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lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Las historias cortas de noviembre. "Qué haríamos sin las señoras...", segunda parte

    Esto ocurrió, hace no demasiado tiempo, en uno de estos barrios castizos típicos de Madrid.

    Una señora, con bata de boatiné y con rulos, se dispone a irse a dormir a su cama. Y entones, para su sorpresa, se encuentra a un lagarto, de medio metro de envergadura, de color verde, tumbado sobre su cama, con los ojos fijos sobre ella, como preguntándole, “¿Qué, te metes por fin, o tengo que esperar mucho más? Que ya tengo sueño”.

    La señora, completamente alucinada, no sabía lo que hacer. Recurrió entonces al único método que se le ocurrió en este momento: cogió el primer spray que tenía a mano (ella le llamaba “flu-flu”: el problema es que no se trataba de insecticida, sino de limpiador para el polvo) y lo roció, como si se tratara de nieve, encima del lagarto; eso sí, manteniendo las distancias. Flu-flu la primera vez, flu-flu la segunda, y el lagarto, nada, ni inmutarse, no se iba ni se movía, tan sólo sacaba la lengua, como volviendo a preguntar: “¿Pero te dejas de chorradas o qué? Métete de una vez en la cama”.

   Así que la señora, agotada de recursos, asió con una mano el teléfono, y llamó, efectivamente...

   No, no a la policía ni a los bomberos ni a la perrera. Tampoco a hijos, sobrinos, familiares o vecinos.

   A Telemadrid.

   La combinación de España profunda y mundo globalizado, es tan peligrosa como la de fundamentalismo islámico y alta tecnología armamentística.

    (Al final, resultó y todo que el lagarto era especie protegida).

   (Otra versión de la historia dice que en realidad, la señora estaba acojonada, y lo que pasa es que les había llamado porque no tenía el número ni de la policía ni de los bomberos, sólo el de Madrid Directo).

lunes, 19 de junio de 2023

La serie de junio: "We're Lady Parts"

El punto de partida de "We're Lady Parts" es genial. Una chica joven, modosita, conservadora, que hace una tesis en microbiología y cuya única ambición es encontrar marido, se ve arrastrada a formar parte de un grupo punky de chicas, cuyas canciones y forma de vida van en contra de todo el universo que ha conocido hasta entonces.

Si os habéis imaginado una historia en la que podrían encajado Anne Hathaway o Julia Roberts, habéis acertado. Ahora añadid que todas las protagonistas forman parte de la comunidad musulmana en Londres. El cocktail, como ves, es explosivo.


La serie es genial. Por muchos motivos. Hay que tener una capacidad increíble para tomar este argumento (que camina en la cuerda floja sobre el abismo de la crítica por todos lados) y hacer algo que no atenta directamente contra ningún modo particular de vida, sino que defiende ante todo la capacidad de decidir por una misma, sin imposiciones de los demás -una actitud, por supuesto, muy punk-. Encima, sin tirar de moralina ni lugares comunes, sino desarmándote a fuerza de sentido del humor y de unas referencias pop extraordinarias, muy reconocibles para el espectador que vive en Occidente. Las actrices interpretan con gran criterio a unos personajes extremadamente carismáticos y, como colofón, la banda sonora (especialmente la parte no-punk) es maravillosa. Encima, los capítulos son cortos y la serie, lejos de estirarse, te deja con ganas de más. De momento, sólo tiene una temporada y podeís encontrarla en Filmin.

lunes, 6 de marzo de 2023

El relato de marzo: "Un mensaje en una botella"

Un mensaje en una botella

Paca es una mujer de costumbres. En cuanto su marido Luis sale por la puerta para trabajar (dos de besos despedida, mua, mua), practica una rutina invariable, algunos la tacharían de monótona. Ejercitan una serie de rituales de limpieza de cutis y adecentamiento del rostro que, si hubieran estado bajo el conocimiento de Channel o Paco Rabanne, estos últimos habrían pagado millones por examinar sus secretos; pero como Paca es una simple ama de casa del distrito de San Blas, no creemos que vaya a llegar ningún alto ejecutivo con una maleta cargada de billetes para entregársela y sacarla de pobre. Más bien al contrario, Paca es bien consciente de su destino, aunque también es feliz con él. Le vale con adecentarse, realizar unas pocas tareas domésticas -las mínimas e imprescindibles para que su casa se mantenga en pie-, y luego sentarse el resto del día a devorar una serie tras otra. No puede evitarlo: le encantan, le apasionan, las ama, las adora. Se las traga todas: comedias, románticas, de ciencia ficción, de autor, aunque la cautivan especialmente los más desconsolados y perturbadores dramas. Paca no se autoengaña: dice que ella es adicta a las series como su madre lo era a los culebrones venezolanos. No es una diferencia de filosofía, confiesa; si acaso, argumenta, hemos mejorado en calidad. Por eso, esa mañana, mientras espera que hagan efecto los rulos sobre sus cabellos, se enfunda la bata de boatiné, tan vieja como cómoda, y se sienta en su mullido sofá, delante del televisor, para disfrutar de la maratón que su cadena favorita le ha prometido de uno de sus programas favoritos. La primera media hora es maravillosa; el capítulo, espectacular, como casi todos. El problema viene cuando llega el siguiente. La mujer parpadea, patidifusa, aunque no debería estarlo: lo han vuelto a hacer. Lo han vuelto a hacer, una vez más. A pesar de sus quejas reiteradas. A pesar de que les mandó un e-mail a los de la cadena (bueno, su sobrino les mandó un mail; menos mal que el chaval le echa una mano con las cuestiones informáticas). Pese a que llamó por teléfono y una amable señorita le aseguró personalmente que no iba a volver a ocurrir. Pues allí estaba: los peinados cambiados de sitio, las tramas desarboladas. "Ya está bien", se dice a sí misma, levantándose en un arranque de ira. "Esto es ya es pasarse de castaño oscuro. Pero de hoy no pasa. Se van a enterar", farfulla para sus adentros mientras se dirige al cuarto para vestirse. Se pone sus mejores prendas, las de ir elegante, las de acudir para pedir favores. Pero esta vez no va a solicitar: va a ordenar. Va a exigir. Se van a enterar de quién es Paca.

 

Coge el metro (Dios mío, ¿hacía cuánto que no se subía a uno?¿La gente olía antes así? Qué asco, le dan ganas de echar un poco de ambientador para clarificar el ambiente). Se dirige al centro de la ciudad, a la dirección adonde remitió las cartas que envió originariamente. Una vez sale del subterráneo, tarda un rato en orientarse hasta llegar al edificio, pero, una vez lo hace, reconoce de manera inconfundible la silueta que muestran al inicio de todos los programas. Entrar, en circunstancias normales, no hubiera resultado fácil, pero resulta que hoy acude un grupo de individuos anónimos como público invitado para la grabación de un programa de telerrealidad, así que, en medio de la confusión, consigue acceder a la recepción. Una vez allí, se dirige a un mostrador, donde una bella señorita de ésas que parece que fabrican por lotes en un laboratorio la atiende:

-¿Sí?¿En qué podemos ayudarla?

Paca toma aire antes de soltar parrafada.

-Mire, yo me pongo a ver todos los capítulos que echan de "Darwin se acuesta con Copérnico". Ya sabe, la serie ésa de los científicos tan simpáticos que se acuestan todos con todos. Es una serie estupenda...

-Ah, sí, es uno de nuestros productos estrella. Gracias por el cumplido.

-De nada. Pero vengo a quejarme. No puede ser que, cada vez que ponen varios capítulos seguidos, los coloquen en un orden completamente aleatorio y absurdo. De repente, los personajes que están juntos se separan y es como si nunca se hubieran arrejuntado; los peinados y cambios de estilo se alteran de una manera caótica; no hay ningún control, pasamos de la temporada 4 a la 8, y luego a la 1, sin la menor transición. Quiero hablar con quien hace eso. ¡Es una falta de respeto a los telespectadores!

La mujer de recepción se queda sorprendida. Es la primera vez que le realizan una petición como ésta. Normalmente, es cierto, la gente se queja; de hecho, hasta sus propios familiares le reprochan que parece que la programación la organiza un mono borracho. Pero eso de dirigirse personalmente a la sede de la cadena a quejarse... bueno, es otro nivel. A lo mejor su novio anarquista tiene razón y la revolución se está aproximando.

-Creo que debería formular usted su sugerencia al Área de Programación. Está en la segunda planta, a la izquierda. Pregunte por el Señor Carvajal.

Paca da la gracias -educación ante todo- y se dirige, con el bolso agarrado al pecho, hacia el lugar indicado por la amable recepcionista. Sin embargo, hay algo que la recepcionista no le ha advertido y que le va a resultar enormemente ventajoso: resulta que, a consecuencia de la última crisis a raíz de los ratios de audiencia, varios departamentos se encuentran congregados en una de las salas más recónditas, en una reunión de ésas en la que ruedan cabezas y de las que suelen salir becarios envueltos en lágrimas, así como profesionales de muchos años cargando con cajas en las que guardan plantitas y fotos personales. Quizá por eso, cuando llega, en el departamento de Programación no hay casi nadie. Paca es consciente de que lo suyo es abordar a uno de los pocos trabajadores que se hallan pululando por allí y preguntarles. Pero entre que les ve cara de angustiados (normal: su único pensamiento ahora mismo es si van a perder su trabajo), y que tiene cierta curiosidad malsana por ver cómo es un edificio de la televisión por dentro, decide que es mejor husmear por todos los rincones, a ver qué encuentra. Lo cierto es que, lejos del glamour que cabría esperar, aquello es como una oficina cutre con el personal particularmente ansioso. En puridad, se respiran malas vibraciones. La sensación se acrecienta cuando encuentra una puerta de metal cerrada con un candado oxidado, al lado de uno de esos viejos montacargas que dan la impresión de que sirven para desplazar bolsas de lavandería al fondo de un túnel mugroso en medio de un apocalipsis zombi. Paca le echa un vistazo distraído al candado. Y, como es una mujer de mundo, a pesar de que por su profesión no lo aparente, coge una horquilla de entre sus cabellos, juguetea un poco en la cerradura y consigue que el desvencijado candado se abra. Paca pasa a través de la puerta, desde donde se abren unas escaleras. Desciende muy lentamente hacia una especie de húmedo sótano.


