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lunes, 10 de marzo de 2025

El relato y la historia real de marzo: "La segunda muerte del padre Méndez"

                En julio de 1616, el conocido como padre Méndez predijo, en Sevilla, su propia muerte, la cual tendría lugar, de acuerdo con su vaticinio, 21 días después. Los hechos que sucedieron a partir de entonces se describen, entre otros lugares, en las “Historias de la Inquisición” de Juan Eslava Galán, de donde he sacado la mayor parte de la documentación para este relato. Muchas de las anécdotas que aquí se detallan sólo son descripciones de eventos que se registraron -o, al menos, se comentaron- por aquel entonces. Como os podéis imaginar, las adaptaciones al siglo XXI son mías.

 

Toda persona tiene un pasado. No llegamos a lo que somos por casualidad. En los momentos previos al culmen de lo que llegamos a ser hay indicios, pistas a veces sutiles, de lo que podríamos más tarde alcanzar. El padre Méndez coqueteó entre varias religiones antes de optar definitivamente por la católica, e ingresar como religioso. Migró a América; allí no le fue bien, y regresó entonces a Europa, donde se asentó en Roma. Sin embargo, su comportamiento extravagante alertó incluso al Papa, que le obligó a marcharse de la ciudad. Fue entonces a Sevilla, donde vino a ocurrir lo mismo, ya que el arzobispo le forzó a buscarse otro sitio, fuera de la urbe. Sin embargo, cuando el prelado murió, nuestro protagonista volvió a intentarlo. Fue entonces comenzó a plantar la semilla de su gloria.

                Para empezar, organizó su propia congregación. El padre Méndez, desde un principio, supo ver el potencial de las redes sociales; montó sus propios canales en diversas plataformas, donde su desparpajo y capacidad de convencimiento le granjearon una enorme cantidad de seguidores. Sin embargo, las actuaciones más atrevidas las reservaba para las distancias cortas. Tenía un pequeño coro de entusiastas a los cuales, después de haber convivido con las complejidades del mundo moderno y la existencia digital, su mensaje de volver a unos valores más sencillos, más puros, los de sus abuelos, les hacía especial ilusión. Sobre todo a mujeres, muchas de ellas jóvenes e inmigrantes. Por ello, organizaba reuniones en las que desvirtualizó a unas cuantas. Les alojó en una casa con amplios cuartos en el centro (una vieja casa de realquilados), pero hacían vida comunal. Allí, se dedicaba a hacer varias misas diarias en el salón, que empleaban como si fuera una iglesia. Sólo que las ceremonias eran un poco -por así decirlo- originales. En los vídeos en redes sociales, el padre Méndez comentaba que habían llegado a hacer a hacer una misa de veintitrés horas sin que él ni ninguno de sus seguidores (¿acólitos?¿miembros de una secta?) se sintieran cansados. Lo que no decía era que, en mitad de sus misas, se quitaba las ropas y empezaba a temblequear como si estuviera poseído. A la luz de aquellos actos, alguno se hubiera preguntado si la aseveración del padre Méndez de que en aquellas ceremonias realizaban varias comuniones al día había alguna clase de doble sentido. Sin embargo, sus seguidores en el canal de Telegram, al contemplar de manera confidencial los vídeos que mostraban aquellos extraños bailes, los devoraban acríticamente, y los nuevos followers que se incorporaban al canal (seducidos primero por el escándalo, y más tarde por la sensación de que algo auténtico tenía que haber detrás de aquellas extrañas manifestaciones) se sentían más seducidos que suspicaces frente a aquellas perturbadoras imágenes. El boca a boca se extendió de manera presencial, y también en red: muchos llegaban a verbalizar lo especiales que se sentían al formar parte de un movimiento tan único, con un líder que tenía tanta personalidad, y las ideas tan claras (en contraposición con el vacío que, con anterioridad, había llenado sus vidas), y destacaban también el sentido de comunidad que habían encontrado en aquella nueva agrupación. La afluencia, por supuesto, empezó a aumentar, en Youtube y otras redes; con ella, llegaron también las donaciones. El padre Méndez podría haber parado allí, pero por supuesto, aquello no iba a ser suficiente: él sabía que la marca requería crecer y, además, su ego necesitaba siempre más.

 

Se ha dicho que en el siglo XVII “la obsesión era la otra vida” (Juan Eslava Galán, “Historias de la Inquisición”; pág. 171). En verdad, muchos se desvivían tanto para hacer méritos en el otro mundo, que cabía preguntarse si disfrutaban en algún sentido de éste. Claro que puede ser lo natural cuando el universo terrenal no tiene demasiado que ofrecerte. Desde ese punto de vista, la promesa de la vida eterna no resulta mal atractivo. Llegar al cielo, hacerse acreedor de un rinconcito en el paraíso, exhibir tu futuro -como anticipo del premio a largo plazo- en forma de buenas obras que te llevarán hasta él. En el siglo XXI, hay otra clase de ensimismamiento: por la otra vida, la digital, la que no refleja la real en absoluto. Sino que es inmaculada, rutilante, perfecta, donde tus buenos actos también te definen: desayuna aguacate, disfruta de vacaciones en Punta Cana, viste de primeras marcas, abraza niños negros en África, donde su piel contrasta en mayor medida con el azul del filtro “Tropical”. Los principios, sin embargo, son los mismos: pórtate bien en esta vida, y tendrás una existencia digital perfecta. Haz las cosas como debes, y abandonarás esta existencia de miseria, casas estrechas, sueldos bajos, humillación. Y, con un poco de suerte, si el flujo de publicaciones se mantiene constante, y brillas lo suficiente, tu vida, de una manera u otra, quizá empiece a parecerse a aquella otra que pretendes aparentar.

 

Entonces, el padre Méndez soltó la bomba: iba a morir en tres semanas exactas. Pero no porque estuviera enfermo: al contrario, se sentía como un roble. Se lo había comunicado Dios en persona, a través de un mensaje tan diáfano como cargado de esplendor divino. La noticia empezó de manera simple, con un simple vídeo enlazado a un post. Después, se viralizó. El número de seguidores aumentó instantáneamente en todos los formatos, redes y canales. Salió en prensa y hasta en la tele. De repente, la descreída sociedad española sufrió un ataque súbito de fervor religioso. ¿Por qué no?, decían algunos, las modas siempre vuelven, y nunca hemos descartado del todo nuestros viejos ritos ancestrales. Se contemplaron escenas que hacía décadas que no se veían: lisiados e invidentes haciendo cola para que el hombre santo les curase, antes de que cruzara con la barca de Caronte al otro lado. La diferencia es que en la época en que todo el mundo era católico por definición no estaba Cuarto Milenio filmando, dando a entender que ellos, de alguna manera, habían anticipado la noticia. De hecho, había peleas por debajo de la mesa por ver qué productora iba a proporcionar el alojamiento que albergaría durante los últimos días el cuerpo del ilustre finado y, por tanto, quien tendría derecho a retransmitir en directo sus últimos momentos de agonía, el transporte del cadáver y el sepelio. Por supuesto, nadie se atrevía a decir en voz alta que aquella predicción era tan sólo una fantasía, un delirio egocéntrico fuera de la realidad: porque aquello significaría acabar con la gallina de los huevos de oro, y nadie pretendía que se terminara la fiesta, al menos, mientras hubiera cáscaras doradas que recopilar. En la calle, mientras tanto, en los mentideros de la ciudad de Sevilla, por supuesto, se producían discusiones: había quien lo negaba, había quien lo defendía, había quien no creía al padre, pero… (ese “pero” que acaba matando casi todas las buenas cosas). Las autoridades civiles y eclesiásticas, entre tanto, no querían entrometerse y lo dejaban estar: bien sabe que no es sano interponerse en aquellos asuntos que al pueblo enardecen en demasía. Si acaso la cosa se descontrolaba, siempre, más tarde, podrían actuar.

