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viernes, 1 de marzo de 2019

La historia real de marzo: "Una fiesta en un cementerio"

Con motivo de un concurso que organiza World Nomads acerca de la literatura de viajes, he aprovechado para contar esta curiosa historia sobre mi visita a un cementerio habitado en la ciudad de Manila. A pesar de estar escrita en inglés y que en parte ya la narramos, de otra manera, en esta otra entrada, creo que este nuevo relato aporta un punto de vista diferente, del que espero que disfrutéis. Podéis encontrar mi descripción de la anécdota aquí y, si os gusta (como todo lo que os regalo/entrego) compartirlo en el boca a boca o en redes sociales. Un saludo, y felices viajes.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La historia real de noviembre: los cementerios de Manila

Ya el año pasado por estas fechas dedicamos una entrada a algunos de los cementerios más originales, sobrecogedores y sorprendentes del mundo. Entre ellos, mencionamos algunos que se encuentran presentes en las islas de Filipinas: el cementerio colgante de Sagada (al que debe añadírsele, como parte de la misma tradición, los féretros depositados en la cercana cueva de Lumiang), o el habitado cementerio de Navotas. En mi último y reciente viaje a estas tierras, he tenido oportunidad de visitar el cementerio de Sagada, y también otro par de cementerios de la capital del país, Manila, de los que os quiero hablar a continuación.

Para ser una ciudad atestada de vida (a veces tanta que satura los sentidos, especialmente el del oído y el del olfato), Manila posee numerosos cementerios. Aparte del de Navotas, y de un cementerio estadounidense dedicado a los fallecidos de esta nacionalidad (no olvidemos que Filipinas ha estado bajo un protectorazgo más o menos explícito de este país durante casi cien años) que recuerda al memorial de Arlington y su majestuosa gravedad, hay dos cementerios en Manila que destacan sobre el resto. Uno es el cementerio chino, y otro es el cementerio del Norte.

Dada su cercanía al gigante asiático, Filipinas ha mantenido siempre una relación especial con China, y de hecho suyo es el barrio chino más antiguo del mundo, el de Binondo en Manila, con casi quinientos años de existencia. Dicen que los españoles acotaron a los chinos a un reducido vecindario que colocaron cercano al asentamiento fortificado de sus propias murallas (la llamada zona de "Intramuros"), por eso de mantener vigilados a los enemigos. Y claro, todos esos chinos que vivían, convivían y nacían allí, habían de ser enterrados en alguna parte. Por eso, unos cuantos kilómetros al norte del barrio chino, se crea este cementerio, en el cual se refleja todo el respecto de la sociedad china por sus antepasados. A lo largo de varias calles (que a pesar de encontrarse acotadas, se entrecruzan con facilidad con el trazado del resto de la ciudad), el visitante puede contemplar mausoleos que producen la impresión, más que de consistir en tumbas individuales, de tratarse de casas completas, pequeños templos, e incluso -de un tamaño considerable- iglesias, pues mucho de los chinos allí enterrados adoptaron la predominante fé católica. Sólidos muros, inmensas fotos de los fallecidos, flores en las tumbas, sorprende sin embargo especialmente la presencia de hornos donde quemar ofrendas, grandes mesas acompañadas de un apropiado número de sillas, ventiladores, lavabos e incluso habitaciones que sirven como cuartos de baño. Alguna guía de viaje ha querido destacar que, de esta manera, los chinos dotan a sus ancestros de todas las posibles necesidades que tengan en la otra vida, pero lo cierto es que aquello se contempla desde un punto de vista más lógico si uno piensa que, el día que los familiares quieran visitar con el fallecido o celebrar alguna jornada especial con él, van a tener que pasar varias horas y han de prever todas las contingencias. De hecho, algún puesto ambulante de snacks y similares se sitúa en las esquinas de las calles de esta ciudad de los muertos (igual que otros tenderetes que venden velas, incienso o papel moneda que quemar, como es tradición, en ofrendas rituales). No obstante, el cementerio irradia en general un aire de serenidad y respeto que hace al visitante mantener las distancias, especialmente con los familiares que se encuentran honrando a sus fallecidos en ese momento. Saliendo de allí, iniciamos la ruta hasta nuestro segundo destino.

