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lunes, 9 de noviembre de 2020

Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (IV)

 Continuación a partir de aquí.


                                    *                                 *                                  *


            Al ladrón del Ojo Dorado no parecía molestarle mi presencia. Cuanto menos, parecía esperarla.

 

            Como si se hubiera intuido todo desde un principio. Como si ella misma hubiera escrito el final. Como si, tras mis actos, hubieran estado siempre sus palabras.

 

            Ahora nos contemplábamos con tranquilas miradas. Ambos, separados por una reja.

 

            Era ella la que se hallaba encerrada.

            -Te dije que esto no terminaba así -me espetó.

            Asentí. No, no había terminado así. Las cosas habían sido muy distintas. Yo me había escapado.

 

            Era ella la que se había equivocado al corretear por los pasillos. Era ella a la que habían cazado.

 

            Era ella la condenada a muerte.        

            -Por lo menos, contigo ha tenido Harrington más clemencia -rememoré-. A mí no me dio ni la oportunidad de hablar.

            El ladrón sonrió. No parecía perder su sentido del humor.

            -También a mí iba a dispararme; no obstante, se detuvo en el último minuto.

            Encogí los hombros.

            -¿Por qué?

            Ella suspiró.

            -No tengo la esmeralda. Tampoco (a pesar de ser yo la única que elevó la voz en la cámara del tesoro) acaba de creerse Harrington que yo sea el ladrón del Ojo Dorado. Típicos prejuicios machistas del siglo XIX. Las mujeres estamos para desmayarnos, y para que se peleen por nosotros los héroes románticos de turno. El Imperio Británico preferiría perder la India antes de reconocer que ha sido doblegado, y varias veces, por una mujer.

            Yo asentí. Comprendía lo que quería decir. Lo había leído a lo largo de las novelas que ella misma me había proporcionado.

            -Además -prosiguió-, Harrington no se cree que el Ladrón del Ojo Dorado no tuviera la esmeralda encima. Ni mucho menos que se perdiera en uno de los pasadizos.

            Escrutó con intensidad mi mirada.

 

            Intuí sus límpidos ojos.

 

            Tuve que apartar la vista. Cuando por fin reuní fuerzas, conseguí preguntar:

            -¿Y ahora, qué?

            Ella dejó caer su pelo a lo largo de su rostro.

            -¿Ahora?-respondió con otra pregunta-. Me retendrán aquí para que les confiese quién es el Ladrón del Ojo Dorado. Dónde vive. A qué se dedica. Dónde encontrarle a él, y los tesoros que acumula.

            Pasé la mano a través de los barrotes. Rocé con mi dedo su tierna y cálida mejilla. Le pregunté:

            -¿Y qué le piensas contestar?

            Ella asomó el rostro a través del escaso hueco que permitía la ventanilla de su celda. Y me inquirió:

            -¿Qué es lo que he de decirles?¿Quién eres?

            Es extraño, pensé. Después de haber intercambiado nuestros papeles, después de haberla traicionado, a pesar de salvarme la vida, y aun así, me seguía sonriendo. No era lógico… pero ella tampoco podía encuadrarse dentro de lo común.

            -Les dirás que el ladrón del Ojo Dorado seguirá atacando. Que volverá a aparecer. Que seguirá desafiándoles.

            Ella sonrió.

            -Pero que no volverá para liberarme…

            Cerré los ojos con remordimiento.

            -No…

            Ella alargó la mano, y condujo mi rostro hacia el de ella. Besó suavemente mis labios.

 

            Me dijo:

            -No te preocupes por nada. No me pilla de sorpresa. Sabía que lo harías. Me lo esperaba.

            Cogí su mano entre las mías, y me mordí el labio inferior para no dejar traslucir mis sentimientos. Quise decirle que esta oportunidad era la única que se me iba a presentar en la vida; que, si volvía a mi mundo, nunca jamás podría volver a conseguirlo; que tendría una existencia gris, macilenta, anodina y sin sobresaltos; que no podría disfrutar de la mayor aventura que han vivido los siglos; que no podría cumplir ese sueño -que todos tenemos de niño- de ser Sandokán, Miguel Strogoff, de transformarse en el protagonista de una novela de Conrad o Stevenson. De sufrir, sentir, vivir, amar, sufrir amargura, de la misma forma en que lo hace un personaje literario, y no ese patético engendro, colmado de rutina y desasosiego, que decimos en llamar ser humano, y cuya mayor tragedia semanal se resume en el café que se le derrama en la solapa… Quise decirle que este era un viaje que ambicioné hacer desde mi infancia, un camino que habría de recorrer por obligación… pero no tuve valor…

 

            Lo único que pude hacer fue dejar escapar su mano…

 

            … que volvía a la celda, de donde nunca más saldría.

 

            La volví a mirar a los ojos.

            -Antes de marcharme, quisiera hacerte una pregunta.

            Ella conservaba la misma mirada que una niña pequeña que acaba de descubrir el mundo. Curiosa, expectante, sin miedo. Sin el más mínimo rencor en sus ojos. Sin importarle para nada su futuro, si acaso, el mío. Con ningún deseo más que hacer preguntas, u otorgar respuestas.

 

            Sus labios volvieron a ser recordados por los míos.

            -¿Sí?¿Qué querías saber?

            Y entonces, reuní fuerzas para preguntarle: 

            -¿Por qué me robaste precisamente esas cosas de mi apartamento?

            Y entonces ella bajó la cabeza. Para, unos segundos después, alzarla de nuevo.

           

            No dejó en ningún instante de sonreír.

            -Te repito la pregunta que te hice antes: ¿por qué crees que le robaba todas esas cosas a aquellos millonarios?

            Apenas pude responder:

            -Yo… todos creíamos que se debía a que eran sumamente valiosas. O por el desafío de hacerlo. O porque se merecían, debido a su perfidia, tamaño castigo.

            Ella negó con la cabeza. Desplazó sus manos a través de los barrotes.

