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martes, 17 de mayo de 2022

El relato de mayo: Los límites del infinito

Los límites del infinito.

(Relato escrito al azar)

 

            La lanzadora de cuchillos apuntó las dagas con precisión, asiéndolas por la punta y concentrando la pupila en su objetivo. Se preparó para arrojarlos alrededor de la chica del traje de lentejuelas que le servía en este espectáculo de víctima. Las luces del escenario brillaban con todos los fulgores. El público, vestidos de traje y corbata ellos, y engalanadas ellas, casi todos de estirpe anglosajona, contenía la respiración.

            Entonces, un grupo de soldados vestidos del riguroso traje militar indio, y de esta misma nacionalidad, entraron por una de las puertas laterales, y se dirigieron hacia allí.

            La lanzadora de cuchillos detuvo su número. En realidad, y por un reflejo automático, los cuchillos falsos que debían salir de la tabla se mostraron ante el público. La columna de soldados se dirigía hacia ella por un lado. Estaban a punto de ascender las escaleras que conducían hacia el escenario. En llegar hasta la posición donde se encontraba la lanzadora, a la que buscaban, tardarían tan sólo diez segundos, y transcurrido ese tiempo llegarían hasta allí y la degollarían. Ella se puso frenética a darle vueltas a la cabeza. No tenía mucho tiempo para pensar.

            Esta es la historia de esos diez segundos...

 *     *     *

             Explicar nuestra condición es complicado. No me hago una idea precisa de cómo hacerlo. De hecho, al principio, cuando era joven, me parecía normal, incluso me preguntaba cómo era posible que los demás no entendieran lo que decía al referirme a ello. Para mí viajar en el tiempo era algo parecido a cruzar una habitación: simplemente avanzabas un paso, movías una puerta y ya estaba. Sin traumas ni transformaciones, sin movimientos bruscos y sin aspavientos. Tanto, que a veces no me daba cuenta de que lo hacía. Sólo estaba pensando en otra cosa, en otro momento, en otro lugar, y allí aparecía. Es algo tan sencillo como eso.

            Luego fue cuando me empecé a dar cuenta del poderoso don que me había sido otorgado, y que se cernía intrigante a mi alrededor. Lo primero de todo debo explicar que no se trata ni mucho menos de una propiedad que reporte un poder universal. Viajar en el tiempo tiene sus reglas estables. Lo primero de todo es que vas envejeciendo mientras lo haces. Tomemos por ejemplo un tiempo de unos diez segundos de lapso. En ese periodo, puedes hacer un número limitado de desplazamientos por el tiempo. La cuestión no se refiere tanto a número de viajes (como he dicho, lo que es el viaje en sí mismo consiste tan sólo en un parpadeo de ojos), como en los años recorridos mientras tanto. Es decir, tú en esos diez segundos puedes marchar, vivir mil vidas, dirigirte a mil sitios, envejeces pero cuando retornas al origen del viaje en el tiempo te vuelves joven otra vez, tan sólo a lo mejor un segundo más viejo. Y así durante un largo rato. Pero no puedes caminar sin límites: llega un momento en que esos diez segundos pasan, y ya no puedes dar marcha atrás. En cierta medida, y para que nos entendamos, es como un zurcido. Tu vida siempre avanza en una sola dirección y sentido, por donde marcha la aguja: luego, lateralmente, tú puedes dar todas las puntadas que quieras, arriba y abajo, a derecha e izquierda; no obstante, cuando vuelvas a la línea inicial, sólo puedes desplazarte hacia delante. No sé por qué ocurre de ese modo exactamente, pero lo cierto es que es así. También, en cierta medida, es como un lanzador de cuchillos: un cuchillo puede ser clavado sobre la tabla en un número infinito de posiciones. Sin embargo, esas posiciones están limitadas por la extensión de la tabla, y también por el hecho de que no puedes dañar al individuo (normalmente una hermosa señorita) que se encuentra tumbado sobre la misma. Creo que este punto no está muy claro, pero algunos postulan que por cada unidad de tiempo que avances en tu vida, dispones del equivalente a unas 30 millones de veces para recorrer pasado y futuro, dirigiéndote a cualquier localización del espacio, antes de avanzar un paso más. Es decir que en esos diez segundos, tendríamos diez mil años como lapso posible de tiempo. Diez mil segundos para ser vividos, envejecer, rejuvenecer de nuevo, y volver a viajar, antes de que esos diez segundos pasen. Es mucho, pero no lo es todo. Esos son los límites del infinito.

            Otra paradoja curiosa que me he encontrado a lo largo de mis viajes es que constituye un embuste eso que algunos han teorizado acerca de que es imposible alterar el presente a través de modificaciones en el pasado, puesto que estos cambios lo único que harían sería conducirnos a él. La realidad es que una circunstancia presente puede ser enmendada a voluntad como consecuencia de sucesivos viajes en el tiempo encaminados específicamente a modificarla. Pongamos por ejemplo la situación en la que me han encontrado: una chica ha vivido treinta años –pongamos en 1870-, durante los cuales ha realizado innumerables viajes en el tiempo (el equivalente a 900 millones de años de vida, más o menos, según recordamos). Luego, llega un momento en que se nos presenta una situación angustiosa a esa edad de 30 años, en el año 1900: por ejemplo, esos diez segundos que tenemos antes de que un grupo de soldados hindis degollen a esa chica sobre el escenario. Esos diez segundos son para esa persona diez mil años de vida a través del tiempo que tiene para modificar su circunstancia presente, para así poder salvarse, y continuar envejeciendo hasta morir de una manera normal, a los 80 (lo cual ocurriría en el año 1950). Porque se supone que todos morimos. Eso dicen. No he encontrado a nadie que me lo haya aclarado.

            ¿Así que, qué hacer? Viajar. Viajar mucho. Pasar de habitación en habitación. Es tan sencillo como eso, abrir una puerta. También hay límites. Al igual que hay un número finito de localizaciones, y de habitaciones en una casa. En mi caso he comprobado que mi límite son cuatro mil años para atrás desde el momento de mi nacimiento, y veinte mil para adelante. ¿Dentro de esas limitaciones, entonces, qué es lo que hacemos? Pues lo dicho: viajar, viajar mucho. Puedes ser una princesa en Persia, un hombre santo en la India (aclaremos este punto: el sexo, los rasgos físicos y la edad inicial del momento en que realizaste ese viaje se conservan; toda modificación posterior de tu cuerpo se elimina cuando retornas a tu tiempo presente), el lugarteniente de Ptolomeo en Alejandría, todo depende de dónde aparezcas, en qué tiempo concreto, y qué decidas hacer con él. Por supuesto no todos los viajes te llevan adonde quieres ni tienes todas las aspiraciones posibles, ni puedes conseguir que cada uno de los sitios a los que viajes eviten que ese grupo de soldados hindis acaben con tu cabeza en una cesta. Pero tienes diez mil años, ¡vamos!, es más que suficiente para, poco a poco, piedra a piedra, poner a tu favor las cosas. Algunos cambios requieren tan sólo unos pocos días –o meses- en tiempos alejados uno o dos días con respecto al tiempo referido. En otros casos, en cambio, paradójicamente, requieres de décadas de vidas en épocas y lugares muy alejados de ti, de tu verdadero presente. Puede parecer que la acción de un hombre en la antigua Babilonia no tiene mucha influencia en lo que le ocurra a un turista espacial: pero quizás el metal del traje de astronauta y el de la daga del babilonio sean el mismo. Y una acción del babilonio sobre esa daga puede incidir en la seguridad del traje espacial. Conviene tenerlo en cuenta.

            Me diréis, “qué terrible la soledad del viajero entre mundos”. No estamos tan solos. A fuerza de cruzar nuestros caminos, hemos encontrado a varios de los nuestros. Ninguno conocemos el origen de este don, ni hasta donde podemos llegar. Nos encontramos unos a otros en una inmensa madeja, ya sea en las épocas Tinder en el siglo XXXVIII o en la victoriana Inglaterra. Interaccionamos de vez en cuando: incluso yo he mantenido relaciones de amistad y he compartido sexo con otros de mi condición, pero para ser sinceros, es aburrido. Hemos visto todos tanto, lo hemos contemplado todo, que tenemos una visión muy parecida acerca de cómo es el mundo y de las cosas que en él te pueden suceder, o que tú puedes crear. Nos estamos convirtiendo en una especie aparte, si es que no lo éramos antes.

