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lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Las historias reales de diciembre: hilos de "llámalo X"

Para aquellos que no podéis o no queréis meteros en esa cosa rara en la que Elon Musk ha transformado Twitter, hilos de esa red social, accesibles para todos los ojos, y que tratan variopintos temas: por ejemplo, el hombre que quiso viajar al pasado para salvar a María Antonieta; el volcán que casi se carga una isla, dañó a un país, y que seguramente creó la tumba más grande del mundo; y cómo un gusano asqueroso es la inspiración para el símbolo de la medicina. De paso, ya que andamos de recopilatorios navideños, podéis explorar los distintos hilos que hemos publicado a lo largo de este año, o de los pasados. Que los disfrutéis.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Nuevos episodios de "El Gato de Hubble": Abejas, abejitas everywhere

En "El Gato de Hubble", durante dos programas nos decidimos a hablar de abejas. Pero no de manera metafórica (como para explicar las relaciones entre "papás y mamás", o como hacen en "20.000 especies de abejas"; por cierto, el sistema de diferenciación sexual de las abejas es apasionante), sino real. Y, como veréis en el programa, somos grandes fans de estos insectos a rayas (como le ocurre a "Mr. Holmes", las defendemos a muerte, mientras que odiamos las avispas). Pero es que además de entusiasmarnos su biología -que tratamos sobre todo en el primer episodio-, Daniel nos contó su experiencia particular como apicultor, en particular en el segundo programa, dedicado a "Colmenas", donde describió detalles increíbles que ni siquiera habíamos pensado (y alguno que se le olvidó: ¿sabéis que las celdillas de las colmenas en realidad son circulares, y es la gravedad y la interacción entre sí lo que las vuelve hexagonales?).

En definitiva, la experiencia de primera mano de Daniel nos hizo redescubrir a unos bichillos que son muy importantes para nosotros -en gran parte, su supervivencia es la nuestra- y que, aunque nunca podremos comprender del todo, nos han incitado a interesarnos más sobre su vida y la de los apicultores que se dedican a trabajar con ellas. Como suele ocurrir, ha sido de esos programas que me encantan porque yo no sabía nada del tema y, después de meterme, quería conocer mucho más. Espero que los disfrutéis. Zumbad a gusto hasta la próxima.

Posdata: respondiendo a dos preguntas que surgieron durante los podcast, yo personalmente he encontrado varios casos recientes de mujeres apicultoras, y me han descubierto una escena en vivo y en directo en el que llaman a un apicultor para resolver un problema de enjambre, aunque no se resolvió exactamente igual que como nos lo contó Dani, quizá porque tuvo lugar durante un torneo de tenis de renombre mundial.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los libros de diciembre: tres ensayos

-"Hijos del Nilo": el periodista Xavier Aldekoa, experto en África, traza un recorrido geográfico, histórico y humano a través del imprescindible río Nilo, desde sus míticas fuentes hasta su desembocadura. Viaja pues a través de Uganda, Sudán y Sudán del Sur, Etiopía y Egipto, no sólo relatando su pasado y su relación con el río que los vertebra, sino su presente y los retos futuros a los que han de enfrentarse. Esclarecedor, y todavía muy válido para entender la actualidad.

-"La jirafa de los Médici", de Marina Belozerskaya, narra un conjunto de episodios alrededor de figuras históricas las cuales, por diversas razones, reunieron costosas y exuberantes colecciones de animales exóticos. Desde Ptolomeo Filadelfo hasta William Randolph Hearst, pasando por Pompeyo, Lorenzo de Médici, los emperadores Rodolfo y Moctezuma y Josefina Bonaparte, el libro explora la fascinación que producen en nosotros las criaturas vivas procedentes de lejanas tierras, así como nuestra cambiante relación con los animales y la forma en que éstos son considerados. Abundante en documentación, el libro no se detiene solamente en los zoológicos creados por estos personajes, sino que explora a fondo sus biografías, sus motivaciones, y también la de una gran cantidad de personajes que se implicaron en conseguir que las ciclópeas locuras de sus superiores lograran llevarse a cabo. Muy interesante.

-"Viajes al otro lado del mundo". El naturalista y documentalista David Attenborough nos narra algunos de sus viajes de juventud a tierras lejanas: la Melanesia, Nueva Guinea, Australia, Madagascar. Allí se tropezará con animales sorprendentes y con grupos humanos con costumbres que le descolocarán. Attenborough mezcla la mirada del escritor y del humanista, del individuo que te muestra la naturaleza, y del que te relata también las dificultades técnicas para registrarla. También es una oportunidad de comprobar cómo ha cambiado la perspectiva acerca de la conservación del medio natural en las últimas décadas. Diría que más cautivador aún que sus documentales: además, las fotografías en este volumen, de "Ediciones del Viento", sirven para ilustrar las descripciones del autor, y visualizar lo que él está viendo.

lunes, 17 de abril de 2023

El libro de abril: "Algo nuevo en los cielos", de Antonio Martínez Ron


No voy a ocultar que siento una gran admiración por Antonio Martínez Ron (@aberron en redes), uno de los divulgadores científicos más destacados de nuestro país, y que nos ha ofrecido desde hace mucho tiempo toda clase de historias alucinantes relacionadas con la ciencia, en una enorme variedad de formatos. Por eso, cuando anunció que tenía libro nuevo, "el más bonito del mundo" en sus palabras, lo apunté en mi lista de deseos, y un alma bien pensante tuvo a bien regalármelo. Además, junto con "Memorial del convento" de Saramago (por otras razones, relacionado también con los cielos), y en los momentos previos a un viaje en globo. Como os podéis figurar, en mejor compañía no podía estar.

En efecto, Martínez Ron nos propone un viaje, o mejor dicho, varios viajes: hacia arriba, hacia las diferentes capas de la atmósfera, mostrándote su funcionamiento, y también en la Historia, desgranándote las andanzas de los individuos que desentrañaron los secretos del cielo, y también los que se atrevieron a adentrarse en él (literalmente), volando cada vez más alto y más rápido, hasta cotas inaccesibles para cualquier ser humano.

El libro contiene multitud de anécdotas, relatos sorprendentes, puntos de vista en los que no habíamos pensado nunca: desde cómo los fenómenos climatológicos pueden deducirse a partir de un par de directrices básicas, hasta qué comentan en primera persona aquellos que se han visto engullidos -a miles de metros de altura y sin apenas protección- por el fragor de una tormenta, pasando por la carrera épica por dilucidar quién sería el primero en desarrollar una predicción más o menos certera del tiempo meteorológico. Descubriréis la definición de alpenglow, a los grandes exploradores y científicos que a su vez fueron aeronautas y montañeros, o nombres injustamente olvidados como Otto Lilienthal o Emilio Herrera.

A pesar de sus más de 700 páginas (yo os recomiendo, sobre todo si lo vais a leer en la cama, un cojín especial para sostener libros), no se hace en ningún momento pesado ni repetitivo, sino que siempre quieres más. Si acaso, un par de defectos (tengo que meterlos para que veáis que no me pagan por la reseña): me da la sensación de que hay secciones de la estructura de la atmósfera y de la historia de la aeronáutica que se quedan un poco en el aire, no sé si por abreviar o porque el autor creía que no nos resultarían interesantes (en contraposición, las explicaciones son hasta excesivamente didácticas, casi para niños). Y tengo que confesar que los momentos en que leemos testimonios directos de los pioneros de la ciencia y el vuelo, con su lenguaje arcaico, me decepcionaron un poco (por otra parte, ahí se nota el ímprobo esfuerzo de documentación, que sin duda se combina con una tremenda erudición para sacar a cuento todas las referencias literarias, históricas, artísticas y conceptuales de algo tan ubicuo como son los cielos).

Sin embargo, la verdad, tiene mucho mérito que un tema que a mí personalmente nunca me ha atraído demasiado, como la meteorología, me haya mantenido enganchado a lo largo de tantas páginas y días. Martínez Ron combina su faceta de periodista (sobre todo a la hora de comunicar mediante diversos métodos, y para estar al tanto de las últimas noticias) con el de historiador de la ciencia y escritor, pues logra que múltiples vivencias individuales cobren sentido como parte de un todo. Leyéndole a él, he recordado no sólo mi viaje en globo, o aquel en el que tuve la suerte de avistar las montañas del Himalaya sobre un mar de nubes, sino que he vuelto a mirar con ilusión al cielo, ese lugar tan lleno de maravillas que a veces, por cotidianas, nos pasan desapercibidas. Así que yo recomiendo que os dejéis llevar por Antonio Martínez Ron en este trayecto para redescubrir un lugar tan fascinante como el océano de cielo en el que vivimos -una atmósfera, como recalca el autor, más extraordinaria que la que hallaríamos en otros mundos-. Sobre todo si podéis leer el libro tumbados sobre una pradera, intentando adivinar, como cuando éramos niños, qué forma tienen las nubes...