            -Los autores no aman a sus hijos literarios. Más bien al contrario, los aborrecen. Temen que permanezcan en el tiempo, y les aboquen a ellos mismos al olvido. Llegan a sentir odio por una criatura que han ayudado a engendrar, por un ser que jamás ha existido. Doyle mató a Holmes -dijo la ladrona, volviendo al inicio, como suelen hacer los buenos relatos circulares-, y necesitó diez años para resucitarle. Le colocó todos los defectos posibles, para así ser capaz de insultarle sin faltar a la verdad. Agatha Christie condenó a Poirot a una última vuelta de tuerca que engrandeció su historia, pero nubló su nombre. Y, cuando Peter Pan derrota a Garfio, él y los Niños Perdidos comienzan a ponerse las ropas de los piratas, a manejar sus barcos… a hacer lo mismo que ellos… la pobre Wendy tiene que ver, ante sus ojos, como la mirada de su mejor amigo, y también su alma, se van transformando en todo aquello contra él tanto había luchado… Es testigo de primera línea de cómo Pan, ese chiquillo malencarado y engreído con nombre de sátiro, se ha convertido en Garfio… y nada de lo que ha hecho anteriormente tiene sentido.

            Me interrogó con la mirada. Capté la analogía entre esta última historia y la nuestra. Contemplé a Wendy -un personaje que llegó a crear un nuevo nombre de mujer- a través de la oscuridad de su prisión.

            -No sé quien creó esta historia. No fui yo. Nació antes de los tiempos, tal vez, o quizá en un futuro muy lejano. No lo sé. En todo caso, el objetivo último del ladrón del Ojo Dorado no residía, ni mucho menos, en las riquezas materiales. Ni siquiera sé dónde están todas esas joyas. La meta fue siempre aquel a quien estábamos robando. El propósito era atacarle allí donde más le dolía, donde más se reflejaban sus sentimientos… sobre su posesión más preciada.

            >>Todos ellos eran hombres duros, que habían tenido que dejar cadáveres a lo largo de su vida, cuando no ejecutarlos con sus propias manos, para amasar sus inmensas fortunas. Todos ellos eran personas que ya habían fosilizado su corazón, y que tan sólo podían sentir a través de una piedra… la misma que le estábamos arrebatando…

            >>La fuerza, el atrevimiento del robo, no se basa en la pureza del diamante, ni en las crueles garras de las medidas de seguridad… Se basa en cuán profundamente eres capaz de llegar al alma de una persona… de qué parte de su vida le despojas.

            >>Todos esos hombres acaban muriendo… si no oficialmente de suicidio, sí de pena, de hastío, de vacío… se convierten en una sombra de lo que han sido, se dan cuenta de que la vida ya no tiene nada que ofrecerles.

Se apartó el pelo con la mano, dejando al descubierto su rostro.

-Te dije que todavía no había terminado contigo…

Y volvió a sonreír. Pero, esta vez una sonrisa maléfica y profunda. Una sonrisa que guardaba algo detrás.

 

Me puse a temblar.

-Te pregunté que por qué te habías dado cuenta de la ausencia de estos objetos. Una foto de un amor platónico, un libro de un amigo muy querido, un regalo muy especial… Te diste cuenta porque, aunque no te sirvan para conseguir un trabajo, ni un crédito en el banco, ni para obtener las metas que te has propuesto en la vida, sí que las tienes presentes… Porque son las cosas que han marcado tu vida, la parte de tu existencia que ya no puedes olvidar: un trozo de tu propia vida del cual apartarte (tan profundo como ha calado en tu alma) significaría la misma muerte…

Me miró, afilados como cuchillos, con sus multicolores ojos.

-Ahora, mi querido amigo, todo eso queda atrás. No sólo la foto, el libro y el regalo. Quedan atrás tu amor platónico. Tus amigos. Tus amores. Tu familia. La posibilidad de amar y ser amado, de contemplar amaneceres y noches de luna, de encontrarte con la sorpresa de cada día: de vivir, en definitiva.

>>A partir de ahora, todo eso ha cambiado: no tendrás existencia, salvo la que te determine la propia historia en que te veas envuelto. Como personaje literario, no podrás elegir tu propio destino, sino el que te marque este rumbo que ahora has elegido. Nosotros, en las historias, no nos alimentamos si no es necesario que lo hagamos para que la historia mantenga la coherencia; no disfrutamos del roce sincero de una mujer, pues sabemos que es el autor quien está moviendo sus sentimientos, como si éstos se hubieran materializado en los hilos de un titiritero. No decimos lo que pensamos, sino lo que quieren que digamos; no somos nosotros, sino el rol que nos ha tocado vivir…  Por no poder, ni tan siquiera podemos, en la mayoría de los casos, leer algún libro. Solemos ser iletrados, orgullosos, arrogantes, incautos, imprudentes, y, lo que es más, tediosamente imprevisibles.

Desplazó su rostro como si pudiera cruzar los barrotes, y dejó su cara a unos milímetros de la mía.

-El único fin de este maldito libro es, más que nada, arrancarle a cada uno de los que pasan por estas páginas su posesión más preciada. Tú me has robado a mí la que más ansiaba: la libertad.

            Susurró suavemente a mi oído.

            -Yo a ti, aunque aún no lo sabes, tu propia vida. Hasta hace un minuto, no sabías apreciarla.

            Sentí cómo comenzaba a desaparecer… cómo una nueva historia me solicitaba en esos mismos momentos, cómo me requería, como exige un amo de un esclavo.

            -A partir de ahora, vas a comenzar a echarla de menos.

            Una sonrisa. Un beso.

 

            Escuché sus crueles carcajadas, resonando a través de la noche de los tiempos.


FIN

lunes, 2 de noviembre de 2020

Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (III)

 Continúa desde aquí.

*

 

            Fue tan sólo un instante, apenas un segundo. Cuando volví a sentir la materia entre mis dedos, ya nos encontrábamos allí.

 

            En la cámara del tesoro.

 

            A un lado, el Ojo Dorado. Al otro, la esmeralda del Dragón.

 

            Los gerifaltes ingleses se habían tomado a mal que, cinco años antes, el Ojo Dorado fuera devuelto al Museo Egipcio, desafiando el poderío del Imperio Británico. Hasta entonces, no habían hecho nada ante el golpe recibido, pero la llegada de un nuevo ministro del Interior, empeñado en salvaguardar el honor inglés, había motivado la devolución de la joya por parte del gobierno egipcio al del Reino Unido. Los ingleses sospechaban que el ladrón trataría de volver a robar de nuevo la joya, pero no podían estar seguros de cuándo, ni de si esta vez se recibiría una de las famosas notitas por adelantado. El lugar más adecuado para sustraerla sería en una de las escalas del viaje del diamante hasta Inglaterra, pero quién sabe cuál. Por ello, los británicos habían dispuesto un cebo que, sin duda, atraería a cualquier ladrón, más aún al que nos interesa: en el más celosamente guardado sótano de la embajada británica en Roma, habían colocado el Ojo Dorado a tan sólo unos metros de la esmeralda del Dragón, la única joya equiparable en valor a la primera, procedente de una remota región de China. Era un blanco demasiado perfecto como para que el ladrón se resistiese. Y, por ello, la trampa ideal.

