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lunes, 3 de octubre de 2022

El libro de octubre: "Hamnet"

Introduzco aquí unas cuantas reflexiones en torno a la novela "Hamnet". Lo hago a través de mi cuenta de Twitter, no sólo porque creo que el formato se adapta bien a las reflexiones concretas que acuden a mi mente a raíz de su lectura, sino también porque forma parte de este hilo que contiene los libros que (más o menos) voy degustando a lo largo del 2022. Advierto ya que contiene unos cuantos spoilers, así que, para quien no los quiera ver ni en pintura, el resumen del libro (Shakespeare tenía un hijo que murió que se llamaba Hamnet y, cuatro años después de su fallecimiento, el padre escribió la obra "Hamlet") es más que suficiente para saber lo que os vais a encontrar, aparte de una escritora de esmerado lenguaje y cuidada sensibilidad. Pero, si os adentráis al hilo, hay unos cuantos detalles que merece la pena discutir. O al menos, eso opino yo. Si queréis argumentar vuestra opinión aquí o en Twitter, estaré encantado de leeros. Un saludo.

martes, 31 de agosto de 2021

El libro, la historia real, ¿el relato? de septiembre: Apuntes para una película sobre María Estuardo

Existen, que yo conozca, dos narraciones cinematográficas sobre la vida de la reina de Escocia María Estuardo, una protagonizada por Katherine Hepburn y otra por Saoirse Ronan. De ninguna he podido pasar de la primera media hora por puro y diáfano aburrimiento (lo siento, quizás había algo interesante detrás, pero yo me lo he perdido). Para construir este hipotético film que quiero diseñar sobre el papel (algo bastante más sencillo que recaudar el presupuesto y reclutar al equipo técnico), por tanto, partiríamos mejor de la biografía redactada por Stefan Zweig, la cual, si bien peca de un demasiado atrevido análisis psicológico del personaje, puede servirnos para nuestros propósitos. Empezaríamos con una escena crepuscular, con una María Estuardo de edad avanzada, encerrada en un castillo de Inglaterra, conspirando contra Isabel I (la reina Virgen) mientras el aristócrata que hace de carcelero debe combatir, como un progenitor ante una infante díscola, los ataques de rebeldía de ña escpcesa, contemporizando entre la reina cautiva a la que vigila, la reina Isabel que desde su trono mantiene a María Estuardo prisionera, y la mujer del aristócrata, que se dedica a participar de las intrigas entre las dos. Hacemos un flashback: vamos a la época en que María Estuardo, heredera del trono de Escocia, es casada con el delfín para convertirse en reina de Francia, y cómo la joven soberana -primero una niña, más tarde una lozana muchacha- disfruta de lo que serán los años más felices de su vida (allí, esplendor, boato, poesía de corte, madrigales y, por supuesto, la canción "To France" de Mike Oldfield incrustada en alguna parte). Así, en sucesivos flashbacks, iremos alternando la visión de la María Estuardo aprisionada, consumida por sus recuerdos, hablando con personajes reales (e imaginarios), con la observación de esos mismos protagonistas en el pasado, desplegando el grueso de su papel en el devenir de los acontecimientos. Narraremos cómo María Estuardo, tras la muerte del delfín, vuelve a Escocia, a ejercer el papel de reina que el destino le tenía prometido. Quizás sea ése el mayor problema (para el personaje histórico, no para la película), porque María, al contrario que los monarcas modernos, posee en su cabeza esa idea clásica de que el trono es suyo por herencia y por derecho, un designio divino y, por tanto, no acepta a nadie que se oponga a sus deseos, ni asume en ningún momento la posibilidad de que sus actos pongan en peligro su dominio. El problema es que María Estuardo (ahí la película debe realizar un fino retrato de los personajes) cuenta en la corte de Escocia con peligrosos enemigos que conspiran contra ella: nobles levantiscos y traidores, divididos por razones de religión, pero divididos, más aún, por razones de ambición y de búsqueda de poder y de riquezas. Contaremos como esta reina que consideraba que Escocia era un objeto de su propiedad apenas hace caso al gobierno del país, sino que se dedica a considerar en qué monarquía más poderosa podría ingrarse mediante matrimonio, abandonando si es posible esta tierra de tejidos bastos y de ovejas. Describiremos cómo dejaba el control de aquel territorio, repleta de hombres rudos y acantilados, en manos de calculadores validos. Expondremos como una batalla diplomática permite casarse a María Estuardo con un noble inglés aunque con cierto porcentaje de sangre azul, un hombre que en principio iba a constituir un tonto útil, pero del que María queda prendada nada más verlo. Seremos testigos de esa luna de miel diáfana, la llegada de un hijo y, más tarde, cómo el amor se torna en aborrecimiento y en odio. Dibujaremos entonces una nueva pasión, esta vez a manos de uno de los hombres fuertes de la reina, de los pocos que le permanecen leales en los atentados contra personajes de su entorno, el infame Bothwell. La reina, sin embargo, no atiende al carácter acaparador y falto de escrúpulos de su hombre, y está dispuesta a lo que sea por él: incluso a nombrarle rey. Pero antes, claro está, existe un obstáculo insoslayable: su propio marido. Contaremos cómo María Estuardo, como una lady Macbeth cualquiera, participa en el complot para asesinar al legítimo rey de Escocia y cómo, con rapidez, pretende casarse con Bothwell. Esta acción (y la ulterior revuelta de los nobles ante este atrevimiento, y frente a las sospechas de asesinato) será la que precipita la caída de María Estuardo. Claro que la reina no ayuda: sigue creyendo que es la soberana absoluta de Escocia, que los tiempos no cambian, que a los monarcas nunca se les deponen e, incluso, cuando los nobles la apresan, le espeta a un aristócrata, agarrándole del brazo: "Juro por esta mano que te haré colgar". Claro, para los jerarcas escoceses, éste es el mejor aviso de que no pueden dejar volver a gobernar a María Estuardo, y se inicia una larga secuencia de acontecimientos que acabarán con Bothwell huido y María encerrada en las cárceles de Inglaterra, sujeta a un farsa de juicio en el que ni siquiera puede declarar. Las que sí declaran son "las cartas de la