                ¿Qué hacía, al tiempo que sucedía todo esto, nuestro buen padre? Parecía retirado de este mundo. Nadie sabía muy bien donde estaba. Era su representante el que más hablaba, a semejanza del custodio de un Santo Grial. Méndez sólo aparecía en redes muy de vez en cuando, como si ya estuviera más fuera que dentro de esta vida. Trascendía que comía muy poco: prácticamente, decían, vivía del aire. Por supuesto, moraba rodeado de sus fieles, que le profesaban tal atención que casi se diría que, más que observarle, le absorbían. Por supuesto, el padre Méndez estaba encantado. Completamente en su salsa. Hablaba con sus muchos seguidores, sin dar síntomas de agotamiento, a pesar de las muchas horas despierto. Por supuesto, aquello se interpretó como un milagro, y la rumorología empezó a atribuirle muchos más: desde que flotaba en el aire hasta que las cámaras se ponían en marcha en su sola presencia (por supuesto, los fenómenos divinos han de adaptarse a los nuevos tiempos). En su presencia, por supuesto, los seguidores aprovechaban: le tocaban la cara, la nuca, las manos. Recogían el sudor de su frente (“el rocío de sus labios”, describió de manera poética un bloguero) e, intentando pasar inadvertidos, le arrancaban fragmentos de cabello o le cortaban trozos de ropa. El padre Méndez se daba cuenta de todo, pero dejaba hacer igual, y sonreía. A una señora mayor le dio por colgarle, al santo varón, un rosario en el cuello, y pronto acabó tan cargado de cuentas que, conforme caminaba, repicaba como un sonajero. Luego los rosarios eran retirados y la gente se los llevaba a su casa, aunque se encontró alguno vendiéndose a buen precio en AliExpress, y también en el Rastro. De igual modo, no era raro encontrar por aquella época (no sólo en la ciudad, sino por todo el país), tazas y camisetas referidas al mágico acontecimiento. También se subastó en eBay un trapo con la certificación de tener estampada la efigie en sudor de la cara del padre Méndez. Al fin y al cabo, salvo el de los panes y los peces, los milagros no dan de comer, pero la creencia en ellos puede originar pingües beneficios.

 

Se ha dicho que en el siglo XVII florecía la picaresca. Parece a ratos como si se tratara de un mal endémico y exclusivo español, como si nunca hubieran existido un Fagin, el hombre que vendió varias veces la torre Effiel, o el que pretendía cortar a la mitad y (darle la vuelta a una sección) a la isla de Manhattan. Como siempre, sin embargo, en aquella era la picaresca tenía dos velocidades o, mejor dicho, dos niveles bien diferenciados. Estaba el pobre que se las buscaba para sobrevivir: el lazarillo que le roba la comida al ciego; el niño de manos habilidosas que castiga el descuido de dejar la bolsa muy suelta (como premio, te proporciona la advertencia de que tengas más cuidado); el amigo que conoce a un amigo que a su vez conoce a un amigo que te puede meter mano en un negocio no del todo legal -igual que, en Roma, todo el mundo tiene un colega que maneja las llaves de un tesoro arqueológico que nadie más puede ver, y te sientes privilegiado a causa de ello-. Frente a ellos (pobres pajarillos que rapiñan las migajas que la vida no les ha querido regalar) tienes a los grandes halcones que vuelan alto y se pasean por los palacios del gobernador y del obispo, en ciertos tiempos, o los de la Junta o la Moncloa, en siglos diferentes. Como suele decirse, mientras unos llevan la fama, otros cardan la lana. El problema es que, como cada uno hace su pequeña trapacería, cuando llega la hora de imponer un sistema más justo, incluso los que deberían salir favorecidos se oponen, por miedo a que le quiten ese escaso trozo de privilegio que han conquistado. De esa manera, el gran ladrón queda impune para poder seguir enredando sus desmanes, y quejándose de los Guzmán de Alfarache al que él supera por mil. Pero siempre da más color local ese pícaro de baratillo que merodea las tabernas, que juega a los dados y a las cartas, y que corre por las plazas públicas informándose de todas las novedades acerca del padre Méndez, a veces por malsana curiosidad, como todo el mundo, y en ocasiones por averiguar qué puede caer de allí. Total, no va a hacer negocio una solo persona con la religiosidad de los feligreses…

 

                Mientras tanto, la gente que iba a verle, claro, le preguntaba por su próxima vida en el cielo. La mayor parte salían de aquella conversación sonrientes, pues el padre Méndez sabía muy bien qué era lo que quería escuchar el interlocutor con el que dialogaba. Pero claro, hablando durante casi veinticuatro horas al día, es fácil cometer errores. Como a una señora a la que le dijo que dentro de poco iba a ir al cielo, cosa que por lo visto a la mujer, que aún esperaba incordiar en este mundo un rato más, no le hizo ninguna gracia. A otra en cambio le anunció que iría a visitarla después de muerto, y la buena dama no se mostró muy conforme con eso de tener que invitar a un fantasma a té y pastitas. De vez en cuando, además, el padre Méndez iba haciendo predicciones públicas para después de su muerte: algunas eran un poco apocalípticas, sobre todo en dirección a aquellos habitantes de la ciudad (o internautas) que se habían metido con él desde el primer día. Otras, en cambio, destacaban cómo, tras su fallecimiento, se produciría una ola masiva de conversiones. El padre Méndez ya había hecho testamento digital, indicando a quién le legaría sus redes sociales para que, aunque él se fuera, no quedaran desasistidos de auxilio espiritual. Se preguntó si sería posible, desde el cielo, continuar manejando su canal, así que le encargó a sus sustitutos que no cambiaran las contraseñas, por si acaso tenía la oportunidad de grabar un vídeo desde lo más alto. Nunca se sabe cuándo vas a mandar una exclusiva en lo que se convertirá en un hito histórico.

                Llegó un momento en que, en el lugar de refugio del padre Méndez, había tal aglomeración de gente (y también de solicitudes digitales) que tuvo que poner fin a todo. Dio un discurso de despedida y colgó un vídeo -lo primero antes que lo segundo, para pulir detalles de cara a lo que pasaría a la posteridad- donde hizo un repaso de su vida, por supuesto bajo un prisma muy positivo, y cargado de subjetividad. En sus múltiples adioses se derramaron lágrimas, se vertieron toneladas de comentarios, se desplegaron innumerables aplausos, y por supuesto likes. Después, toda manifestación digital y física cesó por completo, y se hizo el silencio.

 

                Dicen que el siglo XXI proliferan los bulos. Pero el siglo XVII tampoco era moco de pavo. Un par de cientos de años antes, una mentira que hablaba de judíos secuestrando y desmembrando a un niño en Toledo (niño que nunca llegó a encontrarse, porque no existía) desembocó en la condena de varios conversos por parte de la Inquisición, y terminó de dar un empujón al decreto definitivo de expulsión de los judíos. Muchas veces estos rumores -como ahora- llegaban de manera interesada, sobre todo de los de arriba (los que tenían más capacidad de influencia y de difusión, empleando el pecunio si hacía falta) contra los de abajo, con el objetivo añadido de sembrar cizaña entre los más pobres. Si hoy es contra inmigrantes, entonces era contra cristianos de origen judío -porque, por supuesto, los “cristianos viejos” no iban a competir contra ellos en igualdad de condiciones-. Los bulos, hoy como entonces, siempre han ido dirigidos, y buscando nuestro lado más oscuro: luego, la capacidad de la gente de creerse cualquier tontería, y de atacar a su igual, funcionan para hacer el resto.

 

                Sin embargo, unos cuantos días antes de que se cumpliera el plazo, surgieron las primeras dudas. Parecía que el padre Méndez no las tenía todas consigo: quizá se veía demasiado sano o, quizá, ahora que se acercaba el plazo, principiaba a flaquear la fe que su cerebro había puesto en su propia mentira. A ratos, el padre se ponía a especular que la muerte podía llegar un poco antes, o tal vez un poco después. Cuando uno de sus acólitos más cercanos se horrorizaba ante este comentario, proclamando que, si la fecha se retrasaba, el cachondeo en Twitter iba a ser épico, el padre Méndez replicaba, con estoicismo: “A lo mejor me toca esconderme en un monte”. Por suerte, él no había leído “El disputado voto del señor Cayo” de Delibes, y no se le había ocurrido la solución que uno de los personajes citados había dispuesto para un caso semejante, y que implicaba tomar parte activa en la cuestión: o quizá sí lo había pensado, pero tenía demasiado apego a la vida como para planteárselo. Por Internet seguía manteniéndose el mutismo desde las cuentas oficiales, pero un seguidor muy activo dijo que él también había tenido una visión por la cual el padre Méndez viviría aún unos cuantos años para servir al Señor, todavía en más y mejor medida. Por lo visto al cura se le vio aliviado al leer ese mensaje, aunque sus ayudantes se mostraron cariacontecidos al pensar en aquella posibilidad.

