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miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.

domingo, 1 de marzo de 2026

El libro y la historia real de marzo: "El curioso caso de Mary Mallon", o la historia de Mary la Tifoidea


El caso de Mary Mallon es relativamente conocido en la profesión médica. A principios del siglo XX, en la ciudad de Nueva York, se encontró a una mujer que era portadora asintomática de la fiebre tifoidea, una enfermedad transmitida sobre todo a través de la comida cruda. La fiebre tifoidea, en aquella época, era muy mortífera, y no existía ninguna clase de tratamiento. Mary Mallon -a partir de entonces, apodada por la prensa con el peyorativo nombre de "Mary la tifoidea"- trabajaba como cocinera, con lo cual ella, sin sentirse afectada por la enfermedad, estaba transmitiéndola a las personas a quienes servía a partir de aquellos alimentos que no se cocinaban mediante altas temperaturas. Se dice que Mary Mallon llegó a transmitir la bacteria letal a 30 personas, de las cuales murieron 3. La cuestión que se plantea, de cara sobre todo a la clase médica, es que tuvieron que prohibir ejercer su profesión (y, eventualmente, ante la falta de colaboración, encerrar de por vida) a una mujer que en realidad no era culpable de ningún crimen, pues nadie le había acusado de provocar las muertes a propósito. Y, sin embargo, se la castigó con un régimen similar al de los condenados por asesinato. Desde luego, el dilema ético es apasionante.

Anthony Bourdain, el célebre cocinero que se convirtió en escritor sobre gastronomía (con una biografía personal también muy turbulenta), decide escribir sobre este caso. Y se pone de parte de Mary. Por muchos motivos bien justificados. Se dice que Mary no era muy colaborativa, pero pensad que estamos hablando de una mujer de origen irlandesa y orígenes humildes -en una época donde el clasismo, la xenofobia y el machismo campaban a sus anchas- que de repente es acusada por los médicos de ser poco menos que una asesina, una transmisora de muerte con patas, una mujer sucia y que no se lava adecuadamente las manos. En ese sentido, es normal que Mary lo negara todo y no quisiera hablar con los sanitarios. Bourdain, además, habla desde su experiencia como cocinero: teoriza sobre lo duro que sería para Mary dejar de ejercer su profesión, tanto a nivel económico como de autoestima personal, y toma partido por todos aquellos profesionales de la gastronomía que han acabado tan hartos de su profesión que en buena parte descuidan hasta la parte de la higiene. (Un inciso respecto a esto: hay un debate que Bourdain no llega a zanjar sobre si Mary se lavaba suficientemente las manos al cocinar. Este debate es muy difícil de resolver por varios motivos: 1) la poca disposición a hablar por parte de Mary, que desconfiaba de los médicos; 2) el debate eterno: ¿qué es lavarse bien las manos?; porque a todo el mundo le parece que se las lava lo suficiente; 3) lo difícil que hubiera sido hacer experimentos sobre este asunto. Mi teoría, a partir de lo que he leído del libro y de lo que sé como licenciado en medicina, es que seguramente Mary hacía bien su trabajo, porque, si no, los brotes por fiebre tifoidea hubieran sido mucho más frecuentes. Lo que pasa es que todo el mundo sabe -y más desde la epidemia de COVID- lo complicado que es lavarse exhaustivamente bien las manos todas las veces que se requiere, y que siempre hay fallos que, en un individuo normal, no se notan. Pero que, en una persona portadora de la enfermedad, pueden desencadenar el desastre).

Bourdain se muestra empático. Además, trata de rastrear, a pesar de la escasa documentación disponible, todo lo que sabemos sobre Mary, y e intenta que nos hagamos una idea de su contexto y sus condicionantes. Como digo, toma partido por Mary, y quizá le coge algo de inquina a los médicos, pero creo que en este caso, más que culpables, sobre todo hay víctimas: víctimas de la falta de desarrollo de la medicina hasta entonces, víctimas de una enfermedad que aún hoy causa numerosos muertos, víctimas de la falta de antibióticos. Es una historia que conviene recordar hoy en día, cuando tenemos vacuna contra la fiebre tifoidea, una que nos salva la vida a diario, a nosotros y a las personas de nuestro entorno. Conviene, pues, leer este interesante libro y no olvidar este caso, para que no volvamos a aquellos tiempos en que ocurrían desgraciados casos como el de Mary Mallon.

lunes, 18 de agosto de 2025

La historia corta de agosto: "La lectora de hospitales"

                Dicen que no tiene nombre, ni pasado, ni dueño: no se le conoce contrato alguno. Eso sí, aparece por los hospitales de vez en cuando. En concreto por las UCIs, por las UVIs, por las plantas donde descansan los enfermos que, desarmados y cautivos, no tienen ni fuerzas para coger el móvil porque no pueden levantar los brazos. No importa lo restringido que sea el acceso, a ella siempre la dejan pasar. A veces, incluso se la ve con un traje de protección biológica de esos que salen en las películas, y se pone al lado de la cama de un enfermo: eso sí, siempre con un libro en la mano. Su voz cálida y melodiosa narra toda clase de historias: desde obras infantiles (para niños, o adultos que, merced a la demencia, o simplemente a encontrarse en una situación vulnerable, han retornado a su niñez) a las más sesudas novelas decimonónicas. Se la ha visto leyendo ensayos, revistas del corazón, obras de Corín Tellado o incluso -sin aparente rubor en las mejillas- volúmenes de tapas blandas, provocadoras portadas, y frases subiditas de tono. No le hace ascos a nada, acepta las peticiones de los usuarios, y ninguna lectura hace que interrumpa su prosodia, ni provoca en su garganta el más mínimo temblor.

                Nadie sabe de dónde ha venido esa joven ni por qué lo hace. Pero los pacientes desean, en su fuero interno, “ojalá, en cuanto ella se halle en una circunstancia similar, tenga a alguien que le lea también…”

lunes, 23 de diciembre de 2024

Las historias reales de diciembre: hilos de "llámalo X"

Para aquellos que no podéis o no queréis meteros en esa cosa rara en la que Elon Musk ha transformado Twitter, hilos de esa red social, accesibles para todos los ojos, y que tratan variopintos temas: por ejemplo, el hombre que quiso viajar al pasado para salvar a María Antonieta; el volcán que casi se carga una isla, dañó a un país, y que seguramente creó la tumba más grande del mundo; y cómo un gusano asqueroso es la inspiración para el símbolo de la medicina. De paso, ya que andamos de recopilatorios navideños, podéis explorar los distintos hilos que hemos publicado a lo largo de este año, o de los pasados. Que los disfrutéis.

lunes, 18 de noviembre de 2024

El relato de noviembre: "Borrado"

El juez ajustó sus gafas de montura metálica sobre la nariz para de esa manera escrudiñar mejor la pantalla de su ordenador.

-Bien… Tenemos aquí un caso de…

-Asesinato, señoría.

El juez levantó la vista.

-¿Disculpe? -se dirigió hacia la acusada, fijándose por primera vez de manera detenida en ella. Era una joven morena, no sólo en cuanto al cabello, sino en cuanto al cuerpo, aunque costaba fijarse, porque buena parte de su la superficie expuesta se hallaba cubierta de tatuajes.

-He dicho “asesinato, señoría”. Por si no ha quedado claro.

 -¿Sabe que no es habitual que la acusada alce la voz en esta fase del proceso, verdad?

  -Sí, lo sé.

-“Lo sé”… señoría.

-Disculpe, señoría

-Por ese tipo de cosas es por lo que la gente suele requerir un abogado, y no asumir su propia defensa.

-No hará falta, señoría; creo que es más fácil que todo lo referente a esta cadena de sucesos se lo cuente yo misma.

El juez musitó brevemente.

-Bueno… Por muy irregular que resulte… quizá eso sea lo mejor -pensó al reflexionar acerca que quedaba poco para la hora de comer, y que le gustaría ir abreviando-. ¿Por qué no nos relata su historia… desde el principio?

-Eso es lo que esperaba, señoría. Todo empezó cuando yo salí de casa aquella mañana, habiendo dejado a un chico en mi cama. Ya sabe, el típico polvo de una noche del que no quieres saber nada al día siguiente…

El fiscal se levantó como un resorte.

-¡Protesta, señoría!