El cementerio norte de Manila es engañoso, y no es fácil de localizar para el visitante. Porque sí, está al norte, pero hay cementerios que lo están más -y prestarse a confusión-; porque el nombre no dice mucho ("Manila Nord", fue lo que nos acertó a decir como nombre más concreto un guarda que nos indicó la última parte del camino, y Manila North Cementery reza la entrada, pero pregúntaselo a una población mucha de la cual sólo chapurrea el supuesto idioma nacional, el inglés); y porque a pesar de encontrarse al lado del cementerio chino, hay que dar un rodeo de casi un kilómetro andando para acceder a él -y eso en Manila, una ciudad llena de aceras interrumpidas en cada esquina, gente pobre, individuos que tratan de vender algo, contaminantes vehículos y dificultades para el peatón, es todo un logro; por otro lado, ir en coche es posible, pero incluso para esa corta distancia, te expones a un fácil atasco-. Sin embargo, el panorama que nos encontramos fue radicalmente distinto al que esperábamos. La referente universal del viajero Lonely Planet recomendaba contratar un tour a la entrada del cementerio, para que un ciudadano local nos guiara por terreno seguro, al tratarse de un lugar donde existe mucha pobreza. Sin embargo, cuando llegamos, nuestra impresión absoluta era de que aquello era una fiesta. Habíamos llegado en las cercanías de Halloween, y mejor, habíamos llegado en el fin de semana previo a Halloween (aquí es una fiesta muy celebrada, pero también el día de Todos los Santos). Eso significaba que cientos de familias entraban y salían del recinto mientras dentro de las fronteras del cementerio hallábamos vendedores de comida callejeras, puestos de compañías de móviles o franquicias de cadenas locales de fast-food. El cementerio del Norte de Manila se conoce sobre todo porque, al igual que el cementerio de Navotas, contiene gente viviendo en su interior. Es habitual, sobre todo en mausoleos relativamente grandes (de menos de diez metros cuadrados), observar unas cuantos cobertores hechos a base de bolsas de plástico preservando la intimidad de una vivienda donde una familia utiliza las tumbas como mesas, asoma algún ventilador con el que protegerse del insoportable calor húmedo de Filipinas, o simplemente, sobre unas cuantas sillas de plástico, los moradores del cementerio pasan el rato. A veces, la entrada de la tumba puede servir como zona de muestrario de una tienda improvisada o permanente, y la parte de atrás como sección de almacenaje. Los residentes de estas tumbas a veces habitan sin permiso del dueño, pero las más de las ocasiones lo hacen a cambio de mantener las tumbas limpias, en buen estado, y especialmente pintadas y coloridas. Puede parecer una existencia muy mísera, pero en un país donde pasar frío no es un problema, muchos viven en la calle, y la mayor parte de las endebles construcciones no resisten los tifones y otros desastres (en nuestro viaje hemos llegado a ver resistentes mansiones volcadas por los vientos, y un barrio de chabolas recientemente desaparecido en un incendio cuyo causa nunca llegamos a averiguar), vivir en el cementerio y tener una profesión gracias a ello, después de todo, no parece la peor alternativa. En este camposanto, donde algunos de los más grandes héroes nacionales se encuentran enterrados (los niños se sorprenden de que "turisteemos" al lado de un panteón dedicado los héroes de la revolución filipina, sin entender qué hacemos allí), vemos a familias pasear, niños jugar, secciones de la necrópolis a la venta, e incluso nos tomamos, a la entrada, varias alitas de pollo de un establecimiento de comida rápida muy conocido en esta parte de Asia. Luego salimos de allí e, impactados por todo lo que habíamos visto, proseguimos nuestro viaje.

