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lunes, 14 de septiembre de 2026

Los libros de septiembre: obras de misterio con un toque original.

Os recomiendo, en esta sección mensual, en esta ocasión, unas pocas obras de misterio con un componente de originalidad:

-Perspectivas, de Laurent Binet. Tenemos una novela de misterio ambientada en la Florencia del Renacimiento tardío: un pintor ha aparecido asesinado en su casa, el crimen parece ligado a unas impactantes pinturas encontradas en su taller, y el duque Cosme de Florencia le encarga a Giorgio Vasari (el famoso artista e historiador de la época) la resolución del asesinato. ¿La originalidad? Está escrito en su totalidad a base de cartas, tanto entre gente común como entre algunos de los personajes más relevantes de la época: Catalina de Médici, un anciano Miguel Ángel Buonarroti, el escultor Cellini (autor de un Perseo situado hoy en la Plaza de la Signoria de Florencia que tenéis que ver: sobre todo, para encontrar el retrato del escultor en la nuca de la estatua), los pintores y sus ayudantes, el propio Vasari y sus colaboradores en la investigación... Aunque algunas misivas pueden resultar inverosímiles, no puede negarse que mantiene la tensión entre dos mundos obligados a convivir: las intrigas de corte entre Francia e Italia, y el universo particular de los brillantes artistas de Florencia.

-La trilogía del Comisario De Luca. Carlo Lucarelli se apunta a la fórmula que consiste en asociar a un detective (en este caso, el comisario De Luca, un hombre obsesionado por resolver misterios, a pesar de las asfixiantes circunstancias que le rodean) y una ciudad, Bolonia -en mi opinión, una ciudad estupenda para visitarla-. La clave aquí es el período histórico: su trilogía comienza en el período en que los Aliados acaban de conquistar Italia durante la Segunda Guerra Mundial -y donde van cayendo a trozos las estructuras generadas por el fascismo- y termina en la temprana posguerra, cuando los depurados por haber contribuido al funcionamiento del fascismo -como es el caso de De Luca- vuelven a incorporarse a la sociedad civil. En ese sentido (y como ocurría en la fantástica "La noche de los generales"), el contexto es casi más importante que el misterio, y es donde el personaje de De Luca gana profundidad. Muy buena lectura de fondo si tenéis la oportunidad de visitar Italia, o también si queréis viajar desde vuestra casa.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

lunes, 25 de agosto de 2025

El relato de agosto: "Final alterado" (primera versión)

 “Un lector vive mil vidas antes de morir. Aquel que nunca lee vive solo una.”

                                               George R. R. Martin. Danza de dragones

 

Basado en una idea original de @agmayan.bsky.social

 

                Todo empezó como suelen comenzar tantas cosas: de manera inadvertida, a la manera de anécdota. Dos amigos discutiendo sobre las diferentes interpretaciones del final de un libro: la discusión va subiendo de nivel, hasta un momento en que se vuelve hasta agresiva. De repente, el grupo de compañeros (un poco harto de aquella situación, porque el plan original era irse a comer unos helados) interviene y alguien pregunta:

                -Pero a ver, exactamente, ¿cuál es el final?

                Uno de los interlocutores de la discusión se lo explica. El otro replica, furibundo:

                -¡Pero no!¡Así-no-es!-pronuncia de manera muy destacada cada palabra.

                Los dos debatientes vuelven esa tarde a sus casas para recuperar el ejemplar del libro que alojan en sus respectivas bibliotecas. Al día siguiente, los dos aparecen en la reunión grupal mostrando los ejemplares que les dan la razón… a ambos.

                Como eso no es posible, los amigos miran la última página de sendos libros: y, en efecto, no se trata del mismo final.

                -¿Pero esto qué es?¿Una errata?-pregunta una chica.

                -No sé si una errata puede consistir en varios párrafos -argumenta otra.

                -Me está empezando a recordar a la historia de “La naranja mecánica”. Eso de que el libro original tenía un último capítulo adicional que el editor borró y que, según el autor, cambiaba todo el sentido de la historia. De hecho, Kubrick hizo la película a raíz de esa versión amputada, de la que el escritor siempre renegó.

                -A ver, no nos desviemos del tema. ¿Cuál es el libro “de verdad”?-intervino uno de los contendientes en la discusión-. O dicho de otra manera, ¿cuál es la versión “buena”?

                -Esto ¿dónde se mira?¿En Internet o…?

                -En Internet te puedes encontrar cualquier cosa. Le preguntas a ChatGPT y te da dos finales alternativos. Mejor vamos a una biblioteca.

                Pero ahí es cuando llegó la sorpresa mayor: porque encontraron las dos versiones del mismo libro. Aparentemente la misma edición, misma portada, todo igual… salvo el final modificado.

                -Gente, esto sí que hay que subirlo a Internet. Debe de haber más gente que lo haya visto. Y, si no, esto tienen que saberlo.

                La cuestión es que, cuando la verdad emergió (a través de redes sociales primeros, y luego foros, tertulias, programas de televisión), se dieron cuenta de que no se trataba exclusivamente de ese libro o de aquella edición. Afectaba a un gran número de textos: volúmenes que habían empezado a aparecer y que tenían versiones duplicadas, donde la única diferencia era el final. Las editoriales decían desconocer el origen de aquel fallo, si se trataba de un error de impresión o de una modificación intencionada. En algunos casos, era difícil discernir a qué textos afectaba aquel fenómeno, porque, con mucha frecuencia, la gente tardaba horas en darse cuenta de que aquellas dos narraciones tan distintas que estaban comparando eran, en realidad, el mismo libro, sólo que con una conclusión tan reformada que parecían dos historias diferentes.

                En otras ocasiones, en cambio, eran los propios autores los que contribuían a la confusión, ya que, al ser interrogados por el asunto (que solía iniciarse con la pregunta: “¿cuál es el final de verdad?”), los escritores contrarreplicaban -incluso con cierto cálculo-: “¿Cuál te ha gustado más a ti?”. De hecho, no era raro que editores y agentes jugaran al despiste, sabiendo que la gente iba a comprar el doble de libros, tratando de desentrañar cuál era el punto y final auténtico. Aquello fue particularmente caótico en el caso de ciertas sagas con un fandom muy acusado, pues buena parte de las discusiones se centraron en cuál era el final oficial que debería incluirse en el canon de los libros, o si esas discrepancias (en ocasiones sutiles, en otras de calibre más grueso) iban a influir a la hora de plantear las secuelas de las diversas tramas.

                Aquello empezó a afectar no sólo a los libros modernos, sino también a los clásicos; en algunas circunstancias (con libros muy desconocidos de los que pocos eruditos recordaban los detalles), tuvo que recurrirse a expertos en literatura de variados campos para tratar, al menos, de fijar un texto definitivo que pudieran seguir los estudiantes. En otras ocasiones, como con el último párrafo del Quijote, hubo arduas discusiones -sobre todo entre la escuela europea y la americana- sobre si el nuevo era o no mejor final. Con el tiempo, llegó a haber versiones duplicadas de las páginas relativas a las sucesivas obras, en enciclopedias físicas o digitales. Durante meses, se extendió el temor a que esto afectara también a los productos audiovisuales, y de repente se duplicaran películas y series, modificando completamente el sentido de los spoilers, y abriendo divergencias infinitas e irreconciliables entre los fans

                Sin embargo, con lo que más se terminó de volver loco todo el mundo fue con la declaración, desde una organización desconocida (y hasta entonces secreta) que proclamó que la culpa de las variaciones entre los libros era cosa suya y que aquello, lejos de ir a menos, iba a continuar.

LEE EL SIGUIENTE RELATO (aún por publicar)

sábado, 1 de junio de 2024

Los libros son para el verano: unas recomendaciones literarias rápidas

Para que no digáis que os faltan libros de cara al verano o al curso (escolar/laboral) que viene, unas cuantas recomendaciones cortas de libros variados:

-Relatos de diez mundos, de Arthur C. Clarke, es una variada exploración de muchas de las posibilidades de la ciencia ficción a partir de uno de sus mejores narradores. En casi todos, sin embargo, la Tierra resulta fundamental -porque ¿qué viajero es aquel que no mira de reojo siempre a casa?

-La gran serpiente, escrita por Pierre Lemaitre cuando no se había hecho tan famoso y no le publicaban con facilidad las novelas, fue su última incursión en la novela negra, y quiso hacerlo apoyándose en la historia de Francia (un pasión con la que luego prosiguió), el poder de la casualidad, y abundantes dosis de humor negro. 

-Una escritora en la cocina, de Laurie Colwin. Normalmente no me animaría a hojear lo que, en buena medida (pero no toda: cada capítulo trata sobre un aspecto del mundo culinario), es un libro de recetas de cocina, salpimentado de opiniones personales de la autora sobre el noble arte de la gastronomía. No obstante, Colwin lo hace con tanto entusiasmo, dedicación, y (por qué no decirlo) elegancia, que leerlo se convierte en una delicia. Incluso los que sólo revisamos las recetas en diagonal -a pesar de que, dentro de ellas, encuentras frases interesantes-, o diferimos de su opinión sobre la comida inglesa, podremos encontrar deleite en sus páginas, trufadas de tanta ironía como amor por la comida.

-El periodista español Xabier Moret fue invitado por un amigo a pasar un rato en Islandia, mientras terminaba una novela. Fruto de su aprendizaje sobre el país nació La isla secreta, un libro ideal para aquellos que quieran empaparse acerca de esta desconocida y sorprendente región del mundo, e ideal para quienes pretendan informarse de cara a una visita. Por otra parte, Moret creyó necesario volver a este territorio de hielo y fuego para contar no sólo cosas que le faltaban, sino cómo atravesó Islandia la crisis de 2008, y lo expuso en Islandia, revolución bajo el volcán, que resulta un buen complemento. Y, hoy en día, en que somos testigos de cómo las burbujas inmobiliarias amenazan con repetirse porque no aprendemos de nuestros errores, no resulta nada desactualizado.

-Adiós, muchachos son una especie de memorias de Sergio Ramírez, escritor (autor de, entre otros, un libro estupendo llamado "Sara", donde reivindica desde un punto de vista feminista a este personaje de la Biblia) que llegó a ser vicepresidente de Nicaragua durante la revolución sandinista. Ramírez narra el período en que el Frente Sandinista se preparó para tomar el poder frente a la dictadura de Somoza, lo logró, y cómo administró el país para llevarlo a una democracia en la que, más adelante, perdieron el poder tras un mal resultado electoral. Es complicado narrar la propia historia de un movimiento cuando tú mismo estás inmerso en él, pero da la sensación de que Ramírez trata de ser sincero tanto en la bondad de las intenciones de la revolución como en sus fracasos a la hora de conseguir sus objetivos, incluyendo las luchas de poder dentro del sandinismo y sus aliados, los errores a nivel político y económico o el reconocimiento de que hubo cosas que pudieron hacerse mejor. Y por eso, aunque sin duda es una versión subjetiva y seguramente influida por cuestiones que ocurrieron a posteriori, merece la pena echarle un vistazo a la intrahistoria de esta peculiar revolución.

lunes, 15 de abril de 2024

El libro de abril: "Grupo de apoyo para Final Girls", de Grady Hendrix.

