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lunes, 25 de abril de 2022

La historia real de abril y mayo. No te fíes de los antiguos: Plinio, Herodoto, y el principio de autoridad.

Una de las máximas de la civilización occidental podría resumirse en la mítica frase del Dr. House: "Todo el mundo miente". En buena parte, el proceso de maduración del ser humano consiste en aprender que lo que existe a nuestro alrededor tiene un buen componente de embuste: desde los animales que se camuflan, las apariencias que siempre engañan, las pequeñas (o no tan pequeñas) mentirijillas que nos relatan nuestros padres, o incluso las falsedades que toleran nuestra mente o nuestros sentidos, de manera inconsciente o en un protector autoengaño. La cuestión es que -del mismo modo que la evolución de las especies remeda las fases del estado embrionario- la civilización, a semejanza que el ser humano como individuo, ha aprendido con paso del tiempo a no fiarse de lo primero que le cuentan, sobre todo después de haber constatado (normalmente a base de errores) de que mucho de lo que le narraban era un auténtico dislate. En definitiva, con el tiempo nos hemos vuelto más escépticos y, tras el descubrimiento del método científico, no nos creemos ninguna afirmación sin antes haberla corroborado nosotros mismos.

En ese sentido, hay personas que fueron auténticos adelantados a su tiempo. Por ejemplo, el griego Heródoto (o Herodoto, ya que se puede escribir de las dos maneras, aunque con tilde se aproxima más a la pronunciación helena). Considerado el padre de la historiografía como disciplina, iba preguntando, a lo largo de los distintos pueblos por los que pasaba, por los acontecimientos de aquel lugar. Trataba de encontrar una causa racional a los hechos, en lugar de buscar explicaciones divinas. De vez en cuando, sin embargo, se la colaban. Como cuando los egipcios le contaron que, en unas inscripciones en un lugar sagrado, lo que habían escrito era cuántas cebollas y cervezas se comieron los albañiles que lo construyeron. O cuando le dijeron que en Egipto el agua no proviene de la lluvia, sino sólo del Nilo, del cual, por cierto, le describieron un recorrido imposible. A pesar de eso, y de ciertos errores (por ejemplo en las traducciones), hay que reconocerle a Herodoto el valor de lo que hacía: además de ser el primero que intentaba una cosa parecida, trataba en los nueve libros de sus Historias de discernir lo verdadero de lo falso, realizaba juicios críticos y -como hace por ejemplo el lenguaje turco en su gramática- distinguía con frecuencia lo que le habían referido otros de lo que había sido él testigo a través de sus propios ojos. Aunque, desde luego, a veces metía la pata hasta el fondo, como cuando habló de unos seres humanos con cabeza de perro.

Lo cierto es que, si la tradición de narrar las aventuras de los pueblos es un oficio antiguo, el arte de reírse a costa de los extranjeros que pretenden conocer tus costumbres presume de ser más arcaico todavía. Un ejemplo interesante nos lo aporta "El antropólogo inocente", la historia real de cómo el joven autor Nigel Barley, un investigador algo cínico y escéptico, decide desarrollar su trabajo de campo en Camerún y, cuando habla con los nativos, se da cuenta de que los oriundos del lugar se han dedicado a vacilar a cualquier estudioso que se haya atrevido a poner sus pies por allá. De hecho, conforme el protagonista va describiendo costumbres de la tribu que estudia, te das cuenta de que muchos de los detalles que el autor aporta probablemente provienen de bolas que le han metido también a él. Claro que, pensémoslo desde el punto de vista del objeto de estudio, es decir, de los pueblos aborígenes de cada sitio: ¿qué ganan ellos con un libro sobre su cultura que se publicará en Europa, o con cualquier artículo de investigación?¿Por qué le van a contar nada a ese señor que conocen desde hace cinco minutos, y cuyo futuro profesional ni les va ni les viene? Ya puestos, pueden divertirse y pasar un buen rato. Aunque sea a costa de un pobre incauto, y de algo tan frágil y poco valorado como la verdad.

Dicen que, en los juicios, desde que se han popularizado las series del tipo CSI, los jurados exigen ver más pruebas forenses, y se fían menos de los testimonios. A pesar de que los abogados insisten en que en ocasiones no hay otro remedio que aceptar la palabra de los testigos oculares, es cierto que, si uno atiende a la calidad de ciertas declaraciones, los jurados hacen bien en desconfiar. Quizás uno de los ejemplos más significativos que podemos encontrar, a este respecto, en el mundo de la investigación académica, fue el de los samoanos que desgranaron la esencia de su cultura a la antropóloga Margaret Mead. De acuerdo a los libros de Mead, en la civilización samoana imperaba el sexo libre, apenas existían tabúes respecto a las relaciones carnales, y las relaciones entre hombres y mujeres eran felices y armónicas. Ha habido mucha polémica sobre estas publicaciones, o sobre si Mead sabía que la engañaban: sin embargo, hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que la sociedad samoana era en aquel tiempo tan machista, falocéntrica y desequilibrada como la mayor parte de los colectivos humanos que conocemos. Teniendo en cuenta el nivel de alcoholismo, incesto y violaciones, probablemente más. ¿Los motivos para el fraude? Se discuten. Que si Mead escogió como fuentes a adolescentes cohibidas y llenas de vergüenza, que soltaron el primer embuste que se les pasó por la cabeza... Que si los samoanos quisieron pasar un buen rato a costa de una antropóloga que casi no salía de su alojamiento... O, tal vez, que a Mead le venían tan bien esa clase de declaraciones (muy populares en la época en que fueron aireadas, o sea, en pleno auge hippie) que no tenía el menor interés en contrastarlas. Pasaron años hasta que otros investigadores comprobaron que la cosa no era ni mucho tan idílica como Mead la pintaba en sus escritos, y que se reconsiderara la manera en que los antropólogos debían interactuar con las poblaciones con las que entraban en contacto.