            -¿Qué pensaban?¿Qué iba a venir? Pues en efecto: aquí estoy.

            Miré en derredor. No lo podía creer. Estaba dentro. Dentro del libro.

            -¿Cómo hemos entrado tan fácilmente?

            -No dejes que el cambio de lugar te confunda. Recuerda tan sólo la historia. No es tan difícil.

            Rememoré. En efecto, entrar era fácil para cualquiera. Las tenaces arañitas británicas nos dejaban penetrar en la fortaleza, un gigantesco palacio digno de proclamarse una de las maravillas modernas, a cambio de poder tejer su gruesa red alrededor de nuestra huida. La entrada era sencilla. El problema era salir.

            -Harrington estará esperándonos afuera.

            -Así es. El pasadizo por el que entré es ya impracticable, gracias a la previsión inglesa.

            Me giré hacia donde debía de hallarse el corredor. En efecto, se había sellado por completo.

            -Pero no actuarán todavía.

            -No -respondió ella; me fijé en que ahora ya no vestía su traje negro de estilo moderno, sino una especie de prenda de igual color, similar a la que visten los espadachines profesionales. Mucho más acorde con la época y el estilo de la novela que la vestimenta que llevaba puesta cuando yo la contemplé por primera vez, en el siglo XXI. Sobre su cara, una máscara veneciana que ocultaba todo su rostro-. Lo que quieren es que me ponga a robar ambas joyas y que, en el momento en que esté a punto de atrapar cualquiera de ellas, justo la más complicada, se lancen a por mí antes de que pueda reaccionar. Esa es la idea. Y ahí es donde intervienes tú.

            Asentí.

 

            Me había explicado previamente el plan. Yo no lo recordaba, pero sabía que lo había hecho.

 

            Delante de nosotros, se extendía un breve suelo de piedra y, más adelante, el vacío. Sobre dicho vacío, y suspendidos por sendos gruesos cables metálicos, se hallaban dos soportes, completamente independientes, en donde refulgían, por separado, la esmeralda del Dragón y el Ojo Dorado. La única forma de llegar hasta aquel soporte (que tan sólo permitía asirse, ni mucho menos colocarse cómodamente) era saltar varios metros, con un tenebroso vacío debajo, que cobijaba la muerte para quien lo intentase. Pero era en ese momento en el que invadíamos el terreno de la astucia.

 

            El ladrón –aún no conocía su nombre- sacó de la bolsa de viaje que llevaba consigo un par de artefactos, similares a ballestas medievales. En este caso, con una ligera diferencia: al accionarlas, surgían dos flechas, cada una en direcciones opuestas, cada una de ellas portando un extremo de una gruesa cuerda. Un par de disparos bastaba para formar una tenue red de araña de múltiples hilos en el vacío, con los puntos donde cada cuerda convergía justo debajo de los soportes donde se hallaban ambas gemas. Gracias a este sistema, podíamos desplazarnos, como equilibristas, por encima del vacío y, si no caíamos irremediablemente a éste, alcanzar nuestro objetivo.

           

            Costó Dios y ayuda. Ella se movía delicada y graciosamente por encima de la red, como si se tratara de una bailarina de danza clásica, acostumbrada a hacer esto todos los días. Yo sin embargo estaba -no sé por qué- algo menos ducho en estas habilidades, y, por un par de instantes, asomé parte de mi vida a la inmensa sima que se abría bajo mis pies. Sin embargo, conseguí llegar a mi objetivo… y alcanzar, de puntillas, sobre un par de (a mí me lo parecían) finísimas cuerdas, la joya tal vez más valiosa de todo el planeta: el Ojo Dorado.

 

            Pero cuando ambos acabábamos de alcanzar nuestro objetivo, entraron en la estancia los ingleses.

 

            Los soldados, cargados sus fusiles, se presentaron ante nosotros con una especie de arrogancia y de temor reverencial al mismo tiempo. Se reflejaba la perplejidad en su rostro. No pensaban que su enemigo fueran a ser dos.

           

            Al frente, estaba Harrington, que no vestía como un soldado, pues no era tal. El detective de Scotland Yard vestía la clásica gabardina hasta los tobillos, y un sombrero calado. Empuñaba un revólver.

 

            Él tampoco sabía muy bien a quién de los dos hombres que se encontraban allí debía dirigirse. Pero, fuera quien fuera a quien lo hiciese, dejó las cosas claras.

            -¡Estáis rodeados!¡No podéis salir vivos de aquí!¡Rendíos!

             La que respondió fue mi compañera.

            -Buenas noches, comisario Harrington… ¿Ha tenido usted una buena noche? No quisiéramos haberle hecho esperar.

            Harrington se sintió confuso al darse cuenta de que la que le hablaba era una mujer: los soldados se contemplaron entre sí con clarificadoras miradas. El comisario apuntaba alternativamente al uno y al otro con su revólver.

            -Depongan las ballestas, o serán atravesados por una nube de balas.

            -Para entonces, alguna de las flechas habrá salido disparada hacia el corazón de alguno de estos soldados… tal vez hacia el suyo, comisario.

            -Los soldados, y yo mismo, estamos dispuestos a ese sacrificio. Suelten las armas.

            -Tampoco debe olvidársele, señor Harrington, que tenemos en nuestras manos dos importantes joyas.

            -¿Me cree tan estúpido como para dejarlas encima de un precipicio, y esperar hasta que ustedes lleguen hasta ellas? Esas piedras son falsas. El Ojo Dorado nunca ha salido de El Cairo.

            -Eso ya me lo preveía: por eso, señor Harrington, tuve la gentileza de, antes de venir aquí, pasarme por la sala donde sí que tienen guardada la esmeralda del Dragón… el dormitorio del embajador, no faltaría más. Por cierto, que ese hombre debería preguntarse dónde se encuentra su mujer a estas horas. Pero en fin, ése no es asunto de mi incumbencia.

            Harrington saltó con furia:

            -¡Es un farol!-pero el temblor de su voz denotó el miedo en sus palabras.

