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lunes, 25 de abril de 2022

La historia real de abril y mayo. No te fíes de los antiguos: Plinio, Herodoto, y el principio de autoridad.

Una de las máximas de la civilización occidental podría resumirse en la mítica frase del Dr. House: "Todo el mundo miente". En buena parte, el proceso de maduración del ser humano consiste en aprender que lo que existe a nuestro alrededor tiene un buen componente de embuste: desde los animales que se camuflan, las apariencias que siempre engañan, las pequeñas (o no tan pequeñas) mentirijillas que nos relatan nuestros padres, o incluso las falsedades que toleran nuestra mente o nuestros sentidos, de manera inconsciente o en un protector autoengaño. La cuestión es que -del mismo modo que la evolución de las especies remeda las fases del estado embrionario- la civilización, a semejanza que el ser humano como individuo, ha aprendido con paso del tiempo a no fiarse de lo primero que le cuentan, sobre todo después de haber constatado (normalmente a base de errores) de que mucho de lo que le narraban era un auténtico dislate. En definitiva, con el tiempo nos hemos vuelto más escépticos y, tras el descubrimiento del método científico, no nos creemos ninguna afirmación sin antes haberla corroborado nosotros mismos.

En ese sentido, hay personas que fueron auténticos adelantados a su tiempo. Por ejemplo, el griego Heródoto (o Herodoto, ya que se puede escribir de las dos maneras, aunque con tilde se aproxima más a la pronunciación helena). Considerado el padre de la historiografía como disciplina, iba preguntando, a lo largo de los distintos pueblos por los que pasaba, por los acontecimientos de aquel lugar. Trataba de encontrar una causa racional a los hechos, en lugar de buscar explicaciones divinas. De vez en cuando, sin embargo, se la colaban. Como cuando los egipcios le contaron que, en unas inscripciones en un lugar sagrado, lo que habían escrito era cuántas cebollas y cervezas se comieron los albañiles que lo construyeron. O cuando le dijeron que en Egipto el agua no proviene de la lluvia, sino sólo del Nilo, del cual, por cierto, le describieron un recorrido imposible. A pesar de eso, y de ciertos errores (por ejemplo en las traducciones), hay que reconocerle a Herodoto el valor de lo que hacía: además de ser el primero que intentaba una cosa parecida, trataba en los nueve libros de sus Historias de discernir lo verdadero de lo falso, realizaba juicios críticos y -como hace por ejemplo el lenguaje turco en su gramática- distinguía con frecuencia lo que le habían referido otros de lo que había sido él testigo a través de sus propios ojos. Aunque, desde luego, a veces metía la pata hasta el fondo, como cuando habló de unos seres humanos con cabeza de perro.

Lo cierto es que, si la tradición de narrar las aventuras de los pueblos es un oficio antiguo, el arte de reírse a costa de los extranjeros que pretenden conocer tus costumbres presume de ser más arcaico todavía. Un ejemplo interesante nos lo aporta "El antropólogo inocente", la historia real de cómo el joven autor Nigel Barley, un investigador algo cínico y escéptico, decide desarrollar su trabajo de campo en Camerún y, cuando habla con los nativos, se da cuenta de que los oriundos del lugar se han dedicado a vacilar a cualquier estudioso que se haya atrevido a poner sus pies por allá. De hecho, conforme el protagonista va describiendo costumbres de la tribu que estudia, te das cuenta de que muchos de los detalles que el autor aporta probablemente provienen de bolas que le han metido también a él. Claro que, pensémoslo desde el punto de vista del objeto de estudio, es decir, de los pueblos aborígenes de cada sitio: ¿qué ganan ellos con un libro sobre su cultura que se publicará en Europa, o con cualquier artículo de investigación?¿Por qué le van a contar nada a ese señor que conocen desde hace cinco minutos, y cuyo futuro profesional ni les va ni les viene? Ya puestos, pueden divertirse y pasar un buen rato. Aunque sea a costa de un pobre incauto, y de algo tan frágil y poco valorado como la verdad.

Dicen que, en los juicios, desde que se han popularizado las series del tipo CSI, los jurados exigen ver más pruebas forenses, y se fían menos de los testimonios. A pesar de que los abogados insisten en que en ocasiones no hay otro remedio que aceptar la palabra de los testigos oculares, es cierto que, si uno atiende a la calidad de ciertas declaraciones, los jurados hacen bien en desconfiar. Quizás uno de los ejemplos más significativos que podemos encontrar, a este respecto, en el mundo de la investigación académica, fue el de los samoanos que desgranaron la esencia de su cultura a la antropóloga Margaret Mead. De acuerdo a los libros de Mead, en la civilización samoana imperaba el sexo libre, apenas existían tabúes respecto a las relaciones carnales, y las relaciones entre hombres y mujeres eran felices y armónicas. Ha habido mucha polémica sobre estas publicaciones, o sobre si Mead sabía que la engañaban: sin embargo, hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que la sociedad samoana era en aquel tiempo tan machista, falocéntrica y desequilibrada como la mayor parte de los colectivos humanos que conocemos. Teniendo en cuenta el nivel de alcoholismo, incesto y violaciones, probablemente más. ¿Los motivos para el fraude? Se discuten. Que si Mead escogió como fuentes a adolescentes cohibidas y llenas de vergüenza, que soltaron el primer embuste que se les pasó por la cabeza... Que si los samoanos quisieron pasar un buen rato a costa de una antropóloga que casi no salía de su alojamiento... O, tal vez, que a Mead le venían tan bien esa clase de declaraciones (muy populares en la época en que fueron aireadas, o sea, en pleno auge hippie) que no tenía el menor interés en contrastarlas. Pasaron años hasta que otros investigadores comprobaron que la cosa no era ni mucho tan idílica como Mead la pintaba en sus escritos, y que se reconsiderara la manera en que los antropólogos debían interactuar con las poblaciones con las que entraban en contacto.

Margaret Mead no era la primera en enfangarse en esta clase de enredos. Todos sabemos que el Dorado fue un mito que los conquistadores españoles crearon a partir de afirmaciones de los pueblos americanos oriundos, a quienes les convenía que los recién llegados creyeran que había tierras de incalculables riquezas muy, muy lejos de su hábitat, para que se largaran de aquel lugar cuanto antes, y así dejaran de incordiar. Un objetivo similar podía albergar el testimonio de ciertas tribus de Tierra de Fuego, quienes dijeron a los ingleses que entre los pueblos vecinos había caníbales (¿pretendían disuadirles de quedarse en la zona; o, quizás, ganarse su confianza mediante el clásico recurso de hablar mal de tus enemigos?). Lo extraño es que, en ciertas ocasiones, los colonizadores también tomaron parte activa y se mezclaron en el juego de mentiras. Un ejemplo es el de un sacerdote español que juraba, tras un viaje por la zona que hoy es fronteriza entre México y Estados Unidos, haber divisado las míticas siete ciudades de Cíbola. El religioso, que se llamaba Marcos de Niza, guió más tarde a la famosa expedición de Coronado hasta que quedó claro que allí no había ni ciudades, ni oro, ni mucho menos las favorables condiciones que el sacerdote había descrito, momento en el cual el fraile aprovechó para poner tierra de por medio. ¿Por qué se abonó Marcos de Niza a la mentira, conduciendo a sus compañeros a lo que, como poco, constituyó una trampa cuasi mortal?¿Fue por simple ansia de notoriedad, o él también se creyo sus propios embustes, sucumbiendo al encanto de hablar sobre lugares legendarios que prometían riquezas sin límite? Nunca lo sabremos. De hecho, de lo que conocemos del comportamiento humano, incluso en el caso hipotético de que pudiéramos carearnos con el religioso, probablemente el sacerdote no sería capaz de darnos una explicación coherente a por qué obró de esa manera.

A veces, los errores surgen de una serie de inexactitudes acumulativas. Testimonio indirecto a partir de un testimonio indirecto, y así hasta el infinito. Como los cuadros que se dibujan inspirándose en otros lienzos, o por parte de pintores que nunca han contemplado de primero mano el modelo. Fue por cuestiones de este tipo por las que, seguramente, ha quedado distorsionada para nosotros la figura del dodo. O las representaciones de rinocerontes (un animal que ya inspiró el mito del unicornio) que circularon durante un tiempo por Europa. Hay un interesante hilo de Twitter sobre este tema, que enlaza también con una curiosa anécdota: gracias a Plinio el Viejo, los europeos creían que el enemigo natural del rinoceronte era el elefante y, aprovechando una ocasión en que Lisboa albergaba ejemplares de los dos tipos, dispusieron una pelea entre ambas clases de colosos. Sin embargo, el elefante y rinoceronte implicados en la representación circense se ignoraron mutuamente, y el bochornoso espectáculo prosiguió hasta que al elefante le dio por derribar unas vallas y escaparse. Cosa que hubiera hecho con bastante certeza también Plinio si le hubieran cuestionado por sus afirmaciones, y a partir de qué fuentes las realizó.