                Al final, llegó el día de marras. El padre Méndez dijo que iba a pasar sus horas finales, justo antes de la medianoche fatal, en la iglesia, acompañado de una cámara subjetiva que grabaría sus últimos momentos delante de millones de internautas. El padre se despidió de sus devotas y se encaminó muy despacio hacia el edificio, como si de esa manera alargara o retrasara el instante definitivo. Luego, llegado al sitio (donde se habían reunido unos pocos y escogidos fieles), se arrodilló y se puso a rezar. Un médico que formaba parte de su equipo le tomaba diversas mediciones continuamente: pero, pese a que el sacerdote se había pasado sin comer las últimas veinticuatro horas, y había recorrido su habitación durante aquel tiempo, sin pausa, de arriba abajo (como si pretendiera forzar su propia muerte a base de castigar el cuerpo), aparte de encontrarle un poco débil, por lo demás le veía completamente normal, sin ningún indicio previo de lo que, presumiblemente, iba a ocurrir. Cuando sólo quedaban unos instantes para que expirara el plazo, el padre realizó un último gesto: “Adiós, hermanos míos”, declaró ante la cámara con voz queda, mirando virtualmente a los ojos. Llegaron las doce menos diez segundos, llegaron las doce en punto, esperaron unos cuantos minutos por si no andaban ajustados al cien por cien sus relojes, aguardaron a que transcurriera el primer minuto de rigor, luego comprobaron que no se habían equivocado, después dejaron que pasaran tres, cinco, diez, veinte giros de segundero, una hora. Cuando a las dos de la madrugada quedó claro que allí no iba a haber milagro ni se le esperaba, los asistentes fueron abandonando poco a poco, con la cabeza gacha y cara de circunstancias, el recinto. En un momento determinado, el cura apagó la cámara, se levantó, y sin despedirse de nadie, se fue. Nadie supo del todo donde había pasado aquella noche, aunque muchos decían que en un hostal para almas en pena donde nadie hacía demasiadas preguntas.

 

Dicen que en el siglo XXI florecen los narcisistas. En la película “Pactar con el diablo”, Satanás, interpretado por Al Pacino, llega a afirmar que “la vanidad siempre ha sido mi pecado favorito”. Los narcisistas han existido siempre: unos activos (pretenden ser admirados), otros pasivos (siguen a sus ídolos como la luna, que ansía brillar a base de reflejar los rayos del sol). Muchos de estos últimos, en realidad, son gente con muy baja autoestima, que esperan localizar un remedio para sus males en un conocimiento ignoto que nadie más posee, y que les hace por tanto superior al resto. Lo cierto es que en el siglo XVII también había narcisistas, como en todos los lugares y en todas las eras, y como bien demuestra el caso del padre Méndez en Sevilla: la gran diferencia con el siglo XXI es que nunca éstos han tenido a un público tan masivo, a través de las redes sociales, y por tanto han extendido sus tentáculos sobre tantos individuos, hasta el punto de fundar auténticas sectas, con miembros renuentes a cualquier clase de lógica racional. Pero las estrategias son las mismas: tratar de convencer a través de la emoción (por ello apelan a ti de manera íntima, y en primera persona: de ahí que la imagen, y sobre todo los vídeos, sean su principal herramienta de trabajo) de una hipotética verdad que tú deseas creer, y que por supuesto a él le va a reportar atención, y casi siempre dinero. De hecho, este último llega directamente con la visualización, con lo cual ya no hace ni falta que saquemos la cartera para darles de comer a esos estafadores. Así que, por favor, no veáis sus vídeos; no difundáis sus publicaciones; no alimentéis ese troll que está viciando la mente de tus vecinos, de tu familia, de tu casa. Eso es lo que quieren: y hasta que no lo consigan, no van a parar.

 

En la soledad de su refugio, un amigo visitó al padre Méndez. Este último le preguntó qué debía hacer. El compañero de lágrimas le aconsejó que volviera a los principios: que ejerciera la caridad, por los barrios de Sevilla, para ayudar a los más necesitados. Dijo que, si obraba así, al principio, desde luego, el nivel de burlas sería un hartazgo, pero que luego conseguiría hacerse perdonar, y que todo se apaciguaría en unos pocos días.

No las tenía todas consigo el padre Méndez cuando salió a la calle, pero, finalmente, se atrevió. La gente le señalaba en voz alta y le zahería, entre risas, preguntándole por su obra maestra. Ante lo cual el sacerdote respondía, resignado, entristecido, lacónico: “el demonio me ha dado un mal golpecito”.

Por sorprendente que pudiera parecer, al principio, la mayoría de sus followers le defendieron. Dijeron que Cristo, para salvarnos, tuvo que morir; esgrimieron (emulando a Borges, sin saberlo) que Judas, para abrir el camino del cielo, hubo de sufrir el tormento, el arrepentimiento, la humillación; y argumentaron que el padre Méndez había hecho también el ridículo por mandato de cielo: para con ello predicar la humildad, para que nadie se creyera más grande que otro. Pero aquello coló solo a medias, porque la ristra de comentarios que siguió a esas declaraciones alimentó millones de caracteres que combinaban mofa (y befa) con toneladas de sensación de vergüenza ajena. Con el tiempo, sin embargo, hasta eso cesó. Poco a poco, el ruido se fue apagando, porque todos, de una manera u otra, deseaban un retorno a la normalidad.

Mientras tanto, un día, de manera inopinada y casi inadvertida, los diversos perfiles digitales del padre de Méndez (la página y el perfil de Facebook, el de Twitter, Mastodon y Bluesky, el de Instagram y Tik Tok, el canal de Youtube y el de Telegram, el grupo de Whatsapp, un sin número de bots, perfiles falsos, cuentas B) desaparecieron de golpe. Como si nunca hubieran existido. Se generó un inmenso hueco, un espacio vacío. En la calle, si preguntaban, los antiguos fans del fenómeno del año negaban hasta tres veces “no, yo nunca he seguido al padre Méndez”, y ponían de referencia a otros youtubers de la misma quinta que habían prosperado a su sombra, pero que ahora se desmarcaban y trataban de adoptar un perfil diferenciado. Hubo, desde luego, muchos chistes, toneladas de sarcasmo, alguno hizo sangre, pero no demasiado: quien más, quien menos, todo el mundo tenía un amigo, una prima, un hermano que la había cagado con eso, y tampoco era cuestión de restregarles una conspiranoia que, después de todo, y al contrario que otras más tóxicas, no había hecho daño a nadie, salvo a los incautos que ahora servían de carnaza para el regocijo general.

Sin embargo, a los pocos meses, empezaron a aparecer perfiles con un cierto parecido al del cura que lo había revuelto todo. Ninguna de ellas se identificaba como “padre Méndez”: esta vez había un apodo, un avatar, un nombre de usuario, una forma u otra de ocultar una identidad. No estaba claro si los viejos enlaces acerca del padre Méndez en la prensa generalista habían sido borrados (el olvido digital todavía era un asunto sometido a numerosos vacíos legales), pero una oscura y concienzuda labor de borrado, aclarado y posicionamiento habían provocado que los resultados más certeros sobre el tema pasaran a la segunda página de Google -ésa, según dicen, donde un cadáver se puede ocultar-. Está claro que la muerte, en el contexto digital, realmente no existe, o cuanto menos es un asunto que exige cierta discusión. En los comentarios de algún vídeo, cuando alguien decía: “oye, ¿ése no se parece al padre Méndez, el que la cagó con su propia muerte?”, nadie respondía o, si acaso, recibía como toda respuesta, por parte del autor del vídeo, un escueto like. Ya se sabe que los tramposos, con el tiempo, o te acaban reprochando que caigas en la estafa, o te hacen partícipe de la misma, como si todo fuera un juego, y la mejor opción, si te engañan, es reírte y disfrutar. Es su manera de sobrevivir: si se tomaran a sí mismos demasiado en serio, después de todo (y sobre todo en el caso del padre Méndez), tendrían que morirse. Y, por supuesto, eso jamás.

FIN

                Nota al pie: en la versión real de esta historia, el padre Méndez tuvo la decencia de fallecer a los pocos meses de estos sucesos, quizá de agotamiento (o tal vez de vergüenza). En la época actual, estoy seguro de que hubiera experimentado una segunda o tercera resurrección.

lunes, 25 de marzo de 2024

La historia corta de marzo: "Semana Santa"

 Semana Santa

(Basado en hechos reales)

            En mitad de la calle, veo un capirucho, entiéndase, un tipo vestido de Semana Santa, al estilo Ku Klux Klan, con unos ropajes blanco inmaculado. Pero lo curioso del caso no es que fuera Semana Santa, que lo era, sino que iba solo, con lo cual la imagen estaba completamente descontextualizada. Además, para más inri, se cruzó con una monja que también llevaba hábitos del mismo color. Y entonces, después de haberse cruzado, unos quince niños le señalaron, y empezaron a gritar:

            -¡Vamos a tirarle de los faldones!¡Vamos a tirarle de los faldones!

