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martes, 30 de mayo de 2023

Relato de musa: Los viajes que compartimos

Un relato que me ha ofrecido mi musa y que yo os regalo. Para aquellos que piensan que los medios de transporte no sólo acercan lugares, sino también personas:


La extraña intimidad y el voyeurismo de un tren de pasajeros. La mirada normal sólo atisba retazos, fragmentos. Ves un hombro, la coronilla, una pena cruzada sobre la otra, la tapa trasera de un libro, tres cuartos de pantalla de una película que ya has visto, un fragmento de conversación familiar, de suave debate, sobre la preparación de la cena al llegar ("No hace falta que me hagas nada [...] Bueno, vale, pero sólo si no te supone mucho esfuerzo..."). Y ahí, al alcance de un giro de cuero, tienes la superficie tremendamente reflectante del maletero, que te da un acceso poco previsto a las vidas de otros, a una gran parte de esos pasajeros que te rodean, a un mayor fragmento del puzzle incompleto. Así ves lo que escribe el joven en un cuaderno, los gestos de impaciencia del que hasta ahora parecía un turista tranquilo, la mirada triste y perdida en la ventana de alguien que, de otra manera, ni sabrías jamás que compartió tren contigo.

lunes, 11 de abril de 2022

El relato de abril: un regalo de una musa. "Oda a..."

Como sabéis, a veces las musas me realizan regalos, y en este caso llega una oda a un particular ser que, aunque no lo queramos, ocupa un papel en nuestra vida. Espero que la disfrutéis tanto como yo. Un saludo.

Oda a...

Al principio, un lento remolino, muy lento, le dio forma y vida. Nació en la esponjosa oscuridad de un ombligo profundo, suave, con las curvas idóneas para crear, poco a poco, una pelusa. Al alcanzar el tamaño suficiente para ser apreciada a simple vista, salió a la luz, mirando esperanzada alrededor, buscando el contacto visual con un ser humano que le diese el empujón vital, como el toque divino a Adán en las alturas de la Capilla Sixtina. Nuestra pequeña y mullida protagonista tuvo suerte, y voló fuera del nido, recorriendo unos metros por el aire en una suave e ingrávida caída al mundo. Sin embargo, ese mundo no era el cielo algodonoso lleno de pelusillas que esperaba, sino una zona más parecida a la Viena de los años 40, con un espacio franco en  el centro, libre de tejidos, y esquinas protegidas lejos del alcance de la escoba, guetos separados y separatistas entre los que debías elegir. Un rulo de pelo cano parecía el guardián de esa zona cero, quizá por la dificultad de ser localizado por el ojo humano, y le explicó, en un tono de aburrimiento burocrático aderezado por la urgencia militar del protagonista de "Un, dos tres", que allí no podía quedarse, y que tenía cuatro minutos para elegir un extremo recóndito del cuarto al que unirse. Sumida en la urgencia y la decepción, oteó a su alrededor. Una gran pelusa redonda bajo  el sofá, tres pelusas medianas y alargadas tras la estantería, una guardería de pequeñas pelusas deslavazadas tras la puerta y una par de oscuras peludas pelusas refugiadas entre las barbas de una vieja mopa.

Un minuto había transcurrido, y microscópicas gotas de tejido sin identificar caían como gotas de sudor, entre la frustración, la tensión del cronómetro y la desesperanza. Ella no había deseado su libertad con tantas ganas para acabar acodada en un rincón como un viejo vaquero en la barra de un roñoso bar del medio oeste. Pero tampoco podía rendirse y quedarse ahí plantada, meneándose ligeramente con el vaivén de los pasos hasta que se percatasen de su presencia y la trasladasen a empujones fuera de esa casa. No, señor, la apatía, las bandas o la rendición no estaba en sus hilitos. Se extendió todo lo que daba de sí en varias direcciones hasta encontrar una corriente de aire frío, leve, pero suficiente, que la arrastró en una dirección desconocida, u oeste, que habría dicho el GPS si lo llevase. A pequeños saltitos y planeando, abandonó la estancia de la desesperación, y se halló ante lo que le pareció un enorme erial lleno de esquinas y rincones donde guarecerse e impulsarse en busca de aventuras. Pero no estaba sola. Allá a la izquierda vio a Mancha Indeleble, ser que hasta entonces creía mitológico; a la derecha, junto al marco de la puerta, la tuerca de un pendiente, que le guiñó un orificio; vigilando desde las alturas, un hilo de telaraña abandonado disfrutando de la brisa en sus entretelas. Y se sintió feliz por su valor y su decisión. De ahora en adelante, todo sería una genial aventura repleta de nuevos amigos.

lunes, 12 de julio de 2021

La historia corta de julio. Historias del metro (18): "Lo observó mi musa"

 Historias del metro (18)

Lo observó mi musa

Viernes tras viernes, a la hora de comer, de vuelta a casa tras el trabajo, los avisto. Están en uno de esos pasillos que ven pasar riadas inconmovibles, alternadas con periodos de silencio, como un cruce de semáforos. Sentados, no destacan hasta que te preguntas de donde viene la música. Es un hombre el que toca, sentado en un pequeño taburete, con un atril que sujeta pentagramas llenos de líneas para mí indescifrables. Acaricia las cuerdas del violín (el instrumento en particular no descuella por su apariencia), el cual suena… afinado. A su lado, una mujer, de su misma edad, o similar, compartiendo arrugas y apenas un metro cuadrado de una estación suburbana. Su esposa -piensas-, que le acompaña allá donde él va, por amor, por obligación, por no quedarse sola, ¿quién sabe? Allí están los dos: él ligeramente volteado, dando la espalda a su compañera, quien mira con tristeza a los viajeros que pasan. Eso es lo que me transmiten: agotamiento, tristeza, pesadumbre, hastío, a pesar de ser capaz de tocar un instrumento difícil, de esgrimir notas y hacerlas volar por encima del rebaño, provocando que éstas lluevan para empapar hasta el fondo del alma de algunos de los que pasan sin ver. Quizá me gustaría conocer su historia, pero tengo prisa. O me da miedo saberla.

