Mostrando entradas con la etiqueta divulgación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divulgación. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de mayo de 2026

El libro de mayo: "Orígenes", de Lewis Dartnell

Hay un símil, que aquí parafrasearé, en el que Dartnell explica cuál es el sentido de este libro. En el fondo, dice, es como cuando hablas con un niño de seis años y te pregunta "¿por qué?" respecto a alguna cuestión. Tú se la explicas y, al llegar al fondo del asunto, el niño vuelve a inquirir "¿por qué?", y debes bucear en una nueva capa de conocimiento, y así sucesivamente, hasta tener que remontarte al Big Bang. Pues ésa es un poco la cuestión. Dartnell lo quiere explicar todo: por qué surgió la raza humana en el Rift de África Oriental, y cómo las condiciones que vivió le dieron una ventaja para adaptarse al resto del mundo; cómo pasó de ser cazador-recolector a la agricultura y la ganadería, y qué condiciones motivaron que fuera de una manera y no de otra; de dónde saca el ser humano el carbón o el petróleo que hicieron posible la Revolución Industrial, por qué el polo de prosperidad pasó del Mediterráneo a Europa septentrional, o por qué China perdió impulso frente a Europa. Y, como Marvin Harris o Jared Diamond o Marx, no busca (al menos, casi nunca) explicaciones culturales, sino sobre todo condiciones materiales y objetivas que tienen su origen en la física del clima, la tectónica de placas o la profunda influencia que la vida ha tenido sobre nuestro planeta. A partir de estos factores, Dartnell aclara cuestiones tan alucinantes sobre cómo la Tierra llegó a estar cubierta por completo de un océano de hielo, cómo el plancton nos ha salvado de varias extinciones, por qué la vida ha causado las glaciaciones (que dificultaron la vida del ser humano, pero también permitieron en buena parte su expansión), y, en general, la base de buena parte de lo que comemos, consumimos, producimos o es la base de nuestro día a día. Todo ello trufado, además, de interesantes disgresiones y apasionantes anécdotas. En muchos sentidos, el libro es un gran clarificador: gracias a él, es más fácil tener una visión comprensible, basada en la causa y el efecto, de la historia evolutiva del ser humano, que quizás hemos leído a Arsuaga u otros científicos, pero de una manera más sistemática. El libro, por supuesto, combina múltiples ciencias (geología, biología, meteorología) y se ve obligado a simplificar, generalizar y también especular, pero, por un lado, revela una vasta erudición y trabajo de documentación de Dartnell y, por otro, proporciona una visión global al lector sobre de dónde venimos y, más importante, hacia donde vamos. Algo que necesitamos más que nunca aprender.

miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.

martes, 1 de abril de 2025

Una obra de arte: "Inside In"

Esta pequeña obra de arte es un homenaje al cerebro humano, a todo lo que es capaz de hacer y crear, y a su funcionamiento. Contiene multitud de detalles que espero que os llamen la atención: ampliad la imagen haciendo "click" sobre la misma, y dadle al coco para descubrirlos. Saludos cerebrales.


lunes, 13 de mayo de 2024

La historia real de mayo: pareidolia

Hoy os traigo un artículo que he escrito con mi compañera del Instituto Cajal, Miriam Caro, a propósito de la pareidolia, o sea, esa capacidad que tenemos de observar formas que no existen (caras, animales, barcos, a Darth Vader) en nubes, objetos, paisajes de la naturaleza e innumerables lugares. El artículo ha salido en "Ciencia para llevar", el blog del diario 20minutos que escribimos miembros del CSIC (con la iniciativa @CSICdivulga al cargo) sobre temas de divulgación científica. En el artículo contamos muchas cosas e incluimos muchos ejemplos e imágenes curiosas. Por cuestiones de espacio, y también para no aburriros, por supuesto no hemos podido mencionar todo. Por ejemplo, algunos detalles curiosos: aunque todo el mundo puede experimentar la pareidolia, se ve algo más en mujeres, y en gente con mucha creatividad, pero también en personas que tienden a creer más en fenómenos sin base sólida; la mayor parte de los rostros que se ven, curiosamente, se atribuyen a hombres; y hay mucho debate sobre los mecanismos neurológicos debajo de la pareidolia (la cual, de hecho, se usa para investigar cómo reconocemos los estímulos reales), pero da la sensación de que seguimos los mismos caminos neuronales que con los objetos verdaderos, es decir, que las vemos como "caras de verdad", no porque hagamos un procesamiento cognitivo a posteriori. Eso sí, todavía no tenemos claro si concebimos las caras como "un todo", o es que divisamos elementos parciales (sobre todo ojos y boca) en un contexto adecuado, y eso nos hace vislumbrar una cara al completo. Por otra parte, Carl Sagan creía que esta facilidad que tenemos para discernir caras (tenemos hasta zonas concretas del cerebro empleadas de manera casi completamente específica para eso), capacidad que sería la causante de provocar estos "errores de la pareidolia" por "exceso de celo", podría tener que ver con el hecho de que los bebés han de ser capaces de reconocer los rostros de sus padres desde pequeños para saber de quién podemos fiarnos, aunque en el artículo, como leeréis, aventuramos otras posibles explicaciones. También podríamos hablar de pareidolias que tienen su propia historia, caso del guijarro de Makapansgat o la cara de Marte. En fin, que es un tema curioso y multifacético, así que espero que disfrutéis del texto. Un saludo, nos vemos las caras.

Algunas fotos de pareidolias de cosecha propia (o de mi pareja): arriba, dos fotografías de tazas de café que asemejan una cara; abajo, un demonio dentro de una empanadilla, dos rocas de Islandia (una con forma de cabeza de elefante, y otra como un dragón de espaldas) y una cabeza de tortuga pegada a un muro cerca del Instituto Cajal.




Posdata: en el programa "De cero a infinito", de Paco León, me hacen una entrevista a partir del minuto 5:25 en relación con este artículo. Ahondamos en algunos detalles que no hemos incluido en ninguna otra parte. Espero que os guste.


lunes, 15 de mayo de 2023

Las películas de mayo: "Cinéfila-mente"

No sé si os acordáis que hace un tiempo di una charla acerca de cómo el cine ha tratado los temas relacionados con el cerebro y las enfermedades mentales. Ahora, he plasmado esa charla en un artículo, y lo he publicado gracias a "Ciencia para llevar", una iniciativa en forma de blog publicado en el diario "20 minutos" y promovida por @CSICdivulga, en la cual he tenido la suerte de participar en más de una ocasión. En este caso, tratamos el mismo tema, aunque aportamos información nueva y lo enfocamos bajo un prisma ligeramente distinto.

Por otra parte, he tenido la oportunidad de discutir acerca de este artículo y, en general, sobre cine y salud mental, con el periodista Paco de León, en el programa de Onda Cero "De cero al infinito", a través de una entrevista (a partir de la hora y casi cuatro minutos; dura unos 23 minutos) donde entramos en más profundidad en cada uno de esos puntos. Espero que os guste y no sólo aprendáis acerca del cerebro y las enfermedades mentales (un tema apasionante, y muy relevante a la hora de interaccionar con nuestro entorno), sino que saquéis buenas recomendaciones cinéfilas. Un saludo.

Carrie tiene poderes telequinéticos, pero ésa no es su principal aportación al debate sobre cómo el cine ha abordado el funcionamiento del cerebro y las enfermedades mentales. La ansiedad que sufre como consecuencia de una educación muy restrictiva, y los actos de acoso y bullying de sus compañeros, explican muchas cosas que ocurren en la película. Esta clase de perspectivas son las que explicamos en el artículo.

lunes, 17 de abril de 2023

El libro de abril: "Algo nuevo en los cielos", de Antonio Martínez Ron


No voy a ocultar que siento una gran admiración por Antonio Martínez Ron (@aberron en redes), uno de los divulgadores científicos más destacados de nuestro país, y que nos ha ofrecido desde hace mucho tiempo toda clase de historias alucinantes relacionadas con la ciencia, en una enorme variedad de formatos. Por eso, cuando anunció que tenía libro nuevo, "el más bonito del mundo" en sus palabras, lo apunté en mi lista de deseos, y un alma bien pensante tuvo a bien regalármelo. Además, junto con "Memorial del convento" de Saramago (por otras razones, relacionado también con los cielos), y en los momentos previos a un viaje en globo. Como os podéis figurar, en mejor compañía no podía estar.