          Observar al capirucho corriendo, perseguido por una jauría de niños, fue todo un espectáculo, mucho más interesante que cualquier procesión.


lunes, 24 de mayo de 2021

La historia corta de mayo: "Usurpador"

Lo que nadie supo en aquellos días caóticos, de inocentes ahogados en sangre, fue que Jesús murió y que María y José, padres inexpertos, se llevaron sin querer a otro infante. Sólo después se dieron cuenta y sólo años más tarde se lo comunicaron al niño, quien por fin lo supo. A partir de entonces, el muchacho fue muy consciente de a quién había usurpado el puesto, e hizo todo lo posible para arreglarlo, es decir, para estar a la altura. De hecho, probablemente, el hijo de Dios tenía otro plan. El sustituto, a su modo, y con exceso de éxito, lo hizo mejor.

lunes, 26 de abril de 2021

La historia corta de abril: El Cristo rebelde

 El Cristo rebelde

 

Antonio Machado, hablando por boca de su alter ego Juan de Mairena, insinúa que Cristo fue en realidad un rebelde respecto a su padre. Habla de un Jesús que desciende a la Tierra para vivir y morir antes de tener un hijo, frente a un Dios de Israel para el cual la procreación era un aspecto clave. Argumenta que Jesús predica el amor, una doctrina que para el Dios del Antiguo Testamento debía de resultar más bien chocante. Algo similar opina Saramago en su Evangelio según Jesucristo cuando el padre de Jesús le explica a su vástago que ha de hacerse humano y fallecer para crear una nueva religión, una que perpetuará el recuerdo de Yavhé a lo largo de los siglos, incluso aunque sea un Dios un poco distinto del que anteriormente habíamos adorado. Yo me lo quiero imaginar de otra manera; quiero pensar que Jesús bajó al territorio que hoy conocemos como Palestina e Israel sin permiso del padre. Quiero creer que predicó por los campos de Judea una doctrina que sabía rechazada por su progenitor, y aun así la difundió, pues creía que era más válida que la ley vengativa y de obediencia que Yavhé había establecido con Eva, Abraham y Noé desde el principio de los tiempos. Creo que, cuando murió, Jesús era consciente de que iba a ir al infierno, igual que el Judas especulado por Borges sabía que había de sufrir condena eterna para obtener el perdón de nuestros pecados. Sólo entonces, tras la muerte de Cristo, al verse obligado Dios a castigar a su propio hijo, Yavhé, por amor de padre (ése que nunca sintió con tanto ardor por la gente que ahogó durante el diluvio), decretó que la fraternidad ya no sería un pecado, sino un motivo para ir al cielo. De esa manera se abrieron las puertas del Paraíso a los creyentes, frente a una prohibición anterior de acceso que, por parte de la iglesia, nunca había quedado bien explicada. Así, mi conclusión es que la acción del Padre y del Hijo no fue coordinada, sino contrapuesta, como suele ser natural porque, ¿qué hijo tiende a seguir los designios que le dicta su ancestro? Algunos teólogos me reclamarán que, si Dios y Cristo actúan de distinta forma, ¿no serían entonces dos dioses, en lugar de uno? Yo replico, al contrario, que una divinidad perfecta no podría existir sin contener una de las cosas más originales de la condición humana, que es el supremo acto de contradecirnos: y, si estamos hechos a su imagen y semejanza, desde luego debe de cambiar de opinión unas tres o cuatro veces por semana.

lunes, 4 de mayo de 2020

Los libros de mayo: misioneros, antropólogos y corresponsales. Unos cuantos libros sobre viajeros

-"Dios, el diablo y la aventura". En esta obra, el escritor de viaje Javier Reverte se adentra en el terreno histórico para descubrirnos la figura de Pedro Páez, un sacerdote español (aunque con fuertes conexiones con Portugal), perteneciente de la Compañía de Jesús, que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que marchó para difundir el cristianismo en Etiopía. Javier Reverte aprovecha para explicarnos los objetivos e historia de la enigmática Compañía Jesús, la compleja situación geopolítica de aquel tiempo y el arriesgado papel de los misioneros en regiones exóticas pero, sobre todo, la sorprendente biografía de Pedro Páez, quien se adentró en un territorio sobre el que en Occidente no se conocía casi nada salvo leyendas (documentando además sus viajes de una manera fidedigna y rigurosa) y fue además el primer europeo que avistó las fuentes del Nilo Azul, aunque el inglés Burke intentara arrebatarle el mérito.

-"Una plaga de orugas". Segunda parte de "El antropólogo inocente", un libro del que ya hablamos en otro post. En esta nueva entrega, nuestro sarcástico, intrépido y aturullado antropólogo vuelve a África, esta vez más maduro y curtido, y los lugareños le recompensan su retorno mostrándose más sinceros y vacilándole con menor frecuencia. Eso sí, los equívocos y las situaciones absurdas y enrevesadas siguen sucediéndose a manos llenas. No tan chocante como la primera parte, por supuesto, aunque casi igual de divertido.

-"Todas las historias y un epílogo", de Enric González. Muchos conocéis a este periodista que, con nómina de "El País", fue corresponsal en el extranjero durante muchos años en varias grandes capitales del mundo. Su estancia en tres de ellas fueron reflejadas en sus correspondientes volúmenes de "Historias" ("Historias de Londres", "Historias de Nueva York", "Historias de Roma"), ahora reunidas, sólo levemente modificadas y con un epílogo redactado desde Jerusalén. Enric González escribe con la mirada despreocupada de quien pasea ocioso por la ciudad, preguntándose por sus pedacitos de Historia, por sus personajes urbanos, por la forma en que se entremezcla lo personal y lo profesional, y por los relatos curiosos, tanto antiguos como modernos, que albergan cada rinconcito y esquina. Una buena guía de viaje tanto para los que ya han disfrutado de esas ciudades como quienes aspiran a hacerlo en un futuro que, por muy lejos que se nos antoje, tranquilos, siempre acaba por llegar. Nos vemos en él. Hasta muy pronto.

lunes, 27 de mayo de 2019

Más historias cortas de mayo: "Sobre dioses y días"

Sobre dioses y días

Un día Cristo volvió a la tierra en forma de fantasma. Primero asustó a unos pocos con la sábana santa encima, sin mala intención, sólo para divertirse. Luego, se lo tomó en serio y estuvo predicando un tiempo. Entonces, le cogieron cuatro tipos, le secuestraron, le torturaron, le juzgaron, le pusieron un capirote y un traje ridículo, en contraposición con los trajes negros de los captores. Al final, le hicieron arder en nombre de Cristo y de la Santa Inquisición.
*
            Un día maté a una hormiga, pisándola sin querer. Me apené profundamente por ello. Peor el resto de las hormigas no supieron apreciar mi gesto. Treparon sobre mí con cuerdas y hachas, me derribaron, me llevaron a su escondite y me royeron hasta los huesos.
            El problema es que el resto de las hormigas aprendieron.
*
            Un día se presentó Dios delante del primer Papa, San Pedro, para decirle todo lo que estaban haciendo mal. El obispo de Roma, que ya le había cogido tirria desde su época de discípulo, le encerró en una celda y tiró la llave. Como le dio por resistir al fuego y al hambre, ahora malvive en una mazmorra del Vaticano. De vez en cuando, cuando el Papa tiene dudas, se acerca a la puerta de la prisión, y anota lo que dice el anciano colérico a través de la mordaza, construyendo con aquellas exclamaciones farfullantes una encíclica. Pero, como es lógico, todas son falsas, porque en realidad lo que Dios no para de repetir es que de una vez, maldita sea, le dejen salir.

miércoles, 1 de mayo de 2019

El artículo de mayo: "Caballeros"

Caballeros


          Leo en una furgoneta que suele estar aparcada cerca de mi casa: “Orden Hospitalaria de los Caballeros de Malta”. En efecto, el escudo de la Orden de Malta (como me enseñaron, formado a partir de la representación de las letras de la palabra <<Jesucristo>> en griego), con su cruz blanca engastada sobre fondo rojo, luce en el lateral de la furgoneta, igual que lo he visto adornando la entrada de un comedor social donde gente del barrio (de mi barrio; en épocas antiguas eso hubiera significado un vínculo, al menos mayor de lo que implica hoy en día) acude a comer porque no tienen otra cosa, si acaso –y en la medida en que se lo preserva el anonimato del comedor- la dignidad. Es fascinante la historia de la Orden Militar y Hospitalaria de los Caballeros de Malta, creada originalmente por caballeros amalfitanos como una institución en parte religiosa y en parte laica, estructurada en un modo muy similar a la Orden del Temple, y que que curaba a tanta gente en hospitales como a la que mandaba a fallecer en los mismos, especialmente en el momento en que llegó a Jerusalén. Allí, se hizo con el control de la ciudad santa, y las leyendas afirman que, tras entrar a sangre y fuego en varios de los templos más sagrados (del de Salomón, a estas alturas, no quedaban más que los lamentos), se apropiaron del arca de la Alianza, que guardaron bajo custodia. Después, los árabes les expulsaron y se refugiaron en la isla de Rodas -único lugar donde sobrevivieron mientras a sus compañeros del Temple en Europa les daban para el pelo-, sobre la cual construyeron augustas fortalezas separadas por lenguas y nacionalidades, y durante varios siglos se dedicaron a actividades tan variadas como la atención de enfermos y la piratería, hasta que les echaron otra vez y acabaron escondidos en Malta, para comenzar el lento proceso (que aún perdura) de desvanecerse, como casi todas las cosas, de manera silenciosa y discreta en la noche de los tiempos. En su día, los caballeros medievales representaban el súmmum heroico y de dignidad de la Europa Occidental. Defendían la santidad, la virtud, en definitiva, se arreaban con todo bicho viviente. Hoy en día, las prioridades por fortuna son otras. Los soldados han quedado reducidos a las misiones de paz, a la disuasión táctica, y sólo extemporáneamente (casi siempre por culpa de los poderes fácticos y políticos, en ocasiones por el clamor colaborativo de turbas atroces y enfurecidas) se dedican a reproducir su misión original. Ahora, los héroes -les llames o no caballeros, o tal vez damas- son (o deberían ser) otros; gente que monta comedores y consiguen que funcionen, que se dedican a actividades tan poco épicas como la administración o la logística. Individuos que nunca se han planteado conquistar Jerusalén, pero procuran que a los vecinos del barrio no le falte su pan. Quizás, un día de éstos, a una hora muy distante a la de comer, cuando no se halle reunida la mesa en torno a Arturo, ya que éste ha incitado a sus caballeros a recorrer ignotos caminos para encontrar el Grial, me acerque por su local en mi barrio y, con la cabeza gacha, les pregunte por la ubicación del Arca de la Alianza. Tal vez ellos, misericordes, abran con una oxidada y pequeña llave la puerta de un armarito y me permitan mirar.

