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lunes, 12 de junio de 2023

El relato de junio: "¿Sueños premonitorios?"

 Todos los futuros

Tomás se levantó empapado en sudor. Sentía tanta humedad cubriéndole los cabellos y la cara que, más que avanzar, se precipitó sobre el cuarto de baño y el lavabo, para así echarse varias ráfagas de agua en el rostro, las cuales le impactaron como la descarga de una ametralladora sobre un guerrillero que ha confiado demasiado en su suerte por última vez.

-Cariño, ¿qué te pasa? Son las... -Raquel miró el reloj del móvil en la mesita de noche; ya que le iba a insultar, mejor hacerlo con propiedad-... puñeteras cuatro de la mañana. ¿A qué viene esta escandalera?

Tomás no respondió. Simplemente se sentó sobre la cama y se restregó las manos por las sienes. Dios, ¿qué le estaba pasando?

-Cariño -repitió la expresión Raquel, quizá para suavizar las palabras-...  ¿Has vuelto a tener una de esas pesadillas?

Tomás asintió. Siempre había tenido unos sueños muy vívidos, desde pequeño. Los atribuía, medio en broma medio, en serio, al hecho de, cuando era un bebé, sus padres biológicos le habían abandonado, alojado en un cochecito para niños, dentro de una librería. El librero había avisado con celeridad a la policía, y los servicios sociales se habían hecho cargo de él, pero sus padres adoptivos, tan orgullosos de su retoño como si fuera vástago de sangre y genes, solían llevarle con frecuencia a ese establecimiento, para así recalcarle que la adopción, lejos de representar un suceso traumático, debía entenderla como un acontecimiento que llenó de dicha a sus nuevos padres. Y que a él, fuera cual fuera su contexto anterior, le condujo a la existencia feliz de la que podía disfrutar hoy. "Mira", le había comentado con frecuencia Tomás a Raquel en aquella librería, pues las excursiones pedagógicas habían florecido y dado jugosos frutos, "en esa esquina me dejaron. Por eso mis nuevos padres me bautizaron de esa manera, porque estaba al lado de la sección de Mark Twain, y pensaron que el mejor nombre para mí era uno que me ligara con Tom Sawyer. Doy gracias a que no abandonaran el carrito cerca de la sección de literatura francesa, porque los niños se hubieran metido mucho con un niño que se llamara Montecristo". En todo caso, las pesadillas que estaba -más que soñando, viviendo- sufriendo estos últimos días se salían a todas luces de lo normal.

-Creo que sí -confirmó. Todo había empezado a raíz de leer ese libro, aquella novela negra ambientada en un un mundo apocalíptico donde el cambio climático había hecho de las suyas. Por lo demás, no se la hubiera tomado demasiado en serio: la trama tenía su aquel, pero no era diferente de las múltiples ficciones que auguran un futuro catastrófico para la humanidad en un tiempo más o menos cercano. Sin embargo, quizá, con el paso de los años, se estaba haciendo más consciente de que toda profecía llega, de una manera u otra. Se estaba planteando, junto a Raquel, tener hijos: se preguntaba qué clase de mundo iba a dejarles. Se cuestionaba si sería conveniente tenerlos, considerando que quizá, en algún momento de su vida, sus hipotéticos descendientes tendrían que pelear para sobrevivir en medio de unas agónicas condiciones, por culpa de los pecados de sus ancestros.

-¿Qué era esta vez? -preguntó Raquel-. ¿Algo relacionado con aquel libro?

-No -respondió Tomás, aún acongojado-. Al menos, no directamente. Diría que el sueño también tenía un argumento futurista... aunque, en este caso, un futuro alternativo.

No prosiguió. No tenía ganas de relatarle a Raquel la vorágine de sucesos en el interior de sus fantasías oníricas. Unas visiones, además, de claro tinte político. Quizá por un consumo excesivo de noticias en los últimos días. Había soñado que, en toda Europa, florecían democracias sólo aparentes: en ellas, los medios de comunicación conseguían aupar a los dirigentes que les convenían, de tal manera que, bajo una apariencia de libertad, en realidad el gobierno estaba decidido de antemano y, por supuesto, era un ente indiscutido, indiscutible, arbitrario y sectario, de claras formas autoritarias, aunque no utilizara su potestad para rescatar a nadie del agua, sino, más bien, para mandar flotadores de plomo con los que llegar al fondo más rápido. Encima, casi todos los partidos evolucionaban hacia un nacionalismo atroz y excluyente, que al principio sólo se notó en clave interna, pero que luego derivó hacia un enfrentamiento directo con los países exteriores, en concreto con China, cuando ésta empezó a plantearles una guerra comercial. Las naciones europeas, como respuesta, aludiendo a un pasado glorioso y altisonante, elevaron la escalada del conflicto (porque, además de malvados, eran idiotas), y sonaron tambores de guerra. Pero no contaron con que China estaba más preparada militarmente, y con que el viejo aliado, Estados Unidos, en el último momento se puso de lado y no intervino: el conflicto fue corto y brutal. París y Londres se caían a pedazos; en Roma y Berlín no se distinguían las viejas ruinas de las antiguas; en Barcelona y Madrid no había turistas, sino colas de dolor y de hambre. Amsterdam se hallaba anegada: las ciudades habían quedado tan destruidas que ya no existían diferencias entre Cambridge, Atenas, Milán y Varsovia. La sensación provocada por el sueño había sido extremadamente realista; sentía que le habían taladrado orificios desde dentro de la piel, como si por dentro le recorriera un reguero de hormigas. Fue entonces cuando se tuvo que levantar.

-¿De qué ha sido esta vez? -preguntó Raquel, mirando al techo agotada, con pinta de haberse resignado a ser incapaz de retornar a la fase REM-. ¿De nuevo de animales?

¡Ésa era otra! Durante una semana entera, estuvo soñando que era un piloto de una embarcación a la que atacaban las orcas, como las que salían frecuentemente haciendo lo propio en televisión. Aquello era como un videojuego, pero en versión gore: cada vez aparecía, durante la noche, en la misma situación, asiendo el timón, viendo aparecer de refilón al cetáceo, y cada vez ensayaba una maniobra distinta, ninguna de las cuales resultaba exitosa. El resultado: a lo largo de esa semana, sintió cómo las orcas le devoraban unas ocho o nueve ocasiones diarias. Quien dice que cada noche soñamos de manera repetida el mismo sueño es porque no tiene ni idea de la creatividad que tienen, a la hora de masticar, los carnívoros marinos.

-No, esta vez no ha sido de animales.
-¿Seguro? Porque alguno no empezó así, y sin embargo...
Raquel tenía razón. Después de lo de las orcas, empezó una cascada de sueños que parecían capítulos de una serie: al inicio, ocurrían una sucesión de hechos aparentemente azarosos y sin relación alguna, los cuales, al final, se demostraba que estaban interconectados. Así, poco a poco, conforme la trama se iba urdiendo, Tomás se daba cuenta de que había una conspiración entre las diferentes especies animales, las cuales habían adquirido inteligencia similar a la humana, y por fin se habían puesto de acuerdo para combatir a su común enemigo. Entonces, los ocupantes de los zoológicos saltaban las jaulas y atacaban a sus cuidadores, las especies salvajes devoraban a los turistas que acudían a verles a regiones lejanas, y hasta las mascotas se rebelaban contra sus amos. Tomás vio decenas de escenas en las cuales mujeres ancianas eran despellejadas por secciones por sus gatos, mientras botes de leche caída se derramaban inútiles sobre sus cocinas; por otra parte, más adelante, ya durante la vigilia, un Tomás desvelado se dedicaba a analizar de manera suspicaz a su perro Rocky, quien a primera vista parecía tan bobalicón, bonachón y leal como siempre, pero que, en una segunda mirada, daba la sensación de ocultar un secreto mortal.