En efecto, Martínez Ron nos propone un viaje, o mejor dicho, varios viajes: hacia arriba, hacia las diferentes capas de la atmósfera, mostrándote su funcionamiento, y también en la Historia, desgranándote las andanzas de los individuos que desentrañaron los secretos del cielo, y también los que se atrevieron a adentrarse en él (literalmente), volando cada vez más alto y más rápido, hasta cotas inaccesibles para cualquier ser humano.

El libro contiene multitud de anécdotas, relatos sorprendentes, puntos de vista en los que no habíamos pensado nunca: desde cómo los fenómenos climatológicos pueden deducirse a partir de un par de directrices básicas, hasta qué comentan en primera persona aquellos que se han visto engullidos -a miles de metros de altura y sin apenas protección- por el fragor de una tormenta, pasando por la carrera épica por dilucidar quién sería el primero en desarrollar una predicción más o menos certera del tiempo meteorológico. Descubriréis la definición de alpenglow, a los grandes exploradores y científicos que a su vez fueron aeronautas y montañeros, o nombres injustamente olvidados como Otto Lilienthal o Emilio Herrera.

A pesar de sus más de 700 páginas (yo os recomiendo, sobre todo si lo vais a leer en la cama, un cojín especial para sostener libros), no se hace en ningún momento pesado ni repetitivo, sino que siempre quieres más. Si acaso, un par de defectos (tengo que meterlos para que veáis que no me pagan por la reseña): me da la sensación de que hay secciones de la estructura de la atmósfera y de la historia de la aeronáutica que se quedan un poco en el aire, no sé si por abreviar o porque el autor creía que no nos resultarían interesantes (en contraposición, las explicaciones son hasta excesivamente didácticas, casi para niños). Y tengo que confesar que los momentos en que leemos testimonios directos de los pioneros de la ciencia y el vuelo, con su lenguaje arcaico, me decepcionaron un poco (por otra parte, ahí se nota el ímprobo esfuerzo de documentación, que sin duda se combina con una tremenda erudición para sacar a cuento todas las referencias literarias, históricas, artísticas y conceptuales de algo tan ubicuo como son los cielos).

Sin embargo, la verdad, tiene mucho mérito que un tema que a mí personalmente nunca me ha atraído demasiado, como la meteorología, me haya mantenido enganchado a lo largo de tantas páginas y días. Martínez Ron combina su faceta de periodista (sobre todo a la hora de comunicar mediante diversos métodos, y para estar al tanto de las últimas noticias) con el de historiador de la ciencia y escritor, pues logra que múltiples vivencias individuales cobren sentido como parte de un todo. Leyéndole a él, he recordado no sólo mi viaje en globo, o aquel en el que tuve la suerte de avistar las montañas del Himalaya sobre un mar de nubes, sino que he vuelto a mirar con ilusión al cielo, ese lugar tan lleno de maravillas que a veces, por cotidianas, nos pasan desapercibidas. Así que yo recomiendo que os dejéis llevar por Antonio Martínez Ron en este trayecto para redescubrir un lugar tan fascinante como el océano de cielo en el que vivimos -una atmósfera, como recalca el autor, más extraordinaria que la que hallaríamos en otros mundos-. Sobre todo si podéis leer el libro tumbados sobre una pradera, intentando adivinar, como cuando éramos niños, qué forma tienen las nubes...


En el centro de la imagen, el Everest, cubierto por nubes. A la derecha, el Llhotse, de cumbre más irregular y plana. Por delante, campos de nubes, a semejanza de ovejas sobresaliendo entre blancos prados. Imagen del autor desde avión comercial.

martes, 22 de febrero de 2022

El artículo de febrero: ¿Ha resuelto la inteligencia artificial el enigma de la estructura de las proteínas?

En un nuevo artículo del blog Ciencia para llevar del diario 20minutos, dirigido por @CSICdivulga, presento un relato sobre videojuegos, competiciones milenarias, equipos multidisciplinares y un enigma aparentemente irresoluble que te lleva a preguntarte cuán lejos podrían llegar las máquinas. Una versión ampliada de estas disgresiones os las ofrecía yo aquí. Espero que os guste una versión o la otra. Un saludo.

martes, 14 de diciembre de 2021

La historia real de diciembre: "Cariño, ¿dónde he metido el cerebro de Einstein?", en formato blog.


Saludos. Algunos recordaréis esta charla, que di hace unos meses, y que está colgada en Youtube, acerca de los avatares que sufrió el cerebro de Einstein y unas cuantas cuestiones científicas que pudemos aprender a raíz de este suceso. Recientemente, el Área de Cultura Científica del CSIC (cuya extraordinaria labor se refleja, entre otras, a través de la cuenta de Twitter @CSICdivulga) me pidió que hiciera un resumen de esa charla para poder colgarla en el blog Ciencia para llevar, el cual sirve para que científicos y divulgadores del CSIC nos narren historias apasionantes relacionadas con la ciencia, en colaboración con el diario 20minutos. Aquí tenéis el post (que incluye algunos detalles nuevos, para que disfrutéis de curiosidades adicionales), aunque ya sabéis que tenéis a golpe de click la charla original, la cual entra en el tema con mucha más profundidad. Espero que os guste, en todos los formatos posibles. Un saludo.

martes, 2 de noviembre de 2021

La historia real y la película de noviembre: Videojuegos, muchos asiáticos, y el engima de más de 50 años.

Ésta no es una historia típica. Y quizás la forma en que la comenzamos va a dejarlo patente. Nuestro relato terminará con un descubrimiento que puede revolucionar el mundo de la medicina y la biología, pero empieza con un chico cuya máxima aspiración era seguir jugando toda la vida, lo cual incluía el plan perfecto de un adolescente: encerrarse en un sótano y no parar de darle a los videojuegos. Todo ello, pasando por el momento en que el ingenio humano tuvo que hincar la rodilla frente a la tecnología y reconocer que ya no era el más listo de la  ̶h̶a̶b̶i̶t̶a̶c̶i̶ó̶n̶  creación.


Vamos a iniciar nuestra narración con este buen señor: Demis Hassabis, un londinense de ascendencia singapurense y grecochipriota (preparaos: la gente del futuro será así). De joven quería ser jugador de ajedrez -llegó a ser considerado un niño prodigio en el campo-, pero lo descartó porque fue testigo de cómo el ordenador Deep Blue derrotaba al campeón mundial Gary Kasparov, y dedujo que las computadoras habían superado en ese aspecto a los humanos. Por cierto, que aquella batalla trajo cola. Durante las partidas en las que el ordenador derrotó al ajedrecista humano, Kasparov le "tendió una trampa" al programa informático, el cual no "picó" en su estrategia. Kasparov sospechó que una mano humana estaba detrás de su derrota, y exigió a los programadores que publicaran los registros de los procesos internos de Deep Blue, para saber si alguien había "ayudado" al ordenador. Los programadores no quisieron responder a sus acusaciones, pero más tarde publicaron dichos registros, y hasta ahora nadie ha sido capaz de confirmar las acusaciones del ajedrecista. Desde entonces, la informática ha progresado mucho, y no sólo en el ajedrez: otro programa fue capaz de derrotar a los dos máximos ganadores del programa televisivo estadounidense Jeopardy. Pero todavía quedaba un reto mayor. Aunque para eso debemos seguir con la historia de Hassabis.

Hassabis era y es una persona interesada en los juegos, y de hecho acabó trabajando como creador de éstos. Por supuesto, se metió en el campo que más le permitía desarrollar su creatividad, que es el del entretenimiento a través del ordenador. No sólo fue muy reconocido a nivel de premios, sino que algunos de los videojuegos que creó fueron tremendamente populares. Pero Hassabis es una persona ecléctica, y mientras desarrollaba un cierto nivel como jugador de póker online, hacía también incursiones en el campo académico, en concreto de la neurociencia (tiene un estudio muy interesante que habla sobre la relación estrecha entre memoria y desarrollo de la imaginación). 