arquilla", un conjunto de documentos que se encontraron en la residencia de Bothwell tras su huida, y que supuestamente constituyen la correspondencia que la reina mantenía con él. Estas cartas han sido siempre objeto de disputa: probablemente purgadas de aquellos textos que más inculpaban a los nobles escoceses, señalan a la soberana como una intrigante que comete adulterio y conspira contra su marido aunque, por otra parte, constituyen el único sustento para una cierta defensa de su figura, ya que justifican sus actos mediante el único sentimiento que admite una cierta disculpa: un ciego e incondicional amor. Mucho se ha discutido sobre la autenticidad de las cartas. Stefan Zweig defiende que no pueden ser falsas: entre otras cosas, porque contienen poesías en francés de alto nivel intelectual, y que ninguno de los brutos escoceses que intrigaban contra la reina podían haber redactado, ya que no contaban entre sus filas con un Shakespeare. Claro que aquí Zweig se olvida de una cosa, y es que la reina Isabel (quien ha sido y tomado parte en todos estos asuntos) sí que disponía de un Shakespeare a mano. Desconozco si las fechas históricas coinciden, pero empleando alguna licencia histórica propia del cine, y aprovechándonos de la falta de conocimiento acerca del personaje real (que podría ser cualquiera: yo mismo defiendo la teoría de que Shakespeare es en realidad Edward de Vere), podemos imaginar a la reina Isabel encargándole a William Shakespeare una falsificación a cambio de que éste vea en el teatro Globe de Londres triunfar sus obras, entre ellas un Macbeth inspirado en hechos reales. En todo caso, la relación con Isabel debe plantearse de modo ambiguo: por un lado, María Estuardo es su gran enemiga, su némesis, contra la que trabajará incansablemente. De otro, es una reina, como ella, su igual, e Isabel debe defender que la figura de los monarcas (incluso en esta cambiante Edad Moderna) es inmutable, y que no merecen castigo por sus acciones. En la parte final de la película, podemos hacer que por primera vez se crucen las dos reinas, envejecidas, las únicas sobrevivientes de un mundo donde han ido muriendo amigos y adversarios: al final, ha desaparecido tanta gente, que las viejas rivales son las únicas en las que mutuamente pueden confiar en a un mundo transformado, ya que sólo se tienen la una a la otra. De esa manera, Isabel puede perdonar a María Estuardo el hecho de que, de manera probada, durante una conspiración, haya intentado matarla. Mientras, María Estuardo será capaz de obviar que Isabel se ha entrometido en cada apartado de su vida y de su reino, incluyendo una trama para obligarla a ordenar a sus espías la muerte de Isabel, excusa que la soberana inglesa estaba buscando para tener la oportunidad de cortarle a la reina escocesa la cabeza. La verdad es que la película tendría de todo: habría una escena (extraída de la realidad) donde una Estuardo cautiva sería paseada a lo largo de un pequeño pueblo escocés, donde la hostil multitud la escoltaría amenazante al grito de "¡Ramera!"; habría otra en que los nobles escoceses entrarían en los apostentos reales para matar a su supuesto amante, el italiano Rizzio, y mientras él se agarraba angustiosamente a una silla, un soldado le cortaría los dedos para llevarle lejos de la presencia de la soberana, y poder ejecutar así la sentencia de muerte. Habría ocasiones en que Estuardo chalanería con la única carta que posee para negociar, que es con ella misma y su posibilidad para el matrimonio, y un pasaje angustioso (perdón, olvidaba que estábamos en el cine: un escenario) en el que María Estuardo, en el dormitorio de su segundo marido, al que está convenciendo para que caiga en una trampa mortal de la que él no sospecha, le escribe una carta a su amante Bothwell para decirle que considera abyecta la traición que está efectuando, pero que lo hace porque está totalmente sometida a la pasión que Bothwell ejerce sobre ella. Se podría introducir (aunque tal vez veladamente, pues ese hecho no está confirmado) la imagen de un aborto del hijo que Bothwell tiene con la reina y, desde luego, habría un momento muy impactante en el que Estuardo -cuando ya da por seguro que la van a condenar a muerte a ella y a sus partidarios- auxilia en el instante de dar a luz la esposa de uno de sus secretarios: dos mujeres, de distinta condición ambas, pero unidas por la sororidad frente a un hecho que comparten féminas de todas las clases sociales. Estuardo ayudando a dar vida, cuando ya es consciente de que se haya muy cercana la muerte: de qué mejor climax podríamos disponer. Tengo dudas respecto al final: está claro que habríamos de incluir la muerte por decapitación de María Estuardo, pero no sé si debería mostrarse un fundido en negro o una cámara desenfocada en el momento de la ejecución (sí narraríamos, con gran dramatismo, cómo ella y sus sirvientas rezan en latín mientras un clérigo protestante lo hace en inglés, mostrando cómo hasta el final de su vida se enfrentaron la iglesia católica y la anglicana) o, si en cambio, deberíamos incluir las más cruentas imágenes de su fallecimiento, con dos hachazos fallidos, el verdugo agarrando la cabeza de los cabellos y quedándose en la mano con la peluca, la cabeza de María Estuardo rodando por el suelo, y el perro de la reina arremetiendo con saña, como único defensor de su fallecida ama, frente a los verdugos. Por supuesto, en algún momento habría que hacer mención a la cobardía de Isabel, que pretende hacer creer al mundo que ella no ha ordenado la ejecución y que se trata tan sólo de un error burocrático, cosa que le cuesta la carrera a alguno de sus funcionarios más ingratamente pagados y obedientes. Y, como colofón, mostraríamos cómo al final ambas reinas han acabado muy juntas, la tumba de una próxima a la otra, en la abadía de Westminster, sucedidas ambas dos por un Jacobo VI al que le dan igual todas las viejas redes conspirativas y sólo pretende reinar: tanto esfuerzo, tanta tragedia, tanta ambición (cabría decirse, "polvo eres y en polvo...", etcétera, etcétera), para nada. En fin, María, está claro que tu vida da para una película. Lo que no tengo muy claro si la que mejor podría representar tu trayectoria sobre esta tierra se ha filmado ya.

