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lunes, 19 de febrero de 2024

Una novela por fascículos: "El cajero" (8 y final)

Entrega final de "El cajero", la novela corta que empezamos aquí y cuya último capítulo enlazamos acá. Pero si preferís leer la novela de principio a fin, podéis descargárosla aquí, tanto en formato epub como pdf. En cualquier paso, espero que la hayáis disfrutado, y también de esta forma de contarla, recordando a las viejas novelas decimonónicas por fascículos. Un saludo a todos, y gracias por la experiencia compartida. Os dejo con el último contacto con nuestro amigo el cajero:

La noche deja paso a una hora todavía más bruja que la precedente. Entre otras cosas, porque de ella no puede salir nada bueno: ya es muy tarde para acostarse, incluso aunque nos caigamos rendidos de sueño; pero también es demasiado pronto para empezar a hacer cualquier otra cosa, por mucho empeño que le pongamos, y aunque nos esforcemos en despertar a todo el personal. Para más inri, el clima se está volviendo desapacible. Se respira un aire excesivamente fresco. De hecho, en el horizonte caen rayos y truenos, en lo que tiene pinta de ser una tormenta seca, de ésas que atemorizan más que ninguna otra, no se sabe por qué extraño motivo; quizá, porque no constituyen la imagen típica que tenemos en la cabeza acerca de cómo ha de ser una tempestad. Los símbolos (o la ausencia de los mismos) infunden más miedo, en ocasiones, que los hechos físicos per se.

            Pero allí, de momento, irreductibles frente a las inclemencias meteorológicas, (además de ante todas las demás) resisten de momento los cuatro gatos que habitan en esa pequeña esquina del mundo que hemos estado observando, cada uno atento a sus particulares objetos de valor, sus preciados tesoros, los cuales custodian como un dragón que ya ha olvidado que en otro tiempo su vida consistía en echar fuego y surcar el aire con libertad. Por ejemplo, los empleados del restaurante chino tienen pinta de haber agotado el negocio por esta noche, y con total tranquilidad hubieran podido cerrar. Sin embargo, con esa camaradería que existe entre gente de una cultura exótica que vive dentro de una civilización que (para ellos) resulta tan enigmática e incomprensible como en sentido inverso, al local habían acudido más paisanos de la misma nacionalidad, los cuales llegaron allí al principio para preguntar cómo iba la cosa, permanecieron después con la excusa de jugar al mahjong o conversar acerca de la madre patria y la tierra prometida, y al final se habían quedado para pasar el rato hasta que volviera la luz, y también seguramente por satisfacer una intrigante curiosidad acerca de cómo concluiría aquello. Entre tanto, el vendedor de kebabs dormitaba a un lado, con unos ronquidos tan sonoros como si a los integrantes de la filarmónica de Berlín les hubieran sustituido por desafinados elefantes. En cuanto al joyero, en principio permanecía imperturbable, cual estatua romana. Tanto que, según la posición en la que se colocaba dentro de su pequeño reducto, a nuestro oficinista le parecía que estaba lúcidamente despierto, dormido con los ojos abiertos, o se hallaba tan sumido en los brazos de Morfeo como el vendedor de kebabs. Sin embargo, la quietud de su negocio quedó totalmente abolida ante el sonido de un teléfono móvil (una vieja antigualla, comprobó nuestro hombre: sólo le hubiera resultado más anacrónico –o más en consonancia con la tienda– un auricular decimonónico), el cual resonó estruendoso hasta que el joyero, de manera torpe, lo agarró y consiguió accionar un par de botones que, presuntamente, lo pusieron en comunicación con el otro lado. Comenzó entonces lo que sin duda se trataba de un animado diálogo, aunque a nuestro (testigo silencioso)-barra-(cotilla)-barra-(hombre agazapado fingiendo que no está escuchando) no le llegaba nada, porque el joyero, fiel a la imagen de templanza que transmitía, hablaba en un volumen demasiado bajo para que desde esa distancia pudiera escucharle. Sin embargo, sí que se observaban, por parte del experto en piedras preciosas, vívidos ademanes que dieron lugar, más adelante, a palabras serenas, muchos asentimientos, y gestos cargados de sobreentendidos, algo muy extraño dado que la persona al otro lado del teléfono no le veía, pero el oficinista estaba seguro de que (de alguna manera) cada movimiento se estaba transmitiendo con fidelidad a través de las ondas. Después, el joyero colgó y lenta, parsimoniosamente, salió de su quiosco particular. Entonces, como si hubiera de declarar algo al resto del mundo, y el único que tuviera a mano fuera el oficinista, anunció, parco y tranquilo:

            –Me voy.

            El aludido se sintió tan desconcertado que se vio impelido a levantarse y acercarse hacia su interlocutor.

            –¿Cómo que se va?

            El hombre asintió, aunque se apreciaba que no necesitaba ninguna clase de refuerzo, ni externo ni interno, para su decisión:

            –Mi mujer está asustada. Por los rayos. No lo dice, pero yo se lo noto. No hemos dormido separados en… bueno, no sé, tantos años que ni me acuerdo. No me va a reprochar que me quede aquí… Aunque sé que lo va a pasar mal si ve que no llego a casa.

            El oficinista casi temblaba. Le entraban ganas de decirle: <<oiga, no puede dejarme usted solo aquí, con todo lo que hemos pasado juntos>>, aunque él mismo se daba cuenta de lo absurdo que sonaba.

            –¿No teme que le roben la tienda? Si se ha quedado este tiempo, es porque no está seguro del todo. Ya que ha invertido una buena cantidad de horas, ¿no le merecían la pena unas pocas más, al menos hasta el amanecer, sólo por estar seguro?

            El joyero indicó con la cabeza que, desde luego, entendía, pero que (desde luego también) el veredicto era inapelable:

            –Si me roban, me habrán hecho un roto. Tengo seguro, claro, aunque esas cosas las acabas pagando, de una manera u otra. No obstante, sólo es dinero: se puede recuperar. En cambio, hay momentos en un matrimonio en que tienes que estar ahí, sí o sí.

            Le miró, solicitándole comprensión:

            –Ella me necesita. Si no voy, sin duda podrá perdonármelo. Pero yo no. Ahora mismo no quiero estar en ningún otro lado que no sea allá.

            En ese momento, el oficinista, invadido por un súbito impulso, decidió dar un paso hacia adelante. Literal. Pero, asimismo, metafórico:

            –Yo me quedaré vigilando. Le echaré un ojo… también a la tienda. Puede irse tranquilo.

            –No se preocupe, no hace falta…

            –No, no, insisto; total, ya me iba a quedar aquí de todas maneras, los dos sitios están cerca, no me cuesta demasiado…

            Se notaba que el anciano no tenía ganas de discutir; en cambio, estaba deseando marcharse con su mujer, abrazarla y meterse juntos bajo las sábanas para esconderse de la tormenta.

            De hecho, mientras se marchaba, nuestro hombre consideraba que él quizá podría encontrarse, de haberlo querido, en una situación muy similar…

            Mientras meditaba qué hacer con su vida, escuchó el ruido de unos pasos detrás y, al darse la vuelta, observó llegar tambaleándose y todavía medio abotargado al vendedor de kebabs. Llevaba a un lado una bolsa de plástico.

            –Va a ser difícil –esgrimió–. Si vuelve la luz a “todos sitios” a la vez, ¿cómo vas a estar en cajero y joyería? Es imposible…

            –¿Estabas escuchándonos?¡Pero si estabas dormido!

            –Dormir y a la vez escuchar: buen truco. Lo aprendí en Turquía. Creéis que este país es difícil: Turquía sí es difícil. No has respondido pregunta –de la bolsa sacó dos refrescos. Le ofreció uno de ellos–. No es kebab, ¿OK? Esto sí lo puedes aceptar.

            Los dos se sentaron al lado de la joyería. El cajero quedaba relativamente lejos. El hombre había dejado allí su equipaje, como si ya no le importara que se lo robasen. Se pusieron a beber al unísono, con tranquilidad, a sorbitos cortos.

            –No sé qué haré si vuelve la luz a la vez en todas partes –respondió finalmente el hombre–. A estas alturas, ni siquiera sé del todo que hago aquí. Pero el joyero estaba obrando de un modo… maravilloso. Pensé que era mi deber ayudarle.

            El vendedor se encogió de hombros:

            –¿Y qué?¿Cómo estás ahora?¿Qué tal sienta hacer algo diferente?

            El oficinista tomó otro trago de su bebida.

            –Sorprendentemente… bien.

            El vendedor levantó con prudencia la bolsa.

            –¿Un… kebab?

            Y a pesar del goteo infecto de grasa, de que llevaba un tiempo a la intemperie, de que la bolsa rezumaba líquido por cada uno de sus poros (si es que las bolsas de plástico tienen poros), el oficinista alargó la mano.

            –Venga, ¿por qué no?

            Comieron al unísono, manchándose por completo las manos, gastando decenas de servilletas. Perdieron muchas veces la visión del cajero y, aun así, al oficinista se le antojó una vista hermosa.

            El vendedor de kebabs se ausentó poco tiempo después; el sueño le seguía venciendo, y prefería amodorrarse pegado a su carrito. Se acercaba el amanecer, pero se resistía, como si el sol se cubriera con las sábanas de la noche y remoloneara un rato su salida. Mientras tanto, algunas parejas habían salido a pasear, cogidas de la mano (era difícil saber si venían de la fiesta o se habían despertado bien temprano), en la soledad de las calles vacías y, para variar, exiguas en luces. En el cielo, de hecho, se divisaba perfectamente, alineada con la larga calle, la estela de la Vía Láctea, y unas estrellas que titilaban más vívidas que nunca.

            Entonces llegó ella. Esta vez, era una anciana. El arquetipo perfecto de bruja, aunque sin sombrero: pelo ensortijado y cano, nariz larga, un par de verrugas en la cara, y un vestido negro de pies a cabeza. Pensándolo bien, igual era una bruja que, sencillamente, una señora mayor con atuendo de luto. Como ella misma le había dicho antes con otras palabras, todo era culpa de las malditas atribuciones que el subconsciente realiza de manera inmediata sin detenerse a plantear alternativas.

            –Veo que la noche está acabando de un modo muy distinto al que empezó –subrayó ella mientras se sentaba a su lado. Él agradeció que no hubiera partido de un: “¿ahora, ya estás preparado para hablar?”.