Y aparte de ellos, también se encuentran los guardianes del tiempo. No sabemos exactamente quiénes son: si fueron algunos de los nuestros que decidieron un día salirse del juego y quedarse permanentemente (por así decirlo) en la puerta de la habitación, o simplemente son personas se perdieron en la maraña espacio-temporal. Te los encuentras, como digo, en los umbrales, en los espacios perdidos entre las puertas del tiempo; si te detienes un momento a mirarlos, tan sólo te parecen espacio vacío, en general de colores ocres o apagados, como un lugar entre dos mundos. De vez en cuando esos guardianes te ayudan, o te preguntan qué tal va todo. En general constituyen gente, por su aspecto, bastante anciana y cansada. Quizá algún día yo acabe como uno de ellos.

            Hay un aspecto de este asunto que me gustaría que terminarais de entender. Pero lo veo complicado. Se trata de la doble direccionalidad de este juego. Los viajes se dan hacia el pasado y hacia el futuro. Lo que hagas en el pasado, puede afectar a lo que venga después. Pero al mismo tiempo, lo que cometas en el futuro, también puede influir a lo que suceda antes. Comprendo que esto es difícil de aceptar: estamos acostumbrados a que el tiempo transcurra en una sola dirección, y argumentar lo contrario puede parecer una herejía. Ni yo mismo sé cómo explicarlo, ¿cómo iba a poder?¿Cómo le contaríais a un ciego el color rojo, cómo le explicaríais a alguien sin papilas gustativas el sabor dulce? Las pocas veces que lo he intentado, ha acabado en un balbuceo de palabras en torrente de mi boca, y en la incomprensión de los que me rodeaban. Así que no voy a intentarlo de nuevo. Lo único que puedo deciros es que esto es así, y que es verdad. Tampoco os sé proporcionar la explicación científica: yo solamente os voy comentando lo que me he ido encontrando al avanzar.

            En este camino, solicitar indicaciones es de lo más complicado. En estas intersecciones que os he comentado antes, se encuentran los guardianes del tiempo, pero ni siquiera con estos -a pesar de su experiencia- resulta sencillo. ¿Cómo preguntas a alguien de la Roma del siglo II cómo se llega a la América de los incas y aztecas?¿Alguien en el siglo XXIII conoce una mínima parte de las guerras suraustrales? Y también al revés ocurre lo mismo, es difícil preguntarle a alguien del siglo XIII sobre la Edad Antigua, cuando en realidad este concepto de división en edades no queda fijado hasta el siglo XVIII. También te tienes que enfrentar a la ignorancia de aquel tiempo y de la persona concreta con la que te cruces. Y qué decir de lo complicado que es encontrar orientación cuando aterrizas en un país del que desconoces el idioma, y donde puedes haber aparecido con una ropa y en una circunstancia que te resulten por completo desconocidas (como he dicho, no siempre se puede dirigir el sitio al que vas a viajar: en cuanto a las condiciones en que aterrizas, creo que tu propio mecanismo, por instinto, trata de hacerlas lo más cómodas y apropiadas posibles, pero eso no siempre funciona con acierto. Lo sé, puedo desmotrarlo). En definitiva, que en ausencia de mapas claros, sabiendo tan sólo que existen rutas más transitadas y encrucijadas de paso, sitios a los que se es más proclive a saltar justo después de otros sin que haya una explicación lógica –el año 1963 es una estación de paso casi obligada-, conseguir las mejores indicaciones posibles, junto al arte de obtenerlas y de esa manera orientar mejor nuestros pasos, es un requisito indispensable para sobrevivir. A mí de hecho se me conoce especialmente entre los míos por mi capacidad de obtener direcciones. Me he hecho leyenda por ello. Hemos hecho de estos aspectos nuestro particular modo de vida.

            Os preguntaréis por qué preferimos enfrentarnos a este caos, en lugar de quedarnos tranquilamente en nuestro sitio. Lo primero de todo es que no es elegible. Con sólo girar la cabeza, puedes pasar de estarte preparando para cruzar un paso de peatones, a enconrarte contemplando con ropa de griego las pirámides. Pero aparte de eso, lo diremos: la eternidad (o la casi eternidad) es aburrida. Por eso preferimos meternos en líos: enredarnos en problemas, y luego montar enormes y enmarañados ovillos espacio-temporales para salir de ellos. A veces podemos cansarnos, e incluso liarnos, y hasta perder de vista el objetivo inicial. Pero no pasa nada, siempre hay tiempo. Eso es lo que siempre nos va a sobrar.

            Y hablando de tiempo, ya han pasado diez segundos, ¿no? Depende de para quién, supongo. Quizás a vosotros os ha parecido más. Nunca consigo tener el reloj en hora. En todo caso, es hora de que volvamos al lugar inicial.

 *     *     *

            La lanzadora de cuchillos tenía las dagas en la mano. Entonces, aparecieron el grupo de soldados hindis. Sólo en diez segundos iban a llegar. Y en esos diez segundos muchas cosas pasaron.

            Para empezar, las dagas esta vez no eran de atrezzo. Para cuando los soldados quisieron darse cuenta, cuatro de esos puñales habían sido disparados a la vez de manos de la lanzadora, habiendo acertado cada uno en el blanco. La lanzadora, mientras tanto, ascendía por la cortina, con una habilidad felina con los pies, para poderse propulsar y así volver a atacarles.

            Luego, además, al lado de la lanzadora, se encontraba un artista de artes marciales, un mongol que había actuado justo antes de ella, y que se puso a golpear a algunos de los soldados, derribando a varios de un golpe.

            Y para seguir, los miembros de una religión (que no existía la primera vez que los soldados entraron en esta sala) se abalanzaron contra los recién llegados en nombre de su diosa, que se parecía de manera extraordinaria a la lanzadora de cuchillos.

            En medio de este revuelo, se formó un tumulto. Cayeron los focos, y se derrumbaron columnas. Pero la lanzadora se había escapado. Los diez mil años que tenía de margen le habían servido para escapar.

            Entonces fue cuando volví.

            Volví a mi tiempo, a la realidad que me correspondía, diez años antes. Pero esta vez era ligeramente distinta. Ya no llevaba puesto el traje de artes marciales. Y en lugar de encontrarmente (como lo había hecho antes de saltar) en un palacio de corte árabe, me hallaba encerrado en una mazmorra. Con las manos atadas a cadenas, y las rodillas en tierra. Se abrió una puerta. Entró un verdugo con un hacha. En tres minutos –unos ciento ochenta segundos- probablemente tendría tiempo suficiente para llevar a cabo lo que tuviera que hacer conmigo. Y al final de esos ciento ochenta segundos seguro que yo no lo iba a contar.

            Pronto razoné lo que había ocurrido. Claro, era lógico. Le había echado una mano a mi amiga, y ahora, como consecuencia de ello, algo se había alterado en el futuro, y esa alteración (como he dicho que era posible) había modificado mi pasado hasta hacerlo radicalmente cambiar. Es lo que ocurre con nuestros trayectos: creamos madejas tan grandes, tan intrincadas, que es difícil que las que elaboren unos no se mezclen con las de los otros y deshagan lo que algunos han tardado tanto esfuerzo en crear. El que alguien consiga adelantar la consecución de un invento puede fastidiarle a otro la iniciación de una guerra. Son gajes del destino, problemas. Inconvenientes que todos nosotros tenemos que aceptar.

            No pasa nada. Vislumbro con confianza el futuro, en forma de verdugo cuyo hacha, de filo apuradísimo, parece sonreír al poderme vislumbrar.

            Tengo ciento ochenta mil años para poder alterar este mundo.

            Será un bonito paseo el volverlo a intentar.

lunes, 19 de junio de 2017

El relato de junio. Relato aleatorio: "Eso no se..."

Ya sabéis que, de vez en cuando, a un grupo de indocumentados y a mí nos da por elaborar relatos aleatorios a partir de un par de premisas iniciales. Nuestro sabio líder (oh, líder), gurú de los relatos aleatorios, nos impuso las siguientes condiciones:

- Un personaje se está vistiendo, pero la acción deriva en otra cosa.
- Un viejo amigo vuelve.
- Parte de la historia se sitúa en una tumba.