Margaret Mead no era la primera en enfangarse en esta clase de enredos. Todos sabemos que el Dorado fue un mito que los conquistadores españoles crearon a partir de afirmaciones de los pueblos americanos oriundos, a quienes les convenía que los recién llegados creyeran que había tierras de incalculables riquezas muy, muy lejos de su hábitat, para que se largaran de aquel lugar cuanto antes, y así dejaran de incordiar. Un objetivo similar podía albergar el testimonio de ciertas tribus de Tierra de Fuego, quienes dijeron a los ingleses que entre los pueblos vecinos había caníbales (¿pretendían disuadirles de quedarse en la zona; o, quizás, ganarse su confianza mediante el clásico recurso de hablar mal de tus enemigos?). Lo extraño es que, en ciertas ocasiones, los colonizadores también tomaron parte activa y se mezclaron en el juego de mentiras. Un ejemplo es el de un sacerdote español que juraba, tras un viaje por la zona que hoy es fronteriza entre México y Estados Unidos, haber divisado las míticas siete ciudades de Cíbola. El religioso, que se llamaba Marcos de Niza, guió más tarde a la famosa expedición de Coronado hasta que quedó claro que allí no había ni ciudades, ni oro, ni mucho menos las favorables condiciones que el sacerdote había descrito, momento en el cual el fraile aprovechó para poner tierra de por medio. ¿Por qué se abonó Marcos de Niza a la mentira, conduciendo a sus compañeros a lo que, como poco, constituyó una trampa cuasi mortal?¿Fue por simple ansia de notoriedad, o él también se creyo sus propios embustes, sucumbiendo al encanto de hablar sobre lugares legendarios que prometían riquezas sin límite? Nunca lo sabremos. De hecho, de lo que conocemos del comportamiento humano, incluso en el caso hipotético de que pudiéramos carearnos con el religioso, probablemente el sacerdote no sería capaz de darnos una explicación coherente a por qué obró de esa manera.

A veces, los errores surgen de una serie de inexactitudes acumulativas. Testimonio indirecto a partir de un testimonio indirecto, y así hasta el infinito. Como los cuadros que se dibujan inspirándose en otros lienzos, o por parte de pintores que nunca han contemplado de primero mano el modelo. Fue por cuestiones de este tipo por las que, seguramente, ha quedado distorsionada para nosotros la figura del dodo. O las representaciones de rinocerontes (un animal que ya inspiró el mito del unicornio) que circularon durante un tiempo por Europa. Hay un interesante hilo de Twitter sobre este tema, que enlaza también con una curiosa anécdota: gracias a Plinio el Viejo, los europeos creían que el enemigo natural del rinoceronte era el elefante y, aprovechando una ocasión en que Lisboa albergaba ejemplares de los dos tipos, dispusieron una pelea entre ambas clases de colosos. Sin embargo, el elefante y rinoceronte implicados en la representación circense se ignoraron mutuamente, y el bochornoso espectáculo prosiguió hasta que al elefante le dio por derribar unas vallas y escaparse. Cosa que hubiera hecho con bastante certeza también Plinio si le hubieran cuestionado por sus afirmaciones, y a partir de qué fuentes las realizó.

El caso de Plino el Viejo es muy especial. Fue un autor extremadamente prolífico, aunque de sus textos sólo nos ha sobrevivido su Historia Natural (37 libros, que el romano elaboró a partir de una lectura de 2000 volúmenes). Plinio pretende hacer en ella un recopilatorio de todo el conocimiento que existía en aquel tiempo acerca de la geografía, la biología y el ámbito, en general, de lo que hoy entendemos por ciencias naturales. Abarca tanto que se ha convertido en una frase hecha la expresión "Cuenta Plinio que...", semejante a la introducción típica de: "Ya decían los babilonios...". Parece que no hubo tema en el que Plinio no metiera la cabeza. Obviamente, al pretender describir tantas cosas, es imposible que el sabio romano conociera de primera mano todos los asuntos de los que trataba. Pero claro, el problema es que, ante tu ignorancia, realices aseveraciones demasiado osadas. La Historia Natural de Plinio es también un compendio de criaturas míticas, lugares remotos que nunca se encontraron, verdades controvertidas y, en general, conceptos que permanecieron vigentes hasta que los exploradores de la Edad Moderna empezaron a observar por sí mismos que buena parte de lo que decía Plinio no era verdad. Por lo que me cuenta gente que ha leído tanto a Plinio como Herodoto, ambos contienen errores, pero el primero hace bueno al segundo: porque mientras el griego se plantea qué cosas que escucha pueden ser verdad o mentira, Plinio acepta ciertas afirmaciones demasiado acríticamente. Hasta autores no precisamente contemporáneos le reprocharon sus inexactitudes. Quizás el precio de escribir sobre tantas materias, y tan diversas, es no llegar nunca a profundizar. También es cierto que, en la antigua Roma, no estaba de moda aquello de contrastar tus fuentes, precaución que empezó a seguirse con los siglos, a partir de ejemplos como el de Plinio. (Haciendo un inciso, es curioso que desconozcamos los detalles un suceso que el romano podría haber narrado en primera persona, al menos en parte, pues es un enigma que se yergue en torno a su muerte. Plinio el Viejo falleció en una expedición al Vesubio cuando éste erupcionó en el año 79, asolando Herculano y Pompeya entre otros estragos. Su aciago final nos lo relató su sobrino, Plinio el Joven, pero lo que no nos aclaró fue qué iba exactamente su tío a hacer allí. Según teorizan muchos, la cercanía de Plinio a los círculos del poder imperial hace creer que marchaba en una expedición de rescate para intentar salvar a unos cuantos habitantes de las poblaciones que perecieron por culpa del volcán. No obstante, sobre este detalle, ambos Plinios guardan silencio).