            Porque, en el fondo, él no necesitaba que le dijeran ninguna cosa para retomar la conversación:

            –No es culpa de ella… ni es culpa de nadie. No me quería marchar porque ella hubiera hecho nada malo. Ella es como es, tiene sus defectos, como todo el mundo, claro, pero como también los muestro yo… Es, es…

            Le costó arrancarse, como si la palabra estuviera atada, ensartándole con sus agudos filos la garganta:

            –… es la nube negra –finalmente expulsó–. Acude de vez en cuando, te atrapa, te envuelve, y no te deja reaccionar. Te anula por completo. Te impide hacer nada, más que caer, y caer, y reducirte a la más mínima expresión, hasta volverte un guiñapo de ti mismo…

            –El perro negro, lo ha denominado alguno de los que la han sufrido –matizó la mujer–. Que te muerde y te oprime con cada uno de sus dientes.

            –No puedo estar con nadie en ese estado –prosiguió el oficinista–. No puedo arrastrar a alguien, que me vea convertido en… ese despojo humano en el que me transformo cuando esto ocurre. No es justo para ella. Ni para mí. Es mejor que me vaya, que me aísle de todos. Es culpa mía: he dejado llegar las cosas demasiado lejos.

            La bruja (hechicera, anciana, ser humano, amiga) se acercó a él:

            –¿Y no has pensado que es al contrario?¿Que merecía la pena tener a alguien cerca con quien poder contar? La mayoría de las personas suele quejarse de que no conocen a la pareja que tiene al lado, y que luego les decepciona cuando las cosas vienen mal dadas. Tú posees un test estupendo para probar que la gente está de verdad interesada en ti, a pesar de tus defectos, y ni siquiera lo aprovechas.

            –¿Quién va a aceptar a alguien así?¿Quién va a querer cargar con esa losa encima?
            –¿Has intentado contárselo? A veces la gente te sorprende…

            El oficinista bufó.

            –¿Eso de qué manual de autoayuda lo has sacado?

            La bruja se rio. Lo hizo de manera tan natural y sentida que no podías enfadarte con ella.

            –Míralo desde otro punto de vista –abordó la mujer–: te está aguantando ya de normal, a pesar de que no eres precisamente una perita en dulce. A lo mejor va a resultar que cree de verdad que hay algo valioso en ti, aunque ninguno de nosotros lo percibamos ni aun acercándonos a centímetros. No sé, a lo mejor le das algo que merece la pena, y por lo que estaría dispuesta a aguantar a las duras y a las maduras. A ver si va a ser verdad que en el fondo te quiere y todo.

            A pesar del sarcasmo con el que remarcaba cada una de las frases, nuestro oficinista no alteró el rictus para esbozar siquiera una sonrisa. Contemplaba encogido, en cambio, un punto fijo en el suelo:

            –No se trata sólo de ella. Todo esto (sí, por supuesto) va sobre mí. He sido tremendamente egoísta hasta para eso. Pero, a la vez, también intentaba despegarme lo más posible de mis propios problemas. Huir, ser otra persona. Aunque supongo que no puedes escapar de ti completamente, ¿verdad?

            Ella suspiró:

            –No soy la mejor para responderte. Llevo toda la noche yendo en dirección contraria a mí misma. En cada capítulo de esta larga vigilia he sido un poco distinta, y en cada fase de la vida la pifio de una manera diferente: unas por más, otras por menos, en ciertos casos por un problema diametralmente opuesto, y en alguna ocasión volviéndola a cagar, una vez más, al repetir el error original. A veces el fracaso pasa inadvertido, y otras ilumina el cielo en forma de desastre magnífico, una hecatombe espectacular. ¿Qué le vamos a hacer? Somos humanos. Y hasta las máquinas fallan, ¿no?–dijo señalando con la barbilla lo que asemejaba un derrotado, exangüe cajero–. No deberíamos exigirnos, a nosotros mismos, más que a esos viejos cacharros de hojalata.

            El oficinista volvió a contemplar al expendedor de billetes: casi de igual a igual, por primera vez en toda la noche.

            –O tal vez sí -expuso el hombre, como un suspiro-: si una máquina se equivoca, se obceca en su actitud de errar. Nosotros podemos aspirar a hacerlo mejor.

            En ese momento, comenzó a retornar el movimiento a aquella sección de la calle. No sólo porque unos cuantos volvieran ya de la zona de fiesta con las ropas tan maltrechas como si hubieran pasado por un lavadero de coches, pero sin coche (para muestra, un botón: observando los agujeros en las prendas de los recién llegados, el oficinista constató que la natalidad iba a aumentar en gran medida a lo largo del siguiente año); sino, sobre todo, por la insólita llegada de un colorido grupo: una banda de mariachis que cruzaban la calle a un ritmo muy vivo –casi diríase que bravo– mientras cargaban con sus guitarras con la misma actitud con la que un comando de francotiradores portarían sus armas semiautomáticas. Dicha formación musical avanzó con determinación hasta llegar a las proximidades de la zona donde se asentaba nuestra pequeña congregación de personajes, momento en que los componentes de la banda se detuvieron, justo enfrente del edificio anexo a la joyería. El que parecía el líder consultó entonces un papelito en el que tenía algo anotado, tratando de determinar si aquel era el punto final de su destino. Ante la duda, el segundo de a bordo de tan peculiar tripulación sin barco intervino, entablándose una discusión entre ambos dirigentes, los cuales llegaron a la conclusión de que el edificio al que debían encaminarse no era ése, sino el colindante, es decir, el de la silueta. Los que aún permanecían en el restaurante chino escrutaron con curiosidad a los recién llegados conforme se aposentaron y sacaron los instrumentos delante de ellos, mientras los pocos viandantes aguardaban con anhelo el siguiente episodio. Éste no se demoró demasiado. Los mariachis arramblaron con composiciones con un claro tinte mexicano, provocando un estallido de música y color en un lugar que hasta hace poco se erigía en una balsa de aceite sonora. Entonces, a la vez, empezaron a suceder muchas cosas. Lo primero de todo, apareció de ninguna parte un hombre, pero no uno cualquiera, sino uno que nuestro oficinista reconoció como el marido de esa mujer del edificio de la silueta, la cual llevaba esperando toda la noche a su esposo. El individuo se puso a pelear a gritos con el líder de los mariachis (por lo visto, preguntaba que a qué venía ese estruendo tan molesto, ahora que volvía a casa para disfrutar de un par de horas de sueño), señalando al edificio de la silueta, donde su mujer –quien debía de creer que andaban debatiendo sobre qué melodía concreta interpretar, pues estaba sin duda convencida de que era su marido quien los había contratado–, exhalando felicidad por los costados, daba palmas desde la ventana y se disponía a salir del piso. La contienda verbal que estaba teniendo lugar allí abajo no afectó en absoluto al registro musical de la banda, la cual siguió tocando, para regocijo de los comensales del restaurante chino y hasta del vendedor de kebabs, que se había desperezado y arrancó a bailar de manera espontánea una especie de pasodoble (el cual combinaba apropiación cultural con un atentado evidente al buen gusto) en colaboración con una encantada señora china, de edad indeterminada entre los ochenta y los trescientos años. Mientras tanto, en los pisos de arriba, los vecinos salían a las terrazas a mirar con asombro lo que ocurría en la calle: entre otros el pianista, y también su vecina, la chica de al lado, quien por fin se dejó ver a pesar de sus magulladuras. Entonces, ambos prácticamente se sincronizaron para hacer lo mismo: gritarles a los mariachis, lanzándolas una sátira de improperios, ordenándoles que les dejaran dormir, trabajar, o lo que quieran que estuvieran haciendo al filo de aquella larga e intempestiva noche. Lo más llamativo de todo fue que, entre el sonido estridente de los mariachis y de sus propias voces, ambos ocupantes de los apartamentos contiguos se giraron para darle las gracias al desconocido que estaba dándoles la razón y, cuando se miraron a los ojos, surgió algo: esa conexión que sólo se produce entre dos personas que vociferan hacia el mismo sitio.

            El oficinista se rio. Se rio mucho. Pensó que hacía bastante tiempo que no se lo pasaba tan bien. Miró a su lado. La hechicera había desaparecido. Empezó a llegar más gente, que se incorporó a la charanga, y se puso a bailar bajo el compás de los mariachis, mientras la mujer del edificio de la silueta interrumpía a su marido en mitad del acalorado debate con los mexicanos, discusión la cual, por suerte, en su emocionado arrebato, la esposa no escuchó en absoluto. Por ello, la mujer agarró a su marido y le envolvió en un beso de película; el cónyuge se resistió al inicio, sorprendido, pero luego aflojó los músculos, dejó que ambos cuerpos se fundieran en un cálido abrazo y se olvidaran, los dos en sintonía, de cualquier discordia. La mujer tomó a su marido del brazo y se lo llevó en dirección al edificio, justo en el momento en que aparecía en la calle el joven que, aquella misma mañana, había contratado a los mexicanos, y que ahora les señalaba enérgicamente el edificio de al lado, recalcando la existencia de una confusión a la cual el resto de los mariachis daban la impresión de hacer caso omiso. Mientras tanto, el hombre del piso alto del edificio de la silueta avanzaba en dirección a casa con su mujer y, observando de reojo aquella nueva bronca en el lado de los mexicanos, agradecía su buena suerte, dejaba de prestar atención a la calle e, incluso, arrojaba a una papelera cercana su maletín del trabajo, con pinta de no tener la más mínima intención de ocuparse de su contenido nunca más. La calle volvió a llenarse de color y de sonido mientras nuestro protagonista, conmovido por todos estos acontecimientos, se levantaba y encendía el móvil para llamar a alguien. Conforme tecleaba los números, observó de reojo cómo, en los pisos intermedios del edificio bajo el cual tocaban los mariachis, la ventana de la casa de la chica mostraba que allí no había nadie, al tiempo que las persianas de la vivienda del pianista se hallaban completamente bajadas. Para cuando se alejó del lugar, de espaldas al cajero, el oficinista ni siquiera estaba considerando si, en medio del maremágnum, la luz se había recuperado o no (la joyería, por lo visto, permanecía a salvo), o si el cajero, solitario y mudo, había vuelto a funcionar.       

FIN

lunes, 8 de enero de 2024

Una novela por fascículos. El cajero (7)

Empezamos a aproximarnos al cogollo de un asunto que dio sus primeros pasos en este capítulo y nos realizó las últimas revelaciones en éste. Ya no queda mucho para el final...