Y ésto es lo que yo he pergeñado. A ver si os convence:


Eso no se…

            “Tantos años con la oscuridad constituyendo mi mejor amiga y aliada, y ahora, ¿voy a tenerle miedo? No, por supuesto que no”, me digo a mí mismo.

            Y, si lo tengo tan claro, ¿por qué tiemblo?

            Al fin y al cabo, siempre guardé de ello consciencia lúcida: no hay que tenerle miedo a lo sobrenatural. Hay que albergarles, en cambio, pánico a los hombres. Y la consecuencia lógica de todo esto es que yo también puedo hacer temblar. Por eso siempre he preferido ser, antes que presa, cazador de almas. Y la otra persona que ocupa este espacio es –o era, mejor dicho- muy consciente de ello. Después de todo, fui yo el que deslicé el veneno en su copa.

            Aún así, desplazarme a través del pasadizo en dirección a tu última morada, tu lugar de descanso eterno, como la repetida fórmula suele pronunciarse, me produce cierta sensación de incógnita, de desconcierto. Quizás porque yo –como hombre previsor, precavido, prevenido-, acostumbrado a leer tantas veces los protocolos y fórmulas de cada una de las acciones de las que me toca formar parte, desde el boato de los desfiles hasta las instrucciones de las ponzoñas, me siento desnudo al tener que manejarme en esta tradición que, en palabras de los propios sacerdotes de Ofir, “nadie ha escrito, nunca se ha revelado al pueblo. Está destinada a ser revelada sólo a aquel que va a convertirse en faraón. El encuentro con su antecesor, dentro de la tumba de este último, constituye un instante mítico, sagrado. Nadie debe saber que va a ocurrir, salvo los iniciados en los grandes misterios de la ultratumba. Tiene además una función de seguridad: no queremos que nadie que no deba se acabe encontrando aquí”. Y aunque esta última afirmación en parte me consuele, y me convenza, no termina de reconfortarme del todo. Quizás por eso mis pasos hacia la parte más inferior de la pirámide sean veloces e incontrolables. Quizás por eso no puedo parar de temblar.

            La cosa se calma un poco, sin embargo, cuando diviso tu sarcófago. Ahora, hijo de Amón, ya no puedes salir de este sitio. Con todo tu prestigio y tu omnipotencia, te ves ahí, reducido a contenido de una simple caja. Desde donde estoy ahora mismo, donde no existe ni el tiempo el espacio, te puedo hacer el chiste sobre el gato de Schrödinger, pero claro, yo por aquel entonces no lo conocía, como tampoco sabía lo que me quedaba por averiguar. En aquel momento, yo era sólo un hombre (El hombre), que contemplaba aquel muñeco de tamaño natural donde habían colgado tus ropajes, y me disponía a ponérmelos, para heredar la vestimenta de faraón que tus esclavos (ahora los míos) te habían retirado hace poco del cuerpo. Me estaba invistiendo del poder real, y lo hacía como el único ser vivo en aquella tumba, como la única presencia real (y Real) en aquel sitio.

O al menos, eso era lo que yo creía hasta entonces.

            Porque claro, entonces se reveló el hecho. El que lo trastocaría todo. Debí haberme imaginado algo parecido. Al fin y al cabo, cuando un pueblo decide que alguien se convierta en monarca, no lo hace al azar, no escoge a un hombre cualquiera. Éste debe presentar unas características que le hacen único, irrepetible. Lo que no me imaginaba era que tu poder oscuro era la inmortalidad. O, mejor dicho, que fueras capaz de morir y levantarte de nuevo. Claro que cada resurrección tiene un precio: en un inicio tu cuerpo queda corrompido, arrugado, arrastrado por la putrefacción y el cieno, hasta que encuentras carne fresca que devorar, con la que adquirir fuerzas suficientes como para salir de nuevo a la luz del día. Carne fresca como yo.

            Todo esto, claro, no pude en ese momento reflexionarlo. Yo sólo supe que, mientras me vestía, el sarcófago se abrió y una figura reptante se deslizó a gran velocidad hacia mí, en menos tiempo del que necesité para reaccionar. La figura me secuestró -con eficacia aprendida- la vida, y en unos cuantos minutos pasó a devorar el cerebro, el corazón, el hígado y los riñones, los órganos que habían retirado los embalsamadores poco tiempo antes (pues el proceso de momificación, en sí mismo, no tiene otra función, como dice el propio Libro de los Muertos, que devolver a la vida), y que restituirían tu existencia, mientras la mía se terminaba para siempre de eliminar...

            No era extraña esta panoplia, por tanto, este juego de prestidigitación en aras de ocultar la verdad a todo el mundo. Puede que tu particular mecanismo fascine en su día a generaciones de alquimistas (a los que en el futuro han decidido denominar “científicos”), pero dudo mucho que los egipcios hubieran aceptado con facilidad, ¡no ya la historia de un dios que vuelve a la vida! –eso les resultaría, paradójicamente, de lo más lógico y cotidiano-, sino más bien el aspecto malsano de tu cuerpo durante los primeros días, hasta que se completa el proceso de regeneración. Si sus coetáneos ya miraron con mala cara a Lázaro (tú en aquel momento no conocías esta historia, igual que yo tampoco lo haría hasta mucho tiempo después), con qué actitud van a juzgar entonces que en el trono de Egipto se siente, de manera periódica, lo que muchos llamarían un zombie o muerto viviente. En cambio, cuando sales de la pirámide, vestido de nuevo con tus ropajes, encaminado hacia el templo, donde una multitud lejana te aclama, y varias capas de maquillaje son suficientes para mantener el engaño a distancia, a todo el mundo le resulta natural adorarme –bueno, en realidad, a partir de ahora, adorarte a ti. Si acaso, los sacerdotes que te flanquean deben hacer cierto esfuerzo por contener la respiración, para no aspirar el olor tan nauseabundo que provocas a tu lado. Pero en fin, es una desagradable molestia que sólo dura unos días: y a partir de entonces empieza una nueva ocasión, una nueva oportunidad, de vivir, de mandar, de reinar, una vez como todas, generación tras generación, un día más.

            Es curioso cómo cambian las cosas: yo creía que te conocía a fondo, todo lo que puede conocerse a un hombre y, sin embargo, el más importante secreto me lo mantuviste velado. Claro que tú también pensaste que yo era tu siervo leal -aún más, tu amigo. Y, en cierta medida, yo te consideraba uno a ti. Es sorprendente cómo han evolucionado las cosas. Resulta impactante lo que ocurrió (ocurre, ocurrirá) contigo cuando llegue el crepúsculo del imperio egipcio. Pero yo quería volver a aquel momento en que nos volvimos a ver y me mataste. Ni siquiera puedo molestarme contigo: después de todo, lo haces para sobrevivir, y no es distinto del acto que yo llevo a cabo cuando engullo un filete de vaca. Además, después de como acabamos (acabé contigo), he reconocer que la cosa tiene un cierto aire de justicia poética. Hasta puedo aceptar que lo tengo merecido.

            Pero fuera de la cuestión, como pregunta aparte… ¿tenías que devorarme empezando por comerte mis dientes, y tenías que hacerlo además precisamente con los pies?

   
         Joder, cabrón, eso no se hace…

Anexo: incluyo links a las otras respuestas (en forma de relatos a los que tengo posibilidad de enlazar) que han dado algunos de mis compañeros en este reto aleatorio.
-El Olivo de Piedra.

-El último Kaltenerggense.
Vía Facebook, también se han proporcionado un par de microrrelatos... pero ni sé si es pertinente incluirlos, ni estoy seguro (bueno, miento, claro que no) de si son válidos para menores de 18, así que de momento correremos un estúpido velo, esperando que para este reto y para el futuro se apunte más gente. Buenos días y buenos retos.

martes, 6 de agosto de 2013

El relato de agosto. Relato aleatorio: "El día que le dije al rey que no iría al mar por él"

Nuevo relato aleatorio. He aquí las (grabadas en piedra) sacrosantas condiciones ofrecidas por el programa gobernante del azar, bajo los mandos de nuestro incansable amigo Ludkubo, el cual se empeña en traer algo de caos a nuestras excesivamente predecibles y rutinarias vidas:

- El protagonista acepta participar en un reality show
- Durante la historia se experimenta con un nuevo procedimiento médico.
- Un personaje es creador de juguetes
- Alguien triunfa de una forma embarazosa

También, como en otras ocasiones, recién salido del horno y sin correcciones. A pesar de todo, espero que os convezca.

