la hora de crear la composición musical del Cuarteto para el fin de los tiempos.

lunes, 23 de octubre de 2017

Las películas de octubre: películas y recetas de cocina

En un post anterior -elaborado, como éste, en colaboración con el blog "La tentación vive... en la cocina", de Cris Kitchen- hablábamos de comida, de comensales, de cocina y de cocineros. Y también sobre literatura. Ahora en esta ocasión, y aprovechando que hasta el propio festival de cine de San Sebastián ha incluido una sección de cine dedicada a la gastronomía, discutiremos sobre películas: algunos títulos –más o menos conocidos- relacionados con el mundo de la gastronomía, acompañados de sus correspondientes recetas para degustarlas. Podéis empezar a leerlo, pero yo os aconsejo, antes de nada, aseguraros de que tenéis la nevera o un paquete de galletas a mano. Advertencia: la lectura de este post puede dar ganas de devorar.



-Ratatouille. Había que empezar, cómo no, con esta pequeña joya de Pixar sobre el amor y la dedicación a la cocina. Construida con delicadeza y elegancia, como todas las buenas películas (y los buenos platos), el film apela a las sensaciones que provoca el arte tanto entre los creadores como entre los receptores del mismo. Un detalle que, más que ninguna otra cosa, marca el poder de una película, y también de un estofado.
            Recomendación gastronómica. En la película se insiste en el poder evocador del gusto, en su capacidad para llevarnos a un momento en que fuimos extremadamente felices. Para “Ratatouille”, aparte de casi cualquier plato de la cocina francesa (en este contexto, valdría también el film “La cocinera del presidente”), convienen recetas que nos transporten al período siempre extraordinario de la infancia. Nada como un delicioso batido de plátano o a un atípico y dulcísimo bizcocho para recordar la época en que cada momento debía ser brillante, y no había tiempo para medias tintas, o para escalas de grises que no se atrevieran a brillar.



-Julie&Julia. Una película que entrecruza las vidas de Julie Powell (Amy Adams), una joven que decide aprender a cocinar a través de las recetas de Julia Child (Meryl Streep), y de la propia Julia, la cual enseñó la cocina francesa a las amas de casa estadounidenses en los años 50, y de la que se nos narra en paralelo su particular camino de aprendizaje. Una historia deliciosa, que cae ligera como una crêpe.
            Recomendación gastronómica. A pesar de que la obsesión de Julie por la mantequilla puede parecer enfermiza, algunos platos tienen muy buena pinta: en concreto, hemos caído enamorados de unas pechugas de pollo con crema, champiñones y oporto (aquí un enlace donde hacen referencia a la receta) que no tardaremos mucho en intentar.




-Un viaje de 10 metros. En un pequeño pueblo de Francia, un restaurante familiar indio se coloca a escasos diez metros de un esnob establecimiento local, cuyos dueños reaccionan como Marine Le Pen después de darse una vuelta por un barrio árabe. Aún así, el roce hace el cariño y, en esta época de choque de nacionalidades, la película nos muestra como la fusión de culturas y el intercambio resultan más beneficiosos que la soledad y el enfrentamiento. Que la película cuente con Helen Mirren como actriz principal resulta, como aditivo, de lo más estimulante.
            Recomendación gastronómica. Es una buena ocasión para recomendar un buen restaurante indio. Empezamos con unas onion bhaji y unas samosas (de carne o verduras) para empezar. Acompañando a un arroz pilau, sugerimos unas raciones de pollo con mantequilla (butter chicken) o cordero korma -si no os gusta el picante-, o alguna receta que se apellide Madrás si os atrevéis a arriesgar (esto, en el caso de un restaurante indio en un país occidental. En la India de verdad, olvidaos de distinciones, casi todos los platos pican). Para mojar en las salsas, podéis coger algún naan (o pan indio) simple o con queso, aunque si es por el sabor del naan, nosotros os aconsejamos ardientemente el peshwari. De postre, un suave batido de mango (mango lassi) o un delicioso gulab jamun, unas bolitas de masa frita empapadas en almíbar, nada aptas para diabéticos. También podéis intentar reproducir estos platos en vuestra casa. Para ello, una pequeña ayuda, esta receta de pan naan tomada del blog de Cris Kitchen, y aquí otra de batido de mango.