Estas imágenes (tomadas del libro El Atlas Fantasma, de Edward Brooke-Hitching) provienen del Liber Chronicarum (Las crónicas de Núremberg), de Hartman Schedel, el cual recrea algunas de las criaturas más demenciales que, en teoría, pueblan nuestro mundo. El libro está a su vez basado en varios textos ilustrados, como Colección de hechos memorables o El erudito, de Cayo Julio Solino. A este último autor se le conoció como <<el mono de Plinio>>, porque se apropiaba los elementos más inverosímiles del escritor romano. De esa manera, las criaturas descritas por Plinio (de extravagante anatomía y proporciones corporales) se hicieron inmensamente populares en bestiarios y en el acervo popular. Así funcionaba la transmisión del conocimiento durante la Edad Antigua y Media.

Buena parte de las verdades de Plinio sobrevivieron, entre otras cosas, porque en la Edad Media se aceptaban a pies juntillas los postulados de los antiguos: es el llamado principio de autoridad, por el cual ciertas figuras merecen más crédito, merced a su reconocida sabiduría en un campo. Entre otras cosas, esta creencia se debía a que la primacía de la iglesia cristiana se basaba y se basa en este mismo supuesto: no puedes poner en duda lo que dice el Papa, ya que sus dogmas los revela Dios. Así, durante siglos, las verdades fundamentales fueron las de Platón y las de Aristóteles, los cuales habían sido señalados (y ubicados en un pedestal), en el mapa del cristianismo, gracias a la influencia de Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona. Sin embargo, la llegada del Renacimiento supuso un cambio de perspectiva, y surgieron nuevas formas de adquirir conocimiento: el empirismo, por el cual debíamos basarnos en el ensayo y error -así como en la observación directa- para adquirir un saber más valioso que el de los libros; o el método científico, que exige someter a escrutinio una hipótesis antes de aceptarla como cierta. El principio de autoridad todavía persiste, sin duda, sobre todo en aquellos campos que no podemos dominar (el saber humano es limitado, y el conocimiento extenso), o cuando comprobar los hechos por nosotros mismos resulta agotador, y hasta técnicamente imposible. Sin embargo, en nuestra sociedad, siempre se aceptará como más válido aquel conocimiento que proviene de la experiencia de primera mano, antes que una referencia aceptada sin cuestión. 

No obstante, como en todos los aspectos de la vida, el equilibrio perfecto entre estas opciones nunca estará disponible. Y ahí es cuando surgen los dramas. Solemos decir que el poder de la ciencia consiste en que no confiere verdades absolutas e incuestionables, sino que te proporciona pruebas a partir de las cuales tú mismo puedes deducir sus leyes. Pero esta sistemática posee varios inconvenientes: lo primero, que las afirmaciones en ciencia suelen ser siempre perecederas, con un porcentaje de error (los científicos solemos decir, medio en broma medio en serio, que toda verdad lo es sólo con un 95% de probabilidad), expuestas a modificarse en mayor o menor medida según los nuevos descubrimientos. El segundo problema es que, conforme la ciencia se hace más compleja, se hace proporcionalmente más difícil exponer de manera sencilla sus demostraciones (¿cuántos fósiles necesitas ver y tocar para creer en la teoría de la evolución?), así que llega un momento en que tienes que volver al principio de autoridad: fiarte de científicos que llevan investigando mucho tiempo su campo de estudio. El dilema aquí reside en cuando llega un antivacunas, un creacionista o un negacionista y te cuelga un vídeo delante: "aquí tengo esta persona que dice lo contrario". Este último puede ser alguien sin ninguna experiencia en el tema, o quizás un supuesto experto, pero que ha decidido obviar el método científico (o directamente, mentir) para conseguir dinero o más followers. Ante estas dicotomías, es fácil para el público general sentirse perdido, y muy complicado para el científico hacerse entender. No se le exige ya sólo tiempo para defender sus afirmaciones, sino que también necesita, por parte de quien escucha, un espíritu crítico y escéptico que no funcione en una sola dirección. Además de, por supuesto, aplicar un principio de autoridad que esté basado en una buena brújula, para no depender del primer idiota que pretenda estafarnos. Como veis, este debate que empieza por Heródoto y Plinio se halla de plena actualidad: y sin duda es una cuestión recurrente que volverá a discutirse, con cierta periodicidad, a lo largo de los siglos.