¿Sabéis estas películas del genéro slasher donde un asesino monta una masacre en un campamento, un instituto, otro lugar cargado hasta los topes de adolescentes, hasta que una chica -a ser posible rubia y que se ha pasado todo la cinta pegando chillidos- se lo carga? Pues bien, a esta joven que ha matado a su monstruo se la denomina Final Girl. Ahora imaginaos que estas historias fueran reales. Que hubiera habido varios casos de esta clase de matanzas en los años ochenta y noventa (con hacha, con motosierra, con útiles de labranza) y esas muchachas hubieran sobrevivido. ¿Qué sería de ellas?¿Adónde habrían ido? Ése es el punto de partida de "Grupo de apoyo para Final Girls".

Esta novela, en cierto sentido, es el equivalente a Watchmen para las películas de asesinos tipo Viernes 13, La matanza de Texas, Scream o Pesadilla en Elm Street, a las que parodia, homenajea, copia, reinventa o como prefiráis denominarlo. Se imagina un mundo alternativo donde estas Final Girls son reales, se han hecho famosas, han hecho películas sobre sus vidas (el libro está plagado de críticas cinematográficas y recortes de artículos o periódicos sobre sus hazañas, ya sean "reales" o sobre papel de celuloide) y por supuesto se hallan tan traumatizadas que han acudido durante décadas a un grupo de apoyo psicólogo, con miedo a que un nuevo monstruo las vaya a en cualquier momento a intentar descuartizar. Hasta que, por supuesto, el momento llega. No me digáis que es un mal inicio.

Para hacer un libro como éste, hacen falta muchas dosis de humor negro, algo de gore (quizá bastante gore) y mucha adrenalina, la cual justifica que lleguemos a perdonar momentos en que la trama, para poder avanzar, caiga en una serie de incoherencias e inverosimilitudes (por ejemplo -puedes saltarte el paréntesis si no quieres leer spoilers-: ¿por qué la protagonista, a pesar de no ser "una Final Girl de verdad", es admitida en el grupo?; ¿cómo es posible que, a pesar de que la muchacha cree que alguien quiere matarla, se aproxima a todas las personas que le importan, poniéndolas en peligro?¿Y cómo puede creer que la mejor idea posible es siempre que puede meterse en la boca del lobo, junto con las personas a las que pretende proteger, y a las que pone de modo constante al borde de la muerte? Fin de paréntesis). Sin embargo como en los mejores slashers, admitimos esos peccata minuta porque hay cuestiones más relevantes en juego.

Porque, además, esta novela también habla de temas importantes. Se pone intimista en ciertos pasajes. Habla del acto de vivir, de qué nos atemoriza hasta el punto de hacer cosas horribles, y de por qué motivos estaríamos dispuestos a salir de nuestra coraza. También trata sobre la sororidad (o de cómo las mujeres pueden fastidiarse la vida del modo más horrible unas a otras), sobre por qué nos gusta el género slasher y en qué aspectos del mismo deberíamos fijarnos a partir de ahora. En definitiva, una pequeña montaña rusa emocional, en ocasiones divertida y en otras un poco más reflexiva. No es mal plan para un libro de su género.

lunes, 1 de enero de 2024

Una ronda de libros para enero: recomendaciones para regalos de Reyes

Unas cuantas recomendaciones de regalos de Reyes, ya sea para otros... o para vosotros mismos, que el amor bien entendido siempre empieza por el cariño a uno mismo. Espero que alguno os cuadre:

-Conquistadores secundarios. Muchos conocéis a Javier Traité (yo en concreto lo hice a través de El condensador de fluzo; por cierto, su estilo de escritura me recordó mucho a sus participaciones en el programa), pero quizá no sepáis de este divertidísimo libro en el que este autor escudriña a aquellos conquistadores que -más allá de Colón, Cortés y Pizarro- invadieron, saquearon y esquilmaron poblaciones al mismo tiempo que se perdieron, se tragaron toda clase de embustes y pasaron más hambre que el perro de un ciego. Cargado de ironía a la par que inspirado en las crónicas oficiales (las cuales con frecuencia pone en cuestión), nos muestra que la conquista de América fue menos una epopeya que un conjunto de equívocos, disputas absurdas y obsesiones -sobre todo, alrededor del oro- donde los españoles se comportaron de manera tan indómita como idiota. Hilarante a la vez que instructivo.

-Historia irreverente del arte. El título del libro de Alberto Garín (subtitulado "De la caída del Imperio Romano de Occidente al final de la Edad Media") conduce en parte a equívoco. Porque no se trata de un texto que se tome a mofa el mundo del arte: al contrario, lo que hace es irse a las razones básicas por las cuales los distintos movimientos artísticos adoptaron ciertas maneras. Explica el origen de cúpulas, arcos ojivales o variaciones de la planta de las iglesias en función de las intenciones políticas, sociales y religiosas de las personas que ordenaron edificar estas estructuras, así como de la influencia mutua que los diferentes pueblos iban ejerciéndose entre sí. Un libro muy ilustrador acerca del origen de determinados conceptos, si bien la parte del románico (a lo mejor es porque no soy un fan de este estilo), o las genealogías de determinados reinos, no resultan tan interesante como otros apartados.

-El asesinato de mi tía. Richard Hull fue ayudante de Agatha Christie, y se nota conforme uno lee esta novela, repleta de sutil ironía, implacable humor negro y un poco de ridículamente cómico costumbrismo británico. El argumento: el protagonista es un tipo perezoso, esnob y mezquino que depende por completo (a nivel económico) de su tía, insufrible, metomentoda y tan mezquina -a tenor de lo que cuenta su sobrino- como él. Entre ambos irritantes personajes tiene por fuerza que haber choques, pero llega un momento en que el protagonista considera que la única manera de resolver la situación es desembarazarse de su pariente. Sin embargo, va a comprobar que cometer un asesinato no es tan sencillo como uno hubiera imaginado. Para amantes del humor macabro y con un punto perverso.

lunes, 4 de abril de 2022

El libro de abril: "En la noche de la ciudad sin náufragos"

Buenas a todos. Hoy traemos novedad literaria. He colgado para la venta en Amazon (a un precio barato, barato) un libro que tenía pendiente desde hace tiempo y que no quería publicar ahora, y tampoco del modo en que lo he hecho (muchos ya conocéis mi rechazo a ciertas plataformas), pero que tengo que sacarlo a la luz así porque no me queda otro remedio. Las razones las conoceréis en el prólogo del libro, el cual constituye tanto un canto de amor a la literatura como la declaración más honesta que leeréis sobre el mundillo literario en mucho tiempo. Sólo por leer ese prólogo, yo creo que ya merece la pena adquirir el texto.


Por lo demás, os contaré poco de la historia: se trata de una novela negra, ambientada en el futuro, pero no se trata de un tiempo demasiado lejano, sino una época en el que el cambio climático ha forzado un retroceso en la humanidad (también a nivel científico), de tal manera que el ambiente os recordará más al de los clásicos del noir que a distopías tecnológicas. Por lo demás, lo tiene de todo para ser considerada un miembro de pleno derecho del género: sus atractivos villanos, su femme fatale, y, como decía Jim Thompson, una trama donde la clave es que nada es lo que parece. Además, como las novelas negras a las que rinde homenaje, se hace eco de las inquietudes sociales de nuestro tiempo y, a pesar de que el argumento de la novela tiene más de diez años, diría que no ha perdido ni una pizca de actualidad: más bien, todo lo contrario.

Espero que os animéis a leerla y que os haga pasar un buen rato. Que la disfrutéis.

Un saludo.

Addendum: entendería que alguno no quisiera comprársela a esta plataforma. Entendería también que alguno la quisiera, pero no le llegara el presupuesto. En cualquiera de los casos, podéis hablar conmigo y lo solucionamos. Un saludo.

lunes, 17 de enero de 2022

La historia corta de enero: Para torturar a un hombre, debes conocer sus placeres

Para torturar a un hombre debes conocer sus placeres

El último día fue más largo que ninguno. El problema era que eso hacía que el mañana no llegara nunca. Por tanto, no habría día siguiente: jamás enviarían las pruebas de laboratorio. Nadie acudiría en busca de los testigos que no habíamos encontrado hoy. Teníamos la pista fresca en el suelo, pero carecíamos de la herramienta del tiempo que, en ocasiones, resulta tan útil en las investigaciones. No podríamos atrapar al asesino si éste había huido a más de una jornada de viaje. Menos mal que tenía la suerte de que el culpable era yo. Menos mal que había decidido, aquella mañana, detener la noche, para así imposibilitar que cualquier otro me capturara. Menos mal que soy un dios todopoderoso, olvidado del mundo, pero, aun así, capaz de ejercer mi poder destructor:
–Y a pesar de todo –escuché la voz del hijo de puta a mi espalda– te he encontrado…

Esta historia fue compuesta para la XIV Edición de Getafe Negro, en un certamen de microrrelatos cuyas bases indicaban que había que empezar por la frase "El último día fue más largo que ninguno", inicio de la obra de Stanislav Lem "La fiebre del heno".

lunes, 22 de febrero de 2021

El relato de febrero: "La grabadora"

 La grabadora

El día que me llamaron para comunicarme que mi padre había muerto, un extraño suspiro de alivio se exhaló (como a hurtadillas) de mi garganta. ¿Por qué? No sabría decirlo. La gente hace cosas que no entiende, dice frases de las que se arrepiente en un instante, y se dedica a tener sentimientos que se supone no debería añorar. Así que un suspiro de más o de menos da lo mismo. O, al menos, eso es lo que me empeñaba en transmitirle a mi cerebro, no sea que un día se arrepintiera y pretendiera pasarme factura por este delito oculto.

            Volver de nuevo a casa constituye una extraña mezcla de amargura y de anhelo por fin logrado: contemplar otra vez las paredes blancas y lisas, caminar por los cuartos de baño, hojear mis viejas revistas de ciencia acumuladas en el estante. Fue por ellas por las que me aficioné a lo que luego se convertiría en mi profesión, pero durante todo este tiempo se encontraban vedadas: ahora, sabiendo que nadie me observa, puedo volverlas a abrir. Y aunque persiste la sensación de que estoy cometiendo un pecado, al menos es uno que no será castigado por Dios. Yo sé que en esta casa, ya nadie me lo va a reprochar.

            El día que fui a reunirme con los responsables del colegio, ellos me trataron con toda clase de miramientos y una delicadeza inimaginable, como si temieran que una palabra fuera de tono o una insinuación hecha a destiempo fuera a hacer que me pusiese a llorar.

            -¿No… no quiere saber entonces cómo falleció su pa... su padr...?

            -Mire, mi padre era un histriónico, y lo que más le encantaba en el mundo era llamar la atención. Supongo que su muerte preferida hubiera sido arrojarse desde lo alto del campanario de la capilla mientras todos los niños formaban fila en el patio. Si no consiguió hacer esto, lo siento por él, que lo intente de nuevo la próxima vez.

            Doy vueltas por el dormitorio, y también por la cocina. Abro los cajones e inspecciono la alacena. Desde que mi murió mi madre, mi padre se ha alimentado básicamente de latas. Por eso la nevera se encuentra por completo vacía, de la misma manera en que lo está el dormitorio. No tiene sentido indagar mucho más. Retorno de nuevo al salón.

