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lunes, 19 de enero de 2026

La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin

Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.

Ubicación de la isla de Tromelin (según Google Maps).

Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.

Isla de Tromelin. Fotografía de la NASA, extraída de Wikicommons.

En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.

En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.

Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.

Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.

En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.

Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.

Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.

El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.

Fotografía de Lauren Ransan mostrando restos arqueológicos encontrados en la isla. Extraída de Wikicommons.

En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Las historias reales de diciembre: hilos de "llámalo X"

Para aquellos que no podéis o no queréis meteros en esa cosa rara en la que Elon Musk ha transformado Twitter, hilos de esa red social, accesibles para todos los ojos, y que tratan variopintos temas: por ejemplo, el hombre que quiso viajar al pasado para salvar a María Antonieta; el volcán que casi se carga una isla, dañó a un país, y que seguramente creó la tumba más grande del mundo; y cómo un gusano asqueroso es la inspiración para el símbolo de la medicina. De paso, ya que andamos de recopilatorios navideños, podéis explorar los distintos hilos que hemos publicado a lo largo de este año, o de los pasados. Que los disfrutéis.

sábado, 1 de junio de 2024

Los libros son para el verano: unas recomendaciones literarias rápidas

Para que no digáis que os faltan libros de cara al verano o al curso (escolar/laboral) que viene, unas cuantas recomendaciones cortas de libros variados:

-Relatos de diez mundos, de Arthur C. Clarke, es una variada exploración de muchas de las posibilidades de la ciencia ficción a partir de uno de sus mejores narradores. En casi todos, sin embargo, la Tierra resulta fundamental -porque ¿qué viajero es aquel que no mira de reojo siempre a casa?

-La gran serpiente, escrita por Pierre Lemaitre cuando no se había hecho tan famoso y no le publicaban con facilidad las novelas, fue su última incursión en la novela negra, y quiso hacerlo apoyándose en la historia de Francia (un pasión con la que luego prosiguió), el poder de la casualidad, y abundantes dosis de humor negro. 

-Una escritora en la cocina, de Laurie Colwin. Normalmente no me animaría a hojear lo que, en buena medida (pero no toda: cada capítulo trata sobre un aspecto del mundo culinario), es un libro de recetas de cocina, salpimentado de opiniones personales de la autora sobre el noble arte de la gastronomía. No obstante, Colwin lo hace con tanto entusiasmo, dedicación, y (por qué no decirlo) elegancia, que leerlo se convierte en una delicia. Incluso los que sólo revisamos las recetas en diagonal -a pesar de que, dentro de ellas, encuentras frases interesantes-, o diferimos de su opinión sobre la comida inglesa, podremos encontrar deleite en sus páginas, trufadas de tanta ironía como amor por la comida.

-El periodista español Xabier Moret fue invitado por un amigo a pasar un rato en Islandia, mientras terminaba una novela. Fruto de su aprendizaje sobre el país nació La isla secreta, un libro ideal para aquellos que quieran empaparse acerca de esta desconocida y sorprendente región del mundo, e ideal para quienes pretendan informarse de cara a una visita. Por otra parte, Moret creyó necesario volver a este territorio de hielo y fuego para contar no sólo cosas que le faltaban, sino cómo atravesó Islandia la crisis de 2008, y lo expuso en Islandia, revolución bajo el volcán, que resulta un buen complemento. Y, hoy en día, en que somos testigos de cómo las burbujas inmobiliarias amenazan con repetirse porque no aprendemos de nuestros errores, no resulta nada desactualizado.

-Adiós, muchachos son una especie de memorias de Sergio Ramírez, escritor (autor de, entre otros, un libro estupendo llamado "Sara", donde reivindica desde un punto de vista feminista a este personaje de la Biblia) que llegó a ser vicepresidente de Nicaragua durante la revolución sandinista. Ramírez narra el período en que el Frente Sandinista se preparó para tomar el poder frente a la dictadura de Somoza, lo logró, y cómo administró el país para llevarlo a una democracia en la que, más adelante, perdieron el poder tras un mal resultado electoral. Es complicado narrar la propia historia de un movimiento cuando tú mismo estás inmerso en él, pero da la sensación de que Ramírez trata de ser sincero tanto en la bondad de las intenciones de la revolución como en sus fracasos a la hora de conseguir sus objetivos, incluyendo las luchas de poder dentro del sandinismo y sus aliados, los errores a nivel político y económico o el reconocimiento de que hubo cosas que pudieron hacerse mejor. Y por eso, aunque sin duda es una versión subjetiva y seguramente influida por cuestiones que ocurrieron a posteriori, merece la pena echarle un vistazo a la intrahistoria de esta peculiar revolución.

lunes, 23 de enero de 2023

Las películas del mes: unos cuantos films sobre cocina

Si en posts anteriores hablamos acerca de libros y películas relacionados con el mundo de la gastronomía, colgamos aquí una nueva entrada acerca de films, series y programas televisivos donde el gusto, el aroma y el sabor juegan un papel fundamental, y donde ha colaborado Cris Kitchen a la hora de aportar recetas que mariden bien con la programación audiovisual. Un picadito de historias, que esperemos que hagan las delicias de la mayoría y, sobre todo, os despierten el apetito suficiente como para solicitarlas en el menú:

Esto es lo que entiende Dall-E como una receta de cine. ¿Qué os parece?¿Os inspira alguna película concreta?¿Os da hambre? Y, sobre todo, ¿qué narices creéis que es?

-Los franceses siempre le han dado mucha importancia al arte del buen comer, y no es raro que hoy muchas de las recomendaciones que servimos hoy sean de procedencia gala. Delicioso realiza una especulación (a partir de hechos históricos distorsionados) sobre el origen de los primeros restaurantes, y reflexiona sobre las diferencias entre clases que, en la vida real, motivaron la aparición de los mismos. Resulta tan gustosa como sofisticada. Vatel, por otra parte, pretende recrear el ambiente de los grandes banquetes de la aristocracia y monarquía pre-revolucionarias a partir de la figura del mítico cocinero Vatel, a cuya tormentosa historia dan una vuelta -casi se diría que una excusa-. Aunque se trata sobre todo de un espectáculo para la vista, no deja mal sabor de boca. La cocinera del presidente también se basa en hechos verídicos, en concreto en las vivencias de quien fue la cocinera a cargo de las papilas gustativas de François Miterrand, una pesada responsabilidad que la protagonista se toma con absoluta seriedad y dedicación. El chef, la receta de la felicidad, en contraste, se trata de una comedia sencilla y sin demasiada capas acerca de qué aspectos de nuestra existencia definimos como prioritarios. No es para tirar cohetes pero sus actores (entre otros Jean Reno) le insuflan una cierta vida. Finalmente, La brigada de la cocina abandona los fogones de los restaurantes más exclusivos y extrae una lección social a cuenta de los MENAs que probablemente los franceses, tal y como está la cosa, necesiten como el comer.

    Para ver algunas de estas películas, sugerimos preparar antes un sabroso hachis parmentier elaborado con confit de pato que (experiencia personal) sabe de rechupete.

-A mí Pig me ha sorprendido. Te cuentan que la historia se centra en cómo a Nicholas Cage le han robado su cerda trufera y va en busca de los raptores, y te imaginas cualquier cosa. No obstante, la película te sorprende, y no sólo porque no sea la matanza que prometía (tiene un par de escenas duras, pero literalmente un par, y no demasiado terribles). Se trata ante todo de un relato frágil, delicado, cuidadosa y esmeradamente emplatado para que ahondemos en por qué es tan importante la comida y qué relación tiene con la parte más valiosa de nuestras vidas. Y probablemente, además, atesora la mejor interpretación de Cage en los últimos años. Yo, sinceramente, me atrevería a degustarla.

    Para acompañar esta película, recomendamos un plato bien cargado de trufa. Sí, sabemos que la trufa está cara en el mercado (si os interesa, os podemos recomendar gente que la trabaja), y además os decimos que ha de ser fresca (congelada pierde completamente el aroma, el cual constituye el valor diferencial de este alimento; otros métodos de conservación pueden servir, pero no igualan ni mucho menos al producto recogido unos pocos días antes. Por cierto, ya no se emplean cerdos: un perro -en realidad, perra- funciona mucho mejor). Lo ideal es mantener la trufa en un recipiente cerrado durante unos cuantos días con un producto con alto contenido en grasas, el cual absorba su aroma: lo clásico es hacerlo con huevos. Tras 2-3 días, preparar los huevos al gusto (se aconsejan fritos, y rayando trufa al gusto por encima). Para amantes de los olores sofisticados.