En el centro de la imagen, el Everest, cubierto por nubes. A la derecha, el Llhotse, de cumbre más irregular y plana. Por delante, campos de nubes, a semejanza de ovejas sobresaliendo entre blancos prados. Imagen del autor desde avión comercial.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Los libros de diciembre: unas cuantas recomendaciones navideñas

 Aquí van, por si os resuelven algún regalo que os resulta particularmente difícil:

-"Un par de manos. Cocinera y doncella en los años 30": Mónica Dickens es bisnieta del famoso escritor Charles Dickens, de quien sin duda heredó la ironía y un original sentido de la narrativa. La futura escritora quiso durante un tiempo ganarse por sí misma la vida como cocinera (aunque en ocasiones tuvo que ampliar sus labores al servicio doméstico) y, al narrarlo, nos desgrana la interioridad de las casas británicas no desde la severidad de "Lo que queda del día" ni la trastienda de "Gosford Park", sino desde un punto de vista muy humano, donde amos, criados, niñeras y vendedores tienen todos sus defectos, sus guerras internas y sus meteduras de pata (que tratan de disimular en ocasiones con gran descaro). La imperfección puesta por escrito. Algo de crítica social tiene, pero, sobre todo, mucho humor.

-"Trieste", de Jan Morris. Morris es conocida por sus vibrantes descripciones de algunas ciudades famosas ("Venecia", "Manhattan 45"), pero a mí me impresiona en gran medida que me desvele los detalles de una zona de Italia que no conozco demasiado. Hay además algo especial en Trieste, esa urbe en mitad de oriente y occidente, entre el presente y el pasado, heredera de algún imperio y disputada por varios países, consciente de que ha vivido tiempos mejores, pero a la que le toca afrontar el futuro. Lo que más me impresiona es que, probablemente, si viajo a Trieste, no encontraré la misma ciudad porque, en buena parte, todo lugar forma parte de la experiencia del que la cuenta, y la Trieste de Morris es, sobre todo, un territorio más para ser evocado que vivido.

-Kenneth Cook tiene una trilogía ("El koala asesino", "El lagarto astronauta" y "El canguro alcohólico") de relatos de ficción -aunque transmiten la sensación de un cierto realismo- ambientados en el inhóspito territorio australiano, donde cocodrilos, tiburones, serpientes y canguros pueden matarte, pero wallabis, koalas o ratas son capaces de hacerte bastante pupita. Por si los animales peligrosos fueran poco, la natural idiosincrasia de los parroquianos (quienes, en palabra de Cook, pueden tolerar que les robes, les dispares o secuestres a su familia, pero nunca, jamás, que rechaces una cerveza) y otras peculiaridades del lugar hacen que cada desterillante aventura narrada por Cook suponga un desafío al acto de seguir vivo. Recomendado si no tenéis ganas de viajar a Australia porque, tras leer estos libros, de opinión no vais a cambiar.

-El título de "Las cenizas de Ángela" de Frank McCourt no le sonará desapercibido a muchos, pero quisiera destacar que, aparte de ser claramente lo que parece (es decir, la calamitosa y lacrimógena descripción de una harapienta infancia irlandesa), es, ante todo, un libro con un humor muy especial. Quizás humor de miseria, de ése en el que te ríes por no llorar porque pocas opciones te quedan, pero también porque, sólo en un lugar tan terrible, las escenas más surrealistas son posibles. Es ese sentido, preparad los pañuelos, pero también las carcajadas.

-Por último, un libro que todavía tengo a medias, pero lo que llevo leído de "Sinopsis de cine 3" de Ángel Sanchidrián me indica que el autor madrileño ha vuelto con todo su fulgor a destriparnos nuestras películas favoritas con esa prosa tan descacharrante que te dobla por la mitad (de risa) y al mismo tiempo le pega hachazos al sentido de la cordura. La irreverencia de este hilarante libro (con más de veinte expresiones diferentes para el acto de tocarse las partes pudendas femeninas) no tiene parangón. Para regalar a cualquiera salvo a las mentes más pacatas, no sea que les dé un infarto.

lunes, 23 de noviembre de 2020

La historia real de noviembre. Un lista de alimentos que ya no existen.

¿Sabéis ese momento en que probáis un plato y os decís a vosotros mismos: "está bien, pero nunca será igual que aquel que probé...?". Puede que no sea verdad. Puede que se trate de nuestro estúpido cerebro, que distorsiona los recuerdos y los asocia a factores emocionales, de tal manera que, si os dieran exactamente el mismo alimento que en vuestros sueños, no os sabría exactamente igual. Pero sí que existen algunos casos en los que nunca podremos volver a disfrutar determinados manjares porque, en efecto, desaparecieron para siempre. Y no nos referimos a vegetales que han modificado sus propiedades por el cultivo selectivo del hombre, que también, sino, especialmente, de aquellos tipos que se han extinguido en todas sus formas. La mayoría de ellos, los pobres humanos del presente ni siquiera tuvimos la oportunidad de saborearlos en su momento, y tendremos que vivir por siempre con la intriga acerca de cómo eran. He aquí una somera lista de aquellas deliciosas elaboraciones culinarias que ni tú ni yo degustaremos jamás.

-Por supuesto, aquí tenemos que incluir a buena parte de los animales que hemos extinguido o contribuido a extinguir, muchos de ellos en época prehistórica. Allí donde el hombre arraigaba, desaparecían la mayoría de las grandes criaturas terrestres, lo cual implica que no podremos volver a devorar filetes de mamut ni de otros muchos miembros de la fauna megalítica. Pese a que existen primos lejanos de estas especies o que existen proyectos de clonación de algunos de estos pretéritos seres vivos a partir de muestras fósiles, es bastante poco probable que, a corto plazo, imitemos a nuestros antepasados en el acto de organizar un festín a la luz de la hoguera donde asemos a uno de estos animales.

-Ya en eras históricas, y hasta épocas muy recientes, seguía sin existir el concepto de extinción de una especie, con lo cual el hombre clavaba sus dientes sobre todo lo que veía, incluso aunque esquilmara sus propias fuentes de alimento. Famoso es el caso de los búfalos en Estados Unidos (de los que sólo quedan unas pocas reservas de los mismos, cuyos ejemplares sirven de vez en cuando para degustación de los turistas) o el de los dodos en isla Mauricio, aunque por lo visto allí no pesó tanto la acción del hombre como de los animales que los seres humanos habían traído consigo, en especial los cerdos, que sentían predilección por los huevos de estas aves. Un caso menos conocido, pero no por ello menos sangrante, es el de la paloma migratoria, con diferencia el ave más abundante en Norteamérica hasta el siglo XX (sus bandadas eran tan numerosas que llegaban a oscurecer el cielo), y que fue esquilmada en un tiempo récord después de una campaña sistemática alentada por las autoridades, las cuales argumentaban que, en época de hambruna, qué mejor que dar caza y cocinar a esas inútiles criaturas de Dios. Si a ello añadimos que aquel pájaro no era especialmente hábil frente a las trampas que le tendían los humanos, estaba claro que su suerte estaba echada. Claro que, con todos estos animales, lo peor no es que desaparezca un alimento, por supuesto: es la extinción de un ser vivo, y la pérdida de biodiversidad en los ecosistemas afectados 

-En algunos casos, la extinción ha venido ligada a la agricultura y la ganadería, prácticas que por definición se basan en la selección de las especies más favorables por un determinado motivo, provocando uniformidad en cuanto a las especies criadas o cultivadas. Desaparecieron las coliflores de Cornualles, las peras de Ansault -según se dice, eran exquisitas-, y cualquier clase de zanahoria que no tuviera color naranja (según cuenta la leyenda, merced a una campaña de propaganda de propaganda de los neerlandeses en favor de la reinante casa de Orange, de quien copiaron sus colores), a pesar de los recientemente infructuosos intentos de que la gente aceptara de nuevo en el mercado zanahorias de distinta tonalidad. En otras ocasiones, la desaparición no es intencional, pero está íntimamente ligada a los métodos de producción: la mayor parte de los plátanos que crecen en el mundo son clones a partir de una variedad única (en concreto, del tipo Cavendish), y eso provocó, hace unos años, que por culpa de una plaga casi todas las existencias de plátanos estuvieran a punto de desaparecer. ¿Qué se les ocurrió para evitar que esto volviera a ocurrir? Pues, por supuesto, volver a reproducir el mismo sistema nefasto, de tal modo que, si una enfermedad intratable afecta de nuevo a esta fruta, podemos despedirnos de los plátanos para siempre. En otros casos, son los propios gustos de los clientes los que determinan la elección de una variedad u otra. Por razones que todavía no he podido encontrar registradas en ninguna parte, la gente se ha acostumbrado a creer que los huevos morenos son mejores que los blancos -en realidad, su valor nutricional es exactamente el mismo-, de tal modo que están dejando de comprarlos y, por tanto, abocando a las gallinas de huevos blancos a perderse en la noche de los tiempos.