El lugar con el que se topa parece sacado de una pesadilla de alguien que se ha pasado con su ración de películas expresionistas alemanas. Faltan tan sólo los tubos de ensayo con líquidos de un verde fluorescente, y los derrames de líquido radiactivo por las esquinas. Aunque, para compensar, ciertas secciones del suelo se muestran pegajosas a cada paso. Hacia ambos lados se abren monitores, pantallas de ordenador y de televisor, tablones con gráficas de audiencias, teletipos. La luz parpadea en las bombillas, que titilan temblorosas, cual sobrecogidas por su propio fulgor. Todo aquello da sensación de irrealidad, de film de ciencia ficción de sobremesa... hasta que, de repente, lo que surge parece salido de las peores fantasías de la Edad Media.


Hay varias mesas, sobre las cuales se asientan ordenadores, teclados, reproductores de CD y de DVD, viejas máquinas de vídeo doméstico, y por supuesto pantallas planas. También se acumulan, desordenados, diagramas y esquemas de parrillas televisivas. En el centro, un muchacho: joven, de unos treinta años, con grandes gafas redondas, con cara de "apamplao", como diría Paca; pero, sobre todo, con un color de la tez macilento, como la gente que lleva mucho tiempo sin ver el sol, y del pálido ya han pasado directamente al verde. Y lo más extravagante de todo: se encuentra atado a la pata de una sólida y pesada mediante una gruesa cadena de metal. Es difícil expresar cuál de los dos se queda más ojiplático al contemplar al otro, si Paca al observar esta aparición propia de una película de serie B, o el chico al observar a una señora a la que sólo le falta el traje regional de su aldea para desentonar más en los sótanos de una importante cadena de televisión.


Sin embargo, la cara del chico, unos segundos después, muta en una expresión de alegría extraordinaria:

-¡Por fin!¡Alguien ha venido!¡Por fin han venido a buscarme!

Paca parpadea un par de veces.

-¿Qué os ha dado la pista?-la verborrea del chico se acelera hasta tal punto que cuesta entenderle-. ¿Ha sido la serie de "Darwin se acuesta con Copérnico", verdad?¿O la de “Todos están con Lola”?¡Habéis entendido el mensaje!

-¿Qué mensaje? -las facciones de Paca se tornan en un grito de indignación-. ¡Si la programación es un caos!¡De eso venía a quejarme!¡El orden de los capítulos de la serie de los científicos no tiene ni pies ni cabeza!

-¡Por supuesto que sí!-el chico, a pesar de las dificultades de movilidad debidas a la cadena, es capaz de deslizarse hasta unos papeles que acercó a Paca, y que hasta ahora se encontraban desparramados sobre la mesa que hace las veces de los presidios-. ¿Lo ves?¡El orden de los capítulos contiene un código oculto a través del cual podíais encontrarme!¡Si uno sigue los indicios, puede averiguar mi situación y cómo llegar hasta aquí! Lo inserté de manera diferente en otras diez series, pero éste -dijo apuntando a un esquema referido a “Darwin se acuesta con Copérnico”- fue el que me salió más diáfano, y por tanto más fácil de descifrar...

De repente, un par de neuronas conectan en su interior:

-Tú no has venido a sacarme de aquí, ¿verdad?

Pero entonces, en tan sólo unos pocos segundos, del rictus de sorpresa pasa a uno de terror absoluto:

-¡No!¡Por favor!¡Por favor, no os la llevéis!¡Tenéis que liberarme!¡Necesito salir de este sitio!

El guardia de seguridad que acaba de aparecer toma a Paca (delicada, pero firmemente) por el brazo, y la desplaza con suavidad:

-Vamos, señora. Usted no debe estar aquí.

Paca protesta débilmente, dándose la vuelta para contemplar al pobre chico, que aúlla enfermo de llanto e ira, tratando de desplazarse y enredándose con la cadena mientras lo intenta. Sin embargo, el guardia de seguridad no atiende a sus protestas: la saca de vuelta a la puerta del candado, el cual cierra con economía de movimientos para a continuación plantarse delante de la entrada.

-Puede usted marcharse -indica con una solidez que no dejaba lugar a dudas. Paca alza un dedo, como si fuera a reprenderle o a decir algo, pero la actitud del segurata la convence de que aquello no serviría de nada. Lenta, muy lentamente, se da la vuelta y se dirige con pasos cortos de vuelta a la recepción.

Una vez allí, todavía traumatizada por lo que acababa de contemplar, camina a pasos muy cortos en dirección al mostrador de entrada, donde divisa a la misma chica con la que había hablado antes:

-Creo... creo que tienen a un hombre encerrado en el sótano -decide soltar así, de sopetón.

La chica le dedica una amplia sonrisa de anuncio de dentífricos (está claro que la han seleccionado por su buena presencia), aunque no puede evitar enarcar de manera demasiado evidente una ceja:

-¿Cómo dice?

-Sí, un chiquito, joven. Lo tienen allí... atrapado con una cadena.

La muchacha, sin desarmar del todo su sonrisa (aunque esta vez parece más forzada), niega sutilmente con la cabeza:

-No es política habitual de la empresa tener empleados encadenados en su sótano.

Paca ve que por allí no hay nada más que rascar. De todas maneras, mientras se aleja a su ritmo pausado habitual, la recepcionista alza el teléfono situado sobre el mostrador. Paca puede escuchar, mientras se aleja, cómo la bella Venus post-capitalista solicita a través del auricular: "¿Seguridad?".

Paca vuelve a su casa, entre aún estupefacta y mohína. Va a su casa. Se pone a hacer sus labores domésticas. Su marido vuelve un rato más tarde. Paca sirve la mesa y le pone unas cervezas. El esposo departe animadamente sobre lo que le ha ocurrido en el trabajo. En uno de sus (breves) momentos de silencio, mientras bebe de su cerveza, Paca espeta:

-Yo hoy he ido a la sede de mi cadena preferida. Y allí... he visto a un pobre chico... lo tenían encadenado en el sótano... Trabaja programando los capítulos de las series.

El marido se queda un momento con la cerveza en la mano, perplejo. Luego, agitó la mano, despreocupado:

-¿Qué es eso que has visto?¿Una película de esos telefilms cutres que ponen a media mañana? Por un momento me has asustado. Un chico encadenado en un sótano... Ja, ja, qué gracioso.

Paca sigue con la comida, quita más tarde los platos, y no vuelve a mencionar el asunto.


Al día siguiente, Paca se planta delante del televisor con un bolígrafo y un cuaderno de anillas. Enciende la televisión, y maneja el mando hasta localizar la cadena que ha visitado el día anterior. Con sus cinco sentidos clavados como dagas en la pantalla, trata de dilucidar cada gesto, cada señal, cada posible mensaje; pensando en quién puede hallarse al otro lado, se dispone a anotar todo aquello que pueda encontrar...

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Cuando el bueno (o el malo) es el arquitecto -o el urbanista-. Las películas y las historias reales de diciembre: "Huérfanos de Brooklyn" y "Show me a hero"

Hace unos años se hizo muy famosa la disposición del gobierno de Murcia (creo que en este caso la orden procedía del gobierno autonómico) de dibujar el trazado del nuevo ferrocarril de tal manera que aislaba una serie de barrios de población mayoritariamente obrera. Hubo numerosas y muy vehementes manifestaciones y -hasta lo que yo tengo entendido- consiguieron que, al menos en parte, se echaran atrás. De esta anécdota pueden extraerse múltiples interpretaciones, incluyendo que eso de los llamados "gobiernos tecnócratas", los cuales toman decisiones fundamentadas únicamente en el criterio de expertos, no existen. Porque todas las medidas son en parte políticas: puedes elegir gastar más dinero en unos colectivos u otros; puedes recaudar más de los ciudadanos ricos o de los pobres; y, a la hora de señalar por dónde pasa una línea de tren o una carretera, el sitio por donde cruza determina a quién afectará. En pocos ámbitos se nota más que en la construcción, motor económico principal de buena parte de los países, fuente abundante de tramas de corrupción (por definición, tienes un montón de dinero del sector público que pasa al sector privado: la tentación es jugosa) y, como veremos en esta entrada, origen de escenarios que alteran drásticamente la vida de la gente, y que se reflejan a veces también en la ficción.