Hay una hora tonta en la madrugada en la que, como dice un viejo proverbio, sólo son felices los fantasmas. Si para ese momento no estás metido en una actividad interesante con la persona a quien realmente quieres (o roncando en tu cama, que es otra forma de decir casi lo mismo), es que andas muy perdido en la vida. Por eso, conforme se desplazaron las manecillas del reloj, las calles se fueron vaciando cual afluentes desembocando en ríos– hacia zonas más céntricas, y los personajes que caminaban por allí resultaban más desconcertantes y, en apariencia, se encontraban más fuera de sitio. Hay que decir que muchos de los disfraces andaban, a esas alturas, ya bastante marchitos como consecuencia del transcurso de la fiesta. Por otra parte, ciertos trajes, que en medio del conjunto pasaban desapercibidos, en aquellos momentos en que circulaba menos gente se apreciaban de manera más destacada, al menos en cuanto a su originalidad, genialidad o crudeza. Desde esa perspectiva, eran dignos de observar los atuendos con los que la gente cruzaba de vez en cuando por encima de la acera (calle arriba, calle abajo). Unos cuantos resultaban verdaderamente pintorescos. Apareció por allí un mago que iba seguido por un baúl. Eso hubiera resultado muy normal: lo extraordinario era que el que iba disfrazado era el baúl, y el bártulo que formaba parte de los accesorios de vestuario era el mago. También había un reloj andante, con los brazos y las piernas sobresaliendo a la altura de las múltiples manecillas, por el cual, sin embargo, no daban la impresión de pasar las horas; quizá llevaba por allí circulando cinco minutos, o puede que cinco mil años. Oculto a simple vista, sin embargo, se exponía el más disimulado camuflaje: un chico trans iba disfrazado de chica que, en la superficie (con una barba tan realista que daba el pego), se hacía pasar por chico. Para su sorpresa, nunca se había sentido más natural, y jamás había percibido que le trataba de manera menos extraña la gente a su alrededor. Ni siquiera el año pasado, cuando había puesto pañuelos entre sus senos y el sujetador y había fingido que no iba de nada. O que, en cambio (respondía cuando le preguntaban, mostrando su bolso y el carmín rojo sobre sus labios), iba “disfrazado de chica”. La gente se reía cada vez que lo decía; pero él era absolutamente sincero. Vaya fiesta, el carnaval.

Sí, había de todo: buenas gentes que simulaban ser villanos, y villanos que trataban de hacer creer que, el resto del año, no lo eran. Sin embargo, los ropajes que la mayor parte llevaba puestos clamaban a voz en grito: “gente que finge pasar casualmente por allí”. Casi en su totalidad se trataba de individuos que se había desviado de su ruta al escuchar que por allí repartían comida en oferta, y cuyo objetivo era recogerla, pero como si no supieran nada acerca de esa circunstancia, recibiendo las viandas cual regalos inesperados caídos del cielo. Quizá por ello, en aquel cruce, había más densidad de puntitos humanos que en el resto de las calles aledañas. En ese sentido, el restaurante chino debería haber cerrado hace tiempo, pero, arrastrado por el mismo espíritu que le llevaba a no desaprovechar los alimentos que se estaban estropeando a marchas forzadas dentro de sus frigoríficos, empezó a repartir comida a domicilio a la gente que no podía cocinar a causa del apagón, y después a todo el que pasara por allí, casi a precios irrisorios, a semejanza de nuestro hombre de los kebabs, quien seguía haciendo su particular agosto. Entre tanto, en los pisos superiores, unas persianas continuaban bajadas mientras, en la vivienda contigua, el pianista (quien por fin había encontrado algo con lo que iluminarse) emborronaba partituras al tiempo que echaba una ojeada ocasional en dirección a la pared adyacente, como evocando posibilidades perdidas… Arriba, la mujer cuyo marido quién sabía dónde andaba se había desvelado, y contemplaba de vez en cuando el implacable mundo exterior, intentando desnudar la oscuridad, quizá con el objetivo de discernirle un cuarto de segundo antes. “Desde luego”, caviló nuestro hombre, “el esposo debe de estar de verdad trabajando porque, si estuviera pasando el tiempo con una amante, no utilizaría estas horas tan sospechosas para zascandilear por ahí”. Justo después de pensar esto, le invadió un casi incapacitante bostezo. Le echó un furtivo vistazo al cajero, tan impávido e inexpresivo como siempre. Volvió la mirada hacia las aceras opuestas, para observar si sus compañeros seguían al pie del cañón. El joyero se mantenía en su puesto, pero se adormecía con cierta periodicidad: agachaba muy lentamente la cabeza y, sólo cuando estaba a punto de caerse, alzaba el vuelo cual búho real, para recuperar su efigie de soldado en mitad de una guardia. Entre tanto, el dueño del kebab se mantenía de pie, aunque en ocasiones, cuando no se acercaba nadie a su negocio, la cabeza también amenazaba con desplomársele.

            –¿Qué?–preguntó el oficinista al comerciante turco, con la confianza que se adquiere tras compartir durante un rato tan largo un destino común–. ¡Ya no pueden quedar más kebabs!

            El otro se rio con una carcajada estruendosa, tan natural y tan poderosa como una cascada.

            –Quedan, quedan… No muchos, pero alguno…

            –¿Y no sería mejor cerrar?¿O a ti también te pasa como al joyero, que no te fías de la tecnología?

            El hombre agitó la cabeza.    

            –No; yo no fiarme de tecnología; pero cierre de negocio, manual. De todos modos, voy a quedar aquí. Este ambiente me gusta, el follón… Tengo ganas de ver cómo acaba.

            –¿No te molesta… el caos?–terminó la frase, dubitativo, el cuadriculado oficinista. El otro negó enfáticamente.

            –Un poco de desorden anima la vida. Si no, ¿dónde estaría la gracia?

            El interpelado alzó la ceja. Visto así…

            –Por cierto, voy adentro –dijo señalando al local anexo donde almacenaba bebida, comida y otras cosas que no le cabían en el carrito–. ¿Quieres algo?preguntó el turco–. ¿Refresco para beber?

            –Ah, pues sí… Muchas gracias… Un poco de agua, si puede ser…

            –¿De montaña o del ayuntamiento?

            –¿De… qué…?

            El dueño del puesto de kebabs hizo un gesto desdeñoso con la mano, porque ya se dirigía hacia el interior del edificio.

            –Da igual, traigo yo lo que sea…

            El oficinista volvió a quedarse solo. Entonces, al otro lado, hubo una figura que le llamó la atención. El caso es que le sonaba. Sin embargo, no sabía identificarla de todo. Era mujer, era joven, era alta, llevaba unas gafas enormes… Se parecía sospechosamente a… Pero no. Era imposible. Aquella niña que había visto un rato antes tenía como máximo diez años menos, e iba vestida de bruja… Claro que esta chica también iba disfrazada de hechicera… bueno, a su manera. Sus ropajes podrían pasar por las de una esposa Amish, una arpía de la Edad Oscura… o esa tribu urbana que estaba tan de moda unos cuantos años atrás, ¿cómo se llamaban: siniestros, góticos? Pero (se preguntó nuestro hombre) ¿aún seguían existiendo? En todo caso, aquello no explicaba la transformación. Tampoco en la actitud. Las gafas le daban un aire de intelectual. Los abalorios en las muñecas, en la otra visión infantiles, en este momento denotaban un propósito más profundo. Y ahora, en lugar de una escoba, portaba bajo el brazo una caja con uno de esos artefactos mecánicos que se pasean por toda la casa, se supone que limpiando, pero en realidad persiguiéndote, chocándose con las paredes y generando imágenes escandalosas como consecuencia de su interacción con gatos. Además, le parecía que, esta vez, la chica era más morena. ¿Tenía un aire latino, tal vez?¿Era posible que seseara y le hablara de usted? Porque en sus oídos no lo parecía.

            –Tú… tú…–balbuceó conforme la chica se le acercaba, con las mismas dosis de serenidad y aparente indiferencia–. Tú antes eras…

            –¿Cómo?–replicó ella, tan vivaz como afilada–. ¿Más joven?¿Una niña?¿Tú crees que yo era así? O, más bien al contrario, ¿me querías ver así? De hecho, ¿quién te dice que no me estás imaginando ahora de esta manera, y que es “esta versión” la que no es de verdad?

            El hombre empezó a sentirse un poco mareado.

            –Yo… No me líes… Lo que yo quería decir…

            –Ah, ¿con que te estoy liando? Ahora resulta que la culpa es mía si no ves las cosas tal como son. Qué oportuno todo. Odio la gente que simplifica los hechos mediante estereotipos.

            El oficinista plantó una expresión de disgusto.

            –Oye, que yo no me he metido contigo.

            –¿Ah, no?¿Cómo me has llamado antes…? Oh, sí: rarita. ¿Tú te crees que se le puede soltar eso a alguien? A una niña, además. Claro, y como me ves rarita, me tienes que imaginar con la pinta que habrían de tener las raritas, o más bien lo que al señor le parece “anormal”, como si él fuera la cosa más estable y equilibrada del mundo. Y por eso me has puesto con esta ropa: que no es que tenga nada en contra, desde luego, porque podría ser mucho peor… No, no, no sigas por ahí, cesa inmediatamente de pensar eso –le apuntó con el dedo–, porque como vayas por ese camino vamos a tener serios problemas tú y yo.

            Antes de que pudiera darse cuenta, la chica se había sentado en la acera, a unos pocos centímetros de él. La forma que tuvo de callarse de golpe le incitó (le obligó más bien) a agacharse junto a ella y reproducir la misma postura.

            –A ver, hablemos claro –enunció la chica, rompiendo la paz del lugar como una bola de demolición en medio de un concierto de ópera–. ¿Qué demonios haces aquí?

            El hombre, que ya llevaba allí unas cuantas horas, se descolocó:

            –¿Qué hago en…?

            –Aquí, en este momento, en este lugar. A otras preguntas llegaremos más adelante.

            –Pues –cerró los párpados, cansado, el hombre– el cajero se ha tragado mi tarjeta…

            La chica bufó con toda la contundencia que le fue posible. Tanto, que el oficinista creyó sentir que unas gotas de saliva le caían en la mano.

            –¡A otro perro con ese hueso! Uno no se queda toda la noche aguardando por una tarjeta que está protegida, o que puede desautorizar en cualquier momento con una llamada telefónica al banco. Todos esos “por si acaso” suenan muy bien para justificarse, pero, a la hora de la verdad, tú y yo sabemos que no estás aquí por eso. De hecho, ¿cuánto dinero tienes ahí? Si te quisieras largar para siempre, te importaría muy poco esa cantidad.