P.D. Ya se advierte: el título no tiene que ver nada (o muy poco) con el relato. No se acepta reclamaciones.

Un saludo,

El día que le dije al rey que no iría al mar por él

                Pocos conocen este lugar mágico, con un tinte casi sagrado, que posee tan sólo unos pocos metros cuadrados en un primer piso de una de las calles más concurridas de la ciudad: se trata del sanatorio de juguetes.
                Allí, desde hace más de cincuenta años, un hombre, con afanosa dedicación, trata de llevar a cabo lo imposible: recomponer las ilusiones rotas, reparar la imaginación. Conseguir que, aunque sea  a base de trasplantes y de remiendos, un niño vuelva a obtener su juguete, a veces transformándolo en algo ligeramente distinto, casi nuevo. En ocasiones el niño ya ha crecido, o se ha buscado un muñeco mejor, y más grande, y más caro, y ya no lo quiera. Entonces se queda allí, en su estante, esperando que alguien venga a recuperarlo, a decir que lo estaba aguardando desde hace tiempo, incluso aunque no lo supiera, o tal vez, como dijo una vez una niña, a reclamarlo argumentando que “ese muñeco me necesita”. Sin embargo, de esos niños cada vez hay menos. Prefieren un videojuego, un carro de combate destructor o asaltar los casinos on-line con una tarjeta de crédito. Mientras tanto, el sanador de juguetes, el hombre que da vida a los sueños, se queda esperando; a un tiempo en que las cosas vayan mejor, a un mundo que seguramente no volverá, o simplemente, a un niño que quizás no exista…
                Hasta que un día, la realidad te obliga a decir “ya no más”.

                *                                             *                                    *

                -Esto es un documento de exclusión de responsabilidad corporativa, señor. Significa que si ocurre algo inesperado durante el programa o los preparativos del mismo, usted renuncia a la posibilidad de denunciar a la cadena. ¿Ha entendido lo que quiere decir?
                -Sí. Significa que ustedes creen que con firmar un papel y que sea legal ya pueden hacer lo que les dé la gana con la vida de la gente.
                -Señor, lo que quiere decir es…
                -Sí, claro. Por lo que te pagan a la hora no merece la pena pensar. Te basta con que no te exijan arrodillarte para conservar el puesto.
                En realidad el diálogo no tuvo lugar, salvo en su cabeza. El sanador de juguetes miró a la chica. Joven. No excesivamente ambiciosa. Pero ha aprendido desde que salió del nido que navega en un mar de tiburones. Que nadie da ni regala nada. Y actúa en consecuencia. Nunca ha sido Blancanieves. Su abuela soñaba con ser reina por un día. Su madre, con tener alguien al lado que la quisiera al mismo tiempo que ella misma desarrollaba su carrera profesional. Ella se acorta cada día un poquito más la falda, en espera de un ascenso.
                -Bien. Ahora, la normativa legal me exige que le lea algunas cláusulas: será usted sometido a vigilancia médica durante todo el período que dure el proceso. Durante ese tiempo, se estudiará si la implantación de falsos recuerdos puede haber afectado a otros aspectos de su organismo. En caso de notar algún tipo de malestar, deberá comunicarlo a la menor tardanza al control médico competente; de no ser así…
                -¿Tienes novio, pequeña?-dice el hombre mientras termina de firmar los papeles.
                La chica se queda sorprendida; pero el aspecto bonachón del hombre no da pie a pensar que se trate de un acosador de jovencitas. Responde en tono algo seco:
                -No tengo tiempo para esas cosas.
                El sanador de juguetes hizo un ejercicio mental que solía consistir en algo inverso a lo que solía contemplar en su oficio: se imaginó a la muchacha cuando era más joven, tierna, cuando era tan sólo una niña despreocupada y pizpireta.
                -¿Cuál es el último juguete con el que jugaste?
                La chica frunció los labios y enarcó una ceja. ¿A qué se refería el hombre?
                El hombre encogió los hombros, resignado. La mejor respuesta a algunas preguntas era la que nunca se llegaba a contestar.

                *                                             *                                             *