-En todo caso, me alegro que no sea de animales -prosiguió Raquel-. Ya puestos, mejor cuando soñabas con extraterrestres.

Tomás no estaba muy seguro de aquella afirmación. Seguramente, a Raquel le convencía el razonamiento porque los alienígenas eran un tema circunscrito al reino de la fantasía, tan evidentemente ficticio que no podías tomártelo en serio. Pero, para Tomás, había sido muy real. En el primer sueño, los extraterrestres (en principio, una especie de alianza interplanetaria que administraba y mantenía bajo control los distintos sistemas: Tomás no tenía ni idea de cómo se había enterado de eso) valoraban el riesgo de que los terrícolas salieran de su planeta y contaminaran otros mundos con su afán de dominio. Frente a esto, el debate era simple: todos estaban de acuerdo en hacer algo. La duda era si ideaban algún sistema para evitar que los humanos viajaran a otros planetas, o simplemente liquidaban a los habitantes de la Tierra hasta su extinción.

-¿No, Tomás? Era mejor cuando soñabas con extraterrestres... ¿Verdad?

La siguiente noche, sin embargo, fue peor: en este caso, los humanos conseguían evadir el riesgo. Vencían a las inteligencias artificiales, a los extraterrestres, a todos, y se diseminaban por los planetas y las galaxias, esparciendo el mismo modelo de esquilmación y destrucción por el cual habíamos arrasado nuestro planeta de origen. Nos convertíamos en una plaga, y nada nos podía parar.

-Claro, cariño. Con extraterrestres era mucho mejor.

Tomás volvió a meterse en la cama y se acurrucó junto a su novia. Necesitaba del confort de su calor.

Porque ya no sabía si le sería posible volver a pegar ojo nunca más.

lunes, 22 de abril de 2019

El relato de abril. "Comentario sobre una serie distópica: La España democrática".

Sé que a todos nos perturbó la emisión anoche, en horario de máxima audiencia de aquel canal minoritario, del falso documental (distopía, me atrevería yo a llamarlo) titulado "La España democrática". En ella, sus autores nos exponían la existencia de un país alternativo, uno en el que, tras la muerte del general Franco en 1975, el rey Juan Carlos I hubiera decidido no seguir por la misma vía que hasta entonces habíamos ejercido (y ejerceríamos después en la realidad) y hubiera adoptado una resolución distinta, con la que coqueteó en los primeros tiempos, que vino en llamarse "democracia". Hay que el decir en favor del documental que tenía una factura técnica impecable: de hecho, en algunos momentos, de pura verosimilitud, daba miedo. Nuestros líderes actuales (tanto el secretario general del Movimiento, como el jefe del ejecutivo, hasta el mismo Generalísimo) ocupaban puestos destacados tanto en el Gobierno como en una estructura que denominaban "oposición", y que consistían en un conjunto de variopintos partidos que ora se oponían al ejecutivo, ora pactaban con él, ¡y podían cambiar de postura según el tema y la ocasión! Para nuestra mayor sorpresa, individuos destacados que hoy ocupan nuestras prisiones ocupaban cargos en las Cortes y se sentaban para hablar de tú a tú con miembros del gobierno. Un hecho ciertamente inaudito, como compartirán conmigo.

Sin embargo, lo más sorprendente no era la cuestión política, sino la social. En este mundo alternativo, un buen montón de aspectos se hallaban trastocados. ¿Por dónde empezar? Había una inusitada igualdad entre los distintos tipos de personas. Hombres, mujeres, gays, heterosexuales, tenían acceso a los mismos derechos, y podían relacionarse libremente entre sí. España presentaba una variedad y heterogeneidad de colores y costumbres a las que no estamos acostumbrados. Había una inquietante mezcolanza de platos, fiestas, ideas de otras gentes y, a su vez, algunas ideas habían llegado del exterior a través de los medios de comunicación, o de españoles que habían pasado parte de su vida buscando trabajo en otros países. Ocurría también que la mayor parte de los ciudadanos pagaban impuestos (¡tanto más, cuanto más ricos!), con los que se sufragaban algunas necesidades comunes, como la sanidad o la educación. Había, para más
inri, ausencia de censura; cualquier libro era accesible, prácticamente cualquier opinión era expresable, hasta existían manifestaciones contra las leyes que se creían injustas, o debates acerca de las cuestiones en las que no existía consenso. Incluso, en un ejercicio de alarde de ficción dentro de la ficción, el falso documental se atrevía a hablar de libros y películas que trataban de sociedades distintas, más similares a la nuestra. Creo que comparto la sensación del lector al decir que aquello resultaba desasosegante.



Entendemos que el programa (en un principio programado, de acuerdo a la información previa, como una serie de cuarenta y un episodios, donde obviamente se narrarían las dificultades a las que se enfrentaría esa supuesta democracia, aunque este plan inicial fue obviamente cancelada tras la polémica generada) haya sido retirado inmediatamente de la parrilla del canal, y los responsables expedientados. Sin embargo, quiero partir una lanza en favor de los impulsores de esta iniciativa. Al fin y al cabo, una distopía es sólo la forma en que un autor narra algunos de los problemas y tendencias de nuestro presente, forzándolas hasta el extremo en algunos casos, para resaltar los contrastes actuales, para advertirnos de opciones que podría adquirir nuestro futuro, al menos en parte, incluso aunque en estos momentos nos parezcan posibilidades muy lejanas. Nos indican hasta qué extremos podemos llegar. En ese sentido, yo no aconsejaría ser muy duro con los implicados en este falso documental. Al fin y al cabo, nos han recordado que el rumbo que adopte el futuro depende de nosotros. Una lección que no nos conviene olvidar.

lunes, 16 de octubre de 2017

El relato de octubre: una de romanos (segunda parte). El final de "R.O.M.A".

Como algunos recordaréis, hace un tiempo colgamos en este blog la primera entrega de un (¿relato largo?¿novela corta?) inspirado de manera muy libre en la antigua Roma. Os ofrecemos ahora el final. esperando que, tras leerlo, os entren ganas de construir un acueducto, vestir toga, o levantar un imperio. Que lo disfrutéis:


R.O.M.A.
(Segunda parte)