En un interesante debate en Twitter con especialistas de variados campos que os recomiendo, y que sirvió de inspiración a esta divagación que os presento, @Pedro_Torrijos, al que muchos conoceréis por sus estupendos hilos de Twitter sobre arquitecturas improbables, mencionó una frase interesante, "el urbanismo es el segundo artefacto más importante de la especie humana después del lenguaje". No cabe duda de que otros expertos en diferentes disciplinas opinarán que su campo de estudio ejerce una influencia más relevante, pero en todo caso, como ejemplifica el caso de Murcia, puedes hacer muchas cosas según cómo dibujes los planos de la ciudad. O incluso de un país. Por ilustrarlo de otra forma: Estados Unidos tuvo que decidir -cuenta la leyenda; seguramente la verdad es más compleja-, durante la Segunda Guerra Mundial, cómo orientar su sistema de transporte para desplazar grandes cantidades de mercancías y material militar de un lugar a otro. Hitler había empleado los ferrocarriles, y gracias a ello logró enormes desplazamientos de tropas del frente Occidental al Oriental. En cambio, Estados Unidos eligió la carretera. Gracias a eso, el transporte de pasajeros por tren en Estados Unidos es casi testimonial; todo el mundo tiene coche (hasta hay vagabundos que viven en su vehículo, el cual a veces conducen en busca de una oferta de trabajo o en dirección a los bancos de alimentos); los mejores restaurantes están en las salidas de las carreteras; y los pueblos ocupan mucha más extensión que una ciudad europea media porque se asume que todo el mundo agarra el coche para ir a cualquier sitio. Por contar mi experiencia personal, durante cuatro meses viví en Charlottesville, una localidad de 30.000 habitantes -y una población flotante de 70.000 más- con quizás la mitad de extensión de la ciudad de Madrid. Los únicos que íbamos en autobús éramos las minorías raciales y yo. Los automóviles me dejaban pasar en los cruces y me miraban con cara de pena ("pobrecito, que tiene que ir andando"). En una ocasión, salía de una tienda de informática a la que llegué en taxi para que no la cerraran antes, y vi que la única manera de volver a mi residencia habitual era cruzar una carretera. Tomé la única alternativa posible: hice auto-stop. Una amable mujer (con un coche típico de madre: grande como un jeep de Mad Max y lleno de juguetes y restos de comida en el asiento trasero, que apartó con tanta gentileza como rubor) me desplazó una distancia de unos 10 metros, suficiente para llegar a un sitio desde donde podía volver andando. Las experiencias de otras personas son muy similares. Mi hermana me comentaba que, en Los Ángeles -una ciudad sin aceras-, una pareja de recién casados se compró antes un coche que un piso para vivir juntos. Compartían auto mientras habitaban cada uno en casa de sus padres. Salvo si resides en alguna de las grandes urbes del noreste como Boston o Nueva York, las cuales cuentan con un decente transporte público -y se consideran, en parte, tanto urbanística como culturalmente, "ciudades europeas", dicho en algunas ocasiones con un tono de desprecio-, en Estados Unidos, si no tienes un coche, no eres nadie. Ello implica también ciertas consecuencias: el ciudadano americano, que coge el automóvil para todo, no anda, está obeso, quema una tonelada de gasolina que contamina el medio ambiente (la disposición tan extensa de las ciudades tampoco es el sistema más ecológico posible), y exige que el petróleo esté barato para que no le cueste un riñón su modo de vida. Lo cual explica tal vez la mitad de las guerras de Estados Unidos en Oriente Medio para mantener bajo el precio de la gasolina.

Hablando de Nueva York, la primera vez que leí acerca de Robert Moses fue en este ensayo que os mencioné sobre la gentrificación. Es sorprendente que hayamos oído hablar tan poco de él, teniendo en cuenta que dirigió la política urbanística de Nueva York durante décadas, pese a que la ciudadanía nunca le había votado. La primera vez que se le ha mostrado en la gran pantalla (al menos, que yo sepa) ha sido en "Huérfanos de Brooklyn", un film noir moderno dirigido por Edward Norton, en general bien ejecutado, donde Moses es encarnado por Alec Baldwin. La película, basada en una novela, se ha tomado -o eso se deduce- bastantes licencias en el terreno de lo personal, pero menciona detalles en los que coinciden muchos críticos de Moses: para ser más explícitos, el profundo racismo y clasismo que impregnaba sus ideas urbanísticas. El ejemplo más sangrante fue construir los puentes de salida de la ciudad -recordemos que Manhattan es una isla de la que se escapa por 21 puentes- de tal modo que hacían imposible la circulación de los autobuses, lo cual impedía que la gente sin coche propio (pobres y afroamericanos, cuando no las dos cosas) pudieran disfrutar de las playas cercanas a Nueva York. La película incide también en que Moses fue muy popular por construir parques por todas partes, aunque algunos barrios fueron bastante más favorecidos que otros (adivináis cuáles, ¿verdad?). Y señala que algunos de sus planes urbanísticos -evitados en ocasiones a causa de la movilización popular- obligaban a desplazar a comunidades enteras de sus hogares sin que se supiera bien dónde podrían realojarse (en todo caso, Moses se encargaría de que no fuera en el mismo barrio que los blancos). A partir de ahí, no os cuento más sobre la trama de la película. Espero que la disfrutéis.

Por tanto, queda claro que la planificación urbanística puede decidir todo, y que su orientación es (casi) siempre política. Como mencionó alguien -no recuerdo quién, así que me perdonaréis la ausencia de cita-, sólo el hecho de escoger si una ciudad tiene o no baños públicos ya es una cuestión fundamental. A propósito de esto, menciono otra obra de ficción, pero basada en hechos reales. "Show me a hero", de la HBO, muestra una localidad anexa a Nueva York donde un juez determinó, a través de una sentencia, que el ayuntamiento debía construir una serie de viviendas para ciudadanos desfavorecidos (en una palabra, y tratándose de Estados Unidos, por supuesto negros), con el objetivo de evitar la formación de guetos y la exclusión social. Ésta es una decisión impopular, pues los habitantes mayoritariamente blancos de la ciudad se niegan a que sus viviendas se infravaloren -o no quieren a esas personas como vecinos, ahí cada uno decide los motivos auténticos-. Entonces, un concejal, interpretado por Oscar Isaac, decide auparse a una ola de populismo y anuncia que, si es elegido como regidor, no cumplirá la sentencia. Por supuesto, gana las elecciones, pero entonces se topa con la dura realidad: no tiene más remedio que acatar la orden si no quiere que la ciudad se arruine. Aquí se trata el espinoso tema de políticos que prometen algo imposible a sus ciudadanos y sólo lo asumen cuando son elegidos, apoyándose en algo que sabían que era mentira desde el principio (¿os suena? Seguro que en vuestro país habéis visto más de un caso). La serie cuenta la historia de este alcalde que tuvo que plegarse a los hechos; también relata las dificultades para que la construcción de las viviendas pudiera llevarse a cabo, y para que se lograra una cierta convivencia entre los nuevos vecinos. Narrada como una ficción atípica, la serie da abundantes pies para el debate y la reflexión, tanto en cuestiones políticas como en el aspecto personal.

Probablemente, las medidas más lesivas para nosotros los ciudadanos no llegarán de un discurso grandilocuente enunciado por un señor con bigote frente a una multitud enardecida. Lo harán silenciosamente, en forma de Boletín Oficial del estado, ciudad o comunidad autónoma. Serán disposiciones mínimas, enrevesadas e ilegibles, sobre aspectos aparentemente técnicos e irrelevantes. Quizás sólo se refieran a requerimientos sobre determinadas medidas, longitudes y pesos. Tal vez una de las cifras que aparezcan mencionadas sea el (Douglas Adams sería feliz con esto) número 42.

lunes, 12 de octubre de 2020

El libro de octubre: "Recursos inhumanos", de Pierre Lemaitre

Pierre Lemaitre es un escritor que lleva unos cuantos años imprimiendo una profunda huella en la literatura y el cine francés. Aunque esta afirmación tiene una parte de falsedad, dado que -si bien Lemaitre ha ejercido de guionista-, casi han llamado más la atención las adaptaciones de sus novelas, a pesar de que él no se hallara personalmente implicado en su traslación cinematográfica. En ese sentido, es destacable "Nos vemos allá arriba", obra ganadora del premio Goncourt que aún no he tenido la oportunidad de leer, pero cuya versión en pantalla demostraba una perfecta combinación de sensibilidad y aprovechamiento del contexto histórico que no se veía, quizás, desde "Largo domingo de noviazgo" de Jean Pierre Jeunet. Pero en este post no quiero hablar de esta obra, ni tampoco de "Vestido de novia", un homenaje a Hitchcock de la que se han escuchado críticas dispares pero que sin duda dio bastante que hablar en su momento. En este caso, pretendo escribir unos pocos comentarios acerca de "Recursos inhumanos", un relato furibundo que trata de las presiones del mundo laboral, y la historia también de un hombre contra el monstruo del capitalismo.

No son pocas las ficciones (desde el "Germinal" de Zola hasta la película "Recursos humanos", por circunscribirnos exclusivamente al ámbito francés) que han tratado el tema de las relaciones laborales, aunque quizás no tanto desde la precariedad y la deshumanización a la que se asocian en el siglo XXI. De entre las más señaladas, por supuesto la estupenda "Los lunes al sol" de Fernando León de Aranoa, o la correcta pero más aséptica "Arcadia" de Costa-Gavras, un experto en las lides del cine social, que esa ocasión nos narraba cómo un desempleado se dispone a conseguir un puesto de trabajo por el expeditivo método de liquidar a sus competidores. "Recursos inhumanos" ahonda en esta última línea: un ejecutivo cincuentón, en paro desde hace bastantes años (al menos, en lo que respecta a su especialidad), el cual sólo ha conseguido enganchar un trabajo-basura detrás de otro, contempla cómo lo que a priori era sólo una situación temporal se está convirtiendo en un pozo sin fin que amenaza con engullir sus ahorros, su casa y hasta el futuro de su matrimonio. El protagonista, al inicio un padre de familia ejemplar con dos hijas ya mayores y que no cuenta en su debe más que el hecho de no soportar a su yerno (cosa con la que el lector, al comprobar cómo es el interfecto, seguramente conculque), nota cómo se le va amargando el carácter y la vida ante la falta de ocupación. Por eso, cuando surge la solución en forma de oferta de trabajo, decide apostar el todo por el todo e hipotecar su presente, su futuro e incluso el de su familia para conseguirlo. Sin embargo, en la antesala de lo que debería de constituir su gran triunfo, el hombre descubre que la oportunidad de su vida era un engaño, así que decide tomarse la justicia por su mano y subir la apuesta bastantes grados más, hasta llegar a un límite irreversible. A partir de ahí, toma cuerpo un trepidante thriller que constituye un titánico juego de voluntades, una encarnizada lucha entre un tigre de Bengala y un mucho más pequeño pero desesperado gato doméstico (al cual no le quedan vidas con las que conformarse), de la cual no se puede salir sin que uno de los contendientes acabe sin cabeza, y el otro como mínimo pierda una extremidad.