-Un caso muy particular el silfio. Esta planta es una variedad del hinojo que crecía cerca de Cirene, en la actual Libia. Se utilizaba como especia en la cocina pero también tenía propiedades medicinales. En concreto, era muy apreciado por sus cualidades anticonceptivas y abortivas, y debía de funcionar bastante bien, porque era tan apreciado que llegó a valer su propio peso en plata, y a ser grabado en las monedas acuñadas en esta región. El problema era que el silfio nunca pudo ser domesticado (era un planta exclusivamente silvestre), y crecía en una franja relativamente estrecha de tierra, de tal manera que su recolección estaba cuidadosamente limitada a unas cantidades anuales. La amenaza, sin embargo, venía de dentro, ya que se dice que los pastores de la zona, descontentos porque ese productivo negocio no les repercutía ningún beneficio, dejaban a sus ovejas pastar por la zona de crecimiento del silfio, e incluso se dice que lo arrancaban a propósito. Fuera por esto o por un exceso de recolección, el caso es que el silfio fue haciéndose cada vez más raro y caro hasta que, finalmente, desapareció. Desde entonces, se ha estado buscando con anhelo esa variedad de planta que, supuestamente, daba a los guisos un sabor similar al ajo y que, de acuerdo con los estudios a partir de alguno de sus parientes del género Férula, es probable que realmente tuviera un efectivo poder abortivo. Pero, hasta ahora, en cuanto a rescatar la planta para el presente, no ha habido suerte. Aunque algunos sospechan que cierta variedad mediterránea que aún subsiste podría ser el auténtico silfio, la creencia global es que el último tallo del que se tiene constancia se envió como regalo al emperador Nerón, desapareciendo desde entonces todo rastro sobre la faz de la tierra.


El silfio era tan importante para la economía de Cirene que hasta salía en sus monedas. Ahora mismo es la imagen más precisa que tenemos de su aspecto, así que tomadlo como un cartel de "Se busca"

-Esta historia probablemente disgustará a los amantes del vino. Fue muy difícil cultivar la vid en tierras norteamericanas: a un largo transporte en barco se unía la dificultad de encontrar un clima adecuado para esta planta, y a pesar de los pobres intentos en la Costa Este (Jefferson fue de los primeros en conseguir un mediocre resultado), no fue hasta que llegó a California, de clima más similar al Mediterráneo de donde procedía, cuando el vino empezó a producirse con cierta calidad. Pero había un obstáculo con el que los viticultores no habían contado: la filoxera. Este pulgón tiene como único huésped conocido a las vides, y crecía en exclusiva en América, pero las especies cultivadas en este continente habían acabado por desarrollar resistencia y consiguieron salir adelante. Sin embargo, cuando en Europa se produjo una plaga distinta, causada por un hongo, alguien tuvo la genial idea de traer raíces de origen americano para combatir esta enfermedad. Con las vides americanas llegó también la filoxera, que estuvo a punto de liquidar a la totalidad de las especies del Viejo continente. Por fortuna, la salvación llegó del mismo lugar de donde provino el mal, y gracias a injertar vides europeas en las americanas, los países del Oporto, el Ribera del Duero y el Chardonnay pudieron seguir exportando vino. ¿Final feliz? No del todo. La cosa es que las especies de uva que sobrevivieron no eran exactamente las mismas y, por razones evidentes, no podemos saber cuán gustosas era las bebidas espirituosas que generaban; ciertos testimonios, de hecho, apuntan a que el deleite producido por las cepas antiguas era mayor que con las nuevas. Pero esto, como con otros alimentos, es una duda que nos atormentará por siempre jamás*.

El mayor drama no son esas delicias que nos hemos perdido; sino, tal vez, aquellas a las que no podremos acceder en un futuro quizás demasiado cercano. El cambio climático pone en peligro determinadas especies vegetales, como el caso del cacao, de cuyos cultivos tratan unos cuantos especuladores de apropiarse para que, de aquí a unos años, el chocolate se convierta en un producto de lujo del que sólo unos pocos se beneficien. Tampoco son desconocidas las operaciones que determinadas compañías, como Nestlé, están efectuando para acaparar las principales reservas de agua del planeta, de tal modo que, si la crisis climática acaba afectando a su disponibilidad, ellos puedan controlar el negocio alrededor de la molécula vital de la que estamos compuestos. En el pasado, el ser humano podía decir que desconocía la propia noción de extinción de una especies, y que muchas de las criaturas que hizo desaparecer lo hicieron sin que él fuera consciente de este fenómeno. Pero, dentro de unos años, ¿qué clase de excusa pondremos? O, una pregunta mejor, ¿qué podemos hacer ahora para que no tengamos que lamentarlo?

Bonus: una historia que no va exactamente de alimentos desaparecidos, pero casi -y que recordará a muchos al famoso capítulo de Futurama sobre la pizza de anchoas-. François Miterrand se hizo famoso (además de por la nimiedad de ser el presidente de Francia) por organizar un banquete en la que se sirvió un ave que no sólo está en peligro de extinción, sino que la forma de matarla y cocinarla se considera inusualmente cruel. Por lo visto es tradición, entre los que degustan ese plato, taparse la cabeza con la servilleta para señalar que se es consciente del tremendo sacrilegio que se está a punto de cometer (algo parecido a lo que comentaba Clint Eastwood en "Cazador blanco, corazón negro", emulando a John Houston) y, además, no comer más de uno de estos animales por barba. Miterrand no sólo -presumiblemente- no se tapó la cabeza sino que, para más inri, comió dos. Hay dos maneras de interpretar que Miterrand muriera una semana más tarde: una especie de venganza kármica o, más bien que, sin miedo a la penitencia en el ultramundo, Miterrand decidió aprovechar lo poco que le quedaba de vida para darse un último capricho. ¿Haríamos cada uno de nosotros lo mismo? Quiero pensar que no. Recordadlo si alguna vez tenéis un atún rojo o un pezqueñín en vuestro plato.

*Bonus 2 (post-scriptum). Recientemente he leído que, en la isla de Santorini, sobreviven aún vides pre-filoxera. Y también, que en Castilla La Mancha se está llevando a cabo un proceso de recuperación para crear vino a partir de variedades anteriores a la plaga. Así que ya nos diréis los entendidos si esas estas cepas son tan buenas como dicen. Nos bebemos (perdón, nos llevemos). Un saludo

lunes, 17 de agosto de 2020

El libro y la película de agosto: "Un paseo por el bosque"


Un día, el divulgador científico Bill Bryson (de quién ya hemos hablado en otras ocasiones) descubrió que, tras su retorno a los Estados Unidos, había escogido un emplazamiento para vivir no muy lejos del Sendero de los Apalaches, un camino señalizado que abarca buena parte de la longitud de la cordillera conocida con este nombre, y que recorre de sur a norte, formando una diagonal, una amplia sección de la vertiente este de Estados Unidos. Bryson pensó que no sería mala idea recorrer a pie dicho sendero -que es transitado anualmente por numerosos mochileros en busca de aventura- y decidió también (o le "sugirieron") que a su edad era imprudente realizar el viaje solo, así que intentó localizar un voluntario para acompañarle. Los amigos contactados le respondieron con amables evasivas, dolientes imprecaciones o, en el caso de colegas menos delicados, alusiones nada indirectas a su estado mental. La verdad es que el reto -que coloca al límite de sus fuerzas a individuos muy bien preparados, y anticipa toda clase de adversidades climáticas, humanas y naturales, incluyendo como advertencia varios precedentes serios de ataques de osos-, no es para tomárselo a broma. Sin embargo, un antiguo amigo con el que Bryson no había contactado en mucho tiempo y con el que no acabó demasiado bien contesta a sus requerimientos, lo cual, paradójicamente, no resuelve la cuestión sino que genera unas cuantas dudas más. Los problemas surgen nada más verse: el amigo apenas camina sin resollar, su obesidad es tan solo la parte visible de un iceberg de deplorable forma física, y por lo visto su principal objetivo durante la excursión es huir de un turbio asunto legal que ahora mismo no le resulta conveniente. En fin, ¿qué podría salir mal? A posteriori, Bryson redactaría un libro con el conjunto de la experiencia, que posteriormente se adaptaría al cine con Robert Redford (como Bill Bryson) y Nick Nolte en los papeles protagonistas.