-¿En base a qué? -preguntó el juez, aunque le agradaba la interrupción. Sentía que la acusada no iba a adaptarse a las normas clásicas de un juzgado, y le convenía una pausa al respecto. El problema era que el fiscal se había levantado más por instinto que por una razón jurídica argumentada, así que sólo pudo farfullar, a duras penas, un:

-¿Qué tienen que ver… las actividades nocturnas de la acusada… con el asunto que nos ocupa?

-Oh, nada en realidad -argumentó la muchacha-. Pero proporciona contexto, y aporta una nota de color. Si estuviéramos en una película, diría que sirve para comprender mejor la motivación del personaje.

 

Cuando la mujer salió del edificio, pudo sentir los rayos del sol calentando el tatuaje tan peculiar que tenía dibujado en la nuca. Precisamente, acerca del cual, el chaval nórdico que aún dormitaba entre sus sábanas se hallaba soñando justo en el instante antes de despertar.

Cuando se levantó, le extrañó no encontrar a la chica con la que se había acostado la noche anterior, y en cuyo apartamento se encontraba. Y le sorprendió más todavía localizar una nota que decía: “Siento haberte dejado así, pero tenía que irme a trabajar. No te conozco de nada, así que podrías ser perfectamente un ladrón y desvalijarme la casa. Pero creo que sé calar a las personas, y estimo que no harás eso. Aun así, si me robas, puedes llevarte lo que quieras menos los ordenadores y los discos duros: ahí tengo toda mi vida. Llevártelo sería para mí una putada, y estoy seguro de que eres buena gente, así que apostaría lo más preciado que tengo a que no eres capaz de eso. Cierra sin llave, y que te vaya bien”.

 

-Dígame -detuvo su disertación el juez-, ¿suele hacer esas cosas muy a menudo?

-Señoría, éste es el tipo de comportamiento que…

 El magistrado acalló al fiscal; la acusación se estaba enardeciendo demasiado en sus protestas, y si él había hecho una pregunta, era porque pretendía saber la respuesta.

-En ocasiones, señoría. Me dejo llevar mucho por mis impresiones. He sufrido muchos chascos, sí, pero suelo acertar la mayor parte de las veces. Además, tampoco le había dicho a este chico la verdad al cine por cien: en realidad, guardo copia de todo. Los archivos se almacenan de manera automática en línea con un ordenador que tengo en casa de mis padres. Digamos que, si hubiera perdido algo aquel día, sería en pago por un exceso de credulidad, pero nunca nada irrecuperable.

 -Entiendo -garabateó el juez unas pocas frases en un papel-: prosiga.

 

Un rato después, la chica se encontraba detrás de su mesa en el centro médico. Entonces, entró en el edificio una mujer de mediana edad. De vestimenta elegante, bolso de marca, peinado de peluquería de postín… La típica persona que dirías que no tiene un problema en la vida. Y, sin embargo, el azoramiento que transmitía, la sensación de agobio, no le pasó desapercibida a la intuitiva muchacha, quien preguntó rápidamente si la podía ayudar.

La mujer iba a hablar pero, antes de decir ninguna otra cosa relacionada con el motivo de su visita, del fondo de una garganta cargada de resuello le salió, directamente del estómago, y sin pasarle por el cerebro, una frase:

-Me encanta ese tatuaje.

Hubiera sido un problema, dada la profusión de adornos que la recepcionista desplegaba a nivel de la piel; pero, por suerte, el dedo de la mujer señalaba claramente el retrato de un violinista sobre una luna, cargada de cráteres, la cual flotaba etérea a nivel de su antebrazo.

-Ah, sí. Tengo varios dibujos relacionados con la Luna. Es por mi nombre -se señaló la chapa que adornaba su camisa de trabajo, “María Luna”-. Lo comparto con unas montañas y con un lago, entre infinidad de accidentes geográficos. Y todos llevan al mismo sitio: a mí.

Sonrió. Aquel gesto pareció tranquilizar a la mujer y sus tribulaciones infinitas.

-Cuando yo era pequeña -comentó la recién llegada- mis padres me quitaron el chupete. Como me costaba muchísimo desprenderme de él, me dijeron que se había quedado en la Luna. A partir de entonces, me convertí en una experta en exploración espacial. Medio en broma, medio en serio, me repetía que, desde que yo había nacido, el ser humano no había vuelto a visitar su superficie, y por tanto no podían recuperar mi chupete. Así que cuando China anunció una expedición a la Luna, estuve siguiendo la retransmisión, como otros devoran con pasión un partido de su equipo de fútbol. Sabía que todo aquello era un chiste, pero, de alguna manera, el recuerdo de aquella mentira cariñosa de mis padres me hacía creer que, quizá, un día los astronautas encontrarían mi chupete, y se sorprenderían enormemente de lo que habían encontrado allí.

La mujer se llevó la mano a la boca:

-Qué estupidez. Le estoy contando esta tontería sin ningún sentido, tan personal, sin venir a cuento… Debe de pensar que soy una loca.

Sin embargo, María Luna no creía eso. Se acordaba de aquella vieja leyenda según la cual, Caín, cuando fue condenado a vagar por la Tierra, acabó en la luna, y fue por tanto el primer extraterrestre, y el primer selenita, recordándole que detrás de un símbolo tan maravilloso como nuestro satélite también existe también un lado oscuro, uno que todos llevamos detrás (como la propia Luna, meditó) y que por lo común no sale a la luz. También reflexionó para sus adentros: “me ha contado algo muy personal. Me corresponde contarle algo muy personal también”.

-Ese tipo de sensaciones nunca son estúpidas. Por mucho que nos cueste explicárselas a los demás. Un día, no sé por qué, teniendo una de estas típicas conversaciones en las que arreglas el mundo, hablando de novios, una amiga me comentó que una compañera suya creía que había algo mucho peor que unos cuernos: que tu pareja se quede con las ganas de acostarse con alguien y no lo haga. Decía que ese resquemor es el que acaba destruyendo una relación. En aquel momento yo me reí (“claro, sí, esa opinión es de tu amiga, ja, ja”), pero luego, con el tiempo, y cierta madurez, me he dado cuenta de que, seguramente, en unas cuantas circunstancias, tenía razón. Y me pregunté qué historia había detrás de aquella chica…

La mujer se quedó congelada ante ese comentario, como si le hubiera tocado una fibra muy sensible de su ser. Tanto, que sólo entonces pareció darse cuenta de que llevaba en la mano un marcador, el típico separador de páginas entre libros, de un color enarcado muy llamativo. La mujer alargó la mano para pasárselo a la chica de la mesa, quien lo asió con delicadeza: se fijó que sobre el separador de papel había una marca grabada, una especie de rayajo hecho a bolígrafo. Era el típico detalle que solía fijarse, en las bibliotecas, cuando alguien se había dejado un marcapáginas olvidado en algún volumen prestado. El clásico recordatorio (junto con tickets, listas de la compra olvidadas, papelitos con anotaciones) de que los seres humanos somos capaces aún de pasarnos cosas mano a mano, transmitiendo de alguna forma una especie de conexión.

-Puede quedárselo -argumentó la mujer, con las mejillas rubicundas de pudor, para estupefacción de la receptora; a continuación, la paciente rogó, como en una disculpa-. ¿Puedo ver al médico, por favor?

               

-Señoría, sigo sin saber a qué nos lleva todo esto -rezongó el fiscal.

-La verdad es que yo tampoco lo entiendo, señorita.

-¡Aquel diálogo…!-expresó la joven-. Había sido una conversación sincera, abrupta y sin tapujos, entre dos personas que no se conocían de nada. Sabía que esa mujer había pasado por un momento dramático, porque, de no ser así, no se hubiera abierto ante mí con esa sinceridad. Es importante que ustedes sepan lo profundo que llegó a ser ese momento, para que lo puedan entender en toda su magnitud… Sobre todo…

-¿Sobre todo por qué, señorita?-la tiró de la lengua el juez, al darse cuenta de que titubeaba.

-Sobre todo porque, cuando nos volvimos a ver, ella no se acordaba de nada.

 

El rostro de María Luna se había tornado lívido después de aquella última interacción. 

 -¿Te pasa algo?-le preguntó su compañera.