                Hay que hacerlo. No importa lo que caiga. Hay que llevarlo a cabo.
                El espectáculo debe continuar.
                -¡Millones de espectadores, en todos los continentes, de todos los países, contemplando el hecho!¡Una polémica acumulada que ha sacudido los cimientos de nuestra sociedad!¡Y ustedes van a tener la oportunidad de admirarlo, en directo, en nuestro canal!
                Porque da igual que el juez haya fallado qué o que la última resolución parlamentaria no haya llegado a tiempo. Si las cosas pueden hacerse, han de hacerse. “¿Pero, y el riesgo ético?”, les preguntan a los médicos. “A mí no me mire, yo soy un mandado”, hubieran respondido. Habría quien pudiera hablarle de la ética universal, o del juramento hipócratico. El médico al cargo hubiera respondido que, en estos tiempos, Hipócrates estaría trabajando para una multinacional. O se vería obligado a tomar partido entre el Madrid y el Barcelona. Hoy ya no hay defensores del hombre, hubiera proclamado el médico, mientras ajustaba su reloj de marca y se acordaba del cuadro de Albert Schweitzer que tenía colgado en su despacho: tan sólo existen empleados.
                -Contemplen ustedes a esos hombres y mujeres; ellos son personas de distintas profesiones y clases sociales, pero tienen algo en común: todos ellos tenían una pasión que les entusiasmaba, y que practicaban a pesar de todos los inconvenientes que podía producirles.
                La luz se iluminó  y apareció la efigie del sanador de juguetes.
                -Éste hombre fabricaba juguetes en su pequeño taller artesanal –se equivocó la voz en off. La luz se apagó y apareció otra persona iluminada.
                -Esta mujer es una fanática de salir al monte a caminar y a hacer ejercicio; no puede pasar un día sin ello…
                -Este chico es un ecologista nato. Ha dedicado su vida a defender causas legales de protección de la naturaleza…
                -Esta chica es arqueóloga. Nada la satisface más que desenterrar en busca del conocimiento oculto.
                -Este chico es guionista. Le encanta escribir historias llenas de ternura y delicadeza. Adora los clásicos. Es fan de Víctor Hugo y de los gatitos. No soporta las películas llenas de violencia, y considera que hay directores sobrevalorados por gente que valdría más para carnicera que para críticos de cine…
                -Esta chica adora su femineidad. Le gusta llevar pendientes, ponerse vestidos, la gustaría ser madre. Nada la satisface más que ser mujer…
                -Todos ellos tenían un sueño y vivían de acorde a él. Pero su sueño no estaba de acuerdo con lo que el resto del mundo les exigía. Por eso, le hemos implantado recuerdos falsos para que piensen que son otras personas. Otras personas que se dedican a otros oficios.
                Volvieron a enfocar al sanador de juguetes, esta vez vestido con el mandil típico de un gran centro comercial. Se encontraba con una muñeca muy cabezona y vestida con un gran escote en la mano, y se la ofrecía a una niña que pedía con insistencia a su madre que pagara el precio.
                -Ahora hacen las cosas contrarias a las que se dedicaban –enfocaban a la mujer a la que le gustaba salir a caminar al monte, con cara de acelga al encontrarse situada detrás de una mesa de despacho-. Ahora, se han situado fuera de sus sueños, al mismo nivel… -y aquí el presentador de noticias miró directamente a la cámara- que muchos de nosotros.
                El programa, efectivamente, lo veían millones. Físicos que acabaron siendo economistas. Empleados de McDonalds. Teleoperadores. Chicas que se pagan los estudios haciendo cosas que no podrían confesar a sus madres. Divorciadas, alcohólicos, currantes que creyeron que podrían hacer una fortuna en bolsa y acabaron arruinados. Gente perteneciente al 30% más rico que, cuando les preguntan si están en el 10% más rico, responden que sí, y opinan que estos últimos deberían pagar menos impuestos. Ancianos que compran cuatro yogures al día en los supermercados, y no les da para más, pero se alegran de no vivir en sitios como Cuba. “Ya no sueña aquel niño que soñó que escribía”, cantautores que ahora firman órdenes de bolsa que suben el precio del grano y matarán a millones de personas. “Pero a mí no me preguntes, yo tan sólo cumplía órdenes”. Chicas que lo abandonaron todo por “él”. Que pensaron que su chico dejaría la bebida y les invitaría a un paseo romántico. Dependientes que visten trajes de seda que nunca serán capaces de pagar, pero que creen que les distinguen del resto del mundo. Gente que aspiraba a salvar el planeta, y simplemente se conformó con que no les engullera. Que, incluso, pretendió coger –sin importarle quién comiera- su pedazo de pastel. Supervivientes. Y ahora les veían a ellos. Resignados a lo mismo que el resto del mundo.
                -Miren. Contémplenles a ello. Sus recuerdos les dice una cosa, pero el resto de su cabeza les indica que no deberían estar allí.
                La antigua antropóloga ahora repartía panfletos de un centro comercial en una gran calle, cercana a aquella donde se encontraba el antiguo santuario del sanador de juguetes. De repente, todos los panfletos se le caen y salen volando con el viento. “¡Vaya puta mierda de trabajo!”, grita la chica en voz alta. Mientras tanto, salen la chica que adora su femineidad vestida como un chico, mascando tabaco, de hecho. “Ella cree que es un hombre”, menciona la voz en off; de hecho, sólo le falta bajarse la bragueta para mear. El abogado de las causas ecologistas redacta ahora demandas para obtener un permiso que posibilite a su compañía talar un bosque. Su cara de “algo anda mal” acaba reflejándose en todo su ser, en su cuerpo crispado, tenso cada músculo de su cuerpo. El guionista, mientras tanto, aparece en el decorado de una película porno ("What´s up, pussycat", cree recordar que se titula la cinta), sudando tinta y tachando borrones sobre un papel. No parece feliz con lo que hace.
                -Contemplen a estos hombres observando a sus sueños morir poco a poco –enfocan de nuevo al sanador de juguetes, envolviendo la muñeca cabezona en un envase comercial-. Observen sus almas extinguirse, languidecerse… apagarse poco a poco, convertirse en algo mediocre… gris.
                La gente no quita a ojo: no son personas, son personajes. Están ahí para ejercer un papel, como todos en la vida. Ellos también tienen que hacerlo. También les toca. Como a todos. No van a ser ellos menos. El sanador de juguetes parece cansado, dormido. Como si quisiera que una inyección de morfina llegara y le librara de estar allí…
                -Pero el momento cumbre llega ahora. Es en estos momentos cuando…
                … cuando, efectivamente, algo pasa. La mujer que masca tabaco en un bar del centro comercial. Al principio todo el local se queda extrañado. Pero la impresión sobre uno de los que beben, al observar a su compañero derramar un galón de líquido a través de sus pantalones, es tal que su mano se afloja y la cerveza que toma se estampa con estrépito contra el suelo.
                -¿Qué demo…?-suelta el dueño del bar, pero su mujer es la que reacciona más rápidamente.
                -¡Traed compresas y un barreno de agua, rápido!
                El momento es doloroso, dramático y brutal; tanto que la gente del centro comercial se agrupa alrededor de las pantallas de televisores de los escaparates para contemplarlo. El sanador de juguetes vuelve la cabeza; por una vez, hay cosas ocurriendo a ese lado de cristal. Por primera vez en mucho tiempo, el sanador de juguetes siente su corazón volar…
                -¡Un último esfuerzo!¡Un último esfuerzo!
                -¡Aaaaahh!
                El niño sale llorando y pringado del todo, tan feo como todos los niños; y sin embargo, es de una hermosa humanidad…
                El guionista, que también escucha la tele, arroja sus lápices por encima de los dildos; la chica que adora la naturaleza tira la silla por la ventana y sale, como si fuera un dinosaurio caminando sobre un campo de hormigas, con abrupta decisión al mundo exterior. El abogado tarda un poco más, pero cuando se entere de las noticias, seguro que reaccionará.
                -¡No!¡Vuelvan ustedes a sus puestos!¡No pueden marcharse!¡No pueden hacerlo!
                El sanador de juguetes tira la muñeca cabezona a la basura. Sale caminando.
                -¡Te vas a enterar, maldito imbécil, por contratar a ese médico borracho!-se oye al retransmisor vociferando-. ¡No volverás a trabajar en esta puta ciudad!
                Pero a los participantes de este reality no les importa.
                Salen de este programa.
                Van a vivir su realidad.

lunes, 8 de julio de 2013

La historia corta de julio. Relato aleatorio: Una historia en 4 interjecciones.

Ha surgido un nuevo reto aleatorio, y en este caso he decidido abordarlo de una manera que me ha parecido   más o menos curiosa. Una historia en cuatro interjecciones. Aquí vienen las condiciones del reto:

- La historia empieza con un personaje saliendo del armario

- Una pieza de fruta tiene una parte importante en la historia

- Una de las localizaciones de la historia es un taxi

- Hay un nacimiento a lo largo de la historia.


He aquí la historia:



Una historia en cuatro interjecciones

-Eeeeh... María, he de confesarte una cosa. Soy gay.

                                                                            *
-¡No!¡Aaaah! [se oye el grito  de una mujer, interrumpido porque su voz queda ahogada].
-Tranquila, María [dijo el hombre riéndose obsceno mientras le tapaba la boca y le subía a la mujer la falda]: soy un ángel del señor. Vengo a darte el fruto que no puede entregarte tu marido...
                                                                            *
-¡Buaaah! [se escucha el llanto de un niño mientras vemos el rostro de una mujer retorciéndose de dolor].
                                                                            *
-Yo me voy a Egipto [dice la mujer volviéndose hacia el hombre]. Tú verás lo que haces.
[María le hizo una señal al conductor del carro. Éste espoleó a sus caballos]:
-¡Arre! [El carro arrancó].
                                                                            *
José contempló desde la colina la larga superficie de los tejados del pueblo que se extendía ante sus ojos.
María se encontraba haciendo cosas en la cocina. Se hallaba vertiendo el contenido de una jarra cuando José apareció.
María entonces no soltó ni un "ah", ni un "eh", ni un "uh" ni un "oh". Simplemente, igual que también José, miró a su imprevista nueva familia y, sin embargo, sonrió.


Otros relatos con la misma temática:


http://fdb88.wordpress.com/2013/07/10/reto-8-de-cazadores-y-cerezas/


 http://bareto.wordpress.com/2013/07/19/reto-no9-la-semana-despues-del-partido/

http://vidacubica.wordpress.com/relatos-al-azar/el-fuego-purpura/

martes, 4 de junio de 2013

Relatos aleatorios. "What if...?"

Resulta que, merced a nuestro amigo Ludkubo, hay una nueva edición de los relatos aleatorios. Sin embargo, en esta ocasión, por suscripción popular, se ha aprobado que lo que se relate constituya un "What if...?", más conocido como ucronía en castellano: es decir, una variación acerca del devenir del mundo en el supuesto de que un suceso histórico hubiera cambiado o no hubiese acontecido (qué hubiera pasado si a Colón no hubiera descubierto América, etc). Las diversas posibilidades serían generadas por el famoso programa aleatorio habitualmente encargado de estas cosas (que muchos sospechan ya que en realidad es un mono agitando unos dados o, en su defecto, Juan Miguel Cano Castell inventándose las historias y/o alimentando al mono con cacahuetes), y la elección final entre las mismas se haría de manera democrática entre la panda de descerebrados que ya habéis ido viendo que conformamos este grupito.

La intrahistoria de la selección definitiva tiene miga, pues éstas fueron las posibilidades que el programita nos ofreció:
-¿Y si nunca se hubiera inventado la píldora anticonceptiva?
-¿Y si Elvis hubiera estado obsesionado con Bach?
-¿Y si Nietzsche hubiera vivido en un mundo donde nunca nunca sucedió la crucifixión?
-¿Y si en el hundimiento de la Atlántida hubiera intervenido una fuerza policial?
-¿Y si Cleopatra hubiera sido responsable de la ascensión del comunismo?