El caso de Plino el Viejo es muy especial. Fue un autor extremadamente prolífico, aunque de sus textos sólo nos ha sobrevivido su Historia Natural (37 libros, que el romano elaboró a partir de una lectura de 2000 volúmenes). Plinio pretende hacer en ella un recopilatorio de todo el conocimiento que existía en aquel tiempo acerca de la geografía, la biología y el ámbito, en general, de lo que hoy entendemos por ciencias naturales. Abarca tanto que se ha convertido en una frase hecha la expresión "Cuenta Plinio que...", semejante a la introducción típica de: "Ya decían los babilonios...". Parece que no hubo tema en el que Plinio no metiera la cabeza. Obviamente, al pretender describir tantas cosas, es imposible que el sabio romano conociera de primera mano todos los asuntos de los que trataba. Pero claro, el problema es que, ante tu ignorancia, realices aseveraciones demasiado osadas. La Historia Natural de Plinio es también un compendio de criaturas míticas, lugares remotos que nunca se encontraron, verdades controvertidas y, en general, conceptos que permanecieron vigentes hasta que los exploradores de la Edad Moderna empezaron a observar por sí mismos que buena parte de lo que decía Plinio no era verdad. Por lo que me cuenta gente que ha leído tanto a Plinio como Herodoto, ambos contienen errores, pero el primero hace bueno al segundo: porque mientras el griego se plantea qué cosas que escucha pueden ser verdad o mentira, Plinio acepta ciertas afirmaciones demasiado acríticamente. Hasta autores no precisamente contemporáneos le reprocharon sus inexactitudes. Quizás el precio de escribir sobre tantas materias, y tan diversas, es no llegar nunca a profundizar. También es cierto que, en la antigua Roma, no estaba de moda aquello de contrastar tus fuentes, precaución que empezó a seguirse con los siglos, a partir de ejemplos como el de Plinio. (Haciendo un inciso, es curioso que desconozcamos los detalles un suceso que el romano podría haber narrado en primera persona, al menos en parte, pues es un enigma que se yergue en torno a su muerte. Plinio el Viejo falleció en una expedición al Vesubio cuando éste erupcionó en el año 79, asolando Herculano y Pompeya entre otros estragos. Su aciago final nos lo relató su sobrino, Plinio el Joven, pero lo que no nos aclaró fue qué iba exactamente su tío a hacer allí. Según teorizan muchos, la cercanía de Plinio a los círculos del poder imperial hace creer que marchaba en una expedición de rescate para intentar salvar a unos cuantos habitantes de las poblaciones que perecieron por culpa del volcán. No obstante, sobre este detalle, ambos Plinios guardan silencio).


Estas imágenes (tomadas del libro El Atlas Fantasma, de Edward Brooke-Hitching) provienen del Liber Chronicarum (Las crónicas de Núremberg), de Hartman Schedel, el cual recrea algunas de las criaturas más demenciales que, en teoría, pueblan nuestro mundo. El libro está a su vez basado en varios textos ilustrados, como Colección de hechos memorables o El erudito, de Cayo Julio Solino. A este último autor se le conoció como <<el mono de Plinio>>, porque se apropiaba los elementos más inverosímiles del escritor romano. De esa manera, las criaturas descritas por Plinio (de extravagante anatomía y proporciones corporales) se hicieron inmensamente populares en bestiarios y en el acervo popular. Así funcionaba la transmisión del conocimiento durante la Edad Antigua y Media.

Buena parte de las verdades de Plinio sobrevivieron, entre otras cosas, porque en la Edad Media se aceptaban a pies juntillas los postulados de los antiguos: es el llamado principio de autoridad, por el cual ciertas figuras merecen más crédito, merced a su reconocida sabiduría en un campo. Entre otras cosas, esta creencia se debía a que la primacía de la iglesia cristiana se basaba y se basa en este mismo supuesto: no puedes poner en duda lo que dice el Papa, ya que sus dogmas los revela Dios. Así, durante siglos, las verdades fundamentales fueron las de Platón y las de Aristóteles, los cuales habían sido señalados (y ubicados en un pedestal), en el mapa del cristianismo, gracias a la influencia de Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona. Sin embargo, la llegada del Renacimiento supuso un cambio de perspectiva, y surgieron nuevas formas de adquirir conocimiento: el empirismo, por el cual debíamos basarnos en el ensayo y error -así como en la observación directa- para adquirir un saber más valioso que el de los libros; o el método científico, que exige someter a escrutinio una hipótesis antes de aceptarla como cierta. El principio de autoridad todavía persiste, sin duda, sobre todo en aquellos campos que no podemos dominar (el saber humano es limitado, y el conocimiento extenso), o cuando comprobar los hechos por nosotros mismos resulta agotador, y hasta técnicamente imposible. Sin embargo, en nuestra sociedad, siempre se aceptará como más válido aquel conocimiento que proviene de la experiencia de primera mano, antes que una referencia aceptada sin cuestión. 

No obstante, como en todos los aspectos de la vida, el equilibrio perfecto entre estas opciones nunca estará disponible. Y ahí es cuando surgen los dramas. Solemos decir que el poder de la ciencia consiste en que no confiere verdades absolutas e incuestionables, sino que te proporciona pruebas a partir de las cuales tú mismo puedes deducir sus leyes. Pero esta sistemática posee varios inconvenientes: lo primero, que las afirmaciones en ciencia suelen ser siempre perecederas, con un porcentaje de error (los científicos solemos decir, medio en broma medio en serio, que toda verdad lo es sólo con un 95% de probabilidad), expuestas a modificarse en mayor o menor medida según los nuevos descubrimientos. El segundo problema es que, conforme la ciencia se hace más compleja, se hace proporcionalmente más difícil exponer de manera sencilla sus demostraciones (¿cuántos fósiles necesitas ver y tocar para creer en la teoría de la evolución?), así que llega un momento en que tienes que volver al principio de autoridad: fiarte de científicos que llevan investigando mucho tiempo su campo de estudio. El dilema aquí reside en cuando llega un antivacunas, un creacionista o un negacionista y te cuelga un vídeo delante: "aquí tengo esta persona que dice lo contrario". Este último puede ser alguien sin ninguna experiencia en el tema, o quizás un supuesto experto, pero que ha decidido obviar el método científico (o directamente, mentir) para conseguir dinero o más followers. Ante estas dicotomías, es fácil para el público general sentirse perdido, y muy complicado para el científico hacerse entender. No se le exige ya sólo tiempo para defender sus afirmaciones, sino que también necesita, por parte de quien escucha, un espíritu crítico y escéptico que no funcione en una sola dirección. Además de, por supuesto, aplicar un principio de autoridad que esté basado en una buena brújula, para no depender del primer idiota que pretenda estafarnos. Como veis, este debate que empieza por Heródoto y Plinio se halla de plena actualidad: y sin duda es una cuestión recurrente que volverá a discutirse, con cierta periodicidad, a lo largo de los siglos.

La muerte de Plinio, por Pierre-Henri de Valenciennes.

Hay un detalle adicional que tengo que comentar sobre esta pequeña crónica. Escribir por placer (y no por dinero, o con jefes ante los que responder) tiene la ventaja de que, hasta cierto punto, puedes profundizar lo que te apetezca en los temas. Personalmente, no me he atrevido a leer toda la obra de Plinio o Herodoto: es demasiado extensa, tengo demasiadas lecturas pendientes (por obligación y por placer) y, si me pusiera a ello, seguramente este artículo no se hubiera terminado nunca. Pero me he aprovechado de largos y amenos diálogos, muchos de ellos a través de posts y comentarios en Twitter o Facebook (gracias especiales a @TiberioGraco6 y a sus amigos y seguidores), de personas que han ido comentando sus experiencias con estas lecturas, y de los que me he fiado como lo haría de artículos, libros o alegatos de expertos, cosa que por lo común no suelo hacer. Al aceptar estos testimonios, sin duda he cometido los mismos errores que algunos autores antiguos: fiarme de las fuentes secundarias antes que observar las cosas por mí mismo. Pero mientras redacto estas líneas, medito: ¡qué diablos!, ¿no es éste el mejor homenaje que podría rendirles a aquellos cronistas? Así que ya sabéis, si hay algo que haya escrito por aquí que nos os cuadre, no os fiéis y comparadlo con vuestros propios ojos: no sea que yo también os esté dando gato por liebre. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

lunes, 14 de septiembre de 2020

La historia real de septiembre: las múltiples vidas de Robert FitzRoy

Hay personas que viven rodeadas de tanta cantidad de historia que en un momento determinado les eclipsa. Quizás éste sea el caso del oficial de la marina británica Robert FitzRoy, quien pasaría a los anales principalmente por ejercer el rango de comandante del HMS Beagle, el barco que llevaría a las Galápagos a Charles Darwin, donde el biólogo británico reuniría las evidencias que le llevarían a proponer una teoría de la evolución que revolucionaría el mundo, iniciando una discusión cuyos ecos reverberan todavía hoy día con nuevas capas de matices sucesivos. Sin embargo, FitzRoy destacó por muchos más aspectos: fue un arrojado explorador, participó en relaciones innovadoras con las culturas aborígenes (lo cual incluye ser uno de los primeros defensores de los derechos de los nativos, así como ambivalentes experimentos que acabaron en tragedia), y tiene el logro de constituir un pionero en la ciencia de la meteorología, convirtiéndose en el primer hombre que realizó una previsión del tiempo con bases científicas. Más tarde os detallaré todos esos aspectos, incluyendo si la predicción acertó o no.

Retrato de nuestro protagonista (Wikicommons)

Hay dos pilares principales en los que descansa la biografía de FitzRoy y que motivan buena parte de su carrera profesional y motivaciones: en primer lugar, era un hombre noble, de padres ambos pertenecientes a la aristocracia (su apellido, por señalar, deriva de un ancestro que fue hijo bastardo de un rey), lo cual implicaba una educación exquisita y también la posibilidad de acceder a una serie de cargos en la oficialidad de la marina británica que, de no ser así, le hubieran sido vedados. Y, dos, era un hombre profundamente religioso, defensor exacerbado de la Biblia, una parte de su personalidad que influyó tanto en su relación con Darwin y sus teorías como en sus tratos con las comunidades indígenas.

