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lunes, 20 de abril de 2026

El relato de abril: "Cartago en sangre".

                 Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.

                Este relato lo he escrito partiendo de que, en un momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…

                Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las historias se inician, luego prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…

 

                El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era desolador.

                Ya había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.

                Se trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.

                Tal vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la sangre.

                El hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí. Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra “sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde hacía miles de años.

                Porque la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.

                -Nos encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única que tenéis.

                Con descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse que era la única persona en el mundo.

                De hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.

                -Mi historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta vez, espero que con mejor resultado.

                Se aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano se quedó muy cerca de la cara de él.

                -Hay que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal. Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…

                Acercó sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.

                Después de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:

                -Con esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito, tendréis buena parte del trabajo hecho.

                El resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.

                -Pero, señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?

                Y el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira respondió, con ojos vidriosos:

                -Para los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.

¿CONTINUARÁ?

lunes, 19 de febrero de 2018

El relato de febrero: "Todos los caminos llevan a Cartago"

Todos los caminos llevan a Cartago

            En el año 210 a.C., Roma claudicó al fin y firmó la paz con Cartago. El éxito se debió sin duda al cambio de opinión, casi in extremis, de los dirigentes cartagineses, los cuales autorizaron a enviar más hombres y equipamientos a su general Aníbal, permitiéndole entonces cercar la ciudad, lo cual supuso, tras un terrible asedio que se prolongó durante varios años, la rendición definitiva de Roma.

            No obstante, la contienda de más de veinte años, que se había prolongado, como una auténtica guerra mundial, la primera de ellas, a lo largo y ancho del Mediterráneo, Iberia, África, la Península Itálica, le había dejado a Aníbal Barca bien clara una cosa: Roma tenía mucho que ofrecer a Cartago, y pese a su odio eterno jurado a los nueve años contra los romanos, pensó que nada podría ser más provechoso para la causa de Cartago –y más humillante para los romanos, por otra parte; aunque las futuras versiones históricas, benignas con Aníbal, tendería a teorizar que le movió mucho menos su deseo de venganza que el sentido de estado-, que convertir a los romanos y a sus aliados itálicos en uno más de los colaboradores de Cartago, en miembro más de un imperio formado por estados satélites. Así pues, lejos de aquellas voces que proclamaban la destrucción de Roma, Aníbal pronunció un legendario discurso, en el que proclamaba que vivos, sus antiguos enemigos podrían ayudarles a ser mucho más fuertes de lo que eran. Los romanos, a pesar de su derrota, se resistieron a formar parte del bando de su propio enemigo; sin embargo, ante la débil oposición de los estados italianos –que por otro lado, se sentían hasta cierto punto felices de ver derrotada a su antigua señora, y aliviados al haberse colocado bajo el mando de un ejército que, al contrario que el romano, no les exigía más batallas-, poco más pudo hacer, y tuvo que claudicar por segunda vez, esta vez, en el terreno de los sentimientos. Además, Roma era en aquella época una ciudad sin tradición ni apenas historia, no fue difícil que asimilaran el vasto andamiaje cultural heredado de los fenicios y ahora defendido por los cartagineses, y los romanos se alegraron también –pasado el habitual recelo frente a los extranjeros- al ver cómo se erigían en su ciudad monumentos y jardines que antes no existían en esa sucia cloaca en mitad de la península italiana. Así pues, los romanos orientaron, tal y como pensaba Aníbal, su patriotismo, la defensa por su patria, a la defensa de los intereses de Cartago. Un cambio de mentalidad que, un tiempo más tarde, sería muy beneficioso para todos ellos, y que a la luz de las circunstancias presentes, y como profundizaremos más adelante, debería recuperarse de nuevo para una revisión histórica.

            Con la conquista de Roma, la anexión de Iberia fue una cuestión costosa, pero que sólo requirió tiempo, después de todo, Cartago ya se hallaba implicada con los pueblos ibéricos mediante lazos comerciales, no fue difícil que ingresaran en el interior de su federación, manteniendo su autonomía a cambio de pagar un tributo. Algunas tribus se resistieron, y durante varios siglos, las antiguas legiones romanas, en colaboración con las falanges cartaginesas, se vieron obligados a combatir a diversos pueblos, hasta que finalmente obtuvieron una conquista completa. En aquellos tiempos, se observó ya lo que sería una constante militar durante siglos, y es que la colaboración de estos dos sistemas de ataque, conjugando hombres procedentes de ambos bandos –el doble de efectivos, por tanto-, y las estrategias más útiles de cada una de sus organizaciones militares, el eje Roma-Cartago se convertía en un poderoso tanque, al lado del cual se hacía muy difícil prácticamente respirar. Por eso fue por lo que los griegos, prudentes, decidieron establecerse como una parte más de la autonomía cartaginesa, garantizando, con ello, la independencia de sus polis, aunque sí a cambio de unas fluidas y muy ventajosas para los púnicos relaciones comerciales. En poco tiempo, el Mediterráneo estaba en paz; y lo era bajo un gran imperio, que tenía como capital Cartago.

            Los historiadores cifran para aquella época lo que ellos denominan, y que ha determinado la mayor parte de la historia de la humanidad, es la “superposición de culturas”. La mayor parte de los eruditos predice que, de haber quedado en derrota, o tan siquiera en tablas, incluso si se hubiera vencido pero si se hubiera destruido Roma, la conflagración de la segunda guerra itálica hubiera marcado el principio del fin del pueblo cartaginés. Tal y como afirmó Polibio, el apogeo de Cartago había sido muy brillante, pero como toda civilización, a un momento le brillo le suele seguir la decadencia, así hasta la conquista de otro pueblo. Fue en cambio, la conquista de Roma, la que permitió obtener a los cartagineses el empuje de nuevos pueblos en ascenso, como los romanos, aprovechando sus fuerzas y su dominio militar. Y esta conjunción de astros permitió a su vez incorporar toda la cultura y la ciencia de los griegos, combinadas las cuales, crearon una cultura grecocartaginesa, la cual se expandió por Roma, Iberia, y todo el norte de África, consiguiendo incorporar a la civilización a los númidas, y la colaboración estrecha junto con un asociado imperio egipcio.