Al final, ha sido esta última la elegida (no es sólo que seamos unos degenerados, ha habido que desempatar, o sea que había una dura pugna, en concreto con la historia de la Atlántida), y a mí en concreto me ha tocado (en virtud también de una selección aleatoria acerca del género o tratamiento del cuento) que fuera un relato sobrenatural post-apocalíptico. O sea, Cleopatra. Comunismo. Sobrenatural, post-apocalíptico.

Tiene bemoles la cosa. Aunque las ha habido peores.

Lo que pasa es que uno, conforme va mirando las preguntas, va pensando también en las respuestas. Y como no va a dejar uno que algo como el azar o la democracia estropee sus planes (levantamiento de ceja al decir esto), presento también las alternativas que se me han ido ocurriendo, aparte de lo que finalmente me había tocado. Así que aquí tenéis:

-¿Y si en el hundimiento de la Atlántida hubiera intervenido una fuerza policial?
"El dios de dioses Zeus, que reina por medio de leyes, puesto que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras reunirlos, dijo..." (Ahora es cuando voy a hacer que entren los atlantes en el Olimpo...)
-¡H-D-W-X!¡Vete ya a la cama!
-¡Pero mamá, si no tengo sueño...!
-¡Vamos, que si no, no te dejo jugar mañana con tus amiguitos!
-Jo, mamá, eres como un sodermonder [palabra marciana equivalente a sargento, y también a una fruta pequeña].
-Venga, hala, a dormir... Y no olvides recoger tus juguetes antes de irte a la cama.
(Este chico... Tiene una imaginación tan vívida. Me pregunto en qué estaría pensando...) 
Mientras su madre meditaba esto, en el cuarto de su hijo, algo muy parecido al estruendo de una ola resonó.

(Nota al pie: os habréis dado cuenta de que los relatos son cortos. Sí, falta de tiempo, estos días son terribles, pero bueno, creo que no le han cortado las alas a ninguna historia. Seguimos).
-Dígale a su amigo el zar que no se lo tome a mal... Una tiene que ganarse la vida, a pesar de todo, y los comunistas pagan bien... De reina a rey, no es nada personal...
Rasputín reservó las últimas fuerzas para que su quebrada voz acompañase a sus ojos.
-

-Sabes que no moriré, ¿verdad?
Edito: Otros relatos aleatorios sobre Cleopatra y el comunismo, escritos por colegas y compañeros.

-¿Y si Nietzsche hubiera vivido en un mundo donde nunca nunca sucedió la crucifixión?
-Uno cabría esperar que, educado en una casa donde la inmesa mayoría eran mujeres, ella me inculcarían los valores de la compasión al débil, de la verdad, de la conmiseración. Más bien al contrario, obligado a representar por todos mis familiares el papel de héroe masculino, fui imbuido al máximo de esos principios que heredamos de nuestros antecesores los romanos: fuerza, contundencia, exaltación de mí mismo, insensibilidad al dolor. Quizás por ello quise fijarme en la otra parte, y seguí las enseñanzas de un desconocido místico de Galilea que huyó antes de que le atraparan los romanos, pero que si se hubiera quedado hubiera sufrido (como yo sufriré en los próximos tiempos) la persecución, la ignominia y la crucifixión. Y todo por predicar a favor de la paz, del amor y la esperanza. Porque así habló Jesucristo, discípulos míos...

-¿Y si Cleopatra hubiera sido responsable de la ascensión del comunismo? (Tratamiento: relato sobrenatural y post-apocalíptico).
-Muchas gracias, señorita... Caramba, estos cigarros son sabrosísimos.
-¿Verdad? Me los traen especiales, importados -presumió la mujer, enseñando las perlas de sus dientes. Rasputín supo que iba a disfrutar. Esta vez no se trataba de una de esas viejas cacatúas ávidas de la emoción del espiritismo. Tez morena, piel sedosa, peinado de peluquería, un vestido ajustado a la moda de Europa, destacando especialmente la boa de plumas, y donde sus curvas se perfilaban en toda su extensión... No era muy guapa, pero estaba muy claro que en la cama iba a demostrar que tenía algo. Rasputín estaba deseando llegar a la siguiente fase.
-Veo que es usted un admirador de las monedas antiguas...
-En realidad no, amable señorita.... Solamente de las procedentes del antiguo Egipto. Siento una fascinación especial por esa cultura.
La mujer las contempló con atención.
-No está mal -afirmó ella-; pero yo no tengo la nariz tan afilada.
Rasputín notó un sofoco. Comenzó estentóreamente a toser.
-¿Qué creía, mi amado monje?¿Que una cultura milenaria y obsesionada con la muerte no iba a acabar descubriendo un par de truquitos? Vaya, veo que se siente indispuesto. Déjeme que le acomode las almohadas...
Rasputín intentaba respirar, pero los cigarrillos envenenados, letales como el desbordamiento del Nilo, iban ejerciendo su efecto sin ninguna clase de piedad.
Por un momento, Cleopatra dudó. Pero luego respondió, justo antes de cubrirle la cara con la almohada, desafiante:
-Nos vemos después del Apocalipsis.
En algún lugar, en algún tiempo, miles de años después, o quizás tan sólo en un parpadeo, en lo más profundo de las arenas del desierto, una momia despertó.

-¿Y si Elvis hubiera estado obsesionado con Bach?
¡CRASH!
-¡Ni Bach ni demonios!¡Esto no es su maldito país yanki: en Alemania, señor mío, las personas decentes están a esta hora de la noche en silencio, o en su cama!¡Y como vuelva a escucharle una sola nota, le meto lo que le queda de órgano por el...!

 -¿Y si nunca se hubiera inventado la píldora anticonceptiva?
-Y con respecto al último reto aleatorio...
-Cari, tenemos un problema...
-Lo siento, urgencia chunga. Que os den por culo, cabrones. Adiós. 

-Como un show de televisión: http://fdb88.wordpress.com/2013/06/11/reto-7-la-gran-piramide/
-Sin ambientación particular: http://santajis.wordpress.com/2013/06/11/cleopatra-madre-roja/
-Ciberpunk y retrofuturista. Primera parte: http://vidacubica.wordpress.com/relatos-al-azar/divina-elocuencia-i/.

domingo, 26 de mayo de 2013

Relato aleatorio: "Amad a la dama"

Seguimos con la racha de relatos aleatorios, cortesía de Ludkubo. Esta historia corresponde a un nuevo reto, que debe reunir las siguientes condiciones:

- El protagonista de la historia es un adicto
- La historia empieza con una reconciliación
- La historia empieza en un ático
- La tecnología tiene un rol importante en la historia.
Bonus especial (y por aclamación popular): inclusión de uno o más gatitos.

No ha habido mucho tiempo (últimamente mi vida anda un poco acelerada) y, salvo una corrección externa (que agradezco en el alma a la persona implicada), apenas revisión. Puedo adelantar que, aunque me ha gustado poder desarrollar ciertas cuestiones, otras aspectos del relato no me han convencido tanto. Pero bueno, espero que os guste. Cuando haya unos cuantos relatos de otros participantesos colgaré los enlaces para que podáis leer el resto. Un saludo.


Amad a la dama.

Llevan 65 millones de años compitiendo. Desde que desaparecieron los dinosaurios. Mamíferos y aves, condenados a la lucha hasta la extinción.

Ellos no lo saben. O eso creemos. Dicen que los animales no saben distinguir el pasado y el futuro. Y sin embargo, llevan en sus genes una enemistad que lleva fraguándose durante generaciones. A veces en la gran escala de la vida. Otras, sobre los tejados de cualquier ciudad.

Gatos y palomas caminando por encima de las tejas. Un gato cualquiera y una paloma cualquiera, mirándose entre ellos, representando a todos los demás. Como siempre en la vida, hay tres opciones: rehuir el contacto es una. Pero eso, en el fondo, es posponer la batalla para otro día. La otra es enzarzarse en una encarnizada a lucha por la supervivencia, de la cual sólo uno podrá volver. Y en cuanto uno muera, los otros tramarán su venganza, y responderán con una víctima, y el grupo opuesto con otra, y así hasta la extenuación.

Aunque quizás, se dicen a sí mismos ambos animales mientras se contemplan a los ojos fijamente, ha llegado el momento de cambiar de estrategia.