-Las series también han tocado el mundo de la restauración. Para paladares acostumbrados a sabores fuertes, Hannibal es toda una experiencia culinaria (tratándose de un psiquiatra caníbal, podéis imaginar que abundan los platos que dicen mucho; si habéis sido capaces de sobrevivir a eso, también os recomendaría que os paseéis por la película Estómago). Para comensales más sensibles, yo recomiendo especialmente Midnight Tokyo Stories, una serie de Netflix centrada en uno de esos pequeños locales de comida sencilla tan abundantes en Tokyo, donde el cocinero protagonista promete prepararte el plato que quieras siempre y cuando tenga los ingredientes. Punto de partida que sirve de base para una serie de historias entrecruzadas que contemplan los aspectos más íntimos y personales los entrañables parroquianos de este bar. Prometo bocados dulces, tiernos, que te dejarán con una sonrisa en los labios, y ganas de pedir más.

    No somos expertos en cocina japonesa (menos aún en el canibalismo). ¡Más bien al contrario, agradeceremos sugerencias (sobre el canibalismo no, claro)! De hecho, nos encantaría viajar a Japón en los próximos años... y alguna recomendación culinaria no nos vendría nada mal. ¡Aregato ya por adelantado!

-Somebody feed Phil. No soy muy de programas de televisión relacionados con el mundo de la cocina, pero en este caso, la figura de Phil Rosenthal (productor de "Todo el mundo quiere a Raymond"), un individuo bonachón, adorable, al que has de querer casi por decreto, paseándose por medio mundo mientras ruega que le den de comer, y poniendo cara de exaltación cada vez que prueba un bocado, es para enamorar a cualquiera. Además, el programa sirve de excusa para reflexionar sobre el lado geográfico, histórico, social (y por supuesto culinario) de cada uno de los lugares que visita. Os recomiendo especialmente el programa sobre Madrid, donde el equipo de Phil descubrió que la riqueza gastronómica de un país no tiene por qué residir en un restaurante cinco estrellas, sino simplemente en un bar aleatorio donde un sencillo plato de gambas al ajillo te puede dejar muerto en el sitio.

    Cuando Phil viaja por el mundo, suele visitar a chefs de renombre; pero en cambio, cuando lo hace por Estados Unidos, suele acudir a lugares de toda la vida, quizá porque conoce mejor a los cocineros y el producto que está degustando. En ese sentido, pocas combinaciones de especialidades locales nos parecen más apetitosas que las de Nueva Orleans. El restaurante Gumbo, ubicado en Madrid (os podéis fiar de él: van norteamericanos auténticos), no sólo nos ha deleitado con estupendos platos, sino que, además, gracias a que de vez en cuando publican sus recetas, nos permitió construir nuestra versión particular de la sabrosa sopa denominado gumbo (aunque da la impresión de que las instrucciones de este plato en particular han desaparecido de la web, que no del restaurante; en todo caso, recomendamos ir igualmente, porque mejor versión que ellos no la vais a cocinar).

-Si os gustan los concursostengo la satisfacción de mencionar un programa de cocina poco conocido en España, aunque sí que nos ha llegado su emisión (no sé si ahora mismo se podrá encontrar por Internet; espero por vuestro bien que sí). Se trata de Sabotaje en la cocina, una competición televisiva estadounidense donde los protagonistas son obligados a cocinar recetas -en apariencia sencillas- bajo condiciones imposibles, como trabajar en cocinas diminutas, carecer de los más elementales ingredientes, o tener que sortear toda clase de imprevistos en mitad del proceso. No tiene nada que ver con ninguna de las historias que hemos comentado antes pero, al disfrutarlo, cabría pensarse que escritores y guionistas como Tarantino, Agatha Christie o George R.R. Martin forman parte del elenco del show.

    No os vamos a sugerir ningún plato especial con esta recomendación porque ya bastante complicado está cocinar por culpa de la inflación y el precio de algunos productos esenciales: eso sí, pensad que una tortilla de patatas, aunque salga mal, siempre puede convertirse en unos excelentes huevos rotos. Incluso aunque haya que sacrificar la cebolla (a muchos no les supone un problema) si sospechamos que la receta va a terminar en desastre.

Bonus (a modo de postre): La comida de Big Bang Theory. ¿Os habéis fijado en que -a pesar de que no es una serie que trate primordialmente ese tema- buena parte de las escenas de la serie “Big Bang Theory” transcurren durante almuerzos o cenas y, sin embargo, casi ninguno de los personajes pega bocado? Sea por no interrumpir los diálogos, o porque queda mal ver a alguien en primer plano con un trozo de espinaca entre los dientes, lo cierto es que alguna vez nos hemos preguntado si las viandas que les ponen a los protagonistas son de plástico (como sí que ocurre, por ejemplo, en las películas de Harry Potter, ya que, por lo visto, la multitud de repeticiones convertía el olor a comida en un infierno). Aunque, al observar algún mordisco aislado, uno empieza a pensar que más les vale que no.

lunes, 17 de octubre de 2022

El relato rescatado de octubre: "Frontera italo-suiza del Lago Maggiore"

Frontera italo-suiza del Lago Maggiore

 

                El oficial del V Regimiento de la Marina Suiza, división del Lago Maggiore (el regimiento eran, básicamente, él y su barco) no pudo dormir tranquilo aquella noche. No desde que se había cruzado con la embarcación de los guardias fronterizos italianos, quienes acudieron atraídos por el contundente olor de la fondue de queso.

                -¡Pero si esto no sabe a nada!-protestó uno-. Será el peor queso de Suiza, ¿no?

                -Pues es uno de los mejores –replicó adusto el helvético.

                -Pobre chico –se rió el otro italiano-… Enrolado en una marina que no es de verdad, en un país que no es de verdad, comiendo un queso que tampoco es de verdad… La vida es muy dura al otro lado de la frontera.

                Se quedó sorprendido de las cosas que le contaron.

                -¿Cómo que el barco está bautizado?

                -Es algo típico de mi pueblo. Viene un cura, le da unas bendiciones…

                -¿Y con eso te aseguras de que no se hunde?

                -Bueno, es un Dios italiano, ¿sabes? Deja a las cosas un poco a la improvisación.

                No entendía cómo era posible que aquellos dos italianos fueran tan distintos.

-Echo de menos mi tierra… Esos veranos en que, te tumbas a dormir la siesta a la sombra de un olivo,  rascando a mi can, después de unos cannoli que han servido de postre a unos canneloni de la mia mamma

                -Quita, quita, ese calor -se quejaba el otro-… Donde estén unos agradables quince grados…

                Conforme el oficial suizo nadaba por el lago para desertar en dirección a Italia, recordaba su última conversación.

                -¿Y decís que, en la Guardia Suiza ésa, podré conocer muchas ragazzas italianas?

                -Hombre, ragazzas no sé… Pero faldas, desde luego, vas a ver muchas…

lunes, 7 de junio de 2021

El libro y la historia real de junio: "El baile de las locas", y la histeria femenina en el siglo XIX

El libro "El baile de las locas", de Victoria Mas, ha sido una de las sensaciones editoriales de los últimos tiempos. La autora nos emplaza a ubicarnos en el París del siglo XIX, en el famoso hospital para enfermedades mentales de la Salpêtrière, donde los investigadores Charcot, Gilles La Tourette y Babinski entre otros investigan la histeria femenina, y van adquriendo fama conforme se incrementa también la de sus pacientes. El libro se focaliza en un acontecimiento que tenía lugar de manera anual en el centro, el llamado "baile de las locas", un evento de gala en el que los aristócratas e intelectuales de París tenían la oportunidad interaccionar y departir -durante una mascarada- con las internas del sanatorio, en lo que constituía un espectáculo más teatral que médico. A partir de allí, la escritora combina personajes reales con ficticios para contarnos su historia, centrada en las mujeres a las que les tocó morar allí.