La muerte de Plinio, por Pierre-Henri de Valenciennes.

Hay un detalle adicional que tengo que comentar sobre esta pequeña crónica. Escribir por placer (y no por dinero, o con jefes ante los que responder) tiene la ventaja de que, hasta cierto punto, puedes profundizar lo que te apetezca en los temas. Personalmente, no me he atrevido a leer toda la obra de Plinio o Herodoto: es demasiado extensa, tengo demasiadas lecturas pendientes (por obligación y por placer) y, si me pusiera a ello, seguramente este artículo no se hubiera terminado nunca. Pero me he aprovechado de largos y amenos diálogos, muchos de ellos a través de posts y comentarios en Twitter o Facebook (gracias especiales a @TiberioGraco6 y a sus amigos y seguidores), de personas que han ido comentando sus experiencias con estas lecturas, y de los que me he fiado como lo haría de artículos, libros o alegatos de expertos, cosa que por lo común no suelo hacer. Al aceptar estos testimonios, sin duda he cometido los mismos errores que algunos autores antiguos: fiarme de las fuentes secundarias antes que observar las cosas por mí mismo. Pero mientras redacto estas líneas, medito: ¡qué diablos!, ¿no es éste el mejor homenaje que podría rendirles a aquellos cronistas? Así que ya sabéis, si hay algo que haya escrito por aquí que nos os cuadre, no os fiéis y comparadlo con vuestros propios ojos: no sea que yo también os esté dando gato por liebre. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

lunes, 14 de septiembre de 2020

La historia real de septiembre: las múltiples vidas de Robert FitzRoy

Hay personas que viven rodeadas de tanta cantidad de historia que en un momento determinado les eclipsa. Quizás éste sea el caso del oficial de la marina británica Robert FitzRoy, quien pasaría a los anales principalmente por ejercer el rango de comandante del HMS Beagle, el barco que llevaría a las Galápagos a Charles Darwin, donde el biólogo británico reuniría las evidencias que le llevarían a proponer una teoría de la evolución que revolucionaría el mundo, iniciando una discusión cuyos ecos reverberan todavía hoy día con nuevas capas de matices sucesivos. Sin embargo, FitzRoy destacó por muchos más aspectos: fue un arrojado explorador, participó en relaciones innovadoras con las culturas aborígenes (lo cual incluye ser uno de los primeros defensores de los derechos de los nativos, así como ambivalentes experimentos que acabaron en tragedia), y tiene el logro de constituir un pionero en la ciencia de la meteorología, convirtiéndose en el primer hombre que realizó una previsión del tiempo con bases científicas. Más tarde os detallaré todos esos aspectos, incluyendo si la predicción acertó o no.

Retrato de nuestro protagonista (Wikicommons)

Hay dos pilares principales en los que descansa la biografía de FitzRoy y que motivan buena parte de su carrera profesional y motivaciones: en primer lugar, era un hombre noble, de padres ambos pertenecientes a la aristocracia (su apellido, por señalar, deriva de un ancestro que fue hijo bastardo de un rey), lo cual implicaba una educación exquisita y también la posibilidad de acceder a una serie de cargos en la oficialidad de la marina británica que, de no ser así, le hubieran sido vedados. Y, dos, era un hombre profundamente religioso, defensor exacerbado de la Biblia, una parte de su personalidad que influyó tanto en su relación con Darwin y sus teorías como en sus tratos con las comunidades indígenas.