domingo, 15 de septiembre de 2019

La historia real de septiembre: unos cuantos apuntes acerca de la primera vuelta al mundo

Muchos habréis escuchado a lo largo de los últimos meses cómo se suceden los homenajes a la primera vuelta al mundo, de la que se conmemora este mes el quinto centenario. Da la casualidad de que he tenido la oportunidad de pasarme por algunos de los lugares que dicha expedición (encabezada primero por Magallanes y rematada por Elcano) atravesó en su largo periplo, y también se ha dado la circunstancia de que han llegado a mi entorno ciertos libros que entran en detalle acerca de este episodio. Sin duda, conoceréis los conceptos generales alrededor del mismo, pero existen algunos pormenores los cuales, por azares del destino, no parecen ser muy conocidos entre el gran público, aunque creo a unos cuantos os pueden resultar de gran interés. Aunque sea, tan solo, porque así me lo han parecido a mí.


Magallanes y Elcano, extraído de este enlace

Para empezar, comencemos con las motivaciones. Aquí os recomiendo un libro de Jack Turner cuyo título es ilustrativo sobre el origen de todo el proceso: "Las especias". Sin frigoríficos ni medios de conservar los alimentos, los europeos tenían que recurrir a las especias para -aparte de dar sabor a las comidas- que los manjares a su mesa les duraran unos cuantos días más y no se les pudrieran en sus despensas. Entre estas partículas mágicas, se hallaban pequeños milagros en forma de polvos y hierbas como el clavo, la pimienta o la nuez moscada. La mayor parte de ellas, procedentes de las partes no comestibles de las plantas, con funciones defensivas que explican el sabor picante y también algunas de las propiedades medicinales que se les atribuyen. El problema es que nadie sabía a ciencia cierta de dónde venían. Teólogos y filósofos proclamaban que eran originarias del paraíso, transportadas a través de los grandes ríos (entre ellos el Nilo, el Ganges, el Tigris y el Eúfrates). En términos prácticos, sin embargo, las especias llegaban a Europa a través de Constantinopla, desde los venecianos y otros mercaderes italianos se hacían de oro como intermediarios de tan pingüe negocio. ¿Pero qué había más allá de Constantinopla? Una serie de reinos casi míticos, descritos en su día por Marco Polo: Catay (hoy denominada China), Cipango (Japón), la India. Y algunos incluso más legendarios que reales: el reino de Saba, el de Preste Juan, lugares donde individuos con cabeza de perro convivían con otros que caminaban cabeza abajo. Pero entre los europeos y los habitantes del país de las especias, multitud de pueblos, muchos de ellos musulmanes, en hostilidad permanente con los cristianos (particularmente desde las cruzadas), y que también se llevaban su tajada en el comercio de aquel oro verde, marrón, rojo o anaranjado, pues colorido y variado era el aspectos de estos preciados polvos y fragmentos vegetales de propiedades y nacimiento casi mágicos.

El problema era que tanto intermediario encarecía el precio de las especias y, por eso, nada más la tecnología de la navegación empezó a evolucionar un poco, algunos tuvieron la idea de utilizar el mar como una ruta más sencilla para comprarle tan preciados artículos directamente a los productores. El primero en intentarlo fue Colón, quien, con cálculos erróneos sobre las dimensiones de la Tierra, creía que podía llegar a los países donde crecían las especias en poco tiempo. Las previsiones le fallaron (de hecho, le mentía a su impaciente tripulación, haciéndoles pensar que habían recorrido menos trayecto del que realmente habían navegado) pero, durante el error con resultados más prósperos de la historia, consiguió llegar a un nuevo continente, que más tarde se conoció como América. Sólo que Colón no lo sabía, y su expedición no se consideró ni mucho menos exitosa, porque el navegante a cargo no fue capaz de encontrar especias. No obstante, aquel mismo marino que jamás aclaró su país de procedencia, y que había mentido a su tripulación a lo largo camino, volvió a abrir el cajón de los embustes, y trajo a España supuestas "especias" que no se parecían en nada a las originales, pero cuya diferencia justificaba el Almirante por haberlas recogido de forma inadecuada o en un estado incorrecto de maduración. Colón se había equivocado al buscar el país de las especias: él había encontrado algo mejor, un nuevo mundo. Claro que sus contemporáneos no vieron igual el proyecto, que consideraron un fiasco: ni las tristes piñas que Colón trajo de sus viajes (el inicio de una larga lista de frutas y verduras que aportaría, a la dieta de los europeos, el Nuevo Mundo) consiguieron disimular el sabor del fracaso.