Sin embargo, más que una historia de las pacientes de la Salpêtriére en particular, se trata de una reflexión sobre la condición de la mujer en aquella época en general, como quizás pueda apreciarse mejor en la figura del personaje de Genevieve, una enfermera que en un momento determinado es capaz de contemplar el paisaje a ambos lados del sistema. Sobre este aspecto se insiste a la hora de describir a algunas de las mujeres encerradas en este sanatorio, muchas de las cuales se hallan alí más debido a las convenciones de la sociedad que por un problema psiquiátrico reconocible; de hecho, algunas de las internas protagonistas confiesan que están mucho más a gusto dentro del hospital que en el inclemente mundo exterior. Es una novela donde, desde luego, se aprecia -aunque con matices- el concepto de sororidad "inventado" por Unamuno (tan en auge en los últimos tiempos). Incluso, es fácil captar cómo ciertos detalles de la maquetación ofrecida por Ediciones Salamandra tratan de enlazar con la cuarta ola feminista, ya sea por cuestión comercial o porque -sin duda alguna- éste es un libro en favor de los derechos de la mujer. Y, además, es un buen libro, el cual conjuga bien las distintas tramas entre sí y con el mensaje, aunque quizás haya un par de detalles que nos sacan un poco de la historia. El primero es que la autora introduce, como vehículo para la acción, un argumento de corte fantástico, el cual funciona muy bien a la hora de encauzar la narrativa, pero hace flaquear el propósito inicial y punto fuerte de la novela, que es precisamente su inspiración en hechos reales (en ocasiones, para ser sinceros, te da la sensación de que, si no aceptáramos la premisa sobrenatural de la novela, muchos de los acontecimientos los juzgaríamos de manera distinta).

El segundo punto es quizá más una apreciación personal, y entra en el motivo por el que he querido escribir este post. La novela introduce a personajes históricos reales, y esto es siempre un factor arriesgado, pues obliga a emitir juicios de valor sobre los mismos, y a pesar de que no dudo de que hay una buena labor de documentación histórica al respecto, lo cierto es que supone deslizarse sobre hielo muy fino. Sobre todo si tenemos en cuenta que la novela obvia un aspecto bastante esencial desde el punto de vista médico e histórico, y es la importancia que llegó a tener la histeria femenina en aquel tiempo. Para ello, tendremos que adentrarnos un poco en la historia.

¿Qué era la histeria? Se trataba un conjunto de manifestaciones clínicas que ocurrían en determinadas mujeres, por las cuales (entre un conjunto de síntomas muy variados) empezaban a adquirir unas posturas rígidas y antinaturales, con movimientos exagerados y bruscos de las extremidades, en apariencia en contra de su voluntad. El motivo por el que ocurría no estaba claro. De hecho, desde antiguo, y al darse exclusivamente en mujeres, se atribuía al útero femenino, el cual supuestamente se movía por varias zonas del cuerpo y tocaba los nervios, causando los síntomas (de ahí la denominación de la enfermedad, por "hystera", útero en griego). Durante el siglo XIX, y en los países occidentales, la enfermedad se hizo muy famosa, entre otras cosas porque Charcot, el médico a cargo de Salpêtrière, empezó a documentarla de manera fotográfica y a realizar sesiones semi-públicas en las cuales se manifestaban de forma dramática los síntomas. Hay que decir que a Charcot se le acusó (en ello incide la novela, y probablemente esté en lo cierto) de incitar las crisis histéricas y animar a sus pacientes a producirlas, bien porque clínicamente le resultaban muy atractivas, bien para ganar notoriedad como médico. Entre las pacientes que se hicieron famosas durante este período por sus arranques histéricos estuvo Augustine, una empleada doméstica que había sido violada a los trece años por el dueño de la casa donde trabajaba, que había ingresado en la Salpêtrière a los 15, y que mostraba actitudes, durante sus ataques, las cuales algunos comparaban con el éxtasis de las santas, aunque a los médicos les recordaran más a los fenómenos que sufrían los pacientes infectados por el tétanos.


Augustine, en una fotografía de la época.

Algunos libros insisten en esa teoría de que Charcot (quien fue uno de los primeros que clasificó a la histeria como entidad clínica independiente, separándola de otras afecciones como la epilepsia, y también quien introdujo la hipnosis como método de tratamiento) estaba instigando la histeria en vez de curarla. Estos autores defienden que, en el fondo, la histeria femenina era una invención de los médicos y de los estamentos dominantes, los cuales la utilizaban como excusa para mantener internadas a mujeres que resultaban molestas o que no encajaban en los estrechos cánones sociales de la época. El problema, sin embargo, hay que analizarlo desde más puntos de vista, porque resulta complejo. Aunque, como hemos dicho, la histeria se conoce desde los griegos -ya Platón, Hipócrates o Galeno hablan de ella- en el siglo XIX, en concreto en Europa Occidental y Estados Unidos, hubo un auténtico auge: tanto que algunos médicos hablan de que una de cada cuatro mujeres se ven aquejadas por este síndrome. A ello contribuían una serie de factores: muchos de los síntomas eran más bien vagos y difusos, con lo cual era fácil pensar que cualquier cosa era histeria; era una enfermedad "de moda" -cosa que, por desgracia, también influye en la ciencia-; y también contribuía el propio interés de los médicos especialistas por encontrar casos (no es extraño; algunas enfermedades actuales, como el síndrome de hiperactividad que afecta a los "niños inquietos", han sido acusadas de sobre-diagnóstico por los mismos motivos). En definitiva, al final la histeria constituía un fondo de saco donde clasificar aquellos problemas que los galenos no sabían identificar. Sin embargo, como veremos, podía existir también un motivo subterráneo. Por eso toca profundizar un poco más.

Un detalle interesante es que la histeria se detectaba con frecuencia en mujeres muy pasionales que sin embargo (por motivos diversos) no poseían actividad sexual, así que muchos dibujaban la enfermedad como consecuencia de esta circunstancia. En ese sentido, los médicos recomendaban un "masaje terapéutico" que supliera las carencias de las que adolecían estas mujeres. Este masaje era -o, al menos, de ello se quejaban los médicos- muy fatigoso para los especialistas, pues podían pasar varias horas antes de alcanzar "el paroximo histérico", pero tampoco eran partidarios de delegarlo en las comadronas, ya que eso signficaba perder ingresos. Así pues, la solución (¡oh, voilá!) fue inventar un artilugio mecánico que hiciera los masajes por ellos. Si alguno ha visto la película "Histeria" (2011), una divertida y bien hilada comedia basada en aquellos días, sus sospechas se están viendo confirmadas: el simpático e irreverente argumento de que un médico inventa el vibrador para contentar a las mujeres insatisfechas sexualmente tiene más visos de autenticidad de que concepto cinematográfico. Lo cierto es que en el siglo XVIII se inventan aparatos de hidroterapia con el fin de "masajear" a las pacientes, los cuales se popularizan a lo largo del siglo XIX en los balnerarios de toda Europa; en 1870 nace el primer vibrador electromecánico, y en 1873 se prueba por vez primera en un asilo en Francia (el consolador manual ya existía desde antiguo, como prueban restos arqueológicos romanos; hasta un famoso estafador que se enfrentó a Isaac Newton y del que hablamos aquí se dedicó durante su juventud a vender dildos). El vibrador eléctrico aterriza entre los utensilios del hogar varios años antes que aparatos en teoría más esenciales, como la aspiradora y la plancha. Con la llegada de la electricidad a los hogares, se populariza a su uso: sobre muchos de estos hechos podría opinar, sin duda a gusto, la cuarta ola feminista.

Cartel de la película Hysteria (2011), con la actriz Maggie Gyllenhall.

Quizás aquí es cuando tengamos que entrar en el meollo del asunto. Al hospital de la Salpêtriere llega un nuevo médico, el vienés Sigmund Freud. Freud empieza a colaborar con Charcot, y el primero coincide con la hipótesis del segundo -desarrollada a través de su estudios de hipnosis- de que la histeria tiene una causa psicológica, y no orgánica (aunque Charcot todavía mantenía que los ovarios femeninos se hallaban implicados). En realidad, Freud llega incluso a diagnosticar a un hombre de histeria -los primeros médicos que escucharon esta teoría se reirían mucho, argumentando, en un retorno a los antiguos, que aquello era imposible, ya que los hombres no tenían útero-. Cuando Freud, más tarde, se instala en Londres, empieza a probar una técnica desarrollada inicialmente por Joseph Breuer y que se denomina "método catártico": la idea es que la histeria ha sido inducida por un acontecimiento traumático, y que evocar dicho hecho conduciría a que el paciente se hiciera consciente de su problema y por fin se curase. La primera mujer que es tratada por este método es la famosa Anna O., con quien se dice que Breuer improvisó bastante la terapia, adaptándola a la multiplicidad de síntomas que la mujer presentaba. También se comenta que, probablemente, los médicos de Anna O. no entendieron todo lo que le estaba sucediendo -se habla de que en el fondo pudo haber una base orgánica-, y se aduce además (en una acusación frecuente, y en muchos casos fundada, en estos primeros casos famosos en la historia de la psiquiatría) que no se portaron con su paciente todo lo bien que debieron. En todo caso, parece ser que la famosa Anna O. (nombre real: Bertha Pappenheim) se recuperó, y acabó convirtiéndose más tarde en una adalid de los derechos de la mujer. Por lo visto, la propia Pappenheim atribuía su curación a lo que ella denominó "cura del habla", nombre con el que se se quedó este tratamiento basado en que el paciente conversara con su terapeuta sin cortapisas de lo que a ella le apeteciera (lo que vino en llamarse "asociación libre") y que Freud empleó para establecer las bases de su método psicoanalítico que ha servido de punto de partida de buena parte de la psicología posterior. El resto, como suele decirse, es historia. Aunque el psicoanálisis es muy denostado hoy en día (muchas de las afirmaciones de Freud eran más especulativas que científicas, y desde entonces se ha progresado en métodos mejores para el tratamiento de los pacientes), lo cierto es que lo que hicieron Freud y Beuer fue revolucionario: por primera vez en la práctica clínica, había un hombre escuchando atentamente lo que querían contarle, de su propia vida, las mujeres. Quizás nos hubiéramos ahorrado muchos problemas si hubiéramos empezado por ahí.

