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lunes, 16 de enero de 2023

Las historias reales de enero: más hilos, ahora también en Mastodon

Os ofrezco una serie de hilos alrededor de sucesos tan reales como sorprendentes, publicados tanto en Twitter como en Mastodon: en ellos hablamos sobre un beso aparentemente anecdótico e intrascendente que trastocó varias vidas de manera irreversible; revisamos también la historia de los refugios de la guerra civil en Almería, y cómo consiguieron conservar la luz en medio de tanta oscuridad; aquí comentamos la curiosa epopeya de los zabbaleen, un pueblo que ha hecho de la basura su forma de vida, y que gracias a ella ha construido un glorioso templo y una lección para el mundo; y en este enlace ampliamos detalles sobre algunas jugosas anécdotas que ya narramos en su día acerca de "El tercer hombre" (en un hilo, por cierto, que tuve la ocasión de comentar en una emisora de radio venezolana). Espero que los disfrutéis y os hagan entrar con fuerza este año. Un saludo.

lunes, 8 de marzo de 2021

El libro de marzo: "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Domingo Toral


Hemos visto, leído, escuchado y rememorado toda clase de historias de la guerra civil. Sin embargo, a veces nos encontramos una perspectiva inédita y original, probablemente no relacionada con las grandes líneas de la contienda, sino con los pequeños trazos que afectaban a la vida cotidiana. En este sentido, "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Redondo Toral, antiguo jefe del Archivo Histórico de los Bomberos de Madrid, puede llenar una página que, para muchos, permanecían en blanco hasta ahora. Quizás porque -a veces es más terrible eso- ni siquiera sabíamos que poseíamos ese hueco.

Recuerdo una película de James Bond donde, muy cerca de la hecatombe final que está a punto de avecinarse siempre en esta clase de films, el espía británico se deja guiar por un hombre que conduce el tráfico, un policía con el típico chaleco de emergencias fosforescente. En ese momento pensé algo que suelo decir con frecuencia desde entonces, y es que una sociedad avanzada es aquella en la que los individuos esenciales son los que visten un chaleco amarillo fosforescente. O tal vez una bata de médico, un uniforme de enfermero, una toga de juez, o la vestimenta propia de cualquier tipo de servidor público. Y, en vez de un Adonis apolíneo como James Bond, son más altos, más bajos, gorditos, tienen rostro de hombre y mujer, edades variadas, pero se caracterizan por una cosa: el sentido de cumplimiento de su deber y, si es posible, de abnegación a los demás. Parece que durante la epidemia de COVID hemos redescubierto de nuevo este concepto, que esperemos que nunca volvamos a olvidarlo.

Los bomberos de Madrid, desde el inicio de la contienda el 18 de julio del 36, tuvieron que afrontar toda clase de malos tragos: la incertidumbre, la desesperación, el miedo; la reacción de la turba desesperada cuando se dio cuenta de lo que se les venía encima; las dudas acerca de los propios compañeros, cuando llegaron los procesos de depuración interna -y más allá- por parte de un bando republicano que tenía miedo a los desafectos (y donde los extremistas o los aprovechados encontraron campo libre para sus desmanes); y, más adelante, cuando terminó la guerra, el equivalente proceso por parte del bando contrario, que no tuvo consideración de los vencidos.

Toral nos cuenta detalles con nombres y apellidos; personaliza vivencias que sufrieron muchos a través de unos pocos con los que podemos identificarnos con el día a día de Madrid, que tiene que lidiar con sus problemas normales (en cuanto a incendios, y a todo lo demás), y además los derivados de la guerra, especialmente de los bombardeos, que dejan arrasadas zonas enteras de la capital. Sentimos como propias la falta de personal y el exceso de trabajo extenuante. Y, al final, estamos tan cansados, que la última puntilla final está allí para rematarnos. Pero también encontramos ejemplos de solidaridad espontánea, de apoyo mutuo, voluntarios infatigables y, sobre todo, personas que mantienen su juramento, permaneciendo al pie del cañón cuando casi cualquier otro se hubiera dado la vuelta para salir corriendo. Esos héroes anónimos a los que pocas veces se les agradeció el esfuerzo. Para eso sirven esta clase de textos.

Un último apunte, ya desde el punto de vista editorial. El libro -escrito con sobriedad y humanidad- ha sido redactado a partir de un antiguo bombero con más de treinta años de experiencia, que ha tenido acceso de primera mano a los archivos históricos. Es el típico relato que, si yo fuera editor, intentaría atrapar antes de que me la arrebataran. Ha sido publicada por Libros.com (a la que, por cierto, pertenece el -esperemos- próximo gran éxito que saldrá de la pequeña factoría de la historias de la que forma parte este servidor), una editorial especialista en crowdfunding. Grandezas o miserias del mundo literario actual, han sido los lectores los que han decidido que este libro se publique, lo cual da para muchas reflexiones en toda clase de sentidos. Aunque, al final, son siempre después de todo los lectores quienes nos mantienen en pie. Sirva esta frase de agradecimiento a aquellos que nos sustentan a los que intentamos contar historias. Muchas gracias a todos.

lunes, 8 de julio de 2019

Los libros y las películas de julio: formas de entender la guerra. Un recorrido a través del lado oscuro del siglo XX

La guerra es, probablemente, la peor de las consecuencias posibles. Y, a su vez, es la causa de derivaciones  más terribles aún. De entre las pocas que resultan positivas, tenemos la posibilidad de que el arte halle su hueco para contarnos a su manera el horror, normalmente con la ambición de que no volvamos a repetirlo (casi siempre, no lo conseguimos). El siglo XX, por otro lado, fue nefasto en cuanto a historia bélica se refiere. De hecho, una forma de relatarlo de manera coherente es precisamente a partir de sus guerras. Ésta es una lista no exhaustiva sobre algunas de las contiendas más destacadas del siglo XX y algunos libros o películas que tratan sobre ellas. Sin duda os vendrán a la mente "El gran dictador" u otras grandes ficciones, pero intentaremos tirar de títulos menos conocidos para que os puedan servir de recomendación. Esperemos que de ellas saquéis algo positivo... entre otros, el mayor deseo de defender la paz imaginable .

-Primera Guerra Mundial: Habría muchas posibles candidatas. Desde las clásicas cintas "Senderos de gloria" de Kubrick, o "Johnny cogió su fusil" guionizada por Dalton Trumbo, a las modernas "Largo domingo de noviazgo" de Jean Pierre Jeunet (como película) o "Almas grises", de Philip Claudel (como novela). Pero como, en esta recopilación, quiero que primen poco aquellos puntos de vista que ya os habrán repetido en otras ocasiones, yo os recomiendo que le echéis un ojo al capítulo de "El sueño de África", de Javier Reverte, donde se describe cómo se desarrolló la Primera Guerra Mundial en el territorio de Kenia, y en concreto el papel que von Lettow jugó en ese escenario.

-Guerra civil española: Como también habéis visto y leído mucho sobre este tema, para salirnos de la norma mencionaré una película que entremezcla la contienda con tintes fantásticos (y no es "El laberinto de fauno" de Del Toro, aunque a muchos también nos encantó). Se trata de "El bosque" (2012), una pequeña producción catalana que se centra en un pueblo del Bajo Aragón ocupado por los anarquistas, y en el cual una pareja que apoya al bando nacional vuelve la vista hacia un bosque de su propiedad donde, desde hace muchos años, brillan unas extrañas luces que dicen que constituyen la puerta a otro mundo... Una historia pequeña -pero con mensaje- ayuda a veces a comprender mejor el gran drama.

-Segunda Guerra Mundial: También buscando lo menos trillado, y en relación con el conflicto anterior, "Los surcos del azar", novela gráfica del siempre oportuno Paco Roca, relata las andanzas de unos cuantos republicanos españoles que, después de huir del país, acaban por formar "La nueve", una agrupación de soldados de diversas naciones (aunque en su mayoría de origen ibérico) que acaba por asumir un papel clave en la liberación de París por parte del ejército aliado. También en el ámbito del cómic, la ya clásica "Maus" transita por un terreno tan explorado como el holocausto judío, aunque con la aproximación -no es el punto más original, quizás lo sean más la madurez y falta de maniqueísmo de los personajes- de emplear a ratones y gatos como protagonistas.