            -Puede que lo sea, y puede que no, comisario… Pero usted no lo sabe, al menos todavía, y, si nos dispara, corre usted peligro de que alguno de nosotros dos (quién sabe cuál, porque hemos tenido oportunidad de intercambiárnoslas) destruya la piedra… A mí no me importa, señor comisario, una joya más o menos, ya tengo muchas: pero supongo que la Reina no soportará que, una vez más, una de las piezas privadas de su colección se las haya arrebatado la misma persona. ¿No es así, Harrington?

            Éste asió con menor fuerza la pistola. Comenzaba a encontrarse en una difícil encrucijada.

            -¿Qué es lo que quieren?

            -Que nos deje salir, señor comisario.

            -Antes la muerte.

            -Pues destruiremos la piedra.

            -Si huyen, no habrá piedra ninguna.

            -Siempre cabe la posibilidad de que la cedamos en el último minuto, como gesto de buena voluntad.

            -De ustedes no me creo nada.

            -Pues habrá de hacerlo… o quedarse sin esmeralda. Usted decide.

            Harrinton dio un paso atrás.

 

            Le teníamos entre la espada y la pared.

            -No pueden salir de aquí. La embajada está rodeada.

            -Nos conformamos con una cierta ventaja.

            -Las balas no tendrán piedad.

            -Le dejaremos la joya en la puerta… si llegamos. Si no, ya pueden irse despidiendo. Y, créame, no será fácil alcanzar a ambos a la vez. Y, quien sabe, tal vez sea el otro el que tenga la joya. O puede que ésta se fracture con la caída del cadáver. No lo sé, señor Harrington…

            Saltó hacia el suelo de piedra, apuntando a Harrington con la ballesta.

            -Tendrá usted que averiguarlo…

            Harrington no se movió. Durante unos instantes que se me antojaron milenios, lo soldados no movieron un músculo, el dedo en el gatillo. El ladrón del Ojo Dorado me hizo un gesto, y, lentamente, atenazados los miembros, fui desplazándome a través de la gruesa maroma, sintiéndome, al observar los ojos de los soldados, como un pequeño pececillo paseando silenciosamente entre una manada de dormidos tiburones, con las fauces abiertas, a punto de cerrarse sobre mí… El ladrón me hizo un último aspaviento para que aligerase.

 

            Una vez el pie en tierra, salimos ambos corriendo.

 

            Al principio pareció fácil. Conocíamos la disposición de los pasadizos: ella, porque había obtenidos los planos. Yo, porque había convivido con esa fortaleza cuatrocientas páginas. Corríamos a través de los oscuros corredores de piedra, iluminados por llameantes antorchas, murallas de roca y miedo que se extendían hasta tal vez el cielo… Sentíamos retumbar los pasos de los soldados detrás de nosotros, a la caza del hombre, fusiles listos para disparar, bayonetas que deseaban ser empleadas como puñales… Se trataba de correr… no de hacerse preguntas.

 

            Mientras tanto, yo guardaba la esmeralda del Dragón, la apretaba por debajo de mi camisa, sintiendo el frío tacto del colgante de hierro que la sostenía. Allí se hallaba un objeto que valía más que mi vida… y los británicos estaban dispuestos a demostrarlo.

 

            Izquierda, izquierda, derecha, otra vez izquierda. El largo laberinto de túneles y galerías se extendía ante nosotros, como si no fuera a terminar jamás, como si de un momento a otro fuera a salir el Minotauro de uno de los sombríos recodos… Recordé las bizarras pesadillas de Lovecraft, las tortuosas cuevas de Montecristo, el atrayente perfume de la Dama de Negro… Llevábamos ya muchos kilómetros haciendo los cien metros lisos. El corazón simulaba salir de mi cuerpo. Mis piernas estaban a punto de fallar…

 

            Un giro, otro, otro más. La vida, la muerte, la caída, el infierno, toda mi vida pasó ante mis ojos en un instante, a pesar de que era lo peor que podía hacer, a pesar de que corría el riesgo precipitar lo inevitable… y ocurrió.

 

            El ladrón no estaba. Yo había tomado el giro equivocado, yo me había dirigido -los ojos borrosos, el camino oscuro, los ruidos de los pasos, confusos junto al de los soldados- hacia otra dirección.

 

            Estaba solo.

 

            Estaba perdido.

           

            Escuché la llamada del ladrón, indicándome por dónde seguir… pero yo no distinguía la procedencia de sus gritos. No podía correr ni para un lado ni para otro, porque ambas direcciones suponían, tal vez, entregarme plácidamente ante los soldados británicos. Imposibilitado para hacer nada, escuchaba el sonido de improbables murciélagos retorciéndose, emparedados, entre los muros de la fortaleza.

            -¡Por aquí!-gritaba el ladrón-. ¡Por aquí!¡Sigue mi voz!

            Pero ya era tarde. Harrington apareció al frente. Los soldados me rodearon. Varios se lanzaron tras de mí, y me arrebataron la gema que colgaba de mi cuello.

            -¡No!-gritaba el ladrón desde algún punto de la lejanía, pero yo sabía que me estaba contemplando-. ¡Esto no termina así!

            Harrinton me encañonó con su revólver.

            -¡Ésta es tu historia!-me gritaba la mujer-. ¡Ésta es tu historia!

            Me gritaba. La bala se dirigió hacia mí para un último beso.

 

            Y de repente lo comprendí.

 

No era éste el final de mi historia.


CONTINUARÁ...

lunes, 26 de octubre de 2020

Un relato por entregas: "El ladrón entró por la página" (II)

Continuación a partir de aquí.

                                                                                    *

               Era una mujer.           

            Las deliciosas curvas, embutidas bajo el ceñido traje negro, me atraían con una mezcla de fascinación y horror simultáneas y unívocas.

            Era extremadamente atractiva. Rubia, ojos verdes, pero con alteraciones azulado-anaranjadas según la orientación de la luz. Una larga cabellera rubia recogida en una coleta. Piel tersa; casi me atrevería a decir -aun sin tocarla- suave. Y una mirada inteligente, desafiante, provocadora. La barbilla firme, señalándome, como un rayo procedente de la profundidad de la tormenta. Y, entre sus labios, una frase.

            -¿Qué pasa?¿No soy tal y como te imaginabas?

            Yo, aún sorprendido, balbuceé una poco importante respuesta:

            -No... no pensaba que fueras una mujer.

            Ella sonrió.