-Chef. Hay varias películas tituladas así (incluyendo la entretenida “Comme un Chef”, que en España se tradujo como “El chef, la receta de la felicidad”), pero nosotros nos referimos a la dirigida y protagonizada por Jon Favreau –director de “Ironman” y la nueva versión de “El libro de la selva”, entre otros- en 2014. Un cocinero de éxito es duramente golpeado por un crítico que le acusa de estancarse en los mismos platos. Decidido a darle un vuelco a su vida, y de paso a recuperar su iniciativa como padre, se embarca en un viaje a bordo de una camioneta de comida callejera que le haga recuperar la ilusión por la cocina. Una comedia simpática sin muchas pretensiones, aunque quizás pueda hacernos pensar (igual que ocurre con “Comme un chef”) acerca de cuáles son las motivaciones reales por las que nos levantamos todos los días.
            Recomendación gastronómica. La película, entre otras cosas, reflexiona sobre el papel de las redes sociales y de los críticos culinarios. En un momento determinado, tiene lugar una discusión monumental acerca de un coulant de chocolate. Como nosotros somos más defensores del buen sabor y de los platos bien hechos, antes que de colocar el vanguardismo por delante de todo lo demás, os vamos a recomendar un tierno coulant, con el chocolate bien fundido por dentro. Porque si el chocolate es el sustituto del sexo (o produce el 10% del placer del orgasmo, según dicen), queremos que os ocurra como a Meg Ryan en la famosa escena del restaurante de “Cuando Harry encontró a Sally”, y que la gente quiera pedir, con ansia, eso que os ha hecho gozar.


-The lunchbox. Una pequeña y original historia. En la India, existe un gran negocio a nivel nacional, basado en los mensajeros que transportan el almuerzo (recién preparado por las mujeres) al trabajo de sus maridos, para que éstos puedan tomar aún caliente un plato de comida casera. Un día, el envío de una mujer sufre un error y su comida va a parar a un solitario individuo que hasta ahora sólo recibía la triste e impersonal comida procedente de un restaurante. Poco tiempo después, los dos afectados se darán cuenta de la confusión pero, para entonces, ha comenzado un intercambio de mensajes en el cual ambos acabarán desnudando sus preocupaciones y desvelos más íntimos. Ideal para aquellos a los que les disgusta comer solos.
            Recomendación gastronómica. Comer “de tupper” es siempre complicado, pero hasta que el sistema indio no se implante en esta parte del Ganges, ofrecemos aquí alguna sugerencia para que los tuppers puedan ser dignos quizá no de un restaurante cinco estrellas, pero sí al menos de una amorosa cocina de madre.


-Deliciosa Martha: La historia es un baile (llevado, por cierto, a través de una espléndida música), y como todo baile, es también un enfrentamiento, en este caso entre la precisa y cuadriculada mentalidad alemana de la protagonista -una chef de prestigio a la que le toca de golpe hacerse cargo de los hijos de su hermana-, y la genial y caótica volatilidad de su nuevo compañero de fogones, un artístico y desenfadado italiano cuya forma de ser le ataca los nervios a su compañera germana. Una película llena de ritmo, sabor y sobre todo alegría. Nada que ver con su adaptación americana, "Sin reservas": como casi siempre, para degustar un buen plato tienes que partir de la receta original.
            Recomendación gastronómica. Como mezcla de la fusión alemana-italiana, quizás un típico plato suizo como el rösti de patata sirva como mejor ejemplo de que la mezcla de opuestos puede provocar resultados más que interesantes.

Bonus: El festín de Babette. Quizás éste es el mejor contraejemplo de lo que no se debe hacer. Una experta en cocina francesa, obligada a vivir en una remota población costera del norte de Europa, decide preparar para su entorno más cercano una cena de restaurante de lujo. Sin embargo, los invitados a este ágape, en virtud de su moral religiosa, deciden deliberadamente no disfrutar de los manjares, para sorpresa del único asistente que no se encuentra al tanto del asunto. Considerada película de culto para muchos, para el amante de la cocina puede suponer, sin embargo, un anticlímax continuo donde se castiga el placer de los sentidos. O, en palabras más claras, “estaba deseando que del mar aparecieran dos orcas y se comieran de una vez a los protagonistas”.
Recomendación gastronómica: Lo idóneo al ambiente de la película serían unas gachas de avena, sin azúcar. Pero por el bien de nuestros lectores, recomendamos que las acompañéis de unos trocitos de plátano y chocolate negro, regadas con un buen chorrito de miel, por ejemplo, con lo que quedará un “porridge” de lo más resultón.