-La guerra fría: pocos conflictos sin armas (aunque con muchas contiendas colaterales alrededor) han dado para tantas historias. En algunos casos con meros fines propagandísticos -la supuesta supremacía de un bando respecto a otro-, aunque en otras ocasiones los autores han aprovechado el telón de acero como simple escenario para ahondar sobre las motivaciones y pasiones humanas. "El tercer hombre", "Las sandalias del pescador", "La vida de los otros", "Teléfono rojo, volamos hacia Moscú", "Goodbye Lenin", "Juegos de guerra", "El gigante de hierro" o las novelas de John Le Carré y de Graham Greene son grandes títulos. Yo en este caso querría recomendar una película que considero infravalorada, una "1, 2, 3" de Billy Wilder que juega con la comedia alrededor de un Berlín a punto de levantar el muro (de hecho, andaba en proceso de edificación durante el rodaje de la película), riéndose de los bandos ruso, americano y nazi a partes iguales.

-Vietnam y Corea: resulta difícil nombrar títulos que no le suenen al lector/espectador sobre guerras de las que se ha hablado tanto. Quizás, unos pocos nombres: "Good morning Vietnam" (aunque conocida, no puedo evitarlo, y menos ahora que echamos tanto de menos a Robin Williams), "The war" (una película alegórica protagonizada por Kevin Costner y Elijah Wood) y, no por conocido menos incomprendido, el libro original en el que se basó la saga de Rambo, "Acorralado", con un personaje más poliédrico y unos conflictos mucho más soterrados de lo que reflejan las películas. Por supuesto, casi imposible encontrar en un idioma razonable una visión de la guerra desde el punto de vista vietnamita (quienes lo contemplan como una revolución popular contra un ejército de ocupación extranjero, primero francés y luego estadounidense). De Corea, la tronchante "M.A.S.H" sigue siendo la referencia fundamental para casi todo el mundo.

-Las guerras de descolonización: Después de dos guerras mundiales, los países occidentales no tenían fuerzas para seguir reteniendo a sus colonias. Algunas de éstas se alinean con el bloque comunista, otras con el bando capitalista, muchas se desgarran en sangrientas guerras civiles, sufren los mismos problemas con los que convivían durante la colonización, o se convierten en países no alineados con ninguno de los grandes bandos, en el nacimiento del denominado "tercer mundo". Algunos de estos procesos se desarrollaron de manera pacífica, y otros en cambio con gran sufrimiento y conflicto. En este caso destaca más la labor del periodista que del autor de ficción, incluso en obras que tratan de expresarlo de la forma más novelada posible. "La batalla de Argel" es una película casi documental sobre el tema, y el reportero polaco Ryszard Kapuscinski entremezcla literatura con realidad en sus obras ambientadas en buena parte del globo. Entre otras, "Un día más con vida", un libro sobre el proceso de independencia de Angola, recientemente adaptado a la gran pantalla por una producción española que mezcla animación con imágenes y entrevistas reales, y que logra resucitar parte del espíritu que el periodista conseguía hacer emanar de sus textos.

-Guerra de Ifni: A esta guerra habría que hacerle publicidad aunque sólo sea porque no se la conoce. Porque si la guerra tiene lugar en África, participa en ella la dictadura del general Franco, y los españoles no jugamos un papel excesivamente decente, lo más normal es que en su época nadie quiera decir demasiado sobre el asunto, y que más tarde sea difícil acordarse porque no existe nada sobre lo que se pueda olvidar. Por eso es complicado hallar novelas sobre este período, pero como una luz en medio de la noche tenemos "Todos los buenos soldados", de David Torres, un descarnado y lúcido relato que aporta su originalidad en emplear al humorista Miguel Gila como uno de los protagonistas, en calidad de cómico forzoso que la dictadura de Franco ha mandado a África a entretener a los soldados. A partir de allí, el humor negro de Gila (un tipo, no olvidemos, que conseguía que la gente se riera con lo más macabro de la guerra) impregna buena parte del paisaje, pero Torres introduce también unos cuantos personajes que lograrán manifestar las distintas visiones del hombre ante la conflagración.

-El siglo se despide como empezó: Dicen que el siglo XX comenzó con la Primera Guerra Mundial y terminó con el 11-S, pero antes de ambos sucesos, una sensación de falsa paz -de guerra inminente- lo invade todo, con la sensación de que el conflicto puede estallar en cualquier momento, siendo conscientes además (sobre todo a posteriori, aprendida la experiencia) que éste será caótico, arbitrario e inútil. Las guerras de Yugoslavia y Ruanda (relatadas, entre otros, por el libro "Territorio Comanche" de Pérez Reverte, y por la película "Hotel Rwanda") terminaron de conformar una visión escéptica respecto al futuro, que quizás se contemple mejor a través de "La sal de la tierra", un documental de Wim Wenders sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado y su recorrido vital a través de la fotografía, desde las duras condiciones del trabajo de los mineros del Amazonas hasta algunas de las más salvajes contiendas del siglo XX, llegando finalmente a un momento en que el fotógrafo se refugia en la fotografía de naturaleza y del medio ambiente, el último reducto contra el que el hombre ha declarado otra guerra. Esperemos que ésta, por nuestro bien, termine en un acuerdo de paz que no nos conduzca a todos al silencio de los cementerios que suele seguir cuando el sonido de las armas ha dejado de sonar.

lunes, 17 de junio de 2019

Los libros de junio: una historia de Rusia contada por no-rusos

La literatura rusa y de sus países limítrofes ha dado descomunales (en ocasiones, tanto en valor como en número) y brillantísimas páginas: Dovstoievski, Tolstoi, los analíticos cuentos de Chéjov; en clave política y de denuncia, Pasternak y su "Doctor Zhivago" (y su estupenda adaptación cinematográfica), Vasili Grossman y su telúrico "Vida y destino", Solzhenitsyn y su estremecedor "Archipiélago Gulag" (de varios de estos autores tengo textos pendientes). En los escritores rusos se aprecia una profunda preocupación por las grandes cuestiones del mundo, así como un amor a la tierra que tanto les ha maltratado, y a la que sin embargo nunca -ni siquiera en el exilio-  dejarán de extrañar. Sin embargo, el país más extenso del mundo ha cautivado al igual que repelido (tanto desde el imperio de los zares hasta la actualidad, pasando por la más extensa Unión Soviética, que abarcaba un buen número de países actuales) a multitud de individuos de toda clase de nacionalidad. Que se lo digan a los directores de cine norteamericanos de las películas de espías, que todavía no han encontrado un adversario mejor. En ese sentido, es curiosa la cantidad de autores de países extranjeros que se han atrevido a introducirse en el laberinto ruso, tratando de averiguar, de una manera o de otra, y tomando una expresión prestada, "cuando se jodió" Moscú. He aquí una pequeña e incompleta guía para aprender un poco más sobre la historia moderna de Rusia a partir de escritores foráneos, que tienen la ventaja de a veces contemplar los hechos desde una perspectiva más neutral, quizás más cercana a aquella de la que parten los neófitos sobre el tema o, en ocasiones, de una manera menos tendente a la metafísica, o que no dé tan por sentada la relación natural que parece haberse establecido como una aleación indisoluble entre el devenir de los acontecimientos de la historia y el idiosincrático carácter ruso. O puede que no. En todo caso, espero que os sirvan como recomendaciones literarias interesantes (entre otros, para aquellos a los que os haya llamado la historia de este país a partir de "Chernobyl" de la HBO). Empezamos:

-Mencionado en otra entrada, "10 días que conmovieron al mundo", de John Reed, sigue siendo la referencia básica para abordar la revolución rusa. Aunque Reed era un ferviente defensor de los derechos de los obreros y de muchas tendencias progresistas, en este caso se pone el traje de corresponsal y realiza un exhaustivo análisis de las noticias que sucedían y bullían en este periodo trascendental de la historia. En ese sentido, "Reds", una ciclópea película en la que participaba lo más granado de la izquierda hollywoodyense en los años 80, muestra a un Warren Beatty interpretando a un John Reed que aunque cree en el movimiento, acaba decepcionado con la forma en que los primitivos soviets lo llevan a cabo.