            El hombre iba a decir algo, pero, justo en el momento en que su boca había alcanzado el máximo ángulo de apertura, sonó un pitidito procedente del teléfono. La chica le miró casi de refilón desde el otro lado de los enormes cristales de sus gafas.

            –¿No vas a contestar?

            El oficinista se había llevado el móvil a la mano. Negó taciturno con la cabeza.

            –No. Creo que no.

            La muchacha inclinó la cara en su dirección.

            –¿Qué es lo que ha podido hacerte esa chica que ha sido tan grave?

            Nuevo movimiento de cabeza.

            –No lo entenderías.

            –¿Lo entiende ella?¿Se lo has explicado acaso?

            Ahora tocaba encogimiento de hombros.

            –Ni siquiera me dejaría meter baza.

            –¿Ah, sí?¿Pero lo has intentado? Y digo de verdad. No que te has encogido a la más mínima oportunidad sólo porque a ella le gusta llenar los silencios. A lo mejor lo hace precisamente porque tú eres el que no paras de crearlos.

            Conforme lo decía, alzó el mentón hacia arriba, señalando a la casa oculta bajo las persianas:

            –Es como lo de esa chica. Tu prometida pensaba que era una prostituta; tú también lo has acabado creyendo. Pero ¿tenéis ambos alguna prueba?¿Habéis valorado en otra posible interpretación que explique lo que habéis visto?¿O habéis ido adecuando lo que ibais observando a vuestro relato? Pues a lo mejor tú has hecho lo mismo con la persona con la que te vas a casar. ¿Te lo has planteado en algún momento?

            Esta vez no exteriorizó una negativa a través de su cuerpo, pero el hombre que, aquella noche, pretendía dejarlo todo atrás, realizó enérgicos aspavientos con su mente: <<¡No, no, no le hagas caso!¡Es mentira!>>.

            –¿Crees que de verdad tiene lógica esa manera de obrar?–continuó ella–. ¿Desaparecer así, sin más, sin dejar aclaración alguna?¿Creerás que habrás ganado algo con eso?¿En realidad, habrá ganado alguien nada?

            Lo cierto es que los músculos del –ahora, ya abiertamente– interrogado se encontraban cada vez más tensos. Le estaban entrando unas ganas tremendas de huir. Sin embargo, para terminar de descuadrarle, fue ella la que se levantó:

            –Volveré cuando tengas ganas de dialogar sobre el tema. Cuídate mientras tanto.

            La chica, en efecto, se alejó entonces, dejando a nuestro hombre más perplejo todavía que al inicio de la conversación.

            De todos modos, mientras el oficinista hablaba, la calle se había vuelto a animar. Se veía que grupúsculos procedentes del entorno de la fiesta principal se habían desplazado hasta allí, quizá atraídos por la comida o, simplemente, porque no tenían nada mejor que hacer y, conforme se desplazaban a lo largo de la ciudad, se les iba añadiendo más gente. Algunos iban disfrazados y otros, en cambio, dejándose llevar por el jolgorio, la emoción, y el influjo creciente del alcohol, se habían quedado desnudos de cintura para arriba, o en más o menos estructurados trajes de baño. Empezaron los bailes, los juegos y las coreografías. De improviso, el movimiento había vuelto a la calle, de manera alocada y caótica, como un mar embravecido. De hecho, la multitud se había puesto a jugar con una pelota gigante de plástico (que, por otra parte, nadie sabía exactamente de quién era, ni de dónde había salido) la cual, con sus vivos colores, salía rebotada de un lado a otro, arrastrando detrás a una muchedumbre que se movía en una trayectoria similar al movimiento ondulatorio de las olas. En cuanto la bola se alzaba en el aire, la calle contenía la respiración, para, en cambio, prorrumpir en gritos de júbilo cada vez que la enorme esfera caía, y alguno de los participantes de este improvisado juego impulsaba de nuevo el esférico hacia arriba.

            Sin embargo, a pesar de la jarana, de la alegría contagiosa que lo invadía todo, una inquietud creciente comenzó a extenderse entre los jugadores de esta actividad, que no tenía mayor propósito que el de pasárselo bien; y aquella sensación de intranquilidad nació conforme algunos se notaron más ligeros, se palparon en sus bolsillos, y se dieron cuenta de que habían desaparecido (quizá, porque alguien se los había sustraído) sus móviles o sus carteras. Los participantes del multitudinario evento se observaron cautos entre sí, dudosos de interrumpir un entretenimiento tan simpático e imaginativo, prudentes antes de dar la voz de alarma, hasta el instante en que uno de ellos avistó, con el rabillo del ojo, unos dedos ágiles moviéndose entre la multitud, enroscándose alrededor de un objeto valioso. En ese momento, su voz gritó:

            –¡Al ladrón, al ladrón!

            Todas las miradas se vuelven, entonces, al unísono, en dirección hacia donde ha señalado la acusación; el hombre al que apuntan todas las miradas observa, de repente, cómo su mano está situada en una posición tan inequívoca que, por mucho que le gustaría decir: “No es lo que parece”, al final lo único que puede argüir, más para sus adentros que de cara al exterior, es: “Ups”.

¡Es el de la bicicleta!¡A por él!

            El aludido, rodeado de dedos admonitorios, y de un entorno que se aprecia hostil por momentos, decide inmediatamente no defenderse de las acusaciones que se le imputan y, en cambio, salir rodando. Aunque, probablemente, huir era lo más sabio que podía hacer, ya que de sus propios bolsillos comenzaron a caer una nube de monedas y collares que, lejos de eliminar las sospechas de latrocinio, las fundamentaron bastante. Ante la muchedumbre enfervorecida, que había abandonado el juego de la pelota para afrontar una nueva misión (la siempre más popular formación de una turba), el criminal trató de escapar, pedaleando a toda velocidad sobre su bicicleta; sin embargo, ante tal masa de cuerpos estorbándole, el ladrón consideró más adecuado –como única salida frente a la barahúnda que le acosaba–, dejar el vehículo apartado a un lado, y huir en cambio por una estrecha callejuela por la que pocos se atrevieron a aventurarse. Primero, porque ahora los perseguidores se estorbaban entre sí y, frente a este camino tan angosto, más brazos y piernas no constituían una ventaja, sino una rémora. Además, algunos, al divisar el botín que había quedado desparramado –como un reguero–, a lo largo del camino de huida del criminal, se habían olvidado de todo lo demás, y dedicado a recoger las riquezas desperdigadas por el suelo, obstaculizando cualquier acción coordinada por parte del gentío. Entre eso, el hecho de que la organización de la marea humana se había disgregado, y la imposibilidad de reanudar el juego, ya que la pelota de enormes proporciones hacía mucho tiempo que había desaparecido (avanzando río arriba por encima de la corriente de jugadores), estaba claro, para los que aún se hallaban por aquella zona de la calle, que los incentivos para permanecer allá se habían volatilizado. Por eso, poco a poco, y tras unos primeros instantes para establecer prioridades, calcular puntos cardinales y marcar coordenadas de destino, muchos de los allí presentes decidieron imitar a las cigüeñas en invierno, y se dispusieron a viajar a latitudes donde pudieran continuar la diversión. En consecuencia, el entorno volvió a vaciarse poco a poco, retornando una vez más a un ambiente relajado y tranquilo, surgiendo sólo de vez en cuando algún personaje aislado que, seguramente, había acabado ahí despistado, y estaba deseando salir de aquel páramo a la máxima velocidad.

            La bicicleta, pues, en la que había estado montado el ladrón, reposa abandonada, junto con una miríada de objetos que han resultado esparcidos ante la huida de la multitud; enseres que, si un arqueólogo los estudiase, dirían mucho acerca de la civilización que los había dejado atrás. Pero, como decimos, ahora mismo sólo nos interesa la bicicleta, que ha quedado caída y solitaria, iluminada de manera aislada por la pálida luz de la luna. En ese momento, un nuevo personaje entra en escena. O, mejor dicho, un personaje anterior, al que el resto habíamos perdido de vista por algún tiempo. Se trata del mendigo que apareció unas cuantas escenas antes y le tomó el pelo a nuestro oficinista, y que ahora ha regresado, entre tumbo y tumbo, de nuevo a la escena del crimen. Se desplaza tambaleándose, con una botella de vino vacía en la mano, que arroja a un lado en cuanto vislumbra la bicicleta. En el momento en que se acerca a la misma, intenta subirse a ella, pero sus movimientos bamboleantes le dificultan la acción: apoya un pie en un pedal, deja caer este último, se desequilibra encima del vehículo, mantiene de forma precaria la posición y, finalmente, avanza a trancas y a barrancas (más a unas que a otras, porque siempre se desplaza hacia un lado, lo cual provoca que sus primeras trayectorias sean circulares). Al principio la gente lo contempla con indiferencia, más adelante con atención. En el momento en que empieza a aproximarse a nuestro oficinista, éste se pone nervioso, porque se da cuenta de que está cogiendo mucha velocidad, y más todavía conforme avanza hacia él. De hecho, se levanta con premura al percatarse de que, aun dando bandazos a izquierda y derecha, la trayectoria del mendigo sobre ruedas pasa peligrosamente por su sitio… Pero entonces, el vagabundo parece retomar de pronto el control del aparato, y no sólo eso, sino que se pone a hacer malabarismos con el vehículo, apoyándose sobre la rueda delantera, y dando saltos como el mejor equilibrista del lugar. Se pasa un buen rato en una auténtica exhibición circense, digna de los mejores espectáculos de variedades, hasta realizar un ligero pero bien calculado derrape a un lado, para continuación desmontar y sentarse, de un elegante salto, justo al lado de nuestro hombre:

            –¿Cómo ha hecho usted eso?–preguntó el oficinista, atónito ante tal demostración.

            El mendigo agitó la mano hacia un lado, como restándole importancia al suceso:

            –Oh, era campeón del mundo en mi especialidad hace tiempo.

            Se agolpaban tantas preguntas en la boca de nuestro individuo (las cuales, además, tenía dificultad para formular de una manera que no sonara descortés o insultante) que le costó un rato expresarse:

            –Pero, entonces… ¿cómo ha acabado usted aquí… así… ahora…?

