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jueves, 7 de enero de 2021

Los libros de enero: una serie de ensayos más que entretenidos

Pocas frases hay que me gusten menos que "este ensayo se lee como una novela". No porque quien lo diga no tenga razón, sino porque soy defensor de que un buen ensayo puede ser tan apasionante, tener tantos giros dramáticos y hacernos disfrutar tanto o más que una novela. Y, como ilustración, aquí unos cuantos ejemplos que he leído recientemente: 

-"En las antípodas". Bill Bryson, con su jocoso estilo habitual, nos relata historias, curiosidades y miles de hilarantes anécdotas sobre Australia, un país lleno de bichos que pueden matarte, donde el término "aislado" se usa con auténtica propiedad, y cuyos habitantes tienen rasgos todavía más raros que ser casi todos descendientes de presidiarios. Para quienes pretenden visitar a Australia, y también para quienes deciden -sobre todo después de leerlo- que es demasiado arriesgado.

-"Un verdor terrible". Éste es un libro anómalo en su concepción. El autor, Benjamin Labatut, combina apasionantes biografías de científicos con detalles inventados de su propia cosecha, aumentando la ficción de manera progresiva conforme van avanzando los capítulos independientes, de tal forma que al final uno no está seguro del todo de qué parte que le han contado es verdad y cuál no (aunque, en todo caso, ha resultado interesante). Para leer, siempre y cuando se tenga que en cuenta que buena parte de lo que dice es irreal -de hecho, da la sensación de que los detalles verídicos son los más apasionantes-.

-"Mi familia y otros animales". El hermano menor de la familia Durrell (cuyo miembro más conocido, Lawrence Durrell, se hizo famoso por sus novelas alrededor de "el cuarteto de Alejandría") comenta en este primer libro de la llamada "trilogía del Corfú" cómo fue la aproximación de la familia a esta isla griega cuando los Durrel decidieron irse a vivir allí. Con cada uno de sus miembros ensimismado en sus propios asuntos, la surrealista tendencia que adquieren los sucesos de la isla y una serie de seres vivos (no todos racionales) empeñados en complicarles la vida, la lectura ofrece una diversión asegurada. Hay que decir que tiene serie de televisión (en Filmin y en Yomvi) la cual está a la altura del reto, aunque se centra menos en la visión del niño que escribirá los libros, y más en la problemática de cada uno de los carismáticos miembros de la familia, todos poseedores de una arrolladora personalidad.

-"Colapsología" (Servigne y Stevens). Obra de dos autores franceses, este ensayo asume que el colapso de nuestra sociedad es ineludible (aportan estadísticas y profusa bibliografía para ello), si bien, por la complejidad de las cuestiones a tratar, resulta impredecible decir cuándo y exactamente de qué manera. En ese sentido, uno llega a creer de que el cataclismo puede ser causado tanto por el agotamiento de los recursos, una catástrofe financiera, la medioambiental o una conjunción de todas ellas; da la sensación que hay una carrera por ver cuál de nuestros problemas nos llevará antes al apocalipsis. El ensayo -como es de prever- tampoco ofrece verdades absolutas, pero a los que ya estamos preocupados por el tema nos dejará más pensativos aún, mientras que quienes pretenden confiar en el futuro encontrarán resquicios para confiar en que todavía hay opciones. En todo caso el libro (publicado en 2015, y con un pequeño epílogo añadido durante la crisis del COVID que apunta a que esta epidemia no modifica demasiado el trasfondo del asunto) tampoco ofrece soluciones claras, quizás porque no las haya. Desde ese punto de vista, el libro otorga poca respuestas, y los pocos caminos a los que apunta como remedios -tanto globales como individuales- son en cierta medida conocidos. Sin embargo, para los ya expertos reafirmará algunas cuestiones (quizás apuntalando detalles prácticos), y para los neófitos en cambio puede suponer todo un descubrimiento que induzca a un cambio en la forma de abordar la vida.

-"Ante todo, no hacer daño". La frase, tomada del juramento hipocrático que tuvo que realizar el su día el médico Henry Marsh, viene muy a cuento, pues este neurocirujano inglés se sincera a tumba abierta sobre los grandes dilemas y dramas de su profesión, a partir de su experiencia personal y de casos reales. Escrito con una honestidad dolorosa (la cual incluye tanto el terreno personal como el profesional, con todas sus ramificaciones), Marsh nos presenta a los médicos como individuos muy lejanos al aura de entes perfectos que suelen dibujarnos otros retratos más benevolentes; sino, más bien, como seres falibles, propensos al error y quienes, incluso haciéndolo todo con la mejor de las voluntades, se encuentran con que, en muchas ocasiones, buena parte de las circunstancias están fuera de su control. Ideal tanto para aquellos facultativos que se creen imbuidos por la gracia divina, como para aquellos pacientes que consideran que cada fallo o fracaso de los médicos implica necesariamente un acto de negligencia. Y, más bien, una muy humana reflexión sobre lo frágil que es la vida y lo sencillo que es que algo pase de constituir un excelso logro a convertirse en una terrible equivocación a causa de detalles nimios. Un libro para centrarnos en lo que es importante, ahora que la medicina, de una manera u otra, nos ha enseñado que hay que valorar otras prioridades. 