Recapitulemos un poco, y volvamos a la pregunta del inicio. Después de todas estas explicaciones, y de lo que hemos aprendido, ¿qué es la histeria? Hoy en día, consideramos esta enfermedad como uno de los llamados "trastornos de conversión", los cuales forman parte de las dolencias que hoy en día calificamos en el lenguaje cotidiano como "psicosomáticas". La idea es que la mente humana no está hecha para soportar ciertas situaciones en las que se ve atrapada y no sabe cómo salir. Quizás en la época en que éramos hombres prehistóricos, migrando y viviendo de la caza y la recolección, estas circunstancias no se producían tan a menudo, o tal vez fue un mecanismo que inventó la evolución para sobrellevar estos dramas. La cuestión es que, cuando la mente no sabe qué hacer frente a dilemas irresolubles -y que, con frecuencia, no pude verbalizar, bien porque no sabe o porque no existe la oportunidad-, lo que hace es convertirlo en un trastorno físico. Es un fenómeno que se da en toda clase de culturas, pero que se adapta de manera muy versátil a cada una de ellas: por ejemplo, el síndrome amok (muy tratado por la literatura y el cine) se exterioriza como una rabia homicida intensa durante un período de tiempo breve. En el caso de los inuits, por ejemplo, es típico que los afectados por este tipo de neurosis se expongan a la nieve desnudos y se comporten como un animal salvaje. Las manifestaciones son tan variadas no sólo por lo diversos que son los individuos que las padecen sino, sobre todo, por el diferente entorno en el que se integran y, en particular, por lo que la sociedad espera de ellos. En ese sentido, las mujeres del siglo XIX -en concreto, en la rígida Inglaterra victoriana- no sabían cómo expresar su frustración sexual (durante aquella puritana época triunfa la postura de que el sexo sólo es admisible para la reproducción), la ausencia de amor en sus vidas, la falta de derechos frente a una sociedad que les cosificaba, o la situación de sumisión frente a unos maridos a los que les parecía indecente intentar que -durante el coito- sus mujeres sintieran la más mínima clase de placer. No es extraño que muchas pacientes histéricas, como la famosa Augustine, hubieran sufrido abusos sexales. Como además (debido a la estricta moral de la época) las pacientes no podían airear abiertamente sus cuitas, ni rebelarse de ningún modo contra esa situación, manifestaban sus angustias en cambio de una manera física. En ese sentido, influye mucho el efecto "contagio", y ahí es donde la fama que adquirieron las histéricas de Charcot pudo jugar un factor: las mujeres que no sabían cómo canalizar sus problemas veían que la histeria era una forma aceptada de enfermedad, y por ello flexibilizaban sus síntomas para encajar en los reconocidos en las histéricas. 

Ojo, no estamos diciendo que estas mujeres fingieran; lo que ellas hacían era un gesto siempre inconsciente. Se trataba de un mecanismo del cuerpo para indicar que existe un fallo funcional; una especie de grito de socorro, de la misma manera que hoy en día sabemos que el estrés provoca que se te caiga el cabello, se te vuelvan rígidos los músculos con frecuencia, o manifiestes ataques de pánico. De esa manera, una histeria llama a otra; si una mujer ve que otra persona está recibiendo la atención que necesita mediante ataques de histeria, es normal que nuestra propia mente tienda a reproducir los síntomas para así solicitar ese auxilio que sería imposible obtener de otra forma.

De todo esto empezaron a darse cuenta, en el siglo XIX, Freud y Charcot. Y aquello, que supuso el apogeo de los estudios clínicos sobre este mal, se convirtió también en el inicio del fin de este último. Porque si el propósito inconsciente de la histeria era que se aceptara el sufrimiento de esas mujeres concretas como una desorden físico -y, de esa manera, se intentara poner algún remedio-, en cuanto se consideró como una dolencia puramente psíquica, dejó de cumplir esa función (querámoslo o no, las enfermedades con base orgánica reciben más conmiseración que las mentales, a pesar de que las segundas sean tan reales como las primeras). A partir de entonces, sin duda -y aparte del éxito de los tratamientos-, las mentes de las mujeres con traumas reprimidos buscaron otras maneras de manifestar la enfermedad que resultaran más "socialmente admisibles". Hoy, de hecho, se considera que una amplia proporción de afectados de determinados tipos de padecimientos (como la fibromialgia, entre otros) son trastornos psicosomáticos encubiertos que esconden un problema subyacente que el paciente no sabe cómo solucionar, pero en el que la pura presencia del médico -o de un hombro sobre el que llorar- puede ofrecer un cierto consuelo (hay que decir que ahí tropezamos también con que la medicina no lo sabe todo: quizás haya una proporción de casos donde el origen sea orgánico, aunque no lo sepamos diagnosticar). También es probable que los estudios de Charcot -por muy sensacionalistas que fueran- o de Freud -pese al escándalo que produjeron en su época- llevaran al propio reconocimiento de la sociedad de que eran sus innatas normas de funcionamiento las que estaban dañando a esas mujeres, y rompieran una serie de tabúes que permitieron a los componentes de la mitad de la población humana de Europa y Estados Unidos proclamar las injusticias y ninguneos que sufrían, para así tratar de corregirlas de un modo alternativo. Quizá la histeria no la curaran los médicos ni la hipnosis, sino el feminismo, la transformación que éste logró de la sociedad, y hasta el vibrador. Lo cierto es que, hoy en día, se cuentan con los dedos de una mano los casos de histeria. En la actualidad hay otro contexto, otros problemas psicológicos, y otras formas de expresarse la enfermedad, porque ha cambiado nuestro concepto también de la misma. En la Edad Media eran brujas, en la Inglaterra victoriana histéricas, hoy en cambio son mujeres indignadas que tienen bien claros los derechos por los que han de luchar.

En ese sentido, cuando vuelvo la vista hacia "El baile de las locas", y veo a los Charcot, Babinski y Giles La Tourette (individuos a los que se estudia hoy en día en las universidades de medicina por sus contribuciones a ésta y otras áreas de la neurología) analizando a las histéricas, no puedo evitar pensar que, independientemente de cómo eran estos médicos en su trato profesional y humano, había un factor que les trascendía y en el que "El baile de las locas" tiene toda la razón: no se trataba de que esas mujeres estuvieran enfermas. Se trataba de que toda la humanidad estaba enferma; que no se podía curar a esas mujeres para reintegrarlas en el mundo, porque la raíz de sus males se hallaba en el germen mismo de la concepción de la pirámide social. Mirándolo desde ese punto de vista, es fácil creer que muchas de estas mujeres estuvieran más a gusto en la Salpêtrière que fuera de ella. Porque, al fin y al cabo, ¿adónde puedes huir cuando la entera estructura del mundo es tu rival?¿Qué puedes hacer cuando la otra mitad del mundo manda y se halla en tu contra? Y la siguiente pregunta es: ¿desde entonces, hemos cambiado tanto? Libros como "El baile de las locas" están ahí para inquirirlo, plantearlo, cuestionarlo y, si la respuesta no nos convence, contribuir a cambiarlo para que un día el machismo, como la histeria, sea sólo mitología y medicina antigua, sin el menor asomo de realidad.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El relato de diciembre: "Sólo un poquito más"

 Sólo un poquito más

 

                Rogelio y Pilar habían vivido juntos cuarenta años. A finales de primavera se separaron. Bien entrado el verano, se volvieron a reunir y emprendieron un viaje para recuperar los lugares donde un día se enamoraron. Se trataba de recobrarse ellos mismos, después de todo. Rescatar el antiguo amor.