Quizás ha llegado el tiempo de la reconciliación.

* * *

Obviamente, era un colombófilo. Con esos tejados, qué menos, solía decir él. Desde esas alturas podía vislumbrar toda la ciudad. Para un vicio que tenía, no sabía por qué no se lo podían tolerar. A menudo le decían que era un adicto: pero él no entendía qué había de malo en tener unas pocas palomas.

Certificó que el candado de las jaulas se encontraba bien asegurado.

Por si algún gato.

* * *

Haciendo el amor, intensamente, sobre la cama. El sudor se agolpa sobre el colchón (ni siquiera han colocado las sábanas, en el arrebato de deseo), como si ambos se encontraran enfermos de las más intensas fiebres de malaria. Las lámparas de las mesitas de noche se han desplomado, en el Waterloo de algún empujón. Sus cuerpos se cruzan casi hasta matarse, pues ya intuyen que será la última. Después, llegará el destierro a Santa Elena, de donde ya nada puede retornar.

El último orgasmo, en el que casi se pegan un golpe con el techo del piso, sabe a cielo bendito.

Un cielo que se contempla desde los amplios ventanales, donde tan sólo un gato se atreve a pasar.

* * *

Ella delante de la puerta. Hay una mirada. Un brillo que refleja el último adiós. Saben que después de este día será difícil que vuelvan a verse.

Ella, con el bolso colgado de su hombro por un asa, le pregunta:

-¿Conoces la escultura del soldado que hay en la plaza de Mina?¿La del héroe?

Él rehuye la respuesta. Aún no ha llegado el momento de contestar.

* * *

El chico anda levantado, una vez más antes de tiempo, como todos los días, como en una larga condena que no tuviera fin ni principio; como en un infierno mítico del que Sísifo quisiera escapar. Aunque quién sabe, quizás, después de tanto tiempo condenado, a Sísifo le dé miedo escapar de la rutina. Quizás al chico le pasa lo mismo. Y por ello no se atreve a escapar.

Sí, claro, el ático parecía perfecto. Sobre todo a su novia, que lo consideraba “cuquísimo”. En pleno centro de la ciudad, con unos ventanales inmensos. Se pueden ver prácticamente todos los tejados de la ciudad. Se lo había vendido una agencia; por lo visto pertenecía a un antiguo jugador de balonmano, que ahora se trasladaba porque era rico y famoso desde que le habían otorgado un premio. Pero para ser un deportista de élite, al chico le parecía más bien espartano, o eso pensó mientras se lo enseñaba el vendedor y lo recorrían en apenas tres pasos, se tenían que agolpar en el baño para poder inspeccionarlo, o le daba la impresión –como pudo confirmar los siguientes días- de que se estamparía de bruces la cabeza contra el bajo techo cada vez que se levantara. Y sí, tenía terraza (el único motivo por el que se atrevería a llamar a aquel piso “ático” y no desván como le pedía el cuerpo: pero ni mucho menos “penthouse”, como si fuera la casa Playboy, y comentaba el anuncio), una que tenía pinta de llenarse de mugre y de cagadas de pájaro y otra clase de animales a los diez minutos de que la limpiaras. Sin embargo, a su novia le hacían los ojos chiribitas al contemplar “aquella delicia”, y como estaban próximos a casarse, al chico le pareció el mejor regalo de boda y que, después de todo, si a ella le gustaba, no sería tan malo. Qué bonito es el amor.

Y sí, no fue tan malo: fue mucho peor. A la casa le salieron termitas; tenía las tuberías muy cortas y por tanto, cada vez que ponían la lavadora, refluía el agua por los desagües y se llenaban los lavabos y el inodoro de agua en contacto de la ropa sucia, cargada de manchas negras porque en aquella época su novia fumaba, con lo había que limpiar a toda velocidad para que el hollín o lo que quiera que fuera esa pasta negra no se quedara incrustada en la porcelana. Y para colmo, y para acabar de rematar, su novia –ahora su mujer- le dejó por un maldito niño rico que vivía en una inmensa mansión victoriana. Y le dejó aquel maldito piso, que él siempre había odiado. Con sus tuberías, sus termitas y aquellos malditos gatos (vislumbró dos al otro lado de la parte de la ventana que daba a los tejados, en aquella inmensa explanada de tejas rojas la cual parecía extenderse hacia el infinito) que no hacían más que pasear su altanería por ahí.

Desde hacía cierto tiempo, las cosas habían ido degenerando; después de que Raquel le dejara, descolocado por la pérdida, después de aquella última sesión de amor durante la cual había creído que aún le quería, había perdido el trabajo. Como no tenía dinero, no podía permitirse alquilar un piso mejor. Sin ninguna excusa para salir afuera, sin querer correr el riesgo de encontrarse con amigos a los que tuviera que comentarles sus fracasos, apenas abandonaba el piso, andando siempre a punto de pegarse de golpes con los techos. En el televisor de pantalla plana, mientras tanto, iban desfilando las imágenes del vídeo del día de su boda, en el que quizás pudiera encontrar qué había salido mal. Se la imaginaba ahora con su nuevo novio, follando a todas horas con los muebles de la antigua casa que se había llevado, riéndose, siendo feliz, sin acordarse del pringado al que había dejado fatal. Mientras tanto, en la mesa, unas pocas fichas se encontraban desparramadas sobre un abandonado tablero de Scrabble.

Quizás fuera el momento de avanzar…

* * *

El mismo escenario. Esta vez, cuatro gatos arañando el alféizar de la ventana. Las fichas de Scrabble, cada vez más abundantes. En la televisión, siguen discurriendo imágenes de la boda. Ahí la novia, con su sonrisa Profidén. Quién iba a decir que luego le dejaría allí, en la estacada. El chico contuvo un insulto. Y él, en las imágenes, parecía tan feliz, tan ajeno a todo. Sin conocer la puñalada que le iban a clavar. El chico, mientras tanto, contemplando embelesado las imágenes, parece mucho más pálido que cuando le contemplamos en una anterior ocasión. En el piso hay cada vez menos muebles.

Ocho son los gatos ahora en la ventana, mientras se desplazan, silentes, las manecillas del reloj.

* * *

Ahora son casi una veintena los gatos que arañan, casi desesperados, los cristales. Negros, anaranjados, grises, a rayas, con sus pupilas verticales escrutándole con fervor. Mientras él da vueltas por la habitación, tratando de esquivar los techos, la pantalla plana sigue proyectando imágenes de la boda. El montón de las fichas de Scrabble es cada vez más alto. Apenas quedan más muebles que en una celda monacal. El tono de la piel del chico es aún más blanco. Sus ojos, cargados de insomnio, revelan varios días sin dormir. Su frente está perlada de sudor…

No me gusta. No quiero. No podrás. No vencerás.

Ya queda cada vez menos para el final…

* * *

Gatos. Docenas de gatos. Por la terraza, sobre las tejas, encaramándose a las antenas, aplastándose entre ellos, en una maraña de orejas, hocicos, colas y bigotes, sobre las cuales unos caminan encima de los otros, pero sólo puede sobrevivir unos pocos. Algunos de ellos, como en aquellos famosos montajes fotográficos de gatos embotellados, parecen aplastados contra el cristal.

Y mientras tanto, en el otro lado de la ventana, permanece enjaulado otro patético animal. La televisión de pantalla plana –ahora el único mueble de la casa- emite una perenne gris niebla. Varias torrecitas de fichas de Scrabble se acumulan sobre la mesa ante él …

Y sin embargo, en la mano del chico, una letra parece cambiarlo todo.

Una letra que coloca justamente en su lugar. En el centro. En ningún otro sitio podía a estar.

“Amad a la dama”, se leía sobre el tablero, como una orden a rajatabla que no se pudiera replicar. “Amad la dama”, leyó empezando desde el otro lado, implicando que, lo mirases por donde lo mirases, no lo podías olvidar. El chico pensó en una palabra que llevaba tiempo rondándole la cabeza.

Palíndromos.

Palíndromos. Frases que se leen igual desde el principio y desde el final. Sentencias simétricas. Cortas, largas, e incluso a veces han llegado a construir palíndromos tan largos como una novela. Historias que se leen igual al derecho que al revés.

Sin embargo, es posible que al leerlas de una manera o de otra, algo llegue a cambiar.