-Del periodista español Chaves Nogales ya hemos hablado alguna vez, y mencionamos de hecho "El maestro Juan Martínez que estaba allí", una visión de la revolución bolchevique desde el punto de vista de un artista español de los tablaos a quien la circunstancia histórica le pilla casi literalmente en medio del espectáculo. La frase: "Un cantaor de flamenco, ¿puede ser un proletario?", lo resume todo. Sinceridad, retrato de personajes y dramatismo se combinan en una narración que, de puro periodístico, a veces ofrece tintes surreales ante lo inverosímil de las situaciones.

-"Palos de ciego". El periodista y escritor David Torres combina dos sucesos impactantes en su vida: por un lado, la historia de un libro (el cual fue incapaz de escribir) acerca de la ejecución masiva de unos bardos ciegos tradicionales durante la época más oscura de las purgas estalinistas; y, por otro, el descubrimiento del fallecimiento por negligencia médica de su hermano (llamado también David, como él), de tan sólo un día de vida, en una de las clínicas que practicaron en su día en España el robo de bebés con el objeto de entregárselos a familias ligadas al franquismo. A partir de allí, construye un sobrecogedor y penetrante texto que trata sobre la infancia, la música, la historia (especialmente esa atroz etapa de los primeros años de la Unión Soviética), la literatura, la memoria, las bárbaras formas que tenemos de maltratarnos los humanos y, en especial, el imposible modo de exorcizar los propios demonios.

-Aunque no ambientada estrictamente en Rusia, "Enterrar a los muertos", de Ignacio Martínez de Pisón, narra un episodio que toca de manera profunda varios de estos temas. En este ensayo histórico, el autor sigue la estela de John Dos Passos, un prestigioso novelista norteamericano (reconocido por su izquierdismo así como por su amor por España, aunque escamado tras su primer viaje a la Rusia revolucionaria) que anda en busca de José Robles, su traductor al español, el cual ha desaparecido después de embarcarse, tras el estallido de la guerra civil, como voluntario en la causa de la República. La obra nos conducirá, entre otros lugares, a los oscuros tejemanejes de la Unión Soviética en España, así como la evolución de la guerra en el dividido bando encargado de defender de la democracia, o las desavenencias de Dos Passos con Hemingway (quien en ese momento trabajaba como corresponsal de guerra en Madrid, aunque las malas lenguas sisean con cierto fundamento que muchas de las batallas que narraba las vio desde el interior de su habitación en el Hotel Florida) a cuento de la desaparición de Robles. Un libro que trata sobre diversos aspectos tales como la amistad, las formas de sobrevivir en la contienda, la lucha entre los ideales y una realidad siempre ambigua, así como las consecuencias que tienen los grandes sucesos para las víctimas colaterales de la historia.

-"El niño 44". Best seller de Tom Rob Smith que también retrata el horror y la paranoia en la época de Stalin, introduciendo un suceso que sirve de desencadenante. ¿Qué ocurriría si, en el supuesto paraíso comunista, apareciera un asesino en serie? Thriller moderno y reflexión histórica a partes iguales.

-"Érase una vez la URSS". Dominique Lapierre, prestigioso periodista francés (autor, entre otros, de "Era medianoche en Bhopal") llega a la Unión Soviética en un momento de deshielo y -en un coche que parece incapaz de resistir un viaje de tantos kilómetros- se recorre un buen trecho de la Unión Soviética, narrando una perspectiva por supuesto subjetiva al proceder del otro lado del Telón de Acero. En todo caso, un curioso retrato de escenarios y un ameno libro de viajes.

-"Cicatriz", de Juan Gómez Jurado: un libro entretenido y adrenalínico, cargado de sentido del humor, que cuenta la historia de un inadaptado informático residente en Chicago el cual, sin comerlo ni beberlo, va a verse envuelto en una trama de mafias rusas que tiene ramificaciones con hechos acaecidos en Ucrania y durante la guerra de Afganistán. Con tantas dosis de cáustica ironía como sangre chorreando a borbotones, garantiza pasar un buen rato.

-Emmanuel Carrère es conocido por sus libros en los que entremezcla estilo literario con un profundo desmenuzamiento de la realidad. He leído (y me han gustado bastante) "El adversario" y "De vidas ajenas", con lo cual arremetí con gran ímpetu la biografía de "Limónov", un controvertido personaje cuya vida dibuja el nuevo panorama de Rusia tras la desintegración de la URSS. Abandoné el libro a medias -aunque no descarto retomarlo-, entre otras cosas, porque era fácil sentir tanto odio como ridículo por el protagonista. Sin embargo, hay que reconocer que, quitando el juicio que podamos hacer de Limónov, las peripecias que se narran acerca de él mismo y de los países en los que vive dan para pensar bastante. Una condición que podríamos adscribir a cualquiera de los libros en esta lista.

lunes, 12 de junio de 2017

La historia real de junio: Llivia, un trozo de España dentro de Francia

La geografía ofrece contradicciones curiosas. Hay lugares estratégicos que son reclamados por varios países, y otros en cambio que no los quiere nadie. Fronteras artificiosas se forman como consecuencia de la política (fijémonos si no en el gerrymandering), los accidentes naturales o, sobre todo, la historia. Hay un fenómeno especialmente singular que es el de los llamados "enclaves", es decir, zonas de un país que se encuentran completamente rodeadas por otro país distinto. Hay países que son un enclave en sí mismo (San Marino o el Vaticano dentro de Italia, Lesoto circundado por Sudáfrica), y también existen enclaves a nivel provincial o regional (en España, tenemos el siempre llamativo de Treviño, aunque también destaca Petilla de Aragón, por cierto la patria chica de Santiago Ramón y Cajal. Aparte, tenemos Ceuta y Melilla, pero éstas se encuentran en parte rodeadas por una franja costera, de pertenencia española). Lo que pocos conocen es la existencia de Llivia, un pequeño fragmento de España (perteneciente a la provincia de Gerona) que se encuentra en los Pirineos, pero del lado de la frontera francesa.

De poco más de 1500 habitantes, el origen de esta anomalía geográfica se debe, como casi todas estas peculiaridades, a una guerra o, mejor dicho, a su correspondiente tratado de paz. En 1659, España y Francia firman el Tratado de los Pirineos, un acuerdo al que se llega después de un largo conflicto englobado dentro de la Guerra de los Treinta Años. En él, España le cede a Francia una serie de territorios, pero Lliva, al tener estatus de "villa" (es decir, contaba con una serie de privilegios otorgados por el rey que actualmente han perdido su importancia jurídica), queda administrativamente como territorio hispánico.

Lo cierto es que Llivia, hasta entonces, no tenía mucha importancia histórica. Se supone que la ciudad fue fundada por Hércules (como dice la leyenda, también, sobre un buen puñado de localidades del suelo hispánico), pero cuando se convirtió en un enclave, tuvo que enfrentarse a una serie de problemas bastante menos mitológicos y mucho más pragmáticos. Tras unos años de tiras y aflojas, se firmaron una serie de acuerdos que permitieron que la vida de los habitantes de Llivia fuera un poco más cómoda: se declaró "zona de libre circulación" el camino que había entre Lliva y el resto de España (hoy es una carretera nacional, que se vuelve francesa cuando pasa por territorio galo), y se concedieron unas tierras de pastoreo a los habitantes del pueblo, en una zona, claro, bajo soberanía francesa.

El momento más angustioso de la historia de Llivia llegó (como para casi todos los pueblos de España) durante la guerra civil. Llivia permaneció leal a las tropas republicanas, pero cuando los rebeldes ganaron la contienda, solicitaron permiso a Francia para cruzar su territorio y ocupar la villa. Por lo visto, aquel primer invierno bajo dominio franquista hizo tanto frío que hizo falta quemar puertas y ventanas para proporcionar calor a los soldados que quedaron acampados allí. Como parte de España, permaneció neutral durante la Segunda Guerra Mundial, pero los nazis no se fiaban de que sus enemigos dentro de Francia quisieran refugiarse allí, así que sometieron al pueblo a un cerco implacable. Fueron, desde luego, tiempos duros para la localidad gerundense, aunque la cosa no pasó de allí.