Cómo siempre, surge en estos casos la dicotomía entre qué abordar primero, si la película o el libro, y como casi siempre tenemos que fallar a favor del segundo, no solo por la excusa habitual y casi siempre certera de que una cinta de una duración acotada no puede reflejar los más profundos matices del texto, sino porque, además, una visión cinematográfica nunca sería capaz de aportar los datos científicos, históricos y socioculturales con los que Bryson suele trufar sus ensayos, los cuales cultiva hasta obtener un árbol cargado de tan hilarantes como eruditas anécdotas. No obstante, hay que avisar que este libro sorprenderá a muchos de los lectores habituales de Bryson, pues tiende a contar mucho más de lo que estamos habituados sobre sí mismo y, además de centrarse en gran medida en historias sucedidas a lo largo del sendero (el mayor mérito de la película consiste en representar las más graciosas en el tono adecuado), encontramos a un autor menos académico, con mucha más propensión a poner a caldo a una amplia parte del mundo, y una habilidad para usar el sarcasmo que raya la más irreverente bordería. El film, por otra parte, y siguiendo las convenciones ya clásicas en Hollywood, modifica varios de los episodios fundamentales para adquirir una dirección lineal y un mensaje cristalino (algo que la vida real suele proporcionar en bastantes pocas ocasiones), pero cumple con la función de reflejar no tanto la esencia principal de "Un paseo por el bosque", como al menos lo que Bryson quería transmitirnos que significó, para los implicados, este viaje. En definitiva, un libro que nos hace aprender, reír, pensar, y que sirve de base a una película imperfecta, aunque entretenida y protagonizada por magníficos actores. Para un viaje de varios cientos de kilómetros sin levantar un pie del suelo, no está nada mal.

lunes, 11 de noviembre de 2019

La historia real de noviembre. Grandes modificaciones terráqueas (I): Atlantropa, el mar del Sáhara, la valla publicitaria espacial y otras grandes locuras transformadoras.

El día que el Dios cristiano, judío y musulmán expulsó a Adán y Eva del paraíso, les forzó a "ganar el pan con el sudor de su frente". Eso les obligaba a arar la tierra, una forma de modificación de la naturaleza. Sin embargo, el ser humano, siempre buscando el camino más fácil y el más efectivo, fue construyendo máquinas con el que ahorrarse el trabajo, y a partir de allí se le ocurrió que con esas poderosas máquinas podía obtener transformaciones mucho más potentes y más beneficiosas. Edificios, carreteras, derivaciones de los cursos de los ríos, presas, ciudades, el ser humano ha poblado la superficie y el interior de la Tierra (y hasta su atmósfera) con sus cambios, hasta tal punto que se ha propuesto nombrar nuestra era como el Antropoceno, debido a la influencia del ser humano sobre la misma. Pero, ¿cuán lejos ha podido llegar?¿Y hasta cuánto ha pretendido?

Quizás el mejor ejemplo que se suele exponer de ese ansia constructora (o destructiva) del ser humano ha sido, en concreto, la desecación del mar de Aral, un vasto lago interior (el cuarto más largo del mundo) cuyo contenido la Unión Soviética pretendió aprovechar para implementar la agricultura de la región, y que como consecuencia de la acción del hombre se ha visto reducido a sólo un 10% de su tamaño original. Este gran desastre medioambiental se une a otros provocados por el ser humano tales como la gran isla de basura del Pacífico, la deforestación de la selva amazónica y de la isla de Pascua, o (según argumentan algunas teorías) un cierto papel del hombre en la desertización del Sáhara.

Sin embargo, aparte de esas acciones involuntarias (por irresponsabilidad, ambición o mala cabeza), ha habido ocasiones en que el ser humano se ha planteado a propósito grandes transformaciones de la superficie de la Tierra a escala continental, o incluso celestial. La inmensa mayoría de esos proyectos no se ha llevado a cabo, bien porque alguien tuvo la suficiente cabeza para reconocer que aquello sonaba a mala idea, bien por razones logísticas, financieras o de geopolítica mundial. He aquí algunas de las  más titánicas y descabelladas ideas para modificar la faz de nuestro planeta:

La valla publicitaria espacial. En 1993, la empresa Space Marketing INC. propuso construir una valla publicitaria de 1 kilómetro cuadrado que se colocaría en órbita respecto a la Tierra, a baja altura, de tal manera que tuviera, desde la superficie de nuestro planeta, el mismo y brillo y tamaño con el que contemplamos la Luna. El proyecto adolecía de dos defectos: costaba mucho encontrar inversores, y se calculaba que la basura espacial impactaría contra ella con demasiada frecuencia. Pero no faltó demasiado para encontrar un "Beba Coca-Cola" haciendo competencia con la Luna en el otrora despejado cielo nocturno. 

El mar del Sáhara. Ha habido diversos proyectos, ideados por algunos de los países circundantes, para convertir parte del Sáhara en un mar interior. Las ventajas serían crear una serie de territorios agrícolas que proporcionarían recursos a la población, aparte de disminuir las habitualmente inclementes temperaturas presentes en el desierto. Sin embargo, la palma se la lleva el profesor vasco-francés Edmund Etchegoyen, que en 1910 propuso que todo el Sáhara (una buena parte del cual se haya por debajo del nivel del mar) se inundara de agua gracias a un canal procedente del Mediterráneo, transformándolo por completo en un inmenso mar interior. Aparte de los problemas de financiación (lógicos para un proyecto de esta clase), la idea nunca ha terminado de convencer a los científicos, quienes creen que un pequeño lago generado en el desierto no modificará las temperaturas locales y se convertirá en un pantano infestado de mosquitos, mientras que si es todo el Sáhara el que se convierte en un mar, transformará el clima de Europa para convertirla en una zona polar. Aparte, existen altas probabilidades de que el desplazamiento de tal masa de agua desplazara la órbita terrestre (por otra parte, la pérdida de una enorme masa de agua en el Mediterráneo podría afectar a las estructuras geológicas subyacentes, provocando terremotos y reactivación de volcanes apagados). Como suele decirse, hay quien nunca está contento con nada. Como detalle anecdótico, Julio Verne teorizó sobre la posibilidad de crear un mar interior en el Sáhara (idea que conoció gracias a los proyectos presentados por sus compatriotas) en una de sus últimas novelas.

Atlantropa. Así se iba a llamar la gigantesca reorganización continental ideada por el alemán Herman Sörgel, quien tenía el sueño de construir gigantescas presas en varios estrechos del Mediterráneo (la clave sería el del Gibraltar, pero también tenía proyectadas presas en los estrechos de Messina y Dardanelos, y en la zona de separación entre Sicilia y Túnez) con el objetivo de desecar parcialmente el Mediterráneo, que retrocedería a nivel de todas las costas, y el cual quedaría dividido dos mares más pequeños, uno al este y otro al oeste. Estas presas generarían una inmensa cantidad de electricidad disponible para la humanidad (como en el plan del mar del Sáhara, desierto el cual, en la fantasía de Atlantropa, sería regado por agua procedente de Chad), además generar nuevas tierras de cultivo. Como contrapartida, entre otras, este proyecto acabaría con la mayor parte de los puertos del Mediterráneo (aún así, Sörgel tenía planes especiales para salvar algunos enclaves míticos, como el puerto de Venecia). El plan, además, tenía una segunda parte, que pasaba por establecer otras grandes presas en varios de los grandes lagos de África, generando una energía que llegaría a Europa a través de tres ciclópeos cables de electricidad que surcarían longitudinalmente (en dirección sur-norte, uno en la zona central, uno al este y otro al oeste) el nuevo continente que se habría creado, Atlantropa, producto de una fusión de África y Europa a partir de un Mediterráneo que habría quedado reducido a un par de charquitos, con gigantescas vías férreas que unirían la zona sur con la norte. Aparte de las consecuencias climáticas y físicas que tendría este desaguisado -muchas de ellas comunes a la también "maravillosa" idea del mar del Sáhara-, la cuestión geopolítica también sería peliaguda. La idea de Sörgel era que tan fantástico suministro de electricidad podría servir para sellar una paz mundial, pues aquellos países que amenazaran el nuevo orden mundial podrían ser privados de tan fantásticos recursos energéticos. Pero por muy sinceros que fueran los esfuerzos pacifistas del alemán, esto, en los inicios del siglo XX, con la distancia entre África y Europa súbitamente reducida, suena demasiado a colonialismo europeo y mayores posibilidades de los países del norte para controlar las indefensas economías del sur. De hecho, Sörgel estuvo durante varios años a vueltas con su plan, dando conferencias por todo el mundo, tratando de vender su idea a quien quiera que quisiera comprársela -obviamente, tenía graves problemas de financiación-, e incluso llegó a ofrecérsela al régimen nazi, la cual la declinó amablemente pues decía que sus planes de expansión se situaban más hacia el este, no hacia el sur. Al final, el sueño de Atlantropa murió junto con Sörgel, aunque, al menos en la ficción, Philip K. Dick lo llevó a cabo en cierta medida en su ucronía El hombre del castillo.

El derretimiento de los polos. Lo que hoy es uno de los temores más fundados por culpa del cambio climático fue (en aquellos ingenuos tiempos del siglo XX en que se creía que toda la naturaleza era un inmenso instrumento dispuesto únicamente en beneficio del hombre, idea que algunos mostrencos aún consideran válida) un plan que llegó a considerarse factible. El objetivo: facilitar la navegación marítima, no sólo por los grandes espacios marinos que se abrirían, sino también para combatir el peligro de los icebergs. El plan fue sugerido periódicamente y descartado periódicamente también, porque las consecuencias climáticas para todo el globo serían desastrosas. Un proyecto, sin embargo, que a pesar de haberse abandonado, estamos provocando nosotros mismos por nuestra codicia, nuestra desidia y nuestra insensatez. En cuyo caso, quizás, si lo logramos, será el último plan descabellado que llevemos a cabo.

Uno de los requisitos indispensables de cada uno de estos proyectos era el de grandes planes de ingeniería que requerían desplazar desproporcionadas cantidades de tierra, empleando para ello una enorme cantidad de energía. Y como, para ideas faraónicas, métodos alocados, también hubo quien tuvo la disparatada idea de emplear, para llevarlos a cabo, bombas atómicas. Pero de eso hablaremos en una próxima entrada.

lunes, 4 de noviembre de 2019

El cuento de noviembre. "Relatos de cuando las historias se pintaban (I): Luz".

He aquí el inicio de una trilogía de cuentos dedicados a la prehistoria. El primero, Luz, sin duda invocará ideas conocidas por el imaginario colectivo. Ya me contaréis que os parece. Sin más preámbulos...

RELATOS DE CUANDO LAS HISTORIAS SE PINTABAN

1.       LUZ
(Localización espacial: algún punto de la cornisa cantábrica, al norte de la península ibérica.
Localización temporal: hace unos 15.000 años)

                La luz lo es todo.
                No sólo la ausencia o presencia de luz. También la intensidad, la duración, la amplitud, el enfoque. La forma en que los objetos se iluminan por la luz determina grandes diferencias en el modo en que percibimos a los mismos. Y, para comprobarlo, sólo hay que esperar a que caiga la noche. Para certificar lo distinto que se vuelve el mundo. De noche cada sombra se agiganta, se cierne amenazadora. Y no hay sustitutos suficientemente grandes que lo puedan paliar.
                Eso era sobre lo que reflexionaba Tres conforme observaba esa forma de luz, el fuego, que les permitía hallarse durante la fresca noche al aire libre, en el borde limítrofe de la cueva. Aunque, a decir verdad, “meditar” es una palabra quizás demasiado aventurada acerca de lo que Tres podía llegar a hacer a la tierna edad en la que se encontraba. Si acaso, podía darse cuenta de lo diferente que era todo bajo la iluminación de los rayos de sol, o ante el influjo parpadeante que de su entorno ejercía la hoguera. Tres siempre lo había contemplado todo con mucha atención, con esos ojos enormes que parecían abarcar el mundo. Quizás fue por ello la primera que aquella noche avistó al lobo.
                Bisonte Haya desplazó ligeramente la vista, una vez percibió no sólo la presencia del animal, sino que Tres se había quedado mirando muy fijamente a éste. La madre aún no se había dado cuenta de lo que estaba mirando su hija, pero en cuanto se percató, intentó acercarse hacia ella para abrazarla y servir como escudo en caso de necesidad. Bisonte Haya realizó un gesto casi imperceptible, un movimiento de cabeza, para indicarle que no se desplazara más y permitiera que aquella anómala situación que se había generado de manera natural evolucionara del mismo modo. El lobo no parecía amenazador o agresivo, más bien expectante, contemplando con mayor avidez los trozos de comida cerca del fuego que a la niña. Y, sin embargo, ella había establecido una comunicación visual con él. La pequeña criatura humana aproximó sus débiles patitas hasta el fuego, tomó una brocheta de carne y se acercó al animal. Bisonte Haya hizo un gesto terminante y la niña se paró, abandonando allí el manjar. Luego, se alejó varios pasos y volvió para refugiarse en los brazos de su madre. El lobo, con cautela al principio, y luego más descaradamente, se acercó a la donación que le habían ofrecido y arrastró el regalo, colocándose a una distancia prudencial, desde la que empezó a asestar mordiscos cortos, pausados, precavidos.
                Bisonte Haya levantó una ceja. Ya desde la época de su padre, quien también fue líder de la tribu, se habían acostumbrado a que los lobos merodearan sus campamentos en busca de comida. Fue su padre, de hecho, quien estimuló a que dejaran de espantarlos, al comprobar que su presencia ahuyentaba a otros depredadores. Hasta ahora, habían convivido en una relación más o menos pacífica y de beneficio mutuo. Ahora, aquella niña había dado un primer paso, uno muy pequeño, a darle directamente de comer a un lobo.
                ¿Se podía sacar algo de eso?¿Quizás, con el paso del tiempo, los lobos dejarían de ser un enemigo, y tal vez algo más que un simple huésped útil en los campamentos?¿Tal vez un aliado? Probablemente tendría que pasar mucho tiempo para eso. Pero resultaba interesante aquel primer paso.
                Bisonte Haya sabía aprovechar las oportunidades cuando las veía. Y veía en Tres una oportunidad…

*                                            *                                            *

                Pasa el tiempo, las estaciones, los lugares… La tribu migra de un lado a otro, siguiendo a las presas, que a su vez andan en busca de los mejores pastos. Las cosas evolucionan, y también las personas. A todas estas cuestiones, un buen líder ha de prestar atención.
                Un día, el pintor de la tribu le llamó a su lado. Le enseñó a Uno y a Tres (todavía era Tres, a pesar de que Dos había fallecido de una fiebre el pasado año), una Tres que ya había visto pasar ocho ciclos completos, poniéndose a jugar con sus pigmentos. Se manchaba los dedos y los imprimía sobre una cercana roca. Tomaba el aerógrafo y expulsaba un chorro que le embadurnaba la cara. Se reía mientras sus mejillas se pringaban de gotitas.
                -No es por meterme donde no me llaman –dijo Bisonte Haya-, pero creía que había que cuidar esos pigmentos porque costaba producirlos.
                -Tengo que pensar en el futuro. No duraré eternamente. Alguien tendrá que sustituirme algún día, y si no lo prueban de niños, nunca sabemos si tienen aptitudes. Y en cuanto a Tres… bueno, es menos agotador dejarla jugar que prohibírselo. El caso es que… por eso te llamaba precisamente… Fíjate en lo que hace Tres. Para su edad, tiene talento.
                Bisonte Haya enarcó una ceja, como solía hacer cuando algo le descolocaba. Pero sabía que a veces de esa clase de situaciones surgían las mejores ideas. Ideas. Posibilidades. Oportunidad.
                -No es habitual que las chicas dibujen, ¿no?
                -No lo escuché de ningún grupo nunca.
                -Pero ella lo hace bien, ¿no?
                -Pues, para estar empezando… nada mal.
                Bisonte Haya se rascó la cabeza.
                -Ya lleva mucho tiempo siendo Tres. Quizás vaya siendo hora de que le pongamos nombre. A ella y a Uno, claro. A Uno será fácil: Lobo Tormenta es un nombre que le pega, llevo tiempo pensándolo… Y en cuanto a Tres…
                -Tres es una mora de invierno –expresó el pintor, glosando en su mente unas cuantas anécdotas que habían vivido el resto de los miembros de la tribu con la niña en los últimos tiempos-. Nunca está donde debe estar, donde se supone que le han ordenado que haga lo que tiene que hacer… Está un poco por todas partes. Es un poco…
                Al pintor se le notaba tan incómodo como ambivalente. Quizás porque, a pesar de los problemas de Tres sobre los que protestaba, el hecho de que la niña pintara tan bien confirmaba sus sospechas iniciales acerca de que Tres era su hija.
                -Un poco… -terminó la frase Bisonte Haya- como la lluvia. Cae un poco por todas partes, pero no está en ninguna. Sin embargo, la lluvia trae muchas cosas. Transforma un árido socavón en un fértil lago. Trae cambios. Y, a pesar del escepticismo de muchos, yo creo que los cambios, bien dirigidos, significan algo positivo.
                Contempló a Tres (ya por poco tiempo le duraría el nombre) expulsando de nuevo la tinta por el aerógrafo, salpimentando gotas que se distribuían por su cara como pecas de color.
                -Lluvia. Eso es. Una lluvia fresca que puede traer un pensamiento original que dé vida. Ése será el nombre: Lluvia Fresca –le anunció el líder-. Dale manga ancha, y dile a Sombra Clara que programe la ceremonia. Vamos a ver qué nuevas aguas nos trae esa lluvia.