FitzRoy había ejercido diversos cargos en la marina británica -de hecho, obtuvo la máxima calificación posible en el examen para teniente, algo que nadie había conseguido hasta entonces- hasta que en 1828, con veintitrés años, le llega la oportunidad de comandar el HMS (acrónimo para "His/Her Majesty Ship", nombre que por definición se le otorga a los buques de la armada en el Reino Unido) Beagle, en un momento circunstancias ominosas. El anterior comandante, Pringle Stokes, había sufrido una depresión después de atroces sucesos que habían tenido lugar en Puerto del Hambre (el nombre lo dice todo), uno de los muchos enclaves en la miríada de canales que forman parte de la Tierra de Fuego en el extremo sur del continente americano. El HMS Beagle se encargaba de la exploración de esas zonas con el objetivo de reclutar información que pudiera ser útil para los intereses estratégicos de un Reino Unido que, tras derrotar a Napoleón, había dejado de ensimismarse en Europa para mirar qué otros muchos rincones del mundo podía usar en su provecho, y el sur de lo que hoy es Chile y Argentina era uno de estos puntos clave. Como dice Javier Reverte en su libro <<Confines>>, que mencionamos de pasada en otra ocasión, ésta es una región inhóspita, poco fértil y de temperaturas muy bajas la mayor parte del año, donde casi todos los apelativos impuestos a los distintos accidentes geográficos tienden a destacar las dolorosas calamidades que tuvieron que afrontar los viajeros que arribaron a estas tierras. Sin embargo, FitzRoy, fiel a la flemática actitud clásica de la oficialidad británica, sigue adelante con su viaje y, de hecho, tuvo una idea basada en sus creencias religiosas: se llevaría a unos cuantos nativos de aquella zona, los denominados "fueguinos"; los trasladaría a Inglaterra, les enseñaría la fe cristiana, y ellos volverían más tarde a su tierra para difundir la buena nueva por el Nuevo Mundo. En total se llevó a cuatro aborígenes, tres de la tribu kawésquar (que fueron bautizados como York Minster, Boat Memory y Fuegia Basket -esta última sólo contaba con 9 años-) y un joven de catorce años de la tribu yagán, denominado Jemmy Button porque el pago que recibió su familia a cambio de su cesión fue un botón de nácar (button en inglés). Luego veremos la importancia que tuvieron estos nativos. La cuestión es que el viaje del Beagle prosiguió y, de hecho, descubrió el canal que lleva su mismo nombre, uno de los pasos marítimos más seguros por donde atravesar el continente americano todavía hoy en día -el artificial canal de Panamá le arrebataría su preeminencia-, sobre todo en comparación con los traicioneros estrechos y lenguas de agua que pueblan Tierra de Fuego, los cuales han servido de trampa para numerosos barcos que han arrostrado toda clase de penalidades (también horrendos naufragios) en esa región desde la época de Magallanes. La labor exploradora de FitzRoy ha sido reconocida sobradamente por su patria, ya que su nombre se yergue en numerosos hitos a lo largo de la geografía tanto de Sudamérica como del Reino Unido, incluyendo entre otros varios enclaves de las británicas islas Malvinas, o el monte FitzRoy, situado en el Campo de Hielo Patagónico, no muy lejos del famoso glaciar Perito Moreno.

Charles Darwin, antes de adquirir la barba característica con la que pasaría a la Historia, principalmente, como inspirador de la figura del mono que sirve de reclamo del célebre anís.

El segundo viaje del Beagle empieza en 1831. Por lo visto, no mucho antes de que el barco zarpara, se planteó una cuestión fundamental, y era quién iba a acompañar al comandante FitzRoy durante las comidas. Como hemos mencionado, los oficiales de las marina británica solían ser hombres ricos e instruidos, y no resultaba adecuado que se mezclaran con los recios y embrutecidos marineros -además de que aquello hubiera generado diálogos de besugos-. Por eso, era típico que, a bordo, se hallara un individuo que le hiciera compañía y charlara con el comandante durante almuerzos y cenas; aparte, podría ejercer en el buque una labor de tipo científico, pero en todo caso la principal función era actuar como apropiado conversador para la máxima autoridad del buque. Fue entonces cuando, merced a una serie de recomendaciones y contactos, surge el nombre de Charles Darwin, un joven por supuesto perteneciente a una buena familia, además de extensa y bien avenida (ambas ramas de la familia de Darwin mantenían relaciones de consanguineidad, y él mismo acabó casado con una de sus primas; de hecho, la observación de cómo ciertas enfermedades hereditarias que él poseía se acrecentaban en sus hijos le sirvió para un estudio sobre el tema). Fue también uno de sus tíos quien le recomendó al joven Charles que viera mundo antes de cumplir sus planes de ordenarse clérigo, el destino primigenio de la carrera del muchacho. Finalmente, es el escogido tras una entrevista personal para embarcarse en el navío. Hay que decir que ambos hombres, FitzRoy y Darwin, se llevaron bien (apenas se sacaban unos pocos años), a pesar de que desde muy pronto surgieron las diferencias. Aunque ambos fervorosos cristianos, los descubrimientos que Darwin iba encontrando le fueron convenciendo cada vez más a este último de que la visión de la Biblia en la que Dios crea al mundo en siete días era poco compatible con las evidencias naturales a favor de un cambio paulatino por el que las especies se adaptan a su entorno. Si bien esto generó discusiones entre ambos individuos, es verdad que mantuvieron en todo momento un comportamiento civilizado, y procuraban olvidar estos desacuerdos a la hora de comer. También fue problemática la relación de un Darwin poco avezado en asuntos de la mar con respecto a la tripulación, que veía cómo aquel intruso les llenaba la cubierta de "bichos" y "porquerías" que necesitaba para sus investigaciones. Aunque parece que le perdonaron tanto esa actividad como su tendencia a los mareos, porque le denominaron cariñosamente "el Filo" (de "filósofo"). Después del mítico viaje por Sudamérica, donde 1) el Beagle realizó nuevos descubrimientos geográficos, 2) Darwin recogió especímenes durante el mes y pico escaso que fondearon por las islas Galápagos, y 3) los fueguinos reclutados en el primer trayecto volvieron a casa (luego volveremos sobre eso), los caminos de los dos hombres divergieron. Cada uno, de una manera u otra, le acabó por dar una sorpresa al otro: FitzRoy, porque se casó casi inmediatamente a la vuelta, cosa que sorprendió a Darwin porque el comandante nunca le había hablado de ningún compromiso previo. En cuanto a la campanada de Charles, ésta tuvo que esperar: Darwin era un hombre religioso, pero más lo era su mujer, con lo cual el científico, sabedor de que su rompedora teoría de la evolución no gustaría a la iglesia -ni tampoco a su santa esposa- guardó sus hallazgos en un cajón durante décadas mientras se dedicó a otros asuntos (entre otros, el estudio del percebe, al que analizó tanto que lo llegó a aborrecer). Probablemente hubiera fallecido sin exponer sus teorías de no ser porque un joven llamado Alfred Wallace acudió a él para decirle que, en sus investigaciones en la Amazonía y el archipiélago malayo, había llegado a muy parecidas conclusiones, momento en que Darwin aprovechó para sacar del armario sus descubrimientos. Hay que decir que, pese a que en aquel primer momento la teoría se consideró fruto tanto del genio científico tanto del más prestigioso Darwin como del bisoño Wallace (se presentaron como co-descubridores, aunque hay polémica sobre cómo se ensalzaron los méritos de cada uno), el nombre de este último ha tendido a caerse del imaginario colectivo ya que, si bien Wallace realizó contribuciones muy interesantes en otros campos, incluyendo en el activismo social (estaba en contra de las políticas coloniales británicas, y realizó propuestas económicas novedosas, algunas de las cuales se aplican hoy en día), su apoyo al espiritismo le fraguó el descrédito de la comunidad científica, y le llevó a romper la relación con varios científicos y amigos, incluyendo el propio Darwin. La cuestión es que -por motivos radicalmente distintos, claro-, FitzRoy también se disgustó con Darwin, al sentirse ultrajado por las consecuencias que la teoría respecto a la sagrada creación del mundo por parte del Dios cristiano en siete días. Sin duda, además, pesaba en su airada crítica la responsabilidad que él mismo había tenido al proporcionar a Darwin los medios para elaborar aquel abyecto libro que pronto estaría en boca de todos bajo el nombre abreviado de "El origen de las especies". Siete meses después de la publicación del texto, tuvo lugar un fogoso debate en la universidad de Oxford entre partidarios y detractores de la teoría, hallándose entre los primeros Thomas Huxley (pariente de Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", y a quien Darwin, apocado polemista, concedió la responsabilidad de erigirse en paladín de la casa darwinista) y, entre los opositores, Robert FitzRoy, quien presentó como principal testimonio una Biblia y pidió a los allí presentes que concedieran credibilidad a Dios antes que al hombre. Pero ese debate FitzRoy, como otros en su vida, lo acabaría perdiendo.


