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lunes, 12 de enero de 2026

El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz

Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.

Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.

El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.

lunes, 9 de junio de 2025

La historial real de junio: más hilos en Bluesky

Seguimos con hilos de Bluesky. Reciclamos un hilo de Twitter que no pudimos colgar en otro formato acerca del hombre que pudo ser Hitler en lugar de ser Hitler; relacionado con eso, un minihilo sobre el final de Klaus Barbie ("el carnicero de Lyon", un torturador nazi implacable, responsable del asesinato y deportación de miles de personas). Además, y también en clave política, aunque con un giro totalmente diferente, tenéis éste sobre las piquiponadas, unos pequeños destellos de ingenio que son más de Rajoy que de Gómez de la Serna. Que los disfrutéis, todos ellos. Un saludo.

jueves, 1 de mayo de 2025

El relato de mayo: Contradicción

Esta narración surgió a partir del II Certamen de Microrrelatos Simurg (2024), en el que quedó finalista en la modalidad de ciencia ficción, y ha salido publicada (a partir de la página 26 del texto del enlace) como parte de una antología del concurso. Como requisito, el cuento debía basarse en una de las fotografías del Legado de Santiago Ramón y Cajal colgadas en el Espacio Simurg ex profeso para este certamen. En concreto, aunque hubo varias imágenes me inspiraron, partí sobre todo de ésta, que podéis ver debajo. Espero que el relato os llame la atención. Quién sabe, podría dar origen a algo más largo. Un saludo.


Contradicción


-Pase y siéntese.

El recién llegado obedeció. Luego, contempló el galardón que se encontraba encima de la mesa.

-Ah, esto -se fijó también Ramón y Cajal en el documento-. No lo tenía ahí por presunción. Simplemente, no me ha dado tiempo a guardarlo.

El invitado sonrió, comprensivo.

-Claro, por supuesto. Me imagino que el retorno de Suecia ha debido de constituir un esfuerzo agotador.

 -Créame: he quedado mucho más exhausto de debatir con Golgi.

Afirmó, con una pizca de mordacidad para nada escondida, Ramón y Cajal. El invitado pensó que había llegado en el momento perfecto: el científico se hallaba seguro de sí mismo, exultante tras sus últimas condecoraciones. Por supuesto, seguía trabajando a todo ritmo (o eso le habían comentado sus fuentes al respecto), pero estaba preparado para ausentarse del trabajo si un reto más apremiante, más atrayente, consiguiera atraer su atención.

-Pero dejemos de hablar de mí -sonrió Cajal, pícaro-. Le estoy sustrayendo su sin duda valioso tiempo. Dígame, ¿a qué ha venido acá?

Y el invitado de Ramón y Cajal, embutido en su gabán, con esa pinta enigmática que había cautivado al neurocientífico desde el principio, abrió la bolsa de tela que portaba consigo desde el principio para extraer con sumo cuidado…

-Un cráneo -enunció en voz alta Cajal, conforme lo asía con precaución con ambas manos-. Dios mío, estas fracturas son extraordinarias… Me recuerdan a las de uno que mi hermano encontró para nuestra colección particular: tiene una necrosis, causada por la sífilis, que ha generado unas lesiones tan terribles como éstas. Pero en cambio, las de aquí han sido provocadas por un impacto violento, ¿correcto?

-Así es -asintió crudamente el hombre.

-¿Puedo conocer la circunstancia? -preguntó Cajal.

 -Por supuesto -consintió el hombre-. ¿Es usted aficionado a la espeleología?

-¿Adentrarse por cuevas? No, gracias. He escuchado que se hace muy buena ciencia con ello, pero, en dicha área, nunca he pasado del senderismo. ¿Se halló en una gruta, pues?

-Pero no una cualquiera. Quizá haya visitado usted la sierra de Atapuerca, en Burgos.

-No tengo el gusto -confesó Cajal-. Aunque algunos amigos me han hablado de ella.

-De esto es menos probable que haya escuchado nada: hay, dentro de esa cadena de montañas, un conjunto de cavernas particular… Y en una de ellas, existe una sima: un talud que se abre unos catorce metros hacia abajo y que fue explorado por primera vez en 1795. En dicha oquedad (y esto lo conoce un número muy reducido de personas) se han encontrado una serie de esqueletos humanos. Es por ello por lo que ha sido denominada la Sima de los Huesos.

Cajal miraba al desconocido muy fijamente. Colocó con delicadeza el cráneo sobre la mesa, no muy lejos del premio Nobel. Mantuvo su atención sobre el hombre misterioso.

-Prosiga.

-Respecto a esos restos, le resumiré muy brevemente la cuestión: en primer lugar, no son huesos de humanos modernos. ¿Ha oído usted hablar del Homo neanderthalensis?

-¿Esos fósiles que se atribuyen a un tipo de ser humano anterior al hombre moderno? Aunque tengo entendido que hay una intensa polémica acerca de ellos -Cajal tuvo que escudriñar en el interior de su mente para explorar la parte de su memoria a cargo de las noticias científicas fuera de su campo, de las que procuraba mantenerse relativamente actualizado.

-Exacto. Sobre esto que le voy a decir tendrá usted que creerme, porque todavía no se ha hecho público: los restos de la Sima de los Huesos pertenecen a especímenes de ese tipo. Incluso anteriores.

El hombre ejecutó un parpadeo a destiempo: esperaba que lo suficientemente imperceptible para que Cajal no se diera cuenta. Obligó a su mirada a vagar por la habitación. Primero, para desviar la atención; pero, en segundo lugar, para localizar el cráneo que había mencionado Cajal: podía serles útil, según cómo evolucionaran los acontecimientos. El desconocido se preparó para reiniciar el diálogo. Era muy importante controlar el flujo de información que le proporcionaba al científico: combinar medias verdades con informaciones que pudiera constatar y que, por supuesto, no resultaran anacrónicas respecto a su época. El invitado caminaba sobre una cuerda de equilibrista muy fina, que podía seccionarse en cualquier momento: pero nadie dijo que viajar al pasado fuera fácil. Por ahora, lo importante era que, durante la siguiente andanada, Cajal no llegara en ningún momento a sospechar la verdad:

-Y como segundo punto -articuló con voz queda-… Entre ese grupo de huesos, hay una serie de lesiones violentas que nuestros patólogos han atribuido a una caída desde lo alto de la sima. Pero todas ellas son post-mortem: es decir, primero murieron por cierta causa, la que fuere, y después los arrojaron al talud. En cambio, la fractura de este cráneo es ante-mortem

Dejó que Cajal se impregnara de aquellas palabras y de su auténtico significado:

-Es decir… -pronunció Cajal muy lentamente, mientras estudiaba de nuevo el cráneo-… que es un hombre moderno al que alguien arrojó a un agujero lleno de huesos antiguos… y que murió a causa de ello.

Cajal empezó a interrogarse por las circunstancias en que había conocido a aquel hombre. Y se preguntó que quería realmente de él.

-¿Por qué me cuenta esto a mí, precisamente?-inquirió inquisitorial con los ojos.

 El hombre extrajo otro elemento de su bolsa de tela.

-Porque, al lado del cráneo, hallamos esto.

Cajal lo examinó.

-¿Lo reconoce, verdad?

-Claro -dijo el médico-. Es el ocular de un microscopio. Tengo varios de este mismo modelo.

-¿Y esto? -sacó un nuevo objeto el invitado-. Se encontraba también allí.

El desconocido le tendió lo que Cajal reconoció al vuelo como una preparación histológica. La capturó con fuerza. Leyó las palabras que tenía escritas. Alzó la vista, confuso.

 -Esta… es mi letra.

Consultó con ansiedad su cuaderno de notas.

 -Pero esta muestra… yo aún no la he obtenido.

 Se quedaron mirando entre ellos. Transcurrió un segundo muy, muy largo.

 Cajal se incorporó. Cogió, del perchero, casi al vuelo, su sombrero.

  -Rápido, lléveme a ese sitio -ordenó.

 El desconocido, para sus adentros, sonrió.


martes, 17 de agosto de 2021

Las películas y las historias reales de agosto: un mismo hecho bajo distintos puntos de vista

Toda historia tiene dos versiones, o eso dice el viejo axioma. Y toda realidad es interpretable, y ésa es una de las bases del cine y de la literatura. Billy Wilder estaba viendo una película sobre un hombre que toma prestada la casa de otro para citarse con sus conquistas amorosas y pensó: <<¿Qué pasa con el pobre tipo que les deja el piso?>>. Así nació El apartamento. Hay múltiples films que se inspiran precisamente en contar una historia no de la misma manera, sino desde dos ópticas diferentes, de tal manera que es la visión conjunta de todas ellas la que te da una perspectiva global del asunto, salvando todas las licencias e invenciones que (sobre todo en las <<basada en hechos reales>>) pueblan las películas de Hollywood. Esta es una lista, para nada exhaustiva, pero sí en mi opinión sugerente, acerca de esos conjuntos de películas que se relacionan entre sí:

-A veces se trata sólo de cambiar al personaje principal. La película Bonnie&Clyde (1967) está narrada desde el punto de vista de los atracadores de bancos y fugitivos, mientras que Emboscada Final (2019), con bastante menos acierto, lo hace desde el punto de vista de los policías.