En este sentido, todos estos ensayos sirven para eso: para ayudarnos quizás no a descubrir y mostrar, sino solamente puntualizar y subrayar, para así modificar ligeramente nuestro punto de vista. ¿No consiste en eso precisamente el acto de aprender? Desde esta óptica, espero que sigamos aprendiendo este año juntos. Y que lo hagamos, entre otras maneras, a través de este blog. Nos leemos.

lunes, 17 de agosto de 2020

El libro y la película de agosto: "Un paseo por el bosque"


Un día, el divulgador científico Bill Bryson (de quién ya hemos hablado en otras ocasiones) descubrió que, tras su retorno a los Estados Unidos, había escogido un emplazamiento para vivir no muy lejos del Sendero de los Apalaches, un camino señalizado que abarca buena parte de la longitud de la cordillera conocida con este nombre, y que recorre de sur a norte, formando una diagonal, una amplia sección de la vertiente este de Estados Unidos. Bryson pensó que no sería mala idea recorrer a pie dicho sendero -que es transitado anualmente por numerosos mochileros en busca de aventura- y decidió también (o le "sugirieron") que a su edad era imprudente realizar el viaje solo, así que intentó localizar un voluntario para acompañarle. Los amigos contactados le respondieron con amables evasivas, dolientes imprecaciones o, en el caso de colegas menos delicados, alusiones nada indirectas a su estado mental. La verdad es que el reto -que coloca al límite de sus fuerzas a individuos muy bien preparados, y anticipa toda clase de adversidades climáticas, humanas y naturales, incluyendo como advertencia varios precedentes serios de ataques de osos-, no es para tomárselo a broma. Sin embargo, un antiguo amigo con el que Bryson no había contactado en mucho tiempo y con el que no acabó demasiado bien contesta a sus requerimientos, lo cual, paradójicamente, no resuelve la cuestión sino que genera unas cuantas dudas más. Los problemas surgen nada más verse: el amigo apenas camina sin resollar, su obesidad es tan solo la parte visible de un iceberg de deplorable forma física, y por lo visto su principal objetivo durante la excursión es huir de un turbio asunto legal que ahora mismo no le resulta conveniente. En fin, ¿qué podría salir mal? A posteriori, Bryson redactaría un libro con el conjunto de la experiencia, que posteriormente se adaptaría al cine con Robert Redford (como Bill Bryson) y Nick Nolte en los papeles protagonistas.


Cómo siempre, surge en estos casos la dicotomía entre qué abordar primero, si la película o el libro, y como casi siempre tenemos que fallar a favor del segundo, no solo por la excusa habitual y casi siempre certera de que una cinta de una duración acotada no puede reflejar los más profundos matices del texto, sino porque, además, una visión cinematográfica nunca sería capaz de aportar los datos científicos, históricos y socioculturales con los que Bryson suele trufar sus ensayos, los cuales cultiva hasta obtener un árbol cargado de tan hilarantes como eruditas anécdotas. No obstante, hay que avisar que este libro sorprenderá a muchos de los lectores habituales de Bryson, pues tiende a contar mucho más de lo que estamos habituados sobre sí mismo y, además de centrarse en gran medida en historias sucedidas a lo largo del sendero (el mayor mérito de la película consiste en representar las más graciosas en el tono adecuado), encontramos a un autor menos académico, con mucha más propensión a poner a caldo a una amplia parte del mundo, y una habilidad para usar el sarcasmo que raya la más irreverente bordería. El film, por otra parte, y siguiendo las convenciones ya clásicas en Hollywood, modifica varios de los episodios fundamentales para adquirir una dirección lineal y un mensaje cristalino (algo que la vida real suele proporcionar en bastantes pocas ocasiones), pero cumple con la función de reflejar no tanto la esencia principal de "Un paseo por el bosque", como al menos lo que Bryson quería transmitirnos que significó, para los implicados, este viaje. En definitiva, un libro que nos hace aprender, reír, pensar, y que sirve de base a una película imperfecta, aunque entretenida y protagonizada por magníficos actores. Para un viaje de varios cientos de kilómetros sin levantar un pie del suelo, no está nada mal.