            -Las cosas no son siempre como nos imaginamos... o tal vez sí.

            Se acercó.

            -Al fin y al cabo, soy un producto de tu imaginación. Lo confieses o no, tu subconsciente ha querido que sea yo la que esté aquí, y no otra persona. No has querido un hombre, tampoco has aspirado a un ser sin rostro. Me has imaginado a mí. No puedes negarlo. Al fin y al cabo, estoy aquí.

            Fruncí el ceño. Todavía no acababa de comprenderlo.

            -¿No deberías ser como te imagina tu autor?

            -¿Autor? Vamos a dejar las cosas claras, querido. En primer lugar, los personajes no son como los imagina el autor, sino como los construyen los lectores. Piensa en Sherlock Holmes; pese a que Doyle le consideraba tan sólo un drogadicto egoísta, el resto del mundo le adora. O en Peter Pan: cuando terminaron su estatua en Londres, alguien gritó desde la multitud, “¡No tenéis ni idea del monstruo que alberga en su interior!”. El individuo era J.M. Barrie.

            -La historia de Peter Pan de Barrie no es la misma que la de Disney. En el primer caso, era un adolescente egoísta y malcriado.

            -La historia que perdura es la que el público quiere que perdure.

            Me tembló el labio inferior.

            -¿Y en cuanto a lo segundo?

            -En cuanto a lo segundo-dijo arrojando el pasamontañas sobre el sofá-, no existe autor.

            -¿Cómo que no?¿Y quién escribe tus novelas?

            -El editor las encuentra sobre su mesa cada vez que es necesario.

            -Eso es imposible.

            -Pero es; tan sólo una breve nota acompaña el manuscrito, y convence al editor de que no se apropie de la autoría de la obra, si no quiere que le denuncien por plagio, o que se agote la gallina de los huevos de oro. No hay galeradas, no hay correcciones editoriales con decisiones incómodas. El sueño de todo escritor.

            -Pero eso quiere decir que tú eres la autora.

            -Que no, cariño, que no te enteras -susurró sensualmente-. No hay autor, ni nadie escribe los libros. Las cosas, simplemente, ocurren. Los libros aparecen. No son sino reflejo de la verdadera historia.

            -No me lo creo.

            -¿Ah, no?-carcajeó-. ¿Crees acaso que, si existiera autor, la editorial no lo hubiera anunciado?¿Tú sabes lo que se gana con las firmas de libros en los centros comerciales?¿O con el idiota de turno garabateando vagas dedicatorias en la feria del libro?¿Te crees acaso que el presunto misterio del autor genera la mitad de beneficios que podría ganarse con el tipo en circulación? No hay autor porque nunca lo ha habido, y jamás lo habrá. En todo acaso, si lo crees o no, eso no es importante. La única cuestión es si vienes.

            Se me elevaron las cejas tres cuartas al escuchar esta aseveración. Ella se dio parcialmente la vuelta.

            -¿Venir?¿Adónde?

            Me mandó una insinuante sonrisa de refilón.

            -¿Pues adónde va a ser?¿O cómo quieres que termine la novela?

            Me pasé la mano por el cabello. Todavía estaba confuso.

            -No... no puede ser.

            Ella elevó una ceja.

            -Te dijeron que iba a revolucionar el mundo de la literatura. Bien. Tienes la capacidad de montar tu propia historia. Recuerda: nos están esperando. Harrington, con rencor acumulado desde la última vez, está aguardando con un revólver en el interior. Liz se está a punto de escapar con Robert para nunca más volver. Y en cuanto a Zsoldar... bueno, no tengo ni idea de dónde se habrá metido ese engendro.

            Así era. Todo el mundo nos estaba esperando allí. En Roma.

            -¿Y va a ser así?¿Tan fácil?

            -Hombre... no ha sido muy complicado hasta ahora... ¿verdad?

            Me pellizqué. Me hice bastante daño. En los sueños, al menos en los míos, la cosa está tan fragmentada que no te da tiempo a tomar demasiadas decisiones. En la vida real, sueles actuar de manera conservadora, y tiendes a quedarte siempre un paso atrás. Pero, en las novelas de aventuras, los héroes, inconscientes, independientes, están dispuestos a tomar cualquier estúpido riesgo, con tal de no dejar que la aventura le domine a él. Si nos hallamos dentro de una novela romántica, habrá que comportarse como tal. Es mi sueño, y hago lo que me de la gana. Sólo había un problema.

            -Tengo un par de dudas.

            Ella se colocó de nuevo el pasamontañas.

            -¿Tan sólo? Muy bien. Pareces más inteligente que los otros.

            Escruté su mirada.

            -¿Qué otros?

            -Eso ya no se admite como pregunta. Así que escupe.

            Di un par de vueltas por el salón.

            -¿Cómo es que no te he visto con las cámaras otras veces? Sí, ya sé que la posición del libro influyó, pero después de llegar a este punto, las cosas no pueden ser una casualidad. Así pues...

            Ella cogió el libro; dejó un dedo en la página señalada, y lo cerró.

            -Las novelas son muy engañosas. Hacen que las coincidencias evolucionen de manera dramática, para crear la situación más angustiosa, o la más feliz. Es una característica que han cultivado Dumas, Víctor Hugo, Maurice Leblanc o Gaston Leroux. Los hechos se manipulan, los personajes no actúan como lo harían si fueran lógicos y, sobre todo, las coincidencias existen. De no ser así, las novelas serían como la vida real: lógicas, inconexas, inconclusas, sin inicio ni final. Aunque, quién sabe, a lo mejor crearíamos así un nuevo estilo de literatura. Las cosas evolucionan: sin ir más lejos, hace unos siglos la sola idea de una novela era impensable. En todo caso… ¿algo más?

            Asentí.

            -Sí; hay algo más. ¿Por qué esos robos?¿Fue tan sólo por atraer mi atención?      

            Ella, como si no le hubiera preguntado nada, como si no se hallara delante de mí, se estiró acompasadamente, a semejanza una gata cuando ronronea.

            -Se ve que me equivoqué: eres menos inteligente de lo que supuse -sentenció-. ¿Por qué crees que robaba todas esas cosas a toda esa gente?¿Por el dinero?¿Porque me gusta el riesgo?

            Yo me encogí de hombros.               

            -Las motivaciones humanas son tan variadas como los mismos seres humanos.

            Se acercó aún más a mí.

            -¿Por qué te diste cuentan de que faltaban?