Claro que le pasaba algo. La mujer había vuelto, un tiempo después, al centro médico. Había pedido, una vez más, ver a los doctores. Sin embargo, no había reaccionado en absoluto cuando María Luna le recordó la conversación (“el tatuaje, ¿lo ve?”). No la había ignorado, no trataba de fingir que aquel hecho no había ocurrido: era puro y diáfano olvido. Como si su mente se hubiera quedado en un apabullante blanco, que había golpeado a María Luna con toda su brutalidad.

 -A lo mejor se le ha olvidado -le comentó una compañera-. Tú misma has dicho que estaba muy alterada cuando vino aquella vez.

-Una charla así no se olvida. Tiene que haber ocurrido algo antes.

  Empezó a repasar los archivos.

 -¿A qué ha venido?-preguntó a su compañera.

 -Tiene una operación… de cierta importancia. Le han detectado un aneurisma y se lo van a quitar. Hace unos años hubiera sido una operación imposible, pero estos cirujanos han desarrollado una nueva técnica que permite eliminarlo con una sencilla operación -a aquella enfermera le encantaban los procedimientos médicos, y se explayaba en explicárselo a propios y a extraños, sin importarle demasiado si se hallaban interesados en el proceso-. Luego sólo requerirá que permanezca vigilada durante el postoperatorio una noche y, después, a casa. Habrá eliminado una bomba de relojería que podría haber acabado en su vida en cualquier momento, y lo más probable es que, como contrapartida, no tenga ningún efecto secundario. Es verdad que aún no han depurado del todo la técnica, algunos se quedan todavía en el quirófano, pero la inmensa mayoría…

-Ey, mira esto…

La enfermera se acercó a contemplar el registro que su amiga había desplegado en la pantalla.

-Tía, no puedes mirar esto. Son sus datos personales, te la puedes cargar.

-Pero fíjate… Fue a la Unidad de Borrado el mismo día que habló conmigo, unas cuantas horas más tarde. Ahí pasó algo, y tengo que averiguar qué es.

-Te estás metiendo en un lío…

 

-Y se estaba metiendo usted -proclamó el fiscal.

-No tenía dudas acerca de ello -expresó María Luna-. Sin embargo, no tenía más remedio: yo aún no lo sabía, pero a aquella mujer tan sólo le quedaban veinticuatro horas de vida.

 

Un rato más tarde, María Luna se encontraba sentada al lado de un chico joven con perilla y fino bigote, muy estiloso. Al chico, ella le gustaba, y eso se notaba a la legua. Probablemente por eso se encontraba explicándole con detalle a María Luna su trabajo:

-Esta pastilla, realmente, fue una revolución. Cuando se descubrió que este medicamento podía actuar sobre la formación de recuerdos, se abrió un mundo nuevo de posibilidades. Se había investigado mucho para el estrés post-traumático, para ver si era posible eliminar los recuerdos aquellos episodios terroríficos que nos atosigan durante años, pero sus efectos, en los casos antiguos, han sido bastante discretos. En cambio, es buenísimo para memorias que no se han aposentado todavía. Si vives una mala experiencia, tómate esto antes de dormir, y se te olvidará todo lo que haya ocurrido a lo largo del día anterior: incluyendo aquel acontecimiento que tanto te perturba. En algunos casos, por supuesto, no podrás eliminarlo del todo: te acabarás enterando de que un familiar tuyo ha muerto, pero al menos no almacenarás en la mente el trance tan duro que viviste cuando lo pasaste. Quizá, en cambio, sí que acabes borrando por completo a aquella imagen del soldado muerto que, repetida en tu mente, te hubiera conducido a la locura.

-¿Y en cuanto a las mujeres?

-¿Las mujeres?

-Para una mujer, esta pastilla tiene una aplicación muy evidente.

-Sí, no niego que es de las primeras ideas para las que se en su tiempo se especul…

-Pero no te puedes tomar la pastilla sin más, ¿no? -fue al fondo del asunto María Luna-. Tienes que hablar antes con una persona que te la recete. Que te confirme que, en efecto, este medicamento es lo más adecuado para pasar el trauma; que te comente lo que puedes esperar. Y a quien se lo cuentas todo, ¿verdad? Porque no queda eliminado de manera absoluta, ¿no es cierto?

-Es cierto que nos relatan lo que les ha sucedido, para que podamos valorar la idoneidad del tratamiento, y también lo registramos, por si acaso, en algún momento, alguien aspira a recuperar esos recuerdos. De hecho, el paciente puede solicitar que le mandemos un mensaje, indicándole que tiene un trozo de su pasado aquí almacenado, por si le apetece averiguar…

-O sea, que existe un registro escrito…

-Eeeeh… Sí… Pero nadie pude acceder a él: se encuentra terminantemente prohibido…

María Luna se fijó en que, mientras el hombre rehuía su mirada con los ojos, su vista se concentraba en una parte de su anatomía.

-A la gente le suelen llamar mucho la atención mis tatuajes.

-De hecho, hace un rato que estoy pensando en cómo quedaría uno de ellos sobre mi piel.

-¿Por qué no lo probamos ahora mismo?

 

-¡Señoría!

-En mi descargo -adujo María Luna-, el chico era mono. La verdad es que no me importó ni lo más mínimo sonsacarle así la información.

 

-Qué asco -decía María Luna mientras pasaba las páginas del informe en la tablet, con los dos en la cama-. Que esto le tenga que pasar a tantas mujeres, tantas veces…

-Por lo menos, la cosa no acabó de la peor manera posible -replicó el joven-. Parece que el tipo se entretuvo más de lo que debía, gritó demasiado, acabó alertando a unos vecinos, y salió corriendo. La mujer sólo se llevó un susto.

-Pero menudo susto… No me extraña que la pobrecilla quisiera desterrarlo de su mente.

-Sí -suspiró el muchacho, mientras se ponía la ropa-. Por desgracia, en esto consiste buena parte de mi trabajo… Tiene sus cosas buenas, pero también…

-De todas maneras, aquí hay algo que no me termina de cuadrar -siguió rebuscando detalles María Luna en el expediente-. Todo esto ocurrió después de salir de la consulta del médico. Y en cambio, cuando yo la vi, ya se encontraba abrumada.

Hubo un largo intercambio de miradas entre los dos.

 -¿Y?-replicó él.

-¿Cómo que “y”? Una mujer viene rota a una consulta médica. Acude en un estado atroz, con mal cuerpo… ¿Y justo unos instantes después, está a punto de que cometan con ella una agresión sexual?¿No son muchas casualidades el mismo día?

 El otro se encogió de hombros.

 -Las casualidades ocurren. Continuamente. Además, ¿no dices que el motivo de la consulta era discutir qué hacían con un aneurisma? Eso deja descompuesto a cualquiera.

-Ya, pero la cita estaba concertada con semanas de antelación; era algo que seguramente ya había analizado, estudiado, digerido… No, la mujer que yo vi acababa de sufrir un shock reciente. Un revés que no se esperaba, que la pilló de sorpresa… Me pregunto qué sería…

El chico frunció los labios.

-La verdad, no sé decirte… Estuvo muy nerviosa todo el tiempo que estuvo aquí, pero con lo que había pasado, no me extrañó nada. Bueno, sí -se llevó la mano a los labios-. Cuando la estuve informando de los efectos secundarios (la rutina habitual) acerca de que olvidaría prácticamente cualquier evento dentro de las últimas veinticuatro horas… Se llevó la mano al bolso, no sé si para buscar el móvil… Pero de repente, encontró un marcapáginas y ahí fue como si le diera ya igual el resto. Lo dejó a un ladito y me dijo: “bórralo todo”. Recuerdo que aquella conducta me llamó mucho la atención.

A la joven se le iluminó la mente.

-¿No tendrás por ahí todavía ese marcapáginas?-inquirió ansiosa María Luna.