De todos modos, tiene pinta de que ya entonces Hassabis miraba más allá, y la experiencia que tenía en la industria tecnológica le sirvió para rodearse de un equipo que le ayudó en su siguiente aventura: Deepmind, una compañía británica de inteligencia artificial especializada en el aprendizaje automático y deep learning. No voy a explicar la diferencia entre estos dos conceptos porque seguro que hay lectores que entienden de este tema mucho más que yo. Sin embargo, voy a exponer lo que creo que es el concepto esencial para los no-iniciados: estos programas de inteligencia artificial son capaces de aprender a partir de sus propios errores y procesos internos, de tal manera que mejoran de modo cada vez más rápido, en un progreso exponencial. Deepmind (adquirido en 2014 por Google) se especializa en muchos asuntos distintos, pero lógicamente se encaminó a un tema que a Hassabis le entusiasmaba: los juegos. Pero no creamos que detrás sólo estaban los intereses de un individuo aislado: hay un motivo importante por el que este tipo de entretenimiento es tan esencial para el desarrollo de la inteligencia artificial, y es porque sus resultados son fáciles de interpretar. Por ejemplo, si (como se propone siempre entre risas) una inteligencia artificial tratara de ser un buen político, sería muy difícil evaluar si lo está haciendo bien o mal -pensad que ni siquiera los votantes nos ponemos de acuerdo en ello-. Pero, en cambio, en los juegos es muy fácil analizar el nivel de éxito: ganas o pierdes. Así que resultan un modelo de estudio ideal.

¿Y con qué juego intentaron testar sus programas? Pues con uno mucho más complejo que el ajedrez: el go. En Occidente no lo conocemos demasiado, pero en Asia causa auténtico furor. ¿Y por qué decimos más complicado? Porque en el ajedrez, el número medio de movimientos que puedes hacer por jugada es de 37, mientras que en el go son aproximadamente de 200. Por tanto, una partida de go tiene tantas posibles variantes que no puedes "explorar" todas las opciones disponibles mediante un ordenador, por muy potente que sea, sino que te ves obligado estimar. Ése es el caldo de cultivo ideal para poner a prueba a una inteligencia artificial, y por eso Deepmind se metió a fondo, creando un programa que fuera capaz de competir en dicho juego. El resultado se narra en un documental, AlphaGo (el nombre del programa desarrollado por la compañía), el cual os recomiendo vivamente, con la suerte de que puede visualizarse en Youtube.


Para empezar, los de Deepmind probaron con el campeón de go europeo (el cual, por cierto, es de origen asiático). Jugaron con él unas cuantas partidas -no os describiré cómo es el juego porque su mecanismo profundo es algo que tampoco entiendo; desde lejos, parecen dos personas colocando piedrecitas en posiciones predeterminadas en un tablero; por lo visto, la base es tratar de cercar áreas con las piedrecitas con el fin de englobar la mayor proporción de la superficie de juego-. El programa informático las ganó todas. Cuando este hecho se hizo público, el mundo del go profesional despreció aquella evidencia: decían que el competidor humano no tenía el nivel suficiente, e inmediatamente se sugirió que el programa debía enfrentarse al jugador más destacado del planeta, el coreano Lee Se-Dol, el cual llevaba 20 años dominando la disciplina: el Federer del go, o asi lo definieron. Es interesante comprobar la evolución del enfrentamiento a partir de la actitud de ese campeón mundial respecto al reto. Al principo, nuestro hombre se halla confiado (un poco "sobrado", como suele decirse popularmente) en que derrotará con solvencia al programa. Entonces pierde la primera partida, y lo achaca a que no ha jugado bien. En la segunda contienda, actúa de manera conservadora, y cae de manera más incontestable que la anterior; aun así, sigue argumentando que el problema son los errores propios, no que el ordenador suponga un salto cualitativo. Los que han jugado contra AlphaGo describen una experiencia "arrolladora", en el sentido de que el ordenador te aplasta por todos lados, de una manera agresiva que ni siquiera eres capaz de entender. Además, se observa que el programa desarrolla "movimientos anómalos": realiza jugadas que, desde el punto de vista clásico del juego, aparentan ser un suicidio; pero que, a posteriori, con el desarrollo global de la partida, demuestran ser fundamentales para modificar el curso de los acontecimientos. Hay un momento determinado en que Se-Dol mueve las piezas, entre desnortado y carente de esperanza, mientras transmite la sensación de que ha perdido el control. Sin embargo, inesperadamente, a partir de un movimiento clave, consigue ganar una de las partidas. Tras su victoria, Se-Dol se muestra tan agotado como sonriente, declarando que todavía existe un resquicio en el que los humanos tienen una opción para ganar (y suena tan derrotista, o tan falsamente optimista, como el último humano a punto de ser esclavizado por las máquinas). Los creadores de Deepmind analizan a fondo su derrota, y entienden que Se-Dol tomó una decisión con la cual sólo tenía un mínimo porcentaje de posibilidades de éxito, pero explotó ese resquicio, y fue capaz de derrotar al cálculo de probabilidades de la máquina. Se-Dol pierde finalmente el resto de las partidas, en lo que supone un baño de humildad para el género humano. Tres años después, Se-Dol se retiraría, arguyendo que es imposible derrotar a la computadora, y que su victoria sobre AlphaGo fue debida a un error del programa. Según el coreano, la inteligencia artificial pierde en ocasiones de una modo que le resulta tan poco comprensible a los humanos como cuando gana, pero eso no cambia la tendencia general. Hasta hoy, Se-Dol es la única persona que ha conseguido derrotar a un programa de ordenador de este tipo en el go. Por otra parte, muchos jugadores han adoptado algunos de los comportamientos "anómalos" desarrollados por los programas, demostrando que la inteligencia artifical ha llegado no sólo para cambiar nuestra modo de jugar, sino también para revolucionar nuestros esquemas de pensamiento.

Pero Deepmind quería llegar a un rincón más profundo, y se ha embarcado en el objetivo último de la inteligencia artificial: ayudar a los seres humanos no sólo a hacer los cálculos más accesibles, sino a resolver problemas que él no es capaz de solventar por sí mismo. El área en el que ha aterrizado con más ímpetu ha sido el de la medicina y la biología molecular. Los planes de Deepmind a largo plazo incluyen diagnosticar enfermedades a partir de imágenes de nuestra retina, así como ser determinar el pronóstico de la salud de un individuo mediante el análisis de sus constantes vitales. Pero, por el momento, el mayor logro que se le conoce no es ni mucho menos baladí. Ha quizás resuelto el denominado "problema de más de 50 años", y que probablemente sea objeto de un premio Nobel: el misterio del plegamiento de las proteínas. Pero esto requiere una explicación.

Las proteínas son las moléculas responsables de buena parte del funcionamiento del organismo de los seres vivos. Si las grasas y los azúcares se dedican en mayor medida a funciones estructurales y de alimento, las proteínas, aparte de estas actividades, son en una alta proporción enzimas (es decir, aceleran las reacciones bioquímicas del organismo), y también poseen funciones reguladoras, de transporte, de movimiento, defensivas, constituyen receptores de distintos tipos... Para que nos hagamos una idea, la principal función del famoso ADN -nuestra herencia genética- es decidir qué proteínas va a expresar la célula en cada momento concreto, y en qué cantidad. De hecho, cuando la biología molecular estaba en pañales, se pensaba que el responsable de la herencia genética tenía que ser una proteína (tan importantes son en nuestro organismo), y fue una sorpresa cuando descubrieron que era el ADN. Pero para saber cómo funcionan las proteínas tenemos que irnos a su estructura, donde se centra el fondo del problema que hoy nos ocupa.


La mioglobina, una de las primeras proteínas cuya estructura se describió.

Las proteínas (cuyo nombre, muy apropiadamente, viene de la divinidad griega Proteo, la cual tenía la capacidad de cambiar de forma a voluntad) tienen varios niveles de estructura. Lo primero es su estructura primaria, es decir, su secuencia. Una proteína en el fondo es una larga cadena de unas moléculas más pequeñas que se llaman aminoácidos, de los cuales (nos referiremos en este caso a los seres humanos) hay veinte tipos distintos. Una proteína puede tener desde unos pocos cientos a varias decenas de miles de aminoácidos, uno detrás de otro, en un número casi infinito de combinaciones. Luego, tienen una estructura secundaria -es decir, pequeños grupos de aminoácidos que se agrupan en una conformación particular, como una hélice o un bucle-. Finalmente, está la estructura terciaria, es decir, cómo se organiza la proteína en su conjunto (por ejemplo, la imagen que véis arriba es la estructura terciaria de la mioglobina). Esto se complica porque las proteínas pueden tener estructura cuaternaria (es decir, proteínas que se unen entre sí), pero de momento vamos a dejarlo ahí.