            Preguntó.

No me dio tiempo a responder.

            El Ladrón del Ojo Dorado abrió el libro, y lo volvió a cerrar de nuevo.

-Aún no he terminado contigo.

            Sentí cómo me volatilizaba ante mis propios ojos...

lunes, 19 de octubre de 2020

Un relato por entregas: la vieja tradición de los folletines. "El ladrón entró por la página" (I)

En el siglo XIX, era común que una publicación periódica (frecuentemente un diario) publicara por entregas una determinada obra literaria. Los Miserables o El conde de Montecristo se hicieron famosas, entre otros motivos, porque se iban publicando por entregas, terminando cada capítulo en ocasiones en un momento dramático que no podría resolverse hasta la siguiente semana (reíros del concepto actual de cliffhanger), o con el riesgo de que la obra pudiera concluir en cualquier instante con un final abrupto o la muerte inesperada (el primero que inventó el recurso fue Dickens) del protagonista. A lo largo de las próximas semanas, vamos a retomar la tradición del folletín con un relato que expondremos en varios capítulos y que constituye, en sí mismo, una oda de amor a la literatura. Espero que os guste. Sin más preámbulos, el primer golpe viene con la primera frase:

El ladrón entró por la página.

 

                                                                       No puedo ser otra cosa más que literatura.

                                                                                               Frank Kafka.

 

            ¿Sabes cuando te has enganchado a un libro y no puedes parar?¿Cuando aprovechas cualquier momento, en cualquier lugar, en un descanso del trabajo, en la bañera, en la comida, literalmente, en cualquier parte? A mí me ha pasado un par de veces en la vida. Al fin y al cabo, soy un ávido lector. Pero como aquella vez, ninguna otra. Y eso que, extrañamente, el libro era un best-seller de éstos que hacen que los cimientos de las editoriales se vuelvan aún más sólidos, vamos, del tipo que no me suelen gustar. Por una vez, podía compartir con la gente, en el metro, por la calle, en el trabajo, las intrigas y nuevas aventuras del zorro de París, la serpiente de Venecia, el profanador del Cairo, tantos y tantos nombres para una sola persona, cuya auténtica identidad todos desconocíamos y que, para aquellos que nunca habían leído sus libros –que cada vez eran menos-, se trataba, simplemente, del ladrón del Ojo Dorado, denominado así por su primer y uno de los más espectaculares robos: un diamante de perfección exquisita, y de valor prácticamente incalculable, ubicado en Londres, hasta que una mano misteriosa, pero conocida por todos, lo arrebató de su lugar para aparecer, sorprendentemente, en el Museo Egipcio del Cairo, de donde, según el ladrón, nunca debería haber salido. Aquél era el enemigo al que los más afamados investigadores parecían querer enfrentarse: el héroe a quien todos idolatrábamos.

 

            El argumento de las, hasta ahora, siete novelas, era sencillo en principio: todo gira alrededor de un escenario decimonónico, fijado previamente antes de la partida por el Esbirro de Satán (como le llamaron los ofendidos heresiarcas de la secta Sisna de Moscú), a través de una carta a las autoridades. La carta, ya de inicio, ha aparecido de una manera misteriosa, que implica que el ladrón se ha introducido en el seno mismo de aquel lugar que pretende atacar. A partir de entonces, la policía, los responsables de museos, los coleccionistas privados, se ponen en guardia para tratar de responder al ataque del ladrón del Ojo Dorado, y proteger la valiosísima joya, diamante, colgante o corona que éste pretende robar. Es entonces cuando comienza una de las partes más emocionantes de la novela: entre el escepticismo, el temor, la arrogancia, la precaución, los sentimientos encontrados que despierta la oscura -pero palpable- amenaza se entrelazan con la vida de los auténticos protagonistas de la historia. Son los personajes arquetípicos de la novela romántica por excelencia: la mujer fatal, los enamorados, el detective implacable, el joven audaz, el millonario sin escrúpulos, y, al mismo tiempo, personajes que nunca hubieran encajado en un libro del siglo XIX: cómicos, pragmáticos, maquinantes, héroes sin sentido o villanos con buen corazón, todos ellos en un entramado de intriga, amor, misterios insondables del alma humana... La llegada del ladrón a sus vidas enfrenta al rico con el pobre, al hombre ético con el amoral; consigue, a través de extrañamente concatenadas –pero nunca casuales- aventuras, que el amor finalmente triunfe, o se difumine entre la niebla... Toda una epopeya, con dimensiones de tragedia griega, que finaliza con la llegada del ladrón, el cual, con métodos cada vez más inverosímiles y sencillamente geniales, consigue apoderarse del apreciado tesoro que anunció desde el prólogo que iba a robar. Los ya mencionados apelativos -zorro, serpiente, águila, rata-, bien ofensivos, bien admirativos, se referían en gran medida a los medios empleados por el ladrón, ora anunciados previamente –y aun así ejecutados-, ora inopinados, con sorprendentes hazañas y rocambolescas huidas. El ladrón nunca era atrapado, apenas era intuido; su silueta era lo que más se había podido atisbar: sólo una vez lo atraparon –y no era sino una parte más de su plan para escapar- y nadie había avistado jamás su rostro, oculto tras una máscara veneciana o un sombrero de ala ancha, embutido, además, en una oscura capa. El botín, mientras tanto, era robado la mayor parte de las veces a millonarios y coleccionistas de éxito, para los cuales dichos abalorios constituían mucho más que dinero; tesoros los cuales desaparecían para siempre, en la inmensidad de los tiempos, a causa de las artes del ladrón. A excepción, como dijimos, del primer libro, donde el Ojo Dorado acabó en manos de los egipcios, a los cuales les fue arrebatado anteriormente por los dominadores británicos. Aquel gesto de nobleza fue el que definitivamente le encumbró a la fama.

 

Él éxito, como pueden suponer ustedes, era rotundo. La salida del libro se veía precedida de ríos de tinta en todos los periódicos; se publicaban hipótesis sobre su título, se pretendía averiguar su final. La primera edición apenas duraba un par de días. En cuanto al autor, la editorial guardaba un estricto secreto sobre su identidad, según ellos, por ser una persona (ni tan siquiera revelaban el sexo) celosa de su intimidad; según otros, porque el misterio de la pluma que había detrás de las obras añadía aún más fuego al enigma, y aumentaba exponencialmente las ventas. De hecho, se habían propuesto muchas hipótesis: desde reconocidos autores hasta desconocidos que se habían proclamado como el auténtico genio creativo, esperando que el embuste atrajera, al menos, alguno de dinero a sus cuentas. A pesar de todas las teorías, el creador de tan maravillosas páginas seguía siendo desconocido... e infinitamente admirado, al mismo tiempo.