FitzRoy había ejercido diversos cargos en la marina británica -de hecho, obtuvo la máxima calificación posible en el examen para teniente, algo que nadie había conseguido hasta entonces- hasta que en 1828, con veintitrés años, le llega la oportunidad de comandar el HMS (acrónimo para "His/Her Majesty Ship", nombre que por definición se le otorga a los buques de la armada en el Reino Unido) Beagle, en un momento circunstancias ominosas. El anterior comandante, Pringle Stokes, había sufrido una depresión después de atroces sucesos que habían tenido lugar en Puerto del Hambre (el nombre lo dice todo), uno de los muchos enclaves en la miríada de canales que forman parte de la Tierra de Fuego en el extremo sur del continente americano. El HMS Beagle se encargaba de la exploración de esas zonas con el objetivo de reclutar información que pudiera ser útil para los intereses estratégicos de un Reino Unido que, tras derrotar a Napoleón, había dejado de ensimismarse en Europa para mirar qué otros muchos rincones del mundo podía usar en su provecho, y el sur de lo que hoy es Chile y Argentina era uno de estos puntos clave. Como dice Javier Reverte en su libro <<Confines>>, que mencionamos de pasada en otra ocasión, ésta es una región inhóspita, poco fértil y de temperaturas muy bajas la mayor parte del año, donde casi todos los apelativos impuestos a los distintos accidentes geográficos tienden a destacar las dolorosas calamidades que tuvieron que afrontar los viajeros que arribaron a estas tierras. Sin embargo, FitzRoy, fiel a la flemática actitud clásica de la oficialidad británica, sigue adelante con su viaje y, de hecho, tuvo una idea basada en sus creencias religiosas: se llevaría a unos cuantos nativos de aquella zona, los denominados "fueguinos"; los trasladaría a Inglaterra, les enseñaría la fe cristiana, y ellos volverían más tarde a su tierra para difundir la buena nueva por el Nuevo Mundo. En total se llevó a cuatro aborígenes, tres de la tribu kawésquar (que fueron bautizados como York Minster, Boat Memory y Fuegia Basket -esta última sólo contaba con 9 años-) y un joven de catorce años de la tribu yagán, denominado Jemmy Button porque el pago que recibió su familia a cambio de su cesión fue un botón de nácar (button en inglés). Luego veremos la importancia que tuvieron estos nativos. La cuestión es que el viaje del Beagle prosiguió y, de hecho, descubrió el canal que lleva su mismo nombre, uno de los pasos marítimos más seguros por donde atravesar el continente americano todavía hoy en día -el artificial canal de Panamá le arrebataría su preeminencia-, sobre todo en comparación con los traicioneros estrechos y lenguas de agua que pueblan Tierra de Fuego, los cuales han servido de trampa para numerosos barcos que han arrostrado toda clase de penalidades (también horrendos naufragios) en esa región desde la época de Magallanes. La labor exploradora de FitzRoy ha sido reconocida sobradamente por su patria, ya que su nombre se yergue en numerosos hitos a lo largo de la geografía tanto de Sudamérica como del Reino Unido, incluyendo entre otros varios enclaves de las británicas islas Malvinas, o el monte FitzRoy, situado en el Campo de Hielo Patagónico, no muy lejos del famoso glaciar Perito Moreno.

Charles Darwin, antes de adquirir la barba característica con la que pasaría a la Historia, principalmente, como inspirador de la figura del mono que sirve de reclamo del célebre anís.

El segundo viaje del Beagle empieza en 1831. Por lo visto, no mucho antes de que el barco zarpara, se planteó una cuestión fundamental, y era quién iba a acompañar al comandante FitzRoy durante las comidas. Como hemos mencionado, los oficiales de las marina británica solían ser hombres ricos e instruidos, y no resultaba adecuado que se mezclaran con los recios y embrutecidos marineros -además de que aquello hubiera generado diálogos de besugos-. Por eso, era típico que, a bordo, se hallara un individuo que le hiciera compañía y charlara con el comandante durante almuerzos y cenas; aparte, podría ejercer en el buque una labor de tipo científico, pero en todo caso la principal función era actuar como apropiado conversador para la máxima autoridad del buque. Fue entonces cuando, merced a una serie de recomendaciones y contactos, surge el nombre de Charles Darwin, un joven por supuesto perteneciente a una buena familia, además de extensa y bien avenida (ambas ramas de la familia de Darwin mantenían relaciones de consanguineidad, y él mismo acabó casado con una de sus primas; de hecho, la observación de cómo ciertas enfermedades hereditarias que él poseía se acrecentaban en sus hijos le sirvió para un estudio sobre el tema). Fue también uno de sus tíos quien le recomendó al joven Charles que viera mundo antes de cumplir sus planes de ordenarse clérigo, el destino primigenio de la carrera del muchacho. Finalmente, es el escogido tras una entrevista personal para embarcarse en el navío. Hay que decir que ambos hombres, FitzRoy y Darwin, se llevaron bien (apenas se sacaban unos pocos años), a pesar de que desde muy pronto surgieron las diferencias. Aunque ambos fervorosos cristianos, los descubrimientos que Darwin iba encontrando le fueron convenciendo cada vez más a este último de que la visión de la Biblia en la que Dios crea al mundo en siete días era poco compatible con las evidencias naturales a favor de un cambio paulatino por el que las especies se adaptan a su entorno. Si bien esto generó discusiones entre ambos individuos, es verdad que mantuvieron en todo momento un comportamiento civilizado, y procuraban olvidar estos desacuerdos a la hora de comer. También fue problemática la relación de un Darwin poco avezado en asuntos de la mar con respecto a la tripulación, que veía cómo aquel intruso les llenaba la cubierta de "bichos" y "porquerías" que necesitaba para sus investigaciones. Aunque parece que le perdonaron tanto esa actividad como su tendencia a los mareos, porque le denominaron cariñosamente "el Filo" (de "filósofo"). Después del mítico viaje por Sudamérica, donde 1) el Beagle realizó nuevos descubrimientos geográficos, 2) Darwin recogió especímenes durante el mes y pico escaso que fondearon por las islas Galápagos, y 3) los fueguinos reclutados en el primer trayecto volvieron a casa (luego volveremos sobre eso), los caminos de los dos hombres divergieron. Cada uno, de una manera u otra, le acabó por dar una sorpresa al otro: FitzRoy, porque se casó casi inmediatamente a la vuelta, cosa que sorprendió a Darwin porque el comandante nunca le había hablado de ningún compromiso previo. En cuanto a la campanada de Charles, ésta tuvo que esperar: Darwin era un hombre religioso, pero más lo era su mujer, con lo cual el científico, sabedor de que su rompedora teoría de la evolución no gustaría a la iglesia -ni tampoco a su santa esposa- guardó sus hallazgos en un cajón durante décadas mientras se dedicó a otros asuntos (entre otros, el estudio del percebe, al que analizó tanto que lo llegó a aborrecer). Probablemente hubiera fallecido sin exponer sus teorías de no ser porque un joven llamado Alfred Wallace acudió a él para decirle que, en sus investigaciones en la Amazonía y el archipiélago malayo, había llegado a muy parecidas conclusiones, momento en que Darwin aprovechó para sacar del armario sus descubrimientos. Hay que decir que, pese a que en aquel primer momento la teoría se consideró fruto tanto del genio científico tanto del más prestigioso Darwin como del bisoño Wallace (se presentaron como co-descubridores, aunque hay polémica sobre cómo se ensalzaron los méritos de cada uno), el nombre de este último ha tendido a caerse del imaginario colectivo ya que, si bien Wallace realizó contribuciones muy interesantes en otros campos, incluyendo en el activismo social (estaba en contra de las políticas coloniales británicas, y realizó propuestas económicas novedosas, algunas de las cuales se aplican hoy en día), su apoyo al espiritismo le fraguó el descrédito de la comunidad científica, y le llevó a romper la relación con varios científicos y amigos, incluyendo el propio Darwin. La cuestión es que -por motivos radicalmente distintos, claro-, FitzRoy también se disgustó con Darwin, al sentirse ultrajado por las consecuencias que la teoría respecto a la sagrada creación del mundo por parte del Dios cristiano en siete días. Sin duda, además, pesaba en su airada crítica la responsabilidad que él mismo había tenido al proporcionar a Darwin los medios para elaborar aquel abyecto libro que pronto estaría en boca de todos bajo el nombre abreviado de "El origen de las especies". Siete meses después de la publicación del texto, tuvo lugar un fogoso debate en la universidad de Oxford entre partidarios y detractores de la teoría, hallándose entre los primeros Thomas Huxley (pariente de Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", y a quien Darwin, apocado polemista, concedió la responsabilidad de erigirse en paladín de la casa darwinista) y, entre los opositores, Robert FitzRoy, quien presentó como principal testimonio una Biblia y pidió a los allí presentes que concedieran credibilidad a Dios antes que al hombre. Pero ese debate FitzRoy, como otros en su vida, lo acabaría perdiendo.


¿Os acordáis de Jemmy Button, Fuegia Baket y York Minster, aquí presentes, de izquierda a derecha? Pues su historia acaba de empezar. Extraído de aquí, que también nos ha servido de fuente.