La cuestión es que, hasta ahora, no había manera de saber, a partir de la secuencia de aminoácidos de una proteína, cuál sería la estructura global de la misma (o, dicho de otra manera, de qué forma se pliega esa cadena de aminoácidos, como si fuera un gusano de múltiples segmentos enroscándose sobre sí mismo). Hay que tener en cuenta que, según la estructura que tenga, la proteína será capaz de unirse a otras moléculas o cumplir algunas de sus funciones: de hecho, proteínas de actividad similar suelen tener una forma similar también. La manera de descubrir el plegamiento final de una proteína, clásicamente, ha sido a partir de estudios bioquímicos muy complejos (la cristalografía de rayos X y la resonancia magnética nuclear, entre los más destacados) que requieren de meses o años. No es raro que la tesis doctoral de un científico especializado en estas técnicas sea descubrir la estructura de una proteína. La informática, a este respecto, había podido hasta ahora hacer poco. Determinados programas podían dilucidar estructuras secundarias (o sea, secciones parciales de la proteína), y se podía deducir mucho de la estructura de una proteína a partir de otras cuya secuencia fuera similar -digamos que pertenecerían a la misma familia-. El problema del plegamiento de las proteínas es una especie de Santo Grial de la biología que lleva más de 50 años planteándose: un profesor mío afirmaba, sin ningún género de duda, que, el día que se resolviera, el descubrimiento sería acreedor de varios premios Nóbel. Quizás por eso, desde 1994 hay un concurso denominado CASP que se celebra cada dos años y que otorga un premio a la compañía informática que sea capaz de mostrar un desarrollo más avanzado en la predicción de proteínas. Pero lo realmente esencial de este asunto no es la dificultad del reto: el día que conozcamos cómo puede plegarse una proteína a partir de su secuencia, no sólo conoceremos la función y los detalles del mecanismo de miles de proteínas nuevas, sino que, en teoría, podremos diseñar proteínas a voluntad, generando no sólo una descomunal cantidad de conocimiento teórico, sino abriendo múltiples posibilidades para la ciencia médica, farmacéutica o los procesos industriales, con aplicaciones de las que ahora mismo no somos ni siquiera conscientes. El desafío, por tanto, era lo suficiente atractivo para que Hassabis y su equipo -sin duda lleno de mentes brillantes- se pusieran a trabajar en ello.

Así que Deepmind se puso a diseñar un programa que pudiera absorber todo el conocimiento que poseemos de estructura de proteínas, realizara sus propias predicciones, y aprendiera a partir de ellas para así mejorar día a día. Idealmente, el programa debería ser capaz de replicar (desde la secuencia) las estructuras de proteínas que ya conocemos y, a partir de ahí, generar nuevas predicciones con las proteínas cuya estructura ignoramos. El resultado: el programa, AlphaFold, no sólo fue capaz de ganar las dos últimas ediciones del concurso CASP (tanto que han pensado seriamente en cancelarlo) sino que, sobre todo, cristalizó en dos artículos que salieron en 2021 en la revista Nature -una de las dos mayores publicaciones científicas del mundo- con la diferencia de una semana. Para que os hagáis una idea, el último alarde similar de éxito a nivel de publicaciones resultó ser un fraude, así que os podéis imaginar que no es un fenómeno ni mucho menos frecuente.

En el primer artículo, Hassabis y su amplio equipo describen cómo desarrollaron el programa, y los resultados que éste obtuvo, comparándolo con los obtenidos con las técnicas bioquímicas. En el segundo, amplían todavía más el reto: consiguen determinar la estructura de casi todas las proteínas humanas -casi; luego diremos el "pero"- y de un cierto número de especies importantes en investigación, hasta un número de 150.000 (hasta ahora, se habían un descrito un total de 100.000 estructuras de proteínas, de las potencialmente miles de millones que existen). Tengamos en cuenta un par de números: sólo se han publicado hasta ahora la posición de un 17% de los aminoácidos de todas las proteínas registradas en las bases de datos científicas de todo el mundo. AlphaFold, por otra parte, es capaz de determinar la posición de un 94% de los aminoácidos de las proteínas estudiadas con un alto nivel de seguridad. De repente, los científicos tienen toneladas de conocimiento que ahora habrán de certificar mediante los métodos clásicos para determinar si, en efecto, AlphaFold es tan fiable como afirma ser. Los siguientes años van a ser muy interesantes para constatar si Deepmind ha dado en la diana y resuelto "el problema de más de 50 años".

Nada más ser publicados estos artículos, empezaron las críticas. Algunas tienen sentido, y pasamos a enumerarlas a continuación:

-Una de ellas radica en que la capacidad de Deepmind para predecir la estructura de las proteínas se basa en la certeza de <<hipótesis de Anfinsen>>. Esta es una asunción realizada por un bioquímico estadounidense por la cual, en teoría, todos los detalles necesarios para conocer la estructura de una proteína están contenidos en su secuencia primaria. Hasta ahora, y por lo que conocemos de la forma en que se generan las proteínas, esto parece ser así, pero no se descarta que haya excepciones. Hay que tener en cuenta que las proteínas no se crean de golpe, sino por un proceso secuencial: primero se unen dos aminoácidos, luego se añade otro... Aunque parece que las células tienen sistemas para evitar que, durante el proceso, las proteínas se plieguen de manera anormal, ocurre que mientras las proteínas se van creando van adquiriendo lo que se denomina "modificaciones post-traduccionales": es decir, otras proteínas les añaden azúcares, grupos cargados eléctricamente, etc... Estas modificaciones "sobre la marcha" podrían afectar la estructura final de las proteínas (respecto a si dichos cambios se produjeran sobre una proteína ya completa), aunque, como digo, todavía no se ha demostrado. Por otra parte, sea cual sea el momento en el que se añaden, esas modificaciones post-traduccionales pueden alterar la estructura de la proteína sobre la que se encuentran, y habría que ver si AlphaFold es capaz de integrar todos estos parámetros.

-Otro de los problemas para AlphaFold es la capacidad que tienen las proteínas para interaccionar entre sí (la estructura cuaternaria que hemos mencionado antes), asunto en el que el programa todavía no se ha metido a fondo. En realidad, muchas funciones de las proteínas se basan precisamenten en cambios de conformación motivados por esas interacciones. 

-Por otra parte, con el objetivo de simplificar, el equipo de Deepmind limitó el tamaño máximo de las proteínas que incluyó en su análisis: es posible que proteínas de mayor tamaño no sólo sean más difíciles de analizar, sino que causen problemas complejos en cuanto a la fiabilidad de su estructura. Aun así, hay que romper una lanza en favor de AlphaFold, en el sentido de que el tiempo que invierte en determinar la estructura de una proteína de miles de aminoácidos es de unas seis horas, en contraste con los meses o años que se tarda mediante el sistema tradicional. 

-Por último, hay que decir que un porcentaje de los aminoácidos analizados por Deepmind no estaban contenidos en ninguna estructura clara. Pero también es verdad que se cree que existe una cierta proporción de las secuencias de las proteínas -o incluso proteínas casi completas- que no tienen una estructura clara (son proteínas "intrínsecamente desordenadas"), y de hecho se cree que este fenómeno puede ser esencial para su función. Una cuestión curiosa es que estos dos porcentajes (el estimado de proteínas "intrínsecamente desordenadas", y el de aminoácidos para los que AlphaFold no encuentra una estructura estable) coinciden sospechosamente, lo cual apunta a que el programa de nacionalidad británica, quizás, ha dado en el clavo.

Otras críticas, en cambio, se parecen más a las que sufrió AlphaGo por parte de los jugadores profesionales de este deporte: las del humano que no se cree que las máquinas le dominarán, justo antes de que le subyugue Skynet. Entre otras, que el auténtico problema del plegamiento de las proteínas no es cuál es el resultado final, sino describir el proceso detallado mediante el cual se produce (un enigma desde luego apasionante, aunque en mi modesta opinión no le resta méritos a lo conseguido, si se confirma, por parte de AlphaFold). Pero en el fondo lo que subyace es la sensación de que muchos biólogos están dolidos porque de repente han llegado un grupo de frikis amantes de los videojuegos y han enviado de una patada al rincón de la historia no sólo metodologías, sino también carreras y áreas científicas completas. Y, lo que es peor, les pueden robar uno de los más relevantes premios Nobel de Medicina o Química sin tener ni idea de estas especialidades, en un acto de intrusismo sin precedentes. Son las consecuencias colaterales del progreso, que dirían algunos. Siempre hay ganadores y perdedores, aunque uno querría pensar que la gandora, en global, con esta clase de cosas, es la especie humana y el planeta en su conjunto.