Los que en cambio tuvieron más suerte fueron los portugueses: Vasco de Gama rodeó África y atracó en la India, donde desembarcaron a un pobre marinero que se empleó como conejillo de Indias para que se aventurara en un mundo desconocido donde lo más probable que le esperaba era la muerte. Allí, en la urbe de Malabar, la ciudad al pie de las montañas de donde se extraía la pimienta, el desventurado cabeza de turco portugués se tropezó con mercaderes indios, árabes, y hasta un par de italianos que se quedaron pasmados al contemplar un europeo y le preguntaron qué demonios hacía allí. Las negociaciones que se iniciaron desde aquel mismo momento fueron difíciles, pero se pusieron más sencillas para los portugueses en cuanto sacaron las armas y cañonearon aquellas ciudades que se oponían a venderles los productos que necesitaban al precio deseado. En poco tiempo, los lusos tuvieron bajo su mando las principales localizaciones de las especias, empezando por Malabar y también por las lejanas y difíciles de hallar islas Molucas: las del norte (único lugar del mundo de donde se obtenía el clavo) y las del sur (el punto exclusivo donde localizar la nuez moscada). La felicidad portuguesa era máxima, y eso se manifestaba especialmente en las cartas que el rey luso enviaba a su suegro Fernando el Católico, presumiendo de las especias que había encontrado, las cuales destacaban más al contrastarla con el exiguo tesoro obtenido por Colón. Aún así, y en el largo plazo, tampoco tenía el rey desde Lisboa motivos para enorgullecerse demasiado: el dominio portugués sería escasamente efectivo (con barcos extranjeros y locales tratando de saltarse todo lo posible su monopolio) y no se obtendrían de verdad unos jugosos beneficios de las nuevas regiones descubiertas hasta que no se las apropiaran los holandeses durante el siguiente siglo . Pero aquí es donde empezamos a entrar en el meollo de nuestra historia.

Visto que había dos imperios católicos en pugna por el control de los nuevos territorios adonde habían llegado los exploradores, España y Portugal le pidieron arbitrio al papa Alejandro VI (por cierto, perteneciente a la familia Borgia) para establecer qué lugares le correspondían a cada uno. El Papa decretó entonces emplear un meridiano para delimitar dos zonas de influencia: un lado (el oeste, al que correspondería a la mayor parte de lo que hoy es la América hispana) le correspondería a los españoles, mientras que el otro, el este (que abarcaría buena parte Asia y, por casualidad, incluía una porción del nuevo continente que constituiría el germen de Brasil) era portugués. El problema (aparte de que ambas naciones estaban dispuestas a saltarse a su conveniencia el acuerdo y, en el caso de Francia o Inglaterra, directamente a no aceptarlo) era que, sin instrumentos de medida adecuados, era muy difícil distinguir por dónde pasaba el meridiano por el otro lado, en lo que se refería a la zona asiática. Por lo tanto, ¿las Molucas (hoy situadas en lo que conocemos como Indonesia) eran españolas o portuguesas? Había un portugués que tenía sus dudas. Se llamaba Magallanes: había estado destinado en la India, y sólo conocía las Molucas por referencias. Cuando volvió a la corte portuguesa, descubrió que su larga estancia en tierras orientales le había impedido medrar lo suficiente en la corte real  como para que sus proyectos fueran tenidos en cuenta. Él, de hecho, tenía una idea en ciernes, y era que, con lo lejos que se encontraban las Molucas, quizás fuera más fácil llegar por el otro lado, navegando siempre al Oeste. Magallanes, como Colón, también manejaba unas dimensiones incorrectas de la Tierra y pensaba que, después de América (a través de la cual debería de haber un paso marítimo que permitiera continuar al otro lado) había un recorrido de pocos días hasta llegar a las islas de las especias. Como sus planes no fueron tenidos en cuenta en su propio país, decidió vender sus servicios al bando contrario: se marchó a España y se lo propuso al rey Carlos I. Éste tampoco sabía a ciencia cierta si las Molucas eran portuguesas o españolas. Pero, ante la posibilidad de un fructífero negocio a cambio de arriesgar unos pocos barcos, ¿por qué no intentarlo?

                            
Reparto del mundo entre España y Portugal según el tratado de Tordesillas (1494, posteriormente renegociado). Como puede verse, las Molucas pertenecían oficialmente a la zona portuguesa. Extraído de aquí.

La travesía, sin embargo, estuvo lejos de ser el paseo triunfal que hubieran deseado todos. Partieron cinco bajeles, cuatro de los cuales fueron desapareciendo a lo largo del periplo (uno de ellos, de hecho, fue abandonado porque las sucesivas muertes entre la tripulación hacían imposible controlar todos los navíos). Después de cruzar el océano Atlántico, lo primero que les costó fue encontrar el supuesto paso por el que atravesar el continente americano. Lo intentaron varias veces por brechas en la costa donde al final hallaron agua dulce, deduciendo que en realidad eran ríos. Tuvieron que bajar tan al sur que Magallanes encontró pingüinos -una especie de este animal lleva su nombre-, en lo cual emuló a Colón, quien supuestamente había descubierto en sus viajes sirenas (ahora se cree que se trataba de elefantes marinos: eso explica también que Colón escribiera en su diario que las sirenas que no eran ni mucho menos tan bellas que como se describían en la mitología). Finalmente, la expedición localizó un hueco, el llamado paso de Magallanes, que consiste en uno de los múltiples caminos dentro del laberinto formado por islas en la zona que hoy conocemos Tierra de Fuego, y que se denominó así porque la costa, de noche, estaba poblada de hogueras que intimidaron a los hombres de Magallanes. Hoy sabemos que se debía a que allí vivían varias tribus nativas (entre ellos los selknam y los yamaná) que habían hecho del manejo del fuego la mejor manera de supervivencia -tanto que podían hacer hogueras sobre la superficie de sus barcas, y que ni siquiera llevaban ropa encima, sino una capa de grasa de animal que les protegía del frío cuando nadaban-, y que más tarde interaccionarían con los exploradores ingleses que se atrevieron a viajar por allí, entre ellos un escandalizado Charles Darwin. Pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

Fue sin embargo antes, en la costa atlántica de Argentina, a la altura de la hostil Patagonia, donde tuvo lugar la primera rebelión abierta contra Magallanes, ante las inclementes condiciones del viaje, a lo cual no ayudaba la testarudez que en ocasiones manifestaba el líder de la expedición. La revuelta fracasó, y los líderes de la misma fueron condenados a quedarse en aquella inhóspita región, expuestos a lo que quisieran hacer de ellos los indígenas. Otros marinos, en cambio, fueron perdonados. Entre ellos, había un vasco denominado Juan Sebastián Elcano, más tarde imprescindible en el desenlace de esta historia.

Una vez cruzado el estrecho de Magallanes (años más tarde, otros descubrirían rutas alternativas para dirigirse del Atlántico al Pacífico: el corsario Sir Francis Drake a través del paso que lleva su nombre; el capitán Fitzroy por el canal que bautizó como su barco, el Beagle, el mismo que tiempo después transportó a Darwin), se abrió una zona de mar que, después de las tormentas padecidas en las siempre turbulentas aguas de Tierra de Fuego, a los viajeros les debió parecer un plácido estanque. Por eso quizás lo denominaron Pacífico. A partir de allí, según los cálculos de Magallanes, sólo debían de transcurrir dos o tres días hasta llegar a las Molucas. Atravesaron por el contrario un océano que ocupa la mitad de la Tierra y, claro, llegaron la enfermedad y el hambre. Buena parte de los expedicionarios fallecieron durante aquel período.