 Mientras tanto, a vosotros os deseamos buenas historias que tengan lugar en vuestra cocina. A ser posible, que no sean de terror. Un saludo.

lunes, 25 de septiembre de 2017

El libro de septiembre: "I wish I'd made you angry earlier" ("Ojalá te hubiera enfadado antes"), de Max Perutz.


Max Perutz (1914-2002) fue un destacado investigador en el campo de la bioquímica. De hecho, fue -casi al unísono con uno de sus colaboradores- el primero que desentrañó la estructura molecular de una proteína compleja, la hemoglobina, cuya forma acabó resultando básica para entender su funcionamiento. Por otro lado, Max Perutz era un apasionado de la ciencia en todas sus áreas, y un entusiasta divulgador científico. En su laboratorio se juntaban físicos, químicos, expertos en biología molecular y genetistas, una productiva macedonia de científicos donde tuvieron la oportunidad de juntarse entre otros Francis Crick y James Watson (sí, ese mismo Watson al que pusimos a parir aquí) para dedicarse a desentrañar la estructura del ADN. En un momento determinado, a Max Perutz le preguntaron cómo era posible que en su laboratorio se hubieran concentrado tantos genios juntos, y él respondió humildemente que había sitios más interesantes al respecto, como el París de los impresionistas y la Florencia del Renacimiento; pero lo cierto es que la primera mitad del siglo XX (a la cual se dedica buena parte del libro del que vamos a hablar) fue un tiempo fecundo y vibrante, en el que muchas disciplinas estaban naciendo o en su período de máximo florecimiento, donde los mayores descubrimientos estaban por lograr, a pesar de todas las dificultades (los que hemos trabajado en la ciencia actual solemos decir que nos hubiera gustado hallarnos esa época en que nadie se había dedicado a estudiar los grandes secretos del universo, aunque seguramente nos desesperaríamos ante las limitaciones técnicas), y determinadas ramas del conocimiento se hallaban tan interrelacionadas que podía producirse que un físico cambiara su área de estudio a la biología, o incluso creara una nueva rama, todo ello mezclado con múltiples motivaciones ideológicas, personales y que se cruzan con el devenir de la historia, como ocurre con los personajes del libro de Max Perutz, quien no se priva de revelar anecdóticos e íntimos detalles sobre la vida de los científicos sobre los que deposita su lupa, demostrando que los científicos no vienen sólo con un manual de laboratorio, sino acompañados de toda una vivencia personal. Y Max Perutz (quien conoció personalmente a muchos de los individuos de los que trata en su libro, participó en la creación de hoy poderosas instituciones científicas europeas y también quien, en la ceremonia de entrega de su Nobel, se encargó de explicarle la estructura del ADN a la reina de Inglaterra) quizás sea el autor más apropiado para traer este hecho a colación.