-En el Chicago de 1924, un par de estudiantes universitarios llamados Leopold y Loeb, cargados de un desmedido complejo de superioridad, y adictos a la teoría de Nietszche del superhombre, decidieron demostrar su nivel intelectual desplegando el crimen perfecto, para efectuar el cual arrebataron la vida a un chico de 14 años. A pesar de su preclara inteligencia, les acabaron pillando, y las familias recurrieron para la defensa a Clarence Darrow, un conocido activista en contra de la pena de muerte. El discurso final del abogado de los muchachos -el cual duró 12 horas- fue tan conmovedor que hasta al juez se le saltaron las lágrimas, con lo cual se logró que la condena a muerte se sustituyera por una de prisión perpetua (uno de los jóvenes murió a manos de los presos en la cárcel, mientras que el otro acabó liberado tras cumplir 34 años de reclusión). La tragedia se ha narrado de dos maneras. Por un lado, fue recreada (con sus variaciones, pues en teoría se trataba de ficción) en una obra de teatro donde se señalaba la naturaleza homosexual de los dos muchachos, y que funciona como un relato de misterio donde nos preguntamos si se acabará descubriendo la autoría del asesinato. Esta obra sería más tarde adaptada (esta vez, sin el trasfondo homosexual, aunque era bastante evidente) en la película de Alfred Hitchcok La soga, la cual funciona como un mecanismo de precisión en torno a un arcón, una intriga, y el falso plano-secuencia más famoso de la historia del cine. Pero, por otro lado, la película Impulso criminal describe de manera más ajustada a la realidad el devenir de la investigación y el juicio y, sobre todo, tiene a un Orson Welles ejerciendo de Clarence Darrow en un film con bastantes partes censuradas en la versión en castellano (ya que, obviamente, en 1959, un alegato contra la pena de muerte no era el tipo de discurso bendecido por el régimen franquista).

-Nos han contado las diversas vivencias de los judíos que pasaron por el guetto de Varsovia a través de varias películas, siendo quizás La lista de Schindler y El pianista las que muestren con mayor claridad los distintos rumbos que podía tomar tu vida a lo largo de ignotos caminos, ninguno de los cuales te garantizaba la seguridad.

-Tanto "Operación Anthropoid" como "El hombre del corazón de hierro" narran el atentado que acabó con la vida de Richard Heydrich, "el carnicero de Praga", a manos de dos miembros de la resistencia checa durante la Segunda Guerra Mundial, pero mientras la primera se centra en el punto de vista de los perpretadores, la segunda lo hace más en la biografía del militar nazi. Por cierto, este último también es el centro alrededor del cual gira "Conspiracy", una película donde se describe la reunión donde se planeó aplicar la "solución final" al problema judío por parte de las autoridades alemanas. En esta última película aparece como un personaje secundario la figura de Adolf Eichmann; varios films ("Eichmann" en 2007, y "Operación Finale" en 2018, entre otras) han descrito la captura del jerarca nazi en 1960 mientras se se hallaba escondido en Argentina, pero la película "Hannah Arendt" profundiza en las motivaciones que la filósofa judía encontró en la conducta de este burócrata desalmado, a través de su teoría de la "banalidad del mal". Como puede verse, un rosario concatenado de causas y consecuencias.

-En el caso de narrar historias relacionadas, no hay nada como contar con el mismo actor para hacer del mismo personaje. Vicent Cassel había interpretado, en la "Juana de Arco" (1999) dirigida por Luc Besson y protagonizada por Mila Jojovich, a Gilles de Rais, un noble galo que quedó traumatizado por la muerte de la santa francesa y que, quizás por eso (o tal vez no), se dedicó, desde el castillo donde resisdía, a secuestrar a jóvenes a los que torturaba de maneras horripilantes para luego darles muerte, hasta que sus delitos fueron tan infames que las autoridades se vieron obligados a intervenir. Pues bien, en la película "The Reckoning" -en castellano, "El misterio de Wells" (2003)-, Cassel interpreta a un trasunto del asesino aristócrata en una ficción bastante lograda, y quizás el mejor trabajo del habitualmente secundario Paul Bettany hasta la fecha.

-La película "The Glorias" y la serie "Mrs. América" tratan ambas de la influencia de un grupo fundamental de mujeres en el movimiento feminista, pero mientras la primera se centra en la figura de Gloria Steinem a lo largo de su vida, la segunda es transversal en un momento clave (la aprobación de las leyes de igualdad en Estados Unidos), y también más coral: de hecho, la mujer más destacada es la archienemiga de los derechos de la mujer, una Phyllis Schlafly interpretada por una Cate Blanchett en estado de gracia.


-Ya saliendo del terreno de la historia, y entrando un poco más en el apartado de la ficción, "Blackthorn", del muy buen guionista Mateo Gil, retoma el relato justamente donde se quedó al final de "Dos hombres y un destino", y narra una ucronía donde uno de los componentes del famoso dúo Butch Cassidy-Sundance Kid sigue vivo, excusa que el director aprovecha para grabar un western crepuscular enmarcado en los bellísimos parajes de las salinas de Bolivia. Muy recomendable para los amantes tanto del cine clásico como del moderno.

-Diferentes films acerca de la figura de Churchill se centran en distintos períodos de su vida: los años previos a la Segunda Guerra Mundial, en los que advertía del peligro de Hitler -"The gathering storm" (2002), película televisiva basada en sus memorias, con una secuela cinematográfica con nuevos actores, "Into the storm"-; los meses iniciales tras ser nombrado Primer Ministro ("Darkest Hour", 2017); o ante un inminente desembarco de Normandía ("Churchill", 2017). Es una pena que ningún film haya decidido focalizar en otras partes de la biografía de Churchill, como su rocambolesca huida de juventud de un campo de prisioneros en Sudáfrica, o sus más que censurables actos respecto a la India que efectuó desde su posición como Primer Ministro.

He aquí nuestra pequeña recopilación de películas relacionadas. ¿Os atrevéis a hacer alguna aportación? Espero con ansia vuestros comentarios.

miércoles, 1 de julio de 2020

La historia real de julio. Lanzamiento de "Ciencia, y el Cosmos del siglo XXI", un tributo a Carl Sagan. Con mi pequeña aportación personal.

La verdad es que me hace mucha ilusión comunicaros este anuncio. Pero empecemos por el principio. Hace varios meses, Alicia Parra Ruiz y Quintín Garrido Garrido decidieron inicial un proyecto en el cual actuaban como coordinadores, y que constituía un gran homenaje al libro <<Cosmos>>, elaborado en los años ochenta por Carl Sagan y que constituía, junto con la afamada serie de televisión a la que complementaba, uno de los más difundidos y celebrados esfuerzos por divulgar ciertas cuestiones fundamentales de la ciencia al gran público. El proyecto actual consistía en "reconstruir", de algún modo, y ya entrado el siglo XXI, el libro original, encargando a distintos autores que lo volvieran a redactar a partir de los nuevos conocimientos de los que ahora disponemos, así como presentando su particular visión sobre cada uno de los temas. El esfuerzo realizado desde entonces ha dado sus frutos, y ahora tenemos este libro, Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI, disponible de manera gratuita para todo el mundo con licencia Creative Commons, y que podéis descargaros en pdf aquí mismo (o en formato epub o mobi si lo preferís leer en el ebook).

Hoy es la presentación "oficial" y ante la prensa a lo largo y ancho del mundo castellanoparlante de un texto que puede atraer tanto a los que ya saben mucho de ciencia como para los que quieren aprender más de ella. Es posible, sin embargo, que no todos los títulos de los capítulos os interesen de igual modo, con lo cual podéis recurrir a un índice que os conducirá a cada apartado concreto. Como podéis ver, cada capítulo lleva aparejado no sólo la posibilidad de leer el texto o descargar del mismo en pdf, sino también (en algunos casos) una versión en inglés, e incluso un tema musical que viene a acompañar al texto, para que podáis ponéroslo de fondo y sentir que estáis escuchado la música de las estrellas (en algunos casos, mientras leéis acerca de las mismas).

Entre los autores con los que contactó Quintín Garrido estos meses, he de decir que tengo el privilegio de hallarme yo mismo, y que me sentí muy honrado desde el principio por participar en esta iniciativa. Y, en concreto, de todos los capítulos posibles que pude escoger para reinterpretar, me llamó la atención (ya sabéis, siento debilidad por los elementos solitarios y desamparados) el primero de los apéndices del libro, el cual trataba acerca de una cuestión matemática aparentemente sobria como la raíz cuadrada de dos. Sin embargo, como podéis leer en mi reelaboración del capítulo, esta disquisición aritmética esconde tras de sí una controvertida intriga histórica, que además nos ha servido de punto de partida para poder hablar sobre la forma en que se asienta el conocimiento, las dificultades que tienen las nuevas verdades para triunfar en la ciencia y, en definitiva (en un tiempo que nos ha demostrado lo difícil que es obtener certezas absolutas), cómo los científicos muchas veces tienen que hacer tripas corazón y reconocer, para que triunfe la ciencia en su conjunto, que su hipótesis no era la más cercana a la realidad que podía hallarse... incluso aunque la teoría que viene a sustituirla no nos entusiasme en absoluto.

Con el título: "Saber perder en ciencia: cuando no te gusta el resultado", este homenaje al "Apéndice 1: La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos" del libro <<Cosmos>> de Carl Sagan, es mi tributo particular no sólo a aquellos hombres y mujeres que hicieron ciencia a pesar de todas las adversidades que se toparon por el camino, sino también de los esfuerzos por divulgarla. Podéis leer el texto en castellano, tanto en la web como en pdf, en inglés (he sido mi propio traductor, así que disculpad mis errores en una lengua no nativa), también narrado como audiocapítulo y, como en la versión del libro completo no he podido introducir todos los detalles que hubiera querido, os dejo en la parte final de este post lo que hubiera sido la versión completa, para que elijáis cuál preferís explorar. No obstante, yo os animo a echarle un vistazo al resto de los capítulos de este blog, escritos por apasionantes y apasionados científicos y divulgadores, y que contienen títulos muy atrayentes que llaman muchísimo la atención. Yo, de hecho, ya le he echado el ojo a más de uno para leerlos con calma y mucha atención.