Quizás la mejor manera de recalcar las virtudes del libro sea a base de de contrastar el texto con su adaptación televisiva, llevada a cabo por Netflix (y con el mismo nombre, mientras que el título original en ambos casos es "Cadres noirs"). La versión para la pequeña pantalla, en una mini-serie de seis capítulos, en efecto es un alegato contra el sistema capitalista y el mercado de trabajo, pero quizás se regodee en exceso en ese punto, olvidando que la novela, aun teniendo esta misma base, multiplica sus raíces para que la planta que cultiva crezca vigorosa y fuerte. Uno de los mayores choques entre serie y texto se encuentra en la figura de Eric Cantona, el actor protagonista, que si bien en otras ocasiones ha sabido mostrarse contenido en pantalla (como consiguió de él Ken Loach cuando se interpretó a sí mismo en "Buscando a Eric"), en este caso parece andar siempre como si le acabaran de arrojar un café por la espalda. Si en la novela vemos a un padre cariñoso que acaba evolucionando, debido a la situación en la que se encuentra, hasta convertirse en su ser despiadado que arriesga los sueños de sus hijas -buscando que los medios sean absueltos por el redentor fin-, Eric Cantona tiene ya pinta de cabreado desde el principio, perdiéndose en parte la esencia biográfica de la novela. No obstante, en sendos protagonistas se aprecia un mismo proceso, poco tratado por ambas ficciones pero claramente visible a los ojos del espectador: el hecho de contemplar cómo en un momento determinado el personaje principal -con un plan relativamente elaborado en la novela, y uno bastante más improvisado en la serie- llega a ese punto del que muchos de nosotros hemos sido ya testigos en nuestros padres y amigos en el que, al llegar a una cierta edad, dejan de preocuparse por el amor que puedan transmitir a su familia e hijos, y sólo son capaces de hablar en términos monetarios, y expresar su cariño a través de herencias y cuadros de balances (arriesgándose a sacrificar, en el camino, aquello por lo que supuestamente se pusieron a luchar). También se malogra en la serie un aspecto muy humano de la novela -en pos de enarbolar un alegato último contra el capitalismo-, mediante un final que no desvelaremos, pero que está protagonizado por uno de los personajes más desaprovechados de la versión televisiva: el amigo íntimo del protagonista, Charles. Un pobre tipo, compañero de trabajo en esos empleos precarios que ambos van encadenando, que vive en un coche tan destartalado como él mismo, y que da la sensación de estar a punto de desarmarse en cualquier momento, como un muñeco al que le hubieran dejado de dar cuerda y tan sólo aguantara por pura inercia, pero que sigue sonriendo, a pesar de cada percance, un día más. La forma en que la serie trata a este individuo le hace perder buena parte de la ternura que destila la novela (de hecho, los finales de ambas versiones dejan en posiciones morales muy distintas al protagonista), olvidando que este conflicto, más allá de la cuestión laboral, es uno profundamente personal e íntimo, cosa que sí que refleja Lemaitre en una narración que, a pesar de estos toques de poesía, es capaz de mantener la intensidad y el misterio hasta casi la última línea, sin que sepamos en ningún momento qué es lo que viene a continuación. En definitiva, un texto cargado de adrenalina que, sin embargo, da pie a profundas reflexiones sobre quiénes somos, y qué hace con nosotros esa cosa extraña que, para ganarnos el pan, nos roba al menos ocho horas al día de nuestras vidas. ¿El trabajo dignifica al hombre? Marx, Auschwitz y esta novela están de acuerdo en pocas cosas, pero quizás las tres coincidirían en un veredicto unánime en contra de esta conclusión.

lunes, 14 de septiembre de 2020

La historia real de septiembre: las múltiples vidas de Robert FitzRoy

Hay personas que viven rodeadas de tanta cantidad de historia que en un momento determinado les eclipsa. Quizás éste sea el caso del oficial de la marina británica Robert FitzRoy, quien pasaría a los anales principalmente por ejercer el rango de comandante del HMS Beagle, el barco que llevaría a las Galápagos a Charles Darwin, donde el biólogo británico reuniría las evidencias que le llevarían a proponer una teoría de la evolución que revolucionaría el mundo, iniciando una discusión cuyos ecos reverberan todavía hoy día con nuevas capas de matices sucesivos. Sin embargo, FitzRoy destacó por muchos más aspectos: fue un arrojado explorador, participó en relaciones innovadoras con las culturas aborígenes (lo cual incluye ser uno de los primeros defensores de los derechos de los nativos, así como ambivalentes experimentos que acabaron en tragedia), y tiene el logro de constituir un pionero en la ciencia de la meteorología, convirtiéndose en el primer hombre que realizó una previsión del tiempo con bases científicas. Más tarde os detallaré todos esos aspectos, incluyendo si la predicción acertó o no.

Retrato de nuestro protagonista (Wikicommons)

Hay dos pilares principales en los que descansa la biografía de FitzRoy y que motivan buena parte de su carrera profesional y motivaciones: en primer lugar, era un hombre noble, de padres ambos pertenecientes a la aristocracia (su apellido, por señalar, deriva de un ancestro que fue hijo bastardo de un rey), lo cual implicaba una educación exquisita y también la posibilidad de acceder a una serie de cargos en la oficialidad de la marina británica que, de no ser así, le hubieran sido vedados. Y, dos, era un hombre profundamente religioso, defensor exacerbado de la Biblia, una parte de su personalidad que influyó tanto en su relación con Darwin y sus teorías como en sus tratos con las comunidades indígenas.

FitzRoy había ejercido diversos cargos en la marina británica -de hecho, obtuvo la máxima calificación posible en el examen para teniente, algo que nadie había conseguido hasta entonces- hasta que en 1828, con veintitrés años, le llega la oportunidad de comandar el HMS (acrónimo para "His/Her Majesty Ship", nombre que por definición se le otorga a los buques de la armada en el Reino Unido) Beagle, en un momento circunstancias ominosas. El anterior comandante, Pringle Stokes, había sufrido una depresión después de atroces sucesos que habían tenido lugar en Puerto del Hambre (el nombre lo dice todo), uno de los muchos enclaves en la miríada de canales que forman parte de la Tierra de Fuego en el extremo sur del continente americano. El HMS Beagle se encargaba de la exploración de esas zonas con el objetivo de reclutar información que pudiera ser útil para los intereses estratégicos de un Reino Unido que, tras derrotar a Napoleón, había dejado de ensimismarse en Europa para mirar qué otros muchos rincones del mundo podía usar en su provecho, y el sur de lo que hoy es Chile y Argentina era uno de estos puntos clave. Como dice Javier Reverte en su libro <<Confines>>, que mencionamos de pasada en otra ocasión, ésta es una región inhóspita, poco fértil y de temperaturas muy bajas la mayor parte del año, donde casi todos los apelativos impuestos a los distintos accidentes geográficos tienden a destacar las dolorosas calamidades que tuvieron que afrontar los viajeros que arribaron a estas tierras. Sin embargo, FitzRoy, fiel a la flemática actitud clásica de la oficialidad británica, sigue adelante con su viaje y, de hecho, tuvo una idea basada en sus creencias religiosas: se llevaría a unos cuantos nativos de aquella zona, los denominados "fueguinos"; los trasladaría a Inglaterra, les enseñaría la fe cristiana, y ellos volverían más tarde a su tierra para difundir la buena nueva por el Nuevo Mundo. En total se llevó a cuatro aborígenes, tres de la tribu kawésquar (que fueron bautizados como York Minster, Boat Memory y Fuegia Basket -esta última sólo contaba con 9 años-) y un joven de catorce años de la tribu yagán, denominado Jemmy Button porque el pago que recibió su familia a cambio de su cesión fue un botón de nácar (button en inglés). Luego veremos la importancia que tuvieron estos nativos. La cuestión es que el viaje del Beagle prosiguió y, de hecho, descubrió el canal que lleva su mismo nombre, uno de los pasos marítimos más seguros por donde atravesar el continente americano todavía hoy en día -el artificial canal de Panamá le arrebataría su preeminencia-, sobre todo en comparación con los traicioneros estrechos y lenguas de agua que pueblan Tierra de Fuego, los cuales han servido de trampa para numerosos barcos que han arrostrado toda clase de penalidades (también horrendos naufragios) en esa región desde la época de Magallanes. La labor exploradora de FitzRoy ha sido reconocida sobradamente por su patria, ya que su nombre se yergue en numerosos hitos a lo largo de la geografía tanto de Sudamérica como del Reino Unido, incluyendo entre otros varios enclaves de las británicas islas Malvinas, o el monte FitzRoy, situado en el Campo de Hielo Patagónico, no muy lejos del famoso glaciar Perito Moreno.

Charles Darwin, antes de adquirir la barba característica con la que pasaría a la Historia, principalmente, como inspirador de la figura del mono que sirve de reclamo del célebre anís.