                Decidieron realizar la travesía en el viejo coche con el que habían llevado a cabo aquel periplo durante la primera vez. Se conservaba prodigiosamente indemne, a pesar del paso de los años. Rogelio sólo tuvo que pasarle una capa de cera por encima para que volviera a lucir tan brillante como el día que lo estrenaron. Con la carrocería reluciente, era como si ellos mismos se hubieran librado de las arrugas y su piel exhibiera el lustre de la añorada época en que tenían veinte años. A bordo de su particular máquina del tiempo, se pusieron en marcha a lo largo de la zona sur de Francia. Aix-en-Province, Nimes, Arlés… En esta última localidad, recorrieron los pasos de Van Gogh y fue como volver a pisar sus propias huellas. Los campos de lavanda aún no se hallaban en su máximo esplendor, pero los disfrutaron igual. En un momento determinado, se desviaron para dirigirse a la playa. No se bañaron. Junto a su coche, plantaron sus posaderas sobre la orilla, permitiendo que la arena manchara los mocasines y el traje de él, las sandalias y el vestido de ella. Corría una agradable brisa. Un muchacho de barba profusa y cabello largo (que si hubiera vestido con una túnica podría haber pasado por un profeta en el Israel bíblico) se paseaba por la playa, cubierto únicamente por una guitarra que, de manera mágica, evitaba que al mirarle surgiera ninguna incomodidad. El joven les sonrió.

                -Un día excelente para disfrutar del mar, ¿verdad?-inició la conversación sin ningún motivo, de manera espontánea.

                Rogelio asintió.

                -Mi mujer y yo estamos recorriendo los lugares donde nos conocimos. Esta playa forma parte de ellos.

                Pilar alargó la cabeza para dialogar con el muchacho:

                -¿Podrías tocarnos una canción, por favor?

                El chico sonrió. Se recolocó la guitarra -la cual, sorprendentemente, seguía ocultando los lugares más controvertidos- y rasgueó las cuerdas del instrumento, generando una melodía que acompañó con un suave tarareo que no tenía ningún sentido, más allá de la propia sonoridad de la música. Cuando terminó, Rogelio y Pilar aplaudieron. El joven le dio la mano a Rogelio, y realizó un guiño de agradecimiento en dirección adonde se encontraba Pilar. Luego se despidió y no volvieron a verlo nunca más.

                La parte que más les gustaba eran los desayunos. Normalmente eran buffets disfrutados de manera perezosa a horas tardías, cuando ya no quedaba casi nadie en el comedor del hotel. La miembros de la pareja se sentaban con serenidad en la mesa mientras cortaban sin prisa un sándwich en dos, o disfrutaban de un croissant mojado en leche sin más perspectivas que gozar del momento.

                -¿Qué plan tenemos para hoy?

                -¿Hoy? Por supuesto, ninguno.

                El tiempo les acompañaba. De vez en cuando hacía lluvia, pero no muy a menudo. Los días que eso ocurría, se quedaban en el coche, simplemente regodeándose en el espectáculo de ver deslizarse gotas de lluvia por la ventana.

                Sin embargo, las más de las veces, refulgía el sol. A veces no podían evitar verse sacudidos por el entusiasmo. Un día, el tiempo era tan fenomenal que, sobre la superficie de una playa, se desnudaron. Al verse así, tan familiares los respectivos cuerpos, tan diminuta ella, tan acogedor él, decidieron comprobar si la piel del otro seguía tan tersa como recordaban. Empezaron a amarse sobre la arena. Un bocinazo procedente de un coche de policía les interrumpió. Ambos huyeron, entre risas, mientras un agente salía del coche y agitaba la cabeza reprobatorio. Aquella tarde, los dos amantes no perdieron la sonrisa por ninguna de las menudencias y pequeños infortunios que suelen salpimentar los viajes.

                Casi habían terminado el recorrido previsto, pero ya estaban haciendo planes para continuar a lo largo de nuevos trayectos y objetivos. ¿El norte de Italia?¿De nuevo Roma?¿Satisfarían por fin su sueño de caminar juntos por Pompeya? Fue entonces cuando les llamó un amigo. Daba la casualidad de que pasaba por la ciudad en la que se encontraban aquel mismo día. ¿Podrían esperarle?¿Tendrían la oportunidad de verse? Claro que sí, afirmó Rogelio al teléfono. Y se abrazó a Pilar.

                Aquella tarde, Rogelio y Pilar se encontraban esperando a ese amigo en un bar. De pie en la barra, Rogelio oteaba por encima de las cabezas de la gente, mientras Pilar aguardaba paciente, apoyada en una silla giratoria. Se acercaron a ellos un grupo de esos conversadores habituales que no desean otra cosa que prolongar charlas de manera infinita.

                -Y dígame, ¿por qué el sur de Francia?

                -Mi mujer y yo -señaló Rogelio a Pilar- hemos vuelto a los lugares que visitamos en nuestra juventud. Estamos descubriéndolos de nuevo.

                Rogelio sonreía mientras contaba esa historia por enésima vez. Se le notaba realmente feliz al relatarlo.

                Los conversadores se despidieron, al localizar en la misma sala a otros compañeros a los que debían un diálogo. De repente, en el hueco que estas personas habían dejado apareció el amigo al que Rogelio y Pilar aguardaban.

                -¿Qué tal?-saludó Rogelio, pasándole la mano por el hombro.

                El interpelado, sin embargo, le contempló con tristeza:

                -He escuchado la charla que has tenido con esa gente antes.

                Fijó la mirada en la silla giratoria de al lado, donde se apoyaba un abrigo de mujer.

                -Hace una semana -confesó el recién llegado, emocionado-, fui a depositar flores frescas en su…

                No terminó la frase. Los dos amigos se observaron. No sabían qué decirse. Rogelio iba a hablar. Su interlocutor le ahorró el mal trago:

                -Yo también la echo muchísimo de menos.

                Durante unos pocos minutos, se entretuvieron en diálogos y cuestiones banales. Luego, el amigo se disculpó para ir un momento al baño. Cuando Rogelio volvió la cabeza, Pilar volvió a estar allí.

                Rogelio tuvo ganas de decirle muchas cosas pero, al final, sólo enunció:

                -Mañana pasa un tren que viene de París y va hasta Locarno. ¿Quieres que lo cojamos?

                Pilar, entusiasta, asintió.

                Rogelio atisbó el mundo exterior a través de una ventana. Sintió que, desde hace un tiempo, le habían colocado un despertador. Que se encontraba adormecido en una cama imaginaria. Que la alarma le instaba a levantarse y hacer lo que tocaba por fin.

                Pero él, como cuando era pequeño, alargaba la mano, presionaba el botón del despertador y susurraba para sus adentros: “Sólo un poquito más…”

lunes, 12 de octubre de 2020

El libro de octubre: "Recursos inhumanos", de Pierre Lemaitre

Pierre Lemaitre es un escritor que lleva unos cuantos años imprimiendo una profunda huella en la literatura y el cine francés. Aunque esta afirmación tiene una parte de falsedad, dado que -si bien Lemaitre ha ejercido de guionista-, casi han llamado más la atención las adaptaciones de sus novelas, a pesar de que él no se hallara personalmente implicado en su traslación cinematográfica. En ese sentido, es destacable "Nos vemos allá arriba", obra ganadora del premio Goncourt que aún no he tenido la oportunidad de leer, pero cuya versión en pantalla demostraba una perfecta combinación de sensibilidad y aprovechamiento del contexto histórico que no se veía, quizás, desde "Largo domingo de noviazgo" de Jean Pierre Jeunet. Pero en este post no quiero hablar de esta obra, ni tampoco de "Vestido de novia", un homenaje a Hitchcock de la que se han escuchado críticas dispares pero que sin duda dio bastante que hablar en su momento. En este caso, pretendo escribir unos pocos comentarios acerca de "Recursos inhumanos", un relato furibundo que trata de las presiones del mundo laboral, y la historia también de un hombre contra el monstruo del capitalismo.