Pues eso, que disfrutéis con esta versión de Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI que intenta ser (dentro de lo que cabe) el equivalente a lo que -para la serie original de televisión de Sagan- ha supuesto la actualización de Neil deGrasse Tyson, y que en todo caso trata de ser un pequeño granito de arena que contribuya a que todo el mundo conozca, ame y difunda la ciencia. Una herramienta cargada de belleza -incluso aunque no todas sus hipótesis sean hermosas- y que, sin duda, siempre vamos a necesitar.

Os dejo aquí abajo con la versión original del capítulo sin recortes. Que (cualquiera de las versiones que escojáis) la disfrutéis.


Apéndice 1. La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos.
Los apéndices suelen resultar un hábitat particular, dentro del complejo ecosistema de las páginas de los libros, adonde van a refugiarse variados especímenes en peligro, incluyendo, entre ellos, abigarradas explicaciones que no tienen cabida en el discurso general del texto, o donde tienden a flotar -libres de la competencia de prosaicos conceptos- los más filosóficos y etéreos debates. En el caso del primer apéndice del volumen original de “Cosmos”, Carl Sagan es capaz de aunar ambas vertientes a lo largo de unas elegantes líneas. Obviamente, no es mi objetivo repetir lo que tan elocuentemente expresó Carl Sagan en su día, aunque trataré de resumirlo de manera sucinta, a modo de simple introducción.
Carl Sagan habla sobre la raíz cuadrada de 2 (√2), la cual tiene como resultado un número irracional, es decir, que no se puede expresar como una fracción entre dos números enteros (los números enteros son el 1-2-3-4, etc..., hasta el infinito; sus fracciones serían del tipo ¾, 2/5, etc...). Fueron los pitagóricos (es decir, un grupo de matemáticos dirigidos por Pitágoras) los primeros que descubrieron que la raíz cuadrada de dos era un número irracional, mediante un argumento geométrico. Dicho argumento estaba basado en una reducción al absurdo, que, como explica el propio Carl Sagan, es una forma de razonamiento en la cual inicialmente asumimos como cierta una afirmación, seguimos paso por paso sus consecuencias, y al final llegamos a una contradicción, demostrando de este modo la falsedad de dicha afirmación. En este caso, Carl Sagan utiliza también la reducción al absurdo, aunque esta vez desde el punto de vista aritmético, para llegar a la misma conclusión que los pitagóricos. Sin embargo, nosotros emplearemos este apéndice como punto de partida para algo ligeramente distinto.
Para empezar, para entender un descubrimiento científico, a veces hay que trabajar desde las motivaciones de sus descubridores. Partamos pues de los pitagóricos, y en concreto de Pitágoras de Samos, una figura cuya vida estuvo envuelta en la leyenda, a la cual contribuyó la fundación de su propia escuela de pensamiento. Dicen que tras el encuentro con un anciano Tales de Mileto (uno de los primeros grandes exploradores, el hombre que catalogó las siete maravillas del mundo antiguo), un Pitágoras que ya era discípulo del famoso Anaximandro se dedicó a viajar: habría llegado como prisionero de guerra a Babilonia, habría recalado en la India, y es más factible la noticia de su visita a Egipto. Las pocas y poco fiables fuentes que poseemos dicen que, en todos esos países, Pitágoras contactó con magos y sacerdotes para imbuirse de sus conocimientos, y en lo que coinciden dichos textos es en que más tarde partió hacia Crotona, Italia –alentado, entre otras cosas, por el destierro de su patria natal-, donde creó su escuela. Si hasta ahora la vida de Pitágoras nos ha parecido sorprendente, más extravagante nos resultará la forma en que se dice que él y sus discípulos convivían: eran vegetarianos, se negaban a vestir pieles de animal, divagaban en el mundo de la meditación y buscaban vivir en un perenne universo de pureza. La tradición ha atribuido a la escuela pitagórica un carácter netamente matemático, y es cierto que realizaron grandes contribuciones a dicho campo (aunque resulte difícil determinar qué logros pertenecen a Pitágoras, y cuáles a los miembros de su escuela, pues todos los descubrimientos se atribuían por defecto al primero), entre otras el teorema sobre el triángulo rectángulo que lleva el nombre del maestro, o la descripción de los distintos tipos de poliedros regulares -a los que, por cierto, va dedicado el segundo apéndice de “Cosmos”-. Sin embargo, la escuela de Pitágoras abarcaba mucho más: puede parecer un reduccionismo simplificarlos como matemáticos, pero sin duda ellos hubieran estado de acuerdo porque, para sus integrantes, el universo podía descomponerse en cifras. A partir de allí radiaban el resto de sus ideas, mucho más vinculadas a la religión y la metafísica: la inmortalidad del alma; su concepción general de un universo ilimitado donde Sol, la Tierra y los planetas giraban en torno a un fuego central que identificaban con el número 1; la relación profunda que subyacía a la astronomía, la música y la medicina, que no era otra que una concordia mística que se articulaba alrededor de las matemáticas y de sus representantes más perfectos, los números. La perfección de esta serie de abstracciones los embriagó, y de ahí que el descubrimiento de la raíz de dos, y todo lo que ello conlleva, supusiera un doble mal trago.
        Entrando ya en el responsable directo de tan endiablado entuerto, las cuestiones relativas a la raíz de dos fueron exploradas por el pitagórico Hípaso de Metaponto, entre otras cosas profesor de Heráclito, y a quien se le atribuye también el método para construir un dodecaedro engastado en una esfera, y el descubrimiento de la relación entre el grosor de discos de bronce y el sonido que éstos producen al golpearlos (idea que se relaciona con el conocimiento pitagórico de que la longitud de las cuerdas de un instrumento musical determina su sonido, y que entronca con la teoría de la escuela acerca de la armonía de las esferas celestes). El caso es que Hípaso, aun perteneciendo a la escuela pitagórica, era el líder de los acusmáticos, una sección de la secta que, pese a formar parte de la misma, no tenía la misma categoría que los “matemáticos”, los cuales se hallaban bajo la supervisión directa de Pitágoras y conocían la doctrina en su totalidad, privilegio con el que no contaban con los seguidores de Hípaso: aquello constituía un primer y desafortunado desencuentro. El descubrimiento de los números irracionales fue producto, según se dice, de la casualidad: el resultado de dicha raíz se llevaba buscando bastante tiempo, pues constituye la medida de la diagonal de un cuadrado cuyo lado tuviera una longitud de 1 y, creámoslo o no, su valor tiene unas cuantas aplicaciones prácticas. Hípaso empleó la geometría para expandir los límites del saber hasta llegar a una conclusión que a todos dejó traumatizados: la raíz cuadrada de dos tenía que ser, necesariamente, un número irracional. El sueño que los pitagóricos habían vivido era tan plácido que el despertar trocó, de manera ineludible, en amarga pesadilla.
        Pero, ¿qué demonios les importaba a los pitagóricos que la raíz de dos no pudiera expresarse como la fracción de dos números enteros, y que en concreto correspondiera a un valor aproximado de 1,4 (Pitágoras, perdónanos si nos lees ahora mismo)? Pues que, obviamente, para gente obsesionada con la perfección, con la hermosura de las matemáticas, con la armonía de los planetas, las verdades tenían que ser expresadas mediante números perfectos, tales como los enteros, o al menos como fracciones de los mismos. Pero, ¿una cifra seguida por una lista de decimales que no termina nunca? (los filósofos helénicos ni siquiera llegaron a ver eso; los números griegos no operaban con esas herramientas). ¿Qué clase de aberración era ésa? Por eso, el resultado obtenido por Hípaso les incomodó. Dicen que Pitágoras se negaba a que le hablaran de los irracionales. Durante años, los pitagóricos obviaron la cuestión disfrazando la raíz cuadrada de dos como si se tratara de un número entero en sí mismo. En todo caso, impusieron un absoluto secreto: la existencia de los números irracionales no debía salir nunca a la luz. Hípaso incumplió esa regla, y como castigo, cuenta el mito, fue asesinado.
Aunque, como tantas otras cosas alrededor de los pitagóricos, no hemos de fiarnos a pies juntillas de las leyendas. Desde luego, hay rumores sobre que Hípaso fue expulsado de la orden, y también sobre que falleció en un naufragio en extrañas circunstancias, en las que se ha querido ver la oscura sombra del suicidio (como castigo autoinfligido por romper la pureza de las matemáticas, y para así dar reposo a su alma, que se refugiaría en otro cuerpo) o, tal vez incluso, la mano negra de los miembros de la escuela, que lo habrían empujado al mar. Una versión más delirante nos dibuja al propio Pitágoras arrojándole del barco, doblemente avergonzado no sólo por haber sido incapaz de rebatir el descubrimiento de Hípaso, sino también porque la infausta verdad procedía del líder de una rama de la escuela considerada inferior, para más inri la némesis natural de Pitágoras, al constituir la única figura en Crotona que podía hacerle sombra. Especulaciones aparte, lo cierto es que el supuesto secreto se rompió y hoy sabemos que existen los números irracionales: de hecho, varios de ellos (como π, o el número phi, también conocido como “la proporción aúrea”) han resultado de gran importancia para la comprensión de las proporciones tanto en el interior de los seres vivos como de los cuerpos geométricos. Una conclusión que, a pesar de su ambición de consuelo, a Pitágoras no le hubiera satisfecho en absoluto.
Ahora vamos a avanzar unos cuantos siglos, hasta llegar a un nuevo (aunque no demasiado diferente) tipo de polémica. A lo largo de la década de 1920, Albert Einstein y Niels Bohr se embarcaron en un debate que redefinió los términos de la física. Einstein había elaborado, poco tiempo antes, su Teoría de la Relatividad, un rascacielos de postulados edificado durante los ratos libres de su empleo en la Oficina de Patentes de la -repleta de casitas bajas- ciudad suiza de Zürich, basada en concepciones sumamente teóricas y abstractas y que a pesar de ello explicaba buena parte del funcionamiento real del universo, como si hubiera sido propuesta por los antiguos pitagóricos en un arrebato de inspiración. Este “conejo sacado de la chistera” sigue aún resistiendo la mayor parte de los ensayos experimentales que han osado tratar de refutarlo, manteniéndose firme de un reto a otro. No obstante, Niels Bohr (el hombre que había creado una versión del átomo que superaba a la de su maestro Ernest Rutherford) dijo una vez una frase que Carl Sagan intenta reducir al absurdo en el ya mentado apéndice 1: “Lo contrario de cualquier gran idea es otra gran idea”. En este caso, la afirmación revela ser cierta -a pesar de lo que diga Sagan-, pues el paradigma opuesto que surge ante los axiomas de la relatividad es la mecánica cuántica, sustentada en inicio por los descubrimientos de Max Planck y que propone una visión radicalmente diferente de la física, basada en probabilidades y en cuánto somos (y, sobre todo, no somos) capaces de observar y de medir. Einstein, de hecho, siempre rechazó aquella teoría -lo cual decepcionó a sus creadores, que se habían sentido en parte inspirados por él-, y convirtió la cuestión cuántica en el punto central de las intensas disquisiciones que mantuvo con Bohr, en las que se llevó al extremo las posibilidades de la discusión científica. Famosa es la sentencia de Einstein de “Dios no juega a los dados con el universo”, pero no menos impactante fue la serie de acontecimientos que se inició cuando Einstein trató de reducir al absurdo la teoría cuántica al apuntar a que, de acuerdo la misma, dos partículas que hubieran entrado una vez en contacto nunca llegarían a estar del todo desconectadas. Para su incredulidad, los discípulos de la mecánica cuántica analizaron aquella supuesta idiotez y descubrieron -también para su propia sorpresa- que era cierta, poniendo patas arriba los cimientos de todo su sistema de conocimiento, una vez más. Hoy en día, la contraposición entre teoría de la relatividad y mecánica cuántica sigue adelante: la relatividad es capaz de explicar a la perfección lo que ocurre con las grandes masas (como una renovada revisión de la armonía de las esferas), mientras que la teoría cuántica describe con certeza matemática lo que sucede a nivel subatómico; sin embargo, en el conjunto, las dos visiones no son capaces de ponerse de acuerdo. Mientras tanto, algunos ansían y ponen su empeño en una Teoría Unificada que exponga con sencillez las leyes básicas del universo, a partir de las cuales las distintas fuerzas fundamentales se deduzcan de manera elemental. La teoría de cuerdas lo está intentando, hasta ahora con esquivo éxito, y la reciente confirmación del bosón de Higgs puede aportar nuevas luces sobre la estructura básica de la energía y la materia. Hoy día, sin embargo, el final de la búsqueda de esa teoría absoluta a la que la física aspira, como a un unicornio dorado, o una suerte de científico Santo Grial, sigue sin vislumbrarse.
Einstein se hallaba disgustado con la mecánica cuántica porque, como fiel determinista, se sentía incómodo con unas premisas que otorgaban tanta relevancia a la probabilidad y a las cuantificaciones medidas por el observador. Sin embargo, él no llegó tan lejos, como Pitágoras, como para tratar de prohibir su divulgación (no hubiera estado en su mano y, en todo caso, seguramente su amor a la verdad no se hubiera permitido). De todos modos, no sería la primera vez, ni tampoco la última, en que la oposición de científicos más veteranos impide a una teoría joven y bisoña salir adelante. Un reciente estudio, incluso, ha llegado a proclamar que ciertas áreas de la ciencia sienten un reverdecimiento al fallecer científicos prominentes en dicho campo, como si la presencia de estas colosales figuras taponara el talento de poco reconocidos científicos que se atreven a oponerse a los dogmas aceptados de manera unánime. Max Planck, el padre de la teoría cuántica (aunque al primero al que desconcertó fue a él mismo), declaró: "Las nuevas ideas avanzan en ciencia no porque sean ciertas, sino porque sus enemigos fallecen". Quizás el mejor ejemplo lo encontremos también en el campo de la física con otro debate, el que tuvo lugar entre Rutherford (quien, además de ser maestro de Bohr, proporcionó el primer modelo atómico) y Lord Kelvin. Este último había hecho grandes contribuciones a la ciencia, pero contaba ya con una provecta edad y, desde su atalaya, se negaba a reconocer los datos que señalaban a que la antigüedad de la Tierra era en realidad mucho mayor que la que el propio Lord Kelvin había propuesto (por debajo de veinte millones de años). Por eso, cuando un imberbe Rutherford se plantó en una de las reales instituciones británicas, delante de un auditorio de 800 personas, para exponer cómo el fenómeno de la radiactividad apoyaba la noción de una edad del planeta Tierra de, al menos, varios cientos de millones de años, su única preocupación era lo que diría Lord Kelvin al respecto. El crucial acontecimiento se desarrolló en varias fases: lo primero de todo, durante la disertación, el venerable hombre que emanaba autoridad desde su estrado se quedó dormido. Más tarde, parece que se despertó y colocó una sonrisa beatífica -producto de la digestión de una buena siesta-, momento en que Rutherford encontró la clave para convencer al eminente pope: citó en voz alta una antigua frase del maestro en la que expresaba que la edad de la Tierra debía de ser de unos pocos millones de años, mientras no se descubriera una nueva fuente de calor que explicara los resultados obtenidos. Rutherford proclamaba, pues, que Lord Kelvin habría sido el primero en anticipar la existencia de esa nueva fuente de calor (que no sería otra que la radioactividad) y que, por tanto, era co-partícipe del reciente descubrimiento. Era un intento descarado de halagar la vanidad del anciano pero, como suele ocurrir en estos casos, la cuestión es que funcionó (la mayor parte de los que se oponen a un movimiento, después de todo, lo hacen por no sentirse parte central de él), y Lord Kelvin expresó un asentimiento complaciente. Fuera de la reunión, sin embargo, se dice que Kelvin siguió farfullando incoherentes y circulares diatribas en contra del principio de una longeva edad de la Tierra pero, para entonces, el obstáculo había sido salvado, y no por la fuerza de la razón y la forma de comportarse de los hechos, como dicta la ciencia, sino empleando la psicología y la forma de comportarse de los científicos, como dictan las relaciones personales. La ciencia, después de todo, tiene sus defectos, y éstos, como los inherentes a casi toda actividad humana, provienen fundamentalmente de que quienes la hacemos consistimos en seres humanos también.
En este caso, hemos hablado de nuevos hallazgos pero, quizás, lo mejor que puede aportar el futuro, por parte de las generaciones venideras, es un punto de vista distinto, una perspectiva inédita. La mayor parte de las ideas originales no han llegado por seguir insistiendo por las mismas vías, sino mediante aproximaciones revolucionarias que se creyeron impensables en su día. Tal vez, al respecto, el mejor ejemplo que podemos aportar es una anécdota que se atribuye a numerosas parejas de aprendiz-maestro, entre ellas la más conocida de Niels Bohr y Ernest Rutherford. Según la leyenda, Rutherford habría preguntado, en un examen, cómo determinar la altura de un edificio a partir de un barómetro. La solución canónica es utilizar el barómetro para medir la presión en la base y en la azotea del edificio y, a partir de allí, mediante una sencilla ecuación matemática, deducir la altura del mismo. Bohr, sin embargo, respondió durante el examen: “Tiraría el barómetro desde lo alto del edificio y, en función del tiempo que tardara en llegar al suelo, calcularía la solución”. Rutherford -cuenta la anécdota- se quedó intrigado con la respuesta y citó a Bohr para un nuevo examen, donde él discurrió varias decenas alternativas de contestaciones, que iban desde utilizar el barómetro como una regla de medir en varias tandas, o pasarse por la casa del portero y solicitarle: “Me gustaría saber cuánto mide este edificio, le ofrezco a cambio este bonito barómetro”. De acuerdo a la historia, Rutherford le habría reprochado: “Usted sabe que ésa no es la respuesta que estoy buscando”, a lo que Bohr le habría contrapuesto: “Quizás entonces debería reformular la pregunta”. A veces el mejor favor que le podemos hacer a la ciencia es replantear las viejas cuestiones, para las respuestas no se vuelvan caducas desde antes de empezar. Es la única manera de agitar el árbol de Newton para que, con suerte, el fruto que caiga sea uno más sabroso. O, al menos, uno distinto a una manzana.
        En parte, la ciencia (como cualquier otro campo) consiste en eso: gente que llega con conceptos nuevos los cuales, a las pretéritas generaciones, se les antojan irreverentes, ofensivos, hasta cabría decirse que irracionales. Pero que encajan mejor con una forma de ver el mundo que deriva de cómo funciona éste, o de tal vez de cómo funcionamos nosotros. Los científicos, mientras tanto, van y vienen; hoy los defensores de la teoría cuántica y los relativistas siguen espiándose de reojo, mientras que los pitagóricos fueron expulsados de Crotona por culpa de los vaivenes que tuvieron lugar tras meterse en el poco racional ámbito de la política. La ciencia, sin embargo, y las aportaciones que unos y otros nos donaron, por muy abominables y distorsionadoras que pudieran parecer al principio, se depositan en el sedimento que va asentando en el ser humano, donde los episodios biográficos y las disputas entre científicos se soslayan para dar lugar a lo que de una manera muy cauta podemos denominar “la verdad”; por muy imperfecta, incompleta y desafiante que ésta resulte. Incluso aunque tenga que pasar por un par de reducciones al absurdo, o de reducciones al absurdo del propio absurdo para probarse. Al fin y al cabo, la cualidad principal de un científico es la curiosidad, y ésta debe hallarse siempre dispuesta a darle la oportunidad de sorprenderse. Carl Sagan lo sabía, y nos transmitió parte de su alegría al quedar impresionado con los portentos del universo. Él nos concedió ese regalo, y el mejor apéndice u homenaje que nuestra generación puede hacerle a “Cosmos”, ese legado único, es (pese a poseer una óptica distinta a la de nuestros maestros, o precisamente a causa de ello) seguir impactándonos. Maravillándonos, si es preciso, ante la perfección de la imperfección.

lunes, 11 de noviembre de 2019

La historia real de noviembre. Grandes modificaciones terráqueas (I): Atlantropa, el mar del Sáhara, la valla publicitaria espacial y otras grandes locuras transformadoras.

El día que el Dios cristiano, judío y musulmán expulsó a Adán y Eva del paraíso, les forzó a "ganar el pan con el sudor de su frente". Eso les obligaba a arar la tierra, una forma de modificación de la naturaleza. Sin embargo, el ser humano, siempre buscando el camino más fácil y el más efectivo, fue construyendo máquinas con el que ahorrarse el trabajo, y a partir de allí se le ocurrió que con esas poderosas máquinas podía obtener transformaciones mucho más potentes y más beneficiosas. Edificios, carreteras, derivaciones de los cursos de los ríos, presas, ciudades, el ser humano ha poblado la superficie y el interior de la Tierra (y hasta su atmósfera) con sus cambios, hasta tal punto que se ha propuesto nombrar nuestra era como el Antropoceno, debido a la influencia del ser humano sobre la misma. Pero, ¿cuán lejos ha podido llegar?¿Y hasta cuánto ha pretendido?

Quizás el mejor ejemplo que se suele exponer de ese ansia constructora (o destructiva) del ser humano ha sido, en concreto, la desecación del mar de Aral, un vasto lago interior (el cuarto más largo del mundo) cuyo contenido la Unión Soviética pretendió aprovechar para implementar la agricultura de la región, y que como consecuencia de la acción del hombre se ha visto reducido a sólo un 10% de su tamaño original. Este gran desastre medioambiental se une a otros provocados por el ser humano tales como la gran isla de basura del Pacífico, la deforestación de la selva amazónica y de la isla de Pascua, o (según argumentan algunas teorías) un cierto papel del hombre en la desertización del Sáhara.

Sin embargo, aparte de esas acciones involuntarias (por irresponsabilidad, ambición o mala cabeza), ha habido ocasiones en que el ser humano se ha planteado a propósito grandes transformaciones de la superficie de la Tierra a escala continental, o incluso celestial. La inmensa mayoría de esos proyectos no se ha llevado a cabo, bien porque alguien tuvo la suficiente cabeza para reconocer que aquello sonaba a mala idea, bien por razones logísticas, financieras o de geopolítica mundial. He aquí algunas de las  más titánicas y descabelladas ideas para modificar la faz de nuestro planeta:

La valla publicitaria espacial. En 1993, la empresa Space Marketing INC. propuso construir una valla publicitaria de 1 kilómetro cuadrado que se colocaría en órbita respecto a la Tierra, a baja altura, de tal manera que tuviera, desde la superficie de nuestro planeta, el mismo y brillo y tamaño con el que contemplamos la Luna. El proyecto adolecía de dos defectos: costaba mucho encontrar inversores, y se calculaba que la basura espacial impactaría contra ella con demasiada frecuencia. Pero no faltó demasiado para encontrar un "Beba Coca-Cola" haciendo competencia con la Luna en el otrora despejado cielo nocturno. 

El mar del Sáhara. Ha habido diversos proyectos, ideados por algunos de los países circundantes, para convertir parte del Sáhara en un mar interior. Las ventajas serían crear una serie de territorios agrícolas que proporcionarían recursos a la población, aparte de disminuir las habitualmente inclementes temperaturas presentes en el desierto. Sin embargo, la palma se la lleva el profesor vasco-francés Edmund Etchegoyen, que en 1910 propuso que todo el Sáhara (una buena parte del cual se haya por debajo del nivel del mar) se inundara de agua gracias a un canal procedente del Mediterráneo, transformándolo por completo en un inmenso mar interior. Aparte de los problemas de financiación (lógicos para un proyecto de esta clase), la idea nunca ha terminado de convencer a los científicos, quienes creen que un pequeño lago generado en el desierto no modificará las temperaturas locales y se convertirá en un pantano infestado de mosquitos, mientras que si es todo el Sáhara el que se convierte en un mar, transformará el clima de Europa para convertirla en una zona polar. Aparte, existen altas probabilidades de que el desplazamiento de tal masa de agua desplazara la órbita terrestre (por otra parte, la pérdida de una enorme masa de agua en el Mediterráneo podría afectar a las estructuras geológicas subyacentes, provocando terremotos y reactivación de volcanes apagados). Como suele decirse, hay quien nunca está contento con nada. Como detalle anecdótico, Julio Verne teorizó sobre la posibilidad de crear un mar interior en el Sáhara (idea que conoció gracias a los proyectos presentados por sus compatriotas) en una de sus últimas novelas.

Atlantropa. Así se iba a llamar la gigantesca reorganización continental ideada por el alemán Herman Sörgel, quien tenía el sueño de construir gigantescas presas en varios estrechos del Mediterráneo (la clave sería el del Gibraltar, pero también tenía proyectadas presas en los estrechos de Messina y Dardanelos, y en la zona de separación entre Sicilia y Túnez) con el objetivo de desecar parcialmente el Mediterráneo, que retrocedería a nivel de todas las costas, y el cual quedaría dividido dos mares más pequeños, uno al este y otro al oeste. Estas presas generarían una inmensa cantidad de electricidad disponible para la humanidad (como en el plan del mar del Sáhara, desierto el cual, en la fantasía de Atlantropa, sería regado por agua procedente de Chad), además generar nuevas tierras de cultivo. Como contrapartida, entre otras, este proyecto acabaría con la mayor parte de los puertos del Mediterráneo (aún así, Sörgel tenía planes especiales para salvar algunos enclaves míticos, como el puerto de Venecia). El plan, además, tenía una segunda parte, que pasaba por establecer otras grandes presas en varios de los grandes lagos de África, generando una energía que llegaría a Europa a través de tres ciclópeos cables de electricidad que surcarían longitudinalmente (en dirección sur-norte, uno en la zona central, uno al este y otro al oeste) el nuevo continente que se habría creado, Atlantropa, producto de una fusión de África y Europa a partir de un Mediterráneo que habría quedado reducido a un par de charquitos, con gigantescas vías férreas que unirían la zona sur con la norte. Aparte de las consecuencias climáticas y físicas que tendría este desaguisado -muchas de ellas comunes a la también "maravillosa" idea del mar del Sáhara-, la cuestión geopolítica también sería peliaguda. La idea de Sörgel era que tan fantástico suministro de electricidad podría servir para sellar una paz mundial, pues aquellos países que amenazaran el nuevo orden mundial podrían ser privados de tan fantásticos recursos energéticos. Pero por muy sinceros que fueran los esfuerzos pacifistas del alemán, esto, en los inicios del siglo XX, con la distancia entre África y Europa súbitamente reducida, suena demasiado a colonialismo europeo y mayores posibilidades de los países del norte para controlar las indefensas economías del sur. De hecho, Sörgel estuvo durante varios años a vueltas con su plan, dando conferencias por todo el mundo, tratando de vender su idea a quien quiera que quisiera comprársela -obviamente, tenía graves problemas de financiación-, e incluso llegó a ofrecérsela al régimen nazi, la cual la declinó amablemente pues decía que sus planes de expansión se situaban más hacia el este, no hacia el sur. Al final, el sueño de Atlantropa murió junto con Sörgel, aunque, al menos en la ficción, Philip K. Dick lo llevó a cabo en cierta medida en su ucronía El hombre del castillo.

El derretimiento de los polos. Lo que hoy es uno de los temores más fundados por culpa del cambio climático fue (en aquellos ingenuos tiempos del siglo XX en que se creía que toda la naturaleza era un inmenso instrumento dispuesto únicamente en beneficio del hombre, idea que algunos mostrencos aún consideran válida) un plan que llegó a considerarse factible. El objetivo: facilitar la navegación marítima, no sólo por los grandes espacios marinos que se abrirían, sino también para combatir el peligro de los icebergs. El plan fue sugerido periódicamente y descartado periódicamente también, porque las consecuencias climáticas para todo el globo serían desastrosas. Un proyecto, sin embargo, que a pesar de haberse abandonado, estamos provocando nosotros mismos por nuestra codicia, nuestra desidia y nuestra insensatez. En cuyo caso, quizás, si lo logramos, será el último plan descabellado que llevemos a cabo.

Uno de los requisitos indispensables de cada uno de estos proyectos era el de grandes planes de ingeniería que requerían desplazar desproporcionadas cantidades de tierra, empleando para ello una enorme cantidad de energía. Y como, para ideas faraónicas, métodos alocados, también hubo quien tuvo la disparatada idea de emplear, para llevarlos a cabo, bombas atómicas. Pero de eso hablaremos en una próxima entrada.

jueves, 1 de agosto de 2019

El libro y la historia real de agosto: "Operación Masacre", de Rodolfo Walsh

Rodolfo Wash era un escritor y traductor argentino que, alrededor de 1956, había empezado a despuntar con algunos relatos en revistas especializadas. No tenía gran interés por la política, no había tomado partido por grandes causas o por ese concepto tan abstracto de "la justicia", no le interesaba el periodismo de investigación. Pero un día, escucha en una cafetería: "Hay un fusilado que vive". Esta frase hace que quede absorbido por completo (sumergido hasta la cabeza, y también hasta el mismo tuétano) en un reportaje que le obligará a dormir en lugares inhóspitos, a mantener su identidad en secreto, a realizar sacrificios inaplazables, y que cambiará la vida de muchas personas, empezando por la suya propia, ya que se volverá un hombre comprometido, acosado, en continuo peligro de muerte a causa de su adhesión a un ideal. "Operación Masacre" es el título del libro en el que resume a qué conclusiones llegó gracias esta historia, la cual la editorial "Libros del Asteroide" publica ahora, más de sesenta años después, bajo el aclaratorio prólogo de Leila Guerrero.


Pongámonos en el contexto; en 1955 gobernaba, tras haber sido elegido democráticamente, Juan Domingo Perón. Ese año, un golpe de estado le depone e instaura en su lugar una dictadura militar*. En 1956, surge una rebelión contra dicha dictadura. La revuelta militar es rápidamente sofocada, pero en la investigación acerca de los causantes, la policía entra en una casa particular donde un grupo de personas se encontraban jugando a las cartas y escuchando por la radio un combate de boxeo. De los allí presentes, quizás unos pocos eran conocedores del golpe (si acaso lo esperaban, aunque no estaban seguros si se produciría), pero en todo caso no tomaron parte activa en el mismo. La inmensa mayoría, sin embargo, se encontraban allí por casualidad y no sabían que en aquella noche iba a ocurrir nada especial. En cualquier caso, la policía los detiene y se los lleva a todos y, sin ninguna clase de juicio ni garantía legal, decide desplazarles hasta un basurero con la intención de fusilarles. La operación se hace de una manera tan precipitada, tan zafia, que seis de los condenados sobreviven. Es la pista de estos hombres, de estos desesperados supervivientes que claman por su existencia (y la de los hechos inmediatamente anteriores y posteriores, describiendo sus peripecias dentro de un contexto vital), la que Rodolfo Walsh perseguirá, como un perro a su presa, para dar a luz una verdad que alteraría el país y modificaría también su vida para siempre.

Se trata de hechos reales, y también de un documento periodístico, pero en este caso no es baladí la alocución tan común que se dice en estos casos acerca de que "se lee como una novela". Y es importante porque, pocos años después, el escritor y periodista Truman Capote inventaría en "A sangre fría" (otra descripción de un crimen, aunque en éste faltaría el factor político) la técnica de la "novela testimonio" o "nuevo periodismo", donde el acto de describir noticias del periodismo se entremezcla con la forma de de contar propia de la literatura. Sin embargo, y como menciona Leila Guerrero en el prólogo, ocho años antes de que Capote se atreviera, Walsh se encontraba escribiendo párrafos como éste: "Lo único preciso, lo único en que coinciden quienes recuerdan haberlo visto, es en su aspecto físico, un hombre corpulento, provinciano, muy moreno, de edad indefinible (<<Usted sabe que a los negros es difícil conocerles la edad...>>), alegre conversador, que en un momento estará jugando con entusiasmo al chinchón, y en otro momento muy distinto -cuando ya todos temen- roncará apacible y estruendosamente en un banco de la Unidad Regional San Martín, como si no tuviera el más mínimo peso en su conciencia. En estas dos instantáneas puede resumirse toda la vida de un hombre". ¿Es o no verosímil creer que Walsh hubiera sido considerado el padre del periodismo narrativo, si hubiera nacido norteamericano?

A partir de entonces, como decimos, la vida de Rodolfo Walsh cambió. Antes de hincarle el diente a esta historia, era ex-miembro de la una organización de derechas, había sido partidario del golpe militar que a Perón había sustituido; su única preocupación era la literatura y, si se puso a investigar este caso, fue bajo la creencia de que llevar aquella noticia a portada (en realidad, por sus implicaciones políticas, no la quiso publicar nadie salvo unos pocos periódicos planfetarios y gremiales) le haría famoso y le garantizaría un lugar destacado. Veinte años después, bajo una dictadura militar distinta (la del general Videla) le vemos militando en organizaciones izquierdistas, cargado de compromisos periodísticos y políticos, los cuales, por precaución, le obligan a caminar permanentemente armado. Insiste en volver a escribir ficción, pero ya no quiere hacerlo "para un puñado de snobs", sino que quiere introducir en su literatura una carga adicional de contenido, fuertemente política. Como dice Leia Guerrero, una transformación, una epifanía; para tomar sus palabras, "una metamorfosis". Un año después del golpe de estado que llevó al poder al general Videla, escribe una Carta abierta de un escritor a la Junta Militar donde describe la arbitrariedad, la ilegalidad, las desapariciones, los presos, los desterrados. Unas pocas horas después de mandar dicha carta al correo, aparece una sección del ejército para matarlo. ¿Culpa de la condenada carta? Según Leila Guerrero, no: el ejército no conocía de su existencia. Pero sin duda sabía que era del tipo de hombres que podía redactar una misiva parecida. Lo sabían porque había escrito, muchos años antes, "Operación Masacre", y por otras muchas cosas más. Con este libro, Walsh empezó a mecanografiar su sentencia de muerte. El peor favor que podríamos hacerle sería provocar que su fallecimiento perdiera todo sentido al olvidarle. Propagar la letra impresa de un periodista a los cuatro vientos es, sin duda alguna, el mejor homenaje que podríamos darle.

*Para los que anden interesados en un contexto más amplio, daré aquí una sucinta (que algunos considerarán larga y tediosa, y otros más que escasa) descripción de la situación política de la época, que siempre será incompleta, insuficiente y seguramente en parte errónea (no sólo por mi falta de conocimiento sobre el asunto, sino porque además he llegado a la conclusión de que la política argentina, más aún que la del resto de los países, posee una complejidad que la hace indescifrable para cualquiera que no sea argentino, y ni siquiera así). Perón llegó al poder con un programa electoral basado en una mayor distribución de la riqueza y una cierta justicia social que cosechó un gran apoyo popular, en parte seguramente auspiciado por los discursos de su mujer, Evita Perón, y con su identificación con los "descamisados", es decir, la parte más desfavorecida de la sociedad. Aunque varios historiadores critican de Perón su autoritarismo, y algunos han llegado a definir su movimiento como "fascimo de izquierda", el hecho de que una dictadura militar derrocase a Perón (el cual, junto a su segunda mujer, se vio obligado a exiliarse a Madrid, donde vivía con la maldición de tener como ruidosa vecina a una festiva Ava Gardner, poco respetuosa con los horarios habituales de descanso) ayudó a asociarle con mayor intensidad con la democracia y, hasta cierto punto, con la izquierda (pues se dice que el peronismo no es izquierda ni derecha,  sino todo lo contrario; en ese sentido es curiosa la admiración que Perón sentía por algunos métodos de Muy solicitud,  y la especial complicidad con el general Franco). En todo caso, todas estas afirmaciones hay que tomarlas de manera muy flexible, como suele ocurrir en el país argentino, donde se ha llegado a contemplar una elección presidencial con hasta cuatro candidatos que se consideran a sí mismos peronistas, de variado pelaje político, peleándose por conseguir una estancia en la Casa Rosada. Allí es nada.

lunes, 8 de julio de 2019

Los libros y las películas de julio: formas de entender la guerra. Un recorrido a través del lado oscuro del siglo XX

La guerra es, probablemente, la peor de las consecuencias posibles. Y, a su vez, es la causa de derivaciones  más terribles aún. De entre las pocas que resultan positivas, tenemos la posibilidad de que el arte halle su hueco para contarnos a su manera el horror, normalmente con la ambición de que no volvamos a repetirlo (casi siempre, no lo conseguimos). El siglo XX, por otro lado, fue nefasto en cuanto a historia bélica se refiere. De hecho, una forma de relatarlo de manera coherente es precisamente a partir de sus guerras. Ésta es una lista no exhaustiva sobre algunas de las contiendas más destacadas del siglo XX y algunos libros o películas que tratan sobre ellas. Sin duda os vendrán a la mente "El gran dictador" u otras grandes ficciones, pero intentaremos tirar de títulos menos conocidos para que os puedan servir de recomendación. Esperemos que de ellas saquéis algo positivo... entre otros, el mayor deseo de defender la paz imaginable .

-Primera Guerra Mundial: Habría muchas posibles candidatas. Desde las clásicas cintas "Senderos de gloria" de Kubrick, o "Johnny cogió su fusil" guionizada por Dalton Trumbo, a las modernas "Largo domingo de noviazgo" de Jean Pierre Jeunet (como película) o "Almas grises", de Philip Claudel (como novela). Pero como, en esta recopilación, quiero que primen poco aquellos puntos de vista que ya os habrán repetido en otras ocasiones, yo os recomiendo que le echéis un ojo al capítulo de "El sueño de África", de Javier Reverte, donde se describe cómo se desarrolló la Primera Guerra Mundial en el territorio de Kenia, y en concreto el papel que von Lettow jugó en ese escenario.

-Guerra civil española: Como también habéis visto y leído mucho sobre este tema, para salirnos de la norma mencionaré una película que entremezcla la contienda con tintes fantásticos (y no es "El laberinto de fauno" de Del Toro, aunque a muchos también nos encantó). Se trata de "El bosque" (2012), una pequeña producción catalana que se centra en un pueblo del Bajo Aragón ocupado por los anarquistas, y en el cual una pareja que apoya al bando nacional vuelve la vista hacia un bosque de su propiedad donde, desde hace muchos años, brillan unas extrañas luces que dicen que constituyen la puerta a otro mundo... Una historia pequeña -pero con mensaje- ayuda a veces a comprender mejor el gran drama.

-Segunda Guerra Mundial: También buscando lo menos trillado, y en relación con el conflicto anterior, "Los surcos del azar", novela gráfica del siempre oportuno Paco Roca, relata las andanzas de unos cuantos republicanos españoles que, después de huir del país, acaban por formar "La nueve", una agrupación de soldados de diversas naciones (aunque en su mayoría de origen ibérico) que acaba por asumir un papel clave en la liberación de París por parte del ejército aliado. También en el ámbito del cómic, la ya clásica "Maus" transita por un terreno tan explorado como el holocausto judío, aunque con la aproximación -no es el punto más original, quizás lo sean más la madurez y falta de maniqueísmo de los personajes- de emplear a ratones y gatos como protagonistas.

-La guerra fría: pocos conflictos sin armas (aunque con muchas contiendas colaterales alrededor) han dado para tantas historias. En algunos casos con meros fines propagandísticos -la supuesta supremacía de un bando respecto a otro-, aunque en otras ocasiones los autores han aprovechado el telón de acero como simple escenario para ahondar sobre las motivaciones y pasiones humanas. "El tercer hombre", "Las sandalias del pescador", "La vida de los otros", "Teléfono rojo, volamos hacia Moscú", "Goodbye Lenin", "Juegos de guerra", "El gigante de hierro" o las novelas de John Le Carré y de Graham Greene son grandes títulos. Yo en este caso querría recomendar una película que considero infravalorada, una "1, 2, 3" de Billy Wilder que juega con la comedia alrededor de un Berlín a punto de levantar el muro (de hecho, andaba en proceso de edificación durante el rodaje de la película), riéndose de los bandos ruso, americano y nazi a partes iguales.

-Vietnam y Corea: resulta difícil nombrar títulos que no le suenen al lector/espectador sobre guerras de las que se ha hablado tanto. Quizás, unos pocos nombres: "Good morning Vietnam" (aunque conocida, no puedo evitarlo, y menos ahora que echamos tanto de menos a Robin Williams), "The war" (una película alegórica protagonizada por Kevin Costner y Elijah Wood) y, no por conocido menos incomprendido, el libro original en el que se basó la saga de Rambo, "Acorralado", con un personaje más poliédrico y unos conflictos mucho más soterrados de lo que reflejan las películas. Por supuesto, casi imposible encontrar en un idioma razonable una visión de la guerra desde el punto de vista vietnamita (quienes lo contemplan como una revolución popular contra un ejército de ocupación extranjero, primero francés y luego estadounidense). De Corea, la tronchante "M.A.S.H" sigue siendo la referencia fundamental para casi todo el mundo.

-Las guerras de descolonización: Después de dos guerras mundiales, los países occidentales no tenían fuerzas para seguir reteniendo a sus colonias. Algunas de éstas se alinean con el bloque comunista, otras con el bando capitalista, muchas se desgarran en sangrientas guerras civiles, sufren los mismos problemas con los que convivían durante la colonización, o se convierten en países no alineados con ninguno de los grandes bandos, en el nacimiento del denominado "tercer mundo". Algunos de estos procesos se desarrollaron de manera pacífica, y otros en cambio con gran sufrimiento y conflicto. En este caso destaca más la labor del periodista que del autor de ficción, incluso en obras que tratan de expresarlo de la forma más novelada posible. "La batalla de Argel" es una película casi documental sobre el tema, y el reportero polaco Ryszard Kapuscinski entremezcla literatura con realidad en sus obras ambientadas en buena parte del globo. Entre otras, "Un día más con vida", un libro sobre el proceso de independencia de Angola, recientemente adaptado a la gran pantalla por una producción española que mezcla animación con imágenes y entrevistas reales, y que logra resucitar parte del espíritu que el periodista conseguía hacer emanar de sus textos.

-Guerra de Ifni: A esta guerra habría que hacerle publicidad aunque sólo sea porque no se la conoce. Porque si la guerra tiene lugar en África, participa en ella la dictadura del general Franco, y los españoles no jugamos un papel excesivamente decente, lo más normal es que en su época nadie quiera decir demasiado sobre el asunto, y que más tarde sea difícil acordarse porque no existe nada sobre lo que se pueda olvidar. Por eso es complicado hallar novelas sobre este período, pero como una luz en medio de la noche tenemos "Todos los buenos soldados", de David Torres, un descarnado y lúcido relato que aporta su originalidad en emplear al humorista Miguel Gila como uno de los protagonistas, en calidad de cómico forzoso que la dictadura de Franco ha mandado a África a entretener a los soldados. A partir de allí, el humor negro de Gila (un tipo, no olvidemos, que conseguía que la gente se riera con lo más macabro de la guerra) impregna buena parte del paisaje, pero Torres introduce también unos cuantos personajes que lograrán manifestar las distintas visiones del hombre ante la conflagración.

-El siglo se despide como empezó: Dicen que el siglo XX comenzó con la Primera Guerra Mundial y terminó con el 11-S, pero antes de ambos sucesos, una sensación de falsa paz -de guerra inminente- lo invade todo, con la sensación de que el conflicto puede estallar en cualquier momento, siendo conscientes además (sobre todo a posteriori, aprendida la experiencia) que éste será caótico, arbitrario e inútil. Las guerras de Yugoslavia y Ruanda (relatadas, entre otros, por el libro "Territorio Comanche" de Pérez Reverte, y por la película "Hotel Rwanda") terminaron de conformar una visión escéptica respecto al futuro, que quizás se contemple mejor a través de "La sal de la tierra", un documental de Wim Wenders sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado y su recorrido vital a través de la fotografía, desde las duras condiciones del trabajo de los mineros del Amazonas hasta algunas de las más salvajes contiendas del siglo XX, llegando finalmente a un momento en que el fotógrafo se refugia en la fotografía de naturaleza y del medio ambiente, el último reducto contra el que el hombre ha declarado otra guerra. Esperemos que ésta, por nuestro bien, termine en un acuerdo de paz que no nos conduzca a todos al silencio de los cementerios que suele seguir cuando el sonido de las armas ha dejado de sonar.

sábado, 1 de junio de 2019

La historia real de junio: una lista de obras de arte y monumentos perdidos

Si en una entrada anterior señalamos las obras literarias más grandes jamás perdidas, ahora le toca a su versión artística (o, al menos, de cierto tipo de arte): un registro nada exhaustivo de pinturas, esculturas y obras arquitectónicas y monumentales que no resistieron el fragor de los tiempos, y que probablemente no lleguemos a encontrar nunca. Entre ellas cabe destacar:

-La inmensa mayoría de las siete maravillas del mundo. De lista que conformó Tales de Mileto a través de sus viajes por Egipto, Grecia y Asia Menor, sólo quedan en pie las pirámides. El Coloso de Rodas (que inspiraría otro Coloso erigido en Roma, con la cara de Nerón, que también se perdió, y que dio nombre a una futura "Maravilla del mundo moderno" -edificada al lado del donde se encontraba la escultura-, el Coliseo), que ocupaba la entrada del puerto de dicha ciudad, probablemente se derrumbó en un terremoto. Mismo destino sufrió el faro de Alejandría, cuyos restos sirvieron en parte para elaborar un fuerte, y lo que quedó fue cargado a lomos de camellos por parte un oscuro comerciante que los condujo a la noche de los tiempos. En cambio, las ruinas del Mausoleo de Halicarnaso fueron localizadas en Bodrum por un grupo de arqueólogos ingleses, que le preguntaron al sultán otomano si se podían llevar "unas piedras" y éste, pasmado de su interés por la geología, se lo concedió: para cuando se dio cuenta del valor de aquellas artificiales rocas, éstas ya se hallaban en los estantes del Museo Británico. Incendiado fue el templo de Diana en Éfeso por parte de un estúpido que (en un pensamiento excesivamente moderno) quiso destruirlo para que su nombre fuera recordado por la Historia y, por desgracia, lo logró. Nada sabemos de los jardines colgantes de Babilonia, ni siquiera si existieron, pero de quedar algo tras las sucesivas guerras en territorio irakí, lo más entero que permanezca serán las puertas de Ishtar. En cuanto a la estatua de Zeus en Olimpia, esculpida por Fidias, hay varias versiones. Una dice que el emperador Calígula mandó traerla a Roma y sustituir la cabeza de la escultura por la suya: en cuanto sus soldados lo intentaron, cuentan que el colosal Zeus de piedra se rió y los legionarios salieron corriendo. La estatua habría sido más tarde llevada a Constantinopla, donde quedó destruida por un terremoto. Sin embargo, a mí me gusta más la historia que dice que Fidias, al terminar la obra, le preguntó a Zeus qué le parecía y éste, como toda respuesta, arrojó un rayo sobre la estatua y ésta desapareció.

Reproducción de siete maravillas del mundo antiguo. Tomado de Wikipedia.

-No ha sido la única obra de Fidias que desapareció: su Atenea, esculpida para permanecer dentro del Partenón, tenía unas cubiertas doradas que el escultor -previsor de que le acusaran de apropiarse de parte del oro de los materiales- había hecho desmontables para demostrar su honradez, y que así no hubiera que recurrir a ningún complicado recurso matemático propio de Arquímedes (¡Eureka!) para exhibir su inocencia. Esas cubiertas, por supuesto, fue lo primero que volaron para obtener oro contante y sonante, pero la estatua entera también acabó perdiéndose. De la misma manera, la Atenea Promakos, que dominaba majestuosa la Acrópolis, ante sucesivas guerras e incendios, se volatilizó también, y suerte tuvimos de que el Partenón no desapareciera mientras los turcos lo empleaban como polvorín en una de las abundantes guerras en suelo de Grecia. El Partenón, eso sí, perdió el color de sus pinturas, material difícilmente preservable, y por eso tenemos tan pocas pinturas (de ahí la valía de los frescos de Pompeya) datadas en la antigüedad. El Ara Pacis de Augusto, por ejemplo, estaba cubierta de colorido (romanos y griegos tenían un estilo algo kisch, pero a algunos monumentos, cualquier cosa les sienta bien). Algunas esculturas no sufrieron tanto y sólo perdieron secciones, quedándose mutiladas: la Victoria de Samotracia, aún así, se ha convertido en un icono, pero sería interesante saber qué ocurrió con los brazos de la Venus de Milo, a la que se supone que encontraron con ellos y que (probablemente en una pelea por quedarse con los restos) fue en época moderna cuando  se desintegraron.

"Akropolis", por Leo von Klenze, con Atenea Promakos al fondo.

-Perdido ¿para siempre? quedó el rastro de la tumba de Gengis Khan, ya que los soldados que recorrieron el lugar con sus caballos para dificultar la búsqueda fueron ejecutados (y sus ejecutores, para estar seguros, también): su descubrimiento sería uno de los grandes hitos arqueológicos de cualquier milenio. La momia de Alejandro y su último apostento (visitable y visitado, hasta por emperadores romanos) también desapareció, y probablemente tuvieron algo que ver las revueltas cristianas que atentaban contra todo lo pagano y helenístico, incluyendo también la Biblioteca de Alejandría y su Museo. Un caso especial es la última morada de Shih Huang-Ti, primer emperador de China, de la que ya hablamos aquí: se sabe perfectamente dónde está, pues se halla bajo una colina anexa al lugar donde se desenterraron los guerreros de Xian, supuestamente encargados de velar por su descanso eterno. Sin embargo, los arqueólogos, a la hora de entrar, no las tienen todas consigo: primero, porque ya los guerreros de Xian se desprendieron de su capa de color al ser expuestos a la atmósfera, y no quieren excavar nada nuevo hasta que no estén seguros de que la tecnología lo pueda conservar. Y, segundo, porque las leyendas acerca de lo que contiene la tumba del hombre que quiso ser inmortal (una representación del mundo con estrellas reproducidas mediante joyas en la bóveda, y ríos de mercurio recorriendo la base) son tan proverbiales como los mitos sobre las posibles trampas mortales que existirían, destinadas a los incautos visitantes. Y a eso los arqueológos (muy mal pagados casi siempre) tampoco se quieren arriesgar. Hay dudas también sobre a cuántas personas vamos a encontrar en la tumba: en la época arcaica se enterraba a los allegados del difunto junto a él; luego se representaron con imágenes figurativas. Un cuento (cuyo origen no he podido certificar) habla de un hombre que iba a ser enterrado con Shih Huang-Ti y propuso como alternativa las estatuas: el final del relato decía que le hicieron caso, pero sólo a medias, pues las estatuas fueron construidas, pero también le enterraron a él. La veracidad de esta historia es dudosa, pero teniendo en cuentas las malas pulgas que gastaba quien mandó edificar la Gran Muralla, nada es descartable.

-Por fortuna, a pesar de que se perdiera tanto de la época e influencia de Alejandro Magno (incluyendo su propio cuerpo), sí se conservó una maravilla de estilo helenístico, la estatua de "Lacoonte y sus hijos", de datación incierta, de la que el escultor Miguel Ángel fue testigo de su descubrimiento en un campo en Italia. De Miguel Ángel hemos también unas cuantas esculturas, incluyendo dos Cupidos que falsificó haciéndolos pasar por esculturas antiguas, un Hércules que medía 2,40 metros, y una estatua de Julio II que destruyó el populacho de la ciudad de Bolonia. Por otra parte, la falta de interés de los sucesores de Julio II por la tumba de éste provocó que Miguel Ángel abandonara el proyecto monumental para el mausoleo del difunto Papa, el cual hubiera incluido al "Moisés" (ahora, solitario en San Pietro in Vincoli) y varios "esclavos" inacabados en un conjunto seguramente más interesante que cada obra por separado. Inconclusa también quedó la pintura "La batalla de Cascina", un fresco que Miguel Ángel abandonó porque le salió un encargo mejor (y cuyos esbozos en cartón desaparecieron, a lo que en parte pudo contribuir un artista rival). "La batalla de Cascina" tiene un doble interés, pues iba a adornar una de las paredes de la Sala de los Quinientos del Palazzo Vecchio en Florencia, destinada a la toma de decisiones del gobierno de la ciudad (es la sala más grande construida en Italia para este menester). La otra pared se destinó a que la ocupara el otro genio artístico de igual talla que vivió en la ciudad, Leonardo: de hecho, el contrato lo firmó en nombre de la República de Florencia un hombre llamado Maquiavelo, para que nos hagamos una idea del nivel que había en la época. Leonardo iba a hacer "La batalla de Anghiari", pero como el fresco no era la técnica más adecuada para su estilo de pintura, intentó un estilo alternativo, el encausto. Éste funcionaba bien cuando el secado se realizaba de manera adecuada, pero las condiciones de la Sala de los Quinientos no eran las más propicias, y la parte superior de la pintura empezó a desprenderse como si fuera pasta mojada. Leonardo abandonó el proyecto, que quedó empantanado y expuesto durante muchos años en la sala, hasta que hubo una remodelación que destruyó lo poco que quedaba de los proyectos iniciados por ambos pintores. No obstantes, muchos artistas vinieron a Florencia y quedaron fascinados por el cuerpo central de la pintura de Leonardo (más o menos intacto) y la violencia de la batalla que se mostraba, incluyendo Rubens, que hizo una copia, el único resto que nos queda de la obra original. Hoy en día esa reproducción se puede admirar en el Museo del Louvre; en teoría, hubiera sido la mejor obra de Leonardo, pero fue su compañera de museo, la Mona Lisa, la que salió beneficiada del estropicio. En todo caso, todo este episodio acerca de la sala acondicionada para ser decorada por Miguel Ángel y Leonardo ha sido ahora recientemente puesta en duda. Aunque, en todo caso, como historia, sigue resultando fascinante.

Copia del cuerpo central de "La batalla de Anghiari", elaborada por Rubens a partir del original de Leonardo da Vinci.

-Aunque las obras que más han sufrido son las de las épocas más antiguas, la Edad Contemporánea tampoco ha tratado muy bien a muchas manifestaciones artísticas. Guerras, incendios, terremotos, censura o muerte violenta de sus dueños, cuando no directamente robos, en especial en un siglo XX que padeció dos guerras mundiales (aún colea la destrucción del "arte degenerado" por parte de los nazis, o la incautación de obras a los coleccionistas judíos), han arrasado con lo que podía haber sido una de las épocas más prolíficas en la producción artística mundial. Un caso particular quiero traer a colación: el "Retrato del doctor Gachet", de Van Gogh (ver abajo), se encuentra ahora mismo en paradero desconocido. Fue comprada por el precio más alto por una pintura en su época, por parte de un hombre de negocios japonés. El millonario llegó a decir que quería quemar el Van Gogh después de su muerte: ante el escándalo, manifestó que sólo era una forma de hablar para expresar el amor que sentía por la pintura, y que probablemente lo cedería a un gobierno o un museo. Lo cierto es que no se sabe del todo lo que ocurrió después con el lienzo, y aunque los representantes del fallecido dicen que fue vendido a un coleccionista privado anónimo, el hecho de que el magnate japonés fuera incinerado da pie a escandalosas especulaciones. Aunque siempre cabe soñar que algún día (como desearíamos con las obras anteriores que hemos mencionado) lo volvamos a contemplar. Por suerte, existe otra copia (ambas fueron hechas por van Gogh) en el Museo d'Orsay de París, pero la historia viene a destacar lo frágiles que son las obras de arte, y el peligro de dejarlas en manos equivocadas (incluyendo, entre ellas, las privadas).