*                                            *                                            *
          
      Sombra Clara vestía con un traje ceremonial, hecho a base de pieles de animales, que le convertía en algo distinto: el chamán de la tribu, el hombre a quien los espíritus guiaban por el buen camino, aquel a quien se le había inferido la propiedad de interpretar. Entre otras cosas, los dibujos que se inscribían en la pared de roca, en lo más profundo de las cuevas, donde los dioses permanecían dormidos en un lugar en el que, encapsulados en forma de grabados y pinturas, nada ni nadie pudiera les pudiera dañar. De esa manera, permanecerían allí para cuando el año siguiente volvieran a usar esa cueva para pernoctar; y, ahora y después, por siempre, servirían a los miembros de la tribu para aprender.
                -He aquí nuestro símbolo: el bisonte. Es el animal que nos representa, que indica nuestra fortaleza, el poder, el tamaño de nuestra tribu–señaló la figura dibujada en la piedra, desplazando para ello en círculos la lámpara que se alimentaba a base de tuétano como combustible, y que permitía iluminar con un límpido fuego sin humo-. En contraste, tenemos a los ciervos. Representan a un grupo que se ha caracterizado, como su avatar, por ser escurridizo y cobarde, por dejar atrás su rastro y después huir. Pero el Bisonte siempre se impondrá frente a todo. Frente a todo, y todos los demás.
                Mientras tanto, en la semioscuridad, una figura femenina, arropada por el resto de la tribu, bufaba a la vez que contemplaba el conjunto de pinturas que quedaban tan sólo iluminadas de refilón por la linterna del chamán; por un lado, varias impresiones negativas de la propia mano de la chica, que la había empleado en su día como método de experimentación con los pigmentos y, ya de paso, como lo más parecido a una “firma” que le hubieran permitido plasmar. Por otro, un pequeño arco semicircular formado por varios puntos. La chica había estado devanándose muchísimo tiempo los sesos hasta conseguir averiguar qué era, y lo descubrió un día contemplando el cielo nocturno: era un conjunto de estrellas. Pero lo que más le intrigaban era un conjunto de manchas que se prolongaban a lo largo de buena parte de la galería; siempre habían estado allí, desde que era pequeña, cada vez que visitaban la cueva, y nadie le había sabido decir quiénes las habían hecho ni qué habían querido decir con ello. Ella no se lo podía parar de preguntar…
                Un rato más tarde, ya en la zona exterior de la cueva, Lluvia Fresca se encontraba apoyada de manera hosca sobre la pared. Bisonte Haya se acercó a ella. La apariencia externa e ambos contrastaba. Bisonte Haya, alto, hercúleo, con numerosas cicatrices alternando con tatuajes en el pecho, y las plumas ceremoniales que había requerido el acto todavía en la cabeza. Lluvia Fresca, ahora mucho más crecida, pelirroja, a quien parecía que tanto tiempo trabajando con el aerógrafo le había afectado, pues se le habían quedado definitivamente instaladas en la mejilla unas espaciadas pecas. Ya era una mujer adulta, pensó Bisonte Haya, quien no pudo evitar que se le escapara una huidiza mirada en dirección a los pechos de la chica. Eso obligaría a futuras decisiones. Pero, por el momento, sobre este asunto no se atrevía a meditar.
                -No te veo nada contenta –señaló algo que, más que una observación, era un hecho previsible.
                -El bisonte nos simbolizaba a nosotros. A nuestra forma de ser, a cómo resistimos y avanzamos. No tenía ninguna intención de referirse a otro grupo al que no conozco, al que no he visto nunca. Y mucho menos para poco menos que manifestar una declaración de guerra.
                Bisonte Haya se apoyó en el cayado que últimamente se veía obligado a utilizar más a menudo. A pesar de ello, también colocó una mano sobre el hombro de Lluvia Fresca.
                -El pintor de la tribu debe dibujar, pero es el chamán quien interpreta su dibujo… Y lo hace de la manera que más beneficia a la tribu. Hace tiempo que no nos cruzamos con el grupo de los ciervos, pero alguna vez hemos visto sus dibujos, en cuevas que en anteriores migraciones eran nuestras. Conviene que, si nos cruzamos con ellos, la gente esté alerta sobre lo que cabe esperar al respecto. Y que estén preparados.
                -¿Así es como se altera el significado de un dibujo?¿Para que el líder le ordene de manera subrepticia a la tribu cómo han de comportarse?
                -Para que las cosas ocurran de la manera más conveniente para ellos. Lluvia Fresca, aprecio tu punto de vista porque es original, y los dioses saben que necesitamos todo tipo de ideas para salir adelante. Pero un jefe tiene más preocupaciones en la cabeza de las que pueden vislumbrar, desde sus restringidos ámbitos, cada uno de los miembros individuales de la tribu.
                -Prefiero cuando mis pinturas se emplean para aprendizaje. O como invocación al futuro.
                Bisonte Haya carcajeó como un sortilegio para romper toda distensión.
                -Ya llegará ese momento, pequeña. No falta tanto. De hecho, tengo algunos planes para el futuro.
                -¿Ah, sí?¿Nos movemos?
                Bisonte Haya asintió.
                -Sí –confesó, adelantando los planes de la tribu-. Hacia donde se muere el sol.

*                                            *                                            *

                Lluvia Fresca gustaba de pasear por el bosque cuando tenía la ocasión. No tenía miedo de lo que pudiera encontrarse, pues conocía de sobra las señales que indicaban cuándo era seguro y cuándo en cambio convenía prevenirse porque algo terrible podía acontecer. De todas formas, caminar por allí siempre tenía un punto de impredecible que le llamaba. Por ejemplo, la llegada de aquel grupo de alces, a los que no vio venir. Lluvia Fresca se quedó fascinada, admirándolos. No por frecuentes le resultaban menos admirables, sorprendentes, incomprensibles. Tanto, que le costaba creer que los dioses los hubieran creado. Nadie hubiera podido –pensó mientras alargaba la mano para tocar el hocico de uno de ellos, que la observaba con gesto bucólico- imaginar un ser así…
                La flecha llegó de improviso, ensartándose en el lomo del animal, el cual bramó de dolor. Lluvia Fresca retrocedió de miedo, aunque se quedó paralizada al observar cómo el resto de los animales trataban de huir, pero eran incapaces a causa de la lluvia de lanzas y flechas que se clavaban sobre y en torno a ellos, como las rocas expulsadas por un volcán. A su vez, hombres que reconoció como miembros de su tribu salieron de la espesura del bosque, saltando sobre los cérvidos y ensartándoles los puñales de piedra hasta el fondo de sus tráqueas y arterias cervicales. En pocos instantes, el pacífico claro del bosque se convirtió en una orgía cataclísmica de sangre y destrucción. Hasta Lluvia Fresca había quedado cubierta de ella, pese a que el fragor del combate no la había alcanzado. Se lavó llorosa en las aguas de un río cercano, pero sentía que jamás eliminaría de ella el calor, el sudor, el sofoco… el perenne e incisivo olor a muerte, que la envolvía y le daba ganas de vomitar…
                La discusión con Bisonte Haya aquella tarde fue morrocotuda. Los gritos de la airada Lluvia Fresca resonaban en el prado, en donde se habían situado porque Bisonte Haya toleraba muchas salidas de tono de la siempre rebelde Lluvia Fresca, pero siempre que fuera en un lugar donde el resto de la tribu no pudiera contemplar escenas que socavaran su autoridad.
                -¡No teníamos necesidad de cazar tantos animales!¡Ni siquiera tenemos sitio donde guardar los alimentos!¡Además, íbamos a desplazarnos en seguida!¿A qué viene esto?-inquiría Lluvia Fresca, en tono agresivo.
                Bisonte Haya suspiró, como siempre que le tocaba lidiar con las ideas tan particulares de su compañera de tribu.
                -Sé que, de una manera que nunca conseguiré entender, crees que los animales tienen tanto valor como nosotros, y que sólo debemos hacer uso de ellos sólo cuando es estrictamente necesario… Pero créeme, este acto ha sido imprescindible. No estamos sólo nosotros por esta zona, Lluvia Fresca. Hay otras tribus, y es posible que tengamos que pelear algún día por la hegemonía de las cuevas. Es esencial que les mandemos un mensaje acerca de todo lo que podemos llegar a conseguir cuando lo pretendemos. Los esqueletos de estos animales les servirán de aviso. Los esqueletos les dirán a quién se tendrían que enfrentar.
                -¡Hay cuevas de sobra!¡Hay territorios de sobra!¡Hay alimentos, y caza, y cualquier cosa que necesitemos para convivir todos!
                Bisonte Haya sonrió condescendiente, como se hace con las ensoñaciones de una niña pequeña.
                -Me recuerdas a viejos debates que tuvimos… hace mucho, muchos ciclos. ¿Sabes? –suspiró-, hay muchas cosas en ti que son atípicas. No es habitual que sean las mujeres las que pinten. Tampoco es muy común ese pelo rojo. A mí me da igual, pero a los ancianos, cuando yo era niño, les producía malas sensaciones. Les parecía un signo de mal agüero. Por lo visto, en el pasado, había un grupo donde el pelo rojo era bastante común. Yo no les llegué a conocer. Los ancianos decían que ellos tampoco los habían visto nunca. Pero la tradición oral seguía hablando de ello y, por eso, la visión del pelo rojo no les sentaba nada bien. Hablaban de esa gente siempre en susurros, sin apenas proferir palabras claras. Por lo que les entendí, las relaciones con ellos no habían sido distintas de las que tenemos con otros grupos: a veces peleábamos, otras colaborábamos. Y, sin embargo, dejaban muy claro que eran diferentes a nosotros, completamente distintos. Pero como digo,  hace mucho que nadie los ha visto. Si es que los ancianos no han recibido una versión distorsionada de la historia y existieron alguna vez…
                Realizó una breve pausa, y luego prosiguió:
-Sólo hemos quedado nosotros, pero las pugnas y la competición es algo que todavía no ha acabado. A todos nos gusta cuando la paz y estabilidad se mantiene a lo largo del tiempo, pero cuando llega la escasez, cada tribu lucha por los mejores recursos. Y, para entonces, necesitas haber trabajado mucho para que esto no te afecte. Ésa es la labor de un jefe: prevenirse para lo peor. Aguardar en todo momento, hasta el más optimista, que lo más catastrófico vaya a pasar.
                Bisonte Haya guardó silencio. Lluvia Fresca seguía conteniendo la ira, como si la estuviera reteniendo para, en el momento más útil, liberarla de golpe y explotar.
                -Dentro de poco –dijo el jefe de la tribu-, te voy a encomendar una tarea. Será una forma de canalizar toda esa energía que tienes almacenada en el cuerpo. Y será algo que tú misma verás como positivo, para lo que no habrá que matar ni hacer daño. Eso te hará bien. Nos hará bien a todos. Y, probablemente, gracias a eso, no tendremos necesidad de matar a más animales de los requeridos.
                Lluvia Fresca frunció el ceño, con los brazos en jarras. No siempre estaba de acuerdo con lo que Bisonte Haya ordenaba o hacía, pero había de reconocer que, hasta la fecha, había mantenido el grupo unido y a salvo. Y eso siempre era decir mucho. Además, era muy consciente de que la supervivencia de la tribu se basaba en trabajar unidos. Actuar cada uno por su cuenta –lo aprendían desde la infancia- ponía en peligro a toda la tribu.
                -¿Qué clase de encargo?
                Bisonte Haya sabía que la había de nuevo reconquistado. Muy delicadamente, casi más para sus adentros, sonrió.