lunes, 6 de abril de 2020

El libro de abril: "En casa", de Bill Bryson


Bill Bryson es un divulgador científico conocido por ser capaz de entremezclar erudición con una narración entretenida y cargada de humor. En "Breve historia de casi todo" jugaba prácticamente con todo el universo conocido desde el Big Bang hasta nuestros días y, en el libro "En casa. Una breve historia de la vida privada", se marca un objetivo más modesto pero no menos apasionante, que es el describir el origen de los usos, costumbres, organización, estructura y componentes del lugar donde pasamos buena parte del tiempo, es decir, nuestros propios hogares. Lo cual sirve como excusa para discurrir sobre un montón de asuntos distintos, pues de hecho llama la atención que los primeros temas a los que Bryson dedica su atención son la exposición universal de Londres de 1851, la cantidad de dinero y tiempo libre del que disponían los vicarios en Inglaterra, el por qué los seres humanos tienden a residir en casas (un buen motivo para hablar de la revolución Neolítica), o cómo al principio todas las viviendas consistían en una única habitación, y luego empezaron a estructurarse en compartimentos distintos los cuales evolucionaron en nombres, usos y desarrollo a lo largo de la Historia. Hay unos pocos defectos que podemos atribuir a este libro de Bill Bryson, y es que a lo largo del camino te encuentras opiniones con las que puedes no estar de acuerdo -esto, en muchos libros, es inevitable-, interpretaciones que otros hubieran realizado de un modo distinto -pecata minuta- y, de manera más dolorosa, varias incoherencias, como si Bryson se hubiera dedicado a acumular datos a partir de sus lecturas sin dirigirse a las fuentes originales (o quizás son éstas las que son contradictorias; por cierto, dichas fuentes son, por supuesto, mayoritariamente anglófonas): lo que no le puedes negar en absoluto es que te relata historias apasionantes, o al menos lo hace de un modo lo bastante divertido como para mantener el interés. Por ejemplo, al hablar del espacio de la cocina -te habla también del desván, del pasillo, del dormitorio, y hasta del lavadero-, Bryson te menciona un libro del siglo XIX sobre el manejo de las tareas domésticas escrito a base de copiar/pegar/plagiar directamente otros muchos textos y que estaba lleno de contradicciones, pero que tenía dos virtudes muy destacadas: era muy extenso (hablaba de casi todos los temas posibles relacionados con el manejo de una casa, aunque desaforadamente más de unos que de otros, y en especial de cocina, lo cual tiene mucha gracia, teniendo en cuenta que por lo visto se nota que a la autora no le gustaba nada cocinar), y era muy rotundo. Es decir, opinaba de modo tajante sobre muchas cosas, incluso aunque muchas veces expresara de manera radical dos ideas opuestas sobre el mismo tema. Bryson cree que allí residía el secreto del éxito del libro, porque toda una generación de amas de casa victorianas que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo corrían ese libro a buscar el consejo (sobre cualquier asunto) procedente de una señora que probablemente tampoco tenía ni idea de lo que decía, pero lo afirmaba con una seguridad en sí misma tan contundente que les convencía de que tenía razón. Bill Bryson discurre (y, en esta ocasión, con menos obstinación que sabiduría) acerca de otros muchos temas apasionantes: de la relación de los señores con sus criados, y de las condiciones de vida de cada estamento; de cómo se aprendió a conservar los alimentos (aquí, un breve resumen sobre de qué modo el empleo del hielo cambió la forma en que comemos y transportamos las cosas); de los métodos por los que se consiguió luz artificial durante la noche; de arquitectos megalómanos, de artesanos, inventores y trabajadores manuales. Historias sobre la comida y la bebida (la sal, las especias, el café y el té), sobre los materiales de construcción (y cómo la obtención de éstos afectó a nuestro entorno), sobre los sistemas de comunicación, sobre en qué se gastaban dinero los millonarios cuando no había impuestos (resumen: tenían tanto que no sabían en qué gastarlo, y lo empleaban en actividades completamente desmedidas; mientras tanto, sus criados trabajaban un altísimo número de horas y lo mismo dormían sobre el suelo), sobre la salud y la muerte, la infancia, la moda, o la conservación de los objetos antiguos. En definitiva, un libro para aprender en profundidad cómo vivían nuestros antepasados, que quizás por ello nos enseñe bastante sobre nuestro futuro o nuestro presente. Mientras tanto, que habitéis bien (o al menos, todo lo bien que os permitan las circunstancias) vuestras casas. Un abrazo.