El segundo viaje del Beagle empieza en 1831. Por lo visto, no mucho antes de que el barco zarpara, se planteó una cuestión fundamental, y era quién iba a acompañar al comandante FitzRoy durante las comidas. Como hemos mencionado, los oficiales de las marina británica solían ser hombres ricos e instruidos, y no resultaba adecuado que se mezclaran con los recios y embrutecidos marineros -además de que aquello hubiera generado diálogos de besugos-. Por eso, era típico que, a bordo, se hallara un individuo que le hiciera compañía y charlara con el comandante durante almuerzos y cenas; aparte, podría ejercer en el buque una labor de tipo científico, pero en todo caso la principal función era actuar como apropiado conversador para la máxima autoridad del buque. Fue entonces cuando, merced a una serie de recomendaciones y contactos, surge el nombre de Charles Darwin, un joven por supuesto perteneciente a una buena familia, además de extensa y bien avenida (ambas ramas de la familia de Darwin mantenían relaciones de consanguineidad, y él mismo acabó casado con una de sus primas; de hecho, la observación de cómo ciertas enfermedades hereditarias que él poseía se acrecentaban en sus hijos le sirvió para un estudio sobre el tema). Fue también uno de sus tíos quien le recomendó al joven Charles que viera mundo antes de cumplir sus planes de ordenarse clérigo, el destino primigenio de la carrera del muchacho. Finalmente, es el escogido tras una entrevista personal para embarcarse en el navío. Hay que decir que ambos hombres, FitzRoy y Darwin, se llevaron bien (apenas se sacaban unos pocos años), a pesar de que desde muy pronto surgieron las diferencias. Aunque ambos fervorosos cristianos, los descubrimientos que Darwin iba encontrando le fueron convenciendo cada vez más a este último de que la visión de la Biblia en la que Dios crea al mundo en siete días era poco compatible con las evidencias naturales a favor de un cambio paulatino por el que las especies se adaptan a su entorno. Si bien esto generó discusiones entre ambos individuos, es verdad que mantuvieron en todo momento un comportamiento civilizado, y procuraban olvidar estos desacuerdos a la hora de comer. También fue problemática la relación de un Darwin poco avezado en asuntos de la mar con respecto a la tripulación, que veía cómo aquel intruso les llenaba la cubierta de "bichos" y "porquerías" que necesitaba para sus investigaciones. Aunque parece que le perdonaron tanto esa actividad como su tendencia a los mareos, porque le denominaron cariñosamente "el Filo" (de "filósofo"). Después del mítico viaje por Sudamérica, donde 1) el Beagle realizó nuevos descubrimientos geográficos, 2) Darwin recogió especímenes durante el mes y pico escaso que fondearon por las islas Galápagos, y 3) los fueguinos reclutados en el primer trayecto volvieron a casa (luego volveremos sobre eso), los caminos de los dos hombres divergieron. Cada uno, de una manera u otra, le acabó por dar una sorpresa al otro: FitzRoy, porque se casó casi inmediatamente a la vuelta, cosa que sorprendió a Darwin porque el comandante nunca le había hablado de ningún compromiso previo. En cuanto a la campanada de Charles, ésta tuvo que esperar: Darwin era un hombre religioso, pero más lo era su mujer, con lo cual el científico, sabedor de que su rompedora teoría de la evolución no gustaría a la iglesia -ni tampoco a su santa esposa- guardó sus hallazgos en un cajón durante décadas mientras se dedicó a otros asuntos (entre otros, el estudio del percebe, al que analizó tanto que lo llegó a aborrecer). Probablemente hubiera fallecido sin exponer sus teorías de no ser porque un joven llamado Alfred Wallace acudió a él para decirle que, en sus investigaciones en la Amazonía y el archipiélago malayo, había llegado a muy parecidas conclusiones, momento en que Darwin aprovechó para sacar del armario sus descubrimientos. Hay que decir que, pese a que en aquel primer momento la teoría se consideró fruto tanto del genio científico tanto del más prestigioso Darwin como del bisoño Wallace (se presentaron como co-descubridores, aunque hay polémica sobre cómo se ensalzaron los méritos de cada uno), el nombre de este último ha tendido a caerse del imaginario colectivo ya que, si bien Wallace realizó contribuciones muy interesantes en otros campos, incluyendo en el activismo social (estaba en contra de las políticas coloniales británicas, y realizó propuestas económicas novedosas, algunas de las cuales se aplican hoy en día), su apoyo al espiritismo le fraguó el descrédito de la comunidad científica, y le llevó a romper la relación con varios científicos y amigos, incluyendo el propio Darwin. La cuestión es que -por motivos radicalmente distintos, claro-, FitzRoy también se disgustó con Darwin, al sentirse ultrajado por las consecuencias que la teoría respecto a la sagrada creación del mundo por parte del Dios cristiano en siete días. Sin duda, además, pesaba en su airada crítica la responsabilidad que él mismo había tenido al proporcionar a Darwin los medios para elaborar aquel abyecto libro que pronto estaría en boca de todos bajo el nombre abreviado de "El origen de las especies". Siete meses después de la publicación del texto, tuvo lugar un fogoso debate en la universidad de Oxford entre partidarios y detractores de la teoría, hallándose entre los primeros Thomas Huxley (pariente de Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", y a quien Darwin, apocado polemista, concedió la responsabilidad de erigirse en paladín de la casa darwinista) y, entre los opositores, Robert FitzRoy, quien presentó como principal testimonio una Biblia y pidió a los allí presentes que concedieran credibilidad a Dios antes que al hombre. Pero ese debate FitzRoy, como otros en su vida, lo acabaría perdiendo.


¿Os acordáis de Jemmy Button, Fuegia Baket y York Minster, aquí presentes, de izquierda a derecha? Pues su historia acaba de empezar. Extraído de aquí, que también nos ha servido de fuente.

Pero antes de llegar a ese momento pasaron muchas cosas, incluyendo el segundo viaje del Beagle, durante el cual Darwin y FitzRoy aún se llevaban bien durante los almuerzos, y el comandante llevaba de vuelta a los fueguinos que se había llevado en el primer viaje (salvo uno de ellos, Boat Memory, que había fallecido en Inglaterra, según las fuentes de viruela o de sífilis). Hay que decir que los fueguinos fueron en general bien tratados, recibieron vacunas para prevenirse de las enfermedades del Viejo Mundo, aprendieron inglés y las enseñanzas cristianas, y fueron agasajados con regalos, incluyendo un sombrero que Fuegia Basket (como habéis comprobado, los nombres no fueron muy imaginativos) recibió de la soberana británica. Sin embargo, es difícil saber cuál era el punto de vista de estos expatriados, los cuales no pertenecían además a las mismas etnias. Por poner un ejemplo, los tres convencieron a los británicos de que en Tierra de Fuego había caníbales, idea de la que no se halló ninguna evidencia posterior pero que tardaría en descartarse un siglo (¿fue un malentendido?¿O había alguna intencionalidad detrás de ese embuste?¿Quizás probar hasta qué punto creían sus mentiras de cara al futuro, o se trató simplemente de un cómico "vacile"?). Para este segundo viaje, además de a los fueguinos y a Charles Darwin, FitzRoy -quien había subvencionado al completo la educación y mantenimiento de los aborígenes- se llevó, en su esfuerzo evangélico, al pastor Richard Matthews, quien debía colaborar en transmitir las enseñanzas cristianas entre los nativos. Mientras tanto, Charles Darwin no se llevaba muy bien con los fueguinos, y aunque tenía que reconocer que el adolescente Jemmy Button era muy simpático (todo el mundo destacaba que reía mucho), le resultaba difícil creer que esa clase de gente pertenecieran a la misma especie que los británicos. En descargo de Darwin, hay que recordar que más adelante (según algunos) se arrepentiría de esos primeros juicios, y que fue un firme defensor de la abolición de la esclavitud en cuanto contactó con la realidad de los países esclavistas. También es pertinente recordar que las costumbres de los fueguinos eran muy distintas de los occidentales: los habitantes de Tierra de Fuego, bien adaptados a su medio, tendían a untar su piel con grasa de animal de tal manera que no les hacían falta ropas para soportar el frío clima de su tierra natal (hasta se bañaban desnudos en el agua), pero el olor que desprendía esa grasa no debía de antojársele muy sofisticado a los europeos. De hecho, cuando -merced al esfuerzo civilizador- los fueguinos abandonaron esas técnicas de supervivencia y se pusieron ropas, esto provocó que dejaran de bañarse tan a menudo y les hizo víctimas de numerosas enfermedades. Pero esto se sabría mucho más tarde, y formaría parte de los tradicionales desencuentros entre distintas etnias, incluyendo también los que protagonizarían los fueguinos arrastrados al otro lado del mundo por el aprendiz de brujo FitzRoy.

Lo que ocurrió con ellos es confuso, pues sólo poseemos una de las versiones de lo sucedido, la que se anotó en los diarios de viaje de los ocupantes del Beagle. Por lo visto, desembarcaron y Jemmy Button tuvo oportunidad de reencontrarse con su antigua familia (aunque uno de sus parientes había muerto, lo cual le llenó de pesar). Tanto él como los otros dos fueguinos decidieron quedarse, y se construyeron chozas para ellos y para el pastor Matthews. A los pocos días, sin embargo, los navegantes del Beagle observaron cómo otros indígenas portaban objetos pertenecientes a sus fueguinos y Matthews, así que se alarmaron y volvieron al lugar donde los habían dejado, donde encontraron el campamento saqueado, a los fueguinos intactos, y a Matthews tan asustado por el asalto que se subió al Beagle y no quiso saber nada de la labor misionera nunca más. Los tres fueguinos, no obstante, optaron por permanecer allí. El problema fue que, casi un mes más tarde, cuando el Beagle retornó a la zona, encontró el lugar desierto, sin ninguna cabaña, y sólo más adelante una canoa donde divisaron a Button. Éste comentó que la tribu de Fueguia Basket y York Minster, los kawésqar, le habían robado todo lo que poseía, y que sus antiguos compañeros en Beagle habían participado en el ataque. Aun así, insistió en permanecer allí junto con la mujer nativa con la que recientemente se había desposado. Con lo cual, parece que, pese al tiempo transcurrido juntos, la rivalidad entre las distintas etnias había permanecido latente y se había manifestado al fin.