            Allí me siento sobre el sofá, donde en frente se encuentra solo un -cubierta de polvo la pantalla- inútil televisor, sobre el cual están situados unos cuantos libros. El resto del cuarto es un completo desastre: ropas invadiendo el suelo de acá para allá, como si consistieran en decapitados invasores de otro mundo. Sentarme sobre este sofá me trae recuerdos soterrados: al fin y al cabo, fue sobre este mueble donde perdí mi virginidad a los quince años. Una experiencia precoz para un matrimonio precoz; decía mi esposa (la del sofá) que a mí me gustaba vivir emociones intensamente. Quizás por eso tuviéramos un divorcio tan temprano. A los veintisiete años, he vivido más de lo que muchos pueden sospechar. Pero dejo de recordar viejas batallas. Hoy es la mañana definitiva de mi victoria: el día en que puedo afirmar que he alcanzado una total independencia de la figura fantasmal de mis padres. Puedo contemplarlo todo abstraído, sin ninguna sensación de alerta. Ya no hay nada que me pueda sobresaltar. Y en medio de este impúdico devaneo de ojos, transitando despreocupado de un sitio a otro, he encontrado un objeto, sobre la mesa en la que tengo apoyados los pies, que me ha llamado poderosamente la atención.

            Una grabadora.

            Es curioso, hacía mucho tiempo que no veía un bicho de estos. Los MP3 y otros artilugios similares los están sustituyendo, igual que el CD enterró al viejo y añorado LP. ¿Habrá algún idílico cementerio para este tipo de cacharros? En la época en que los manejaba, era muy arriesgado utilizarlos: en cuanto apretabas al REC, podía suceder cualquier cosa, sobre todo que grabaras encima de un registro anterior. ¿Será ese cementerio imaginario en el que he pensado el lugar donde van a parar las secciones de cinta borradas? Porque si es así, que alguien me lo aclare, yo tengo interés por recuperar algunas. Como aquel trabajo que redacté en el ordenador en primero de bachillerato sobre las carreteras de los romanos; aunque consiguiera rehacerlo después del apagón de luz, el estilo inimitable del original nunca llegué a igualarlo.

            Le doy vueltas a la grabadora, y finalmente, me atrevo a tocar, y me encuentro, ¡oh, voilá!, con una añeja cassette alojada en su interior. Qué milagro, y al mismo tiempo qué tétrico: un pequeño ataúd para voces muertas y enterradas (¿o tal vez sólo la segunda de las dos cosas?). Vamos a ver, creo que recordar que algunas solían tener, en sus caras, cintas adhesivas que explicaban qué es lo que almacenaban, eso si la tira magnética no se ha roto; después de todo, la grabadora parece bastante antigua, y el hecho de que mi padre la tuviera encima de la mesa en los días previos a su muerte tan sólo implica que la pudo reencontrar recientemente en un cajón olvidado. Reflexiono con cierta desgana sobre si merece la pena escucharla: no lo sé, pero al fin y al cabo, medito, ya no puede hacerme daño. Así que con un gesto vago, y sin la más mínima impresión de heroísmo, apretamos, sin pistas acerca de qué nos depara el destino, el botón de PLAY:

            Bueno, señor guardia, ahora que me encuentra usted en esta celda, no sé si cuando escuche mi historia me va a creer, o me va tomar por loca... Todo comenzó por unas zapatillas. Pero no unas zapatillas cualquiera, ¿eh?, unas zapatillas, ¡por seis euros!, ¿se lo imagina?, por seis euros, si yo me las encontraba habitualmente por cien, unas sandalias rojas, maravillosas, tendría que verlas, comodísimas, además muy fresquitas, dejaban pasar el aire por todos lados, y yo iba caminando por la calle, así, tan feliz, con mis zapatillas nuevas, y dando palmas por la acera al recordar lo baratas que me habían salido. Pero de repente, no sé por qué, me empecé a preguntar por qué me habían costado tan poco. Antes de que pudiera evitarlo, la imagen de un niño tailandés cosiendo balones, en lugar de jugarlos, se coló sin quererlo en mi mente. Y entonces, las zapatillas comenzaron a apretarme; al principio no fue nada, tan sólo, una simple molestia en los talones, pero luego el dolor creció hasta hacerse insoportable, las tiras se me clavaban hasta hacerme llagas, la incomodidad se fue haciendo más grande, como si con cada uno de mis pasos las zapatillas se estuvieran volviendo más y más pequeñas. Me estaban apretando, me estaban matando; a cada paso que daba, era como si pisara las agujas que manejaban los niños. Se me iban clavando en el alma, así que no tuve más remedio: me las quité, allí mismo, en mitad de la calle, comencé a caminar descalza, nunca pensé que encontraría agradable andar descalza por una ciudad tan asquerosa como la mía, incluso sentí alivio. Pero luego me di cuenta de que lo que comenzaba a apretarme de verdad eran los vaqueros; se hacían más y más estrechos, me agarrotaban la cintura y me impedían moverme, sobre todo a la altura de la etiqueta, y a pesar del reparo y el pudor, qué vergüenza, delante de todo el mundo, luchando contra la voluntad de los pantalones que no querían desprenderse, me los bajé, y cuando lo hice le eché un ojo a la etiqueta, y me fijé que ponía “Hecho en Bangladesh”. Luego, sentí mucho más prieta la camisa, se cernía en torno a mi cuello como si fuera un ser vivo, tanto que impedía respirar, así que me arranqué los botones, para recuperar el aire, y me la quité de golpe, hecha en Birmania, y luego el sujetador, fabricado en Corea, y el reloj manufacturado en Taiwán, y las pulseras en China, y fue entonces cuando me encontró usted, señor policía, caminando desnuda por la calle, y fue cuando me acusó de escándalo público, cuando hallándome vestida era cuando yo me sentía escandalizada. Aunque claro, eso sí, a ver quién le dice eso a un juez.

Bien, no ha estado mal (me dije a mí mismo), extraño, pero curioso, un testimonio que desde luego llama la atención. Me dedico ahora a inspeccionar la cinta adhesiva con los contenidos, a ver si averiguo de qué demonios va esto. El misterio sigue en el aire: se trata de una lista de unos cinco o seis nombres, en lápiz y medio borrosos, desgastados por el paso del tiempo. El primero, por supuesto, es el una mujer, tal y como indicaba la voz que tan cantarinamente me ha contado su historia. El que viene a continuación, según leo en la cinta, se trata de un hombre. ¿Qué hago, sigo adelante, o arrojo la grabadora hacia un lado? Al principio opto por la segunda opción, pero después recuerdo que no tengo nada que hacer, más que esperar a un entierro que aún tardará bastantes horas en celebrarse. Bien pensado, constatados los pocos cambios que han tenido lugar en mi antiguo hogar desde que me marché, éste será el único objeto que me hable con sinceridad en esta casa. Por eso, y tras temblarme por un instante los dedos, aprieto de nuevo el botón.

            Aquel día el hombre dijo: Estoy harto. Harto de que las salchichas las vendan siempre en packs de siete. ¿Qué pasa, es que alguien que se toma siete salchichas de una sola vez, para almorzar o cenar? No. Las venden en packs de siete, le explica a mi compañera, porque asumen siempre que se las van a comer un par de personas. Tres y media para cada uno, perfecto, y hasta tienen que compartir, qué romántico todo, pero, como siempre, nunca tienen en cuenta a las personas que estamos solas. Para la gente que estamos solas, todo es más difícil, todo es peor. El mundo está hecho para comprarlo en pareja.

       Qué extraño. Pese a constar en la cinta el nombre de un varón, a quien he escuchado hablar es una chica. Curioso misterio éste. El siguiente registro corresponde también a un hombre.

       Ahora ya tengo un poco más de interés por lo que me vayan a contar. Le estoy cogiendo el gustillo a este juego.

       Vamos a ver qué nos dicen.

       Soy un perdedor profesional. Probablemente esta ocupación les suene extraña, pero es la que yo he elegido, o mejor dicho, la que ella eligió para mí. Todo sucedió de una manera muy sencilla, pero muy extraña, como suelen ocurrir las cosas. Andas sentado en una mesa de ruleta, estás ahí jugando, perdiendo, como casi siempre, y de repente hay un tipo que se acerca y me pregunta, “¿Por qué continúa jugando, si no hace más que perder?”. Yo no le contesto. Estoy harto de esos capullos que lo quieren saber todo de todo el mundo, esa pregunta además me la han hecho oír demasiadas veces. Pero el hombre persiste, y me añade a continuación, “Usted sabe que va a ganar. Usted sabe que va a ganar en un momento determinado, y por eso no se marcha y permanece aquí”. Le devolví un gesto de desprecio, Anda, vete a la mierda, gilipollas, pero el tío se queda, y empieza a jugar. Se pasó todo el puto rato que estuvo en la mesa incordiando, susurrándome cosas al oído, martilleándome la cabeza con tonterías, hasta que me levanto para soltarle un grito, Mire, gilipollas, no hay ningún secreto, estoy aquí porque soy adicto al juego, y punto, déjeme en paz, pero antes de que pueda decir nada, el capullo adquiere un grupo de coristas dispuestos a su alrededor, todos con la firme idea de que detrás de esa ruleta está la vida, y que hay que seguir jugando porque, tarde o temprano, el premio –eso es seguro- va a tocar. Y en medio de la partida, dos matones me agarran de los hombros y me llevan ante el jefe del casino, que me dice, Veo que sabe usted atraer jugadores. ¿Le interesaría formar parte del negocio? Desde entonces, me he dedicado a convertirme en perdedor profesional del juego, en todas sus variantes y acepciones, naipes, ruletas y otras competiciones con bolita, e incluso, en el caso de un millonario excéntrico, el parchís. La gente parece sentirse atraída por ese apostador compulsivo que no se separa de la mesa ni aunque le peguen un tiro en los brazos. Y yo, encantado de que me paguen por algo que de común ya hacía gratis, sonrío y asiento encantado. Pero hasta un profesional como yo se cansa a veces de perder…

Y de nuevo hay un hueco, que significa que cambiamos de registro, en este caso no paro la cinta, sigo escuchando. Quiero ver qué es lo que me tienen que contar.

            Y los bollos, qué es lo que ocurre con los bollos, también vienen en un número innombrable, número par por supuesto, fíjate tú por donde, si es que está hecho a propósito, como todo lo demás en esta vida. Los premios de un viaje, por supuesto, siempre son con acompañante; la declaración fiscal, más rentable si estás casado; comprar una casa, lo mismo, hasta para plegar las sábanas necesitas otro, ¿qué quieren, que invite a mi vecino a doblarlas? Estoy harto, señorita, harto y estará usted de acuerdo, harto de un mundo confeccionado para que todo el mundo vaya acompañado: pues si es así, que sorteen las parejas, yo todavía estoy aguardando una para mí.

            Ha vuelto a ser la misma mujer de antes, y al mirar el nombre en la cinta adhesiva, compruebo que hay una X, letra la cual se repite, alternándose con el resto de los nombres (indicando la reanudación del registro) hasta el final. Esto se está poniendo cada vez más y más intrigante. ¿Qué diablos son estos trozos de grabaciones sueltas, como si se trataran -emulando a los CDs-, de pistas que constituyen concretos y diminutos fragmentos de vidas?¿Y por qué tenía esta cinta en su poder mi padre?¿Se trata de un anuncio para que ingrese en una secta, o es que se ha dedicado a hacer encuestas a la gente por allí? No lo sé. Es verdad que mi padre, desde su posición de profesor de colegio, podía acceder a bastante más gente de la que en principio puedo suponer. ¿Pero qué tienen que ver todas estas personas con él?¿Son amigos, familiares que no conocí, un grupo de gente reunida que relata sus experiencias, al estilo de Alcohólicos Anónimos? No puedo dilucidarlo, necesito más respuestas: vuelvo apretar el botón.