No obstante, la fortuna favoreció temporalmente a los hombres de Magallanes, que tocaron tierra en la isla de Bohol, de la cual, como de otros lugares del archipiélago filipino, hemos hablado en anteriores ocasiones. En la isla de Bohol, dicen las crónicas, en una de las playas, se firma el primer pacto de colaboración y paz entre la raza blanca y las razas marrones/nativas/aborígenes/indígenas/como queráis llamarlas (en resumen: no blancas). Lo cierto es que el primer contacto con los nativos parece amistoso. Los exploradores se trasladan a la cercana isla de Cebú, donde toman contacto con las autoridades locales. Allí, hacen amistad con el rey de la isla y le regalan a la reina una talla de un niño Jesús con el que, se cuenta, la reina jugaba como si se tratara de una muñeca (hoy se denomina "el Santo Niño", y es objeto de peregrinación desde todas las regiones de la católica Filipinas). 

Pero de repente, las cosas empiezan a torcerse. No sé sabe muy bien cómo, el rey de Cebú se lleva a los viajeros a la cercana isla de Mactán, probablemente porque creía que, ahora que tenía a estos soldados de su parte, podía arreglar viejas cuentas con un viejo enemigo, el jefe de tribu Lapu-Lapu, dueño y señor de aquella isla donde hoy se planta un aeropuerto. Bien sea porque Lapu-Lapu desconfiaba de los recién llegados, o porque éstos llegaban acompañando a un rival, éste se enfrentó desde un primer momento a los españoles, que se vieron atrapados en una guerra que no les iba ni les venía. A pesar de las mortíferas armas de fuego españolas, los hombres de Lapu-Lapu eran muchos, y tuvo lugar una carnicería donde resultaron muertos muchos de los navegantes, incluyendo el propio Magallanes. Sobre la suerte del mismo, hay discusiones: existe una cruz levantada por los españoles donde el líder de la expedición cayó y, más o menos "a una lanzada de distancia" (la frase es de la guía Lonely Planet), los filipinos alzaron una estatua con la efigie del aguerrido y musculoso Lapu-Lapu, el hombre que supuestamente se la arrojó, y que hoy es considerado como el primer héroe nacional filipino. No obstante, crónicas más certeras afirmaron que fueron varios los indígenas que trataron de ensartar a Magallanes con sus armas, y que de ellos acertaron dos que no incluían al líder (como vemos, parece que las tradiciones tanto de emplear a los extranjeros para los conflictos internos, como de alterar la historia para ensalzar al líder, no son exclusivamente occidentales). Otro motivo de polémica podemos encontrarlo en las últimas palabras que suelta Magallanes mientras sus compañeros salen corriendo hacia la playa para tomar los barcos, dejándole abandonado a su suerte: mientras que los relatos del tiempo dicen que Magallanes les exhortó a marcharse y les deseó buena suerte en su viaje, yo veo más realista imaginárselo lanzando imprecaciones tanto en portugués como en español, maldiciéndoles en todas las lenguas posibles.
La cruz de Magallanes y la estatua de Lapu-Lapu; esta última, por cierto, tiene un trasero digno de un héroe.

El viaje prosigue, con sucesivos cambios de jefe de la expedición conforme la muerte o la desdicha van cebándose sobre los agraciados. No obstante, por fin algo de éxito: los españoles llegan a las Molucas del Norte y se instalan en una de las islas, venciendo a la débil guarnición portuguesa. Cargan sus bodegas de la valiosa especia conocida como clavo, demostrando que se puede llegar a las Molucas por esta vía (aunque a qué precio), y obteniendo un lujoso cargamento que vender para rentabilizar la expedición. A partir de ahí, hay que tomar decisiones acerca de cómo volver: un barco que necesita quedarse un tiempo en tierra para realizar reparaciones opta por retornar a través de la ruta originaria de vuelta a España. Sin embargo, explosivas tormentas en el otrora benefactor Pacífico les obligan a dar marcha atrás, de nuevo hacia unas islas Molucas donde ya los portugueses han tomado cartas en el asunto, poniendo en marcha la medidas para capturar a los españoles que allí permanecían y encerrándolos para recuperar el control de la isla. Los más afortunados de este grupo tardaron muchos años en volver a España.

La otra parte de la expedición realiza un fatigoso camino bordeando Asia y África hasta desembarcar en Sanlúcar de Barrameda casi tres años después de su inicio. En medio, han perdido más de doscientos hombres (sólo volvieron dieciocho de los 239 originales). El beneficio económico de la expedición no fue excesivo. Si descuentas los sueldos que no hubo que pagar a los muertos, las pérdidas materiales y demás imprevistos, la expedición salió rentable por muy poco, y todo eso gracias al clavo que la nave sobreviviente, la Victoria, llevaba en sus bodegas, una ínfima muestra de la riqueza que se podía llegar a lograr. Pero no podía terminarse el viaje sin un nuevo infortunio: el rey español Carlos I decide que no quiere meterse en una complicada dinámica sobre si las Molucas son o no españolas, y decide negociar con los portugueses para renunciar definitivamente a ellas a cambio de una suma con la que pagará su inminente boda. Los asesores del rey que, tiempo ha, habían apoyado el proyecto de Magallanes, se llevan las manos a la cabeza: la suma que recibirá el reino por la transacción sería (calculan) el equivalente a los beneficios que les proporcionarían las Molucas durante sólo diez años, y encima serán dilapidados en festejos reales. Parece que casi todos los esfuerzos han sido en vano, y eso que la tan dificultosa meta fue a pesar de todo conseguida.

No obstante, la aventura traería otras consecuencias consigo. Además de ser la primera demostración fehaciente de la esfericidad de la Tierra (se acabó el "aquí hay dragones" y las cascadas interminables del fin del mundo en la mitología), el descubrimiento de Filipinas llevaría a la posterior colonización de la que constituiría una excelente base de operaciones para el comercio con Asia, y el llamado galeón de Manila llevaría periódicamente a España toda clase de productos procedentes del sudeste asiático (entre otros, el famoso mantón de Manila, de origen chino). De la suerte de los expedicionarios, sobre quien más conocemosmos es de Elcano, que se hizo grabar como lema, en su escudo de armas, de "El primero que me dio la vuelta" (acompañado de un globo terráqueo), pero su empeño en conseguir de Carlos I una pensión vitalicia en pago por ese logro nunca fue recompensado. Aunque hubo otros barcos que dieron la vuelta al mundo, la falta de motivaciones prácticas provocó que ningún otro navío español lo volviera intentar a corto plazo, al menos a propósito. Hubo que esperar hasta el siglo XIX, en que la fragata Numancia se dirigió, vía Atlántico, hacia la República de Perú, donde unas tensiones diplomáticas absurdas con el embajador implicaron a la Numancia en medio de una estúpida guerra en la que tenía todas las de perder. Enemistada tanto con Perú como con Chile, las naciones que tenía que rodear, decidió volver por el Pacífico para un viaje para la cual no estaba preparada y sufrió el hambre y la desolación, como describió en una de sus novelas ejemplares Pérez Galdós. Pero ésta también es otra historia distinta, que deberá ser contada en otra ocasión.

lunes, 24 de diciembre de 2018

La historia ¿real? y el relato de diciembre: "Converso"

Converso

A Cristina y Cindy,
ambas hijas de la fusión de culturas,
 quienes se patearon conmigo sinagogas, museos, librerías,
y un par de veces la judería de Toledo.

                Si uno se quedaba muy quieto, en aquel año de mil quinientos y pico en Toledo, plantado en la esquina de una calle que casi ni se podía denominar calleja, podía observar un milagro.
                El milagro venía caminando desde el inicio de la calle, donde doblaba la esquina y pasaba por delante de un portal. Se desplazaba con su resonar metálico y tintineante, hasta colocarse delante de la Puerta del Mollete, la cual, aún hoy, da acceso al claustro de la catedral. Una vez allí, se detenía y dejaba extendida su mano. Entonces, era frecuente que un sacerdote, atraído por el ruido, saliera a atisbar tan sorprendente visión. Allí, se encontraba un artilugio con forma humanoide, construido en su mayor parte de madera, que miraba a los viandantes con ojos glaucos, esperando anhelante su compasión. En aquel momento, era habitual que el religioso le tendiera –igual que hacía con otros menesterosos que se plantaban delante de aquella entrada a la catedral- un mollete de pan, que hacía las veces de limosna. El autómata respondía entonces ejecutando una rechinante y caballerosa reverencia, la cual los presentes –sobre todo lo que no habían visto nunca el fenómeno- admiraban con estupefacción. Luego, el “Hombre de Palo” –pues con este nombre se le denominaba- desandaba el camino por el que había venido, para volver al lugar de donde mañana volvería a partir.
                -¿Y qué lugar es ése?-preguntaban los niños, arrebolados. Y sus madres respondían:
                -De la casa de Juanelo Turriano.
                Con esa respuesta, los niños se estremecían, impactados de esa manera en que, sólo a esa edad, los misterios cautivan, preguntándose quién sería ese buen señor.