 

            ¿Qué era lo que hacía que todos nosotros nos sintiéramos tan atraídos por los libros de tan insólito personaje?¿Sería su misteriosa apariencia, el insondable drama que se escondía detrás de su figura, el desconocimiento absoluto que teníamos sobre él?¿Serían los personajes secundarios, que aparecían mucho más que el protagonista, y que eran representativos de cómo lo que podía haber constituido un folletín ligero y comercial se convertía en una novela profunda y significativa, de ésas que te dejan un poso en el alma y desgarros en el corazón?¿O sería la propia estructura de la obra, el argumento, los giros dramáticos, las sorpresas, los falsos enemigos, los héroes sin nombre? No se sabía. Mucho se había escrito sobre aquello. El caso era que a sus seguidores los veías por todas partes, desde el estudiante en el metro hasta el ama de casa en su sofá. Comenzaban a aparecer los primeros cursos universitarios sobre esta obra, la cual, a libro por año, iba atesorando un cada vez mayor número de impacientes lectores. Se decía que las sagas, a excepción de algún muy destacado caso infantil, habían muerto. Sin embargo, “El Ladrón del Ojo Dorado” rompió todos los esquemas. Surgieron miles de copias y plagios: pero sólo el original alcanzó una resonancia tal.

 

            A mí, personalmente, lo que me atraía de estas novelas eran -más que ninguna otra cosa- las sorprendentes maneras en que el ladrón, del que conocíamos tan poco, conseguía escapar de sus perseguidores. Eran métodos factibles, pero que, de puro sorprendentes e inesperados, se asemejaban imposibles para el lector, lo cual te dejaba, en tu interior, la sensación de que habías caído en la trampa de la misma forma que el resto de los personajes. Yo ya había comprado los siete libros, y me sentía tentado incluso de adquirir alguna de las prolongaciones que habían salido (tomando alguno de los personajes de los anteriores libros, y desarrollando su propia historia), cuando surgió el rumor acerca del octavo libro.

 

            Éste prometía ser la madre de todas las novelas. Se decía que rompería con todos los tópicos. Que revolucionaría las mismas bases de la teoría literaria. Después de leerlo, se suponía, nada volvería a ser igual. Exagerado o no, estaba claro que había que comprárselo. Cuando por fin salió a la venta, esperé impaciente un par de días, para intentar evitar las aglomeraciones del primer momento. Traté (todo lo que pude) no escuchar nada sobre el libro, ni siquiera los más nimios detalles. Finalmente, estaba allí, en mi casa. Y entonces, fue cuando los fenómenos extraordinarios empezaron a suceder.

 

            Yo tengo una costumbre particular: siempre leo en el mismo sillón del salón de mi casa, justo al lado de la mesa de cristal. No me gusta devorarme los libros del tirón, incluso aunque me encanten; prefiero dejarlos, saborear el momento; pensar en lo que ha sucedido en la narración, en lo que va a ocurrir; en los personajes, en qué significan para mí y para ellos mismos... Y dejo siempre el libro encima de la mesa de cristal, abierto por la última página, incluso aunque tenga que dañar ligeramente la pasta de la cubierta para que esto sea posible: como si el libro me invitara a seguir leyéndolo, como si me llamara, cual sirena tentando a Ulises. Sé que son hábitos extraños, pero cada uno tiene sus pequeñas rarezas. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y, además, hoy en día, cuesta tanto definir lo que es una persona normal, que no habría rocas suficientes para lapidarnos. En todo caso, esta costumbre podría haberme costado un disgusto. Sólo que eso aún no lo sabía.

 

            Como digo, abrí el libro, y comencé a leer, desde el principio. Era buenísimo; apenas pasadas unas páginas, ya supe que iba a ser el mejor de todos ellos; con diferencia, la novela más alucinante que había leído jamás. Pero, como digo, y a pesar de que las páginas me absorbían hacia el interior, decidí dejarlo. Además, eran ya las dos de la madrugada. Así que lo dejé encima de la mesa, abierto por la última página por la que me había quedado.

 

            Al día siguiente, me levanté. No me puse en marcha inmediatamente. Dejé que el suave influjo del libro me atrajese. Me preparé un fuerte desayuno. Era una mañana de domingo. Todo parecía estar dispuesto para una agradable lectura. Y entonces, miré a la puerta del frigorífico. Y hubo algo que eché en falta.

 

            Se trataba de una fotografía... una fotografía que tiene un cierto recuerdo especial para mí. De una chica que conocí hace mucho, con la que estuve durante un tiempo, tres años. Luego lo tuvimos que dejar: ella se marchó a Nueva York, yo me quedé aquí, en España. Pero, a pesar de la distancia, mantuvimos siempre una buena amistad; nos llamábamos de vez en cuando, y nos manteníamos, aun a miles de kilómetros, y con nuevas parejas de por medio, como una especie de amor platónico el uno del otro. Esa fotografía era de una de las primeras veces que fui a Nueva York a verla por vacaciones. Realizada con la Estatua de la Libertad de fondo, y firmada por ella misma. Pues esa fotografía, que había puesto en aquel sitio tan poco romántico, con el propósito de contemplarla cada vez que me levantase por las mañanas, no estaba allí.

 

            Y eso sí que era un misterio.

           

            Miré en el suelo, corrí el frigorífico del sitio, en los cajones... No estaba. Medité todas las posibilidades, por dónde podrían haberla dirigido al azar las corrientes de aire... Pero, cuanto más lo pensaba, más me convencía de que la fotografía no podía haber desaparecido sin una intervención humana. Así pues, sólo me quedaba una conclusión: alguien había entrado y me había robado.

 

            Revisé la casa en busca de pruebas. Intenté hacer un inventario de lo que me habían sustraído... pero no encontré nada sospechoso. Las tarjetas en su sitio, los objetos de más valor intactos. Lo único que había desaparecido era la fotografía. Lo cual era lo más extraño de todo: ¿por qué iba un ladrón a entrar en casa, y sólo llevarse una foto, por muy guapa que fuera la chica? Y otra pregunta: ¿cómo había entrado? Vivo en un sexto piso, tengo una puerta blindada, alarma conectada a la policía, nadie más tenía la llave del apartamento... ¿Había el ladrón evadido todas estas medidas de seguridad, como si fueran puertas transparentes?