lunes, 24 de diciembre de 2018

La historia ¿real? y el relato de diciembre: "Converso"

Converso

A Cristina y Cindy,
ambas hijas de la fusión de culturas,
 quienes se patearon conmigo sinagogas, museos, librerías,
y un par de veces la judería de Toledo.

                Si uno se quedaba muy quieto, en aquel año de mil quinientos y pico en Toledo, plantado en la esquina de una calle que casi ni se podía denominar calleja, podía observar un milagro.
                El milagro venía caminando desde el inicio de la calle, donde doblaba la esquina y pasaba por delante de un portal. Se desplazaba con su resonar metálico y tintineante, hasta colocarse delante de la Puerta del Mollete, la cual, aún hoy, da acceso al claustro de la catedral. Una vez allí, se detenía y dejaba extendida su mano. Entonces, era frecuente que un sacerdote, atraído por el ruido, saliera a atisbar tan sorprendente visión. Allí, se encontraba un artilugio con forma humanoide, construido en su mayor parte de madera, que miraba a los viandantes con ojos glaucos, esperando anhelante su compasión. En aquel momento, era habitual que el religioso le tendiera –igual que hacía con otros menesterosos que se plantaban delante de aquella entrada a la catedral- un mollete de pan, que hacía las veces de limosna. El autómata respondía entonces ejecutando una rechinante y caballerosa reverencia, la cual los presentes –sobre todo lo que no habían visto nunca el fenómeno- admiraban con estupefacción. Luego, el “Hombre de Palo” –pues con este nombre se le denominaba- desandaba el camino por el que había venido, para volver al lugar de donde mañana volvería a partir.
                -¿Y qué lugar es ése?-preguntaban los niños, arrebolados. Y sus madres respondían:
                -De la casa de Juanelo Turriano.
                Con esa respuesta, los niños se estremecían, impactados de esa manera en que, sólo a esa edad, los misterios cautivan, preguntándose quién sería ese buen señor.

*                                            *                                            *

                Delante de aquella puerta, sin embargo, haciendo caso omiso del “rutinario” espectáculo del ingenio mecánico, se plantaba un hombre.
                Era alto, era orondo, llevaba puestas ropas sencillas. Muchos años atrás, vestía siempre en la cabeza el característico kipá judío, pero ahora no se le ocurriría, y de hecho ya hace bastante tiempo que lo quemó. Contemplaba, sin embargo, como cada vez que pasaba por allí, la Puerta del Mollete. La que otros denominan, en cambio, la Puerta del Niño Perdido.
                Nadie sabe por qué esa puerta concreta adquirió ese nombre. Se conoce, sin embargo, el hecho al que tal apelativo se refiere. En 1491, en un proceso complejo desarrollado a caballo entre varias ciudades, se acusa a un grupo de judíos (y cristianos de supuestas tendencias judaizantes) de secuestrar a un niño en un pueblo cercano a Toledo y haberle sacrificado, arrancándole el corazón incluso, con el objeto de realizar un conjuro. Los reos son condenados a muerte y, con el tiempo, la leyenda se va acrecentando. Que si el niño fue crucificado del mismo modo que Jesucristo; que si la madre del niño, que era ciega, recuperó la vista nada más el niño murió; que si la persona que transportaba el corazón del niño para completar el conjuro fue detenido porque también había robado una hostia consagrada, la cual fue la causa de su detención, ya que empezó milagrosamente a brillar… Sobre todo esto meditaba el judío; pero asimismo pensaba en que, en la vida real (pues él habitaba en Toledo durante el suceso del Niño Perdido) nunca salió a la luz ningún padre; nadie reclamó la desaparición de ningún niño. Sólo estaban la Santa Inquisición, sus acusaciones, los reos, y unos testimonios contradictorios obtenidos mediante tortura. Unos cuantos meses más tarde, con el clima caldeado a raíz de éste y otros sucesos similares que invadían el debate popular, los Reyes Católicos decretaban la expulsión de los judíos. Muchos de los miembros de esta etnia se fueron de España y, los que no, se convirtieron. Entre los que se quedaron, se comentaba que, para la elaboración del decreto de expulsión, había influido decisivamente la historia del ahora llamado Santo Niño. Otros, en cambio, recordaban una vieja leyenda urbana según la cual la Reina Católica había acudido en Toledo a la casa de un rico judío a pedirle dinero –en teoría, para sufragar la primera expedición de Colón a las Indias- y, al vislumbrar aquella riqueza, había ansiado conseguir más…
                El hombre delante de la Puerta del Mollete –o del Niño Perdido- no conocía cuál era la realidad acerca de las distintas versiones. Pero siempre se quedaba parado, mirando la puerta.
                Caminó hacia el mercado, jurándose –como todos los días-, al día siguiente, no mirar más.

*                                            *                                            *