-Oye, Cindy, ¿no sabrás donde está Bruto? Tengo que hablar con él una cosa sobre la operación de mañana.
            El agudo tono de voz de su secretaria se hubiera escuchado incluso para alguien que sólo estuviera mirando a Caesar escuchar el teléfono desde un lado. A éste no le gustaba el timbre de la chica (ni tampoco sus habilidades como secretaria, las cuales consistían básicamente en poseer un busto que ocupaba casi toda la mesa), pero menos aún las noticias.
            -De acuerdo. Si le ves por ahí dile que le estoy buscando, ¿de acuerdo? Que en cuanto pueda, que me intente llamar.
            Pero Caesar no se quedaba tranquilo dejando el recado. El cuerpo le pedía hacer algo, actuar, la acción. Por ello, bajó por el ascensor del servicio, sin que nadie le viera, al garaje. Allí, el ya advertido chófer, con el aire de sigilo que le caracterizaba, le tenía el coche dispuesto y con la puerta abierta, sin que hubiera necesidad de hacer preguntas. Aún así, se arriesgó:
            -¿La dirección, señor?
            -La habitual de los jueves –esgrimió Caesar, y con ello no hubo necesidad de nada más.
            El automóvil de alta gama se deslizó por entre las calles grises, repletas de personas que no miraban a los laterales, atentas sólo a las imágenes de sus teléfonos móviles o a posar frente a vasos de plástico de lujo un café hecho de plástico a su vez. En ese contexto, el coche de Caesar pasaba inadvertido para los viandantes, pero él también les ignoraba a ellos. Tan sólo observaba la pantalla de su móvil conforme tecleaba el número, escuchaba durante un par de tonos, y luego volvía la cabeza la pantalla donde salía el nombre de “Bruto” junto a un auricular tachado, y resonaba de fondo la consabida cantinela: “El número marcado está apagado o fuera de cobertura…”
            El coche llegó a la entrada de un (de discreto, casi escondido) parking subterráneo que no tenía ticket para pasar. Solamente un timbre que el chófer accionó, para luego declarar, a la pregunta que le formularon:
            -Ha llegado el Caballo de Troya.
            La barrera se levantó y les permitieron pasar.
            Una vez llegados a uno de los pisos superiores, a Caesar le acogieron como siempre: cocktail de bienvenida, unas cuantas muchachas guapas envueltas en boas de pluma, la Madame conduciéndole con una conversación entretenida hasta la habitación. Sin embargo, no hicieron falta demasiados preliminares porque el ritual ya era de sobra conocido. En poco tiempo, le tuvieron dentro de una sobria habitación donde la chica (o mñas mujer que chica) vestía con la misma sobriedad de la habitación, como si aquel se tratara de un lugar distinto al que había venido a parar.
            -Eres un enfermo, Caesar –le escupió Pompeya a la cara, nada más entrar-. Reniegas de tu mujer y vuelves a ella cuando se ha convertido en puta; y en cambio, a la puta la conviertes en tu esposa.
            -Si te refieres a Cleopatra, ella no es mi mujer –replicó adusto Caesar.
            -No, ya, el título oficial lo detenta Calpurnia. Por cierto, ¿dónde la tienes?¿En un viaje de representación, muy lejos, en Hong Kong?¿Qué se cuenta?
            -Está en Singapur. Ha mandado recuerdos por Skype.
            -Espero que no agradables –rechinó Pompeya.
            -Decía que tenía un mal presentimiento. Suele tenerlos unas dos veces por semana.
            -Siempre has desdeñado lo que poseías, y en cambio buscas con ansiedad aquello que no puedes tener. A Cleopatra la quisiste sólo porque se le encaprichó a Antonio, y ahora, a mí…
            -Yo nunca quise que te metieras a… prostituta –se atrevió Caesar a confesar la verdad.
            -¡No, claro!, ¿y qué otras opciones me quedaban?-allí la impresión que Pompeya proporcionaba no era la de una cortesana, sino la de la esposa que en su día fue-. ¡Rechazada por su marido, apartada de la empresa, acostumbrada a un tren de vida, a ver cuántas opciones le quedaban a una por ejercer en esta ciudad!
            -No entiendo por qué me echas a mí la culpa de esto.
            -¡Ah, claro!¡Va a resultar que no fuiste tú el que me repudió!
            -Ya te lo dije… No tenía más remedio. Después de que Clodio irrumpiera en… vuestra soirée, vestido de mujer, había demasiadas sospechas de adulterio.
            -Pero tú mismo dijiste que me creías inocente…
            -Aún así, la gente…
            -¡Oh, sí, ya me sé esa cantinela!-replicó despectiva Pompeya-. “La mujer de Caesar no debe sólo ser honrada, sino parecerlo”. Tú y tus frases hechas… Parecen hechas de cara a la galería, para que puedan soltarse en cualquier ocasión en los próximos mil años… Pero no tienes ni idea de lo mal que le sientan a la gente que tienes alrededor.
            -Pompeya, eres lo suficientemente lista como para entenderlo. Aquello era una crisis; ponía en duda nuestro matrimonio; y cuando una unión marital implica poseer el 50% de las acciones de una compañía, estas cuestiones se vuelven extremadamente delicadas. Los inversores estaban inquietos: tenía que apaciguarlos de alguna forma.
            -¡Echándome de comer a los perros!¡Arrastrándome a la indigencia!¡Apartando lo que era posible de mí!
            -Era el papel institucional que me tocaba hacer en ese momento… Debía dar la mayor impresión de firmeza posible… Pero te ofrecí dinero, Pompeya. Lo hice de otra manera, escondida, secreta, bajo mano. Fuiste tú la que no aceptaste.
            -¡Dinero, dinero! Tú siempre has solucionado las cosas de esa manera, Caesar… No eran vulgares monedas las que en aquel momento yo necesitaba de ti.
            Pompeya se sentó y encendió un cigarrillo. A Caesar no le pasó desapercibido cómo su piel se había avejentado como consecuencia del nuevo estilo de vida que llevaba desde hace tiempo. Sintió una punzada de culpabilidad a causa de ello, pero procuró enterrarla al fondo de su cerebro, como hacía siempre. Aquel desván ya se encontraba demasiado lleno, pero la puerta, de momento, conseguía aguantar.
            -La verdad, la auténtica verdad, Caesar, es que a mí nunca me quisiste como a otras. Siempre he sabido que sólo te casaste conmigo porque era la nieta de Sila, tu enemigo, y el anterior jefe de la compañía. Todo el mundo entendía la hábil estrategia desde el punto de vista de la política de la empresa, incluso yo lo asumía. Pero al menos quería, a cambio de eso, un poco de disimulo… quizás algo de amor.
            -Cumplí con mis deberes de marido –se defendió Caesar.
            -A veces simplemente cumplir con tu deber no es suficiente –mordió como una tigresa atacada Pompeya-. Como hiciste con Cornelia cuando mi abuelo te ordenó que te divorciaras de ella y tú te negaste y saliste huyendo. Aquello era algo más. Aquello era pasión.
            -Lo hice todo por puro tacticismo –se escudó de una extraña manera Caesar.
            -Pues engañaste a muchos –contestó Pompeya-; tal vez con que me hubieras engañado de la misma manera, yo hubiera tenido suficiente. Hubiera sido… feliz.
            Pompeya apoyó un par de dedos sobre el lugar donde confluían la nariz con sus ojos.
            -Me duele mucho la cabeza.
            Se levantó del puff de enardecidos colores eróticos donde se sentaba y se acercó a un armarito, de donde sacó una estilizada botella de color ambarino, y una caja de pastillas. Se tragó varias de golpe, y un sonoro trago de alcohol también. A Caesar le preocupaba lo mucho que Pompeya bebía en los últimos tiempos. Por no hablar de otras cosas. Sin embargo, como ella se encargaba de recordarle, ya había perdido toda incumbencia para poder opinar sobre este asunto.
            -¿A qué has venido entonces?-preguntó Pompeya, con pinta de que quería dar por zanjada esta conversación cuanto antes-. ¿A darme dinero, como otras veces, a preguntarme cómo estoy para sentirte menos culpable?¿O esta vez te vas a cobrar algo más y vas a exigirme que tengamos un breve y tórrido caliqueño? Aunque te lo advierto, te va a salir más caro y te va a saber peor que cuando yo era tu mujer.
            Entonces Caesar la miró. Y se sintió de golpe muy cansado. Sin ganas de luchar. Él, que en circunstancias adversas, era cuando más se crecía. Él, que se sintió en su salsa aquella vez que le secuestraron los terroristas chíitas. Que alcanzó el máximo poder cuando más acosado se encontraba por las deudas. Ahora, en cambio, no tenía ganas de discutir en absoluto. Y de hecho, sorprendentemente, le salió un inesperado:
            -Mira, vengo a… No sé a qué he venido en realidad –confesó-. Pero ya que estoy aquí, quería… Sólo quería decir que lamento cómo ocurrieron las cosas. Y que quizás no te sirva de nada, pero al menos quería decirte que lo siento.
            Dicen que este tipo de declaraciones te libera de un peso interior. A Caesar, aquella revelación a tumba abierta. no se le produjo esa sensación. Puso los brazos en jarras y se plantó delante de Pompeya:
            -¿Satisfecha?
            Ella, exhalando tranquila su cigarrillo, curiosamente serena, se atrevió a argumentar:
            -No lo sé. Quizás sí. No te voy a decir que gracias, o que estás perdonado. Pero, joder, sí, lo necesitaba.
            Se colocó el pelo para no perder ni un ápice de elegancia.
            -¿Qué, vas a querer un polvo, aún así?
            Caesar amagó una mueca.
            -No, qué va; se me han pasado las ganas.