-Ahora que lo dices, si no lo he tirado, quizá…

 

-Un par de marcapáginas con extrañas marcas inscritas. Eso era todo lo que tenía; aunque tuve suerte; tenían un logo que los identificaba como pertenecientes a una biblioteca municipal. Así que me encaminé allá. ¿Cómo describirles -y, sobre todo, para qué aburrirles con ello- cada una de las pesquisas que hice? Observar quién se encontraba en el mostrador de recepción y, por sus caras, intuir todo lo que sabían, y asimismo lo que callaban. Constatar cómo, aparentemente, los marcapáginas se distribuían a modo de regalo entre los usuarios, pero unas veces sí y otras no. Preguntarles a los asiduos de la biblioteca pública si alguna vez los habían recibido. Aprovechar la pausa para fumar de una de las bibliotecarias para preguntar a fondo. Y al fin, descubrir la verdad: el marido de la mujer que nos interesa, la mujer-problema (por alterar la connotación negativa que normalmente se adscribe a ese término) estaba enviando mensajes a su amante, la bibliotecaria, a través de los marcapáginas de los libros, y ella le estaba mandando misivas de vuelta. Las señas en el marcapáginas, que yo había encontrado escritas a lápiz o a bolígrafo, eran códigos, disfrazados de inocentes rayajos, que indicaban disponibilidad y un lugar donde quedar. El día en que la mujer del misterio acudió al médico, acababa de pasar por la biblioteca, donde le había montado un escándalo a la amante, después de confirmar sus sospechas. Luego, había acudido al médico, donde había tenido lugar nuestra trascendente conversación. Seguramente fue ese diálogo la que incitó a aquella persona, inmersa en tantas zozobras interiores, a abandonar el marcapáginas en la Unidad de Borrado de Memoria (no se llama así, pero todas la conocemos por ese nombre; ya me entienden, ¿no?) y decidir olvidar. Olvidar: precisamente lo que pretendía su marido cuando mandó a esa persona a atacarla. Porque sí: no fue una casualidad, la envió él. Hoy en día no es difícil hacer eso: en la Dark Web hay tarifas, e incluso subastas donde puedes pujar hasta alcanzar un precio por matar a alguien, violarla, o simplemente darle un susto, en un plazo razonable de tiempo y dinero. Por desgracia, realidades como ésta forman parte de nuestro descarnado y proceloso mundo normal.

-¿Entonces, ése era el objetivo?-interrogó el juez, perplejo-. ¿Borrar una simple infidelidad?

-Las infidelidades, señoría, no tienen nada de simples. Menos todavía, como luego nos enteramos, cuando era ella la que poseía todo el dinero, y él quien lo perdería si ella se divorciaba. Pero no, ése no era el propósito; no es tan fácil destruir recuerdos, no así como así. Quizá se te olviden las últimas veinticuatro horas, pero no los indicios anteriores, esas primeras contradicciones que te han llevado a atar cabos: si tienes posees suficientes, por mucho que hagan tabla rasa de tu memoria, quizá averigües mañana lo que ya descubriste el día anterior. No, su marido no tenía la intención de eliminar una infidelidad. Quería hacer algo mucho más sencillo: pretendía posponer una cita médica.


Una operación quirúrgica programada, por definición, no suele ser algo muy emocionante; los cirujanos, con precisión, abren, cortan, extirpan, tratando de realizar su trabajo con máxima minuciosidad; si fallan, el error les perseguirá a lo largo de toda su vida. En cambio, si aciertan, aquello será sólo un día más, que no habrá necesidad de recordar, ni que aniquilar con una pastilla.

Después, durante el postoperatorio, la paciente permanece tumbada en la cama, dormida. Un gotero le suministra morfina para aplacar el dolor. El medicamento procede de una máquina que está preparada para proporcionarla al ritmo y cantidad adecuadas. Salvo que la máquina haya sido modificada, y la dosis que viene de camino, y que cae lentamente a través de gotitas resbaladizas, haya sido ajustada para producir la muerte…

Hasta que un par de dedos, con fiereza, aprietan el cable e interrumpen el flujo del gotero.       

-¡Pero señora!, ¿qué hace? -grita histérico el enfermero.

-Cállese; sé lo que me hago -esgrime María Luna-. Avise a los médicos: si suelto estos dos dedos, el paciente morirá. Por favor, vaya deprisa.


La mujer, de cabellos blancos y gafas redondas, se colocó sobre el puente de la nariz estas últimas (quizá en un movimiento reflejo que copiaba al del juez) mientras prestaba declaración.

-Lo cierto es que tenía razón. Ella le había salvado. El gotero había sido hackeado para que mandara una concentración anormalmente alta de morfina que provocara el fallecimiento del paciente. Si no hubiéramos estado advertidos, ni tan siquiera lo hubiéramos mirado: habríamos atribuido la muerte al aneurisma y a la operación, como sigue ocurriendo aún en un cierto porcentaje de los casos. Fue la acción de… esta señorita -señaló a la acusada- la que nos puso sobre la pista.

-Dígame -solicitó el juez, que se sentía ya muy cómodo recabando información por sí mismo-, ¿es normal que se pueda -iba a decir “piratear”, pero prefirió un vocablo más técnico- interferir con esta clase de aparatos?

-Hasta ahora le hubiera dicho que no, doctor. Sin embargo, tuvimos una vulnerabilidad hace unos cuantos meses. Como sabe, los servicios informáticos de un centro médico están interconectados y, varias fechas atrás, sufrimos un hackeo: un grupo terrorista nos pedía una cantidad descomunal de dinero, o si no, todos nuestros dispositivos digitales colapsarían. Ahora mismo, toda la medicina depende de ordenadores, o de aparatos que se manejan en red. Significaría que no podríamos hacer nada: todo el sistema se vendría abajo. No podríamos trabajar, ni operar, los pacientes morirían en cuestión de horas, o quizá días. A raíz de este suceso, le pedimos una revisión externa a una compañía, que dispuso una reorganización general a nivel de todos los equipos, Incluyendo, aunque no éramos conscientes, la posibilidad de acceder en remoto a las bombas que suministran morfina mediante goteros. En un principio, esa centralización no nos hubiera importado: de hecho, es política habitual en algunos hospitales, para evitar modificaciones no registradas. Pero después de esto, tendremos que revisar nuestros protocolos.

-Y la reestructuración informática la había llevado a cabo…

-La empresa del marido de la paciente, señoría. Sin duda fue de eso de lo que se aprovechó. Era consciente de que, si se retrasaba la operación del aneurisma, entraría en juego el nuevo sistema que él mismo había instalado, y que él tendría la posibilidad de manipular.

-¡Protesto, señoría!¡Es una especulación!-argumentó el fiscal.

-Sigamos especulando un poquito más -prosiguió impasible el juez-. Señorita -volvióse de nuevo hacia la acusada-… Usted ha declarado que, al tener acceso a la ficha médica de la paciente, sabía que la fecha de la operación dependía de que esta última enviara un correo electrónico al servicio médico: ¿era éste el procedimiento habitual?

-No, señoría -explicó muy tranquila la acusada-. Lo normal es acordarlo en la propia cita médica: si acaso, se suele mandar, después de ésta, un correo al que la paciente debe dar confirmación.

-Pero la paciente lo había dispuesto de esa manera porque…

-Era su costumbre: ese punto lo aclaramos más adelante con ella. No le gustaba tomar las decisiones en caliente, ni que la apremiaran a tomar elecciones vitales. No deseaba la presión de un correo de confirmación. Quería ser dueña de su destino, y enviar ella misma el correo, como si, en cierta manera, tuviera control absoluto sobre su enfermedad. Y así lo hubiera hecho, de no ser porque el intento de agresión sexual, y otras cuestiones, nublaron su cabeza hasta que se olvidó de ese tema. Quizá (y esto nunca lo sabremos, al haberse producido el borrado de memoria) se le pasó por la cabeza que, por culpa de no enviar ese correo a tiempo, la operación podía retrasarse. Pero no le importaba, pues los médicos le habían dicho que la cuestión de los plazos, en este procedimiento concreto, no era vital. Y, en aquel instante, ya se encontraba lo bastante atormentada como para tomar una decisión más.

-No obstante, hay algo que se me escapa -opuso el magistrado-. ¿Cómo sabía el esposo de la paciente que esta última iba a proceder así? Podría haber actuado de manera distinta.

-No es descartable, señoría; pero él jugaba con algo a favor: la costumbre. Esos hábitos que todos tenemos, que repetimos, y que las parejas conocemos, y hasta predecimos, desde la cotidianidad de múltiples años de matrimonio. Una intimidad que, en este caso, quiso emplearse para matar. 

               

-Señoría, creo que ha quedado muy claro -apuntaló su argumento el fiscal-. La misma acusada ha confesado que obtuvo, de manera ilegal, datos médicos pertenecientes a la paciente, atentando contra su intimidad, y obviando su derecho a la privacidad. Con ello, creo que ha quedado demostrado que los cargos de la fiscalía se hallaban firmemente fundamentados.