            La superposición de culturas fue la que permitió subsistir al Imperio Cartaginés durante varios cientos de años. De no ser así, de no haberse producido la combinación de una amalgama de culturas las cuales unieron sus fuerzas para lograr una civilización más potente, ninguna de ellas hubiera durado lo mismo que cada una por separado. Más ladelante, Las guerras civiles internas por hacerse con el poder llevaron a la finalización de la república y a un gobierno en manos de un solo hombre, un imperio plural, multiétnico, y esencialmente pacífico, dedicado solamente a defenderse de las invasiones de los bárbaros en la Galia, Germania, etc. No obstante, las relativas escasas fronteras que presentaba el imperio en su zona europea, así como los agrestes accidentes geográficos –Pirineos, Alpes, etc-, que les defendían, mantuvieron estas zonas fácilmente defendibles seguras durante mucho tiempo. No obstante, todo cambia a partir del siglo VII, con la llegada de los árabes.

            El profeta Mahoma, inspirado en gran parte por un cristianismo que se había extendido por todo el Imperio Cartaginés, incitó a sus contemporáneos a la conquista del mundo, expandiendo su religión, su cultura y su idioma por todo el orbe. En el momento en que llegan al Norte de África, se encuentran con un imperio altamente desarrollado en el sentido cultural e intelectual, aunque ya muy empobrecido militarmente. Los árabes engulleron fácilmente la región del norte de África, llegando hasta Hispania, pero no más allá, a causa del clima. Mientras tanto, Italia y Grecia, perdidas a su suerte, fueron invadidas por los bárbaros, que tomaron estas regiones. Es en ese momento cuando Europa deja de formar parte del núcleo más elaborado de la civilización, y cae en un abismo donde la ciencia, la tecnología y la cultura brillan por completo por su ausencia.

            Los árabes mantuvieron un imperio que, una vez más, formó parte de una nueva ola, por segunda vez en la historia, del impresionante fenómeno de superposición de civilizaciones. De haber caído el imperio cartaginés sin más, todos sus vastos conocimientos, junto con los de los griegos, hubieran caído en el olvido, lo cual hubiera supuesto un bache de varios cientos de años, del cual nos hubiera costado mucho recuperarnos, y que hubiera retrasado enormemente los enormes progresos que tantas vidas han salvado (y al mismo tiempo, es triste decirlo, tantas muertes), en nuestra civilización. Pero gracias a la llegada de los árabes, un pueblo organizado tras su contacto con otras grandes civilizaciones en Oriente Medio y Próximo, todo este saber fue mantenido, y por tanto, fue posible desarrollar la ciencia nueva en base a la antigua, sin interrupciones ni discontinuidades, de forma fluida y recíprocamente enriquecedora. Gracias a ello, ya en el siglo X, se desarrolló un método científico, se pusieron los primeros pilares para desbancar la teoría geocéntrica, se desarrolló la teoría de la gravitación universal, y comenzaron las exploraciones marítimas que llevarían al descubrimiento, por parte de ibn-al Hassam, del continente americano. La fragmentación del imperio árabe en varios países no fue un impedimento, sin embargo, para que los recursos naturales procedentes de América desarrollaran de nuevo la economía, la ciencia y la cultura, desarrollándose una feroz competencia entre los países árabes –en los cuales, poco a poco, las presiones religiosas fueron menos estrictas, permitiendo el desarrollo de la investigación sin cortapisas-, que es la que nos ha llevado a los tremendos avances tecnológicos que tenemos hoy en día.

            No obstante, todo este desarrollo no se ha acompañado sin problemas sociales que han afectado, en su mayoría, al conjunto de los trabajadores, y también a los países pobres anexos al extinto imperio árabe, tanto en el lado europeo, como sobre todo, por el lado africano. Después de un largo periodo de conflictos y revoluciones, incluso la creación de un estado comunista en la empobrecida Inglaterra, las presiones populares permitieron una mejora del nivel de vida de los trabajadores, y también la mejora de las condiciones de vida de países como la India, cuyo sufrimiento, por su cercanía geográfica y su historia común con el islam, resultaba fácilmente identificable a los ojos de los árabes, favoreciendo leyes más justas y la colaboración con los más desfavorecidos. Sin embargo, los países africanos situados más allá del Sáhara, asfixiados por la presión colonial, también la región de Norteamérica, sin civilizar y con los indios explotados para obtener materias primas, y los países europeos, olvidados por todos más allá del estrecho –a todos nos conmueven las imágenes de esos niños blanquitos hambrientos, soportando los fríos inviernos, entre las ruinas de la antigua Roma-, fueron condenados al ostracismo y a la pobreza. Más allá del Estrecho, nos olvidábamos de todos, como si no fueran seres humanos.
                       
            Por eso, no es extraño, como quiero resaltar en este artículo, que nuestra pobre actitud contra ellos se haya tomado venganza. Entre la pobreza y la marginalidad, el cristianismo se ha vuelto radical en esos países consumidos por el analfabetismo y la ignorancia, fácilmente manipulables por líderes religiosos que proclaman su odio contra el Sur y contra su poder omnímodo. Ante esta situación, no es extraño que individuos procedentes de países con nombres impronunciables –Francia, Reino Unido, Alemania, regiones cargadas de duros climas de nieve y de lluvias-, se hayan organizado para dañar las estructuras más esenciales de nuestra civilización, y atacar a nuestros núcleos de riqueza, poder y orgullo. La situación se ha vuelto para ellos insostenible, y bajo esa situación, no sería extraño que el fundamentalismo cristiano volviera a atacar de forma dramática y mortal. Hemos convertido el mundo en un infierno para buena parte de la humanidad que vive en él: sólo de nosotros, haciendo partícipes a otros pueblos de la riqueza que ahora poseemos, podremos poner freno a esta oleada de odio anti-musulmán, y hacer que todos nosotros podamos subsistir en paz.