                Ese mismo hombre cruza desde la puerta de la catedral hacia la plaza del mercado. Allí, se dedica a pasear contemplando el género, como todos los días. Cosas de gente ociosa, se recrimina a sí mismo, medio en serio, medio en broma; una actividad equivalente a quedarse parado mirando obras. Lo cierto es que, desde hace tiempo, cada vez acude menos gente a su tienda, con lo cual cierra antes y dedica el tiempo libre a pasear. En cierta medida, lo considera una ventaja. O así lo creía.
                Pero hoy se ha acercado al mercado. A un puesto de verduras. Aunque suele acudir su mujer, le gusta pasarse de vez en cuando y comprar un par de cosas con las que llegar a casa y realizar sus propias incursiones en la cocina. En ocasiones ha fantaseado con dejar la tienda y dedicarse en exclusiva a los fogones. Pero, ¿un hombre que se dedica a hacer las labores de su casa? Nadie lo aceptaría, eso no se puede hacer.
                Mientras echa una ojeada al puesto de verduras, en concreto a unas relucientes berenjenas que le están llamando jugosas, capta un siseo a su espalda.
                -Mira el marrano ése…
                El hombre se giró, irritado. El cuchicheo había llegado desde un puesto donde vendían cerdo en toda clase de formas y variedades.
                -¿Cómo?-preguntó con una mezcla de agresividad y miedo, deseando que lo que había escuchado no fuera verdad.
                -¡Nada, nada! Tú concéntrate en tus berenjenas… ¿A que te gustan las berenjenas? Qué casualidad que todos los que antes eráis judíos sigáis comprando berenjenas. Y en cambio, que no comáis nunca cerdo. ¡Qué casualidad!
                Nuestro hombre se acercó violento al lugar de donde venían las imprecaciones.
                -¡Soy cristiano!¡Un buen cristiano, desde hace muchos años!
                -¡Seguro!¡Tú come berenjenas!¡Sigue comiendo berenjenas, hasta que se te pongan los ojos de berenjena!¡De hecho, yo creo que ya los tienes!, ¿no lo opináis vosotros, que tiene los ojos más parecidos a una berenjena que he visto en mi vida?
                El hombre del puesto de verduras llamó a la calma.
                -Déjale en paz. Él no tiene la culpa de que no le gusten la mierda de productos que vendes.   
                -Claro, ¿cómo le van a gustar? Porque yo te veo muchas veces por este mercado, y nunca te he visto comprar cerdo, ¿verdad?¿Verdad?
                El hombre resopló y cerró los puños. Se acercó al hombre de la tienda especializada en productos cárnicos.
                -Dame… unas cuantas de esas patas…
                -Jamones.
                -Sí, y también unas de esas…
                -Pezuñas. Manitas de cerdo, les decimos. Yo te aconsejo llevarte unos lechoncitos. Se hacen en el horno enteros, y saben riquísimos.
                El hombre del puesto de verduras bufó.
                -Siempre misma historia –masculló, más para el exterior que para sus adentros. El comprador recibió una bolsa con todo lo que había pedido. Alargó unas monedas.
                -Gra… gracias –murmuró. Marchó en dirección a su casa, con mirada de derrota surgiendo desde el interior.
                Cuando llegó a su hogar, transmitía esa misma impresión de vencimiento, como una ciudad invadida a la que hubieran desmontado sus murallas ladrillo a ladrillo. Quizás fue por eso por lo que, nada más verle la cara, su mujer le preguntó tan rápido:
                -¿Qué has traído en esa bolsa?
                Su esposo vaciló, para finalmente responder:
                -Cerdo.
                -¿¿Cerdo??¿En serio?¿Y qué quieres que haga con él?
                Su marido alargó la bolsa hacia un lado, con repugnancia.
                -Desecharlo inmediatamente. Arroja esta guarrería a la basura, pero que los vecinos no se den cuenta de lo que estamos tirando.
                -¿Y las berenjenas?¿No decías que te ibas a pasar por el mercado a comprar unas berenjenas?
                El hombre movió la cabeza de un lado a otro, apesadumbrado. Nostálgico incluso
                -Ya no vamos a comprar berenjenas nunca más.
                La mujer abrió mucho los ojos.
                -¿Cómo que no vamos a comprar berenjenas?
                Apareció por allí una chica joven.
                -¿He oído algo de que hay berenjenas?
                -¡He dicho que no vamos  comprar más berenjenas!
                -¿Pero por qué no vamos a tener berenjenas?-preguntó incrédula la mujer mayor. El hombre, hastiado, resopló:
                -¡Las berenjenas son un plato judío!¡Y nosotros ya no somos judíos, somos cristianos!¡Así que no vamos a comprar berenjenas nunca más!
                La cara de la mujer era similar a la que exhibiría si hubiera visto aparecer a un caldero parlante.
                -¿Pero cómo, un plato judío?¡Si las berenjenas las trajeron a Sefarad* los árabes!¡Eso lo sabe todo el mundo!
                -¡Pues no lo debe saber todo el mundo, porque hoy me he acercado al puesto de berenjenas, y lo han utilizado para reprocharme mi origen judío!¡Así que, a partir de ahora, no vamos a hacer nada por lo que puedan acusarnos de judíos!
                -Pero, ¿los cristianos no pueden comer berenjenas?-preguntó la chica joven.
                -¡Claro que pueden comerlas!-espetó la mujer mayor-. ¿Qué se supone que debemos hacer? Vamos a su iglesia, le rezamos a su… Cristo o como quiera que llamen al muñeco ése que cuelgan de la cruz, más feo el pobre…
                -¡Mamá, no digas eso!-soltó la chica.
                -Ay, hija, no me regañes como tu padre. Sólo digo que, si quieren tener un dios, al menos que no le hubieran pegado esa paliza. Es que da pena verlo, el pobrecillo, todo sangre y miradas sufrientes…
                -¡Dejemos esta discusión sobre Cristo!-se puso más nervioso todavía el hombre-. ¡No vamos a comprar más berenejas y se acabó!
                -O sea, que ahora no se nos define como judíos no por no cumplir las normas cristianas –expuso la hija-, sino porque hacemos cosas que, aunque puedan ser cristianas, también las hacen los judíos.
                -¡Exacto!-respondió el padre.
                -¿Cómo por ejemplo, respirar?
                -¡Oye, no me discutas!
                -Traer cerdo a casa para luego tirarlo. Qué desperdicio –se quejó la mujer-. ¿Qué será lo siguiente, no celebrar el Purim?
                El marido la miró helado. La mujer, tras reflexionar durante unos segundos, alteró su semblante para  mostrarse indignada.
                -¿Qué?¡No me dirás que no vamos a celebrar el Purim!
                -¡No se llama Purim!¡Se llama carnaval!
                -Purim, carnaval, como quieras llamarlo… Mientras en casa podamos seguir celebrándolo como queramos…
                -¿Es que no lo queréis entender?-protestó el hombre-. Hay ojos, y espías, por todas partes. Ni en casa, ni fuera de ella. ¡No vamos a celebrar las cosas como las hacíamos antes!¿Qué queréis, que acabemos todos en el tribunal de la Inquisición?
                -¿Pero qué les importa lo que hagamos dentro de nuestras casas?-preguntaba la chica joven mientras, a la habitación, atraídos por los ruidos, llegaban un par de revoltosos niños.
                -¡Pues les importa, y mucho!¡Por cosas menores han arrestado a gente!
                -Pero sería una pena… Con lo que le gusta a los niños cuando tienen que hacer ruido cada vez que escuchan el nombre del malvado Amán… Y con lo que les gusta jugar a ser Mardoqueo**… Tendrías que haber visto cuando íbamos a la sinagoga a leer los rollos –le decía la mujer a su hija. La verdad era que, mientras pudieron practicar el judaísmo, acudir a la sinagoga le había resultado una actividad incómoda. Pero ahora, después de mucho tiempo sin celebrar ritos, sin pasear por la judería adornada en la época de fiestas, ni encontrarse con los amigos en el recinto sagrado, hasta echaba de menos, durante las ceremonias, la aburrida sección de las lecturas.
                -Es una pena que no podamos volver a hacerlo –protestó la chica.
                -¡No lo digas ni de broma!-clamó el hombre-. Además, ya no tiene ningún sentido. Todas las sinagogas que quedan son ahora iglesias. Y, si no fuera por eso, no podríamos siquiera volver.
                -¿Pero en serio no vamos a celebrar el Purim?-insistió la madre-. El Purim es una fiesta sagrada. Hay comunidades que hasta celebran Purims particulares en conmemoración de un momento histórico en el que se salvaron de alguna desgracia. Dicen que, incluso cuando el Mesías baje a la tierra y el resto de las fiestas dejen de tener sentido, el Purim deberá seguir celebrándose.
                El marido había hecho amago de marcharse, pero al escuchar esta última frase, se volvió:
                -¿Tú ves que la llegada del Mesías esté medio cerca?
                Y, con aire deprimido, abandonó la habitación.

*                                            *                                            *