Pero antes de llegar a ese momento pasaron muchas cosas, incluyendo el segundo viaje del Beagle, durante el cual Darwin y FitzRoy aún se llevaban bien durante los almuerzos, y el comandante llevaba de vuelta a los fueguinos que se había llevado en el primer viaje (salvo uno de ellos, Boat Memory, que había fallecido en Inglaterra, según las fuentes de viruela o de sífilis). Hay que decir que los fueguinos fueron en general bien tratados, recibieron vacunas para prevenirse de las enfermedades del Viejo Mundo, aprendieron inglés y las enseñanzas cristianas, y fueron agasajados con regalos, incluyendo un sombrero que Fuegia Basket (como habéis comprobado, los nombres no fueron muy imaginativos) recibió de la soberana británica. Sin embargo, es difícil saber cuál era el punto de vista de estos expatriados, los cuales no pertenecían además a las mismas etnias. Por poner un ejemplo, los tres convencieron a los británicos de que en Tierra de Fuego había caníbales, idea de la que no se halló ninguna evidencia posterior pero que tardaría en descartarse un siglo (¿fue un malentendido?¿O había alguna intencionalidad detrás de ese embuste?¿Quizás probar hasta qué punto creían sus mentiras de cara al futuro, o se trató simplemente de un cómico "vacile"?). Para este segundo viaje, además de a los fueguinos y a Charles Darwin, FitzRoy -quien había subvencionado al completo la educación y mantenimiento de los aborígenes- se llevó, en su esfuerzo evangélico, al pastor Richard Matthews, quien debía colaborar en transmitir las enseñanzas cristianas entre los nativos. Mientras tanto, Charles Darwin no se llevaba muy bien con los fueguinos, y aunque tenía que reconocer que el adolescente Jemmy Button era muy simpático (todo el mundo destacaba que reía mucho), le resultaba difícil creer que esa clase de gente pertenecieran a la misma especie que los británicos. En descargo de Darwin, hay que recordar que más adelante (según algunos) se arrepentiría de esos primeros juicios, y que fue un firme defensor de la abolición de la esclavitud en cuanto contactó con la realidad de los países esclavistas. También es pertinente recordar que las costumbres de los fueguinos eran muy distintas de los occidentales: los habitantes de Tierra de Fuego, bien adaptados a su medio, tendían a untar su piel con grasa de animal de tal manera que no les hacían falta ropas para soportar el frío clima de su tierra natal (hasta se bañaban desnudos en el agua), pero el olor que desprendía esa grasa no debía de antojársele muy sofisticado a los europeos. De hecho, cuando -merced al esfuerzo civilizador- los fueguinos abandonaron esas técnicas de supervivencia y se pusieron ropas, esto provocó que dejaran de bañarse tan a menudo y les hizo víctimas de numerosas enfermedades. Pero esto se sabría mucho más tarde, y formaría parte de los tradicionales desencuentros entre distintas etnias, incluyendo también los que protagonizarían los fueguinos arrastrados al otro lado del mundo por el aprendiz de brujo FitzRoy.

Lo que ocurrió con ellos es confuso, pues sólo poseemos una de las versiones de lo sucedido, la que se anotó en los diarios de viaje de los ocupantes del Beagle. Por lo visto, desembarcaron y Jemmy Button tuvo oportunidad de reencontrarse con su antigua familia (aunque uno de sus parientes había muerto, lo cual le llenó de pesar). Tanto él como los otros dos fueguinos decidieron quedarse, y se construyeron chozas para ellos y para el pastor Matthews. A los pocos días, sin embargo, los navegantes del Beagle observaron cómo otros indígenas portaban objetos pertenecientes a sus fueguinos y Matthews, así que se alarmaron y volvieron al lugar donde los habían dejado, donde encontraron el campamento saqueado, a los fueguinos intactos, y a Matthews tan asustado por el asalto que se subió al Beagle y no quiso saber nada de la labor misionera nunca más. Los tres fueguinos, no obstante, optaron por permanecer allí. El problema fue que, casi un mes más tarde, cuando el Beagle retornó a la zona, encontró el lugar desierto, sin ninguna cabaña, y sólo más adelante una canoa donde divisaron a Button. Éste comentó que la tribu de Fueguia Basket y York Minster, los kawésqar, le habían robado todo lo que poseía, y que sus antiguos compañeros en Beagle habían participado en el ataque. Aun así, insistió en permanecer allí junto con la mujer nativa con la que recientemente se había desposado. Con lo cual, parece que, pese al tiempo transcurrido juntos, la rivalidad entre las distintas etnias había permanecido latente y se había manifestado al fin.

Claro que, como decimos, es difícil hacer juicios de valor a partir de sólo una de las versiones. Y más con lo que ocurrió después. El Beagle no volvió por esa zona (su tercer viaje, ya sin FitzRoy, fue a Australia) pero, años más tarde, Allen Gardiner, un oficial retirado de la Marina británica, decidió evangelizar a todo bicho viviente y, después de una serie de sonoros fracasos a lo largo de Sudamérica, no escarmentó y, ya que conocía la historia de los fueguinos de FitzRoy, intentó localizar a Jemmy Button en Wulaia, la zona donde FitzRoy lo había dejado. No sólo no lo logró, sino que falleció en el intento, como otros muchos soñadores cerriles que se adentraron en esa parte del mundo. No obstante, la sociedad misionera fundada por él decidió enviar otro barco (de nombre Allen Gardiner, en honor a su fundador), y esta vez tuvieron más suerte: unos nativos con los que contactaron reconocieron el nombre y avisaron al fueguino, así que Button pudo desempolvar un para nada olvidado inglés. Para entonces, ya se había desposado con otras dos mujeres y tenía, además, tres hijos varones. Después de unos primeros compases prometedores, los misioneros decidieron dejar una misión permanente en Wulaia. Sin embargo, como pasaron los meses y no tenían noticias de aquel rincón del mundo, los misioneros (con su sede principal en la isla de Keppel) enviaron una goleta que, cuando llegó, encontró la Allen Gardiner desmantelada y, como único superviviente, al cocinero de la misma, que había salvado el pellejo en unas condiciones penosas. El cocinero contó que los hombres de Button, con quienes los tripulantes de la Allan Gardiner mantenían una tortuosa relación (los occidentales se quejaban de robos, mientras que los indígenas les acusaban de no hacerles suficientes regalos), les habían tendido una trampa justo antes de celebrar la primera misa en la zona, y habían matado a todos los británicos salvo el cocinero, hasta ocho víctimas en total. A la serie de pesquisas públicas con las que se investigó el suceso se sumó el propio Jemmy Button, quien se presentó voluntario para declarar, afirmando que los ataques habían sido perpetrados por la enemiga tribu ona. No está muy claro si los ingleses lo creyeron o no, pero sí que decidieron dejarlo correr y no enviar una expedición de castigo. Quién sabe si los británicos no querían sumar nuevos enemigos a causa de un suceso que no tenían muy claro, o si es que pensaron que poco más podían sacar en limpio de aquella maldita tierra. De Jemmy Button poco se volvió a saber (su tribu siguió manteniendo relaciones con los misioneros, y alguno de sus hijos viajó a Inglaterra), pero hay un hecho curioso, y es que uno de sus descendientes fue bautizado como FitzRoy. En cuanto a los auténticos pensamientos de Button respecto a los hombres que trataron de civilizarlo, no los conoceremos nunca. Cuando pienso en su historia, me acuerdo de los pueblos de ciertas islas de la Polinesia que fingieron aceptar la fe cristiana, pero al tiempo seguían creyendo en sus antiguos dioses (o hacían un extraño sincretismo con la nueva religión), aunque esperaban bienes materiales de los viajeros recién llegados. Viajeros que por otro lado pretendían que los indígenas aceptaran sin más sus costumbres y su dominio, y no mantuvieran en cambio pensamientos negativos o ambivalentes ante aquellos "turistas" que trastocaban su modo de vida, mientras además creían que les estaban haciendo un favor. Sin embargo, lo más probable es que no dijeran mucho en voz alta. En parte tal vez por costumbres aún persistentes entre ciertas culturas (en resumen: si no tienes nada bueno que decir, es mejor no decir nada, expresar una esperanza o cambiar de tema); o, en parte, quizás, porque no servía de nada oponerse. Con lo cual, lo más fácil era lo que hacía Jemmy Button: guardarse el rencor, sonreír hasta que llegara un momento en que pudieran decidir por sí mismos, y tal vez entonces vengarse. Al final, como siempre, las relaciones entre distintas civilizaciones no son una cuestión de buenos y malos, sino más bien de bastante egocentrismo, y sobre todo mutua incomprensión. Aunque en algunas ocasiones, estas interacciones se encarrilan hacia buen puerto, o terminan en cambio como el rosario de la aurora.

Pero volvamos a FitzRoy, que no tiene nada que ver con estos últimos sucesos. Entre otros motivos, porque éste había vuelto a Inglaterra, se había casado, le habían aceptado en la Royal Geographical Society y había publicado tres libros con los sucesos y observaciones (incluyendo numerosas de carácter científico) durante sus viajes en el Beagle. Fue entonces nombrado gobernador de Nueva Zelanda, heredando de su antecesor los problemas que enfrentaban a los colonos ingleses con los nativos maoríes. Lo cierto es que ahí FitzRoy -lejos ya de los experimentos que había llevado a cabo con los fueguinos- trató de manifestarse ecuánime en este nuevo contexto, atreviéndose a condenar acciones ilegales de los colonos y a defender que los maoríes debían recibir un precio justo por las tierras adquiridas por los británicos. Es más, trató de facilitar el comercio de tierras entre unos y otros, pero bien porque sus medidas no funcionaban con la efectividad esperada, bien porque no recibió un apoyo suficiente de la metrópoli, lo cierto es que las tensiones se incrementaron entre colonos y maoríes, y el conflicto se recrudeció. Al final, una compañía británica con intereses económicos en la zona protestó ante Gran Bretaña, y FitzRoy fue sustituido por un sucesor que, según se dice, sí contó de un sostén más firme por parte del gobierno británico.