Como he dicho antes, los hallazgos de Deepmind aún deben confirmarse, pero abren la puerta a un mundo de medicamentos a la carta y de una mayor comprensión del funcionamiento del organismo, con todo lo que ello conlleva. Y, como hemos mencionado también, la inteligencia artificial puede tener otras múltiples aplicaciones en el campo de la medicina, las cuales aún se están desarrollando. El futuro llega y, junto a los coches autónomos y el procesamiento masivo de datos, llegan utilidades de la inteligencia artificial que modificarán nuestro mundo y que no podemos todavía atisbar. Lo que hagamos con ellas, como siempre, es cosa nuestra. Hay algunos que ya se están comprando la edición de lujo de las películas de Terminator, para ver si así les caen bien, en el futuro, a los robots. Aunque bien puede ocurrir que las inteligencias artificiales del mañana nos consideren seres inofensivos, e incluso a los que hay que estar agradecidos, por eso de que inventamos la escritura y los libros. Espero que por esa parte nos salvemos. Pasadlo bien y, mientras tanto, pensad en qué mundo les estamos dejando a las máquinas. Un saludo.

Post-scriptum: este tema, junto con otros apasionantes, relacionados con el futuro de la inteligencia artificial, los intentamos desarrollar los amigos del podcast del Gato de Hubble con la presencia estelar de un experto en el campo (hay que decir que el equipo del podcast ya desarrolló un estupendo programa sobre inteligencia artificial que os recomiendo, tanto por la información como por las risas. Sólo tres palabras: drones, cecina, León). Sin embargo, problemas técnicos nos han impedido hasta ahora publicarlo -quizás una inteligencia artificial se apiade de nosotros y nos ayude-, así que de momento tendréis que conformaros con esta humilde crónica. Nos vemos, nos leemos. Otro saludo, y disfrutad con las lecturas, al menos antes de que llegue la singularidad. Hasta muy pronto.

lunes, 19 de abril de 2021

Las historias reales de abril: una serie de hilos de Twitter

Dante y Beatriz, esculpidos en un edificio que les homenajea, y que tiene connotaciones literarias, infernales, de tributo a Italia y, sobre todo, de bienvenida a un nuevo continente: lo contamos acá.

Hay muchas maneras de divulgar. En bastantes casos, cuenta el sistema en el que te sientes más cómodo, al que puedes llegar a una audiencia más amplia (o más interesada), o cuyo formato se adapta mejor a la historia que pretendes narrar. En ciertas ocasiones, por algunos de esos motivos, he narrado algunas historias a partir de unos cuantos hilos de Twitter que he decidido recopilar aquí: incluye narraciones sobre historia, sobre arte, sobre medicina, sobre ciencia y sobre literatura -y sobre los aspectos históricos, sociales y humanos que siempre llevan aparejados- aunque suele ocurrir que los géneros estén entremezclados, y de hecho algunos relatos están incluidos en diversas clasificaciones. En estos hilos tratamos cuestiones muy variadas: historias sobre cómo el primer europeo que puso pie en tierra en la India para buscar especias no era el capitán de la nave, sino un criminal; sobre edificios antiguos que son un conjunto de muñecas-rusas construidas a lo largo de seiscientos años; sobre el funicular más antiguo del mundo y su relación con Julie Andrews; sobre obras de arte perdidas, sobre edificios hipócritas, sobre medicina en condiciones extremas, o acerca de cómo un estafador puede ser responsable de grandes hitos literarios. Acerca de volcanes, australianos, hippies romanos, ciudades extrañas, edificios misteriosos situados más cerca de lo que imaginas o preguntas sobre el mundo del arte. Y, en general, sobre la vida, la humanidad, y todas esas cosas que hacen que la existencia merezca la pena y, entre otras cosas, descubrir más acerca de todos los aspectos de la misma. Espero que os hagan disfrutar. Nos seguimos leyendo, en Twitter, en el blog, o donde haga falta. Un saludo virtual.

miércoles, 17 de marzo de 2021

La historia real de marzo. Semana del Cerebro: "Cariño, ¿dónde he metido el cerebro de Einstein?"

Esta tarde en Youtube hemos tenido una divertida charla donde hemos hablado de cerebros de famosos que desaparecieron o sufrieron toda clase de vicisitudes. Pero también comentamos qué podemos aprender (y qué no) a partir de la observación de esos cerebros, conversamos acerca de cómo funciona nuestro órgano más relevante, y desmontamos algunos bulos y pseudociencias. Si no tuvisteis la oportunidad de verla en directo, ahora podéis disfrutarla a través de este enlace, englobado en el canal de Youtube del Instituto Cajal. ¡Un saludo, y espero que os guste!

Fe de erratas: como aclaro en los comentarios del vídeo, el poeta al que le pasaron tantas vicisitudes con su cerebro (o no) fue Ruben Darío, y la frase de Cajal empieza con "Todo hombre...". Espero que no haya muchos más gazapos. ¡Un saludo!

lunes, 17 de agosto de 2020

El libro y la película de agosto: "Un paseo por el bosque"


Un día, el divulgador científico Bill Bryson (de quién ya hemos hablado en otras ocasiones) descubrió que, tras su retorno a los Estados Unidos, había escogido un emplazamiento para vivir no muy lejos del Sendero de los Apalaches, un camino señalizado que abarca buena parte de la longitud de la cordillera conocida con este nombre, y que recorre de sur a norte, formando una diagonal, una amplia sección de la vertiente este de Estados Unidos. Bryson pensó que no sería mala idea recorrer a pie dicho sendero -que es transitado anualmente por numerosos mochileros en busca de aventura- y decidió también (o le "sugirieron") que a su edad era imprudente realizar el viaje solo, así que intentó localizar un voluntario para acompañarle. Los amigos contactados le respondieron con amables evasivas, dolientes imprecaciones o, en el caso de colegas menos delicados, alusiones nada indirectas a su estado mental. La verdad es que el reto -que coloca al límite de sus fuerzas a individuos muy bien preparados, y anticipa toda clase de adversidades climáticas, humanas y naturales, incluyendo como advertencia varios precedentes serios de ataques de osos-, no es para tomárselo a broma. Sin embargo, un antiguo amigo con el que Bryson no había contactado en mucho tiempo y con el que no acabó demasiado bien contesta a sus requerimientos, lo cual, paradójicamente, no resuelve la cuestión sino que genera unas cuantas dudas más. Los problemas surgen nada más verse: el amigo apenas camina sin resollar, su obesidad es tan solo la parte visible de un iceberg de deplorable forma física, y por lo visto su principal objetivo durante la excursión es huir de un turbio asunto legal que ahora mismo no le resulta conveniente. En fin, ¿qué podría salir mal? A posteriori, Bryson redactaría un libro con el conjunto de la experiencia, que posteriormente se adaptaría al cine con Robert Redford (como Bill Bryson) y Nick Nolte en los papeles protagonistas.


Cómo siempre, surge en estos casos la dicotomía entre qué abordar primero, si la película o el libro, y como casi siempre tenemos que fallar a favor del segundo, no solo por la excusa habitual y casi siempre certera de que una cinta de una duración acotada no puede reflejar los más profundos matices del texto, sino porque, además, una visión cinematográfica nunca sería capaz de aportar los datos científicos, históricos y socioculturales con los que Bryson suele trufar sus ensayos, los cuales cultiva hasta obtener un árbol cargado de tan hilarantes como eruditas anécdotas. No obstante, hay que avisar que este libro sorprenderá a muchos de los lectores habituales de Bryson, pues tiende a contar mucho más de lo que estamos habituados sobre sí mismo y, además de centrarse en gran medida en historias sucedidas a lo largo del sendero (el mayor mérito de la película consiste en representar las más graciosas en el tono adecuado), encontramos a un autor menos académico, con mucha más propensión a poner a caldo a una amplia parte del mundo, y una habilidad para usar el sarcasmo que raya la más irreverente bordería. El film, por otra parte, y siguiendo las convenciones ya clásicas en Hollywood, modifica varios de los episodios fundamentales para adquirir una dirección lineal y un mensaje cristalino (algo que la vida real suele proporcionar en bastantes pocas ocasiones), pero cumple con la función de reflejar no tanto la esencia principal de "Un paseo por el bosque", como al menos lo que Bryson quería transmitirnos que significó, para los implicados, este viaje. En definitiva, un libro que nos hace aprender, reír, pensar, y que sirve de base a una película imperfecta, aunque entretenida y protagonizada por magníficos actores. Para un viaje de varios cientos de kilómetros sin levantar un pie del suelo, no está nada mal.

miércoles, 1 de julio de 2020

La historia real de julio. Lanzamiento de "Ciencia, y el Cosmos del siglo XXI", un tributo a Carl Sagan. Con mi pequeña aportación personal.

La verdad es que me hace mucha ilusión comunicaros este anuncio. Pero empecemos por el principio. Hace varios meses, Alicia Parra Ruiz y Quintín Garrido Garrido decidieron inicial un proyecto en el cual actuaban como coordinadores, y que constituía un gran homenaje al libro <<Cosmos>>, elaborado en los años ochenta por Carl Sagan y que constituía, junto con la afamada serie de televisión a la que complementaba, uno de los más difundidos y celebrados esfuerzos por divulgar ciertas cuestiones fundamentales de la ciencia al gran público. El proyecto actual consistía en "reconstruir", de algún modo, y ya entrado el siglo XXI, el libro original, encargando a distintos autores que lo volvieran a redactar a partir de los nuevos conocimientos de los que ahora disponemos, así como presentando su particular visión sobre cada uno de los temas. El esfuerzo realizado desde entonces ha dado sus frutos, y ahora tenemos este libro, Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI, disponible de manera gratuita para todo el mundo con licencia Creative Commons, y que podéis descargaros en pdf aquí mismo (o en formato epub o mobi si lo preferís leer en el ebook).

Hoy es la presentación "oficial" y ante la prensa a lo largo y ancho del mundo castellanoparlante de un texto que puede atraer tanto a los que ya saben mucho de ciencia como para los que quieren aprender más de ella. Es posible, sin embargo, que no todos los títulos de los capítulos os interesen de igual modo, con lo cual podéis recurrir a un índice que os conducirá a cada apartado concreto. Como podéis ver, cada capítulo lleva aparejado no sólo la posibilidad de leer el texto o descargar del mismo en pdf, sino también (en algunos casos) una versión en inglés, e incluso un tema musical que viene a acompañar al texto, para que podáis ponéroslo de fondo y sentir que estáis escuchado la música de las estrellas (en algunos casos, mientras leéis acerca de las mismas).

Entre los autores con los que contactó Quintín Garrido estos meses, he de decir que tengo el privilegio de hallarme yo mismo, y que me sentí muy honrado desde el principio por participar en esta iniciativa. Y, en concreto, de todos los capítulos posibles que pude escoger para reinterpretar, me llamó la atención (ya sabéis, siento debilidad por los elementos solitarios y desamparados) el primero de los apéndices del libro, el cual trataba acerca de una cuestión matemática aparentemente sobria como la raíz cuadrada de dos. Sin embargo, como podéis leer en mi reelaboración del capítulo, esta disquisición aritmética esconde tras de sí una controvertida intriga histórica, que además nos ha servido de punto de partida para poder hablar sobre la forma en que se asienta el conocimiento, las dificultades que tienen las nuevas verdades para triunfar en la ciencia y, en definitiva (en un tiempo que nos ha demostrado lo difícil que es obtener certezas absolutas), cómo los científicos muchas veces tienen que hacer tripas corazón y reconocer, para que triunfe la ciencia en su conjunto, que su hipótesis no era la más cercana a la realidad que podía hallarse... incluso aunque la teoría que viene a sustituirla no nos entusiasme en absoluto.

Con el título: "Saber perder en ciencia: cuando no te gusta el resultado", este homenaje al "Apéndice 1: La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos" del libro <<Cosmos>> de Carl Sagan, es mi tributo particular no sólo a aquellos hombres y mujeres que hicieron ciencia a pesar de todas las adversidades que se toparon por el camino, sino también de los esfuerzos por divulgarla. Podéis leer el texto en castellano, tanto en la web como en pdf, en inglés (he sido mi propio traductor, así que disculpad mis errores en una lengua no nativa), también narrado como audiocapítulo y, como en la versión del libro completo no he podido introducir todos los detalles que hubiera querido, os dejo en la parte final de este post lo que hubiera sido la versión completa, para que elijáis cuál preferís explorar. No obstante, yo os animo a echarle un vistazo al resto de los capítulos de este blog, escritos por apasionantes y apasionados científicos y divulgadores, y que contienen títulos muy atrayentes que llaman muchísimo la atención. Yo, de hecho, ya le he echado el ojo a más de uno para leerlos con calma y mucha atención.

Pues eso, que disfrutéis con esta versión de Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI que intenta ser (dentro de lo que cabe) el equivalente a lo que -para la serie original de televisión de Sagan- ha supuesto la actualización de Neil deGrasse Tyson, y que en todo caso trata de ser un pequeño granito de arena que contribuya a que todo el mundo conozca, ame y difunda la ciencia. Una herramienta cargada de belleza -incluso aunque no todas sus hipótesis sean hermosas- y que, sin duda, siempre vamos a necesitar.

Os dejo aquí abajo con la versión original del capítulo sin recortes. Que (cualquiera de las versiones que escojáis) la disfrutéis.