                A oscuras, una lúgubre estancia. En dicha sala, una mesa, varios hombres. Tres de ellos, las mejillas rasuradas, observan unos planos. Otro, con barba, a su frente, aguarda expectante. Los rostros de los otros hombres permanecen herméticos. Sobre todo los que no están tocando directamente los documentos. Al que los maneja, en cambio, se le aprecia, conforme alza la vista, un leve temblor en las manos. Entonces, el hombre de la barba comprende que todo ha sido un paripé. Ya antes de que fijaran la mirada en aquellos bocetos conocían la respuesta y, hasta entonces, sólo ganaban tiempo o esperaban la ocasión propicia para anunciarlo.
                -Señor Turriano, estos planos están muy bien. Sin duda, podremos construir un segundo artefacto como el que ya nos ha proporcionado…
                -… sin pago.
                -Maese Turriano, no hace falta que insista en eso.
                -Mi señor, no es por tratar de ser irrespetuoso, pero sí me parece pertinente que insista en la cuestión dado que, a día de hoy, sigo sin cobrar.
                -Y nosotros no tenemos a Carlos I entre nosotros y, sin embargo, nadie os ha culpabilizado por ello.
                Juanelo Turriano se siente herido en su fuero interno, como si una afilada daga acabara de traspasar su corazón. Cuando por primera vez llegó desde Cremona (tierra de violines y delicados instrumentos) a España, sus conocimientos matemáticos y de ingeniería fueron reconocidos por el emperador Carlos I de España y V de Alemania, quien le nombró (cuando todavía la mayor parte de la gente le denominaba Giovanni) Relojero Mayor. Aparte de varios relojes astronómicos, el soberano le encargó construir parte del palacio para su retiro en Yuste. Sin embargo, las cosas no salieron tal como había previsto. En uno de los estanques decorativos construidos por el italiano, el flujo del agua se paralizó; el agua quedó estancada. Se acumularon los mosquitos, y uno de ellos, transmisor de la malaria, se la contagió al emperador, el cual murió. Sin embargo, Felipe II, su hijo, no se mostró muy afectado: su padre ya era anciano, estaba retirado, y para colmo le había dejado en bancarrota el reino. Un reino que, además, heredaba él. Nombró a Turriano Matemático Mayor; luego, el italiano trabajó para el Papa Gregorio XIII en la reforma del calendario, y diseñó, para Juan de Herrera, las campanas del Escorial. Aún así, Juanelo decidió que su futuro estaba en la ciudad de Toledo. Allí empezaron todos sus problemas.
                -Los proyectos científicos entrañan sus riesgos, y a veces, mi señor, fallan –respondió el interpelado-. No se puede responsabilizar al inventor de intentarlo, sobre todo si el propósito era loable. Pero, en cambio, que el resultado sea óptimo y, sin embargo, no recibas la debida compensación…
                El severo hombre del otro lado quiso ocultar su gesto apartando la vela de su lado; sin embargo, no logró disimular el azoramiento que invadía su voz, a la par que su rostro.
                -No vamos a entrar otra vez en ese asunto…
                Juanelo Turriano agachó la cabeza. La historia venía de antiguo. Toledo, situada en un macizo de roca que se eleva por encima del río Tajo, tenía dificultades para acceder al agua, debido al extremo desnivel. Se necesitaba gente que trajera diariamente barreños desde el río y, cuando había un incendio, la única solución era recurrir a aquellas casas señalizadas para indicar que contenían un pozo. Con objeto de solucionar el problema, Juanelo había ideado un ingenio que permitía utilizar la propia fuerza del río Tajo para ascender el agua hacia arriba a través de una especie de acueducto salpicado de brazos y cucharas mecánicas. El artefacto –bautizado con el mismo nombre que su creador- se hizo famoso. Con el tiempo, saldría en cuadros del Greco, se escribirían libros, formaría parte del imaginario colectivo. Pero Juanelo Turriano no llegó a percibir ningún pago por ese ingenio.
                -¿Han hablado últimamente con el ejécito?
                -No, pero para qué –replicó el representante de la ciudad-. La respuesta, o la falta de ella, va a ser siempre la misma.
                -Pensaba que gozaban ustedes de una comunicación más fluida. De hecho, creía que tenían ustedes un acuerdo sobre el artefacto mientras se estaba construyendo.
                -Los acuerdos del Ejército siempre están sujetos a los imprevistos de la guerra… incluso en tiempos de paz. Y esos imprevistos sólo llegan cuando los dicen ellos. Pero vamos: de una institución que ni siquiera se esfuerza por dar de comer a sus propios soldados, qué podía esperarse.
                Juanelo asintió. El conducto de agua que formaba parte de su ingenio tenía como destino final, en su extremo superior, el Alcázar de Toledo, pues era la zona más alta de la urbe, y por tanto desde donde era más fácil distribuir el agua al resto de la población. Pero el Alcázar pertenecía al Ejército y éste, una vez el artefacto estuvo construido, dijo que no iba a compartir el agua con el resto de la ciudad. Y que tampoco iba a pagar el ingenio de Turriano, puesto que ellos, aducían, no lo habían solicitado, y tampoco habían firmado contrato alguno. Mientras tanto, el gobierno de la ciudad de Toledo declaraba que, ya que el agua no llegaba, no tenía sentido pagar una construcción que no proporcionaba ningún beneficio. De tal forma que Turriano se quedó sin cobrar. Él, por supuesto, se había desentendido del mantenimiento del aparato, que había funcionado bastante bien hasta entonces, y lo haría -hasta que se estropeara- bastantes décadas más. Pero eso no le resarcía del dinero que se había gastado en construirlo, y que le había dejado en la miseria.
                -Sin embargo, ahora, para este segundo proyecto, sí que habrá dinero para pagarme, ¿verdad?
                Si alguna vez la cara del adminsitrador fue más similar a la de una de las gárgolas de la catedral, fue en ese preciso instante. Empezó a lanzar una perorata sobre las dificultades económicas: la marcha de los judíos había disminuido la riqueza de la ciudad. Las rutas del comercio con América no pasaban Toledo, y eran otros, además –mercaderes genoveses, venecianos- los que se llevaban los beneficios. El presupuesto era variable, a la par que imprevisible:
                -Las administraciones –suspiró, más que enunció el hombre- también sufren accidentes, incluyendo los monetarios. Y, como a los creadores científicos, no siempre se las puede culpar.
                Juanelo Turriano, aquella noche, llegó a su casa. Le dio dos vueltas a la cerradura antes de abrir el portón. Ascendió con cansancio las escaleras.
                Arriba, encendió una vela, y giró la cabeza. Allí, plantado sobre la mesa, con un codo apoyado encima de la misma, se encontraba el otro ingenio por el que Juanelo era famoso: ese autómata de metal y (sobre todo) madera que en las calles de Toledo había quedado bautizado como “el hombre de Palo”. Algún día, la calle por la que solía transitar recibiría el mismo nombre.
                -¿Qué tal te ha ido, compañero?-preguntó Turriano en voz alta, sabiendo que no recibiría más respuesta que la que obtendría tras abrir un compartimento adonde caían las monedas que los viandantes podían depositar a través de una ranura. Ese exiguo pago, más el mollete que ahora mismo se depositaba sobre la mesa, eran los únicos recursos que podían socorrer a Turriano de su situación de indigencia.
                -Ay, compañero, ay –se dolió Juanelo Turriano mientras se sentaba, situándose enfrente de su invento-… Qué similares somos.
                Se dijeron muchas cosas sobre el Hombre de Palo. Que fue verdad. Que era todo un cuento. Se decía que, cada mañana, Juanelo se colocaba enfrente del Hombre de Palo y le insulflaba una arena mágica que funcionaba como hálito de vida, para por la noche retirarle aquel aliento mágico, y que el autómata se apagara y dejara de trabajar. Aquella noche, sin embargo, ocurrió algo mucho más sencillo: Turriano abrazó a su hombre de madera por la cabeza y, entre lágrimas, le dio un beso. “¡Tú eres el único que me comprende!”, exclamó. Luego se quedó dormido abrazado a él, y permanecieron así unidos toda la noche.

*                                            *                                            *

                La mujer de la casa que visitamos anteriormente, unas cuantas jornadas después del enojo, había recuperado la serenidad. Aquella mañana era sábado, aunque ya hacía mucho tiempo que no lo celebraban como tal. Su marido estaba en la tienda, trabajando. Y, por hoy, por un día, ella, que a lo largo de la semana se había mostrado hacendosa con sus tareas, podía por fin sentarse sobre los cojines y centrarse sólo en descansar…
                Hasta que escuchó una voz, en la ventana.
                -¿Qué tal, vecina?
                Por un momento creyó que eran jugadas de su imaginación hasta que, sacando la cabeza entre los postigos, se encontró a una mujer de su misma edad al otro lado del patio, en la casa vecina. En la mano llevaba un paño, y sacaba el codo por la ventana.
                -Qué tal –respondió la aludida, en lo que pretendió ser una respuesta cortés.
                -Qué guapa te veo. ¿Qué, haciendo algo en casa?
                -Pues… en realidad no. Relajada.
                -¡Ah!-exclamó la otra-. Pues yo no. Yo aquí, limpia que te limpia.
                -¿Y eso?¿Algo especial?
                -Hombre, especial, especial… Lo de siempre. Mañana, que es el día del Señor y habrá que ir a misa. Y claro, como ese día es distinto, conviene dejar bonita y adecentada la casa.
                Hizo una mueca que casi fue como un guiño.
                -Vamos, como toda buena cristiana, ¿no?
                La mujer del otro lado agarró con mucha firmeza, los puños crispados, el poyete de la ventana.
                No le había quedado muy claro si esta última frase guardaba un punto de retintín, o no tenía en cambio segunda intención.
                Inquieta, se metió de nuevo en la casa. Se acordó de la frase de su marido acerca de que había ojos y oídos en todas partes. Y de que no se trataba sólo de lo que hacías, sino de lo que no hacías también.
                Le invadió la paranoia. Comenzó a ponerse histérica.
                Tras unos instantes de conexiones eléctricas en su cerebro, se puso rauda en acción.
                Sacó de su sitio las alfombras, las lámparas, los cortinajes. Se puso a quitarle el polvo, a fondo, a armarios y estanterías que hacía siglos que no limpiaba. Sacó las telas por la ventana y las aireó, golpeando con furia con el sacudidor, echando vistazos de reojo para asegurarse de que las vecinas miraran.
                Luego, tomó las sábanas, las ropas, los trajes de los domingos. Se puso a lavar a mano, con jabón y abundante agua, hasta que las uñas le empezaron a sangrar.
                Pulió la vajilla buena –aunque ya estuviera limpia-, restregó la plata… No recordaba haberse visto en otra igual.
                Al final del día, estaba ajada, sudorosa, y había sacado tanta mugre de su hogar que un cónclave del Vaticano podría haber comido y elegido al Papa en el suelo.
                Cuando su marido llegó a casa, le extrañó verlo todo tan pulcramente colocado.
                -¿Qué ha pasa…?
                -¡Mira!¡Déjame en paz!
                La mujer corrió a desahogarse a su cuarto. El marido bizqueó sin comprender nada.