El libro (titulado así por la expresión que le soltó uno de sus jefes cuando Max Perutz le confesó que había realizado un descubrimiento después de cabrearse por no haberse percatado de un detalle antes) es una recopilación de ensayos escritos por Max Perutz en diversas revistas divulgativas alrededor de la ciencia y los científicos, algunos de ellos escritos como reseñas de biografías o de libros que tratan en profundidad sobre estos temas, en muchos casos citando de primera mano las impresiones de los protagonistas. Dichos textos originales tienen todas las orientaciones posibles, desde la autobiografía de Jacob donde traza un paralelismo entre su evolución personal y la de su Francia natal a través de las vicisitudes del siglo XX, hasta una crítica biografía contra Pasteur que Perutz (que no se corta en expresar sus reflexiones personales, con algunas de las cuales estaremos más de acuerdo que con otras) rebate para restablecer el prestigio del químico francés. A lo largo de estos textos, la figura clásica del científico se desvanece para dar cabida a variopintos individuos con una amplia diversidad de caracteres y acontecimientos vitales: desde el religioso y conservador Avery, que a pesar de todo lideró una revolución científica, hasta los sacrificios que tuvo que realizar el descubridor del método de transmisión de la malaria -diseccionando insectos en la India sin aire acondicionado para no dañar sus órganos, e investigando la malaria aviar cuando le restringieron el acceso a pacientes humanos-, pasando por el "Gran Sabio" Bernal, el maestro de Perutz, cuyo interés por la ciencia era motivado entre otras cosas por su adhesión a las ideas comunistas, o Fritz Haber, el inventor de un fertilizante el cual no tuvo reparos en que se empleara para la guerra química durante la Primera Guerra Mundial, para observar cómo en la Segunda su propio país le rechazaba por su condición de judío, y su familia era gaseada gracias a una maligna creación, inspirada en uno de sus insecticidas. A lo largo del libro, se nos desgranan las personalidades y cuitas de individuos tan destacados como Max Planck, Werner Heisenberg o Linus Pauling, muchos de ellos con vidas de novela, y tan rocambolescas como sus descubrimientos científicos, siendo sorprendente la cantidad de grandes logros que tuvieron lugar a partir de experimentos fallidos o interpretaciones erróneas (algunas de las cuales recibieron incluso hasta premios Nóbeles). Quizá el capítulo que uno espera más jugoso, en el que habla acerca de sus estudiantes Watson y Crick, resulta uno de aquellos en los que menos entra, aunque tampoco se recata en desvelar intimidades o contrastar declaraciones de sus antiguos colaboradores -por otro lado, apenas le dedica un par de líneas Rosalin Franklin, y eso que tiene varios capítulos dedicados a mujeres investigadoras-. Entre los muchos obstáculos en el camino de los científicos, hay uno que destaca, por supuesto, por encima de los demás: la guerra, y en concreto la Segunda Guerra Mundial. Interfirió carreras, las cambió de rumbo, llevó a científicos a colaborar con el ejército, puso en graves dudas morales a aquellos pacifistas que se vieron obligados a trabajar para la Alemania nazi -aunque otros no tuvieron reparo en hacerlo-, mientras que los individuos que habían nacido en países fascistas y vivían en naciones aliadas (como el propio Max Perutz, de origen austríaco, quien fue internado en campos de concentración en Reino Unido y Canadá debido a su condición) se vieron entre la espada del temor a que triunfaran los regímenes de Hitler y Mussolini, y la pared de sus países de acogida, que los consideraban poco menos que potenciales espías. Interesantes relatos acerca de la carrera por la bomba nuclear, así como el arrepentimiento de muchos que fueron indispensables para su creación, se nos muestran la vez que se despliegan un buen número no sólo de premios Nóbeles, sino de científicos que se lo merecieron aunque no lo obtuvieran, o de genios inspiradores que no culminaron en ningún gran descubrimiento concreto pero fertilizaron con buenas ideas tantas mentes ajenas, que varios campos de la ciencia les guardan un inmenso reconocimiento. El libro de Perutz fue un éxito editorial cuando se publicó, y posteriormente se realizó una ampliación que incluía nueve ensayos adicionales -incluyendo una semblanza de los primeros años del genial Oliver Sacks- y una reseña biográfica sobre Perutz, fallecido poco tiempo antes. Subtitulado "Ensayos sobre la ciencia, los científicos, y la humanidad", lo cierto es que el libro hace un buen repaso a cómo funciona el mundo de la ciencia, las motivaciones humanas, la filosofía de la ciencia y los derechos humanos, y también del mundo en general el período de guerra -incluyendo la narración de los días iniciales de Churchill como Primer Ministro- y guerra fría que les tocó vivir a tantos individuos en aquella época, contado desde un punto de vista que en general compartimos, aunque en algunos casos da la sensación de que la subjetividad de Perutz -a pesar de su amplitud de miras, y su intención de mantenerse estricto al dogma científico de "me creeré lo que me digan las pruebas"- le marca demasiado ciertas conclusiones. Consideraciones aparte, es un libro muy instructivo y ameno de leer, salvo por un problema, y es que no parece (o al menos yo no lo he encontrado) que se halle traducido al castellano. Aún así, espero que los angloparlantes aprendan de él, y en todo caso presionemos para que lo traduzcan cuanto antes.