            Hemos de recuperar ese espíritu, ese eje con el que hemos comenzado el artículo, Roma-Cartago, norte-sur, y que al inicio de nuestra civilización tantos buenos frutos nos procuró, e intentar que la colaboración sea la máxima que rija las relaciones de nuestros pueblos, en lugar de instigar la separación entre los mismos.

            De no hacerlo, agresiones como la de esos aviones que se han estrellado sobre las Torres Omeya en El Cairo, lejos de constituir un hecho aislado, no habrán hecho más que empezar.


Muhamed al Nimri es catedrático de Estudios Europeos por la Universidad Nacional de Túnez.

miércoles, 1 de junio de 2016

Las historias reales de junio. Casas malditas.

La historia real de este mes va sobre un tema muy trillado en el cine y la literatura, como es el de las casas malditas. Lugares donde han acontecido hechos terribles y (se supone) un halo de fantasmagórica muerte y destrucción ha quedado para siempre allí depositado. Si quisiéramos hacer una lista extensa de las diferentes mansiones encantadas, probablemente no terminaríamos nunca, y por eso sólo os quiero poner tres ejemplos, aunque espero que -ojalá- capten vuestra atención.

El primero es uno relativamente conocido: se trata de la mansión Winchester. La leyenda dice que la viuda Winchester, tras la muerte de su esposo, sentía pánico por la posibilidad de que los fantasmas de todos los individuos que habían muerto a manos del rifle inventado por su marido volvieran de la tumba para matarla. Por ello, construyó una mansión tan intrincada y retorcida (2.000 puertas, 10.000 ventanas, 47 chimeneas, 47 escaleras -algunas de las cuales no llevan a ninguna parte-, 13 cuartos de baño, 6 cocinas, ventanas tapiadas para confundir a los espíritus y, por supuesto, una legión de obreros trabajando 
continuamente en una obra que bajo ningún concepto debía finalizar), con el objetivo de que los espectros no fueran capaz de localizarla nunca. La historia de esta casa y sus moradores ha servido de inspiración a numerosas películas y series de terror, fue la base de la mansión en constante crecimiento que Isabell Allende describió en "La casa de los espíritus", y dicen que, dentro de poco, la historia de los Winchester vivirá una nueva adaptación cinematográfica.


Vista aérea de la mansión Winchester (extraída de aquí)


Claro que, observando una geografía tan barroca como la de la imagen de arriba, es fácil intuir que la casa ha tenido una historia convulsa. Pero, ¿qué pasa si -como ocurre en muchos campos de batalla de toda Europa- la hierba crece, las cosas se serenan, y las apariencias no dejan ver lo que aconteció en el pasado? Uno de los ejemplos que más me llaman la atención, en este sentido, es el del palacio Beylerbeyi (en la imagen de abajo), la cual servía como residencia de verano de los sultanes de Estambul. Su apariencia idílica, sin embargo, esconde un pasado turbulento. Durante seis años (de 1912 a 1918) fue convertido en una prisión, aunque sólo para un individuo, el depuesto sultán Abdul Hamid II. En un período en el que el Imperio Otomano languidecía ("el enfermo de Europa", se denominaba entonces), y muchas voces pedían una aproximación a los países occidentales, Abdul Hamid II, lejos de abanderar la bandera del progreso, entró en un profundo estado de paranoia en el que creía que todos (espías, prensa, reformistas, estudiantes, incluso el propio ejército que le protegía de los anteriores) se encontraban contra él y amenazaban su seguridad. Mantuvo al país en un estado de miedo y sospecha constante, muy acorde con su similar estado de ánimo. Al final, la desconfianza en su propio ejército le llevó a recortar en el presupuesto del mismo, factor que aprovecharon los revolucionaron Jóvenes Turcos para deponerle con ayuda de unos militares que tampoco estaban muy felices con él. Tras un tiempo de exilio en Tesalónica, pasó sus últimos años en Beylerbeyi (hoy una parte más del patrimonio cultural turco), donde se dedicó al estudio, la carpintería y a redactar sus memorias. Pero donde, según dicen, su estado de ansiedad continua y temor a lo que se escondía en cada esquina del palacio no se llegó a frenar jamás. La residencia de verano se convirtió en su prisión, de la misma forma en que él había retenido, como prisionero, a todo el imperio.


Postal del palacio de Beylerbeyi en 1901 (extraída de Wikicommons). Hoy en día, este lado del Bósforo se encuentra ocupado por muchos más edificios, y el palacio no presenta el aspecto aislado que refleja esta imagen, sino más bien el de la fotografía de abajo, realizada por el autor.