            El mendigo no parecía entender (la prosodia del oficinista, desde luego, no ayudaba), hasta que, al bajar la vista para observar sus propias ropas, captó la intención final de su interlocutor, y el sentido de su pregunta. Como toda respuesta, encogiéndose de hombros, con la misma falta de relevancia con la que había tratado el fenómeno de haberse erigido en el pasado como un deportista de talla internacional, sencillamente manifestó:

            –Ah, eso. Fue la nube negra.

            Luego volvió la vista hacia el vendedor de kebabs y le espetó a nuestro hombre:

            –¿Oiga, me presta algo de dinero? Con tanto ejercicio me ha entrado hambre.

            El oficinista, atribulado y perplejo, sin dejar de mirarle, le pasó unos cuantos billetes, pero lo hizo como si estuviera en otro mundo. El vagabundo se alejó. Sólo entonces, muy poco a poco, se le acercó a nuestro protagonista una persona por detrás. Se trataba de la misma bruja que antes; sin embargo, ahora ya no era joven, y su piel era todavía más oscura, de un tono africano. De hecho, presentaba una edad madura y un aspecto cansado, junto a la escoba que, esta vez, era del tipo que usan las barrenderas. En realidad, más que un traje de hechicera, su apariencia era la de una empleada municipal. ¿Lo había sido todo ese rato? En cualquier caso, se la mujer se aproximó con aire comprensivo hacia él.

            –Te has quedado muy pálido. ¿Hay algo que te preocupa?

            El oficinista calló. En efecto, hasta él mismo sentía la lividez que mantenía en el rostro, y que se reflejaba en una intensa sequedad de boca. Las palabras que había dicho el mendigo parecían haberle golpeado como una onda sónica en la cabeza.

            –Sí… No… No sé decir… Es… complicado. Resulta difícil de explicar.

            Ambos se quedaron callados, un cierto rato. Ella simplemente permaneció allí, como ofreciendo sostén si fuera necesario, alguien a quien acudir a modo de primer recurso. Pero visto que nuestro hombre no reaccionaba en ese sentido, la mujer se marchó con igual sigilo y discreción. Una vez más, al oficinista, que esta vez permaneció sentado, cubriéndose las piernas con sus propios brazos, como si tuviera frío, le dejaron solo.

CONTINUARÁ...

viernes, 1 de diciembre de 2023

Una novela por fascículos. El cajero (6)

Retomamos la historia que empezamos aquí y cuya última entrega fue ésta. De hecho, volvemos a hallar al protagonista donde le dejamos, en el momento en que el caos se adueña de la ciudad.

III

 

            El oficinista se dio la vuelta, y encontró al Arca de Noé desparramándose por encima de las olas en mitad del diluvio.

            Toda la ciudad se había convertido en un caos. Sobre las calles se extendía una larga hilera de coches que habían chocado entre sí, generando un maremágnum de faros rotos, carrocerías abolladas, y humos procedentes de motores colisionados que emergían desconcertados a la superficie. Y una vez más, como hacía un rato, cuando se apagó de golpe la luz (aunque en esta ocasión por motivos distintos), un vocerío de cláxones tronando al mismo tiempo, entrelazándose los unos con los otros, instando a los demás coches a desplazarse, aunque cada auto podría responder que para ello primero tendría que moverse el de delante. Pero no era la cuestión del tráfico, o de las luces apagadas, o de la música de carnaval que aún resonaba de fondo, la que más conmovió a nuestro hombre. Lo que más le llamó la atención fue constatar –cosa de la que por supuesto se había dado cuenta, pero a la que hasta entonces no le había concedido mayor importancia– que en esa calle, además de máquinas destruidas y farolas apagadas, había gente... Seres humanos en los que, por primera vez en mucho tiempo, se fijó con detenimiento, y tuvo la oportunidad de contemplar su reacción...

            La primera respuesta, en contraste con el bullicio del instante anterior, fue la parálisis. Era como, si en mitad de una composición musical, una nota hubiera sido entonada a destiempo y, por tanto, el resto de los miembros de la orquesta se hubieran detenido para descubrir dónde estaba el fallo. Desconocidos que, de común, nunca habrían posado la mirada sobre sus vecinos, ahora se escrutaban entre ellos, en la oscuridad de la nueva noche, sorprendiéndose de que en los cristales de las gafas de los otros no se reflejara ninguna luz. Es curioso, pensó nuestro hombre, cómo el ser humano nació entre tinieblas, y en cambio, lo desprotegido que se encuentra ahora cada vez que no localiza en su entorno bombillas. Tras esa estupefacción inicial, se produjo una primera fase de movimiento; pero no hacia ninguna parte, sino anárquico, contradictorio, como un autómata que hubiera perdido las órdenes que tenía asignadas en su cerebro positrónico, y no hiciera sino agitar los brazos de forma mecánica e imprecisa. Más adelante, y como tercer paso, lo que ocurre cuando la perplejidad se aúna con la incomprensión: todo el mundo se plantea la misma pregunta. Y ésta es (ni más ni menos) qué hacemos ahora. Era como si la muchedumbre presente –al igual que en aquella novela de H.G. Wells en la que arriban a la Tierra los marcianos– hubiera perdido al unísono los sombreros que portaban sobre sus respectivas cabezas, y éstos hubieran quedado distribuidos de manera errática por las calles. Los interrogantes mentales se hicieron tan sólidos que fue como si se pronunciaran: dónde estamos, de dónde venimos, dónde podemos encontrar comida. Daba la sensación de que, junto con el apagón, se hubiera presionado un botón, y a partir de ese momento la gente no recordara el rumbo ni el propósito de sus acciones. Sólo más tardíamente comenzaron a actuar. Y la reacción, una vez más, no fue desplazarse de manera decidida, sino inquirirse entre sí. Qué habrá pasado, se preguntaban los transeúntes. Algún habitante de este país donde aconteció el suceso (que, como otros muchos estados, también tiene en cada esquina tres tertulianos profesionales que se ven con derecho a opinar sobre todo) comenzó a echarle la culpa al gobierno; unos, más atrevidos todavía, se pusieron a detallar punto por punto los protocolos y procedimientos que debían seguirse a continuación, aunque en realidad sólo estuvieran especulando. En un momento determinado, un par de los primigenios organizadores de este nuevo mundo después del diluvio comenzaron a batirse a puñetazos por discrepancias en el trayecto que debía seguir cada pareja de animales de camino al arca: dicen que por una divergencia similar se crearon las fronteras y que, debido a una fruslería de ese tipo, algún funcionario imbécil dibujó unas montañas a lo largo de una marca delimitante entre dos países.

            No obstante, tras aquellas primeras reflexiones, nuestro hombre desvió la atención de esos asuntos para volver bruscamente al suyo, y en este momento es cuando en la narración se introduce de golpe una dramática música de violines: la tarjeta de crédito se había quedado dentro. Y eso significaba (para alguien que, en general, aprecia tanto que los acontecimientos circulen por los cauces previstos) casi un colapso nervioso.

            La tarjeta se había quedado dentro. Allí se concentraban todavía una buena parte de sus ahorros. No era que le resultaran imprescindibles para seguir adelante: pero eran una pasta, hablando alto y claro, cosa que nuestro hombre no solía hacer, ya que, incluso para sus adentros, conservaba los eufemismos en el lenguaje. La cuestión (retomando una vez más el problema) era que las circunstancias no eran como para despreocuparse a lo tonto de la tarjeta. Y ahí entraba el dilema fundamental: ¿podía nuestro amigo confiar en los bancos? En eso se resumía la encrucijada, y por tanto la entera situación.

            Porque por un lado, se supone que hay mecanismos de seguridad: protocolos, comprobaciones, sistemas que previenen este tipo de eventualidades –como que las tarjetas, después de recuperarse la electricidad, no puedan ser utilizadas por nadie que no tenga el número secreto–;  de no ser así, toda la civilización se vendría abajo, como en el cuento de Asimov, donde la estructura social desaparece después de un gigantesco apagón, aunque en este caso al apagón se le denomine eclipse, y el operario incompetente se llame Dios. Pero Dios no es el que está a cargo de las tarjetas de crédito, sino los bancos; por tanto, máquinas; por tanto, dependientes de los hombres y, por tanto, falibles. Por tanto, ¿podía nuestro individuo a la fuga marcharse sin más, dejando abandonada su tarjeta, y esperar con toda ingenuidad a que ésta no fuera empleada por nadie en el momento en que retornara la luz? Y en todo caso, ¿cuándo demonios iba el oficinista a volver, si tenía todavía las maletas en la mano, y su único propósito, nada más terminar la operación bancaria, era marcharse de la ciudad para siempre? En definitiva, ¿adónde iba a ir?

            Y como no tenía respuesta a esta disquisición, y porque no podía confiar en los dispositivos electrónicos, se quedó allí, esperando. Y al hacerlo, y al no tener otra cosa de la que ocuparse, se puso por primera vez en todo ese tiempo, en los numerosos días en que había acudido a aquella esquina a lo largo de las últimas semanas, a fijarse en la calle; en las personas que la moraban, como si fueran duendes, con sus pequeñas miserias. Todos esos detalles, que describimos tan vívidamente en los capítulos anteriores, y que, para nuestro hombre, habían pasado casi desapercibidos, considerándolos, si acaso, una parte más del paisaje. Esta vez, nuestro oficinista, sin embargo, pudo contemplarlos bajo un prisma distinto: en realidad, desde un punto de vista excepcional. Y se empezó a interesar por ellos como algo más que un motivo decorativo.