Apéndice 1. La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos.
Los apéndices suelen resultar un hábitat particular, dentro del complejo ecosistema de las páginas de los libros, adonde van a refugiarse variados especímenes en peligro, incluyendo, entre ellos, abigarradas explicaciones que no tienen cabida en el discurso general del texto, o donde tienden a flotar -libres de la competencia de prosaicos conceptos- los más filosóficos y etéreos debates. En el caso del primer apéndice del volumen original de “Cosmos”, Carl Sagan es capaz de aunar ambas vertientes a lo largo de unas elegantes líneas. Obviamente, no es mi objetivo repetir lo que tan elocuentemente expresó Carl Sagan en su día, aunque trataré de resumirlo de manera sucinta, a modo de simple introducción.
Carl Sagan habla sobre la raíz cuadrada de 2 (√2), la cual tiene como resultado un número irracional, es decir, que no se puede expresar como una fracción entre dos números enteros (los números enteros son el 1-2-3-4, etc..., hasta el infinito; sus fracciones serían del tipo ¾, 2/5, etc...). Fueron los pitagóricos (es decir, un grupo de matemáticos dirigidos por Pitágoras) los primeros que descubrieron que la raíz cuadrada de dos era un número irracional, mediante un argumento geométrico. Dicho argumento estaba basado en una reducción al absurdo, que, como explica el propio Carl Sagan, es una forma de razonamiento en la cual inicialmente asumimos como cierta una afirmación, seguimos paso por paso sus consecuencias, y al final llegamos a una contradicción, demostrando de este modo la falsedad de dicha afirmación. En este caso, Carl Sagan utiliza también la reducción al absurdo, aunque esta vez desde el punto de vista aritmético, para llegar a la misma conclusión que los pitagóricos. Sin embargo, nosotros emplearemos este apéndice como punto de partida para algo ligeramente distinto.
Para empezar, para entender un descubrimiento científico, a veces hay que trabajar desde las motivaciones de sus descubridores. Partamos pues de los pitagóricos, y en concreto de Pitágoras de Samos, una figura cuya vida estuvo envuelta en la leyenda, a la cual contribuyó la fundación de su propia escuela de pensamiento. Dicen que tras el encuentro con un anciano Tales de Mileto (uno de los primeros grandes exploradores, el hombre que catalogó las siete maravillas del mundo antiguo), un Pitágoras que ya era discípulo del famoso Anaximandro se dedicó a viajar: habría llegado como prisionero de guerra a Babilonia, habría recalado en la India, y es más factible la noticia de su visita a Egipto. Las pocas y poco fiables fuentes que poseemos dicen que, en todos esos países, Pitágoras contactó con magos y sacerdotes para imbuirse de sus conocimientos, y en lo que coinciden dichos textos es en que más tarde partió hacia Crotona, Italia –alentado, entre otras cosas, por el destierro de su patria natal-, donde creó su escuela. Si hasta ahora la vida de Pitágoras nos ha parecido sorprendente, más extravagante nos resultará la forma en que se dice que él y sus discípulos convivían: eran vegetarianos, se negaban a vestir pieles de animal, divagaban en el mundo de la meditación y buscaban vivir en un perenne universo de pureza. La tradición ha atribuido a la escuela pitagórica un carácter netamente matemático, y es cierto que realizaron grandes contribuciones a dicho campo (aunque resulte difícil determinar qué logros pertenecen a Pitágoras, y cuáles a los miembros de su escuela, pues todos los descubrimientos se atribuían por defecto al primero), entre otras el teorema sobre el triángulo rectángulo que lleva el nombre del maestro, o la descripción de los distintos tipos de poliedros regulares -a los que, por cierto, va dedicado el segundo apéndice de “Cosmos”-. Sin embargo, la escuela de Pitágoras abarcaba mucho más: puede parecer un reduccionismo simplificarlos como matemáticos, pero sin duda ellos hubieran estado de acuerdo porque, para sus integrantes, el universo podía descomponerse en cifras. A partir de allí radiaban el resto de sus ideas, mucho más vinculadas a la religión y la metafísica: la inmortalidad del alma; su concepción general de un universo ilimitado donde Sol, la Tierra y los planetas giraban en torno a un fuego central que identificaban con el número 1; la relación profunda que subyacía a la astronomía, la música y la medicina, que no era otra que una concordia mística que se articulaba alrededor de las matemáticas y de sus representantes más perfectos, los números. La perfección de esta serie de abstracciones los embriagó, y de ahí que el descubrimiento de la raíz de dos, y todo lo que ello conlleva, supusiera un doble mal trago.
        Entrando ya en el responsable directo de tan endiablado entuerto, las cuestiones relativas a la raíz de dos fueron exploradas por el pitagórico Hípaso de Metaponto, entre otras cosas profesor de Heráclito, y a quien se le atribuye también el método para construir un dodecaedro engastado en una esfera, y el descubrimiento de la relación entre el grosor de discos de bronce y el sonido que éstos producen al golpearlos (idea que se relaciona con el conocimiento pitagórico de que la longitud de las cuerdas de un instrumento musical determina su sonido, y que entronca con la teoría de la escuela acerca de la armonía de las esferas celestes). El caso es que Hípaso, aun perteneciendo a la escuela pitagórica, era el líder de los acusmáticos, una sección de la secta que, pese a formar parte de la misma, no tenía la misma categoría que los “matemáticos”, los cuales se hallaban bajo la supervisión directa de Pitágoras y conocían la doctrina en su totalidad, privilegio con el que no contaban con los seguidores de Hípaso: aquello constituía un primer y desafortunado desencuentro. El descubrimiento de los números irracionales fue producto, según se dice, de la casualidad: el resultado de dicha raíz se llevaba buscando bastante tiempo, pues constituye la medida de la diagonal de un cuadrado cuyo lado tuviera una longitud de 1 y, creámoslo o no, su valor tiene unas cuantas aplicaciones prácticas. Hípaso empleó la geometría para expandir los límites del saber hasta llegar a una conclusión que a todos dejó traumatizados: la raíz cuadrada de dos tenía que ser, necesariamente, un número irracional. El sueño que los pitagóricos habían vivido era tan plácido que el despertar trocó, de manera ineludible, en amarga pesadilla.
        Pero, ¿qué demonios les importaba a los pitagóricos que la raíz de dos no pudiera expresarse como la fracción de dos números enteros, y que en concreto correspondiera a un valor aproximado de 1,4 (Pitágoras, perdónanos si nos lees ahora mismo)? Pues que, obviamente, para gente obsesionada con la perfección, con la hermosura de las matemáticas, con la armonía de los planetas, las verdades tenían que ser expresadas mediante números perfectos, tales como los enteros, o al menos como fracciones de los mismos. Pero, ¿una cifra seguida por una lista de decimales que no termina nunca? (los filósofos helénicos ni siquiera llegaron a ver eso; los números griegos no operaban con esas herramientas). ¿Qué clase de aberración era ésa? Por eso, el resultado obtenido por Hípaso les incomodó. Dicen que Pitágoras se negaba a que le hablaran de los irracionales. Durante años, los pitagóricos obviaron la cuestión disfrazando la raíz cuadrada de dos como si se tratara de un número entero en sí mismo. En todo caso, impusieron un absoluto secreto: la existencia de los números irracionales no debía salir nunca a la luz. Hípaso incumplió esa regla, y como castigo, cuenta el mito, fue asesinado.
Aunque, como tantas otras cosas alrededor de los pitagóricos, no hemos de fiarnos a pies juntillas de las leyendas. Desde luego, hay rumores sobre que Hípaso fue expulsado de la orden, y también sobre que falleció en un naufragio en extrañas circunstancias, en las que se ha querido ver la oscura sombra del suicidio (como castigo autoinfligido por romper la pureza de las matemáticas, y para así dar reposo a su alma, que se refugiaría en otro cuerpo) o, tal vez incluso, la mano negra de los miembros de la escuela, que lo habrían empujado al mar. Una versión más delirante nos dibuja al propio Pitágoras arrojándole del barco, doblemente avergonzado no sólo por haber sido incapaz de rebatir el descubrimiento de Hípaso, sino también porque la infausta verdad procedía del líder de una rama de la escuela considerada inferior, para más inri la némesis natural de Pitágoras, al constituir la única figura en Crotona que podía hacerle sombra. Especulaciones aparte, lo cierto es que el supuesto secreto se rompió y hoy sabemos que existen los números irracionales: de hecho, varios de ellos (como π, o el número phi, también conocido como “la proporción aúrea”) han resultado de gran importancia para la comprensión de las proporciones tanto en el interior de los seres vivos como de los cuerpos geométricos. Una conclusión que, a pesar de su ambición de consuelo, a Pitágoras no le hubiera satisfecho en absoluto.