*                                            *                                            *

                Las hojas de los árboles ya habían caído. El color marrón de las hojas gobernaba el suelo. En el umbral de la cueva, Bisonte Haya se apoyaba contra la roca mientras, a su espalda, los miembros de la tribu ultimaban los preparativos para la migración. Bisonte Haya se sentía cansado. Muy cansado. Había pasado por cuarenta ciclos solares y los años se iban notando. Ya no podía quedarle mucho. Quizá por eso pasaba tanto tiempo reflexionando sobre su legado.
                Se apoyó sobre su cayado y alzó la vista para captar en toda su globalidad a Lluvia Fresca.
                -¿Tendrás todo lo necesario? Será un invierno duro. ¿Alimentos, pinturas?¿Han quedado bien los andamios?¿Quieres que te construyan alguno más?
                -No, gracias, Bisonte Haya. Creo que no hará falta.
                -Hurón Blanco se quedará contigo –reiteró Bisonte Haya una información que no hacía falta, pero con la cual, exponiéndola, se quedaba más a gusto consigo mismo-. Velará porque estés bien surtida de lo que… bueno, de lo que quieras. Recuerda: la obra es más importante que cualquier recurso material.
                Ambos callaron.  Lluvia Fresca se quedó mirando, consciente de que el jefe de tribu quería contar más.
                -Este proyecto va a llevarnos lejos, Lluvia Fresca –defendió él, ante ella, ante sí mismo, ante el mundo-. Más allá de un nivel que podríamos haber imaginado. Le mostrará a otros grupos que quieran entrar en la cueva lo poderoso que el clan del Bisonte, y les servirá de recordatorio a la tribu sobre nuestro propio poder. De esa manera, nadie tratará de disputar nuestra hegemonía, y podremos vivir sin miedo a enfrentamientos. Ya lo verás, Lluvia Fresca: este proyecto contribuirá a la paz. Además, algo me dice que tienes ganas de afrontarlo.
                Lluvia Fresca se encogió de hombros, con cierto escepticismo.
                -Te lo diré cuando lo termine –subrayó, y con eso dio por rematada la conversación, pues se adentró hacia el umbral de la caverna.
                Conforme Bisonte Haya se alejaba de aquel territorio, liderando a su tribu hacia nuevos pastos, no podía parar de mirar la figura de Lluvia Fresca recortada sobre la entrada de la gruta…

*                                            *                                            *

                Bisonte Haya tuvo razón en una cosa. El invierno fue duro. El glaciar avanzó a lo largo de una lengua de tierra mucho mayor que otros años. Apenas había animales, y el pobre Hurón Blanco (un joven esmirriado y torpe que apenas conseguía cazar lo suficiente para alimentarse a sí mismo; menos mal que Lluvia Fresca comía poco) tuvo que esforzarse mucho para mantener vivo el refugio en el que la muchacha y él habían convertido la cueva, pese a que Hurón Blanco seguía sin entender por qué no habían podido marcharse con los otros y dejar las pinturas de la gruta para otro momento en que todos anduvieran por allí. Lluvia Fresca no tuvo ganas ni paciencia para explicarle las cuestiones relativas a la creación artística, la soledad purificadora, la tranquilidad catártica para concebir, crear, pensar.  Simplemente permaneció callada y trabajando, subida a los andamios para acceder a la zona más alta de las paredes de aquella sala que se formaba dentro de la gruta, y así aprovechar los relieves naturales como un elemento más de los cuerpos de los animales. Sin embargo, no estaba satisfecha con cómo le estaba quedando. Cada vez que apartaba el aerógrafo y se echaba hacia atrás para contemplar el resultado, sentía que estaba ejecutando con fidelidad el trabajo que Bisonte Haya le había (¿encargado, ordenado, propuesto? La forma en que funcionaba su relación no era claramente definible) sugerido, y sin embargo Lluvia Fresca notaba que había un concepto muy erróneo de base en el conjunto del proyecto. Cuando aquella sensación le resultaba más dolorosa, se quedaba callada mucho tiempo, detenida sobre el andamio, contemplando el techo de la cueva. A veces bajaba y se apoyaba sobre una formación de la pared, manteniendo una postura imposible. Y, en otras ocasiones, salía fuera y daba largos paseos alrededor, esperando que la inspiración le comunicase algo. Pero los dioses no parecían tener prisa por acudir.
                Un día, Lluvia Fresca se encontraba paseando por el interior de la cueva, hastiada, como si alguien la hubiera maniatado y ninguna pintura productiva pudiera, aquella jornada, de sus manos surgir. Vislumbró entonces a Hurón Blanco durmiendo en un lado de la cueva, tan desaliñado y abrigado como siempre (se quejaba perennemente del frío), cubierto con las mantas, transmitiendo una impresión de vulnerabilidad tan impropia en los machos de la tribu que a Lluvia Fresca no podía dejar de parecerle tierna. En aquel momento, tuvo una idea. Se coló debajo de las mantas y empezó a utilizar manos y boca para introducir cierta estimulación en las partes más sensibles del cuerpo de Hurón Blanco. Éste se despertó inquieto, casi asustado, pero ella se encargó de tranquilizarle y, nada más pudo, se encaramó encima de él. Fue rápido, breve e intenso, también extraño porque era Lluvia Fresca quien desde el principio lo había dirigido, mientras que el chico casi no pudo hacer otra cosa que dejarse llevar y resistir el ciclón que le había caído encima. Cuando la cosa terminó, Lluvia Fresca se retiró con una sonrisa, orgullosa del rostro de perplejidad que había dejado en la cara de la otra parte, la cual reflejaba un estado absoluto de confusión. Se alejó en dirección al interior de la cueva, sin proporcionar ninguna explicación, para disfrutar de su triunfo en soledad…
                Aquella tarde, el pensamiento dentro de su mente fue vívido, más de lo habitual. No tenía que ver con el sexo: o no con éste en sí mismo, que no le evocaba esa sensación otras veces. Era más bien la forma en que había sido, alterando los papeles tradicionales, con ella al mando, induciendo la sorpresa, ese sentimiento que, según Bisonte Haya, ella era tan entusiasta en causar.
                Lluvia Fresca se quedó un rato reflexionando  sobre este hecho. Mientras lo hacía, se apoyaba en una nueva postura antinatural sobre sus piernas, y observaba un techo aún vacío en su mayor parte, elucubrando…
                Y, un rato más tarde, comenzó a pintar. Se empleó a fondo con el aerógrafo, aunque también jugó con sus propios labios para soplar aliento vivificador y cargado de pigmento que se depositaba suavemente sobre las pinturas. También improvisó para perfeccionar los pequeños pinceles que solían emplear a partir de pelos de animales mientras, con la otra mano, sostenía la lámpara con el objeto de alumbrar lo que estaba haciendo, procurando además conservar un equilibrio que le servía de único baluarte frente al riesgo de caerse del andamio. Aunque, en especial, utilizó las manos: no había sensación más reconfortante, más plena, más pasional, que involucrar su cuerpo directamente en el dibujo, que invertir cada centímetro de la superficie de su piel en envolver cada una de las figuras. En comparación con aquello, el incidente con Hurón Blanco había constituido apenas una chispa fugaz.
                Cuando todo terminó, fue como si acabara de librar una batalla de terrible, incierto e impactante final. Se quedó un rato admirándolo, hasta que no se le ocurrió nada que añadir o que quitar. Entonces, salió afuera, al frío suelo, y a pesar de las bajas temperaturas, se quedó un rato mirando las estrellas. Observó la agrupación que se hallaba dibujada en la pared de la otra cueva, y se preguntó por el antiguo artista, o jefe de tribu, o lo que fuera, que en su día lo pintó…
                Nada más Bisonte Haya volvió, antes de que terminara el invierno, pidió ver la sala de las pinturas, antes que ninguna otra cosa. Entró en el lugar y, al principio, al moverse las lámparas encendidas, pudo captar el movimiento de los animales: los bisontes y los ciervos, que asemejaban estar pastando, recostados y retozando sobre la hierba, conviviendo con los íbices y caballos, realizando su vida normal. Casi podía dar la impresión, si el fuego se movía lo suficiente, que los animales entraban en estampida, y salían corriendo de la cueva a toda velocidad.
                Bisonte Haya parpadeó varias veces, después de una profunda observación. Su rostro enunciaba perplejidad. Sin embargo, quizás porque le resultaba demasiado abrupto (sobre todo para sí mismo) anunciar la cuestión sin ambages, decidió abordar una vía lateral:
-¿Por qué esas patas de animales… están una encima de la otra?
                Lluvia Fresca, en apariencia con naturalidad, y como si no hubiera una pregunta subyacente sobrevolándoles, se colocó en un escorzo para aproximarse más a las pinturas y así señalar al punto que había provocado la duda:
                -Es por la perspectiva. Si los miraras en esa posición, no podrías ver las extremidades de ambos… Pero no quería cortar las patas. Esas patas existen, de todas maneras. Están allí. Cortarlas sería una manera de arrebatarles parte de su existencia a estos seres. Podría haberles modificado la posición o el dibujo para hacerlo, pero… no me hallaría muy a gusto con esa decisión.
                El rostro de Bisonte Haya se encontraba aún más confuso. Paladeó mucho en los labios una frase antes, de finalmente, dejar a la cuestión clave abrirse paso y volar:
                -Hay… ciervos. Hay ciervos… junto con bisontes.
                Lluvia Fresca asintió.
                -Sí. Los hay. Como en la naturaleza. Viajan por rutas similares. Progresan, se encuentran, interaccionan. Cada uno lucha por su supervivencia, pero avanzan por unos pastos comunes y conviven en un mismo entorno en paz. Están obligados a compartir este mundo. Quizás en el fondo saben que, sin los otros, se hallarían más expuestos a los depredadores. Puede incluso que sientan que forman parte de un conjunto.
                Bisonte Haya contempló de nuevo las figuras, con el ceño fruncido y la ira contenida en su interior. Durante un rato se quedó escruto a una cierva de gran tamaño que se veía desde detrás y el costado, de tal manera que podía vislumbrarse su cabeza, y especialmente sus labios. Era tan realista que evocaba… candidez. Inocencia.
                -No has hecho lo que te he pedido –manifestó él-. Esto era una loa a la tribu. A su poder, su fuerza, su capacidad. Y esto, en cambio…
No daba la sensación de que a Lluvia Fresca le estuviera cayendo una reprimenda, o al menos no era aquello lo que reflejaba la cara de la muchacha. Más bien, sonrió.
                -Bisonte Haya, es tu legado. Querías que otros hombres vieran algo cuando entraran en esta cueva: y lo que verán es un compendio de los animales que hay alrededor de esta zona. Los que podrán cazar, los que les ayudarán a sobrevivir. Será un favor a otros hombres, el regalo de una tribu tan, tan poderosa, que podía proporcionarle a otra esa información sin sentirse por ello intimidada.
                Para estupefacción del jefe de tribu, volvió a alumbrar otras zonas con la linterna:
                -Y quizás la tribu, cuando regresa a esta cueva, en el futuro lo vea… Como algo distinto. Puede que como un mensaje de que bisontes y ciervos han de convivir juntos. Pero también de otra manera. Es posible que les resulte un recordatorio de lo que tenemos aquí. El entorno con el que coexistimos. Los seres a los que tenemos que preservar, porque si no existieran ellos no podríamos sobrevivir nosotros… Quizás lo que veamos, será a ellos.
Bisonte Haya se quedó por unos instantes mudo. Le faltaban palabras para expresarse. En parte porque, muchas de las que necesitaba, todavía no se habían inventado.
                -Suena como si hablaras… de los animales.
                Lluvia Fresca le escrutaba con mucha atención.
                -Bisonte Haya, ¿qué vas a hacer ahora?¿Vas a borrar las pinturas… o las vas a dejar ahí?
                Permitió que el rostro del jefe de tribu se iluminara gracias a la llama.
                -No lo entiendo –finalmente, dictaminó él-. Y, desde luego, no lo comparto. Pero… he de reconocer que es demasiado hermoso, demasiado increíble como para eliminarlo. No seré yo quien lo haga. Como tú dices, es mi legado. No es el que yo esperaba, desde luego, es diferente. Pero quizás, de alguna manera, sea mejor de lo que cabría esperar.
                Lluvia Fresca amagó con ocultar una risa, pero no le salió a tiempo. El jefe de la tribu mantenía los labios en un gesto despreciativo.
                -Esa interpretación que le das tú a la pintura no la explicarán los chamanes. No es la que se leerá a la luz de las lámparas. Y sin interpretación –recalcó-, la pintura no es nada.
                Lluvia Fresca sonrió, aún así, y hasta guiñó un ojo.
                -Quizás lleguen otras tribus, y será otra su interpretación. Quizás ellos lo puedan interpretar a su manera, y no como otros le manden. Quizás cambie completamente no sólo el sentido de esta pintura, sino cómo vemos todas las pinturas.
                A Bisonte Haya, aquello que su protegida auguraba para el futuro se le antojaba un imposible. Quizás por eso no se tomó en serio lo que le decía Lluvia Fresca. Como la mayor parte de sus ideas, eran demasiado “originales” para siquiera pensar que fueran factibles a corto plazo. En cuanto al futuro… Bisonte Haya era consciente de que las cosas siempre cambiaban. Pero para eso hacía falta tiempo. Mucho tiempo.
                -¿Y para qué son esos huecos?-inquirió a continuación el jefe de tribu.
                Lluvia Fresca se encogió de hombros.
                -Quién sabe. Quizás para los futuros pintores.
                Eso sí que constituía el futuro. Sin duda más cercano.
                Bisonte Haya musitó en un tono de voz demasiado audible. Sintió, en mitad de aquel cielo cercano a la primavera, que el propósito con el que había asignado él aquel encargo no importaba; y, también, que una lluvia en forma de pintura le alcanzaba,le atropellaba como una riada tumultuosa, y arrastraba inclemente e inapelable por caminos que nunca imaginó que se pudieran fabricar.

                Anotaciones post-scriptum:
                No se conoce al autor de las imágenes de la cueva de Altamira, ni el significado que éstas tenían. Hay quien argumenta que podría ser el mismo autor de las pinturas de la cercana gruta de El Castillo, donde buena parte de las manos calcadas en negativo pertenecen presumiblemente a mujeres, lo cual podría proporcionar pistas respecto a su autoría.
                Los tiempos y el modo en que se produjeron fenómenos como la domesticación de ciertos animales, la elaboración de las pinturas rupestres, o las relaciones entre grupos humanos en aquella época, son necesariamente –a pesar de los indicios hallados, que fortalecen algunas hipótesis- siempre una especulación. Se sospecha que en determinadas tribus actuales, como los hadza, todavía circulan leyendas sobre homínidos distintos a los Homo sapiens. Sin embargo, de este tema, como de tantos otros, es más lo que ignoramos que lo que conocemos.
                El período más largo de existencia de la especie humana sigue, en su mayoría, sin documentar.