            Comencemos con el ruido de fondo, que lo daban los tremendos y –todavía– continuos bocinazos. Fijémonos ahora en esta calle de gran tamaño que pasa al largo del cajero donde está nuestro hombre, la cual recorre longitudinalmente una buena parte de esta ciudad. Pertenece, durante una amplia proporción de de este tramo, a un sector de población humilde, compuesta en su mayor parte de inmigrantes y gentes de bajos recursos: el barrio es aficionado a la fiesta, a la decoración extravagante, a la mezcla de razas y a la diversidad de culturas, a ancianos paseando sosegados junto a los escaparates, y a niños jugando animosos entre ambas aceras. A lo largo de su trayecto, esta avenida se halla salpicada de un alto número de pequeños comercios: bares, panaderías, tiendas de muebles, librerías, supermercados y abundantes locales de baratillo; una jugosa pastelería se abre un poco más allá, y un videoclub permanece abierto, resistiendo aún a la extinción. Si a la animación habitual a la calle le unimos, además, la fecha del carnaval, nos encontramos que había mucha gente a ambos lados de la calzada, multitud la cual ahora, pasado el primer instante inicial de confusión, se dispone a desplazarse de nuevo: algunos se alejan en dirección a sus casas; otros, en cambio, andan interesados por el fenómeno del apagón, y se ponen a departir con los desconocidos para contrastar la situación. En este tipo de ocasiones, la gente se desinhibe; se atreve a conversar con una persona a la que habitualmente ni saludaría. Se fraguan amistades breves, fugaces, y aun así duraderas, de ésas de las que luego uno se dice, <<Qué tipo más majo conocí aquella vez que me quedé parado en el ascensor, qué habrá sido de él>>. O como cuando en un comercio de informática, donde nos encontramos imprimiendo un trabajo de quinientos folios, tenemos que entrar en contacto mil veces con la encargada, y nos preguntamos, <<Esta chica jovencita, con gafas, la melena rizada, pelirroja quizás teñida, parece simpática>>, y en ese momento te planteas que los encargados de las tiendas también tienen una vida, y quizás un novio, y tal vez problemas, y gente que les disfruta o que les hace sufrir, y razones para llorar a la luz intermitente del televisor todas las noches… Nuestro hombre también se fijó en aquel peculiar edificio, el que hemos denominado “portal de la silueta”, el cual, hace un par de párrafos, destacamos en mayor proporción que a otros. Asimismo, también le llamaron la atención sus habitantes, a quienes hasta entonces, tan sólo en unos breves retazos, había contemplado de reojo desde abajo.

            Partamos de la planta inferior y vayamos hacia arriba: por un lado, el restaurante chino, en el cual los diligentes camareros, al menos de momento, seguían atendiendo las peticiones de los clientes a pesar de la oscuridad reinante, tanto en el interior como en las terrazas. A modo de solución pusieron unas velas –<<verás tú qué problema>>, aparentemente había pensado la que debía ser la bisabuela de todos ellos, una anciana con arrugas sobre las arrugas que bien podría haber sido la primera novia de Confucio–, y lo cierto es que, mediante aquel apaño improvisado, se podía fingir que los comensales (incluyendo los participantes de las insulsas cenas de negocios) estaban celebrando una velada romántica.

            Más arriba, a la derecha, el pianista. Claro, sin luces, ha intentado tocar en la oscuridad, pero cede en cuanto no le queda otro remedio que recurrir a las partituras. De todas maneras, no ceja en su empeño. Tiene pinta de estar buscando por la casa alguna clase de objeto que le aporte iluminación: una linterna, una vela. Se deja los ojos, se alumbra precariamente mediante la luz del móvil, ¡por fin!, encuentra la linterna, pero ahora se da cuenta de que no tiene pilas… Mientras tanto, en la habitación contigua, siguen con las persianas cerradas, pero esta vez se oyen fuertes gritos; pese a que nuestro oficinista se resista, la evidencia a favor de la teoría de su novia es cada vez más fuerte. Adentro, por lo que se intuye, se hallan discutiendo por razones de dinero. Casi puede oír los diálogos: la chica no quiere seguir con el trabajo pues teme que el otro trate de arrebatarle los beneficios logrados con el sudor de… bueno, de su cuerpo en general. Un poco más arriba, la mujer en bata y zapatillas, cuyo marido, a pesar del apagón, se marchó de casa hace un rato –seguramente por culpa de sus obligaciones laborales–, se halla cosiendo sola. De vez en cuando se asoma a la ventana para ver lo que acontece. “Quizá” (da la impresión de que suspira) “ese de abajo sea él”. Pero de su marido, de momento, no da señales de vida.

            Entre tanto, en la calle, se vuelven más fuertes los rumores. Conectados mediante móviles (parece que este recurso no ha dejado de funcionar), la gente –vestida de payaso, de vampiro, de guardia de tráfico– se informa (habladurías, contactos, un amigo de un amigo de un amigo, que por casualidad trabaja en la compañía telefónica). Dicen que el apagón es general; que afecta a toda la ciudad; que va para largo, para muy largo. Ante esa circunstancia, algunos adoptan determinaciones imprevistas. El primero en hacerlo es el orondo dueño del puesto de kebabs.

            –¡Kebabs a un dólar!¡Kebabs a un dólar! –o a un euro, o a diez pesos, o lo que sea equivalente en este caso. Con tal de no perder dinero, y que no se le pudra la carne en los congeladores (por lo visto, situados en un diminuto local cercano, el cual servía de soporte al carrito, y al que el dueño del puesto se aproximaba de vez en cuando) el práctico hombre de negocios pone en marcha la estrategia comercial más exitosa desde el acto de rimar versos. El astuto plan funciona y, con rapidez de vértigo, una multitud de transeúntes, atentos a la primera oportunidad que se les presenta de obtener casi-cualquier-cosa casi-gratis –cualquier cosa, corrige mentalmente el oficinista, contemplando los grasientos y amarillentos kebabs–, se lanza en tromba sobre la comida, que el comerciante vende ya por la calle, cargadas ambas manos, las cuales se esfuerzan con todos los dedos disponibles en intercambiar salsa y carne en dudoso estado de salubridad por dinero. Nuestro oficinista se queda parado, a pesar de la estampida. Para ser sinceros, le ha entrado hambre. No ha cenado todavía, pero la idea que menos entusiasma ahora mismo es entremezclarse con una miríada enajenada de gente, menos aún para comer un kebab.

            –¡Vamos!–le incitó el turco, quien le observaba por encima del enjambre que le cercaba, y se empeñaba en ofrecerle comida con el mismo ímpetu con que le animaba esa misma mañana. ¡Sólo un dólar, amigo!, ¿quién le va a vender una oportunidad así?

            La frase no es que estuviera formalmente muy bien enunciada –las oportunidades se conceden, no se venden–, pero el hombre lo achacó al desconocimiento que el dueño del negocio tenía aún del idioma… O tal vez no. En todo caso nuestro hombre prefería aguardar a que las cosas se tranquilizasen, y que la insaciable turba, una vez conseguido alimento barato, se volviera a dispersar en todas direcciones (allá afuera, de fondo, seguía resonando el ruido de la fiesta, pues el apagón ni mucho menos había detenido el carnaval, sino que lo había exacerbado) y por fin le dejaran solo. En efecto, no pasó mucho tiempo: la nube de transeúntes hambrientos ubicados en aquel momento en el cruce había hecho acopio de kebabs, y el gentío decidió que tenía cosas más interesantes que hacer en cualquier otro lado. La calle, pues, no quedó vacía, pero sí a un nivel normal para aquella hora de la noche, quizá con una afluencia similar a la que habría tenido un día de diario. En el ambiente, sin embargo, subsistía todavía la agitación propia de una plaga de langostas que ha arrasado con todo a su paso. Aquella situación a nuestro protagonista le afectaba, y le obligó por un momento a sentarse y descansar.

<<Vamos a ver>>, trató de respirar sin hiperventilarse el individuo de nuestra historia, mientras recopilaba la poca información de la que disponía: <<ésta es una situación excepcional; en las situaciones excepcionales, por definición, siempre hay bullicio y problemas. Es inconcebible esperar menos de eso. Al fin y al cabo, no podemos desear que todo el mundo se volatilice en mitad de la noche>>, sopesó el hombre delante del cajero. <<Aunque eso, en realidad>>, suspiró con una resignación tan melancólica como desesperanzada, <<me encantaría>>. Así que el oficinista se sentó en un escalón que daba a la entrada de la sucursal bancaria donde se hallaba localizado su cajero, y allí, sin otra ambición que aguardar a que se restableciera la ciudad del apagón y se encendieran las luces, simplemente esperó…

            El oficinista se fijó en los comercios que estaban abiertos a ambos lados de la calle donde se hallaba. Algunos de ellos directamente cerraban, si es que no se encontraban clausurados antes como consecuencia de la hora. Otros, en cambio, vivían la ocasión de sus vidas, ante el reciente curso de los acontecimientos: así pues, una tienda de aparatos eléctricos, la cual vendía linternas, bombillas, y cualquier cosa que funcionara con pilas, no tenía mayor motivo para hacer una caja excepcional en carnaval, salvo que, claro está, se produjera un fallo eléctrico generalizado. De hecho, una tienda de ese mismo tipo, con las persianas bajadas unos cuantos minutos antes, fue abierta ex profeso por su dueño, quien acudió especialmente para la ocasión. Un comercio de frutas y verduras, regentado por un par de indios, mientras tanto, seguía ejerciendo su labor de manera disciplinada, con la única dificultad de localizar la fruta en medio del oscuro local. En concreto, la problemática se veía acrecentada por un grupo de chavales que metía de manera agitada dentro de la tienda (a pesar de los esfuerzos en contra de los comerciantes), sin duda esperando sacar algo en claro, y por supuesto gratis, de aquella bendita situación. Al tiempo, en el lado contrario de la acera, el joyero de mirada callada se mantenía expectante, pero sin hacer nada. Asemejaba dudar a cada segundo, y a cada paso, llevándose las manos a la cabeza –iluminado por una idea prístina–, o volviendo a colocar el puño sobre el mentón, meditando reflexivamente. Daba la impresión de que no tenía muy claro qué hacer: si cerrar, si abrir, si mantenerse allí… Probablemente se preguntaba si la alarma antirrobo que tenía puesta dependía o no de apagones. <<Otro que no se fía de las modernas tecnologías>>, caviló nuestro hombre, mascullando levemente para sus adentros. Atrapados ambos dos por la misma circunstancia adversa. Ni siquiera le miró, porque aquel acto le parecía tan maleducado como excesivamente evidente.

            Aparte de todo eso, había un extraño aroma flotando en aquel ambiente, y nuestro individuo se estaba dando cuenta. A estas alturas, todo el mundo se hallaba, bien organizando la manera de actuar a continuación, bien marchándose a toda velocidad de allí, ya fuera para salvaguardar sus bienes más preciados, o a reunirse con sus seres queridos. En cualquier caso, se estaba produciendo fluctuación y –salvo casos como él, el del joyero o el del vendedor de kebabs– mucha aceleración y trasiego. Menos desde un determinado rincón. El hombre volvió la vista. Se trataba de una chica. De unos diez a doce años; nuestro protagonista no sabría decir. Se le daba muy mal calcular las edades. Adolescente o pre–adolescente. De colegio de los que llevan uniforme; se le notaba incluso aunque su atuendo en aquel instante fuera un disfraz de brujita. Vestía unas gafas redondas, enormes, que si no hubieran sido transparentes le habrían ocultado la mitad de la cara. Llevaba un sombrero puntiagudo, ropas casi enteramente negras, salvo unos cuantos detalles (calcetines blancos con rayas rojas, por ejemplo, o unas pulseras plateadas), y cargaba a su lado una escoba. Se encontraba allí, de pie, sin más, con la vestimenta de bruja algo desordenada, como si se la hubiera puesto su madre por la mañana de cualquier forma para no llegar tarde al colegio, y la hubiera arrastrado de esta guisa todo el rato hasta mostrarse delante de él de esa forma tan estrafalaria y desaliñada. Allí, contemplándole. Escudriñándole fijamente.