Y aquí llegamos a la última de las vidas de FitzRoy, narrada de manera elocuente por el magistral quinto episodio de la serie de divulgación científica de Netflix "Superconectados: La ciencia oculta detrás de todo", el cual construye un círculo de ideas alrededor de algunos de los desafíos más apabullantes de nuestro presente. Influidos por una descomunal tormenta que había hundido a numerosos navíos en la costa inglesa, las autoridades de Gran Bretaña nombran a FitzRoy como jefe de un departamento cuyo objetivo sería acumular todos los datos posibles sobre el tiempo en alta mar, y tratar de averiguar si de allí podía deducirse cuál era el tiempo que iba a hacer al día siguiente, con todas las ventajas que ello implica. En su diario de registros, FitzRoy llega a realizar la primera predicción meteorológica (indicando que el tiempo iba a ser "despejado"), y lo llamativo es que acierta. Sin embargo, sus previsiones eran todavía muy poco fiables, y tenía tantos aciertos (que servían para reforzar sus conclusiones) como errores (que molestaban a los buques que no habían zarpado por previsión de tormenta, y utilizarían muchos científicos tradicionales para oponerse a este amateur que intentaba hacerles sombra). Quizás FitzRoy captó la ironía del hecho de que él, el ardiente defensor de la iglesia frente a Darwin, sería en aquella ocasión el impulsor del método científico frente a sus opositores, miembros del paisaje académico que invocaban a Dios como el único individuo capaz de controlar el tiempo meteorológico. FitzRoy se acabaría suicidando, aunque no podemos saber a ciencia cierta si su muerte se debió a la decepción ante el reto de la previsión atmosférica, pues se veía sumido en crisis de este tipo con cierta frecuencia. Sabemos, por otra parte, que en su decisión podría haber influido el hecho de haber dilapidado buena parte de su fortuna durante su vida pública. Sin embargo, tras su fallecimiento, las autoridades británicas y sus antiguos amigos (entre ellos el propio Darwin) no tuvieron inconveniente en auxiliar a su familia. Hoy, como mencionamos, toda clave de topónimos evocan su nombre, incluyendo el área de pronósticos meteorológicos donde realizo sus estudios climáticos, cuya denominación hubo de ser modificada para que no se confundiera con otra Finisterre, la que tiene localización en España.

Al final, Fitzroy fue muchas cosas. Según Darwin, quien le admiraba, era el hombre con la personalidad más fuerte que había conocido nunca. En buena parte de los episodios de su vida simbolizaba el fin de un mundo al que en cierta medida representaba, frente a un nueva concepción de la Tierra a la que ayudó a nacer. Quizás, como han dicho algunos escritores (y han dado a entender Greene, David Lean o Conrad), en todas las regiones perdidas del mundo, al mando de una causa tan delirante como sublime, siempre hay uno de esos hieráticos, imperturbables tipos dispuestos a no alterarse en absoluto por muy espinosas que vengan las cosas, y a llevar su visión del mundo hasta el final: en definitiva, un buen muchacho inglés.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Los libros de diciembre. Divulgación científica: "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?" y "500 años de frío".

A veces es sorprendente la escasa comunicación que existe entre los mundos literario y científico. Se dan casos de individuos eruditos en el campo de las letras que, sin embargo, no sienten en absoluto la necesidad de adquirir unas mínimas nociones de cultura científica (por supuesto, también ocurre al contrario). Dentro de los científicos, por otra parte, existen aquellos que consideran despreciable cualquier forma de comunicación que no sea para indicar contenidos prácticos, pero también hay algunos que constituyen infatigables consumidores de literatura, y que incluso se han sentido estimulados por los autores de ciencia ficción y fantasía para realizar sus particulares descubrimientos, u orientar su carrera profesional. Para mí, la ciencia siempre ha sido una fuente de inspiración y documentación: me descubre insólitos hechos de la naturaleza, abre infinitas posibilidades, y proporciona anécdotas sorprendentes. Es por ello por lo que valoro en gran medida la figura de los divulgadores científicos, quienes ponen en conexión el mundo de los investigadores (por lo general encapsulados dentro de la burbuja de sus respectivos laboratorios, aunque también puedes encontrar muy buenos divulgadores entre ellos) con el público general, y ayudan con su encomiable labor a que la sociedad reclame sus representantes una mayor inversión en ciencia. Un trabajo muy importante a la hora de obtener financiación, un tesoro muy preciado y que tiende a escasear en estos días.

Antonio Martínez Ron es uno de estos grandes divulgadores. Le conocí a partir de un desconcertante y curiosísimo blog "Libro de Notas. Guía para perplejos", pero luego le he visto nadando en todas las salsas. Colabora en Naukas, ha ejercido de divulgador científico en periódicos digitales, organiza debates y conferencias (la última en la que estuve, en el Planetario, discutía sobre la colonización de Marte) y por supuesto alimenta periódicamente su blog Fogonazos, del cual Martínez Ron ha extraído algunas de las historias más jugosas para publicar el libro que hoy nos ocupa, "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?". La respuesta sencilla a esta pregunta sería decir -y por eso precisamente viene tan a cuento-, "fogonazos", pero el por qué concreto de esa respuesta dejo que vosotros mismos lo descubráis.



A lo largo de sus páginas, Antonio Martínez Ron (@aberron en Twitter, donde despliega una bulliciosa actividad) abre y cierra en pequeños capítulos varias decenas de universos en los que podemos sumergirnos y quedar arrebolados. Explosiones nucleares a tutiplén, aventuras sin parangón en el espacio, el cerebro de Einstein en el maletero de un coche, magos que entrenan a la CIA, granjeros virtuales chinos del World of Warcraft, cabezas criogenizadas, cerditos que viven sin sangre, calamares gigantes custodiados por el ejército de Estados Unidos, cápsulas del tiempo, dioses informáticos creados por sus propios seguidores y un largo etcétera. Entre ellas, sorprendente especialmente las asombrosas maneras de funcionar del organismo humano, y en concreto de su el cerebro: gente que percibe que su mente sale de su cuerpo, o que el tiempo se ralentiza; individuos que están convencidos de que su pene está encogiendo; Philip K. Dick proclamando que otros escritores forman parte de una conspiración internacional... Como veis, la diversión está asegurada. Y, de paso, todos incrementamos un poquito nuestro conocimiento científico. Quizás, si hay que ponerle una pega, es que a lo largo de las historias algunos temas se repiten, y supongo que es porque Martínez Ron, como todos, siempre tiene asuntos fetiche que le llaman en mayor medida la atención (por supuesto, cada cual encontrará ciertos capítulos más apasionantes que otros). Pero, al tratarse de un libro de historias independientes, es fácil seleccionar sólo las que más nos entusiasmen a título individual.



El otro libro de divulgación que venía a recomendaros hoy -aunque éste tiene también mucho de historia y de aventura- es "500 años de frío", de Javier Peláez, @irreductible en Twitter, red social en la que comparte amistad y cachondeo con Martínez Ron entre otros, aunque este nombre de guerra sirve también de homenaje a su blog particular. En este caso, Peláez trata de resumir bastantes más de 500 años de exploración ártica en busca del Polo Norte y los míticos pasos del Noreste y Noroeste, entre otros hitos históricos. De paso, el libro habla también sobre el comercio de las especias, novedades científicas, balleneros, las casi siempre complicadas relaciones con los pueblos indígenas, y las situaciones límite que vivieron los exploradores y que les llevaron a explorar de manera adicional los aspectos más íntimos de la condición humana, ésos que exhibimos -de manera más diáfana-, cuando nadie nos ve: traición y altruismo, engaño y coraje, perseverancia y fracaso, ansia de descubrimiento o de gloria, tragedia y belleza. Todo ello, por supuesto, unido a chapuzas, planes surrealistas, errores descomunales y un sinfín de divertidas anécdotas. Por otra parte, si resulta que después de leer este libro no os habéis quedado congelados del todo en tan inhóspitas latitudes, entonces quizás deberíais echarle mano a otro libro, "Confines" de Javier Reverte, donde el célebre cronista de viajes cuenta a su propia manera la búsqueda del paso del Noreste y la conquista del Polo Norte (Reverte ya escribió otro libro, "En mares salvajes", sobre la búsqueda del paso del Noroeste, cuya conclusión no os adelanto, pero que otro periodista resumió de manera muy poética y simbólica aquí), para luego dirigirse al otro extremo del mundo y narrarnos las desdichas de los viajeros que se dedicaron a explorar la Tierra de Fuego chilena y argentina y algunas de las regiones más salvajes de la zona sur del continente americano. Lo curioso de leer varias versiones del mismo tema reside, especialmente, en hallar las diferencias entre las interpretaciones de unos y otros, lo cual indica que buena parte de lo que sabemos de los viajes árticos dependen en gran medida de lo narrado por los supervivientes, y que a veces la verdad no es tan sencilla de dilucidar. Por otra parte, si preferís congelaros a través de una pantalla, la bastante atractiva primera temporada de la serie "The Terror" de la AMC, disponible en Amazon Prime y producida por Ridley Scott -basada, a su vez, en una novela de Dan Simmons, el creador de "The Wire"-, se centra precisamente, aunque de un modo bastante libre (no es de extrañar, pues carecemos de bastantes datos del episodio original, uno de los más misteriosos del Ártico), en una de estas expediciones polares.

Por cierto, un detalle: estos dos libros que os recomiendo me los envió, en formato ebook, una persona muy querida como presente de cumpleaños. Lo digo por si estáis buscando ideas para esta época, en la que vienen de perlas regalos que reconforten cuerpo y alma, y que cumplan además los requisitos de que no haya que talar ningún árbol para generarlos (o, si hay que hacerlo, que al menos se adquieran en una librería pequeña, de ésas a las que tanto les cuesta hoy en día sobrevivir), y también que no sea imprescindible comprárselos a ningún gigante de los que se dedican de manera sistemática a evadir impuestos. No sé si el receptor del obsequio os lo agradecerá, pero desde luego el medio ambiente, el pequeño comercio o la justicia social se verán beneficiados por vosotros. Porque, al fin y al cabo, ¿no se supone que estas fechas están hechas de buenos propósitos?

lunes, 7 de octubre de 2019

Circe y sus demonios

Esta historia (o reflexión, como queráis llamarlo) comienza con los agradecimientos de mi tesis. Para los no iniciados, ésta es en muchos sentidos la parte más importante del documento final que se entrega a un tribunal especializado con el propósito de obtener el título de doctor. Esta sección tiene relevancia por dos motivos: primero, porque allí tus jefes y compañeros van a ver recompensados los esfuerzos de haberte aguantado y ayudado durante un período de cuatro a seis años y, dos, porque debido al contenido científico de la tesis, estas pocas hojas resultan lo menos complicado del texto y por tanto lo único que muchos van a leer. En mi caso, yo personalmente me sentía un poco cansado del formato clásico que consiste en soltar una larga ristra de nombres, dedicándoles unas pocas palabras amables para cada uno. En ciertos sentidos, me recuerda a las invitaciones de una boda: llega un momento que, entre los imprescindibles, los que te apetecen, los necesarios, las obligaciones, y una larga colección de gente que a tú crees que no deberían estar en la fiesta, pero que se sentirían mal si no contaras con ellos (en mi caso, el de la tesis, las cuestiones se complicaban más todavía), se acumulan fácilmente de trescientos a mil invitados, que es justo lo más parecido que yo me imagino a un infierno hecho boda. Quizás por eso, cuando me ha dado por la ocurrencia de casarme, he organizado sólo celebraciones particulares, pequeñas, con diminutos grupos de amigos separados, reservando sólo una celebración más grande para la familia porque no encontraba mayor manera de subdividirlos. La cuestión es que, para la tesis, tomé una decisión que me pareció más adecuada: no nombraría a nadie en concreto (salvo los directores de tesis, porque su implicación era evidente), sino que sólo mencionaría de modo general a la familia, los amigos y los compañeros de laboratorio. El argumento era sencillo: los que realmente se lo merecían se sentirían incluidos (como escribí en el texto, "ellos ya saben quienes son", y no es una frase hecha, sino que procuro que lo sepan), y los que no, al menos no se sentirían rechazados o podían tratar de creer (o convencerse a sí mismos) de que también iba por ellos. La segunda elección que tomé fue la de dar un cierto tono literario a los agradecimientos, para de ese modo hacer la lectura más amena (me permitía, además, ser más atrevido con las metáforas, que para mí era la mejor forma de homenaje a mis seres queridos). Para ello, escogí comparar la tesis con un viaje (en cierto modo, en muchos modos distintos, lo es), y en concreto con la Odisea, la madre de los viajes literarios. En un momento determinado, nombraba -aquí llegamos al quid de la cuestión- a aquellos compañeros que, como hábiles marineros trabajando en equipo, velando los unos por los otros, me habían advertido de la presencia de algún Polifemo o alguna Circe. Ambos eran personajes genéricos y abstractos (no había nombrado a los compañeros elogiables, así que obviamente no iba a mencionar a los que detesto), y se referían a las adversidades que localizas a lo largo del camino: Polifemo, el gigante de un solo ojo que está a punto de devorar a los protagonistas de la Odisea, y Circe, que transforma a los compañeros de Ulises en cerdos, encantamiento del que se libra el héroe aqueo gracias a una protección especial que le otorga Mercurio. De todas formas, por razones históricas y circunstanciales, la gente (ya sabéis cómo es) quiso pensar que Circe representaba a una persona con nombres y apellidos del laboratorio, y tuve que responder un par de veces por esa referencia. Fue entonces cuando un amigo me trajo a colación una particular versión del mito de Circe. Él decía que, en el fondo, Circe no era la villana de la historia, a pesar de que en las múltiples versiones que se han hecho de la Odisea se la pinte así. Circe, en efecto (ejercía de abogado defensor mi amigo), convirtió a los compañeros de Circe en cerdos pero, ¿qué otra cosa iba a hacer cuando un grupo de hombres fornidos y armados se plantaron en su isla?¿Qué hubiera hecho una débil e indefensa mujer en su sano juicio ante una banda de  que podía abusar de ella, o tal vez algo peor? En cambio, reclamaba mi amigo, Circe al final acaba congraciándose con Ulises, enamorándose incluso de él, y le proporciona indicaciones para el resto del camino con el objeto de hacer más seguro su viaje y conducirle sano y salvo hacia su destino. En aquel momento, yo tenía bastantes objeciones que replicar al alegato de mi amigo, tanto si en su interpretación se refería a la supuesta persona del laboratorio que habría inspirado a Circe, como respecto a la propia hechicera en sí. Al fin y al cabo (pensaba yo) Circe era una maga poderosa, en principio superior en fuerzas y habilidades a los miembros de la expedición que llevaba perdida desde la guerra de Troya, y había sido un exceso convertirles en comestibles cochinillos sólo por si acaso, sin darles siquiera la posibilidad de explicarse. Pero luego, poco a poco, empecé a congraciarme con la idea, y no sólo porque observé que había gente tan de acuerdo con esa teoría que le había puesto el nombre de Circe a sus hijas. Y es que, con tantas cosas que hemos visto en este mundo, tanto a nivel tanto individual como colectivo, tantas veces, tantas bandas de soldados descarriadas, tantas manadas malditas y desenfrenadas, es natural que Circe, por mucho poder que supuestamente poseía (que quizás no era tanto, aunque tal vez me lo pareciera debido a lo sugerente del personaje), Circe, en fin, tuviera miedo, como casi cualquier mujer ante la brutalidad cruel que en ocasiones pueden exhibir los iracundos machos, y creyera que, en caso de duda, siempre es mejor prevenir que curar. La desconfianza: atacar primero para que no te ataquen a ti. El principio a veces tan excesivo que llamó a muchos americanos a creer en la falsa guerra de terror de George Bush (falsa porque sus propósitos eran distintos a los que prometía), o a que armemos una coraza de púas a nuestro alrededor que impide que nadie pueda dañarnos, a costa de nuestro contacto con los otros. Conforme reflexioné sobre esto, pensé también en la multitud de ocasiones en que la desconfianza nos hace perder el tiempo en esfuerzos inútiles (entre otras cosas, por imposibilitar el trabajo conjunto), o evita que llevemos a cabo acciones mucho más productivas que las que desarrollamos cuando  no nos hemos deshecho aún de los recelos iniciales. En ese sentido, se incluyen en esta categoría todo el trabajo defensivo de los estados para desarrollar ejércitos (la Guerra Fría al completo fue una pérdida de energías a escala mundial), las competiciones entre colegas que se pisan los méritos en sus respectivos empleos, las negociaciones entre partidos políticos y sectores sociales, y un largo etcétera. Claro que hablo de desconfianza incluso suponiendo que todos los actores tienen intenciones honestas y apuestan en conjunto por el bien común: si ya mencionamos a individuos sin escrúpulos, con intereses egoístas, frente a los que la desconfianza se encuentra plenamente justificada, entonces ya ni hablamos. Medité entonces, a continuación (como una sucesión en cadena de pensamientos) sobre hasta qué grado la desconfianza es o no la moneda común entre personas que contactan por primera vez (cuando conoces previamente a la persona, entonces puedes recelar o no, pero con razones fundadas), y si no nos iría mejor en general si concediéramos la presunción de inocencia desde un inicio. Y los primeros ejemplos que me vinieron a la mente fueron los encuentros entre pueblos que en un principio se hallaron incomunicados entre sí y cuyas vidas acabaron por cruzarse. Me vinieron a la mente las imágenes de navegantes, exploradores, conquistadores. Comerciantes, viajeros, trabajadores en busca de un salario. Turistas, mochileros, inmigrantes. El continuo y eterno viajar, y las interacciones, positivas y negativas, que se producen durante el proceso.

Recuerdo, a propósito de este asunto, una visita al Museo Nacional en Zürich, Suiza. Allí, se intentaba (quizás para revertir el sentimiento de xenofobia que está creciendo en los últimos años en ese país concreto) dar relevancia a los hombres que han hecho grande a Suiza desde su variada procedencia de distintos países de origen, y que constituyen casi todos los grandes prohombres del país: Hermann Hesse (alemán), Nestlé (también alemán), Maggi (italiano). Un panel del museo agregaba, aleccionador: "Todos los humanos procedemos de África. Salvo allí, nadie pertenece de verdad a sus países de nacimiento. Todos somos inmigrantes". Una idea parecida me vino a la mente cuando me comentaron el reciente descubrimiento de que todo el oro del universo -y los metales pesados, en general- proviene de explosiones masivas producidas a partir de colisiones de estrellas de neutrones (sé que la relación parece extraña, pero no se preocupen, todo tendrá su explicación). Desde allí, el oro ha viajado para acabar en las minas de la Tierra donde reposa el sueño de los justos y es extraído (dado su escasa utilidad industrial) para dar brillo a las joyas de quien pretende mostrar poder, o acabar fundido en lingotes para ser escondido en otra mina bajo tierra -en ocasiones llamada banco- donde también duerme el sueño de los justos, y sirve para hacer creer a algunos que son poseedores de riqueza y para demostrar poder también. Es decir, en el fondo -y volviendo al tema que nos ocupa-, el oro es un inmigrante llegado a la Tierra, como quizás las primeras moléculas de la vida, como Superman, con todas las implicaciones filosóficas que estos diversos hechos lleguen implicar (¿por qué, preguntado sea de paso, nos entusiasman tanto tanto las cosas que brillan?). Pero es que (reflexioné también), en el fondo, todos los elementos químicos son en su origen exógenos a la Tierra. Salvo el hidrógeno, todos los elementos generados (el helio y el litio durante el Big Bang, el resto en el interior de de supernovas y estrellas) lo han sido a partir de procesos de fusión nuclear en ambientes muchos más calientes de los que alguna vez ha poseído la Tierra. Es decir, como se ha proclamado tantas veces, somos polvo de estrellas, restos de los eventos cósmicos que han tenido lugar en el universo. Y esos inmigrantes de distintas procedencia han tenido forzadamente que contactar unos con otros. En el caso de los elementos químicos, vemos sus interacciones como algo natural, ya sea mediante reacciones químicas, enlaces, repulsión o explosiones. En el caso de los humanos, en cambio, resulta un poco más complicado. Sobre todo por los daños que las explosiones generadas pueden provocar entre ellos.

Desconfianza. Desconfianza (o al menos cierta precaución) hubo la primera vez que los indígenas americanos contactaron con los europeos que arribaron alrededor de los siglos XV y XVI a sus tierras. Por eso les enviaron lejos, en busca de lugares donde, según decían, se acumulaban oro (mira, otra vez el oro) y riquezas míticas, que siempre estaban muy lejos, siempre al oeste, siempre en otro lugar que no era allí. Eso, porque no les conocían; si llegan a saber lo que los europeos pretendían, seguramente no hubieran tratado de engañarlos, sino que los hubieran liquidado allí mismo. En un ejemplo más actual, en los países africanos, hoy en día, los lugareños de lagunas regiones se muestran recelosos ante los sanitarios occidentales que vienen distribuir vacunas, porque saben que, en ocasiones pasadas, los servicios secretos del Primer Mundo aprovecharon este sistema para recabar información, y ahora ya no se fían ante los voluntarios que pretenden prestar servicios de prevención sanitaria a niños y ancianos, aunque éstos acudan con la más desinteresada de las intenciones. Hasta puede que hubiera quizás también desconfianza en la actitud de Circe tras congraciarse con los griegos pues, ¿quién nos dice que, una vez descubierta, no fingió el amor con Ulises -que no era tampoco un santo, precisamente, como tampoco lo eran sus hombres- para evitar una violación en grupo, y sólo les mandó en un seguro viaje de vuelta como la mejor manera de quitarse de encima a todos ellos, de asegurarse de que no les volviera a ver? Desconfianza surgida de la decepción, de las malas experiencias, de la desdicha, del conocimiento del género humano. A veces, como hemos dicho, contraproducente, porque te impide realizar esfuerzos conjuntos, pero en ocasiones imprescindible, porque sabemos cómo es el otro, porque sospechamos que, si le damos la mano, amenazará con arrancarnos el brazo, porque en un alto porcentaje tenía razón Hobbes cuando pontificaba aquello de que "el hombre es un lobo para el hombre"... Y, sin embargo, existe una noción evidente: si todos nos preparamos para la guerra, entonces ésta se convertirá en inevitable. Con lo cual, la única consecuencia lógica es luchar en favor de la paz. Sin embargo, y en un desenlace previsible de la teoría de juegos, todas nuestras acciones van encaminadas a no constituir, en una hipotética batalla futura, el único y doliente perdedor. Lo cual nos lleva inexorablemente al enfrentamiento y, por tanto, a que caigamos derrotados todos. Destrucción mutua asegurada. Como casi ocurrió en la Guerra Fría, donde la paranoia con que el otro pudiera atacar primero estuvo a punto de conducir a que el mundo entero se extinguiera de una vez.

En este sentido, embriagan y llenan de alegría aquellas situaciones, excepciones históricas, donde la base del encuentro de los pueblos no es la desconfianza ni la lucha sino, por el contrario, la confianza o la colaboración. Hace poco, estuve en la región de Misiones, en Argentina, donde se destacaba el experimento sociológico -involuntario como experimento, aunque no por ello menos atrayente- tan original en el que los jesuitas crearon poblados (las llamadas "reducciones") para enseñarles la cultura occidental a los indígenas, incluyendo la lengua castellana y un oficio, con el objetivo de que pudieran ser dueños de su propio futuro en el día de mañana. Desde nuestro punto de vista moderno, tal actitud por parte de los religiosos nos puede parecer paternalista -y sin duda lo era-, pero lo que pretendo destacar es que la interacción no era exclusivamente unilateral: los indígenas tomaban las enseñanzas que les impartían los jesuitas (sobre todo en el arte y la música) y las reinterpretaban a su modo, y los sacerdotes hicieron un esfuerzo por aprender y conservar el guaraní, la lengua de sus aplicados alumnos. Desde luego, no era una relación de igual a igual pero, para los siglos XVII y XVIII, constituía, desde luego, como intercambio cultural, de lo más avanzado que había. Aunque para mí hay un ejemplo todavía más impactante. En ese mismo viaje, estuve en una región situada al noreste de la Patagonia, donde en el siglo XIX se fundó una colonia por parte de viajeros galeses. Una cuestión a destacar es que, durante los primeros tiempos, no tuvieron contactos con los nativos de la región. Y eso que los tehuelches (así se denominaban los aborígenes de aquella zona) las habían tenido crudas con los colonizadores previos; entre ellos, los españoles, uno de cuyos fuertes asaltaron para arrasar a cuchillo con todos sus ocupantes. Pero claro, la actitud de los españoles había sido otra: ellos eran hombres armados, como los hombres de Ulises. Los europeos disparaban y después preguntaban, con el mismo axioma en el que se basaba la desconfianza de Circe (o porque querían conquistar esa tierra a toda costa, como de hecho llegaron a lograr). En cambio, los galeses portaban herramientas de labranza; araban la tierra, se habían traído consigo a sus mujeres y niños. Aun así, el contacto se demoró un período de hasta dos años, momento en que una pequeña representación de tehuelches aparecieron en mitad de una boda galesa trayendo unos cuantos dulces. A partir de entonces, y a pesar de que se produjeron una serie de desencuentros y roces, en general hubo una coexistencia pacífica entre ambos grupos, incluso una cierta colaboración: los galeses les enseñaron a los nativos a cultivar la tierra, mientras que éstos les mostraron a los antiguos antiguos británicos cómo dar caza a los animales de la zona. Quizás la superación de la desconfianza sea esa: no pensar tanto en la intranquilidad que el otro genera, sino en qué puedes hacer tú por él. No responder al miedo con el miedo, o al temor de la agresión con la agresión; sino más bien al contrario, dejarlo descolocarlo, superando las barreras al ofrecer lo contrario de lo que esperan. Dar, como mejor manera de que luego ambos sean capaces de recibir. Quizás sólo se trata de que Circe escuche sólo un par de segundos antes de convertir a los hombres en cerdos, para al menos confirmar o desmentir si se merecen permanecer en esta guisa. Tal vez el camino para erradicar la desconfianza y, por tanto para la paz, es que nos arriesguemos un poco a perder (o perdamos un poco) para así darnos una oportunidad también a nosotros mismos. Porque sólo si trabajamos juntos, en este mundo cada día más interconectado y complejo, en el que todas las soluciones son globales, seamos capaces de conservar una mínima posibilidad de ganar.

martes, 3 de julio de 2012

La historia real de julio: Hijos del agua (o los habitantes del lago Titicaca)

En el lago Titicaca (situado en la frontera entre Perú y Bolivia -de hecho, el lago tiene aguas a ambos lados-, y el lago mas alto del mundo, a unos 3800 metros sobre el nivel del mar) empezó el mundo. Al menos, esto nos cuenta la leyenda (con un cierto sincretismo inca-cristiano) que cualquiera puede leer si uno accede a la Wikipedia:

"Cuenta que entre sus profundidades era un valle o paraíso terrenal hermoso, donde vivían en paz o armonía personas de nobles corazones donde no conocían la maldad y que solo reinaba la felicidad o la alegría y el amor. Los dioses se sentían también felices por estos seres por el buen corazón que tenían estas personas, además se les permitía garantizar su libertad solo tenían una condición "De no subir la cima de las montañas donde ardía el fuego sagrado" ya que durante largo tiempo, los hombres no pensaron en infringir esta orden de los dioses. Más adelante un ser maligno, el diablo o Satanás, el príncipe de las tinieblas condenado a vivir en la oscuridad, con crueldad y maldad se presentó en el lugar y provocó la tentación hacia los habitantes, al ver que no soportaba como vivían en esas condiciones las personas. El maligno se ingenió para dividir a los hombres sembrando la discordia, les pidió probar su coraje yendo a buscar el Fuego Sagrado a la cima de las montañas. Estas personas al retar lo que el maligno les había dicho escalaron las montañas lo cual les hizo caer en el pecado, donde se generó la maldad. Más adelante los pecadores comprendieron que habían desobedecido a los dioses y decidieron exterminarlos. Miles de pumas salieron de las cavernas y se devoraron a estos seres que suplicaban al diablo que los ayudara a salvarlos de estos felinos, pero el maligno permanecía insensible a sus súplicas. El dios Inti o Viracocha, al ver que los habitantes habían cometido su primer pecado empezó a llorar y sus lágrimas con abundancia inundaron en cuarentena con diluvio el valle hasta formarse lo que actualmente es el famoso lago. Solo un hombre y una mujer llegaron a salvarse sobre una barca de junco, cuando el sol brilló de nuevo, el hombre y la mujer no creían a sus ojos: bajo el cielo azul y puro, estaban en medio de un lago inmenso. En medio de esas aguas flotaban los pumas que estaban ahogados y transformados en estatuas de piedra. Desde entonces el lago Titicaca, de acuerdo a esta leyenda es conocido como el lago de los pumas de piedra".

 Sin embargo, el Titicaca no solo es importante por su pasado, sino tambien por su presente. La más grande de las islas de este lago -en su lado peruano- es Amantani, y la segunda Taquile. Ahi tuve la oportunidad de celebrar mi aniversario (el más lejos que he pasado de casa, y tambien en de a más altura), y los habitantes de la isla procuraron que lo recordaran para toda la vida. Dada mi aficion desmedida por los sombreros originales, no podía dejar de poneros esta foto:
(Obviamente, el de la izquierda soy yo, a no ser que me consideréis habilidoso también con los disfraces).

Un detalle interesante de esta isla es que tienen como costumbre una forma de convivencia previa al matrimonio que dura 24 meses. Transcurrido ese tiempo, las parejas pueden seguir o separarse, y en el caso de haber tenido descendencia, los hijos viven con el padre para aprender sus oficios, y lo contrario con las hijas. Nos guste o no el sistema, lo cierto es que los amantanies atribuyen a él la baja tasa de divorcios en la isla.