 


lunes, 20 de julio de 2020

El relato de julio: "Manos de piedra".


Manos de piedra.

La muerte tiene sus ventajas. A la fuerza, acumulas paciencia suficiente como para contemplar cómo el tiempo vence todos los agravios y, después de mucho esperar, algunos esfuerzos se ven por fin reconocidos. Por eso, hoy en día, mi alma incorpórea sonríe cuando observa a los miles de visitantes que acuden a este afamado museo a admirar esta magnífica escultura (no diré nombres, no quiero emponzoñar la Belleza con mayúsculas con acusaciones en minúscula y letras cursivas), y de paso se maravillan también de mi obra. Aunque a veces, he de reconocerlo, la parte más vanidosa de mí queda herida de orgullo y le entran ganas de gritar: “¡No le adoréis a él, malditos!¡El resto de la escultura es suya, pero no le alabéis a él cuando mencionéis las manos!¡Las manos son mías, solo mías, tengo la prueba, podéis encontrarlas en otro sitio, si tan sólo os fijarais un poco…!”. Es entonces cuando suelo darme cuenta de que no pueden verme ni oírme, y que he golpeado inútilmente el cristal que rodea aquel trozo de piedra la cual simboliza al mismo tiempo mi triunfo y mi derrota, mi tragedia y mi destino. Pero quizás deba explicaros un poco más el contexto. Puede ser que, así, cuando volváis a mirar a vuestra escultura preferida, seáis capaces de descubrir la verdad.
En las biografías suelen reflejarse las vivencias de los individuos. Sin embargo, quizás lo que ayude a explicar mejor la realidad sea la historia de los flujos humanos. Cuando hojeáis el recorrido vital de un artista del Renacimiento, te hablan acerca de que tuvo un maestro, y de que luego se independizó, o quizás fusionó varias técnicas procedentes de distintos lados, y comenzó a producir su única e irrepetible obra artística original. Pero esa biografía no os va a revelar todo lo que hay debajo. No os va a hablar de las decenas, quizás cientos de individuos, que mostraron cierta destreza con las manos, y a quienes sus madres, ilusionadas, confiaron al taller de un maestro de reconocido prestigio para éste que le adiestrara y quizás pudiera convertirse en el próximo Miguel Ángel o en el Leonardo de turno. El muchacho aprendía, eso era verdad; sudaba, se le explotaba al máximo, pero aprendía, de eso no cabía duda. Lo que era raro era que su talento se llegara a reconocer. A menudo, en cuanto alcanzaba un nivel suficiente, su trabajo pasaba a formar parte de la producción común del taller, la cual se atribuía en su totalidad al maestro, quien, si de verdad hubiera realizado con sus propias manos el trabajo que aplaudía el gran público, no hubiera tenido tiempo posible ni para ir al baño con aquel acelerado ritmo de producción de obras. Todas las estatuas, frisos, capiteles, pinturas, se realizaban bajo la firma del insigne Maestro (nótese la ironía de esta mayúscula), cuando en realidad, por contrato, y en concreto tratándose de las obras religiosas –con las cuales en mi época estábamos más acostumbrados a trabajar-, lo único que tenía obligación de pintar el susodicho jefe de aprendices era específicamente la cara de Cristo, acto que debía realizarse siempre en secreto. Esto (sospechábamos muchos) era sólo una excusa para que aquel esfuerzo final lo ejecutara también un ayudante, mientras el maestro se encontraba terminando otro trabajo en otro sitio, o tal vez durmiendo la siesta. En esto consistía el futuro a medio plazo; los había también quienes volvían a casa nada más demostrar su incompetencia, de vuelta a las labores del campo de las que procedían, mientras que unos pocos, a la larga, si la cosa te iba bien y demostrabas un talento excepcional, se casaban con la hija del Maestro (de alguna manera había que transmitir a la prole el negocio) y terminaban siendo reconocidos como Artistas, con derecho a estampar su firma, recibir encargos, montar su propio grupo y, en una minoría de casos, decidir incluso sobre qué tema en concreto les gustaría esculpir. Pero la mayoría se convertían simplemente en la minúscula letra “a” de “artesanos”, técnicos especialistas, muy reconocidos en su campo, estimados por sus compañeros de profesión, gente que tenía un plato en la mesa asegurado por su dominio de un determinado arte, pero por supuesto sin las loas y las flores que recibían los grandes nombres. Ganarse un puesto allí era difícil, quizás no del todo satisfactorio, pero era a lo máximo a lo que podíamos aspirar muchos. Ya era raro que yo me hubiera colado allí, más aún que quisiera llegar más lejos. Y de manera más excepcional en mi situación. El mundo del arte –como todos los submundos, en realidad- ha sido siempre bastante escéptico (o mejor dicho, impermeable) frente al papel que podían desarrollar las mujeres. Al menos, fuera del rol de musa que permanecía lánguida, esperando a que alguien la quisiera pintar.
Porque, eso sí, modelos desde luego si había muchas. Si el flujo de hombres que querían convertirse en artistas arrastraba una cierta corriente, el de muchachas que pretendían -merced a su belleza- modificar su destino, constituía un caudal de tumultuoso frenesí.  Chicas jóvenes que llegaban de campos, aldeas, pedanías, villas pequeñas, a otras urbes siempre más grandes, más artísticas, más renombradas: las más modestas féminas en dirección a Bérgamo, Bolonia, Siena; las más voluptuosas, a Florencia, Milán, la Roma eterna. Todas aspiraban a casarse con un rico potentado, incluso un príncipe, y luego, descartada por imposible esa opción, bajaban al siguiente peldaño para convertirse durante un par de años en la amante de un joven heredero rico, y ganarse de esa manera una generosa pensión. Y como a esa fase no podían llegar todas, sino sólo las más exuberantes, las más jugosas, los bocados más deliciosos con los que pecar, la mayor parte de ellas solían recorrer todos los escalafones en dirección hacia abajo: desde cortesana de primero altos y luego subterráneos vuelos hasta lavanderas del río, pasando normalmente por una brillante pero efímera carrera como modelo artístico, efímera por obligación a causa del marchitamiento de la belleza, pero también por los riesgos inherentes a mezclarse con un ambiente tan pútrido como el de los artistas, que lo mismo consiguen meterte en una fiesta de palacio que te aficionan a sórdidas tabernas y sustancias sin las cuales luego no te puedes manejar. Drogas a las que acaban tan enganchadas las modelos como los propios artistas, los cuales a su vez cuentan a su espalda con una variable legión de mujeres y efebos que arrastran consigo y a los que andan corrompiendo en aquel momento concreto, y de los que más tarde no se acordarán nunca más. Por culpa de todos estos vicios, es normal que la vida de las chicas dure poco, aunque a veces los que ni siquiera sobreviven son los propios pintores. Algunos de estos retratados, modelos, figurantes, musas –novias, taberneros, prostitutas, chulos de barrio, lo que hoy en día se denominarían camellos- acaban alcanzando la inmortalidad como obras de arte, exhibidos en los museos, o como anécdotas a pie de página de las biografías de aquellos a quienes han inspirado, pero maldita la utilidad que aquel honor les produjo a los susodichos en su día. A veces me pregunto si la igualdad entre sexos, ésa que se supone que los siglos posteriores al mío han traído, ha supuesto de verdad un cambio real en el destino aciago de estas mujeres: si el hecho de que ahora puedan formarse y acudir a la universidad en igualdad de condiciones que sus doctos colegas ha interrumpido el abastecimiento de piel joven y fresca, o si por el contrario, en lugar de acabar en manos de los nobles o de los sacerdotes del Vaticano, sólo recorren otra vía del mercado de carne para aterrizar también en manos de los depredadores a los que aboca sin remedio su destino final. Tal vez sea ésta una visión muy cínica del pasado y del presente, pero como ustedes comprenderán, mi posición me obligaba (me fuerza) a ello, y aunque yo no lo manifestara de viva voz en mi tiempo, es posible que mis colegas lo intuyeran y ello contribuyera en parte a mi ostracismo. Porque el hecho de que una mujer se colara en su mundillo artístico, en su templo del saber, era doblemente doloroso; ya que algunos veían reflejada, en mis expresiones de repugnancia, en mi mirada de reprobación, lo que ellos solían hacer con las otras. Pero de mí no podían prescindir, no era tan sencillo. Yo me había labrado mi hueco. A ver de dónde iban a sacar si no sus manos. Las manos que ellos mostraban. Eso también lo tendré que explicar.
Esculpir el mármol de una sola vez es terriblemente difícil. En efecto, hay algunos que son capaces, tal vez no a la primera ni a la segunda, aunque sí a la vigésima o vigésimo cuarta. Sin embargo, incluso aunque se erigieran en los amanuenses más habilidosos del mundo, el talento artístico para todas las partes del cuerpo no es algo que esté al alcance de cualquier mortal. Todo el mundo admira la mano que palpa prieta la carne en el muslo de las esculturas de Bernini, la mirada de la Gioconda, la rodilla del galo vencido… Por eso, cuando alguien demuestra una habilidad excepcional para determinadas partes del cuerpo –los tendones, el peinado, aunque sea una oreja-, esa habilidad no se desaprovecha con facilidad. Igual que los romanos tenían muy desarrollado el sistema para sustituir la cabeza de la estatua del anterior prefecto por la testa del nuevo, casi cualquier parte del cuerpo de una escultura excepto el tronco se puede quitar y volver a enganchar, consiguiendo obrar el mágico cambio. Y lo bueno de esto es que ni siquiera requieres repetir el milagro de la creación cada vez. Cualquier mano de piedra puede reproducirse por parte de un técnico, esta de vez de manera matemática y precisa, empleando compases y reglas, incluso adaptándolo al tamaño concreto de la nueva escultura. De esa manera, mis manos acabaron encontrándose en todos sitios: en esculturas de Pisa, Nápoles y Colonia; en miniaturas preciosistas, y en colosos de más de veinte metros de altura; con las palmas hacia abajo, hacia arriba, u orientadas de manera retorcida en un rictus de dolor. Esas manos de hombre, ciclópeas, nervudas, que copié en una ocasión de un marinero que se echó a la mar y al que nunca yo (quizás nadie) he vuelto a ver. No obstante, si de algo estoy orgullosa, es de mis manos de mujer. A ellas quiero dedicarles un apartado especial.
La conocí (las conocí) donde difícilmente puede conocerse a una musa; en una lonja de pescado, donde sus hábiles manos destripaban a los peces con basteza. No debía de llevar mucho tiempo, y de hecho sus dedos aún no se habían resentido de esa actividad. Era una criatura humilde, de baja extracción social, y eso se notaba en su mirada embotada en ocasiones, como si estuviera contemplando ante sí, de manera continua, todas aquellas circunstancias que era demasiado joven como para haber vivido. Eso sí, desnuda, con aquella piel nívea y aquellos pechos suavísimos como la pannacotta, hubiera podido pasar perfectamente por la modelo de un Tiziano o de un Caravaggio. Sobre todo, en aquella época oscura en que ella se empezó a poner enferma, debido entre otras cosas a aquellas influencias oscuras del mundo del arte de las que yo la traté de librar -aunque he de confesar, avergonzada, que no fui capaz de hacerlo-. “Pero no”, me juré a mí misma mientras ella me servía de molde para mi escultura, “yo conseguiré que tengas un destino distinto a las otras, y también lograré que se te recuerde siempre”. No alcancé mi primer propósito, y sólo parcialmente el segundo, pero al menos tuve éxito en lo que respecta a sus manos, las cuales, desde que el resto de mis colegas las descubrieron, fueron solicitadas hasta la saciedad, en algunas ocasiones de maneras más legales o respetuosas que otras. El resto de la escultura, desgraciadamente, y siendo yo una mujer, no podía correr la misma suerte. Del templo del arte me dejaron atisbar el vestíbulo desde el umbral, pero hubiera constituido para ellos sacrilegio no cerrarme en las narices la puerta.
No pasa nada. Las manos siguen ahí, inmortales. Dedicadas con amor a toda la hermosura transitoria de este mundo. A esta chica que no es nadie y a quien nadie conocerá. Pero quizás, algún día, de las huellas dactilares de alguna de esas esculturas, donde yo reflejé las mías propias, puedan deducir su autoría, y eso les llevará a la estatua primigenia, enterrada ahora bajo tierra con algunos de los mayores tesoros artísticos de mi tiempo, y volverán a saber también quién era ella y cuánta belleza llegó a alcanzar. Tampoco le servirá, a la pobre muchacha, nada de esto (como una artista más, me he vuelto una hipócrita), pero éste es al menos el consuelo que le puedo proporcionar.
Ahora vuelve a mirar a tu escultura favorita. Fíjate en sus manos. Quizás sean las mías.
Un día quizás se despierten y, aunque no hablen, tal vez puedan tocar.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Las historias cortas de diciembre (e inicio de enero). Regalos de musa.

Dos nuevos regalos de mi musa a domicilio, que espera que os hagan afrontar con alegría el final e inicio de año. Un saludo en estos días tan llenos de magia... de todos los tipos, también la que procede de medios digitales.



*             *              *


ABRACADABRA, PATA DE CABRA!
Y el fauno se desestabilizó y se cayó de culo.




*             *             *



Una señora muy hacendosa vive dentro del pendrive. Siempre pregunta: ¿Quieres reparar esta unidad? Y se sienta de nuevo aburrida y ninguneada cuando le dices que no. Con su mandil de flores, plumero y destornillador, frota con desgana los circuitos, esperando otra instrucción. ¡Hora de guardar! Suenan las alarmas y llegan raudos, volando, los datos, bit a bit, mientras los caza al vuelo como un ninja y los coloca, ordenados, en su lugar. Hace esto cumplidora, porque cree que es su labor, aunque tú seas tan ceporro que te niegues a extraerlo, de manera segura, del complejo ordenador. Satisfecha, recoge los archivos viejos e inservibles y los acumula en un rincón. Un día esa montaña es demasiado grande y sale un mensaje aterrador: ¿desea desfragmentar la unidad? “¡No, no!”, grita ella, “¡eso es lo peor!”. Pero el usuario cliquea: “Yes”, y el tiempo se paraliza… “Adiós, adiós….”

lunes, 14 de enero de 2019

La historia corta de enero: una serie de propuestas para maldiciones desde el coche

No recuerdo quién era exactamente (¿fue Nabokov?) quien estableció la relación entre poesía y automóviles, de tal manera que el autor de la cita destacaba que no podías fiarte de un poeta que condujera en coche y, de hecho, cualquier pequeña encuesta realizada al efecto revela la enorme proporción de poetas (o prosistas que practican un cierto lirismo) que no conducen o siquiera han intentado obtener el carnet. Por otro lado, la lógica es evidente: conducir es un acto que quiere un impulso proactivo y hasta cierto individualista, lejos de la contemplación y natural pasividad que se requiere para el ejercicio de la poesía. Si a ello le sumamos la agresividad que a veces hay que desempeñar y (sobre todo) sufrir al volante, es fácil afirmar aquello que la carretera no es lugar para poetas. Es subrayable, además, que el asfalto y la señalización permiten realizar pequeños experimentos en los cuales es posible abstraerse de un gran número de factores, revelando verdades curiosas: por ejemplo, varios estudios han demostrado que los conductores con más nivel adquisitivo infringen más las normas de tráfico que el resto de los viajeros. Supongo que todos hemos vivido circunstancias en las que observamos a un vehículo realizando maniobras violentas o cuasi suicidas, y estamos deseando lanzarle alguna expresión malsonante. Seguramente, después de haber leído en el último Mundial cómo los tuiteros argentinos trataban a los miembros de su selección, tenemos en la mente un gran número de variados insultos, pero mi musa tiene la característica de lanzar una serie de "maldiciones" que resultan mucho más dolorosas -en mi opinión- que cualquier posible reproche y, sobre todo, mucho más divertidas. Os dejo algunas perlas que hemos ideado entre ambos:

-Así te comas un mazapán y te falte un vaso del agua.
-Así seas del Madrid y te salgan todos los hijos del Atleti.
-Así tengas sólo hijas y se embaracen de concursantes de "Mujeres, hombres y viceversa".
-Así tu pueblo se convierta en la sede mundial del Congreso Anual de Acordeonistas.
-Así seas cocinero y a tu mujer no le guste tu comida y sea adicta a los McDonalds.
-Así seas jugador de Argentina y tu hijo abra cuenta en Twitter.
-Así seas jugador de Argentina, y ni te insulten.
-Así te destinen a Suiza al lado de un campanario.
-Así ordenes una pila de papeles y venga un soplo de viento y te los desordene.
-Así seas del Opus y uno de tus hijos pille piojos.
-Así te dé alergia y no tengas antihistamínicos ni pañuelos.
-Así estés en el baño sin papel y sólo tengas, para limpiarte, una entrada para ver a tu equipo favorito.

¿Os han gustado las maldiciones?¿Se os ocurren otras más terribles? Si tenéis alguna sugerencia interesante, dejádnoslas en los comentarios o en las redes sociales; o contadnos vuestras experiencias al respecto con respecto a insultos en la conducción. Cualquiera de estas aportaciones, las esperamos.

lunes, 5 de noviembre de 2018

La historia corta y la historia real de noviembre: frases de musa (I)

Frases de musa

-"No puedes engañar a los maestros. Se pasan el día enfrentándose a adolescentes salvajes. Se las saben todas".

-[Al ver un cartel anunciando un “Easybus”] El Easybus debeser uno donde los carteles de PUSH y PULL te los ponen gigantes (para turistas torpes).

-Si un pastor cuenta ovejas, está soñando con trabajo, ¿no? Y además las distingue: la de la mancha, la de no sé qué…

-Estoy pensando en hacer una entrada sobre Piedrahíta y sus fantásticos monólogos sobre los pequeños objetos y milagros cotidianos. Por ejemplo, ¿tú alguna vez has pensado que el ojo del tuerto tiene doble legaña?
-Tienen legañas los dos, ¿no?
-¿Y en qué necesidades tiene un desagüe?
-Pues sí, me lo he preguntado.
-Ya me has jodido la entrada.

lunes, 16 de julio de 2018

La historia corta de julio: "Snif snif"

Un regalo de mi musa, que ahora os regalo a vosotros. Que lo disfrutéis:


A Victoria no le gusta ir al oftalmólogo, porque se sienta muy cerca de ella y huele raro, como el armario del abuelo José y a mamá por las mañanas. Además, de vez en cuando le pone unas gotas muy molestas en los ojos y se pasa horas sin ver bien, ¡y eso que lee hasta la última fila antes de que le engorrine los ojos con esa guarrería!


Hoy le ha tocado a medio día, y se ha pasado las clases de la tarde jugando a adivinar cuales eran sus compañeros por la forma de andar y de reírse. Para su sorpresa, acertaba más de lo que pensaba, se ve que sin saberlo se fijaba en más cosas de lo que creía. Le gustó esa idea, así que al volver a casa en el autobús, en vez de esforzarse por ver a través de la neblina que empezaba a disiparse, cerró los ojos y escuchó. Pero su plan tenía una laguna, muchos de sus compañeros de transporte iban en silencio, y, aunque localizó a la señora que siempre lleva bolsos grandes porque iba chillándole a su marido por teléfono y al "Señor Adolfo" porque el conductor siempre le saludaba así (aunque ella estaba segurísima de que se llamaba Juan, tenía cara de Juan ), le quedaba mucha gente por ubicar. Se dio cuenta de que durante un rato le estaba haciendo cosquillas en la nariz el tufo a mapache muerto que emanaba siempre el hombre de las zapatillas azules, del que intentaba alejarse lo posible porque se bajaba aún más tarde que ella y tenía que aguantarlo todo el camino.¡Oye! Si se esforzaba un poco, podía oler también el bocata de nocilla del chaval del instituto rival que se sentaba en la última fila y le daba hambre. ¡Y el aroma a libro tiene que ser de la morena de gafas que se muerde las uñas y siempre se pasa de parada! Así hubiera seguido localizando a los pasajeros si Damián, el conductor, no le hubiera gritado :"¡Victoria, que vas en Babia!¡Tu parada!".Abrió los ojos y parpadeó para arrancar el resto del dilatador, bajó de un salto y decidió que ese nuevo mundo olfativo había llegado para quedarse

lunes, 7 de noviembre de 2016

La historia corta de noviembre: "Y la musa se quedó muda".

Una historia de una musa, regalada por una musa. Espero que la disfrutéis tanto como yo:

Y la musa se quedó muda. Afónica, desconcertada, veía pasar las ideas a milímetros de la cabeza de su artista sin ser capaz de susurrárselas al oído, viendo como escapaba una genialidad intangible tras otra. Intentó empujarlas con sus manos incorpóreas, soplarlas con su aliento etéreo intentando que se fijaran en la mente de su dueño. Trató de retenerlas en una red entretejida con sus cabellos de ángel intangibles, pero todo era en vano. Desesperada, veía como el muchacho se hundía en una lúgubre depresión, pensando que no valía para crear arte, que había perdido su toque, cuando en realidad, lo rodeaba como una aureola, como siempre. Trató de memorizar todas y cada una de esas maravillosas inspiraciones, para poder contarle que no había perdido nada, salvo la voz de su musa.
Derramó muchas lágrimas impalpables, se desgañitó en silencio, gritando aire insonoro; se abandonó a la furia contra sí misma, torturándose aún más cada día, al ver que el chico abandonaba su sueño por las razones más estúpidas. El día que él abandonaba su hogar, su taller, se plantó delante, aún sabiendo que no sentiría ni una mínima corriente de aire. Y la atravesó sin miramientos, con su mirada baja y triste, desposeído de una parte de su mente. Ella se aferró a la puerta, como último bastión, gritándole que no huyera por una musa incapaz de hacer su trabajo. Cuando alzó la mano para abrir la manija y volvió de nuevo la mirada a la salida, tras un último vistazo a esas salas ahora vacías, ¡había alguien allí! una mujer, un poco pálida, llena de regueros de lágrimas, que le miraba triste y furiosa. Gritó y se refugió en su cuarto, con la maleta, pero no sirvió de nada, ella estaba allí, como una loca, gesticulando alrededor suya, agarrando su aura e intentando metérsela por la oreja, o eso le parecía. Él, inmóvil y vociferando, y ella totalmente silenciosa y sin dejar de agitar cada parte de su cuerpo, tratando de explicarle que no se fuera, que es un genio, que incluso allí y ahora está ideando fantasías inimaginables. No conseguía hacerse entender. Hasta que le besó y todas esas ideas silenciadas encontraron el camino de nuevo, el puente que habían perdido.

lunes, 17 de febrero de 2014

El libro y la historia real de febrero: "Vida de las musas", y musas para vivirlas.

He leído hace poco "Vida de las musas", de Francine Prose; un libro muy estimulante en el que se detallan algunas de las relaciones más sugerentes entre artistas y sus musas a lo largo de los últimos siglos. El texto, aunque realiza una breve introducción general al concepto de "musa", se centra especialmente en nueve parejas, un número escogido seguramente porque nueve fueron las musas de la antigüedad. De ellas, me han resultado particularmente enriquecedores las informaciones acerca de las parejas Alice Liddell-Lewis Carroll (la musa y el autor, respectivamente, de "Alicia en el país de las maravillas" y "Alicia a través del espejo"; de hecho, en mi opinión, la historia entre Carroll y la Alicia de verdad tiene más jugo que los propios libros), el dúo Lizzie Siddal-Gabriel Dante-Rosetti, y los sucesivos encuentros de Lou-Andreas Salomé con Nietzsche, Paul Reé y Sigmund Freud. Sin embargo, el libro también se centra en la musa del baile Suzanne Farrell, en la musa y fotógrafa Lee Miller, en Hester Thrale, en Charis Weston, Gala Dalí o la famosa Yoko Ono, por si alguno se encuentra interesado. No obstante, he de confesar que algo me fallaba en este libro y es que, del inmenso número de musas que hay disponibles (por tanto, entiendo la dificultad de hacer una selección), algunas ausencias me resultaban especialmente dolorosas. Éstas que nombro a continuación son las que me parecen más llamativas, y que sirven de homenaje a las musas del mundo, una figura sin la cual (y esto lo digo también en mi experiencia personal como escritor) lo que los autores elucubramos sería mucho más aburrido. Dedicado a mi musa actual -sin quien no me vendrían a la mente las más delirantes de mis ideas, muchas de las cuales son directamente suyas-, algunos artistas y musas que creo que merecen ser destacados y, como mínimo, brevemente expuesto/as:
  • Dante Alghieri y (suspiro) Beatriz: arquetipo por excelencia de los binomios artista-musa, el libro de Francine Prose les menciona, aunque no hace especial hincapié en sus biografías. Dante conoce a Beatriz cuando ambos tienen nueve años, y aunque no llega a hablar con ella, se enamora perdidamente, idealizándola y haciéndola objeto de toda su poesía. A pesar de no llegar a conocerla en profundidad, su temprana muerte a los veinticuatro años le sume en una profunda angustia y dolor. Se convirtió en el ejemplo perfecto de amor platónico, inmortalizado para siempre por la inclusión de Beatriz en la Divina Comedia de Dante, una obra tan significativa en Italia que el toscano (el dialecto en el que fue escrita) se convirtió en la forma canónica de la lengua italiana porque éste era el único libro que podían presumir de leer todos.
  • Kiki de Montparnasse: Francine Prose toca su figura al hablar de Man Ray, pero elige a Lee Miller como la musa que desarrollar al mencionar a este último (bien se sabe que tanto las musas como los artistas pueden cambiar a lo largo de la vida, y más cuando se trata de almas y corazones bohemios y está relacionado también con eventos románticos). Este hecho se debe seguramente a que Prose pretende utilizar cada ejemplo concreto para mostrar un subtipo particular de musa, y en el caso de Miller, se trata del arquetipo perfecto de fuente de inspiración que luego asimismo se convierte en artista y es capaz en muchos aspectos de superar al individuo al que inicialmente estimuló a crear (y las andanzas de Miller, desde luego, dan para toda una historia). No obstante, es curioso constatar que la obra más conocida del fotógrafo y pintor Man Ray se basó precisamente en Kiki (imagen de abajo, extraída de aquí), sobrenombre para la mujer que vino el mundo siendo conocida originariamente como Alice Prin. Kiki fue la exponente más visible del activo foco cultural de entreguerras localizado en el barrio de Montparnasse en París, exponiendo su cuerpo y su ingenio a artistas bohemios y en su mayoría muertos de hambre como Modigliani o Chagall, o a estrellas de renombre como el director de cine Sergei Eisenstein. Parecía que en se sentía a gusto en ese ambiente que combinaba poesía, amor, sexo, desinhibición, cultura a raudales, libertad, un cierto punto de tristeza, bastante pobreza y toneladas de alcohol, que lo mismo empezaba en a casa de Gertrude Stein que terminaba con una resaca del copón en un antro de mala muerte o tal vez de vez en cuando en la cama de alguien. Fue declarada reina de Montparnasse por una multitud enfebrecida (la cual incluía a artistas, algún ministro y un animado populacho), la cual la llevó en volandas y escuchó arrebolada sus canciones mientras le lanzaban gritos de elogio y prorrumpían en expresiones de amor. Para que nos hagamos una idea de la dimensión que alcanzó Kiki, fue Ernest Hemingway en persona quien prologó la versión americana de su libro de memorias, y ha pasado al imaginario colectivo como una de las grandes mujeres que combinaron su presencia en el arte o la alta política junto con la "buena vida" en los cabarets y salas de fiesta de la primera mitad del siglo XX, siendo sólo comparable con las figuras no menos arrebatadoras y enigmáticas de la presunta espía Mata Hari y la afamada bailarina Josephine Baker. No obstante, el tiempo pasa, Montparnasse perdió su color, y Kiki también su estrella. La Segunda Guerra Mundial hizo desaparecer el embrujo inigualable que se alcanzó en aquellas calles, dispersando a los montparnassianos por todo el mundo, y Kiki, tras varias muertes y resurrecciones en su carrera (incluyendo acabar en la ruina tras regentar su propio cabaret), acabó desplomándose moribunda sobre la acera del que siempre fue su barrio en 1953, tras agonizar durante un largo período mientras pasaba el día entre café y café cantando viejas canciones que nadie recordaba y pidiendo monedas para un platillo cada vez más vacío. Pero tal vez no era ya su barrio. Quizás podría decirse, observando a Kiki, que las musas son como las hadas. De ellas emana una atmósfera, un estado de ánimo que es proclive para la creación, pero como la Campanilla de Peter Pan, tienen un particular punto débil, y en eso se parecen a la musa de La vida interior de Martin Frost, dirigida por Paul Auster: sólo siguen siendo musas mientras las tratas bien y crees en ellas. Kiki participó en hasta ocho películas, posó para infinidad de retratos de distintos artistas (y también pintó algunos), y recientemente se ha escrito una novela gráfica basada en su vida y también un corto que despliega con gran originalidad la sección más brillante de su biografía. Lo que queda de ella, en la vida real, es un barrio de Montparnasse que ahora representa a una vanguardia artística mucho más adinerada y por tanto ha perdido todo su espíritu, y es en cambio en la zona de Montmartre donde, para alguien que visita París, cabe decirse con sinceridad que es posible que llegue a ocurrir cualquier cosa. Y si no os lo creéis, os recomiendo que os paséis por allí y os atreváis a probar. Un par de amigas y yo, junto con una entusiasta anfitriona griega, podemos dar fe de ello.
  • Camille Claudel: Las relaciones entre los artistas siempre son problemáticas. Y más cuando a una de ellas, por ser la mujer y la alumna, le es negado sistemáticamente todo su talento, incluso aunque el propio Rodin dijera de Camille que él la enseñó, pero que todo lo que ella lograra de manera independiente era mérito de sí misma. Camille, además, no llevó bien las infidelidades de Rodin mientras estuvieron juntos, y que éste se negara a dejar a su amante Rose Beuret, angustia que Camille plasmó en la trágica escultura "La edad madura", donde una presencia maquiavélica que representa a Beuret arranca al amado de los brazos de una desgarradora figura que viene a representar el alma atormentada de Claudel. Con el tiempo, la situación de Camille fue a peor, obsesionándose con que Rodin conspiraba con medio mundo con el único propósito de hundir su carrera (¿paranoia o lucidez?), y la mayor parte de su familia la consideró inestable mentalmente. ¿Era esto último verdad? Bueno, es difícil de dilucidar, y más con el paso del tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que, como expuso Chejov, la locura de una persona se mide por la demencia de la sociedad en la que habita. Lo cierto es que tras la muerte de su padre -prácticamente su único protector- y con su hermano el poeta Paul Claudel muy lejos, Claudel fue internada durante treinta años en un manicomio. La pasión de Camille Claudel y, más recientemente, Camille Claudel, 1915, han reflejado en el cine su desesperante agonía. Aunque para eso nos siguen quedando sus esculturas y algunos de los retratos de su rostro, además de la sensación que podemos imaginar debía quedarle a Camille al contemplar los bocetos y estatuas de tantas mujeres desnudas elaborados por Rodin. De todas aquellas mujeres que casi nunca eran ella.
  • El cine y las musas únicas: Seguramente pocas historias de amor han sido tan plasmadas en el cine como la de Roberto Benigni y Nicoletta Brasci. Hasta en 8 películas ha aparecido la actriz en las películas del actor y director, incluyendo las dos más conocidas para el público, La vida es bella y El tigre y la nieve, donde Benigni se pasa medio film literalmente persiguiéndola. Aunque en este sentido, la relación que cinematográficamente se ha hecho más afamada ha sido la de Federico Fellini y Giulietta Masina, ya que esta última participó en cuatro películas dirigidas por su marido, pasando a la historia especialmente por dos (La Strada y Las noches de Cabiria), las cuales inunda completamente con su hipnótica y enternecedora presencia.                     

    Giulietta Masina, en un cartel de "La Strada", compatiendo protagonismo con Anthony Quinn. La película está dirigida por Federico Fellini. Imagen extraída de Wikicommons en Wikipedia.
  • El cine y las musas múltiples: George Cukor, Woody Allen y Pedro Almodóvar son tres directores de cine de épocas y estilos diferentes, pero con unas cuantas características comunes. Los tres han representado la cima del cine y de la intelectualidad de sus países, aunque a los tres se les ha dado mejor cuando se han involucrado en un género tan menospreciado a veces como la comedia. Los tres han dirigido a un gran número de impresionantes actores, especialmente mujeres (Cukor, de hecho, construyó "The women", con la particular de que en toda la película no se ve ni a un solo individuo varón), y los tres, de entre todas las mujeres con las que han trabajado, han tenido un contado número de grandes musas (Ingrid Bergman en el caso de Cukor; Mia Farrow, Diane Keaton y Scarlett Johansson en el caso de Allen, y Carmen Maura, Victoria Abril y Penélope Cruz para Almodóvar), aunque se dice que Allen tenía una diferencia fundamental con los otros dos: mientras Cukor y Almodóvar eran homosexuales y si acaso adoraban el cuerpo o la personalidad de sus actrices, al Allen heterosexual, además, le enamoran y también le excitan.
  • Margarita: Es curiosa la vida de una mujer cuando crece y es recordada eternamente como la musa de alguien que la conoció cuando era niña. Mientras que en el caso de Alice Liddell esta cuestión está llena de recovecos, Margarita Debayle, procedente de una de las familias más distinguidas de Nicaragua, siempre llevó con orgullo que, cuando ella tenía seis años, y tras pedirle que le escribiera cuentos en verso, Pablo Neruda se inspirara en ella para escribir el conocido poema que lleva su dedicatoria como nombre y que empieza con la frase Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar. Así que después de una lista que incluye infidelidades, rupturas, odios y amargos rencores, es agradable encontrar una musa que nos transmita el mismo mensaje que la película (parcialmente relacionado con este tema) de Ruby Sparks: es importante no sólo tratar bien a las musas no sólo para que nos inspiren sino, sobre todo, para que su brillo nunca se apague y siga iluminando a todos y no sólo a nosotros mismos. Y para ello, el primer requisito es que sean felices, plenas y libres. Únicamente de esta manera podemos lograrlo.
    Pasad una buena semana, y que os acompañen las musas.

lunes, 29 de julio de 2013

Un poema de una musa

Un poema que me ha regalado mi musa, seguramente compuesto a una hora intempestiva en una mezcla de desvarío y derroche de ingenio. Espero que os arranque una sonrisa, y os entusiasme tanto como a mí.

Un saludo:

Acudo al escritor cuando no salen las palabras
cuando las ideas se anudan y se atascan
cuando la genialidad está solo de paso
y me deja cayendo en el oscuro ocaso.
Ya ves que lo mío no es la poesía
intento que rime en demasía
y acaba por sonar poco apropiado
por mucho que lo haya retocado.
Y de una rima buena a otra pueríl
por dar vueltas a la perdiz
porque ni yo tengo ni gracia ni salero
ni espíritu de poeta aventurero
Sin embargo creo que es bueno
jugar experimentar, sin veneno
por imaginar la sonrisa incrédula
desconcertado hasta la médula.
Navegué un rato entre mil poetas
buscando rimas, poemas, letras
que dijeran con bastante acierto
lo que mi cerebro harto inexperto
intentaba con denuedo producir.
Una frase, no más quiero pedir
pero ninguna encontraba suficiente
para decir, simple y llanamente,
que te quiero como siempre
y como nunca, y como antes
Que soy feliz a tu lado, lejos, cerca, 
allá o acá, la distancia es terca
pero no insoslayable, como vemos
pues a 2000km nos queremos.
Así que sólo deseo una cosa para ambos:
Quiero ser la niña que se ilusiona
con cada cuento del cuentacuentos.