            Estoy teniendo una conversación con Google. Es un juego divertido, o al menos eso me han dicho. Se trata de buscar en Google una palabra o una frase, y ver cuál es la primera línea que te aparece en la primera de las entradas que te ofrece. En cierta medida, es como imaginar que se trata de un ser vivo, que es capaz de responderte algo que no sea absolutamente artificial y mecánico. Ésta es la primera vez que hago la prueba. Vamos allá.

            Yo: Estoy triste.

            Google: ¿Está prohibido estar triste?

            Y: Nunca me lo había planteado.

            G: Nunca me había planteado ese nombre.

            Y: ¿Qué nombre?¿Google?

            G: Backrub’ se transforma en ‘Google’ en 1997.

            Y: ¿Y con ello, la primera personalidad murió?¿Eres en realidad un espectro?

           G: como su sombra o el lado oscuro de su personalidad e identificarse únicamente con ello.

            Y: Me estás empezando a dar miedo.

            G: ¿Pero qué me estás contando?

            Y: En ocasiones no sé si lo que me cuentas es cierto.

            G: En ocasiones, lo más terrorífico de la película no está en la pantalla, ...

            Y: No sé si te lo han dicho alguna vez. Te quiero

            G: Has dicho alguna vez eso de…

            Y: Te necesito ahora.

            G: :D y ahora van a compartir ustedes la canción que me fascina!

            Y: Sálvame.

            G: Letras de canciones de RBD. Rebeldes. Sálvame.

            Comienzo a darme cuenta, con un cierto tinte dramático y desasosegado, de que el tono de este último fragmento es sombrío, y al tiempo, que un suave halo de lejanía embarga todas las narraciones, como si los personajes me estuvieran contemplando desde una galaxia distante. No paro de preguntarme qué es lo que me pretenden decir. ¿Esto es algún tipo de teatro experimental, se habría mi padre aficionado a estas cosas?

            Y estoy harto, harto, harto sobre todo, de que todas las historias hablen de dos, de que todas las canciones vayan de amor, estoy harto de escuchar esas monsergas acerca de que es lo más hermoso del mundo, y que lo peor que se puede estar en esta vida es solo. Solo, solo y solo, como algunos estaremos toda la vida, dado que nadie tiene poder, ni siquiera interés por cambiarlo, solo como se encuentran los elefantes cuando les llega la hora de la muerte, tan tristes y acartonados como estos fideos, por cuya bolsa, sin embargo, te hacen una oferta, y por el precio de una te puedes llevar dos…

Estoy hasta los cojones del tipo de la lista de la compra, ¿quiénes son todos estos tipos?¿Por qué se han dejado grabar por mi padre?¿Les perseguía, hasta que finalmente conseguía que le confesaran sus más íntimos anhelos?¿O esta cinta la recibió –y ahora la he heredado yo, literalmente-, de otra persona, por ejemplo, el policía al que parece estar dirigiéndose la pizpireta jovencita la cual, como la bailarina del cuento, no paraba bajo el compás de sus zapatos?¿Son actores pagados para que interpreten un papel; o no tiene nada que ver con esto?

            La niña María esperaba en su cajita

María dormitaba, sonriente, escondida, dentro de su cajita.

La cajita de María era de cartón

Un cartón aséptico y blanco.

No es que sea gran cosa,

pero antes el Ministerio ni siquiera les daba nada.

No lo hacen por caridad;

lo hacen por sanidad.

Se lo obliga la normativa.

La niña María esperaba en su cajita.

Lleva un vestido sucio y andrajoso

Cubierto de mugre, ajado, y repleto de agujeros

Pero ella sabe que debajo de las manchas

está sembrado de colorines.

Es su vestido favorito;

es el único que tiene.

La niña María esperaba en su cajita.

Y a pesar del frío, y la lluvia, sigue esperando a la gente,

porque aunque ha estado viviendo sola, en la calle toda su vida

espera que éste, el día de su entierro,

sí que venga a acompañarle alguien.

La niña María esperaba en su cajita.

            La voz infantil que ha sonado me ha producido un escalofrío. Esto se está poniendo cada vez más y más truculento. Una poesía de una lobreguez semejante no es del estilo de mi padre. Él era caústico, cínico y directo, despreciaba toda clase de espectáculos, estoy ya convencido de que esto no es teatro, se trata de algo real. Lo que no puedo intuir de dónde las ha sacado. Empiezo a indagar, a encarar y a desechar posibilidades. Me pregunto si mi padre era uno de estos hombres terribles que se dedican a cazar mariposas y a coleccionarlas, clavándoles cuando todavía están vivas un aguja en su zona vital. Me planteo si es a esto a lo que me enfrento, a un desfile de pájaros disecados, muchos aún en posición de vuelo. Qué extraño. Yo creía que lo más elaborado que hacía mi padre era beber cerveza: cada vez que me pillaba leyendo algún libro, me decía que dejase de dedicarme a esas mariconadas (muy instructivo, además, viniendo de un profesor de instituto). Y ahora esto. Alguna extraña sospecha me empieza a rondar…

            Estoy sentado encima de un cochecito de juguete, de ésos que se mueven  a cambio de una moneda para que se monten los niños, en el exterior de un supermercado. Y es muy patético, no porque tenga cincuenta y seis años y tantísimos pelos en el bigote, sino sobre todo, porque no consigo hacerlo mover. Los padres con sus hijos pasean por la calle, y los niños me señalan como a un bicho raro. Supongo que me lo merezco. También aquella niña, en mitad de la noche estrellada nos señalaba, mientras le preguntaba a su niñera: “¿Pod-qué-ese-coche-está-puesto-ahí—mad-codocado-y-nos-nos-deja-pasad-camino-a-casa-y-tenemos-que-pasad-pod-la-calzada-pada-que-nos-matemos?”. “Lucía, es una ambulancia”. Y la niña gritaba, dando palmas, “¡Mida, mira, un señod mudiéndose!”, para luego añadir, alborozada, “¡Y mida mida, un niño mudiéndose!”. Lo peor es que el señor sobreviví… sobrevivió. Su hijo en cambio no. Me pidió sólo un segundo. Sólo un segundo de conducción. Nunca he sabido negarle nada. Soy un tipo blando, poca cosa; en el trabajo se aprovechan de mí; me colocan los turnos que nadie quiere, nos casamos cuando mi mujer lo quiso; cómo podía entonces negarle nada a la única persona que amaba en el mundo, y más a esas edades, cuántas cosas se me quedaron a mí en los labios a los catorce años. Sólo un segundo, me suplicó. Sólo un segundo. Sólo un segundo hizo falta. Después fue la hecatombe. La depresión, los psiquiatras, las alucinaciones. Mi mujer me dejó, entre maldición y maldición, arguyendo tres razones: que era un imprudente, que era un gilipollas, y que no quería a mi hijo. Las dos primeras son absolutamente verdad. La tercera no. La tercera, no. Por eso sigo dando vueltas, en este cochecito de juguete. Por eso sigo dando vueltas, pero ya queda poco, y sin que yo haya mediado, va acercándose el final.

     Ay, que me huelo lo peor…

     -Porque esta justicia divina, con rostro y con ademanes humanos, ha venido a buscarme a mí...

     Y de repente lo comienzo a intuir. Lo empiezo a averiguar. Esos “ademanes humanos” de los que habla la cinta sólo pueden pertenecer a la persona que realizó las grabaciones, el individuo que se encontraba cerca de toda esa gente, quizás también el responsable de que alguna historia no terminase excesivamente bien. De hecho, casi todas están hechas en un tono muy melancólico, hasta la pizpireta parece destilar una lóbrega oscuridad desde su interior. Comienzo entonces a plantear lo imposible. Que mi padre, por fin, después de tanto tiempo solo, acabó por volverse loco, y por hacer una tontería que todo el mundo sospechamos que algún día haría. Un profundo escalofrío me está empezando a hacer sudar.       

            El hombre murió en su casa un día cualquiera (eso debe de ser lo peor, cuando falleces de esa manera: que da igual un día que otro), ensangrentado en la bañera. En su nevera encontraron cientos de paquetes de salchichas y fideos, y una mesa perfectamente decorada y preparada con primor, para dos. Un policía corrupto afirmó que era como si estuviera esperando a alguien a quien, de una manera u otra, le había pedido que viniera.

¿Cuándo vas a pedirle salir?, le pregunté a mi compañera justo en el mismo instante de su muerte, aunque yo no sabía que había fallecido.

           Ella -aprovechando que en ese momento nadie pasaba por caja- se estaba limando las uñas

            Esta misma tarde, me respondió.

Cuando venga.

Y en ese momento, temblándome la mano, y entendiéndolo ahora de verdad, descubro una carpeta a tan sólo unos cuantos centímetros de distancia de la grabadora; la cual siempre estuvo allí, pero yo no quise ver.

Y de la carpeta, empiezo a extraer temibles recortes de periódico.

Recortes que nunca debieron ser publicados.

Joven en comisaría, violada por un policía en quien confiaba, se suicida desnuda y llorosa en su celda.

Individuo se mata de un disparo delante de su ordenador.

Hombre soltero se suicida en la bañera. La cajera de un supermercado cercano se tira por la ventana unos pocos días después.

            Varón de mediana edad se arroja de frente hacia una ambulancia.

Descubierto cadáver de lo que se cree un participante de un juego de ruleta rusa (por supuesto –me susurró el humor negro, aunque yo lo acallara escandalizado-, el profesional cumplió con su trabajo hasta el final).

Cadáver de niña vagabunda es enterrado tras haberse sometido a cinco días negándose a comer y a beber.

Dios, me tapo la boca angustiado con la mano, reprimiendo un sollozo.

El suicidio de un niño debería estar prohibido por Sus leyes más básicas.

Me levanto del sofá, y comienzo a dar vueltas, alucinado por la habitación, contemplando las muertes de esos hombres, mujeres, que se encuentran allí postrados, en la agonía, suplicantes y sufrientes ante mí. Así pues, lo que ha acabo de escuchar, efectivamente, es un coro de voces muertas: muertas por el suicidio. Ese pecado infame, antinatural hasta para la religión católica, la cual, con el objetivo de preservar el más pagano sentido de la supervivencia, tuvo que amenazar con el infierno para impedir que alguien se atreviera a llevar aquel abyecto crimen a cabo. Los suicidas, reflexiono mientras me bamboleo con miedo, de un extremo a otro de la habitación, han sido considerados los parias, renegados de la sociedad, aquellos que, por elección propia –o porque les renegamos primero-, eligieron ponerse al margen de la misma, hasta el punto de pretender hacerla desaparecer completamente de su vista. Incluso en los cementerios se les niega la entrada, y se les entierra fuera de los mismos, como si la caída que les causó la muerte se hubiera producido saltando la valla. Un nuevo interrogante le da vueltas ahora a mi cabeza: cómo llega mi padre a obtener las grabaciones de los últimos momentos de todos ellos. Y, de la teoría del asesino psicópata, paso a una quizás mucho más comprensible, pero no por ello menos tétrica. Yo ya a esas alturas ya había oído hablar de la leyenda del asesino de suicidas, del hombre que, entre el más abnegado delito y la más execrable misericordia, se dedica a vagar entre nosotros, caminar como las personas normales, pero en realidad arrastra tras de sí un reguero de crímenes a sus espaldas. Poco importa que en realidad fueran ellos los que le pidieran morir, o que su muerte resultara lo menos dolorosa posible, bien para ellos mismos, o para sus familiares: sigue siendo un asesino, un ejecutor, el verdugo, que no por menos profesional obtiene tormento de su trabajo, y a pesar de todo ello tiene hijos, va al dentista, paga su hipoteca, y –lo intenta cada cierto tiempo-, trata hasta cierto punto de ser feliz. Una nueva versión de mi progenitor recorría de nuevo mis ojos, y yo me sentía en estos momentos estafado, consumido, sobre todo porque yo ya no creía que a estas alturas mi padre (incluso después de muerto) fuera capaz de tomarme el pelo de esta manera. Siempre me lo estuve preguntando: ¿cobraría el asesino de suicidas por su trabajo, o lo haría por puro sentido de la caridad cristiana? Ahora lo sé; tratándose de mi padre, no cabe duda de que el dinero funcionó. Aunque quién sabe: llevo tantas sorpresas últimamente que quizás descubra que, en contra a lo que yo había sospechado, también él podía guardar un pequeño resquicio para la ternura en su corazón, y me imaginaba, con mirada acongojada, su figura desolada delante de aquella pobre chica desnuda, la cual, en su último aliento, y justo después de apagar la cinta, le dedicaba un desamparado y sentido: Gracias. Hasta que de repente vuelvo la vista a la grabadora, inspecciono de nuevo la cinta, y compruebo que la grabación no ha acabado, que aún le queda un pequeño pedazo de tira magnética, y que sobre la cinta adhesiva, escrita en una inconfundible caligrafía, puedo distinguir dos escuetas letras las cuales, para bien o para mal, lo gocen o no los incrédulos, lo quieren decir siempre todo.

Yo.

Me quedo unos pocos segundos detenido. Luego me siento, caigo casi en el sofá, en estado semicatatónico. Tardo un tiempo en reaccionar. Finalmente voy a la cocina, me preparo un whisky y me siento de nuevo, contemplando con respeto un aparato que, a fuerza de escucharlo, se ha convertido en un infierno (lo pienso con ironía: la vez que Adán y Eva se echaron las culpas de lo de la manzana, ¿tendría Dios, como en las películas, una grabadora colgada en un árbol para demostrarles que mentían?). Ya está, ahora viene la disyunción: ¿apretar al botón o no hacerlo? Las decisiones más difíciles son aquellas en las cuales el esfuerzo que tienes que hacer para llegar a una cosa o la otra es mínimo en ambos casos. Cuando me marché de casa, hube de realizar numerosos preparativos, y en cada uno certificaba la firmeza de mi decisión. Aquí no; si me abstengo, siempre podré elegir la otra alternativa durante el resto de mi vida. O tal vez no: tal vez algún acreedor se lleve para siempre la grabadora de mi padre para su propio recuerdo. En cambio, si la aprieto, habré abierto la caja de Pandora, y a partir de ahí, soy consciente, no la puedo volver a cerrar.

Ya está. Lo he decidido. No quiero escuchar los últimos fragmentos de la vida de mi progenitor. Siempre mantuve a propósito un cierto distanciamiento, para que así nada de lo que ocurriera entre estos muros pudiera volver a afectarme. De hecho, y a pesar de haber soñado tantas veces de niño con este momento, apenas puedo pensar en que este desenlace cae por su propio peso, no mucho más. Por otra parte, no sé lo que me espero encontrar. Tal vez eso es lo que me da más miedo. Quizás revele una idea, un hecho (¿cuál sería peor de los dos?) que hubiera preferido no saber, y que estaría mejor guardado en secreto. Puede que confirme lo que siempre he sospechado, que mi padre había matado a mi madre, en cuyo caso no estoy seguro de que quiera estar seguro del todo, de que llegue a desearlo. No lo sé. En todo caso, no quiero apretar. Esto ya ha llegado demasiado lejos. Una vieja cinta de grabadora, un mensaje en una botella que ha flotado hasta desembarcar en mi costa. El viaje ha sido demasiado largo, es aquí donde ha de terminar. Aunque tal vez, reflexiono, no son tanto esos personajes los que han viajado hasta mí; sino yo, paradójicamente, el que me he desplazado varios miles de kilómetros de distancia hasta ellos.

Y de repente, sentado en el sofá, con los rayos anaranjados del atardecer ocupando mi cara, en el salón desordenado, a pocos metros de una cocina comida de hongos, debajo de un dormitorio que está vacío, me lo empiezo a cuestionar todo. Y veo las cosas con mayor claridad.

Porque, ¿qué es un suicida? El suicidio es un acto de absoluta soledad. Si el que anhela perder su vida tuviera alguien al lado, entonces, nunca lo haría, porque ese alguien estaría siempre dispuesto a impedírselo. Incluso en los suicidios acordados -por parejas, o en grupo-, sigue siendo una acción de seres solitarios, puesto que ni siquiera el amparo del otro puede salvarles, de lo cual se deduce que, aún en la mutua compañía, ambos se encuentran perdidos. El suicidio es el acto de un hombre que no encuentra hombro sobre el cual derrumbarse: es la historia de una voz, que nadie ha deseado oír más.

Voces. Voces de personas muertas. El último aliento que no se expresó, o que no debía expresarse. Esta cinta es en sí mismo una contradicción. Si alguien la hubiera escuchado, si hubiera alguien que estuviera dispuesto a comprenderles, entonces ellos, tal vez, se habrían aferrado desesperados con un último clavo a la vida, en busca ilusos de un nombre, de una segunda oportunidad. Pero más allá no había nada. No había hombro ni persona, no había respuesta callada, no había quien les dijera “No lo hagas”, o “Es tu problema”, un último susurro entre lloros. Se superó el punto en que las acciones son juzgables, en que no hay castigo posible, porque la única manera en que pueden castigarte es que te dejen volar. Y luego, ¿qué, que harías por él, meterle en una institución psiquiátrica? Me pregunto cómo llegas a demostrar la locura de un hombre que, por hallarse perfectamente cuerdo, a causa precisamente de ello es por lo que desea no estar. En todo caso, esto no cuadra. Ésta –de golpe lo veo-, no es la acción planificada de un grupo desahuciado de hombres. No es el acto de una comunión organizada de suicidas los cuales no se conocen, y sin embargo, se asocian para emitir, entre todos, y con la colaboración de un ayudante anónimo en forma de apagado profesor de instituto que también se apunta al club, un último mensaje final. De repente me doy cuenta.

     Este mapa en la botella no va dirigido a ninguna parte.

     Y vuelvo a fijarme con más atención en la parte final de la cinta adhesiva. Y entonces me doy cuenta de que la caligrafía, en efecto, me es estremecedoramente familiar. Pero también soy consciente de que, en realidad, ésta no es la letra de mi padre.

     Levanto la vista, sentado en el sofá, las piernas apoyadas encima de la mesa, y encuentro delante, en la parte de arriba del armario, el cajón. Mi padre me prohibió expresamente que lo abriera. Decía que allí había algo peligroso, inquietante, que me podía matar…

     Creo que ha llegado la hora de abrirlo. Por segunda vez.

     Todavía queda un pedazo suficiente de tira magnética. Y que no hay nada grabado encima.

     Ahora me toca a mí.

     La isla de donde proviene este mensaje, no está enclavada en el Paraíso.

     Éste es el mejor momento para apretar al REC.

    Me llamo Adrián García. He matado a mi padre. 


lunes, 1 de junio de 2020

Cuatro recomendaciones de junio, sobre libros de los que no os voy a contar (casi) nada

Ya conocéis mi teoría sobre que hay libros a los cuales es mejor aproximarse sin tener ideas preconcebidas sobre los mismos. Así que os presento unos pocos de los cuales, por supuesto, os voy a revelar lo menos posible:

-"Sin sangre", de Alessandro Baricco. No sólo me callo porque lo crea mejor sino porque, además, parte de la intriga del libro consiste en subirse del golpe al carro y dejarse llevar por lo que va pasando. Además, ya os digo que el misterio que se plantea durará poco, más que nada porque este intenso relato se devora en un pis-pas.



-"La Tierra Larga". Si dos reconocidos autores de la fantasía y la ciencia ficción como Stephen Baxter y Terry Pratchett (de este último somos incondicionales en el blog) aúnan esfuerzos, sólo puede esperarse algo muy loco. Y, en efecto, han creado una "ida de olla" tan sugerente que merece la pena que la descubráis por vosotros mismos, junto con todas sus posibilidades y -esto cabe advertirlo- continuaciones. Ya de paso, os podéis acercar a "The unadultered cat", de Pratchett, que tampoco necesita presentación porque el título ya lo dice todo, y que os va a encantar tanto si amáis a los gatos como si los aborrecéis.


-"Arte", de Yasmine Reza. Muchos la conoceréis porque se ha representado con frecuencia en el teatro, interviniendo en ella actores de reconocido prestigio como Josep María Flotats, Carlos Hipólito, Ricardo Darín, José María Pou, Albert Finney, Alan Alda, Alfred Molina, Jean-Louis Trintignant, Jean Rochefort, Enrique San Francisco, Luis Merlo, Javier Martín o Alex O`Dogherty, entre otros. La obra, cuyo libreto puede encontrarse a la venta y en bibliotecas, tiene un argumento que no necesita nadie que lo descifre (parte de un grupo de amigos, uno de cuyos miembros adquiere, a cambio de una ingente cantidad de dinero, un cuadro en blanco), aunque sí que os puedo adelantar que, a pesar de tratar aparentemente sobre la pintura y el mundo del arte, en el fondo discurre sobre otra clase de temas, incluyendo sobre todo la amistad.



-"El libro de los seres imaginarios", de Jorge Luis Borges. El título, lejos de metáforas, resulta completamente autoexplicativo (no consiste ni mucho menos en una obra de ficción, sino una breve enciclopedia de las criaturas ideadas por la mente del hombre) así que, ¿para qué profundizar más? En este caso, no disfrutaréis tanto con el estilo literario de Borges como de su erudición. Lo cual, a decir de este lector, no es poca promesa, y aumentará vuestro conocimiento sobre esa clase de entidades que sabemos que no existen y, aun así, nos entusiasman.


Seguiremos no-explicando. Nos leemos, más que nos comentamos. Un saludo.

lunes, 17 de febrero de 2020

Las recomendaciones de febrero: cuentos y cuentistas

En este blog nos hemos referido con frecuencia a excelsos contadores de cuentos. A lo largo de los posts, he podido homenajear a algunos de mis favoritos: Borges, Poe, Cortázar, Esteban Erlés, Stabironets, Asimov, Ray Bradbury, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Galeano y tantos otros... Aprovecho para mentaros unos cuantos libros construidos a base de cuentos a los que creo que merece la pena echarles un vistazo. ¿Preparados? Comenzamos.

-"Los peligros de fumar en la cama": Mariana Enríquez crea atmósferas inquietantes en las que la adolescencia, la sensualidad y el terror sutil están ahí para hacernos dudar de la inocencia de los objetos cotidianos. La autora ya publicó libros de cuentos previos ("Cosas que perdimos en el fuego") y recientemente se ha pasado a la novela con "Nuestra parte de noche", ganador del Herralde de novela.

-"Relatos de lo inesperado", de Roald Dahl. Por mucho que se le considere un autor infantil, el británico ya había demostrado una mentalidad retorcida con "Cuentos en verso para niños perversos". En "Relatos de lo inesperado", un conjunto de narraciones dirigidas a adultos, el escritor da rienda suelta a sus pensamientos más inquietantes, preparando malévolas trampas en las que hace caer a los incautos. Claro que puede ser que estos últimos no fueran tan inocentes, sino que estuvieran deseando caer...