No puedo ofreceros imágenes de todo esto porque no las tenemos. No tomamos fotos del cementerio chino porque, con el ambiente tan solemne que os he mencionado antes que reinaba en esa parte del mundo, no nos atrevimos; y en el cementerio del Norte, nos indicaron explícitamente, en una entrada gobernada por un despreocupado control de seguridad, que no debíamos hacerlo. Sin embargo, para compensar, os ofrezco aquí unas pocas imágenes de otros cementerios con los que nos tropezamos en Filipinas.

Aquí, los ataúdes colgantes de Sagada:

Aquí, también en Sagada, los féretros en la cueva Lumiang. Estos féretros tienen hasta cien años. Como podéis ver, algunos se han podrido en el lateral y permiten vislumbrar el interior.


Y, bueno, ya dijimos en la anterior entrada sobre cementerios que también en las profundidades de los mares existen otro tipo de tumbas, y son las de los barcos hundidos, Filipinas fue escenario de encuentros navales entre las tropas norteamericanas y las japonesas durante la Segunda Guerra Mundial, y varios barcos de esta última nación duermen su último sueño en el lecho del fondo marino. La mayor parte de ellos sólo son visibles con equipos de buceo, pero alguno se puede ver simplemente sumergiéndose y aguantando la respiración bajo el agua. A nosotros, en la turística isla de Corón, nos llevaron a ver el llamado Skeleton Wreck, un naufragio que según algunos es de un barco chino que naufragó antes de la Segunda Guerra Mundial, y según otros, una posible patrullera japonesa que fue hundida por un avión norteamericano. Ambas versiones pueden tener parte de verdad, ya que los japoneses solían emplear barcos de los enemigos que habían derrotado (como los chinos en Manchuria) para reforzar su propia flota. En todo caso, la figura estremecedora del barco, afectado sin duda por un suceso violento que lo dejó en su armazón básico, y cubierto ahora de corales que lo han invadido, despierta toda clase de emociones e inspiraciones. Con su figura fantasmagórica (y la de un estrambótico visitante al lado, que no es el mejor modelo, pero era el que pasaba por allí) os dejo. Yo me voy a dormir el jet lag y a soñar con pecios hundidos.


Posdata: ahora algo más despierto, añado una imagen de lo que no es un cementerio, pero estuvo muy cerca de serlo. La isla de Apo es una isla diminuta situada al sur de Negros Oriental. Es tan pequeña, que cuando la visualizas con Google Maps, es fácil que el distintivo de localización de esta herramienta informática oculte la propia isla. Paseando por la parte no turística del pueblo (situada inmediatamente detrás de la zona de playa y de alojamientos) encontramos algo que no esperábamos, pendiendo sin más de una cuerda.

Os he dicho que Filipinas fue teatro de operaciones de la Segunda Guerra Mundial. No quiero ni imaginar lo que aquella bomba, ahí colgada, con unos caracteres japoneses en el lateral, hubiera provocado en una isla tan pequeña como milagrosa, cuyo gran atractivo turístico es una excelente zona para el snorkel (con la posibilidad incluso de nadar a poca distancia de tortugas marinas). Un recordatorio de que aquella zona no es un cementerio, pero podría haberlo sido, y podría todavía llegar a serlo. Un recuerdo de la fragilidad de la vida. Para eso sirve honrar a los muertos: para recordar que hay que aprovechar cuando estamos vivos. Cuidad esa vida, la vuestra y la ajena. Tratadla todo lo mejor posible. Nos vemos muy pronto. Hasta entonces, manteneos vivos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

La historia real de noviembre: Cementerios

El primero de noviembre, miles de personas acuden a los cementerios a rendir honores a sus familiares o amigos fallecidos. Como toda actividad humana que implica a mucha gente, el hecho ha dado lugar a unas rutinas o circunstancias que, vistas desde fuera, pueden suscitar la curiosidad o directamente la sorpresa. Quizás, en ese sentido, la costumbre de mantener las tumbas limpias todo el año (incluso pasando el trapo por la propia) y disfrutar casi de una convivencia natural con los muertos que se produce en La Mancha y que retrataba Almodóvar en la película "Volver", sea una de las más llamativas. Pero, cuando no hay nadie, los cementerios pueden también ser lugares tremendamente interesantes. Bien sea porque se haya decidido rendir altos honores a la persona fenecida, o porque ese camposanto presente alguna característica particular que le haga único, hay necrópolis tan significativas que son incluso receptoras de una gran afluencia turística. En esta entrada, vamos a definir algunos de los tipos de cementerios más interesantes del mundo por donde podéis daros un garbeo y echar un vistazo. De hecho, yo mismo he visitado (a veces cámara en mano, como podréis comprobar) algunos de ellos, hasta tal punto que mi familia me ha preguntado por qué me entusiasma tanto "ir a ver muertos". Los motivos más interesantes por los que darse una vuelta por un cementerio pueden ser:

Cementerios hermosos: En nuestro intento por honrar a los que pasaron a mejor vida, algunos camposantos son auténticas obras de arte. Muchos contienen entre sus habitantes a individuos de excepcional fama y reconocidos en vida, como es el caso del camposanto de Père-Lachaise en París, el cementerio Tijvinskoe de San Petersburgo, el Panteón romano, la Santa Croce florentina (de la que Stendhal salió con su famoso síndrome, apabullado por su belleza), el cementerio de La Almudena en Madrid, o la abadía de Westminster en Londres. No obstante, otros cementerios (o tumbas individuales) son simplemente bellos porque alguien quiso específicamente que el ser querido que había pasado a mejor vida tuviera un hermoso lugar de descanso. Algunos "últimos refugios" no sólo son hermosos por cómo se configuraron, sino que han ido ganando con los años. Por ejemplo, la tumba de Oscar Wilde en el Père-Lachaise tenía tantas marcas de carmín procedentes de personas que querían honrarla con un beso, que las autoridades tuvieron que instalar un cristal protector para evitar que la corrosiva pintura de labios las deteriore. Luego (como esto de la belleza siempre es subjetivo), para gustos los colores. Por ejemplo, en Washington, el cementerio de Arlington a los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial -con todas sus cruces dispuestas de una manera tan solemne y geométrica-, es desde luego impresionante, y también lo son los distintos memoriales a los soldados fallecidos en las diversas guerras que ocupan algunos de los espacios más significativos de la capital estadounidense. Pero como digo, ya es cuestión de opiniones. De hecho, a mí y a mi acompañante nos parecieron especialmente curiosos los cementerios turcos, con sus lápidas cubiertas por turbantes o sombreros de fez. Éste en concreto que os muestro en una de las fotografía de abajo (el camposanto del Monasterio de los Derviches, en Estambul), tiene la particularidad de poseer unos habitantes vivos muy especiales. Quieras que no, un poco de vitalidad siempre le da cierta alegría a los muertos.


Tumba de Oscar Wilde en Père-Lachaise, cubierta de marcas de besos de sus fans. Imagen original extraída de aquí.


Habitantes (latientes y que no lo son tanto) del pequeño cementerio del Monasterio de los Derviches en Estambul. Si los gatos gozan de libertad absoluta en la ciudad de los vivos, ¿por qué no iban a hacerlo en la de los muertos?


La tumba de George Wombwell, feriante, en Highgate (Londres), con una estatua del león Nero, uno de los animales que presentó en sus espectáculos. El amor de este señor por los animales es discutible, pero no cabe duda de que la imagen de Nero es majestuosa. Quizás por eso a mi amigo Fernando, fundador de Los Argonautas, le guste tanto. Imagen extraída de Wikicommons.