*                                 *                                 *

            Caesar, sin embargo, mentía. Se le habían pasado las ganas, pero era con Pompeya. Un par de minutos más tarde, se encontraba en la sauna del edificio, detrás de los glúteos de una chica oriental. “Quiero una reina bárbara”, había exigido a la Madame del establecimiento. Aunque, por los gritos y el sudor que chorreaba ahora mismo, no reflejaba una imagen demasiado regia.
            Unos instantes después, Caesar trataba de relajarse dentro de la sauna, con el cuerpo casi por entero sumergido por el agua. Ignoraba por completo a la muchacha, la cual se recuperaba inescrutable en un rincón. El silencio se mantuvo hasta que a Caesar le dio por fijarse en la decoración del sitio.
            -¿Ésa es una estatua de Pompeius?-inquirió incrédulo. La chica volvió con desgana la vista.
            -Creo que sí. Digo que creo porque en realidad nunca le llegué a ver en persona. Le asesinaron mucho antes de que yo entrara a trabajar aquí. Por lo visto, se dejó mucho dinero en este sitio.
            <<Apuesto que sí, viejo zorro>>, maldijo en voz baja Caesar para sus adentros. Hasta podía ver, reflejada en el mármol de la estatua, la cara de sátiro de su viejo compinche.
            -Me voy a buscar unas bebidas –dijo la chica, visiblemente hastiada de quedarse allí sin hacer nada-. ¿Quieres algo?
            Caesar, indiferente, negó con la cabeza. Él seguía bebiendo de la copa con la que había empezado su sesión con la muchacha. Cuando la joven se alejó, Caesar se quedó un rato tranquilo, pensando. Más o menos hasta que la estatua de Pompeius rompió a hablar.
            -¿Qué tal andas, Caesar?
            El aludido se encogió de hombros.
            -Supongo que dormido, porque una estatua me habla en sueños. O tal vez es que me he vuelto definitivamente loco.
            -Tal vez se trate de los remordimientos, ¿no crees?
            -Yo de eso no fumo –negó displicente Caesar.
            -Dime, amigo mío, ¿cómo te ha ido desde que no estoy?¿Te sirvió de algo mi sacrificio?
            -Yo no fui quien lo busqué; supongo que tus fuentes al otro lado te habrán informado. De hecho, lamenté de manera amarga tu muerte delante de los que contrataron a los sicarios.
            -Por desgracia, Caesar, lo único que no saben ver los muertos son las intenciones de los vivos; sobre todo, cuando éstos son capaces de fingir lo contrario de lo que desean. En todo caso, reitero mi pregunta, ¿qué tal te va?¿Desembarazado de tus enemigos, duermes tranquilo por las noches?
            -Tú bien sabes que, llegados a cierto punto, nunca se dejan de tener enemigos. Eso sólo significaría que te has retirado de la partida.
            -¿Y tus noches, Caesar?¿Son serenas?
            Ante una interpelación tan directa, Caesar ya no encontró manera de zafarse con más evasivas. Por otra parte, ¿mentirle a un muerto, qué sentido tendría?
            -He tenido últimamente sueños crueles… extraños.
            -¿Alguna vez has tenido sueños premonitorios?
            -No sé decirte… No sabría contestar…
            Caesar escrutó de manera penetrante la estatua de Pompeius, pero sus ojos sin pupilas no supieron decirle nada.
            -Dime, Pompeius, ¿has aprendido lo suficiente en el mundo de los muertos para decirme por dónde debería llevar mi camino?
            -Si algo se aprende a este lado, y aprecia que he utilizado el condicional, es que las cosas no las hicimos en su día por el destino al que nos llevaban, sino porque era lo que queríamos hacer en cada momento, y que eso sería lo que volveríamos a hacer. Así que no tiene mucho sentido tratar de corregir el rumbo de nadie. No funcionará.
            -Al menos, dime si es posible buscar otra vía. Si, actuando de manera distinta, seré más feliz.
            -¿Desde cuándo la felicidad ha sido tu objetivo, Caesar? Era el poder lo que te llenaba.
            -¿Y si ya no lo hace?¿Hay una posibilidad de hacer otra cosa?¿De cambiar?
            -Los hombres como tú y yo, Caesar, no podemos cambiar de vida. Si volviéramos a tener otra, a disfrutar de una segunda oportunidad, tan sólo sería para cometer nuevos errores. Nuestro cuerpo sólo puede descansar tranquilo cuando hemos muerto o cuando hemos alcanzado la posteridad eterna: sólo caminamos hacia la inmortalidad. Ése es el único momento en que podemos relajar el ánimo.
            -¿Y cuántas cosas se dañarán por el camino? Incluyendo a nosotros mismos.
            -Hay consideraciones que no se tienen en cuenta mientras ocurren los grandes sucesos. ¿Te has fijado que en las películas, da igual que en medio haya muerto un pueblo entero, que si el protagonista sale vivo, se dice que terminan bien? Pues lo mismo ocurre con nosotros: da igual lo que ocurra para llegar a nuestro objetivo, lo principal es que se acabe llegando.
            -Pero se supone que el héroe trabaja para el bien común. ¿Nosotros lo hacemos?¿Lo hacíamos, Pompeius?
            -Caesar, bien sabes que, para R.O.M.A., lo que es bueno para el líder es siempre bueno para el bien común. Es la definición básica del liderazgo.
            Caesar no se quedó muy convencido.
            -Me da la sensación de que tendría que haber algo más. Que, cuando hubiéramos llegado, habría una cinta roja, una meta flotante que indicara, “ya está aquí, lo has logrado”. Y que, de alguna manera, me sentiría mejor.
            Pompeius, desde sus pétreos labios, sonrió.
            -La cumbre es un lugar muy solitario, Caesar. Y cuando has escalado una montaña, normalmente lo único que se te presenta es una nueva cima que hay que asaltar. Y en cuanto te quedas dormido, alguien aprovechará y cortará de la cuerda. Como, por ejemplo, ahora mismo.
            La temperatura de la sauna se había elevado. Caesar se inquietó conforme aparecían, en el agua, nuevas burbujas.
            -¿A qué te refieres?-le preguntó inquieto.
            -En estos momentos en que estás dormido, han entrado desconocidos y han empezado a rebuscar entre tus pertenencias. No debiste tratar tan mal a la prostituta; el amor propio pesa, también en estas mujeres, y se acaban vengando. Ahora mismo los hombres están sacando tu cuerpo del agua para ver si llevas alguna joya valiosa encima.
            -No –replicó con frío aliento Caesar-… Eso no puede ser… Yo me habría dado cuenta.
            -El sedante de la bebida ha dado buenos resultados. Mientras tanto, en tu casa están rastreándolo todo en busca de material comprometedor. Deberías saber que en la traición, en este juego, es una preciosa tirada. Mientras tanto, aquí, te han empezado a atar con las toallas. Un tipo se te está arrodillando hacia ti.
            -¡Joder, calla, no!
            -… la navaja que afeitar que saca recorre tu cuello… Sale de allí un brusco chorro de sangre…