 -¿Tiene algo que decir al respecto la acusada?

-No puedo sino dar la razón al fiscal: ahora bien, si no hubiera hecho todas esas cosas, no hubiéramos descubierto que el marido de la paciente… Ágata es su nombre, por cierto… Había planeado un ataque que, de acuerdo a los protocolos médicos que todos conocemos, llevaría a un borrado de memoria que colocaría a su mujer en una posición vulnerable, en la cual tendría la oportunidad de acabar con su vida. Todo lo que hice fue en pos de un objetivo mayor: evitar un asesinato. Y, si permite que me ponga poética, señoría, demostrar algo más.

-¿A qué se refiere? -a estas alturas, el juez ya estaba intrigado con las posibilidades.

-A que, en este mundo hipertecnológico que nos hemos creado, donde eres capaz de encender aparatos a distancia, y cada movimiento queda registrado de manera digital, la clave sigue siendo la interacción humana: el marido de Ágata, dueño de una empresa informática, sabía que el contacto a través de un software deja rastro, y por eso engañaba a su mujer a través de un método tan arcaico como mensajes encriptados en un papel, o en este caso unos marcapáginas; por cierto, a través de una biblioteca llena de libros, otro sistema analógico que se resiste a morir. Pero luego, cuando tuvo que improvisar, y aprovechar la cita médica que su mujer tenía ese día para intentar matarla, una vez quedó claro que había sido descubierto, utilizó esos sistemas digitales en los que tan bien suele manejarse. Sin embargo, fue derrotado también por un sistema analógico.

-¿Cuál?-ahora no pudo reprimir la pregunta la acusación. El juez ni siquiera le amonestó.

-La curiosidad humana -volvió la cabeza, hacia el fiscal, la acusada-; ésa que me hizo indagar, bucear en los detalles, adentrarme en lo que no me llaman, entrar a saco; no asumir que las casualidades, o el simple y fortuito devenir humano, se hallaban detrás de determinadas manifestaciones emocionales. El arte de la pregunta y del interés por el ser humano; o, si quieren denominarlo de una manera más liviana, la ciencia del cotilleo; una forma de ser, me atrevo a decir, que nunca morirá en el ser humano, por muchas cosas que la tecnología llegue a cambiar.

Aquella declaración había sentado como un mazazo, que produjo un hueco de silencio en el juzgado. Se produjo un carraspeo desde el lado del magistrado, quien, filosófico, esgrimió:

-Sabe usted también que esa actitud tiene un lado oscuro. Es por eso que existen leyes contra esa clase de cosas. En cierto modo, es el motivo por el que está usted aquí.

-Lo sé, señoría. Asumo esa contradicción. Y de hecho, fueron razones de ese tipo las que me llevaron a alejarme hace años de mi familia. Pero ésa -enunció con voz queda- es otra cuestión.

El juez revisó sus notas. Todo había quedado ya dicho, y sólo le quedaba emitir un veredicto. Resopló un par de veces.

-A la vista de las pruebas aquí expuestas, no me cabe duda de que la acusada ha cometido los delitos que se le imputan -declaró-. Así que voy a condenarla… por el mínimo tiempo y la mínima multa establecidos por la ley, de la cual han sido ustedes informados y por tanto conocen. Por consiguiente, la acusada no tendrá obligación de ingresar en la cárcel, a no ser que vuelva a cometer otro delito. Es usted libre. Aunque debo añadir…

Se quitó las gafas. Contempló a la acusada desde lo alto de su estrado.

-Admiro sus intenciones. Pero no intente de nuevo una acción como ésta, ¿de acuerdo? Puede que el magistrado a cargo no se muestre tan indulgente en la próxima ocasión.

María Luna asintió.

-Señoría, lo entiendo perfectamente.


Fuera del juzgado, las nubes se cernían plomizas en el cielo, pero para María Luna era, en cambio, el más despejado y luminoso de los días. No sólo porque salía libre (cosa con la que no hubiera contado unos cuantos minutos atrás), sino porque afuera esperaba el espléndido rostro de Ágata, ahora libre de la amenaza de muerte y destrucción que, desde que la conoció, sobrevolaba por encima de su cabeza.

-Ya me he enterado del resultado -le explicó la mujer desde los escalones que descendían a la calle-. Enhorabuena.

-Eso está muy bien, pero hablemos de cosas importantes -respondió María Luna-. ¿Qué tal estás tú?¿Qué te han dicho los médicos?

-Por resumir: que a nivel físico, la maquinaria está perfectamente… Pero cuando les explico que mi marido ha intentado matarme… Ay, Dios mío -apoyó su cabeza, tan superada como sobrecogida, sobre el hombro de María Luna-. Tengo la sensación de que el médico quería recetarme una terapia de cariños y besos. Pero eso, ¿a qué farmacia tienes que ir para que te los vayan a dar?

-En ese aspecto, puedes estar tranquila -dijo María Luna, mientras acariciaba aquellos sedosísimos cabellos-. Creo que no habrá problema en entregártelos -sentenció.

Las dos bajaron los escalones del juzgados de manera casi sincrónica, abrazadas, sin necesidad de dirigirse a ningún lugar.

lunes, 14 de octubre de 2024

La historia corta de octubre: "Niña sirena"

        Hoy ha salido la noticia en los periódicos: la niña sirena, esa monstruosidad de la naturaleza la cual fue operada con notable éxito por unos brillantes cirujanos para restituirle sus nunca poseídas piernas, ya ha dado sus primeros pasos.

          Cuando estaba en el vientre de su madre, la niña, lejos de tomar su condición como una aberración o capricho del destino, lo asumió como una condición ideal. Sumergida en el líquido amniótico, chapoteaba de un lado para otro, y lejos de dar pataditas, se dedicaba a bucear y a cerrar los ojos mientras se zambullía de nuevo en las cálidas aguas de color amarillento (algún día, al recordarlo, comenzará a darle cierto asco, al recordar que parecía y sabía a pis).

            Pero cuando nació, los médicos, sus padres, el mundo, la miraron con ojos asombrados. La vieron como lo que quisieron verla: un humano malformado. Pero se equivocaban. No era un humano: sino una sirena. Mientras constituía un animal mitológico, encajaba perfectamente con su ambiente y con su cuerpo. Considerada como humana, la transformaron en un monstruo. La operación, básicamente, la convirtió en efecto en humana: en efecto, en una humana más.

         Nadie le preguntó si quería dejar de ser sirena. Nadie le planteó la disyuntiva entre gatear y no poder saltar de la cuna (como sirena, en el mar, no hay vallas que te detengan), o seguir los bancos de peces desde el Atlántico al Pacífico. No pudo elegir.

           Hoy contempla sus piernas, con una desconcertante sensación de extrañeza, y sin saber si quejarse o si dar las gracias. Hoy, al dar sus primeros pasos, ha sido como volver a aprender a nadar.

domingo, 26 de mayo de 2024

Las historias cortas de mayo: profesionales implicados

La paciente a su médico: 

-Me ha salido un bulto en el cuello.

-Eso es que estás preocupada por algo.

-¿Yo?¿De verdad crees que estoy preocupada por algo?

-No –responde el médico cotilla-... pero suele funcionar...

*

            Durante múltiples conversaciones telefónicas diarias, un chico trata de pedirle perdón a una chica por alguna cosa, y se disculpa argumentándole que la ama.

            No será la primera vez, ni la última, que la chica, desde el otro lado de la línea, escuche para su sorpresa, a la telefonista decir: “Hija mía, lo dice en serio, yo creo que te quiere...”


domingo, 5 de noviembre de 2023

El relato de noviembre. Una novela por fascículos. El cajero (5)


Aunque esta sección casi parezca una narración independiente, se trata de la continuación de la historia que empezó aquí y cuya última entrega puedes encontrar acá.Tranquilos, que todo se acaba relacionando.

II

            El enfermero se situó ante la puerta del hospital y, mientras oteaba el mundo exterior (que incluía los ajardinados paisajes, imbuidos en el sosiego de la noche, interrumpidos tan sólo por la intempestiva presencia del parking), encendió un cigarrillo. Aspiró el humo gris unos instantes: luego, al apercibirse del sonido de pasos, arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó. Una enfermera de pelo rubio, veintipocos años y coleta se colocó al otro lado de la puerta, apoyándose sobre el umbral.