Claro que, como decimos, es difícil hacer juicios de valor a partir de sólo una de las versiones. Y más con lo que ocurrió después. El Beagle no volvió por esa zona (su tercer viaje, ya sin FitzRoy, fue a Australia) pero, años más tarde, Allen Gardiner, un oficial retirado de la Marina británica, decidió evangelizar a todo bicho viviente y, después de una serie de sonoros fracasos a lo largo de Sudamérica, no escarmentó y, ya que conocía la historia de los fueguinos de FitzRoy, intentó localizar a Jemmy Button en Wulaia, la zona donde FitzRoy lo había dejado. No sólo no lo logró, sino que falleció en el intento, como otros muchos soñadores cerriles que se adentraron en esa parte del mundo. No obstante, la sociedad misionera fundada por él decidió enviar otro barco (de nombre Allen Gardiner, en honor a su fundador), y esta vez tuvieron más suerte: unos nativos con los que contactaron reconocieron el nombre y avisaron al fueguino, así que Button pudo desempolvar un para nada olvidado inglés. Para entonces, ya se había desposado con otras dos mujeres y tenía, además, tres hijos varones. Después de unos primeros compases prometedores, los misioneros decidieron dejar una misión permanente en Wulaia. Sin embargo, como pasaron los meses y no tenían noticias de aquel rincón del mundo, los misioneros (con su sede principal en la isla de Keppel) enviaron una goleta que, cuando llegó, encontró la Allen Gardiner desmantelada y, como único superviviente, al cocinero de la misma, que había salvado el pellejo en unas condiciones penosas. El cocinero contó que los hombres de Button, con quienes los tripulantes de la Allan Gardiner mantenían una tortuosa relación (los occidentales se quejaban de robos, mientras que los indígenas les acusaban de no hacerles suficientes regalos), les habían tendido una trampa justo antes de celebrar la primera misa en la zona, y habían matado a todos los británicos salvo el cocinero, hasta ocho víctimas en total. A la serie de pesquisas públicas con las que se investigó el suceso se sumó el propio Jemmy Button, quien se presentó voluntario para declarar, afirmando que los ataques habían sido perpetrados por la enemiga tribu ona. No está muy claro si los ingleses lo creyeron o no, pero sí que decidieron dejarlo correr y no enviar una expedición de castigo. Quién sabe si los británicos no querían sumar nuevos enemigos a causa de un suceso que no tenían muy claro, o si es que pensaron que poco más podían sacar en limpio de aquella maldita tierra. De Jemmy Button poco se volvió a saber (su tribu siguió manteniendo relaciones con los misioneros, y alguno de sus hijos viajó a Inglaterra), pero hay un hecho curioso, y es que uno de sus descendientes fue bautizado como FitzRoy. En cuanto a los auténticos pensamientos de Button respecto a los hombres que trataron de civilizarlo, no los conoceremos nunca. Cuando pienso en su historia, me acuerdo de los pueblos de ciertas islas de la Polinesia que fingieron aceptar la fe cristiana, pero al tiempo seguían creyendo en sus antiguos dioses (o hacían un extraño sincretismo con la nueva religión), aunque esperaban bienes materiales de los viajeros recién llegados. Viajeros que por otro lado pretendían que los indígenas aceptaran sin más sus costumbres y su dominio, y no mantuvieran en cambio pensamientos negativos o ambivalentes ante aquellos "turistas" que trastocaban su modo de vida, mientras además creían que les estaban haciendo un favor. Sin embargo, lo más probable es que no dijeran mucho en voz alta. En parte tal vez por costumbres aún persistentes entre ciertas culturas (en resumen: si no tienes nada bueno que decir, es mejor no decir nada, expresar una esperanza o cambiar de tema); o, en parte, quizás, porque no servía de nada oponerse. Con lo cual, lo más fácil era lo que hacía Jemmy Button: guardarse el rencor, sonreír hasta que llegara un momento en que pudieran decidir por sí mismos, y tal vez entonces vengarse. Al final, como siempre, las relaciones entre distintas civilizaciones no son una cuestión de buenos y malos, sino más bien de bastante egocentrismo, y sobre todo mutua incomprensión. Aunque en algunas ocasiones, estas interacciones se encarrilan hacia buen puerto, o terminan en cambio como el rosario de la aurora.

Pero volvamos a FitzRoy, que no tiene nada que ver con estos últimos sucesos. Entre otros motivos, porque éste había vuelto a Inglaterra, se había casado, le habían aceptado en la Royal Geographical Society y había publicado tres libros con los sucesos y observaciones (incluyendo numerosas de carácter científico) durante sus viajes en el Beagle. Fue entonces nombrado gobernador de Nueva Zelanda, heredando de su antecesor los problemas que enfrentaban a los colonos ingleses con los nativos maoríes. Lo cierto es que ahí FitzRoy -lejos ya de los experimentos que había llevado a cabo con los fueguinos- trató de manifestarse ecuánime en este nuevo contexto, atreviéndose a condenar acciones ilegales de los colonos y a defender que los maoríes debían recibir un precio justo por las tierras adquiridas por los británicos. Es más, trató de facilitar el comercio de tierras entre unos y otros, pero bien porque sus medidas no funcionaban con la efectividad esperada, bien porque no recibió un apoyo suficiente de la metrópoli, lo cierto es que las tensiones se incrementaron entre colonos y maoríes, y el conflicto se recrudeció. Al final, una compañía británica con intereses económicos en la zona protestó ante Gran Bretaña, y FitzRoy fue sustituido por un sucesor que, según se dice, sí contó de un sostén más firme por parte del gobierno británico.

Y aquí llegamos a la última de las vidas de FitzRoy, narrada de manera elocuente por el magistral quinto episodio de la serie de divulgación científica de Netflix "Superconectados: La ciencia oculta detrás de todo", el cual construye un círculo de ideas alrededor de algunos de los desafíos más apabullantes de nuestro presente. Influidos por una descomunal tormenta que había hundido a numerosos navíos en la costa inglesa, las autoridades de Gran Bretaña nombran a FitzRoy como jefe de un departamento cuyo objetivo sería acumular todos los datos posibles sobre el tiempo en alta mar, y tratar de averiguar si de allí podía deducirse cuál era el tiempo que iba a hacer al día siguiente, con todas las ventajas que ello implica. En su diario de registros, FitzRoy llega a realizar la primera predicción meteorológica (indicando que el tiempo iba a ser "despejado"), y lo llamativo es que acierta. Sin embargo, sus previsiones eran todavía muy poco fiables, y tenía tantos aciertos (que servían para reforzar sus conclusiones) como errores (que molestaban a los buques que no habían zarpado por previsión de tormenta, y utilizarían muchos científicos tradicionales para oponerse a este amateur que intentaba hacerles sombra). Quizás FitzRoy captó la ironía del hecho de que él, el ardiente defensor de la iglesia frente a Darwin, sería en aquella ocasión el impulsor del método científico frente a sus opositores, miembros del paisaje académico que invocaban a Dios como el único individuo capaz de controlar el tiempo meteorológico. FitzRoy se acabaría suicidando, aunque no podemos saber a ciencia cierta si su muerte se debió a la decepción ante el reto de la previsión atmosférica, pues se veía sumido en crisis de este tipo con cierta frecuencia. Sabemos, por otra parte, que en su decisión podría haber influido el hecho de haber dilapidado buena parte de su fortuna durante su vida pública. Sin embargo, tras su fallecimiento, las autoridades británicas y sus antiguos amigos (entre ellos el propio Darwin) no tuvieron inconveniente en auxiliar a su familia. Hoy, como mencionamos, toda clave de topónimos evocan su nombre, incluyendo el área de pronósticos meteorológicos donde realizo sus estudios climáticos, cuya denominación hubo de ser modificada para que no se confundiera con otra Finisterre, la que tiene localización en España.

Al final, Fitzroy fue muchas cosas. Según Darwin, quien le admiraba, era el hombre con la personalidad más fuerte que había conocido nunca. En buena parte de los episodios de su vida simbolizaba el fin de un mundo al que en cierta medida representaba, frente a un nueva concepción de la Tierra a la que ayudó a nacer. Quizás, como han dicho algunos escritores (y han dado a entender Greene, David Lean o Conrad), en todas las regiones perdidas del mundo, al mando de una causa tan delirante como sublime, siempre hay uno de esos hieráticos, imperturbables tipos dispuestos a no alterarse en absoluto por muy espinosas que vengan las cosas, y a llevar su visión del mundo hasta el final: en definitiva, un buen muchacho inglés.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Los libros de diciembre. Divulgación científica: "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?" y "500 años de frío".

A veces es sorprendente la escasa comunicación que existe entre los mundos literario y científico. Se dan casos de individuos eruditos en el campo de las letras que, sin embargo, no sienten en absoluto la necesidad de adquirir unas mínimas nociones de cultura científica (por supuesto, también ocurre al contrario). Dentro de los científicos, por otra parte, existen aquellos que consideran despreciable cualquier forma de comunicación que no sea para indicar contenidos prácticos, pero también hay algunos que constituyen infatigables consumidores de literatura, y que incluso se han sentido estimulados por los autores de ciencia ficción y fantasía para realizar sus particulares descubrimientos, u orientar su carrera profesional. Para mí, la ciencia siempre ha sido una fuente de inspiración y documentación: me descubre insólitos hechos de la naturaleza, abre infinitas posibilidades, y proporciona anécdotas sorprendentes. Es por ello por lo que valoro en gran medida la figura de los divulgadores científicos, quienes ponen en conexión el mundo de los investigadores (por lo general encapsulados dentro de la burbuja de sus respectivos laboratorios, aunque también puedes encontrar muy buenos divulgadores entre ellos) con el público general, y ayudan con su encomiable labor a que la sociedad reclame sus representantes una mayor inversión en ciencia. Un trabajo muy importante a la hora de obtener financiación, un tesoro muy preciado y que tiende a escasear en estos días.