 

            El cómo -ya supondrá el lector, dado el inicio de mi relato- llegué a relacionar este hecho con el Ladrón del Ojo Dorado tiene, al igual que todas las conclusiones bizarras a las que llegamos a lo largo de nuestra vida, un camino zigzagueante y tormentoso... No bastó con un solo hecho: se requirieron muchos más.

 

             Primero fue la fotografía. Luego, uno de mis libros favoritos, de filosofía, al que le tenía un cariño especial, porque me lo había entregado un profesor del Instituto con el que mantuve una gran amistad. Más adelante, una pequeña escultura que me habían cedido mis padres por mi cumpleaños, cuando era niño. Y después, una caja de música con ranitas danzarinas, que me regaló mi primer amor en un aniversario. No eran cosas valiosas: no darían un euro por ellas en el mercado. Y aun así, eran importantes. Importantes para mí. Determinaban momentos esenciales de mi vida, personas que habían significado mucho. Constituían una porción indispensable de mi existencia.

 

            Y estaban despareciendo.

 

            Instalé nuevas alarmas, y mandé instalar cámaras. Nada nuevo ocurrió. Seguían desvaneciéndose, poco a poco, regularmente, uno cada día, así hasta una semana. Hasta que aquello me inquietó tanto que dejé de leer el libro, y lo coloqué, cerrado, sobre un estante de mi biblioteca.

 

            Y, aquel día –o, al menos, así fue en apariencia- no desapareció nada.

 

            Primero lo atribuyes a que todo se ha detenido, y que puedes reiniciar tu vida normal. Comienzas a leer de nuevo. Vuelve a ocurrir. Y te intranquilizas. Y empiezas a repasar, mentalmente, si tiene algo que ver contigo, si hay algo que hagas o dejas de hacer que se relacione con estas idas y venidas. Y lo encuentras. Sólo hay un hecho común. Ocurre siempre que la última página del libro está abierta. La frase clarificadora, como un titular de periódico, flota instintivamente hacia la superficie de mi mente.

 

            El ladrón entró por la página.

 

            Extraño, ¿verdad?¿Por qué un hombre, aparentemente racional, inteligente, universitario, que jamás ha creído en curanderos, exorcistas, ateo para más inri, se va a creer que un ladrón imaginario está entrando en su casa, a través de las páginas de un libro, para robarle sus pequeñas y más sentimentales tonterías?¿Por qué iba yo a suponer nada semejante?

 

            Pero todos hemos vivido entre libros, y entre películas, y nos hemos planteado dilemas fascinantes: si es verdad, como dijo Platón, que la auténtica realidad se halla en otro lugar, del que nosotros tan sólo contemplamos las sombras; si es verdad que en realidad todo lo que vivimos es un sueño, que somos nosotros los únicos que existimos y que los demás están allí para representar su papel ante nosotros. ¿No es acaso cierto que todos nos hemos sentido angustiados ante los personajes de las películas que cuentan cómo algo fantástico les ha acontecido, y cómo nadie les cree, cómo nadie tiene la capacidad de creer...? Hemos vivido demasiadas cosas, a partir de historias contadas por los demás, como para no acabar creyendo que formaremos parte de una de ellas. Para algunos significa, incluso, una consecuencia lógica de la trayectoria vital.

 

            Somos lectores. Formamos un club aparte, pero no restringido, admitido a cualquier que se atreva a asomarse al vacío de las páginas del libro y, como dijo Nietzsche, permitir que el abismo nos devuelva la mirada. Somos coleccionistas de historias, de sentimientos, de miedos, de angustias, de gente que se viene y que se va, de personajes que han llegado a ser tan importantes en nuestras vidas como algunos de nuestros mejores amigos. Qué sería de los intrépidos sin D´Artagnan, de los tétricos sin Poe, de los dramáticos sin Flauvert; qué sería de los sudamericanos sin el realismo mágico, de los alemanes sin Fausto, de los rusos sin su guerra y sin su paz. ¿Viviríamos, acaso, pensando que todo es correcto si Bastián no hubiera salvado Fantasía? No; no podemos. Nos extendemos. Nos negamos a morir, por muchos Fahrenheit a los que pretendan carbonizarnos; y nos reproducimos, como hacen aquellos que, inspirados en las novelas de sus noches, deciden convertirse también en los miembros de ese club maldito que es de los escritores, el de los creadores de historias, los que, por mucho que les duela, acaban siendo mucho menos importantes que sus personajes. Somos insobornables; somos exigentes; somos ingobernables. Nos negamos a dejar de creer...

 

            ... y, por eso, estamos dispuestos a pensar muchas  tonterías.

 

            Por eso, aquella noche, no lo pude evitar. Al fin y al cabo, quien no ha soñado nunca, es que no le merece la pena haber vivido. Así pues, coloqué el libro encima de la mesa. Leí previamente un poquito, para atraer los demonios. Me senté en la cocina y me preparé, matando el tiempo con comida, mirando a través de las pantallas una de las cámaras enclavadas en el salón. Esperé.

 

            Tuve que hacerlo un par de horas.

 

            Pero, finalmente, dio sus frutos. Fue apenas un bizqueo, un guiño de ojos, pero, cuando había perdido la vista, volví a mirar...

 

            ... y allí estaba.

 

            Era tal y como me lo imaginaba. La misma silueta, sinuosa y eterna, alargándose a través de las sombras que reflejaban las tenues luces procedentes del exterior. Se movía con ligereza, con sigilosos, cuasi reptilianos movimientos. Me di cuenta de que no le había podido ver otras veces porque, anteriormente, había colocado el libro de una forma tal que no podían vislumbrarle las cámaras. Al fin y al cabo, quién iba a pensar que penetraría desde dentro. Pero allí se hallaba. Con la misma figura con que me lo había imaginado durante este tiempo. Ahora, estaba allí. Pero, esta vez, con un traje negro y un pasamontañas.

 

            Penetré en el salón. Él, entonces, como si todo hubiera sido calculado, se quitó el pasamontañas, y se mantuvo estático ante mí.

 

            Dio un paso al frente. Los refulgentes rayos lunares le iluminaron el rostro.

 

            La contemplé con fervor.


CONTINUARÁ...