Sin embargo, para mí, quizás el caso más dramático podamos encontrarlo en España, en un lugar aparentemente anodino como el Museo de Antropología de Madrid. El museo fue organizado desde su origen (y de hecho, fue él quien promovió su construcción) por el doctor González Velasco, quien a lo largo de sus diferentes viajes recolectó numerosas piezas procedentes de exóticos países, y pensó que el mejor lugar donde albergarlas sería un edificio dedicado específicamente a tal fin. Cuando el museo fue finalmente construido, el doctor Velasco decidió irse a vivir allí (era propio de la época juntar la vivienda con el lugar de trabajo; de hecho, a pocos metros de distancia se halla la antigua casa y laboratorio de Santiago Ramón y Cajal). El doctor Velasco había sufrido, años atrás, una tragedia familiar: su hija Concha había muerto a la edad de 15 años, y quizás el padre se sentía en parte culpable, pues había contravenido los consejos del médico familiar a la hora de administrarle el tratamiento. La cuestión es que cuando el doctor Velasco se mudó al museo, decidió desenterrar el ataúd de su hija para darle sepultura cerca de la casa, y entonces, la apertura incidental del féretro provocó que todos los presentes comprobaran con sorpresa cómo el cadáver se había conservado en muy buenas condiciones (las versiones de la leyenda varían: unos dicen que el cuerpo había sido embalsamado con anterioridad por su propio padre, y otros en cambio que lo hizo después, cuando descubrió el "milagro" obrado de manera natural. Yo leí por primera vez acerca de esta leyenda en el conocido <<Madrid Oculto>>, de Peter y Mark Besas, y en esta visión me baso principalmente). Sea como fuere, parece ser que ese incidente terminó por nublar la visión del padre atormentado, quien, al observar a su hija muerta casi con el mismo aspecto que mantenía en vida, decidió vestirla (con un traje de novia, añade más morbo todavía la historia popular) y mantenerla en la casa como si aún siguiera con ellos, sacándola a cenar junto con su mujer en el comedor familiar todas las noches, y retornándola a un dormitorio individual al acostarse, a cuya ventana seguramente se intentaban asomar los curiosos para contemplar a tan tétrica muñeca de tamaño humano. Se dice que la situación se mantuvo así varios meses hasta que la esposa del doctor Velasco, harta de la macabra situación y de los mareantes vapores procedentes de los productos químicos utilizados para preservar el cuerpo (y, seguramente, de las murmuraciones de los vecinos ante aquellas delirantes cenas), le dio a elegir: o la niña o ella. El doctor Velasco, no sin renuencia, dio su brazo a torcer y accedió a enterrar de nuevo el cuerpo. Hoy en día, el Museo de Antropología funciona únicamente como atractivo turístico y cultural y nadie habita allí, salvo que creamos que por entre sus puertas siguen paseando los espectros.

Vista exterior del Museo Nacional de Antropología en Madrid (extraída de Wikicommons)

No obstante, escribiendo estas líneas, no puedo evitar acordarme (aunque no se trate estrictamente de casas) de un par de lugares también hasta cierto punto fantasmagóricos y que tuve la ocasión de visitar hace unos años. El primero -imágenes de abajo- es el tophet, un antiguo cementerio de la ciudad de Cartago, en Túnez, donde cada una de las estelas que veis allí representa un niño ejecutado durante un sacrificio humano. Sobre el por qué tan macabras ceremonias (que, en realidad, tienen más sentido de lo que se intuye a simple vista) no me voy a extender porque ya lo he explicado en alguna ocasión y encontraréis sobrada información aquí.

 Imágenes del tophet de Cartago, desde fuera y desde dentro.

En este mismo lugar, no demasiado lejos, hay una serie de ruinas en apariencia anodinas pero en las que, si uno simplemente se asoma, observa o escarba, puede encontrar falanges, costillas e incluso cráneos. Algunos de ellos bastante pequeños. Estos escombros, que en su día correspondieron a tres calles, fueron testigos de una de las más encarnizadas batallas entre romanos y cartagineses en la Tercera Guerra Púnica. Si hubiera ocurrido en una época más reciente, estaríamos hablando de una matanza como la de Srebrenica, o nos recordaría a los combates portal a portal de los que hemos sido testigos en las grandes ciudades de las guerras recientes de Siria o de Irak. Hoy, como el tiempo ha pasado y ya no quedan testigos de la tragedia, la mayor parte de los visitantes deambulan -felices en su ignorancia- entre las ruinas, tan sólo si acaso interrumpidos por algún inspirado guía local que les muestra lo sencillo que es desenterrar algún hueso.

 Las famosas tres calles del genocidio. Arriba, visión general; abajo, un poco más concretas.




Dicen que, tras la Primera Guerra Mundial, el espiritismo estaba de moda porque el mundo se hallaba, en efecto, lleno de espectros, y los familiares de los fallecidos estaban deseando contactar con sus allegados. Quizás nos resultaría sorprendente saber la de fantasmas desaparecidos con los que nos cruzamos cotidianamente a nuestro alrededor, si no como figura real, al menos como recuerdo. Aunque tal vez no haya que mirarlos con aprensión: puede que lo único que pretendan es que aprendamos de sus errores. El hecho de que no lo consigamos constituye la única base de su tormento. Para ellos, en realidad, los que les damos más miedo, somos nosotros.

Nos leemos en las próximas semanas.

domingo, 8 de marzo de 2015

La historia real de marzo: La mujer de Lot (Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

La mujer de Lot
(Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

            Una vez encontré, en un artículo de la revista “Muy interesante”, dentro de un especial sobre mitología, una curiosa frase: se refería a la mujer de Lot, ésa que giraba la cabeza para contemplar por última vez Sodoma y Gomorra y a la que (al haberle prohibido Dios este acto) el vengativo Yavhé la convertía en piedra. El texto versaba, precisamente, sobre el apelativo que nos ha llegado refiriéndose a ella: la mujer de Lot. ¿Dónde está su nombre de pila? No lo tenemos. Sólo es, como suele destacarse despectivamente, “la mujer de”. ¿Por qué? Quizás, Dios, en su furia vengativa contra la fémina que desobedeció sus órdenes, la condenó no sólo a ser estatua de sal, sino a que su nombre fuera olvidado de la historia. O quizás, por otro lado, se deba a la clásica discriminación y al olvido que han sufrido reinas, damas y emperatrices a lo largo de la historia, de la misma manera que otras mujeres, anónimas, insignificantes, pero que protagonizaron momentos decisivos en los instantes claves de la humanidad, han pasado a ser reseñadas normalmente como una nota aparte, sin que de ninguna de ellas conozcamos los sustantivos por los que las conocían sus contemporáneos, en contraste con sus homólogos masculinos. Tal vez, y por una ocasión, sea el momento de hablar sobre ellas en su conjunto, al igual que otras veces se ha tratado acerca de las mismas por separado.