Antonio Martínez Ron es uno de estos grandes divulgadores. Le conocí a partir de un desconcertante y curiosísimo blog "Libro de Notas. Guía para perplejos", pero luego le he visto nadando en todas las salsas. Colabora en Naukas, ha ejercido de divulgador científico en periódicos digitales, organiza debates y conferencias (la última en la que estuve, en el Planetario, discutía sobre la colonización de Marte) y por supuesto alimenta periódicamente su blog Fogonazos, del cual Martínez Ron ha extraído algunas de las historias más jugosas para publicar el libro que hoy nos ocupa, "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?". La respuesta sencilla a esta pregunta sería decir -y por eso precisamente viene tan a cuento-, "fogonazos", pero el por qué concreto de esa respuesta dejo que vosotros mismos lo descubráis.



A lo largo de sus páginas, Antonio Martínez Ron (@aberron en Twitter, donde despliega una bulliciosa actividad) abre y cierra en pequeños capítulos varias decenas de universos en los que podemos sumergirnos y quedar arrebolados. Explosiones nucleares a tutiplén, aventuras sin parangón en el espacio, el cerebro de Einstein en el maletero de un coche, magos que entrenan a la CIA, granjeros virtuales chinos del World of Warcraft, cabezas criogenizadas, cerditos que viven sin sangre, calamares gigantes custodiados por el ejército de Estados Unidos, cápsulas del tiempo, dioses informáticos creados por sus propios seguidores y un largo etcétera. Entre ellas, sorprendente especialmente las asombrosas maneras de funcionar del organismo humano, y en concreto de su el cerebro: gente que percibe que su mente sale de su cuerpo, o que el tiempo se ralentiza; individuos que están convencidos de que su pene está encogiendo; Philip K. Dick proclamando que otros escritores forman parte de una conspiración internacional... Como veis, la diversión está asegurada. Y, de paso, todos incrementamos un poquito nuestro conocimiento científico. Quizás, si hay que ponerle una pega, es que a lo largo de las historias algunos temas se repiten, y supongo que es porque Martínez Ron, como todos, siempre tiene asuntos fetiche que le llaman en mayor medida la atención (por supuesto, cada cual encontrará ciertos capítulos más apasionantes que otros). Pero, al tratarse de un libro de historias independientes, es fácil seleccionar sólo las que más nos entusiasmen a título individual.



El otro libro de divulgación que venía a recomendaros hoy -aunque éste tiene también mucho de historia y de aventura- es "500 años de frío", de Javier Peláez, @irreductible en Twitter, red social en la que comparte amistad y cachondeo con Martínez Ron entre otros, aunque este nombre de guerra sirve también de homenaje a su blog particular. En este caso, Peláez trata de resumir bastantes más de 500 años de exploración ártica en busca del Polo Norte y los míticos pasos del Noreste y Noroeste, entre otros hitos históricos. De paso, el libro habla también sobre el comercio de las especias, novedades científicas, balleneros, las casi siempre complicadas relaciones con los pueblos indígenas, y las situaciones límite que vivieron los exploradores y que les llevaron a explorar de manera adicional los aspectos más íntimos de la condición humana, ésos que exhibimos -de manera más diáfana-, cuando nadie nos ve: traición y altruismo, engaño y coraje, perseverancia y fracaso, ansia de descubrimiento o de gloria, tragedia y belleza. Todo ello, por supuesto, unido a chapuzas, planes surrealistas, errores descomunales y un sinfín de divertidas anécdotas. Por otra parte, si resulta que después de leer este libro no os habéis quedado congelados del todo en tan inhóspitas latitudes, entonces quizás deberíais echarle mano a otro libro, "Confines" de Javier Reverte, donde el célebre cronista de viajes cuenta a su propia manera la búsqueda del paso del Noreste y la conquista del Polo Norte (Reverte ya escribió otro libro, "En mares salvajes", sobre la búsqueda del paso del Noroeste, cuya conclusión no os adelanto, pero que otro periodista resumió de manera muy poética y simbólica aquí), para luego dirigirse al otro extremo del mundo y narrarnos las desdichas de los viajeros que se dedicaron a explorar la Tierra de Fuego chilena y argentina y algunas de las regiones más salvajes de la zona sur del continente americano. Lo curioso de leer varias versiones del mismo tema reside, especialmente, en hallar las diferencias entre las interpretaciones de unos y otros, lo cual indica que buena parte de lo que sabemos de los viajes árticos dependen en gran medida de lo narrado por los supervivientes, y que a veces la verdad no es tan sencilla de dilucidar. Por otra parte, si preferís congelaros a través de una pantalla, la bastante atractiva primera temporada de la serie "The Terror" de la AMC, disponible en Amazon Prime y producida por Ridley Scott -basada, a su vez, en una novela de Dan Simmons, el creador de "The Wire"-, se centra precisamente, aunque de un modo bastante libre (no es de extrañar, pues carecemos de bastantes datos del episodio original, uno de los más misteriosos del Ártico), en una de estas expediciones polares.

Por cierto, un detalle: estos dos libros que os recomiendo me los envió, en formato ebook, una persona muy querida como presente de cumpleaños. Lo digo por si estáis buscando ideas para esta época, en la que vienen de perlas regalos que reconforten cuerpo y alma, y que cumplan además los requisitos de que no haya que talar ningún árbol para generarlos (o, si hay que hacerlo, que al menos se adquieran en una librería pequeña, de ésas a las que tanto les cuesta hoy en día sobrevivir), y también que no sea imprescindible comprárselos a ningún gigante de los que se dedican de manera sistemática a evadir impuestos. No sé si el receptor del obsequio os lo agradecerá, pero desde luego el medio ambiente, el pequeño comercio o la justicia social se verán beneficiados por vosotros. Porque, al fin y al cabo, ¿no se supone que estas fechas están hechas de buenos propósitos?

lunes, 24 de junio de 2019

El relato de junio. Cuentos fantásticos (VIII): "El procesado"

           El procesado

           
            El hombre levantó la vista y fijó sus ojos en el juez con rostro de angustia.

            Pero éste, impertérrito e imperturbable, simplemente se volvió hacia él, y le preguntó:
            -¿Hay algo más que el acusado quiera alegar en su defensa?        
            El procesado negó con la cabeza.
            -No, señoría.
            Entonces, el juez orientó su mirada hacia toda la sala.
            -Por el poder que me ha sido concedido, declaro al acusado…
            Este último cerró los ojos, cruzó los dedos por detrás de su espalda…
            -… culpable.
            Una maldición en silencio recorrió toda su mente. Hubo un rumor de alegría y exaltación entre los asistentes.                    
            -¡Orden!-gritó el juez empleando el mazo-. ¡Orden! La pena será la prevista por la acusación. Alguaciles, llévenselo.
            Y dos policías, uno por cada lado, le tomaron de los brazos, y le sacaron de la sala de juicios.

            Mientras lo hacían, el hombre pudo contemplar las caras alborozadas, sonrientes, de todos aquellos que, en conjunto, le habían condenado. Contempló las miradas felices su antiguo jefe, de su ex esposa, de sus padres… Todos se reían, todos se felicitaban y se daban la mano, ante un veredicto favorable, el único que en sus mentes, cualquiera de ellos podía esperar.

            El procesado volvió la vista hacia un lado. Allí, sentado en uno de los bancos de los testigos, se encontraba él. El hombre por el que le habían acusado, el hombre de cuya muerte –o mejor dicho, de la de una parte de él-, era responsable. El hombre por el que le iban a meter en un agujero y para siempre tratar de olvidar.

            El alegato de enajenación mental transitoria no había funcionado, y eso que casi todo el mundo lo consideró creíble, quién en su sano juicio se atrevería a hacer lo que había hecho. Pero importaban los alegatos que interpusiese: el delito que había cometido era demasiado importante. La serie de televisión en la que participaba era la más grande que había habido en la historia, un noventa por ciento de la audiencia interplanetaria se reunía alrededor del televisor para contemplar las andanzas del joven cowboy espacial Jake Stone… La gente tenía vídeos, souvenirs, peluches, tazas relacionadas con uno u otro aspecto de la serie, se había convertido en el eje de la vida de muchas personas, que se declaraban seguidores incondicionales del programa desde la primera temporada, y que formaban el mayor club de freakies desde Star Wars y Star Trek… No podía salir indemne de aquel juicio, que se había convertido en un improvisado Coliseo romano, donde también estaba permitido linchar…

            Pero no tenía más remedio, meditó el procesado. Si me encontrara en esa misma situación, volvería a hacerlo. Jack Stone, el personaje, era un capullo, su serie fomentaba el maltrato a las mujeres, el abandono de ancianos, la droga como la más emocionante de las salidas, y los libros, como un objeto sin valor que tan sólo vale para que Stone reequilibre la pata de una mesa… Ni tan siquiera Hitler tuvo tanto éxito pretendiendo poner fin a la cultura… ni estuvo tan cerca de lograrlo jamás.

            No podía permitirlo, se dijo. No podía seguir más. Aún desde su condición de secundario importante, sus esfuerzos por reorientar la serie hacia contenidos más éticos habían sido completamente infructuosos. Por eso, no tuvo más remedio: apuntó con la pistola láser hacia la cabeza de Jack Stone… y abrió fuego.