*                                            *                                            *

                Al día siguiente, el antiguo judío, informado ya de los pormenores del incidente del sábado por su esposa, no quiso tener más problemas. Irían a misa para que nadie les reprochara nada y luego marcharían a casa, rapidito y por el camino más recto (lo cual siempre era complicado en las estrechas callejuelas de Toledo). Quizás así consiguieran tener un día sagrado –de la religión que fuera- por fin en paz.
                Por eso salieron de Santa María la Blanca –lo que en tiempos había sido su altiva sinagoga- todo lo deprisa que pudieron. Sin embargo, antes de que dieran un par de pasos, unas cuantas manos vigorosas asieron al hombre por los hombros.
                -¡Fíjate, nuestro viejo amigo!
                El antiguo judío reconoció, en los rostros y en las voces, las figuras de los tenderos que el otro día le habían perturbado en el mercado.
                -Perdonadme, estoy con mi familia. Me voy a casa.
                -Tranquilo, hombre, tranquilo… Mira, reconocemos que el otro día fuimos un poco… maleducados. Y como nos sienta mal haberte dejado con tan mal sabor de boca, queremos invitarte a comer. Una oferta de paz, realizada a un buen cristiano.
                El hombre dudó. Su mujer le miraba atemorizada. “No lo hagas”, le comunicaba con los ojos. Pero el hombre no sabía qué decir. Al fin y al cabo, Toledo era pequeño. Iban a verse todos los días. Y daban la impresión de estar siendo sinceros.
                -Id adelantándoos a casa. Yo os veré más tarde allí.
                -¡Eso es, amigo! No te preocupes –le dijeron a su esposa, en lo que asemejó una sonrisa amable-, te lo devolveremos entero. Y además, pagamos nosotros, así que comerá muy bien.
                Sus nuevos compañeros le arrastraron a una muy reconocida taberna de la ciudad. El converso pretendió tranquilizarse: por lo menos, tenía delante la promesa de una buena comida. A Moisés le dieron menos.
                Se sentaron en una amplia mesa. Pidieron cervezas y también vino. Le presentaron al tabernero como un amigo. La verdad es que se lo estaba pasando bastante bien.
                Así hasta que uno de sus acompañantes le dijo al mesero:
                -Pónnos a todos una buena ración de tocino. Ya sabes, como nos gusta.
                El antiguo judío vaciló.
                -Pero…
                El hombre que tenía al lado, el carnicero del mercado, le dio una palmada amistosa en el brazo.
                -Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar.
                El mesero les trajo el plato en el lapso de tiempo más breve que el cristiano nuevo había visto antes en una taberna. Juraría que, cuando lo trajo, el carnicero le había guiñado un ojo al dueño del establecimiento.
                -Mira qué cosa más rica.
                El antiguo judío admiró el género. Eran unos trozos de tocino tan poco cocinados que sólo con mirarlos rezumaban sangre… El hombre se acordó de aquel precepto del Talmud que dice que debes lavar bien todo animal después de sacrificarlo para que no tomes ni una gota del impuro líquido rojo que circula dentro de él.
                -Yo –farfulló, disculpándose-… es que el cerdo no me sienta muy bien. Me provoca dolor de tripa… Me… sienta mal al estómago.
                El antiguo judío no mentía. Tras años y años, durante su juventud, con sus mayores repitiéndole de manera continua que el cerdo era un animal horrible, sentía náuseas con solo mirarlo. Desde que se había hecho cristiano, había intentado probarlo, pero lo cierto es que aquello era superior a sus fuerzas: habría sido como si le hubieran pedido beber un vaso de su propia orina. Y menos ese tocino, que tenía pinta de haber pasado tan poco por el fuego que hasta debía de estar frío.
                -Adelante –le incitó el carnicero-. Prueba. Seguro que está muy rico.
<<Prueba>>, repitió.
                La palabra apuntaba a invitación. La expresión proponía sugerencia. El tono, el ambiente, las miradas, apuntaban a todo lo contrario.
                -Come. Como un buen cristiano. Come.
                El antiguo judío, rodeado, no vio opción. Agarró un repulsivo trozo de carne, el cual soltó un borboteante caldo nada más rozarlo. Se lo introdujo de golpe en la boca.
                Sintió unas arcadas tan tremendas que tuvo que colocarse la mano en la boca para no vomitar. Aun así, se sobrepuso y trató, con vino y agua, de atravesar aquel trance. Tardó una eternidad en masticarlo.
                -Come más. O si no, te vas a quedar con hambre. Vamos.
                Los otros comensales ni tan siquiera tocaban sus platos conforme contemplaban al otro metiéndose trozos en la boca, los cuales prácticamente engullía para que permanecieron el menor tiempo posible en el paladar. Comenzó a llorar; le subieron a la nariz los mocos. Tuvo varios repetidos accesos de arcadas. Estuvo más de una hora sentado allá. Cuando terminó el plato, sudando y con la cara roja, el mesero anunció:
                -Me alegro de que le haya gustado. A partir de ahora, por cuenta de sus amigos y de la casa, tendrá todas las semanas un plato igual esperándole aquí.
                Cuando el hombre llegó a su casa, alzó la voz a la vez que daba un portazo:
                -¡Nos vamos!¡En cuanto hagamos el equipaje, nos vamos para siempre de esta maldita ciudad!
                Aunque, para sus adentros, se daba cuenta de que aquello no iba a bastar.

*                                            *                                            *

                Si uno se quedaba muy quieto, en aquel año de mil quinientos y pico en Toledo, plantado en la esquina de una calle que casi ni se podía denominar calleja, podía observar un milagro.
                El milagro venía caminando desde el inicio de la calle, donde doblaba la esquina y pasaba por delante de un portal. Pero en este día en concreto, unos niños aguardan agazapados detrás de la esquina de la calle.
Uno de ellos, el líder de la cuadrilla, sostiene en su mano una caja de cerillas. Los otros contienen la respiración.
El hombre de palo gira la calle.
El niño enciende la cerilla, y la arroja encima del autómata.
Mientras tanto, a un par de manzanas de distancia, nuestro antiguo judío terminaba de amarrar los baúles a la parte de atrás de la carreta –donde también se acomodaba su hija con los niños-, para después ascender a la parte delantera del vehículo, junto con su mujer.
-Todo es culpa de estos malditos cristianos –blasfemaba en voz baja, como había hecho otras veces, aunque ahora con menos miedo de que le oyeran-. A uno de los suyos no le tratarían tan mal. Si yo fuera…
Pasaron entonces al lado de la catedral. Una repentina visión les hizo reducir la velocidad de los caballos. El Hombre de Palo ardía en una gigantesca pira mientras un grupo de niños giraba a su alrededor. Poco a poco, se acumulaba en aquella zona un círculo formado tanto por curiosos como por transeúntes casuales. Sin embargo, ninguno de ellos tuvo la ocurrencia de traer un cubo de agua, ni llamar pidiendo ayuda. La antigua mujer judía volvió la vista hacia su marido. Éste, como toda respuesta, volvió a azuzar a los animales para escapar cuanto antes de allí.
Mientras marchaban en dirección a las afueras de la ciudad, y observaban a su espalda la silueta de la misma, el marido no paraba de protestar:
-Sefarad es una desgradecida. Llegamos aquí, le damos lo mejor de nuestras vidas, tratamos de mejorarla un poco, ¿y qué nos entrega a cambio? Son unos ingratos, unos mastuerzos, unos…
Se quedó un segundo callado, con el ceño fruncido. Su mujer le agarró de la mano y le preguntó:
-La vas a echar de menos, ¿verdad?
El hombre le cedió las riendas del vehículo, y apoyó la cara sobre los hombros de su esposa.
-¡Muchísimo!-sollozó, y mientras se alejaban, apenas pudo contener el fluir de lágrimas.

Esta historia está basada en la vida real de Juanelo Turriano, aunque algunos detalles permanezcan en la bruma de la leyenda. En cuanto al relato de nuestro antiguo judío, aunque ficticio (quizás tanto como el crimen del Santo Niño), podría, desgraciadamente, aplicarse a multitud de conversos que tuvieron que escapar de la Península Ibérica. Algunos, sin embargo, no tuvieron esa suerte, y fueron juzgados antes por la Santa Inquisición. Ha sido, probablemente, simultánea con la de los moriscos, la pérdida de población más dramática que ha vivido España, hasta los exilios derivados de la Guerra Civil, y los migrantes económicos de los siglos XX y XXI. Con este tipo de relatos se espera, en un futuro, que, tal vez, lo hagamos con otros mejor.

¿Lo haremos, en verdad?


*Sefarad era el nombre que los judíos daban a la Península Ibérica.

**El Purim conmemora la fecha en que Esther convenció al rey persa Asuero que no hiciera caso a su visir Amán (quien quería matar a todos los judíos del reino), y en cambio colocara en su lugar al judío Mordejai o Mardoqueo. Guarda un aire festivo, similar al carnaval cristiano y, entre otras actividades, los niños han de armar un gran estruendo mediante ciertos instrumentos musicales cada vez que durante el rito se menciona el nombre del malvado Amán.