            El papel de la mujer en la historia ha sido frecuentemente infravalorado y menospreciado frente al ejercido por los hombres. Ha habido pocas excepciones a lo largo del tiempo: una de las más destacadas fue la del pueblo alemán de Rostock, en el cual las mujeres rebautizaron las calles que exhibían denominaciones basadas en objetos inanimados o comerciantes desconocidos, y les pusieron el nombre -que escribieron a mano mediante tiza- de féminas que habían dejado una impronta en la historia de la ciudad. Entre ellos, la Casa de las Mujeres lleva el nombre de “Beguinas”, una congregación religiosa la cual fue perseguida por el Papado y el kaiser (resurgiendo repetidamente de debacles periódicas) hasta disolverse al fin sin que de ninguna de esas Beguinas -a pesar de su constante y abnegada labor social- nos haya quedado un solo nombre para la Historia. En gran parte, esta situación de discriminación, también en la disciplina historiográfica, se debe a la propia estructura que ha sostenido a la mayoría de las sociedades, considerando el dominio masculino como norma habitual de la vida desde el ámbito primero del núcleo familiar hasta la posición superior del trono real. No obstante, también en parte se debe a la propia concepción que de la Historia tenían sus narradores: la mayoría de las gestas escritas se refieren a una larga sucesión de reyes altivos y de batallas cruentas, en los cuales poco o nada de espacio hay para la labor de la mujer cotidiana, del día a día, salvo que no se tratase de alguna reina que, merced a conspiraciones e intrigas palaciegas (e incluso, algunas veces, en el campo de batalla), acabase por introducir algún elemento de distorsión en esta historia monocorde. Y es que hasta hace relativamente poco, el papel de la intrahistoria -como la definió la generación del 98-, del relato cotidiano de los días y las noches de los pequeños protagonistas anónimos que constituyen la masa crítica que hace avanzar a los pueblos, repetimos, esa intrahistoria, ha pasado desapercibida para los historiadores clásicos, y con ello, la posibilidad de que las mujeres, en sus labores continuas de amasado del pan, de coser a mano y de criar a los hijos (pero también de sanadoras, recopiladoras de la narración oral o de autoras) hayan tenido ninguna relevancia en el relato de los acontecimientos. No obstante, y con el tiempo, los historiadores contemporáneos han querido volver la cabeza hacia esas mujeres anónimas que, en momentos puntuales, fueron responsables del destino de los pueblos, y en algunas ocasiones, las más dignas representantes de los mismos. Y poco a poco, han ido apareciendo, rezagadas, algunas historias que con el tiempo habían quedado enterradas, como en una tumba que va ganando estratos encima mes a mes, año a año. Una situación quizás compatible con las mujeres que fallecen, también hoy en día, también sin nombre, lapidadas por regímenes intransigentes, contribuyendo a construir países que no se lo agradecen, asesinadas y marginadas por la discriminación de su género, consiguiendo, con sus logros (como dijo Virginia Wolff), tan sólo engrandecer la imagen del hombre, hasta que ésta parezca el doble de lo que realmente es.

Quizás sea éste el momento de recuperar estos relatos. Quizás sea el instante, de conocer a aquellas mujeres sin nombre, que también hicieron historia, en homenaje a aquellas que, diariamente, sin grandes alardes, la están continuamente elaborando.

La mujer de Asdrúbal (Cartago, ¿-143 a.C.)

            Asdrúbal fue el general cartaginés al que se le asignó la defensa de la ciudad de Cartago durante la parte final de la Tercera Guerra Púnica frente al asedio de los romanos. El relato que hace el historiador Apiano, basándose en los textos de Polibio -cronista oficial de la historia desde el lado romano-, da una imagen bastante descalificadora de Asdrúbal, mostrándolo como un hombre intrigante, capaz de traicionar a un compatriota del mismo nombre con tal de alzarse con el poder militar absoluto en Cartago, y responsable de las terribles ejecuciones y torturas que tuvieron lugar con los prisioneros romanos en uno de los episodios más deleznables de la guerra, con el objetivo de impedir toda posibilidad de llegar a un pacto con el enemigo. Sin embargo, cuando los romanos penetran finalmente en la ciudad, y tan sólo los desertores romanos y la familia de Asdrúbal se mantienen sin rendirse en el templo de Eshmún, el general sale de su escondite con una rama de suplicante, solicitando una rendición pacífica bajo el poder del triunfante general romano Escipión Emiliano. Ante este gesto de cobardía, la mujer de Asdrúbal se presenta, según nos cuenta Apiano, con ropas de fiesta en la parte superior del templo, acompañada de sus dos hijos, y portando un cuchillo. La mujer de Asdrúbal se dirige entonces hacia Escipión, el vencedor de Cartago, y le espeta: “No existe contra ti motivo de venganza por parte de los dioses, romano, puesto que existe derecho de guerra; pero sobre ese Hasdrúbal, que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza... y tú, romano, junto con ellos...”. A continuación, se vuelve hacia su marido, y le reprende, “¡Oh, tú, el más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago, ¿a qué triunfo servirás de ornato?!¿Qué castigo no recibirás, de aquél a cuyos pies te has arrodillado?”. A continuación, degolló con el cuchillo a sus dos hijos, y se arrojó, junto con ellos, hacia las llamas de una pira funeraria que habían levantado los desertores para inmolarse, hecho que consumaron finalmente. El acto de la mujer de Asdrúbal no sólo es importante porque simboliza el último canto de cisne de Cartago, sino porque además rememora aquella pira funeraria en la que se sacrificó Dido, la fundadora de Cartago, para evitar ser desposada con un rey extranjero, hecho que hubiera supuesto la pérdida de libertad de los habitantes de la ciudad púnica. No obstante, su sacrificio, junto con la leyenda de Cartago, desapareció prácticamente de la Historia: los romanos se encargaron de borrar buena parte de toda mención de la existencia de Cartago, de tal forma que aparte del  manido relato de la Segunda Guerra Púnica y la figura de Aníbal Barca cruzando los Alpes en elefante, el público general apenas conoce nada de esta urbe de origen fenicio, excluyendo tan sólo de esta afirmación a unos cuantos aficionados y los profesionales de la Historia Antigua. Cabe decir, además, que mientras que el cartaginés era un pueblo en el cual las mujeres tenían una importancia relativamente destacada, participando activamente en la vida pública, y llegando algunas de ellas a cargos de gran relevancia, entre los romanos –y más en aquella época concreta- aquella libertad no lo era tanta. De modo que, en ese sentido, la ofensa se volvió doble.

La madre de Quin Shih Huang (Reino de Quin –China-, ¿-228 a.C.)
La historia oficial de China (o de lo que luego se convertiría en ella, pues en esta época estaba constituida por un conjunto de reinos que guerreaban constantemente entre sí) no incluyó un registro sistemático de la historia de las emperatrices hasta mucho después de la muerte del primer emperador y unificador de China, impulsor, entre otras obras, de la Gran Muralla, y de su propia y grandiosa tumba, más conocida de cara al público como los guerreros de Xi´an (a pesar de que éstos, en realidad, sólo constituyen una muy pequeña parte de la misma). Hasta entonces, la única manera en que una mujer podía entrar en la historia china era a través de sus devaneos amorosos, o sus correrías sentimentales -la mayor parte, por supuesto, para desprestigio de la dama en cuestión. La madre del futuro emperador de China pertenecía a una familia aristocrática, y se convirtió en la concubina de Lü Buwei, un rico comerciante que favoreció el ascenso, al trono del reino de Quin (situado al oeste de China, y uno más de los por aquel entonces siete Reinos Combatientes), de Yiren, el padre de Quin Shih Huang. Yiren, sin embargo, se quedó prendado de esta hermosa mujer, y se la pidió a su protector en matrimonio, a lo cual Lü Buwei, aunque receloso, accedió como un sacrificio más en su plan para convertir a este joven príncipe en rey, y verse más adelante favorecido por este esfuerzo. La pareja se casa en el 260 a.C., naciendo su hijo (entonces llamado Zheng) al año siguiente. La polémica surge desde este mismo momento, pues tras la muerte de Yiren, aún muy joven, se dice que Lü Buwei siguió manteniendo relaciones con su antigua amante, con lo cual los historiadores posteriores han llegado a dejar caer -de forma bastante sutil-, que el comerciante pudo ser el auténtico padre de Zheng, aunque sí que es verdad que el periodo de generación de esta leyenda corresponde a una época en que la figura de Quin Shih Huang, bajo la dinastía de los Han, tendía a ser denostada y vilipendiada por parte de las más altas autoridades. De todas maneras, los encuentros entre Lü Buwei y la reina madre no duran mucho, ya que este último no quiere arriesgarse a perder el poder por un asunto de faldas, y desvía la atención de la reina hacia Lao Ai, un rudo cortesano cuya mayor virtud es -todo hay que decirlo-, la longitud que presenta su pene. Esta tórrida relación (hijos ilegítimos incluidos) se produce durante la minoría de edad de Zheng, y será muy probablemente uno de los hechos que marque la personalidad posterior del que sería el primer emperador. El poder de Lao Ai es cada vez mayor, se atreve incluso a presentarse como padre adoptivo del joven rey, y de ahí que el joven Zheng no dude, nada más alcanza la mayoría de edad, en acusar a Lao Ai de adulterio y traición a la corona (en aquellos tiempos se rumoreaba que el amante real planeaba, en el caso de la muerte de Zheng, postular a sus hijos como herederos del trono de Quin). Lao Ai se levantó en armas, y después de un sangriento enfrentamiento, el rebelde es capturado, decapitado, y su cabeza clavada en una pica. A la reina madre, en el ajuste de cuentas que está llevando a cabo Zheng en estos primeros tiempos de mandato, se la condena al destierro; no obstante, no parece que dejase del todo de apreciarla, ya que algunos gestos del joven rey se dirigen a vengar los malos ratos que pasaron él y su madre hasta la edad de ocho años, cuando tuvieron que sobrevivir en el hostil reino de Zhao y tan sólo gracias a la ayuda de la aristocrática familia de su madre pudieron salvarse. La reina madre fallece en el 228 a.C., quedando únicamente para la historia sus relaciones ilícitas, como si no hubiera hecho nada más en su vida.

Otra mujer sin nombre es importante en el camino hacia la unificación de China que está recorriendo el rey Zheng, sometiendo, mientras avanza, a los sucesivos reinos que encuentra a su paso. Durante la conquista del reino de Wei, una nodriza protege al príncipe real de este reino, un tierno bebé en sus brazos, de las flechas de los soldados de Quin, muriendo cuidadora y niño bajo los dardos. El rey de Quin, sin embargo -y a pesar de haber opuesto una ardua resistencia frente a sus soldados-, decide destacar el valor de la nodriza y ponerla como ejemplo para generaciones posteriores, otorgando a la mujer a título póstumo (y por tanto, a sus herederos) títulos de nobleza. Probablemente a la nodriza le hubiera gustado más que los soldados no hubieran acabado con su vida ni con la del niño, pero como dice José Ángel Martos, con esta medida, recompensando a súbditos de los reinos enemigos, y sometiéndolos bajo una ley común -sea buena o sea mala, pero igualitaria para todos-, Quin Shih Huang fue poniendo las bases para la posterior consolidación de un imperio y de un país, el de China, que todavía no existía, y sobre el que el emperador, después de la conquista, tendría que ejercer la labor más difícil: la de identificación cultural y social, entre habitantes de lugares tan diferentes, en un solo estado, el nuevo, que en estos momentos se formaba.

La madre biológica de Aisin Gioro Xianju, espía chino-japonesa (¿-1921?)
En este caso, la persona que posee realmente relevancia histórica no es la mujer sin nombre, sino su hija, conocida también como Chuandao Fangzi en China y como Kawashima Yoshiko en Japón. Rodeada de multitud de leyendas que varían según el país de procedencia de quien te las esté contando, esta mujer era hija de un aristócrata chino (emparentado con la familia imperial) quien a principios del siglo XX la entregó a las autoridades japonesas como una especie de mediación frente a una potencia que ya se intuía que iba a tener mucha importancia en el futuro devenir histórico de la nación china. Xianju fue educada bajo una rigurosa disciplina militar que la hizo convertirse en una experta en la lucha de guerrillas, jugando sus acciones militares un papel clave en la conquista de Manchuria por parte de los japoneses, quienes arrebataron esta región a la antigua patria de Xianju. Una vez hecho esto, las buenas relaciones personales de Xianju con el último emperador chino (el cual la consideraba un miembro más de la familia) hicieron que éste accediera a convertirse en soberano oficial del estado-títere de Manchuria, manejado en realidad por los nipones. Xianju, sin embargo, no jugó un papel pasivo: las historias dicen que siguió gobernando a sus milicias de manera independiente y manteniéndose muy crítica frente a ciertas actitudes japonesas en China. Xianju fue capturada por los chinos, se escapó, volvió a Japón, retornó a China bajo la tapadera de un restaurante, y fue finalmente detenida y ejecutada por las autoridades chinas en el año 1948, aunque ciertas leyendas esgrimen que en realidad siguió viviendo bajo la imagen adorable y en apariencia inocente de una anciana señora denominada cándidamente “la abuela Fang”. Desde luego, el personaje da mucho juego, porque entre su afición a vestirse con ropas masculinas, la sospecha de unas más que turbulentas relaciones de cama –violación por parte del padre de su tutor incluida-, o la tremenda popularidad que llegó a alcanzar en su país de origen gracias a sus críticas a Japón desde su posición de poder en Manchuria –lo que le llevó a incluso a grabar un disco de canciones con su propia voz: aquello, desde luego, puso en un brete su papel como espía discreta-, no es extraño que para la posteridad haya sido apodada como la “Mata Hari del Este”. En esta ocasión, como decimos, la madre de Xianju no juega ningún papel relevante en la Historia, pero como la madre del emperador Qin, sufre el tradicional olvido que se aplica a las consortes reales chinas. Cuando el padre de Xianju -el Príncipe Shanqi- fallece, su concubina y posiblemente la madre biológica de Xianju se ve obligada a suicidarse por el método tradicional. Fin de la historia, y así, ella no pudo contemplar con sus propios ojos cómo su hija se acababa convirtiendo en lo más parecido que en aquella época podía asemejarse a un héroe.

La reina de Saba (alrededor del siglo X a.C.)
A muchos le sonará la leyenda de la reina de Saba, aquella exótica monarca procedente de una nación situada en las actuales Yemen y Etiopía, la cual, admiradora de la fama del rey Salomón, acudió a visitarle, y tan maravillada quedó ante la sabiduría del gobernante de los israelitas que se acabó convirtiendo al monoteísmo. Por lo visto, todo el mundo quedó contento con aquel viaje, porque la reina dejó en Israel varias toneladas de oro, mientras que ella se llevó en su vientre al hijo de ambos, el futuro Menelik I, quien daría origen a una estirpe de reyes de Etiopía que según el mito termina en el depuesto monarca del siglo XX Haile Selassie. Menelik, por lo visto, se llevaría a su país el Arca de la Alianza en un viaje que hizo a Israel para conocer a su afamado padre, a quien (aunque fuera hebreo) engañó como a un chino para llevarse el Arca a su patria. Pues bien, de la reina africana que causó mayor furor en Occidente antes de Cleopatra no conocemos el nombre, pues la Biblia no lo menciona explícitamente, y según quién la mente puedes encontrarla denominada como Makeda, Bilqis, Balkis, Nikaule o Nikaula (incluso su origen se hallaría en duda, ya que alguno le atribuye a la reina una procedencia búlgara). Así pues, la mujer a la que Salomón le dedicó una sección del Cantar de los cantares, y por culpa de la cual -de acuerdo a la tradición- el monarca judío se dedicó a instalar espejos por toda la superficie de una habitación de palacio con el único objetivo de contemplar (la leyenda dice) sus peluditas piernas, no nos ha legado a la posteridad su nombre. Nos preguntamos si hubiera ocurrido lo mismo si la reina hubiera sido israelita y un seductor rey –mago o no- de nacionalidad etíope hubiera acudido para conquistarla. Quizás de él sí que hubiéramos obtenido sus secretos.

Éstas son las mujeres anónimas que hemos localizado. ¿Y vosotros?¿Conocéis alguna que merezca cierto reconocimiento y cuyo nombre no haya sido difundido?¿Tenéis otras propuestas? Esperamos vuestras futuras aportaciones.

Bibliografía:
            -Historias, Apiano.
            -El primer emperador, José Ángel Martos.
-www.artefinal.com/mujeres_siglo_veintiuno/s_moro.htm: La invisibilidad de la mujer en la historia, Sonia Moro.
-http://historiasdechina.com/2014/01/29/yoshiko-kawashima-espia-china-japon/: Tras la pista de la misteriosa “Mata Hari del Este”, Javier Telletxea Gago.
-La Biblia.
-Wikipedia.

lunes, 29 de diciembre de 2014

El origen de la fecha de inicio del año

El 1 de enero no ha sido el inicio del año por el que nos regimos los humanos desde siempre, eso os lo podéis rápidamente figurar. De hecho, cada cultura tenía (y aún tiene) diversos calendarios que empiezan en distintos días, aunque el predominio -merecido o no- económico y militar de la civilización occidental haya hecho que al final los más de siete mil millones de seres humanos de este planeta nos hayamos puesto de acuerdo en que ésta es la fecha de referencia para casi todos. Pero lo cierto es que los primeros que impusieron el 1 de enero como fecha de inicio del año fueron los romanos, pero no lo fue siempre, ya que al principio, la fecha originaria el 1 de marzo. La causa de por qué los romanos cambiaron el inicio del año de marzo a enero es sorprendente a la par que muy sencilla: un pueblo de España.

El pueblo en cuestión se llamaba Segeda, y estaba ubicado cerca de lo que hoy conocemos como la actual Calatayud. Por lo visto era un lugar que había combatido muy duramente a los romanos en lo que entonces se denominaba Hispania, y los celtíberos de Segeda habían conseguido arrancarle al Senado romano un acuerdo de 25 años de paz. La paz no era algo común para los ciudadanos romanos. De hecho, el motivo por el cual la fecha oficial del inicio del calendario romano empezaba el 1 de marzo era en honor al dios Marte (dios de la guerra, que le había dado nombre a dicho mes) y, también, porque ese día se elegían a los dos cónsules que se convertían en jefes militares y políticos de Roma en cada año y, por tanto, debían dirigir a los romanos en la guerra, cuyos preparativos daban comienzo ese mismo día. Que la fecha de inicio de año se tratara de una cuestión tan política llevaba a más de un engorro, como que a ratos se alargara o se acortara el año a conveniencia según si se pretendía que tal o cual político abandonara o se mantuviera en el poder. De hecho, el calendario romano en sí mismo era un desbarajuste al que recientemente se le habían añadido dos meses (enero y febrero) y al que aún así le faltaban días, asunto que no quedó resuelto hasta que más tarde Julio César implantó un calendario bastante parecido al que nosotros conocemos, y que sólo tuvo que ser ajustado ligeramente siglos más tarde por el papa Gregorio XIII. Pero esa es otra cuestión.

La cosa es que la vida parecía relativamente tranquila en Segeda, hasta que a los habitantes de la misma se les ocurrió reforzar las murallas del perímetro exterior. Y seguramente porque los romanos no pensaban que la paz les merecía mucho la pena, y porque las murallas iban a ponérselo demasiado difícil, decidieron entrar en acción. La razón exacta por la que se cambió la fecha de inicio del año (y por tanto, de elección de cónsules y de inicio de las contiendas) al 1 de enero con el objetivo de derrotar a este pueblo celtíbero no está aclarada en su totalidad, aunque bien pudiera ser por comenzar cuanto antes la conflagración contra Segeda, o porque la llegada de la primavera en marzo (hay que aclarar que en invierno, por razones climatológicas perfectamente entendibles, suele haber una tregua o al menos un apaciguamiento de las contiendas) les pillara con los cónsules ya elegidos y el ejército pertrechado y listo para la batalla. Hay quien dice también que se debe a la cuestión tan particular de los cultivos que alimentaban a la población de Segeda, de tal manera que los romanos buscaban impedir la recolección de los mismos (atacándoles antes de poder obtener la cosecha) y, por tanto, atacar también por el flanco del estómago a sus enemigos. En todo caso, Roma embistió, y se desencadenó una sangrienta batalla de la que los romanos salieron muy mal parados, con lo cual parece que la estrategia del cambio de fecha no les dio el resultado esperado. Los celtíberos de Segeda, ayudados por sus compañeros numantinos, diezmaron a las legiones de Roma, que se vieron obligados a retirarse. No obstante, parece que el líder de las tropas de Segeda había muerto, momento en que sus seguidores decidieron parar los combates en respeto a su memoria. Los romanos formaron entonces un nuevo campamento con vocación de continuidad que, sin embargo, era atacado esporádicamente por sus rivales celtíberos.

Años más tarde, sin embargo, las tornas se invertirían: Segeda sería arrasada, y la ciudad de sus colaboradores, Numancia (como evidentemente sabéis), fue completamente destruida. Esta última sería conquistada a manos del hombre que también pulverizó y dejó casi en sus cimientos Cartago, el dos veces elegido cónsul Escipión Emiliano. Pero esa es otra historia y ya la hemos contado en alguna otra ocasión...

Feliz entrada y salida de año.

Post-scriptum y corrección: Un hilo de twitter de un conocido divulgador histórico afirma que éste es un bulo difundido en lengua castellana y que ya en fuentes antiguas se refleja el 1 de enero como el inicio del año en Roma. Se supone que, en un inicio, el calendario empezaba en marzo (de ahí que septiembre fuera -como indica la raíz de la palabra- el mes séptimo, octubre el octavo, noviembre el noveno, y diciembre el décimo y por aquel entonces último mes), y en algún momento se añadieron dos meses más al inicio (enero fue dedicado a Jano, dios bifronte y patrón de las transiciones), pero no sabemos en qué época se habría realizado este cambio. Lo que habría cambiado Segeda, si acaso, sería la fecha de elección de los cónsules. Como el hilo de Twitter ofrece argumentos razonados en este sentido, y en este blog no tenemos problema en exponer errores que podamos haber cometido (uno lee, pero es imposible leer absolutamente todo sobre los temas tan diversos de los que tratamos, y por tanto es factible cometer errores), os lo cuelgo para que lo comprobéis por vosotros mismos. Un saludo, y perdón por las molestias.