Tumbas de individuos reconocidos: A veces no basta con tener enterrados a nuestros ilustres prohombres en el cementerio más prestigioso de la ciudad, sino que se construye una estructura completa dedicada a ellos. Esto ocurre más frecuentemente cuando es el mismo gobernante el que diseña su tumba para que sea venerada en tiempos futuros, como es el caso de las pirámides de Giza o las tumbas de los monarcas españoles en El Escorial. En otras ocasiones, es la fama del cadáver que estos edificios contienen lo que les convierte en centro de peregrinación, como es el caso de Napoleón Bonaparte y su actual localización en el palacio de Les Invalides en Francia. Pero quizás el colmo de la exageración post-mortem la tenga la tumba del Primer Emperador de China, Shih Huang-Ti. Preocupado por la inmortalidad, diseñó aún así un complejo funerario de dimensiones desproporcionadas, del cual los guerreros de Xian tan sólo constituyen la puerta de entrada a una reproducción del mundo exterior que contendría seguramente canales de mercurio para simular los ríos, y joyas brillantes ancladas sobre una bóveda para hacerse pasar por estrellas. Tales maravillas, sin embargo, todavía no han podido ser contempladas por los ojos del siglo XXI: por un lado, porque los arqueólogos chinos dudan de que a día de hoy dispongamos de tecnología suficiente para preservar todas esas maravillas en cuanto salgan a la luz; y porque la leyenda dice, además, que la tumba está sazonada de trampas al más puro estilo Indiana Jones, para así evitar que los extraños saqueen el monumento. ¿Llegaremos a contemplarlo algún día? Las que son más difíciles que algún día veamos son las de Alejandro Magno y Gengis Khan. La primera, emplazada en Alejandría, se perdió seguramente durante las revueltas religiosas que precedieron a la caída del Imperio Romano, mientras que la segunda fue enterrada a conciencia en un lugar perdido en el desierto, liquidando después a los que conocían su ubicación para asegurarse de que nadie la pudiera nunca encontrar. Quizás, uno de los misterios de la arqueología más fascinantes entre los que aún no han sido resueltos.


Está claro que Keops, Kefrén y Mikerinos se quedaron a gusto con sus "tumbitas".


Los guerreros de Xian: guardianes custodios de un sueño todavía mucho mayor.

Cementerios originales: La originalidad siempre radica un poco en el punto de vista. Quizás para un judío no sea muy novedoso el camposanto hebreo en Praga, pero para el resto de las personas que habitan por esa zona (muchos de los cuales tan sólo penetran por visitar la tumba de Frank Kafka), desde luego sí que lo es. Aunque otros ofrecen más unanimidad: es el caso del cementerio colgante de Sagrada en Filipinas, el cementerio alegre de Sapantza en Rumanía, o el extraño caso del osario de Sedlec en la República Checa, donde los propios huesos se han utilizado como parte de la decoración de la capilla situada debajo de la iglesia original. Un poco macabro para el gusto de algunos, aunque sin duda ideal para los seguidores más acérrimos de Tim Burton. Tampoco hace falta irse muy lejos para encontrar tumbas originales: a las afueras de Madrid, un cementerio de animales rinde tributo a las mascotas que pasaron a mejor vida. Por otro lado, yo le tengo especial cariño (por motivos personales) al Tofet de Cartago, aunque, quizás, cuando uno descubre que la mayor parte de sus moradores son niños sacrificados a los dioses en virtud de una religión ancestral, lo mismo no te hace tanta gracia. Pero no quiero profundizar en esa historia, porque en otros escritos anteriores ya he hablado alguna vez de ella.


Lámpara de araña elaborada con huesos en el osario de Sedlec (República Checa). Imagen extraída de Wikicommons.

Cementerios bajo tierra: Todo lo que no queremos ver o pretendemos perder de vista rápidamente, lo enterramos bajo tierra. Desde los fallecidos que nos provocan angustia o pánico a la muerte, hasta (como decía Scorsese) los individuos que estorban a la mafia en una tumba improvisada en el desierto alrededor de la ciudad de Las Vegas. Pero enterrar los cuerpos a gran profundidad es casi imprescindible en el caso de que la presencia de los cadáveres cerca de la superficie suponga un riesgo para la salud humana (tal es el origen de las catacumbas de París) o de que los entierros que se celebren lo hagan bajo un rito no tolerado en aquella época (ése es el motivo por el que los cristianos construyeron las catacumbas en Roma). Por supuesto, tan tétrico ambiente ha servido de inspiración para múltiples sucesos de ficción, incluyendo desde reuniones de los Iluminati hasta un paseo de Frodo y Quasimodo de camino a la Corte de los Milagros en la novela de Víctor Hugo "Nuestra señora de París". Y seguro que para muchas más historias futuras.