No son pocas las ficciones (desde el "Germinal" de Zola hasta la película "Recursos humanos", por circunscribirnos exclusivamente al ámbito francés) que han tratado el tema de las relaciones laborales, aunque quizás no tanto desde la precariedad y la deshumanización a la que se asocian en el siglo XXI. De entre las más señaladas, por supuesto la estupenda "Los lunes al sol" de Fernando León de Aranoa, o la correcta pero más aséptica "Arcadia" de Costa-Gavras, un experto en las lides del cine social, que esa ocasión nos narraba cómo un desempleado se dispone a conseguir un puesto de trabajo por el expeditivo método de liquidar a sus competidores. "Recursos inhumanos" ahonda en esta última línea: un ejecutivo cincuentón, en paro desde hace bastantes años (al menos, en lo que respecta a su especialidad), el cual sólo ha conseguido enganchar un trabajo-basura detrás de otro, contempla cómo lo que a priori era sólo una situación temporal se está convirtiendo en un pozo sin fin que amenaza con engullir sus ahorros, su casa y hasta el futuro de su matrimonio. El protagonista, al inicio un padre de familia ejemplar con dos hijas ya mayores y que no cuenta en su debe más que el hecho de no soportar a su yerno (cosa con la que el lector, al comprobar cómo es el interfecto, seguramente conculque), nota cómo se le va amargando el carácter y la vida ante la falta de ocupación. Por eso, cuando surge la solución en forma de oferta de trabajo, decide apostar el todo por el todo e hipotecar su presente, su futuro e incluso el de su familia para conseguirlo. Sin embargo, en la antesala de lo que debería de constituir su gran triunfo, el hombre descubre que la oportunidad de su vida era un engaño, así que decide tomarse la justicia por su mano y subir la apuesta bastantes grados más, hasta llegar a un límite irreversible. A partir de ahí, toma cuerpo un trepidante thriller que constituye un titánico juego de voluntades, una encarnizada lucha entre un tigre de Bengala y un mucho más pequeño pero desesperado gato doméstico (al cual no le quedan vidas con las que conformarse), de la cual no se puede salir sin que uno de los contendientes acabe sin cabeza, y el otro como mínimo pierda una extremidad.

Quizás la mejor manera de recalcar las virtudes del libro sea a base de de contrastar el texto con su adaptación televisiva, llevada a cabo por Netflix (y con el mismo nombre, mientras que el título original en ambos casos es "Cadres noirs"). La versión para la pequeña pantalla, en una mini-serie de seis capítulos, en efecto es un alegato contra el sistema capitalista y el mercado de trabajo, pero quizás se regodee en exceso en ese punto, olvidando que la novela, aun teniendo esta misma base, multiplica sus raíces para que la planta que cultiva crezca vigorosa y fuerte. Uno de los mayores choques entre serie y texto se encuentra en la figura de Eric Cantona, el actor protagonista, que si bien en otras ocasiones ha sabido mostrarse contenido en pantalla (como consiguió de él Ken Loach cuando se interpretó a sí mismo en "Buscando a Eric"), en este caso parece andar siempre como si le acabaran de arrojar un café por la espalda. Si en la novela vemos a un padre cariñoso que acaba evolucionando, debido a la situación en la que se encuentra, hasta convertirse en su ser despiadado que arriesga los sueños de sus hijas -buscando que los medios sean absueltos por el redentor fin-, Eric Cantona tiene ya pinta de cabreado desde el principio, perdiéndose en parte la esencia biográfica de la novela. No obstante, en sendos protagonistas se aprecia un mismo proceso, poco tratado por ambas ficciones pero claramente visible a los ojos del espectador: el hecho de contemplar cómo en un momento determinado el personaje principal -con un plan relativamente elaborado en la novela, y uno bastante más improvisado en la serie- llega a ese punto del que muchos de nosotros hemos sido ya testigos en nuestros padres y amigos en el que, al llegar a una cierta edad, dejan de preocuparse por el amor que puedan transmitir a su familia e hijos, y sólo son capaces de hablar en términos monetarios, y expresar su cariño a través de herencias y cuadros de balances (arriesgándose a sacrificar, en el camino, aquello por lo que supuestamente se pusieron a luchar). También se malogra en la serie un aspecto muy humano de la novela -en pos de enarbolar un alegato último contra el capitalismo-, mediante un final que no desvelaremos, pero que está protagonizado por uno de los personajes más desaprovechados de la versión televisiva: el amigo íntimo del protagonista, Charles. Un pobre tipo, compañero de trabajo en esos empleos precarios que ambos van encadenando, que vive en un coche tan destartalado como él mismo, y que da la sensación de estar a punto de desarmarse en cualquier momento, como un muñeco al que le hubieran dejado de dar cuerda y tan sólo aguantara por pura inercia, pero que sigue sonriendo, a pesar de cada percance, un día más. La forma en que la serie trata a este individuo le hace perder buena parte de la ternura que destila la novela (de hecho, los finales de ambas versiones dejan en posiciones morales muy distintas al protagonista), olvidando que este conflicto, más allá de la cuestión laboral, es uno profundamente personal e íntimo, cosa que sí que refleja Lemaitre en una narración que, a pesar de estos toques de poesía, es capaz de mantener la intensidad y el misterio hasta casi la última línea, sin que sepamos en ningún momento qué es lo que viene a continuación. En definitiva, un texto cargado de adrenalina que, sin embargo, da pie a profundas reflexiones sobre quiénes somos, y qué hace con nosotros esa cosa extraña que, para ganarnos el pan, nos roba al menos ocho horas al día de nuestras vidas. ¿El trabajo dignifica al hombre? Marx, Auschwitz y esta novela están de acuerdo en pocas cosas, pero quizás las tres coincidirían en un veredicto unánime en contra de esta conclusión.

lunes, 15 de julio de 2019

La historia real de julio: El tributo de las tres vacas

Dicen que cuando existe una costumbre que se repite desde hace mucho tiempo y nadie se explica por qué, la mejor forma de defenderla se resume en el incontrovertible "es la tradición". La palabra mágica se utiliza para prácticamente cualquier cosa, y también sirve de argumentación para los fenómenos más peregrinos, y entre otros la sorprendente ceremonia del "tributo de las tres vacas" que se celebra entre los valles del Roncal en Navarra y el de Baretous al otro lado de la frontera francesa.

El acuerdo en cuestión consiste en lo siguiente: los representantes de ambos valles (los alcaldes de los distintos pueblos implicados), vestidos con sus trajes ceremoniales, se reúnen el 13 de julio en un collado fronterizo. Allí, se consagra la entrega de tres vacas por parte de los habitantes de Baretous a los del Roncal. Las tres vacas no pueden ser unas cualesquiera: deben tener dos años, poseer el mismo pelaje y cornaje, y no sufrir tacha ni lesión alguna. Después de la inspección de las vacas, una serie de actos protocolarios y el registro de que la entrega se ha efectuado correctamente, se celebra una comida de hermandad entre los asistentes, que incluye con frecuencia la clásica receta de cordero al chilindrón. Después, todo el mundo vuelve a su casa hasta el año siguiente para que se vuelva a festejar.

El acto se realiza, como mínimo, desde el año 1375 (hay constancia de que se celebraba anteriormente, aunque no se sabe desde cuándo), y desde entonces han cambiado unas cuantas cosas: la piedra original donde se reunían se perdió -en su lugar, se congregan en un mojón kilométrico de la carretera que une ambos valles-; en las celebraciones actuales no se entregan las vacas (las cuales vuelven a su redil), sino que se proporciona el equivalente económico como sustituto; y, en nuestro siglo, al ceremonial acuden miles de personas a contemplarlo, ya que se ha hecho popular y desde 2011 el gobierno de Navarra lo ha declarado como Bien de Interés Cultural Inmaterial. Pero, en lo esencial, la tradición se sigue manteniendo, como es pertinente, básicamente igual.