Ahora vamos a avanzar unos cuantos siglos, hasta llegar a un nuevo (aunque no demasiado diferente) tipo de polémica. A lo largo de la década de 1920, Albert Einstein y Niels Bohr se embarcaron en un debate que redefinió los términos de la física. Einstein había elaborado, poco tiempo antes, su Teoría de la Relatividad, un rascacielos de postulados edificado durante los ratos libres de su empleo en la Oficina de Patentes de la -repleta de casitas bajas- ciudad suiza de Zürich, basada en concepciones sumamente teóricas y abstractas y que a pesar de ello explicaba buena parte del funcionamiento real del universo, como si hubiera sido propuesta por los antiguos pitagóricos en un arrebato de inspiración. Este “conejo sacado de la chistera” sigue aún resistiendo la mayor parte de los ensayos experimentales que han osado tratar de refutarlo, manteniéndose firme de un reto a otro. No obstante, Niels Bohr (el hombre que había creado una versión del átomo que superaba a la de su maestro Ernest Rutherford) dijo una vez una frase que Carl Sagan intenta reducir al absurdo en el ya mentado apéndice 1: “Lo contrario de cualquier gran idea es otra gran idea”. En este caso, la afirmación revela ser cierta -a pesar de lo que diga Sagan-, pues el paradigma opuesto que surge ante los axiomas de la relatividad es la mecánica cuántica, sustentada en inicio por los descubrimientos de Max Planck y que propone una visión radicalmente diferente de la física, basada en probabilidades y en cuánto somos (y, sobre todo, no somos) capaces de observar y de medir. Einstein, de hecho, siempre rechazó aquella teoría -lo cual decepcionó a sus creadores, que se habían sentido en parte inspirados por él-, y convirtió la cuestión cuántica en el punto central de las intensas disquisiciones que mantuvo con Bohr, en las que se llevó al extremo las posibilidades de la discusión científica. Famosa es la sentencia de Einstein de “Dios no juega a los dados con el universo”, pero no menos impactante fue la serie de acontecimientos que se inició cuando Einstein trató de reducir al absurdo la teoría cuántica al apuntar a que, de acuerdo la misma, dos partículas que hubieran entrado una vez en contacto nunca llegarían a estar del todo desconectadas. Para su incredulidad, los discípulos de la mecánica cuántica analizaron aquella supuesta idiotez y descubrieron -también para su propia sorpresa- que era cierta, poniendo patas arriba los cimientos de todo su sistema de conocimiento, una vez más. Hoy en día, la contraposición entre teoría de la relatividad y mecánica cuántica sigue adelante: la relatividad es capaz de explicar a la perfección lo que ocurre con las grandes masas (como una renovada revisión de la armonía de las esferas), mientras que la teoría cuántica describe con certeza matemática lo que sucede a nivel subatómico; sin embargo, en el conjunto, las dos visiones no son capaces de ponerse de acuerdo. Mientras tanto, algunos ansían y ponen su empeño en una Teoría Unificada que exponga con sencillez las leyes básicas del universo, a partir de las cuales las distintas fuerzas fundamentales se deduzcan de manera elemental. La teoría de cuerdas lo está intentando, hasta ahora con esquivo éxito, y la reciente confirmación del bosón de Higgs puede aportar nuevas luces sobre la estructura básica de la energía y la materia. Hoy día, sin embargo, el final de la búsqueda de esa teoría absoluta a la que la física aspira, como a un unicornio dorado, o una suerte de científico Santo Grial, sigue sin vislumbrarse.
Einstein se hallaba disgustado con la mecánica cuántica porque, como fiel determinista, se sentía incómodo con unas premisas que otorgaban tanta relevancia a la probabilidad y a las cuantificaciones medidas por el observador. Sin embargo, él no llegó tan lejos, como Pitágoras, como para tratar de prohibir su divulgación (no hubiera estado en su mano y, en todo caso, seguramente su amor a la verdad no se hubiera permitido). De todos modos, no sería la primera vez, ni tampoco la última, en que la oposición de científicos más veteranos impide a una teoría joven y bisoña salir adelante. Un reciente estudio, incluso, ha llegado a proclamar que ciertas áreas de la ciencia sienten un reverdecimiento al fallecer científicos prominentes en dicho campo, como si la presencia de estas colosales figuras taponara el talento de poco reconocidos científicos que se atreven a oponerse a los dogmas aceptados de manera unánime. Max Planck, el padre de la teoría cuántica (aunque al primero al que desconcertó fue a él mismo), declaró: "Las nuevas ideas avanzan en ciencia no porque sean ciertas, sino porque sus enemigos fallecen". Quizás el mejor ejemplo lo encontremos también en el campo de la física con otro debate, el que tuvo lugar entre Rutherford (quien, además de ser maestro de Bohr, proporcionó el primer modelo atómico) y Lord Kelvin. Este último había hecho grandes contribuciones a la ciencia, pero contaba ya con una provecta edad y, desde su atalaya, se negaba a reconocer los datos que señalaban a que la antigüedad de la Tierra era en realidad mucho mayor que la que el propio Lord Kelvin había propuesto (por debajo de veinte millones de años). Por eso, cuando un imberbe Rutherford se plantó en una de las reales instituciones británicas, delante de un auditorio de 800 personas, para exponer cómo el fenómeno de la radiactividad apoyaba la noción de una edad del planeta Tierra de, al menos, varios cientos de millones de años, su única preocupación era lo que diría Lord Kelvin al respecto. El crucial acontecimiento se desarrolló en varias fases: lo primero de todo, durante la disertación, el venerable hombre que emanaba autoridad desde su estrado se quedó dormido. Más tarde, parece que se despertó y colocó una sonrisa beatífica -producto de la digestión de una buena siesta-, momento en que Rutherford encontró la clave para convencer al eminente pope: citó en voz alta una antigua frase del maestro en la que expresaba que la edad de la Tierra debía de ser de unos pocos millones de años, mientras no se descubriera una nueva fuente de calor que explicara los resultados obtenidos. Rutherford proclamaba, pues, que Lord Kelvin habría sido el primero en anticipar la existencia de esa nueva fuente de calor (que no sería otra que la radioactividad) y que, por tanto, era co-partícipe del reciente descubrimiento. Era un intento descarado de halagar la vanidad del anciano pero, como suele ocurrir en estos casos, la cuestión es que funcionó (la mayor parte de los que se oponen a un movimiento, después de todo, lo hacen por no sentirse parte central de él), y Lord Kelvin expresó un asentimiento complaciente. Fuera de la reunión, sin embargo, se dice que Kelvin siguió farfullando incoherentes y circulares diatribas en contra del principio de una longeva edad de la Tierra pero, para entonces, el obstáculo había sido salvado, y no por la fuerza de la razón y la forma de comportarse de los hechos, como dicta la ciencia, sino empleando la psicología y la forma de comportarse de los científicos, como dictan las relaciones personales. La ciencia, después de todo, tiene sus defectos, y éstos, como los inherentes a casi toda actividad humana, provienen fundamentalmente de que quienes la hacemos consistimos en seres humanos también.
En este caso, hemos hablado de nuevos hallazgos pero, quizás, lo mejor que puede aportar el futuro, por parte de las generaciones venideras, es un punto de vista distinto, una perspectiva inédita. La mayor parte de las ideas originales no han llegado por seguir insistiendo por las mismas vías, sino mediante aproximaciones revolucionarias que se creyeron impensables en su día. Tal vez, al respecto, el mejor ejemplo que podemos aportar es una anécdota que se atribuye a numerosas parejas de aprendiz-maestro, entre ellas la más conocida de Niels Bohr y Ernest Rutherford. Según la leyenda, Rutherford habría preguntado, en un examen, cómo determinar la altura de un edificio a partir de un barómetro. La solución canónica es utilizar el barómetro para medir la presión en la base y en la azotea del edificio y, a partir de allí, mediante una sencilla ecuación matemática, deducir la altura del mismo. Bohr, sin embargo, respondió durante el examen: “Tiraría el barómetro desde lo alto del edificio y, en función del tiempo que tardara en llegar al suelo, calcularía la solución”. Rutherford -cuenta la anécdota- se quedó intrigado con la respuesta y citó a Bohr para un nuevo examen, donde él discurrió varias decenas alternativas de contestaciones, que iban desde utilizar el barómetro como una regla de medir en varias tandas, o pasarse por la casa del portero y solicitarle: “Me gustaría saber cuánto mide este edificio, le ofrezco a cambio este bonito barómetro”. De acuerdo a la historia, Rutherford le habría reprochado: “Usted sabe que ésa no es la respuesta que estoy buscando”, a lo que Bohr le habría contrapuesto: “Quizás entonces debería reformular la pregunta”. A veces el mejor favor que le podemos hacer a la ciencia es replantear las viejas cuestiones, para las respuestas no se vuelvan caducas desde antes de empezar. Es la única manera de agitar el árbol de Newton para que, con suerte, el fruto que caiga sea uno más sabroso. O, al menos, uno distinto a una manzana.
        En parte, la ciencia (como cualquier otro campo) consiste en eso: gente que llega con conceptos nuevos los cuales, a las pretéritas generaciones, se les antojan irreverentes, ofensivos, hasta cabría decirse que irracionales. Pero que encajan mejor con una forma de ver el mundo que deriva de cómo funciona éste, o de tal vez de cómo funcionamos nosotros. Los científicos, mientras tanto, van y vienen; hoy los defensores de la teoría cuántica y los relativistas siguen espiándose de reojo, mientras que los pitagóricos fueron expulsados de Crotona por culpa de los vaivenes que tuvieron lugar tras meterse en el poco racional ámbito de la política. La ciencia, sin embargo, y las aportaciones que unos y otros nos donaron, por muy abominables y distorsionadoras que pudieran parecer al principio, se depositan en el sedimento que va asentando en el ser humano, donde los episodios biográficos y las disputas entre científicos se soslayan para dar lugar a lo que de una manera muy cauta podemos denominar “la verdad”; por muy imperfecta, incompleta y desafiante que ésta resulte. Incluso aunque tenga que pasar por un par de reducciones al absurdo, o de reducciones al absurdo del propio absurdo para probarse. Al fin y al cabo, la cualidad principal de un científico es la curiosidad, y ésta debe hallarse siempre dispuesta a darle la oportunidad de sorprenderse. Carl Sagan lo sabía, y nos transmitió parte de su alegría al quedar impresionado con los portentos del universo. Él nos concedió ese regalo, y el mejor apéndice u homenaje que nuestra generación puede hacerle a “Cosmos”, ese legado único, es (pese a poseer una óptica distinta a la de nuestros maestros, o precisamente a causa de ello) seguir impactándonos. Maravillándonos, si es preciso, ante la perfección de la imperfección.