            –Eh, tú –llamó el hombre a la chica–. Sí, tú –añadió al ver que la bruja no se daba por aludida–. ¿Qué estás mirando?

            La muchacha se encogió de hombros.

            –Ven, acércate –la instigó el oficinista.

            La niña, con pinta de que hubiera respondido lo mismo a esa orden que a cualquier otra, se acercó con un paso similar al de un pato afectado de una ligera cojera. Se plantó delante y le siguió mirando.

            –¿Dónde están tus padres?–preguntó el oficinista.

            La chica volvió a ejecutar un gesto ambiguo mientras replicaba:

            –¿Dónde están los tuyos?

            El hombre enarcó una ceja.

            –Es una buena respuesta. Aunque algo impertinente.

            La niña asintió.

            –¿Reconoces que eres impertinente?–planteó nuestro individuo.

            –No, claro que no.

            –¿Entonces, por qué asientes?

            La niña se encogió de hombros de nuevo.

            –A la gente le gusta que le den la razón; por eso, si asientes, se quedan normalmente más tranquilos. Yo me niego a decirles que aciertan cuando están equivocados, así que prefiero mover la cabeza para no discutir. Ellos son los que interpretan el signo.

            El hombre frunció el ceño.

            –Tú eres la rarita del colegio, ¿verdad?

            La chica asintió, pero, después de lo que había comentado antes, el oficinista no pensó que aquello quisiera decir nada bueno. Aun así, la muchacha contestó:

            –Eso dicen algunos.

            –¿Quiénes lo dicen?

            –Creo que la gente que es más rara que yo.

            El hombre arrugó la cara.

            –Definitivamente, eres muy antipática.

            La joven volvió a asentir.

            –Más o menos como tú –sentenció.

–¿No te han dicho que no se debe hablar así a los mayores?–replicó el oficinista, enfadado.

–Me enseñaron que tampoco se debía hablar de cierta manera a los niños.

–Está claro que eres una brujita sabelotodo.

–No, qué va, voy de espejo; por eso, todo lo que crees que parece erróneo, quizá se debe a que lo ves en ti –proclamó la niña, en el tono altivo que había mantenido desde el principio-. Por cierto, ¿de qué vas tú?

–De nada –contestó desabrido el hombre–; no me gustan los disfraces.

–¿Por qué? –la pregunta sonó seca, abrupta, insoslayable.

–Me parecen una cosa muy extraña.

–Más extraño es estar en medio de un carnaval sin disfraz.

–Vale, mira, para ti, voy de muro, ¿de acuerdo? De pared. O sea, que haz como si no hablaras conmigo.

–No, qué va: no vas de pared, y ni siquiera de espejo. Vas de cristal. Puede verse a través de ti, y te crees invisible, pero tus pensamientos se transparentan por completo  –sentenció la niña, y se dio la vuelta, desplazándose a grandes zancadas, con sus piernas embutidas en calcetines de colores y zapatos de pico. El oficinista la miró con desdén conforme se alejaba, y soltó un bufido cuando, tras la esquina de un callejón, la muchacha desapareció de su vista por completo.

            El hombre se quedó otro rato allí sentado. No ocurría ningún suceso de consideración. La gente, con sus móviles iluminados en medio de la oscuridad, iba abandonando el lugar en un lento goteo. Un grupo de jóvenes disfrazados hablaban de continuar la fiesta en otro sitio: incluso exploraban sobre las nuevas posibilidades que la oscuridad podía proporcionarles. Un par de policías habían llegado a la zona para controlar que el tráfico no se convirtiera en un caos, pero al constatar que la inmensa mayoría de los coches habían decidido tomar vías alternativas, marcharon hacia un rincón donde hicieran más falta. Poco a poco, nuestro hombre se estaba quedando solo, si por solo entendemos en compañía del joyero (quien seguía parsimonioso en su lugar, sin afectarse por el aburrimiento que a nuestro hombre le oprimía), del vendedor de kebabs –el cual tenía menos clientela, pero todavía mantenía buen ritmo–, y, en ese mismo momento, de un vagabundo que apareció por la única bocacalle que nuestro protagonista no tenía controlada en su campo de visión. El vagabundo vestía una raída gabardina y un sombrero ajado, y portaba una botella envuelta en papel de cartón de la que daba continuos y apasionados tragos. A la vez que hacía esto, el hombre, más que caminar, bailaba en una extraña danza en la que paseaba entre farolas y aceras como un Gene Kelly entusiasmado al descubrir que ha dejado de llover y la ciudad se ha vaciado de coches. En un momento determinado, sin embargo, el hombre tropezó con una de las múltiples basuras que el caos originado por el apagón había dejado distribuidas por el suelo. Ese tropiezo le llevó a resbalar sobre una superficie deslizante (¿los restos de una fruta a medio devorar, quizás?), y el individuo empezó a girar sobre su propio talón en una danza frenética.

            –¡Me caigo, me caigo, me caigo…!

            El oficinista se quedó hipnotizado, mirándolo. El vagabundo se estaba a punto de desplomar, pero nadie hacía nada para rescatarlo. Así hasta que finalmente, el vendedor de kebabs sacó a nuestro protagonista su aturdimiento, gritándole en un tono estentóreo:

            –¡Pero qué hace, hombre!¡Usted está más cerca y yo no puedo abandonar mi puesta!¿Por qué no lo ayuda?

            El aludido iba a protestar, pero se dio cuenta de que, en verdad, no parecía que el cajero se fuera a poner en marcha en un buen rato. Así que, a pesar de su reticencia a apartarse tan siquiera un instante de sus proximidades, tras un segundo de vacilación, se acercó al vagabundo, el cual seguía exclamando: <<¡Me caigo, me caigo, me caigo…!>> y (aun con la dificultad, para el oficinista, de seguir portando la bolsa de mano colgada del hombro) agarró al indigente de las solapas del abrigo con el objetivo de sujetarlo, notando el tacto de muchos años de suciedad en la prenda de vestir conforme lo asía. Entonces el mendigo, exhibiendo una boca con unos huecos tan evidentes en la dentadura como los de una flauta travesera, se dejó caer hacia su espalda, permitiendo que su salvador le sostuviera en posición inclinada, mientras le dedicaba una amplia y espeluznante sonrisa y remataba:

            –Me caigo… hacia la eternidad…

            El hombre, indignado, soltó al mendigo, quien recorrió el escaso trayecto que le separaba del suelo y, lejos de lamentarse, se estrumpió de un ataque de risa. El vendedor de kebabs también se reía.

            –¡Jaja, amigo!¡Ha caído!¡Es el cuarto que cae esta semana!¡Lo hace siempre que pasa por aquí, y esta vez le ha tocado a usted!¡Es gracioso!; ¿verdad que sí? –disfrutó dando palmas con las manos y compartiendo su chiste con el vecindario, incluyendo el joyero, que expuso desde su atalaya una tímida sonrisa–. ¡Venga, amigo!, ¿por qué no se ríe?

            –Ja, ja –soltó el oficinista con sarcasmo, para volver a sentarse en su hueco en la acera. El vagabundo se levantó, limpiándose el polvo del suelo, mientras el vendedor de kebabs se acercaba al desabrido vigilante del cajero.

            –¡Vamos, amigo!, ¿por qué no se ríe? Le falta un sentido del humor –dijo, obviando la incorrección gramatical–. Tenga, tome un kebab.

            –Por última vez, no, no quiero un kebab.

            –¿Pero qué le pasa, hombre? Está usted de merros… ¿cómo se dice? De morros todo el rato.

            El oficinista se sentó en la acera, asqueado. A pesar de que el vendedor de kebabs trató de mostrarse empático al colocarse a su lado, el individuo a un cajero pegado le volvió la espalda.

            –Tengo mis problemas –espetó.

            –¿Qué problemas, hombre? Es viernes, es día de fiesta -reclamó el vendedor extranjero, cuyo uso del idioma alternaba pifias inexplicables con períodos en que parecía expresarse como un nativo con apenas acento-. Parece sano, está en una buena edad… ¿Qué le pasa?

            El interpelado iba a replicar algo, pero sus labios se interrumpieron a medio camino al constatar una vibración procedente de su bolsillo. Se trataba de su móvil. Lo miró. Tenía varios mensajes de su prometida, de los que no se había percatado antes. Cerró el móvil de nuevo y lo guardó en el bolsillo. El dueño del puesto de kebabs, ahora sentado a su lado, le miraba de reojo. Si había percibido la relevancia o la naturaleza del contenido de los mensajes, no lo transmitió en su cara.

            –Tengo un problema –retomó el hilo el oficinista. Al principio dudó sobre si debía comentarlo. Incluso, en su paranoia, pensó que, si lo revelaba, a lo mejor el vendedor de kebabs trataba de apoderarse de su tarjeta de crédito. Pero luego desechó aquella sospecha (el comerciante estaba tan pegado a su negocio como él al edificio del banco), y se dijo que, quizás, si se lo comentaba a un segundo cerebro, éste le propondría una alternativa mejor a esperar a que volvieran las luces–. Se me ha quedado la tarjeta dentro del cajero.

            –¿Ah, eso? Pero no pasa nada. Eso el lunes vas al banco y se la pides, y ya está.

            El oficinista agitó la cabeza.

            –Ya, pero es que… no me fío.

            –Aaaah… No se fía –el hombre se inclinó hacia él–. Tú no tienes pinta de fiarte de mucha gente, ¿no?

            El otro negó con la cabeza y casi se rio.

            –No, desde luego que no –levantó la ceja, mordaz.

            –Pero venga, no vas a perder tiempo por tomarte un kebab conmigo. No vas a estar ni a diez metros de tu querido cajero, lo tendrás a la vista todo el tiempo. Anda, toma uno conmigo. La casa invita.