*                                            *                                            *

                Delante de aquella puerta, sin embargo, haciendo caso omiso del “rutinario” espectáculo del ingenio mecánico, se plantaba un hombre.
                Era alto, era orondo, llevaba puestas ropas sencillas. Muchos años atrás, vestía siempre en la cabeza el característico kipá judío, pero ahora no se le ocurriría, y de hecho ya hace bastante tiempo que lo quemó. Contemplaba, sin embargo, como cada vez que pasaba por allí, la Puerta del Mollete. La que otros denominan, en cambio, la Puerta del Niño Perdido.
                Nadie sabe por qué esa puerta concreta adquirió ese nombre. Se conoce, sin embargo, el hecho al que tal apelativo se refiere. En 1491, en un proceso complejo desarrollado a caballo entre varias ciudades, se acusa a un grupo de judíos (y cristianos de supuestas tendencias judaizantes) de secuestrar a un niño en un pueblo cercano a Toledo y haberle sacrificado, arrancándole el corazón incluso, con el objeto de realizar un conjuro. Los reos son condenados a muerte y, con el tiempo, la leyenda se va acrecentando. Que si el niño fue crucificado del mismo modo que Jesucristo; que si la madre del niño, que era ciega, recuperó la vista nada más el niño murió; que si la persona que transportaba el corazón del niño para completar el conjuro fue detenido porque también había robado una hostia consagrada, la cual fue la causa de su detención, ya que empezó milagrosamente a brillar… Sobre todo esto meditaba el judío; pero asimismo pensaba en que, en la vida real (pues él habitaba en Toledo durante el suceso del Niño Perdido) nunca salió a la luz ningún padre; nadie reclamó la desaparición de ningún niño. Sólo estaban la Santa Inquisición, sus acusaciones, los reos, y unos testimonios contradictorios obtenidos mediante tortura. Unos cuantos meses más tarde, con el clima caldeado a raíz de éste y otros sucesos similares que invadían el debate popular, los Reyes Católicos decretaban la expulsión de los judíos. Muchos de los miembros de esta etnia se fueron de España y, los que no, se convirtieron. Entre los que se quedaron, se comentaba que, para la elaboración del decreto de expulsión, había influido decisivamente la historia del ahora llamado Santo Niño. Otros, en cambio, recordaban una vieja leyenda urbana según la cual la Reina Católica había acudido en Toledo a la casa de un rico judío a pedirle dinero –en teoría, para sufragar la primera expedición de Colón a las Indias- y, al vislumbrar aquella riqueza, había ansiado conseguir más…
                El hombre delante de la Puerta del Mollete –o del Niño Perdido- no conocía cuál era la realidad acerca de las distintas versiones. Pero siempre se quedaba parado, mirando la puerta.
                Caminó hacia el mercado, jurándose –como todos los días-, al día siguiente, no mirar más.

*                                            *                                            *

                Ese mismo hombre cruza desde la puerta de la catedral hacia la plaza del mercado. Allí, se dedica a pasear contemplando el género, como todos los días. Cosas de gente ociosa, se recrimina a sí mismo, medio en serio, medio en broma; una actividad equivalente a quedarse parado mirando obras. Lo cierto es que, desde hace tiempo, cada vez acude menos gente a su tienda, con lo cual cierra antes y dedica el tiempo libre a pasear. En cierta medida, lo considera una ventaja. O así lo creía.
                Pero hoy se ha acercado al mercado. A un puesto de verduras. Aunque suele acudir su mujer, le gusta pasarse de vez en cuando y comprar un par de cosas con las que llegar a casa y realizar sus propias incursiones en la cocina. En ocasiones ha fantaseado con dejar la tienda y dedicarse en exclusiva a los fogones. Pero, ¿un hombre que se dedica a hacer las labores de su casa? Nadie lo aceptaría, eso no se puede hacer.
                Mientras echa una ojeada al puesto de verduras, en concreto a unas relucientes berenjenas que le están llamando jugosas, capta un siseo a su espalda.
                -Mira el marrano ése…
                El hombre se giró, irritado. El cuchicheo había llegado desde un puesto donde vendían cerdo en toda clase de formas y variedades.
                -¿Cómo?-preguntó con una mezcla de agresividad y miedo, deseando que lo que había escuchado no fuera verdad.
                -¡Nada, nada! Tú concéntrate en tus berenjenas… ¿A que te gustan las berenjenas? Qué casualidad que todos los que antes eráis judíos sigáis comprando berenjenas. Y en cambio, que no comáis nunca cerdo. ¡Qué casualidad!
                Nuestro hombre se acercó violento al lugar de donde venían las imprecaciones.
                -¡Soy cristiano!¡Un buen cristiano, desde hace muchos años!
                -¡Seguro!¡Tú come berenjenas!¡Sigue comiendo berenjenas, hasta que se te pongan los ojos de berenjena!¡De hecho, yo creo que ya los tienes!, ¿no lo opináis vosotros, que tiene los ojos más parecidos a una berenjena que he visto en mi vida?
                El hombre del puesto de verduras llamó a la calma.
                -Déjale en paz. Él no tiene la culpa de que no le gusten la mierda de productos que vendes.   
                -Claro, ¿cómo le van a gustar? Porque yo te veo muchas veces por este mercado, y nunca te he visto comprar cerdo, ¿verdad?¿Verdad?
                El hombre resopló y cerró los puños. Se acercó al hombre de la tienda especializada en productos cárnicos.
                -Dame… unas cuantas de esas patas…
                -Jamones.
                -Sí, y también unas de esas…
                -Pezuñas. Manitas de cerdo, les decimos. Yo te aconsejo llevarte unos lechoncitos. Se hacen en el horno enteros, y saben riquísimos.
                El hombre del puesto de verduras bufó.
                -Siempre misma historia –masculló, más para el exterior que para sus adentros. El comprador recibió una bolsa con todo lo que había pedido. Alargó unas monedas.
                -Gra… gracias –murmuró. Marchó en dirección a su casa, con mirada de derrota surgiendo desde el interior.
                Cuando llegó a su hogar, transmitía esa misma impresión de vencimiento, como una ciudad invadida a la que hubieran desmontado sus murallas ladrillo a ladrillo. Quizás fue por eso por lo que, nada más verle la cara, su mujer le preguntó tan rápido:
                -¿Qué has traído en esa bolsa?
                Su esposo vaciló, para finalmente responder:
                -Cerdo.
                -¿¿Cerdo??¿En serio?¿Y qué quieres que haga con él?
                Su marido alargó la bolsa hacia un lado, con repugnancia.
                -Desecharlo inmediatamente. Arroja esta guarrería a la basura, pero que los vecinos no se den cuenta de lo que estamos tirando.
                -¿Y las berenjenas?¿No decías que te ibas a pasar por el mercado a comprar unas berenjenas?
                El hombre movió la cabeza de un lado a otro, apesadumbrado. Nostálgico incluso
                -Ya no vamos a comprar berenjenas nunca más.
                La mujer abrió mucho los ojos.
                -¿Cómo que no vamos a comprar berenjenas?
                Apareció por allí una chica joven.
                -¿He oído algo de que hay berenjenas?
                -¡He dicho que no vamos  comprar más berenjenas!
                -¿Pero por qué no vamos a tener berenjenas?-preguntó incrédula la mujer mayor. El hombre, hastiado, resopló:
                -¡Las berenjenas son un plato judío!¡Y nosotros ya no somos judíos, somos cristianos!¡Así que no vamos a comprar berenjenas nunca más!
                La cara de la mujer era similar a la que exhibiría si hubiera visto aparecer a un caldero parlante.
                -¿Pero cómo, un plato judío?¡Si las berenjenas las trajeron a Sefarad* los árabes!¡Eso lo sabe todo el mundo!
                -¡Pues no lo debe saber todo el mundo, porque hoy me he acercado al puesto de berenjenas, y lo han utilizado para reprocharme mi origen judío!¡Así que, a partir de ahora, no vamos a hacer nada por lo que puedan acusarnos de judíos!
                -Pero, ¿los cristianos no pueden comer berenjenas?-preguntó la chica joven.
                -¡Claro que pueden comerlas!-espetó la mujer mayor-. ¿Qué se supone que debemos hacer? Vamos a su iglesia, le rezamos a su… Cristo o como quiera que llamen al muñeco ése que cuelgan de la cruz, más feo el pobre…
                -¡Mamá, no digas eso!-soltó la chica.
                -Ay, hija, no me regañes como tu padre. Sólo digo que, si quieren tener un dios, al menos que no le hubieran pegado esa paliza. Es que da pena verlo, el pobrecillo, todo sangre y miradas sufrientes…
                -¡Dejemos esta discusión sobre Cristo!-se puso más nervioso todavía el hombre-. ¡No vamos a comprar más berenejas y se acabó!
                -O sea, que ahora no se nos define como judíos no por no cumplir las normas cristianas –expuso la hija-, sino porque hacemos cosas que, aunque puedan ser cristianas, también las hacen los judíos.
                -¡Exacto!-respondió el padre.
                -¿Cómo por ejemplo, respirar?
                -¡Oye, no me discutas!
                -Traer cerdo a casa para luego tirarlo. Qué desperdicio –se quejó la mujer-. ¿Qué será lo siguiente, no celebrar el Purim?
                El marido la miró helado. La mujer, tras reflexionar durante unos segundos, alteró su semblante para  mostrarse indignada.
                -¿Qué?¡No me dirás que no vamos a celebrar el Purim!
                -¡No se llama Purim!¡Se llama carnaval!
                -Purim, carnaval, como quieras llamarlo… Mientras en casa podamos seguir celebrándolo como queramos…
                -¿Es que no lo queréis entender?-protestó el hombre-. Hay ojos, y espías, por todas partes. Ni en casa, ni fuera de ella. ¡No vamos a celebrar las cosas como las hacíamos antes!¿Qué queréis, que acabemos todos en el tribunal de la Inquisición?
                -¿Pero qué les importa lo que hagamos dentro de nuestras casas?-preguntaba la chica joven mientras, a la habitación, atraídos por los ruidos, llegaban un par de revoltosos niños.
                -¡Pues les importa, y mucho!¡Por cosas menores han arrestado a gente!
                -Pero sería una pena… Con lo que le gusta a los niños cuando tienen que hacer ruido cada vez que escuchan el nombre del malvado Amán… Y con lo que les gusta jugar a ser Mardoqueo**… Tendrías que haber visto cuando íbamos a la sinagoga a leer los rollos –le decía la mujer a su hija. La verdad era que, mientras pudieron practicar el judaísmo, acudir a la sinagoga le había resultado una actividad incómoda. Pero ahora, después de mucho tiempo sin celebrar ritos, sin pasear por la judería adornada en la época de fiestas, ni encontrarse con los amigos en el recinto sagrado, hasta echaba de menos, durante las ceremonias, la aburrida sección de las lecturas.
                -Es una pena que no podamos volver a hacerlo –protestó la chica.
                -¡No lo digas ni de broma!-clamó el hombre-. Además, ya no tiene ningún sentido. Todas las sinagogas que quedan son ahora iglesias. Y, si no fuera por eso, no podríamos siquiera volver.
                -¿Pero en serio no vamos a celebrar el Purim?-insistió la madre-. El Purim es una fiesta sagrada. Hay comunidades que hasta celebran Purims particulares en conmemoración de un momento histórico en el que se salvaron de alguna desgracia. Dicen que, incluso cuando el Mesías baje a la tierra y el resto de las fiestas dejen de tener sentido, el Purim deberá seguir celebrándose.
                El marido había hecho amago de marcharse, pero al escuchar esta última frase, se volvió:
                -¿Tú ves que la llegada del Mesías esté medio cerca?
                Y, con aire deprimido, abandonó la habitación.

*                                            *                                            *

                A oscuras, una lúgubre estancia. En dicha sala, una mesa, varios hombres. Tres de ellos, las mejillas rasuradas, observan unos planos. Otro, con barba, a su frente, aguarda expectante. Los rostros de los otros hombres permanecen herméticos. Sobre todo los que no están tocando directamente los documentos. Al que los maneja, en cambio, se le aprecia, conforme alza la vista, un leve temblor en las manos. Entonces, el hombre de la barba comprende que todo ha sido un paripé. Ya antes de que fijaran la mirada en aquellos bocetos conocían la respuesta y, hasta entonces, sólo ganaban tiempo o esperaban la ocasión propicia para anunciarlo.
                -Señor Turriano, estos planos están muy bien. Sin duda, podremos construir un segundo artefacto como el que ya nos ha proporcionado…
                -… sin pago.
                -Maese Turriano, no hace falta que insista en eso.
                -Mi señor, no es por tratar de ser irrespetuoso, pero sí me parece pertinente que insista en la cuestión dado que, a día de hoy, sigo sin cobrar.
                -Y nosotros no tenemos a Carlos I entre nosotros y, sin embargo, nadie os ha culpabilizado por ello.
                Juanelo Turriano se siente herido en su fuero interno, como si una afilada daga acabara de traspasar su corazón. Cuando por primera vez llegó desde Cremona (tierra de violines y delicados instrumentos) a España, sus conocimientos matemáticos y de ingeniería fueron reconocidos por el emperador Carlos I de España y V de Alemania, quien le nombró (cuando todavía la mayor parte de la gente le denominaba Giovanni) Relojero Mayor. Aparte de varios relojes astronómicos, el soberano le encargó construir parte del palacio para su retiro en Yuste. Sin embargo, las cosas no salieron tal como había previsto. En uno de los estanques decorativos construidos por el italiano, el flujo del agua se paralizó; el agua quedó estancada. Se acumularon los mosquitos, y uno de ellos, transmisor de la malaria, se la contagió al emperador, el cual murió. Sin embargo, Felipe II, su hijo, no se mostró muy afectado: su padre ya era anciano, estaba retirado, y para colmo le había dejado en bancarrota el reino. Un reino que, además, heredaba él. Nombró a Turriano Matemático Mayor; luego, el italiano trabajó para el Papa Gregorio XIII en la reforma del calendario, y diseñó, para Juan de Herrera, las campanas del Escorial. Aún así, Juanelo decidió que su futuro estaba en la ciudad de Toledo. Allí empezaron todos sus problemas.
                -Los proyectos científicos entrañan sus riesgos, y a veces, mi señor, fallan –respondió el interpelado-. No se puede responsabilizar al inventor de intentarlo, sobre todo si el propósito era loable. Pero, en cambio, que el resultado sea óptimo y, sin embargo, no recibas la debida compensación…
                El severo hombre del otro lado quiso ocultar su gesto apartando la vela de su lado; sin embargo, no logró disimular el azoramiento que invadía su voz, a la par que su rostro.
                -No vamos a entrar otra vez en ese asunto…
                Juanelo Turriano agachó la cabeza. La historia venía de antiguo. Toledo, situada en un macizo de roca que se eleva por encima del río Tajo, tenía dificultades para acceder al agua, debido al extremo desnivel. Se necesitaba gente que trajera diariamente barreños desde el río y, cuando había un incendio, la única solución era recurrir a aquellas casas señalizadas para indicar que contenían un pozo. Con objeto de solucionar el problema, Juanelo había ideado un ingenio que permitía utilizar la propia fuerza del río Tajo para ascender el agua hacia arriba a través de una especie de acueducto salpicado de brazos y cucharas mecánicas. El artefacto –bautizado con el mismo nombre que su creador- se hizo famoso. Con el tiempo, saldría en cuadros del Greco, se escribirían libros, formaría parte del imaginario colectivo. Pero Juanelo Turriano no llegó a percibir ningún pago por ese ingenio.
                -¿Han hablado últimamente con el ejécito?
                -No, pero para qué –replicó el representante de la ciudad-. La respuesta, o la falta de ella, va a ser siempre la misma.
                -Pensaba que gozaban ustedes de una comunicación más fluida. De hecho, creía que tenían ustedes un acuerdo sobre el artefacto mientras se estaba construyendo.
                -Los acuerdos del Ejército siempre están sujetos a los imprevistos de la guerra… incluso en tiempos de paz. Y esos imprevistos sólo llegan cuando los dicen ellos. Pero vamos: de una institución que ni siquiera se esfuerza por dar de comer a sus propios soldados, qué podía esperarse.
                Juanelo asintió. El conducto de agua que formaba parte de su ingenio tenía como destino final, en su extremo superior, el Alcázar de Toledo, pues era la zona más alta de la urbe, y por tanto desde donde era más fácil distribuir el agua al resto de la población. Pero el Alcázar pertenecía al Ejército y éste, una vez el artefacto estuvo construido, dijo que no iba a compartir el agua con el resto de la ciudad. Y que tampoco iba a pagar el ingenio de Turriano, puesto que ellos, aducían, no lo habían solicitado, y tampoco habían firmado contrato alguno. Mientras tanto, el gobierno de la ciudad de Toledo declaraba que, ya que el agua no llegaba, no tenía sentido pagar una construcción que no proporcionaba ningún beneficio. De tal forma que Turriano se quedó sin cobrar. Él, por supuesto, se había desentendido del mantenimiento del aparato, que había funcionado bastante bien hasta entonces, y lo haría -hasta que se estropeara- bastantes décadas más. Pero eso no le resarcía del dinero que se había gastado en construirlo, y que le había dejado en la miseria.
                -Sin embargo, ahora, para este segundo proyecto, sí que habrá dinero para pagarme, ¿verdad?
                Si alguna vez la cara del adminsitrador fue más similar a la de una de las gárgolas de la catedral, fue en ese preciso instante. Empezó a lanzar una perorata sobre las dificultades económicas: la marcha de los judíos había disminuido la riqueza de la ciudad. Las rutas del comercio con América no pasaban Toledo, y eran otros, además –mercaderes genoveses, venecianos- los que se llevaban los beneficios. El presupuesto era variable, a la par que imprevisible:
                -Las administraciones –suspiró, más que enunció el hombre- también sufren accidentes, incluyendo los monetarios. Y, como a los creadores científicos, no siempre se las puede culpar.
                Juanelo Turriano, aquella noche, llegó a su casa. Le dio dos vueltas a la cerradura antes de abrir el portón. Ascendió con cansancio las escaleras.
                Arriba, encendió una vela, y giró la cabeza. Allí, plantado sobre la mesa, con un codo apoyado encima de la misma, se encontraba el otro ingenio por el que Juanelo era famoso: ese autómata de metal y (sobre todo) madera que en las calles de Toledo había quedado bautizado como “el hombre de Palo”. Algún día, la calle por la que solía transitar recibiría el mismo nombre.
                -¿Qué tal te ha ido, compañero?-preguntó Turriano en voz alta, sabiendo que no recibiría más respuesta que la que obtendría tras abrir un compartimento adonde caían las monedas que los viandantes podían depositar a través de una ranura. Ese exiguo pago, más el mollete que ahora mismo se depositaba sobre la mesa, eran los únicos recursos que podían socorrer a Turriano de su situación de indigencia.
                -Ay, compañero, ay –se dolió Juanelo Turriano mientras se sentaba, situándose enfrente de su invento-… Qué similares somos.
                Se dijeron muchas cosas sobre el Hombre de Palo. Que fue verdad. Que era todo un cuento. Se decía que, cada mañana, Juanelo se colocaba enfrente del Hombre de Palo y le insulflaba una arena mágica que funcionaba como hálito de vida, para por la noche retirarle aquel aliento mágico, y que el autómata se apagara y dejara de trabajar. Aquella noche, sin embargo, ocurrió algo mucho más sencillo: Turriano abrazó a su hombre de madera por la cabeza y, entre lágrimas, le dio un beso. “¡Tú eres el único que me comprende!”, exclamó. Luego se quedó dormido abrazado a él, y permanecieron así unidos toda la noche.

*                                            *                                            *

                La mujer de la casa que visitamos anteriormente, unas cuantas jornadas después del enojo, había recuperado la serenidad. Aquella mañana era sábado, aunque ya hacía mucho tiempo que no lo celebraban como tal. Su marido estaba en la tienda, trabajando. Y, por hoy, por un día, ella, que a lo largo de la semana se había mostrado hacendosa con sus tareas, podía por fin sentarse sobre los cojines y centrarse sólo en descansar…
                Hasta que escuchó una voz, en la ventana.
                -¿Qué tal, vecina?
                Por un momento creyó que eran jugadas de su imaginación hasta que, sacando la cabeza entre los postigos, se encontró a una mujer de su misma edad al otro lado del patio, en la casa vecina. En la mano llevaba un paño, y sacaba el codo por la ventana.
                -Qué tal –respondió la aludida, en lo que pretendió ser una respuesta cortés.
                -Qué guapa te veo. ¿Qué, haciendo algo en casa?
                -Pues… en realidad no. Relajada.
                -¡Ah!-exclamó la otra-. Pues yo no. Yo aquí, limpia que te limpia.
                -¿Y eso?¿Algo especial?
                -Hombre, especial, especial… Lo de siempre. Mañana, que es el día del Señor y habrá que ir a misa. Y claro, como ese día es distinto, conviene dejar bonita y adecentada la casa.
                Hizo una mueca que casi fue como un guiño.
                -Vamos, como toda buena cristiana, ¿no?
                La mujer del otro lado agarró con mucha firmeza, los puños crispados, el poyete de la ventana.
                No le había quedado muy claro si esta última frase guardaba un punto de retintín, o no tenía en cambio segunda intención.
                Inquieta, se metió de nuevo en la casa. Se acordó de la frase de su marido acerca de que había ojos y oídos en todas partes. Y de que no se trataba sólo de lo que hacías, sino de lo que no hacías también.
                Le invadió la paranoia. Comenzó a ponerse histérica.
                Tras unos instantes de conexiones eléctricas en su cerebro, se puso rauda en acción.
                Sacó de su sitio las alfombras, las lámparas, los cortinajes. Se puso a quitarle el polvo, a fondo, a armarios y estanterías que hacía siglos que no limpiaba. Sacó las telas por la ventana y las aireó, golpeando con furia con el sacudidor, echando vistazos de reojo para asegurarse de que las vecinas miraran.
                Luego, tomó las sábanas, las ropas, los trajes de los domingos. Se puso a lavar a mano, con jabón y abundante agua, hasta que las uñas le empezaron a sangrar.
                Pulió la vajilla buena –aunque ya estuviera limpia-, restregó la plata… No recordaba haberse visto en otra igual.
                Al final del día, estaba ajada, sudorosa, y había sacado tanta mugre de su hogar que un cónclave del Vaticano podría haber comido y elegido al Papa en el suelo.
                Cuando su marido llegó a casa, le extrañó verlo todo tan pulcramente colocado.
                -¿Qué ha pasa…?
                -¡Mira!¡Déjame en paz!
                La mujer corrió a desahogarse a su cuarto. El marido bizqueó sin comprender nada.

*                                            *                                            *

                Al día siguiente, el antiguo judío, informado ya de los pormenores del incidente del sábado por su esposa, no quiso tener más problemas. Irían a misa para que nadie les reprochara nada y luego marcharían a casa, rapidito y por el camino más recto (lo cual siempre era complicado en las estrechas callejuelas de Toledo). Quizás así consiguieran tener un día sagrado –de la religión que fuera- por fin en paz.
                Por eso salieron de Santa María la Blanca –lo que en tiempos había sido su altiva sinagoga- todo lo deprisa que pudieron. Sin embargo, antes de que dieran un par de pasos, unas cuantas manos vigorosas asieron al hombre por los hombros.
                -¡Fíjate, nuestro viejo amigo!
                El antiguo judío reconoció, en los rostros y en las voces, las figuras de los tenderos que el otro día le habían perturbado en el mercado.
                -Perdonadme, estoy con mi familia. Me voy a casa.
                -Tranquilo, hombre, tranquilo… Mira, reconocemos que el otro día fuimos un poco… maleducados. Y como nos sienta mal haberte dejado con tan mal sabor de boca, queremos invitarte a comer. Una oferta de paz, realizada a un buen cristiano.
                El hombre dudó. Su mujer le miraba atemorizada. “No lo hagas”, le comunicaba con los ojos. Pero el hombre no sabía qué decir. Al fin y al cabo, Toledo era pequeño. Iban a verse todos los días. Y daban la impresión de estar siendo sinceros.
                -Id adelantándoos a casa. Yo os veré más tarde allí.
                -¡Eso es, amigo! No te preocupes –le dijeron a su esposa, en lo que asemejó una sonrisa amable-, te lo devolveremos entero. Y además, pagamos nosotros, así que comerá muy bien.
                Sus nuevos compañeros le arrastraron a una muy reconocida taberna de la ciudad. El converso pretendió tranquilizarse: por lo menos, tenía delante la promesa de una buena comida. A Moisés le dieron menos.
                Se sentaron en una amplia mesa. Pidieron cervezas y también vino. Le presentaron al tabernero como un amigo. La verdad es que se lo estaba pasando bastante bien.
                Así hasta que uno de sus acompañantes le dijo al mesero:
                -Pónnos a todos una buena ración de tocino. Ya sabes, como nos gusta.
                El antiguo judío vaciló.
                -Pero…
                El hombre que tenía al lado, el carnicero del mercado, le dio una palmada amistosa en el brazo.
                -Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar.
                El mesero les trajo el plato en el lapso de tiempo más breve que el cristiano nuevo había visto antes en una taberna. Juraría que, cuando lo trajo, el carnicero le había guiñado un ojo al dueño del establecimiento.
                -Mira qué cosa más rica.
                El antiguo judío admiró el género. Eran unos trozos de tocino tan poco cocinados que sólo con mirarlos rezumaban sangre… El hombre se acordó de aquel precepto del Talmud que dice que debes lavar bien todo animal después de sacrificarlo para que no tomes ni una gota del impuro líquido rojo que circula dentro de él.
                -Yo –farfulló, disculpándose-… es que el cerdo no me sienta muy bien. Me provoca dolor de tripa… Me… sienta mal al estómago.
                El antiguo judío no mentía. Tras años y años, durante su juventud, con sus mayores repitiéndole de manera continua que el cerdo era un animal horrible, sentía náuseas con solo mirarlo. Desde que se había hecho cristiano, había intentado probarlo, pero lo cierto es que aquello era superior a sus fuerzas: habría sido como si le hubieran pedido beber un vaso de su propia orina. Y menos ese tocino, que tenía pinta de haber pasado tan poco por el fuego que hasta debía de estar frío.
                -Adelante –le incitó el carnicero-. Prueba. Seguro que está muy rico.
<<Prueba>>, repitió.
                La palabra apuntaba a invitación. La expresión proponía sugerencia. El tono, el ambiente, las miradas, apuntaban a todo lo contrario.
                -Come. Como un buen cristiano. Come.
                El antiguo judío, rodeado, no vio opción. Agarró un repulsivo trozo de carne, el cual soltó un borboteante caldo nada más rozarlo. Se lo introdujo de golpe en la boca.
                Sintió unas arcadas tan tremendas que tuvo que colocarse la mano en la boca para no vomitar. Aun así, se sobrepuso y trató, con vino y agua, de atravesar aquel trance. Tardó una eternidad en masticarlo.
                -Come más. O si no, te vas a quedar con hambre. Vamos.
                Los otros comensales ni tan siquiera tocaban sus platos conforme contemplaban al otro metiéndose trozos en la boca, los cuales prácticamente engullía para que permanecieron el menor tiempo posible en el paladar. Comenzó a llorar; le subieron a la nariz los mocos. Tuvo varios repetidos accesos de arcadas. Estuvo más de una hora sentado allá. Cuando terminó el plato, sudando y con la cara roja, el mesero anunció:
                -Me alegro de que le haya gustado. A partir de ahora, por cuenta de sus amigos y de la casa, tendrá todas las semanas un plato igual esperándole aquí.
                Cuando el hombre llegó a su casa, alzó la voz a la vez que daba un portazo:
                -¡Nos vamos!¡En cuanto hagamos el equipaje, nos vamos para siempre de esta maldita ciudad!
                Aunque, para sus adentros, se daba cuenta de que aquello no iba a bastar.

*                                            *                                            *

                Si uno se quedaba muy quieto, en aquel año de mil quinientos y pico en Toledo, plantado en la esquina de una calle que casi ni se podía denominar calleja, podía observar un milagro.
                El milagro venía caminando desde el inicio de la calle, donde doblaba la esquina y pasaba por delante de un portal. Pero en este día en concreto, unos niños aguardan agazapados detrás de la esquina de la calle.
Uno de ellos, el líder de la cuadrilla, sostiene en su mano una caja de cerillas. Los otros contienen la respiración.
El hombre de palo gira la calle.
El niño enciende la cerilla, y la arroja encima del autómata.
Mientras tanto, a un par de manzanas de distancia, nuestro antiguo judío terminaba de amarrar los baúles a la parte de atrás de la carreta –donde también se acomodaba su hija con los niños-, para después ascender a la parte delantera del vehículo, junto con su mujer.
-Todo es culpa de estos malditos cristianos –blasfemaba en voz baja, como había hecho otras veces, aunque ahora con menos miedo de que le oyeran-. A uno de los suyos no le tratarían tan mal. Si yo fuera…
Pasaron entonces al lado de la catedral. Una repentina visión les hizo reducir la velocidad de los caballos. El Hombre de Palo ardía en una gigantesca pira mientras un grupo de niños giraba a su alrededor. Poco a poco, se acumulaba en aquella zona un círculo formado tanto por curiosos como por transeúntes casuales. Sin embargo, ninguno de ellos tuvo la ocurrencia de traer un cubo de agua, ni llamar pidiendo ayuda. La antigua mujer judía volvió la vista hacia su marido. Éste, como toda respuesta, volvió a azuzar a los animales para escapar cuanto antes de allí.
Mientras marchaban en dirección a las afueras de la ciudad, y observaban a su espalda la silueta de la misma, el marido no paraba de protestar:
-Sefarad es una desgradecida. Llegamos aquí, le damos lo mejor de nuestras vidas, tratamos de mejorarla un poco, ¿y qué nos entrega a cambio? Son unos ingratos, unos mastuerzos, unos…
Se quedó un segundo callado, con el ceño fruncido. Su mujer le agarró de la mano y le preguntó:
-La vas a echar de menos, ¿verdad?
El hombre le cedió las riendas del vehículo, y apoyó la cara sobre los hombros de su esposa.
-¡Muchísimo!-sollozó, y mientras se alejaban, apenas pudo contener el fluir de lágrimas.

Esta historia está basada en la vida real de Juanelo Turriano, aunque algunos detalles permanezcan en la bruma de la leyenda. En cuanto al relato de nuestro antiguo judío, aunque ficticio (quizás tanto como el crimen del Santo Niño), podría, desgraciadamente, aplicarse a multitud de conversos que tuvieron que escapar de la Península Ibérica. Algunos, sin embargo, no tuvieron esa suerte, y fueron juzgados antes por la Santa Inquisición. Ha sido, probablemente, simultánea con la de los moriscos, la pérdida de población más dramática que ha vivido España, hasta los exilios derivados de la Guerra Civil, y los migrantes económicos de los siglos XX y XXI. Con este tipo de relatos se espera, en un futuro, que, tal vez, lo hagamos con otros mejor.

¿Lo haremos, en verdad?


*Sefarad era el nombre que los judíos daban a la Península Ibérica.

**El Purim conmemora la fecha en que Esther convenció al rey persa Asuero que no hiciera caso a su visir Amán (quien quería matar a todos los judíos del reino), y en cambio colocara en su lugar al judío Mordejai o Mardoqueo. Guarda un aire festivo, similar al carnaval cristiano y, entre otras actividades, los niños han de armar un gran estruendo mediante ciertos instrumentos musicales cada vez que durante el rito se menciona el nombre del malvado Amán.