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viernes, 24 de octubre de 2014

El relato de octubre. Halloween 2014: Homenaje al club de los suicidas.



Homenaje a El club de los suicidas

                Cuando se acude a una oficina en un día no laborable, el aspecto suele ser desolador. Observar a más personas allí (quizás por el simple hecho de que no deberían estar, o que significa que ellos también tienen trabajar, lo cual lejos de aliviar, suele deprimir el ánimo más todavía) tiene un efecto acrecentador de esta situación.
                Sin embargo, las tres personas que llegaron allí, prácticamente al unísono, no tenían que trabajar hoy. Y aún así, se sentían turbadas, y doblemente turbadas por encontrar a sus otros dos compañeros en esa misma situación. Alrededor de una gran mesa circular, de pie, todavía con los abrigos puestos, se miraron los unos a los otros, casi de manera sospechosa.
                -¿Cómo ha accedido aquí?-preguntó el hombre maduro y corpulento, antes siquiera de presentarse o tratar de aclarar la situación. Suponía que la misma pregunta era compartida por todos.
                La mujer de mediana edad se encontraba aún más confusa. El otro hombre, más joven, se encogió de hombros, sintiéndose incapaz de hacer otra cosa.
                -¿Cómo sabes que ha accedido, de todas maneras?-preguntó la mujer.
                Pero el hombre no tuvo que decir nada, mas que bajar los párpados hasta orientar sus pupilas hacia las tres cartas situadas en la mesa, cercanas a cada una de tres sillas, y también a un sobre central.
                -¿Cómo os habéis enterado?-siguió llevando la iniciativa el hombre-. ¿También por una llamada de teléfono que decía que mirarais vuestro correo?
                -“Asunto de vida o muerte”, decía –rememoró la mujer, resaltando lo obvio-. Bueno, cómo no acudir.
                -Bien, en eso se ha basado para que viniéramos, ¿no?-indicó el hombre maduro, sentándose. Los demás hicieron lo propio.
                Pareció que antes de dar el primer paso, tenían que discutirlo. Y lo primero fue mirarse muy fijamente.
                -Es un tipo muy raro.
                -Eso lo sabíamos –indicó el hombre joven-. Siempre lo supimos.
                -No era el típico cliente normal que te pregunta por la familia mientras decide dónde invertir o solicita información sobre su nómina. Quería ser nuestro amigo. Joder, maldita sea, parecía que quería trabajar aquí.
                -Bueno, no es tan raro –replicó el hombre joven-. El mejor amigo de mi padre fue siempre el cajero que le atendía en la caja de ahorros. Total, los clientes nos cuentan casi todos los aspectos de su vida: que si necesitan dinero para una casa, para la boda de su hija, para sus vacaciones… Somos los confesores de su dinero. Ni un cura sabe tanto como nosotros.
                -Ya, pero esto es distinto: este tipo venía con nosotros. Pasaba el rato. Era peor que un jubilado. ¡Joder, si hasta un día me lo llevé al fútbol!
                -No sé, fue muy raro, ¿no? Todo tan gradual, tan poco a poco… Empezó solo contigo, Andres, ¿no?
                -Sí –indicó el hombre joven-, y luego preguntó unos bonos y yo te lo pasé a ti… Y después me figuro que…
                -Sí, sí, ya, ya –interrumpió el hombre maduro-. Conmigo acabó cogiendo muchas cosas. Incluyendo la hipoteca.
                -Lo cual quiere decir que…
                -Sí –terminó la frase él-: yo fui el que tuvo que acudir al desahucio de su hipoteca.
                Movió la cabeza de un lado a otro.
                -Maldita sea, nunca se me olvidará ese día…

*                                           *                                            *

                El hombre maduro se encontraba mirando cómo la policía rodeaba la casa y la empresa de mudanzas aparcaba al lado. Y sin embargo, aunque aparentemente todo se estaba desarrollando con normalidad, algo que le decía que iba terriblemente mal.
                -¿Qué pasa?-preguntó, cuando los agentes del orden volvieron del interior del edificio.
                El policía se encogió de hombros.
                -No responde a los timbrazos. También he tocado a la puerta, pero no dice nada.
                Levantó una ceja.
                -¿Puede que no esté en casa?
                El grito de una vecina les hizo mirar hacia arriba.
                Es cierto que Federico nunca había sido muy guapo. El hecho de haberse rapado al cero (seguramente para disimular una incipiente), aquella cara pálida y anodina, con pinta de no ser capaz jamás de seducir a las masas, e incluso su insistencia en vestir buena parte del tiempo ropas oscuras (unido ello a un ligero encorvamiento de su figura, nadie sabía si por su natural disposición a permanecer humilde y hasta un punto servil ante todas las circunstancias de la vida) le daban una especie de apariencia de sirviente de las fuerzas del mal para el cual sólo le hubiera faltado un científico loco al lado con una sardónica risa, mientras Federico, portando un candelabro, se preguntaría cómo había acabado él aquí, cuando lo que pretendía era hacer el bien y regar florecitas. Pero ahora, encaramado a la cornisa, con quince metros de vacío extendiéndose delante de él y sin atreverse a mirar del todo hacia abajo, la pinta no hubiera enamorado nada más que a los que sufrieran un atractivo irresistible por la viva imagen del desconsuelo. El agente a cargo del operativo silbó y le gritó a sus compañeros con toda la fuerza sus pulmones:
-¡Arriba, arriba, arriba!
Como una tromba ascendieron los agentes y también el cajero del banco, sujeto a súbito ataque de pánico. Los siguientes sucesos los recordaba él como en una bruma. Sabía que un policía había accedido a la ventana para hablar con el suicida, y –el cajero desconocía con qué argumentos- le había conseguido convencer. Federico se adentró en el piso con igual cara que si acabara de vaciar el contenido de su estómago (el agente bancario desconocía si lo hubiera hecho). De repente, sin embargo, en un súbito auto de arrepentimiento, Federico pretendió volver a la cornisa de la que había venido y todos, incluyendo el cajero, se abalanzaron sobre él al impedírselo. Al agarrar su brazo, y mientras era traído de nuevo al interior de la casa, Federico le preguntaba:
-Cómo pudisteis hacerme esto… como pudisteis…
El hombre no tuvo valor para contestar.

*                                           *                                            *

                Los tres se quedaron un rato, callados, en silencio.
                -Sí. Esa es la pregunta. Cómo pudimos.
                Al principio parecía que la pregunta no la hubiera soltado nadie sino un ente ajeno a ellos, planteándoselo para su discernimiento. Luego pareció claro que lo había dicho Andrés, pero más de manera reactiva que por convicción. El hombre maduro, sin embargo, respondió muy activamente a ellos:
                -Nosotros no le hicimos nada. Nadie le puso una pistola en la cabeza. Nunca le obligamos a nadie.
                -Además, ¡nosotros no sabíamos!–replicó la mujer, con pinta de ofendida-. A ti el banco te dice que tienes que vender tal producto, que es bueno para los clientes, que se lo aconsejemos. Nosotros qué íbamos a saber que eran una esta…
                -… algo sospechábamos –reconoció resignado el hombre maduro.
                -¡Sí, sospechábamos, pero sospechar no es lo mismo que saber! Y además, ¿qué hubiéramos hecho de haberlo sabido? Teníamos órdenes terminantes del banco de colocar esas participaciones. Si no lo hubiéramos hecho, ¿qué hubiera pasado con nosotros? Quizás nos encontráramos en la misma situación de él.
                Volvieron a guardar silencio. Fue el hombre corpulento el que lo rompió.
                -Venga, qué demonios. Abramos las cartas y terminemos de una vez con esto. Veamos qué quiere estar vez.
                El sonido al rasgar el sobre central pareció el de un concurso a punto de distribuir el premio mayor, o de a obligarte a marchar a casa sin nada.
                Pareciendo haber sido designado extraoficialmente como maestro de ceremonias, el hombre corpulento leyó en voz alta. Sin embargo, a todos les pareció resonar en sus cabezas la voz de Federico conforme escuchaban las palabras:
                ˃˃No me andaré con rodeos. Conocéis mi situación actual. He perdido mi casa, me abandonó mi familia, y ahora que por la coyuntura económica actual he perdido el trabajo, me veo abonado a la indigencia. No os responsabilizaré a vosotros de todos mis males: sin embargo, fue vuestros consejos los que seguí en cuanto a cómo administrar mi dinero. Yo compré las acciones que me aconsejasteis. Ahora, observo cómo todo aquello se hunde a mi alrededor y cómo los periódicos dicen que todos aquellos movimientos fueron una trampa mortal para los clientes que se habían aventurado a seguirlos. Vosotros sabéis la cuota de responsabilidad que tenéis en ello, y yo también lo sé. De nada vale ocultarlo.
                ˃˃En el desahucio de mi casa, que alguno de vosotros contempló en vivo y en directo, se frustraron mis aspiraciones de abandonar este mundo. No obstante, he decidido seguir adelante con esa primera intención, que creo que siempre fue la correcta. No obstante, lo confieso, no tengo el valor para llevarlo a cabo. Creo que muy pocos hombres tienen esa capacidad. Por eso he decidido encargárselo a otra persona.
                ˃˃No sé si habréis leído El club de los suicidas de Robert Louis Stevenson. En él, se hablaba de una organización del mismo nombre en la cual las personas que querían desprenderse de su vida pero no se atrevían ingresaban en dicho club, y un sorteo al azar determinaría quién moriría esta noche y quién (entre los otros aspirantes a suicidas) sería su verdugo. En el libro se pinta a los miembros de esta organización como pobres diablos, y al presidente como un criminal sin escrúpulos. No obstante, y tras haber leído el relato, no estoy de acuerdo con ese retrato general. ¿Qué mejor ayuda para llevar a cabo este difícil trance que otros que se encuentran en su misma situación? Es un acto humanitario, una forma de prestar ayuda a un desamparado. Bien, eso os pido yo ahora mismo.
˃˃En cada uno de estos tres sobres hay una carta. En la narración de Stevenson, y en la traducción que llegó a mis manos, era el as de bastos el que designaba quién sería el verdugo de la víctima de esa noche. En uno de estos tres sobres, se encuentra el as de bastos, según un sorteo que efectué previamente de manera complemente aleatoria (ni siquiera yo conozco su contenido). Si los abrís, encontraréis quién de vosotros habrá de darme muerte. Por si no os apetece hacerlo en público, podéis llevároslos a casa. Y en todo caso, tenéis también sobres iguales a estos en el buzón de correo. De esta manera, podéis mirarlos en la tranquilidad de vuestro hogar.
˃˃Para los que no les haya tocado la carta agraciada, no tengo nada más que añadirles. Para la otra persona, que sepa que lo que le estoy pidiendo no es ni mucho menos un acto criminal, sino uno solidario. Yo ya estoy muerto; ahora mismo, mantenerme con vida sólo prolonga mi sufrimiento. No pienses ahora que me vas a matar: más bien al contrario, el asesinato se llevó a cabo entre muchos, incluyendo a vosotros tres, durante todo este tiempo. Ahora sólo me pido que me rematéis, como el caballo herido que no puede levantarse y necesita el disparo para poder descansar en paz.
               ˃˃Vuestro atentísimo, vuestro antiguo amigo,
               ˃˃Federico.
Cuando el oficinista dejó de leer, los tres se miraron de forma azorada. Y volvieron la vista hacia los tres sobres.
La mujer se levantó.
-No pienso seguir aquí ni un solo segundo más. Y por supuesto, no pienso abrir esa carta.
Su compañero asintió.
-Creo que deberíamos romperlas, tirarlas a la papelera, y olvidarnos para siempre de este asunto. Esto es sólo alentar las fantasías de un hombre trastornado.
-¡Y en cuanto llegue a casa, haré lo mismo con el del buzón!-remarcó la mujer en voz alta, mientras rompía el sobre asegurándose de que no vislumbraba en ningún momento su contenido.
Todos ejecutaron al mismo tiempo aquella mecánica operación. Se marcharon por separado a su casa, sin decirse nada más.
Sin embargo, una vez allí, el oficinista llamado Andrés no pudo reprimir, casi de manera instintiva, coger la carta del buzón, y depositarla sobre la mesa de la cocina.
Se pasó horas mirando. Horas sin saber qué hacer, qué decir. Horas reflexionando sobre la participación que él había tenido en la evolución del caso de Federico; qué palabras había dicho, cuáles había callado, qué cosas hubiera debido decir, y cómo hubiera cambiado la cosa entonces… Horas dándoles vueltas a las cosas…
Hasta que en un momento determinado, de un gesto brusco, llevó las manos hacia el sobre y lo abrió.
Un segundo antes, siempre anhelas que sea posible.
Un segundo después, es inevitable. Y ya no hay ninguna clase de marcha atrás.
Y entonces, la disyuntiva. ¿Qué hacer? Podría callarse. Federico decía que no conocía el contenido de los sobres. Pero, ¿podía confiar en su palabra? Hasta ahora siempre había sincero en todo, pero claro…
                Volvió a pensar en la imagen mental de Federico al pie de la cornisa. Hay acciones que te llaman. Que impelen a ser hechas. Pensando más en tratar de impedirlo que en provocarlo, pero con el pensamiento secreto de que era su responsabilidad y al fin y al cabo tenía que asumirla, le envió un correo electrónico al interesado.
                La respuesta llegó casi de manera automática: “Me alegro de que seas tú”.
                Quedaron a una hora relativamente temprana en una cafetería del centro de la ciudad. Se saludaron en un tono ciertamente reservado, pero en cuanto empezaron, fue como dos amigos que no se ven desde hace mucho tiempo y se tienen mucho que contar. Estuvieron allí departiendo hasta casi la medianoche: luego, fue Federico el que, amablemente, insistió en pagar. “Yo ya no lo voz a necesitar”, añadió, y de esa manera devolvió a Andrés a la realidad.
                Federico insistió en que debían pasar antes por su albergue para recoger algunas cosas necesarias para su propósito. Mientras lo hacían, Federico se sintió asustado: nunca había entrado en uno de estos sitios antes. Se sorprendió de que, a pesar de la tranquilidad superficial de un edificio perteneciente a la administración, todo el mundo parecía allí, si no permanentemente abatido, en un estado de agitado desorden, como bolas de billar cada una a diferente velocidad y ritmo las cuales la mayor parte del tiempo permanecieran ignorantes las unas de las otras, pero que de vez en cuando amenazaban con cruzarse y provocar un choque. A Andrés aquello le recordaba a la imagen mental que tenía de una cárcel, con la diferencia de que en teoría aquí parecía que podías irte y volver diariamente, -y de hecho, le recordó Federico, ahí solo se podía dormir, y debían abandonarlo diariamente en busca de refugio en calles y cafeterías-, aunque no lo parecía. En aquel momento, además, estaba llegando la última ronda de los habituales para dormir, mendigos, vagabundos, pero también gente con traje y corbata, quizás la única que le quedaba, pero imprescindible para buscar un trabajo. Andrés se preguntó por un momento qué pasaría si Federico se volviera a todos y les dijera que Andrés era un miembro del banco que le había desahuciado, y hasta vislumbró las caras de alguno de los ocupantes del albergue en una situación similar. O peor, se imaginó que Federico se llevara a toda esa gente, junta, a casa de alguno de ellos. ¿Qué no serían capaces de hacer? Y la pregunta más inquietante, ¿cuándo empezarían estas fantasías a hacerse reales?
                Sin embargo, todo se desarrolló con apacibilidad: Federico recogió sus cosas en una mochila, y salieron a la calle. La noche era templada y lucía una espléndida luna. Joder, hoy podría ser una noche maravillosa, meditó Andrés. Hoy es un día perfecto para morir, replicó su lado más oscuro.
                -Bueno, creo que aquí está bien –indicó Federico.
                Acababan de pararse en una zona de bocacalles estrechas. Andrés levantó su vista hacia arriba, siguiendo la mirada de Federico por los tejados: los de estas viviendas eran los típicos que salen en la película, inclinados, de tejas de un color azulado, con ocasionales chimeneas apareciendo. Seguramente una disposición tal era difícil de encontrar en cualquier otro lado de la ciudad.
                -Creo que copiaremos a los maestros –aclaró Federico-. En el relato de Stevenson, el primer “asesinato” –se apreciaron hasta las comillas en la frase- utilizaba como encubrimiento una caída por el tejado. Y digamos que el imitar a los clásicos, le da una última sensación de utilidad a mi vida. Podría decirse que siempre he sido un romántico.
                Aquella situación era kafkiana, pensó Andrés. Ellos estaban allí, tan tranquilos, y Federico hablaba de matarse. Tenía que parar esto, que detenerlo de alguna manera. Pero no sabía cómo. No se le ocurrían palabras que hacer para convencerle de lo contrario.
                -Subiremos a través de este canalón, y apoyándonos en la ventana. No te preocupe, le tengo pillado el truco, y yo te ayudo a subir. Estaría tonto que me matara así en lugar de arriba, ¿no?, ja, ja.
                ¡Y encima se reía! Andrés se estaba poniendo lívido. Pero finalmente, con mayor o menor dificultad, acabaron ascendiendo arriba. Estaban justo en la parte del techo que se inclinaba hacia abajo por ambos lados. En pendiente, al final de las tejas azuladas, un nuevo canalón y, después, el vacío.
                -Muy bien. ¿Estás preparado?
                Andrés sentía cómo la situación tenía una angustia infinita. Una tristeza melancólica, tranquila, sosegada, que se reflejaba en la cara de Federico, y que solicitaba una petición inexcusable, y era aquello lo que hacía la situación más insostenible. “No voy a poder hacerlo”, se decía. Pero Federico estaba bastante más calmado que él.
                -Vamos –le decía, con su mirada cristalina, como la de un cordero a punto del sacrificio-. Lo haremos juntos, ¿te parece? Yo cuento hasta tres, y entonces me empujas.
                Andrés, sin poder hablar, asintió. Sentía que se le estaban a punto de saltar las lágrimas. Ambos se colocaron en posición.
                -Uno… -pronunció Federico.
                “No voy a poder hacerlo”, resopló Andrés.
                -Dos…
                Nueva toma de respiración.
                Y entonces, Federico súbitamente se dio la vuelta, agarró a Andrés de la cabeza, y le arrojó hacia abajo.
                Mientras sus dientes probaban el sabor de las tejas, el corazón de Andrés latía aceleradamente mientras veía su camino hasta el final del canalón, y después hasta el vacío. Tras el golpe con el borde, pudo verse en el aire durante unos segundos.
                Después, cayó, y el estrépito se extendió junto con la caída de varias tejas junto con su cuerpo. Vecinos y cotillas se asomaron a mirar. Mientras tanto, Federico había ido a refugiarse detrás de una de las chimeneas.
                Por primera vez en toda la noche, sonrió. Una sonrisa antinatural, y una carcajada sardónica, que se rompió contra el silencio de la noche.
                Como una silueta por los tejados, tratando de ser distinguido por los vecinos, pero sin conseguirlo, Federico desapareció.

*                                           *                                            *
               
                Al día siguiente, ya laborable, los otros dos cajeros amanecieron con la ausencia de Andrés en el banco, y la noticia en los periódicos. El nerviosismo de ambos era mayúsculo.
                -¡Era una trampa!¡Le atrajo hasta él con la excusa del suicidio y luego lo liquidó así, a sangre fría!
                -Dios mío –decía la mujer en voz baja-: ahora vendrá a por nosotros.
                -No si estamos prevenidos –repuso el hombre-: no si podemos prepararnos.
                -¿Prepararnos cómo?¿Pero dónde va a atacar?
                Su compañero iba a responder algo tranquilizador, resolutivo, eficaz, contundente. Pero lo malo de este tipo de intenciones es cuando descubres que no se te ocurre nada. Y entonces, tan sólo la más absoluta sinceridad acudió a su voz:
                -¿Qué vamos a hacer?
                Los dos miraban con los ojos vacuos hacia un futuro que no preveían…

*                                           *                                            *

                Sin embargo, por muy tarde que sea, el futuro siempre llega. Pasaron muchos años, muchos. Al país le costó mucho recuperarse de la crisis. A algunos más que a otros: estos dos cajeros fueron favorecidos por el banco por su encomiable labor en relación con algunas acciones. En alguna parte del camino, el cajero hombre tuvo que traicionar a su compañera: no tuvo más remedio, eran cosas del trabajo. No supo qué había sido de ella: creía haberla visto durmiendo en un cajero, pero la verdad que es que pasaba muy rápido por ahí y no se fijó.
                En definitiva, el hombre prosperó. En aquellos días, era fácil, con un poco de dinero que tuvieras, poder pasárselo bien frente a los precios tan bajos que tenía todo. Aquella zona de Madrid le recordaba un poco a nuestro individuo a la Cuba pre-castrista, lo cual era un poco extraño porque eso era algo que él sólo había visto en las películas y no había llegado a vivir. En todo caso, desentonaba con su traje blanco en medio de aquel aire generalizado de decadencia. Era fácil distinguir a los tipos como él del resto, de la multitud.
                En aquel momento, cansado y con demasiadas copas, se disponía a pagar en la terraza de aquel restaurante de lujo situado, sin embargo, en medio de una zona más alternativa, paupérrima, y como mezcla de todo ello eufemísticamente llamada “bohemia”, cuando en aquel momento pasó por su lado un grupo de chicos jóvenes, caminando y riendo juntos, entre los que se encontraba una chica de pelo castaño rojizo recogido, vestida sencillamente pero elegante, muy fresca, muy natural. Una chica muy atractiva. El banquero le dedicó una mirada que le recorrió enteramente. La chica se fijó en él unos instantes, pero luego se dio la vuelta y siguió paseando con sus amigos. 
                Sin embargo, sorprendentemente, cuando ya estaban a punto de doblar la calle, la chica hizo entonces gesto de detenerse y, desde la visión del banquero en la terraza, parecía que se despedía de sus amigos. La chica se dio la vuelta y caminó con los brazos cubriendo su cuerpo para protegerse de lo fresca que se había vuelto la noche de repente. Y, para sorpresa del hombre, se sentó en la terraza, en su misma mesa, a tan sólo unos centímetros de él.
                -¿Qué tal?-dijo ella-. Soy Clara.
                El hombre se sorprendió, pero tampoco podía decir que le incomodara aquel suceso inesperado. La saludó efusivamente y le dijo su nombre.
                -Y, dime, ¿qué te ha llevado a sentarte aquí?
                -Oh, pues simplemente, había pensado que, quizás, te apetecía acostarte conmigo.
                El hombre abrió los ojos como platos. No se lo podía creer.
                -¿Quieres decir…?
                -Sí. En efecto. Podemos acordar un precio. Mi casa está a un par de manzanas de aquí. Si quieres en diez minutos podemos estar en la cama.
                El hombre sonreía entusiasmado y, al menos tiempo, se sentía embargado aún por la estupefacción.
                -Pero… tú… ¿te dedicas profesionalmente a esto, o…?¿Pero cuántos años tienes?
                -Dieciocho. No, en realidad estoy estudiando. No hago esto todos los días. Tan sólo de vez en cuando, como un sobresueldo para pagarme los estudios. Mejor hacerlo así, con gente que te encuentras al azar por la calle, así no hay teléfonos ni nada que pueda hacer que lo sepan tus compañeros. Pero en realidad es muy común: casi todas mis compañeras lo hacen. ¿Nunca te lo habían ofrecido?
                -Pues… no, la verdad es que no.
                -Pues venga. Venga, ofréceme un precio. Venga, si quieres, oferta especial del día, cien euros.
                Para él era muy poco. Para otros, era el sueldo de medio mes.
                Ambos se levantaron y se fueron, los dos con sendas sonrisas. El camarero no se extrañó: no debía ser la primera vez que veía una situación parecida.
                Cuando llegaron al piso de ella, la chica cerró la puerta y se quitó los zapatos.
                -Si quieres me puedo poner un poco más… sugerente. ¿Qué te parece?
                El hombre asintió. La chica le llevó a su dormitorio y sacó unas cuantas ropas de su armario. Fue a la otra habitación del piso –salón, cocina- para cambiarse.
                -¿No vives con nadie?-preguntó él.
                -Vivo con otra amiga –respondió ella desde el otro lado- que suele dormir aquí en el sofá, aunque a veces nos cambiamos. Pero esta semana está de vacaciones.
                La chica finalmente apareció. Llevaba un vestido rojo imponente, y unos zapatos de tacón que quitaban el hipo.
                -Bueno, ve desvistiéndote mientras te voy preparando la cama, ¿de acuerdo?
                El hombre se empezó a quitar la corbata. Mientras lo hacía, notaba que el efecto de las emociones –y de las copas- le estaba sentando demasiado mal a la cabeza. Tanto que se arrancó a hacer una confesión.  
                -Creo que he bebido demasiado… Sabes, viéndote así, tan joven, me recuerdas a cuando yo lo era. O cuando lo era más. Y eso me hace recordar a una historia que pasó hace un tiempo. Nunca se la he contado a nadie; ni siquiera la otra persona con quien la compartí conoce los detalles que te voy a contar a ti ahora. Todo empezó…
                Sintió el cuchillo en la garganta al mismo tiempo que notó que la chica le rodeaba por detrás. Sólo entonces se fijó en el espejo que tenía enfrente suya.
                -Sí, es normal que te lo recuerde: todo el mundo me dice que tengo sus mismos ojos.
                Por la imaginación de la chica pasó una yugular cortada y una sangre que resbalaba del mismo color que su vestido. Pero sabía que sus planes iban mucho más allá.
                La horca estuvo preparada en pocos minutos. Allí colgaba el banquero, que apenas se había resistido, como si lo llevara pensando mucho tiempo atrás.
                La chica del vestido rojo contempló el exterior, y la clara luna de verano, lo único que no le habían arrebatado.
                La ola de suicidios debía continuar…

martes, 22 de julio de 2014

El ¿relato? de julio: Héroe

Éste el inicio de algo. Quién sabe qué. Quizás se decida con el tiempo. Tal vez lo haga el relato, tal vez lo haga yo; más seguramente, lo escogerán los lectores.

Siempre le toca hablar al tiempo.


HÉROE

 

                “Desde que volví a España,

este país parecía lleno de personas que, de una manera u otra, se habían echado -o las habían echado a perder-. Quemados, arruinados, zombies vivientes. Individuos que transitaban por el metro como si pudieras atravesarlos, vacíos de sustancia y de ánimo, sin nada que lograr, pero tampoco demasiado que perder ni fuerza para cambiar todo aquello.

Noté a la gente deprimida, apagada, expectante, como si anduvieran -apagado el interruptor-, en espera de una droga o de un acontecimiento que les devolviera la esperanza en el futuro y les hiciera rejuvenecer.

Lo natural parecía que, más tarde o más temprano, de una manera u otra, todo desembocara en una espiral de sangre y violencia.

Y entonces llegó él.

Era justamente lo que necesitaban”.

 

                La verdad es que, desde el principio, la situación era atípica. Y difícilmente explicable era el proceso por el cual había sido concebida. Había quien le había echado la culpa al funcionario alemán de turno, que había empaquetado “la cosa” (por llamarlo de alguna forma) sin encomendarse a Dios ni al diablo acerca del descalabro más bien predecible que podía provocar todo aquello. Y también le caía la bronca al director artístico de Hamburgo, quien seguramente pasaba las vacaciones en Mallorca y había visto como un bonito gesto para con su país de acogida de turisteo llevarse aquella roca tan interesante que habían traído los germanos de Venezuela a una exposición en España, aunque en vez de en el Mediterráneo mallorquín fuera en una ciudad más cercana al Atlántico, y aunque en lugar de encontrarse en un museo se hallara expuesta en mitad de una plaza junto a un árbol centenario, un ágora que se había llenado de curiosos los cuales desconcertaban a los conservadores teutones cuando estos últimos les preguntaban a los presentes de dónde venían y ellos les respondían una cosa extraña acerca de La Línea (“¿qué línea?”, se preguntaban los teutones; “¿a lápiz o a boli?”, interrogaban) que no conseguían del todo aclarar. Pero lo que terminó de convertir aquello en surrealista fue la llegada en barco de aquellos indígenas, con su aspecto -más que de otro continente-, como de otro planeta, sus ropas entre proletarias y hippies, y aquellas pancartas proclamando: “Queremos a nuestra abuela”. Muy bien, yo también quiero a la mía, argumentaban los gaditanos, pero eso no es razón para venir aquí a… que no, que no, que ésa es nuestra abuela. ¿Ésa?¿Cuál?¿La roca que han traído los alemanes? Y los indígenas sudamericanos se explicaban. Por lo visto, aquella roca gigantesca, de la altura de por lo menos tres hombres, era su antepasado. No era que los representara, ni que la adoraran como una encarnación de ellos, no. Era porque para su religión, de alguna extraña manera, esa roca era como su abuela, igual que otros pueblos consideran que los valles, las montañas y la flora y fauna con la que viven son tan parientes suyos como sus primogénitos y sus hermanos de sangre. Por lo visto, el gobierno venezolano había entregado aquella roca tan significativa y tan especial (“la verdad es que es bonita la jodía”, repetía el pueblo llano, al observar sus colores jade, rosáceos y lapislázuli) , en un gesto de buena voluntad para con el pueblo alemán, sin preguntarse si la roca pertenecía a alguien que quizás estuviera allí antes que ellos, y ahora los indígenas venían a reclamarla para llevársela, decían, al barco que tenían amarrado en el fondeadero del puerto, y que pertenecía en virtud de los convenios internacionales a la república venezolana, y por tanto su suelo era tan venezolano como si se encontrase en el mismo centro de Caracas. Y ahí fue cuando se empezó a montar el lío. Porque los alemanes fueron prudentes, se mostraron bastante más comedidos: que esto se hablaría, que se lo comunicarían a los autoridades, que si se alcanzaría un acuerdo satisfactorio para todas las partes, etcétera. Pero los españoles, ni eso. Con tal de no quedar mal con los extranjeros, se cerraron completamente en banda y dijeron que no había nada que hablar sobre el asunto. Y claro, la gente empezó a encabritarse. Hay que entender también el contexto. Eran épocas muy difíciles. Estábamos con la historia de si rescate o no rescate, que si la Merkel, que si los alemanes imponiendo cosas, y venían esos indígenas diciendo que les habían robado a su abuela, con aquellas caritas de angustia, y claro, aquello te toca la fibra sensible. Y por un momento esos hombretones y mujeres que pasaban por situaciones crudas todos los días, que borboteaban un nivel de palabras malsonantes que hubieran acojonado a un capo de la mafia, que hablaban con esa voz en grito tan típica de los países mediterráneos que hace que la advertencia tronante de Yahvé en el desierto se te antoje un silbidito en comparación el alarido de llamada de una madre de barrio a su niño, pues ves a todos esos imaginándose que en lugar de esa roca está su yaya en el sofá, obligada a permanecer allí en medio de desconocidos, y bueno, era de imaginar que cosas buenas por la cabeza no se les tenían que estar pasando. Pero la realidad era la que era. La roca pesaba varias toneladas, estaba custodiada por policías y agentes públicos de variado tipo, y lo que estaba muy claro es que en aquel momento no iba a irse a ninguna parte. El gentío se marchó a su casa y la multitud se fue dispersando… Los indígenas venezolanos habían hecho amago de colocarse en una sentada muy separaditos entre sí, rodeando a su ancestral figura, en paz y en silencio, y parecía que iban a aposentarse allí durante horas, pero los guardias municipales no se anduvieron con chirigotas y los sudamericanos, con tal de no armar jaleo, decidieron partir con sus caras largas y el corazón abatido y hacerles finalmente caso. Parecía que el espectáculo se había desmontado y así iba  finalmente a concluir todo.

                Salvo porque alguien apretaba el puño mientras no paraba de pensar…

 

*                                            *                                             *

 

                Un chico camina, concentrado y en silencio, por las calles de una barriada gaditana.

                Éste es un barrio deprimido. De ésos que los que gustan de eufemismos disfrazan de “humildes”, y los que no entienden de ellos tachan de “jodidos”. El paro es superior a la mitad de la población. A falta de otro estímulo mejor, los jóvenes no encuentran otra salida que la droga: o bien tomarla o bien comerciarla, pero cuando te ha dado tanto de lado la vida no puedes permitirte quedarte al margen de tanto negocio. Las camisetas no tienen mangas y aquí nadie ha oído hablar del reciclaje ni tampoco de las leyes antitabaco. Éste se trata de un universo aparte, independiente de las normas de la física, la química y hasta del censo. Ahora, bajo la luz perezosa de la tarde, cuando todo el mundo duerme la siesta, parece casi como si estuviera encantado, casi muerto. Como si esperara el beso de una princesa para despertar…

                El chico parece errático, algo meditabundo. No ha tenido una vida fácil. Tampoco habla mucho. Se diría que es otro más de los chicos del barrio, pero su mirada revela que alberga en su interior algo especial… Ha tenido que enfrentarse diariamente a una decisión desde su más tierna infancia, una opción que de manera constante ha ido eludiendo y postergando, pero que sabe que algún día tendrá que afrontar…  Sin embargo, sólo mencionarlo en voz alta haría que todo el mundo le dejara de tomar en serio y se convirtiera en una guasa (piensa para sí mismo, sin dejar de darle vueltas). “Héroe”, y más con el apelativo de “súper” delante, es algo que se puede decir en Nueva York, en Washington, o en las Molucas, donde quiera que fuere que estuviera eso… Pero no en el Cerro del Moro. No con tu madre delante. Estas cosas aquí no pasa. Hay problemas tan chungos que no los resuelve ni Spiderman. A lo mejor, incluso, al hombre-araña le roban los calzoncillos si se le ocurre aparcar en doble fila.

                Pero hay cosas que te tocan. En el interior de las casas ocurrirá de todo y se blasfemará cada cinco minutos, pero rara es la viejecita que no tiene una estampa de la Virgen del Rocío a un costado de la cama…

                Hay cosas que pueden provocar que los puños se empiecen a apretar…

 

*                                             *                                             *

 

                Vigilar una roca de varias toneladas es un coñazo. Para empezar, por su inutilidad. ¿Quién cojones se la va a llevar? Otra cosa son los actos de vandalismo. Pero no parecía que en aquella noche fuera a pasar nada raro. El vigilante, entonces, podría permitirse una meadilla. ¿O no? Claro que sí… Que se nota todavía el peso de las cervecitas. Eso sí, un poquito alejado, donde los matorrales. No sea que encima por un descuido vaya a acabar pringando la puñetera roca sagrada y tengamos un incidente internacional.

                Bueno, pues ya está -dice después de un rato-, asunto concluido, remata cerrando la cremallera. Ahora vuelvo a mi puesto y entonces…

                No está.

                Ni el puesto, ni la roca, ni hostias. Simplemente no está.

                “Me parece que no voy a volver a beber en mucho tiempo”, se dijo el guarda.

                Ni tampoco a mear.

 

*                                            *                                             *

 

                El escándalo a la mañana siguiente, al comprobar que la piedra no se encontraba en su sitio, fue mayúsculo. La ansiedad fue aumentando progresivamente, hasta tal punto que se cuenta que alguien vislumbró a un delegado provincial de grado cuarto abroncando en calzoncillos a uno de sus subordinados inmediatamente inferiores. Pero lo que fue aún más impresionante fue el susto que se pillaron todos al enterarse de que la roca de marras se encontraba en el barco de los indígenas venezolanos, los cuales, por otra parte, explicaban que no habían tenido nada que ver con el tema, pero que ya que su querido ancestro se encontraba allí y que su barco era tan inviolable como una embajada, que casi era mejor que partieran, ya se sabe, encantado de conocerles, mande usted recuerdos a la familia, y si te he visto no me acuerdo, permiso, permiso, ya nos hemos ido. Mientras la mirada de los alemanes al escuchar al guarda nocturno narrar aquella desquiciante historia acerca de la desaparición de una roca de varios cientos de kilos, sin haber intervenido un tráiler o al menos una tuneladora, reflejaban la más absoluta perplejidad (“las caras de palo más estiradas y suspicaces que he visto nunca”, declaró con posterioridad el guardia, quien afirmaba que no hubiera encontrado compañeros más impenetrables a la hora de jugar al póker), desde las autoridades españolas se decidió abordar el problema desde una perspectiva más sistemática. Es decir, el presidente del gobierno le empezó a pegar gritos al ministro, el ministro al secretario de Estado, el secretario al jefe de policía, el jefe de policía al comisario, y el comisario a los agentes, así hasta que quedó muy claro que el hecho de que cada uno de los subordinados obtuviera resultados era el único motivo que podría hacer que sus superiores dejaran tal vez de gritar. Y aquello debió estimular bastante a los agentes, porque lo cierto es que al poco tiempo empezaron a obtenerse pistas, ya fuera una minúscula fibra de tejido, una más que borrosa suela de zapato o un insignificante cabello. Lo cierto es que las evidencias resultaban (sobre todo al contrastarlas entre sí) sumamente contradictorias, pero obviando los incoherentes detalles, al sumar todas éstas, de una manera o de otra, apuntaban a un lugar que de puramente inesperado, ya constituía en sí mismo un indicio sospechoso: el cerro del Moro. A alguno le sorprendía que un acto tan revolucionario y al mismo tiempo tan altruista como el que había ocurrido en aquellos lares tuviera precisamente su origen en un lugar que no había destacado a lo largo de los tiempos por sus virtudes cívicas precisamente. Pero por otro lado, para los dignatarios políticos, aquella era justamente la punta de flecha que en aquellos momentos necesitaban para señalar con el dedo y mandar a la policía a castigar con mano dura a aquellos que estaban destinados –desde el momento en que aparecieron en escena- a recibir el escarmiento y servir de cabeza de turco. De nada sirvieron las llamadas a la precaución de los inspectores, argumentando que había que investigar más, que aquello debía tener responsables concretos, y que de nada serviría entrar a saco contra la población de todo el barrio, sino que tan sólo impediría actuar con la precisión quirúrgica necesaria para encontrar a los auténticos culpables, quienes quedarían confundidos con el resto de la barriada. Los concejales, obstinados, negaron con la cabeza; para un robo así tendría que haber intervenido mucha gente, y cuanta más mierda removieran, más posibilidades sabrían de sacar algo en claro. Con lo cual los inspectores se encogieron de hombros, dijeron aquello de donde manda patrón, etcétera, etcétera, y procedieron a llamar a los grupos de asalto, los cuales, por otro lado, se encontraban entusiasmados de poder participar.

                Pero las circunstancias cambian un poco cuando te vas a meter de verdad en harina. A pesar de los cascos y de las porras, de los escudos de material transparente, de los uniformes antidisturbios hechos para durar, entre los policías no circulaba mucha tranquilidad frente a aquel movimiento. Y quizás a ello contribuyera la aparente calma chicha del barrio, que permitía escuchar el sonido de los dientes castañetear en un radio de decenas de metros. Tanta placidez era sospechosa, y más todavía en aquellos instantes. Vale que el lugar era de común bastante desangelado de por sí. Vale que se vaciaba aún más cuando se olía la presencia de algún “pitufo”, y la verdad es que para eso tenían un olfato de lince. Pero esto… ni un alma en las calles. Ni un ama de casa tendiendo la ropa. Ni un jubilado comprando el pan. Aquello sonaba a la paz que precede la entrada a los cementerios. Tan sólo hubiera faltado el típico arbusto siendo barrido por el viento, como ocurre en los viejos pueblos del Oeste. Pero el capitán de la tropa no podía dar sensación de miedo ante sus hombres, así que ordenó avanzar. Y avanzar, y avanzar, y avanzar. Y aquello parecía tranquilo. Por un momento parecía que la cosa había funcionado. Así hasta que empezó a caer la lluvia.

                Sólo que en vez de agua, fue de cerámica, metal y madera.

                Cacerolas, tenedores, platos de barro, tostadoras, cuencos y clavijas; macetas cargadas de tierras, jarras llenas de agua, y botellas rellenas de aceite de oliva. Todo un repertorio entero de cocina le empezó a caer a los grupos de asalto desde arriba, desde las ventanas abiertas de los edificios de uno o dos pisos que dejaban un hueco para el cielo bajo el sol iluminado que ahora se oscurecía ante los ojos de los policías ante la batería de instrumentos con los que se hubieran podido cocinar un menú completo de banquete con postre y dos platos, más una riada de cubertería, de no ser porque les estaba golpeando encima de sus cabezas. Nadie pudo aclarar si aquella idea se le había ocurrido a los gaditanos espontáneamente o si en cambio alguien les sopló que sus antepasados lo habían hecho en su día hace doscientos años cuando por aquellas mismas calles entraron –con intenciones bastante idénticas- los soldados franceses napoleónicos (en verdad, aquel acontecimiento histórico ocurrió en un barrio de Málaga: pero, cuando se trata de malmeter para pegarse, ser fiel a la realidad se trata únicamente de una opción). El caso es que poco importaba: el barrio había emitido su dictamen y los policías se vieron obligados a largarse tan rápido como se lo permitieron las piernas. Mucho se discutió en días posteriores sobre lo que habían sentido en bloque los habitantes individuales de aquellas casuchas que a duras penas podían denominarse viviendas. Lo cierto es que el barrio siempre ha tendido a proteger a los suyos, incluso aunque en muchas ocasiones sean culpables (y especialmente, en ocasiones, cuando saben que los suyos son culpables). Pero aquello de cargarle el mochuelo al barrio, en general, cuando estaba claro que gente normal y corriente no había podido hacer esto, les resultaba no sólo absurdo e incongruente sino que además -y después de tanto trabajador despedido, de tanto inquilino desahuciado, de tanto jubilado que sostenía con su efímera pensión a la familia para intentar que al menos los más jóvenes tuvieran la oportunidad de salir del barrio-, aquello les sonaba francamente injusto y hasta macabro. Y por una vez el barrio, que lo había soportado todo demasiado adormilado y sometido hasta la fecha, había dicho basta y había decidido reaccionar. Nadie supo si era verdad que era alguien del Cerro el que había cometido aquel delito por el que se les invadía. Pero poco importaba: para lo sucesivo, era como si lo hubiera hecho, porque el responsable sabía que en el barrio siempre tenía refugio, y que como miembro del tal se podía considerar. Por primera vez en mucho tiempo, pudo decirse claramente aquello de que, de manera oficial, esa pequeña región del mundo se había convertido en zona tomada, independientemente de los órganos de decisión oficiales de la ciudad, de la provincia, del país o de la Unión Europea. El asunto de la roca sagrada quedó en suspenso, mientras ésta se marchaba de vuelta a su tierra junto con sus nietos sudamericanos. Y un rumor cada vez más insistente recorrió la atmósfera: había de verdad un héroe en el barrio. Nadie sabía quién era y todo el mundo se miraba receloso con una mezcla de intriga y desconfianza, preguntándose cuál de sus convecinos sería (en tono cariñoso) “aquel maldito cabrón”. Pero por encima de aquello, flotaba por el ambiente una –por novedosa- desconcertante sensación: el desconocido y sutil aroma, que hacía tanto tiempo que parecía desaparecido del barrio, que emitía el aliento de la esperanza. Un olor que se habían encontrado demasiado tiempo añorando, y que ahora se iban a empeñar con toda intensidad en volver a respirar.

(Nota: la historia de los indígenas venezolanos y la roca sagrada que creían su abuela es real. La roca fue expuesta en Alemania y, tras la queja de los grupos afectados, las autoridades germanas se comprometieron a buscar una solución favorable para ambas partes. No ha llegado a mis oídos si esta última ha llegado a concretarse).

¿CONTINUARÁ...?