-Si en cambio estas dos últimas propuestas os perturban demasiado, algo más enfocado al niño que todos llevamos dentro. "Cuentos por teléfono" de Gianni Rodari (un reconocido autor infantil italiano) pone por escrito las historias que el autor le contaba a su hijo por teléfono cuando trabajaba de viajante de comercio por Italia. Los relatos, por supuesto, cambian día a día en función del cansancio del padre, de lo bien que le habían ido las cosas aquel día, o de cuándo había podido llamar. Recomendables para leer uno por día, antes de dormir, a una persona querida, sin que sea imprescindible que medien kilómetros de distancia.

-"Antología de la literatura fantástica". Publicada en 1965 por tres monstruos de la literatura argentina (Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y la más conocida por su labor editorial Silvina Ocampo) que también se habían especializado en el relato, esta colección es un compendio de algunos de los mejores cuentos del género que no distingue antigüedad (hay historias escritas en el siglo IX), nacionalidades (encontramos muchos europeos y americanos, por supuesto, pero también unos cuantos chinos) ni estilo, con una amplia variedad de temas y aproximaciones tratadas. El libro se convirtió en una referencia inmediata del género fantástico, en el que los autores incluyen sus particulares granitos de arena, pero resulta aún más interesante por las numerosas historias casi perdidas en el tiempo que nos hace descubrir.

-"Los mejores relatos de anticipación", recopilados por Kendell Foster Crossen y Charles Nuetzel es también una vieja antología (data de 1969) que tiene la particularidad de que narra de manera cronológica una historia de la humanidad a través del tiempo dibujada a través de numerosos escritores, algunos de los cuales se incluyen en el marco de la Era Dorada de la Ciencia Ficción. Como en casi todas las antologías, hay para todos los gustos, pero podéis encontrar unas cuantas perlas bien engastadas en un collar donde quedan majestuosamente exhibidas.

sábado, 1 de febrero de 2020

El relato de febrero: un cuento "visto y no visto"

Saludos. Os quiero proponer un reto. A lo largo de los siguientes 9 días –incluyendo hoy- voy a publicar un relato a través de las stories de Facebook que publicaré en mi cuenta de esta red social. Las stories, como sabéis, sólo duran 24 horas, así que tendréis que estar muy atent@s para leerlas antes de que desaparezcan. El motivo por el que he escogido este formato no es casual. Lo primero, como todo escritor, tengo que probar los límites que me ofrecen las posibilidades tecnológicas a mi alcance. En segundo lugar, como veréis, el relato está muy adaptado al formato en el que está escrito, de tal manera que comprobaréis cómo entre continente y contenido hay una conexión que resulta (o, al menos, eso espero) bastante natural. Tened cuidado, porque si os perdéis alguna porción del relato, es posible que cambie completamente vuestra percepción de la historia. Claro que eso mismo le puede ocurrir al protagonista…

Edito: terminada ya la ronda, ofrezco debajo el cuento completo para el que se haya perdido algún capítulo, quiera repasarlo para comprobar ciertos pasos, o simplemente para el que quiera visitarlo/revisitarlo siempre que quiera. Espero que os haya gustado, aunque no garantizo que produzca el mismo efecto leído día a día que todo junto. Un saludo.


1.

Me despierto.
Claro que, ¿cómo voy a decir que “yo” me despierto, si no recuerdo quién soy?
Mentira. Mentira, porque ahora que se me pasa el primer instante de aturdimiento (qué dolor de cabeza), recuerdo quién soy. No, mierda, en realidad sigo sin saberlo, pero la verdad es que ahora mismo no es lo que me tiene más preocupado. Lo que sí que no sé (y me resulta mucho más inquietante) es dónde estoy, ni cómo he venido a parar hasta aquí.
Estoy en una especie de habitación de hospital. Quizás eso explique el sopor que llevo encima. Deben de haberme suministrado alguna droga. Explica también el suero, el gotero, que me hayan pillado una vena. Ah, y ese pijama horrible que llevo puesto. De ositos. Con el culo al aire, de ésos que se abren por detrás. Menos mal que estaba inconsciente porque, si no, seguro que no se lo hubiera permitido. Las sábanas tampoco ayudan. Fantástico, me digo: cinco minutos y ya soy el típico paciente de hospital, quejándome por todo. Pero eso sigue sin aclarar qué demonios hago aquí.
Miro debajo de las sábanas (feísimas también, por cierto. No sé quién es el decorador de este sitio. Tendré que mantener con él una conversación muy seria). Levanto ligeramente el pijama, el cual de todos modos tampoco deja mucho espacio para la imaginación. En apariencia, todo está bien. Además, no me duele nada. Aunque eso no garantiza que todo esté correcto, quizás sea el efecto de la morfina. Además, aquí noto algo molest… Joder, ¿qué es esto?
Observo con más detenimiento. En efecto. Allí hay unos puntos. Como de una operación quirúrgica. Tiene hasta Betadine -o esa mierda yodada que suelen ponerle a las heridas- distribuido por encima. Debe de tener al menos unos días.
-¿Qué cojones ha…?
No llego a terminar mi imprecación, sin embargo. Entra un hombre. Vestido con bata blanca, corbata, gafas y una calva que va a juego con el aire de profesionalidad.
-¿Qué tal?-anuncia como saludo. Qué introducción más absurda, me digo a mí mismo. Quizás el propio médico se ha dado cuenta de que su intervención no ha sido la más apropiada; tiene pinta de nervioso, él mismo se encarga de autocensurarse añadiendo-. Claro, qué tontería, bien no puede estar. Aunque me alegro de que por fin haya despertado. Se estará preguntando qué hace aquí. Mire, voy a tratar de ser directo: ha tenido un accidente de tráfico.
-No… no recuerdo estar en un coche la última vez que… bueno, la última vez que estaba fuera de este sitio. Ahora que lo pienso… No me acuerdo de dónde estaba… Ni mi nombre, ni prácticamente nada.
-Es normal que no recuerde bastantes cosas. Le estamos dando una medicación muy fuerte para el dolor. Esa medicación provoca algunos efectos secundarios, entre ellos amnesia. Retrógrada, o sea, de la biografía personal de su pasado (aunque no tiene por qué afectar a recuerdos de cultura general o a procedimientos manuales), y también anterógrada. Es decir, durante unos días, quizás no sea capaz de generar recuerdos nuevos. Como el protagonista de “Memento”, ¿recuerda?¿Verdad que era muy buena película? -lo único que pensé en aquel instante fue: “¿Este tipo es médico?¿En serio? Porque no tiene pinta de dar malas noticias muy a menudo. ¿De dónde sacan a esta gente? Va a ser verdad que esto de los recortes está empezando a afectar a la sanidad”.
-Discúlpeme, y con todos mis respetos, puesto que usted es el médico… yo no me noto ninguna fractura, no veo ninguna lesión en la piel… Vamos, lo típico de un accidente de tráfico. He encontrado aquí esta costura…
-Es normal -replicó él-; ha pasado el tiempo y la mayor parte de las lesiones externas se han reparado. Además, usted no presentaba demasiados signos específicos de ese tipo. Nos preocupaban más las lesiones internas. Habrá visto la cicatriz de alguna de las operaciones.
-¿Ha pasado el tiempo, dice?¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?
-Bastante, si he de serle sincero.... No sé decirlo exactamente porque tengo muchos pacientes que atender pero… yo creo que por lo menos un mes.
-¿Un mes?-en las películas, siempre me rechina que los personajes repitan lo que les han dicho, pero en este caso empaticé con todos ellos y con su forma de cerciorarse de que la locura que acaban de oír es cierta-. ¿Y no me he despertado en todo ese tiempo?
-No -sonrió el médico, el muy gilipollas-. La verdad es que ha sido usted el paciente ideal.
-Oiga, y si dice que no puedo crear recuerdos, ¿no se supone que, cada vez que me despierte, no sabré si ya me he despertado antes?¿Cómo estoy seguro de que no llevo aquí un mes levantándome de vez en cuando, con usted saludándome todos los días como si fuera la primera vez?
El médico, que estaba analizando una hoja con datos clínicos que se encontraba al pie de mi cama, alzó la vista y colocó una expresión chocante en su cara:
-Saberlo, no lo sabe… Tendrá que fiarse usted de mí.
Un recuerdo instintivo me llevó a palparme los laterales del pijama, donde, por supuesto, no había nada.
-Perdone, ¿y mi móvil? Tendré que llamar a mi familia, a…
-Eso no será necesario. Nos estamos haciendo cargo de todo. No puede usted entretenerse en estas cosas durante su recuperación. Ya les hemos dicho a sus familiares su estado, y que debe mantenerse en reposo.
-Pero yo no puedo permanecer aquí, parado. Tengo que… hacer cosas. Avisar a…
-No se preocupe. Mire, aquí entra Nora, nuestra enfermera -he de reconocer que su aspecto inicial (muy guapa, el pelo moreno largo, unas larguísimas pestañas al final de unos párpados maquillados de color azul) me desarmó durante unos segundos. El tiempo preciso para que ella presionara una jeringa situada al final de uno de los tubos que se conectaban con mi cuerpo, y me concediera tan sólo unos pocos segundos, durante los cuales escuché como últimas palabras-: Ella va a cuidar de usted durante este rato. No-no tiene de qué preocuparse.
El tartamudeo durante la última frase me hizo saber que algo andaba mal, que había un peligro inminente, que alguien mentía, pero no pude hacer nada, porque mi cabeza se desplomó bajo un sueño tan pesado e irresistible como ingrávido.

2.

-…                                                                                                                                                    
-¿Por qué?
-…                                                                                                                                                    
-Estás paranoico.
-… 
-¿Sigue con su descabellado plan?
-… 
-¿Y el tipo no sospecha que está siendo… [sonido entrecortado]
-… 
-¿Cuántos le han sacado?
-… 
-Como entes burocráticos, no te jode… ¿Y es cierto esa locura de meter nuevos?
-…
-Oye, escúchame, ¿y no hay ninguna manera de saber dónde está?
-… 
-Muy bien pensado, desde luego. ¿Y qué pasa con el del tipo?
-… 
-Bueno, pero si está encendido, alguna manera habrá ¿no?¿No se podría intentar con algún sistema?
-… 
-¿Quieres decir de un modo biológico?
-…   
-Lo tendré en cuenta. Gracias. Seguiremos en contacto.


3.