            –¿Qué?–le inquirió la muchacha–. ¿Un descansito?

            El otro realizó un gesto despreocupado.

            –Claro. Estaba pensando irme al Caribe, pero me da el tiempo justito antes del cambio de turno. Y, como no me quieres llevar a cenar o al cine, pues me tengo que conformar con la luna y las estrellas.

            Ella no dijo nada; simplemente emitió una enigmática expresión, y siguió mirando al cielo.

            –¿Cuándo vas a salir conmigo de una vez?–pasó el chico de las sutilezas al ataque directo–. Te lo llevo pidiendo más de una semana, y sigues empeñada en partirme el corazón. ¿Piensas decirme que sí algún día?

            La joven giró la cabeza, con la sonrisa pícara de un duende.

            –Saldré contigo, en cuanto dejes de fumar.

            La frase fue enunciada en un tono en apariencia neutro, aunque, para su interlocutor, recordó a la voz sugerente, tan común en el cine clásico, de una atractiva mujer fatal.

            –¡Vamos!–respondió el enfermero escéptico–. No puedo creer que te niegues únicamente por eso.

            Ella se encogió de hombros.

            –Prueba… y verás.

            El enfermero se quedó muy quieto, con los labios entreabiertos, oteando su mirada, mientras la mujer, sin perder esa cómplice mueca en su rostro, volvía la vista de nuevo hacia la luna, y hacía como si se olvidara de él.

            El enfermero, muy paulatinamente, sacó de su bolsillo un chicle de nicotina.

            Comenzó, mientras ella se reía, a masticar…

            Pasaron unos cuantos minutos. El sonido de los grillos constituía una alfombra de bienvenida que tapizaba la entrada al hospital. Ambos seguían allí, detenidos, contemplando las estrellas, como si aguardaran una señal.

            El silencio se quebró cuando, más que nada, por romper el hielo, él elevó al cielo la típica pregunta:

            –¿Qué tal ha ido el día?

            La chica se encogió de hombros:

            –Hoy me ha tocado en la 203. Ya sabes. La habitación de la chiquilla que tiene cáncer.

            –Ah, sí... Una pena. Es muy joven.

            –Pues en el momento en que estaba trayéndole la comida, había dos personas que habían venido a visitar al paciente de al lado: una era una señora mayor, la otra una muchacha joven. Mientras yo hacía mis cosas, la chica enferma ha dicho, <<Tengo frío>>, y justo yo andaba agobiada de tanto calor como hacía; ya sabes, la maldita calefacción de este hospital, que siempre la ponen a tope. Entonces, la señora mayor ha respondido, sin venir a cuento de nada, porque en realidad no se dirigían a ella: <<Pues yo no; es más, lo contrario, tengo mucho calor>>. A continuación, la muchacha se ha puesto muy triste, porque había quedado muy claro que la causa del frío que sentía era que estaba enferma... Pero en ese momento, la chiquita joven que había acudido a visitar al paciente de al lado ha añadido: <<Yo también estoy helada. Es que en mi familia hemos sido siempre muy frioleros>>. Y le ha sonreído. Entonces, la chica con cáncer ha recuperado la sonrisa (estaba muy claro que la otra lo había dicho para reconfortarla, pero tal vez precisamente por eso sonreía), y ha contestado: <<Sí, en efecto, en mi familia hemos sido siempre muy frioleros también>>.

            Se volvió hacia su compañero:

            –¿Qué te parece?

            –Una vela encendida en medio de la oscuridad que sufre esa pobre muchacha. Yo no soportaría encontrarme en su pellejo.

            –Sí; que te toque una afección como ésta, cuando tienes toda la vida por delante, es una putada. Pero bueno, una vez te ha caído la maldición encima, no tienes más remedio que soportarlo.

            Su interlocutor negó con la cabeza.

            –Yo no lo haría.

            –¿El qué?¿Cómo?¿Quieres decir…? –vaciló cuando empezó a entender.

            –No –prosiguió, indiferente, con su razonamiento el otro–. A mí me resultaría imposible aguantar tanto tiempo como ella, sabiendo que todos te miran, pendientes del más mínimo paso, y no actuar al respecto. Antes haría cualquier otra cosa.

            –¿Qué dices?¿Me estás afirmando en serio, con esa tranquilidad, que te suicidarías?

            –No, no –agitó la cabeza–; de eso no sería capaz. Me faltaría valor para ello.

            –Pues entonces, no veo que te quede ninguna alternativa.

            –Sí hay una.

            –¿Ah, sí?¿Cuál, listo? –se plantó retadora ella.

            –Una muy sencilla. Llamaría al asesino de suicidas.

            La enfermera soltó una carcajada que, en medio de la pureza de la noche, sonó clara y límpida.

            –¿Asesino de suicidas?¿Esa coña que se inventó tu supuesto amigo el periodista sobre el tipo que, a cambio de una cierta gratificación económica, te proporciona “el empujoncito” para abandonar este mundo, incluso fingiendo que es un accidente para que la familia pueda, por ejemplo, quedarse tranquila sobre tu muerte, y además cobrar el seguro de vida?

            –¿Lo de supuesto va por lo de amigo, o por lo de periodista?

            –A estas alturas no creo que exista. Ni el asesino de suicidas, ni tu “supuesto amigo”. De hecho, no creo que tengas amigos.

            –Pensaba que te había convencido de que, aparte del dinero, al tipo le interesaba también el derecho de la gente a morir con dignidad. Aunque su cobardía (o la dificultad de hacerlo ellos mismos, con todo lo que implica para las familias) les negara la posibilidad de ello. La libertad de elección de la gente y esas cosas –empezó a exponer cual consabida letanía–. Como el enterrador que no siente pena al arrojar tierra a la cara de un cadáver, sino que tan sólo cumple con su obligación. O que opina que no está matando a alguien, sino que se encuentra ayudándole en el tránsito a una nueva vida. Que no te juzga, no ofrece rollos de falso salvador ni moralinas: simplemente procura que todo ocurra de la forma menos dolorosa y más reconfortante posible. Incluso aunque crea que la chica está cometiendo un terrible error cuando permite que su novio, el lanzador de cuchillos, falle el tiro a propósito para de esa manera ahorrarle el último trago de sufrimiento. ¿Te acuerdas lo que te comenté sobre el dilema de mi amigo, evaluando si aquello estaba bien o estaba mal, si yo debía denunciarle o recomendarle en cambio que pidiera una subvención?

            –Cuéntame otro rollo, anda –repuso la mujer escéptica–, que ése está muy gastado.

            –Pues el caso –indicó el enfermero, cambiando de pierna de apoyo– es que justamente tenía otra historia curiosa que contarte acerca de mi amigo.

            –¿Algo que me pueda interesar?–preguntó ella con aire desafiante, mientras se apartaba el pelo de la cara.

            –Oh, es acerca del cuentasueños.

            La enfermera arrugó el ceño.

            –¿De qué coño me estás hablando?

            El otro masticó el chicle con aire divertido.

            –El cuentasueños. Un tipo que es capaz de ponerse en trance al lado de alguien que está durmiendo, y describir lo que está soñando.

            –¿Y eso para qué narices sirve?¿A quién le interesa lo que sueña tu vecino de cuarto?

            –Le interesa, por ejemplo, a las últimas personas a las que ha prestado su servicio: unos padres cuyo hijo está en coma desde hace años, y que de esa manera pueden conocer las ensoñaciones de su retoño.

La enfermera le contempló con una mirada sorprendentemente más crédula de lo que cabría pensar.

            –Me estás vacilando.

            –No –respondió el enfermero con aire suficiente–: me lo contó mi amigo el periodista.

            –Te lo estás inventando para hacerte el interesante y llevarme a la cama.

            –No; me lo contó para poder hacerme el interesante y llevarte a la cama.

            –No te lo crees ni tú.

            –¿Que te voy a llevar a la cama o que es cierta mi versión?

            –Ambas cosas; pero, en particular, me refería a lo segundo.

            ¿Es que habría mucha diferencia entre tu versión y la mía?

            –Pues en mi opinión, muchísima.

            –Yo no creo que haya tanta.