*                                 *                                  *

            Caesar se despertó entre sus sábanas, envuelto en un helado sudor. Se llevó las manos a la garganta, y durante unos segundos le costó ubicarse. Cuando finalmente rememoró, y distinguió la realidad de la ficción, no consiguió hilar un recuerdo claro de cómo había llegado hasta allí desde el prostíbulo. Aunque, de lo que consultó por su reloj, no debían haber pasado demasiadas horas.
            Sólo entonces se dio cuenta de que el teléfono sonaba insistentemente a su lado, y era lo que le debería haber despertado. Lo cogió, como si fuera un arma, entre las manos.
            -¿Diga…?-se dio cuenta de que sonaba cascado, cazallero, agonizante…
            -Señor Caesar –sonó una profesional y eficiente voz femenina al otro lado-, sólo era para recordarle que el Consejo ha convocado una reunión de emergencia para mañana para mañana.
            -¿Una reunión? No tenía ni idea. ¡Maldita sea!, ¿pero no se supone que esas cosas sólo las puedo convocar yo?¿Cómo no me he…?
            -Señor, es posible que se le haya pasado chequear su mail. Debe recordar que una minoría de un tercio del consejo tiene derecho a…
            -¿Esto es cosa de Bruto?¿Dónde está Bruto?¡Joder, no hay forma de encontrarle con ningún lado!¡Páseme con Bruto ahora mismo!
            -Señor, no me hallo con el señor Bruto en este momento, pero puede comunicarse a través de los canales habituales…
            -¡Oiga usted, mamarracha!¡A mí no me trate como si fuera un contestador automático, o un cliente cualquiera de la compañía!¡Soy el puto jefe, joder, y si yo digo que me ponga con Bruto, entonces…!
            -Señor, no puedo responderle si se pone así…
            -¡Deje ya de darme excusas y póngame con Bruto de una maldita vez!-fue entonces cuando Caesar se dio cuenta de que, como con el despertador que le había sacado de su sueño de sangre, ahora había un pitido insistente en su oreja. Un Caesar no muy ducho en recientes tecnologías se dio cuenta de que tenía una llamada por la otra línea. Seguramente la mujer se dio cuenta, o si no creyó haber encontrado una buena excusa para salir de aquel atolladero, porque Caesar escuchó un:
            -Señor, si tiene otros asuntos que atender, puede…
            -¡No se crea que se va a librar de esto tan fácilmente!¡Espero que sea Bruto el que esté al otro lado de la línea, pero tanto si es así como si no, luego voy a hablar con usted y se va a enterar de lo que vale un peine!¡Voy a… voy a… mire, no sé lo que voy a hacer, pero más vale que no lo haya pensado para cuando vuelva!¡Y tú…!-dijo tras apretar el botón para dar paso a la otra línea, dispuesto a lanzarle una diatriba a Bruto.
            -¿Papá?
            Entonces, todo se paralizó. Se detuvo el mundo. Sí, era él. Ni lo había pensado, era él, Cesarión. Caesar se derrumbó y se sentó sobre la cama.
            -¡Hola, hijo!, ¿cómo estás?-dijo sin poder reprimir sus emociones-. ¿Estás a gusto en el interna…?¿Estás a gusto en Suiza?¿Te tratan bien los maestros y los otros niños?
            -Sí, papá, lo estoy pasando muy bien –dijo el niño, con un ligero frenillo en la lengua propio de los niños de su edad-. Aquí hacemos cosas muy divertidas y lo pasamos muy bien. Pero te echo de menos. Y también a mamá…
            -Oh, mi ángel, mi cariño, mi tesoro, yo también te echo de menos… Quizás… quizás podamos hacer algo para que volviéramos dentro de poco a vernos. Quizás…
            -Oh, sí, papá, estaría muy bien, podríamos irnos los tres a Suiza. Papá, mamá, yo, todos nosotros. Aquí se está muy bien, es muy bonito. Tengo ganas de abrazaros, y de daros besos… Pero, ¿qué te pasa, papá?¿Estás llorando?
            -No, nada, hijo, nada, es simplemente que estoy muy contento de volverte a escuchar. Tienes que llamarme más a menudo…
            -Es que mamá tiene una línea para poder hablar gratis con ella…
            -Bueno, eso está bien, hijo, eso está muy bien, pero eso no es excusa. Quiero que me llames más a menudo, ¿de acuerdo?, yo también quiero escuchar que ti.
            -De acuerdo, papá. Tengo que irme, aquí es por la mañana y me esperan en el colegio. Pero no te preocupes, te volveré a llamar.
            -Muy bien, corazón, me parece estupendo…
            -Y otra cosa…
            -¿Sí?
            -Te quiero, papá.
            Mientras se escuchaba el clic del teléfono al colgarse, Caesar se quedaba con el teléfono en la mano y el alma partida, con la boca entreabierta, sin saber, por primera vez en mucho tiempo, qué decir o qué acción ejecutar…
            Y el conquistador de mundos hizo lo primero que se le ocurrió: rompió a llorar como un niño.

*                                 *                                 *

            Cuando resonó el tintineo de llaves, él aún se encontraba encogido sobre sí mismo sobre la cama. Luego, para su sorpresa, en la habitación apareció Cleopatra. Cargaba un montón de bolsas de tiendas de ropa exclusiva. Extrañamente, se arrodilló ante él.
            Caesar la miró con aspecto de derrota. Las lágrimas eran evidentes aún en su cara por el espacio que habían dejado los surcos.
            -Ha llamado Cesarión.
            -Lo sé –respondió ella, contemplándole con una extraña serenidad que no se correspondía en absoluto con la actitud con la que había salido de la casa tan sólo unas horas antes-. Me he encontrado una llamada perdida en mi iPhone. He querido conectar la llamada a casa pero he visto que estaba comunicando. Y sólo se me ha ocurrido que pudieras haberlo cogido tú.
            Caesar no reaccionó ante esta cadena de acontecimientos.
            -Anda, ven aquí –le dijo ella, con mirada de quien lo sabía todo-. Te prepararé un baño.
            Unos veinte minutos más tarde, Caesar se encontraba metido en la bañera hasta el cuello, cubierto de espuma, respirando plácidamente de la tranquilidad y del olor a jabón. Necesitaba hacía mucho tiempo este descanso.
            Escuchó el débil sonido de la puerta al abrirse. La vaharada de la fragancia de Cleopatra penetró por todas partes. Por el rabillo del ojo, y a través de los espacios entre las traslúcidas cortinas que rodeaban la ominipotente bañera, vislumbró a Cleopatra quitándose el albornoz. Su nuca recortada por la extrema rectitud por debajo de su peinado, y sus hombros y su espalda gráciles quedaron al descubierto. Había que reconocer que en algunos aspectos, más que en otros, se había conservado bastante mejor…
            Apareció sobre la bañera con una toalla cubriéndole los senos, y llegándole de manera justa hasta la parte superior de los muslos. Estaba maquillada superficialmente, como si lo hubiera hecho de un modo descuidado, pero Caesar sabía que le había conllevado un tiempo de años llegar a conseguir ese efecto.
            -¿Qué se contaba Cesarión?¿Le va bien en el colegio?-dijo tendiéndole un vaso cargado de hielo y whisky.
            Caesar asintió mientras bebía un sorbito. Sonreía, además, porque Cleopatra le sonreía plácidamente.
            -Siempre me he arrepentido de meterle en ese internado. En aquel momento, claro, nuestras carreras, los problemas, los rivales inmediatos, los problemas logísticos… pero a la larga… Extraño verle de manera habitual.
            Cleopatra se apoyó sobre el filo de la bañera.
            -Ya, a mí también me pasa lo mismo. Muchas noches, en mitad de la madrugada, me despierto y pienso en él. En esas noches que sueño en lo mucho que hemos perdido.
            Caesar apoyó el vaso sobre el borde de la bañera.
            -Eran tiempos felices, ¿verdad?, cuando nació. Tú, yo… son los tiempos que él aún recuerda. Los tiempos en que nos quisimos.
            Cleopatra apretó los labios en una línea muy fina. Y entonces, elevó las cejas y sonrió muy ligeramente, como si llevara mucho tiempo desentrañando un misterio y por fin lo hubiera comprendido todo.
            -¿Sabes?, lo que me gustaba de entonces de ti era eso. Tu… generosidad. La generosidad que mostrabas con Cesarión a pesar de saber que cada mimo que le regalabas a él le proporcionaba argumentos a tus enemigos para meterse con tu política. Tu generosidad en los regalos, en los momentos, en el tiempo que podías entregarle a él aunque te absorbiera de otras cuestiones determinantes. Esa capacidad de perdonar que tenías cada vez que se equivocaba. Como hacías también con tus rivales, algunos de los cuales se convirtieron en tus mejores amigos. Como Cicerón.
            -Hmm, no me siento muy satisfecho de cómo he tratado a Cicerón esta noche.
            -Como Bruto.
            -Ando buscándole todo el día. No sé dónde se ha metido. Nadie le ha podido encontrar.
            -En definitiva –dijo Cleopatra, obviando sus objeciones como las de un viejo cascarrabias-, ésas son las pequeñas cosas que me entusiasmaron de ti. Las que me enamoraron…
            Caesar la miró con ojos displicentes.
            -No es verdad. Te enamoraste de otra cosa. Te enamoraste del poder. Sin eso, no hubiera sido más que otro perdedor que te cruzaste en los bares.
            Cleopatra sonrió diáfanamente. Se inclinó sobre él, apoyando sus brazos cruzados sobre su pecho, y permitiendo que la toalla se mojara mientras su cuerpo se introducía en la bañera. No paró en ningún momento de fijar sus ojos en él.
            -¿Y qué más da por qué lo hiciera? Somos viejos. Estamos solos. Hemos sobrevivido, cada uno a nuestra manera. Nos tenemos únicamente el uno al otro. El resto han muerto o nos han abandonado. ¿Qué hay de malo en no querer recordar las cosas malas?¿Cuál es el problema en no querer envejecer?
            Caesar la miró muy firmemente. Estaba guapa. Sí, estaba guapa. No importaba el maquillaje, las arrugas, los años. Era… el carisma, esa forma magnética que tenía de atraerte mientras sonreía. Eso nada lo podría alterar.
            -Ya no tenemos las fuerzas… el vigor… la pasión de antaño.
            Cleopatra negó con la cabeza.
            -Habla por ti, cariño –dijo, pasándole la larga y estilizada uña pintada por el pecho-. Yo en eso, estoy como una doncella todavía sin estrenar.
            Y entonces, con una sonrisa, se quitó la toalla de debajo y se echó para atrás ligeramente. Su cuerpo se sumergió, como más tarde su cabeza, y su peinado de peluquería pareció el casco de un submarino cuando se adentra en el mar. Caesar empezó a notar una sensación creciente en el bajo vientre…
            Sus brazos se apoyaron por fuera de la bañera, y su cabeza se deslizó hacia atrás, cerrando los ojos, mientras gemía, y no paraba de gozar…