Pero de lo que os queria hablar principalmente hoy es de las islas artificales de los uros, enclavadas, dentro del lago, específicamente en la Bahia de Puno:
Esta isla que véis aqui es eso: completamente artificial. Se construye a partir de una planta llamada totora, que sirve para muchas cosas (elaborar cuerdas, fabricar la propia isla y sus casas y, en caso de hambre, hasta comérsela: no es que tenga mucho sabor, pero...). Los uros, al fabricar la isla, calculan una buena profundidad y literalmente la anclan, con un peso. La isla, sin embargo, puede desplazarse si a los uros les apetece y de hecho, si varias familias de una misma isla se pelean (no son muy grandes, ahi suelen vivir del orden de 2-10 familias si la memoria no me falla), tienen la posibilidad de cortar la isla en dos y cada uno por su lado. Asi todos contentos.
¿De qué viven los uros? Pues como os podéis imaginar, sobre todo de la pesca, y también de vender a los turistas estas obras de artesanía que fabrican:

Como os podréis figurar también, la vida no es absolutamente idílica. El ambiente tan cargado de humedad hace que muchos fallezcan temprano por neumonía o enfermedades reumáticas. Y por supuesto, para ir a estudiar, los uros deben salir fuera de sus islas para separarse durante un tiempo del aislamiento en el que habitan la mayor parte de su vida. Algunos retornan, y otros no. Para muchos, es una alternativa. Para otros, un estilo de vida que han cultivado siempre y que no imaginarian cambiar.

Por ultimo, y si esto no fuera motivo suficiente para visitar Perú, un apunte mas: muchos os hablaran de Macchu Pichu, de los caminos del inca (ideales para senderistas), de Lima, de la jungla o las líneas de Nazca. Y todo eso, no cabe duda, está muy bien. Pero os dejo con estas imagenes de las islas Ballestas, en frente de Paracas:


Todos esos puntitos en la foto de arriba, son pájaros, de todo tipo de variedad y plumaje que al aficionado a la ornitología harán entrar en orgasmo (hasta pingüinos). Y entre los mamíferos, aparte de los leones y lobos marinos (aqui un harén en plena juerga a deshoras -para ellos era nuestro equivalente a la madrugada-), quizás tengáis suerte y podáis avistar unos delfines. Al lado del maravilloso espéctaculo de la vida (y una isla tan repleta de animales que parece Benidorm en un dia de lleno), las piedras (en mi modestísima opinión, y por mucha historia que reflejen, y con lo que a mí me gusta la historia) no se pueden comparar.

Seguiremos contando cosas de sitios exoticos. Desconozco como se dice en aimara (el idioma de los uros) o en quechua (el otro gran lenguaje nativo en Perú) que espero que os haya gustado -mi memoria para los idiomas no es demasiado brillante-. Pero en castellano os digo que nos volveremos a encontrar.

(Por cierto, agradezco enormemente a los dos amigos que tuvieron la deferencia de llevarme a Perú, así como a sus familias, todo lo que hicieron por mí en aquel viaje, y recalcar que sin ellos no podria haber escrito este post. No digo sus nombres porque son muy discretos, pero ellos saben que los llevo en mi corazón).

martes, 5 de junio de 2012

La historia real de junio. El discurso del jefe Seattle.

Antes que nada, quiero explicar un poco mi intrahistoria dentro de la historia. Mi conocimiento de este suceso llegó de la mano de Fernando Fernández-Gil, líder del grupo Los Argonautas, el cual se dedica a llevar a cabo actos culturales de naturaleza solidaria con los más necesitados (desde aquí aprovecho para homenajear la abnegada labor que hacen). Entre los primeros proyectos del grupo se encontraba una revista benéfica, que entre otras cosas quería publicar la "Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos". A mí me gustó esa carta y yo sugerí añadirle una introducción con una pequeña aclaración histórica, que tuve el honor de redactar. Más o menos lo que venía a decir este prefacio era que, en 1854, el presidente de los EEUU Franklin Pierce le envió una oferta al jefe indio Seattle para comprarle las tierras a su tribu, la Duwamish, y éste le respondió con un discurso. La traducción más extendida de este discurso en castellano (y a continuación de la cual desarrollaremos algunos comentarios), y que podéis encontrar en numerosas páginas web y enlaces, es la que transcribo a continuación:

El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un  salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

Muchas cosas se cuentan sobre el jefe Seattle. Entre otras cosas, que era un líder respetado no sólo por su tribu, sino por otros grupos indios de alrededor. Su altura era excepcional para la época (dicen que durante el discurso mantuvo todo el rato la mano por encima de la cabeza del gobernador territorial, y que en comparación con la mano la cabeza parecía diminuta); todos parecen coincidir en que se trataba de un excelente orador y decían que su voz podía escucharse a largas distancias. Todo esto contribuía a que su opinión fuera altamente tenida en cuenta en aquella época, y ese prestigio fue sin duda relevante cuando las tierras anteriormente pertenecientes a los Duwamish fueron incoporadas al estado de Washington; tanto, que la capital del nuevo estado norteamericano adquirió el nombre de Seattle (el apelativo con el que los norteamericanos tradujeron el nombre original de este jefe indio) en honor a él. Creo que ha quedado basante claro que, al final, el jefe Seattle dijo que sí a los blancos. Muchos le reprochan esta opción, aunque otros en cambio aducen que fue un líder que tuvo que tomar decisiones difíciles en momentos complicados y que adoptó la determinación que creyó que era mejor para su tribu.
Hasta aquí la historia "oficial". Pero cuando uno empieza a entrar en detalles, surgen las dudas. El jefe Seattle dio el discurso delante de una multitud en una reunión convocada para tratar el tema de la venta de tierras. Y cuando habló (durante lo que aproximadamente fue una media hora, según las fuentes), parece que casi nadie entendió nada, porque el jefe Seattle habló en el idioma de su tribu. Después, este discurso (o lo que se recordaba de él) fue traducido al chinook, una lingua franca mezcla de varios lenguajes indios, inglés y francés, y finalmente trasladado al inglés para explicárselo al gobernador territorial. Treinta años más tarde, alguien que decía haber estado en el evento y que tomó notas de la versión en inglés -aunque, desgraciadamente, no hay  otra fuente que confirme la exactitud y fidelidad de lo que se había apuntado- reprodujo un fragmento del discurso que se publicó en el Seattle Sunday Star. Y ese trozo es lo que se conserva, y que podéis leer aquí en inglés.
Como podéis ver, esta versión difiere en gran medida de la primera que os he mostrado. Muchos dirán, además, que esta supuesta carta del jefe Seattle (y me refiero a la que he copiado en este post) contiene conceptos e ideas que difícilmente podrían hallarse en el siglo XIX. Incluso alguno, si rebusca un poco, podría encontrar inconsistencias históricas. La razón es la siguiente, y es que esta carta en realidad fue escrita por otra persona. En los años 70, el director Ted Perry dirigió una película de corte ecologista denominada Home, utilizando como base una adaptación "modernizada" del discurso del jefe Seattle elaborada por un académico llamado Arrowsmith. La película se pretendía mostrar como una obra de ficción que reflejaba las preocupaciones medioambientales de la década en que fue filmada, y los responsables de la misma se han desligado repetidamente del uso que se ha hecho del fragmento de la película  referente a las palabras del jefe Seattle. En este blog podéis leer la historia completa de la evolución del discurso, y cómo el autor del mismo se queja del fraude montado alrededor de él y de cómo numerosos grupos ecologistas y New Age han tergiversado la realidad para dar mayor promoción a sus teorías.
No obstante, siempre he defendido que lo importante de una afirmación no es quién la diga, sino lo que significa. Parece claro que no fue un indio del siglo XIX quien pronunció aquellas palabras, sino que fueron hombres del siglo XX, pero no por ello (y en determinados aspectos del mensaje) siguen dejando de tener validez. Evidentemente, no debemos tomárnoslo como una cita histórica, sino como un alegato de determinadas ideas e incluso como literatura de ficción, pero eso tiene valor también (aunque, por supuesto, siempre usado de la manera apropiada y no para justificar falsedades). Además, en la versión con más rigor -con los peros antes mencionados- del discurso del jefe Seattle, se mencionan ideas como la importancia que los indios dan a la tierra a la que habitan y a su carácter sagrado: un concepto que también es importante en otras culturas (ya lo mencionábamos en "Cartago. El imperio de los dioses" con respecto a los cartagineses), y que si bien tampoco es netamente ecologista puede muy bien considerarse un precursor -o como mínimo, cabría introducir el debate en el terreno del viejo dilema entre civilización que va la mano (o no) con la naturaleza-. Por otra parte, me fascinan cómo las historias reales pueden llegar a convertirse en leyendas: cómo sucesos históricos se transforman en elaboradas ficciones mitológicas y sobreviven en la mente de las gentes, aunque sea de una manera distinta a cómo se originaron. Normalmente pensamos en estos relatos como pertenecientes a vikingos, griegos y romanos, pero, como demuestra este caso, las elaboraciones pueden tener unos pocos años también. En este caso, la elaboración alrededor de la historia es casi tan interesante como el discurso.
Por último, hay un aspecto que me llama la atención más todavía de este suceso, y quizás el principal motivo por el que lo he incluido en este blog. Se trata de una figura olvidada, la de la Princesa Angeline, la hija del jefe Seattle. Angeline se negó a irse de sus tierras a pesar de que el tratado firmado indicaba que su tribu debía marcharse, y se quedó allí, en las calles de la ciudad con el nombre de su padre, vistiendo las ropas usadas que la gente tenía a bien darle y vendiendo cestas artesanales, convirtiéndose en una figura popular que fue aclamada a su muerte en un sobrecogedor funeral. En la Wikipedia en inglés podéis encontrar una imponente foto de la Princesa Angeline, de quien se dice (y copio ahora de la versión de la Wikipedia en español) "era una figura familiar de las calles, encorvada y arrugada, con un pañuelo rojo sobre su cabeza, un chal puesto, andando lenta y dolorosamente con la ayuda de una caña". También, en esta enciclopedia on-line, podéis encontrar más información acerca del jefe Seattle, tanto en inglés como en castellano.