¿Os acordáis de Jemmy Button, Fuegia Baket y York Minster, aquí presentes, de izquierda a derecha? Pues su historia acaba de empezar. Extraído de aquí, que también nos ha servido de fuente.

Pero antes de llegar a ese momento pasaron muchas cosas, incluyendo el segundo viaje del Beagle, durante el cual Darwin y FitzRoy aún se llevaban bien durante los almuerzos, y el comandante llevaba de vuelta a los fueguinos que se había llevado en el primer viaje (salvo uno de ellos, Boat Memory, que había fallecido en Inglaterra, según las fuentes de viruela o de sífilis). Hay que decir que los fueguinos fueron en general bien tratados, recibieron vacunas para prevenirse de las enfermedades del Viejo Mundo, aprendieron inglés y las enseñanzas cristianas, y fueron agasajados con regalos, incluyendo un sombrero que Fuegia Basket (como habéis comprobado, los nombres no fueron muy imaginativos) recibió de la soberana británica. Sin embargo, es difícil saber cuál era el punto de vista de estos expatriados, los cuales no pertenecían además a las mismas etnias. Por poner un ejemplo, los tres convencieron a los británicos de que en Tierra de Fuego había caníbales, idea de la que no se halló ninguna evidencia posterior pero que tardaría en descartarse un siglo (¿fue un malentendido?¿O había alguna intencionalidad detrás de ese embuste?¿Quizás probar hasta qué punto creían sus mentiras de cara al futuro, o se trató simplemente de un cómico "vacile"?). Para este segundo viaje, además de a los fueguinos y a Charles Darwin, FitzRoy -quien había subvencionado al completo la educación y mantenimiento de los aborígenes- se llevó, en su esfuerzo evangélico, al pastor Richard Matthews, quien debía colaborar en transmitir las enseñanzas cristianas entre los nativos. Mientras tanto, Charles Darwin no se llevaba muy bien con los fueguinos, y aunque tenía que reconocer que el adolescente Jemmy Button era muy simpático (todo el mundo destacaba que reía mucho), le resultaba difícil creer que esa clase de gente pertenecieran a la misma especie que los británicos. En descargo de Darwin, hay que recordar que más adelante (según algunos) se arrepentiría de esos primeros juicios, y que fue un firme defensor de la abolición de la esclavitud en cuanto contactó con la realidad de los países esclavistas. También es pertinente recordar que las costumbres de los fueguinos eran muy distintas de los occidentales: los habitantes de Tierra de Fuego, bien adaptados a su medio, tendían a untar su piel con grasa de animal de tal manera que no les hacían falta ropas para soportar el frío clima de su tierra natal (hasta se bañaban desnudos en el agua), pero el olor que desprendía esa grasa no debía de antojársele muy sofisticado a los europeos. De hecho, cuando -merced al esfuerzo civilizador- los fueguinos abandonaron esas técnicas de supervivencia y se pusieron ropas, esto provocó que dejaran de bañarse tan a menudo y les hizo víctimas de numerosas enfermedades. Pero esto se sabría mucho más tarde, y formaría parte de los tradicionales desencuentros entre distintas etnias, incluyendo también los que protagonizarían los fueguinos arrastrados al otro lado del mundo por el aprendiz de brujo FitzRoy.

Lo que ocurrió con ellos es confuso, pues sólo poseemos una de las versiones de lo sucedido, la que se anotó en los diarios de viaje de los ocupantes del Beagle. Por lo visto, desembarcaron y Jemmy Button tuvo oportunidad de reencontrarse con su antigua familia (aunque uno de sus parientes había muerto, lo cual le llenó de pesar). Tanto él como los otros dos fueguinos decidieron quedarse, y se construyeron chozas para ellos y para el pastor Matthews. A los pocos días, sin embargo, los navegantes del Beagle observaron cómo otros indígenas portaban objetos pertenecientes a sus fueguinos y Matthews, así que se alarmaron y volvieron al lugar donde los habían dejado, donde encontraron el campamento saqueado, a los fueguinos intactos, y a Matthews tan asustado por el asalto que se subió al Beagle y no quiso saber nada de la labor misionera nunca más. Los tres fueguinos, no obstante, optaron por permanecer allí. El problema fue que, casi un mes más tarde, cuando el Beagle retornó a la zona, encontró el lugar desierto, sin ninguna cabaña, y sólo más adelante una canoa donde divisaron a Button. Éste comentó que la tribu de Fueguia Basket y York Minster, los kawésqar, le habían robado todo lo que poseía, y que sus antiguos compañeros en Beagle habían participado en el ataque. Aun así, insistió en permanecer allí junto con la mujer nativa con la que recientemente se había desposado. Con lo cual, parece que, pese al tiempo transcurrido juntos, la rivalidad entre las distintas etnias había permanecido latente y se había manifestado al fin.

Claro que, como decimos, es difícil hacer juicios de valor a partir de sólo una de las versiones. Y más con lo que ocurrió después. El Beagle no volvió por esa zona (su tercer viaje, ya sin FitzRoy, fue a Australia) pero, años más tarde, Allen Gardiner, un oficial retirado de la Marina británica, decidió evangelizar a todo bicho viviente y, después de una serie de sonoros fracasos a lo largo de Sudamérica, no escarmentó y, ya que conocía la historia de los fueguinos de FitzRoy, intentó localizar a Jemmy Button en Wulaia, la zona donde FitzRoy lo había dejado. No sólo no lo logró, sino que falleció en el intento, como otros muchos soñadores cerriles que se adentraron en esa parte del mundo. No obstante, la sociedad misionera fundada por él decidió enviar otro barco (de nombre Allen Gardiner, en honor a su fundador), y esta vez tuvieron más suerte: unos nativos con los que contactaron reconocieron el nombre y avisaron al fueguino, así que Button pudo desempolvar un para nada olvidado inglés. Para entonces, ya se había desposado con otras dos mujeres y tenía, además, tres hijos varones. Después de unos primeros compases prometedores, los misioneros decidieron dejar una misión permanente en Wulaia. Sin embargo, como pasaron los meses y no tenían noticias de aquel rincón del mundo, los misioneros (con su sede principal en la isla de Keppel) enviaron una goleta que, cuando llegó, encontró la Allen Gardiner desmantelada y, como único superviviente, al cocinero de la misma, que había salvado el pellejo en unas condiciones penosas. El cocinero contó que los hombres de Button, con quienes los tripulantes de la Allan Gardiner mantenían una tortuosa relación (los occidentales se quejaban de robos, mientras que los indígenas les acusaban de no hacerles suficientes regalos), les habían tendido una trampa justo antes de celebrar la primera misa en la zona, y habían matado a todos los británicos salvo el cocinero, hasta ocho víctimas en total. A la serie de pesquisas públicas con las que se investigó el suceso se sumó el propio Jemmy Button, quien se presentó voluntario para declarar, afirmando que los ataques habían sido perpetrados por la enemiga tribu ona. No está muy claro si los ingleses lo creyeron o no, pero sí que decidieron dejarlo correr y no enviar una expedición de castigo. Quién sabe si los británicos no querían sumar nuevos enemigos a causa de un suceso que no tenían muy claro, o si es que pensaron que poco más podían sacar en limpio de aquella maldita tierra. De Jemmy Button poco se volvió a saber (su tribu siguió manteniendo relaciones con los misioneros, y alguno de sus hijos viajó a Inglaterra), pero hay un hecho curioso, y es que uno de sus descendientes fue bautizado como FitzRoy. En cuanto a los auténticos pensamientos de Button respecto a los hombres que trataron de civilizarlo, no los conoceremos nunca. Cuando pienso en su historia, me acuerdo de los pueblos de ciertas islas de la Polinesia que fingieron aceptar la fe cristiana, pero al tiempo seguían creyendo en sus antiguos dioses (o hacían un extraño sincretismo con la nueva religión), aunque esperaban bienes materiales de los viajeros recién llegados. Viajeros que por otro lado pretendían que los indígenas aceptaran sin más sus costumbres y su dominio, y no mantuvieran en cambio pensamientos negativos o ambivalentes ante aquellos "turistas" que trastocaban su modo de vida, mientras además creían que les estaban haciendo un favor. Sin embargo, lo más probable es que no dijeran mucho en voz alta. En parte tal vez por costumbres aún persistentes entre ciertas culturas (en resumen: si no tienes nada bueno que decir, es mejor no decir nada, expresar una esperanza o cambiar de tema); o, en parte, quizás, porque no servía de nada oponerse. Con lo cual, lo más fácil era lo que hacía Jemmy Button: guardarse el rencor, sonreír hasta que llegara un momento en que pudieran decidir por sí mismos, y tal vez entonces vengarse. Al final, como siempre, las relaciones entre distintas civilizaciones no son una cuestión de buenos y malos, sino más bien de bastante egocentrismo, y sobre todo mutua incomprensión. Aunque en algunas ocasiones, estas interacciones se encarrilan hacia buen puerto, o terminan en cambio como el rosario de la aurora.

Pero volvamos a FitzRoy, que no tiene nada que ver con estos últimos sucesos. Entre otros motivos, porque éste había vuelto a Inglaterra, se había casado, le habían aceptado en la Royal Geographical Society y había publicado tres libros con los sucesos y observaciones (incluyendo numerosas de carácter científico) durante sus viajes en el Beagle. Fue entonces nombrado gobernador de Nueva Zelanda, heredando de su antecesor los problemas que enfrentaban a los colonos ingleses con los nativos maoríes. Lo cierto es que ahí FitzRoy -lejos ya de los experimentos que había llevado a cabo con los fueguinos- trató de manifestarse ecuánime en este nuevo contexto, atreviéndose a condenar acciones ilegales de los colonos y a defender que los maoríes debían recibir un precio justo por las tierras adquiridas por los británicos. Es más, trató de facilitar el comercio de tierras entre unos y otros, pero bien porque sus medidas no funcionaban con la efectividad esperada, bien porque no recibió un apoyo suficiente de la metrópoli, lo cierto es que las tensiones se incrementaron entre colonos y maoríes, y el conflicto se recrudeció. Al final, una compañía británica con intereses económicos en la zona protestó ante Gran Bretaña, y FitzRoy fue sustituido por un sucesor que, según se dice, sí contó de un sostén más firme por parte del gobierno británico.

Y aquí llegamos a la última de las vidas de FitzRoy, narrada de manera elocuente por el magistral quinto episodio de la serie de divulgación científica de Netflix "Superconectados: La ciencia oculta detrás de todo", el cual construye un círculo de ideas alrededor de algunos de los desafíos más apabullantes de nuestro presente. Influidos por una descomunal tormenta que había hundido a numerosos navíos en la costa inglesa, las autoridades de Gran Bretaña nombran a FitzRoy como jefe de un departamento cuyo objetivo sería acumular todos los datos posibles sobre el tiempo en alta mar, y tratar de averiguar si de allí podía deducirse cuál era el tiempo que iba a hacer al día siguiente, con todas las ventajas que ello implica. En su diario de registros, FitzRoy llega a realizar la primera predicción meteorológica (indicando que el tiempo iba a ser "despejado"), y lo llamativo es que acierta. Sin embargo, sus previsiones eran todavía muy poco fiables, y tenía tantos aciertos (que servían para reforzar sus conclusiones) como errores (que molestaban a los buques que no habían zarpado por previsión de tormenta, y utilizarían muchos científicos tradicionales para oponerse a este amateur que intentaba hacerles sombra). Quizás FitzRoy captó la ironía del hecho de que él, el ardiente defensor de la iglesia frente a Darwin, sería en aquella ocasión el impulsor del método científico frente a sus opositores, miembros del paisaje académico que invocaban a Dios como el único individuo capaz de controlar el tiempo meteorológico. FitzRoy se acabaría suicidando, aunque no podemos saber a ciencia cierta si su muerte se debió a la decepción ante el reto de la previsión atmosférica, pues se veía sumido en crisis de este tipo con cierta frecuencia. Sabemos, por otra parte, que en su decisión podría haber influido el hecho de haber dilapidado buena parte de su fortuna durante su vida pública. Sin embargo, tras su fallecimiento, las autoridades británicas y sus antiguos amigos (entre ellos el propio Darwin) no tuvieron inconveniente en auxiliar a su familia. Hoy, como mencionamos, toda clave de topónimos evocan su nombre, incluyendo el área de pronósticos meteorológicos donde realizo sus estudios climáticos, cuya denominación hubo de ser modificada para que no se confundiera con otra Finisterre, la que tiene localización en España.

Al final, Fitzroy fue muchas cosas. Según Darwin, quien le admiraba, era el hombre con la personalidad más fuerte que había conocido nunca. En buena parte de los episodios de su vida simbolizaba el fin de un mundo al que en cierta medida representaba, frente a un nueva concepción de la Tierra a la que ayudó a nacer. Quizás, como han dicho algunos escritores (y han dado a entender Greene, David Lean o Conrad), en todas las regiones perdidas del mundo, al mando de una causa tan delirante como sublime, siempre hay uno de esos hieráticos, imperturbables tipos dispuestos a no alterarse en absoluto por muy espinosas que vengan las cosas, y a llevar su visión del mundo hasta el final: en definitiva, un buen muchacho inglés.