*                                 *                                 *

            El despertar fue tranquilo y relajado. Por primera vez en mucho tiempo, los párpados de Caesar se levantaron con suavidad, sin esperar que hubiera ningún enemigo esperándolo, agazapado detrás de sus sueños. Sus sempiternas ojeras no sólo no habían aumentado, sino que simulaban haber decrecido. Caesar podía afirmarlo sin temor: había dormido en paz.
            -¿Qué pasa, mi soberano?¿Se nos han pegado las sábanas?
            Y allí, también, sosegada como no la había visto nunca, Cleopatra, envuelta en un albornoz rosado, cepillándose unos cabellos ya aplicados con un tratamiento para ser suavizados; sólo le faltaba ronronearse para convertirse en la más dócil gatita.
            -¿Por qué no te das una ducha, señor mío, y desayunamos después?
            Caesar se relajó bajo el agua caliente, dejando que sus músculos se destensaran mientras el vapor le envolvía. Hacía mucho tiempo que no se tomaba las cosas con tanta calma. Salió envuelto en su albornoz blanco y allí le esperaba Cleo: con la mesa puesta y el desayuno preparado. Caesar se sorprendió: no estaba acostumbrado a estas atenciones. Menos mal que encontró la excepción que confirmó el milagro: la poco ducha en tareas culinarias Cleo había quemado las tostadas. Pero no pasaba nada, le dijo: un poco de pan con aceite, al estilo de la vieja y lejana Campania, estarían bien.
            El periódico abierto. El cuchillo pasando la mantequilla con calma y método. Las manos abiertas, naturales, sin temor a acercarse y, si se tocan, sin hallar el menor reparo. Podría decirse que ésta es una sensación parecida a… ¿la felicidad? Quién sabe. Hace mucho que nadie mencionaba esa palabra. Hace tanto.
            -Estaba pensando…
            Cleo giró la cabeza mientras terminaba de exprimir el zumo, y su estilizado peinado se desplazó con ella. Sus manos estaban pringadas de naranja y cubiertas de pulpa, pero extrañamente, a ella parecía darle igual.
            -¿Sí?
            Caesar la miró con una cierta sonrisilla.
            -Estaba pensando que, para el año que viene, a lo mejor Cesarión no tiene que estar todo el rato en el internado en Suiza. Creo que los métodos pedagógicos modernos favorecen mucho los intercambios: y qué mejor lugar de intercambio que Nueva York. Seguro que aprende cuatro o cinco nuevos idiomas.
            Cleopatra se acercó a él con los vasos de zumo en la mano. Y sólo tras un largo rato haciéndole dudar, entonces adquirió una expresión pícara.
            -Entonces, habrá que aprovechar antes de que venga y no podamos hacer ruido por las noches…
            Caesar se rió.
            Se afeitó con parsimonia. Apuró hasta el extremo. Se echó el after shave y se puso el traje. Hoy parecía un nuevo día. Hoy asemejaba que todo iba a cambiar. O no era nada del exterior; era simplemente que él había firmado la paz consigo mismo. La más ardua de todas las batallas. La que al conquistador más le costó ganar.
            -¿Qué vas a hacer por la tarde?-preguntó Caesar, mientras Cleopatra le rodeaba por los hombros.
            Ella encogió los suyos.
            -No sé. Esperarte, supongo.
            Y le dio un pequeño beso en los labios. Uno de esos ósculos tan castos y bienintencionados que sólo se dan los novios, o los que acaban de empezar con eso del juego de ser amantes. Hacía décadas que no recibía un beso de éstos.
            -Cuídate –le dijo Cleopatra.
            Era pues, se dijo a sí mismo, como empezar de nuevo: con todas las cautelas, sonrojos, cuidados y atenciones de la primera vez. Pero esta vez, más sabios, más escarmentados, menos atrevidos: conocedores de que toda acción tiene su reacción, cualquier acto sus consecuencias, y que sólo hasta cierto punto se puede moldear el cristal, porque a partir de determinada temperatura y presión se rompe. Con toda la sabiduría bien aplicada de quien ahora conoce por qué hay algo que merece la pena conservar.
            Caesar bajó por el ascensor de su piso en Manhattan con el hilo musical, pero en su cabeza sonaba una melodía muy distinta. Él la tarareaba por dentro: era el sonido de la felicidad.
            La puerta del ascensor se abrió.
            Apenas le dio tiempo a cambiar la expresión del rostro antes de contemplar la visión de todas aquellas armas apuntándole hacia él.
            Se dispararon casi todas en una ráfaga. A pesar del esfuerzo de Caesar por ocultar la cara para que no le desfiguraran el rostro, en un poster acto de coquetería, su efigie quedó poco elegante conforme caía desplazado por el impacto de las balas.
            En el último vistazo, tuvo tiempo de ver en un último resquicio a Bruto, el cual, firme y determinado, apuntaba hacia él con toda la convicción.
            El cuerpo de Caesar quedó tumbado, sangrante sobre el suelo, interrumpiendo el cierre automático de las puertas del ascensor. Los vecinos de su portal lo miraban y corrían, aunque alguno, más atrevido, hacía gesto de acercarse y mirar. A lo lejos sonaba la sirena de policía… A unos pocos metros, en la portería, el pequeño busto de Pompeius, réplica del retrato que Caesar albergaba en sus oficinas, parecía observar las rodillas de Caesar (lo único que sobresalía del hueco del ascensor) con absoluta ecuanimidad.
            A pesar de los esfuerzos de la policía, un pequeño grupo de curiosos de variados peinados y ropajes –esto es Nueva York, aquí siempre hay de todo, desde lo más moderno hasta la típica señora en bata y zapatillas- se habían congregado por detrás de las cintas amarillas de seguridad. La gente aguardaba, sobre todo, a la llegada de Cleopatra: para muchos era la primera vez que la verían, más allá de las revistas, y se preguntaban si sufriría un ataque de histeria convulsa en mitad del rellano, o si mantendría su bien conocida y siempre mayestática dignidad imperial. Muchos se preguntaban qué vestido traería para el caso.
            Lo que nadie observaba (en parte porque estaba oculta por su brazo, en parte porque había cosas mucho más importantes para contemplarlo) era el rostro exánime de Caesar. Dentro de poco sufriría el rigor mortis, y más tarde sería irreconocible. Pero de momento, todavía había una expresión que era posible adivinar.
            La faz del jugador, siempre serena, que ha perdido a las cartas justo cuando ha decidido que ya no volverá a jugar más.
            Era la manifestación de la inmortalidad…