Comencemos desde el principio: o mejor dicho, desde el final.

No había muebles porque él no los había querido. Había abandonado todo lo que le pudiera recordar a ella. O bien había permitido que Raquel se los llevara, o los había vendido, o los había regalado en algún bazar. Luego, empezó a acumular cosas que encontraba en la basura. Al fin y al cabo, los necesitaba y no tenía mucho dinero. Comenzó de nuevo a tener muebles.

La televisión emitía las imágenes de su boda; pero no lo hacía en el orden correcto, sino en el inverso, gracias a los milagros del botón de rebobinar. Como si de esa manera hubiera podido alterar el curso de los acontecimientos. Como si algo pudiera cambiar. Mientras tanto, él se pasaba los días viendo pasar las imágenes y formando palíndromos en el Scrabble, seleccionando las fichas de un montón cada vez más escaso. Le ayudaba de esa manera a concentrarse, a concretar su plan

Los gatos no habían llegado allí por casualidad. Los había traído él. Los trajo una semana después de que Raquel le dejara, robándolos de la tienda de animales donde ella trabajaba hace muchos años, acumulándolos allí con la esperanza de verles morir. Pero aquello no era suficiente, se dijo. Además de que es un proceso muy lento, tiene que haber algo más. Algo más simbólico. Más antinatural.

Los vídeos avanzan al derecho, y no al revés. Las piezas de Scrabble tienden a aumentar en número sobre el tablero, y no a disminuir. Los gatos se comen a las palomas.

En su realidad, esto no sería así.

“Amo la pacífica paloma”, escribió sobre el tablero otro palíndromo. Las palomas no son pacíficas. Tienden a machacar, sin motivo alguno, a todos los bichos más pequeños que ellas. Es tan sólo que de esos suele haber pocos en su entorno natural. No es pacifismo, es cobardía. Pero las cosas iban a cambiar.

No es fácil invertir el orden lógico de cosas entre gatos y aves. Pero puedes hacerlo si eres un buen entrenador. Obviamente, él era colombófilo. Por mucha tecnología que exista, y mucho medio de comunicación –recordaba las malditas imágenes en la pantalla plana de la tele-, nunca hubo comunicación más segura que una paloma mensajera. Sólo hay que entrenar a las aves para que carguen veneno. De esa manera los gatos iban desapareciendo, día sí y día no. El chico incorporaba las dosis de veneno a las ganzúas que quedaban colgando de las patas de las palomas, las cuales iban posteriormente al encuentro de los gatos. De tanto manipular la mortífera ponzoña, primero las manos y luego el resto de las regiones de la piel del chico, de natural pálido, se fueron volviendo más y más cetrinas. Pero eso también era parte de su plan.

Una sutil llamada a un amigo, y una discreta sugerencia fueron el cebo que él empleó para Raquel supiera qué había pasado con los gatos, y dónde podía ir a buscarlos. En cuanto entró por la puerta, fue como si no hubiera pasado el tiempo. Allí, con el bolso de un asa, mirándole como si no hubieran pasado los años.

-¿Conoces la escultura del soldado que hay en la plaza de Mina?¿La del héroe?

Él no contestaba.

-Allí es donde me he encontrado a Jorge. Él me ha dicho… que estabas bastante mal.

Él casi no le permitió hablar. Se abalanzó sobre ella. Hicieron el amor. Fue como si hubiera sido otro domingo.

Cuando terminaron, ella se quedó sentada en la cama, como sorprendida aún del giro que habían tomado los acontecimientos. Él, sin embargo, se puso a abrir los cajones de las derrumbadas mesitas de noche.

-¿Qué estás buscando?-preguntó ella.

-El tabaco.

-¿Todavía no lo has dejado? Mira que anduvimos dando vueltas con eso desde lo del follón de la lavadora.

-¡Eh!, ¿qué te estás inventando?¡Si eras tú la que fumaba!

-Sí, claro. Fumábamos los dos, y tan sólo lo dejé yo. ¿O es que ya no te acordabas?

-Pues no… no lo sé –replicó enfadado-. Todo ha sido muy confuso desde que te fuiste con el tipo ése.

-¿Daniel? Te dije más de mil veces que no me fui con él. Sólo me alojó unos días en su casa después de que… me echaras… porque no me atrevo a llamarlo de otra manera.

Él se levantó, encabritado.

-¿Me echaras?¿Sabes todo lo que he sufrido por ti?¿Sabes cómo lo he pasado?

-¡Pues sí, sí lo sé, y me gustaría ayudarte!¡Porque veo a qué nivel estás descendiendo, y no entiendo por qué, si lo tenías todo para ser feliz!¡Tenías un trabajo, me tenías a mí, tenías esta casa…!

-¡… esta puta casa, donde me pego golpes con el techo!

-¿Otra vez con esa tontería?¡El techo sólo es bajo en el dormitorio!¡Y nunca te pegaste un golpe de verdad! Simplemente lo anticipabas, y eso era peor que si te hubieras atizado realmente uno. Y así con todo. Lo de las termitas y la obra de las cañerías te pilló cuando estabas en aquella estancia en el extranjero y, sin embargo, parecía que hubiera sido mejor que te hubiera tocado a ti en directo y no me hubiera encargado yo.

-¡No!¡Eso no es verdad!¡Eso…!

-¡Sí, sí que es verdad, León!¡De alguna manera, no sé cómo, trastocas las cosas con respecto a cómo han sido, y se vuelven algo malo en tu cabeza, algo que se va empozoñando, empozoñando y empozoñando hasta que no nos deja avanzar más!¡Yo te quería, León, y… maldita sea, aún te quiero!¡Y no me importa lo que le has hecho a esos gatos, o si me importa, pero bueno, quiero sobre todo que estés bien, maldita sea, y que estemos juntos de nuevo si es que se puede, y quiero que volvamos a criar a las palomas en las jaulas, sí, esas palomas que tanto me gustan, aunque tú pienses lo contrario, y dar paseos largos, y quiero que…!¡Yo qué sé lo quiero!¡Quiero que dejes de ser un adicto…!-se decidió por fin.

-… a las palomas, ya lo sé.

-No; a la infelicidad.

Y entonces León lo repensó. Pensó que quizás Raquel tenía razón, y que todas aquellas cosas que había pensado de ella lo había hecho solo para no afrontar lo inevitable, y era que él había cambiado y, de alguna manera, todo aquel estrés, aquel dolor, aquella rabia, le había llevado a la infelicidad. Y que esa infelicidad se la había transmitido a ella. Y que por eso ella se había marchado, y que en realidad no había nada que reprochar. Pero ya era tarde. Cuando le mencionó lo de las palomas, León recordó la dosis de veneno que había ingerido voluntariamente la última vez y que le había transmitido a Raquel a través de sus fluidos corporales. En unas cuantas horas, él estaría muerto. En unos cuantos días, ella también. Ya era demasiado tarde para corregir errores. Ahí le salió automática la respuesta que antes le había negado.

-La estatua que se encuentra en la plaza Mina no es a un héroe. Es un traidor.

Se hizo un silencio extraño.

-¿Quieres salir al tejado?-le preguntó.

El lugar estaba despejado. Él se había encargado muy cuidadosamente, durante esos días, de limpiar los restos de aquellos gatos. Tan sólo quedaba uno, el cual, aparentemente sano, se restregaba con cariño entre ellos dos. Ambos andaban cogidos de la mano, mirando el sol poniéndose sobre los techos de otros muchos áticos, mientras los pájaros sobrevolaban el cielo. Alguna paloma seguramente sería suya. Se respiraba un aire de tremenda paz.

-Tú tenías un segundo nombre, ¿verdad?-dijo él aún mirando al horizonte.

-Sí, claro. Seguro que te acuerdas, era Ana.

-Ah, sí. Ana. Un palíndromo. Seguro que eso ha tenido algo que ver. Mucho.

-Qué raro eres a veces, León –le dijo ella, riéndose, mientras le agarraba del brazo y se movía para estar más juntos. Mientras tanto, él no podía dejar de pensar en cosas.

Villanos que parecen héroes. Gatos que después de tratarles mal parecen simpáticos. Palíndromos que no se leen igual al revés que al principio.

La felicidad perfecta cuando lo que deberías hacer es llorar.