Años más tarde, la situación del pueblo se normalizó... dentro de lo posible. Sí, tenían su propia zona aduanera, sí, tenían que llevar pasaporte cada vez que salían del pueblo y, sí también, tuvieron sus conflictos en Francia a raíz de una señales de stop que los galos situaron en su parte de la carretera. Hoy en día, sin embargo, con España y Francia englobados por el espacio Schengen, la vida de Llivia es mucho más tranquila, y queda más como curiosidad histórica que cualquier otra cosa. O, quizás, como recordatorio de que las fronteras son un ente ficticio que ponemos los hombres. Quizás, en ese sentido, un viejo anacronismo de 1659 pueda seguir dándonos una lección.

lunes, 10 de abril de 2017

El relato y la historia real de abril: "Merecen toda la suerte que el azar pueda darles"

Merecen toda la suerte que el azar pueda darles

Esta obra está inspirada en hechos reales que se relatan en el documental “Las cajas españolas”, en relación con el traslado de obras de arte desde el Museo del Prado durante la Guerra Civil.
Los diálogos y la manera de reflejar algunas situaciones son ficticias, especulativas o imaginadas, pues no conocemos a ciencia cierta cómo tuvo lugar el suceso original.
El contexto, por desgracia, es tan inmodificable como real.

        El cálido y tormentoso zumbido del motor se antojaba, a los milicianos, como el rugido durmiente de un monstruo marino que se hubiera zambullido en el frío océano con ellos en el interior de su panza. “Me pregunto si Jonás llegó a escuchar el ruido de la digestión dentro del estómago de la ballena”, meditó alguno de los hombres para sus adentros, sumergido en la oscuridad, mientras recordaba sus viejas lecciones en el colegio católico. No obstante, el Dios en el que no creía debió escucharle, porque nada más aquella breve ráfaga de duda teológica atravesó su cabeza, el rugido del vehículo se interrumpió y el camión se paró en seco, de tal manera que el frenazo les hizo golpearse los unos contra los otros. Algún individuo, incluso, asió instintivamente con más fuerza las armas que portaba consigo, y de hecho unos cuantos de los que se encontraban dormidos estuvieron a punto de ponerse a disparar, con el sobresalto, una ensalada de tiros en el interior del camión. Cuando se abrieron las puertas del monstruo, tenía pinta de que aquello iba a degenerar en una batalla campal. No obstante, las personas que aparecieron en la puerta del camión, dejando penetrar los tímidos rayos de luna, descolocaron a los ocupantes. Ellos esperaban a un comando del bando nacional, soldados entrenados con fusil el ristre que lo primero que hubieran hecho sería descerrajarles un par de tiros y dejarlos con las tripas abiertas como un pescado. En lugar de esto, lo que encontraron fue a un miliciano, muy similar a ellos, abriendo las compuertas del vehículo y cediendo el paso a un hombre con gabardina, gafas de lentes circulares, del grosor de un culo de vaso; el rostro era también redondo, a juego con las gafas, y el peinado estaba orientado hacia un lado, con raya y flequillo, proporcionándole aspecto de intelectual. El tipo de persona que no esperas encontrarte en mitad de una guerra, sino detrás de un despacho, y de hecho se le notaba bastante perdido. Su rostro revelaba un poso de preocupación, tanta como aire de oficialidad pretendía emanar su figura, aunque él mismo había de reconocer que no le salía muy bien del todo. A los hombres del camión, desde luego, les descolocó sobremanera. Estaban preparados para luchar, pero no para esto; para ver a ese hombre, plantado como un pasmarote bajo el frío y la fina llovizna, y por eso aflojaron la presión alrededor de los fusiles. El hombre de la gabardina intentó elevar la voz para que su mensaje llegara a todo el camión con tono estentóreo, pero le interrumpió un ataque de tos que lo hizo ininteligible. Luego, más tímidamente, proclamó:
            -Tienen ustedes que bajar y desocupar el camión. Háganlo cuanto antes, por favor.
            La estupefacción gobernó en primer lugar las reacciones, y eso propició unos cuantos segundos de silencio. Luego –y la manera comedida de expresarlo fue, sin duda, consecuencia de la educación con la que había formulado su solicitud el hombre de fuera del camión- uno de ellos se levantó e inquirió:
            -¿Quién es el que lo pide?
            El primero se mordió el labio inferior. A continuación, dijo muy serio:
            -El ministro de Estado. O sea, yo.
            Aquella declaración debería haber ido seguida de un trueno, pero en lugar de eso, cesó la llovizna. No obstante, el efecto fue igual de perturbador. Aún así, se veía que, con la explicación, los interpelados no habían quedado satisfecho del todo.
            -Pues será todo lo ministro de Estado que sea –proclamó el que había hablado antes-, pero con los fachas siguiéndonos los talones, ni aunque viniera aquí el mismísimo Marx iba yo a desalojar este camión.
      El hombre de la gabardina guardó silencio. Para sus adentros, barruntaba dos frases contrapuestas que replicar: “No tengo a Marx pero tengo a otra persona”, o “Esto es más importante que Marx; muchísimo más importante”. Sin embargo, la precaución venció a las ganas de discutir, y no dijo nada. En lugar de eso, hizo un gesto al miliciano que le acompañaba y le advirtió:
       -Tengo que hablar de este asunto con otras personas. Impida que arranque este camión –luego se volvió de nuevo hacia los que estaba dentro del mismo-. Volveré en seguida. No se muevan.
         El hombre se volvió entonces hacia atrás y se perdió de la vista de los sorprendidos milicianos. El único individuo que había hablado hasta entonces le pidió al que acompañaba al ministro:
          -Al menos abre las puertas del todo para que entre algo de fresco.
       El otro obedeció. Algunos aprovecharon para descender y salir de la oscuridad del camión, aunque la pálida luz reinante no era ni mucho menos un faro en mitad de la noche. Se encendieron unos cuantos cigarrillos. Otros salieron para desperezar las piernas, o para liberar necesidades a las que no habían podido dar salida durante aquellas largas horas dentro del camión. A pesar de que procuraban aparentar serenidad, los temblores de algunos (especialmente los más jóvenes) al encender los fósforos indicaban la tensión nerviosa a la que seguían sometidos. Un individuo más veterano les contemplaba con cierta benevolencia, la cual los primeros malinterpretaron:
        -¿Qué pasa?¿Por qué cojones estás tan tranquilo?¿O es que tú no tienes miedo de que nos atrapen los nacionales?
            El aludido sonrió con una punzada de (no sabía qué le dolía más) tanto de amargor como de ironía. Volvió la vista hacia la zona de carga del camión. Allí se acumulaban algunas provisiones, pero sobre todo armas y munición. Las llevaban con ellas por si pudieran servirles, pero el hombre se preguntaba si los franceses iban a permitirles portar con ellos ese arsenal, o se los requisarían nada más llegar a la frontera. Esas armas hubieran sido más útiles atrás, en todas las batallas perdidas, pensaba el hombre… Algunas de ellas, él las había vivido. El sabor de la derrota aún le dejaba un regusto en la boca a hiel… Ahora, en cambio, huían como ratas mojadas, en busca de un destino incierto donde a nada seguro se podían agarrar. Los más optimistas hablaban de aprovechar los vientos de guerra que soplaban por Europa para retomar la contienda, ahora desde el extranjero. Pero aquel hombre, que había visto tanto… No estaba seguro de si era posible. O mucho peor, si él tenía fuerzas para hacerlo.