            La enfermera se quedó súbitamente sin respuestas.

            –En todo caso, ¿de qué va eso de leer sueños, y la conspiranoia de la dominación mundial y todas esas mierdas?

            El enfermero ignoró el sarcasmo y se apoyó contra la pared.

            –Por lo visto, mi amigo se lo encontró un poco por casualidad. Ya sabes que trabaja en la sección de sucesos del periódico.

            –Tu amigo trabaja en la sección de lo que te da la gana según te convenga.

            –Lo que provocó aquel fenómeno –le explicó el enfermero, poniéndose místico– fue, en realidad, el primer reportaje que hizo sobre el caso. Ya te imaginas, accidente de coche deja en coma a niño, padres se quedan todo el día a su lado sin saber qué hacer, lo típico en esta clase de ocasiones. La crónica fue publicada, y flotaba la sensación de que la cosa se iba a quedar ahí. Sin embargo, un par de días después, apareció por el hospital un hombre de edad madura, de origen africano. Según mi amigo, llevaba ropas sencillas, un aire majestuoso, y una mirada que daba la impresión de contemplar constantemente el infinito, hasta cuando estaba enfilando tus ojos. Decía que había leído el artículo por casualidad, en el momento en que se hallaba a punto de emprender un viaje a un lugar muy lejano; no especificó dónde, aunque indicó vagamente que hacia el este. Pero que, al descubrir la noticia, y creer que podía echar una mano, había decidido personarse allí. No pidió en ningún momento dinero. No solicitó nada, salvo un sillón en el que sentarse a meditar. Durante dos días con sus noches, se quedó al lado del niño, vigilado por el personal del hospital, que no las tenía todas consigo respecto a este asunto. Sin comer ni beber, simplemente reflexionando, con los ojos cerrados. Finalmente, tras ese tiempo, medio deshidratado, alzó los párpados… y comenzó a narrar.

            ˃˃Los sueños que describía eran más bien caóticos, anárquicos. Eran los sueños de un chico que llevaba varios meses sin salir al aire libre, y que por tanto no tenían por qué guardar relación con el mundo real… en comparación con la conexión habitual que suele mantener el sueño con la vigilia, les explicó el hombre. Les desgranó los detalles de las fantasías de su hijo: decía que imaginaba inacabables prados; que soñaba con colores, incluso con sus padres de vez en cuando, aunque aparecieran en retazos breves e inconexos. En esa clase de apreciaciones se notaba (decía mi amigo el periodista) que las narraciones del africano eran realistas: no trataban de ser consoladoras para su familia, ni tampoco de describirles un mundo coherente. Los sueños son bizarros, confusos: no hubiera tenido sentido que, en el espacio onírico del niño (o como quiera que se llame eso), éste se encontrara con sus padres en un mundo de paz y felicidad. Eso hubiera sido en realidad el sueño que ambicionaban sus progenitores. Sin embargo, y a pesar de que el hombre no pidió en ningún momento dinero, los médicos no creyeron en su buena fe. Por eso, los integrantes del hospital le colocaron al individuo electrodos para medir sus ondas cerebrales y ese tipo de cosas que hacen los neurólogos, ya les has visto. Y el caso es que, según cuenta mi amigo, las ondas cerebrales del cuentasueños se parecían sospechosamente a las del chico en coma… aunque el hombre se encontraba por supuesto despierto, pese a que, según los análisis, debería estar durmiendo de modo profundo. Pero allí estaba, hablando, de la misma forma en que lo hacemos tú y yo, mientras los padres le escuchaban embelesados.

            La chica clavó una nota mental en un corcho imaginario, como recordatorio para preguntarles luego a los médicos acerca de si era posible aquello de las ondas cerebrales. Sin embargo, antes que nada, cuestionó:

            –¿Cómo demonios era capaz el tipo…?

            –Nadie lo sabe. Mi amigo el periodista le preguntó al africano, pero por lo visto fue bastante parco al respecto. Y de lo que me explicó, yo no me acuerdo del todo. Se supone que argumentó algo acerca de desiertos lejanos, de la quietud del silencio, de aprender a escuchar con autenticidad. De los espíritus arrepentidos de los muertos que vagan entre las dunas de noche. Decía (no sé si me acuerdo) algo acerca de que, siendo sinceros, comunicarse con los muertos no es posible. Sí, puedes escucharles y preguntarles cosas, pero eso no significa necesariamente que te vayan a hacer caso y responder. Ya resulta bastante difícil, decía el anciano, que los hombres actúen como pretendemos cuando están vivos, menos aún cuando han pasado al otro barrio. La mayor parte de ellos, defendía el hombre, están obsesionados por cosas diminutas que se dejaron atrás. Detalles que a nosotros nos resultan insignificantes y hasta estrambóticos, pero que para ellos son los más importantes del mundo. Dónde se quedaron las llaves de la cocina. ¿Desenterró alguien el esqueleto del perro en el jardín? Si la familia canceló el contrato con la lechería, o que nunca te juntes con los primos del otro lado del valle. Decía el cuentasueños que era por eso por lo que, en el momento en que leyó la noticia del chico en coma, huía a un lugar recóndito, un refugio donde no pudiera contactar ni con los vivos ni con los muertos. Pero que, antes de aislarse, deseaba hacer este último favor especial. El problema es que, entre todas las pruebas que los médicos le hicieron al hombre para detectar si mentía, también le encontraron un cáncer de hígado.

            –¡Ostras!–replicó la enfermera. En puridad, dijo otra palabra–. ¿Y qué pasó entonces?

            –El hombre se estaba muriendo, y lo sabía. Se negó a cualquier tipo de tratamiento. Pero los más desesperados eran los padres del chico: el africano ofreció a la pareja la posibilidad de seguir observando los sueños del niño a través de los suyos propios. Decía que no tenía tiempo para enseñarles el método con el que poder “atraparlos” (así lo denominó, “atraparlos”) por ellos mismos, pero que, mediante un tipo de hierbas que él conservaba, serían capaces de leer su mente y, a través de ella, atisbar, como en el fondo de un túnel, lo que se cocía en el cerebro de de su hijo. Les explicó que al principio tendrían que hacerlo de esa manera; después, desgranó, tras mucho tiempo leyendo su mente (incluso cuando la enfermedad le hubiera dejado inconsciente y ya no pudiera hablar) podrían acceder directamente, sin necesidad de intermediarios, a la de su hijo. Declaró que era todo lo que les podía darles: también, que no era una maniobra exenta de riesgos. Explicó que, cuando vives los sueños de otras personas, una parte de ti queda ocupada por esas fuerzas invasivas. Decía que las fantasías te envuelven, enraízan en ti, se empiezan a confundir con la realidad y con la luz del día. Y advertía de que lo peor de todo eran las pesadillas: que a partir de entonces, nunca podrías cruzar una esquina sin saber si iba a aparecer detrás el monstruo más letal. Manifestó que algunos no pueden volver a reengancharse a la vida; que, aunque lo pretendan con todas sus fuerzas, la presión de los sueños es tan aplastante que son incapaces de escapar. Ante esas perspectivas, los padres del niño discutieron: la madre estaba asustada, paralizada por el miedo. Instaba a su marido a volver a casa, retomar de nuevo la actividad cotidiana, salir del aquel bucle, recuperar una rutinaria vida normal. El padre, en cambio, esgrimía que no había nada allá afuera que le atrajera: que lo único que ansiaba era intuir aunque fuera una pequeña fracción de lo que estaba pensando su hijo. Defendía que, en caso de duda, prefería quedarse enredado en el universo de los sueños, a permanecer encerrado en la angustiosa cárcel del mundo real.

            –¿Y qué decían los médicos?–tiraba del hilo la enfermera, cada vez más intrigada.

            –Observaron las hierbas que les había entregado el africano, y no pudieron deducir gran cosa del contenido de las mismas: sabían que incluían algunos opiáceos, con lo cual no podían deducir si serían capaces de conectar al padre del niño con los sueños, o solo crearían cierta clase de ilusión durmiente. Desde luego le induciría una especie de trance, o si prefieres decirlo de coma, que hasta podría interferir con la respiración. Sin embargo, los médicos creían ser capaces de estabilizar su estado, hasta de un modo permanente. Pero la pregunta, aparte del tema económico, y del personal por parte del padre (quien amenazaba con quitarse la vida si no le dejaban hacerlo), era si era ético llevarlo a cabo. Un médico preocupado por estas cuestiones, también la presupuestaria, expuso que, ante el riesgo de suicidio por parte del progenitor, pero asimismo, frente al peligro de que quedara constreñido en un mundo de pesadillas del que no pudiera huir, casi sería mejor inducirle el coma y retirarle toda asistencia vital justo en el instante máximo de felicidad, para que así al menos disfrutara ese último momento feliz.