            BIBLIOGRAFÍA.
           
·         Rubicón. Auge y caída de la República Romana. Tom Holland. Planeta, 2005.


·        Julio César. La grandeza del héroe. Hans Oppermann. Ediciones Temas de Hoy, 1994.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El relato de noviembre: "De cómo me convertí en lodo"

A pesar del título final de este relato erótico, el nombre del archivo donde se encuentra incluido en mi ordenador es el de "París era una fiesta", mientras que para mí, el nombre más apropiado, y el que mejor define su mensaje, es "Elogio de la frivolidad".

De cómo me convertí en lodo

                Pues cómo os lo explico… Para ser sinceros, nunca pensé que “aquello” (pues no me parece correcto ponerle nombre) se iba a convertir en marca de la casa, o en una actividad por la que me conocieran mis allegados, e incluso compararan experiencias entre ellos. Lo cierto es que a mí, como señorita que me considero, no me hacía demasiada gracia. Pero supongo que todo empezó como una broma, y luego, al sorprenderme de los resultados, ha acabado por convertirse en una costumbre. El truco consiste en moverse muy sigilosa debajo de las sábanas, como una serpiente, y una vez hecho, y aprovechando que la noche anterior mi pareja se ha acostado sin ropa interior (y, si intenta hacer lo contrario, ya estoy yo para impedírselo), combinar la cantidad suficiente de delicadeza y rapidez para conseguir introducir cierta parte de su cuerpo de él –no hace falta ser explícita, ¿verdad?, son ustedes personas inteligentes-, a esas horas en general bastante dormida, y hacerle de manera casi instantánea recuperar su vigor. Aparte de que me agrada la imagen de mí misma tomando el control de la situación (y que nunca dejo de maravillarme de la capacidad del órgano masculino de despertarse en tan breve lapso de tiempo, incluso antes que sus dueños), siempre me llama la atención la diferente manera en que mis compañeros de cama reaccionan, desde el miedo cerval a lo desconocido hasta la inevitable sorpresa, pasando una risa estruendosa o un cierto punto agresivo: una u otra respuestas me satisface, ya sea porque resulta positiva y satisfactoria, o porque en cambio me advierte algo acerca de la persona en concreto -la gente que no pasa el test no suele durar mucho tiempo en mi cama. Se me hace raro escuchar que alguna vez mis amantes han comentado entre ellos este hábito mío, por supuesto después de haber pasado la primera noche –antes es un secreto; después, aunque se puede repetir, no produce el mismo impacto-, aunque me he acabado haciendo a la idea de que si de algún aspecto van a discutir de mí, mejor que sea de eso, pues todo el mundo habla de todos en esta ajetreada ciudad y, desde luego, si tiene que ser por algo, al menos sea por provocar placer en lugar de dolor, o al menos eso es lo que pienso yo. En cuanto a que el hecho de que uno de los motivos por los que más te conozcan sea un secreto de alcoba, en fin, aquí tampoco es raro. Hoy en día si un embajador no se acuesta con una condesa o un sirviente con un agregado cultural, entonces es que esta semana no ha habido noticias relevantes. Y sin ellas, no tendría material con el que nutrirse esta siempre hambrienta de novedades, curiosa, libertina, escandalizada, escandalosa, y atrevida ciudad.

                La verdad es que la Ciudad era una fiesta. En medio de ese ajetreo de chapas militares, de recepciones en consulados, de bailes de inauguración y de botellas de champán burbujeando con frenesí, todo el mundo se divertía, y quien no lo hacía era porque era un snob, un amargado o una mojigata, y yo nunca me he caracterizado por ser ninguna de las tres cosas. En medio de las vorágine, las chicas nos entreteníamos, intercambiando pendientes, vestidos, amantes, y también de vez en cuando secretos militares, porque en aquellos días todo lo relativo a estrategias de combate estaba de moda y, vamos, por ponerlo claro, en ese tiempo, si no tenías algo que añadir sobre el futuro de la guerra moderna, entonces todo el mundo te consideraba una hortera. Creo que nunca tantas líneas de fronteras fueron cruzadas, tantos contingentes enviados al frente, tantas condecoraciones otorgadas y retiradas luego entre deshonores, como en nuestras reuniones de salón y discusiones en el baño, sin que casi ninguna de ellas llegara a hacerse realidad. Oh, y no se crean que era tan sólo una cosa de mujeres: los hombres intervenían con casi la misma o mayor avidez en aquel juego, probablemente otorgándose unos galones que nunca les hubieran dejado atribuirse en la vida real, pero con cuyo fingimiento todos estábamos contentos -y si lo estábamos, para qué íbamos a discutir más. En cuanto a mí, yo en esta coyuntura aproveché para hacer lo que he hecho durante toda (o si no, al menos la mayor parte) de mi vida: ser feliz. Y como siempre he creído poco en el amor tan elevado que expresan los poetas y que se va y se viene con la facilidad de una estrella de mar a las pocas horas o a las pocas copas de entrar en un bar, me he dedicado con fruición al que más me entusiasma: al de una pareja hablándose silenciosa, con los labios pegados la oreja, en una recepción de hotel; el que se entrelaza con copas de vino derramadas en una soirée; o el efímero que dura un minuto, o tres, o mil noches bajo las sábanas. Claro que he sido joven, y he tenido dieciséis años, y he sentido el amor por el que lo das todo y te embarga del todo, pero cariño, hemos crecido, he entendido que esas historias de pasión difícilmente duran, y que al final lo que te quedan son momentos, y que los que no toman no los vas a volver a compartir. Por eso he tenido toda clase de amantes: viejos, jóvenes, bajitos, calvos, con bigote (cómo adoro esos mostachos con las puntas recortadas), artistas bohemios de ésos que no tienen donde caerse muertos y que han entendido que ser escritor es beber a la misma velocidad que los que les publican, pintores que buscan la oportunidad de ver desnudas a sus modelos, gente que no tiene mucho que decir y no sabe cómo hacerlo, gente que sabe muy bien cómo decirlo pero no tiene nada que contar, y también artistas que se preocupaban tanto por su arte y tan poco por su posición de artistas que se habían olvidado decirle a alguien que se fijara en lo buenos que eran. En medio de todo aquello, el dinero importaba lo justo, no demasiado: de alguna manera, siempre había, de alguna forma, siempre fluía. Ribetes dorados en las copas, sábanas de raso, cortinas de un ambarino traslúcido. También es verdad que yo siempre he dicho que una dama es aquella que es capaz de hallarse en toda clase de situaciones, ya sea hablando con un obispo o con un mendigo, y que a ambos trata con igual corrección. Sí, claro, ya sabemos que esto de la clase se asocia siempre a una forma de vestir o de comportarse, pero al final todos tenemos que elegir si lo importante es lo primero o lo segundo, y para ser sincera una vez más, no he visto comportamiento más detestable que el de la alcoba de algunos grandes hombres, o al menos el que se atreven a expresar en la intimidad, cuando creen que allí nadie les mira. Lo que noto es que esto ya empieza a enlazar con lo que quería contarles desde el principio. La cuestión es que al General, en el momento que le hice “eso”, le entró miedo, muchísimo miedo, para nada la palabra “susto”, sino más bien la mucho más vívida de “pánico”. Como si se encontrara en medio de una guerra, y eso que debía hacer décadas que el General no pisaba un campo de batalla, menos aún sobre la superficie de esta ciudad donde, por mucho que se hable de puñaladas traperas o se discutan crímenes en serie, lo más grave que puede ocurrir es que dos locas se tiren del pelo y se arañen con las uñas mientras debaten quién le ha robado el look a la otra. Bueno, la cuestión es que la reacción del General (febril, entumecido, con el sudor perlándole la frente y una sequedad antinatural en los labios) fue lo que me hizo sospechar y por primera vez me dediqué a mirar en serio la documentación que portaba en la pechera del traje militar, y no simplemente ver transcurrir hojas para pasar el rato mientras alguien termina de asearse en el baño. Y en aquel mar de páginas, he de confesarlo, fue cuando mi cabeza zozobró. Quizás porque nunca vi expresada de manera tan aséptica e impertérrita tantas barbaridades que sólo podrían ser sostenidas sobre papel, y me extrañaba que esta superficie no llorara, que no se humedeciera ante tanto dolor junto, manifestado ahí como números, estadísticas y cálculos, previsiones que nunca deberían hacerse, planes que no tenían derecho culminar. Como con el General ya hay confianza, y sé que él me lo podría perdonar todo (salvo, quizás, que le discuta que su peso ha cambiado desde la campaña de Tánger), le mostré lo que había leído. Él, por supuesto, se mostró muy afectado. Dijo que no debería haber mirado todo eso, me pidió -sabía que ordenar directamente no serviría de nada- que no se lo dijera a nadie, y que hiciera como si, de todo lo que había visto, no hubiera oído hablar jamás. De hecho, esa misma tarde me mandó un ramo de flores, con una tarjeta que insinuaba sutilmente de nuevo, sobre la posibilidad de que le revelara a nadie algo de todo esto, una sutil prohibición. Así fue como yo (que he salido de habitaciones de moteluchos sin bragas, que hecho tríos con dos hombres por un lado, y con sus mujeres por otro, que me he levantado en ocasiones, como Peter O’Toole, con tantos restos de Lambrusco corriendo la sangre –por supuesto lo de Peter no era lambrusco- que me he preguntado en qué continente he amanecido), así fue como yo, aquel día, me convertí en lodo; así fue como yo, aquella noche, me convertí en puta. Pero cariño, ya me conoces: esto no podía quedar así. Como he dicho antes, en la elegancia y el saber estar hay que distinguir entre la apariencia y los actos, y a mí esa separación me la enseñó bien clarita mi madre, mientras me cepillaba mil veces el pelo, cuando era chiquitita. Fue por eso lo de aquel suceso atroz. No hagan caso de lo que digan los periódicos; por mucho que ilustren sus portadas con las imágenes de aquel dormitorio con el papel pintado manchado de sangre, como si fuera una pesadilla apocalíptica, la realidad no tuvo nada que ver con eso. Sí, vale, tuve que “decorar” un poco la realidad para disfrazar mi coartada, pero a aquel hombre adusto de bigotito negro que había tenido la endemoniada idea que había sido plasmada en aquel informe (por cierto, un tipo muy sereno, melódico, suave. Supongo que para que se te ocurra una barbaridad como aquella tienes que ser un hombre muy ordenado en tu vida, muy tranquilo, de ésos que no han roto nunca un plato, que riegan las plantas, saludan al pasar, al que todos consideran un buen vecino), yo nunca le hubiera hecho un daño como ése, como no se lo haría a ningún ser humano. No; mi arma preferida, como mujer, siempre ha sido el pintalabios, y después el veneno. Además, uno de éstos que no mata en sí mismo, sino que sólo hace un poco más dificultosos los esfuerzos del corazón. Abandonar este mundo, en un último instante de amor, en medio del placer, henchido de orgasmo: ¿qué mejor final podría esperar, cuál mejor hubiera deseado para mí misma? Luego lo demás fue tan sólo un artificio –algo tétrico, eso sí- una pantomima de teatro, incluso aunque al juez no le convenciera mi representación y no se creyera lo de la pelea de amantes y el crimen pasional. Ahora en la celda procuro exhibir la misma sonrisa que Audrey Hepburn en uno de esos reportajes en blanco y negro: que no vean que la procesión va por dentro, como suele decirse, y que si te enfoca una cámara, te pille siempre sonriendo o bailando. De todas maneras, no me importa mucho estar aquí, e incluso lo considero un privilegio para perseguir mi propia paz: no hubiera podido habitar en este mundillo si la cosa hubiera cometido el delito insufrible de volverse mortalmente seria, si por un momento hubiéramos abandonado las máscaras y nos hubiéramos despojado de toda nuestra muy digna frivolidad. En la corte de justicia nos llamaron cortesanas y reprocharon nuestro modo de vida, pero –para ser sinceros, una vez más, contigo, perdón, con ustedes- creo que hubiera sido una cortesana mayor si (en medio de la felicidad, y de las fiestas, incluso de la celebración que hubieran montado todas las otras, ignorantes, porque empezara la guerra) me hubiera atrevido a callar. Y eso que la farra había sido buena, porque de hecho recuerdo una parecida hace ya algunos años –es lo que tiene la experiencia, aunque no lo quieras, te acaba contaminando un poco- en que hombres muy buenos, y muy bellos, brindaban con entusiasmo porque iban a ir a la trinchera, y ya no regresaron nunca jamás; yo siempre eché de menos que tanto amor y tanto semen y tantos besos que podrían haber repartido esos hombres se desperdiciara, y no quería que volviera a acontecer esta triste realidad. Mis compañeros me recriminan que me haya puesto solemne justamente ahora, y argumentan que, con mis actos he cometido una acción similar a retirar de la mesa las bebidas, aunque me parece a mí que todo lo que venía nos iba a hacer disfrutar menos de la fiesta (supongo que, después de todo, tenía que rodar alguna cabeza para que siguiera sonando el baile). Otros dicen que seguramente no he hecho nada, que sólo he retrasado lo inevitable, que todo lo que tiene que llegar llegará, más tarde o más temprano. No lo sé. Y de hecho no me importa. Lo único en lo que quiero concentrar mi mente, lo único a lo que le voy a dedicar mi esfuerzo, es a rememorar los vestidos de raso, las alfombras de terciopelo, los bocaditos selectos, las faldas largas y las plisadas, una apertura de piernas en el piso de arriba de la fiesta del gobernador, los ojos de aquel chico inocente y de aquella chica tímida cuando me miraban, los helados tomados en verano, un cálido rayo primaveral… Para qué me voy a dedicar a otra cosa. Yo, como te he dicho, cariño, siempre he sido feliz; y no voy a dejar de serlo porque ahora a un pelotón de fusilamiento (recordaré sus caras al otro lado de esta petit-mort, que disfrutaré con todo mi gozo: más vale que sean apuestos) le apetezca que sea otra cosa. Adiós, amigos míos, y si queréis un buen consejo, haced como yo: disfrutad de la celebración hasta el final. Un beso con carmín para vuestros labios.