            Es normal, se dijo el hombre, que su actor me mire ahora con desprecio. Se ha quedado sin trabajo. Ni el mejor guionista podría arreglar esto. Al fin y al cabo, las pistolas láser carbonizan todo el cuerpo del individuo, ni siquiera dejan restos para una posible clonación… Y de todos los fans es sabido que Jack Stone no tiene –ni puede tener, después de todos los avatares sobre su pasado que se han revelado en la serie-, ningún hermano gemelo…

            Así pues, eran normal que le odiaran. Se había cargado al personaje de televisión más exitoso de la historia. En vivo y en directo, ante cuatro mil millones de telespectadores. Era normal que estuvieran enojados con él… ¿Pero, tanto como para condenarle, por haber acabado con un simple personaje de televisión?

            Parece que sí, dedujo demasiado tarde nuestro hombre, alejándose por el pasillo el juzgado. Incluso por un delito virtual e inexistente.

            Incluso a una condena tan fuerte, como la pena capital…

lunes, 23 de octubre de 2017

Las películas de octubre: películas y recetas de cocina

En un post anterior -elaborado, como éste, en colaboración con el blog "La tentación vive... en la cocina", de Cris Kitchen- hablábamos de comida, de comensales, de cocina y de cocineros. Y también sobre literatura. Ahora en esta ocasión, y aprovechando que hasta el propio festival de cine de San Sebastián ha incluido una sección de cine dedicada a la gastronomía, discutiremos sobre películas: algunos títulos –más o menos conocidos- relacionados con el mundo de la gastronomía, acompañados de sus correspondientes recetas para degustarlas. Podéis empezar a leerlo, pero yo os aconsejo, antes de nada, aseguraros de que tenéis la nevera o un paquete de galletas a mano. Advertencia: la lectura de este post puede dar ganas de devorar.



-Ratatouille. Había que empezar, cómo no, con esta pequeña joya de Pixar sobre el amor y la dedicación a la cocina. Construida con delicadeza y elegancia, como todas las buenas películas (y los buenos platos), el film apela a las sensaciones que provoca el arte tanto entre los creadores como entre los receptores del mismo. Un detalle que, más que ninguna otra cosa, marca el poder de una película, y también de un estofado.
            Recomendación gastronómica. En la película se insiste en el poder evocador del gusto, en su capacidad para llevarnos a un momento en que fuimos extremadamente felices. Para “Ratatouille”, aparte de casi cualquier plato de la cocina francesa (en este contexto, valdría también el film “La cocinera del presidente”), convienen recetas que nos transporten al período siempre extraordinario de la infancia. Nada como un delicioso batido de plátano o a un atípico y dulcísimo bizcocho para recordar la época en que cada momento debía ser brillante, y no había tiempo para medias tintas, o para escalas de grises que no se atrevieran a brillar.



-Julie&Julia. Una película que entrecruza las vidas de Julie Powell (Amy Adams), una joven que decide aprender a cocinar a través de las recetas de Julia Child (Meryl Streep), y de la propia Julia, la cual enseñó la cocina francesa a las amas de casa estadounidenses en los años 50, y de la que se nos narra en paralelo su particular camino de aprendizaje. Una historia deliciosa, que cae ligera como una crêpe.
            Recomendación gastronómica. A pesar de que la obsesión de Julie por la mantequilla puede parecer enfermiza, algunos platos tienen muy buena pinta: en concreto, hemos caído enamorados de unas pechugas de pollo con crema, champiñones y oporto (aquí un enlace donde hacen referencia a la receta) que no tardaremos mucho en intentar.




-Un viaje de 10 metros. En un pequeño pueblo de Francia, un restaurante familiar indio se coloca a escasos diez metros de un esnob establecimiento local, cuyos dueños reaccionan como Marine Le Pen después de darse una vuelta por un barrio árabe. Aún así, el roce hace el cariño y, en esta época de choque de nacionalidades, la película nos muestra como la fusión de culturas y el intercambio resultan más beneficiosos que la soledad y el enfrentamiento. Que la película cuente con Helen Mirren como actriz principal resulta, como aditivo, de lo más estimulante.
            Recomendación gastronómica. Es una buena ocasión para recomendar un buen restaurante indio. Empezamos con unas onion bhaji y unas samosas (de carne o verduras) para empezar. Acompañando a un arroz pilau, sugerimos unas raciones de pollo con mantequilla (butter chicken) o cordero korma -si no os gusta el picante-, o alguna receta que se apellide Madrás si os atrevéis a arriesgar (esto, en el caso de un restaurante indio en un país occidental. En la India de verdad, olvidaos de distinciones, casi todos los platos pican). Para mojar en las salsas, podéis coger algún naan (o pan indio) simple o con queso, aunque si es por el sabor del naan, nosotros os aconsejamos ardientemente el peshwari. De postre, un suave batido de mango (mango lassi) o un delicioso gulab jamun, unas bolitas de masa frita empapadas en almíbar, nada aptas para diabéticos. También podéis intentar reproducir estos platos en vuestra casa. Para ello, una pequeña ayuda, esta receta de pan naan tomada del blog de Cris Kitchen, y aquí otra de batido de mango.


-Chef. Hay varias películas tituladas así (incluyendo la entretenida “Comme un Chef”, que en España se tradujo como “El chef, la receta de la felicidad”), pero nosotros nos referimos a la dirigida y protagonizada por Jon Favreau –director de “Ironman” y la nueva versión de “El libro de la selva”, entre otros- en 2014. Un cocinero de éxito es duramente golpeado por un crítico que le acusa de estancarse en los mismos platos. Decidido a darle un vuelco a su vida, y de paso a recuperar su iniciativa como padre, se embarca en un viaje a bordo de una camioneta de comida callejera que le haga recuperar la ilusión por la cocina. Una comedia simpática sin muchas pretensiones, aunque quizás pueda hacernos pensar (igual que ocurre con “Comme un chef”) acerca de cuáles son las motivaciones reales por las que nos levantamos todos los días.
            Recomendación gastronómica. La película, entre otras cosas, reflexiona sobre el papel de las redes sociales y de los críticos culinarios. En un momento determinado, tiene lugar una discusión monumental acerca de un coulant de chocolate. Como nosotros somos más defensores del buen sabor y de los platos bien hechos, antes que de colocar el vanguardismo por delante de todo lo demás, os vamos a recomendar un tierno coulant, con el chocolate bien fundido por dentro. Porque si el chocolate es el sustituto del sexo (o produce el 10% del placer del orgasmo, según dicen), queremos que os ocurra como a Meg Ryan en la famosa escena del restaurante de “Cuando Harry encontró a Sally”, y que la gente quiera pedir, con ansia, eso que os ha hecho gozar.


-The lunchbox. Una pequeña y original historia. En la India, existe un gran negocio a nivel nacional, basado en los mensajeros que transportan el almuerzo (recién preparado por las mujeres) al trabajo de sus maridos, para que éstos puedan tomar aún caliente un plato de comida casera. Un día, el envío de una mujer sufre un error y su comida va a parar a un solitario individuo que hasta ahora sólo recibía la triste e impersonal comida procedente de un restaurante. Poco tiempo después, los dos afectados se darán cuenta de la confusión pero, para entonces, ha comenzado un intercambio de mensajes en el cual ambos acabarán desnudando sus preocupaciones y desvelos más íntimos. Ideal para aquellos a los que les disgusta comer solos.
            Recomendación gastronómica. Comer “de tupper” es siempre complicado, pero hasta que el sistema indio no se implante en esta parte del Ganges, ofrecemos aquí alguna sugerencia para que los tuppers puedan ser dignos quizá no de un restaurante cinco estrellas, pero sí al menos de una amorosa cocina de madre.


-Deliciosa Martha: La historia es un baile (llevado, por cierto, a través de una espléndida música), y como todo baile, es también un enfrentamiento, en este caso entre la precisa y cuadriculada mentalidad alemana de la protagonista -una chef de prestigio a la que le toca de golpe hacerse cargo de los hijos de su hermana-, y la genial y caótica volatilidad de su nuevo compañero de fogones, un artístico y desenfadado italiano cuya forma de ser le ataca los nervios a su compañera germana. Una película llena de ritmo, sabor y sobre todo alegría. Nada que ver con su adaptación americana, "Sin reservas": como casi siempre, para degustar un buen plato tienes que partir de la receta original.
            Recomendación gastronómica. Como mezcla de la fusión alemana-italiana, quizás un típico plato suizo como el rösti de patata sirva como mejor ejemplo de que la mezcla de opuestos puede provocar resultados más que interesantes.

Bonus: El festín de Babette. Quizás éste es el mejor contraejemplo de lo que no se debe hacer. Una experta en cocina francesa, obligada a vivir en una remota población costera del norte de Europa, decide preparar para su entorno más cercano una cena de restaurante de lujo. Sin embargo, los invitados a este ágape, en virtud de su moral religiosa, deciden deliberadamente no disfrutar de los manjares, para sorpresa del único asistente que no se encuentra al tanto del asunto. Considerada película de culto para muchos, para el amante de la cocina puede suponer, sin embargo, un anticlímax continuo donde se castiga el placer de los sentidos. O, en palabras más claras, “estaba deseando que del mar aparecieran dos orcas y se comieran de una vez a los protagonistas”.
Recomendación gastronómica: Lo idóneo al ambiente de la película serían unas gachas de avena, sin azúcar. Pero por el bien de nuestros lectores, recomendamos que las acompañéis de unos trocitos de plátano y chocolate negro, regadas con un buen chorrito de miel, por ejemplo, con lo que quedará un “porridge” de lo más resultón.

 Mientras tanto, a vosotros os deseamos buenas historias que tengan lugar en vuestra cocina. A ser posible, que no sean de terror. Un saludo.