Me despierto.
Claro que, ¿cómo voy a decir que “yo” me despierto, si no recuerdo quién soy?
No, espera, lo de menos es quién soy. Lo que no sé es quién es esa mujer que acaba de entrar por la puerta. Es una enfermera, y muy guapa, por cierto. Si es una enfermera, esto debe ser un hospital, claro. Mirando alrededor, la sensación se confirma: gotero, vía, cama, sí, todo está en orden. Lo que menos me cuadra es lo que hago yo aquí. Pero tampoco me da mucho tiempo a pensarlo, porque la enfermera anda dando vueltas de un lado a otro, cambiando cosas de sitio. De hecho, ahora que me fijo, más que ejerciendo como enfermera, parece que está haciendo otra cosa… como si estuviera registrando el lugar.
Entonces el tiempo se para. La cara de la chica se vuelve hacia mí.
-Pobrecillo… No tienes ni idea de lo que pasa, ¿verdad?
No sé qué hacer. Dudo si asentir ligeramente pero, ¿asentir respecto a qué?¿Qué es lo que supone que ocurre?¿Y si está ocurriendo, es malo?¿Qué es lo que anda mal?
Sin embargo, tampoco ahora me otorgan tiempo para meditarlo. Antes de que me quiera dar cuenta, la enfermera ha levantado las sábanas, ha alzado la parte baja de mi ridículo pijama con dibujos de lacitos, ha asido con fuerza cierta parte de mi anatomía y… ha agachado la cabeza. Y ha empezado a… ¿operar?
Mi sorpresa es mayúscula. No sólo por el hecho en sí. No sólo por lo inesperado. También por el modo en que se está produciendo. No se trata de que la chica lo haga bien (muy bien, en realidad. Parece una profesional, pero no de la enfermería. ¿De dónde sacan a esta gente? Va a ser verdad que los recortes en sanidad se están poniendo severos), se trata más bien de la mecanicidad, de la eficacia -por así decirlo, aunque no es el mejor método de nombrarlo, dadas las circunstancias- casi militar del asalto. Y hay un detalle más. Cuando ya estoy a puntito, ella levanta la cabeza, mira casi con complicidad y me dice:
                -¿A gusto? Bien, estamos entonces listos para el siguiente paso.
                Dicho esto, se levanta ligeramente el ajustado vestido de enfermera que lleva puesto (que tampoco ocultaba mucho, seamos honestos; parece que, con los recortes, también compran los uniformes en tiendas de disfraces de Halloween) y salta para colocarse a horcajadas sobre mí, como si la parte más sensible de mi anatomía fuera la silla de montar de un caballo. Y entonces constato, como algo obvio, que la chica no llevaba ropa interior puesta -definitivamente, tienen que revisar la política de contratación de este sitio-. Claro que, para tratarse de una supuesta ninfómana o de alguien que se ha enamorado en determinado momento de mí y ha venido preparada para este asunto, tiene la cara bastante seria. Su tez morena apenas se ruboriza, sus labios se entreabren ligeramente, diríase que lo justito dadas las circunstancias, como si, aparte de la turgencia de los tejidos y el grado de excitación imprescindible requerido para el asunto, no quisiera exhibir mucho más, y tal vez siquiera disfrutarlo. En las presentes circunstancias, y a pesar de lo insólito del asunto, para mí es complicado no dejarme llevar, y termino casi en seguida. Cuando la chica se percata de que yo estoy ya servido, se levanta con un saltito, se queda a ras de suelo, coloca lo justo las sábanas para hacer como si nada hubiera pasado y, dándome un golpecito en el brazo, me susurra al oído:
                -No tienes ni idea de las cosas que tengo que hacer por ti.
                Luego presiona el émbolo de una jeringuilla, y creo que caigo en un sueño plomizo.




4.

Me despierto. Mejor dicho, me despiertan. Noto que alguien o algo me está tocando en una cadera. Me vuelvo en un amago de sobresalto, pero me detengo al observar una enfermera (o lo que supongo que es una enfermera, por el uniforme) muy guapa repasando unos puntos sobre mi piel. Mueve la aguja con rapidez y eficacia, pero a pesar de que noto cada movimiento de la aguja a través de mis músculos y membranas, no me duele, me figuro que porque ando colocado hasta arriba de mórficos. Aún así, muy dormido tendría que estar para no darme cuenta del escándalo que se monta cuando dos celadores (¿son celadores? Pero no llevan ropas blancas. Más bien parecen guardias de seguridad, o mejor, matones de discoteca. Desde luego, cada día meten en plantilla a personal más barato) acceden a la habitación de hospital donde parece que me encuentro, y se abalanzan como chacales sobre la enfermera, la cual suelta aguja e hilo pero se agarra con sus guantes -y unas cuantas dosis de fiereza- a la barra de la cama. Y, mientras ellos tiran de la muchacha como si se tratara de una mala hierba aferrada con sus raíces a un árbol, ella no para de atravesarme con la vista y gritar, desesperada:
                -¡Tienes que recordar esto para después!¡Debes mirar dentro de ti mismo!¡Recuerda, ellos no te quieren!¡Ellos nunca te van a querer como te quiero yo!
                No obstante, su mirada, con los ojos maquillados muy abiertos, en un extraño contraste, no parecía la de una persona abriéndome su corazón en una desgarradora declaración de amor sino, más bien, una especie de lúcida advertencia. Lo cual resultaba muy desconcertante.
                Finalmente, consiguieron arrancarla de su asidero. Mientras se alejaban (“¿Creías que no te íbamos a ver?¿No sabías que había cámaras y que alguien repasa las grabaciones?”, se escuchó de fondo, junto a una amplia sarta de improperios) con la mujer sujeta por ambos brazos, yo me preguntaba qué clase de locas contrataban para trabajar en este sitio. Mientras tanto, miraba en derredor, tratando de descubrir qué era exactamente este lugar donde me hallaba, aunque aquella situación me dejó tan agotado que apenas recuerdo mucho más aparte de una almohada blanca y mullida, y la figura de fondo de un cajón semiabierto…

5.




6.

Me despierto.
Claro que, ¿cómo voy a decir que “yo” me despierto, si no recuerdo quién soy?
Mentira. Mentira, porque ahora que se me pasa el primer instante de aturdimiento (qué dolor de cabeza), recuerdo quién soy. No, mierda, en realidad sigo sin saberlo, pero la verdad es que ahora mismo no es lo que me tiene más preocupado. Lo que sí que no sé (y me resulta mucho más inquietante) es dónde estoy, ni cómo he venido a parar hasta aquí.
Estoy en una especie de habitación de hospital. Quizás eso explique el sopor que llevo encima. Deben de haberme suministrado alguna droga. Explica también el suero, el gotero, que me hayan pillado una vena. Ah, y ese pijama horrible que llevo puesto. De topitos. Con el culo al aire, de ésos que se abren por detrás. Menos mal que estaba inconsciente porque, si no, seguro que no se lo hubiera permitido. Las sábanas tampoco ayudan. Fantástico, me digo: cinco minutos y ya soy el típico paciente de hospital, quejándome por todo. Pero eso sigue sin aclarar qué demonios hago aquí.
Miro debajo de las sábanas (feísimas también, por cierto. No sé quién es el decorador de este sitio. Tendré que mantener con él una conversación muy seria). Levanto ligeramente el pijama, el cual de todos modos tampoco deja mucho espacio para la imaginación. En apariencia, todo está bien. Además, no me duele nada. Aunque eso no garantiza que todo esté correcto, quizás se deba al efecto de la morfina. Además, aquí noto algo molest… Joder, ¿qué es esto?
Observo con más detenimiento. En efecto. Allí hay unos puntos. Como de una operación quirúrgica. Tiene hasta Betadine -o esa mierda yodada que suelen ponerle a las heridas- distribuido por encima. Debe de tener varios días.
Estoy a punto de blasfemar de manera colérica, pero me quedo mudo al observar que en, sobre esos puntos, hay una segunda trama. Algo oculta por el Betadine y por el hecho de que la segunda costura atraviesa por encima de la primera, pero cuando lo trato de mirar más de cerca, me doy cuenta de que… son letras. Dice algo. Está escrito. Es muy sutil, pero lo justo para que, si se uno se fija con atención, pueda vislumbrarlo. No obstante, no puedo leerlo bien, al menos no sin romperme el cuello en el intento. Debo buscar una manera mejor de estudiarlo.
Giro a mi alrededor. Hay varios cajones cerca, sin duda con material quirúrgico. Pero como no tengo nada mejor a mano, me pongo a buscar. Sorprendentemente, en un cajón entreabierto encuentro un pequeño espejo. ¿Qué pega ahí? No lo sé pero no me importa mucho. Utilizo el espejito como herramienta y leo. Porque, en efecto, leo: “Cruza la puerta”. El mensaje no dice mucho, desde luego, pero para ser algo cosido sobre unos puntos en la piel –y para estar misteriosamente escrito en la orientación en la que mejor podía leerlo con ayuda del espejo-, es muy concreto y expresivo. Alzo la vista y miro a la única entrada a la habitación. ¿Qué habrá al otro lado? En teoría, pasillos de hospital, médicos, pacientes, ese tipo de cosas… O tal vez no.
Me levanto. Me acerco lentamente a la puerta. Deslizo mi mano al mismo ritmo que el picaporte. Se abre un hueco delante de mí: un espacio de oscuridad. Y lo primero que veo allí, en ese nuevo escenario, es a Hal-9000.
La mente es muy engañosa. Al final asociamos lo que encontramos según patrones y sucesos repetidos en el pasado. Cuando recorremos un pasillo a oscuras y cualquier reflejo nos parece un fantasma, es porque los fantasmas, previamente, ya se encontraban allí. Siempre habían estado ahí, refugiados, en el fondo de nuestra imaginación, de las películas que hemos visto, de las leyendas que hemos oído, de los libros que desde nuestra infancia nos han aterrado. Ocurre lo mismo con los sucesos paranormales: ahora nos abducen aliens, pero antes era Dios el que descendía en un halo de fuego, y cada relato en función de la interpretación del momento, de las creencias de la gente que las sufría y que, con toda probabilidad, estaba viviendo sucesos muchos más prosaicos y naturales, porque no había más monstruos que los que ellos querían ver y oír. Por eso, yo lo que vi en aquella habitación era Hal-9000, aunque lo que estaba contemplando en realidad, y pude comprobar después de un segundo vistazo más reposado, era una luz roja sobre aquel fondo de oscuridad. Aunque esa habitación me reveló algo más impactante, en mi situación, que un ordenador asesino que pretendía matar a sus compañeros de nave: una habitación llena de ordenadores, sistemas de comunicación y de vigilancia.
                Incluyendo, comprobé, cámaras situadas para observar la cama en la que había estado durmiendo tan sólo unos instantes atrás.
                Me puse a revisarlo todo, a conciencia. Hay archivos físicos, en papel, y también digitales. Me llaman la atención dos carpetas cerradas por sendos candados, de los que tienen una rueda central que para abrirse necesita una combinación de movimientos específicos. Los colores de estas carpetas -y la forma en que están colocadas- me suenan, demasiado. Pruebo los candados, las primeras combinaciones que se me ocurren. Contra toda sorpresa, se abren. A pesar de que (seguramente a causa de las drogas que me dan) no tengo la mente muy despejada, deduzco que estas combinaciones las debo usar a diario en candados situados sobre carpetas del mismo color, como parte de una rutina que se me ha quedado grabada en los dedos -o, mejor dicho, en las neuronas que controlan mis dedos-, y por eso he conseguido abrirlos a pesar de la bruma que ahora mismo, cuando ni siquiera recuerdo cómo me llamo, nubla casi por completo mi mente. Y estas carpetas, curiosamente, me llevan a un par de memorias USB que contienen, en su interior, cada una un enlace de audio. De esa manera, escucho dos archivos de sonido los cuales, por separado, no tienen ningún sentido pero que, juntos, explican muchas cosas. Y que me acojonan muchísimo. Lo único que me tranquiliza es que alguien se ha tomado muchas molestias para investigarme a fondo (¿quizás porque me vigilaron primero los que me metieron aquí en primer lugar?) con el objetivo de mandarme un mensaje que sólo yo pudiera desentrañar.
Aunque quizás lo que me aterroriza más es contemplar un libro médico con la imagen de un corazón en la portada que, conforme hojeo, contiene adheridas en sus páginas varias cuadrículas amarillas tipo post-it con anotaciones que dicen: “enganchar a derivación desde arteria ilíaca del sujeto”, “la cavidad abdominal lo nutrirá adecuadamente”, etcétera, etcétera. Ya os podéis imaginar…
De todas maneras, no puedo detenerme mucho tiempo en la autocompasión. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que tiempo es precisamente lo que me falta. Si no ha venido nadie todavía a atraparme, es porque estas imágenes de vídeo no las ven en directo, pero alguien se pasará a comprobarlas de vez en cuando. Lo ideal sería manipular los archivos de vídeo para que no descubrieran lo que he hecho, pero ni domino lo suficiente esta tecnología ni me sobran minutos, así que sólo me queda una opción: escudriño a fondo las imágenes hasta encontrar los puntos muertos de la cámara, y a partir de ahí planeo una estrategia. Atrapo un clip de uno de las carpetas, lo doblo para conseguir un trozo de metal estirado, y me hago una herida sobre el antebrazo. Una vez hecho esto, penetro de nuevo en la habitación que contiene la cama, y me dirijo hacia uno de esos puntos muertos. Ejecuto el plan con toda la rapidez y precisión que me son posibles. Me vuelvo a meter en la cama.
No sé si es por la debilidad a causa de la herida, o es a causa de la multitud de emociones de los últimos minutos, pero el caso es que no duro ni tres minutos despierto…


7.

-¿El medio por el que estamos hablando es seguro?
-…
-Temo que lo grabe.
-…
-La paranoia es la forma de vida de este hombre.                           
-…
-Hasta las últimas consecuencias.
-…
-¿Como ganado? Qué va.
-…
-Cuento dos, tres, cuatro… ¿Los pares los cuentas como dos?
-…
-Aún no, pero ése es el objetivo. Para lo clásico, hubiera sido más fácil solucionarlo todo de una vez. La gracia está en mantenerlo a largo plazo para meterle lo que sea y conservarlo funcionante, listo para usar.
-…
-Los trabajadores han firmado una cláusula de confidencialidad. Además, están poco informados: cada uno sólo conoce una fracción de los hechos. Dejan los móviles en el punto donde les recoge el autobús, que lleva los cristales tintados, y así no pueden saber dónde está el lugar.
-…
-Lo tiene el médico jefe. Le han desactivado no sé qué mierdas para evitar la localización, al menos mientras no se use. Pero lo mantienen encendido, por si llaman los familiares, así el médico puede estar al quite e hilvanar una excusa medio decente que no llame la atención y destape la liebre.
-…
-Bueno, para ello lo primero sería saber quién es el desaparecido, ¿no?, y no hay manera porque no conocemos su identidad. Una vez lo supiéramos, pues sí, creo que los profesionales del asunto podrían rastrear el móvil si éste realizara una llamada, o eso he entendido. Por lo visto, también le han capado no sé qué historia para que no se puedan rastrear los movimientos con anterioridad. En fin, siento ser parco en detalles. Ya sabes que los procedimientos técnicos no son lo mío. Pero en resumen, lo primero es saber de quién se trata. Identificarle.
-…
-No queda otro remedio.
-…
-Eso espero. De todas maneras, si se te ocurre alguna manera de meter algo aquí adentro que te ayude a sacarlo de allí, cuéntamelo, ¿vale? Yo haré todo lo posible por ayudarte a introducirlo.

8.

Me despierto. Noto un dolor en el brazo. Joder, es sangre. ¿Qué demonios hago aquí? Bueno, esto parece un hospital. Aunque, cuando miro de frente, a la izquierda de la puerta, veo una frase, escrita en sangre también. ¿Es la mía?. El texto dice, a un tamaño suficientemente grande como para leerlo desde la cama: “Este mensaje es tuyo. El médico tiene tu móvil. Cógelo y llama”. Todo esto me resultaría increíble, pero una de las letras tiene una forma de escribirse muy particular, así que, confuso como estoy, que en estos momentos no me acuerdo ni de cómo es mi caligrafía, pruebo a reproducir una palabra en el aire, y además de apreciar que tengo el dedo manchado de rojo, compruebo que me sale de natural escribir aquella letra concreta de esa manera, así que soy tan idiota como para creer que el mensaje de la pared es uno que me he enviado a mí mismo, y que además he sido lo suficientemente listo como para hacer esto a propósito para indicármelo. O tal vez me ha salido por casualidad. No sé muy bien a lo que atenerme, pero cuando veo a un señor con bata entrar en la habitación, deduzco que es el aludido. No me ando con muchas contemplaciones, ni demasiados planes maestros: me levanto como puedo (me duele mucho y me siento bastante dormido; debo albergar algo malo adentro, pero eso lo analizaremos más adelante) y, antes de que el recién llegado pueda decir mucho (hola-qué-tal-me-alegro-de-que-esté-despierto) le asesto un puñetazo en los morros. El individuo cae a lo largo, y aprovecho para registrarle. Encuentro mi móvil en uno de los bolsillos. Intento realizar una llamada, pero cuando apenas ha está marcando el segundo tono, llegan un par de celadores con pintas de matones de discoteca y me agarran de los brazos. El móvil se cae al suelo. Yo pataleo en el aire por encima de los treinta centímetros a los que me han elevado este par de engendros mordorianos, pero no me da para más, porque llega una nueva persona con ropa de médico y me clava una inyección en el muslo. Mientras me sumerjo en lo que espero sea un mundo idílico de unicornios, me digo a mí mismo que el problema es que, como esto me tenga dormido mucho tiempo, no voy a saber si el plan que tenía en marcha (¿cuál me pregunto?, ¿y cuál era su propósito?) ha servido para algo, o me van a matar antes de tener ocasión de averiguarlo…


9.

Me despierto. O más bien, abro un ojo. Me despierto a medias. Joder, estoy tan sobado… Creo que me han puesto una pastilla en la copa, o algo del estilo, porque el caso es que me siento hecho polvo. Quizás eso explique que me encuentre en algo similar a un hospital. O eso deduzco de lo que mis ojos sin control pueden ver desde su sesgada e inmóvil visión, con la mitad de la cara enclavada sobre la almohada. Claro que lo bueno -o lo malo- de esta postura es que me permite ojear por debajo del pijama de cuadros horrible que llevo puesto, y contemplar mi propio cuerpo, atisbando de hecho una visión bastante global de mi abdomen (debe de ser cosa de la anestesia, el caso es que, calculando, mi ojo ha de estar en una posición bastante antinatural para mantener esa óptica). Madre mía, ¿eso es una cicatriz con unos puntos?¿Y al otro lado una segunda?¿Y por qué tengo un bulto enorme en la tripa, debajo de la segunda cicatriz? Madre de Dios, ¿qué es todo esto?
El caso es que, a pesar del apantallamiento con el que este sopor -ocasionado seguramente por las drogas- consigue aislarme del mundo exterior, unas voces desconocidas van horadando como a cuchillo las sucesivas capas de aislamiento, y concentro mi única oreja (la otra se encuentra taponada por la almohada) en lo que ambas voces están dialogando:
-No entiendo por qué seguimos aquí y no hemos cerrado todo esto.
-Y lo haremos, no te preocupes. Pero no antes sin sacarle toda la rentabilidad. El órgano tiene todavía que crecer, y entonces podremos implantarlo en su nuevo hogar. Y ya de paso, le sacaremos todas las piezas que podamos. Cada gramo de este hombre vale su peso en oro, y no podemos desperdiciarlo.
-¡Pero el tipo llamó por el móvil!¡Por ahí le pueden localizar!
-Joder, qué cabeza más cuadriculada, no sé cuántas veces necesitas que te lo explique para entenderlo. Sí, a partir de la llamada pueden rastrear el móvil, pero la policía no sabe a quién tiene que buscar, ni siquiera sabe que alguien ha desaparecido. Sus familiares, cuando llamaron, se quedaron tranquilos con la explicación, así que no hay nadie preguntando por él, tampoco la policía.
-¡Pero la enfermera que despedimos puede haber contado algo!
-¡Tonterías!¿Qué les va a contar? Esa enfermera era una loca, de ésas que tienen el síndrome de Nightingale y se sienten atraídas por sus pacientes. Además, ella venía aquí como todos, en el autobús, y no sabe dónde se encuentra este sitio. Tampoco conoce la identidad de ese hombre, ¿cómo va a decirle a la policía a quién tiene que buscar? Por otra parte, si hubieran averiguado algo, hace ya tiempo que habrían entrado aquí al asalto. Eso indica que no saben nada.
-No me gusta. Este asunto huele fatal. El tipo entró en nuestra sala de comunicaciones, y vete tú a saber lo que hizo o encontró allí. Hasta se dejó un mensaje a sí mismo.
-Ése qué va a saber… Vale que la enfermera encontró el modo de decirle algo, supongo que en un acto de amor. Y vale que se informó y nos tendió una trampa, pero con la de opiáceos que tiene encima, aparte de que probablemente no recordará nada, se pasará dormido la inmensa mayoría del tiempo. Tenemos margen suficiente para obtener todo lo posible de él, como si se tratara de un cerdo… Entonces, y sólo entonces, clausuraremos el proyecto.
Escuché un chasquido entre dientes.
-Esta noche, no quedarán de él ni los huesos…
Parpadeo repetidamente. Quiero gritar, saltar, correr, pero eso es todo lo que alcanzo a hacer ahora mismo. Ni tan siquiera se me envara la columna vertebral de pánico, que es lo que tengo ganas de hacer de manera espontánea. De modo que eso es lo que pasa cuando uno sabe que va a morir…
Claro que, en ese momento, todo cambió. Se oyó el ruido de puertas derrumbándose, de ventanas acristaladas viniéndose abajo. Se escucharon golpes, puñetazos, gemidos, maldiciones y peticiones de clemencia en voz alta. Por el rabillo del ojo apenas vi nada. Un leve siseo me indicó, sin embargo, lo que unos segundos más tarde mi nariz y mi boca ya estaban llorando de manera ahogada, y era que desde el nivel del suelo estaba empezando a ascender un gas…
No describiré cómo fue exactamente la batalla campal que tuvo lugar en aquel momento, porque la mayor parte del tiempo yo me encontraba tumbado de costado, luchando por no asfixiarme ante la falta de oxígeno. Sin embargo, cuando el sonido de fondo empezó a descender y una cierta calma a sobrevenir (como un ciclón que se aleja después de dejar a su paso un reguero de víctimas), alguien me agarró de un hombro y me dio la vuelta. Yo, con un cierto nivel de consciencia -todavía en proceso de recuperación- y una conmoción como si me hubieran sacudido a leches con un martillo, creo que, más que sonreír, coloqué una mueca estúpida sobre la cara cuando vi llegar los uniformes de los policías de operaciones especiales, sin duda los responsables de haber montado aquel pifostio y logrado revertir mi situación. Ellos se reían, alborozados, mientras, desde atrás, alguien se abría paso para permitir pasar a una chica muy guapa, cubierta por un abrigo.
-Hola, Rodrigo, me alegra poder comunicarle que le hemos rescatado. Sentimos haber tardado tanto, pero se han juntado toda clase de cuestiones logísticas, y no queríamos entrar hasta estar seguros de que éramos capaces de sacarle de aquí, preferentemente vivo, a ser posible. Aunque no nos lo tiene que agradecer sólo a nosotros, sino también a esta señorita, gracias a la cual hemos podido obtener su localización.
-No me feliciten sólo a mí –contesta la chica-, Rodrigo también ha contribuido. Aunque ésa no es la única noticia que tienen que darle –se quita el abrigo, y de repente me percato de su incipiente pero incontrovertible estado de embarazo-. Hola, Rodrigo, creo que vamos a ser papás.
En ese momento me despierto de pronto al ciento por ciento, recuerdo mi nombre y todas las demás cosas, y me da la impresión de que no voy a querer dormir nunca más.