Detalle de las catacumbas de París. Imagen extraída de Wikicommons.

Cementerios bajo el agua: Aunque es raro e incluso complicado a nivel práctico que los seres humanos quieran enterrar a los suyos cerca de una superficie líquida (salvo en los clásicos rituales vikingos), si nos ponemos un poco más metafóricos, existen ciudades enteras sumergidas bajo el agua (como los restos de buena parte de la antigua Alejandría, tras sucesivos terremotos) que pueden constituir en sí mismo el cementerio de una completa civilización. Asimismo, y como no sólo los seres humanos dejan de pasear por la superficie de la tierra -o del agua-, existen también cementerios de barcos hundidos, como en las islas Chuuk o en las cercanías de la costa española de Finisterre. En el mismo sentido (y ya fuera del agua), existen cementerios de aviones, de automóviles, pueblos fantasma por la desaparición de sus habitantes (ya sea por una guerra o por simple abandono)... Mención aparte (y volviendo al líquido elemento) merece mención esa región del Pacífico Sur donde las agencias espaciales planean el hundimiento de las sondas espaciales que retornan a la Tierra, y de la que ya hablamos en alguna otra ocasión, y que aunque está demasiado dispersa como para que la consideremos un cementerio, sí es un lugar adonde van a parar objetos en su día muy valiosos y ahora olvidados y perdidos por el hombre. Una definición quizás demasiado certera de cómo acabaremos también nosotros.

Cementerios donde vive gente: Podríamos hacer chistes sobre lo cara que está la vivienda y demás, pero la verdad es que los que sufren esta situación están para pocas bromas. Aprovechando el espacio, los más míseros entre los miserables instalan su hogar en el único sitio donde pueden permitírselo: dentro de los panteones familiares, o instalando frágiles tenderetes entre las lápidas para procurarse un refugio lo más decente posible. En La Ciudad de los Muertos de El Cairo o en el cementerio de Navotas en Manila, los habitantes que duermen sobre las tumbas procuran sin embargo darle un toque de color a su situación, y les agradecen en todo caso a los dueños de las lápidas que (en el caso de que conozcan sus circunstancias) les hayan permitido instalarse allí. Una muestra más de lo mal repartido que está el mundo, y quizás una contradicción al viejo dicho de que la muerte, al final, es lo único que nos acaba igualando a todos.

Cementerios imaginarios: Igual que se dice que hay cementerios de película, y el cine y la literatura han empleado a muchos reales para ambientar algunas de sus escenas más sobrecogedoras, también ha habido otros que se han creado específicamente para la ocasión. Es el caso del cementerio donde está enterrado el padre de Tom Riddle en la saga de Harry Potter, y que juega un papel muy importante en la trama de novelas. También tenemos (en un aspecto algo más figurado) el Cementerio de los Libros Olvidados de la saga de Carlos Ruiz Zafón. Por otro lado, más de una historia ha surgido de hoteles encantados o residencias malditas por su supuesta edificación encima de un cementerio indio. Con lo cual uno se pregunta quién es el malvado de la película de miedo, si los fantasmas o los tipos que concedieron el permiso de obra.

Y éstos son algunos de los cementerios más interesantes que se nos han ocurrido. Supongo que cada uno tiene sus preferencias (quizás el favorito sea el de vuestro pueblo, o donde se hallan enterrados vuestros familiares), pero estamos abiertos a sugerencias. ¿Alguno que echéis de menos?¿Uno que creáis que no debería faltar, aunque sólo sea por la importancia personal que tiene para vosotros? Si es así, escribidnos, y no dudéis en adjuntar foto. Los cementerios, al fin y al cabo, no se hacen sólo para los muertos, sino sobre todo para los vivos, para que podamos admirarlos. Y que, de esa manera, recordemos a los que están enterrados allí. Feliz Día de los Difuntos, para los que lo celebréis, y para los que no, al menos disfrutad de esta colección de tumbas. Y cuidaros mucho de no acabar demasiado pronto dentro de una. Hasta la próxima vez.