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lunes, 9 de marzo de 2020

El relato de marzo: "Bola de billar"

Bola de billar

Para mi hermana Helena, porque gracias a nuestra mala memoria me permite revisitar viejos argumentos, y hacer brotar de ese modo nuevas historias.


«En ciencia uno intenta decir a la gente, en una manera en que todos lo puedan entender, algo que nunca nadie supo antes. La poesía es exactamente lo contrario». Paul Dirac, físico norteamericano.


            Todo se fraguó en el relativamente corto (para el que lo sufre, en primera persona, se le antoja interminable) espacio de tiempo que transcurre mientras andas esperando entrar a un local. En concreto, ésta era la sala de fiestas de moda en aquella parte de la ciudad, y al menos lo seguiría siendo como mínimo durante un par de horas. El hombre solitario se encontraba aguardando en la cola cuando de repente llegó una pareja. Él tenía pinta de ejecutivo de éxito, de hombre al que nunca –entre otras cosas, porque no lo soporta- le negarán nada. Al lado, una morenaza a juego, de exuberante escote y unas larguísimas piernas en las que uno podría perderse durante unas cuantas décadas. El tipo que controlaba la fila de acceso (un hombretón de color, enorme, de metro noventa) escuchó lo que el recién aterrizado tenía que decirle al oído, y con una determinación no exenta de delicadeza les hizo colocarse por delante del individuo solitario que hasta ahora había aguardado paciente en la cola, separándoles con una cinta roja que daba la impresión marcar la frontera entre éxito y fracaso, entre la lozana figura del ganador y la execrable del perdedor. El triunfador cruzó sin pretenderlo una mirada con el hombre solitario, y enarcó las cejas en un gesto a medio camino entre la disculpa y la complacencia. <<No soy yo, son las reglas del juego>>, asemejaba querer decir. Sin embargo, un cierto gesto en la cara del otro hombre le debió resultar desafiante (o quizás era el libro que portaba su adversario en las manos), porque el caso es que el candidato a ejecutivo sintió la necesidad de justificarse y expresó:
            -Oiga, no me vaya a soltar el rollo de la frase ésa que está tan de moda últimamente. Ya sabe, eso de que todo lo que le pasa a un hombre nos afecta al resto y demás. No creo en ese tipo de cosas.
            El individuo solitario recitó mentalmente el poema de John Donne, popularizado por la novela de Hemigway, a la que aludía el interfecto: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
            -La verdad –replicó el aludido-, no estaba pensando en eso. Más bien, en la ecuación de Dirac.
            El rostro del otro individuo se contrajo en una mueca: “¿Ecuaqué?”.
            -Seguro que la ha escuchado alguna vez –argumentó con parsimonia su oponente en el diálogo-. Se ha puesto muy de moda, la gente la comenta en foros, espacios de debate… La enunció en 1928 el físico Paul Dirac como una forma de definir ciertas partículas subatómicas de tal manera que cumplieran los postulados tanto de la mecánica cuántica como de la relatividad. La ecuación adquirió como propiedades intrínsecas varias derivaciones colaterales: profetizaba un nuevo tipo de sustancia, la antimateria (cuya mera existencia es aún uno de los grandes misterios del universo, ya que debería habernos aniquilado; por otra parte, tiene aplicaciones en diversos campos del conocimiento, por ejemplo la medicina). Además, es capaz de conjugar dos teorías, la relatividad y la mecánica cuántica, que entre ambas explican el universo, pero que no suelen casar fácilmente. Y, por último, llevó a la conclusión tan anti-intuitiva como inapelable de que que dos partículas, una vez interaccionan entre sí, de algún modo siguen influyéndose mutuamente, incluso aunque se alejen a kilómetros de distancia, con lo cual nunca llegarán del todo a separarse. Quizás debido a estas dos últimas cuestiones, a algunos les gusta denominarla “la ecuación del amor”, aunque una amiga mía prefiere llamarla “del respeto”, porque dice que es una forma de comprender que toda persona con la que te relacionas, incluso aunque sea de un modo casual y anecdótico, tiene una historia común contigo y por eso merece que la trates como si fuera parte de ti. En cierta medida, indica que toda persona es “uno de los nuestros”.
            -Sí, bueno, como teoría tiene un punto precioso, muy bonito –replicó el otro, altivo-. Pero,  seguramente, después de que yo desaparezca tras esa puerta, no nos volvamos a ver en la vida.
            -Es posible –repuso a su vez el primer hombre-, pero hay otra forma de encauzarlo. ¿Ha oído hablar de Fritz Haber? Era un químico alemán que desarrolló un fertilizante. El ejército alemán halló sus estudios muy útiles para desarrollar gases venenosos durante la Primera Guerra Mundial. Haber no le encontró a este hecho ningún inconveniente: decía aquello de que un científico, en tiempos de guerra, se debe a su país, que toda guerra provoca muerte independientemente de qué método la cause, etcétera, etcétera. Hay que decir que la muerte por gas es particularmente terrible, y por eso su uso ha sido prohibido en sucesivas convenciones internacionales. La mujer de Haber no lo entendió y se suicidó. Su hijo, años más tarde, también. Haber, por otra parte, recibió condecoraciones y cargos militares. Después de la guerra, siguió trabajando en el mismo campo y creó nuevos y más poderosos insecticidas. Los nazis aprovecharon su trabajo y lo emplearon para generar los gases que segaron la vida de millares de judíos. Entre ellos, una gran proporción de la familia de Haber, pues él era de origen hebreo. No le voy a decir que la culpa es el karma, porque, si esa entidad existe, debe de tratarse de un imbécil que no sabe muy bien dónde tiene los pies: creo más bien que la cuestión consiste en que, si le pegas una patada al mundo, al final ayudas a crear un lugar donde todo el mundo se da patadas entre sí y es más probable que te llegue alguna de vuelta. Como una bola de billar lanzada muy fuerte, que hace rebotar tanto las otras que éstas te acaban golpeando a ti. Tan sencillo como eso.
            En ese momento, apareció el hombretón de color:
            -Tenemos espacio para un asiento individual –permitió el acceso al hombre solitario-… y para una mesa de dos.
            Al decirlo, se dirigió al aspirante a ejecutivo y a su morena hecha por encargo, ya que otra pareja de personas, amoldada también a los mismos estereotipos, se les había adelantado, y era ahora la cinta roja la que se colocaba delante de los primeros.
            -Lo siento –frunció los labios el hombretón del color-. Ellos tenían aún mejores referencias que ustedes.
            El hombre solitario se adentró gozoso en la sala de fiestas, no sin antes mandar hacia atrás un saludo de indisimulada satisfacción.

lunes, 17 de junio de 2019

Los libros de junio: una historia de Rusia contada por no-rusos

La literatura rusa y de sus países limítrofes ha dado descomunales (en ocasiones, tanto en valor como en número) y brillantísimas páginas: Dovstoievski, Tolstoi, los analíticos cuentos de Chéjov; en clave política y de denuncia, Pasternak y su "Doctor Zhivago" (y su estupenda adaptación cinematográfica), Vasili Grossman y su telúrico "Vida y destino", Solzhenitsyn y su estremecedor "Archipiélago Gulag" (de varios de estos autores tengo textos pendientes). En los escritores rusos se aprecia una profunda preocupación por las grandes cuestiones del mundo, así como un amor a la tierra que tanto les ha maltratado, y a la que sin embargo nunca -ni siquiera en el exilio-  dejarán de extrañar. Sin embargo, el país más extenso del mundo ha cautivado al igual que repelido (tanto desde el imperio de los zares hasta la actualidad, pasando por la más extensa Unión Soviética, que abarcaba un buen número de países actuales) a multitud de individuos de toda clase de nacionalidad. Que se lo digan a los directores de cine norteamericanos de las películas de espías, que todavía no han encontrado un adversario mejor. En ese sentido, es curiosa la cantidad de autores de países extranjeros que se han atrevido a introducirse en el laberinto ruso, tratando de averiguar, de una manera o de otra, y tomando una expresión prestada, "cuando se jodió" Moscú. He aquí una pequeña e incompleta guía para aprender un poco más sobre la historia moderna de Rusia a partir de escritores foráneos, que tienen la ventaja de a veces contemplar los hechos desde una perspectiva más neutral, quizás más cercana a aquella de la que parten los neófitos sobre el tema o, en ocasiones, de una manera menos tendente a la metafísica, o que no dé tan por sentada la relación natural que parece haberse establecido como una aleación indisoluble entre el devenir de los acontecimientos de la historia y el idiosincrático carácter ruso. O puede que no. En todo caso, espero que os sirvan como recomendaciones literarias interesantes (entre otros, para aquellos a los que os haya llamado la historia de este país a partir de "Chernobyl" de la HBO). Empezamos:

-Mencionado en otra entrada, "10 días que conmovieron al mundo", de John Reed, sigue siendo la referencia básica para abordar la revolución rusa. Aunque Reed era un ferviente defensor de los derechos de los obreros y de muchas tendencias progresistas, en este caso se pone el traje de corresponsal y realiza un exhaustivo análisis de las noticias que sucedían y bullían en este periodo trascendental de la historia. En ese sentido, "Reds", una ciclópea película en la que participaba lo más granado de la izquierda hollywoodyense en los años 80, muestra a un Warren Beatty interpretando a un John Reed que aunque cree en el movimiento, acaba decepcionado con la forma en que los primitivos soviets lo llevan a cabo.

-Del periodista español Chaves Nogales ya hemos hablado alguna vez, y mencionamos de hecho "El maestro Juan Martínez que estaba allí", una visión de la revolución bolchevique desde el punto de vista de un artista español de los tablaos a quien la circunstancia histórica le pilla casi literalmente en medio del espectáculo. La frase: "Un cantaor de flamenco, ¿puede ser un proletario?", lo resume todo. Sinceridad, retrato de personajes y dramatismo se combinan en una narración que, de puro periodístico, a veces ofrece tintes surreales ante lo inverosímil de las situaciones.

-"Palos de ciego". El periodista y escritor David Torres combina dos sucesos impactantes en su vida: por un lado, la historia de un libro (el cual fue incapaz de escribir) acerca de la ejecución masiva de unos bardos ciegos tradicionales durante la época más oscura de las purgas estalinistas; y, por otro, el descubrimiento del fallecimiento por negligencia médica de su hermano (llamado también David, como él), de tan sólo un día de vida, en una de las clínicas que practicaron en su día en España el robo de bebés con el objeto de entregárselos a familias ligadas al franquismo. A partir de allí, construye un sobrecogedor y penetrante texto que trata sobre la infancia, la música, la historia (especialmente esa atroz etapa de los primeros años de la Unión Soviética), la literatura, la memoria, las bárbaras formas que tenemos de maltratarnos los humanos y, en especial, el imposible modo de exorcizar los propios demonios.

-Aunque no ambientada estrictamente en Rusia, "Enterrar a los muertos", de Ignacio Martínez de Pisón, narra un episodio que toca de manera profunda varios de estos temas. En este ensayo histórico, el autor sigue la estela de John Dos Passos, un prestigioso novelista norteamericano (reconocido por su izquierdismo así como por su amor por España, aunque escamado tras su primer viaje a la Rusia revolucionaria) que anda en busca de José Robles, su traductor al español, el cual ha desaparecido después de embarcarse, tras el estallido de la guerra civil, como voluntario en la causa de la República. La obra nos conducirá, entre otros lugares, a los oscuros tejemanejes de la Unión Soviética en España, así como la evolución de la guerra en el dividido bando encargado de defender de la democracia, o las desavenencias de Dos Passos con Hemingway (quien en ese momento trabajaba como corresponsal de guerra en Madrid, aunque las malas lenguas sisean con cierto fundamento que muchas de las batallas que narraba las vio desde el interior de su habitación en el Hotel Florida) a cuento de la desaparición de Robles. Un libro que trata sobre diversos aspectos tales como la amistad, las formas de sobrevivir en la contienda, la lucha entre los ideales y una realidad siempre ambigua, así como las consecuencias que tienen los grandes sucesos para las víctimas colaterales de la historia.

-"El niño 44". Best seller de Tom Rob Smith que también retrata el horror y la paranoia en la época de Stalin, introduciendo un suceso que sirve de desencadenante. ¿Qué ocurriría si, en el supuesto paraíso comunista, apareciera un asesino en serie? Thriller moderno y reflexión histórica a partes iguales.

-"Érase una vez la URSS". Dominique Lapierre, prestigioso periodista francés (autor, entre otros, de "Era medianoche en Bhopal") llega a la Unión Soviética en un momento de deshielo y -en un coche que parece incapaz de resistir un viaje de tantos kilómetros- se recorre un buen trecho de la Unión Soviética, narrando una perspectiva por supuesto subjetiva al proceder del otro lado del Telón de Acero. En todo caso, un curioso retrato de escenarios y un ameno libro de viajes.

-"Cicatriz", de Juan Gómez Jurado: un libro entretenido y adrenalínico, cargado de sentido del humor, que cuenta la historia de un inadaptado informático residente en Chicago el cual, sin comerlo ni beberlo, va a verse envuelto en una trama de mafias rusas que tiene ramificaciones con hechos acaecidos en Ucrania y durante la guerra de Afganistán. Con tantas dosis de cáustica ironía como sangre chorreando a borbotones, garantiza pasar un buen rato.

-Emmanuel Carrère es conocido por sus libros en los que entremezcla estilo literario con un profundo desmenuzamiento de la realidad. He leído (y me han gustado bastante) "El adversario" y "De vidas ajenas", con lo cual arremetí con gran ímpetu la biografía de "Limónov", un controvertido personaje cuya vida dibuja el nuevo panorama de Rusia tras la desintegración de la URSS. Abandoné el libro a medias -aunque no descarto retomarlo-, entre otras cosas, porque era fácil sentir tanto odio como ridículo por el protagonista. Sin embargo, hay que reconocer que, quitando el juicio que podamos hacer de Limónov, las peripecias que se narran acerca de él mismo y de los países en los que vive dan para pensar bastante. Una condición que podríamos adscribir a cualquiera de los libros en esta lista.

lunes, 11 de febrero de 2019

El relato de febrero: "Negro sobre agua"

He aquí un relato basado en algunas suposiciones, y una historia real. Centrado alrededor de las figuras de los escritores Hemingway y Borges, lo escribí hace algunos años, y al revisarlo, me he dado cuenta de lo mucho que han cambiado para mí las figuras de ambos autores -en sendos casos, y desde el punto de vista personal, para mal; desde el punto de vista literario, sin embargo, los dos no han sufrido el mismo destino, pues es difícil que pueda dejar de estremecerme con Borges-. Aún así, creo que es una interesante historia sobre la forma en que funcionan la vida y la literatura. Espero que os complazca. Allá va.


Negro sobre agua

La historia de la literatura es también la historia de la pérdida de la literatura
Stuart Kelly, autor de La biblioteca de los libros perdidos.

Here Lies One Whose Name Was Writ in Water (Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en el agua).
Epitafio, en Roma, en el cementerio protestante, de la tumba del poeta John Keats.

            Nos hallamos en 1922, en una estación de tren de Suiza. El continuo subir y bajar de gente de los trenes desde y hacia los andenes; el “chu-cu-chú” incansable de las máquinas que se ponen en marcha (en dirección a lugares que muchos de los empleados del ferrocarril no llegarán a visitar jamás); un continuo cruzar de personas a un lado y a otro, en camino cada uno a sus particulares destinos, algunos coincidentes, imprecisos, o mal definidos. En todo caso, ninguna de las personas transmite la impresión de dudar. En medio de este ajetreo tremebundo, resuenan los zapatos de tacón de una mujer joven, elegantemente vestida, que viste un abrigo rojo y porta una maleta voluminosa. Camina decidida, pero no preocupada; todo lo contrario, una enorme sonrisa ilumina su rostro. ¿La causa?, probablemente la encontremos en lo que lleva en ese equipaje, el cual, a pesar de su masa, se antoja liviano sobre su mano. Todo lo que pasa en estos momentos por su mente se halla centrado en esa maleta, y en lo que ocurrirá cuando se la entregue a su propietario.
            Pero en la estación hay mucha gente, demasiada. Es difícil distinguir las formas y los colores, los movimientos se suceden sin que puedas analizarlos en profundidad. La mujer de la estación, llamada Hadley, se siente tan acalorada que deposita el equipaje en el suelo durante un momento para comprar una botella de agua de Evian en un estanco. Cuando baja la vista para recuperar la maleta, ésta ha desaparecido. Cree distinguir a alguien que transporta una valija muy similar -excesivamente parecida-, en medio de la multitud. A punto de escapar.
            -¡Eh!-suplica tan impotente como dolida-. ¡Deténgase!¡Oiga!
            No lo duda ni un segundo; a pesar de que sus modales de señora le impidan realizar un esfuerzo físico, sale corriendo: el contenido de la maleta es demasiado importante como para dejarlo pasar. Se desplaza a toda velocidad por el andén de la estación gritando a la gente para que interrumpan el paso a ese hombre, pero éste avanza a tanta velocidad y con tanta violencia que los otros transeúntes no pueden pararlo. Una nube de paraguas y maletas cae como agua de lluvia ante los agresivos choques a lo largo de la persecución. El ladrón está abriendo una brecha demasiado importante; Hadley tropezó y cayó al suelo, dándose de bruces en un punto donde no había nadie, rompiéndose en este momento un tacón.
            -¡La maleta!-elevó la mano desesperada hacia el lugar por donde el ratero se escabullía para siempre-. ¡Tiene mi maleta!
            Cuando su marido llegó a la estación, la encontró sentada sobre el equipaje que le quedaba, desolada, con la cabeza entre las manos y el zapato sin tacón boca abajo en el suelo, como un cadáver que no sabe adónde ir. La mujer, al ver a su esposo, se desesperó más todavía.
            -Hadley, ¿qué ha ocurrido?-preguntó él, corpulento, fornido, con profusa barba (la cual, hasta hace unos minutos, lucía orgulloso, recién estrenada) y aire de muchos kilómetros en la mirada. Se le notaba sinceramente preocupado por el bienestar de su mujer: fue aquello lo que le armó a ésta de valor para confesar la verdad.
            -Ernest, era una sorpresa... Te lo traía todo... todos sus escritos, tus textos inéditos, esa primera novela de la que tanto me estás hablando... Te lo traía en una maleta...
            Los ojos de Hemingway se aceleraron de un lado a otro. Comenzaba a imaginarse lo peor...
            -Me la han robado, Ernest, me la han robado... Todo eso... ha desaparecido...
            Y rompió a llorar en su pecho. El joven Hemigway, el que todavía no era reconocido ni mediático, sino sólo un joven principiante que había vuelto de una guerra mundial, la abrazó con cariño, pero no la miraba. Tan sólo contemplaba el infinito con miedo, congoja y una incertidumbre: la de adónde esa maleta, cargada con todas sus ilusiones, dudas y sueños, habría ido a parar...
            -Lo lamento, Ernest, lo lamento tanto...
            Éste la consoló. Pero era él quien necesitaba un hombro sobre llorar.
                                    *                                 *                                  *
            Jorge Luis Borges se levantó en mitad de la noche, pero el que estuviera oscuro no le afectó especialmente. Es lo bueno que tiene estarse quedando ciego: has dejado de temer a los monstruos que puedan surgir, a partir de una sombra a la que no puedes encarar.
           -¿Qué pasó?-le preguntó su mujer, al lado, inquieta por el movimiento desasosegado del anciano.
            -Nada, nada...-replicó él-. No es nada. Es sólo... una idea, que me ha venido a la mente... Trataba sobre... sobre...
            Chisteó molesto al ser consciente del problema.
            -Vaya. Lo he perdido.
            Volvió a tumbarse en la cama, apesadumbrado. La esposa se volvió hacia él de manera instintiva, con los ojos todavía cerrados.
            -Debés anotar ese tipo de cosas cuanto antes. Aunque no uses los ojos, no tienes ni que decírmelas, sólo has de tener un papel y un lapicero en la mesita para esta clase de ocasiones...
            Su marido agitó la cabeza.
            -No te preocupés –declaró con voz serena Borges, como aquel que ha pasado ya muchas veces por este trance-. Un escritor pierde centenares, miles, quizás millones de ideas a lo largo de toda su vida. Son pensamientos que se escapan por todas las costuras, que nunca se recobrarán. Las historias perdidas son las que tapizan las paredes de los metros subterráneos, y las calles de las ciudades vacías... Se pierde, en el global, mucho más de lo que se consigue, y lo hacemos en instantes tan banales como el afeitado, la ducha, o el momento de ponerse una corbata. Incluso aunque puedas conjurar todos los peros, existe un último escollo que nunca podrás superar: el momento en que la muerte te arrastra junto con aquello con lo que estás trabajando, y que ya no verá la luz jamás...
            La musa, ya completamente turbada y despierta, miró con tensión hacia el techo.
            -¿Te acordás de alguna de las historias que habés perdido?
            Borges creyó ver por un instante.
            -Recuerdo una libreta pequeñita que llevaba a todos lados. La extravié durante uno de mis viajes. Para mí fue algo terrible... No se trataba de historias concretas (nada de lo que había allí escrito se había cristalizado en un cuento), sino de miles de pequeños guiños, frases nuevas pero ya míticas, leyendas que generarían relatos o que, incluso, en manos de otros, hubieran dado lugar a enormes y conmovedoras novelas... A veces pienso que alguno de mis mejores narraciones hubiera podido salir de allí... Pero la libreta nunca reapareció...
            Su esposa notó de golpe un fino temblor en el estómago.
            -¿Y no te arrepentís de cuánto se ha podido perder?
            El otro se encogió de hombros.
            -Me duele todos los días... pero uno aprende a sobrellevarlo. Incluso los verdugos dejan espacio al tiempo, y se olvidan de lo que han hecho mal...
            Borges agarró con fuerza la manta. Se dió la vuelta hacia el otro lado, y volvió la vista hacia el suelo.
            -Sólo me pregunto dónde estarán almacenadas todas esas historias perdidas... la Biblioteca de Alejandría no hubiera dado espacio para que cupieran todas aquellas que han quedado por redactar...
                                    *                                 *                                  *
            El ladrón corrió con la maleta del matrimonio Hemingway a través de unas cuantas manzanas. Luego, cuando estuvo seguro de que nadie le veía, y se cercioró de que la policía no corría tras sus pasos, se sentó en un rincón de la acera vacía, cercano a la alcantarilla, y apoyó la maleta sobre las rodillas. La mantuvo en sus manos sólo un momento, como tanteando su peso y, en consecuencia, su posible valor.
            Luego, abrió los cierres de la maleta. Es una cosa sencilla, una vez tienes experiencia en ello. No hay demasiada diferencia entre las maletas de los ricos o las de los pobres. En realidad, todas se abren casi con la misma facilidad. Pero luego, en su interior, es cuando terminan las similitudes. Dentro puedes encontrar las más variopintas riquezas: el equipaje de un hombre nos revela muchas cosas, pues nos dice aquello sin lo que no estamos dispuestos a pasar aunque estemos lejos de casa, y que sin embargo (ocultos nuestros secretos por las paredes de la maleta) no estamos dispuestos a confesar. Desde juguetes –regalos para niños que nunca recibirán, o que en realidad no existen- hasta unos calcetines que confiesan que su dueño acaba de iniciar la relación con su amante. El ladrón abrió la maleta de par en par. Contempló lo que albergaba en su corazón.
            Letras. Letras negras sobre hojas también prácticamente negras, de incoherentes formatos; páginas tachadas, arrugadas, en blanco; de una llaneza impoluta, o arrancadas de cuadernos cuadriculados...
            Qué dirían esas letras... El ladrón hubiera dado lo que fuera, en aquel instante, por haber sabido leer. Se llevó las manos a la cabeza, ante la futilidad de su descubrimiento...
            Y ahora, qué provecho podía sacar de eso, pensó. Cómo debía actuar…
                                    *                                 *                                  *
            “ [...] Siempre podremos encontrarnos con algún artista o poeta buscando inspiración en aquella atmósfera casi irreal [de Venecia], como me ocurrió a mí en una ocasión, ya muy entrada la noche. Se oía solo el balanceo de las góndolas que se tocaban unas a otras como para no dormirse. En aquel momento y en aquella soledad, oí de repente una especie de rezo en español: era el ciego Borges, quien, llevado del brazo por una mujer, llenaba aquel silencio romántico y sagrado recitando unos versos de Lorca [...]
            Encontrado por casualidad en la guía de viajes “Roma, Florencia y Venecia”, de El País Aguilar, en un artículo de Juan Arias, corresponsal español en Roma durante quince años.
                                    *                                  *                                  *
            Un Hemingway desolado, sentado sobre la mesa, apoyaba una mano sobre el rostro, y la otra sobre la copa de bourbon, a la que se agarraba desesperado, dudando sobre si bebérsela de un trago o no. La otra opción era administrarla a sorbitos, y después tomarse otras tres seguidas.
            -Perdido... todo perdido... tanto por lo que había trabajado...
            Gertude Stein, la célebre intelectual, apoyada la espalda sobre el respaldo de la cama, aparentaba ser más bajita en esa circunstancia. Y aún así, al joven Hemingway le parecía que desde esa posición se incrementaba hasta más la sensación de inconmensurable grandeza que transmitía con su penetrante mirada, y sus ojos de inteligencia callada. Ella, reconocida escritora, era todo lo que él aspiraba a ser... Pero ahora había retrocedido varios años en su camino a causa de esta hecatombe tan tonta, provocada, además, por un acto irreprochable de amor.
            -Ya te dije muchas veces que las obras de juventud hay que quemarlas nada más se redactan –le indicó la escritora calmada, con voz grave desde la cama-. No pierdes nada con este robo, más bien al contrario.
            Entre otras cosas, Stein se acordaba de uno de esos relatos perdidos, el cual, con anterioridad, su pupilo le había cedido y ella había estudiado. No le había gustado un pelo.
            -Lo sé –replicó Hemingway atisbando el fondo de su vaso, tratando de encontrar el abismo que se cernía desde la profundidad del mismo-: pero eso no me acaba de consolar demasiado.
            Y se refugió una vez más en su melancólica tristeza.
            -Si tanto te agobia la pérdida, ¿por qué no ofreces una recompensa? –le sugirió su colega-. Un dinero a cambio de que alguien te entregue la maleta de vuelta.
            Ernest negó con la cabeza.
            -La maleta debe estar a estas alturas en manos de una tercera o cuarta persona, y los papeles, esparcidos por algún húmedo callejón de Ginebra o sobre la superficie de un río en Berna. Ofrecer una recompensa, tan sólo veinte minutos después del robo, no hubiera servido de nada. No te digo que no vaya a intentarlo, pero albergo pocas esperanzas…
            Golpeó con el puño, de manera no excesivamente furiosa, sobre la mesa.
            -Son mis relatos de lo que me ocurrió durante el tiempo que estuve en el frente de batalla en la Gran Guerra en Italia –no mencionó, como si con ello lo borrara, que fue siempre manejando una ambulancia-. Con ellos iba a hacer una novela, mi primera gran novela... Y ahora, desaparecidas, como un vaso de agua arrojado en el mar...
“Navego como un navío errante” (no se atrevió a comentar), “sin saber qué decir, ni qué pensar, desde entonces...”
            Desasió por fin el vaso maldito, y se pasó, en una suerte de castigo autoinfligido, las manos por el rostro.
            -Juro que si pudiera hacerme arrancar la neurona que alberga el recuerdo de esa maleta, me la extirparía...
            Gertrude Stein volvió la cabeza con fiereza hacia el hombre derrotado:
            -Pues eso es precisamente lo contrario que tienes que hacer: debes exprimir esa neurona al máximo.
            Ernest se sobresaltó ante esta declaración tan rotunda.
            -Estimula esa neurona: obliga a que se te clave hasta lo más profundo del alma, para que te sirva de guía y faro en la escritura –le espetó la mujer, con brutalidad descarnada y crudeza, sin apartar la mirada afilada de sus ojos-. Haz que la pérdida de esta maleta sea para ti un motivo más de lucha, la fuente de toda la inspiración. Escribe de memoria: edifícalo todo de nuevo, según cómo lo recuerdes, y si no eres capaz de decir exactamente cómo estaba redactado, entonces es que no era lo suficientemente bueno. Que esta circunstancia se marque de manera definitiva en tu manera de escribir. Hasta ahora sólo habías narrado las catástrofes ajenas: ahora podrás hablar de las cosas terribles que te han sucedido a tí.
            El futuro premio Nobel parpadeó sorprendido, abriendo a continuación los ojos de par en par.
            No supo qué replicar...
                                    *                                 *                                  *
            En aquella reunión con estudiantes, las preguntas se sucedían en tromba. Algunas de ellas constituían lugares comunes; pero ellos, tan jóvenes, todavía no lo sabían. Otras consistían en puro orgullo y pedantería, la cual se apreciaba desde los primeros tonos, y a las que Borges respondía con tanta sencillez y amabilidad que dejaba en evidencia –sin faltar en ningún momento al respeto- a quien elevaba la cuestión. Miles de temáticas se agolpaban, demasiadas para un anciano de tantos años que no puede derrotar con los ojos a su interlocutor:
            -Señor Borges, querría preguntarle: recientemente Ernest Hemingway ha publicado su libro París era una fiesta, obra que relata sus experiencias de juventud en la Primera Guerra Mundial, y que según él le resarce de un suceso doloroso que ocurrió hace muchos años. ¿Qué tiene usted que opinar a eso?
            Jorge Luis Borges se rio de una manera tan suave que resultó casi imperceptible para el resto de los presentes.
            -El señor Hemingway, siempre tan amigo de fantasías románticas...
            Hubo alguna carcajada maledicente entre algunos de los reunidos en la audiencia, pero rápidamente se alzaron un montón de manos y se entremezclaron las voces, hasta que al oído sensible del escritor le resultaron insoportables:
            -Perdoná, hacedme el favor –le indicó a su secretaria-, ¿querrás indicarles amablemente a estos muchachos donde se imparten los talleres literarios?
            La algarabía siguiente que se instauró no fue seguida por Borges, el cual huyó con toda la velocidad –poca, hay que confesarlo- que le permitían sus débiles piernas, y el majestuoso y sin embargo temblequeante bastón. Pero aquel guirigay incansable se transformó en paz y quietud súbita cuando Borges accionó una puerta escondida por la que accedió a su recinto secreto, una habitación cerrada cubierta completamente de libros.
            El universo, que algunos llaman la biblioteca...
            Borges pasó la mano reverencial por los lomos de los textos, cuyos títulos, sin embargo, ya nunca más podría descifrar... Cuántas cosas le quedarían por descubrir no ya en la lectura, sino en la insondable relectura de los libros... Ahora le narraban textos desde el borde mismo de la cama pero, aunque esto era hermoso, era también muy distinto. Nada volvería a ser igual...
            Se sentó, apoyando ambas manos sobre el bastón, sobre una silla situada estratégicamente en el centro de tan particular biblioteca. A los pies de esta silla, un pequeño baúl. Borges extrajo, del bolsillo de su elegante chaqueta, una llave dorada. Palpando el baúl y temblando con ambas manos, interrogó al candado cerrado.
            Del interior del arcón extrajo unas hojas. Las tanteó y admiró con sus ojos cegados.
            ¿A quién pertenecerían estas páginas?, se preguntaba periódicamente. Habían llegado a sus manos poco tiempo atrás, cuando la escasa visión ya le impedía discernir cualquier letra que hubiera pretendido amar en su día. Quien se los había vendido le había dicho que se habían perdido como consecuencia del azar, con origen del suceso en algún punto de su amada Suiza (habían llegado hasta Buenos Aires vía, al menos, París y Londres), y que no era conocedor a de a quién le pertenecían, pero que tenían pinta de formar parte de los primeros esbozos de un entonces inexperto -aunque no por ello menos talentoso, insistió el vendedor con descaro- escritor en inglés. Borges los tomó sin dudarlo, y pagó sin rechistar lo que le pedían. Los había mantenido en su poder desde entonces.
            No los podía leer, y había sido demasiado orgulloso para que nadie se los recitara, lo cual hubiera significado revelar el secreto y además subrayar (más allá de lo imprescindible) lo incapacitante de su ceguera. Podría haberlos expuesto al mundo: seguro que el escritor –que quizás estuviera muerto, o tal vez no hubiera triunfado, como consecuencia incluso del extravío de aquella obra- lo hubiera agradecido con júbilo. En cuanto al público, quién sabe si le había hecho un favor al privarle de una obra acaso zafia y grosera (¿cómo saberlo?), o si le había arrebatado en cambio un legado inmortal, comparable cuanto menos a un Chesterton o un Coleridge, hasta incluso (en su anhelo desbordante por haber rescatado un insólito paradigma) un inaudito Cervantes o un Petrarca. Ante una hoja en blanco, cualquiera de las opciones era factible.
            Pero Borges se negaba en redondo a mostrarlo. Aceptaba el pecado de la soberbia, o si quería ser más sincero, del egoísmo: no era que tuviera miedo de que esa obra superara a cualquiera de las suyas propias, que también. Sobre todo, sentía una satisfacción interior, de manera mezquina y codiciosa –había de reconocerlo- ante la posibilidad de poseer para sí mismo una obra inmortal en potencia, que nunca llegaría a emocionar a los demás, sino que acapararía solamente él, a la que sólo sus manos tendrían acceso. Era como hallarse en poder del santo Grial, y saber que nada ni nadie, salvo tú, lo podrá tocar…
            No obstante, incluso los reductos más ocultos acaban por ser descubiertos, y aquel día se coló un joven ladrón, un golfillo con gorra sobre el abundante cabello, y mirada pícara debajo de él. El escritor, que sabía intuir quién caminaba por su refugio secreto con sólo escuchar sus pasos (como si, en este reconfortante rincón del mundo, recuperara la vista), hizo acercar al niño a su presencia.
            -Hágame un favor –le trató de usted el millonario argentino-. ¿Podría leerme lo que pone aquí?
            El niño acercó a sus ojos el legajo que Borges le tendía desde su cofre secreto, y con mirada atemorizada –todavía no podía creer que no fueran a arrestarle- y un balbuceo en los labios, pronunció:
            -Ésta es la historia de un niño pequeño que vagabundeaba sin rumbo por las calles de nuestra ciudad. La vida era complicada y dura, tenía que afanar pequeños objetos, y buscar el pan de cada día para no morir o que no le cogieran. Hacía lo que podía, trataba de salir adelante...
            -He dicho que me lea, no que me cuente sus milongas. ¿Es que acaso no sabe leer?
            El niño no negó con la cabeza, pero frente el ciego estaba todo dicho. El escritor le indicó parsimoniosamente que se acercara a su lado, y proclamó entonces con una menor dureza:
            -Bien, entonces deberemos empezar corrigiendo este problema de inmediato.
            Señaló con el bastón una zona de su biblioteca:
            -¿Puede alcanzarme ese libro de allá?
            Pues Borges había perdido la vista, pero no la memoria: el niño extrajo con cuidado un ejemplar medio roto, desgastado del uso y la manipulación. Antes de tendérselo al anciano, le preguntó con mil dudas:
            -Y, dale, ¿no seguimos con el papel que me ha dado?
            Borges negó con la cabeza.
            -No; ahora no es el momento de esas cosas...
            Sentó al niño con delicadeza en sus rodillas y empezó:
            -“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus—...”

            Nota del autor: la historia de Hemingway ocurrió de verdad, como ya describimos en una entrada anterior, aunque hemos modificado algunos detalles. Por ejemplo, el robo de la maleta tuvo lugar cuando la esposa de Hemigway salió del tren de manera transitoria en la estación de París (tomaba el trayecto París-Lyon), dejando el equipaje en el compartimento. Además, ella no traía los papeles como una sorpresa, sino bajo petición de Hemingway, que estaba en Lausana como periodista, cubriendo una conferencia de paz, y necesitaba sus escritos para enseñárselos a un editor. Por otro lado, “París era una fiesta” fue publicado de manera póstuma (eran unas memorias que reflejaban, entre otras cosas, los sucesos en los que se había basado Hemingway para “Fiesta”, su primera novela), y su cronología no encaja con ciertos aspectos de la vida de Borges. Por lo demás, el fundamento básico de la historia que afectó al escritor norteamericano es real.

            La de Borges, ¿por qué no?

lunes, 4 de febrero de 2019

La historia real de febrero: una pequeña lista de libros perdidos

La historia de la literatura no es la que es, sino la que ha sobrevivido. Incendios, inundaciones, grandes destrucciones promovidas por turbas o por los estados, se han alineado de tal forma que de determinados autores sólo conservamos, si acaso, una pequeña fracción de los textos que escribieron. He aquí una pequeña selección (susceptible de ser ampliada) de algunos de los más grandes escritos  jamás perdidos:

-Segundo libro de Poética de Aristóteles: supuestamente dedicado a ensalzar las virtudes de la comedia, su existencia se pone en duda. Sin embargo (cuidado, que destripamos libro), Umberto Eco utilizaba esta leyenda como recurso argumental en "El nombre de la rosa".

-Sobre la construcción de esferas de Arquímides. Citado por Pappus de Alejandría, en teoría contendría varios diseños de Arquímedes, entre ellos un remedo de planetario o un reloj astronómico. La muerte de su autor tras el sitio de Siracusa, a manos de un soldado romano, hizo perder para siempre la posibilidad de recuperarlo.

-Los libros contenidos en las Bibliotecas de Alejandría y la Casa de la Sabiduría en Bagdag: incendios y ataques por parte de cristianos a la primera, el saqueo de los mongoles en el caso de la segunda, hicieron desaparecer miles de obras. Sobre la mítica biblioteca de Bagdag, se dice que, tras su destrucción, las aguas del Tigris se volvieron negras durante seis meses a causa de la tinta vertida.

-Tito Livio escribió una extensa historia de Roma Desde la fundación de la Ciudad (como la tituló), de 142 tomos, de los que sólo se han salvado 35. Más intencional fue la eliminación de los textos sagrados considerados apócrifos a lo largo de los distintos concilios en los que se conformó la actual Biblia cristiana, y que contenían toda clase de visiones, algunas muy contradictorias con los dogmas que han prevalecido. Entre otros, el llamado "Evangelio de la víspera", que cierta secta empleaba para promover el amor libre entre sus miembros, con una serie de descripciones de actividades sexuales que harían sonrojar a más de un exégeta.

 -"Margites", atribuido a Homero. Poco sabemos de él. salvo que Aristóteles decía que había marcado una tendencia en las comedias, del mismo modo que lo habían hecho la "Ilíada" y la "Odisea" (de hecho, "Margites" debía de ser una parodia de esta última) en los poemas épicos.

-En el siglo XVII, William Shakespeare y John Fletcher escriben supuestamente un drama a partir de Cardenio, un personaje secundario que aparecía en la novela de Cervantes, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha". Por supuesto, la búsqueda de un manuscrito que conecte a los autores más grandes de la lengua española e inglesa ha sido incesante, y aunque ha habido varias versiones de las que se ha reclamado su autenticidad, ninguna ha alcanzado el consenso entre los especialistas para ser reconocida como una obra original del bardo de Stratford-upon-Avon (si es que ése es su auténtico lugar de nacimiento).

-Lord Byron fue un personaje controvertido, amado y denostado en proporciones ciclópeas. Quizás por eso resulta tan fácil entender que ciertos familiares le pidieran a sus abogados que quemaran sus memorias tras su muerte, cosa que hicieron en el despacho de su editor. Tampoco estamos seguros de hasta qué punto George Gordon Byron hubiera contado la verdad sobre sí mismo, pero al menos constituiría una fuente más de información. Se rumorea que, probablemente, la obra habría resultado escandalosa pues hubiera confirmado su homosexualidad, inaceptable para aquella época. En todo caso, la duda quedó sellada. Algo similar ocurrió con los últimos meses del diario de la poeta Sylvia Plath, borrados por su marido para no hacer sufrir a sus hijos. En ese momento, también intentó buscar los restos de la novela "Double exposures" pero, según explicó su esposo, ésta había quedado perdida "en algún lugar de los años 70", de donde nunca se recuperó.

-En 1922, la primera esposa de Hemingway, bajo órdenes de su marido (quien, mientras trabajaba como corresponsal en una conferencia de paz en Lausana, quería enseñarle los trabajos que tenía en casa a un editor), metió en una maleta buena parte del material inédito que el escritor llevaba redactado hasta entonces, incluyendo varios relatos y un esbozo de novela. La mujer abandonó transitoriamente el tren en la estación de París para comprar una botellita de agua de Evian y, cuando volvió a su compartimento, la maleta había volado -algunos dicen que este suceso fue la base del divorcio de Hemingway, pero como casi todo alrededor de éste, es difícil saber lo que esta afirmación tiene de real o legendario-. Hemingway, que conservó uno de los relatos porque se lo había devolvió un editor (el cual lo rechazó), pero que no recuperó nada más a pesar de haber ofrecido una recompensa por la maleta, le consultó a la famosa escritora, amiga e intelectual Gertrude Stein acerca de qué debía hacer. Ésta (que, por cierto, había leído uno de los cuentos perdidos, y no le había gustado nada) le recomendó que reescribiera a partir de lo que se acordaba, porque si no lo había almacenado en la mente, es que no era lo suficientemente bueno. Hemingway así lo hizo, y de ahí salió su primera novela, "Fiesta". Hay mucho crítico literario que opina que esta pérdida le sirvió para perder lastre de obras primerizas que le habrían absorbido demasiado si hubieran continuado en su poder; pero, como digo, casi todo lo relacionado con Hemingway tiene demasiadas vertientes para juzgar a la ligera su autenticidad. En todo caso, se ha convertido en una de las maletas más famosas de la historia de la literatura.

-En 1942, Bruno Schultz termina su novela "El Mesías", en el que había puesto la sangre y la vida, pero ambas le son arrebatadas al tratar de huir del campo de concentración donde se hallaba encerrado, a manos de un soldado de las SS. Desde entonces, el misterio de lo que pasó en esa novela ha inspirado hipótesis por parte de historiadores, también novelas, y rocambolescas consecuencias (que incluyen espías y accidentes de tráfico) en el mundo real. Como otros textos que hemos descrito, todavía no ha sido hallada, pero aguarda quizás el momento propicio para aflorar.

lunes, 1 de octubre de 2018

Opinión: Alfred, descansa en paz.

Cada vez que llega la hora de repartir los premios Nobel (y este año, en concreto, ante el anuncio de que el galardón en el apartado de Literatura no se otorgará en el próximo certamen a causa de la implicación de la Academia Sueca en un escándalo sexual), se desata la polémica sobre si los ganadores son dignos o no de tal honor, o más complicado aún, si entre los nominados vivos no habría alguno que se lo habría merecido más que el que lo ha recibido este año. La discusión engloba a todas las categorías, desde el premio Nobel de la Paz (donde asesinos tan distinguidos como Henry Kissinger o Theodore Rooselvelt han recibido la distinción) hasta la medicina (con acusaciones de haber repartido honores a candidatos anglosajones por descubrimientos realizados antes por científicos de otras culturas, sólo porque los méritos de los primeros reciben más repercusión), pasando, cómo no, por el premio Nobel de Literatura. El de la Paz, desde luego, es el que más clama al cielo, sobre todo cuando tienes en cuenta que han sido nominados candidatos como Benito Mussolini, Hitler, George Bush, Tony Blair o Stalin; claro que la candidatura para el premio Nobel es fácil, ya que basta con que un profesor universitario o equivalente te nomine para que el Comité del Nobel te tome en consideración (por si os sirve de consuelo, todos los que participamos en las manifestaciones contra la segunda guerra de Irak estamos nominados también). Aunque resulta un poco desconcertante si se tiene en cuenta la intención primera de Alfred Nobel al instituir estos premios. El millonario sueco, el cual se hizo rico gracias a la invención de la dinamita (una creación que permitía transportar con mayor seguridad los explosivos necesarios para el trabajo en las minas, pero que encontró una gran aplicación en los conflictos militares), tras una serie de conversaciones con la pacifista y activista Bertha von Suttner, quedó tan impactado por sus frases en contra de la guerra que, seguramente arrepentido de los muertos que podían imputarse en su haber, instauró una serie de galardones cuyo objetivo era estimular el conocimiento y los logros humanos en los campos de la ciencia, la literatura, y también la causa de la paz, dejando en herencia la mayor parte de su fortuna al desarrollo de dichos premios. Alfred Nobel, desde luego, debía de tenerle miedo a cómo iba a pasar a la posteridad, del mismo modo que su mayor fuente de pánico (dicho por él mismo en repetidas ocasiones) era la posibilidad de ser enterrado vivo: tanto, que ordenó que tras su muerte se le abrieran las venas y se dejara a su cadáver desangrarse para, en el caso de que aún restara un hálito de vida, eliminarlo por completo antes de que le encerraran en el ataúd. El temor no era baladí, puesto que en a finales del siglo XIX no era raro que los féretros llevaran acoplados una campanita en el exterior que pudiera ser accionada por el supuesto fallecido si se despertaba dentro de la caja de pino; precaución que se había establecido porque, entre casos de narcolepsia y errores médicos varios, la opinión pública se había escandalizado en unas cuantas ocasiones al hallar tapas de ataúdes arañadas por dentro, o sobresaltados entierros durante los cuales el muerto salía del edificio de la iglesia por su propio pie. La cuestión es que Alfred Nobel -aparte de querer morirse del todo y sin aspavientos- puso su nombre a unos premios, en teoría, para unir a toda la humanidad; lo cual no impide que, como toda actividad humana, estas figuras honoríficas se llenen a menudo de conflicto y discusión. Y si ya es difícil juzgar los méritos científicos (pese a todos los índices que expresamente se han creado para ello), y más aún los de las labores altruistas, para en el caso de la literatura, una actividad tan poco mensurable y tan fluida, la cuestión no iba a ser menor.

No se sabe si existe más polémica respecto a la larga lista de escritores reconocidos que no llegaron a ganar el Nobel o, en cambio, aquellos que sí que lo ganaron y que, según muchos, no se lo merecían. Los debates que tienen lugar entre los distintos jurados a la hora de decidir los premios son secretas, y sólo se publican muchos años después (normalmente cuando ya se encuentran muertos todos los implicados; lo cual es una ventaja, ya que uno de los requisitos para ganar el Nobel -quizás para excluir zombies, pensaría el inquieto Alfred-, es precisamente estar vivos). Por tanto, en muchos casos sólo se dan por supuestos los motivos que pueden haber llevado al tribunal a rechazar una u otra candidatura. Por ejemplo, de Jorge Luis Borges siempre se ha dicho que le pesó mucho su apoyo a la dictadura argentina, abriendo el debate sobre si deben juntarse en un mismo saco los logros literarios con los humanos (cuestión que se viene a entremezclar con la cruzada de Alfred Nobel en favor de la paz, y con el arrepentimiento en el último minuto del escritor menos argentino de los argentinos, no se sabe muy bien si en un arranque de lucidez dentro de su doble ceguera, o como un último intento de que le pagaran un viajecito a Estocolmo). La ideología se supone que ha pesado también el caso de los fascistas D'Annunzio y Céline, si bien a las controversias entre vida y literatura que ya afectaban a Borges (¿en una obra literaria, prima el contenido o lo estético?¿Puede un escrito antisemita contaminar, aunque no lo sea el resto, todos los demás?¿Debe ser el escritor un faro de guía para la humanidad, o simplemente es un tipo que junta letras de manera excelsa, le molesten a algunos o no?) se une también la siempre subjetiva apreciación de los factores literarios: yo, como modesto lector, jamás osaría negar la grandeza de los pequeños cuentos de Borges, pero Céline, con sus frases violentas y cargadas de exclamaciones, en una sátira sin perdón que golpea a todo bicho viviente sin dejar ninguna estructura salvable, no consigue emocionarme, y más bien me deja frío. Pero, claro, igual que yo tengo argumentos para Céline, los podría haber para todos y cada uno de los candidatos. Hay escritores reconocidos que afirman que los prejuicios contra James Joyce provienen sólo de los tiempos modernos, pero lecturas documentadas sobre la época de la publicación de su "Ulises" dicen que ya por aquel entonces se formaron dos grandes grupos entre los que opinaban que Joyce era un genio, y los que argumentaban que su obra era una gran tomadura de pelo. Un caso paradigmático es el de Cela: personalidad excéntrica aparte, lo cierto es que, hace unos años, se hizo una encuesta entre individuos españoles relacionados con el mundo de los libros para que nombraran las diez obras que más les habían impactado. A pesar de la variedad de escritores que se expusieron (y de que algunos, para incrementar las opciones, incluyeron "Obras completas" de autores varios), no salió ni una sola línea sobre Cela. Sí aparecieron, en cambio, varias relacionadas con Delibes, pero es que Delibes ya dijo aquello de "ni yo me merezco el Nobel, ni el Nobel se merece a mí", pero esto probablemente se debe más a su ausencia de campaña, ya que por lo visto algo en lo que los expertos coinciden es en que, para obtener el premio, casi siempre hace falta montar una campaña específica alrededor de tu persona para conseguirlo. Puede que estos hechos expliquen que haya pocos premios Nobeles que al mismo tiempo sean éxitos de ventas (la escasa excepción reciente puede ser José Saramago, precisamente uno de los pocos Nobeles recientes que -a mí, que no hago distinciones entre escritores que venden poco o mucho- me entusiasman). Claro que, ¿desde cuándo una venta masiva es reflejo de la buena literatura, sino la mayoría de las veces es -o se considera- justamente lo contrario? Por otra parte, en cuestiones artísticas, donde tantos libros se compran sólo para adornar estanterías, es dudoso regirse por las cifras de ventas. Tampoco cabe guiarse demasiado por los críticos y suplementos culturales, o al menos yo no lo hago desde que la directora de uno de ellos confesó que no tenía tiempo de leerse por completo los libros que comentaba, lo cual explica tal vez que haya tantos escritores entronizados de quienes nadie te puede aclarar de qué va su obra, o por qué hay tantos autores reconocidos que te llevan al cielo cuando lees unas pocas páginas, y quieres pegarte a un tiro e ir al infierno antes de leerte más de diez (un inciso: hay escritores maravillosos de párrafos y frases, los cuales sin embargo naufragan al escribir una novela, y viceversa. Hay escritores especialistas en cuentos, en microrrelatos y en sagas; hay escritores de continente, y los hay de contenido; hay gente que tiene muchísimas cosas que contar, y no mucho estilo para decirlas, y en cambio hay escritores que serían maravillosos escribiendo si tuvieran algo interesante que decir. Sin embargo, como afirmó Margarite Yourcenar, muchos escritores se ven bajo la dictadura de amoldarse a ciertos formatos porque así lo solicita la sociedad de su época, o parece que tienen que destacar en tal o cual faceta bajo presión de los críticos, cuando -por poner un par de ejemplos- Hemingway no podía escribir nada si antes no lo había vivido, y Philip K. Dick sólo podía idear buenas novelas drogado, lo cual hacía su escritura fragmentaria e inconexa, pero al mismo tiempo, rica en una imaginación desbordante. Cada cual tiene su mérito, y somos todos los demás los que nos equivocamos cuando pretendemos meter a todos los artistas en el mismo tipo de saco). Quizás por eso, por ser tan difícil elegir, la Academia haya apostado tanto por los premios Nobeles de Literatura de contenido político, con eso de que un cierto compromiso es más sencillo de valorar (o tal vez sea por las presiones doctrinarias o económicas que les llegan a los académicos desde distintas plataformas o esferas). Claro que en otras ocasiones parece que es el jurado el que quiere que alguien importante se acuerde de que ellos existen, como cuando concedieron el premio a Bob Dylan (mismo motivo, opino yo, por el que le concedieron el premio Nobel casi al inicio de su mandato a Obama).

Porque sí, ésa es la clave: la subjetividad, la dificultad de valorar. Por todas partes nos encontramos gente que sienta cátedra sobre literatura, y ya de paso sobre cada aspecto no objetivable de la sociedad: sobre estética, sobre arte, sobre cocina, sobre la misma sociedad. Y, sin embargo, toda la historia de la propia literatura conspira en contra de ese criterio. F. Scott Fitzgerald murió creyendo que era un escritor fracasado, y sólo se le ha considerado tras una reivindicación posterior de su figura. Casi todos los autores de corte social que prosperaron tras la crisis de 1929 fueron barridos (salvo la excepción de Steinbeck) por la propaganda feroz del capitalismo. Una vez leí una lista de libros más valorados en 1900, y era sorprendente la inclusión de textos que hoy en día son desconocidos, y en cambio cómo faltaban novelas de la misma época que hoy forman parte del canon literario establecido. Para qué entrar a hablar sobre el Quijote, un libro que ahora se considera de intelectuales pero que en su día constituyó un best-seller de humor de la época (sólo superado por el Guzmán de Alfarache, de quien hoy no se acuerda casi nadie), y que Cervantes despreciaba como parodia frente a su ahora relegado Persiles; y qué decir de Bécquer, que tuvo la arrogancia de presumir de que sus obras se valorarían más después de muerto, y el muy bastardo va y resulta que tenía razón. Esto de que tus obras puntúen más según si el autor muere joven, en extrañas circunstancias, o colecciona un pasado turbulento, resulta excesivamente frecuente, y de hecho se da la historia de un escritor maldito al que todo el mundillo adoraba hasta que se descubrieron que era una señora cuarentona que se había inventado una nueva personalidad y una falsa vida (hasta había conseguido que una amiga interpretara a su alter ego) porque creía que ésa era la única manera de que le llegaran a publicaran algo. Eso, cuando no existen las presiones comerciales, de publicidad o ideológicas: Weinstein decidiendo qué películas había que ver, Vargas Llosa ensalzado por políticos autodenominados liberales, o gente que paga para ver su nombre destacado en la lista de libros o de discos más vendidos (frente a esa suerte de clasificaciones, yo prefiero aquella que declaraba a Terry Pratchett el autor más robado en las grandes librerías de Inglaterra). Hay una cuestión muy importante en el aspecto de quién te marca lo que has de leer y qué no: en "CT o Cultura de Transición", de varios autores, hay un artículo muy revelador de Guillermo Zapata donde describe cómo, durante unos treinta años, en este país, un grupo de editores, productores, directivos de medios de comunicación, le contaban a la gente qué debían leer, ver, adorar, sugerir, escuchar. Según Zapata, el momento clave en el que se produjo esa desconexión fue cuando, tras la fallida retransmisión del final de "Perdidos" en España, un periodista española hizo un comentario que traslucía -habiéndose perdido 20 minutos del capítulo por culpa de un error técnico en la televisión española-, en palabras del propio Zapata, que la gente que debía servir de referencia al espectador común no tenía necesariamente más idea que este último, sino a veces mucha menos. Acontecimientos puntuales aparte, este es un hecho que se está produciendo ahora mismo en todos los países y a todos los niveles, donde "El País" ya no decide qué libros debemos leer y referentes destacados como Orsai rompen con los medios tradicionales, pero a cambio (y a pesar de existir más variedad y mucho más "boca a boca") hemos sustituido esos falsos dioses por otros: la capacidad de difusión (es destacado que los vídeos más visualizados de una plataforma teóricamente orientada al usuario como es YouTube tengan casi todos detrás a multinacionales), el poder de la provocación (entre tanta oferta, se vende lo que destaca, no lo que necesariamente es bueno; al fin y al cabo, un libro sólo se compra porque alguien desea leer su primera hoja) o, sin más y como siempre, pero de manera más destacada, el crudo y cochino dinero. O, como decía el director y guionista Mateo Gil una vez, ahora sólo se hacen películas sobre de lo que deciden Telecinco y Antena 3 (que no son ni mucho menos plataformas culturales sino empresas, con toda la frialdad que ello implica; lo cual -me replicaréis- eso ya pasaba, pues "El País", por poner un ejemplo, es también una empresa, sólo que en aquel momento era mucho menos evidente, o resultaba menos palpable para el resto del mundo). Esto, junto al poder de concentración de los medios de comunicación, hace que si bien la variedad exista, ésta sea relegada a posiciones marginales, por no hablar del sesgo ideológico que esta concentración se provoca. Otra de las consecuencias del poder del dinero deriva en que productoras, editoriales y otras entidades apuestan sólo -o en buena parte- a lo que pueda llegar a la inmensa mayoría: y si bien la democracia de la masa resulta el método menos malo para el sistema político, resulta un régimen castrante para el mundo del arte. Lo cual implica que, por cada Harry Potter que aparezca, surgirán cuatro imitaciones baratas, y ha hecho posible que los vampiros blanditos, el sadomasoquismo para dummies y las clones de las secuelas de los clones de las secuelas hayan sido los mayores éxitos editoriales y cinéfilos de las últimas décadas.

Y ahora es cuando tendría que venir la parte que, en este artículo, todos estáis esperando: la sección en la que yo mismo entro a sentar cátedra, a entregar unas directrices fundamentales, a decir por qué un escritor vale más que otro, o a hacer en cambio el elogio absoluto de la subjetividad. Y -como ya habréis adivinado-, no voy a hacer ni lo uno ni lo otro. No pienso dar respuestas porque no las tengo, ni creo que tampoco las tenga nadie, y quizás sea eso lo que haga la literatura interesante: muy aburrido sería si no hubiera más que unas pocas opciones sobre las que poder opinar. Más bien, quizás la culpa tengamos que echárnosla a nosotros, por darle tanta importancia al premio Nobel. ¿Y qué es el premio, después de todo? Santiago Ramón y Cajal, por ejemplo, no lo consideró el honor más importante en su vida: la distinción acababa de nacer, y él creía mucho más valiosa la medalla Helmholtz, que además de contener una pesada porción de su peso en oro (en los premios, también en el Nobel, el reconocimiento monetario siempre ha importado mucho), tenía en aquella época mucha más antigüedad y rancio abolengo. De hecho, el Nobel se volvió tan importante porque muchas de las otras más famosas distinciones -merced a los vaivenes de la guerra o de la política europeas- acabaron desapareciendo, hasta convertirse en el paradigma de los grandes logros y galardones, en la referencia absoluta de todo lo que ocurre en el mundo, como si no existiera nada más allá de su marco. A veces nos olvidamos, sin embargo, de que un premio vale sólo el criterio de la persona que te lo está otorgando. ¿Tiene valor, por tanto, dicho premio cuando se pone en entredicho la honorabilidad de los medios de la Academia, o -cuestiones éticas aparte-, si, como hemos dicho allí arriba, el mundo entero está perdiendo las referencias y ya no hay linternas mágicas del conocimiento de las que te puedas fiar? Cuando le preguntaron a Leonard Cohen qué le parecía que le concedieran el Nobel a Bob Dylan, él respondió que, porque le pongas una medalla al Everest, no dejará de ser una grandiosa montaña. Era una forma muy elegante de decir que Dylan, consideres literatura o no lo que escribe dentro sus canciones, es importante por lo que logra, por lo que nos hace sentir; y no porque un grupo de señores lo diga, o porque muchos más discutan si a lo suyo se le puede denominar arte literario o se le debe premiar. Pero en este mundo obsesionado con las estadísticas, los méritos y las condecoraciones, es difícil convencernos de que la acumulación o no de insignias tiene poco significado en sí mismo, igual que un aficionado a un deporte a lo mejor sólo es capaz de admirar la belleza de un partido si la mide en Copas de Europa o en número de Roland Garros.

Al final, entonces, ¿para que sirven los premios Nobel? Mi respuesta es parecida a la que di una vez cuando me preguntaron que por qué me interesaban tanto los Oscar: porque son una referencia. Pero no necesariamente porque salga ganador uno u otro (más en los Oscar, donde tantos factores extra-cinematográficos cuentan), sino porque, a partir de allí, tú estructuras tu mente para recordar qué películas has visto y cuáles has llegado a apreciar. De hecho, no se sabe si es más conocida la lista de ganadores del Oscar o, en cambio, de los que no lo hicieron nunca, y hay algunos vencedores que nunca lo fueron, pero que han llegado a formar parte irrenunciable de nuestras retinas. ¿Para qué sirven los premios, entonces, cualquier tipo de premio? Para que discutamos, hablemos, opinemos. Para que se reclamen ciertos logros poco conocidos, o se destaquen algunos por su injusticia a la hora de no valorarse. Para tratar sobre todas estas cuestiones, y de esa manera escribir un post donde incluimos un buen grupo de detalles curiosos sobre los Nobel y otras cuantas cuestiones tangenciales, aunque no sirvan para concederle una medalla a nadie, sino simplemente para pasar un buen rato. Escribiéndolos en mi caso, o leyéndolos vosotros -o, al menos, espero que esto haya sido así-. Algo nada mensurable, bastante intangible y, sin embargo, que deberíamos aplaudir más que cualquier tipo de ensalzamiento artificial, pues el poder de una buena lectura no tiene precio y, en ocasiones, con estos premios que mueven tanto dinero, tendemos a confundir el valor con el precio de las cosas. Así que, ya sabéis: la próxima vez que citen a los Nobel, a mí me pillarán cogiendo lo que creo que va a ser un buen libro o cuento (ya sea de un escritor que recibió el Nobel o de uno que no lo haya ganado nunca: o de uno anterior a la instauración de los Nobel, que es muy típico que no se le haga publicidad a un autor que no tiene nadie que le venda) y me sentaré en un lugar tranquilo para leerlo. Yo os sugiero que hagáis lo mismo. O no, haced lo que queráis: de todo modos, no os voy a dar ningún premio.