            –Qué cínico, ¿no? Como tu amigo el asesino de suicidas.

            –Hay muchas maneras de verlo. En ambos casos. Yo prefiero considerarlo una visión alternativa.

            –¿Y qué ocurrió entonces?

            –¿No decías que esta historia era un invento mío?

            –Ay, no seas imbécil. Si me has mentido todo este rato, puedes seguir un poco más hasta el final.

            –Al cuentasueños le indujeron un coma la semana pasada, y se encuentra en la misma habitación del hospital, junto al niño. Los doctores no saben cuánto tiempo tardará en matarle en cáncer ni si (en el caso de que las cosas que ha dicho sean ciertas) ese tiempo sería suficiente para permitirle al padre contactar directamente con su hijo tras la muerte del africano. Los padres se han divorciado, y la mujer se ha marchado a su casa. Los del hospital aún andan a tortas entre sí y con el padre acerca de lo que deben hacer a continuación. Y mi amigo dice que no tiene ni idea de qué pensar sobre este asunto, ni sobre lo que él haría de encontrarse en el pellejo de cada uno de los implicados. ¿Tú qué opinas?

            –No lo sé. No me gustaría tener que decidirlo.

            –Yo tampoco. ¿Entramos en el hospital?

            Accedieron de nuevo por la puerta de urgencias, hacia la sala de enfermeros, y se encontraron allí con sus compañeros, Hola de nuevo, Qué tal estáis, como va todo, Ah, pues aquí andamos, sin más, normal, qué es lo que habéis estado haciendo allá afuera, Eso es secreto, lo que hagamos o lo que dejemos de hacer fuera del hospital es cosa nuestra, Uy, que nos estamos poniendo nerviosos, a saber cómo se lo han pasado, fíjate, si les veo hasta sudorosos, Anda, cállate y no digas tonterías, La guardia normal, bien, aburrida, más de lo previsto, bueno, una excepción, aquí el amigo, que se ha traído champán, ¿Champán?, Sí, es por el nacimiento de mi niña, y como me ha tocado a mí de guardia, pues nada, he traído esta botella, a ver si lo celebramos un poco, Pero cómo vamos a beber champán en mitad del servicio, Va, déjalo, sólo van a ser un par de sorbos, y total, ahora mismo no está viniendo nadie, además, ya sabes cómo va esto, si llega algo gordo, con la adrenalina del momento, el traguito que te hayas tomado se volatiliza en seguida, seguro que antes de terminar el vaso ya nos toca volver al curro, Como nos pillen ya verás la que se lí–, Que no, que no te preocupes, si viene la jefa sólo tienes que invitarla a una copa para que te deje en paz, anda que si la conozco, ¿no te acuerdas de la fiesta de navidad, que se pilló un pedo mas grande que nadie? Bueno, venga, en ese caso, afirmó la enfermera de antes, condescendiente, Que rule, que rule, exigieron algunos, y sacaron vasos de plástico, a falta de copas, y corrió la espuma y el líquido de las ocasiones especiales aún en esos recipientes tan corrientes; no siempre van a ser las fiestas para los cirujanos que vuelven de los congresos en Oxford, también tiene que haber por aquí ratitos de gloria, digo yo, clamó alguno, y momentos de descanso, con toda la crudeza que vemos en el día a día; y comenzaron a hablar de muchas cosas, cualquiera a excepción del trabajo; sacaron a la luz sus pasiones ocultas; se pusieron a conversar acerca de lo que realmente les entusiasmaba fuera de las paredes verdes y la esterilidad del quirófano: Yo estoy haciendo colección de maquetas de barcos, tengo barcos de todos los estilos, banderas y colores, Pues yo me dedico a criar distintas clases de caracoles, no son todos iguales, ni mucho menos, los ejemplares que te encuentras por allí son muy diferentes, cada cual tiene sus pequeñas peculiaridades, en la concha, en la forma de los cuernos, en el tipo de movimiento, A mí me encantan los idiomas, hace poco he terminado con el búlgaro, ahora empiezo por el sueco, Hay que ver, fíjate, qué aficiones más interesantes, con lo aburridos que aparentábamos ser todos, Es lo que tiene la vida, como los icebergs; debajo de la superficie es donde se esconde la mayor parte de lo que existe, Qué frase más profunda, no sabías que fueras filósofo, No, qué va: la primera carrera que estudié fue la de oceanógrafo; ser profundo era una condición imprescindible, Ya a estas alturas se encontraban todos un poco achispados, Y tu niña qué tal es, Preciosa, tiene los ojos azules, Pero qué raro, si ninguno de los dos los tenéis, Es por un gen recesivo, me lo ha explicado el de Reúma, dice que a lo mejor los dos tenemos un gen para los ojos azules, pero que éste está oculto, Quiere decir eso que a lo mejor yo poseo un gen para salvar a la humanidad, y quizás se halle escondido, Pues mira, nunca se me había ocurrido pensar eso, a lo mejor es verdad. Se repitió de manera periódica una pregunta, Qué tal otro sorbo, y entonces el champán se derramó en parte sobre la mesa, pero ya a todos les daba igual, a alguno se le ocurrió que deberían empezar algún juego. Con el paso de tiempo, y con las copas, llegó la hora del abrazo, la de Tú sí que eres un amigo de verdad, la de El problema de este país lo arreglaba yo en dos días, tres se pusieron a alinear el once ideal de la selección, un enfermero afirmaba, ya con una copa de más (quizá empezaban a ser conscientes de que se habían pasado un poco porque nadie les había interrumpido), Si es que el mundo está hecho una mierda, y un colega respondió, Tienes toda la razón, verdad que la vida es muy dura, Fíjate, con la de cosas malas con las que nos tenemos que enfrentar cada día en el trabajo, y encima siempre hay alguno, un jefe, o algún listillo, que pretende hacerse el importante, el gracioso, que se dedica a clavar puñaladas por la espalda y complicarnos la vida a los demás, Tú sí que aciertas, le respondió el compañero, En cambio, prosiguió, si todo el mundo fuera así, como la gente de esta sala, como tú y como yo, tranquilos, simpáticos, amigables, sin prisas, sin ajetreos, sin rabietas encabronadas y con algo de comprensión mutua, entonces todo sería muy diferente, y no habría guerras ni hambre ni miedo ni nadie que hubiera tenido que convertirse en un héroe llamado Schindler, fíjate qué nombre más ridículo, como el de los ascensores, y entonces un celador entró para preguntar que cuál era el motivo de la fiesta, y la gente le respondía, Porque sí, por estar vivo, qué motivo mejor hay, y entre tanto, de fondo, y mientras alguien ponía música con voz de mujer francesa, en un rincón de la estancia, nuestro enfermero y nuestra enfermera se habían perdido de la vista del resto, comenzaban a besarse, y quizás, con las manos, hacían algo más que besar, y se encontraron todos en una nube, con las liras y las arpas, y Apolo componiendo música, y el viejo capitán sin barco contando las batallitas, y Woody Allen tocando el saxo, y un tal Paul Newman mascullando que quién coño le ha comparado con Marlon Brando, y entonces a alguien se le ocurrió preguntar, Oye, qué extraño, no ha venido ninguna ambulancia desde hace un buen rato, y por qué puede ser eso, Se habrán declarado en huelga, especuló uno, Quizá, quiso apuntar otro, con el puntito ya subido, en un arrebato de esperanza, Quizá, incidió por dos veces, ha dejado de haber muertes, la Gran Dama ha clausurado el chiringuito, ha cesado de actuar, y podremos andar por fin, libres y sin miedo para siempre, y entonces uno le respondió, Eso es una novela de Saramago, imbécil, en realidad es que ha habido un apagón en la ciudad, y las ambulancias, sin la ayuda de las farolas, se están quedando varadas en los arcenes de la carretera.

CONTINUARÁ...