Se desconoce cuándo se inició este acto (algunos dicen que desde el siglo IX), ni tampoco se está seguro del porqué. Los historiadores insisten en que, a pesar del nombre, no se trata de un tributo porque un valle se considere superior al otro, sino que se hace entre dos comunidades en pie de igualdad. Se sospecha que, posiblemente, cuando se repartieron las épocas del año en que los ganados de ambos valles podían acceder a los pastos y fuentes de aquellas regiones fronterizas, se estableció que las fechas en los que los franceses tenían acceso a los mismos producían mayor rendimiento económico, de tal manera que el pago de las vacas debía servir para equilibrar la balanza y que el trato fuera justo. De todos modos, no todo el mundo había de estar a gusto con el acuerdo, pues se registraron incidentes violentos (hasta con muertos) en 1321, 1335 y, sobre todo, en 1373, siendo estos últimos los que provocaron que el acuerdo tuviera que ponerse por escrito en el tratado que ha servido de base (con adaptaciones y reescrituras a causa de incidentes variados) desde entonces. Los acontecimientos de aquel aciago año de 1373, envueltos en la bruma de la leyenda, supuestamente ocurrieron como sigue: dos pastores de valles opuestos (los nombraremos como del lado español y francés, a pesar de que por aquel entonces ninguno de los dos estados existían) se encontraron en una de las fuentes de disputa y, como consecuencia de una discusión en la que se enzarzaron, el navarro mató al galo. El primo del fallecido organizó una batida de búsqueda en la que no encontraron al asesino, pero sí a su mujer, quien estaba embarazada y a la que mataron. Se cuenta entonces que el navarro montó una expedición de castigo que llegó a la casa de quien había ordenado la muerte de su esposa, y allí liquidaron a todos los presentes salvo a una mujer con un niño en brazos. Alguien debió de salvarse pues acudió al lado francés, desde donde se orquestó un nuevo ataque que costó veinticinco muertos. Así, la tensión fue in crescendo hasta que se llegó al punto de la batalla campal, cifrándose la confrontación en aquella última contienda en 53 roncalenses muertos por doscientos baretanos. Entonces, los nobles que eran dueños de ambos valles decidieron intervenir y sellar la paz mediante una descripción pormenorizada de los detalles del acuerdo, que fue de hecho matizado y modificado durante los años siguientes. En ese sentido, algunos historiadores se horrorizan con la idea de que el trato se firmara como una especie de pago en compensación por los asesinatos que tuvieron lugar en aquellos días (como hemos dicho, es más probable que fuera una magra compensación por la asimétrica división en el uso de las fuentes y pastos), pero sí que es verdad que bajo el acuerdo subyace un compromiso por el cual la paz entre ambos valles es mucho más importante que cualquier compensación económica con la que se esté de acuerdo o no que deba pagarse. De hecho, durante la ceremonia, los alcaldes de ambos valles van apoyando alternativamente las manos (un alcalde navarro, uno francés) sobre la piedra sobre la que se realiza el juramento -en los tiempos modernos, un mojón kilométrico- y, al final, el último de ellos realiza la invocación: "Paz en adelante", indicando la concordia que debe existir entre ambos valles.

Desde entonces, la ceremonia se ha venido celebrando casi ininterrumpidamente, con algunas excepciones destacadas. Algunas han sido hasta cierto punto surrealistas, refiriéndose sobre todo a detalles sobre si las vacas que se donaban se hallaban en buen estado (tanto en cuanto a pelaje, cornamenta, etc...). Otras tenían que ver con el texto concreto que certificaba la legalidad de la tradición ya que, como hemos mencionado, los documentos originales se fueron perdiendo y reponiendo a causa de avatares varios, incluyendo incendios. En algún caso, alguno de los valles se declaraba en desacuerdo con el tratado y realizaba incursiones por su cuenta para robar varias cabezas de ganado. La declaración de ciertas guerras entre Francia y España podía inducir a retrasos o incidentes en la ceremonia, pero en otros casos se consideró que tales conflictos no afectaban a la relación entre los valles, y el acto se desarrolló con normalidad. Se registraron quejas acerca de la presencia o no de hombres armados durante el pago del tributo, y hubo momentos de tensión, en los que los negociadores de ambos bandos tuvieron que colocarse "a más de la distancia de un tiro de arcabuz" -a menos distancia, se corrían riesgos innecesarios-. En el siglo XIX, los franceses intentaron que, en lugar de las vacas, el tributo se satisficiera con dinero (hecho que se había producido de manera puntual en años previos), pero no se consiguió, y varios periódicos franceses, entre ellos Le Figaro, se dedicaron a pintar la ceremonia como "un extraño ceremonial antifrancés", exagerándolo para destacar la sumisión que, según ellos, los del lado galo debían mostrar frente a los españoles. Aún así, la ceremonia se mantuvo y sólo se consignó una breve interrupción durante la Segunda Guerra Mundial porque los alemanes no querían que los franceses aprovecharan la ocasión para escapar del país. Como compensación, los años siguientes los franceses entregaron una res más por año a los navarros, hasta compensar el número que faltaba.

Hoy en día, la celebración se sigue realizando: antes, los alcaldes de ambos valles tenían que ejecutar un fatigoso esfuerzo para llegar a la alta zona montañosa donde se produce el intercambio, mientras que ahora una carretera (construida gracias a la hermandad entre los dos valles y sin apenas contribución de la Diputación de Navarra, protesta la Wikipedia) les conduce sin apenas incidencias para que la ceremonia transcurra en tan sólo unos minutos. Sin embargo, se mantiene no sólo como una simpática anécdota o una excusa para hacer turismo por el bello Pirineo sino, sobre todo, como el recordatorio de que la paz entre los pueblos se sostiene gracias a la sólida intención de los mismos de que no cambie este estado. En ese sentido, quizás lo de menos sean las vacas.

domingo, 1 de julio de 2018

La historia real de julio: una pequeña lista de científicos represaliados

En estos días en que se habla tanto de sacar de sus aposentos los cadáveres de rancios dictadores, y de recuperar los cuerpos que éstos dejaron en las cuentas, conviene recordar que las víctimas de golpes de estado, revoluciones y violencias de variado signo no se circunscriben sólo a políticos, colectivos discriminados ni a poetas (¿dónde estará el cadáver de Lorca?), sino a todos los estamentos y clasificaciones sociales de cualquier índole. En apariencia, los científicos tendrían que haberse librado en mayor medida de este descalabro: bien por su utilidad inherente (ahí tenemos a un Werner von Braun que se pasó la última parte de la guerra en un hotel de lujo en Alemania, esperando a que le capturaran sus futuros jefes de los Estados Unidos), bien porque su actividad tiende a desarrollarse en un ámbito neutral en la mayor parte de los casos. Sin embargo, hay científicos que, bien por sus ideologías particulares, bien por sus propios descubrimientos científicos, sufrieron de persecución, acoso y hasta asesinato por parte de poderes fácticos y autoridades. Aquí hay una pequeña lista que engloba a algunos de ellos:

-Antigüedad: uno de los casos más conocidos de esta enumeración es el de Arquímedes. Según la leyenda (que contiene visos de veracidad), Arquímedes habría intervenido en la defensa de la ciudad griega de Siracusa respecto al sitio a la que la habían sometido los romanos. Uno de los ingenios que habría empleado (descrito por Polibio) era la "garra de Arquímedes", una especie de mano de hierro que inclinaba a los barcos y permitía que accediera agua a su interior. La otra gran estrategia (mucho más controvertida en cuanto a su verosimilitud) sería la de emplear espejos para crear un rayo de calor que incendiara las naves enemigas. Sea como fuere, cuando los romanos entraron en la ciudad (narra el mito) uno de los soldados romanos se encontró a Arquímedes haciendo cálculos sobre la arena. Como el legionario no era consciente de quién era el sabio -ni tampoco de que había órdenes explícitas de no hacerle daño- y como el inventor y matemático se mostrara desdeñoso respecto a la presencia molesta del soldado, éste le mató con su espada, para gran disgusto de su oficial superior cuando se enteró. No es para menos: se dice, entre otras cosas, que Arquímedes estuvo muy cerca de crear el cálculo diferencial que más tarde desarrollarían por separado Newton y Leibniz, y que si algo se lo impidió fue la dificultad de trabajar con los enrevesados números griegos. También a raíz de varios reportajes y de la fantástica película "Ágora", de Alejandro Amenábar, es famoso el asesinato de Hypatia, matemática y directora de la Biblioteca de Alejandría que fue (probablemente) violada y (sin duda) descuartizada por orden del obispo Cirilo, quien pretendía eliminar todo vestigio de paganismo en oposición a la fe cristiana que él representaba, culminando con ello la labor de destrucción de la mítica Biblioteca de Alejandría.