            El oficinista, incapaz de encontrar una excusa aceptable por la que rechazar el regalo, se volvió lívido. En su incongruencia, ni siquiera fue capaz de balbucear unas palabras para disculparse, y sólo negó enfáticamente con la cabeza. En el mismo momento en que lo hizo, resonaron un par de pitidos. Eran un par de nuevos mensajes que entraron en el móvil como fulgurantes destellos.

            El vendedor de kebabs se levantó, ofendido. Mientras lo hacía, miró por encima del hombro a nuestro hombre y, señalando con la barbilla el teléfono, casi escupió (con marcado acento) una dura imprecación:

            –¡Desde luego, si alguien, un viernes de carnaval, tiene una chica escribiendo, y se pasa la noche amarrado al cajero de un banco, está claro que tiene problemas!

            A continuación, el turco se situó a un par de metros de distancia de donde se hallaba el otro individuo y cruzó enfurruñado los brazos. Se hizo de nuevo el silencio.

            Sin embargo, el ambiente no permaneció mucho tiempo tranquilo. A los pocos minutos, se escuchó un ruido chirriante por encima de las calles mojadas (entre otros motivos, a causa de la profusión de líquidos procedentes de las bebidas de la gente había dejado caer en el suelo). Entonces, apareció una figura sorprendente. Se trataba de una mujer en bicicleta que portaba encima, a sus espaldas, una especie de estanterías acopladas a su cuerpo. Lo más chocante de todo es que aquellos armaritos móviles, cerrados, cubiertos por paneles de cristal, contenían libros, de tal manera que su estampa parecía la de una biblioteca rodante. Y cuando se detuvo, colocó el seguro de la bicicleta, abrió las puertas de los anaqueles y exhibió su contenido de papel y derivados delante de la (todo hay que decirlo) escasa concurrencia sobre el asfalto.

            ¡Librería móvil!¡Librería móvil!

            A continuación, empieza el show. Música de un equipo portátil, luces de colores a lo largo de unas extravagantes prendas de vestir (que provocan que la conductora dé el pego con un arbolito de navidad), y unas grandes gafas colocadas en la coronilla. No se sabe muy bien si las lentes están ahí como consecuencia del carnaval, si es que la librera ambulante las lleva todos los días, o si esa forma de colocarlas es la habitual en determinadas circunstancias, como cuando –al igual que en este momento– saca una kilométrica chuleta y comienza a enumerar:

            –¡Tenemos aquí la mejor selección, la más elegante, la más exclusiva, con títulos en constante actualización y reposición! Para los que llevan siempre encima todos los accesorios de seguridad, nos hemos hecho con “El arpa de hierba” y un par de biografías escritas por Stefan Zweig. Para los amantes de la velocidad, tenemos la colección completa de los thrillers de la doctora Scarpetta y de Aníbal Lecter; hemos perdido un par de novelas de Camilleri en las últimas curvas (¿quizá han sido asesinadas?), pero, a cambio, de repente han aparecido como por arte de magia varias antologías de Neil Gaiman. ¡La cosa es que tenemos de todo y para todos los públicos… cuentos infantiles y también, ejem, novelitas subidas de tono!

            Mientras desplegaba su material sobre una mesa portátil (cuyo origen era también desconocido), y colocaba encima de la tabla brillantes novelas eróticas de color rosa casi fucsia junto a unos cómics con portadas de violencia más que explícita, la mujer abría la gabardina con mil precauciones mientras bisbiseaba su contenido a los curiosos que se iban acercando:

            –Pero el material bueno de verdad está aquí escondido. Venid más cerca, que no nos vean. Tengo lo más prohibido: filósofos, economistas… Versiones clásicas de los cuentos infantiles, historias de amor donde los personajes no son tóxicos y a pesar de todo se quieren… Libros para adultos, como éste de Gloria Fuertes… Un ensayo sobre la censura y la cultura de la cancelación que estuvo varias semanas en la lista de best-sellers del New York Times…

            Más transeúntes se aproximaban, intrigados. La comerciante desplegaba su género con la pericia de un vendedor del Gran Bazar:

            –Esto te va a encantar: un libro rompedor, contra el sistema. Lo publica una editorial muy reconocida. Y también lo tengo en audiolibro, narrado por, ¿cómo se llama?, esa estrella de la tele...

            Conforme la gente hojeaba los libros, la librera se sacaba otro conejo de su chistera. Casi literalmente porque, de huecos inimaginables dentro de su gabardina, extrajo una especie de paneles de cartón de la altura de una persona.

            –Y luego tenemos el consultorio particular. Dime quién eres, tus cuitas, tus últimas y tus favoritas lecturas, y te digo lo que necesitas.

            Era gracioso escuchar, en el exterior del confesionario particular que había montado, a partir de los paneles de cartón y un par de sillas, sus recomendaciones finales:

            –Libros de humor. Uno detrás de otro.

–Te lees este libro. Y después lo relees. Una, otra, y otra vez.

            –Yo sé que tú quieres este libro, pero lo que tú necesitas es este otro.

            –Coge éste. Terminarás superjodido. Luego este otro. Empezarás a ver la luz. Y el tercero: allí, llegarás al punto de la esperanza. Ahí entenderás por qué cada paso ha sido necesario y por qué el camino ha merecido la pena.

            Entonces, dentro del pequeño habitáculo entró nuestro hombre. Sin embargo, mostraba un aire timorato, como si no quisiera estar ahí:

            –No soy mucho de leer, la verdad.

            –Eso no es problema: nunca es tarde para empezar. Ya se sabe, aquel que pasa una vida leyendo no pierde una vida, vive mil. Bueno, cuéntame tus vicisitudes.

            El hombre empezó a hablar. Al principio le costó; más adelante (quizás por encontrarse ante una completa desconocida a la que seguramente no volvería a ver jamás, un efecto muy similar al de confesarse en una iglesia anónima), empezó a darle detalles. La propietaria de la librería móvil escuchó muy atentamente, y se fue poniendo progresivamente más azorada. Al final, cuando el individuo terminó su alegato, la mujer agitó la cabeza de un lado a otro:

            –Tú necesitarás un libro. No uno, muchos. Pero eso será más adelante. Ahora requieres ayuda, muchísima ayuda, pero de otro tipo. Tiene que venir de personas. Y no soy yo la que puedo proporcionártela.

            Nada más dijo esto, se levantó, desarmó el confesionario, empacó los libros en la estantería, reintegró a su posición inicial el tenderete que había montado y marchó en su bicicleta, con tal exhalación, que casi cabía dudar de que hubiera pasado por allí. Los clientes que aún merodeaban alrededor del conjunto se quedaron impactados por aquella desaparición tan brusca, que instaba a creer que la llegada de la biblioteca móvil había sido un sueño, o el recurso literario de alguno de los escritores cuyos libros acababan de adquirir los clientes, volúmenes los cuales eran la única prueba de que lo que habían vivido era real. Aunque quien se hallaba más desazonado de todos ellos era nuestro oficinista, el cual se quedó preocupado por lo que le había comunicado la vendedora de libros. Porque, aunque su fuero interno se empeñaba en desdeñar aquel críptico mensaje, por dentro no paraba de darle vueltas…

            De repente, sin embargo, una serie concatenada de ruidos les hizo a muchos dar la vuelta, y girar la cabeza hacia arriba. No obstante, estos sonidos no venían del cielo, sino del edificio de la silueta que hemos mencionado antes. Procedían en concreto del piso de las persianas bajadas, donde empezaba a escucharse el estruendo de vajilla rota y de trompazos en las paredes. En el apartamento de al lado, el pianista se hallaba tan descolocado que al principio se le vio paralizado, atenazado a una de las sillas. Luego, tras unos instantes de vacilación, se levantó hacia la pared contigua y la golpeó un par de veces; la primera de modo suave, y la segunda, con mucha más contundencia. Pero como continuaban los gritos y los sonidos desasosegadores, el joven se inclinó hacia la parte contraria de la habitación para agarrar el teléfono. Mientras tanto, las voces se elevaban de tal modo que podía captarse cómo la chica pedía ayuda y cómo otros vecinos se hallaban intentando abrir la puerta del piso, lo cual sin embargo no daba la impresión de servir para nada, puesto que el hombre del interior (ya había quedado muy claro que había un hombre dentro) se negaba a dejar pasar a nadie. Desde la calle, empezó a arremolinarse un grupo alrededor del edificio, como si los congregados estuvieran presenciando un partido de fútbol, aunque en realidad ver, lo que se dice ver, atisbaban más bien poco: eso sí, los aullidos eran cada vez más estentóreos. Por suerte, a pesar del apagón y de las demás circunstancias, la policía no tardó demasiado tiempo en personarse en la escena a través de un coche que, con la urgencia, aparcó en mitad de la acera. Un par de agentes bajaron con prisa del vehículo y subieron por las escaleras (qué remedio), provocando ya de paso la alteración de los comensales de la terraza del restaurante chino. Se escuchó de pronto un estrépito, aunque esta vez de naturaleza distinta; la multitud, ávida de conocimiento sobre lo que estaba pasando, trataba de interpretar cada mínima variación de sonido para dilucidar lo que ocurría allá adentro. Después de un rato, no obstante, la caja de los misterios se reveló y salieron los dos policías escoltando a un fornido individuo de mirada enrabietada al que trasladaban esposado. Mientras tanto, las persianas del apartamento se levantaron por fin y se vislumbró la silueta de una mujer que, evidentemente (incluso desde abajo se distinguía), había estado llorando mucho en las últimas horas, aunque todas las miradas iban dirigidas a un ojo morado. La mujer se asomó a la estrecha terraza del piso para ver cómo los policías desplazaban al hombre arrestado y lo introducían en el vehículo. Mientras, al otro lado de la barandilla que separaba sus dos terrazas, el pianista miraba a su vecina y amagaba con decir algo, incluso estiró la mano para hacer un gesto… Sin embargo, la joven se dio la vuelta de nuevo hacia el apartamento y el pianista se quedó allí, mudo y estático, en mitad del tiempo y de ninguna parte. Al fin, con mirada compungida, retornó a su piano, aunque no transmitió la impresión de tener e deseo de tocar nada. La multitud en el exterior, entre tanto, fue dispersándose cabizbaja, al tiempo que unos cuantos miraban con cara de tristeza el apartamento donde había surgido el problema, en el cual habían vuelto a bajarse las persianas. Se hizo un vasto silencio que, durante muchos minutos, nadie fue capaz de conjurar…

CONTINUARÁ...