            Para él, casi, que le cazaran las tropas nacionales ahora que la España que él había intentado salvar estaba a punto de morir, reducida a unos cuantos kilómetros que se iban empequeñeciendo cada día hasta convertirse sólo en una mota en el espacio, sería casi un alivio. Al menos, ya no tendría que seguir huyendo.
            Sin embargo, no tuvo que responder a sus compañeros. Todos los ojos se habían vuelto hacia el lugar adonde se había dirigido el ministro. Allí había un par de edificios, y, en frente de ellos, un par de coches dentro de los cuales se situaban, apiñados, varios hombres que discutían acaloradamente. La figura del ministro se reconocía entre algunos de ellos. Los milicianos volvieron la vista hacia la explanada. La carretera había sido cortada. Un camión que iba junto con ellos había quedado parado también. Varios milicianos y unos pocos policías de la República habían cortado la carretera y seguían deteniendo vehículos, siempre y cuando éstos fueran de gran tamaño. A los turismos, al menos de momento, los dejaban pasar. El retén que habían montado estaba enlenteciendo el intenso tráfico, provocado por una hilera de coches que parecían insectos huyendo a toda velocidad de un hormiguero en llamas. No obstante, la cosa se encontraba algo más despejada que por la mañana o a última hora de la tarde, cuando el caos y las riadas de coches habían colapsado completamente las carreteras. Ahora, el número de coches era mayor, pero la penumbra incrementaba la sensación de irrealidad, de absurdo. Aunque quizás el problema no fuera la noche, la desesperación o las familias que habían empaquetado todo lo que tenían y habían decidido marcharse a otro país. Quizás, simplemente, es que se tiene siempre esa impresión cuando llega el fin del mundo.
            -Mirad, algo se mueve –indicó uno de los que iban en el camión, y que llevaba un vendaje alrededor del brazo. Cuando volvieron la vista, los otros comprobaron cómo, en efecto, el que se había presentado como el ministro había salido de los coches, acompañado con otras personas. Entre ellas, el ministro discutía fogosamente con un hombre calvo, con bigote, de delgadez casi cadavérica, muy alto, que fumaba con frenesí un cigarrillo mientras daba pasitos nerviosos a uno y otro lado, como tratando de apaciguarse a sí mismo. Después de unos cuantos minutos de intenso debate, los dos hombres parecieron ponerse de acuerdo y se volvieron de nuevo hacia el camión. Junto a éste, empezaron a agolparse más milicianos, evacuados, heridos, procedentes de los otros vehículos que habían sido retenidos.
            -Me llamo Timoteo Pérez Rubio –afirmó el hombre delgado-. Represento a la Junta Central del Tesoro Artístico. En esos edificios –dijo señalando al lugar de donde provenía- tenemos ahora mismo guardados los cuadros y otras obras de arte que se han rescatado del Museo del Prado. Estamos llevándolas a Suiza, con el objetivo de guardarlas a buen recaudo, para así salvarlas de los bombardeos de la guerra. Primero fueron a Valencia, luego a Cataluña, ahora tienen que ir al extranjero. Un Comité Internacional nombrado por la Sociedad de Naciones nos iba a mandar unos camiones desde Francia para transportar las obras. Pero al ver el follón que había organizado en la frontera…
            Pérez Rubio obvió expresamente la palabra que se le pasaba por la cabeza, “desbandada”.
            -… al ver el caos, digo… Han decidido no acudir. Necesitamos todos los camiones posibles para desplazar las obras. Tenemos que requisar su camión.
            Se hizo un momento de cavilación entre los ocupantes del vehículo. Se estaban tomando su tiempo en procesar lo que les habían dicho.
            -¿Unas obras de arte?-preguntó uno.
            -¿Putos cuadros?-inquirió enajenado otro.
            -Les pido que se tranquilicen –solicitó mediador el ministro.
            -¿Qué cojones nos vamos a tranquilizar?-se incorporó el herido que había hablado antes, entre exabruptos-. ¿Quieren que nos bajemos aquí en mitad de la nada para dejar sitios a puñeteros cuadros?¿Saben cómo tengo yo el brazo?¿Y saben cómo le pasó esto?¡Me ha ocurrido en batallas en las que me partí el espinazo defendiéndome por ustedes!¡Por su gobierno!-golpeó con el dedo índice sobre el pecho del ministro.
            -Y ahora ese mismo gobierno le pide que le haga un nuevo favor a la patria-replicó el político, casi en un ruego.
            -¿Otro?¿Quiere más?¿Quiere que me abra las venas y le ceda mi sangre, acaso?¿Y todo porque quiere salvar unos putos cuadros?¿Y además, para qué?¿Qué va a pasar con ellos en Suiza?¿Se lo quedarán los suizos?¡Porque a mí eso no me parece muy patriótico!
            -No –agachó la cabeza pesaroso el ministro, para luego rechinar entre dientes. Le costaba dar el siguiente paso-. Lo más probable es que se los entreguen, cuando termine la guerra, al gobierno de Franco.
            Aquello fue la gota que terminó de desbordar la rabia.
            -¿A los fachas?-respondió colérico uno-. ¿Y eso es salvar las obras de arte?
            -¡Al menos permanecerán en España!-apretó los puños el ministro, quien no levantaba la vista del suelo-. ¡Al menos seguirán perteneciendo al pueblo español!
            Timoteo Pérez Rubio, mientras tanto, se había echado a un lado como si, una vez manifestado su alegato, ya no tuviera nada más que agregar y se colocara a un discreto lado de la conversación. Como pintor que era, le dolía escuchar que las obras de Velázquez o Zurbarán eran “putos cuadros”, pero lo cierto es que ahora se sentiría mucho más a gusto en su viejo estudio, con sus pinceles, en lugar de en este proyecto que le había quebrado la salud y la vida. Aunque fuera una responsabilidad de la que, como hombre y como artista, no era capaz de escapar.
            -Eso es una gilipollez –sentenció el miliciano herido-. No pienso moverme de aquí. Y mucho menos por… grabados o esculturas.
            El ministro levantó levemente los párpados para enfocar la mirada del miliciano. Visto lo que había, tomó una determinación, y giró la cabeza hacia Pérez Rubio:
            -Avísale.
            El representante de la Junta, solícito, se dio la vuelta y se dirigió hacia los coches.
      Mientras tanto, la situación se iba volviendo más violenta. Los milicianos no eran particularmente agresivos, pero habían pasado por mucho. Era de noche, era tarde. La fina llovizna había vuelto a caer. Ya casi no pasaba ningún coche por el retén. Varios camiones habían quedado varados, y todos ellos transportaban provisiones, armas y sobre todo, personas. Personas que sabían que si no se desplazaban al otro lado de la frontera, morirían o serían encarcelados. Y que se les agotaba el tiempo. Por eso se agolpaban en torno al ministro. No había ninguna sensación de amenaza física contra su persona, al menos de momento… pero tampoco ningún ánimo de claudicación.
            -¿Quién es ese que viene?
            Todo el mundo levantó la vista al frente. Allí, a lo lejos, procedente de la zona de los coches, vieron avanzar a un hombre. Era bajito. Vestía sombrero. Llevaba puestas unas gafas. Era algo entrado en carnes y avanzaba lentamente, de acuerdo a la edad que revelaban sus canas, y también a un aire cansado. Quizás se encontraba enfermo.
            -La madre que les parió.
            Dos o tres pegaron un respingo. Otros maldijeron en voz baja. Unos cuantos individuos aislados manifestaron signos ostensibles de cabreo o de sorpresa, pero la mayoría callaron, desconocedores de quién era ese individuo, aunque perplejos ante las reacciones de sus compañeros. Ninguno había visto a ese hombre en persona; eran pocos los que le habían contemplado en una tribuna, unos cuantos más los que le habían vislumbrado brevemente en los noticiarios que ponían antes de las películas, y algunos pocos más los que habían escuchado su voz por la radio. Una voz que ahora, mientras se colocaba junto a ellos y les tendía la mano uno por uno, anunciaba de manera rotunda:
            -Buenas noches. Me llamo Manuel Azaña, y soy el presidente de la República.
            A pesar de lo repetitivo del gesto, el hombre le dio la mano a todos y cada uno de los que estaban allí. Algunos lo recibieron con hosquedad, escepticismo o desconfianza, pero la mayoría se sintieron tan aturdidos que no pudieron ni hablar, o si acaso liberaron unas pocas palabras entre las que resonaron muchos “gracias” y unos cuantos “es un honor”. La mayor parte de esos hombres no había recibido la educación más elemental. Pensar que les diera la mano el máximo representante del estado era, para ellos, poco más que inimaginable.
            -Bien. De nuevo, muchas gracias a todos. Sé que están cansados. Sé que no es una situación fácil. Y también sé cuánto les cuesta lo mucho que les pedimos. Creo que el señor Pérez Rubio les ha explicado la situación. Verán, esto… es muy importante. Como sus vidas también, lo entiendo, y entiendo que han de velar por su supervivencia. Pero estas obras no pueden protegerse por sí mismas. Son el patrimonio inmortal español. Cuando nosotros desaparezcamos, seguirán estando ahí, proporcionando arte, pureza, grandeza, ilusión, a millones de españoles. Esto… no puede perderse. Vale más que cualquiera que nosotros. Les digo lo mismo que le dije al presidente del gobierno hace poco: si algo les pasara a estas obras, nos tendríamos todos que pegar un tiro. Nosotros podemos intentar movernos por nuestra cuenta: salvar a la República, a nuestras familias y a nuestras propias personas, de otra forma. Pero estas obras no tienen a nadie salvo a nosotros. Son nuestra responsabilidad. Les pido un poco de comprensión…
            Fue como si alguien hubiera tirado una piedra a un estanque y las ondas, pacientes y reverberantes, tardaran un buen rato en llegar con igual amplitud a todas partes. Después de un rato de reflexión, el miliciano del vendaje en el brazo dio un paso al frente.
            -Me llamo José Expósito. Y no soy el presidente. Ni tengo ningún cargo público. Sólo sé que me han herido mientras luchaba por la República. Y allí al fondo –señaló a uno de sus compañeros, al fondo del camión-, tengo a un amigo que perdió la pierna en la batalla del Ebro. Y lo que le quiero preguntar ahora –dijo aproximándose a escasos centímetros de los ojos de Azaña- es si entre esas obras a las que tenemos que dejar sitio y por las que nos obligan a bajarnos, hay vírgenes. Y santos.
            Sus ojos quedaron fijos, muy intensamente, con tono interrogador. Pero Azaña mantuvo el pulso de la mirada.
            -Sí, claro, por supuesto. Hay vírgenes, y santos. Algunos, realizados por los más excepcionales artistas de su tiempo, que pintaron y esculpieron vírgenes y santos porque era lo único que podían hacer si querían expresar su arte. Y también hay Goyas, y Grecos, y Boscos, y cientos de obras de las cuales somos responsables de que nuestros hijos las puedan contemplar.
            -Yo no he visto nunca ninguna de esas obras –replicó el miliciano.
            -Yo sí.
Interrumpió de repente un hombre, a quien nadie había escuchado decir nada en todo este rato. Todas las miradas se volvieron hacia él. El hombre, de aspecto humilde, ropas andrajosas, barba de tres días, se mostró tímido y azorado, apretando la boina entre sus manos.
-Una vez fui al Prado, cuando era pequeñito… No me acuerdo de casi nada, me llevó mi madre. Pero recuerdo las Meninas. Eran… eran inmensas. Parecían como si las figuras fueran de verdad. Era… como una fotografía.
De nuevo una piedra generando ondas en el estanque. Cuando sintió que el suceso había producido el efecto deseado, Azaña habló de nuevo, dirigiéndose a su primer interlocutor.
-Esto mismo es lo que le estoy diciendo. Comprendo que usted no pudiera ver esas obras. Seguro que no tuvo tiempo para desarrollar su educación, porque tuvo que trabajar desde pequeñito para sostener a su familia. Quizá porque nunca tuvo dinero para viajar, porque costaba mucho conseguir un pedazo de pan. Pero ése era nuestro sueño. Por el que luchamos todos, antes y ahora. El sueño de la República. Que todos los niños pudieran aprender y estudiar. Que pudieran hacerlo porque no tuvieran que preocuparse de que en su casa hubiera un plato en la mesa, porque éste se daba por descontado. Es el sueño que buscábamos. Ahora mismo, están cayendo las bombas encima nuestra, y si aterrizara una aquí mismo, estas obras se perderían para siempre. No deje que esto pase. Deje que esos niños del futuro tengan esa oportunidad…
El miliciano se estaba guardando la rabia, y el dolor, y las lágrimas dentro de los ojos, y la nariz, y del pecho, mientras el aire le brotaba furioso de las fosas nasales. El presidente se lo agradeció con la mirada, y volvió la vista hacia el resto. Las miradas de los milicianos eran de una mezcla de resignación, estupor, impotencia. Uno de los que estaba apoyado en el camión se retiró. Otro se fue bajando. A cada uno que descendía, Azaña le ofrecía la mano, le daba personalmente las gracias, cosa que también hacía el ministro de Estado, y también, con un apocado movimiento de cabeza, Pérez Rubio. Azaña, mientras tanto, no paraba de hablar.
-No saben ustedes lo que significa esto. España recordarán este gesto. Intentaré que les sea lo más sencillo posible obtener un transporte. A ustedes y a todos los que ahora mismo andan en este difícil trance. La patria tendrá en cuenta su dedicación. Este gesto, sépanlo ustedes, se estudiará en las escuelas. Se recordará siempre.
Los que se bajaban no respondían nada. Si acaso, agradecían las palabras con un movimiento de cabeza, o en cambio callaban, quizás porque no querían expresar su opinión acerca de si –después de tres años de guerra e ilusiones perdidas- realmente creían que la Historia se acordaría de ellos. Los más voluntariosos ayudaban a desplazar a los heridos. De los edificios salieron operarios que metieron, a toda velocidad, dentro del camión, grandes cajas y embalajes que contenían las obras del Museo del Prado. Alguna se veía que había sufrido cierto desgaste, incluyendo manchas oscuras que reflejaban cómo los bombardeos les habían afectado. Mientras tanto, encima de todos ellos -también de Azaña estrechando la mano a todo el mundo-, seguía cayendo la lluvia. No había a mano ningún paraguas.
-Repito, muchísimas gracias. España no lo olvidará. Yo no lo olvidaré. Ahora me tengo que ir, señores. A mí también me espera una penosa travesía para atravesar la frontera –dijo señalando a los atestados coches de donde procedía-. Les deseo mucha fortuna. Merecen toda la suerte que el azar pueda darles. Que a todos les vaya bien.
Azaña se alejó, junto con el ministro y Pérez Rubio, en la oscuridad de la noche. Los operarios terminaron de cargar el camión. El hueco (ahora lleno de cajas) del espacio para la carga, donde antes se hallaban ellos, contemplaba a los milicianos todavía incrédulos, observando el interior del camión desde el suelo. Las compuertas se cerraron. El retén fue eliminado, y la comitiva de coches arrancó. Los camiones se alejaron. Los milicianos se quedaron mirándolos, alejándose de ellos. Observados desde del camión, los milicianos abandonados hubieran dado al principio la impresión de un grupo de pequeños animales de quienes se alejaban volando sus madres. Más adelante, sin embargo, se volverían puntos cada vez más pequeños, hasta que no pudieran distinguirse del paisaje.
Desde el horizonte de la carretera, los que se habían quedado abajo parecían muy aislados. Muy perdidos. Muy solos.


Se pusieron a un lado de la carretera, para comprobar si veían algún camión pasar…

miércoles, 1 de marzo de 2017

El libro y la historia real de marzo: "A sangre y fuego", de Manuel Chaves Nogales. Una visión de la guerra civil.

Manuel Chaves Nogales es considerado, por muchos, el mejor periodista de la historia de España. Alguna vez hemos mencionado en este blog "El maestro Juan Martínez, que estaba allí", un tragicómico relato de las andanzas de un cantaor de flamenco durante la revolución rusa, a medio camino entre el surrealismo (la pregunta clave: "un cantante flamenco, ¿es un proletario?") y el realismo más crudo y descarnado. Y menciono esta obra porque, entre otras cosas, revela alguna de las pinceladas clave del trazo de Manuel Chaves: una especial ojo por las situaciones controvertidas, difíciles de encasillar; el intento de darle voz a aquellas personas a las que normalmente nadie hace caso; y, en especial, una apuesta por el individuo corriente, por el hombre que sufre, por quienes peor lo pasan -que son normalmente los inocentes- en todas las guerras.

Manuel Chaves Nogales se define como "pequeño burgués, liberal" y, esencialmente, "democrata". Cuando llega la Guerra Civil, se compromete desde el primer momento con el orden legal establecido y, esencialmente, con la verdad. Localizado en Madrid, su periódico lo ocupan las brigadas comunistas y se pone a trabajar con ellos, aún dejándoles bien claro que no le gusta su doctrina porque él aborrece de todas las dictaduras, "hasta la del proletariado". Según el periodista, los comunistas que le supervisaban anotaron su objeción, disintieron por supuesto de su punto de vista, nunca interfirieron en su trabajo y cuando se despidieron (cada cual de camino a su particular huida) seguían sin estar de acuerdo, pero lo hicieron con un apretón de manos. Dicen que a veces los grandes hombres -y en concreto los grandes periodistas- se forjan en las grandes hecatombes. A Manuel Chaves Nogales le pilló uno de los momentos más duros de ésta, nuestra Historia tan particular, en primera línea así que, para su desgracia, tuvo la oportunidad de desplegar todo su talento, cosa que hizo nada más terminar la guerra en "A sangre y fuego", una serie de relatos desde el mismo interior de la guerra narrado a partir de experiencias recogidas, y también un cierto enfoque literario. Subtitulado "Héroes, bestias y mártires de la guerra civil", Chaves Nogales aporta un punto de vista que no pueden dar un Hemingway o un Cappa, quienes no tenían a su familia, su entorno y todas sus coordenadas vitales en riesgo, y no conocían los complicados entresijos que implica, como una maldición mitológica, ser españl. Una problemática que tuvo que vivir en sus carnes Chaves Nogales quien, como muchos de nosotros, seguramente a veces hubiera preferido nacer noruego o antártico.

"A sangre y fuego" incide en algunos lugares comunes que todos conocemos: que la mayor parte del ejército se puso de manos de los sublevados, mientras que el bando republicano contaba con muy pocos militares profesionales, quienes se desesperaban al ver cómo campesinos y obreros trataban de hacer de soldados, pero eran incapaces de mantener el mínimo orden y disciplina -a veces por falta de entrenamiento, otras porque todo lo que sonara a militar les provocaba un sarpullido, y en general, porque todo lo que habían aprendido se volatilizaba como el humo en cuanto les invadía el pánico al ver llegar a los tanques-. No se llega a afirmar del todo, pero se insinúa aquello que han confirmado historiadores posteriores acerca de que las matanzas en el bando nacional estaba orquestadas desde la cúpula (en un relato se narra cómo "el señorito" inicia la partida como si se tratara de una batida de caza, en la que participa incluso el cura, fusil en mano), mientras que las del bando republicano procedían en su mayoría del desorden reinante, de las cuadrillas de bandidos que aprovechaban para hacer su agosto, o de los fanáticos ideológicos que se desentendieron de la guerra para hacer su propia depuración; factores todos estos que el legítimo gobierno de la República no era capaz, en su impotencia, de controlar, ante el desbordamiento de tantos frentes tan abigarrados. También nos narra la angustia de los sitiados en Madrid, aterrorizados ante el anuncio del general golpista Queipo de Llano de que dentro de la ciudad hay miles de personas con las que colaboran, la llamada "quinta columna", lo cual genera una matanza histérica en busca de espías ("Nunca una frase", diagnostica Chaves Nogales, "generó tantos muertos"). Aunque, desde luego, hay estopa para todos: desde el comisario político que permite que fusilen en la cárcel a varios cientos sin juicio previo -incluyendo entre ellos su padre-, hasta los rebeldes que utilizan restos de los cadáveres de sus enemigos como trofeo y para regalarlos a quien los quiera conservar. Por último, también hay espacio para la tolerancia, la solidaridad, la compasión entre hermanos enfrentados: desde el señorito fascista que perdona la vida al maestro de escuela y es arrestado a causa de ello, hasta la camarera de hotel socialista que presta los medios para escapar a uno de sus falangistas clientes, quien luego, tal vez, tendrá o no ocasión de devolver el favor que hicieron en su día por él. Y, por supuesto, se narran multitud de momentos en que es lo personal -más que lo ideológico o lo político- lo que prima las acciones y las lealtades en cada momento. Una historia muy fácil de imaginar para quien conozca a este pueblo.

Pero Chaves Nogales también nos ofrece una serie de anécdotas poco conocidas y hasta difíciles de asimilar. Situaciones que, de no mediar una guerra, serían hasta tronchantes. Como el manicomio donde a un lado se acumulan los locos fascistas, y al otro los republicanos, y como no pueden matarse a balazos, se disparan insultos de uno a otro bando. O la cárcel fascista en Sevilla, que de noche es el infierno, pero que en el día bulle de vida, salero andaluz, entretenimiento y arte. O el momento en que los republicanos, inermes al no disponer de estrategia militar, sacan a un general fascista de la cárcel y se obligan a diseñar la táctica del ejército rojo, custodiado por un miliciano a cada lado (como se pueden imaginar, huyó en cuanto tuvo la menor oportunidad). O el estrambótico escenario en que se convirtió el Cuartel de la Montaña tras ser conquistado por los obreros, quienes se pusieron a rebuscar entre las antiguallas militares y acabaron armados con estoques de esgrima y medievales cascos. De esta manera, con esta óptica tan particular, Chaves Nogales nos cuenta una historia de la guerra civil que incluye muchas más cosas, entre otros motivos, también porque esta guerra es también más que una guerra civil.

Chaves Nogales sufrió también en sus carnes la maldición de vivir en un país que tan inspiradoras historias narraba. O, parafraseando a Pérez-Reverte, le ocurrió como a Cervantes, que si hubiera sido francés hubiera vivido mejor, pero si hubiera sido francés no hubiera conocido tan en profundidad la traición, la mediocridad y ignominia, por tanto no hubiera escrito el Quijote, y nunca hubiera sido Cervantes. A París precisamente marcha Chaves Nogales al ver que la guerra, para la legítima República, está perdida. Allí, nada más tiene la oportunidad de aposentarse, se sienta delante de su máquina de escribir y enfebrecido martillea a toda velocidad las teclas, como si fueran gatillos, para escribir los relatos; los manda a publicar y marcha a continuación, con inmediatez, en dirección a un ignoto exilio. No era un destacado izquierdista, todo lo contrario. Pero tampoco era fascista, y se denominaba a sí mismo libre pensante, algo que, a ojos del nuevo régimen, era mucho más que peligroso. Por eso, toda su obra literaria y periodística queda enterrada durante los cuarenta años posteriores; tan sólo sobrevive la biografía de Juan Belmonte, y eso porque el homenajeado era un torero. Hoy en día existe un intento de revitalizar su figura a través de la publicación de sus más destacadas piezas. Quizás el mejor tributo que se le pueda rendir a Chaves Nogales sea que, en un país que en gran medida se sigue peleando (en eso no hemos cambiado mucho), al menos observe que las voces neutrales e independientes tienen la oportunidad de expresarse. Que es, después de todo, el mejor legado que un periodista honesto quiere ofrecer.

lunes, 9 de mayo de 2016

La historia real y la película de mayo: "Mi hija Hildegart"

Las relaciones entre padres e hijos (y entre madres e hijas) han dado lugar a toda clase de situaciones, algunas de ellas bastante enfermizas. Cabría esperar que después de figuras como Nerón, Norman Bates o los Borgia (aunque los rumores acerca de éstos hayan sido muy exagerados), deberían habernos curado de espanto respecto a las relaciones paterno o materno-filiales. Y no obstante, todavía cabe espacio para las sorpresas, al menos para aquellos que no conozcan esta historia, que con el paso del tiempo se ha ido olvidando de la memoria colectiva: es el caso de Aurora Rodríguez Carballeira y su hija Hildegart.

Hay que decir que, a veces, la vida y la literatura realizan extraños retruécanos en una macabra danza. Ya en 1902, Miguel de Unamuno había publicado una historia vagamente similar, Amor y pedagogía. La novela trata sobre un hombre que trata de criar al hijo perfecto utilizando las normas de las modernas teorías pedagógicas tan en boga en aquella época y -como se veía venir- le acaba convirtiendo en un desgraciado. La obra tiene varias características peculiares: se trata de un ataque de Unamuno al pensamiento positivista (una tendencia del escritor vasco afincado en Salamanca que no siempre tenía sus aspectos beneficiosos: recordemos aquel famoso "Que inventen ellos" cuya filosofía ha lastrado el gran medida el desarrollo científico en nuestro país, o al menos le ha servido de tapadera) y tuvo problemas con su longitud frente al editor, quien consideró que era una obra demasiado corta para poder publicarse. Por tanto, lo que Unamuno hizo, para no añadir una sola coma al texto (en una postura en la que estoy completamente de acuerdo: cada historia debe durar lo que debe durar) fue añadirle un "Tratado de cocotología" que se mencionaba de pasada en la obra y que Unamuno desarrolló expresamente para poder cumplir con las exigencias editoriales. Hay que decir que no le debió costar mucho, ya que "cocotología" es una forma elegante de nombrar a la disciplina que se dedica a hacer pajaritas de papel, una afición que a Unamuno le encantaba y practicaba cada vez que podía, incluso dando clase (algunas de las pajaritas que creó se exponen en la Biblioteca Nacional).

La historia de Hildegart, sin embargo, pierde su gracia cuando sabemos que es real. Todo comienza con su madre Aurora. Ésta no recibió una educación formal, sino que aprendió de manera autodidacta a partir de la lectura de los libros de la biblioteca de su padre, un hombre cercano a las ideas progresistas y de izquierdas de la época. Uno de los hitos que marcaron la existencia de Aurora fue que, desde que cumplió dieciséis años, tuvo que hacerse cargo del hijo de su hermana soltera, a quien comenzó a aleccionar en el estudio de la música. Más tarde, su hermana se llevó al niño a Madrid, donde se convirtió en niño prodigio y un músico destacado. Esto le afianzó la idea a Aurora de que ella sería excelente criando a un niño, pero quiso llegar más lejos todavía: pretendía tener una hija que fuera educada para cambiar el mundo, que revolucionara la sociedad en general y los derechos de la mujer (materia que para Aurora tenía mucha importancia) en particular, y que pudiera llegar todo lo lejos posible en esa revolución, cosa que su madre -carente de una educación reglada- no era capaz de hacer. Con ese propósito, buscó un padre que fuera únicamente el "sustrato biológico óptimo" para engendrar a su hija, y la educó desde el principio para que se convirtiera en la mujer perfecta, "la mujer del futuro" que ella debía ayudar a traer al resto del mundo. Todos los esfuerzos de esta madre fueron realizados para tal fin: desde la elección del nombre (que según la madre significaba "jardín de sabiduría" en alemán, aunque parece que los germanoparlantes no estarían tan de acuerdo) hasta una educación esmerada, en la que ella fue la única que invervino, pues ni tan siquiera permitió al padre ejercer influencia alguna sobre la niña. Hildegart se convierte en una joven precoz, librepensadora, progresista, de ideas de izquierdas, que la llevan a publicar artículos a muy temprana edad (alrededor de los doce años) y, en poco tiempo, formar parte destacada del PSOE y de la UGT (eran los tiempos de la efímera II República Española). En medio de esta eclosión de nuevos movimientos e ideas, Aurora se convierte en un adalid de los derechos de la mujer y, cuando se crea una Liga Española por la Reforma Sexual (presidida por Gregorio Marañón), nadie duda que Hildegart debe tomar parte destacada en ella. Así que, hasta lo que hemos contado, parece que el experimento de su madre Aurora salió bastante bien.

Hay algo de antinatural, de desafío a los dioses, el tratar de generar "el más..." o el "..." perfecto (rellénese en puntos suspensivos lo que se prefiera), y más cuando esos superlativos se aplican a humanos. La experiencia nos ha enseñado que lo único que puede llegar a ser perfecto es la imperfección, aunque parece que, periódicamente, nos esforzamos en olvidarlo. Aún así, para el observador imparcial, la autoimpuesta misión de Aurora parece una tentativa con un riesgo bastante alto de tener que afrontar el fracaso: en el siglo XX, hemos visto hundirse al barco que no podía hundirse, repetirse la guerra "que debía acabar con todas las guerras", hemos sido testigos de la caída, en una década, de imperios que debían durar mil años, y hemos contemplado promesas varias de honradez disolverse en un turbio pozo de corrupción y mentiras. Nada es eterno, nada es perfecto: ese hecho parece que debemos asumir y es con lo que trabajamos, aunque no tenga por qué ser sinónimo de la palabra conformismo y debamos, siempre que nos sea posible, tratar de acercarnos legítimamente a la perfección. No obstante, en el caso de los experimentos hechos con humanos (como éste que pretendía realizar con Hildegart Aurora) existe el problema de que puede ocurrir que los resultados del ensayo tengan opinión propia. Y ésta no tiene por qué coincidir necesariamente con la de su creador.

Lo cierto es que Hildegart estaba teniendo éxito, quizás demasiado. Sus ardientes publicaciones se vendían, estaba en contacto con intelectuales como Havelock Ellis o H.G. Wells (del primero sirvió como traductora), que la incitaban a que fuera a Londres a trabajar para difundir sus ideas. Aquello inquietó a la madre de Hildegart. ¿Que su hija se separara de ella, de Aurora, que era quien la había construido, diríase edificado con sus propias manos? Lo cierto es que la relación entre Hildegart y su madre se estaba volviendo tensa, por no decir explosiva y, por no decir más claramente, hasta un punto tenebrosa. ¿Los motivos? En la película (sobria, contenida, cargada de momentos dramáticos merced a unas muy logradas interpretaciones) que en 1977 dirige Fernando Fernán Gómez sobre el tema se apuntan unos cuantos factores relacionados con teorías que se especularon en el momento. Desde la posibilidad de que Hildegart pudiera estar enamorándose, en contra de los deseos de su madre (¡ella, la adalid de la revolución sexual, sentirse atraída de manera convencional por un hombre!), hasta -y esto parece ser el factor fundamental- los temores de Aurora a que una conspiración internacional quisiera arrebatarle a su hija para llevársela a Londres y de esa manera imposibilitar su vital trabajo para conseguir un cambio en la sociedad. Todo esto suena un poco a paranoia y, de manera muy probable, lo era. De hecho, muchos apuntan a que, simplemente, Aurora no soportaba que esa "escultura hecha carne" -como llegaron a llamar a Hildegart- se atreviera a llevarle la contraria, y cuando la libertad con la que Aurora la educó la llevó a expresar opiniones y objetivos distintos a los de su progenitora, incluyendo la posibilidad de separarse de ella (al final, nada más clásico y rutinario que una hija que quiere independizarse de su madre), Aurora decidió que aquella "escultura imperfecta", aquel experimento que no había salido exactamente como ella pretendía que fuese, era simplemente un fallo y que era mucho mejor eliminarlo. En la película de Fernando Fernán Gómez, Aurora aparece justificando sus acciones y gestando elaborando teorías para explicarlas, mientras que la defensa en su juicio se basa en argumentar que su cliente está loca y que sólo así pueden entenderse sus actos. ¿Defensa, juicio?, preguntaréis. Sí, efectivamente, Aurora fue a juicio porque, una noche, decidió acabar con su palpitante obra y le disparó cuatro tiros a Hildegart que terminaron con su vida. Para Aurora, había salvado a Hildegart de que una conspiración internacional tratara de corromperla para volverla contra su causa; para el resto del mundo, se había cercenado la vida de una joven que, con un poco más de flexibilidad, hubiera prometido mucho y, sobre todo, se había cometido un crimen atroz. Uno de los más abyectos que la sociedad, por definición, tiende a juzgar dentro de la misma.


En efecto, hubo juicio y, con lógica, Aurora fue condenada. Fue ingresada en el centro psiquiátrico de Ciempozuelos, y allí se le perdió la pista. Tanto, que había dudas sobre si, en el descontrol de la guerra civil unos años después, hubiera podido ser liberada y campara a sus anchas en el mundo exterior. No obstante, hace unos años se encontró su ficha y se confirmó que Aurora nunca abandonó el psiquiátrico, acabando su días allí. Con ella, terminaba toda prueba física de uno de los experimentos más extraños que jamás se diseñó y que, como casi todas las gestas idealistas que son llevadas al límite (desde las legendarias historias de los caballeros de la Tabla Redonda hasta las revoluciones comunistas del siglo XX), acaban feneciendo víctimas de sus propias flaquezas y huamnso errores y se tornan a veces en pesadillas peores que las que pretendieron aliviar. La historia de Aurora y de Hildegart es, una vez más, la historia de Ícaro: lo cual, sin embargo, no debería provocar que nos abstuviéramos de volar.