-Con la iglesia hemos topado: Hypatia fue uno de los primeros borrones en el debe de la iglesia, durante un período en el que se destruyó intensamente tanto ciencia como arte y literatura, pero incluso cuando el cristianismo se convirtió una religión asentada en la sociedad, las persecuciones siguieron adelante contra todo aquel que osara contradecir sus dogmas. También en el terreno científico. El caso de Galileo Galilei, obligado a abjurar de sus teorías astronómicas, es el más popularizado, pero no el que peor terminó. Lluis Alcanyís y García de Orta fueron ejecutados por la Inquisición debido a sus orígenes judíos (el primero en Valencia, el segundo en Portugal). Relevantes también son los casos de Lucilio Vanini, quien teorizó mucho antes que Darwin la evolución de las especies y que fue condenado por ateísmo, y del visionario Giordano Bruno, que anticipó entre otras cosas la existencia de otros planetas donde, según él, podría haber otras criaturas inteligentes aparte de nosotros -lo último se da quizás erróneamente por supuesto-. Ninguno de ellos tenía una visión del supremo hacedor absolumente equivalente a la de la Iglesia (lo cual no quiere decir que no fueran creyentes ni cristianos; Vanini creía en el Dios como una fuerza conductora, mientras que Bruno se definiría como panteísta), y por ello fueron ajusticiados. No sólo en el área del catolicismo encontramos mártires. El aragonés Miguel Servet, descubridor de la circulación menor, mantenía una agria disputa teológica con el protestante Calvino a cuenta de la Santísima Trinidad. Ingenuo, Servet acudió a Ginebra, donde Calvino había establecido su sede teocrática, para hacer las paces. No salió vivo de allí: la madera en la que prendieron su hoguera estaba mojada a causa de la lluvia y tardó horas en quemarse. Una valiente apología de él fue escrita por Castelio y reflejada por Stefan Zweig varios siglos más tarde.


-Las revoluciones políticas de la Edad Moderna se cobraron también sus víctimas: algunas por haberse involucrado de manera directa en las mismas, y otras no tanto. Francisco José de Caldas era un multifacético colombiano que, cuando Napoleón invade España, ve con buenos ojos (como muchos de sus compañeros) expulsar al virrey español que tomaba lo mejor de las colonias y se lo reservaba para la metrópoli. Los conspiradores encuentran un buen lugar para realizar sus reuniones en el Observatorio Astronómico de Bogotá que Caldas dirigía pero, descubierta la conjura, los rebeldes se ven obligados a huir y Caldas colabora como ingeniero militar en muchas de las siguientes batallas. Capturado por sus enemigos, a pesar de su erudición, el militar español que condena a Caldas niega el indulto bajo la frase: "¡España no necesita de sabios!". Mientras le conducen al lugar de la ejecución, dibuja en una pared la letra griega θ, que se asocia con la frase "Oh, larga y negra partida". Muere acribillado por los disparos. Similar suerte corrió Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, y que en la Francia pre-revolucionaria fue conocido por dos motivos: 1) demostrar la ley de la conservación de la masa, desmontando la hasta entonces establecida teoría del flogisto y 2) participar también en teorías económicas, mejorando el sistema de recaudación de impuestos. Estos impuestos eran los que exprimían a las clases populares y, por tanto, los que trabajaban en estas actividades fueron tremendamente vilipendiados por la Revolución Francesa cuando ésta triunfó. De hecho, en la ejecución de Lavoisier se ha querido ver un enfrentamiento pasado contra Marat, líder del movimiento revolcuionario que fue ridiculizado por Lavoisier años antes en el campo de la química, pero lo cierto es que, a lo largo del período revolucionario, todos los individuos destacados en relación con el cobro de impuestos fueron guillotinados. El juez del tribunal que le condenó proclamó (de manera muy similar al militar que negó el indulto a Francisco José de Caldas) que "Francia no necesita ni de sabios ni de químicos".


-En ocasiones, de quien has de guardarte no es de los individuos ajenos, sino de tus propios colegas. Semmelweis, de quien hemos hablado colateralmente en cierta ocasión, era un médico húngaro en Viena que descubrió la asociación entre fiebres después del parto y el hecho de que los médicos trataran a las madres después de haber tocado a los muertos en la sala de autopsias, así que recomendó el lavado de manos para prevenir los fallecimientos causados por dichas fiebres. Sus colegas le desprestigiaron (aludieron a su origen húngaro para despreciar su teoría), perdió su trabajo y su reputación, y acabó tan dolido por el rechazo que se dice que, para demostrar su hipótesis, se hirió con un bisturí procedente de una sala de autopsias, provocando una infección que le causó la muerte (nota: leyendo más sobre el tema, descubro que esta historia es una leyenda, pero que durante mucho tiempo fue aceptada. Aún así, parece claro que la muerte de Semmelweis se produjo tras los malos tratos recibidos en un sanatorio mental, al que ingresó después una serie de actos de locura influidos seguramente por el gran tormento personal que le causó el rechazo de la comunidad científica). Otro caso paradigmático es el de Daniel McFarlan Moore: varios científicos han muerto asesinados en diversos países (sobre todo, regiones tercermundistas) por individuos que les asaltaban en el auto, en la calle, o en su casa. En el caso de Moore, sin embargo, su asesino era un compañero de profesión en paro que explotó de rabia al ver que el primero se le había adelantado con la patente de un invento.


-Si los estados y las organizaciones sociales pueden matarte, no está tampoco libre de peligros el que se deja engullir por la naturaleza para aislarse de la sociedad. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, más que los insectos o las serpientes, la amenaza procede de otros hombres. Dianne Fossey (muy conocida por su semblanza biográfica en la película "Gorilas en la niebla") fue asesinada por cazadores furtivos por querer proteger a los gorilas a los que estudiaba y con los que convivió. El naturalista boliviano Noel Kempff Mercado cometió el error de aterrizar su avioneta en un lugar dominado por un cártel de la droga y fue asesinado; sólo un compañero suyo español sobrevivió, y el hecho de que relatara su historia cambió en Bolivia la percepción del narcotráfico e incrementó la lucha contra el tráfico de drogas. Muy irónico también es el caso del entomólogo británico Ernest Gibbins, quien pretendía ayudar a la población indígena analizando muestras biológicas (con el objeto de contribuir a la cura de la tripanosomiais y la fiebre amarilla) pero murió lanceado porque sus sujetos de estudio pensaban que iba a utilizar su sangre para hacer brujería.


-Meterse en proyectos militares tiene también sus inconvenientes. Ya hablamos en su día del físico Oppenheimer, que no fue asesinado pero sí degradado y apartado de todo proyecto en medio de la histeria anti-comunista generada por el senador Joseph McCarthy y su "caza de brujas". Pero algunos casos llegan hasta el extremo: el físico iraní Yahya El Mashad fue asesinado en su casa de manera misteriosa, aunque todo el mundo sospecha que la orden la dio Barack Obama para evitar que Irán desarrollara su programa nuclear. En cuanto a Gerard Bull, era un ingeniero canadiense que había trabajado en numerosos proyectos de defensa de varios países, pero se cree que la acción que causó su muerte fue desarrollar un nuevo tipo de misiles para el Irak de Sadam Husseim, lo cual atrajo la mirada y la condena del servicio secreto israelí del Mossad.


-Las dictaduras son un mal momento para el pensamiento independiente. El monolítico pensamiento único soviético no admitía disidencias de ningún tipo, y entre sus múltiples víctimas también se hallaban investigadores, e incluso corrientes científicas. Por ejemplo, el darwinismo era considerado demasiado capitalista y el lamarckismo (hoy científicamente invalidado, salvo en algún caso muy concreto), más acorde con las teorías comunistas. Entre purgas soviéticas de ida y vuelta, tanto los defensores como los detractores de ciertas teorías acabaron engullidos por la maquinaria de la detención o el gulag (en ocasiones, los mismos instigadores de las purgas fueron a su vez purgados). Tampoco tenemos que irnos muy lejos: en España, la mayor parte de los científicos hubieron de huir con el golpe de estado de 1936, y muchos de los que se quedaron (entre ellos, un discípulo de Cajal) fueron depurados. Hoy, se han iniciado proyectos de recuperación de memoria histórica para rescatar su labor. Incluso en democracia, puede haber asesinatos a científicos por razones políticas a causa del terrorismo, esa forma de hacer dictadura cuando no se dispone de los resortes del estado (y viceversa): José Ramón Muñoz Fernández era un internista asesinado por los GRAPO por proporcionar alimentación forzosa a dos de sus miembros en huelga de hambre, una actuación que decidió, en última instancia, el Tribunal Constitucional.


Dicen que, por cada niño con potencial que fallecece sin oportunidades en el Tercer Mundo, perdemos un Einstein o una Marie Curie. En los casos que hemos narrado antes, conviene refrescar la cita que enunció el sabio Lagrange a propósito de la muerte de Lavoisier: "Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo".